Inconsciencia - Vicente Fuentes - E-Book

Inconsciencia E-Book

Vicente Fuentes

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Beschreibung

¿A qué le tenemos miedo? ¿Puede ser más aterradora la naturaleza humana que los misterios del universo y del más allá? Sueños vívidos. Pesadillas que trascienden lo onírico para condicionar el pensamiento. Palabras que expresan enigmas capaces de sobrepasar la imaginación. Esta colección de relatos ha salido del subconsciente de Vicente Fuentes, quien cada noche se enfrenta a su propia lucidez para expresar las extraordinarias y a veces pavorosas visiones y sensaciones que invaden sus pensamientos. Inconsciencia, como un péndulo, sacude al lector entre opuestos: de la muerte premeditada a la lucha por la supervivencia de la especie; de la férrea voluntad a la resignación; de la oscura envidia a la luminosidad del amor.

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Seitenzahl: 252

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Inconsciencia

Colección de relatos de terror y misterio escritos desde el subconsciente

Vicente Fuentes

© Vicente Fuentes

© Inconsciencia

Diciembre de 2021

ISBN papel: 978-84-685-6337-4

ISBN ePub: 978-84-685-6377-0

Editado por Bubok Publishing S.L.

[email protected]

Tel: 912904490

C/Vizcaya, 6

28045 Madrid

Reservados todos los derechos. Salvo excepción prevista por la ley, no se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio (electrónico, mecánico, fotocopia, grabación u otros) sin autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. La infracción de dichos derechos conlleva sanciones legales y puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.

Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).

Bienvenido al mundo de los sueños. A los míos, en particular. Por condiciones y circunstancias de la vida, cada noche me adentro de una manera absolutamente increíble en un universo de situaciones que tienen argumento y que veo, que siento, que puedo tocar, sentir y amar. Todo de forma perfecta. Lo veo todo de forma natural. Estoy allí. Es real. Camino en esa realidad y tengo que reaccionar.

A veces hay miedo, otras, angustia, acción, belleza, misterio... y todo ese cúmulo de sentimientos es como si me estuvieran esperando desde el principio de los tiempos. No es casualidad.

Puede que mi mente introduzca elementos de mi vida en la historia, allá donde esté, pero existe y lo veo, lo percibo incluso más que la existencia de lo que creemos que es el despertar de cada nuevo día que nos toca estar en nuestro planeta.

En cada microrrelato encontraréis un universo de vivencias, una persona nueva, un lugar nuevo, algo que apareció en mis experiencias oníricas que están marcando mi corazón cada segundo que respiro.

Todo comenzó en 2016 y, desde entonces, siempre me pasa cuando voy a dormir. Allí están, con sus garras o sus caricias, esos sueños que me hacen vibrar o correr, que me hacen recorrer paisajes buenos o malos, que me enseñan, quizá, quién soy yo o cómo es el universo… aunque es posible que nunca lo sepa del todo.

La maravilla es la variedad. No sé dónde estaré, pero las personas que hay allí me hablan y yo las escucho perfectamente. Yo hablo y ellas también hacen lo mismo conmigo. Veo maravillosos espantos o preciosos horrores de cariño. Veo duros sentimientos de crudeza en los seres humanos o regalos en forma de grandes paisajes que son símbolos de cada uno de nosotros.

Es posible que os sintáis representados en alguno de ellos o simplemente os metáis en la historia y veáis que existe algo más allá y ya está. Pero si una cosa puedo decir al respecto de este libro es que necesitaba hacerlo. Porque cada sueño explota en mí al abrir los ojos. Porque me doy cuenta de que lo que vemos no es todo lo que hay. Porque la imaginación se mezcla con nosotros y podemos conectar con ella e incluso elegir si queremos salir de ese sueño en donde el miedo supera nuestro aguante.

