Impossible love - Priscila Serrano Jimenez - E-Book

Impossible love E-Book

Priscila Serrano Jimenez

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Beschreibung

Desde que su madre se casó de nuevo ha obligado a Alexa a vivir un infierno. Al menos así es como lo ve ella: su madre es controladora, está llena de amargura y odia a su propia hija. Su única esperanza es acabar la carrera de Derecho para independizarse y ser libre por fin, pero cada día se siente atrapada y llena de angustia. Es entonces, en el momento más oportuno, que Cameron se convierte en su chófer. Ella, rodeada de lujos y en camino de convertirse en abogada; él, que ha tenido que abandonar los estudios para mantener a su familia, ¿qué pasará cuando se den cuenta de que tienen en común mucho más de lo que creen? En su pasado hay algo que los une irremediablemente. Para los fanáticos de la romántica y el new adult. Te encantará si te gustó "El peligro que nos une".

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Seitenzahl: 402

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Priscila Serrano Jimenez

Impossible love

 

Saga

Impossible love

 

Copyright © 2022 Priscila Serrano and SAGA Egmont

 

All rights reserved

 

ISBN: 9788728244517

 

1st ebook edition

Format: EPUB 3.0

 

No part of this publication may be reproduced, stored in a retrievial system, or transmitted, in any form or by any means without the prior written permission of the publisher, nor, be otherwise circulated in any form of binding or cover other than in which it is published and without a similar condition being imposed on the subsequent purchaser.

 

www.sagaegmont.com

Saga Egmont - a part of Egmont, www.egmont.com

A ti,

porque el amor no es imposible cuando es correspondido.

Solo una cosa convierte en imposible un sueño, el miedo a fracasar.

Paulo Coelho.

PRÓLOGO

—Alex, pequeña, ¿dónde estás? —preguntó su padre mientras subía las escaleras.

Hacía unos minutos que quería verla y no la encontraba. Alexa se había encerrado en su habitación; estaba cabreada con su madre, siempre terminaba discutiendo con su padre por puras tonterías, y ya llevaban dos meses en la misma cansina e irritante situación.

La relación con su madre nunca fue buena, pasaba todo el día en la empresa y no le prestaba atención. Alexa siempre estaba con su nana o, siempre y cuando el trabajo no estuviese de por medio, pasaba tiempo con su padre.

Escuchó unos toques en la puerta, pero no quería abrir, ya sabía quién era. Siempre hacía lo mismo: ellos discutían, Alexa se marchaba y su padre la buscaba para que intentase llevarse bien con su muy ocupada madre. La puerta se abrió y Patrick, entró en su aprincesada habitación. Alexa ya estaba harta de aquella decoración, ya iba a cumplir los catorce y no era una niña pequeña.

—¿Puedo pasar?

—Ya estás dentro —respondió con el ceño fruncido—, pero no me pidas que hable con ella. Estoy cansada de lo mismo de siempre —afirmó.

No entendía nada, si su padre llegaba pronto a casa después del trabajo, «¿por qué ella no? ¿Dónde se quedaba o con quién?»

Al ser una empresa familiar, concretamente una constructora que se encargaba de construir los edificios más grandes y robustos de California, sus padres trabajaban juntos. Fue fundada por su abuelo paterno y cuando falleció, pasó a manos de su padre, ya que era hijo único. Cuando contrajo matrimonio con su madre, la mitad de la empresa pasó a ser de ella.

Patrick caminó hasta su cama y se recostó a su lado. Por instinto, Alexa echó la cabeza en el pecho de su padre, quien comenzó a acariciar su cabello, como hacía siempre.

—Hija, tienes que entender que tu madre trabaja demasiado —la excusó de nuevo.

—Tú también, y estás aquí conmigo, así que no la justifiques. ¿Por qué ella no puede hacer lo que tú haces? —le hizo esa pregunta con un nudo en la garganta—. Siempre me trata mal, ella no me quiere, papá. —No pudo retener más las lágrimas.

Él era el único que le hacía caso, mientras que Rose, su madre, no quería saber nada de su hija. Nunca le había dado un beso, un simple abrazo o había salido un «te quiero» de sus labios. Cuando lo hacía, era porque su padre se lo pedía, pero no porque le saliera de su oscuro corazón.

—No llores, mi amor, yo siempre estaré a tu lado…, eres mi pequeña —aseguró su padre, apretándola en su pecho.

—¿Me lo prometes?

—Siempre.

Pero su padre falló esa promesa. Una semana después de su catorce cumpleaños, murió. No se quedó con ella, no estaba y nunca más lo estaría. Para Alexa ese día fue el peor de su vida.

Aquella mañana su madre entró en su habitación llorando, como si de verdad le afectara la muerte de su marido. Sin embargo, ella era incapaz de sentir nada; los demonios no tenían corazón. —Tienes que ser fuerte —pidió su madre.

—¿Qué pasa, mamá?

Ella pensó en lo peor y así era, su padre había tenido un accidente de tráfico. Alexa pidió despedirse de él, pero su madre no la dejó; iba a sufrir mucho más. Su padre había quedado irreconocible.

—Quiero verlo, por favor —suplicó entre sollozos.

Las lágrimas no cesaban y su madre, en vez de consolarla, la miró con mala cara y le gritó que era demasiado blanda y que su padre la convirtió en una princesita quejica y llorona. Eran unas palabras muy duras para una niña de catorce años y más en esos momentos en los que estaba sufriendo tanto por la pérdida de la persona que más quería en el mundo, de la única persona que realmente quería.

El tiempo pasó despacio, la ausencia en su día a día había sido devastadora. Por el contrario, a su madre se la veía feliz, como si nada hubiese pasado. Un factor importante a tener en cuenta era que, tras el fallecimiento de su padre, fue ella la que se quedó con todos sus bienes hasta que Alexa cumpliese los dieciocho.

Sin darse cuenta, llegó el día de su quince cumpleaños. Para ella era rememorar aquel día, recordar cuando, a medianoche, siempre era él quien iba a su habitación con una magdalena y una velita pequeña para que ella la soplara. Aunque su madre ese año lo hizo diferente, se le removió algo en su duro corazón y le hizo una fiesta invitando a todos sus amigos, incluida su mejor amiga, Lana.

