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La Tercera Guerra Mundial es inevitable y la futura caída del Imperio estadounidense una realidad. Un nuevo orden económico, político y social se avecina y Liam Pearson, CEO de la megacorporación biotecnológica HomoTechs, lo sabe. A diferencia de sus predecesores, el magnate tiene noción acerca del secreto mejor guardado de la humanidad. Una verdad reservada para un pequeño número de ilustrados que funcionó como garantía para fijar una fecha de caducidad a todos los imperios que gobernaron a lo largo de miles de años. Liam es consciente de lo imperativo de descifrar el genoma completo del secreto para asegurar la perpetuidad de su poder. Para ello deberá seguir el rastro de una joven médica de origen israelí, Amaia Abramov, quien apenas comprende lo que está a punto de suceder. El equilibrio mundial está a punto de estallar y tanto Amaia como Liam se conducirán contrarreloj en busca del secreto que podría liberar finalmente a la humanidad o sentenciarla a una nueva adaptación de esclavitud contemporánea.
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Seitenzahl: 217
Veröffentlichungsjahr: 2024
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Drudi, Mariano
Imperium : revelación : un nuevo orden mundial se aproxima / Mariano Drudi. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2024.
200 p. ; 21 x 15 cm.
ISBN 978-987-824-930-8
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Ciencia Ficción. I. Título.
CDD A863
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2024. Drudi, Mariano
© 2024. Tinta Libre Ediciones
Para quien esté leyendo,
brindándome así la oportunidad
de compartir este viaje juntos.
Durante los últimos 5000 años de historia, la humanidad se ha visto sometida en su mayoría al dominio de un orden social común: los imperios.
Imperio acadio
Imperio egipcio
Imperio asirio
Imperio ateniense
Imperio aqueménida
Imperio macedonio
Imperio chino
Imperio romano
Imperio azteca
Imperio inca
Imperio bizantino
Imperio árabe
Imperio mongol
Sacro Imperio Romano Germánico
Imperio otomano
Imperio español
Imperio francés de Napoleón
Imperio austrohúngaro
Imperio británico
Imperio ruso
Imperio estadounidense
Por solo mencionar algunos…
Cada imperio ha dejado a su paso una herencia rica en cultura, tomada, adaptada y aprovechada como propia por el imperio siguiente hasta nuestros días.
Cada imperio se ha encargado también de extinguir muchas civilizaciones menores, callando así sus verdades.
Nada es más fácil que censurar a los muertos.
Julio César (100 a. C. - 44 a. C.), el emperador que no fue tal.
Revelación
Saga Imperium
Prólogo
Alexander Brown, o como lo llamaban sus más allegados, Alex, se debatía por el color de la corbata que luciría mejor con su traje de corte conservador.
Su figura alta, delgada y encorvada no era la mejor portadora para lucir un traje, por lo que la mayoría de los sastres reconocidos de Londres aceptaban con desgano diseñar las vestiduras de Alex. Si no fuera porque se trataba del mismísimo hijo de Alexander Brown, fundador y CEO actual de una farmacéutica de envergadura multinacional, lo más probable era que el pobre Alex vistiera trajes de alguna tirada en serie proveniente de algún país asiático.
La farmacéutica Brown había sido proyectada por el reconocido empresario Alexander Brown cuando este era solo un joven emprendedor de veintiséis años.
Nacido en Edimburgo en el año 1941 en el seno de una familia descendiente de la reina Victoria del Reino Unido, Alexander Brown formaba parte de un grupo que se hacía llamar los dueños de Europa por el linaje esparcido a través de alianzas reales por todo el continente.
Mientras su familia se jactaba de usufructuar sus títulos nobiliarios, él, en cambio, se interesó casi de inmediato por el avasallante crecimiento de los Estados Unidos después de la guerra y su filosofía de mercados. Si bien dinero no le faltaba, ni tampoco le faltaría, la posibilidad de obtener prestigio y posición de renombre, sensación codiciada que nunca le otorgaría la corona británica por no pertenecer a la línea directa del rey, se había convertido en su principal obsesión.
