Impostores natos - Perfe Gil - E-Book

Impostores natos E-Book

Perfe Gil

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Beschreibung

Un policía llega a la finca de un traficante de drogas para investigar la presunta violación de su hija. Pronto descubrirá que la chica, aparentemente mimada por la vida, tiene un pasado difícil que su padre ha conseguido ocultar. Su personalidad, su forma de vivir y su sensualidad le atraparán de inmediato, y saber más sobre su misterioso pasado hará huir a sus propios demonios durante un tiempo. Hasta que su investigación clandestina remueva recuerdos y traiga consecuencias que cambiarán la vida de los habitantes de la casa. Y la suya, también. Relaciones secretas, vergüenzas inconfesables, investigaciones alegales… Los diálogos construyen la relación entre unos personajes que no son lo que parecen y que casi nunca dicen lo que querrían decir.

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Veröffentlichungsjahr: 2023

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Perfe Gil Hernando

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz

Diseño de portada: Rubén García

Supervisión de corrección: Ana Castañeda

ISBN: 978-84-1181-146-0

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

IMPRESO EN ESPAÑA – UNIÓN EUROPEA

Álex (Martes, 2)

La primera vez que vi a Núria ella volvía de su spa. Iba en albornoz y llevaba una toalla en la mano. Llevaba el largo pelo negro recogido en una coleta alta y, cuando se volvió a mirarme, con sorpresa y curiosidad, se le posó en el hombro. Recuerdo aquella mirada como si la estuviera viendo ahora, en ese momento fue lo único que me impresionó de ella: directa, valiente, franca. No había artificio, ni postureo, ni fingimiento ninguno. Ni miedo. Había sorpresa, pero no había miedo. Era una mirada valiente, la mirada de alguien que sabe que está en su territorio, que está segura y que es el otro el que está en desventaja. Me extrañó, porque no encajaba con el motivo de mi visita.

—Hola —dijo—. ¿A quién espera?

Por su tono, era evidente que le sorprendía que estuviera allí. Luego entendí que no solo era por encontrarme en su casa, sino porque estaba allí, concretamente. Yo me levanté del sillón en el que me había sentado hacía unos tres minutos, como mucho.

—Soy Álex Morales —le dije, enseñándole mi acreditación como investigador de los Mossos d’Esquadra—. He venido a hablar con Cris Gianelli.

Esperaba que ella se presentara, aunque ya sabía quién era, pero en vez de eso me hizo un gesto con la mano para que la siguiera.

—Venga conmigo. Es raro que le hayan dejado ahí, nunca dejamos a las visitas en la entrada. ¿Quién le ha abierto?

—La verdad es que la puerta estaba abierta. Estaba llamando al señor Gianelli para avisarle de que estaba aquí, pero no coge el teléfono.

Entonces se paró y se volvió a mirarme.

—Qué atrevido, ¿no? —me dijo, mirándome con una curiosidad un poco divertida, mientras con la mano me hacía un gesto de que entrara en un salón mucho más grande que el otro, con estanterías en todas las paredes, llenas de libros hasta el techo—. ¿Ustedes no necesitan una orden para entrar en las casas de la gente?

No era hostil, pero sí noté reproche en su voz. No me puse chulo porque tenía razón.

—No, si has avisado de que venías —dije amablemente, aunque no era verdad: tendría que haber esperado en la puerta a que me abrieran. No insistió más sobre el tema. Creo que en realidad le daba igual.

—Hermes —dijo al aire—, llama al Capitán.

—Llamando al Capitán —confirmó el tal Hermes, obedientemente, desde una mesita de café al otro lado de la sala. Era uno de esos asistentes virtuales que funcionan con la voz, algo así como la famosa Alexa, pero era una voz de hombre y salía de un altavoz que tenía toda la pinta de ser de Bang & Olufsen, por lo menos.

—¿Qué? —se oyó la voz de Cris Gianelli al otro lado.

—Tu visita está aquí —dijo ella simplemente. Y el Capitán dijo «voy»—. Siéntese —me dijo luego a mí—. Ahora baja mi padre. ¿Quiere un café?

Le dije que «no, gracias». Parecía que me iba a dejar allí con un simple «adéu», pero de repente se volvió y dijo divertida:

—Y no registre nada sin permiso.

Luego se fue escaleras arriba, sin darme tiempo a decir nada.

Cris Gianelli bajó al momento. Oí cómo se cruzaban en la escalera («hola, nena», él; «¡que llegas tarde!», ella) y al poco lo vi bajar con una soltura increíble para sus cuarenta largos. Se notaba que se cuidaba y se mantenía en forma, y su ropa era de lo más informal: tejanos, camisa blanca y zapatos de sport, aunque se notaba que eran caros.

Era un tío agradable, educado, y, si tenía que hacer una valoración, de todos los delincuentes con los que había tenido el disgusto de tratar, era el único que me caía bien. Había una cierta justicia en sus actos —que nunca se podían probar más allá de toda duda razonable, por supuesto— y la gente que pagaba sus iras, no solo se lo había ganado de alguna manera baja y ruin, sino que no eran llorados por la sociedad en general. En realidad era un tío implacable y podía ser muy cruel, pero, echándole un vistazo a su historial, se había suavizado un poco en los últimos años, precisamente desde el momento en que la chica del albornoz había entrado en su vida. Porque Núria Gianelli era hija adoptiva del Capitán.

—¿Qué pasa, Morales? —me saludó cordial, tendiéndome la mano; y me repitió lo que me había dicho su hija, acompañándome hasta la mesa de despacho, junto a los ventanales—. Siéntate. ¿Quieres tomar algo?

Volví a decir que no a lo de tomar algo, pero esta vez sí que me senté, mientras él también lo hacía tras el escritorio. Se recostó cómodamente en su sillón y puso el tobillo de una pierna sobre la rodilla de la otra. Eso formaba parte de la puesta en escena de Cris Gianelli: su personalidad dominaba la situación con una seguridad y una tranquilidad que dejaba a sus interlocutores en inmediata desventaja.

—¿De qué se me acusa esta vez? —preguntó con aire de rutina.

—Esta vez no vengo por ti. Vengo por tu hija.

Eso le interesó al momento, vi cómo se ponía alerta. Bajó la pierna y el respaldo del sillón se irguió un poco cuando él cambió de postura. Estaba sorprendido de verdad y no me extraña.

—¿Por Núria? ¿Por qué?

—Su ginecólogo ha denunciado una violación. Dice que Núria tenía lesiones que se corresponden con una agresión sexual.

Se puso blanco. Como el papel.

—¿Qué? —balbuceó, perdiendo por una vez en su vida todo su aplomo; y su mirada, ansiosa, se fue inconscientemente hacia la escalera donde se había cruzado con su saltarina hija—. ¿Cuándo? Pero no puede ser.

—Hará un par de semanas. Tendría que hablar con ella, Capitán. Pero antes me gustaría saber si tú has notado algo. Si te ha llamado la atención alguna ausencia o si la ves diferente a partir de algún momento en concreto.

—No —dijo tajante—. Nunca está sola.

—Cuando me ha abierto estaba sola. Venía de fuera.

—Del spa. Está detrás de la casa. Nunca sale sola del recinto de la finca.

—¿Y quién la acompaña habitualmente?

—Pol Bron. Es su escolta y asistente personal. Siempre están juntos.

—¿Podría haber sido él?

—Rotundamente, no.

—¿Cómo estás tan seguro?

—Porque lo conozco desde hace mucho tiempo, somos amigos. Y porque está loco por ella. Nunca le haría daño.

—Bueno, eso que me dices parece más acusatorio que otra cosa.

Echó mano a un panel que tenía sobre el escritorio y la lucecita del altavoz sobre la mesa de café se apagó. El Capitán me iba a hacer alguna confidencia.

—Se acuestan, Morales. Él no necesita violarla. —Eso me dejó un poco pasmado, pero antes de que pudiera decir nada me advirtió—: Pero yo no te lo he dicho. Ellos no saben que lo sé.

