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Melissa, la protagonista de Imagina que rompes todo vive con su tía, una mujer trans. Está a punto de graduarse del colegio, pero para lograrlo necesita pagar una impresora que dañó. En lo que Melissa resuelve el asunto, reaparece su madre y la invita a pasar un fin de semana con ella. Madre e hija intentan reconectar y la tía muestra sus reservas al respecto; en efecto, a medida que se desarrolla la historia, descubrimos las razones de esa distancia, las violencias de género que atraviesan a la madre, la hija y la tía, y las razones para la rebeldía (con frecuencia violenta) de la propia Melissa. La prosa ligera de Lina Munar transporta a sus lectores a los momentos que definen el paso de la adolescencia a la adultez. Esta novela de formación captura, como pocas, la voz y la experiencia de una mujer adolescente que se abre paso entre el ruido y agresividad de la vida urbana.
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Seitenzahl: 241
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Catalogación en la publicación – Biblioteca Nacional de Colombia
Munar Guevara, Lina, 1996-
Imagina que rompes todo / Lina Munar Guevara. -- 1a ed. --
Bogotá : Himpar editores, 2021.
216 p. –(Novela)
Contiene datos del autor en la solapa.
ISBN 978-958-52968-0-0
1. Novela colombiana - Siglo XXI I. Título II. Serie
CDD: Co863.5 ed. 23 CO-BoBN– a1088808
Esta publicación es producida con el apoyo del estímulo del programa Es Cultura Local 2021, otorgado por el Instituto Distrital de las Artes - Idartes y la Alcaldía Local de San Cristóbal.
IMAGINA QUE ROMPES TODO
© Lina Munar Guevara
© Corporación Himpar editores
Primera edición, 2022
Bogotá D.C., Colombia
ISBN: 978-958-52968-0-0
Edición: Himpar editores
Diseño gráfico: Sandra Restrepo
Diseño epub:Hipertexto – Netizen Digital Solutions
Y a todos los que lo hicieron posible.
Del barrio hay que irse digo siempre para eso tomé envión y cocaína pero como me dijo mi tío que está muerto Te vayas a donde te vayas las cosas se van con vos. Siento que estoy llena de vida y también que no lo soporto.
Del barrio hay que irse sigo diciendo aunque ya me fui.
SILVINA GIAGANTI“Las cosas se van con vos”, Tarda en apagarse
CONTENIDO
Viernes
Sábado
Sábado en la tarde
Sábado en la noche
Domingo
Domingo en la tarde
Domingo en la noche
Lunes festivo
Viernes
—¿Y QUÉ VAS A HACER?
Me quedé quieta. Fría. Margarita, la de administración, me miraba. Aunque me sonreía, lo primero que pensé fue en las caras que ponía el profesor de historia. Después de hacer una pregunta el tipo cogía su marcador, empezaba a golpear el pupitre y luego decía “No es cálculo, señoritas, hay un número finito de respuestas”. “Respóndame esta, cucho”, murmuraba Zapata con el movimiento de mano correspondiente. Lo hacía bajito para que solo yo la oyera. Me hacía reír, pero me daban ganas de botarle el borrador para que me dejara pensar. Y el profesor seguía con que no es cálculo, y no sé qué más. Esa era su forma odiosa de decir “No es tan difícil, Noriega, responda la puta pregunta”. La pregunta de Margarita, la de administración, tampoco era cálculo. No había un número infinito de respuestas. De hecho, había una sola y, a diferencia de la Guerra de los Obandos, esta vez sabía qué responder.
—Graduarme —dije.
Margarita se rio suavemente y se reclinó en la silla, como si le acabara de contar un chiste.
—Quería decir, después de eso.
