Indeleble - Karen Londoño Muriel - E-Book

Indeleble E-Book

Karen Londoño Muriel

0,0

Beschreibung

"Alejarme de ella parecía ser la mejor opción para ambos; bueno por lo menos para mí. Está bien que lleváramos una relación a escondidas por años, pero ¿por eso debía dejarme así? Según mi hermana, en su decisión hubo un buen motivo, aunque no me molesté en descubrirlo: tomé mi maleta, mi ropa y me marché. Aun así, ni la distancia pudo borrarla de mi piel. Hoy me di cuenta de la verdad y estoy dispuesto a enfrentar lo que sea necesario para volver a tenerla en mis brazos, de donde nunca debió partir". Esta novela juvenil narra la historia de dos amantes que, tras separarse durante seis años, se reencuentran. Pero hay tantas heridas y tantos asuntos pendientes que solo con el paso del tiempo descubrirán si realmente pueden volver a estar juntos.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 458

Veröffentlichungsjahr: 2021

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Indeleble

Indeleble

Karen Londoño Muriel

Londoño Muriel, Karen

Indeleble / Karen Londoño Muriel – Envigado: Institución Universitaria de Envigado, 2021.

368 páginas– (Colección Literatura)

ISBN_pdf: 978-958-53123-1-9

ISBN_E-pub: 978-958-53123-0-2

ISBN_impreso: 978-958-53303-6-8

1. Novela colombiana – 2. Literatura colombiana – 3. Novela juvenil

C863.44 (scdd ed.20)

Indeleble

© Institución Universitaria de Envigado, (IUE)

© Karen Londoño Muriel

Colección Literatura

Edición: marzo de 2021

Rectora

Blanca Libia Echeverri Londoño

Director de Publicaciones

Jorge Hernando Restrepo Quirós

Coordinadora de Publicaciones

Lina Marcela Patiño Olarte

Asistente Editorial

Nube Úsuga Cifuentes

Ilustración carátula

Ana María Roldán Ferro

Diagramación

Leonardo Sánchez Perea

Corrección de texto

Erika Tatiana Agudelo

Edición

Sello Editorial Institución Universitaria de Envigado

Fondo Editorial IUE

[email protected]

Institución Universitaria de Envigado

Carrera 27 B # 39 A Sur 57 - Envigado Colombia

www.iue.edu.co

Tel: (+4) 339 10 10 ext. 1524

Los autores son moral y legalmente responsables de la información expresada en este libro, así como del respeto a los derechos de autor. Por lo tanto, no comprometen en ningún sentido a la Institución Universitaria de Envigado.

Prohibida la reproducción total o parcial del libro, en cualquier medio o para cualquier propósito, sin la autorización escrita del autor(es) o del Fondo Editorial IUE

Así cumplo viejas promesas.

A Santiago Acosta, quien tuvo una fe ciega en mi sueño infantil de ser escritora.

No sabíamos ni lo que decíamos ni lo que queríamos de la vida, pero tuviste razón y he aquí el producto de un sueño convertido en realidad.

A quienes creyeron que podía lograrlo y especialmente a quienes no, porque su incredulidad me llenó de motivos para no desistir cuando pensé que mis fuerzas no daban para más.

Contenido
Carátula
Portada
Créditos
Dedicatoria
Prefacio. La carta
Daniel
Sarah
Daniel
Capítulo 1. Un ángel castaño
Daniel
Capítulo 2. Dulce comienzo
Daniel
Capítulo 3. Amigos, hermanos, cómplices
Daniel
Sarah
Samuel
Sarah
Daniel
Capítulo 4. Indeleble
Daniel
Sarah
Capítulo 5. Embrollos
Sarah
Daniel
Sarah
Capítulo 6. En el fondo de la botella
Daniel
Sarah
Daniel
Sarah
Capítulo 7. Sorpresas, mentiras, verdadesI
Daniel
Sarah
Capítulo 8. Sorpresas, mentiras, verdadesII
Daniel
Capítulo 9. PlenitudI
Daniel
Sarah
Capítulo 10. PlenitudII
Sarah
Daniel
Sarah
Capítulo 11. Knock out
Daniel
Sarah
Capítulo 12. Añoranza
Sarah
Daniel
Capítulo 13. Calor
Daniel
Sarah
Capítulo 14. Juntos
Sarah
Daniel
Capítulo 15. Volver a comenzar
Daniel
Sarah
Capítulo 16. Intriga
Daniel
Diane
Daniel
Sarah
Tracy
Capítulo 17. Armonía
Daniel
Capítulo 18. Inevitable
Samuel
Daniel
Sarah
Epílogo. Recompensas
Reseña de la autora
Colofón
Contracarátula

PrefacioLa carta

Daniel

Otra mañana más. La luz entra por la ventana como una intrusa, igual que siempre. Esta rutina me va a matar poco a poco, y en verdad es extraño que no lo haya hecho hasta este momento. Son seis años lejos de todo y de todos, viviendo en un apartamento que parece más una caja de fósforos que un espacio habitable por personas. Paso todo el tiempo metido en mis libros de medicina, estudiando fuera de mi país y sin una compañía conocida, porque hasta a eso me he negado, aunque debo admitir que lo he intentado, pero ninguna mujer es como ella...

Sarah... Mis suspiros nunca se han detenido. ¿Cómo estará en este momento? ¿Con quién? ¿Me recuerda?... Hoy es su cumpleaños número 28 y no puedo sacarla de mi mente...

“¡Daniel Martins! ¡Reacciona y levántate!”, me digo a mí mismo para no perder el tiempo recordándola en vano.

A regañadientes dejo la cama. Debo ir a cumplir un horario al hospital, atender a unos diez pacientes antes de regresar a tomarme una botella de algún licor, el primero que encuentre a mi alcance, y quedarme dormido mientras recuerdo la misma noche, la que siempre llega a mi mente desde el día en que partí. Sobre la alfombra, al lado derecho de mi cama, aún están la botella de vodka que vacié el día anterior y la de whisky de dos noches atrás. Solo espero que no llegue la mujer que limpia; no estoy de humor para encontrarme otra nota con la frase: “Doctor, no debería beber tanto”. Tras una rápida ducha, me visto, tomo mi portafolio y salgo de la caja de fósforos. Omito el desayuno, tal vez tome un café en el transcurso de la mañana.

El camino hacia el hospital es corto y sin contratiempos. Pateo algunas piedras cuando llego a la zona de estacionamiento y veo a dos enfermeras que me señalan sin disimulo. Las ignoro, este no es el mejor día para lidiar con imprevistos. Paso derecho en la recepción sin saludar a las enfermeras de la entrada, al hombre de seguridad que, como siempre, coquetea con la recepcionista, o al par de pacientes que esperan en la sala a que sus respectivos médicos los llamen a sus consultas. Entro al consultorio que tiene mi apellido marcado en la puerta. Un elefante sonriente, con su trompa elevada hacia arriba para medir a los niños, me mira desde la pared de enfrente. Me recuerda que debo sonreír, como él, antes de que llegue mi primer paciente del día. Un golpe en la puerta me interrumpe mientras me pongo la bata con tiernos dibujos infantiles. Debe ser Cloe, mi secretaria, quien siempre acostumbra a llegar un par de minutos tarde, igual a Sarah... Suspirando, le abro la puerta y la veo de pie frente a mí con su agenda, mi correspondencia y una tímida sonrisa en sus labios rosados.

—Buenos días, doctor Martins.

La chica, de un cabello tan rubio que parece blanco, entra en mi consultorio como un torbellino; se sienta como un paciente más y espera hasta que me ubico frente a ella.