La vida es difícil, pero los sueños son parte de ella y, como tal, creo que todo ser humano puede acceder a ellos si piensa que existen, aunque sea en el mundo de la imaginación. Esa imaginación es necesaria para hacer de este planeta un lugar mejor, aunque tengamos que vivir allí dentro una auténtica historia de terror. A mí me pasa, y al levantarme y recordarla perfectamente, creo que aprendo algo de lo que me ha pasado. Y creo que si todos lo recordásemos, este sería un lugar mejor.

Espero que seáis partícipes de estos microrrelatos, de estas, mis historias, como si fueran vuestros propios sueños. Allí os espero.

Este libro se lo dedico a mi familia, que siempre ha estado conmigo en todo y ha vivido mis sueños como si fueran los suyos.

Vicente

Índice

Aquella luna

Chernóbil

Los ojos

Margarita Leal

Fina

Perdido

El número era el dos

Nuestro barrio

Ella

La moneda de plata

Planeta

La varita

El mar de Megio

Luz

Los jardines de Seynen

Pintura

El silencio

Los puntos

El inventor de palabras

Elección

Aquella luna

Me levanté aquella noche con frío, destemplado. Como siempre, solo, pero con una sensación aún más profunda de soledad. Algo imposible de explicar. Como si jamás hubiera visto a nadie o hubiese hablado con ninguna persona.

Encendí la luz de mi destartalada mesilla, una de esas de madera de roble que se rompía nada más observarla, y la vi. Era como una neblina en mi habitación. Allí, entrando por la puerta. Poco a poco.

Un escalofrío no podría definir lo que sentí al mirarla. Me quedé parado. Paralizado.

Densa, blanquecina, invadiendo mi espacio, arañando cada baldosa de mi mismísima vida. Comenzó a rodearme. A mí, a todo. No entendía lo que estaba pasando. No era un sueño, me habría dado cuenta ya. Era real. Yo también, y era tan fuerte que ya comenzaba a no ver nada. Solo a ella.

Me dormí de pronto. No tenía sentido lo que me acababa de pasar. Nunca había tenido tal sentimiento de placer al quedarme quieto abrazando mi almohada. No me importaba en ese momento de dónde podría venir ese vapor movedizo. Solo soñar. Soñar feliz, abruptamente y sin motivo. Un placer que no sabía que existía.

Según mis cálculos, no tardé mucho en despertar. Eran las tres de la mañana y me había acostado a la una y media. Me crujieron los huesos al abrir los ojos. Podría decir que todos. Todos. Estaba cansado. Esa era mi situación. El desconcierto era total en mi persona porque me acordaba de todo. Eso sí.

Y era raro. Olía a azufre.

Esa niebla había impregnado su aroma en mí, en todo mi cuerpo.

Qué raro.

Pero seguía estando solo.

Eso, y la peste abrumadora de todo, eran las únicas verdades de mi vida.

Sentí un asco profundo. Me levanté y fui al baño. Me lavé la cara y subí la cabeza hacia el espejo. Miré mi rostro. Estaba como deformado. Duró poco. Pensé que era por mis gafas, que no las llevaba puestas. Tenía muchas dioptrías y me tenía que hacer una revisión pronto. Esa deformidades excesiva... No pasa nada.

Me puse mis gafas y me miré, y ya por fin todo estaba bien. Ni rastro de la niebla o el olor. Había una cierta tranquilidad y sosiego que me parecía atípica ahora, pero miré mi cama y me relajé un poco. Debía dormir, quizá debería ir al médico, sería una crisis psicótica. Soy epiléptico y ya había tenido alucinaciones antes.

Tranquilidad. Ya me había pasado antes perder el control de todo.

¿Llamo a una ambulancia? Debería.

Debería hacerlo, sin duda. Pero era extraño. Algo en mí me decía que no. Tenía que irme al hospital ahora mismo, era lo lógico, pero que no, y que no, y que no. Era esa soledad que me hablaba y que heredaba de esa niebla. En el pasado también había oído voces en mi interior.

¿Una crisis psicótica? Tiene toda la pinta. Ahora estoy bien. No quiero volver a Urgencias.

