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En este libro esclarecedor, los autores, que casualmente son marido y mujer, presentan una visión personal de Suecia, un país del que la mayoría de nosotros sabemos muy poco. Lo hacen mediante la redacción de textos breves que se centran en diferentes aspectos de Suecia y la vida sueca. Comenzamos en el sur, visitando primero la ciudad de Lund antes de viajar al norte, con excursiones al este y al oeste, que terminan en la ciudad de Gallivare, en una región que es hogar de los sami: el país de los renos. Ciertamente, es significativo que la vida silvestre se destaque en el libro: renos, lobos, diferentes tipos de peces y, por supuesto, el alce, junto con los hábitats, los fiordos, los bosques y los humedales de los que dependen. La mejor forma de descubrir un país es leyendo antes de viajar. Gustaffson nos muestra los rincones favoritos de su país.
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Seitenzahl: 214
Veröffentlichungsjahr: 2018
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Lars Gustafsson Agneta Blomqvist
Imágenes de Suecia
Este país puede a veces parecer un poco largo de más. En los libros de texto de nuestra infancia se representaba una especie de Suecia «normal» en la que crecían manzanos y ciruelos y donde había ríos que nos tocaba recitar de carrerilla cuando la maestra nos lo pedía: Ätran, Niskan, Lagan, Viskan. Los autores de este libro, compuesto en gran medida de retazos, vivencias propias en su mayor parte, frisábamos en la treintena cuando nos dimos cuenta de que había ríos, en la Suecia más septentrional, con un cauce igual al del Danubio y mayor que el del Loira, y tan caudalosos como el Rin, que reducían esos ríos de los libros de geografía a pequeñas y agradables corrientes de agua, aptas para remar plácidamente y pescar con lombriz.
Lo mismo podría decirse de los numerosos lagos: un buen día de verano el Mälaren y el Hjälmaren se llenan de blancos veleros, barcazas cementeras y lanchas motoras. En un día parecido, en el Stora Lulevatten o el Torneträsk apenas se dejan ver un velero o una estela.
Este país es tan notable que ni siquiera sus habitantes lo conocen especialmente bien. Cuando Carl von Linné parte rumbo a Laponia una bonita mañana a principios del verano de 1732, esta misión real es en sí misma una expedición en terreno desconocido, de igual naturaleza, en principio, que las travesías de Peter Forsskåhl y Anders Sparrman hacia las zonas exóticas del mundo.
Ya no son las cosas como en tiempos de Linneo, pero al viajero solitario le queda muchísimo por descubrir, y los autores de este libro somos los primeros en reconocer que esto también se nos aplica a nosotros. El estudio tanto de la historia como de la geografía constituye una tarea demasiado grande para una sola vida. E incluso para dos, como ocurre en este caso.
Nos limitamos a contar nuestras propias vivencias. Esto incluye también los libros que hemos leído y las conversaciones que hemos mantenido. Hemos decidido no indicar quién ha escrito qué, y nuestra ruta avanza desde la Suecia meridional hasta su parte más septentrional, con excursiones bastante amplias hacia el este y el oeste, e incursiones en la literatura sueca. Los lectores, que esperamos que se sientan a gusto, encontrarán en estas páginas pocos juicios de valor, más allá de los evidentes. Pero si hay uno que esperamos que quede claro es que si no creyéramos que Suecia es un buen país en el que vivir, entonces no viviríamos aquí.
AGNETA BLOMQVIST Y LARS GUSTAFSSON
Säms Herrgård, municipio de Tanum, 3 de agosto de 2012
Como una red de telarañas negras
cuelgan las ramas que gotean.
En la noche muda de febrero
desde las sendas y piedras del valle
canta suavemente, suena, flota
el murmullo de un manantial.
En la noche muda de febrero
llora quedo el cielo.
VILHELM EKELUND (1880-1949)
Las provincias del sur, Escania, Halland y Blekinge, anexionadas al reino de Suecia ya avanzada su historia, con el Tratado de Roskilde de 1658, y que hasta mucho tiempo después continuaron siendo objeto de disputa, nos siguen aún hoy resultando sutilmente extrañas a quienes venimos de las provincias que circundan el Mälaren. Y más aún, quizás, a los oriundos de las provincias del norte.
