Informe Spagnolo - Pedro Jesús Fernández - E-Book

Informe Spagnolo E-Book

Pedro Jesús Fernández

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Beschreibung

Sobre finales de los años 60, a un zagal del pueblo jiennense de  Pegalajar  se le mete en la cabeza que, de mayor, quiere ser periodista. Conforme va creciendo, su vocación aumenta a medida que descubre que en gran parte de lo que acontece no participa – a pesar de lo que le habían dicho- solo la providencia. Esa convicción le mueve a prestar atención a hechos y acontecimientos aparentemente intrascendentes, tras los cuales hay poderosos señores y serviles vasallos. Trabajando de reportero recibe una sorprendente propuesta que le llevará a afrontar situaciones límite de impredecibles resultados. Una tarde de julio de 2013 decide contarle todo a una persona por la que siente admiración.

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Seitenzahl: 433

Veröffentlichungsjahr: 2020

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INFORME SPAGNOLO

PEDRO JESÚS FERNÁNDEZ

INFORME SPAGNOLO

EXLIBRIC

INFORME SPAGNOLO

© Pedro Jesús Fernández

© de la imagen de cubiertas: Pedro Jesús Fernández

Diseño de portada: Dpto. de Diseño Gráfico Exlibric

Iª edición

© ExLibric, 2020.

Editado por: ExLibric

c/ Cueva de Viera, 2, Local 3

Centro Negocios CADI

29200 Antequera (Málaga)

Teléfono: 952 70 60 04

Fax: 952 84 55 03

Correo electrónico: [email protected]

Internet: www.exlibric.com

Reservados todos los derechos de publicación en cualquier idioma.

Según el Código Penal vigente ninguna parte de este o

cualquier otro libro puede ser reproducida, grabada en alguno

de los sistemas de almacenamiento existentes o transmitida

por cualquier procedimiento, ya sea electrónico, mecánico,

reprográfico, magnético o cualquier otro, sin autorización

previa y por escrito de EXLIBRIC;

su contenido está protegido por la Ley vigente que establece

penas de prisión y/o multas a quienes intencionadamente

reprodujeren o plagiaren, en todo o en parte, una obra literaria,

artística o científica.

ISBN: 978-84-18230-12-7

Nota de la editorial: ExLibric pertenece a Innovación y Cualificación S. L.

PEDRO JESÚS FERNÁNDEZ 

INFORME SPAGNOLO

Índice de contenido
Portada
Título
Copyright
Índice
Prólogo
El principio del fin
El manuscrito
Un domingo del 79
El yugo, la hoz y la rosa
Quién os robó los olivos
Los trenes de la muerte
Entre pillos anda el juego
Poderoso caballero
El primero de la mañana
Amarga despedida
Robo en la radio
Preguntas sin respuesta
Los trapaceros
Pasado de rosca
Volando voy y vengo
En un banco de la charca
Que salga el sol por Antequera
Carambola con cerezas
El final no escrito

A mis padres, sin cuyo cariño, regañinas, cuidados, consuelos y consejos no habría sido posible ser quien soy.

A mis tres hijos, Sergio, Irene y Paloma, a quienes debo todo el calor de padre que no les di de pequeños.

A Eneri, por ser una inagotable fuente de inspiración para la consecución final de esta obra.

Prólogo

La premura o, dicho con lenguaje de la calle, las prisas con las que se me ha solicitado lo que de aquí para abajo van a encontrar, me obligan a saltarme una inercia prolija que me distingue o me devalúa —para opiniones, colores— cuando me pongo a teclear letras que ansían ser las elegidas por mis dedos y salir así de su letargo. Quede constancia de ello, primordialmente, para quienes me conocen en este laberinto al que concurrí hace, aproximadamente, cinco arrobas y media de febreros, desconociendo todavía si así fue por expreso deseo o fatal descuido de mis padres. Una particularidad, esa, que no me martiriza ni me consuela. Al fin y al cabo, ya no tiene arreglo.

Las ciénagas han acabado por inundar a la sociedad española. Solo eso puede explicar que los sondeos sobre la intención de voto y los posteriores comicios otorguen, continuamente, una holgadísima mayoría a los principales —por supuesto que no únicos— perpetradores de la ignominia en que han convertido el sistema democrático reinaugurado tras la muerte del dictador con la aquiescencia, más entusiasta que racional, de los ciudadanos patrios en aquella calculada transición de finales de los 70.

Solo la angustia y desesperación por el paro y la falta de recursos de aquellas familias que llegaron a creerse poseedoras per secula seculorum de un estatus económico tan frondoso como ficticio puede hacer las veces de atenuante, pero no de eximente. Se llevan años, décadas de predominio de una colosal condescendencia social con el fraude fiscal, el despilfarro del dinero público y el enriquecimiento fruto de maniobras especulativas a la sombra del poder o con el amparo de este.

Se ha tocado fondo, pero al parecer no es suficiente. ¿Qué más tiene que pasar para que, de manera mayoritaria —la unanimidad es una quimera—, se adopten comportamientos que conduzcan a una auténtica catarsis en España?

Es indecente mirar para otro lado. Es ruin dejar pasar el tiempo sin reaccionar. Es inmoral seguir siendo soporte electoral de una clase política privilegiadamente corrupta. Toca decidir: seguir siendo parte del fango o arremangarse y empezar a manguerazos de agua limpia para que resplandezcan la honestidad, la solidaridad y la justicia social.

Ese empeño es el que emerge en la primera novela de Pedro Jesús Fernández, cuya destreza literaria me tomo la licencia de juzgar, aún a riesgo de que, por los entendidos en la materia, se me tache de benevolente en exceso o rigurosa por defecto. En cualquiera de los casos, ahí voy.

La predominancia del género periodístico se mezcla con abundantes destellos de otras ramas descriptivas y narrativas lindantes —por ejemplo— con Quevedo, vislumbrantes toques cervantinos, así como párrafos ligeramente ataviados de Galdós. También, más contemporáneamente, creo haber adivinado acentos característicos de Muñoz Molina, y recreaciones inspiradas en Eslava Galán junto con demoledores renglones que bien podrían ser atribuibles a Pérez-Reverte. Decidan abuchear o aplaudir, compartir o rechazar este diagnóstico, pero, por favor, léanse antes la novela.