—¿Y ese secretismo no podría animarlo a él a maltratarla y a ella a callárselo?

—Núria no se deja maltratar. Si él se pasara un pelo le pararía los pies muy rápido. Pero ¿estáis seguros de que la han agredido? Yo no he notado ningún cambio en ella. —Reflexionó un momento y luego continuó—: Y si la hubieran violado estoy seguro de que yo, por lo menos, lo habría sabido. Creo que se habría refugiado en mí.

—¿Y estás tan seguro porque…?

—Porque su hermano la violó cuando tenía catorce años. Por eso se escapó de su casa y por eso fue a parar a mí. Pero ahora no iréis a tocar los cojones con eso, ¿no? —dijo seco, poniéndose alerta—. Dejadla en paz con ese tema, ella ya ha pasado muchas páginas desde entonces.

La frase «por eso fue a parar a mí» me pareció rara y quedó registrada en mi disco duro automáticamente, pero el alcance del resto de la frase hizo que me distrajera de ella por completo. Pobre niña.

—Joder —dije, muy poco profesionalmente.

—Cuando nos conocimos me lo explicó y a partir de ese momento he cuidado de ella. Al principio fue difícil y estaba muy traumatizada, pero lo ha superado, aunque sigue en algún rincón de su cabeza y, si volviera a pasarle, estoy seguro de que lo llevaría muy mal. Y que habría venido derechita a refugiarse en mí. Y, ni se ha refugiado en mí, ni la veo mal.

—Pero las lesiones existen.

Hizo un gesto de incomprensión. Estaba claro que le costaba creer que le hubiera pasado eso a su hija.

—Puede ser que ella ni siquiera lo sepa. ¿No ha ido a ninguna fiesta, últimamente? ¿No ha salido con amigas? ¿Ningún sitio en que su escolta haya podido despistarse y le hayan echado algo en la bebida?

—No. Lleva en la finca desde junio. En Barcelona sale más, pero aquí, o está en la casa, o está con Bron.

—Bron tendrá que ir al lavabo de vez en cuando.

—No se viola a una mujer en lo que otro tío echa una meada.

—Mira, Cris, la denuncia del ginecólogo no sirve de nada si tu hija no quiere denunciar. He venido aquí para animarla a hacerlo. Además, mis superiores han pensado que tú tendrías que estar al corriente, aunque sea mayor de edad.

—¿Por eso te han mandado a ti desde Barcelona?

En realidad, que estuviera hablando con él antes que con la víctima era una irregularidad, pero mis jefes no querían enemistarse con el Capitán por una cuestión como aquella. Por muy mayor de edad que fuera la chica, no puedes meterte en casa del Capitán sin saludarlo a él primero y sin explicarle qué vienes a hacer. Eso no va así. Y, sí, mis jefes habían considerado que, para aquel tema delicado, era mejor que le entrevistara alguien con una mínima relación con él. Me había tocado interrogarle muchas veces, el Capitán y yo ya teníamos un bagaje juntos y en la comisaría se decía que yo le caía bien.

—Sí —reconocí—. Y porque el ginecólogo ha puesto la denuncia en Barcelona. ¿Quién más vive en la finca?

—El personal de servicio doméstico, la gente de las bodegas, la gente de la lavandería, mantenimiento, los hombres de seguridad, el paisajista…

—Todos hombres.

—La mayoría. Pero ella siempre está con Bron —insistió.

—Tendría que hablar con él. Si tu hija denuncia, tendría que hablar con todos.

—Pues diré que te preparen una habitación. Porque son unos cuantos.

No me parecía que lo dijera en broma y, la verdad, teniendo en cuenta que vivo solo y sin mascotas, si hubiera alguna posibilidad de no tener que llegar hasta allí y volver cada día, me apuntaba. Además, vivir en aquel sitio tenía que ser un lujo.

—Se me hace muy difícil de creer —insistió.

—Pero ¿autorizas que investiguemos?

Y el tono de su respuesta no fue cortés, no fue el tono servicial que suele usar la gente que quiere colaborar, sino sombrío.

—Desde luego.

Aquellas palabras sonaron a «entérate de quién ha sido y sírvemelo en bandeja». No dudé de que él investigaría también por su cuenta. Y de que el culpable acabaría en sus manos antes que en las nuestras. Pero aquello tenía unos procesos que había que seguir y se seguirían. Si se nos adelantaba, mala suerte para el cabrón. Los violadores no tenían mis simpatías.

—Quiero hablar con Bron antes que con tu hija. A solas. Y no le pongas sobre aviso, por favor.

Él hizo un gesto que decía «por supuesto», volvió a darle al interruptor y, a una orden suya («Hermes, dile a Bron que venga a mi despacho»), el asistente trajo al famoso Bron.

Pol Bron era un tío alto. Estaba delgado, pero era evidente que estaba fibrado. Llevaba el pelo oscuro, un poco largo, peinado hacia atrás, una barbita que era solo una línea corriendo por su mandíbula con una lágrima en el mentón, rasgos duros y tenía unos ojos negros rasgados que parecían astutos y vigilantes. En general, no parecía para muchas hostias. Más adelante la protagonista de esta historia lo definiría como «chungo» y realmente es la imagen que daba. Un chungo muy elegante, por eso. Tenía empaque, calidad. Y vestía mejor que su propio jefe.

El Capitán se quedó allí hasta que Bron llegó, bajando por las consabidas escaleras. Nos presentó y luego salió. Bron le echó una mirada interrogadora intentando encontrar los ojos del Capitán, pero no los encontró, lo que creo que pasmó al «chungo». Un punto a favor del Capitán.

Me tendió la mano, de manicura impecable, y yo se la estreché. Un apretón fuerte. Eso siempre es una buena señal.

—¿Qué pasa? —preguntó, sentándose delante de mí en la otra butaca, frente al escritorio del Capitán; tenía la voz grave pero agradable—. ¿He aparcado en doble fila o algo?

—Estamos investigando una violación —solté a bocajarro; en una investigación el factor sorpresa suele ser un buen aliado. Pero él ni se inmutó.

—¿Y ella dice que he sido yo? —preguntó con soltura; y después de hacer un gesto ponderativo, añadió—: O él.

Qué lisssto.

—No le acusa nadie —aclaré—. Creemos que han violado a su jefa. —Otro disparo. Y esta vez sí que hubo reacción. Curiosamente, la misma que el Capitán: perdió color. A él, además, se le pusieron los pelos de los antebrazos como escarpias. Y, como el Capitán, tartajeó.

—¿Qué?

Le expliqué el diagnóstico del ginecólogo.

—Actuamos de oficio —dije.

Bajó la cabeza y se quedó rumiando un momento, pero yo no le dejé. Si había sido él podía estar inventando una historia.

—El Capitán me ha dicho que usted está con ella todo el tiempo. ¿Se le ocurre cuándo puede haber pasado?

Él lanzó un suspiro profundo y murmuró: Vamos a dar un paseo por el parque –dijo, levantándose de repente por el parque —dijo, levantándose de repente.

No puse objeciones. Teniendo en cuenta lo que me había dicho el Capitán sobre su relación con la chica Gianelli no me extrañó en absoluto que quisiera huir de los curiosos oídos de Hermes.

Cruzamos el salón y el comedor y salimos por las puertas cristaleras de acordeón al exterior, donde, después de una superficie de gres con una mesa y sillas, se abría una amplia extensión de hierba que descendía en una suave pendiente. El césped estaba perfectamente cuidado y un caminito de baldosas de piedra, con lamparitas bajas a los lados, nos llevó hacia lo profundo del bosque domesticado de la finca Gianelli.

—Verá, Núria y yo no nos separamos en ningún momento. Y con eso quiero decir ni de noche. Pero su padre no lo sabe y ella no quiere que se entere. Le agradeceré discreción.

Para ser tan chungo se expresaba con una corrección admirable. Sería un asalariado y un chungo, pero era un tío con educación y con clase. Una mezcla muy curiosa. Sin que yo dijera nada más él siguió. Ahora sí que me interesaba darle cuerda. A ver qué me contaba.