Era cierto que Alexa no pasó por alto algo importante; su madre le hizo la fiesta, pero estaba segura de que todo había sido con un fin y ese era el hombre que la acompañaba, un hombre que la miraba de una manera intimidatoria. No le gustó nada y menos que su madre solo tuviera ojos para él. De pronto, los vio caminar hacia ella y se puso nerviosa.

—Alexa, hija. Te quiero presentar a alguien —anunció su madre con demasiada amabilidad. En realidad, no quería conocer a ese hombre que la miraba como si de un lobo hambriento se tratara.

—Él es Clark, mi marido —declaró con una sonrisa.

En cambio, a ella se le esfumó la poca tranquilidad que le quedaba. Después de la muerte de su padre, murió ella también.

CAPÍTULO 1

Se encontraba en la cama de su madre y solo escuchaba su respiración, solo sentía su fuerza…, no podía escapar, todo estaba oscuro. Era como si estuviera enterrada viva. ¡No, por favor, no!

Se despertó sudando y las lágrimas no tardaron en aparecer. La misma pesadilla desde hacía cuatro años, una y otra vez. A veces prefería mantenerse despierta para no vivir aquello que la dejaba sin aliento.

Se levantó de la cama y caminó hasta la puerta para salir de su habitación. Tenía mucha sed, el sueño le había dejado la boca seca e iría a tomar un poco de agua. Iba por el pasillo y, al pasar por delante de la habitación de su madre, escuchó gemidos.

—Ya están otra vez —murmuró para sí, poniendo cara de asco.

Bajó las escaleras y fue hasta la cocina. Caminó hasta la nevera para coger una botella de agua, bebiendo de ella a morro.

—¿No puedes coger un vaso como las personas normales? —escuchó la molestosa voz de su madre.

Alexa se sobresaltó y miró hacía la puerta. Ahí estaba, con el pelo enmarañado y la cara de recién follada… En fin, solo de pensarlo le daban náuseas. Alzó una ceja e ignorándola bebió de nuevo, dejando la botella cuando terminó, dispuesta a responder a su comentario.

—No, ya que según tú no soy normal.

Sin más, se dirigió hasta la puerta, pero su madre se quedó estática frente a ella, cortándole el paso.

—¿Me dejas pasar? —habló con paciencia, aunque la tuviese agotada.

Su madre se apartó, echándole la peor de las miradas. Alexa no sabía cuánto tiempo hacía que esa mujer no la miraba con amor. En realidad, nunca la había mirado así, sino que lo hacía con odio, odio que aumentó tras aquel fatídico día del que la culpa y le recuerda constantemente. Subió las escaleras para volver a su habitación y tras entrar, miró el reloj de la mesilla, que marcaba las tres de la madrugada. Bufó, desesperada, ya que tenía que madrugar para ir a la universidad.

—Otra noche que no duermo... A este paso, las ojeras me llegarán al suelo —se quejó, tumbándose en la cama.

Como se dio cuenta de que no iba a poder dormir, cogió el libro de la mesilla y comenzó a estudiar para el examen de Derecho Penal que tenía que aprobar. Iba a terminar el primer año de carrera y no podía permitirse un suspenso, pues ese era su pasaje para salir de ese infierno de vida en el que su madre la obligaba a vivir. Ya era demasiado tener que lidiar con que ella no aceptara lo que estaba estudiando; Rose quería que estudiara Contabilidad y Dirección de empresas para así contar con ella en la empresa.

Los Bennett, su familia, tenían bastante dinero, pues la empresa daba muchísimos beneficios; beneficios que debían ser necesarios para mantener la alta vida que llevaba Rose.

A su madre le encantaban los lujos, de ahí que tuvieran esa casa, la mansión más amplia de todo el estado, aunque se quedaba demasiado grande para tres personas y el servicio, compuesto por su nana y sus tres hijas. Ellas eran las que se hacían cargo de la casa, dejándola al gusto exquisito de su madre: «impecable».

Entre tanto ajetreo, había pasado por alto que Robert tenía que llevarla a la universidad. Era el tercer marido de su madre y, para qué negarlo, un buen hombre. Alexa no lograba comprender qué hacía casado con su madre, siendo toda amargura y maldad. Tanto era así que, a sus diecinueve años, no la dejaba tener un vehículo propio y dependía de un chófer que la llevaba a cualquier sitio, pero habiendo siendo despedido y sin tiempo para contratar otro, a Robert no le importó ocupar el puesto de manera temporal.

A las seis de la mañana, dejó el libro; ya había estudiado bastante. Fue al baño y se dio una ducha fría. Le encantaba cuando el agua helada caía sobre ella, aunque fuera invierno; le despejaba la mente y relajaba los músculos. Podría parecer una loca, pues podía enfermar de pulmonía, pero la realidad era que se duchaba con agua fría desde pequeña y ahí seguía vivita, si se le podía llamar vivir a eso.

Salió de la ducha para luego entrar en su vestidor. Tenía que elegir la ropa que llevaría ese día. Cogió unos vaqueros ajustados, un jersey de lana suave y unas botas planas; hacía bastante frío y después de la ducha su cuerpo tardaría en entrar en calor.

Volvió al baño y peinó su largo cabello negro mientras lo secaba con el secador de mano, así siempre lograba ondas. Una vez el pelo estuvo listo, se maquilló, pero poco, pues no le gustaba ser llamativa. Se aplicó un poco de brillo de labios y rímel; ni siquiera se ponía colorete, puesto que, aunque era de tez blanca, siempre tenía las mejillas sonrojadas. El rímel le daba vida a sus tristes ojos avellana.

Cuando terminó de arreglarse, cogió su bolso y metió todo lo necesario para ese día. Salió de la habitación, bajó las escaleras y entró en la cocina; solo estaba Robert.

—Buenos días —lo saludó al entrar.

—Buenos días, Alexa —respondió.

Le pusieron el nombre de Alexa porque sus padres siempre pensaron que ella era un niño y le pondrían Alex, pero cuando nació y vieron que era una niña, decidieron llamarla así y todos contentos.

—Desayuna, yo te llevaré a la universidad. —Ella asintió.

Cogió un bol para echar cereales; después se comería una manzana por el camino.