La trama argumental que desliza por cada una de las páginas propicia conectar tiempos presentes con pretéritos, creando un universo atemporal. Cierto es que, si reparamos en ello, por mucha tecnología que nos rodee y esté a nuestro alcance, las personas fueron siempre —y seguimos siendo— de carne y hueso, con mayor o menor capacidad cognitiva o intelectual, pero con un corazón que late igual desde hace miles de años. Sin embargo, hasta esto se puede acabar. Hemos sustituido una agradable conversación por —en el mejor de los casos— 140 caracteres. En lugar de pasear por calles y plazas, deambulamos por internet. Alardeamos de frases célebres que nos impactan durante unos segundos pero nunca aplicamos. Colgamos fotografías insustanciales como anzuelo para conseguir artificiales beneplácitos. Si algo reconforta al leer esta novela es que los diversos aconteceres y variopintos protagonistas de cada una de las historias que la conforman se relacionan cara a cara, sin artilugios tecnológicos de por medio. Informe Spagnolo aporta un retrato sociológico en extinción que absolutamente todos hemos contribuido a llevar a la mínima expresión: la prevalencia del ciberespacio está propiciando el aniquilamiento de las relaciones humanas.

Aquí se van a encontrar una atrevida y azarosa mezcolanza de escenas de cama, crímenes, traiciones, retos, desvaríos, perrerías, patuleas, berrinches, enfrentamientos, alborotos, escarmientos, peripecias, osadías, anécdotas, contubernios, calamidades, gozos y desdichas acaecidas, vistas u oídas —salvo unas cuantas excepciones— entre la segunda mitad del siglo XX y los albores del XXI. Trepidantes aventuras, ilusos romances, curiosas decisiones, insospechados hallazgos a través de los cuales su protagonista logra encendidas, viscerales y hasta crueles animadversiones a la vez que auténticas, pasionales e inquebrantables adhesiones.

La acción transcurre fundamental, pero no exclusivamente, por Jaén, Úbeda, Antequera, Málaga y Sevilla. Un apasionante viaje en el tiempo con cambios que, en realidad, no son tales, sino las mismas cosas de siempre con distinto nombre. De la peseta al euro. De la Olivetti al Ipad. Del CESID al CNI. Del guateque al botellón. De la postal con sello de correos al WhatsApp. De Gente Joven a La Voz. De La gran familia a Ocho apellidos vascos. De Crónicas de un pueblo a Cuéntame. Un conglomerado de personajes de distinta calaña y ralea, idolatrados o denostados, sabios e ignorantes, trincones y dadivosos que embadurnan o ensalzan las diversas épocas por las que se desliza la trama: desde Franco a Felipe de Borbón.

Es probable que ustedes, como yo, queden asombrados por la enorme cantidad de cosas que, en solo unas horas, pueden suceder en la vida de una persona. Aunque, pensándolo detenidamente, a cada uno nos saldrían las cuentas de no limitarnos a reducir nuestra cotidianidad a lo estricta y puramente tangible, a solamente aquello que tocamos, vemos o escuchamos, sin incluir también, como vida propia y real, emociones y sentimientos que ocurren, indistintamente, mientras soñamos o estamos despiertos. Les propongo e invito a que eludan buscar la cuadratura del círculo en una trama que entremezcla hiperrealismo y pizcas de ficción, hasta generar un grado de incertidumbre tan contagioso que acaba provocando dudas sobre hechos verídicos. Me permito sugerirles que, al leer lo que aquí se cuenta, no se pierdan y ofusquen en el rastreo de hechos imposibles o poco creíbles: no merece la pena. Si dan algo o mucho por falso, como si hacen igual distribución en sentido inverso, estarán haciendo un absurdo e inútil ejercicio mental. En una novela, en cualquier novela, en esta novela, todo es tan verdad o tan mentira como su autor quiere.

Para quienes, pese a todo, se obstinen en dilucidar veracidades o falsedades, les anticipó que les aguarda una dura tarea. La sofisticada enhebración de presente, pasado y futuro se plasma con una pericia que resulta complicado percibir con exactitud si pasó, está pasando o va a pasar en esta apasionante historia. Con ella he disfrutado yo, y con ella les dejo.

ENERI ADECU 

El principio del fin

I

Completado el último encargo, había comunicado oficialmente su salida. Ello suponía tener que devolver en mano su tarjeta de identificación digital y firmar, en presencia de su enlace, un documento interno denominado F.C.O.[1]. A tal fin debían verse en una cafetería, frente a la Diputación de Sevilla. Aguardaba turno de entrada para acceder al parking Jocaral, junto al paseo de Catalina Ribera, cavilando sobre el año que, pese a acabar en 13, no estaba, al menos para él —que en unos meses cumpliría los 50— respondiendo al mal fario que las supersticiones señalan sobre tal cifra. Otros anteriores, sin esa superchería como excusa, habían sido peores, empezando por cuando se marchó de Jaén en 2005, o quizá no tanto. El sonido de un claxon le sacó de la disquisición. A la salida del estacionamiento, de manera tan refleja como innecesaria, revisó la nota con las coordenadas[2] de la cita:

37.3855873/-5.9863153 12:40 44488555_6/28

—¿Tú?

—La misma.

—No me lo puedo creer.

—Créetelo. Soy yo.

—¿Qué haces aquí?

—¿A ti qué te parece?

—No me jodas que eres enlace.

—Lo soy, desde hace años.

—No lo sabía.

—Lógico, esto funciona así. Ni entre nosotros podemos desvelar nuestra pertenencia, y, quienes estamos arriba, con más motivo.

—Y encima, nunca mejor dicho, eres de la cúpula, ¡joder! No sabes cuánto me alegro de verte. Le pregunté a Gonzalo por ti y me dijo que estabas en Asuntos Exteriores.

—Claro. Como tú ahora, vendiendo quesos en Antequera, ¡no te digo!

—Ya, pero esta vez mi tienda no la uso de tapadera: el negocio que he montado con dinero del paro es mi retiro definitivo.

—Cuando me pasaron tu ficha, que decía que habías montado un negocio de alimentación, hasta el momento en que se concretó la cita de hoy, creí que lo tendrías de caparazón: vamos, que no te ibas a desligar de nosotros.

—Le he dado muchas vueltas, pero en mi vida soy así de inflexible. Una vez que decido algo, no hay marcha atrás. Estoy agotado, han sido muchos años currando como un cabrón.

—Anda ya. No te veo yo a ti fuera de todo esto.

—Estoy decidido. Hoy dejo oficialmente la organización, y también el periodismo.

—Eso no se deja nunca.

—Lo sé. Siempre, hasta que me vaya al hoyo, seré periodista.

—Y dale con lo de irse al hoyo. Eso ya lo decías cuando nos conocimos, siendo apenas dos críos.

—De críos nada, nada de nada. No se me olvidará aquella noche en Úbeda.

—Anda, calla, calla.

—No me callo ni debajo agua.

—Ja, ja, ja, eres la leche.

—Mira, quiero hacer otras cosas que nada tengan ver con a lo que me he dedicado desde que nací. En el parto salí con un bolígrafo, un bloc de notas y una grabadora para entrevistar a la matrona.

—Ala, exagerao.

—Pues para llevar tantos años en Madrid no has perdido el acento.

—Será que las raíces nunca se olvidan.