Mientras le daba mil vueltas en mi cabeza a lo que me acababa de pasar, a ese episodio tan extraño; mientras me hablaba solo dando vueltas en mi cuarto, ocurrió algo, sentí algo.

Una sensación extraña. Quizá aún estaba en la crisis psicótica. Paré, me senté y traté de buscar un equilibrio. Todo bien. Bien. Vale, no pasa nada. Calma. Sí, me sentía bien. No ocurre nada. No sabía lo que me había pasado, pero estaba bien.

Empecé a pensar, eso sí, que algo no cuadraba porque no había tenido ninguna convulsión, no había acabado en el suelo. No tenía las típicas heridas. Me acordaba absolutamente de todo, algo que, con una enfermedad como la mía, nunca pasa. Siempre que hay una crisis, ocurre que después no te acuerdas de nada.

Y en ese momento me acordaba de todo. Qué raro.

Y de pronto, tratando de entenderlo, ocurrió algo. Mi casa literalmente comenzó a hacerse más grande, empezó a alargarse. Me impresioné ante algo maravilloso y terrorífico a la vez.

¿Qué pasa?

Y aparecieron ellos. Una luz en la ventana y un sonido de arañar el cristal.

¿Qué me está sucediendo? ¿Y por qué a mí?

El miedo me comía el cerebro.

¿Me asomo?

Tenía que hacerlo. La curiosidad en ese momento luchaba con todo y contra todo. Era una situación que me superaba, pero me daba igual. Mi vida daba igual, todo daba igual, pero esto no. Y no podía estar solo ahí, con esa luz, ahí sin hacer nada, con esa luz inmensa atravesando mi cuarto.

¿Quién meacosa en la ventana? ¿Cómo habrá subido a mi piso, un décimo?

Decidí acercarme. Un paso, dos. Me moría de incertidumbre en un cóctel de espanto y necesidad de saber qué ocurría.

¿Me iba a matar esa luz? ¿Quién era? ¿O qué?

Voy.

Cada instante de cada metro me carcomía, y la luz era más intensa cuanto más me acercaba, para colmo. Pero tuve valor. Siempre fui un cobarde con todo. Pero en ese momento saqué lo mejor de mí. Quizá lo único de mí que quedaba en el mundo.

Llegué a la ventana y la luz y yo, en uno de esos momentos de flechazo de amor que dice la gente que existen, paramos. De golpe. De pronto. Como se acaba un mundo con un meteorito.

La miré. Era pura. No podría describirla de otra manera. Y ya está. Un apagón total y absoluto. Miré para abajo y no había nada, absolutamente nada.

Nada.

La noche. Mi barrio. La oscuridad. La luna, eso sí, sí se veía. Y en posición y disposición de superluna, inmensa ella, preciosa y bella, pero ni rastro del horror de lo que rascó mi edificio, en mi casa alquilada de escritor de cuarenta años que siempre se quedaba a medias en todo. Mi existencia en aquellos momentos era la superluna y yo. Estaba tan cerca de nuestro planeta que nunca la olvidaré.

Jamás.

Miré y miré, tratando de asimilar todo, y no vi nada. En la calle de la izquierda, nada. A la derecha, nada. Fui al servicio y me lavé la cara de nuevo. Todo bien. Descansé un poco sentándome en la cama.

Era un episodio casi mágico. Trágico o mágico, en ambos sentidos de las palabras. Lo más surrealista que había vivido hasta entonces. Esa soledad que me carcomió tantos años el cerebro, salió a relucir de nuevo.

Salí, ya más decidido, a la ventana, y allí las vi.

En la calle de la derecha y de dos en dos, con una distancia de separación, andaban mujeres muy juntas en la misma dirección. No entendía nada. Era invierno, el frío debía invadirlas, pero iban apareciendo y apareciendo hasta que el siguiente bloque de edificios las tapaba.

¿Pero dónde van?