—Verá —empezó otra vez—. Núria y yo no somos novios. No somos amantes al uso. La mañana después de la primera vez que nos acostamos juntos me pidió disculpas. Me dijo: «Lo siento; ya sé que esto parece derecho de pernada, pero no lo pude evitar». También me dijo que no volvería a pasar.

—Pero pasó.

—Bueno, me da mucha vergüenza confesar esto, pero creo que pone el tema en contexto. Yo nunca me había acostado con alguien tan joven. He trabajado como chófer y escolta de las hijas de un par de políticos y algún empresario. Físicamente están muy buenas pero en general son déspotas y caprichosas, no hay orgasmo que compense tenerlas luego subidas a la chepa.

Advertí que el dandi estaba perdiendo elegancia poco a poco.

—A lo que vamos: esa noche me sentía un asaltacunas y un baboso y tenía intención de ser yo quien le pidiera disculpas por haberme aprovechado, pero cuando ella se me adelantó… Sentí terror, sargento. En parte terror a que se lo dijera al Capitán y le pidiera que me sustituyera, pero sobre todo a que no volviera a pasar nunca más. Perdí la cabeza y le dije que estaba loco por ella. Que yo era suyo y que podía usarme de la manera que quisiera, cuando quisiera.

Joder.

—Deduzco que no había nada que temer —dije. Sí que tenía que haber sido difícil confesar aquello, sí. Los tíos podemos ser muy patéticos cuando estamos encoñados.

—Deduce bien. Cuando me quiere me tiene. Me vuelve loco, me tiene comiendo de su mano, pero no somos novios. Durante el día somos jefa y empleado, ni nos rozamos, pero cuando llega la noche…

Me vino a la cabeza aquella canción de Stevie Wonder; eran amantes a tiempo parcial. La verdad es que la cosa tenía su morbo. Ser el chico para todo de una chica de veintitrés años parece el argumento de una película porno que a cualquier hombre le gustaría vivir en primera persona. «Desnúdate, James». Buff.

—No sabe lo que es ir todo el día corriendo detrás de su minifalda —añadió, ilustrativamente. La verdad es que a mí la chica no me había parecido nada del otro mundo. Era joven, estaba delgada, tenía un rostro simétrico sin ningún defecto aparente, pero no era guapa, ni una tía buena, era del montón—. Pero, verá, con el tiempo, no es solo por el sexo —«a demanda», pensé, para mis adentros; y ese pensamiento, sumado al anterior, empezó a producir cierta incomodidad en mis pantalones; «no me jodas, ¿en serio?»—, por lo que me tiene rendido. Ella me ha transformado. Cuando empecé a trabajar para ella era un simple chófer y escolta, pero empezó a llevarme a exposiciones, conferencias sobre arte, vernisages… Es una consumidora compulsiva de cultura. Desde la primera conferencia el tema me enganchó. Una noche que el Capitán no pudo acompañarla a una cena de gala tuve que ir yo. Esa noche no fui su escolta, fui su acompañante. —«En los dos sentidos de la palabra», pensé.

Llegamos a una pérgola blanca que había en pleno campo, con sillones y una mesita baja, y a una indicación suya nos sentamos; corría un airecillo muy agradable. Se movía como Pedro por su casa, no dudé de que tenía acceso libre a cualquier parte de la finca.

—Se me ocurrió que podía usar para conversar lo que había aprendido en esos sitios. Quedé como un rey. Esa noche me redescubrí a mí mismo, sargento. Me gusté en esa cena y me gusta la persona que soy cuando estoy con ella. Antes de Núria yo era un paleto ignorante, solo era bueno para conducir y dar hostias, pero ella me ha transformado. Supongo que ella también lo vio bien, porque a partir de ese momento fui también su asistente personal. Yo llevo su agenda, nos inscribo en los eventos, organizo sus viajes… Conclusión, que no me separo de ella ni a sol ni a sombra.

—Y, por lo tanto, no cree que la puedan haber violado.

—Yo no he dicho eso —contestó, sorprendiéndome.

—¿La ha violado usted, Bron? —Pensé que igual tenía alguna historia elaborada de por qué lo había hecho. Se explicaba muy bien. Pero no era eso.

—No, sargento. Le he explicado todo esto para que entienda que no somos novios. Y que, por lo tanto, puedo no ser el único.

Si hubiera sido más pipiolo se me habría abierto la boca por la sorpresa. Pero mi boca no se abrió porque su defensa era un clásico: echar la culpa a otro.

—¿Sabe quién ha sido? —pregunté, seguro de que me daría un nombre para quitar la atención de sí.

—Debería hablar con ella.

—Le estoy preguntando a usted —insistí amablemente.

—Yo no le puedo dar un nombre. Si han violado a Núria solo ella sabe quién ha sido.

—¿La ha visto diferente últimamente, Bron?

—Pues la verdad es que no —dijo, más extrañado que otra cosa. Me di cuenta de que, tanto a él como al Capitán, les extrañaba de verdad lo de la violación. Era verdad que no les parecía posible. A lo mejor por eso estaban tan tranquilos, una vez pasado el susto inicial. Pensé que no tenía que marear más la perdiz y hablar con Núria. Había pasado primero por el Capitán por aquello del «nobleza obliga», pero era el momento de hablar con la víctima.

Bron y yo volvimos por el mismo camino, aunque a paso más ligero. Bastante abajo, a la izquierda, había una gran piscina en medio del campo, con varias tumbonas. En una de ellas había una mujer estirada tomando el sol. Solo la identifiqué por la larga melena negra.

Bron llamó al Capitán desde el despacho, a través de Hermes otra vez, y se despidió de mí amablemente. Aunque seguro que por dentro estaba inquieto, pensando que su vida perfecta podía irse al traste en cualquier momento, si yo me iba de la lengua con su jefe en lo de su affaire con la chica.

—¿Qué? —me preguntó al bajar—. ¿Cómo ha ido?

—Pues, ni he sacado nada en claro, ni todo lo contrario. Tengo que hablar con Núria.

Él soltó aire.

—Sí, supongo. Quiero estar presente —exigió.

—Será mejor que no. Tu hija es mayor de edad, no necesita acompañantes y, por lo que me has dicho de Bron, si estás tú, no me dirá toda la verdad.

—Coño, qué puta mierda —se lamentó disgustado—. ¿Puede estar Bron?

—Menos —gruñí—. ¿Por qué tienes tanto interés en que la niña no esté sola?

Me miró vigilante, pero no dijo nada de momento.

—No quiero que pase por esto sola —dijo después. Y parecía sincero.

—¿La puedes llamar?

Esta vez no invocó a Hermes, cogió el móvil y la llamó.

—Uri —dijo—, el sargento quiere hablar contigo. Ven a mi despacho.

—…

—Él te lo explicará. Sube, venga.

—…

—Vístete antes —advirtió.

Y me lanzó una mirada que decía: «Vas a tener que esperar, porque no querrás que venga en bikini».

—¿Quieres una copa? —ofreció. Y yo le contesté el consabido «no, gracias, estoy de servicio».

—Pues yo sí que necesito una —replicó, yendo hacia el mueble-bar.

—¿Cómo estás tan seguro de que no ha podido pasar, si hace un momento estaba sola a medio kilómetro de la casa, fuera de la vista de todo el mundo? —le pregunté, sentándome en el mismo sillón de antes.

—Esa es una anomalía que causas tú —me acusó, volviendo con la copa y señalándome con la mano en la que llevaba el vaso—. Si no, Bron habría estado con ella.

La chica de la coleta apareció por la puerta cristalera caminando ligera, envuelta de cualquier manera en un pareo. Observé que, aunque yo había liberado a Bron, él no había ido a reunirse inmediatamente con ella. Por mucho que dijera el Capitán, seguro que había mil ocasiones en que ella estuviera desprotegida.

—Cinco minutos —dijo de pasada, lanzándose una vez más escaleras arriba.

—Aquí hacéis deporte, ¿eh? —comenté divertido.