—Buenos días, Cloe. —Hago el mismo intento de sonrisa de todos los días—. ¿Qué tenemos para hoy?

—Una sonrisa legítima se vería mejor en usted, si me lo permite...

Y ahí va de nuevo con lo mismo de siempre.

—Ya lo sé, dime algo que no sepa Cloe, por favor —interrumpo un poco más brusco de lo que esperaba.

Tomo el puente de mi nariz entre mis dedos, buscando la paciencia para lidiar con Cloe. Es linda, tierna, alegre y sé que se preocupa por mí, pero eso es demasiado. Hoy no estoy para sus insistencias.

—Tiene cinco citas en la mañana, tres en la tarde. —Señala profesionalmente la agenda, ignorando mi gesto—. Llegó el extracto de su tarjeta de crédito, veo que siguió bebiendo demasiado —me reprende como cada mes y yo solo le lanzo una mirada amenazante—. También el seguro de su auto y una carta de Londres, alguien llamado Mark Tyler.

—¿Una... carta... de... Mark...? —digo con un grito ahogado.

Sé que asusté a mi secretaria más de la cuenta. Es una sorpresa el hecho de que Mark me escriba. ¿Cómo pudo encontrarme? Mi corazón se acelera. Llevo seis años sin saber de ellos, escasamente de mi familia y eso que últimamente ignoro a mi hermana.

—¡Dámela!

Le arrebato el sobre de las manos con demasiada agresividad, lo sé porque Cloe se aleja algo asustada.

No presto atención a mi secretaria que me mira como esperando algo. Saco la carta y, demasiado nervioso, la leo mentalmente.

“Daniel, debo admitir que tardé casi un año en conseguir tu dirección. Tal vez, cuando leas esto yo haya abandonado este mundo, te sorprenderá saberlo. Llevaba más de ocho años luchando con una difícil enfermedad. Mi batalla terminó y por eso quiero enmendar en algo mis errores y los de mis padres antes de partir a otra vida.

Sarah no te dejó porque no te amara. Nuestros padres la obligaron a alejarse de ti y, aunque no me creas, nunca le toqué un solo cabello. Ella te ama, te ha amado cada día y estoy seguro de que te seguirá amando hasta el día en que muera. Están ligados de una forma en la que ni yo mismo me lo imaginaba. Recupérala, lucha por ella, quedará libre de la atadura de nuestros padres, y, la verdad, ella te necesita, ahora más que nunca.

No puedo decirte nada más. Ve a Londres y búscala.

Hasta siempre, amigo.

Mark.”

Aprieto el papel en mis manos y, mirando a los ojos a Cloe, solo puedo hacer un pedido:

—Llama a mi hermana.

Es lo único que me sale en medio de la conmoción.

—Claro, doctor.

Cloe sale inmediatamente de mi consultorio. Eso debo agradecerlo. Necesito estar solo.

Cloe acostumbra a escuchar una música algo fuerte para mi gusto y canta a todo grito cuando está de buen humor. Es una joven muy activa, atlética, con unos enormes ojos marrón, labios delgados y baja de estatura. Siempre es muy diligente y obedece mis órdenes de inmediato. Además, me aguanta el genio. Creo que su novio debe odiarme cuando se desahoga con él de los malos días que pasa conmigo.

Juego con la carta entre mis manos. ¿Es posible que sea cierto? No puedo creer que Mark esté muriendo o que ya lo haya hecho. Fue mi mejor amigo hasta que... Bueno, eso no vale la pena recordarlo en este momento.

Sarah, mi ángel, me necesita... ¿Será posible que aún, seis años después, haya algo que pueda hacer por ella? Para eso lo tiene a él, ¿o no? ¿Soy yo su plato de segunda mesa?

El sonido del teléfono termina con mis cavilaciones. Sé de sobra que Diane estará enfadada, pero levanto la bocina con esperanza.

—¡Daniel Martins, para qué demonios pones a tu secretaria a llamarme en lugar de hacerlo tú mismo!

Esta vez se enojó demasiado.

—Lo siento, Diane. Necesito hablar contigo. —Mi voz arrepentida suena más aguda de lo que esperaba... No me había percatado del par de lágrimas que ruedan por mi rostro—. ¿Puedes dedicarle a tu hermano unos cuantos minutos?

—Ya me despertaste. —Escucho cómo se remueve en la cama—. ¿Estabas llorando, Dany?

Maldita conexión entre mellizos.

—¿Le diste mi dirección a Mark Tyler? —pregunto sin rodeos.

—No, Daniel, incluso cuando me dijiste que no querías que te informara nada más de ellos también les dejé de hablar de ti. —La voz de Diane suena bajo y sin esa vitalidad que siempre tiene—. ¿Pasó algo?

—¿Qué está pasando con ellos?... Y sé sincera por favor —suplico.

—Daniel —habla indecisa—, dame un momento.

“Sam, amor, ¿quieres revisarla? Está llorando”, escucho que dice a sus espaldas

—Dany, yo lo siento… Mark falleció el viernes pasado.

—Y estamos a... —Miro mi calendario—. ¿Lunes?

—Casi martes —me corrige—. Lamento que muriera y que ustedes aún estuvieran... bueno... ya sabes...

—¿Y ella? —interrumpo antes de que siga hablando.

—La estamos cuidando, está algo mal y no para de llorar, pero no es precisamente por Mark, bueno, en parte sí —habla ya más segura—. Se está quedando en casa de Samuel unos días, él no quiso dejarla sola.

—Y tú estás allá en este momento... —No lo pregunto, es una afirmación. Si le dijo a Sam que estaba llorando debe ser porque habla de ella.

—Sí, le estoy ayudando —parece disculparse.

—No te preocupes, es bueno que alguno de los dos sea feliz, ¿no lo crees? —digo, mientras siento otra lágrima rodar por una de mis mejillas.

—Daniel... pero... no sé... tú deberías... —dice de manera entrecortada. No es capaz de hablar bien.

—Luego hablamos, Diane. Debo dejarte, mi primer paciente debe de llegar en un minuto. Te estaré llamando —le miento, necesito tiempo para mí—. Te quiero y dale un abrazo a mamá y a papá de mi parte.

—Yo también te quiero... Ya voy, amor... —grita alejando el celular—. Cuídate y le daré tus saludos a mamá y a papá.

Y cuelga inmediatamente.

Sin pensarlo dos veces levanto la bocina una vez más para comunicarme con mi alegre secretaria.

—Dígame, doctor —responde al instante.

—¿Puedes pasar mis citas para el doctor Smith y avisarle al director que necesito hablar urgentemente con él?

—¿Algo más, doctor? —responde con formalidad.

—Gracias por todo, eres una gran asistente —digo con sinceridad. El que me haya convertido en un ogro no quiere decir que haya perdido mis modales.

—¿Perdón? ¿Le pasa algo, doctor Martins?

Sé que se confundió con mis palabras.

—Más o menos, ¿quieres salir a almorzar conmigo y te cuento?

No sé si es por la nostalgia que me produce la decisión que estoy a punto de tomar o porque necesito abrir mi corazón a alguien, pero de verdad quiero hablar con ella, largo y tendido.

—Me asusta, doctor, pero acepto. Pasaré sus citas y lo comunico con el director.

Y sin más, cuelga el teléfono.

Sarah

Es difícil aceptar todo lo que sucede. Perdí a mi mejor amigo, a la persona que me acompañó en la pena que tuve que atravesar gracias a nuestros padres. Ellos destrozaron nuestras vidas.

