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Independencia en la granja narra las aventuras y desventuras de Puerquimón, un marrano de las pocilgas septentrionales que lucha con ahínco para liberar a su pueblo de la tiranía de la Granja Ibérica. Movido en todo momento por unas más que loables ansias de libertad, así como por el deseo de impresionar a su amada cerdita Bruñola, el héroe de esta novela planta cara a la miríada de obstáculos que los pérfidos toros del Rancho de Madrid colocan a su paso. Para ello, Puerquimón no duda en valerse de cualquier táctica a su alcance, incluido el adoctrinamiento de las nuevas generaciones, el control de los medios de comunicación públicos, el uso de una retórica populista y, lo más importante, la denuncia del robo de El Quijote –ilustre obra catalana de comienzos del siglo XVII– a manos de los secuaces de Felipe III. Con la ayuda de un divertido elenco de personajes, entre ellos la oveja aranesa Forcamiel, el dóberman Junquito y la belicosa Manija, un cuervo hembra antisistema, Puerquimón se enfrentará día y noche a las hordas de funcionarios españoles que salen a su paso. En el transcurso de dicha lucha, nuestro héroe no dudará en sacrificar su propia existencia, y de paso el bienestar de todos sus conciudadanos, para lograr la libertad del pueblo catalán (incluida la de quienes, por motivos inefables, no desean ser libres). Independencia en la granja es la crónica de un movimiento emancipador sin parangón, que debe servir de ejemplo a otros terruños oprimidos que anhelen obtener su autodeterminación por medio de los ambiguos meandros de la democracia.
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Veröffentlichungsjahr: 2018
Jose Serralvo
Independencia en la granja
Los cuatro vientos · Renacimiento
© Jose Serralvo
© 2018. Editorial Renacimiento
www.editorialrenacimiento.com
polígono nave expo, 17 • 41907 valencina de la concepción (sevilla)
tel.: (+34) 955998232 • [email protected]
Diseño de cubierta: Equipo Renacimiento, sobre una ilustración de Daniel Miñana
isbn ebook: 978-84-17266-19-8
A quienes sueñan, desde hace ya décadas,
con una Europa sin fronteras.
«La idea de nación es uno de los medios soporíferos más eficaces que ha inventado el hombre. Bajo la influencia de sus efluvios, puede un pueblo ejecutar un programa sistemático del egoísmo más craso, sin percatarse en lo más mínimo de su depravación moral; aún peor, se irrita peligrosamente cuando se le llama la atención sobre ello».
Rabindranath Tagore
«Las fronteras son las cicatrices que la historia ha dejado grabadas en la piel de la Tierra».
Josep Borrell
Nota del autor
Fábula Del lat. fabŭla
1. f. Breve relato ficticio, en prosa o verso, con intención didáctica o crítica frecuentemente manifestada en una moraleja final, y en el que pueden intervenir personas, animales y otros seres animados o inanimados.
Esta fábula no está basada en hechos reales.
Cualquier parecido entre los animales de esta fábula y personajes (de carne y hueso) del panorama político español ha de considerarse una mera coincidencia.
Todas las opiniones expresadas a lo largo de la fábula pertenecen al narrador de la misma y no necesariamente al autor de la obra.
Nota del autor(bis)
Sí, otra vez yo. Disculpen esta segunda interrupción, pero tengo algo importante que contarles. Algo relacionado con los intentos de censurar esta novela, y con la forma en que el genio de Nabokov siempre acaba salvándome el culo (metafóricamente hablando) en el último minuto. Ustedes han oído hablar de Nabokov, ¿no es cierto? Me refiero a ese escritor ruso de frente turgente que estaba obsesionado con las nínfulas, los diccionarios y los narradores no fiables. Políglota empedernido. Mago del humor. Autor de Lolita. Ajá. Exacto: Lo-li-ta. Y óiganme bien: si se disponen a leer acerca de las andanzas del ínclito marrano Puerquimón, si sostienen este libro entre sus manos, en definitiva, si estas páginas fueron siquiera impresas, ha sido en parte gracias a él.