La miré. A pesar de estar relegada al edificio de administración y no pasar tiempo con los profesores o las estudiantes, Margarita compartía su aire, su tono. Se sentía distinto a mi colegio anterior, como si Margarita y los demás estuvieran hechos de la misma cosa, de algo que a mí me faltaba y no podía aprender. Para ella, y para todos en el Liceo, graduarse no era la gran cosa. Ni siquiera era una cosa, era el curso natural de las cosas. Inevitable. Pero en mi colegio anterior, el Distrital de Corpus Cristi, eso no era así. Nadie se graduaba. Graduarse no estaba en los planes de nadie, porque a esa edad la gente ya había empezado a trabajar o vivía con el novio, o había “metido las patas”. A veces todas las anteriores (como mamá). Era más difícil encontrar razones para quedarse en el colegio cuando en la casa se necesitaba ayuda. Pero yo me iba a graduar. Así se lo decía a la tía Anahí cada vez que le entregaba el boletín de notas. “No entre las mejores”, le advertía, “pero que me gradúo, me gradúo”. Aunque ella asentía, yo estaba convencida de que no me hacía caso. Por eso me sorprendió el día que me llamó a su habitación, y tenía dos o tres vestidos desparramados en la silla de la esquina. Me preguntó que qué iban a usar los papás del curso para el grado. “Y yo cómo voy a saber”, le respondí, pero sonreí de oreja a oreja como una tonta. Que Margarita, la de administración, me dijera que me iba a graduar no valía nada —ella no me conocía—, pero si mi tía lo creía, tal vez podía ser verdad.
Yo tenía mis dudas. Cinco años después de salir de Corpus Cristi, todavía me daba miedo despertar allí. “Te pueden sacar del barrio”, le advirtió Adela a mamá cuando nos fuimos, “pero el barrio nadie te lo saca, bebé”. Es verdad: uno podría reconocer a alguien de Corpus Cristi hasta en Corea porque es la persona que, cuando suena el exosto de un carro, se bota al piso con las manos en la cabeza. Exagero, pero no tanto.
Margarita, la de administración, abrió mi carpeta.
Estaría repasando mis notas, mirando esos números que tanto me habían hecho sufrir; cada décima que saqué con las uñas y que, para entonces, no significaban nada. Eran manchas, no más importantes que un poco de café o labial en la hoja: en eso se habían convertido desde que habían estampado APROBADO en el informe. Ahí estaba, con tinta azul que no había alcanzado a marcar la parte de arriba de la D y la O, pero ahí estaba, y no había nada que los profesores pudieran hacer al respecto; ni el de historia, ni el de cálculo, ni la de catequesis podían cambiarlo. APROBADO, perros. Si habían sumado mal, si había una ausencia que no habían marcado, pues jodidos, porque había aprobado todas y cada una de las materias y me iba a graduar. No entre las mejores, pero me gradúo.
Entonces Margarita, la de administración, torció los labios y lo supe. Antes de que me hablara, lo supe: la impresora.
—Ay, linda —suspiró, mirándome como si acabara de atropellar a mi perra—, no te puedo dar el paz y salvo.
Era la triplehijueputa impresora y todo se había ido a la mierda.
Lo peor de esta historia, lo que debemos recordar, es que tuve la plata, la plata para reponer la impresora. En un punto de mi vida la tuve y la convertí en un tatuaje, unos aretes y un monedero con forma de aguacate. Bruta y media, ¿quién putas usa un monedero? Yo nunca he usado un monedero en mi vida, ¿como por qué iba a empezar? Si me iba a gastar la plata, al menos me la habría podido gastar en algo que usara, algo bueno. En fin, el punto es que le prometí a Margarita que le pagaba el lunes a primera hora.
—Sería el martes, porque el lunes es festivo.
—Mejor.
—No, no, linda. No me estás entendiendo —dijo, con la misma sonrisa—. No se puede.
—Por favor…
—Ay, linda, es que hoy hubo el cierre contable —dijo, y yo asentí seria, como si entendiera las implicaciones de un puto cierre contable.