—Si hubiera sabido que mi enlace eras tú, te habría traído, además de flores, una bolsa de magdalenas. Están buenísimas. Me las recomendó mi hijo Sergio. Las hacen en Jimena, pasa un mes y no se ponen sequeronas: siguen tiernas, riquísimas.

—Mira que eres. Entonces, por lo que dices, el negocio bien, ¿no?

—Llevo solo un par de meses con la tienda, aunque me defiendo bien como tendero.

—Tendero, ja, ja, ja... hacía la tira de tiempo que no escuchaba esa palabreja.

—Oye, sigues casada con Muñiz, ¿no?

—Ni me lo nombres. Y tú, ¿cómo sabes eso?

—No eres la única. Yo también me entero de todo.

—¿Has venido directo?

—No. He pasado primero por el juzgado.

—¿Para lo de tu sentencia de Onda Jaén?

—No. Esa es del TSJA de Granada.

—Y, ¿qué sabes?

—Hace dos semanas han fallado a mi favor.

—¡Hostias, Pedrín!

—Eso mismo me dije yo cuando me enteré.

—Estarás contento, ¿no?

—Por supuesto, pero no solo por la indemnización; más aún —créeme— por lo que dice el Tribunal.

—¿Qué dice?

—Me lo sé de memoria. Afirman haber llegado al convencimiento de que el motivo de la rescisión del contrato obedeció a que los tres grupos políticos estaban disconformes con las críticas que yo les hacía en radio y televisión.

—Eso es para enmarcar.

—Me tienen que indemnizar con los 300000 euros que figuraban en el contrato, más los intereses de casi diez años de pleito. ¡Que ya está bien, cojones!

—Enhorabuena, me alegro mucho.

—Gracias. Fíjate, lo de la tele empezó por el Plan Aníbal.

—Me suena.

—Claro, son procedimientos de actuación que mandáis. Recuerdo que el Aníbal venía en un manual de 2001. Todavía lo conservo.

—Ya te decía que me sonaba. Bueno, lo importante, ¿cuándo te pagan la indemnización?

—Bruuu, eso está jodido, pero que muy jodido. Los hijos de puta del Ayuntamiento siempre tienen algo para escabullirse de sus responsabilidades. ¡Qué cabrones están hechos!

—Y los de la Comunidad de Madrid, los de las Diputaciones, los de la Junta con los EREs…, uf, está todo lleno de mierda. Oye, en los juzgados te habrás cruzado con la jueza Alaya, ¿no?

—No, que va. No he estado allí, si no en uno de lo social, por la avenida Buhaira.

—¿Qué se te ha perdido ahí?

—Nada, un tema laboral, la empresa de los mantecaos —para la que trabajé hasta enero pasado— no me pagó la última nómina, y ahora le va tocar hacerlo con recargo. Otro jefe cipote.

—Enhorabuena otra vez. Venga, dame tu tarjeta y firma aquí.

—Toma. Por cierto, una vez que he acabado el último encargo y me voy, toda la información que disponéis de mí desaparece de las clouds, ¿no?

—Absolutamente toda. Tú estás, como todos los que se van, limpio. Solo falta sacarte del Hacking Team, pero tranquilo, tu rastro ya es insignificante.

—No quedará rastro, pero a mí no se va a olvidar en la vida. La última vez hicisteis que me mudara, cancelar el ADSL, borrar todos los archivos de la nube, destruir el disco duro del portátil y cambiar de banco.

—¿Se lo has contado ya todo a tu mujer?

—No, nada, nada. Le conté solo lo del posible traslado a Madrid, que coincidió justo cuando, en Málaga, un tío de recursos humanos de Vértice me hizo la entrevista.

—Ah, sí, ¿para qué era?

—Para sustituir a Fernando Jáuregui en la dirección del Confidencial. Eso, salvo ella, tampoco lo sabe nadie. Pensarán que tengo más chominás en la cabeza que Furnieles.

—¿Quién es ese?

—Una juguetería que había en Jaén, por la plaza Los Jardinillos. ¿No te acuerdas?

—No. Creía que era un tío, como aquel concejal que te echó la culpa de haber perdido las elecciones.

—Ese es más tonto que un cepazo en un llano. En el PP le pusieron Panzoneti, y yo le bauticé como el Tarugo de Mágina.

—¿Sigue todavía de concejal?

—No, al inútil lo colocaron para hacer bulto en el Consejo Consultivo de Andalucía. ¿Quieres saber lo que el presidente del tinglado ese le dijo al alcalde sobre él?

—Cuenta, cuenta.

—Que si no había en Jaén un tío todavía más tonto.

—Y el alcalde, ¿qué le contestó?

—Que se le preguntase a Zarrías, que era quien lo había colocado allí.

—Ja,ja,ja,ja,ja. Qué bueno. No le pondrías tú Virrey a Zarrías, ¿no?

—A Zarrías yo le puse el Zar, después de que en el 96 Antonio Herrero me advirtiese de qué iba. Lo de Virrey, como también llamaban a Queipo de Llano, fue cosa de Fernando Arévalo. Un amigo periodista que se murió hará cosa de tres años, creo. Me llamaba a mí el Kamikaze.

—¿Y eso?

—Decía que me jugaba la vida todos los días en el micrófono. Yo es que les endiñaba a todos, empezando por los trileros del PSOE, siguiendo por los asalta trenes de IU y acabando por los caciques del PP. Gabino Puche y Gaspar Zarrías fueron a por mí en más de una ocasión.

—¿Qué te hizo Puche?

—Fue en el primer Gobierno de Aznar. Movió los hilos para impedir que entrase en la redacción regional de TVE en Andalucía. El jefe de informativos me llamó para disculparse. «Te han vetado —me dijo—, y, por primera vez en mi vida, he tenido que bajarme los pantalones».

—Qué putada. Y con Zarrías, después de lo que soltaste de las tomateras, te tendría fichado.

—Él y otros cuantos. Desde que en el 82 arranqué con deportes en Radio Guadalquivir, hasta que ahora he decidido retirarme, he pisado muchos callos. Siempre lo tuve claro: en periodismo se está para contar todo lo que pasa, independientemente del fulano o la merengana al que le pase.

—Ni que fueras José María García.

—Mejor Antonio Herrero... Bueno, en realidad los dos.

—¡Baja, Modesto!

—No me des marcha: soy muy bueno, lo sabes.

—Claro, de no ser así no habría propuesto tu nombre para que te vinieras a Madrid, pero estas decisiones se toman en equipo.

—Pues el equipo se equivocó. Te sorprenderá que diga esto sin conocer, siquiera, las demás opciones que teníais. Estamos los dos solos, y no te tengo que vender ninguna burra.

—Sí. Por cierto, de lo que pasó con las cintas, ¿nadie sabe nada?, ¿ni siquiera tu abogado?

