Inocente - Susana Soto - E-Book

Inocente E-Book

Susana Soto

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Beschreibung

Cristian es un adolecente de diecisiete años que nunca había sentido atracción por alguien, hasta que su vecino de enfrente llega a España después de pasar varios años viviendo fuera del país. Dante, con tan solo ver los ojos verdes del joven inocente, cae rendido a sus pies y se propone seducirlo hasta que su objeto de deseo por fin libere sus más bajas pasiones, y se entregue al más intenso placer.

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Seitenzahl: 331

Veröffentlichungsjahr: 2024

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Susana Soto

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz

Diseño de cubierta: Rubén García

Supervisión de corrección: Celia Jiménez

ISBN: 978-84-1068-791-2

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

Agradecimientos

Para mis amigos, que siempre han estado allí,

en mis peores y mejores momentos.

Para cada miembro de mi bella familia, por seguir adelante a mi

lado con todas las dificultades a las que me he enfrentado.

Para mi padre, Vladimir Soto, por apoyarme desde el principio a cumplir mi sueño; por cada día ayudarme y alentarme a continuar hasta conseguirlo.

Y a mi madre, Gloria Zelada, mi ángel de la guarda, que se que me está iluminando el camino, que está conmigo a mi lado, acompañándome. Por que sé que, aunque no esté, nunca me dejará sola.

Gracias…

Prólogo

Su boca, su cuello, su cuerpo tan sensual que con solo imaginármelo me vuelvo loco y sus ojos..., Dios mío esos ojos verdes, donde me pierdo sin querer encontrarme.

Sé que no puedo ni mirarlo, que no debo, sé que está prohibido, que está mal. Precisamente es eso lo que despierta en mí una lujuria desenfrenada, que nunca había sentido por nadie.

Me atrapa que sea prohibido. El que no deba pero me muera de ganas por tocar, lo que lo hace más erótico y atractivo.

El corazón me late con fuerza cuando estoy con él, mi cuerpo reacciona cuando lo tengo cerca y no tengo control sobre mis impulsos. Adoro ponerlo a prueba cuando mis manos pasan por su figura.

Pierdo la cabeza y no lo puedo evitar.

Tengo ganas de tenerlo debajo de mí gritando de gozo, pidiendo por más. Que grite mi nombre mientras se retuerce del más puro placer.

Hacerlo mío, que sea mío... Yo ya soy suyo.

Capítulo 1

Teresa estaba hecha un manojo de nervios por la llegada de su hijo. Llevaba años sin ver a su hijo, que vivía en Italia, y ahora que acababa de cumplir los veintitrés, decidió volver a España y vivir con su madre.

—Hijo, ¿seguro que no quieres venir al aeropuerto? —me pregunta mi madre acariciándome el pelo con mimo.

—Sí, mamá, son los dieciocho de Camila y si no me presento me matará, soy su acompañante —le respondo divertido con cierta ilusión. Camila, mi mejor amiga, era de ascendencia mexicana, y su familia había organizado una fiesta sumamente elegante para celebrar su cumpleaños, y me había pedido ser su acompañante, o como ella me llama, chambelán. Tenía que estar presente en la ceremonia, estaba claro que tenía un puesto importante.

—Bueno, cielo, ya conocerás a Dante mañana. Haremos una comida para él aquí en casa y darle la bienvenida —comenta mi madre cogiendo su bolso, abrazando a Teresa para tranquilizarla, estaba tan contenta que no se podía estar quieta ni un segundo. Hace años que no veía a su hijo y estaba muy emocionada.

Cuando se fueron, enseguida empecé a prepararme. Me duché con rapidez y empecé a vestirme poniéndome con sumo cuidado el frac negro que Camila me había encargado a medida. Estaba tan emocionada con su fiesta que lo tenía todo fríamente calculado, y me ha repetido más de mil veces que llegue a tiempo para la gran entrada y la ceremonia.

Al verla en la gran puerta del local con su vestido turquesa brillante, su cabellera negra llena de rizos decorada con una corona plateada llena de diamantes y con lágrimas en los ojos de la emoción, enseguida las lágrimas también afloraron por mis mejillas y nos abrazamos con fuerza demostrando el grandísimo cariño que nos tenemos. Son muchos años de amistad, somos casi hermanos.

—No llores, tonta, que he llegado a la hora que me has dicho —le digo calmando el llanto, divertido, mirándola a los ojos. Me da un golpe en el hombro y se ríe nostálgica.

—Qué tonto eres —dice limpiándose las lágrimas de las mejillas.

—Estás preciosa —le digo sonriéndole y acomodando sus perfectos rizos que le caían por los hombros con mucha suavidad.

—Gracias..., ya tengo ganas de verte en tu fiesta con tu vestido pomposo.

Se ríe, la miro de mala manera y le digo:

—Nos ha salido graciosa la cumpleañera —le dije sacándole la lengua, a lo que ella se ríe moviendo la cabeza con cuidado de que no cayera su brillante corona. Sabía que odiaba celebrar mi cumpleaños.