Le dije que el martes sin falta se la traía, que ya tenía la plata (falso), que por favor me dejara llevársela porque me tenía que graduar, por favor, que mi mamá iba a venir desde Bucaramanga solo para mi grado (también falso, hasta donde yo sabía). Se quedó mirándome un momento, hice lo mismo. Margarita, la de administración, tenía el pelo rubio, pintado con unos rayitos más claros que otros, gafas rectangulares de marco azul que le salían con el saco de botones que llevaba puesto. Me pregunté si tendría gafas de todos los colores y si las cambiaba todos los días según el saco que se iba a poner. Pura pinta de que usaba monedero, y pensé ofrecerle un soborno con forma de aguacate. No, supuse que no aceptaría porque la gente con pinta de usar monedero rara vez tiene pinta de dejarse sobornar.
—Me tengo que graduar —le dije, en cambio—. Por favor, pago el martes.
—Es que no…
—El martes sin falta.
—No se puede, corazón. Si hiciera una excepción por ti, me tocaría hacerlo con todas.
Pero nadie más en el liceo necesita una, ¿verdad, Margarita? Nadie tenía el problema, a nadie la perseguía la impresora. Solo a mí.
—Te lo ruego. Por favor, después de todo lo que… me tengo que graduar, por favor.
—Yo…
—Hice todo, todo lo que me pidieron, las clases, los exámenes, los finales, el trabajo social, todo, hice todo. No es justo que no me dejen graduar por algo que no tiene nada que ver con, por algo que… por un… un accidente. Por favor. El martes traigo la plata. Jurado.
Suspiró, rendida.
—A primera hora el martes.
Y yo salté de la silla y sonreí y recordé que no tenía la plata.
Está bien, Melissa, para eso trabajas. Salí del colegio directo a la tienda del señor Héctor. Quedaba a unas dos cuadras (que parecían tres si llovía) de la casa de la tía Anahí, en el barrio La Alborada. En esa tiendita yo me lucía dos fines de semana al mes organizando los estantes, limpiando el piso y los baños. Rara vez me confiaban la caja porque la registradora nunca servía y el cálculo no era lo mío, respuestas infinitas y todo eso. Me gustaba trapear los pasillos, porque se podía hacer al ritmo de las canciones de Sergio Vargas que le encantaban al señor Héctor y era solo cuestión de ir y venir, como pintar una casa. O como me imaginaba que era pintar una casa, porque nunca lo había hecho. Aunque Corpus Cristi estaba siempre en obra, casi nadie se molestaba con pintar al final. La mayoría de casas quedaban con ese color entre tierra y amarillo mostaza, con columnas de cemento, y las que sí estaban pintadas, por lo general, tenían balcones y pisos adicionados de a poquitos, pintados con tonos distintos o con parches que cubrían los grafitis. Para eso sí que eran buenas las paredes. El barrio entero era un lienzo gigante.
En La Alborada, en cambio, los grafitis no duraban nada. Una vez el señor Héctor me hizo limpiar la fachada de la tienda donde le habían dejado un autógrafo. No era la primera vez que me tocaba limpiar un grafiti, pero como esa vez no era mío, sentí que me demoré años, y al final me quedó doliendo la muñeca. Casi siempre la gente dejaba la tienda tranquila, porque al señor Héctor no le molestaba fiar y además había puesto esas luces que se prenden solas cuando alguien pasa. La idea de quedar bajo esa luz, lata en mano, en frente de todo el mundo, era suficiente para desganar a la mayoría. A diferencia del Corpus Cristi, en La Alborada las miradas importaban. Aun así, el señor Héctor no se salvó de su firmada, pero las luces no habían sido una pérdida completa, porque cuando la gente se sentaba afuera a tomar cerveza, a veces yo esperaba a que los borrachos se quedaran dormidos para pasar y hacer que se prendieran los reflectores. Se asustaban tanto que se caían de las sillas y me hacían reír.
Como todavía había luz cuando llegué, los reflectores de afuera estaban apagados. Adentro sonaba merengue y el señor Héctor estaba acomodando unas latas de salsa de tomate. “Pasta de tomate”, me corregiría la tía Anahí. Me acerqué al señor Héctor con la cabeza gacha, como cuando la Katya se acerca despacito con la cola entre las patas porque se meó en la alfombra. Y Héctor se debió dar cuenta de que venía a pedirle un adelanto del sueldo porque ni me miró para decir:
—No hay plata, Meli.