Como suele suceder con la mayoría de los miembros reales de “segunda mano”, su título perdía valor ante una sociedad cada vez más iluminada en concepto de igualdad, y esto era aún mayor teniendo en cuenta que la sociedad estadounidense se estaba disputando, en ese entonces, la conducción de la nueva era a través de ideas sobre la superioridad que distaban bastante de los de la monarquía británica. Razón por la cual, a sus veintiún años, Alexander Brown viajó a Cambridge, en la costa este de los Estados Unidos, para estudiar negocios en la prestigiosa Universidad de Harvard, donde se graduó hasta la máxima titulación con honores. De hecho, en la intimidad, Alexander Brown se jactaba de haber compartido cátedras y encuentros informales con quien sería luego el famoso economista Michael Porter. Más de un empresario de los altos niveles creía haber oído en alguna que otra ocasión comentarios altaneros del escocés sobre cómo había ayudado al célebre economista a desarrollar su modelo de las Cinco Fuerzas del Mercado.
Mito o verdad, lo cierto era que, con las inyecciones de financiación provistas por su familia, Alexander Brown había fundado la farmacéutica Brown, Brown Pharmacy, y aseguraba con total certeza que sería la industria más rentable de todas, luego de la armamentista, claro está, en un nuevo orden mundial liderado por los mercados.
Para el año 2006 se encontraba a punto de abrir una nueva sede en Santiago, Chile, siendo esta la última de una larga lista que incluía sedes esparcidas por todo el mundo. Desde las principales capitales de Europa hasta distintos puntos de los Estados Unidos, Canadá, México, Brasil, Sudáfrica, Australia, India, Japón y, por supuesto, China, podían encontrarse sedes de la valiosa farmacéutica.
Era válido opinar sin miedo a equivocarse que la marca registrada Brown Pharmacy cumplía con los requisitos para considerarse un imperio. No obstante, como todo imperio, la farmacéutica del excéntrico empresario Alexander Brown se acercaba lentamente a su fin, amenazada por una inminente situación de insolvencia. En su mejor momento, convencido del imperio millonario que había creado, Alexander decidió renunciar a su nombramiento real, que le exigía cumplir con formalismos completamente opuestos a la personalidad excéntrica que se acrecentaba en su ser luego de descubrir que no necesariamente con el dinero y el poder venía la educación. Al renunciar a su título nobiliario, renunció también a las inyecciones de capital. Si bien no fue inmediato, la salida de su principal acreedor tornó dificultosa la liquidez de la monstruosa infraestructura del imperio moderno. Esto sin contar con la enorme cantidad de dinero que tuvo que utilizar para silenciar lo que el mismo empresario Alexander llamaba “daños colaterales” de una noche inolvidable y, lo peor de todo, al menos para sus abogados y asesores, era que lo decía riendo con total impunidad.
Alexander Brown era un hombre soberbio, decidido a cumplir cualquiera que fuese el capricho que atravesara su mente. No estaba en su léxico la palabra límite, ni en el campo de los negocios ni en su vida personal.
Cuando sus asesores le indicaron que abrir una nueva sucursal no era lo ideal, sino todo lo contrario, para la continuidad de la farmacéutica, Alexander respondió con arrogancia que ese era el motivo por el cual ellos no eran dueños de nada, mientras que él había creado su propia suerte. Claro está que en sus conclusiones no contemplaba el hecho de haber nacido en una familia asquerosamente forrada en dinero.