Para nosotros una noche de febrero es, por lo general, muy oscura, muy fría y con los campos cubiertos de un polvo de nieve que el viento arrastra en siniestros remolinos o, dicho en una palabra, ese Niflheim con que nuestros ancestros del norte reemplazaron un Infierno demasiado cálido y cómodo para sus propósitos. En la llanura de Escania, sin embargo, es posible encontrar la noche de febrero en ciertos años bajo el llanto quedo de las nubes.
Pero no siempre es así. La planicie que se extiende entre Skanör y Lund puede ser en enero, y hasta principios de febrero, un infierno de ventiscas de nieve. Las mujeres parturientas solo pueden llegar hasta las salas de maternidad en tractores oruga, las granjas remotas tienen que aguardar durante días a que se vuelvan a abrir las carreteras que conducen hasta ellas, e incluso entonces en medio de varios metros de nieve. Para lograr ver montañas de nieve de ese calibre en esa época del año habría que ir normalmente hasta Kiruna, o puede que hasta Umeå.
Luego llega la primavera. El avión procedente de Bromma se endereza bruscamente en la aproximación para esquivar un águila, dice el capitán. Al fondo se ven unos gansos salvajes rumbo al norte. La nieve continúa esparcida de forma irregular a la vez que los hayedos empiezan a cambiar de color.
Venir a Escania suponía siempre, en mi juventud, poco menos que viajar al extranjero. Por las tierras brincan, en lugar de liebres, vivarachos conejos silvestres. Hay hayedos en lugar de pinos y abetos, casas pintadas de blanco y no de rojo Falun, castillos en lugar de casonas, cenas opulentas y no las costumbres ascéticas de los círculos filosóficos de Uppsala en torno a 1958, filosofía continental y no la de Cambridge, Oxford o Chicago. Cuando en el Lund de los cincuenta se alargaban los seminarios, los asistentes se iban al bar del espléndido y viejo Grand Hotel; en Uppsala, a la cafetería de Kajsa en Drottninggatan.
En verano grandes partes de Blekinge y Halland parecen jardines si uno las compara con el cinturón boscoso serio y sumamente monótono del norte de Europa. Aquí hay plácidas playas arenosas y pueblos costeros como Torekov y Båstad, repletos de idílicas villas de veraneo, en su mayoría propiedad de una pudiente clase alta.
Los contrastes sociales son muy acusados en el sur de Suecia. Aquí conviven latifundios como Värnanäs o Simonstorp, en mitad de los cuales no pocas veces se alza un enorme castillo de los tiempos del Imperio sueco, con tranquilas comunidades pesqueras como Borrby y Torekov, o con tumultuosos suburbios y su aislamiento social, como es el caso de Rosengård en Malmö, que al igual que otros barrios europeos similares se enfrenta a problemas de sobra conocidos. Juventud desarraigada, confusión lingüística.
Las granjas con tejado de paja, dispuestas en torno a un patio cuadrangular con un pozo en medio, se han convertido en una especie de símbolo de esta provincia. Pero uno no debería esperar encontrar a gente de Escania en todas estas granjas. Ya en los sesenta eran populares entre la gente de Estocolmo. Y la Backåkra de Dag Hammarskjöld también es algo así como un símbolo. A dicha granja se retiró el segundo secretario general de las Naciones Unidas, conocido por su carácter contemplativo, después de su paso por la sede de esa organización.
El sur de Suecia también cuenta con una tradición literaria propia, que se hace visible en algún momento de finales del xix o principios del xx. Cuando August Strindberg huye de París, donde le parece que unas fuerzas ocultas amenazan y dirigen su vida, acaba en casa de un amigo en Lund y conoce de pronto la paz de esta pequeña ciudad trabajadora. Sus tranquilos habitantes parecen totalmente enfrascados en sus propios asuntos. Nadie le pide nada, y eso es justo lo que él necesita en ese momento.
«La aldea rural académica» es una expresión bastante común de la época de Vilhelm Ekelund. Algo de esa antigua atmósfera de Lund aún se puede respirar también en una tarde de verano de nuestro siglo. La esfera en el romántico jardín del obispo Agardh frente al singular museo Kulturen evoca el frondoso verdor de los olmos. En las calles serpenteantes se alternan esas casas cruzadas por paneles de madera y casas comunes. Desde el ático de Maggie los tejados de las distintas partes históricas de la ciudad, con sus diversos grados de inclinación, dan la impresión de ser la cara oscura de un cristal. El Grand Hotel, célebre lugar que acogió innumerables veladas y noches de ponche, se eleva hacia el cielo con su falsa torre gótica. Y los trenes expresos a Copenhague, al otro lado del parque, apenas interfieren con el zumbido esperanzado del bar.