¿Aún me recordará? Es improbable. Debió rehacer su vida en el exterior. Está en todo su derecho, después de todo yo...

El llanto vuelve a mí como un mar insaciable e incontrolable. Mark… ¿por qué me dejaste sola?, solo tú sabías lo que guardaba mi corazón y en este momento debo enfrentar a nuestras familias. ¿Quién me va a consolar por las noches? ¿Quién me va a escuchar cuando necesite hablar?

—¿Sarah, puedo pasar?

La voz de mi hermano llega mientras su cabeza se asoma por la puerta de la habitación.

—Ya lo hiciste, ¿no?

Intento regalarle una sonrisa, pero no llega a iluminar mis ojos, de hecho, no se iluminan desde que él se fue.

—Ay, mi tontita —dice Samuel, mi hermano mellizo, se sienta en la cama y me atrae hacia su pecho con dulzura. Creo que después de todo, sí me quiere un poco—. Dime qué puedo hacer para sacarte ese dolor, ¿en verdad querías tanto a Mark?

—Si supieras Sam… —Sorbo mi nariz. Las lágrimas no me permiten hablar bien—. No sé si puedas entenderme, para ti todo fue tan fácil...

—No digas eso, en verdad me duele verte destrozada y sin saber cómo ayudarte. —Toma mi rostro entre sus manos y me obliga a mirarlo—. Sarah, sé que hay algo más que la muerte de Mark, ¿por qué demonios no confías en mí?

¿Mi hermano está enfadado o es solo mi impresión? ¿Debo seguir el consejo que me dio Mark antes de morir y decirle toda la verdad?

—Llama a Diane, creo que tenemos que hablar y a ella le va a interesar lo que voy a decir.

Tengo que ser fuerte. Diane sabe lo que debo confesarle a mi hermano, pero temo que él no lo tome bien. Él es mi familia, debe entenderme… Y si no lo hace, Diane estará a mi lado para controlarlo.

—¡¿Diane, amor, quieres venir por favor?!

Lo escucho gritar mientras pienso cómo o por dónde empezar con mi historia... Una muy larga historia.

Daniel

El restaurante —si se le puede llamar así a un lugar donde solo venden hamburguesas, papas fritas y malteadas cargadas de azúcar— al que me lleva Cloe es más de su estilo que del mío. Eso sí, ella asegura que es comida gourmet.

Qué paradójico, ¿el mundo me está dando una señal? Recuerdo cuánto le gustaba a Sarah comer esta comida chatarra que yo odio...

—¡Doctor!

El grito de Cloe me trae de vuelta a la tierra.

—Ya te dije que me llames Daniel —respondo, masajeándome el oído derecho. Y añado—: y no me trates de usted.

Conseguí, gracias a mi trabajo, un traslado a Londres. Esta es la despedida con la única persona con la que me relacioné en los Estados Unidos.

—Créame, me cuesta mucho llamarlo por su nombre, pero lo intentaré —dice y sonríe con ternura—. Daniel, ¿te parece bien esta mesa?

—Sí. —Le retiro la silla para que se siente y me ubico frente a ella—. Voy a extrañarte.

Es una buena forma de comenzar la despedida.

—Y yo a ti y a tu mal genio —responde como si nada—. Lo que no entiendo es por qué decidiste regresar a Londres después de tanto tiempo, y así de repente...

—Desde que salí, hace seis años, dije que no hablaría de esto con nadie, pero necesito desahogarme. Ahora estoy a punto de volver y jugármela toda. Necesito valor —digo mientras reviso la carta de hamburguesas.

—Sin que te ofendas, acabas de rejuvenecer diez años, por fin te veo sonreír.

¿Estoy sonriendo? No era consciente de eso.

—¡Gracias! ¿Cuántos años aparentaba tener? —pregunto divertido.

Es una buena chica, habría sido una gran amiga.

—Para serte sincera, unos 37 o 38 —responde y sonríe de oreja a oreja.

¡¿Cómo puede sonreír así cuando me dice que aparento tener diez años más?!

—Tengo 29, pero gracias por tu apreciación —replico y vuelvo la mirada al complicado menú. Me rindo—: pide por los dos, yo invito.

Nunca entendí una carta de comida chatarra; Sarah en cambio era una experta.

—Está bien —Cloe levanta la mano y un mesero llega en cuestión de segundos a tomar el pedido que ella le dicta como si fuera una lección de colegio—. Ahora sí, ¿por qué regresarás así de repente?

—Eres poco paciente, ¿verdad? —bromeo. El buen humor regresa a mí después de tanto tiempo.

—De verdad, doc... Daniel, me asustas —se corrige mientras hace una tonta mueca de terror—. A ver, habla...

—Regreso por una mujer. La mujer más hermosa que he conocido en mi vida —hablo casi con veneración—. Y bueno, quiero recuperarla.

—Espera un momento. —Está realmente sorprendida, lo puedo ver en sus ojos abiertos, más de lo acostumbrado—. ¿Dejaste a una novia hace seis años y pretendes volver, así como así?

—No la dejé —confieso con pesar—. Ella me dejó a mí...

—La entiendo, eres irritante, sin ofender —dice entre risas, y no puedo evitar pensar que traumé a mi secretaria en estos dos años.

—¿Quieres escuchar la historia o criticarme por lo mal jefe que fui? —la amenazo divertido. Estoy seguro de que pasaremos un buen momento.

—Adelante, ella te dejó… —dice y me invita a seguir, haciendo un ademán con sus manos.

—Sí, de repente se despidió y al siguiente fin de semana se casó con mi mejor amigo...

—No te amaba entonces —interrumpe, y no puedo evitar admitir, para mis adentros, que yo también llegué a esa conclusión cuando me enteré de la boda.

—Eso creí, hasta que recibí la carta de esta mañana —suspiro. En verdad me siento triste por Mark. Fue un gran amigo y me cuesta creer que muriera tan joven. Teníamos la misma edad—. Ese amigo era Mark Tyler...

—¡¿El que envió la carta de esta mañana?! —pregunta sorprendida y yo solo puedo asentir—. ¡Wow!, ahora entiendo por qué reaccionaste así cuando te la mencioné. —Se acomoda frente a mí y apoya los codos en la mesa, el rostro entre sus manos y la mirada castaña en la mía—. Esto se pone interesante. Sigue, sigue...

Sonrío ante su actitud.

—Bueno… Mark murió el viernes pasado y me escribió algo antes de fallecer. Dijo que en todo este tiempo Sarah no ha dejado de amarme, igual que yo a ella...

—¡Qué romántico! —suspira dramáticamente. Es curioso, unas cuantas veces la he visto salir y llegar al hospital con su ropa normal y me pregunto: ¿quién creería que una chica que se viste de negro, encajes y botas con platina puede tener un lado tan dulce?—. ¿Y quién es ella?

—Se llama Sarah. Sarah Evans. Aunque supongo que ahora debe llevar el nombre de su difunto esposo. Debe ser Sarah Tyler —digo, al tiempo que asimilo lo que nunca quise aceptar—. Un ángel de cabellos castaños...

—Daniel, usted de verdad la ama. —Se endereza y de repente me habla con más seriedad—: cuénteme, ¿cómo la conoció?

—La conocí hace unos catorce años —suspiro y Cloe ríe ante mi ensoñación—. Todo comenzó cuando mis padres decidieron llevarnos a mi hermana y a mí a Londres para terminar los últimos dos años escolares...

Capítulo 1Un ángel castaño

Daniel

—Samuel Evans, ¿de nuevo tarde?