Eso es lo que pasa cuando uno le fía a cualquiera, señor Héctor.
—Por favor, don Héctor. Vengo todo el mes, dos meses, lo que sea, pero necesito algo urgente, urgente.
Él se fue hacia la caja. Yo lo seguí, quitándome un pedazo de cutícula con los dientes. Mamá siempre me había regañado por comerme las uñas, así que, en cambio, me molestaba la cutícula hasta arrancarla. Héctor me pasó veinte mil pesos —ni una décima de lo que necesitaba— y me encimó una bolsa de camarones próximos a vencer.
¿Y yo qué putas voy a hacer con una bolsa de camarones?
—Los voy a fritar con ajo y aceite de oliva —dijo la tía Anahí, inspeccionando la bolsa—. Toca pelarlos y desvenarlos, pero están buenos.
“Desvenarlos” era una forma bonita de decir que tocaba sacarles la mierda.
—El tracto digestivo —me corrigió ella.
—Que está lleno de mierda —insistí yo, recostándome contra el mesón.
Crucé los brazos y suspiré.
—Solo una parte —le pedí—. Solo una partecita, por favor. Sería un préstamo. Te juro que te pago cada peso.
—Saca ahí los espaguetis y trae perejil de la nevera —dijo, abriendo la bolsa de camarones—. ¿Te acuerdas de lo que te dije cuando rompiste la impresora? Ah, y un limón.
—Sí, yo sé, pero estoy desesperada. Por favor, te juro que te pago. ¿Cuánto saco? ¿Ahí? Te pago el doble, el triple, si quieres, aunque eso se llama usura, pero de eso sabes más que yo.
Me encantaba molestarla porque trabajaba en el banco, decirle que los banqueros eran gente mala, terrible, y que (a diferencia del señor Héctor) no eran gente de fiar.
—Qué chistosita. Pon a hervir el agua. Lo siento, Meli, pero te lo advertí ¿o no te lo advertí?
Suspiré con fuerza, como para que me oyera suspirar y supiera que estaba agotada.
—Pica el ajo en rodajitas, que queden láminas delgadas.
—Te pago el cuádruple si quieres.
—No se trata de la plata, Meli. Toda acción…
—Tiene consecuencias, sí, sí, pero tíaaaa.
—Pero nada. Ahora mira, criatura, que esto te va a servir.
—Si no es plata no creo que me sirva —dije entre dientes.
De todas formas, me quedé viendo cómo deslizaba el cuchillo por el lomo (¿lomo?) del camarón y sacaba con la punta el hilo café con un solo movimiento. Cocinaba bonito la tía Anahí. Daba gusto verla cocinar. También le salía bien rico.
Ella se veía linda cocinando porque le gustaba. Tenía un glamour a la antigua, como desvanecido, como de esas fotografías de actrices en blanco y negro. Daba la impresión de ser de otro siglo, aunque apenas tenía cuarenta años. Tenía manos de pianista. No se lo decía porque sabía que a ella no le gustaban sus manos, largas y delgadas, perfectas para manejar el sartén como si nada. Sí, eran manos de pianista, aunque ya casi no tocaba, y la organeta del estudio funcionaba más como un escritorio para poner cuadernos, facturas y una planta suculenta de hojas polvorientas. Cuenta la leyenda que la tía tocaba de todo en esa organeta, desde Beethoven hasta las Flans y por supuesto Alejandro Sanz. A la tía Anahí le encantaba Alejandro Sanz, también le gustaban algunas de sus canciones. Seguro las manos se le verían bien tocando, especialmente cuando se pintaba las uñas de colores vivos. Se había puesto un color salmón que era bonito, pero tampoco se lo decía porque era un color aburrido y no quería que dejara de usar los dorados y azules y ocasionales verdes que le quedaban tan bien. El pelo se lo había pintado de un café rojizo que le quedaba lindo porque era toda paliducha. A mí, en cambio, solo me quedaba bien el pelo negro, por lo morena. La tía Anahí tenía los ojos cafés de mi tía Magdalena, y yo había sacado los miel de mi mamá. Una lástima, porque mi papá tenía ojos verdes. Uno esperaría que al menos me hubiera podido dejar eso.