Él esbozó una de sus sonrisas torcidas. Otra de las características de Cris Gianelli es que nunca sonreía abiertamente. O, por lo menos, yo no lo había visto nunca.

—Hay un ascensor, pero hoy está en mantenimiento. —Le dio un trago a la bebida y preguntó—: ¿Qué te ha parecido Bron?

«Un cabrón con suerte», pensé.

—En relación con el caso, no tengo ni idea —dije, para no decir nada—. Necesito más datos. Parece que todos atacáis el problema por el flanco.

El Capitán había vuelto a adoptar su postura dominante tras el escritorio y su boca se torció en una sonrisa aún menos sonrisa que la anterior. Sardónica.

—Debe de ser la costumbre —dijo, lanzándome una mirada de inteligencia. ¡Qué cabrón!

—Esto no es broma, Cris.

Su sonrisa se borró por completo.

—Desde luego que no —comentó sombríamente. Me imaginé lo que pensaba. Si habían violado a su hija, quien hubiera sido iba a suplicar que lo matara. Rápido.

El trote de Núria escaleras abajo volvió a dejarse oír y en un par de saltos se plantó en el despacho.

Núria

Allí estaban los dos. Mi padre en el puente de mando y el sargento sentado, con los codos apoyados en las rodillas, echado hacia delante. Una postura muy poco «oficial». Era mono, rubio oscuro.

Yo sabía por qué estaba allí. Y sabía de qué quería hablarme ahora. No es que fuera verdad lo que él sospechaba, es que mi padre me había puesto sobre aviso. En cuanto el sargento lo había liberado para hablar con Bron había subido a mi habitación. Yo acababa de ponerme el bikini para bajar a la piscina. Era muy raro que mi padre viniera a mi cuarto. Allí pasaba algo.

—¿Qué pasa? —le pregunté, un poco preocupada—. ¿Qué quiere el mosso?

Él se acercó a mí y me miró con sus ojazos pardos.

—Te hice daño —dijo—. ¿Por qué no me lo dijiste?

—¿Qué? —Aunque en realidad dije «¿ein?».

—Tu ginecólogo dice que te han violado. Lo ha denunciado.

Tardé un segundo en entenderle, pero luego dejé caer los hombros y puse los ojos en blanco.

—¿No me digas? —me lamenté.

—Lo siento —dijo sentidamente, para mi sorpresa—. Tendrías que haberme parado, Uri.

—Papá, no me hiciste daño —lo tranquilicé.

—¿Seguro? —insistió.

—¿Te lo pareció?

Soltó un soplido.

—Hija, estaba tan ciego que no sé nada.

Levanté mi mano y le acaricié la mejilla suavemente.

—No me hiciste daño. Fue el fragor de la batalla, nada más. Hacía tanto tiempo…

Entonces me vi envuelta por sus brazos en un abrazo cálido al que me entregué por completo. Eso tampoco pasaba a menudo. Mi padre y yo habíamos pasado por muchas cosas juntos, cosas muy malas, muchas veces, pero él no es un hombre afectivo, ni en las palabras, ni en los gestos. Él demuestra sus sentimientos con actos, no con abrazos ni besuqueos. Que me abrazara así me demostró dos cosas: que se había asustado al pensar que me había lastimado y que me había echado mucho de menos. Aunque había sido él quien había acabado con nuestros encuentros ya bastante tiempo atrás. Me abracé a su cintura y recosté la cara en su pecho cerrando los ojos.

—Pensaba que había dejado de gustarte —musité.

—Nunca. Pero es mejor así. Eres mi hija, no mi mujer. Si hubiera seguido habrías acabado marchándote. Tenía que dejarte volar.

—Pues estuve triste mucho tiempo.

—Ya. —Ese «ya» lo conocía yo muy bien. Era su manera de decir «pues lo siento por ti, pero aquí se hace lo que yo digo»—. Pero era lo mejor.

Levanté la cara de su pecho para mirarlo y él se desasió de mí sin brusquedad. Lo sentí. Desde que nos conocimos años atrás había deseado muchas veces un abrazo como ese y casi nunca me lo daba.

—Habría que hablar con ese médico, ¿no? —dije, práctica. Las cosas de mi padre siempre se arreglan con llamadas y dinero. El dinero provoca unas amnesias tremendas. Y hace que la gente revise sus actos y descubra que ha cometido lamentables errores.

—Primero vas a tener que hablar con el mosso.

—Bueno, lo negaré todo. Podría pasar un polígrafo, incluso.

Le vi bajar la mirada a mi vientre.

—Esa cicatriz va bien —dijo.

Hacía poco que me habían operado de apendicitis. De hecho, había ido al ginecólogo justamente porque confundía las molestias del apéndice con molestias en los ovarios. En mala hora fui. Yo bajé la mirada también, a tiempo para ver cómo acercaba sus dedos y tocaba suavemente los puntitos de la laparoscopia, que ya desaparecían. Me estremecí. Yo había estado muy triste cuando dejó de buscarme por las noches, pero ahora estaba Bron y no quería repartirme entre los dos. Ni dejar lo de Bron. Pensar en ello me hizo darme cuenta de que el Capitán tenía razón. Pensar en ser suya exclusivamente otra vez me causaba desasosiego. Pero una caricia como aquella de vez en cuando…

—No es ni una cicatriz —dije, despreocupada—. Ya casi ni se ve.

—¿No se lo habrás dicho a Bron? Que lo hicimos.

Lo miré sorprendida.

—No —dije espantada. Eso se daba por descontado.

—Como sois tan amigos…

Estaba celoso. Me había dejado volar porque consideraba que era lo que había que hacer, pero él también había estado triste. Él, seguramente, sufría. Y eso que no sabía que Bron y yo éramos amantes. Me alegré de haberme dejado llevar la otra tarde, cuando lo hicimos. Ninguno de los dos había pensado en las consecuencias en ese momento, pero estaba bien.

—Eso no se lo he contado, ni se lo contaré.

Se separó de mí y se rompió el hechizo. Era mejor que se rompiera, pensándolo bien.

—Bueno —dijo—, yo me encargo del ginecólogo y tú del madero.

—Hecho.

Álex

Se había puesto unos tejanos y una camiseta. Según parecía, en casa seguía el estilo casual de su padre. Claro, en realidad, Bron estaba trabajando, ellos dos eran los dueños. El Capitán y yo nos levantamos a la vez, como movidos por el mismo mecanismo.

—¿Estoy detenida? —preguntó con soltura. La verdad es que se la veía vivaracha. En absoluto deprimida o asustada por verme allí. Claro que, a veces, las víctimas de violación despliegan un escudo a su alrededor. Solo los que las conocen de verdad pueden encontrar fisuras en él.

—Todavía no —contesté, sonriendo.

Me miró con curiosidad. Creo que mi broma la descolocó un poco.

—Os dejo —anunció el Capitán. La vi mirarlo con desasosiego. Creo que hubiera preferido que no se fuera.

—¿Te sientas, por favor? —le dije.

No sé por qué di por hecho que se sentaría delante de mí, como Bron, pero la vi rodear el escritorio y sentarse en el sillón de su padre. Todo un movimiento estratégico. Aunque no puso el tobillo de una pierna sobre la rodilla de la otra, vi ecos del Capitán en ella: se recostó cómodamente en el respaldo y cruzó las piernas, muy femenina. Más aún, puso cada brazo en uno de los braceros, como una reina. La reina de la casa.

Yo me la había quedado mirando mientras lo hacía. Esbozó una no-sonrisa de Mona Lisa y levantó las cejas, como diciendo: «¿O qué te pensabas?». Empecé a intuir lo que tanto le gustaba a Bron. Aquella no era una chica normal. Una mujer normal.

—¿Qué me quiere preguntar, sargento? —preguntó a continuación, poniéndose seria.

Expliqué por enésima vez la denuncia del ginecólogo. La vi abrir mucho los ojos y parpadear repetidamente.

—¿Qué? —dijo entonces, sorprendida—. ¿A mí? —Y moviendo la cabeza a derecha e izquierda, añadió convencida—: Es un error.