—Oliván pudo olerse algo cuando hace unos meses le pregunté si conservaba todavía las diligencias del caso de Onda Cero. Me dijo que no. También le consulté a José Antonio López, un policía que fue secretario del SUP, pero pidió facilitarle unos datos y me pareció muy engorroso. Entonces tiré de contactos para localizar a María Jesús de la Vega, una compañera que coincidió conmigo en la radio. Di con ella en Jaén, y no recordaba casi nada de lo que me hizo tu marido.

—Ya no es mi marido, y te he pedido que ni lo menciones.

—Vale, perdona. Dame un correo para no perder el contacto.

—Lo siento, no puede ser.

—Dime, entonces, qué significa el guion bajo de tu identidad digital[3] que venía junto con las coordenadas.

—Que mi segundo apellido, López-Mestre, es compuesto.

—Ah, claro, hay que ver. Mira que me lo dijo tu hermano Gonzalo una vez que me lo encontré en Úbeda. Él, y por supuesto tú, salís en la novela. La tengo casi lista.

—Menudo bombazo vas a pegar si consigues que se traguen que llevas media vida metido y colaborando con los servicios de inteligencia del Estado.

—Me da igual. La verdad es la verdad, y lo hecho, hecho está.

—¿Cómo se titula la novela?

—La iba a titular Te vas a enterar, pero no.

—¿Entonces?

Guardó silencio y la miró. A pesar de que no la veía desde principios de los 80, cuando se conocieron una nochevieja, ella mantenía su maravillosa melena castaña con mechones claros, ojos grandes de color verde que seguían sin precisar maquillaje y eróticos labios carnosos, nada artificiales.

—O sea, que no me lo dices.

—No, me lo reservo. De todas maneras, si no te importa, llámame pronto. Igual te pido algo antes de publicarla.

—Venga, vale, lo haré: tú ganas.

—Esta vez sí, aquella vez, no. Perdí. Te fuiste con el guaperas y todavía me pregunto por qué.

—Me equivoqué.

—Ya.

—Bueno, vamos a dejarlo.

—Sí, mejor. Dame un beso. Salgo ahora mismo para Jaén.

—Venga, Pedro, adiós. Te llamaré.

II

Nada más recibir de manos del repartidor el ramo más bonito que le habían regalado jamás, le llamó emocionada para agradecérselo. Había apreciado algo totalmente cierto pero desapercibido para los demás. Pedro hizo una mueca al rememorar aquel gesto del que estaba orgulloso. Consideraba extraordinario el gran amor que ella debía sentir para, dadas las circunstancias, comportarse de esa manera tan maravillosa. La situación, seguramente, habría cambiado a peor desde que hacía un mes estuvo en la casa. Hoy iba a hacerlo de nuevo. Por la mañana había telefoneado para consultarle si podía ser o había algún problema. Al oír su voz caviló sobre qué tal le habría sentado saber que aparecía en la novela. Prefirió eludir el tema y descubrirlo una vez llegase. Circulando ya por la A4, a la altura del acceso al aeropuerto de Sevilla apagó la radio para entretenerse repasando cada capítulo en voz alta. El primero decía así:

Enero de 2013. Había decidido dar por concluida toda una vida dedicada a lo que Gabriel García Márquez definió como el mejor oficio del mundo, el cual, por supuesto, no consistía —a pesar de que así venía predominando en los últimos tiempos— en reproducir lo dicho por un individuo o protagonizado por cualquier institución, empresa, sindicato o partido, sino en difundir —con el máximo de veracidad— aquello que la sociedad tiene derecho a saber y sus ejecutores y responsables no desean que se sepa. Esa, según Pedro, era la auténtica razón de ser del periodismo, algo sobre lo que el gremio debería reflexionar, asumiendo la parte de culpa del desprestigio social y la precariedad laboral imperante. Relatando en las redes sociales lo que sucedía a su alrededor, la gente no estaba sustituyendo a los periodistas, sino que estos pretendían arrogarse la exclusividad de contar eso mismo y encima cobrar, en vez de dedicarse a averiguar y divulgar aquello que los ciudadanos no conocen y que también sucede. De la influencia del poder en el periodismo aprendió mucho una noche de febrero de 1996.

Los cientos de asistentes al acto de la Semana de la COPE despidieron al conferenciante con una cerrada ovación que traspasó las paredes del salón de actos de la Escuela de Magisterio de Jaén. Sin mirar papel o anotación alguna, con un lenguaje ameno e incisivo, había realizado una radiografía perfecta de la anatomía de un país agobiado por la crisis económica, los asesinatos de ETA y la plaga de corrupción con ramificaciones que iban desde los GAL al reparto de los fondos reservados de Interior, pasando por el mismísimo gobernador del Banco de España, Mariano Rubio, la presidencia de Cruz Roja, la Guardia Civil, el BOE, Banesto, la financiación irregular del PSOE (Filesa), hasta los casos Juan Guerra o Luis Roldán.

Minutos después, en una de las mesas del restaurante Nelson, el protagonista del acto y Pedro hablaban cara a cara. Años atrás, antes del llamado antenicidio, lo habían hecho, esporádicamente, a través del teléfono. Radio Guadalquivir y Antena3 eran ya historia.

—Y, un periodista como tú, ¿qué hace metido en el gabinete de prensa de un Ayuntamiento?

—Eso mismo me pregunto yo todos los días, Antonio. Cualquier mañana le digo al alcalde que saque la carta, que me voy.

—¿Qué carta?

—Una que le entregué nada más llegar, firmada sin fecha y presentando mi dimisión. Así me estrené en el cargo. Fíjate el apego que le tengo.

—Te habrán tentado para que sigas ahí.

—Pues sí. Dijeron de colocar a mi mujer en la gerencia de urbanismo y nombrarme director de la radio municipal que quieren montar. A ambas cosas les contesté que no. El concejal con más cara dura de todos, Miguel Ángel García Anguita, lleva ya más de 200 enchufados. Está en connivencia con un tal Antonio Calet, de UGT. Ellos se lo guisan y ellos se lo comen.

—Y el alcalde, ¿qué?

—Alfonso Sánchez es un tipo bonachón. Llega muy bien a la gente, pero le falta carácter para ejercer de alcalde. Meses antes de estas últimas municipales me llamó a su gestoría para que le ayudase a ganar las elecciones. Y ahí los tienes, a él y a los 14 concejales que lo van a volver loco, porque estos del PP, en cuanto se han visto mandando, a trincar, como los del PSOE.

—En los Ayuntamientos anida mucha corrupción. ¿Recuerdas el caso puerto de la Plata en Barbate? El alcalde acabó cantándolo todo. No creo que Serafín Núñez se llevase nada, pero tanta porquería a su alrededor le parecía insoportable.

—Por cierto, ¿dónde anda el juez Barbero?