El profesor de feos anteojos y mirada atemorizante reprendió al chico de cabello castaño que acababa de entrar empujando la puerta del salón, interrumpiendo con eso el saludo del señor Harris.

—Lo siento, señor Harris. —Se veía realmente arrepentido—. Mi hermana...

—¡Sam! ¿Por qué me dejas atrás?

Ese fue el momento en que la vi por primera vez. Una chica delgada, de baja estatura y con su cabello castaño trenzado…

Y de repente… ¿Es que acaso no sabe detenerse cuando corre? La castaña se estrelló con la espalda de su... ¿hermano? Y cayó en el suelo estrepitosamente, provocando la risa de todo el salón.

—Señorita Evans. —Sí, es la hermana y solo hasta ese momento me di cuenta de que los únicos que no reíamos éramos mi hermana y yo—. ¿Quiere levantarse y caminar a su asiento?

—Señor Harris, disculpe.

Se levantó con gracia y, torpemente, llegó a una silla vacía que estaba a mi lado derecho. Me sonrió con ternura, luego hizo un tierno puchero y miró al profesor que hablaba algo con su hermano (algo de lo que no me enteré porque mis sentidos estaban concentrados en otro lugar).

Los hermanos se parecían bastante físicamente, aunque él era notablemente más alto que la chica sentada a mi lado. Bueno, también había una diferencia en los ojos; mientras él parecía tenerlos de un color miel, ella tenía una extraña mezcla entre el gris y el verde, eran de un color único.

—¡Eres torpe, Sarah! —la regañó fuertemente una joven pelinegra, sentada delante de ella—. ¡Cuándo vas a crecer, niña!

—No me molestes, Tracy, tengo suficiente con Samuel en casa.

Sarah miró a la chica y luego recostó su cabeza en el asiento, girándola hacia mí. Me regaló la más linda de las sonrisas que me vi obligado a devolver.

—Bueno, chicos, después de la interrupción de los señores Evans, comenzaremos con la clase.

El señor Harris se giró sobre sus talones y no supe de qué trataba la lección. Durante dos horas solo me concentré en mirar a ese tierno ángel que, sentado a mi lado, dormitaba su pereza oculta tras un libro. Me di cuenta de que su hermano se sentaba justo al lado de ella y estaba tan concentrado en el pizarrón que solo supo que Sarah dormía cuando la campana sonó y, como si se hubiera sentado en un resorte, pegó un brinco enorme que terminó por asustarme hasta hacerme saltar a mí también.

—¡Eres una tonta!

No medí mis palabras, simplemente salieron de mi boca sin que las pensara.

—Lo siento, señor engreído y sueño perfecto. —Sacó la lengua como una niña pequeña y yo tuve que contener la risa para no lastimarla más—. ¡Tengo graves problemas para levantarme y no había terminado mi reparador sueño de belleza! —dijo mientras acomodaba un mechón de cabello que se había escapado de su trenza.

—¡Sarah! —Su hermano la tomó del brazo—. ¡Quieres dejar de decir tonterías, no molestes a la gente!

Puede ser el mayor, aunque aparentan la misma edad, seguro son como Diane y yo: mellizos.

—¡Él comenzó! —lloró ella mientras me señalaba.

Parecía una chica extraña pero tierna y muy bonita. En ese momento pude detallar mejor sus ojos de un gris verdoso que, aún inundados por las lágrimas, mostraban un intenso brillo que no había visto antes en alguien más.

—Déjala, creo que no vale la pena pelear con niños —solté una vez más las palabras sin pensar y Samuel, si mal no recordaba su nombre, me sonrió y me estiró la mano.

—Samuel Evans, Sam para mis amigos —dijo mientras estrechábamos las manos.

—Daniel Martins —respondí sin más y devolviéndole la sonrisa.

—¡Son un par de trogloditas! —Sarah gritó con ira y salió corriendo del salón.

En ese instante recordé a mi hermana que salió tras ella.

—¡Eres muy descortés, Daniel! —gritó desde la puerta, me fulminó con la mirada y corrió tras el ángel castaño de cabello trenzado.

—Ella es así, no va a crecer nunca. —Las palabras de Sam me devolvieron a la tierra. —Son nuevos, ¿de dónde vienen?

—Somos de Glasgow. —Cogí mi mochila y me giré para salir caminando junto a Sam—. Llegamos el fin de semana y esa que salió tras tu hermana es mi melliza, Diane.

—Otros mellizos en la clase. —Parecía sorprendido—. Sarah es mi melliza, pero no entiendo cómo compartimos útero sin matarnos el uno al otro. —Soltó una carcajada que me contagió. Era un chico gracioso—. Ven, te presentaré a nuestros amigos.

Me hizo seguirlo a través de los pasillos hasta un patio en la parte trasera. Un grupo de chicos reía en una esquina. Todos parecían de mi edad. Hablaban y reían animadamente. Estaba seguro de haber visto a dos de ellos en mi salón cuando llegamos y agradecí en mi interior por la posibilidad de hacer amigos en mi primer día en la gran ciudad.

Caminamos hasta ellos y todos recibieron a Sam con estrechones de manos y abrazos, lo que me llevó a pensar que eran bastante unidos. Temí no poder encajar en un grupo así. Siempre fui lo que llaman “un lobo solitario”.

—Chicos, él es Daniel Martins, el chico nuevo que el señor Harris no quiso presentar.

Sam me empujó para quedar a su lado y poder ver a cada uno de los jóvenes.

—¡Bienvenido, Martins! —Un chico de cabellos negros y alborotados se acercó y me tendió la mano—. Soy Mark Tyler y él —dijo y señaló a otro chico de cabellos castaños— es Ronald, mi primo.

—Mucho gusto —respondí estrechando sus manos.

Un chico de despeinados cabellos castaños me sonrió bajo su mata de pelo y señaló a otro rubio que estaba a su lado:

—Yo soy Nicholas y él es Andrew.

—Me alegra conocerlos a todos —dije con timidez. Nunca en mi vida había estado tan rodeado de… ¿amigos?

—¿Qué le hiciste esta vez a tu hermana, Sam? —Otro chico de cabellos castaños, más tirando rubios, y con rasgos parecidos a los de Samuel y su hermana rompió el círculo y entró enfrentando a Sam—. Está llorando como una magdalena por allá. —Señaló una esquina donde un grupo de chicas se aglomeraba sobre... ¿Mi hermana y Sarah? No podía distinguirlas bien.

—Estaba insultando a Daniel —respondió Sam, parándose despreocupado, y luego cruzó sus manos tras la cabeza. Sí, eran mi hermana y Sarah—. Ah, sí, Daniel, él es Scott Green, está un grado delante de nosotros.

—Hola —dije tímidamente pero el rubio seguía mirando a Sam.

—Sí, sí, un placer. —Me miró sin prestar atención y volvió sus ojos a Sam—. ¡Ve y discúlpate con ella!

—No lo haré, Scott, así que deja esa posición de primo protector.

Se enfrentaron con las miradas por cerca de dos minutos y nadie más mediaba palabra, todo era demasiado incómodo.

—¿Quieren parar ya? —Mark se interpuso entre ellos dos—. Yo iré, sé cómo animarla —sonrió convencido y nos guiñó el ojo antes de salir del círculo.

—¿Esto siempre es así? —le pregunté, confundido, a Nicholas que estaba a mi lado.

—Más o menos. Sarah es una chica linda, pero algo torpe y tonta. Eso enfurece a Sam —dijo y señaló al lugar donde están las chicas—. Por eso siempre pelean, pero Mark suele hacer alguna tontería que la anim...