—Núria, si pasó, no es culpa tuya. No has hecho nada malo.

—Ya lo sé, sargento.

Lo había dicho muy serenamente. Con total seguridad. Supe que pensaba en lo que le había hecho su hermano, ella ya sabía lo que era una violación. Sentí compasión por ella.

—Pues dime la verdad. ¿Ha sido Bron?

Esa pregunta la hizo levantarse como si hubiera un bicho en la butaca y le hubiera mordido.

—¿Hablamos fuera? —me invitaron por segunda vez esa mañana—. Hace un día precioso.

Hice un gesto afirmativo y volvimos a recorrer el camino que había hecho con Bron hacía un rato, aunque con ella nos desviamos un poco antes de llegar a la pérgola y nos sentamos en un sillón-columpio con cojines, que colgaba de un árbol enorme. Un rincón fantástico para leer en verano, la verdad. En ese momento me fijé en sus sandalias, planas, del mismo color que la camiseta. Tenía los pies muy bonitos.

—Sabes que las agresiones dentro de la pareja también son violación, ¿no?

—Oh, madre mía, sabe lo de Bron. ¿Quién se lo ha dicho?

—Bron. En confidencia.

—Ya —rezongó ella, escéptica. Otro eco del Capitán—. Pensaba que le había mencionado porque es sospechoso. Qué bien hemos hecho en salir. Mi padre no lo sabe, no se lo diga —exigió, con urgencia auténtica en la voz.

—Si no es necesario, no lo diré. Pero dime, ¿Bron ha sido violento contigo alguna vez? Aunque tú no lo consideres una agresión, ¿se ha puesto —iba a decir duro, pero corregí a tiempo— agresivo alguna vez? Alguna discusión subida de tono, alguna discrepancia con tu ropa, alguna noche que no aceptara un no…

—No me han violado, sargento. De verdad que no. Ese médico ha tenido que equivocarse. Ni siquiera nos va el sexo duro. Y Bron me… motiva mucho, no hay desacuerdos entre nosotros.

Me admiró la forma tan elegante de decirlo. La motivaba mucho. Y no había desacuerdos. Porque en la cama mandaba ella. «Le doy lo que quiere cuando lo quiere», había dicho Bron. La miré atentamente. Tenía los ojos negros rasgados ligeramente ascendentes, pestañas largas, los pómulos altos aunque no muy marcados y la boca pequeña y carnosa. La verdad es que, vista de cerca, era bien bonita.

Un tío a lo lejos conduciendo un pequeño tractor cortacésped me llamó la atención. Estaba a bastante distancia, pero se iba acercando lentamente de cara a nosotros. En ese momento pasaron dos cosas: mi interés se apartó completamente del caso de Núria y sonó mi móvil.

Le pedí disculpas a Núria, y contesté sin quitarle la vista al tío del tractor. Era mi subinspector.

—Morales —oí al otro lado—. Deja el tema de Núria Gianelli. El médico se equivocó, la prueba era de otra persona. Una prostituta.

—¿Una prostituta? —¿Una prostituta podía pagarse los médicos de los Gianelli?

—Una de las caras. Cerramos el caso. Ya puedes volver.

Corté la comunicación y le pregunté, sin apartar la vista del tío del tractor:

—¿Quién es aquel?

—¿Aquel? —Miró extrañada hacia el tío del tractor—. Tano, el paisajista.

—¿Hace mucho que trabaja aquí?

—No, no mucho, pero él tampoco ha sido, sargento.

—Ya lo sé —le revelé, volviéndome otra vez a mirarla y levantándome del columpio—. El que ha llamado era mi superior. Tenías razón, era un error del médico. ¿Volvemos?

Me alegré de que el tema de Núria se hubiera resuelto solo. Ya no podía prestarle más atención. La acompañé a casa con la cabeza puesta ya en otra cosa.

—Me alegro de que fuera una falsa alarma —le dije, sinceramente, cuando volvimos a entrar en la casa.

—Y yo. —Al oírnos, su padre apareció en la puerta del despacho—. Suerte, sargento.

—Igual —dije. Pero ya tenía algo en mente, así que, con un poco de suerte, no hacía falta despedirse.

—Te lo dejo, Pa —dijo, con aquella soltura suya. Y volvió a ir hacia las escaleras, sacándose el móvil del bolsillo de los tejanos. Ella también estaba en otra cosa ya. Yo volví al despacho.

—Buenas noticias. Me ha llamado mi jefe. Teníais razón, el médico confundió las pruebas. Caso cerrado.

—Ya me extrañaba —gruñó—. Menos mal.

—Pero tengo que hablar contigo. Te voy a hacer una oferta que no podrás rechazar.

Núria

Mi padre es muy rápido, especialista en control de daños. Y ahora me tocaba a mí hacer lo mismo. Sabía que en cuanto Bron me viera me preguntaría quién había sido, o por qué no se lo había dicho y no quería intercambiar ni una frase sobre el tema con él. Porque, aunque no había sido una violación, sí era algo que él no tenía que saber. Bron no podía saber la clase de relación que habíamos tenido mi padre y yo, desde antes de ser padre e hija y hasta hacía tres años. Nadie debía saberlo. El Capitán no quería. Y lo que había pasado la otra tarde había sido una cagada y no se iba a repetir.

Bron y yo tenemos habitaciones contiguas en la finca. Es práctico porque así siempre lo tengo a mano cuando quiero salir. O por lo menos fue así al principio. Después de las primeras veces que dormimos juntos, él dejó de irse a su cuarto al romper el alba y el proceso de entrar por puertas separadas acabó siendo un mero formalismo de cara a la galería. En cuanto estábamos dentro era como estar en una gran suite común, porque, o por la puerta de comunicación, o por la terraza continua, nos volvíamos a encontrar al momento.

—No te lo vas a creer —dije, nada más entrar, lanzando el móvil sobre la cama: la mejor defensa es un buen ataque. Como me pensaba, él estaba en la terraza, fumando. Seguramente estaba nervioso. En cuanto me oyó apagó el cigarro, entró y se sentó a los pies de la cama. Yo me dejé caer a su lado—. El médico se equivocó con las pruebas —anuncié, mirándolo directamente a los ojos—. Son de otra.

—No jodas —dijo, incrédulo.

—Lo que oyes.

Su primera reacción fue la misma que la del Capitán: abrazarme. Me pasó un brazo por los hombros, me atrajo hacia sí y me dio un beso en la frente. Pobres, los dos se habían asustado de verdad. Bron porque pensaba que me habían hecho daño y el Capitán porque pensaba que él me había hecho daño.

—Qué cabrón. Habría que denunciarlo.

—Sí, seguramente el Capitán estará de acuerdo —mentí. A veces me sorprende a mí misma el ser capaz de llevar esta doble realidad. Para cada uno de ellos es fácil, porque solo tienen que gestionar una fachada, pero yo tengo que gestionar dos: que el Capitán no sepa lo de Bron y que Bron no sepa lo del Capitán—. Bueno, pues asunto resuelto —dije, dándole una palmada en el muslo y levantándome—. Vamos a vestirnos para comer.

Pero él no me dejó escapar tan fácilmente y me cogió del brazo para evitar que me fuera muy lejos. Me volví a mirarlo sorprendida: él nunca me tocaba si yo no le daba entrada. Y no me gusta que me cojan por sorpresa, ni siquiera él.

—Si te violaran me lo dirías, ¿verdad, milady? —me preguntó, preocupado. Aquel «milady» contrarrestaba la osadía de tocarme. Implicaba que estaba en acto de servicio. Cuando decía «sí, milady» siempre me sonaba al «como gustéis» de La princesa prometida.

Pobre. Le dolía pensar que me hubiera podido pasar y no se lo hubiera dicho, que no me hubiera confiado con él.

—Pues claro que te lo diría —le aseguré, porque eso era lo que él quería oír, porque, la verdad, por experiencias pasadas, eso no lo podía saber de cierto. Me dejé conducir hacia él por su mano; me puso la cara sobre el vientre y yo le acaricié el pelo suavemente—. Pero eso no puede pasar porque tú estás siempre conmigo —le recordé, con ternura.