Alexander Brown hijo, Alex, el joven de treinta años de edad delgado e inseguro, era la antítesis de su padre. Su madre —una belleza francesa sin igual a quien, más que el dinero, le gustaba gastarlo sin ahorrar nada, excepto la mayoría de sus neuronas— no dudó en gestar al niño que habían concebido con el millonario empresario en una noche de diversión. Tampoco había sido una madre devota en la crianza de su hijo, suficiente con haberlo cargado encima durante nueve meses, sostenía la mujer. Luego del pudiente acuerdo que hicieron al divorciarse con Alexander, prácticamente se olvidó de que tenía un hijo de seis años que extrañaba a su mamá en las noches tormentosas.
La amargura que le generó ese hijo al hombre solo fue instantánea al considerar que, en definitiva, necesitaba de un heredero. Indiscutible era que sería el primer y único hijo, pues Alexander Brown siempre había considerado que los hijos eran consumidores de riqueza. Tal vez lo hacía de manera inconsciente por su propio comportamiento. Razón más que suficiente para realizarse la vasectomía. Eso y el hecho de que no le gustaba cuidarse con sus infinitas amantes. Se sentía lo bastante poderoso e inalcanzable por las enfermedades gracias a su farmacéutica.
—Creo que será la roja —dijo Alex, que seguía pensando en cuál corbata elegir para verse bien ante su padre—. No, mejor la azul… Sí, definitivamente la azul —concluyó.
El joven Alex se encontraba en la habitación de un lujoso hotel en el centro de Santiago, alistándose para ir al evento de inauguración de la nueva sede de la compañía farmacéutica en Chile que, tal como se había prometido, estaría lista en marzo de 2006 en condiciones inmejorables para operar cuanto antes. En la suite del último piso, en el mismo hotel, se encontraba su padre, quien daría el discurso de inauguración, aunque estaba un tanto más relajado que su hijo. Completamente desnudo, con un cuerpo que ofrecía poco para quien estuviera viendo, estaba despidiendo a una escort de procedencia colombiana con una piel que podía tentar hasta al mismo demonio, besuqueando su cuello con desesperación como si la estuviera recibiendo y el negocio no se hubiera aún concretado.
Con los billetes en su costoso bolso, la mujer no permitió un solo beso más y lo apartó asqueada para marcharse hacia el ascensor. El hombre se quedó viéndola con perversidad en sus ojos hasta el momento en que desapareció detrás de la puerta del elevador.
Mientras el joven Alex no terminaba de convencerse frente al espejo, buscando una perfección que nunca lograría para complacer a su padre, este disfrutaba de una medida de pisco puro para relajar los músculos de su garganta antes del discurso.
Al cabo de la hora, cerca del mediodía, ambos iban en camino hacia la nueva sede ubicada sobre la RN 5 yendo hacia el norte, en las afueras de Santiago.
Se podría decir que la excentricidad de Alexander lo llevaba a ir en autos separados con su hijo, cada uno con su correspondiente chofer, pero en realidad tenía muy poco interés en compartir una conversación con Alex. Prefería la privacidad del trayecto para consumir un alentador polvillo blanquecino.
En las afueras de la sede, presentaba su credencial para entrar un joven con un aspecto que envidiaría cualquier delincuente en fuga, por su insípida manera de vestir como por su andar simplón. Hiciera lo que hiciera, pasaría inadvertido. Más en un lugar como ese, donde el lujo y la presencia lo eran todo.
Con sus jeans anchos y zapatillas negras deportivas, distaba bastante de presentar una imagen similar a la de los demás presentes. La camisa blanca podría haber simulado un tanto más de elegancia, pero era la forma en que la calzaba, con los tres primeros botones, desde el cuello hacia el pecho, desabotonados, y solo dentro del jean a medias, lo que terminaba de romper con todo refinamiento. Un cinto de cuero negro era lo único que hacía juego con el color de las zapatillas y sus lentes de sol RayBan al estilo Maverick ocultaban parte de su pálido rostro. La cantidad de cabello castaño ondulado que tenía en la cabeza servía para suplir la deficiencia en su calva barbilla.