Su madre se nos acerca también vestida con un elegante vestido negro de brillantes y nos indica que es la hora de entrar juntos de la mano. «Esto ya empieza». Nos agarramos de la mano, respiramos hondo y entramos al local oyendo el estruendoso aplauso de los invitados, que en cuanto nos ven entrar, se emocionan.

Hoy es el día del llanto.

Después de una fiesta sumamente intensa pero muy divertida, llego a mi casa cansado y con ganas de llegar a mi habitación y tirarme en la cama a dormir toda la noche.

Subiendo las escaleras con el cuerpo pesado y la cabeza gacha del cansancio, choco con alguien que me hace bajar unos pocos escalones abajo, no lo había visto.

—Mierda —oigo con fastidio.

Alzo la mirada y me encuentro a un chico de pelo castaño oscuro y ojos miel, que se limpia la ceniza de su camiseta dándose manotazos con molestia. Enseguida me llevo las manos a la boca culpable y le dije disculpándome casi en desespero:

—Lo siento muchísimo, de verdad, no te he visto.

El chico me mira fulminándome con la mirada y me dice sumamente borde:

—Vamos a ver, niño, ¿tú no ves por dónde caminas o qué? —Me lo quedo mirando sin decir nada, incrédulo por su actitud prepotente. «Qué imbécil»

—Lo siento dije, ¿o no me has oído? —le dije molesto.

Subo las escaleras hasta llegar a mi puerta pero oigo detrás de mí:

—Niñato malcriado —susurra, y me giro para mirarlo de mala manera.

—Cretino prepotente —respondo, y entro en mi casa de mal humor dando un portazo. Yo que había llegado a casa de buen humor y llega el imbécil este a fastidiarlo todo. «Está claro que la estupidez es gratis». Me puse el pijama, me tiré en la cama y caí rendido.

Había llegado el día siguiente y mi madre llevaba metida en la cocina toda la mañana cocinando para el hijo de Teresa. Teresa hará una comida especial para su hijo y mi madre estaba haciendo una de sus especialidades, todo un buffet digno de una buena bienvenida.

Mi madre me había insistido en que era un buen chico y que seguro que nos haríamos muy buenos amigos. Sin embargo yo no estaba tan seguro, el chico era mayor que yo y seguro sería un italiano estirado. Además, no soy de tener amigos, siempre he tenido solo a Camila y nunca me interesé por conocer a nadie más, ni como amigo ni mucho menos como algo más.

Oigo el timbre a lo lejos y me levanto de la cama todavía cansado por la fiesta de ayer, sobándome los ojos acostumbrándome a la luz que entraba por la ventana.

—Hola, guapísimo, por fin te veo en tres dimensiones —oigo a mi madre decir con alegría al otro lado de la puerta que estaba cerrada.

—Ángela, qué alegría me da verte —oigo la voz alegre del hijo de Teresa. Notaba en esa voz algo familiar pero enseguida le resté importancia.

—Venga, pasad, déjame que llamo a mi hijo, que ayer tuvo una fiesta y está de resaca —dice mi madre, divertida, a lo que luego oigo risas.

—El cumpleaños de su amiga, ¿verdad? —pregunta Teresa.

—Sí, de Camila. Llegó algo tarde ayer, le costará despertarse. Voy por él —oigo a mi madre, y no puedo evitar resoplar con fuerza. Estaba aún cansado.

Enseguida me pongo las zapatillas sintiendo los pasos de mi madre, que se dirige hacia mi habitación.

—Hijo, venga sal —dice cuando entra abriendo la puerta con una amplia sonrisa. Me agarra de la mano y me saca de la habitación de un tirón haciéndome caminar a toda prisa por el pasillo hasta llegar al salón.

Cuando por fin llegamos al salón mis ojos no podían creer a quién estaban viendo.

El cretino de la escalera de anoche.

Dante era el cretino. «Joder…». Nos quedamos mirando por unos segundos hasta que por fin habla Teresa.

—Cris, cariño, te presento a mi hijo, Dante —me dice Teresa llevando su mano al hombro de su hijo—. Hijo, él es Cristian, el hijo de Ángela.

Dante sonríe, contiene una risa y dice:

—Encantado, Cristian.

Levanto una ceja ante su actitud despreocupada y mirándolo contesto:

—Igualmente, Dante. —Nuestras madres nos abrazan con mucho mimo ilusionadas y enseguida entran en la cocina parloteando sobre la comida, mientras que Dante y yo nos quedamos en el salón mirándonos sin expresión alguna. Resoplo cansado y con cierto disimulo me voy a mi habitación dejando a Dante solo en el salón. «No podría ser otro, no. ¿Por qué?».