Él levantó la cabeza de mi vientre.

—Sí que puede pasar. He estado pensando en eso, he revisado todo lo que hacemos durante el día y hay un montón de ángulos muertos. Hay muchos momentos en que no te veo.

—Pero estoy con mi padre.

—No siempre.

—En casa no va a pasar, Bron —insistí, segura. Al final no me había librado de la charla—. Y fuera siempre estoy contigo.

—Esto está lleno de tíos, Núria. Sí que puede pasar.

—Oye, a ver si ahora me van a poner otra carabina para cuando tú te des la vuelta —dije, molesta, soltándome de su mano y dando un paso atrás—. No te emparanoies, porque si te emparanoias tú, se va a emparanoiar mi padre. Ya estoy bastante protegida, no os preocupéis.

—Bueno, no te enfades —dijo, conciliador, levantándose—. Me he asustado, nada más.

—Uy, tratándose de ti, ni nada menos —rezongué.

Un día que a mí se me había ocurrido despistarme diez minutos en una discoteca, menuda bronca me había caído. Luego estuvimos tres días de morros.

—Bueno, lo siento —repitió.

—Se acabó el tema de la violación, ¿vale?

—Vale —dijo, haciendo un gesto de aquiescencia con la cabeza.

—Pues vamos a vestirnos para comer.

Álex

El Capitán me miró con sorna. No dijo nada. Si esperaba que me diera entrada, estaba listo.

—He visto a tu jardinero —dije.

—¿Y?

—¿Por quién ha venido recomendado ese?

El Capitán me echó una de sus miradas penetrantes. En la Policía era sabido que la finca del Capitán era una especie de centro de blanqueo de delincuentes. Cuando se metían en líos demasiado gordos, camellos, prostitutas, chaperos, sicarios, expresidiarios, corredores de apuestas ilegales, falsificadores y prófugos en general, pasaban una temporadita en la finca Gianelli haciendo tareas poco cualificadas. La estancia incluía un kit fabricado por los falsificadores con una identidad nueva y libre de cargas. Luego volvían a la circulación, pero en otra zona. Era como un programa de resituación de testigos. Presuntamente, claro.

—Pues, la verdad es que nadie —dijo. «Respuesta correcta», pensé—. Este ha venido por ETT.

Eso me hizo reír. ¡Qué coñón! Aquel tío me caía bien, coño. Lástima que fuera un mafias.

—Es de una empresa de jardinería —dijo—. ¿Por qué?

—Porque es un pederasta. Llevamos detrás de él más de tres años. Sabemos que está metido en una red de pornografía infantil y que no se limita a ver vídeos. Digamos que proporciona el material y además es la estrella de alguna de las películas. Él podría llevarnos hasta el jefe.

Le vi torcer el gesto, aunque fue casi inapreciable. Sabíamos que no tenía negocios de pornografía infantil ni de tráfico de personas, supongo que por eso podía caerme bien. Tenía putas y strippers en sus locales pero en general parecían bastante satisfechas con su oficio, no eran pobres inmigrantes engañadas.

El Capitán tenía dos caras: era un empresario de éxito y era un capo. Tenía negocios legales e ilegales. Entre los legales, el principal eran los bienes raíces: compraventa de terrenos, negocios inmobiliarios, construcción. En esos negocios estaba todo en orden, aparte de las consabidas recalificaciones sospechosas que no nos tocaba investigar a nosotros. También se dedicaba a la hostelería, tenía una cadena de hoteles y unos cuantos bares y locales de ocio nocturno. En la hostelería era donde se desarrollaban sus negocios ilegales: prostitución, tráfico de drogas, apuestas, préstamos, etcétera. De sus negocios ilegales el principal era el tráfico de drogas, pero no se abastecía de los circuitos del narcotráfico, el Capitán fabricaba sus propias drogas de diseño. Tenía acciones en unas cuantas farmacéuticas y se decía que tenía fichados en sus negocios sucios a varios genios de la química que diseñaban y fabricaban para él. De nuevo presuntamente, por supuesto. Porque era imposible llegar hasta él. En algún momento de la cadena se perdía la conexión y… pasaba exactamente lo mismo que con el cabrón para el que hacía porno el jardinero.

—Ahí va mi proposición —dije por fin—: ¿Podría cogerte la palabra y quedarme aquí unos días? Con la excusa de investigar la violación podría tirarle de la lengua sin que sospeche, irme posicionando. Luego me hago pasar por uno de los suyos y bla, bla, bla. Ya sabes cómo funcionan esas cosas.

Otra vez la mirada intensa y reflexiva.

—No veo la ganancia.

No, claro, tenerme en su casa a pan y cuchillo molestando a su personal no era la oferta que no podría rechazar.

—La ganancia la podemos acordar tú y yo. Los dos sabemos que hay un negocio que aprecias especialmente. Tu gente podrá dedicarse a sus labores tranquilamente y a cambio nosotros nos dedicamos a pillar a ese cabrón. No podemos estar en todas partes a la vez.

Siguió traspasándome con la mirada. El Capitán tiene los ojos de un color muy raro, entre marrón claro y verde, y una mirada que pega perfectamente con su personalidad, que la refuerza.

—Va, Cris, tú y yo nos conocemos hace tiempo. Sabes que puedo montar esto, que en mi Unidad me darán cobertura. ¿Todavía no ves las ganancias?

Pues claro que se las veía. Su forma de sellar nuestro trato fue decirle a Hermes que mandara al ama de gobierno a su despacho. Cuando vino, le dio órdenes de preparar una habitación para mí y de acompañarme al ático.

—Tómate algo antes de comer —dijo—. Tengo que hablar con mi hija.

Por supuesto.

Núria

Estaba abrochándome la hebilla de las sandalias cuando recibí un wasap de mi padre pidiéndome que bajara a su despacho.

—Cierra —dijo, cuando entré. Me alegré de que lo hiciera, tenía ganas de hablar con él un momento a solas.

—Qué rápido eres —lo alabé, refiriéndome a su eficiencia solucionando el tema del médico.

—Siéntate —me indicó, serio.

—¿Qué pasa? —dije, extrañada, dejándome caer en la silla que antes había ocupado el sargento y que generalmente era la mía. Qué lástima. Yo que había bajado contenta con la esperanza de tener una charla de complicidad con él y de recibir alguna caricia más y él ponía enseguida el escritorio entre los dos. Me iba a dar órdenes. Mi padre siempre se pone muy serio cuando manda.

Me explicó el tema del sargento. Que se iba a quedar en casa con nosotros. No me gustó nada la idea. Ahora iba a tener que hacer más control de daños todavía, porque resulta que el mosso sabía lo mío con Bron. Estupendo. Aquello se iba a convertir en un circo de tres pistas.

No me parecía mal la idea de que quisiera pescar a un pederasta, pero hubiera preferido que no lo hiciera desde mi casa. Claro que mi padre no debía de hacerlo solo por justicia social. En otro tiempo le habría preguntado por la contrapartida, pero eso era cuando era joven e inexperta y siempre tenía miedo. Ahora ya tenía bien aprendido que esas preguntas no se hacen. El Capitán no quiere que yo esté al tanto de sus negocios B, siempre es muy opaco en esos temas.

—Pues vaya —dije, con un mohín—. ¿Y va a confraternizar con nosotros?

—Oficialmente está investigando tu violación. Así que, sí, tiene que quedarse con nosotros.

—Un policía. Este cromo te faltaba, ¿eh? —dije, refiriéndome al elenco que tenía distribuido por toda la finca.

—Este no trabaja para mí —dijo.

Y, como buena hija suya, dije, simplemente:

—Ya.