Empezaré por el principio. O al menos por la mitad. Allá por la época en que concluí mi segunda novela: El niño que se desnudó delante de una webcam. Corría el año 2013 y por aquel entonces andaba dando tumbos por los meandros de la selva nariñense, en la frontera entre Colombia y Ecuador. Dormía la mayor parte de las noches en una mosquitera, calzaba botas de caucho (cuyo interior revisaba cada mañana de forma religiosa en busca de culebras) y de vez en cuando, si tenía suerte, tomaba cerveza caliente junto a guerrilleros barbudos a los que trataba de convencer de tal o cual cosa. Por las tardes había poco que hacer. Teníamos prohibido desplazarnos a partir de las 17,00 h. y no había electricidad, ni internet, ni siquiera señal para el Nokia de carcasa rasguñada que llevaba en mi mochila, de modo que la literatura se volvió más imperiosa que nunca. Fue en ese rincón del mundo, entre samanes y yarumos, a veces con una linternita adosada a la frente, donde escribí la historia de Dave Timberthirdleg, un menor de edad que sufría abusos sexuales a través de internet y que después, como ocurre a menudo en los conflictos bélicos de que tengo constancia, acababa convirtiéndose él mismo en abusador de menores. Ya saben: la víctima que se torna verdugo.
En cuanto salí de la selva contacté a Maru de Montserrat, mi agente literaria de aquel entonces, con la esperanza de venderle el proyecto. Su respuesta no pudo resultar más desalentadora. Según ella, «el tema de la pedofilia [era] grave, serio, tabú y MUY delicado» y lo mejor era tirar el manuscrito a la basura y «escribir novela negra (al estilo de los clásicos contemporáneos)… con un final a lo Joël Dicker». Un tipo menos cabezota que yo se habría dado por vencido de inmediato. Pero para entonces, amén de un irreversible proceso de sinapsis neuronal que me había convertido en un muchacho de lo más perseverante (por decirlo de forma suave), ya había pasado dos años de mi vida en París. Y durante aquel tiempo me había convencido a mí mismo de que mis libros debían adherirse a una concepción sartriana, o vargasllosiana, de la literatura. El propósito de escribir no podía ser únicamente el entretenimiento. Había que mirar alrededor, ver lo que no funcionaba y dejar testimonio. Intentar salvar una parte de este mundo imperfecto de los caprichos del homo sapiens. Albergar, en contra del consejo de Kavafis, vanas esperanzas.
De modo que rescindí el contrato con mi agencia y me lancé a la búsqueda de editor. No tenía ni idea de por dónde empezar, pero tuve la buena fortuna de que un joven escritor de mi ciudad, Javier López Menacho, a quien por entonces no conocía, estaba armando un montón de ruido con una novelita deliciosamente sartriana: Yo, Precario. Su editorial, Los Libros del Lince, no era ni muy grande ni muy pequeña, de modo que me animé a probar suerte en la ardua tarea de representarme a mí mismo. El 10 de noviembre de 2013 escribí un correo a Enrique Murillo, el mismísimo Lince. Para evitar una respuesta como la de Maru de Montserrat –que en mi humilde opinión reflejaba un profundo desconocimiento de la historia de la literatura, o cuanto menos una palpable incapacidad para entrelazar los hitos que la jalonaban–, le hablé de Platón y de Gide, de Thomas Mann, de Marguerite Yourcenar, de Nabokov. Quería que me tomasen en serio. El 19 de noviembre, ante la ausencia de réplica, volví a escribir a Murillo. En esa segunda ocasión, su respuesta no se hizo esperar. Me confesó que estaba abrumado por el trabajo, pero añadió una frase que me pilló por completo desprevenido (en aquél entonces yo no sabía nada de Enrique): «Estoy siempre desbordado… pero a este viejo traductor de Nabokov le interesa leer ese nuevo libro». El hombre orquesta de las letras españolas, lector, traductor, escritor, periodista y editor, se animó a leer la novela y la publicó un año y medio más tarde.
De modo que cuando en febrero de 2018 concluí el manuscrito de Independencia en la granja ya había tenido mis escarceos con la censura. Conocía la hipocresía de una parte de nuestro mundo cultural y la ignorancia de quienes son incapaces de mirar más allá de un título o una temática. Así que casi no me sorprendió que varias personas de mi entorno intentasen disuadirme cuando empecé a hablarles de Puerquimón. Tuve que soportar una miríada de advertencias: «No es el momento», «Vas a arruinar tu carrera», «Es un tema demasiado polémico, casi una religión», «No te puedes meter con el nacionalismo», etcétera[1]. Sin embargo, aquí confluían dos factores importantes. En primer lugar, que hay una serie de temas que me interesan sobremanera, a saber: la religión, la sexualidad y el nacionalismo, así que no iba a dejar escapar la oportunidad de articular una novela en torno a uno de ellos. Y en segundo lugar, que, tal y como adelantaba unas líneas más arriba, soy terco como una mula. Cuando alguien intenta impedirme que defienda mis convicciones, suelo reaccionar dando coces con más fuerza –sobre todo si los obstáculos en cuestión se fundamentan en pretextos que no casan con mi propia ética. De modo que me desviví para que Independencia en la granja llegase a manos de un editor.