—Mi madre salió temprano hoy, ¿no? —preguntó de pronto.

—Sí, tenía una reunión.

Tras desayunar, salieron de casa y subieron al coche de Robert. Iban escuchando música y él bajó el volumen un momento. Quería hablar con ella; Alexa lo miró expectante.

—Por cierto, quería pedirte disculpas —habló sin mirarla.

Ella frunció el ceño sin entender nada.

—¿Por qué?

—Sé que nos escuchaste anoche.

«¿En serio me va a hablar de la noche de sexo que tuvo con mi madre?», pensó sorprendida y asqueada.

—No te preocupes, solo bajé a beber agua y no presté atención —expresó, fingiendo una sonrisa.

No quería que él sintiera vergüenza por ello, en cambio, ella sí que estaba un poco avergonzada, pero por mantener esa conversación con un hombre que no era nada suyo y tampoco pensaba que lo fuera.

—De igual forma, quería disculparme. Es que tu madre a veces es muy exagerada.

«No, por favor, solo me faltaba escuchar cómo era mi madre en la cama…».

—Vale, no pasa nada. No volvamos a hablar del tema —lo interrumpió antes de que dijera algo más.

Robert la miró con una sonrisa; el pobre debía estar pasando mucha vergüenza. Media hora después, ya estaban en el campus. Alexa salió del coche, pero antes de irse le dijo a su padrastro que no la recogiera a la salida, iría a un Starbucks con Lana y los chicos.

Lana era su mejor amiga desde que tenía uso de razón. Las dos estudiaban lo mismo y pretendían ser las mejores abogadas de Nueva York, y sería su destino después de graduarse, o eso esperaban. Iba caminando por el césped y vio a los chicos en uno de los bancos que había en la entrada. Se dirigió a ellos y Lana, al verla, salió corriendo a su encuentro. Cuando la alcanzó, le dio un abrazo tan fuerte que casi la parte en dos. Era así de efusiva.

—Hola, Alex —la saludó.

Ella le llamaba Alex, al igual que su padre. Bueno..., en teoría todos sus amigos lo hacían y su madre odiaba que la llamaran así, pues, según ella, decía que le recordaba al niño que se suponía debía ser, pero ¿qué era lo que su madre no odiaba de ella?

—Hola, Lan —respondió Alexa, burlándose de ella.

Su amiga arrugó la frente; no le gustaba que la llamase Lan, pero lo hacía para fastidiarla.

—Sabes que no me gusta que me llames así, Alexa —escupió, cabreada.

—Vale, no te enfades. —Lana negó, divertida. Agarró su mano y tiró de ella.

—Ven, los chicos están planeando una fiesta para el cumpleaños de Connor. Será en casa de Tyler.

Tyler Collins era su mejor amigo desde que su familia se mudó a California. Sus padres tenían negocios con su madre desde hacía más de ocho años. Se acercó a los chicos y abrazó a Tyler; este la apretó a la vez que le daba un beso en la mejilla.

—Hola Alex, ¿estás bien? Tienes mala cara —susurró, preocupado.

Él era el único que se daba cuenta de su estado. Ni siquiera Lana, que también sabía su pasado, la entendía tanto como Tyler. Ellos eran los únicos que sabían todo lo que le pasó y lo que llevaba sufriendo desde aquel día.

—Sí, estoy bien. Lo de siempre, no te preocupes —respondió con una sonrisa fingida.

Seguía colgada de su cuello y un Connor muy pesado comenzó a molestarlos. Cómo no, siempre era así.

—Chicos, iros a un hotel.

—Envidioso, ya quisieras tú que una mujer como Alexa te abrazara de esta forma —se jactó, mirándolo con altanería, aunque todo era en tono de broma y soltaron una carcajada.

Connor llevaba menos tiempo en el grupo. Hacía tres años que se mudó a California y desde entonces todo el mundo los conocía como los cuatro fantásticos, pues siempre estaban pegados y según Lana, él estaba enamorado de Alexa desde que la vio, aunque sabía que ella no lo creía puesto que nunca le hizo pensar que lo estuviera.

Alex se acercó a Connor y lo abrazó.

—Venga, Connor, no te pongas celoso, que también tengo para ti —expresó, divertida.

—Eso está mejor, preciosa. —Le dio un beso en la mejilla.

Ella le devolvió el beso y se separó de él. Ya tenía que ir a su primera clase de Economía con el profesor Landon, que era un plasta y un aburrido. Entraron en el aula y Lana y ella fueron a la última fila para sentarse juntas, como siempre. Esa clase duraría dos horas, luego tenían Derecho Civil y a última hora, el examen de Derecho Penal. En definitiva…, un día estresante.

Terminaron la segunda clase y fueron a la cafetería del campus para comer algo. Al llegar, vieron a los chicos en una mesa distinta a la de siempre.

—Eh, la estúpida de Nora nos quitó el sitio —se quejó Lana.

Esa chica era la pesadilla del campus y, cómo no, también de ellas…, todo porque estaba enamorada de Connor y él pasaba de ella.

—Ya ves, siempre intentando llamar la atención de nuestro rubio favorito —ironizó Tyler tocando el cabello de Connor como si fuera su mascota.

Este se quejó al mismo tiempo que las chicas se sentaban con ellos. Comenzaron a comer entre risas, burlándose de Connor; eran siempre así de divertidas las horas de la comida.

—Alex, ¿ya tienes chófer? —preguntó Tyler.

Alexa levantó la vista de la bandeja y negó.

—Aún no, mi madre es muy exigente.

—Lo decía porque conozco a un muchacho que necesita el trabajo. Se llama Cameron y lo conozco desde hace un tiempo; su madre trabajaba en mi casa hasta que enfermó y él tuvo que dejar de estudiar para trabajar.

Ella abrió los ojos, impresionada por la historia de ese chico; debió de ser terrible vivir todo eso siendo tan joven. Sin duda, debía ayudarle de alguna manera, pero ¿cómo? Su madre era la que decidía cualquier cosa; ella no tenía voz ni voto.

—Habla con mi madre para que lo llame, sabes que tienes poder sobre ella —habló, convencida de eso.