Nos miramos un momento, sin decir nada. Por algún extraño motivo, no pude separar mis ojos de los suyos. Ay, madre mía. Estaba en el aire. Había vuelto. Tal vez no había sido tan buena idea ceder a la tentación el otro día. Venga, yo ya no soy tan ingenua, había pasado con Bron y pasaba con todos los hombres: si lo haces con ellos una vez y luego decidís que no tiene que volver a pasar, es como pasar al siguiente nivel en un videojuego. El escenario cambia y las pruebas a superar son diferentes. En este caso, la prueba a superar era mantener el statu quo anterior. Eso era lo que tenía que hacer, eso era lo que quería hacer, pero en aquella pantalla había más de un monstruo a batir: no solo estaba la lujuria, también estaba la pena que me había dejado el que mi padre se hubiera distanciado de mí, que ya no me quisiera para hacerle compañía por las noches. Sí, es aberrante, por supuesto, pero yo ya estaba acostumbrada a vivir con mis propias contradicciones. Llevaba viviendo con ellas desde los catorce años, cuando mi hermano me violó, yo le pegué con un trofeo de fútbol en la cabeza y me escapé de casa sin llevarme ni una camiseta de recambio. Soy material dañado. Mi cabeza no funciona de una forma normal. Y mi sexualidad tampoco.

Como el adulto que es, fue él quien rompió el hechizo.

—Vamos a comer —dijo.

Ya no pude subir para contárselo a Bron, fuimos directamente al comedor, pero le hice un wasap: «El sargento se queda a comer». Con eso había bastante, de momento, para que no se le quedara cara de tonto cuando lo viera.

Álex

El ama de llaves me acompañó hasta el ascensor, se ve que ya se había acabado el mantenimiento. Las puertas estaban paneladas en madera, nadie habría dicho que detrás había un ascensor. El ama de llaves metió una llave en una de las dos cerraduras que había en el panel de los botones, la giró y las puertas se cerraron. El panel del ascensor solo tenía botón para la planta baja y la primera planta; para el segundo y el tercero había cerraduras, no se podía acceder a esas plantas sin llave.

Cuando llegamos, ella no salió, pero me hizo una indicación con la mano de que saliera y dijo simplemente: «Le atenderán en la barra». Luego las puertas se cerraron.

El ático era un chill out. Había una piscina, tumbonas, sillones, plantas. Más tarde también descubriría que, en cuanto caía alguna gota, una cubierta de cristal se cerraba automáticamente protegiendo el espacio.

—¿Qué le pongo, sargento?

La voz venía de mi derecha. Me volví, y vi a un chico rubio tras una barra de bar.

—¿Ya te ha avisado el ama de llaves? —le pregunté, cordial, acercándome a él y sentándome en una de las banquetas delante de la barra.

Hizo un gesto y señaló a otro altavoz como el de abajo, que tenía en una estantería detrás.

—Ese no tiene llaves, pero manda más que nadie.

Me cayó bien. Era joven, debía de tener unos veinticinco y el cabrón era guapo de cojones. En cuanto lo vi me pregunté por qué la chica Gianelli preferiría a un tío mayor como Bron estando aquel chaval allí, pero poco tiempo después dejé de preguntármelo, porque Bron era otra cosa.

Me miré el reloj. Era casi la hora de comer, así que decidí que durante un par de horas no estaba de servicio y pedí una cerveza. Y, como tenía que meterme en el papel, decidí hacerle un par de preguntas al chaval. Oficialmente, yo estaba allí por la violación, pero iría bordeando el tema para llegar adonde yo quería llegar.

—Vaya invento, ¿eh?

—Ya ve.

—¿Y por qué este no se llama Alexa o Siri?

—Porque lo han diseñado especialmente para el Capitán. No es de Amazon, ni de Google, ni eso, es un sistema especial para la casa. Lo bautizó la Señorita, que es una friqui de la mitología.

Vaya tela.

—Se debe de trabajar bien aquí.

Hizo un gesto de asentimiento y lo reforzó frunciendo los labios.

—De puta madre. Poco curro y buen sueldo. Es limpio, no hay cucarachas…

Sonreí. Me pregunté de cuál de los negocios del Capitán habría salido aquel chico. Chapero, seguramente. Quizás previo paso por una de las redes de pederastia que ahora eran mi investigación, ¿quién sabe?

—¿Hace mucho que trabajas aquí?

—Casi tres años.

—¿Y antes?

Eso pareció ponerlo un poco en guardia. Esa debía ser la tónica general allí: cuando se llegaba a un cierto punto, todo el mundo empezaba a andar como si pisara vidrio molido.

—En uno de los bares del Capitán, en Barcelona —dijo, ya no tan jovial, aunque tampoco hostil.

—Has ascendido —dije sonriendo, para tranquilizarlo.

Apoyó un codo en la barra, se inclinó hacia mí y preguntó, como en confianza:

—Jefe, ¿qué le trae por aquí?

—Una violación —dije.

Tal como esperaba, eso lo sorprendió y se irguió otra vez.

—¿Y a quién han violado?

—A tu jefa.

—No joda. —Parecía consternado de verdad—. ¿A Núria? —Y luego, para no faltar a la costumbre, dijo—: No puede ser.

—Eso dice todo el mundo… ¿Te llamas?

—Nico.

—Eso dice todo el mundo, Nico, pero hay un examen médico que lo prueba. ¿A ti se te ocurre quién ha podido ser?

—¿Ella no lo sabe? —preguntó extrañado.

—Ella no se acuerda —mentí.

—¿Burundanga?

—Es posible.

—¿Y no había ADN y eso?

—Tenemos que investigarlo —mentí más.

Se produjo una pausa. Ahora se apoyó en el mostrador con los dos codos y pensó un momento.

—Supongo que los sospechosos habituales son Bron y su padre, ¿no?

Los sospechosos habituales. Todo el mundo domina la jerga, últimamente. Me extrañó que incluyera al Capitán. Lección bien aprendida de las películas: todo el mundo es sospechoso. Y todo el mundo miente.

—Todo el mundo es sospechoso, Nico. En esta finca hay muchos hombres.

—Hasta yo.

—Yo no lo he dicho —me defendí, levantando las manos—. Pero sí, claro. Tú, por ejemplo, pudiste echárselo en la bebida.

—¿Cuándo fue?

—Según el médico, como mucho un par de días antes de que la operaran.

—Pues yo estaba aquí —resolvió. Y supe que, le hubiera dicho lo que le hubiera dicho, él habría contestado lo mismo.

—¿No te relevan?

—No. Yo vivo aquí. Me encargo de la barra, de las piscinas…

—Pero pasas mucho tiempo solo.

—Sí.

—¿Y ella nunca sube sola?

Dudó.

—Sí —tuvo que confesar al final.

Hice un gesto de «blanco y en botella».

—En las películas a esto lo llaman oportunidad. ¿A qué hora acabas?

—Cuando los jefes se van a dormir. Les gusta subir a última hora.

—También pudiste echarle algo en la bebida a última hora y luego irla a buscar.

Él negó muy seguro.

—A esa hora Bron no se separa de ella.

Lo miré dubitativo. Él me sostuvo la mirada. Pensé que aquel pollo sabía lo de Bron y la niña, pero, si era así, en aquel momento no me dio ninguna pista. Pasé de preguntar, aquello no tenía nada que ver con mi investigación. Ahora, ya no.

—¿Dónde duermes?

—En los bungalós, en la zona del personal. Lo llamamos el Este del Edén.

Me reí. Muy propio. Donde fue desterrado Caín cuando mató a su hermano. Los criminales viven al Este del Edén. Eso ya me interesaba más. Así que había una zona exclusiva para el personal.

—¿Ella va por allí?

—Nunca —remarcó, levantando un poco la voz, abriendo mucho los ojos y echándose hacia adelante para darle más fuerza.

—¿Qué día libras, Nico?

Se calló un momento. Los dos sabíamos que él no la había violado, pero la gente que vive en la línea entre lo legal y lo ilegal sabe bien que se le puede acusar de cosas que no ha hecho y que incluso se puede probar a veces. Con los capos no pasa, pero los mindundis son carne de cañón. Y yo lo estaba instigando mucho.

—Los jueves —dijo, a regañadientes.

—Jueves —dije, valorativamente—. Sí, podría haber sido el jueves, estirando un poco. La operaron en lunes.