Cargaba una mochila colgada solo de un hombro, y en su muñeca izquierda podía verse un extraño reloj de acero inoxidable y malla de goma. Ningún otro de los asistentes al evento llevaba un reloj similar y probablemente tampoco lo haría; tanto estética como funcionalmente la sociedad no estaba preparada aún.
En tan solo unos minutos, se encontró ubicado en un asiento reservado para el doctor Soto, experto en inmunología. El joven insulso sonrió por lo fácil que había sido eludir la seguridad a cargo de un evento de tal magnitud. Revisó su extraño reloj, apoyó sus brazos sobre la mochila, que ahora tenía en su cintura, y esperó el comienzo del espectáculo. Sería una larga jornada y el hombre principal del evento sería quien lo iba impulsar voluntariamente en sus planes, sin saber que con ello solo provocaría su propio hundimiento.
Alexander Brown, la personalidad del momento, era poca cosa. El joven ahí sentado ambicionaba ser el hombre del milenio y, por qué no, el nuevo Dios.
—¡Buenos días a todos! —exclamó sobre el atril el flamante fundador y CEO de Brown Pharmacy, en un español con acento pero entendible—. Es un honor para la farmacéutica, y por supuesto para mí, desembarcar en un país como Chile, que no le tiembla el pulso a la hora de decidir por el progreso.
Los aplausos eufóricos de todos los asistentes, entre futuros colaboradores de la sede e invitados de honor, hacían gala de lo que prometía ser un nuevo futuro para el país.
—Cuando fundé esta compañía —continuó Alexander Brown—, tenía una clara visión: debía llegar a todo el mundo para permitirles el acceso a la salud. ¡Sin salud no hay vida y sin vida no puede haber progreso en una sociedad! —gritó Alexander, despertando nuevamente los aplausos en la gente, como si estuvieran escuchando a un candidato político en su cierre de campaña.
A pesar de sus defectos, Alexander tenía grandes virtudes y dirigirse al público era una de ellas. Como todo fundador de un imperio, no carecía de seducción en las palabras.
El joven Alex observaba a su padre sentado en uno de los privilegiados asientos de la primera fila. Solo le faltaba anotar en una libreta el discurso para delatar explícitamente su interés en aprender.
—Brown Pharmacy no solo es el futuro de Chile, sino el futuro del mundo. Nuestros medicamentos son la respuesta a una mejor calidad de vida y esa respuesta está ahora al alcance de la mano para todos los chilenos.
Todos en el público celebraban las palabras del millonario hombre, a excepción de un joven de aspecto insulso que lo miraba atentamente sin anticipar gestualidad alguna en su rostro. Llevaba unas gafas RayBan colgadas de su desabotonada camisa.
—He oído —continuó con su discurso Alexander— que algunos sectores se oponían a instalar la sede en Chile porque —sonrió— decían que necesitaba expropiar tierras en busca de carbono y otros minerales para mis medicamentos. Bueno, quiero reconocerles la imaginación, sin duda serían excelentes escritores de ficción.
Las personas celebraban ingenuamente el humor ácido de Alexander.
—Hablando en serio —aseveró Alexander calmando a la pequeña multitud presente—, si hay algo de perjudicial en mi empresa es no haber venido antes a Chile para acercarles a los chilenos todos los medicamentos que necesitan en pos de su bienestar. ¡Viva Chile! —gritó buscando imitar una actitud patriótica que había leído superficialmente en un blog de historia chilena unos días antes, cuando viajaba en avión hacia el país para la inauguración.
Brown quería terminar con su discurso cuanto antes para regresar a lo que sí colmaba toda su atención: la escort colombiana.
—He hecho cuanto pude por instalar la salud en el mundo y asegurar el progreso de nuestras sociedades, pero a mis sesenta y cinco años debo entender cuándo mis cansados esfuerzos ya no son suficientes.
Todos en la sede permanecieron en silencio al escuchar las palabras de Alexander, incluso sus asistentes se sorprendieron ante un posible anuncio que no habían preparado con anticipación en forma conjunta. De todas maneras, el hombre siempre hacía lo que le venía en gana.