Era absurdo, tanto, que me dio miedo. También una mezcla de lástima, pena y necesidad. Tenía que verlas. Tenía que bajar. No era casualidad. Todo parecía casi diseñado.

Me abrigué bien. Soy de los típicos que siempre van desabrigados, de los que bajan sin paraguas aunque llueva, pero tuve el presentimiento de que iba a estar más tiempo del que pudiera pensarse en un principio como mero observador.

Estaba decidido a enterarme de aquello que pasaba. Miré de nuevo y me fijé que las mujeres iban cogidas del brazo como las parejas de novios de tiempos antiguos.

Iban vestidas de blanco y negro. Qué detalle más fugaz y raro.

Cerré la puerta de casa y di al botón del ascensor. No funcionaba. Las escaleras eran mi único camino hacia la calle. Cada planta a la que bajaba fue algo que nunca olvidaría. Nada más pisar el suelo del primer escalón hacia el noveno piso comenzaron a salir, de cada vivienda, gritos en idiomas que no entendía. Cada vez se oían más fuerte conforme bajaba los pisos. Más y más.

Bajé corriendo. Qué gritos.

Por fin llegué abajo, perturbado y agotado. La puerta del edificio estaba enfrente de mí y yo estaba que no podía ni moverme de la carrera que había dado huyendo de los gritos.

Mi espalda, siempre destruida por las palizas que me metieron en el colegio y las crisis de la epilepsia, no perdonaba.

Descansé un poco entre los alaridos de las casas de la planta baja. Estaba dispuesto a aguantar aquello, aunque mi espalda me dijese que no. Pero necesitaba descansar. Tirado al lado de los buzones, me puse las manos en los oídos. No lo entendía. Sonaban prácticamente con eco esas palabras. Pero tenía que salir.

Avancé. Le di al timbre de la puerta y al salir me di cuenta de que la luna tampoco perdonaba mis sentidos. Era inmensa. No sabía de astronomía, pero no era normal. Me dio miedo.

Era tan grande que toda la humanidad podría estar horas fijándose en el esplendor de sus cráteres, que se veían perfectamente, como nunca antes los había visto ningún humano sin un telescopio. Qué sensación. Fue como si me dijera: «Estoy cerca, pero no me mires».

Me centré en las calles.

Corrí sin rumbo, casi abotargado ante aquel ambiente lúgubre solo iluminado por la luna. Llegué a la avenida principal y me di cuenta de un detalle. Los coches estaban rotos. Todos. No sé de mecánica, pero estaban abiertos y los cristales estaban destrozados. Nada era normal. No sabía dónde estaba, pero quería saberlo.

Ahí se aproximaba la siguiente pareja. Me dio tal pavor que ni se me ocurrió acercarme a aquellas dos chicas. Iban con pasos a veces firmes y a veces cercanos, como si se fijasen, o quisieran fijarse, también, en todo. No pude decirles nada. Algo en mi interior me decía que volviera a casa, pero no hice caso. En el horizonte venía otra pareja, y tras ellas, más, muchas parejas.

Eso me tranquilizó a medias.

Si quería saber qué ocurría, tendría más oportunidades. Creo que las chicas a veces sentían fascinación por algo, cuando andaban más despacio, pero estaban obligadas a avanzar hacia una dirección. Obligadas a hacerlo. Yo no tenía pareja, era un mero observador.

Supongo que un privilegiado, o un intruso. Pensé que nunca lo sabría.

Vi a un periodista de lo imposible, un hombre que nunca había tenido un sueño y que en ese momento estaba en uno donde todo era absolutamente real y del que no se podía salir. En ese momento, me dije:

—¿Me podría «desconectar» de aquello?

¿Quién podría recrear algo así solo para mí? ¿Y por qué yo? Esas eran las preguntas que siempre me carcomían y deshacían mi cerebro.