Este asintió. Sabía que era cierto, su madre solo escuchaba a Tyler; si iban a cualquier lado, tenía que llamarlo a él para saber si era verdad lo que ella decía. Era lo peor, pero su madre se había propuesto hacerle la vida imposible y lo estaba consiguiendo.

Después del almuerzo, Lana y Alexa fueron al examen, que duró una hora. Al salir, fueron hasta el aparcamiento para ir en el coche de su amiga hasta el Starbucks. Habían quedado con los chicos para tomar unos frapuccinos, tal y como hacían todos los días. Para Alex, esta era la mejor parte de su día, salir con sus mejores amigos y tener una vida normal, una que su madre no dejaba que tuviese.

CAPÍTULO 2

Sobre las siete de la tarde, Tyler la dejó en su casa para que su madre comprobara que era cierto que estaba con él. Entraron en la sala; allí estaban Robert y su madre, cada uno en un sillón, viendo el periódico y leyendo un libro. Eran demasiado aburridos.

—Hola, ya estoy en casa —anunció, bajito.

Su madre levantó la mirada y cuando vio a Tyler, se le iluminó la cara. Alexa ya pensaba que estaba enamorada de él, porque no eran normales las reacciones que tenía cada vez que lo veía.

—Hola, Tyler, ¿cómo estás? —lo saludó su madre, acercándose a él.

Alexa rodó los ojos viendo cómo Robert le sonreía. Él y su nana eran los únicos que se interesaban por ella; muchas veces pensaba que, si no fuera por ellos dos, no sabría dónde estaría, si seguiría con su madre o, mismamente, quién sabe qué hubiera hecho aquella noche.

—Hola, tía Rose —la saludó Tyler, dándole un beso en la mejilla. Desde que se hicieron amigos, casi de la familia, Tyler decidió llamarla así.

 

—¿Te quedas a cenar? —se interesó Rose, ignorando completamente a su hija.

—Por supuesto; además, quería decirte algo.

Su madre enseguida la miró, como si hubiese hecho algo.

—¿Qué has hecho ya, Alexa? —preguntó con mala cara, justo después de posar una mirada asesina en su hija.

Alexa negó, incrédula. Era increíble el odio que su madre sentía hacía ella, cómo buscaba cualquier cosa para tratarla mal, importándole muy poco quién estuviese delante. Ella no creía en su hija; nada de lo que le dijera sería creíble a menos que Tyler, como siempre, lo corroborase.

—No, tía, ella no hizo nada —intervino su mejor amigo con una sonrisa para relajar la tensión que se instaló entre la madre y la joven.

Fueron hasta el comedor y se sentaron para cenar mientras hablaban de negocios, cosa que le aburría. Estaba ansiosa por terminar la cena y encerrarse en su habitación.

—Tyler, ¿qué era eso que me querías decir? —mencionó Rose cambiando de tema, poniendo toda su atención en el muchacho.

—Es sobre el chófer para Alexa… Tengo un amigo que está interesado.

—Ah, ¿sí? Pues dile que venga mañana a primera hora. Viniendo de ti, seguro que es responsable y trabajador —aseguró.

Su hija la miraba sin dar crédito. Rose estaba completamente loca por Tyler y no se cortaba un pelo ni delante de Robert. Era tan evidente... Solo había que mirarla para darse cuenta de cómo ella babeaba por su mejor amigo.

—Claro, tía, verás que no te arrepientes.

Al terminar de cenar, Tyler se fue, no sin antes decirle a Alexa que la recogería por la mañana para pasar el día en su casa con los chicos en la piscina cubierta. Subió a su habitación y entró en el baño; necesitaba de su dosis de ducha fría para relajarse.

Cuando terminó, se puso su pijama de corazones y se acostó. Estaba tan cansada que se quedó dormida casi al instante; solo esperaba no tener esa pesadilla, aunque, a decir verdad, ya vivía en una. Unas horas más tarde, se despertó a causa de lo que deseaba no tener pero que, irremediablemente, era algo que volvía a su mente todas las noches. Era un infierno no poder dormir porque todos los días soñaba lo mismo, recordando aquel día tan duro que no podía olvidar. Se incorporó y miró el reloj, que marcaba las cuatro de la madrugada.

—Joder, al final voy a tener que volver al psicólogo —se dijo a sí misma, a pesar de que había ido durante un año y no le había servido de nada.

Se levantó y se metió en el baño para darse otra ducha; era lo único que la calmaba y, media hora después y un poco más relajada, cogió el portátil y se metió en las redes sociales para ver lo que publicaba la gente.

—La gente pone cada estupidez en estas redes..., ¿No se dan cuenta del ridículo que hacen?

Entró en Facebook y miró el perfil de Tyler. Quería ver si entre sus amigos estaba el tal Cameron, así que comenzó a buscar y lo encontró: «Cameron Morrison».

Entró en su perfil y se quedó embobada mirando al que sería su chófer; no podía parar de mirar los ojos color miel que tenía y le transmitían algo que no podía expresar. Siguió mirando fotos hasta que llegó a una en la que una niña morena de unos tres años, preciosa y que le resultaba familiar, le robó el protagonismo al propio chico.

Apagó frustrada el ordenador. ¿Cómo reaccionará cuando lo tenga delante si solo al ver unas fotografías se había quedado bloqueada? Bufó desesperada y se levantó de la cama para salir al balcón que tenía en su habitación; necesitaba aire fresco. Estaba muy cansada de su vida, quería salir de aquella prisión que recibía el nombre de hogar. Se sentó en una de las sillas que tenía fuera y miró el cielo estrellado justo en el momento en el que una estrella fugaz tomó las riendas del cielo.

A pesar de que su vida era pura negatividad y eso le impedía ver las cosas de una manera diferente, no dudó en pedir un deseo, aun a sabiendas de que era difícil que se cumpliese.

Se despertó por la claridad que sentía en sus párpados y el frío que le había calado los huesos. Se levantó de la silla tiritando; ahora sí que necesitaba una ducha caliente para entrar en calor.

Salió de la habitación después de un buen rato. Se puso un bikini, ya que iría a la piscina cubierta de Tyler y aunque fuera todavía hacía un poco de frío, podían disfrutar de ella.