—Desde agosto del año pasado, cuando dimitió, no he vuelto a saber de él. Rodríguez Ibarra le dio la puntilla, y el fiscal, Eligio Hernández, lo remató. Tampoco es que Marino Barbero fuese un prodigio como instructor, pero no le perdonan haber destapado Filesa y, menos aún, el registro que ordenó en la sede de Ferraz. Estuvo cuatro años haciendo diligencias solo y, pese a que lo torpedearon, completó un sumario de casi 20000 folios. Eso hay que reconocérselo.

—Pues si hacen eso con un juez, ya me dirás cómo está el patio.

—Tal cuál he contado en la conferencia. El Felipismo está agotado, ya no aguanta más. A partir del 3 de marzo, Aznar será presidente, y el Partido Popular querrá lo que todo Gobierno: controlar a los periodistas. Si encima los que creemos en defender nuestras ideas de lo que debe ser este oficio se lo ponemos fácil, fíjate. Pedro, si quieres seguir dedicándote a esto, pon tierra de por medio cuanto antes. Si no lo haces, te acomodas.

—Me voy a ir, como me fui en el 91 de Radio Guadalquivir. Yo nunca me acomodo. Verás, hace cosa de dos años, el delegado de Gobernación, Juan Torres, me quiso enchufar en Canal Sur. Lo mandé a freír espárragos. Torres está de concejal, por hacerle, como tantos, caso al Zar.

—Zarrías, otro que caerá sepultado en toda la bazofia que tienen montada en Andalucía. Acuérdate de lo que te digo. Por cierto, no pierdas de vista las tomateras de Marruecos.

—Oye, ahora que ganas en el EGM a Luis del Olmo y a Gabilondo, ¿qué te parecen?

—Lo que siempre me han parecido. Está claro que llevan muchos años y tienen sobrada experiencia, pero más que periodistas son locutores.

—Parece que la gente no distingue, y mira que cuesta, ¿eh?

—Un periodista debe luchar hasta el final, hasta el último aliento por defender sus ideas y principios. Un periodista debe tener claro que pueden dejarle sin un lugar donde escribir o hablar, donde contar los hechos tal cual suceden, sin manipulaciones. Si esto pasa, cuando no se puede más, a otra cosa. Yo tengo un sentido de la vida muy existencialista. De niño quería ser periodista, y lo conseguí. No pienso en mañana, vivo el día a día. El lunes cinco cumplí 41 años. Cuando no pueda seguir haciendo lo que me gusta y como creo que debo hacerlo, ese día lo dejaré.

—¿Con qué abres mañana?

—Con lo que sea noticia, guste o no al poder. Aunque tenga entrevistas concertadas, las levanto y me meto a fondo. A Luis y a Federico les digo que el único mandato que acepto es el de la actualidad.

Antonio dio por concluida la cena, tenía prisa por irse a descansar. A las cinco volvía a la carga al frente del informativo matinal más escuchado en España, que el jueves 29 de febrero del 96 tuvo que iniciar con una terrible noticia.

«En las proximidades de Bailén, el choque entre un turismo y un autocar se cobró la vida de 29 personas. Un Opel Kadett se salió de su carril y chocó frontalmente contra el autobús que, procedente de Sierra Nevada y con 58 pasajeros a bordo, regresaba al municipio bailense. La colisión originó un incendio en el turismo que se extendió rápidamente, haciendo que 29 personas fallecieran carbonizadas. Los conductores de ambos vehículos murieron en el acto. Manuel Fernández González, de 48 años, llevaba el autobús, propiedad de la empresa Navarro Andaluza S.L. El turismo, un Opel Vectra de menos de un año de antigüedad, era conducido por Ignacio Arauz de Robles Rodríguez, de 32 años, hijo de una familia ganadera de Jaén. Su cuerpo fue trasladado hasta el tanatorio de Linares para que se le realizase la autopsia.

»El mecanismo automático de apertura de las puertas del autocar solo funcionó en el caso de la delantera. Los pasajeros de la parte posterior quedaron atrapados, y el autobús ardió con más de la mitad del pasaje dentro y ante la mirada impotente y desesperada de los que lograron salvarse. José Antonio Castillo, un empleado de 20 años de la gasolinera situada junto al lugar del accidente, escuchó un fuerte golpe, seguido inmediatamente de una explosión. Fue él quien avisó a la Guardia Civil y recibió a la primera persona que había conseguido salir del autobús: una niña de unos seis o siete años que caminaba hacia él después de ver morir a sus padres».

El tratamiento de esa y otras muchas informaciones por parte de Antonio Herrero Lima hizo que se mantuviese como líder indiscutible hasta que, en mayo de 1998, perdía la vida mientras practicaba buceo en las aguas de Marbella. Su pronóstico se cumplió: José María Aznar, a los dos años de llegar a la Moncloa, estaba pidiendo, Habano en mano, la cabeza de Antonio a Luis Herrero y Federico Jiménez Losantos. No hizo falta que le traicionasen.

III

Pedro, desde casi siendo un crio, muchísimo antes de relacionarse con personas como Antonio Herrero, era muy exigente consigo mismo. No hizo caso a lo sentenciado por Elbert Hubbart: «No te tomes la vida demasiado en serio, nunca saldrás vivo de ella». Pensaba que tenía tantas cosas por hacer, y que disponía de tan poco tiempo, que aplicó a rajatabla lo que escuchó decir a su padre: «Res, non verba»[4].

También le pareció imprescindible vivir siguiendo el consejo de Martin Luther King, según el cual, «Nadie se nos montará encima si no doblamos la espalda». Así es que, cuando las cosas se torciesen, haría lo que su madre le aconsejó: «Afrontar las adversidades sin perder nunca la esperanza», y, por añadidura, lo proclamado en El Quijote: «Confía en el tiempo, que suele dar dulces salidas a amargas dificultades». No morderse la lengua fue siempre otra de sus máximas, salvo en el caso que hubiera que aplicar la recomendación de Groucho Marx: «Es mejor estar callado y parecer tonto que hablar y despejar las dudas para siempre».

A la hora de referirse a la franqueza, Pedro consideraba que esa característica humana o manera de ser, llevada hasta sus últimas consecuencias, podía acabar deparando sorprendentes revelaciones, como aquella acaecida la noche de bodas de unos recién casados: él torero y ella modista:

—María, no sabía que no fueras virgen.

—Manolo, ni yo que te faltara un huevo.

—Lo mío fue en una corrida.

—Pues lo mío también.

El chiste, de los poquísimos que lograba retener y mal contar era tan simple como la anécdota sobre Moratinos en el Ministerio de Exteriores donde, al detectarse que los archivos estaban saturados de papeles, decidieron tirar documentos. Una secretaria dubitativa sobre la utilidad de unos legajos, le preguntó:

—Señor ministro, ¿tiramos también estos expedientes?