—¡Lárgate de acá, Tyler! —El grito de una chica nos hizo voltear a todos. Era Sarah—. ¡Vete a seguir burlándote de mí con ellos! ¿O crees que no te vi retorcido de la risa cuando me caí esta mañana? —seguía gritando como una loca—. ¡Y a todas, ustedes también! ¡Vámonos, Diane! —Tomó a mi hermana de la mano y se fue hacia el interior casi arrastrándola.

—Esta vez nos pasamos, chicos. —Andrew miraba la escena con dolor—. Creo que no querrá ver a ninguno de nosotros.

—Vale, vale, me voy a disculpar…

Sam, con pereza, se disponía a caminar. No había gran intención en sus palabras.

—Yo lo haré. Fui quien la trató mal.

Mis palabras salieron atropelladas. Me sentía fatal por provocarle dolor a Sarah. Todos me miraron desconcertados.

—¡Buena suerte! —dijo Sam, conteniendo una risa y dándome una palmada en el hombro. No pensaba acompañarme, eso era seguro.

El miedo y los nervios me invadieron enseguida mientras todos me miraban. Solté un fuerte suspiro y entré por la puerta para buscarlas. No conocía la escuela así que solo caminé mirando a todos lados. Fue entonces cuando vi que mi hermana golpeaba una puerta de forma insistente.

—No quiere salir, no sé qué decirle. Pobre chica. —Diane parecía realmente preocupada —. Y tú la trataste mal —me reprochó.

—Oye, tontita —dije con la voz más dulce que pude sacar mientras tocaba la puerta y movía a mi hermana a un lado.

—¡Me llamo Sarah! ¡No tontita! —me gritó tras la puerta de lo que fuera eso allí dentro.

—Está bien, está bien, Sarah. ¿Puedes abrirme la puerta? —pregunté aburrido de la situación, pero si yo la había iniciado, yo la terminaría.

—¡No quiero ver a nadie! —gritó desde dentro.

—Diane, yo me encargo —miré a mi hermana que seguía perpleja a un lado—. Ve y come algo, si quieres —agradecí que me hiciera caso porque apenas terminé la frase se fue en dirección al patio, dejándome solo frente al salón cerrado—. Anda, Sarah, quiero disculparme contigo, no con una puerta.

—¿Disculparte?

La vi asomar su cabeza por la puerta con indecisión.

—Sí, lamento haberte hablado mal. —Me incliné para poner mi rostro frente al de ella. De verdad era bajita y tenía su nariz algo enrojecida por el llanto, mientras que sus tiernos ojos gris verdoso me miraban confundidos y esperanzados al mismo tiempo—. ¿Puedo pasar o vas a salir?

—Pasa.

Abrió un poco la puerta y de repente me vi rodeado de espejos en un salón y con ella recostada de espaldas en la puerta ya cerrada.

—Podemos comenzar de cero, ¿te parece? —La miré directamente y sonreí para infundirle confianza—. Mucho gusto, soy Daniel Martins, tengo quince años y acabo de llegar de Glasgow con mis padres y mi hermana melliza, a la que ya conociste…

Le estiré la mano en un acto de buenos modales.

—Soy Sarah Evans, tengo catorce años. —Me estrechó la mano con dulzura y sentí un fuerte corrientazo que invadió cada rincón de mi cuerpo. Como si con ese mínimo contacto ella hubiera despertado cada parte de mí—. También soy melliza y ya conociste a mi hermano.

—Disculpa si fui grosero, no...

—No te disculpes, la verdad no me dolió lo que dijiste. Mi hermano me lo recuerda cada día —me interrumpió sonriendo y sentí como si una cálida luz me hubiera cubierto—. Me dolió que todos se rieran de mí, incluyendo a Samuel. —Se sentó en medio del salón con los pies cruzados, descargó su mochila despreocupadamente a su lado. Yo la seguí, estirando mis pies y dejando mi mochila junto a la suya—. Soy un poco torpe y tonta, ya lo viste, pero no soporto que mis amigos se rían así en mi cara. Tú y tu hermana no se rieron, gracias por eso...

—Fue gracioso, debo admitirlo —confesé, fijando mi mirada en la puerta—. ¿Es que acaso no viste a tu hermano?

—¡Claro que lo vi! —Pensé que se enojaría con mi comentario, pero ahí seguía, sonriendo adorablemente—. Es solo que lo vi demasiado tarde… —dijo y sacó la lengua mientras jugueteaba con la trenza que le llegaba justamente a la cintura.

—Eres toda una tontita —le solté en tono juguetón y devolviendo su gesto.

—Y tú bastante engreído —una vez más me sacó la lengua en un gesto infantil y por alguna extraña razón sentí el impulso de abrazarla, pero me contuve—. Ya conociste a los chicos, ¿verdad?

—Ehm... Sí, a algunos.

¿Realmente era tan fácil que se olvidara de una discusión? Yo simplemente agradecí que cambiara el tema.

—Son buenos... Algo crueles, pero buenos.

Agachó la cabeza y empezó a jugar con sus manos en su regazo.

—¿Crueles? ¿Por qué?

Quería seguir viendo esos ojos, pero no me atrevía a levantarle el rostro.

—Ninguno me ayuda con los temas de clase, me evaden siempre y son muy inteligentes. Me dejan trabajando sola y creo que la escuela es mucho para mí.

Levantó una vez más el rostro y me miró con una sonrisa melancólica.

—Tal vez Diane quiera trabajar contigo, ¿no te parece? —intenté animarla.

—Tal vez… —Se puso de pie tan rápido que me asustó cuando lo hizo—. ¿Quieres ayudarme a ensayar?

—¿Qué? ¿Ensayar?

Sarah volvió a cambiar su estado de ánimo y de tema bruscamente. Creo que para seguirla iba a tener que estar muy atento.

—Sí, es que estoy enfadada con Mark y él es mi pareja normalmente —dijo como si fuera lo más lógico del mundo. Eran novios seguramente y yo empezaba a entristecerme sin saber el porqué.

—¿Qué practicas?

Me puse de pie y esperé una respuesta.

—Teatro y danza. Me gustan las artes, tal vez sea por eso por lo que lo demás no se me da bien —respondió sonrojándose. Y señalando los espejos que nos reflejaban por todo el lugar, añadió—: estamos en un salón de baile.

Parecía que se hubiera percatado de mi ignorancia al respecto.

—No sé bailar, lo siento —dije, intentando salir del problema en que me estaba metiendo.

—Yo puedo enseñarte. No es difícil seguir un baile de salón.

Me agarró de la mano y me llevó hasta una mesa donde había una grabadora algo anticuada. Le dio play y una suave música empezó a sonar. Un hermoso vals inundó el salón y Sarah se paró delante de mí. Por fin podía detallarla bien. Su contextura delgada se podía notar aún con el uniforme. No tenía unos senos grandes, pero su tamaño era perfecto para su cuerpo. Sus labios ligeramente abultados y de un color rosa coral se curvaron en una leve sonrisa mientras movía hacia atrás la trenza que había ubicado sobre su hombro cuando se levantó del suelo. Puso una de sus manos en mi hombro, sé que le quedaba un poco difícil porque le llevaba casi una cabeza en estatura. Tomó una de mis manos con la otra y las entrelazó dejándolas alzadas a un lado...

—Tómame de la cintura… —dijo, alzando el rostro para mirarme. Estaba sonriendo y los vestigios de sus lágrimas desaparecieron. Ahora me miraba ilusionada así que puse mi mano en su cintura, guiada hacia la espalda. Pude notar que tenía la cintura y caderas bien marcadas al sentir la curva entre ellas con mi mano—. Sí, así —me alentó e irguió su postura que ahora parecía mucho más elegante y refinada—. Ahora, déjate llevar por la música.