Supongo que nadie va a denunciar al pobre narrador de esta fábula –sería como si Stalin se hubiese querellado con la pluma de Orwell, o como intentar llevar a juicio a Ferdinand Bardamu por promover la deserción y la cobardía en pleno período de entreguerras–, pero con miras a evitar desplantes por culpa de mi cándido preámbulo, omitiré a partir de ahora ciertos nombres propios. Sólo diré que la persona que se animó por fin a publicar mi manuscrito es alguien del mundo de la cultura, un tipo afable y valiente, y a quien desde hace tiempo considero un buen amigo. Llamémosle, por seguir un poco con el tema, Humberto Humberto.
Pues bien, resulta que en cuanto Humberto Humberto quiso publicar Independencia en la granja se topó con la oposición (y hasta donde me pareció entender, la furia impetuosa) de su socia de negocios, a la que llamaremos señorita Mist. Sin embargo, Humberto Humberto no se dejó arredrar por la señorita Mist y recurrió a cuantas artimañas fue necesario para firmar un contrato de edición con quien suscribe, dejando al margen el negocio cultural que gestiona de forma conjunta con la segunda persona que intentaba arrojar una de mis obras al Index librorum prohibitorum. Y aquí surge toda una subtrama de rencores, puñaladas traperas y amenazas, que llevaron a que la publicación de Independencia en la granja se pospusiese una y otra vez, pese a que (muy a mi pesar) estuve incluso dispuesto a permitir que el libro saliese a la venta con pseudónimo. Con todo, mi amigo Humberto Humberto no se desanimó ni arrojó en ningún momento la toalla, aun cuando todo parecía indicar que, en caso de ir a imprenta, el libro nacería muerto de antemano: sin una editorial que lo respaldase y sin una distribuidora que lo hiciese llegar a las librerías (la señorita Mist prohibió que se usasen los canales de distribución ordinarios de la empresa a la que me estoy refiriendo) mi novela parecía condenada a sucumbir a la entropía de unos almacenes oscuros y llenos de telarañas. En este caso, y es importante aclararlo, la censura no era, hasta donde sé, de índole ideológica. A día de hoy creo que la señorita Mist no aborrecía ni la temática ni la toma de postura de mi novela –a diferencia de lo que le había ocurrido a Maru de Montserrat con El niño que se desnudó delante de una webcam–. Nos hallábamos simplemente ante un problema de índole económica: el mundo cultural está lleno de nacionalistas, y las repercusiones para la empresa de Humberto Humberto y la señorita Mist podían ser catastróficas –o eso creía al menos esta última– si se animaban a difundir las aventuras de Puerquimón. De modo que ni agazaparse tras sellos editoriales inexistentes ni embozarse con un pseudónimo fueron suficiente para que el proyecto saliese adelante (y me estoy refiriendo a un manuscrito que contaba ya con una portada y galeradas hiperrevisadas, listas para ir al taller).
Personalmente, viví esta censura con más enfado y ansiedad que la primera. No me sorprende que un agente literario no haya leído a Foster Wallace, o a Thomas Mann, o a Gide, o a Faulkner, y que crea que los abusos a menores son un tema «grave, serio, tabú» en la por lo demás omnicomprensiva historia de la literatura (no hay problema o inquietud humana que no pulule ya por sus páginas). Pero me hierve la sangre al pensar que uno no puede oponerse a la xenofobia nacionalista porque sus secuaces controlan una buena parte de la prensa, determinados medios de comunicación audiovisuales y más de un grupo editorial, y reparten subvenciones públicas a mansalva, y el riesgo de perder ciertas prebendas acaba tornándose, al parecer, en justificación de la propia censura. El único paralelismo posible es el silencio y la tergiversación que imperan en buena parte de Estados Unidos (y en algunos países de Europa) en lo que concierne a la ocupación de Palestina por parte de Israel.