Recordaba el ambiente de la peor tunda de palos que me atizaron en aquel autobús de mala muerte en donde recibí los peores golpes en la cabeza por parte de mis compañeros de clase, aprovechándose todos ellos en la negrura de mi ingenuidad, demostrando su maldad. Tenía los mismos escalofríos que cuando me levanté tras salir del túnel donde me apalearon entre risas.

Allí estaban las siguientes. A estas sí que les iba a decir algo. No sabía qué.

Me acerqué poco a poco. Esa luna comenzó a brillar más, o eso me pareció. Un paso, dos, tres; tenía que coincidir para, directamente, abordarlas o ponerme delante de ellas sin que se asustaran. No parecía que fueran a pararse ante mí. No precisamente. De hecho, incrementaron su velocidad. Me iba a tocar acompañarlas en su camino. Su destino sería el mío, y el mío el suyo, y no sabía por cuánto tiempo.

Quizá no me importaría dónde iban. Quizá su respuesta no me gustara. Ojalá me gustara lo que me dirían en el infierno que vivía desde que me había despertado aquel día. No tenía pinta de que así fuera.

No me equivoqué. Ahí ya las vi bien. Jamás había visto algo así, alguien, así.

Ese último acercamiento fue definitivo en mi horror. Eran una chica alta y otra un poco más baja. Una con el pelo largo, rizado, y la otra con media melena.

Negros ambos cabellos. La visión de aquello me transformó la vida. Sus ojos eran completamente negros. No había blanco en ellos. Ni pestañas. Ni globo ocular con parte blanca, ni iris, nada. Eran agujeros redondos de color negro. Ojos negros profundos como el universo más remoto que uno pueda imaginar. Las dos.

Miedo. Miedo. Pisaba el suelo con ellas, pero mi vida estaba cambiando para siempre en ese puñetero instante de mi existencia. No podía ni hablar. Ni mediar palabra. Ellas ni se inmutaron al principio. Yo tenía que seguir andando con ellas, espantado.

Los tres íbamos en paso prácticamente militar por aquella calle. Intenté adelantarme un poco para cerciorarme de que esos agujeros de los ojos eran de verdad, que no me lo estaba inventando. Que no eran fantasía o imaginación de alguien, o incluso que no fueran producto de una crisis, de algún golpe mío con alguna cosa y que todo esto fuese irreal.

Pues no. Eran de verdad. Todo era de verdad. Y tuve que detenerme.

Paré. Allí mismo. Lo necesitaba. Me miré en un escaparate. Estaba destrozado. Y me sorprendí aún más. Mi reflejo no estaba, pero el de ellas sí. Cuando casi me iba a dar algo al no verme, me senté en el suelo. No podía creérmelo.

Era lo que me faltaba.

Ellas se pararon unos metros adelante, me miraron y sorprendentemente cambiaron su paso y fueron a por mí, poniéndoseme delante. Jamás olvidaré sus palabras y sus caras desencajadas:

—No sabemos quiénes somos —dijo la alta.

—No sabemos cómo nos llamamos —dijo la que era más baja.

Me quedé totalmente destrozado ante sus frases. Mi remota curiosidad se tornó en oscuridad de alma. No eran de verdad, pero sí eran de verdad, porque pensé que a ellas les estaba ocurriendo lo mismo que a mí. Un nombre define a alguien. Dice quién es. Ellas no lo sabían. Solo sabían que no tenían ojos y que tenían que ir a un sitio. Ni siquiera les pregunté por su camino.

Sentí que mi mismísima sangre se congelaba. No tenía, podía decir, ni piel, ni huesos.

Me convertí en un espectro como ellas, sin serlo realmente, por haberlas escuchado decir eso. Se giraron y se marcharon hacia adelante, por la avenida. Me levanté y me aparté un poco. Era de esos momentos que nunca se olvidan.

¿Y ahora qué hago? ¿Me vuelvo a casa? ¿Todo cambiará mañana?, me preguntaba sin parar tras pasar por todo aquello.

Me volví corriendo a casa, todo era demasiado para mí, pero antes observé algo inaudito.