—Por tal motivo —reanudó—, por lo que les debo a los chilenos, quiero que sean los primeros en oír este anuncio. Mi hijo, Alex, aquí presente —dijo Alexander invitando a subir a su único hijo al escenario—, será quien me sucederá a partir del próximo año. Es por esta razón que estará a cargo de todo lo competente a la región desde este momento, incluida la gestión de esta innovadora sede aquí en Chile.
Los aplausos atronadores clamaban por lo que parecía un empresario con humanidad, preocupado por la gestión de un negocio en pos del bienestar general, al ceder el mando a su hijo, con más energía que él.
Alex estaba atónito, no podía creer el lugar que le estaba dando su padre. Al fin sentía que podía existir la posibilidad de que estuviera orgulloso de todo su esfuerzo y que lo viera como un igual, tan capacitado como él para manejar el negocio familiar.
Luego de la ceremonia de inauguración y las cordialidades propias del evento, Alexander se despidió dejando a cargo a su hijo para que continuara con los formalismos. Después de lo que consideraba un exitoso discurso de presentación, se creía merecedor de entretenimiento.
Se subió a su auto en compañía del jefe de asesores, Taylor, y le indicó al chofer que partiera para el hotel.
—Señor Alexander —preguntó Taylor—, no teníamos idea de que iba a comenzar la sucesión de la empresa.
—No seas imbécil —respondió Alexander—, es solo una pequeña motivación para Alex. La verdad es que el chico no me salió como hubiera deseado, a veces dudo de que tenga mis genes, pero en definitiva es mi hijo y necesito que comience a comportarse como tal.
—¿Cuál es el plan, entonces? —preguntó nuevamente Taylor—. ¿Qué hacemos con Alex?
—Síganlo de cerca, me reportan todas las decisiones que tome, incluso las insignificantes, y lo asesoran según lo que yo les diga.
—¿No será evidente todo esto? —insistió el asesor—. Para Alex, claro.
Alexander soltó una risa burlona.
—El pobre es un ignorante, está más interesado en ganarse mi afecto que en poseer mi dinero. Haz lo que te digo, Taylor, y no preguntes tanto.
—Perfecto, señor.
—¡Taylor! —exclamó Alexander—. Por un instante me hiciste olvidar lo importante. Necesito que llames nuevamente a la colombiana para que venga esta noche a mi habitación. Tengo ganas de saborear un delicioso chocolate —bromeó el excéntrico millonario ante el desagrado del jefe de asesores.
—Sí, señor.
Dos golpes tocaron la puerta de la lujosa suite en el centro de Santiago, donde se encontraba hospedado el fundador y CEO de la multinacional farmacéutica.
El reloj marcaba poco más de las 20 horas cuando Alexander Brown pasó de la alegría a la bronca al abrir la puerta y encontrar a un joven que le resultó patético en su aspecto, vestido con jean, camisa y zapatillas deportivas, en lugar de la colombiana sensual de lencería roja que con tantas ansias estaba esperando.
—¡Shit! (mierda) —gritó el hombre—. ¿Y tú quién eres?
—Alexander Brown, nice to meet you (gusto en conocerlo). My name is (mi nombre es)…
—¡No me interesa tu nombre, muchacho! —lo interrumpió violentamente Alexander empujando al joven, quien notó que el empresario había tomado un par de copas—. ¡Get out of here! (vete de aquí).
—Sorry, sir (lo lamento, señor) —insistió con determinación el joven—. I’m not going anywhere (no iré a ninguna parte).
Alexander valoró la determinación del joven y le sorprendió descubrir que era un muchacho estadounidense. Ese acento en su inglés lo conocía muy bien de su tiempo en Harvard. Después de todo, era tanta la devoción del hombre por el Imperio norteamericano, que decidió escuchar al joven.