Existe, sin embargo, otro Lund. La ciudad es rica y los precios de la vivienda en el casco histórico son prohibitivos.
Los grandes centros industriales de la innovación, surgidos de las profundidades de los laboratorios de la Universidad, bloquean a muchos las vistas de la llanura. Hay industrias farmacéuticas, de software, y tampoco cabe obviar la sede del imperio de los modernos cartones de leche: Tetra Pak.
En el corazón del Lund que hace honor a la palabra de la que deriva, que en sueco significa «arboleda» y que, según parece, fue precisamente en su día una arboleda donde se realizaban sacrificios y junto a cuyo manantial se levantó un altar, se yergue la imponente catedral románica. Lo que primero salta a la vista del visitante casual es, sin duda, el reloj astronómico, un monumento no solo a la brillante y sofisticada maquinaria de los tiempos de Fibonacci y Cardano, sino también al recalcitrante problema de dar con una fórmula matemática para medir el tiempo que concordara con la excepcionalmente imprecisa rotación anual del planeta. Como ocurre con todos los relojes decorativos, y con muchísimos de los ayuntamientos y catedrales del continente europeo, se produce aquí una procesión diaria de representaciones bíblicas, que bajo trompetas en alto completan con rigidez su marcha, empujadas por las poderosas pesas de plomo del reloj. ¿Qué es el reloj de muelles, con su funcionamiento caprichoso, condenado a corregirse constantemente con reguladores cónicos de la velocidad, en comparación con el mecanismo seguro e invariable del reloj de péndulo, regido únicamente por la gravedad, la más gris, sensata y fiable de las cuatro fuerzas elementales de la naturaleza?
El pozo me produce todavía más fascinación. Ese pozo profundo y oscuro, que ha de ser anterior a la era cristiana y, sin embargo, lleva una eternidad delimitando un lugar de culto, un bosquecillo sagrado.
¿Qué hay ahí abajo en la oscuridad?
«Organismos», responde un folletito muy informativo, Fauna y flora en la catedral de Lund, que ahora ya solo se encuentra en algunos anticuarios de las inmediaciones y en la imponente biblioteca de la Universidad. Nada más que organismos.
Dentro de una cultura, sentirse totalmente en casa es saber exactamente qué se puede comer y qué no se puede comer en el campo. La aleluya y la hoja del diente de león, el pie de cabra y la acícula de pino.
Al igual que cuando uno mira y toca cuanto hay a su alrededor, probar lo que uno tiene a mano constituye una lección de realidad muy temprana. Uno descubre rápido que la endrina, de un azul oscuro y profundo y cuya bonita flor cubre las orillas del Mälaren, tiene un efecto desagradable en la boca, que se contrae como un pequeño monedero con el interior arrugado.
Un recuerdo especial es el de los tremedales. El aroma a antigua botica de la ulmaria y el musgo, el leve ruido del viento entre los árboles desperdigados, el aburrimiento al quedarme sentado junto a una mata de arándonos rojos esperando a que mis padres los recogieran.
El arándano rojo, distribuido en racimos frágiles y separados los unos de los otros, no era precisamente fácil de recolectar. Demasiado ácido en la boca a menos que el rocío lo hubiera bañado antes, tan frágil que solía romperse en la cesta, constituía la materia prima con que se preparaba la mermelada más singular. Era el complemento ideal para la carne de caza, que por otra parte no se dejaba ver mucho cuando mis padres salían, en los cuarenta, a recoger setas y bayas y a pescar rutilos en el Norra Nadden. Era aquella una época de escasez en que la naturaleza se aprovechaba tanto como era posible.
Tardaría mucho tiempo en darme cuenta de que aquellos alimentos, recogidos laboriosamente de los pastos, de los restos de antiguas carboneras y de los inestables tremedales, también eran exquisiteces, como la mora de los pantanos y el arándano rojo ya bañado por el rocío.
La baya de las marismas tiene propiedades narcóticas. Al comer más de —pongamos— diez, uno se queda dormido. Una gelatina a base de esas bayas como acompañamiento, por ejemplo, de una pieza de caza a la parrilla, sería un plato fuerte en un decadente libro de cocina.