Cuando el aceite de oliva se calentó, mi tía echó los camarones a freír. Yo no estaba segura de si me gustaban. La única vez que recordaba haberlos comido era en la casa de la tía Magdalena, en una novena, cuando todavía nos invitaba. Eso tenía que haber sido hacía mucho tiempo, cuando mamá y yo vivíamos en Corpus Cristi, y la tía Anahí todavía era el tío Roberto. La tía Magdalena los sirvió en un bol de cristal, empapados en un lodo de salsa rosada y rodajas de salchicha, decorado con un poquito de lechuga. Recuerdo que me dieron ganas de vomitar cuando probé el primero, pero, como todavía me caía bien la tía Magdalena, hice un esfuerzo y me lo bajé con un sorbo de Coca Cola. Seguro ella no los desvenaba.
Cuando eché el ajo a freír, sospeché que sí me iban a gustar esos camarones. El olor se esparció por la cocina. El ajo es súper importante porque va en todo, como la cebolla, pero, a menos de que el plato sea al ajillo, las cosas no deberían saber a ajo. Tiene que estar en su punto exacto y dejarse opacar por los demás ingredientes. Eso me lo explicó la tía Anahí mientras revolvía la olla de la pasta. A mí me tocaba el perejil. Me había enseñado a picarlo de una forma chévere, como balanceando el cuchillo rápido, como imitando una de esas cortadoras que usan en las papelerías, tas, tas, tas. Me gustaba hacerlo, pasar el cuchillo en una dirección y después en la otra, sentir los pedacitos que se iban desprendiendo sobre la tabla. Era bueno para despejar la cabeza, como trapear o pintar una casa.
—Más finito —dijo y me quitó el cuchillo para hacerlo.
Mientras ella seguía, yo me agaché a consentir a la Katya, que se había desperezado al oler los camarones en el sartén. Era una cocker spaniel caramelo de ojitos cafés y un par de canas en el hocico. Bostezó y estiró la lengua rosada, antes de apoyar la cabeza sobre mis rodillas como hacía cuando quería que le acariciara el cuello. Le hice caso, y ella fue recostándose poco a poco hasta quedar patas arriba sobre la baldosa.
—Qué consentida —le dije, mientras le acariciaba la panza, donde se le formaban varios remolinos—. Voy a vender a la Katya. ¿Cuánto me darán por ella?
—Con lo malcriada que está, te la cobran más bien.
Katya era mi primera mascota. Era de la tía Anahí, pero, después de vivir cinco años juntas en el apartamento de La Alborada, Katya era mía también. En Corpus Cristi nunca había tenido mascotas porque, uno, mamá y yo nunca estábamos, y, dos, yo no era tan buena con los animales. En esa época tampoco era muy buena con las personas. “No era ninguna perita en dulce”, diría la tía Anahí, que era la forma bonita de decir que yo era bien mierda. Le rasqué la panza a Katya para hacer que moviera la patica, mientras la tía Anahí mezclaba las pastas con los camarones.
—Échale limón —me dijo, al tiempo que le agregaba un poco del caldo de la pasta al sartén.
Cogí un poquito de detergente y me lavé bien las manos antes de coger el limón. Ya estaba partido, así que apreté una de las mitades sobre el sartén. El jugo se me escurrió por los dedos e hizo que me ardieran los triangulitos de carne viva donde me había arrancado la cutícula. Ignoré el dolor para echar un poco más. Antes no se me habría ocurrido echarle limón a la pasta, jamás, pero había aprendido que el limón es un poco como la sal. Como que fija el sabor. La cocina está llena de contradicciones, como la de ponerle sal a la masa de las tortas, por eso es tan interesante. No es como despejar una ecuación, seguir paso a paso una serie de reglas hasta llegar a x, una x aburrida que siempre es lo que tiene que ser, x. Uno cocina y no se sabe qué le va a quedar al final. Aunque no se vean como en los libros, aunque no sepan como deberían, los platos valen la pena porque nunca se pueden hacer dos veces, no realmente. Es que cocinar es como hacer magia, transformar los ingredientes, hacerlos desaparecer y reaparecer. Si uno termina con lo mismo con lo que empezó, no cocinó, punto. Yo quería tener un restaurante propio; probablemente no cocinaría ahí, pero pasaría horas viendo al chef.