—A ver... pues... no sé... Bueno, tírelos, pero antes haga una fotocopia por si acaso.

Soltar una sonora carcajada era algo habitual en Pedro para acentuar su estado de buen humor, como también expresarse con tono duro cuando la situación así lo requería. Por ejemplo, el día en que decidió embarcarse en un asunto de tanta enjundia como escribir una novela. Yo no voy a hacer —le dijo con seriedad a su mujer— una retahíla o refrito de artículos de opinión y colocarlos en fila india como tantos periodistas. O escribo una historia que merezca la pena o me quedo quieto.

Así que se propuso poner negro sobre blanco, sin más límites que los dispuestos por su memoria, todo lo acontecido en su vida: fuese bueno, malo, regular, fértil o estéril, chanchullesco o versallesco, decente o indecente, refinado o vulgar, todo, absolutamente todo lo iba a contar. Estaba seguro de que el miedo que le hizo a veces —pocas, pero aun así demasiadas— claudicar, vender gato por liebre, relativizar clamorosas injusticias y difuminar fechorías ajenas, ese miedo estaría en otros, pero, en él, desde luego que no. A consecuencia de ello, uno de los párrafos del primer capítulo debía incluir una lección de sabiduría contada por aquella que más y mejor le conocía, y a la que, por mucho que se empeñase, jamás podía engañar: su conciencia.

—Pedro, si te dieran a elegir entre ser siempre libre o nunca sentir miedo, ¿qué elegirías?

—Por supuesto que ser libre toda mi vida. Amar a quien quiera, trabajar en lo que me plazca, comer y beber lo que me apetezca, viajar donde guste. Cosas que siempre he deseado. Carecer de miedo no me preocupa, soy una persona valiente.

—Has elegido, como dices, aquello que más ansías, lo que crees que te falta. Una libertad perenne de la que, sin embargo, no podrías disfrutar, aunque te fuese concedida conforme a tu elección.

—No estoy de acuerdo porque, si como decías, se me concediese la facultad de ser libre, nadie me podría impedir actuar libremente.

—Lo acabas de decir. Nadie te lo impediría. Pero, insisto, no podrías actuar libremente.

—¿Qué me lo iba a impedir?

—El miedo.

—Ni hablar. Te he dicho que soy una persona valiente.

—No lo dudo. Pero ante una situación de riesgo como encontrarte delante de un león, ser libre supondría poder decidir si enfrentarte o salir huyendo; mientras que carecer de miedo te garantizaría seguir tu camino sin prestar atención al animal. La libertad y el miedo son conceptos abstractos que luchan en nuestro interior. El primero, la libertad, deserta o queda amputada o atenazada por el miedo. Solo cuando este desaparece de nuestra mente actuamos libremente. Dicho lo cual, ¿quieres elegir otra vez?

Esa segunda vez, Pedro aseguró que habría elegido nunca sentir miedo.

Tras una breve pausa hecha con toda intención, prosiguió profundizando en cómo debía ser el relato novelado de su vida. Debían preponderar palabras que, en arte pictórico, vendrían a ser de estilo naif, comprensibles para pazguatos y euritos. Convenía advertir con tacto, a quien la leyese, que, en caso de surgir preguntas, las guardara para hacérselas una vez terminase, porque todo, desde lo más nimio a lo más complejo, acabaría cobrando sentido. Quería describir aquellas cálidas relaciones humanas sustituidas ahora por fríos y mecánicos mensajes virtuales. Retratar ambientes costumbristas que, aun sobrados de vulgaridad, eran auténticos, limpios y transparentes. Pasar sonriendo ante los lobos y las hienas que, mediante emboscadas, coartaron o interrumpieron su libertad. Que sapos y culebras quedasen retratados como son, como habían sido y como seguirían siendo porque, tal cual dejó escrito William Faulkner: «Se puede confiar en las malas personas, no cambian jamás». Por lo que, si unos y otras salían con ponzoña, no sería por inquina lejana o reciente, sino fiel reflejo de la estulticia que llevaban dentro, del nepotismo que abanderaban sin recato y con insultante descaro.

«Los demás —le cambió la cara—, los demás —reiteró, queriendo recalcar a quienes se refería en ese momento— contaban con una categoría humana suficiente para, lejos de socavar la historia de su vida, elevarla». Gente maravillosa con la que se había encontrado a sus próximos 50 años. Hombres y mujeres que, con independencia de la manera de pensar o del puesto que ocuparan, le aportaron gestos de complicidad o de aliento. Que le concedieron compresión y apoyo. Con quienes lloró de alegría y también de pena, se fundió en abrazos, estrechó manos e intercambió besos. Tanto el periodista Antonio Herrero como el cantautor Carlos Cano, decía Pedro, fueron referentes no por su manera de pensar que, en algunos aspectos, compartía, sino por mantenerse fieles a sus principios. Al conocerlos sintió la obligación de no ser veleta, tener convicciones firmes, un estilo propio, inflexible con los abusos del poder, crítico con su país, con su tierra, con su gente.

IV

«No te quedes a ver los barcos venir». Esas ocho palabras, dichas por Carlos Cano, le quedaron grabadas. Fue lo último que oyó al terminar de entrevistarle en los camerinos del teatro Asuán. Allí mismo, ya sin grabadora de por medio, el cantautor le adelantó que le dedicaría A ver los barcos venir, uno de los temas de su repertorio. Además de la entrevista, el artista granadino tuvo el detalle de concederle una serie de íntimas reflexiones nacidas, como todo lo que salía de Carlos Cano, de su triste alma andaluza. Aquel mes de febrero del 86, a unas semanas del referéndum sobre la OTAN, le extrañaba que, precisamente en aquellas fechas, la Junta hubiese pensado en él para clausurar el I Certamen Nacional de Canción de Autor para Jóvenes Intérpretes. «Si esta gente cree que voy a renunciar a mis convicciones, es que no me conocen».

Entre otras, sus convicciones pasaban por rechazar la incorporación de España a dicha alianza. Que no creía en fronteras ni banderas. Que Andalucía había perdido su espíritu crítico, y que los andaluces resultaban ser una bicoca para el poder de turno. A un palmo de distancia, con su voz profunda, recitó una de las estrofas deLas murgas de Emilio el Moro,canción que formaba parte de su entonces último trabajo discográfico,Cuaderno de coplas.

—No sé por qué te lamentas en vez de enseñar los dientes, y por qué llamas «mi tierra» a aquello que no defiendes.

Como presentador del concurso y del concierto final, Pedro —tenía entonces 22 años— salió emocionado, y, saltándose el guion, lanzó una frase propia que quiso dedicar al artista: una frase —afirmó al público— a la que se había aferrado desde que decidió ser periodista:

—La libertad de expresión no está para halagarla, sino para ejercerla.