Sentado en la hierba, de mal humor y con ese impenetrable ensimismamiento que se tiene a los siete años, la baya que más me cautivaba era la de las marismas. Era mucho más misteriosa que el mirtilo, con sus grandes bolitas de un azul intenso y sus hojas oscuras y verdeazuladas que no parecían pertenecer del todo a una flora nórdica. El aroma, mezclado siempre con el de la ulmaria y el musgo, y el del agua negruzca y el humus; el sabor, siempre un tanto chocante, ligeramente inquietante.
Algo así como la tranquilidad de un jardín japonés. Ese sabor extraño, algo astringente y onírico de la baya de las marismas evoca los secretos del taoísmo:
[…] eran precavidos como quien cruza un río helado
eran vigilantes como quien teme peligro por los cuatro costados
eran corteses como un invitado
eran maleables como hielo que se empieza a derretir
eran bastos como pedazo sin tallar
eran amplios como vegas
eran turbios como río agitado
eran sosegados como lagos […]
(Tao Te Ching, traducción de Gabriel García-Noblejas)
Finales del xvii: ¡vaya mezcla más singular de brutalidad y de curiosidad racional recién levantada! Monsieur Descartes concibe una cuadrícula que permite representar visualmente el conjunto de las matemáticas, estudia en secreto los sólidos platónicos —cinco poliedros regulares convexos cuyas caras son idénticas— y descubre que la suma del número de caras y vértices menos el número de aristas es siempre igual a 2. El espacio tiene propiedades ocultas que se manifiestan solo si se ponderan minuciosamente pliegues y dobleces. Newton y Leibniz introducen el cálculo diferencial y todo ese asunto tiene algo en común con el velero que parece escorar peligrosamente su armazón tambaleante. Esta época pasa antes que nada por escorarse, plegarse, doblarse y girar.
Es una época que cree mucho en sí misma. La máquina de vapor está a la vuelta de la esquina, Polhem transporta cañoneros por el bosque hasta Svinesund en la última batalla de Carlos XII de Suecia, durante la insensata campaña militar contra Noruega. Nuevos inventos, como el mecanismo para recoger las velas y la esclusa, parecen desafiar las diferencias entre el agua y la tierra. Sir Isaac Newton pasa a ser director de The Royal Mint, e introduce las rayitas verticales en el canto de toda libra esterlina de plata, que se revelan despiadadamente contra cualquiera que raspara un poquito de plata en beneficio propio. Es la época de los sextantes, los cronómetros, los grandes relojes de torre.
El rey Carlos XI determina que Karlskrona acogerá la base de la Armada sueca. Desde Alemania son llevados hasta allí artesanos —tantos que acabarán por instaurar una asamblea alemana propia—, marineros y canteros. Pero ese no es el único lazo con la cultura alemana. Cuando se levantó el centro de Karlskrona tras el último gran incendio de la ciudad en la última década del siglo xix, se hizo con el mismo estilo ecléctico berlinés que podemos volvernos a encontrar en el barrio de Östermalm en Estocolmo.
Bajo la luz de una tarde de verano, el casco antiguo de la ciudad se convierte en el decorado de una representación misteriosa, como si fuera una obra de De Chirico. En la enorme plaza donde se yergue la fachada de la iglesia de la Santísima Trinidad apenas hay un alma. Parece un decorado de la ópera en el que aún no hubiera hecho aparición nadie, o del que acabaran de salir todos. El reloj de la torre del Almirantazgo recuerda, con su ceremoniosa geometría, a una era en que los cronógrafos, los sextantes y las tablas de logaritmos abrieron las puertas a un mundo nuevo. En 1686 parte el primer navío de línea de las gradas hasta el astillero. En 1690, año en que ardió la ciudad, se completa el Pomerania con sesenta cañones. Es la época de los matemáticos. Y de los buques de la Armada. Karlskrona es un puerto de guerra de la época de Carlos XI.