Se colocó unos vaqueros ajustados, una camisa de cuadros y sus botas planas y se aplicó un poco de maquillaje, pero nada excesivo. Mientras bajaba por aquellas escaleras, el timbre de la puerta sonó y en vista de que no había nadie cerca, no le quedó otra opción que abrir.

En cuanto lo hizo, su cuerpo adoptó una posición estática. Justo enfrente de ella tenía a Cameron, al mismo chico que iba a ser su chófer y que fue protagonista de su noche anterior.

 

—Buenos días, ¿la señora Bennett? —saludó educadamente.

—¿Hola? —volvió a decir. Alexa no reaccionaba, estaba sumida en un bloqueo del que parecía complicado salir.

—Eh..., sí, lo siento, soy Alexa Bennett —se presentó, nerviosa, tras un suave toque en el hombro por parte de Cameron

Le extendió la mano y se la estrechó. Al tocarla, sintió un escalofrío que hizo que lo soltara; jamás había sentido eso con ningún otro hombre.

—Cameron Morrison, encantado —afirmó con una sonrisa.

Alexa era presa fácil de infarto. Era la sonrisa más hermosa que había visto en su vida y, además, era bastante guapo. Volvió a quedarse pasmada, pero ¿cómo no hacerlo?

—Hola, soy la señora Bennett, Rose Bennett. —La voz dura y fría de su madre tenía que interrumpir todos sus momentos.

Se separó de él nerviosa, como si estuviese cometiendo un delito, aunque así lo era a ojos de su madre. Su principal regla era simple y clara: no mezclarse con los empleados. Ni siquiera podría ser su amiga; la relación entre ambos debía ser estrictamente profesional, aunque fuese una estupidez con la que Alexa no estaba de acuerdo.

—Es un placer, señora Bennett —contestó, cortésmente.

—Veo que conociste a mi hija. Me parece perfecto; serás su chófer, así que pasaréis mucho tiempo juntos —anunció, y a Alexa empezaron a temblarle las rodillas.

—Bueno, ven conmigo. Te explicaré las condiciones.

Se marcharon, pero antes de cruzar el pasillo, él echó la vista atrás y la miró con una sonrisa; eso hizo que se derritiera, pero negó con la cabeza. Justo cuando se disponía a ir a la cocina, escuchó el claxon de un coche, así que no dudó en asomarse. Al ver que era Tyler quien la esperaba, cogió su bolso y salió de casa para entrar en su coche. Al sentarse, se acercó para darle un beso en la mejilla.

—Buenos días, Alex —la saludó Tyler.

—Buenos días —contestó, distraída, mientras miraba hacia la puerta de casa.

Su amigo la conocía demasiado bien; sabía cuándo le pasaba algo y en ese momento sabía que no estaba equivocado. Alexa no apartaba la mirada de su casa, esperando a que Cameron saliera para volver a verlo.

—¿Qué te pasa? Te noto distraída —expresó Tyler, tocando su mano para que lo mirase. Alexa negó mientras se encogía de hombros.

—No pasa nada, es solo que acabo de conocer a Cameron y me he sentido un poco intimidada, ha sido muy raro —declaró, en confianza.

Él era el único con el que podía hablar de cualquier cosa, sabiendo que jamás le reprocharía nada y mucho menos la juzgaría.

—Oh, no, ¿te ha gustado? —preguntó, o más bien afirmó, divertido. Ella lo mató con la mirada. Eso no era cierto..., o eso pensaba.

—Pero, ¿qué dices? Es cierto que es guapo, pero de ahí a gustarme..., no digas tonterías —titubeó, nerviosa.

—Lo que tú digas.

Iba a arrancar el coche justo en el momento en el que Cameron salía de casa. Tyler miró a su amiga y se bajó del coche para acercarse a él; todo lo hacía para molestarla, aunque también quería saludarlo, pues se conocían de antes y quería saber qué tal le iba.

—Ey, Cameron, ¿qué tal, tío?

Se dieron un abrazo bajo la atenta mirada de Alexa.

—Hola, Tyler. Muy bien, comienzo mañana de chófer. Gracias por ayudarme a conseguir el trabajo —respondió, agradecido.

—No te preocupes. Por cierto, ¿tienes planes para hoy? —preguntó, mirando a Alexa, quien a su vez la miraba con instintos homicidas.

—No, ¿por qué?

—Vamos a la piscina de mi casa. Vienen un par de amigos y Alexa y he pensado que igual te gustaría venir, así la conoces mejor —habló con una sonrisa.

Al ver la cara de Alexa, y a pesar de descubrir en ella que no estaba de acuerdo, Cameron asintió. Sería divertido conocer la faceta vergonzosa de alguien con quien tendría que lidiar bastantes horas del día. Se acercaron al coche y Cameron se sentó en el asiento de atrás.

El trayecto fue un poco incómodo, así que su amigo puso la radio, donde comenzó a sonar Impossible,de James Arthur. Ella no paraba de mirar por el espejo retrovisor y una de las veces lo pilló mirándola, poniéndola muy nerviosa. Él se dio cuenta y le sonrió. Veinte minutos después, estaban entrando en casa de Tyler al tiempo que llegaban Connor y Lana

—Guau, ¿quién es el morenazo? —preguntó Lana en voz alta, provocando que todos se enterasen.

—Soy Cameron, el chófer de Alexa —se presentó, extendiéndole la mano.

—Encantadísima. Yo soy Lana, la mejor amiga de Alexa —contestó, haciéndole ojitos.

Cameron le sonrió y eso a Alexa no le gustó ni un poquito. Tyler estaba atento a todos los movimientos de su amiga y se dio cuenta de que mintió cuando le dijo que no le gustaba. Terminadas las presentaciones, entraron en la casa.

Al haber sido todo casi de imprevisto, Cameron necesitó que su amigo le prestase un bañador. Más tarde entró al gimnasio, donde los chicos estaban ya en la piscina, para buscar con la mirada a Alexa. La vio salir en bikini del baño y automáticamente se le secó la garganta, pero tan rápido como fue su reacción, Alexa se percató y lo miró, estableciendo un contacto visual del que hasta Tyler y su codazo se dieron cuenta.

—Cameron, pero qué bien te sienta ese bañador, ¿verdad, Alex? —afirmó Lana, mirando a su amiga.