Inmediatamente después, serio, elegante, sobriamente vestido con camisa blanca y pantalón negro, Carlos Cano llenó el escenario del Asuán, y ofreció un espléndido recital en el que incluyó, entre otras,La murga de los Currelantes, Tango de las madres locas, Andalucía Superstar, El día de San Román, Política, No seas saboría, Los jornaleros se vanyHabaneras de Cádiz.

Carlos Cano falleció a las cinco y media de la madrugada del martes 19 de diciembre de 2000, unos segundos después de que le hubiera dicho al médico, que acababa de hacerle un reconocimiento, que se encontraba bien. Mientras el facultativo salía de la habitación, Cano sufrió una parada cardiaca. «Se le ha roto el único trozo de arteria que quedaba suyo, y se ha roto en un sitio terrible», explicó el doctor Juan Miguel Torres, jefe de la Unidad de Críticos. Los médicos tenían previsto anunciar su traslado a planta por su buena evolución. El cantautor había pasado los últimos días desconectado de todos los aparatos mecánicos, a ratos levantado, de buen humor, y charlando con el personal auxiliar y con sus familiares. La autopsia reveló que la lesión se había producido en un lugar diferente del que motivó una intervención a vida o muerte el pasado 28 de noviembre. Sus restos fueron trasladados al salón de plenos del Ayuntamiento de Granada, donde fue instalada la capilla ardiente.

«Me cachis en los mengues —pensaba Pedro entre indignado y melancólico—, con la panda de impresentables que hay jodiendo por ahí, y Carlos y Antonio enterrados —suspiró antes de continuar, tratando de superar el nudo de su garganta y, por fin, siguió contando y escribiendo que tuvo el privilegio de compartir confidencias con ambos, que los dos le hablaron, como debe hacerse, mirando a los ojos—. No todos los hombres lo hacen —aseguró, deteniéndose en un episodio muy diferente a los anteriores».

V

La grabación de las conversaciones de Txiqui Benegas, secretario de organización del PSOE mantenidas a través del teléfono móvil mientras viajaba por la N IV, cayó en manos de Pedro, que la recibió de quien la había grabado: un radioaficionado al que llamaba J.P, y cuya identidad mantenía en secreto. Las conversaciones de Benegas con, entre otros, Fernando Múgica y un empresario iban más allá de lo divulgado en la copia fragmentada de la cinta, filtrado a la Cadena SER. En la parte que trascendió, se calificaba como «dios» o «number one» a Felipe González, y se utilizaba el apelativo de «enano» en referencia a Carlos Solchaga. Pero la cinta original tenía registradas más cosas: se trataba de asuntos de Estado.

Las relativas al duro enfrentamiento por el control del poder existente en el seno de los socialistas y del propio Gobierno de la nación eran lo menos sustancioso. La decisión de efectuar dicha filtración a la SER fue ordenada por el propietario de la emisora y de Radio Granada. Año y medio antes, Pedro había aceptado el reto de ponerse al frente de los informativos de Radio Guadalquivir Antena3, y ocupar así el puesto del anterior redactor-jefe. Al llegar a la emisora, la tarde del jueves siete de febrero del 91, en la mesa de la redacción, había leído una circular, firmada por el director, Pepe Gutiérrez, que contenía unas exigencias que Pedro consideraba, a la par que inviables, inaceptables, viniendo, además, de quien le había confiado tan importante responsabilidad. Pepe Gutiérrez estaba disgustado por el comentario crítico dirigido a Gabino Puche, por estar tratando de manipular a su favor la denominada Mesa por el Desarrollo de la Provincia de Jaén. Con dichos intentos de manipulación pretendía tapar su rotundo fracaso en los comicios a la presidencia de la Junta frente al «candidato a palos», el socialista Manuel Chaves. La crítica, efectuada en el informativo del mediodía, era una nimiedad en comparación con las que Pedro solía realizar, poniendo a caer de un burro a cargos de la Junta, de la Diputación, o a todo un delegado del Gobierno en Andalucía como Alfonso Garrido. Sin embargo, lejos de recibir recriminación alguna por lo que, en aquellos casos, podía suponer extralimitarse en sus funciones informativas, fue objeto de gestos de complacencia. Desde el día de la fecha, según decía la circular, el director debía conocer con antelación el tiempo previsto para cada noticia, los titulares, las preguntas y el nombre de quienes fueran a ser entrevistados. Por supuesto, se le prohibía efectuar cualquier comentario que no tuviese la aprobación de la dirección.

—Pepe, si mañana me encuentro este papel encima de mi mesa, me voy, dejo la empresa.

—Pedro, tú no puedes hacer eso que dices.

—¿Por qué?

En esos instantes, daba por hecho que Pepe intentaba, con esas palabras pronunciadas de manera sosegada y acompañadas de una leve sonrisa, reconducir un asunto que le iba a suponer quedarse en poco tiempo sin el segundo de los pilares en los que se asentaba gran parte del prestigio informativo logrado por Radio Guadalquivir. El primero, Antonio Ramírez, dejó de ser redactor-jefe a finales de 1989 para irse a la radiotelevisión pública andaluza prestadora —desde su inauguración— de innumerables servicios propagandísticos al PSOE. El caso es que, además de inaceptables —porque era una evidente muestra de desconfianza en su tarea profesional—, Pedro estimaba como inviables de llevar a la práctica los pormenores de la circular que tenía en sus manos. Cómo iba a despachar con Gutiérrez antes de los tres informativos (mañana, mediodía y tarde) si este, por gestiones y reuniones externas propias del cargo, no podía estar previamente al cierre de cada edición. La efectiva viabilidad de las nuevas normas, teóricamente, debía ser problema del director. Cualquiera habría optado por no cuestionarlas y dejar que en pocos días las directrices quedasen en evidencia. Por responsabilidad, no estaba dispuesto a dejar que el tiempo le pudiese dar la razón. Los segundos que pasaron entre porqué no podía irse de la empresa lanzado a Gutiérrez y la respuesta de este le hicieron sentirse reconfortado. La emisora le necesitaba, no estaba en condiciones de prescindir de él. Había mantenido a gran altura el nivel de crédito de los informativos. Conocía perfectamente el medio. Las horas de dedicación estaban muy por encima de su sueldo de 57800 pesetas. Sin embargo, la respuesta de Gutiérrez no fue, ni de lejos, la esperada.

—No puedes dejar la empresa porque tienes una mujer y tres hijos que dependen de ti.

—Pepe, en mi hambre mando yo. Así es que no voy a esperar a mañana. Aquí te quedas.

Ese jueves de febrero de 1991 Pedro salió del despacho de dirección para no volver a pisar Radio Guadalquivir. Un año después, transcurrida una década desde su creación, la emisora desapareció.