Por un momento, pensé que Independencia en la granja se quedaría para siempre en un cajón. Hasta que tuve la buena fortuna de hablar con Juan Bonilla, a quien conocí en persona hace apenas dos semanas, pero con quien he mantenido una correspondencia irregular por espacio de tres años, desde que nos presentase Enrique Murillo, mi antiguo y querido editor (quien, sospecho, deseaba que alguien menos puritano que Maru de Montserrat me animase a seguir escribiendo sobre aquello en lo que creo). Además de ser un intelectual que conoce de primera mano lo que significa que le censuren proyectos culturales por culpa de los desmanes de la mojigatería ibérica, Juan Bonilla es sin duda el mejor estudioso de Nabokov en nuestro país y, al igual que Murillo, conoce de sobra las adversidades a las que tuvo que hacer frente el escritor ruso para publicar Lolita, y ello pese a que se trata –según el consenso de la crítica– de una de las mejores novelas de todo el siglo XX.
Bonilla, a su vez, me puso en contacto con Abelardo Linares, poeta y director de la editorial Renacimiento, quien no vaciló ni un instante sobre la pertinencia de publicar Independencia en la granja, esta vez sin imponerme un pseudónimo que no deseaba y sin las cortapisas de una socia amedrentada por las consecuencias de decir en voz alta lo que todos deberíamos defender: que los nacionalismos son una ideología retrógrada, decimonónica y xenófoba; que atentan contra los más básicos valores democráticos y coartan los cimientos del proyecto europeo. Por el camino, sería un ingrato si no lo menciono, conté también con el apoyo de Palmira Márquez, mi nueva agente, que avaló mi terquedad y acabó respaldando incluso mis decisiones más impulsivas.
Como dijo Rudyard Kipling, y lo reitero aquí con permiso del narrador de esta novela, la rueda del mundo gira recorriendo las mismas fases una y otra vez. La cita se aplica, desde luego, a la proliferación de ideologías gregarias que amenazan con destruir el progreso humanista de los últimos setenta años. Sin embargo, los estribillos del destino coinciden en mi caso con otra feliz circunstancia. Después de vivir en la selva nariñense me mudé a la República Democrática del Congo. De allí me embarqué primero rumbo a Suiza y luego a Afganistán, países en los que pasé la mayor parte de los últimos tres años. Hace tan sólo unos meses regresé a Colombia, desde donde volví a ver cómo mis proyectos literarios eran rechazados de forma tajante, sin concederles el beneficio de la duda. Por añadidura, el rechazo venía (una vez más) de catones que ni siquiera se habían molestado en ojear el manuscrito en cuestión. Gudoméligos que no juzgaban mi derecho a la creación literaria en base a supuestos méritos o carencias, sino únicamente según sus prejuicios, su ignorancia o su miedo a enfrentarse a los poderes establecidos. No comparto esos miedos. En conciencia, no puedo compartirlos. Y estoy infinitamente agradecido a aquellos individuos que tampoco los comparten y que me tendieron una mano amiga en mitad del camino. Bibliófilos mucho más sabios, que leyeron hace tiempo a Nabokov y hoy abjuran de la censura.
Gracias, Enrique. Gracias, Juan.
Bogotá, 24 de junio de 2018
capítulo i LOS CIELOS Y LA TIERRA
En el principio Dios creó los Cielos y la Tierra.
La Tierra era algo informe y vacío, con infinidad de espacios abandonados a su suerte. Y tras contemplar las vastas planicies inhabitadas Dios tuvo la idea de crear a las hormigas. Entonces dijo: «Que las praderas y los montes se llenen de hormigas, incluidas las hormigas faraonas y las carpinteras, las acróbatas y las de campo, las hypoponera punctatissima y las monomorium carbonarium». Y Dios vio que esto era bueno, y las bendijo diciendo: «Sean fecundas y multiplíquense, y obedezcan a la hormiga reina».