Un edificio, una catedral, se erigía en el horizonte. Hacía allí seguro que iban. Seguro, pensé. Ese edificio evidentemente no estaba en mi ciudad antes, pero ahora sí.

¿Pero para qué iban allí? Me seguía preguntando tantas cosas que no podía con la situación. Era absurdo. Todo lo era. Y no podía compartirlo o hablarlo con nadie. Me sentí muy solo. Solo. Así estaba, como siempre. La soledad de mi vida supongo que explotó o terminó de explotar.

El edificio era altísimo. Eso me hizo reflexionar un poco y calmarme. Quizá jamás vería algo así en mi vida. Quería verlo más de cerca mientras aquellos pares de chicas seguían yendo hacia allí.

Cuanto más lo miraba, más ganas tenía —sorprendentemente— de quedarme. Cambié un poco de opinión por unos segundos, pero un inmenso estruendo con mi nombre y un pequeño terremoto hizo vibrar la ciudad y eso me hizo huir directamente a casa. Suficiente para mí. Se acabó. Corrí. Terror.

Llegué a la puerta. El ascensor seguía igual. Tocaba paliza de escaleras. Seguían los gritos. Subí tapándome los oídos. Llegué agotado, completamente agotado. Mis llaves. A ver dónde estaban mis llaves. Aquí. Me quité todo con el corazón a mil por hora. Mi casa seguía iluminada por la luz de la luna, incluso ahora un poco más.

Pijama y a la cama casi de un salto para olvidar todo.

Dormir, olvidar. Eso quería. Eso necesitaba. Era el hombre más afortunado del mundo por haber visto todo aquello y el más solitario que la naturaleza había tenido el mal augurio de haber parido jamás por no poder contárselo a nadie, por no tener a nadie. Eso pensé. Cerré los ojos.

Dormí. Sorprendentemente me dormí rápido, sin el insomnio habitual.

Y ocurrió lo imposible.

Cuando desperté era una mujer. Así lo veía en mis manos. En mi cuerpo. No tenía vello. Pesaba menos. Era algo evidente. Fui al baño y grité. No tenía ojos. Veía, pero eran oscuros. Negros. Sin color blanco. Recordaba solo lo de ayer. No había luz ni electricidad.

No paraba de gritar por mi aspecto. El espejo era un auténtico espanto cada vez que me reflejaba en él. Cuando desperté, además, seguía siendo de noche y ahí seguía la luna.

Me dio un ataque de ansiedad, pero había algo que me dejaba aún más atónito. No había nada en mi casa que me dijera mi identidad. No veía facturas a mi nombre; vi mis bolsas, pero no estaba mi cartera con mi DNI. Y no funcionaba ni el ordenador ni el teléfono.

Había sido borrado directamente de la faz de la Tierra. Solo era una mujer con los ojos negros. Me daba miedo, tanto miedo mirarme, que estaba seguro de que nunca nadie podría escribir una novela sobre los sentimientos que me producía mi cara.

Decidí volver a bajar. Ya no había gritos. Abrí la puerta de mi bloque y me esperaba a unos metros otra mujer con los otros negros, parecida a mí. Me dijo que le había pasado lo mismo que a mí la noche anterior. Me quedé poco menos que congelado al verla. Y ocurrió algo inesperado. Se acercó.

Y no sé porqué, yo también a ella. Y nos juntamos como novios antiguos, cogiéndonos con los codos, de esa manera tan íntima y bella de andar. Era un poco más baja que yo.

Salimos a la avenida y nos incorporamos a las parejas que eran como nosotras y que iban hacia la catedral del final. Nosotros dos, efectivamente, no sabíamos cómo nos llamábamos.

Conforme andábamos también nos cruzamos con algún humano que no sabía lo que estaba pasando. Solo le dijimos a uno que no salió huyendo que no sabíamos quiénes éramos, y se marchó, espantado o tiritando ya directamente, igual que me pasó a mí y a mi pareja.