—Yo no he sido, sargento —dijo, un poco cansado—. Si me dice una hora y el día, le diré qué hacía, pero no soy un violador. ¡Yo no necesito violar a las tías!

Y para apoyar su tesis dio un paso atrás y movió sus brazos arriba y abajo para que mirara su cuerpo. La verdad es que tenía un físico envidiable, seguramente tenía alguna novia al Este del Edén.

—¿Te gusta ella, Nico? —contraataqué.

—Me acojo a la quinta enmienda —dijo resuelto.

—Aquí no tenemos quinta enmienda —gruñí.

—¿Solo tenemos cuatro enmiendas? Pues qué mienda, ¿no?

Se echó a reír de su propia broma. Y yo también. Qué cabrón.

Así nos pilló Hermes cuando me llamó para bajar a comer.

—No he acabado contigo —le advertí, para concluir el tema. Pero pensé que, con él, ya había hecho bastante el paripé.

—Pues aquí estaré —dijo, encogiéndose un poco de hombros, como diciendo «¿dónde voy a estar si no?».

Cuando entré en el comedor aún iba sonriendo por la broma de Nico. Tengo que decir que me lo pasé bien en ese sitio.

Me los encontré a los tres delante de un bufet, empezando a servirse ya la comida. No había servicio rondando por allí, las comidas eran informales y familiares. Hasta que llegué yo, por lo menos.

—Qué contento viene —dijo ella, enseguida. Se había puesto un vestido blanco, con florecitas rosas, vaporoso y ya no llevaba la coleta, llevaba la parte delantera de la melena recogida en un moñito en la coronilla, acribillado con palillos chinos, y el resto le caía suelto por la espalda. Se había maquillado poco: los labios y aquello que mi mujer llamaba «el ala del ojo», que remarcaba la dirección ascendente de sus ojos.

—El camarero de arriba es un buen fichaje, ¿no? —dije, acercándome al bufet—. Y trátame de tú. Ahora vamos a vernos a menudo.

—Yupiii —dijo ella, mordaz, mirándome socarrona.

—Núria —la reprendió su padre.

Pero ella no se resintió del toque de atención. Se sentó en su sitio sin perder la expresión burlona.

—¿Invitarle a comer se puede considerar soborno? —contraatacó. Y observé que no había hecho caso de mi permiso para tutearme.

—Si me dan de comer a la hora de comer, no —respondí tranquilamente, sentándome junto a Bron. Y eso le hizo sonreír. Y yo entendí un poco más. Era un entendimiento muy rudimentario aún, como un dolor reflejo muy lejano, pero empecé a notarlo. El influjo de la chica Gianelli.

También me invitaron a la partida de remigio. Hermes llamó a una tal Agnès para que nos sirviera el café y salimos a la mesa de fuera. Jugamos bajo el toldo, al fresco.

—Así Bron puede fumar —me dijo Núria, poniendo los ojos en blanco. Evidentemente, el vicio de su factótum no le gustaba demasiado. O por lo menos eso hacía ver, porque pude ver, varias veces, cómo le miraba mientras fumaba, cuando él no se daba cuenta. Quizás no eran «amantes al uso», como había dicho él, pero se notaba que a ella le gustaba de verdad. «Bron me motiva mucho», había dicho. Se notaba que sí.

Era un remigio un poco diferente del que yo conocía, ellos lo llamaban continental y el número de cartas que se repartía aumentaba con cada vuelta. Descubrí que se jugaban dinero. A euro el punto. Y si te pillaban sin bajarte, te pillaban bien. Ellos habían sacado sus carteras del bolsillo de los pantalones y ella le había pedido a Agnès que le trajera el monedero, un mazo de cartas en el que debía de haber, como mínimo, tres barajas, una libreta y un boli.

—Apuestas ilegales —les acusé.

—Siéntate y calla, coño —me riñó el Capitán.

Y Núria remató la bronca pasándome la libreta y el boli.

—Tú apuntas —decidió.

Núria ponía una expresión muy graciosa mientras jugaba, con el ceño fruncido, concentrada, intentando que todas las cartas le cupieran en la mano y, además, verlas. Las iba cambiando de sitio y de vez en cuando dejaba grupitos sobre la mesa para poder ordenarlas bien.

Bron, con un cigarro en los labios, entornaba aún más sus ojos rasgados para que no se le metiera el humo, y se convertían en dos simples ranuras. Inclinaba hacia un lado la cabeza y hacía el mismo juego con las cartas que Núria, agrupándolas, pero con menos problemas. Volví a notar aquella curiosa mezcla de criminal y caballero que ya me había llamado la atención por la mañana. Tenía unas manazas bien grandes, perfectas para romper caras. «Yo solo servía para conducir y dar hostias», había dicho. Los dedos eran grandes también y se me pasaron por la cabeza varias visiones, como fogonazos, de Núria y él en la cama. Valía más que no siguiera por ahí o lo iba a pasar muy mal.

El Capitán jugaba como lo hacía todo. Dominando la situación, bien cómodo. Seguro que contaba las cartas, el cabrón. No era una partida familiar, era una timba en toda regla. Jugaban concentrados y muy en serio. Núria se bajaba en cuanto ligaba el mínimo, para asegurar que no la pillaran con todas, pero Bron y el Capitán, que eran más tahúres, aguantaban hasta que podían dar un buen palo y machacaban al personal. Me machacaron a mí, estaba en desventaja total. Acabé pagando treinta euros a Bron, que fue el que ganó. Y encima a la hora de pagar redondeaban. Morralla no, avisaron. Si te quedabas por debajo de los cinco euros, se redondeaba al alza. Y eran despiadados. Todo el que tuvo que pagar, pagó.

—¿Sabéis jugar al hijoputa? —les pregunté, cuando ya levantábamos la sobremesa después de pagar.

El Capitán y Núria dijeron que no.

—¿Se juega con dinero? —preguntó ella. Le iba la marcha, a la niña.

—Sí, y fuerte —afirmé. Eso les gustó y decidieron que echaríamos una partida al día siguiente. Bron miró al Capitán un poco extrañado; estaba claro que aún no lo habían puesto al día de que me quedaba. Sí, al hijoputa se apostaba y fuerte, y dependía mucho más del azar que el remigio. Claro, que también era más fácil contar cartas.

Cuando nos separamos, cada uno a sus tareas, yo tenía una extraña sensación de satisfacción, a pesar de los treinta euros que me habían soplado. Me gustaba aquella gente y me gustaba cómo vivían. Cuando habían aceptado mi plan de jugar al día siguiente me había sentido integrado. Era una sensación agradable.

Núria

Cuando subimos arriba acabé de poner a Bron al corriente del acuerdo que había hecho mi padre con el sargento, mientras me cambiaba de vestido para ir a una conferencia.

—Ya me ha extrañado que se quedara a jugar mañana —comentó, sin poder evitar echarme una mirada mientras me cambiaba.

—Por cierto, ¿por qué le has contado lo nuestro?

Se quedó un poco cortado.

—Porque me iban a acusar de violarte.

—Sí —tuve que aceptar—, la verdad es que me ha preguntado si habías sido violento alguna vez.

Me acerqué para que me subiera la cremallera de la espalda y se levantó para hacerlo. A mí me pasa como a Gilda: las cremalleras se me dan fatal. Cuesta llegar hasta ellas en la espalda y siempre tenía que pedirle ayuda.

—Ahora que ya se ha resuelto eso, no creo que diga nada —dijo, mientras la subía.

—Bueno, no me fío yo mucho. Le haré un recordatorio.

Álex

Le dije al Capitán que tenía que volver a la comisaría para organizar el operativo con mis jefes y echar cuatro cosas en una maleta, y que volvería al día siguiente.

—¿Por qué no vuelves esta noche a cenar y estrenamos el hijoputa? —propuso, sorprendiéndome—. Así mañana ya estarás aquí desde primera hora.

Le dije que no me daría tiempo a venir a cenar, pero que me apuntaba gustoso a la partida.