Dios se pasó casi tres días contemplando a las hormigas, embelesado. Las observaba ir de aquí para allá, chocando sus antenas y arqueando sus patas curvas para acarrear provisiones hasta el hormiguero. En efecto, a Dios se le antojaban unas criaturitas la mar de entretenidas. Y al cuarto día de examinarlas se le ocurrió que todo sería aún más ameno si creaba otros animales para hacerles compañía. Así fue como dijo: «Que mi mundo se llene de ratones, ranas y osos hormigueros». Y Dios creyó que esto era bueno, pero en cuanto pasaron otros tres días comprendió que las cosas eran demasiado sencillas para el oso hormiguero. Se trataba, a la sazón, del animal más grande y poderoso. Si no equilibraba el ecosistema las hormigas no tardarían en extinguirse por completo. De modo que, en un golpe de inspiración, Dios intuyó que debía crear muchos otros animales y completar su mundo con criaturas de diversos tamaños, sistemas reproductivos y hábitos alimenticios. Entonces dijo: «Que los Cielos, la Tierra y los Mares se llenen de toda clase de seres vivos, incluyendo, sin ánimo exhaustivo, los siguientes: serpientes, rinocerontes, elefantes, pulpos, moscas, ciervos, cocodrilos, cigüeñas, leopardos, grillos y grullas, leones, mosquitos, ballenas, cigarras, salmones, tiranosaurios, búhos y múltiples primates, incluidos los gorilas, los chimpancés, los orangutanes, los gibones y los seres humanos, y de estos últimos que haya en un comienzo únicamente mujeres y que de sus entrañas nazcan después los primeros hombres». Por último, antes de irse a descansar, Dios creó los coyotes, de hocicos largos, los delfines, de cuerpos fusiformes, y las águilas, a quienes concedió garras recias, para ser capaces de atrapar a otros animales en movimiento, y picos holgados y puntiagudos, para desmenuzar la carne de sus presas. Y Dios vio que todo esto era bueno.
Descansó durante un par de horas, apenas una siestecita, y al despertar siguió con su afán creador y dijo: «Que los mares se llenen de tiburones y peces payaso, y los bosques de arañas e invertebrados de todo tipo, tales como gusanos y caracoles que lleven a cuesta unas casas con forma de conchas espirales». Y Dios vio que todo esto era bueno, y sonrío para sus adentros, satisfecho con lo bien que se lo estaba montando con sus superpoderes.
Así transcurrieron otros tres días. Ocurrió, como ocurre siempre, el tiempo, hasta que de repente Dios se dio cuenta de que los animales iban de un lado a otro de forma alocada, nadando con sus aletas, volando con sus alas, reptando sobre sus cuerpos o caminando sobre sus patas, fueran dos, cuatro, seis u ocho, pero sin prestar ninguna atención a cuanto acontecía en torno a ellos. Sus criaturas parecían sumamente ocupadas. Entrechocaban con frecuencia las unas con las otras y nadie parecía tener ni un solo instante libre para admirar sus proezas. Dios comprendió que esto era malo y enseguida se le ocurrió una solución: crearía animales domésticos para que al menos algunos de ellos pudiesen dedicar un ratito al día a rezar y, llegado el caso, a llevar a cabo labores proselitistas. Entonces Dios dijo: «Que la Tierra se llene de enjambres de abejas y piaras de cerdos, y que aparezcan por doquier cardúmenes de peces de agua dulce y moluscos de fácil cultivo, como los mejillones». Dios se rascó un momento la barba, blanca y tupida, y enseguida prosiguió: «Y que abunden también las vacas, las ovejas y las cabras, los burros, los asnos, los bueyes, los caballos y toda clase de aves de corral, en particular las codornices, los patos, los gansos, los pavos y, en mayor número que cualquiera de los anteriores, las gallinas». Y así no sólo llenó la Tierra de seres vivos, sino que, al crear de un soplo de hálito divino las primeras polladas, puso fin ab initio al eterno (y estéril) debate sobre si fueron antes los huevos o las crías que de ellos emergen. Y Dios vio que todo esto era bueno.
Exhausto, durmió del tirón otros tres días. Al despertar, se percató de un pequeño descuido: sus criaturas aún tropezaban entre sí, no ya por andar distraídas, sino porque seguían sumidas en las tinieblas y, a excepción de algunas de ellas, como los topos y los murciélagos, la mayoría de animales eran incapaces de caminar, volar, nadar o reptar a ciegas. Siempre tenían miedo de chocar con los vecinos o, peor aún, de morir devorados de improviso. Así fue como Dios dijo: «Hágase la luz». Y la luz se hizo. Y Dios vio que esto último también era bueno.
Gracias a la luz, los animales pudieron reconocerse los unos a los otros y fueron agrupándose según su especie, y evolucionaron con la ayuda de genes egoístas, y lucharon por la supervivencia. Y, siguiendo el mandato divino, fueron fecundos y se multiplicaron.
Al principio muchos animales vivían en tribus o manadas, se resguardaban del frío en grutas montañosas, pintaban visones con carbón vegetal en las paredes de la cueva, adoraban a dioses inexistentes y premonoteístas, contaban historias en torno al fuego y se alimentaban tanto de los frutos del bosque como de la carne de otros seres vivos (aún no existían los animales veganos, pero sí había algunos que eran herbívoros, lo cual, bien visto, era casi lo mismo que ser vegano).