Le hice caso. Cerré mis ojos y dejé que la suave melodía guiara mis pasos y, como si flotáramos, empecé a dar vueltas por el salón con Sarah entre mis brazos. Obviamente no era la primera vez que bailaba un vals, pero sí la primera vez que me sentía en el cielo. Giramos por unos cuantos minutos. Abrí mis ojos y la vi con los suyos cerrados, disfrutando el momento. Hermosa... Fue ese el momento en que me dejé envolver por ese sentimiento que todos buscan y anhelan. Fue amor a primera vista... Me enamoré de esa pequeña tonta con la que estaba bailando.

—Eres muy bueno —dijo, sacándome de mi burbuja personal. La música había terminado—. Estoy considerando seriamente cambiar a Mark por ti —añadió y me miró con la expresión que pone un niño pequeño cuando comete una travesura.

—No puedes cambiar a tu novio, además, yo no bailo —solté nervioso.

—¿Novio? ¡Bromeas! —me soltó y empezó a reír a carcajadas mientras el eco del salón repetía su risa—. Mark es mi mejor amigo, nunca tendría algo más serio con él. Es como mi hermano, crecimos juntos y no, no tengo novio —terminó por explicarme y el alma me volvió al cuerpo.

—Lo siento, pensé... —intenté disculparme.

—Todos lo piensan. —Me soltó y caminó hasta recoger su mochila—. Debemos volver a clase, la campana está por sonar.

—Ehm... Sí, claro. —Cogí mi mochila y le abrí la puerta para que saliera delante de mí—. ¿Solo tú practicas en los momentos de descanso?

Empezamos a caminar uno al lado del otro por los pasillos

—Cuando estoy triste, aburrida o enfadada, sí. Normalmente Mark me acompaña, pero ya te dije, no lo quiero ver. —Su tono era dulce y tranquilo, bailar sí que la calmaba—. Y ya conseguí un parejo mucho mejor. —Me miró y guiñó un ojo con complicidad.

—No te ilusiones, de verdad no me gusta...

—No me importa si te gusta o no. —Su voz sonaba a regaño de mi madre cuando intentaba escaparme de las tareas del hogar—. A mí me gustó bailar contigo y pienso hacerlo de nuevo.

Era una chica obstinada y me di cuenta de que ya me tenía completamente atrapado.

—¿Piensas obligarme? —dije y la miré incrédulo.

—Sé que te gustó, lo disfrutaste —respondió y se encogió de hombros.

Tenía la razón.

—Sí, pero...

—Pero nada, Daniel. Tal vez a tu novia le gusta que bailes bien y ni lo sabes —lanzó el comentario tan de repente que solo pude abrir de más los ojos.

—No tengo novia, Sarah —respondí, algo sonrojado.

—Bueno, a la que tengas en un futuro, acá hay muchas chicas lindas —sonrió alegre y nos detuvimos frente a nuestro salón—. Espero te guste la escuela y Londres... Si necesitan alguna guía en la ciudad, con gusto les ayudaré.

—Gracias, lo tendré en cuenta.

Haría cualquier cosa para compartir tiempo con ella.

Ese día pasó rápido. Terminé haciendo grupo con Sarah y Diane para un trabajo de anatomía después de ver cómo todos sus amigos la dejaban sola. Me di cuenta de que sí es un poco cabeza hueca y no se le dan bien las teorías, pero, aun así, tenía interés en ayudar y sentirse útil.

Al terminar las clases, la vi correr inútilmente tras Sam. Él la dejó atrás, y ella siguió caminando sola y cabizbaja hacia casa. Pronto, Mark apareció a su lado y ella lo despachó rápidamente, así que Diane y yo la alcanzamos. No podíamos dejarla caminar sola hasta quién sabe dónde. Mi hermana fue la primera en llegar a su lado.

—¿Sarah, por qué vas sola?

—Sam me dejó atrás y no quiero ver a ninguno de mis amigos. Aún me duele lo de esta mañana... —contestó, y, aunque sonreía, sus ojos mostraban tristeza.

—Daniel y yo podemos acompañarte… si quieres —Diane me miró de reojo, esperando que yo asintiera —. ¿Verdad, Dany?

—Ehm... Sí, podemos acompañarte... —dije consciente de que un tenue rubor empezaba a cubrir mis mejillas.

—Gracias, sigan tranquilos, puedo llegar sola a mi casa. No se desvíen por mi culpa —dijo, luego nos miró intercaladamente y volvió sus ojos al frente.

—Puedo invitarlas a comer un helado —hablé más para Sarah que para mi hermana, pero esperaba que funcionara.

—¿Helado? ¿De verdad?

Los ojos de Sarah se iluminaron como dos estrellas resplandecientes y, en cuestión de segundos, nos tomó de las manos a mi hermana y a mí y corrió hacia un hermoso parque lleno de árboles, fuentes y niños jugando.

—Te gustó Sarah, ¿verdad? —dijo Diane y me sacó de mis pensamientos mientras pagaba los helados y veíamos a la castaña sentada en una silla comiendo un helado doble de fresa.

—¿De qué hablas? Solo me da lástima —respondí, haciéndome el tonto.

A diferencia de Sam y Sarah, Diane y yo éramos muy unidos, a tal punto que muchas veces sabíamos lo que pensaba el otro.

—No puedes negarme nada a mí, Daniel. —Me miró con picardía—. Vamos, llevemos a Sarah a su casa y vamos a la nuestra, mamá debe de estar preocupada.

Minutos más tarde, dejamos a Sarah frente a un enorme portón blanco en nuestro mismo barrio residencial. Eso fue una gran ventaja porque no conocíamos mucho de la ciudad. Se despidió de nosotros con alegría y regresamos a nuestra casa sin hablar. La verdad yo necesitaba algún tiempo solo para entender lo que había pasado en mi primer día en Londres y mi hermana lo entendía. Me encerré en mi habitación y las imágenes nuestras bailando en el salón de danza me atacaron al instante. Parecía un hermoso ángel de cabellos castaños y sonrisa radiante...

—Daniel, hijo, ¿quieres comer algo?

La voz de mi madre me hizo regresar a la habitación llena de libros de texto y figuras modulares armadas por mí mismo.

—No, mamá, voy a dormir un rato.

Me acomodé en la cama y cerré los ojos para soñar con ella, con mi ángel...

Cloe me mira como si tuviera monos verdes en la cara.

—¡Wow! ¿En verdad fue amor a primera vista?

—Creo que sí —respondo, me encojo de hombros y miro al mesero que trae la orden de dos hamburguesas con quién sabe qué cosas dentro, papas fritas y sodas—. Desde el primer momento en que la vi me enamoré, pero esa fue mi perdición.

—Pero ¿sí llegó a ser tu novia o no?

Cloe recibe su hamburguesa con cara de no haber comido en días y yo solo puedo sonreír al recordar a Sarah.

—Pues sí, déjame seguir con la historia —digo mientras cojo una papa y juego con ella en el plato frente a mí...

Capítulo 2Dulce comienzo

Daniel

Enfurecido, entré a la habitación de Diane:

—¡No puedo creer que me dejes trabajando solo con Sarah!

Había pasado ya un año y ocho meses desde que llegamos a Londres. Nos adaptamos fácilmente a los chicos y pronto nos convertimos en dos miembros más de un gran grupo de amigos. Sarah nos enseñó la ciudad en la primera semana de nuestra llegada y, a esas alturas, ya estábamos más que adaptados a la vida de Londres.