Cuando llegó el ferrocarril desde Kalmar y Växjö, Karlskrona pasó a ser el final de la línea. La sensación sigue siendo la misma que describe Fredrik Böök en un viaje a comienzos del siglo xx: uno sale del denso bosque de coníferas y arbustos de Småland y llega a un paisaje de apacibles bosques de planifolios que se asemeja a un jardín. Todos los arroyos y ríos circulan en la misma dirección que el viajero: rumbo al mar. La estación de tren se encuentra prácticamente en un embarcadero en la isla principal, Trossö. La ciudad está edificada en la isla más interna de un archipiélago, por lo que resulta fácil de proteger y es un lugar ideal para reunir la flota de la Armada. Y así se ha venido utilizando desde entonces, si bien ahora solo están amarradas al embarcadero las rápidas embarcaciones de la Guardia Costera.
En el gran museo naval, situado en el puerto, uno puede descubrir no pocas cosas sobre los navíos de línea, sobre enfrentamientos tan intensos como la batalla de Svensksund, sobre el caos sangriento que durante los combates se desata en los puentes de artillería, sobre la construcción naval y las jarcias. Las herramientas antiguas, pensadas para trabajar la madera de roble más dura, parecen los juguetes de un gigante. Los nudos corren frenéticamente en un polinomio cada vez más complejo. Las fibras de cáñamo van ganando grosor vuelta tras vuelta en una jerarquía que va de hebra a cuerda y de cuerda a amarre para un navío de línea.
Una fórmula que definiera este período debería asignar un valor a su crueldad y otro a la riqueza de sus conocimientos.
El visitante va de una isla a la siguiente y apenas se da cuenta de que a su paso atraviesa varias islas. Todo está unido por puentes y acaba por conformar una unidad que tiene algo de utopía militar naval. Rígida protección frente al exterior, gran disciplina interna. Como la ciudad del Sol de Tommaso Campanella. Por aquella época fueron surgiendo numerosas ciudades costeras fortificadas en torno al mar Báltico, como Sveaborg y Cronstadt, y todas ellas tienen en común algo de esa geometría radiante e iluminada por el mar. Quien en una tarde de verano se siente un rato en la terraza de la residencia del gobernador, donde en colaboración con el campus de Karlskrona del Instituto Tecnológico de Blekinge se celebran conciertos estivales y recitales de poesía y a la que el acceso es perfectamente posible, puesto que Blekinge cuenta con una gobernadora amable y generosa que considera que se ha de brindar a los ciudadanos la oportunidad de acceder a sus propios monumentos, no podrá evitar la sensación de que se encuentra en el Mediterráneo. Yates rumbo a las islas o partiendo de ellas, un sol reluciente, algún que otro barco en el horizonte.
¡Cuántas páginas va pasando el Báltico en su larga historia para llegar desde la costa ártica y estéril del mar de Botnia hasta la verde provincia de Blekinge!
La ciudad de Jönköping se yergue hermosa a orillas del azul y misterioso Vättern, el mayor lago de Suecia en superficie después del Vänern. Vättern significa, simple y llanamente, «el agua». Es profundo (alcanza los 128 metros), largo (135 kilómetros) e inusitadamente frío. Cuando alguna vez se ha cubierto de hielo, algo que solo ha pasado tres veces en los últimos quince años, se puede ver hasta gran profundidad, y de ello pueden dar fe los esquiadores de fondo y los pescadores de lota que hayan montado sus tiendas sobre la superficie helada. En el mejor de los casos uno puede empezar a bañarse en el lago a finales de julio, si bien se recomienda a los frioleros que esperen hasta agosto.
Es muy curioso: Jönköping ha estado siempre a orillas del Vättern, y ya en torno a la década de 1270 se hablaba de la ciudad bajo el nombre de Junaköpung. El prefijo parece contener el nombre con el que se referían antiguamente a Junebäcken, y köping indica que se trataba de un lugar dedicado al comercio. Ahí ha estado la ciudad, abierta a negocios revolucionarios durante el transcurso de la historia, ¡y todo sin mi conocimiento ni mi permiso!
Cuando finalmente acabé por visitar la ciudad, ocurrió algo para lo que no estaba en absoluto preparado: no pude evitar enamorarme de ella al instante. Tengo la esperanza de que sea mutuo. Cuando uno se aproxima a la ciudad, en nuestro caso desde el oeste, la ciudad parece desde lejos un espejismo junto al azul del Vättern. Íbamos a ir primero al Stora Hotellet, L. tenía una charla en la iglesia de Santa Cristina por la tarde, pero no nos habíamos molestado en averiguar dónde estaban la iglesia ni el hotel, sino que nos dejamos llevar por nuestro instinto, que nos condujo directamente allí sin que necesitáramos consultar el mapa o preguntar a ningún local. Esto significa, naturalmente, que la ciudad nos quería. O que las ciudades suecas tienen un modo, yo diría que innato, de construirse y trazarse.