En algún momento miré a mi chica. No estaba a gusto. No quería ir al edificio de la catedral, lo sentía así; los dos lo sentíamos, pero no podíamos parar nuestro paso y no sabíamos por qué. Mirábamos a las parejas de atrás y les pasaba lo mismo. Algún cuchicheo entre ellas, como los nuestros, pero poco, muy poco más.

Lo más raro era ese edificio. No correspondía a ningún credo o religión. Tenía inmensas descripciones de símbolos que a mí personalmente me daban una mezcla de curiosidad, temor y fascinación. Una geometría sagrada asombrosa. Quien hubiese diseñado o ideado eso era un genio atemporal, sin duda.

Me daba también un gran recelo que hubiese alguien que supiera escribir en ese idioma que yo no conocía para nada. Qué situación más extraña. Más pasos. Otro pequeño terremoto con otro nombre. Y un fulgor cuando nos íbamos acercando nosotras; una luz ya solo para nosotras desde el edificio.

Nos acercábamos a la puerta y el edificio se fue iluminando de tal manera que no hay forma de describir la luz que daba. Quizá la luz de esa luna con la que empezó todo este infierno para mí aquella noche. Aquella construcción era preciosa y asquerosa al mismo tiempo. Y hacia allí íbamos sin remisión. No había vuelta atrás por mucho que quisiéramos. Estábamos, sin duda, teledirigidas en nuestro caminar.

Había una grandísima cantidad de material ponzoñoso que debíamos pisar para llegar a la puerta. Mis piernas me decían que no, pero no había manera. Más pasos. Que no se podía evitar. Nada. Que no.

¿Qué habrá ahí? ¿Qué habitaría ahí?

Qué asco, por favor. Pero mis ojos negros me decían que debía andar hacia el terreno más ponzoñoso del universo: «Anda, camina, dirígete hacia el horror». De hecho, la voz que surgió cuando estaba en la calle volvió a aparecer, así como el terremoto. Casi me quedo sordo.

—Anda con alegría por lo que hiciste, porque esto es lo que te mereces.

Mi pareja, ante mi sorpresa, se paró antes de entrar en aquel terreno. Yo sí entré y me bañé durante cuarenta años allí. Ahí fue cuando lo supe. Tendría otra vida, sí. Me reencarnaría. Y comenzó a escocerme todo el cuerpo por todo el daño que había hecho a los demás en esta. Por eso estaba tan solo. Era mi entrada a mi infierno particular y mi pareja era la que tendría en la próxima vida. Me picaba todo. Pero renacería y ella allí me esperaría. Sin duda, aprendí la lección.

Chernóbil

Era un perro callejero. Escuálido. No tenía dónde comer. Me sentía raro. La ciudad era gris, más que de costumbre. El aire era diferente. El sol era menos luminoso de lo normal. En el ambiente circulaba una brisa húmeda. Me daba cuenta, pero lo que más me llamaba la atención era el sol, rodeado por una neblina prácticamente invisible pero que podía distinguir. Apenas había nadie en la calle. Sí podía sentir que desde alguna ventana me miraban. Pero poco.

Oía escasas conversaciones cercanas en aquellos bloques soviéticos, idénticos, que se habían construido en tantas partes del país. El ambiente era sospechoso dondequiera que pusiera mi mirada.

Poseía un sexto sentido. No sé si los demás animales lo tienen, pero yo sabía que lo tenía; podía percibir el terror generalizado. Apenas sonaban las radios a lo lejos. No entendía cómo las señales de los televisores, que podían intuirse en las antenas, estuvieran apagadas.

Inquietud. Miedo.

Todo el mundo en mi ciudad estaba esperando qué hacer, si salir o quedarse en casa. Había estallado la central nuclear y los únicos que conocían lo que había pasado, sin duda, lo iban a ocultar. Lo presentí. Es ese mal que aparece como un aura.