Mi ángel castaño y de sonrisa inocente siguió ocupando mis pensamientos y me acostumbré a compartir tiempo con ella y con Mark. El chico de cabellos oscuros y alborotados resultó ser un gran amigo, aunque yo estaba seguro de que también estaba interesado en Sarah. Se notaba en la forma como la miraba y en lo devoto que era de nuestra amiga.

Ese día en la mañana nos asignaron el último trabajo del año. Reunía tres asignaturas, debía hacerse en pareja y mi hermana corrió a trabajar con Sam, dejándome con Sarah, quien, como de costumbre, quedó sola.

Hasta el momento, habíamos trabajado los tres juntos y estudiábamos en las tardes. Logramos, entre Diane y yo, estabilizar un poco las calificaciones de Sarah, pero esta vez Diane decidió dejarme solo y no estaba preparado para eso.

—Daniel, para ti no es un secreto que me gusta Sam. Déjame trabajar con él —me pidió y me miró suplicante.

—No puedo trabajar solo con Sarah, Diane. —Me senté a su lado. Tenía que desahogarme—: esa chica pone mi mundo de cabeza...

—Aprovecha y dile lo que sientes —Me guiñó el ojo con confianza.

—¿Y si me rechaza? ¿Y Mark?, no puedo traicionarlo así...

—Es tu amigo, estoy segura de que te va a entender. —Se levantó de la cama y me haló de los brazos—. Ahora vete de mi cuarto, quiero estudiar y tú no me dejas.

Salí sin decir algo más. Diane tenía razón, debía hablar con Sarah, pero también con Mark. Debía decirle a mi amigo que esa chica torpe me interesaba mucho más y que quería saber su opinión.

Caminé a mi cuarto y busqué el teléfono para llamarlo a su casa. Me respondió en menos de dos timbres y acordamos vernos en el parque cercano a nuestro vecindario, quince minutos más tarde, tiempo suficiente para tomar valor.

Cogí mi chaqueta, me despedí de mis padres y salí al encuentro de mi amigo. Él tendría que entender...

—¡Daniel! Perdona la demora. —Mark llegó corriendo a la silla en la que lo esperaba—. Tuve que pasar por casa de Ronald a llevar algo. —Se sentó a mi lado haciendo un gesto exagerado de cansancio—. ¿De qué querías hablarme?

—Mark... ¿A ti te interesa Sarah? —pregunté sin mirarlo.

Enfoqué mi mirada en la fuente que tenía en frente y en el agua que caía a cascadas una y otra vez.

—¿Era eso? —Mi amigo se recostó en la silla, estiró sus pies y miró igualmente a la fuente—. Sí, me gusta mucho, y se lo dije hace un tiempo. —Sonaba melancólico—. Pero ella afirmó que soy como su hermano... Crecimos juntos y no me ve como lo que yo quisiera, así que solo me quedó ofrecerle mi amistad.

—Ya veo...

—A ti también te gusta, ¿verdad? —me interrumpió, y solo pude asentir —Díselo, tal vez a ti sí te acepte.

—Quería saber qué opinabas. Eres mi amigo y no quería lastimarte...

—Adelante, Daniel, tienes mi permiso —dijo con voz solemne y divertida mientras ponía una mano en mi hombro.

—¡No seas tonto! —Me sacudí divertido.

Mark era como Sarah, alegre, espontáneo y hasta infantil.

—Ya que hablamos, te parece si pasamos un rato al Queen, quiero una malteada y ganarte en otra partida.

Se levantó y me miró sonriente.

—No me ganarás esta vez Tyler.

Y Lo seguí divertido.

Mark era de esos chicos que siempre va vestido a la moda. Provenía de una buena familia. Era de mi estatura, 1,78 metros; nunca supo para qué servía un cepillo porque sus cabellos siempre estaban revueltos, pero con estilo, algo que no lograba entender. Tenía unos ojos verdes extrañamente brillantes que se oscurecían cuando se sentaba a tocar la guitarra y se dejaba llevar por la melodía. Contaba con un talento innato y aunque no hacía mucho ejercicio, siempre tuvo un cuerpo atlético.

El Queen era la cafetería de los padres de Andrew. Allí había una habitación reservada para nosotros donde instalamos videojuegos y pasábamos gran parte de nuestras tardes, haciendo torneos y tomando malteadas por cortesía de los Cooper. No era muy grande, pero quedaba cerca del vecindario y nuestros padres no podían quejarse si salíamos tarde de allí, cosa que pasaba muy a menudo.

Al entrar, mi mundo se iluminó. En una mesa, sentada, sin compañía y tomándose una malteada de fresa, estaba Sarah. Parecía preocupada. Mark y yo cruzamos nuestras miradas extrañadas, caminamos juntos hasta su mesa y nos sentamos sin pedir permiso.

—¿Qué te pasó?, mi bonita.

La melosería de Mark con mi ángel a veces me molestaba.

—Ah... Hola chicos. —Nos sonrió forzosamente—. Nada, no me pasó nada, solo estaba algo… aburrida.

—Algo te pasó, Sarah. —Su mirada triste y perdida transmitía lo opuesto a lo que indicaban sus palabras—. Dinos, somos tus amigos, ¿no?

—Samuel volvió a decirme que soy una tonta y esta vez mi papá estuvo de acuerdo con él —dijo con un deje de tristeza en la voz—. No quise seguir escuchándolos y salí corriendo de casa hasta llegar a esta mesa —añadió y nos dio esa sonrisa inocente y hermosa que iluminaba nuestros días.

—Puedes ser una tonta —Mark empezó a hablar—, pero eres nuestra tonta, ¿verdad, Daniel?

—Sí, supongo que sí.

Sonreí a Sarah, perdiéndome en el gris verdoso de sus ojos.

—¿Quieres de chocolate?

Mark me devolvió a la tierra y yo solo asentí mientras él iba a la barra y me dejaba a solas con mi ángel.

—A Sam le gusta Diane —soltó como si nada—. Lo descubrí hablando con Ronald esta tarde.

—A Diane también le gusta —respondí un poco sorprendido—. Mientras no la trate como te trata a ti, todo estará bien.

—Sí, supongo.

Se encogió de hombros y bajó la cabeza a la mesa con gran tristeza.

—Ey, bonita. —Levanté su rostro, tomándole suavemente el mentón—. ¿Por qué te pones así?

—Daniel, yo quiero a mi hermano, pero él me odia, no sé qué hacer para que deje de tratarme mal.

Intentó tragarse las lágrimas, pero una se derramó de su ojo derecho, humedeció su mejilla y terminó en mis dedos, que la atraparon, antes de llegar a sus rosados labios.

—Algún día se dará cuenta de lo que pierde al hacer a un lado a su hermana. —Sonreí para infundirle confianza—. Mientras, nos tienes a Mark y a mí.

—Sí. —Sonrió y por fin retiré mi mano de su rostro—. Gracias, Daniel.

Vi que se sonrojó un poco. Tal vez sí tenía una esperanza con ella.

—Por nada, Sarah...

Esa noche la llevamos a su casa y cuando volví a la mía me propuse tomar valor para sincerarme con ella antes de terminar el año escolar. Sería difícil para mí, sería la primera vez que me enfrentaría a un sentimiento por una chica y no quería que me rechazara. Además, ya tenía conocimiento del rechazo hacia Mark. No quería que lo hiciera conmigo.

—¿Daniel, estudiaremos en tu casa? —Sarah me habló mientras yo estaba concentrado en la lectura que nos había encargado uno de los profesores—. Diane y Sam van a estudiar en la mía y no quiero que ese tonto me moleste.