—Se nota que eres temerario —dijo el empresario.
El joven, sin prestar atención al comentario del hombre que estaba solo vestido con una bata y su pecho flácido al descubierto, respondió:
—Mi nombre es Liam Pearson. ¿Puedo pasar?
Alexander lo miró un rato, exponiendo su lengua en un gesto de superioridad, y preguntó:
—¿De qué parte eres, Liam?
—De Massachusetts.
—¡Boston! —exclamó Alexander como si reconociera ahora al muchacho por el simple hecho de venir del mismo lugar donde él había estudiado—. Entonces me agradas.
Cuando ambos estuvieron dentro de la espaciosa habitación, Liam se mostró decepcionado ante la realidad de lo que se suponía era un hombre prestigioso. Sin embargo, no le importó en absoluto.
—Bien, Liam. ¿Qué es lo que quieres? No tengo mucho tiempo.
Desde el primer instante, Liam demostró una personalidad que en nada se asemejaba a su apariencia.
—Señor Brown, si me lo permite, escuché atentamente su presentación esta mañana y creo que está usted equivocado.
—¡Ja! —Alexander no daba crédito a la insolencia del joven, incluso empezaba a dudar de haberlo invitado a pasar.
Liam Pearson era un joven de veintitrés años de edad, proveniente de una familia de clase media radicada históricamente en Pensilvania. Sus padres, al notar la enorme capacidad de su hijo menor de un total de cinco hermanos, seis si contamos a la pequeña Christine que nació prematuramente, decidieron hacer un enorme esfuerzo al hipotecar su casa para enviarlo a estudiar derecho a la SUNY (Universidad Estatal de Nueva York). A pesar de que insistieron para enviarlo a universidades de prestigio, presentando al adolescente Liam en entrevistas para becas que no dejaban de sorprender a los rectores por su avanzada inteligencia, era su insolencia lo que desconcertaba a las autoridades universitarias, y terminaban por rechazar su solicitud. Cada acierto de superioridad intelectual de Liam era seguido de un gesto grosero o una respuesta descarada, subestimando a quien tenía enfrente.
Era notorio que el muchacho no tenía interés alguno en estudiar leyes, incluso el estudio en sí tampoco despertaba importancia en Liam, que había demostrado en reiteradas ocasiones estar adelantado no solo a sus contemporáneos, sino también a la mayoría de los que eran, supuestamente, sus superiores.
Los padres de Liam fueron determinantes al momento de exigir a su hijo, no habían tomado el riesgo de hipotecar su casa en vano. Aunque Liam se mostraba indiferente ante las personas, conservaba un reducido respeto hacia sus padres por el esfuerzo desinteresado que habían hecho. Razón por la cual aceptó el dinero y se marchó a Nueva York con la promesa de inscribirse en la universidad, pero en realidad tenía otros planes. Iba a acrecentar el capital del cual disponía para, no solo devolverles el préstamo a sus padres y pagar la hipoteca, sino también para conseguir el suficiente dinero que le permitiera experimentar las complejas y extravagantes ideas que recorrían su mente.
Con los dólares de la matrícula, hospedaje y demás, se instaló en Brooklyn e invirtió en una computadora de escritorio con acceso a lo que estaba marcando una revolución en aquellos años: internet. Instintivamente, Liam comprendía las posibilidades de este nuevo universo, y se adentró en los sistemas informáticos y la programación mucho antes de que formalice su estudio. Desarrolló programas primitivos de gestión que solo estaban limitados por las capacidades de las máquinas de entonces, ya que el intelecto de Liam lo hacía idear proyectos informáticos que escapaban a la comprensión de la humanidad. No obstante, sabía que era cuestión de tiempo hasta que tales proyectos se convirtieran en una realidad cotidiana de las personas.