Por eso me había presentado a Administración de Empresas. Esa era la respuesta que Margarita, la de administración, estaba buscando. Yo no se lo había dicho a nadie, era como salarlo. A casi nadie, porque la tía Anahí sabía y también le había dicho a Santiago. Incluso le había dicho lo del restaurante, pero no le había dicho la idea completa porque me daba pena y me daba pena que me diera pena. Sí se lo conté a Zapata porque con ella no me daba pena nada: ella entendía. Le conté que quería tener un restaurante que fuera como una casa normalita, o un apartamento, donde la gente (tiene que ser un grupo pequeño) llega y deja las cosas en el comedor o en la sala. Les damos una copita de vino y pasan a la cocina, en donde se tienen que poner de acuerdo sobre el menú. Entonces entre todos cocinan para ayudarle al chef, que le va diciendo a cada quien qué hacer. Les pone tareas fáciles, para que no puedan dañar la cena, obvio, pero el truco está en hacer que ellos crean que sí pueden dañarla si lo hacen mal. Van comiéndose la entrada ahí en la cocina mientras está listo el plato principal y después se sientan en el comedor, y aunque la comida no va a quedar tan bien como si la hubiera hecho toda el chef, les va a saber más rico. Y al final sirven el postre, que ese sí lo hace el chef, solo, porque los demás ya están cansados.
—Pero le toca abrir varios restaurantes antes, Norieguis, para poder financiarlo —me dijo Zapata.
Y yo le dije que sí, que con uno italiano que pegara se podía pagar ese. Por eso me gustaba hablar con ella, porque nos entendíamos, y por eso ella siempre me mostraba su música. Zapata era alternosa. Le gustaba mucha música rara, alguna rara chévere y otra rara rara, y siempre que me la mostraba, me contaba por qué el cantante hacía esto o aquello, o en quién se había inspirado y por qué ese álbum había sido el punto más alto o más bajo de su carrera.
Era música que me hacía sentir algo, incluso las canciones que no me gustaban. Y cuando sí me gustaban, uf, qué horror, sus canciones me perseguían por días, no podía parar de oírlas. Así fue con “Running Up That Hill (Deal with God)”. Cuando la oía, sentía que estaba en una casa de campo grandota, no una elegante, sino rústica. Estábamos cenando en una mesa gruesa de madera con velas porque se había ido la luz y yo me tenía que ir de repente. Cuando salía de la casa era de día, aunque adentro era de noche, y corría por un camino de tierra bordeado de árboles con hojas como cortinas. Esa era la batería, los pasos que iba dando para atravesar lotes de pasto alto y cercas torcidas de alambre hasta llegar a una colina verdísima, que no era tan alta, pero que cuando llegaba arriba no se podía ver sino el cielo azul, y desde ahí hablaba con Dios, no el Dios del abuelo, sino el de todos, para hacer un trato: que yo cambiara lugares con una persona que amaba muchísimo, pero que había muerto, para que la persona volviera y yo fuera al cielo. Nunca sabía quién era esa persona. A veces era yo misma. Por eso se ponía más rápida la canción, para ir bajando por la colina, no demasiado rápido, apenas dejándome llevar por la bajada. Y me sentía muy tranquila y muy feliz, porque sabía que había logrado regresar gracias a ese sacrificio que yo había hecho. Se lo conté a Zapata, que la canción me hacía sentir eso, y ella dijo que era una canción bonita, con una sonrisa como diciendo que desde que me la mostró esperaba que yo fuera a sentir eso.