—Vale, si te sientes mejor así. —Bajé el libro y la miré—. ¿Quieres que pase por ti o llegarás por tu cuenta?

—Puedes pasar por mí si quieres. —Me miró algo sonrojada—. Así me das algo de tiempo para ayudar a mi madre con unos pastelillos.

—¿Sabes cocinar? —Levanté una ceja, incrédulo. Admito que me sorprendió mucho que dijera eso. Realmente y sin ofenderla, Sarah no demostraba tener talento con nada diferente al baile y el teatro.

—No, soy pésima en la cocina también —soltó divertida. —Pero soy muy buena con los postres —agregó orgullosa.

—Bueno, guárdame alguno, entonces. —Le sonreí de vuelta y seguí en mi lectura.

Ella, en la silla del lado, solo garabateaba en un cuaderno y se escondía tras el libro.

—Daniel... —volvió a interrumpirme un par de minutos después—. ¿Crees verdaderamente que puedo ayudarte con el trabajo?

—Sí, Sarah. Algo encontraremos que puedas hacer bien —dije sin bajar la vista del libro—. Por ahora, lee que mañana tenemos examen de este libro y no has pasado del primer capítulo.

—Eres un aguafiestas. —Me sacó la lengua y se tapó el rostro con el libro. Un par de minutos después estaba profundamente dormida en su silla, cosa que hacía con mucha frecuencia y a la que ya me había acostumbrado.

No entendía por qué me gustaba, pero ya no podía hacer nada en contra de ese sentimiento. Estaba dispuesto a decirle lo que sentía, a sincerarme con ella y a decirle de una vez por todas que me gustaba desde el mismo momento en que la vi caer al suelo frente al profesor.

Esa tarde pasé a recogerla a su casa. Salió alegre y corriendo a mi encuentro. Vestía una falda corta con vuelos blanca y una camisa sin mangas, de un color azul celeste. Como sus pies, cubiertos por unos delicados zapatos de bailarina, trastabillaron en la escalinata del andén, ella cayó en mis brazos, riendo como una niña pequeña.

Se veía hermosa y durante el camino a mi casa tuve que entretener mi mente en otras cosas para no distraerme con su falda y esas largas piernas que jugueteaban en el borde del andén. Yo estaba en la edad de las hormonas y si me dejaba llevar, terminaría pasando la peor vergüenza con ella.

—¡Sarah, querida, te ves preciosa! —Mi madre, como de costumbre, la abrazó con cariño. Sarah pasaba mucho tiempo en casa con Diane y conmigo y hasta un par de veces se quedó a dormir, así que mamá la trataba como a otra hija.

—¡Gracias, señora Martins! —Respondió el abrazo mientras yo aún esperaba a que desocuparan la entrada—. Les traje esto —dijo y extendió una canasta que no dejó que yo mirara en el corto camino que anduvimos.

—Cariño, gracias. —Mi madre levantó la tela que cubría la canasta y el olor a chocolate, vainilla y crema se esparció y llegó hasta mí. Sus pastelillos—. Prepararé algo para acompañarlos. Pueden ir a estudiar y los llamaré cuando esté listo.

Y cuando por fin desocuparon la entrada, Sarah y yo subimos directamente hasta mi habitación.

Como siempre, nos sentamos en el suelo con los libros y empezamos a buscar el tema en que basaríamos nuestro proyecto. Bueno, empecé a buscarlo yo, porque Sarah pronto tomó una de mis figuras modulares y se distrajo con ella.

—Deberíamos poder hacer un baile y ya, o una obra de teatro —dijo distraída, sacándome del tercer libro que revisaba.

—No creo que en biología, química y física nos acepten eso como trabajo final —respondí un poco serio.

—Bueno, ¿y si llevamos pastelillos? Es fácil y los entiendo...

—¡Eres un genio!

Su idea me entusiasmó mucho y no medí mis acciones. Me dejé llevar y la abracé fuertemente.

El silencio se apoderó de la habitación. La respiración era una acción difícil de cumplir y el ambiente se cargó de una electricidad casi palpable que convertía mi cuarto en el posible nacimiento de una fuerte tormenta eléctrica. Nos soltamos del abrazo y los dos miramos al suelo avergonzados.

Fue ella quien rompió el silencio:

—¿Por qué soy un genio?

—Podemos abarcar todos los temas con una receta de cocina. —Me atreví a mirarla; ella tenía una expresión extrañada mientras jugueteaba inconscientemente con sus manos en su regazo—. Vamos, Sarah, podemos hablar de nutrición para biología, enzimas para química y estados de la materia para física —dije intentando disipar la creciente tormenta.

—Yo solo sé mezclar harina, chocolate, fresas...

—Por eso. Tú te encargas de eso y yo te enseño las teorías. —Me puse de pie y le extendí la mano para ayudarla a levantar. —¡Vamos a probar tus pastelillos!

—Emm... Está bien.

Se levantó y la bajé casi arrastrada hasta la cocina donde mi mamá terminaba de servir el té.

—Chicos, ya les iba a subir los pastelillos. —Mi madre nos miraba divertida—. ¿Los hiciste tú, Sarah?

—Sí, es lo único que se me da bien en la cocina.

Mi ángel se sonrojó y solo pude pensar en lo adorable que lucía con ese rubor natural en sus mejillas normalmente pálidas.

—Están deliciosos. —Mamá puso una bandeja con dos tazas de té y cuatro pastelillos en la mesa de la cocina—. Coman, saldré a hacer unas compras para la noche, ¿necesitan algo para sus estudios?

—Sí. Sarah, dale a mamá los ingredientes de tus pastelillos —dije mientras nos sentábamos a la mesa.

Obedientemente, Sarah le dictó una lista de ingredientes a mi madre. Los recitaba de memoria y pensé que hacíamos bien al elegir ese proyecto mientras veía a mi madre salir, dejándonos solos.

Un poco incómodo, tomé el primer pastel y me lo llevé a la boca. Era un verdadero manjar. La textura era perfecta, sin mencionar el balance de los sabores. Mientras me deleitaba, Sarah me miraba con la esperanza grabada en sus ojos brillantes.

—¡Di algo, tonto! —No se aguantó más y me gritó casi al borde de la desesperación.

—Sarah, están deliciosos —logré decir cuando tragué un pedazo de pastelillo—. Creo que, con esto, bonita —le mostré el pastel mordido frente a sus ojos— ratificaste mi idea.

La vi sonrojarse y bajar la mirada mientras se comía su pastel. Guardé silencio y terminé de comer el mío para no incomodarla más… Para no incomodarnos más. No dejé de mirarla. Se veía muy tierna con ese leve rubor en sus mejillas. Tenía que decirle todo sobre mis sentimientos, pero ¿cómo?

—¿Por qué te avergüenzas? —empecé por ahí.

—Nadie me alaba o me dice que hago algo bien con mucha frecuencia. —Levantó la mirada y me regaló una hermosa sonrisa. Estaba agradecida por mi apreciación.

—No muchos se detienen a mirar lo que hay más en el fondo. —Miré la taza vacía de Sarah. Me estaba poniendo nervioso—. ¿Quieres otra taza de té?

—Te lo agradecería, está delicioso. —respondió y me miró aún avergonzada.

Me levanté y rellené nuestras tazas. Dejé la tetera de nuevo en el mesón y me senté a la mesa, esta vez a su lado y no enfrente. La miré y me di cuenta de que todavía estaba algo distraída.

—Algo te pasa, Sarah. —Levanté un poco su rostro para mirarla bien—. Dímelo.