—Lana —la llamó, entre dientes—. ¿Puedes venir un momento? —tiró de ella.

Se quejó por lo fuerte que tiraba de su brazo y la arrastró hasta el interior del baño. Alexa estaba nerviosa y cabreada, aunque en realidad no entendía muy bien por qué estaba actuando así, como si le afectara que su amiga estuviera ligando con ese chico al que acababa de conocer.

—¿Qué pasa? —preguntó Lana, confundida.

—¿Se puede saber qué estás haciendo?

—No te sigo, Alex.

—Deja de tontear con Cameron —sentenció, cabreada con su amiga. Esta abrió los ojos, sorprendida, pues no entendía su reacción.

—¿Y por qué debería hacer eso? El chico está muy bueno —expresó ella—. ¿Pero qué te pasa? ¿Por qué te molesta que ligue con él? —se interesó. No la entendía y ella cada vez se cabreaba más.

—Porque es mi chófer y no quiero malos rollos —respondió, intentando convencer a Lana, pero esta no la creyó y la miró con el ceño fruncido.

—Espera un momento… ¡A ti te gusta! —afirmó.

Alexa resopló, desesperada; ya estaba cansada de que todos dijeran lo mismo.

—Otra..., que no me gusta, es solo que lo voy a ver todos los días y no quiero mezclar las cosas. Él es mi chófer, no mi amigo, ¿me entiendes? —Lana asintió y la abrazó.

Después de hablar un rato, salieron del baño y se tiraron al agua. Alexa no quería pensar más en lo que le estaba pasando con su chófer, solo se dedicaría a pasarlo bien y eso fue lo que hizo, Hubo alguna que otra mirada entre ellos, pero fue algo que pudo controlar.

CAPÍTULO 3

Cuando se cansaron de tanta piscina, salieron de casa de Tyler y ya era de noche. Primero fueron a dejar a Cameron en su casa, se quedaron asombrados al ver dónde vivía; se notaba a leguas que necesitaba el trabajo, pues era un barrio muy humilde. Luego se despidieron de él y Cameron sonrió a Alexa, haciendo que se sonrojara. ¿Pero qué le pasaba con él? ¿Por qué se ponía así?

Una vez que Cameron entró en su casa, Tyler arrancó para llevarla a ella a la suya y media hora después, estaban en su puerta.

—Eh, Alex, ¿te gusta Cameron? —preguntó Tyler de pronto, sin apartar la mirada de ella.

Alexa frunció el ceño. «Otra vez con la misma pregunta...».

—Ya te dije que no, Tyler, ¿por qué me lo preguntas tanto? —contestó, alterada.

—Alex, solo hay que ver cómo lo miras. Si solo falta pasar la fregona para limpiar tus babas —reconoció, lo que provocó que ambos soltaran una carcajada.

—Venga ya, Tyler, no seas absurdo, él será mi chófer. No te voy a negar que el tío está bien, pero de ahí a gustarme… No, ¿vale? —aseguró, pero más para sí misma que para él.

—Está bien, yo solo me preocupo por ti. No quiero que sufras, creo que ya sufriste bastante.

Alexa asintió y abrazó a su mejor amigo muy fuerte, le dio un beso en la mejilla y salió del coche.

—Nos vemos el lunes, preciosa —le dijo antes de salir de allí.

Tras eso, le sonrió y entró en su casa. Fue directamente hasta su habitación, aunque al pasar por la puerta de su madre, volvió a escucharlos.

—Joder, parecen conejos —afirmó, siguiendo su camino.

Entró en su habitación y se dio una ducha fría. Tenía que enfriar los pensamientos que acudían a su mente cada vez que veía a su chófer y en ese mismo momento se dio cuenta de que volvía a estar pensando en él, así que se dio una cachetada en gesto de desaprobación.

— ¡Para ya, Alexa! —se recriminó.

Salió de la ducha y se puso su pijama. Después de secarse el pelo, se acostó.

Esa noche no tendría pesadillas, pero porque no podía dormir; solo tenía en su mente la sonrisa de Cameron y saber dónde vivía no ayudaba mucho a no pensar en él. Así estuvo hasta casi las cuatro de la madrugada, momento en que se quedó dormida. Esa noche fue la primera en tres años que no tuvo esa horrible sensación de miedo al cerrar los ojos, negándose, al fin, a sufrir durmiendo, pues la pesadilla había desaparecido para dar paso a unos ojos color miel que la transportaban a otra galaxia y así serían sus noches a partir de ahora.

A la mañana siguiente

Cameron comenzaba a trabajar en la mansión Bennett. Se levantó a las seis de la madrugada, no quería llegar tarde en su primer día, así que se metió en el baño para ducharse y abrió la llave de agua caliente; necesitaba relajarse. Desde que conoció a Alexa, hacía solo veinticuatro horas, se sentía muy nervioso, como si la conociera de algo o le recordase a alguien.

—Es preciosa —se dijo a la vez que se le escapaba un suspiro. Tenía que sacarla de su cabeza—. ¿Por qué no me la puedo sacar de la cabeza? —se regañó.

Eso era imposible, no podía pensar en ella de la forma en la que lo estaba haciendo. Salió de la ducha más cabreado; se suponía que la ducha era para relajarse y salió incluso peor. Se enrolló una toalla en la cintura y se dirigió a su habitación. Ya tenía el traje planchado desde que llegó la noche anterior.

Se vistió; eso era lo que peor llevaba, tener que usar traje y corbata. Se puso los zapatos y volvió al baño para peinarse y colocar la toalla en el cesto de la ropa sucia. Cuando terminó, fue hasta la habitación de Olivia, su hermana pequeña, para comprobar que siguiera dormida; se acercó a ella y le dio un beso en su cabecita. Luego fue hasta la habitación de su madre, que sí estaba despierta; se acercó a ella y le dio un beso en la frente. Su madre estaba enferma; vivía postrada en una silla de ruedas por culpa de un accidente que tuvo hace dos años.

—Pero qué guapo estás, cariño —expresó su madre con dulzura.

Era la mejor madre del mundo, al menos para él.

—Gracias, ¿tienes hambre? Te puedo preparar el desayuno antes de irme —se interesó Cameron. Ella lo miró y le sonrió, negando con la cabeza.