Mientras la tía Anahí servía la pasta, puse dos puestos en el comedor. Revisé la olla chocolatera de la esquina en la que caía la gotera. La humedad había empeorado porque antes la olla no se llenaba en un solo día. La cogí y la vacié en el lavamanos de la cocina antes de volverla a poner. El techo tenía un parche más oscuro y la pintura se había agrietado. La tía Anahí salió de la cocina con la comida y la Katya la siguió, moviendo la colita. Mi tía puso los platos en la mesa y se desparramó sobre la silla.
Cogí un montón de pasta con el tenedor y no me molestó quemarme el paladar porque estaba deliciosa. El ajo se había dorado, así que no había problema con comerse las laminitas que quedaban entre los espaguetis. Los camarones, buenísimos, sobre todo si los untaba en el aceite de oliva. Le dije a mi tía que estaba muy rico, y ella dijo que tenía que confiar en sus recetas. Después le volví a suplicar que me ayudara con la plata de la impresora, pero ella se mantuvo firme. Entonces, como en señal de protesta, decidí contestar mi celular. Hacía rato me estaba llamando un número desconocido.
—¿Aló?
—¿Aló? ¿Melissa?
Sentí como un chispazo por la espalda porque no escuchaba su voz desde mi cumpleaños, hacía unos siete meses.
—¿Meli, estás ahí? ¿Me oyes?
—¿Mamá?… Cambiaste de número.
—Sí —se rio—. Ay, cómo me gusta escucharte, amor.
Me dijo que iba a estar en Bogotá el fin de semana. Casi se me resbala el teléfono, ¿me sudaban las manos?
—Me gustaría verte —dijo—. Podemos pasar el fin de semana juntas.
El fin de semana. El fin de semana juntas. Todo el fin de semana juntas. Estaba tan sorprendida que solo me di cuenta de que no le había dicho nada cuando ella me preguntó preocupada:
—¿Ya tienes planes?
—¿Qué? No, claro que no. Te quiero ver.
—Entonces paso por ti mañana, corazón.
Sábado
EN UNO DE MIS PRIMEROS RECUERDOS del apartamento de Corpus Cristi estoy arrodillada sobre el sofá, con las manos y la frente contra la ventana. Trataba de ver si la golosa que había hecho con tiza el día anterior seguía en el andén, pero desde la sala no se veía nada. El radio estaba prendido en la cocina y, como era un apartamento chiquitico, el Joe se oía por todas partes. Empezó a oler a plástico quemado y gas, así supe que mamá había prendido el horno. Corrí a la cocina, estaba descalza, y mamá me regañó porque me podía saltar aceite caliente o podía pisar algo. No le hice caso, corrí hacia ella y le pregunté qué estaba haciendo.
Torta de chocolate, de las de caja. Era para llevársela a la tía Magdalena, había una piñata ese día. Mamá le dio la vuelta a la caja y leyó en voz alta las instrucciones. Recuerdo cómo resaltaba el cartón amarillo contra sus uñas pintadas de morado con rayas negras. ¿Cuántos años tendría? Yo como cuatro, así que mamá unos veinte.
—¿Me ayudas? —me preguntó.
Asentí y ella me alzó y me subió al mesón. Me tocó la nariz y me dijo que sostuviera el tazón de plástico mientras ella le echaba la mezcla instantánea. Se levantó una nube de polvo café. La cocina se llenó de olor a chocolate. Mamá le subió al radio y empezó a bailar mientras abría el cajón y sacaba los utensilios. Siempre ha sido buena bailando salsa y como todos los que bailan muy bien salsa, eso se le nota, incluso cuando no está bailando, sino haciendo algo tan simple como abrir la puerta del horno. Aunque quería preguntarle por papá, no lo hice, tal vez porque era un día bonito y pronto habría torta de chocolate.
Mi papá era un agujero negro en el que las conversaciones morían. Si uno se acercaba mucho, ¡tas! se chupaba todo el aire. Eso no ha cambiado. Y no era justo porque, al principio, siempre quería hablar de él. No con él, jamás con él, sino de.