[1] Siglas de la expresión latina Finis Coronat Opus, que indican que se ha terminado un trabajo extenso e importante.

[2] Símbolos, letras y números codificados que utilizan agencias secretas para señalar fecha, hora e identidad de cualquier cita, reunión o acción.

[3] Mediante números se representan las iniciales del nombre y apellidos de un colaborador. La cifra final corresponde al código postal donde reside.

[4] Corría el siglo II a.C. cuando Catón el Viejo, senador romano, formuló Res non verba, una frase que venía a resumir lo que entendían sus conciudadanos romanos por la forma de hacer política. ‘Res, non verba’ es una expresión latina que significa: Hechos, no palabras.

El manuscrito

I

Una vez finiquitada en Sevilla su relación con la entidad de los servicios secretos del Estado para la que había estado trabajando dos décadas, iba a desvelar, entre otras cosas, detalles relativos al último encargo efectuado para la organización. El caso objeto de investigación estaba relacionado con un manuscrito que contenía las únicas pistas disponibles para dar con el lugar donde debía encontrarse la tumba de un antigua autoridad política y eclesial relacionada con el reinado de Carlos V. El texto aludía a un valeroso capitán que combatió en las tierras del condado, y un pueblo del Caudillo en el que descansaban los restos mortales de un embajador del citado monarca. Curiosamente, Pedro no se percató hasta el final que la resolución del encargo la tuvo, desde el principio, muy cerca. Eso suele pasar cuando en la vida nos empeñamos en buscar lejos lo que justo al lado tenemos.

El manuscrito en cuestión, en el que no constaba fecha, apareció en muy mal estado de conservación junto a un relicario de Santa Cecilia y otras sagradas pertenencias sustraídas de la catedral de Jaén por un grupo de maquis desarticulado por el régimen franquista finalizada la Guerra Civil. El hallazgo debió ser puesto en conocimiento de la Santa Sede por algún prelado, quien, a su vez, habría sido informado de ello por el propio Francisco Franco. Antes de ser devuelta a las autoridades eclesiales, la valiosa reliquia formó parte de una exposición de orfebrería y ornamentos sagrados que tuvo lugar en Madrid en octubre de 1941, y sobre la que Franco mostró especial interés.

Dicho documento permaneció décadas en el olvido, seguramente en alguna sala de los archivos vaticanos, hasta que alguien en Roma lo encontró y consideró necesario cursar solicitud a España para que le aportase información del enigmático contenido del manuscrito, y, en su caso, el sitio en el que podrían yacer los restos mortales de un antepasado miembro de la Iglesia. La petición, fechada en mayo de 2012, fue remitida a los servicios secretos del Estado, con uno de cuyos entes venía colaborando desde 1992. Sería su último servicio antes de dar por concluida su vinculación con éste. Inicialmente, Pedro estuvo revisando abundantes archivos fotográficos sobre los lugares en los que el Generalísimo pronunció discursos en sus visitas a la provincia, uno de los cuales habría tenido como escenario la tribuna del estadio municipal de La Victoria.

Franco se dirigió a unos 20000 falangistas desde la tribuna del estadio en la visita que efectuó el 11 de mayo de 1943, de modo que las instalaciones deportivas debieron darse por inauguradas. Coincidía que, en aquel entonces, ejercía de obispo de la diócesis García y García de Castro, con quien departió Franco tras unos instantes de oración ante el Santo Rostro. Según las referencias relacionadas con dicha visita, el Caudillo hizo noche en Úbeda, pasando antes por Mancha Real y Baeza. En el Parador cenó acompañado, entre otros, del agregado naval de la embajada española en Lisboa y del gobernador civil, Fernando Coca de la Piñera. Afanado por ver fructificar sus anhelos de prosperidad en todas las comarcas que visitaba, Franco solía plantear la conveniencia de hacer más llevadera la vida de campesinos y braceros, especialmente en zonas carentes de infraestructuras. Este tipo de comentarios eran tenidos en consideración por las autoridades del régimen con las que departía.

Según las comprobaciones realizadas por Pedro en diferentes archivos y hemerotecas, fueron diez los pueblos con el añadido del Caudillo creados por el llamado Instituto Nacional de Colonización a fecha 30 de septiembre de 1958. Sin embargo, en los listados que había revisado se relacionaban nueve: Alpeñés del Caudillo (Teruel), Bárdena del Caudillo (Zaragoza), Gévora del Caudillo (Badajoz), Alberche del Caudillo (Toledo), Llanos del Caudillo (Ciudad Real), Viar del Caudillo (Sevilla), Guadalcaucín del Caudillo (Cádiz), Águeda del Caudillo (Salamanca) y Bárcena del Caudillo (León): ninguno de la provincia de Jaén. A vueltas con ello, una noche le vino a la memoria que, en 1988, cubriendo para la radio la búsqueda de El Nani en el pantano del Guadalén, oyó decir que Franco inauguró dicho embalse. Ahí iba a volver con un cometido casi idéntico: dar con el paradero de un cadáver. En Vilches quiso comprobar sobre el terreno alguna ligazón del pantano con el texto del manuscrito. Madrugó para llegar a primera hora. Era una fría mañana de primeros de diciembre de 2012. La caseta del guarda estaba abierta y nadie en su interior. Mientras esperaba, vio apilados en un rincón, hierros, varios forjados de ventanas, tapaderas de alcantarilla y una placa de bronce. Tiró de la misma con cuidado y, al tenerla delante, observó grabado el vítor[5], y la siguiente leyenda:

«El Generalísimo Franco, jefe del Estado, inauguró en abril de 1953 este pantano, que regula los cauces del río Guadalén, y dio paso por los canales y acequias de riego a las aguas que contribuirán al bienestar y alegría en los campos de la provincia de Jaén. Dios bendiga y proteja al Caudillo de España».

La pista la consideró buena pero incompleta, ya que Vilches, aun estando en la comarca del condado, no aparecía en la lista del Instituto de Colonización. En el coche, ya de regreso, le llamó la atención a pie de carretera un monolito de piedra. Se detuvo en el arcén y, al acercarse, aunque muy borroso por la erosión, se leía: «Guadalén del Caudillo, 1 km». Ese podía ser, debía ser el pueblo al que se refiriese el manuscrito, pero le parecía una investigación demasiado fácil que la entidad habría resuelto sin necesidad de recurrir a un colaborador como él. Debían existir elementos que interrumpiesen la sencilla relación que aparentaban tener las indagaciones realizadas hasta aquel momento. Para evitar obcecarse en la localización del pueblo, Pedro estimó conveniente dirigir sus pesquisas por otra vía, por ejemplo, dar con un capitán que hubiera combatido por tierras de El Condado, según el manuscrito incautado a los maquis. Eso, evidentemente, hacia improbable que se tratase de un militar del bando nacional, pese a lo cual merecía la pena husmear.