—No, cariño, esperaré a tu tía Phoebe. —Asintió, con media sonrisa.

Su tía Phoebe era hermana de su madre y cuidaba de las dos mientras él trabajaba. Se despidió de su madre y fue hasta la puerta para abrir a su tía, que ya había llegado, y la saludó con un beso.

—Hola, tía.

Esta le sonrió; le gustaba verlo vestido en traje.

—Hola, guapetón. Así vestido vas a volver loca a la niña pija a la que tienes que cuidar —anunció, con sarcasmo. Cameron soltó una carcajada, Phoebe era todo un caso.

—No la tengo que cuidar, solo llevarla a donde diga.

—Nene, eso en mi pueblo se llama niñero.

—Vale..., me voy. Cualquier cosa me llamas.

Volvió a darle un beso y se fue. Cogió un taxi, pues no sabía qué recorrido había desde su casa hasta la mansión Bennett en autobús; debía encontrar una moto o algún otro vehículo con el que ir a trabajar. Media hora después estaba en la cancela de la mansión. Miró la hora en su reloj y marcaba las siete y media; soltó todo el aire que contenía, pensaba que llegaría tarde.

El hombre de seguridad que había en la entrada lo dejó pasar y fue directo hasta la puerta, llamó al timbre y escuchó pasos: alguien se estaba acercando a la puerta. Esta se abrió y a Cameron se le secó la boca al ver a Alexa, que llevaba unos pantalones ajustados y una camiseta de tirantes; estaba sudada, acababa de salir del gimnasio y tenía el pelo recogido en una coleta alta, pero lo que más le gustó fue verla con las mejillas rojas. «Simplemente perfecta», pensó.

—¿Vas a pasar o te quedarás ahí parado todo el día? —preguntó, nerviosa.

A ella le había pasado exactamente lo mismo cuando lo vio vestido de traje. Iba a ser toda una tentación verlo todos los días y pasar tanto tiempo con él.

—Sí, perdón —se disculpó con una sonrisa.

A Alexa se le caía la baba y ahora fue ella quien se quedó embobada.

—¿Tu madre está? —preguntó—. ¡Alexa! —le tocó el hombro, viendo que no prestaba atención.

—Eh..., sí perdón, está en su despacho. Te acompaño y luego me doy una ducha —anunció mientras caminaban—. Saldremos en una hora, tengo que ir a la biblioteca a estudiar. —Cameron asintió y Alexa le abrió la puerta del despacho de su madre para que pasara y así lo hizo. Ella se dio la vuelta, pero su madre la paró.

—Alexa, ya ni los buenos días das, hija —protestó Rose. Ella abrió los ojos, sorprendida, pues nunca su madre se había interesado en eso.

—No finjas delante del chófer, no hace falta que me trates bien. —Se dio la vuelta y se fue, dejando a Cameron con la boca abierta.

«¿Qué pasa entre ellas?», se preguntó Cameron. Tendría que averiguarlo. Se sentó en la silla frente a la señora Bennett y mientras ellos hablaban, Alexa subía las escaleras cabreada por culpa de su madre.

—¿Por qué se comportó así? —se preguntó, soltando un bufido. ¡Estaba harta de su madre!

Algún día cogería sus cosas y se escaparía de casa. Dejó sus pensamientos a un lado, se quitó la ropa y se metió en la ducha. Pasó unos veinte minutos dentro, luego salió del baño y fue al vestidor, sacó unas medias tupidas de color negro y su vestido verde oscuro, se vistió y se calzó unas botas de cuña altas, arregló su cabello y una vez terminado, se maquilló. Todo lo hizo en un tiempo récord. Cogió su bolso y bajó las escaleras; en la puerta ya la esperaba Cameron que, al verla, se quedó sin habla.

Los pensamientos no le dejaban tranquilo; no podía apartar la mirada de Alexa, mucho menos al verla sonreír, y ella no podía borrar su sonrisa al percatarse de que a él le pasaba exactamente lo mismo cuando la veía.

—¿Nos vamos? —preguntó. Cameron asintió y salió delante de ella.

—Cuanto más lejos de mi madre, mejor —murmuró Alexa, bajito.

Hoy no parecía muy hablador. Le abrió la puerta trasera del coche para que entrara, él se sentó en su asiento y arrancó. Durante el trayecto, sentía su mirada encima suya; miró por el retrovisor y la pilló mirándole, pero Alexa enseguida apartó la mirada y eso le hizo sonreír. Llegaron a la biblioteca y, aún en silencio, paró el coche y se bajó para abrirle la puerta, pero a ella no le gustaban esos formalismos y salió antes de que él le abriera.

—¿No me dejarás hacer mi trabajo? —preguntó, muy cerca suya.

Alexa tragó saliva; su cercanía le había puesto muy nerviosa. Cameron, dándose cuenta, le sonrió.

—Sí, lo siento… Es que llego tarde, me están esperando.

Él, al enterarse de que había quedado con alguien, borró su sonrisa de un plumazo.

—Está bien —respondió secamente. Le apartó la mirada y se apartó para dejarla pasar.

—¿Entras conmigo o te quedas aquí?

—Me quedo aquí esperándola, señorita Bennett.

Alexa arrugó la frente por el cambio tan brusco de humor de su chófer; parecía bipolar.

—Está bien. Si necesitas cualquier cosa, estoy dentro con Lana —anunció, divertida.

Se había dado cuenta del motivo por el que se puso así. Cameron abrió los ojos y Alexa le sonrió, después le dio la espalda para entrar en la biblioteca. Tenía que estudiar para el último examen, estaba anotado para la semana siguiente; solo le quedaba ese y terminaría el curso.

Al entrar visualizó al fondo a Lana, fue hasta ella y se sentó a su lado, abrazándola. Su amiga se sobresaltó; estaba tan concentrada que no se había percatado de la presencia de su amiga.

—Hola, guapa.

—Hola, ¿y esa cara de tonta que traes hoy? No me lo digas..., el chófer, ¿verdad? —se interesó Lana, divertida. Alexa rodó los ojos, otra como Tyler. «¿Tan evidente era?».

—Sí, está fuera esperándome, pero no estoy así por él —mintió.

Lana no se creyó ni una palabra, se le notaba bastante que le gustaba Cameron.