Esa aura, que podía hasta olerse, se propagaba en forma de radiación y de almas rotas con ecos de voces que salían de la central. Allí dentro tampoco sabían qué hacer.

En el momento de la explosión, merodeaba cerca de la central de Chernóbil buscando algo para comer. Estaba famélico y no me quedaba más remedio.

Cuando solo era un cachorro, fui abandonado en una carretera y desde entonces me alimentaba de los desechos de las comidas de los trabajadores de la central. La radiación me habría dado de lleno. Seguro. Estaba seguro. Empezaron a llorarme un poco los ojos, pero nada grave; yo era fuerte. Me había hecho fuerte tras tantos años en la calle. Noté que empezaba a fallarme un poco la vista, pero nada grave. Siempre me adapté a todo y en ese momento también lo hice.

Yo era un superviviente de una economía que no podía soportar que una familia humilde alimentase, aunque fuera solo con un poco de comida, a un pequeño perro. Maldije mi destino de abandono, pero con el tiempo entendí que a mi familia no le quedó más remedio. Ellos me acogieron cuando tenía apenas tres meses, pero decidieron abandonarme. No tenían dinero ni para ellos mismos.

Eran conscientes que era eso o sacrificarme en una perrera. Supe que me querían porque, cuando me abandonaron, vi sus lágrimas, las de todos, cuando me miraron desde las ventanillas de su coche en aquella infausta carretera ucraniana. Me querían, pero no podrían ocuparse de mí jamás. Lágrimas de impotencia. Nuestra historia de amor no debía haber sido así, pero así fue.

No podían llevarme al veterinario para que me mataran. Les partiría el corazón. No podían tampoco comprarme comida. Los entendí. Los amé por darme una oportunidad de vivir, aunque fuera dolorosa.

Y lo hicieron en Chernóbil. Ese fue mi destino. Estuve muchos años vagando por la calle. Era un lugar frío y solitario, pero no podía hacer otra cosa más que quedarme esperando el ataque de algún otro perro, allá donde estuviese, hasta el fin de mis días.

Pero tuve suerte. No había mucha competencia por las sobras de los alimentos de la central. Solo algún gato que acechaba de vez en cuando, pero siempre me cayeron bien los gatos. Eran muy listos. Sentía que los demás perros rechazaban esa comida, pero yo nunca la desprecié y así salí adelante. Quizá me estaba envenenando, pero me sentía fuerte aun estando tan delgado.

Podían más mis ansias de supervivencia que las consecuencias de la ciencia descontrolada del ser humano. No sabía por qué, pero estaba convencido de que algún día este desastre pasaría y que, además, yo había nacido para algo. No sabía exactamente para qué, pero lo sabía. Intuía de alguna manera que, si había aguantado tantas penurias en esta vida, tenía que ser para que a alguien le sirviesen.

Esperé el momento de mi muerte durante meses y años y me di cuenta de que ese sol tapado era la señal. Era la señal que tanto había estado esperando.

Comí los últimos restos que quedaban al lado del contenedor y me marché de allí. Ya casi no había movimiento en la ciudad. Ni siquiera la gente se apelotonaba en las carreteras para huir. No. Estaban todos como esperando instrucciones. Unas instrucciones del gobierno que nunca llegaron. Decidí deambular por las calles antes de buscar un lugar donde dormir. No había nadie. La ciudad era para mí. Pude ver todo con detalle, aun con mis ojos adormilados.

Medio ciego, disfruté de aquel terrible momento. Me adentré en carreteras que no conocía mucho. No había nada más que radiación en forma de polvo de estrellas.

Entonces vi un coche. Venía hacia mí. Me paré frente a él y se tuvo que parar también. Nos miramos los dos. Fueron unos segundos inolvidables tanto para el conductor como para mí.

Presentí que aquel hombre nunca jamás me atropellaría por muy desesperado que estuviera por salir de allí. Di pasos pequeños; muy, muy pequeños, mirándole. Él me miró y sonrió. Crucé la calle y él continuó su marcha.