Jönköping se encuentra en el llamado «cinturón bíblico» de Suecia, un término sociogeográfico oficioso acuñado en algún momento de finales del siglo xix, en referencia a los liberales de Jönköping y alrededores que querían distanciarse de los feligreses de la diócesis de Växjö y la provincia de Kronoberg, que les parecían más limitados espiritualmente, y que según se decía provenían de «la Småland más oscura».
Pero nosotros no íbamos a reunirnos con los liberales, sino con el pastor Per Arne Waldenvik, que había invitado a L. y a Carl Henrik Svenstedt, cineasta y escritor, a conversar sobre el significado de la vida.
A lo largo de los siglos, ¿cuántas iglesias en Suecia no han sido, alguna vez, víctimas del fuego? Es también el caso de esta iglesia del siglo xvii, reconstruida tras las llamas, y actualmente sencilla, bonita y de color blanco. Hubo afluencia de público, jóvenes y mayores, y la charla fue interesante; el pastor era un humanista entusiasta y, además, según iba pasando el tiempo, resultó ser también un entusiasmado fumador de pipa. En las pausas, el hábil organista tocó piezas de Bach en un órgano romántico del xix y después se nos ofreció un refrigerio en el salón parroquial, un edificio diseñado originalmente por el célebre Erik Dahlberg, conde, militar, arquitecto y alto funcionario, e incluso gobernador de Jönköping entre 1687 y 1693.
Podríamos afirmar que las inmediaciones de cualquier iglesia resultan casi siempre armoniosas y bellas y, mientras paseábamos por la callecita, ahora peatonal, que va desde la iglesia hasta el salón parroquial esta afirmación resultó ser cierta. Apenas había casas derruidas, las construcciones viejas estaban bien cuidadas y contribuían a esa atmósfera tranquila. La placita frente al ayuntamiento era, como dicen los folletos turísticos, una perla.
Puesto que quien escribe estas líneas pasó mucho tiempo, durante su infancia, en las iglesias (misas tediosas, aunque con el puño cargado de dinero para la colecta) y en salones parroquiales (a menudo en la venta de cuanto confeccionaban las señoras asiduas al taller de costura, y tan solo una vez mi hermano pequeño y yo con algo de dinero propio para gastar), reconozco estos lugares al instante por su olor y su ambiente y, a diferencia de muchas otras personas y pese a mi relativa falta de fe, las iglesias me hacen sentir siempre en casa.
En cierta manera era especialmente agradable mantener una conversación animada y tomar un sabroso refrigerio y, sobre todo, un buen vino, precisamente en un salón parroquial, donde por lo demás suele dominar el olor a café y a repostería casera. Para un hijo de Dios era prácticamente una profanación, algo que se traducía en un placentero cosquilleo. Y nuestra conversación, por otra parte, no sufrió censura alguna, por lo que esa imagen de un ascetismo intachable y de una estrechez general de miras con la que muchos quizás esperarían encontrarse en ese «cinturón bíblico» aquella tarde resultó totalmente equivocada. Por lo que nos contaron, la ciudad «se había revitalizado» en los últimos veinte años con una población, unas universidades, unas viviendas de nueva construcción con vistas al Vättern, un teatro, una cultura musical y unos restaurantes y cafeterías en constante crecimiento. Todo esto ha contribuido a un próspero desarrollo.
Puesto que originariamente el Vättern era una bahía marítima (aquí hablamos de un período que se remonta a unos diez mil años atrás), una gran parte de la fauna acuática, como por ejemplo el conocido salvelino del Vättern, ha «quedado atrapada», ha logrado adaptarse y no ha dejado de habitar aquí. Ese pez, con su característica carne rosada, es una auténtica exquisitez, y no hay a orillas del lago restaurante que se precie que no tenga salvelino en el menú.
Este lago, del que mucho se habla y que durante mucho tiempo se creyó insondable, está unido a otros lagos, como el lago de Constanza en los Alpes. Parece ser que una mujer ahogada en el Vättern apareció en el lago de Constanza con un libro de salmos de la iglesia de Hammar en el bolsillo… Creer o no en esa historia ya es cosa de cada uno.