—Si tú lo dices... —contestó y ambas callaron.

Alexa sacó el libro de Derecho Penal y se puso a estudiar durante más de una hora. Cameron, que ya estaba cansado de esperar, entró a buscarla y la vio al fondo, concentrada.

Una cuestión se le formuló en su mente, «¿Qué sería lo que estudiaba?». Tenía claro que se lo preguntaría más tarde. Alexa levantó la mirada y lo vio acercarse, se quedó helada al verle, pero le cabreó ver cómo todas las mujeres que había allí lo observaban; alguna incluso le guiñó un ojo. Cuando llegó hasta ellas, Alexa tenía un gran cabreo y lo peor era que no sabía el motivo. Bueno, sí que lo sabía, pero no quería reconocerlo.

—Señorita Bennett, ¿podría decirme hasta qué hora estaremos aquí? —preguntó en voz baja.

Lana, importándole muy poco la conversación que habían tenido, lo saludó y él le sonrió. «¿Por qué tenía que sonreírles a todas?», pensó ella, regañándose al mismo tiempo, pues no debía importarle lo más mínimo. De pronto, sintió un codazo en su costado que la hizo reaccionar.

—Eh…, sí, perdón. Ya nos vamos. —Se levantó—. ¿Te vienes, Lana? —se interesó antes de irse.

—No, yo me quedaré una hora más. Nos vemos mañana en la universidad —aseguró su amiga. Alexa asintió y besó su mejilla—. Adiós, Cameron. —Le hizo ojitos, ignorando a su amiga una vez más.

Se dieron la vuelta y salieron de la biblioteca. Cuando llegaron al coche, él fue de nuevo a abrirle la puerta, pero Alexa no le dejó. Tendría que acostumbrarse a eso, aunque ahora era por otro motivo. «¿Pero qué mosca le ha picado? Voy a empezar a creer que es una niña pija», pensó él, caminando hasta la parte delantera del coche donde, tras abrir, se sentó para poner el motor en marcha.

Cuando se incorporó a la carretera, la miró por el espejo retrovisor. Tenía cara de enfadada, pero aun así se veía hermosa. Ella se dio cuenta que la observaba y alzó una ceja con altanería.

—¿Dónde irá ahora? —preguntó, disimulando.

—Tengo hambre, ¿tú?

Cameron la miró, intentando comprender la pregunta.

—Yo, ¿qué?

—Que si tienes hambre… —Asintió, con una sonrisa—. Pues vamos a la hamburguesería, ¿para ti está bien? —volvió a asentir y ella le sonrió complacida.

Solo eso le hacía falta a él para respirar con dificultad, una simple sonrisa lo dejaba sin aliento. «Esto acabará mal, lo estoy viendo venir». Los pensamientos no lo dejaban en paz y es que…, ¿cómo hacerlo? Nunca se había sentido así, nunca había tenido esta sensación de ahogo al estar cerca de alguien.

—¿Siempre te sonrojas? —preguntó Cameron para romper un poco las miradas y, sobre todo, la tensión que se había instalado entre ellos.

—Eh..., yo no..., no sé —respondió, nerviosa.

—Lo siento, es que siempre lo haces…, pero no te preocupes, te pones guapísima. —Tragó saliva a la vez que él se recriminaba haber sido tan sincero.

—Gracias... —murmuró, aún más roja.

Estaba muy nerviosa y, aunque ella dijera o se convenciera de que Cameron no le gustaba, la realidad era otra muy diferente. Sí que le gustaba y ambos ya se habían percatado de la atracción que sentían el uno por el otro.

CAPÍTULO 4

Siguieron el camino en un completo silencio hasta que llegaron a la hamburguesería. Pidieron por la ventanilla de comida rápida y se fueron a un parque apartado, elegido por Alexa, su lugar favorito. Cuando llegaron, se sentaron en el césped, frente al lago.

—¿Qué tiene de especial este lugar? Si prefieres esto a comer en el restaurante… —preguntó él para romper el hielo. Ella suspiró.

—No sé…, siempre que me siento agobiada, vengo aquí y me relajo. Vengo a pensar —respondió, mirando al frente y perdiendo sus ojos en el lago.

—Perdona si soy indiscreto. —Ella puso toda su atención ahora en él—. ¿Por qué te llevas tan mal con tu madre?

Alexa abrió los ojos, poniéndose nerviosa; no sabía qué responder. Era un tema muy delicado, uno que no podía confiarle a cualquiera. Aún no se conocían tanto y no sabía hasta qué punto podría contarle todo.

—Es una larga historia.

Estuvieron un rato en silencio, hasta que ella le sonrió. Se quedaron por un momento conectados por sus miradas, ninguno quería ni podía apartarla. De hecho, querían avanzar, pero era imposible hacerlo, así que ella desvió sus ojos, perdiendo así el contacto, volviendo a mirar al lago para levantarse después de un rato.

—Bueno, vámonos ya —pidió.

Cameron se levantó y comenzaron a caminar hacia el coche. Ella volvió a sentarse antes de que él le abriera la puerta, aunque ya no intentaba abrírsela. ¿Para qué? Era mejor dejar que hiciera lo que quisiera. A continuación, se sentó en su sitio y arrancó. Media hora después, llegaron a la casa completamente en silencio y ella salió corriendo. No podía pasar ni un segundo más a su lado, se sentía demasiado atraída a él, como si de un imán se tratase, y eso no podía permitirlo.

Subió las escaleras y se encerró en su habitación. Cameron se quedó estático al ver su reacción; claramente sabía lo que le ocurría, pues a él le pasaba lo mismo. Miró su reloj: las cinco de la tarde.

—¿En qué momento se fue la tarde tan rápido? —se preguntó.

Entró en la casa buscando a la señora Bennett, pero, en cambio, encontró a su marido. Robert estaba en el salón leyendo el periódico y al ver a Cameron, levantó la vista y le indicó que pasara.

—Buenas tardes, señor —lo saludó Cameron.

—Hola…, Cameron, ¿verdad? —asintió, acercándose a él—. Mi esposa me dijo que cuando llegaseis, te podías marchar, Alexa no volverá a salir. Mañana nos vemos, muchacho.

—Está bien. Hasta mañana, señor.