A la mayoría de los adelantados les cuesta un esfuerzo sobrehumano imponer una nueva costumbre en una sociedad que es, por naturaleza, conservadora. No fue el caso de Liam, quien rápidamente, en solo tres años, logró patentar un programa de gestión de personal que no solo permitía almacenar y conseguir información rápidamente, sino que ofrecía también un interesante diferencial. Con la carga estándar de algunas variables previamente establecidas, el programa podía predecir la productividad de los distintos empleados al cabo de seis meses de trabajo en el mismo puesto, siempre que no hubiera sobresaltos en la economía. Si bien no era un programa exento de limitaciones, bien se podría decir que era el paso previo al salto lunar en los albores de la inteligencia artificial, un concepto que desvelaba al adolescente Liam.
Con el dinero conseguido, pudo devolver el préstamo a sus padres, como así también cancelar el compromiso que estos tenían con el banco, saldando la hipoteca. Después de ese día, sintió que no era necesario volver a contactarse con su familia, había pagado la deuda. De todas maneras, sus padres no estaban orgullosos, ellos anhelaban recibir luego de tres años a un futuro abogado.
Liam tenía el dinero suficiente para mudarse a Manhattan, conducir un auto importado de distinción alemana y permitirse una vida de lujos ordinarios, como una reserva en el Empire State para compartir la suite con alguna tentadora mujer.
Para la personalidad del muchacho, eso no era fortuna, todo lo contrario. Es más, no era nada. Si bien tenía el dinero para adquirir la envidia de muchos, no era ni una pequeñísima porción de lo que necesitaba para cumplir sus ambiciones, las cuales lejos estaban de satisfacer necesidades mundanas para aparentar. De hecho, su manera de vestir y andar era la de un púbero fanático de la computación. Liam anhelaba la riqueza para experimentar sus codiciadas ideas. Sus alocadas aunque posibles ideas.
Sus proyecciones adelantadas le permitieron vislumbrar el mundo que se venía en manos de la tecnología, pero aún más interesante era el resultado del mundo cuando esta ciencia se combinaba nada menos que con la biología. La noción de predecir el futuro había quedado insignificante para una mente como la de Liam cuando existía no solo la posibilidad de predecirlo sino también de crearlo.
Sus programas de ese momento eran modelos de predicción. Sus diseños futuros eran modelos de creación.
—¿Estoy equivocado? —respondió Alexander con la poca paciencia que le quedaba.
—No cabe duda de que su imperio económico se formó con base en aciertos y no en decisiones fortuitas. Sepa comprender lo que intento decir —continuó Liam con la debida inteligencia social para ganarse la confianza arcaica del hombre que creía inocentemente que el joven venía de Massachusetts y no de Pensilvania—. Si bien Brown Pharmacy es una importante empresa, está lejos de ser el futuro de la humanidad.
Alexander Brown era un hombre que sabía afrontar situaciones difíciles; después de todo, era un hombre con el temperamento para negociar. Sin embargo, en la mayoría de las ocasiones lo había hecho vestido con un costoso traje y no semidesnudo con su veterano pecho repleto de canas expuesto.
—Liam, seré honesto contigo, me agradas. No comprendo por qué, pero me agradas. Ojalá mi hijo tuviera la misma hombría para hablarme. Si quieres conocerlo, está en la habitación 67, unos cuantos pisos más abajo, seguro se entenderán. Por mi parte, estoy esperando visitas, así que, si no te importa... —Alexander invitaba a salir de la suite a Liam.
—¿La colombiana? No te preocupes, no vendrá…
El excéntrico millonario frunció la nariz y suspiró fuertemente por esta, como bien acostumbrado estaba por inhalar tanta cocaína.
—¿Quién demonios eres?
—Señor Brown, como le dije, está usted equivocado. Si me lo permite, me gustaría enseñarle cuál es realmente el futuro de la humanidad —dijo Liam al tiempo que sacaba una potente laptop de su mochila.
Taylor, sentado en una reflexiva postura en el vestíbulo del hotel, intentaba descifrar la mejor estrategia para coordinar esta