Me siento en la cama apoyando mi espalda en la pared rodeando mis piernas con mis brazos escuchando música a todo volumen en mis auriculares mirando a la nada. No sé por qué pero tengo un presentimiento raro con él. Levanto la mirada y veo cómo Dante da unos golpecitos en la puerta que me había dejado abierta sin querer. «No». Me quito los auriculares y lo miro, no quería que estuviese en mi habitación.

—¿Puedo pasar? —Hago una mueca dudoso y asiento no muy convencido, me podía la buena educación de mi madre—. La comida ya está lista —me dice relajado, entrando en mi habitación, parándose enfrente de mi enorme cama.

—Vale —le respondo casi susurrando bajando los pies al suelo para volver a ponerme los zapatos sin dirigirle la mirada. Me levanto de la cama y paso por su lado ignorándolo pero me agarra del brazo con suavidad impidiendo que siga mi camino, nos miramos y enseguida me suelta su agarre—. Perdona. —Intento seguir caminando pero su voz me frena.

—Sé que no empezamos con buen pie anoche, Cristian —dice a mi espalda—. Pero nuestras madres son amigas y quieren que nos llevemos bien —sigue hablando—. Así que me gustaría que empecemos de cero —prosigue al girarme—. ¿Tregua? —concluye dándome la mano. Ladeo y levanto la cabeza pensativo ante su petición pero no le faltaba razón, así que acepto su mano sonriendo con sinceridad. «A ver qué tal…».

Comimos y hablamos por un buen rato de cómo vivía Dante en Italia junto a su tía. Cuando Dante cumplió los quince años su padre falleció y, tras el entierro, Teresa decidió que su hijo se fuera a Italia para vivir con la hermana de su padre una larga temporada, así se pasó ocho años de su vida en Verona. Su padre era italiano, así que aceptó enseguida la decisión de su madre para sentirse más cerca de él, ya que este estaba muy orgulloso de sus orígenes.

Durante la comida noto que Dante me miraba con cierta curiosidad, me estaba poniendo nervioso, pero intentaba ignorarlo y seguir comiendo como si nada aunque no podía apartar la mirada de él. Me inquietaba.

Cuando la comida terminó, a mi madre se le ocurrió dar una vuelta para que Dante conociera el barrio y un poco el centro de la ciudad, ya que había pasado muchos años y no recordaba cómo eran las calles. Intenté negarme y quedarme en casa, pero mi madre enseguida me fulminó con la mirada por mi supuesta mala educación, así que no me quedó otra que ir a regañadientes. «Uf, qué mal». Me puse una chaqueta tejana para el frío de la noche y salimos los cuatro para bajar al portal y salir a la calle.

Me sorprendo al ver que Dante es dueño de un Hyundai i10. Abre el coche con el pequeño mando que tiene en las manos y nos invita a entrar haciendo un gesto amable con las manos. Teresa se sienta en el asiento del copiloto al lado de su hijo y yo me siento atrás al lado de mi madre. Nos ponemos el cinturón y arranca el coche con cautela.

Teresa le va indicando por dónde está todo, las calles, las tiendas...

Sin embargo no estaba haciendo caso a las indicaciones de su madre, ya que su mirada estaba clavada en mi presencia. Se quedaba mirándome con tanta intensidad por el retrovisor, y sonriendo de lado divertido que me empezaron a temblar hasta las manos. Así que dirigí la mirada hacia la ventana para calmar aquellos nervios que me producía. Estaba poniéndome histérico, pero mejor ignorarlo y quedarme callado. No quiero líos y menos con Teresa.

—Me alegro mucho de haberte visto en persona, Ángela.

Los miro frunciendo el ceño extrañado y pregunto:

—¿En persona?

Dante y mi madre me miran sonriendo y mi madre responde:

—Sí, a veces Dante y yo hablábamos por videollamada cuando hablaba con su madre. —Los miro sin saber qué decir.

—Ah —respondo sin más. Entramos al portal para empezar a subir las escaleras hasta llegar a nuestra planta y por fin entrar en casa; sin embargo, la despedida se alarga con parloteo entre ellas. Cuando por fin se despiden dándose un abrazo, Dante, que está detrás de Teresa, dobla un poco el cuerpo hacia un lado para guiñarme un ojo sonriendo de lado poniéndome todavía más nervioso. «Pero ¿qué hace?».

Entro en mi casa muerto de los nervios, con esos ojos miel clavados en mi cabeza, sus ojos miel se habían quedado en mi mente, no me los podía sacar.

Entro en el baño para ducharme para luego ponerme el pijama y meterme en la cama a intentar dormir un rato. Pero al cerrar un momento los ojos su mirada vuelve a estar presente en mi cabeza. Estoy enloqueciéndome y acabo de conocerlo.

Me despierto con la camiseta del pijama empapada en sudor y completamente mareado. He pasado una noche horrible, soñando con Dante y sus ojos clavados en mi mente con demasiada vehemencia. Me levanto de la cama para cambiarme de camiseta y salir a desayunar lo que sea que haya en la nevera. Pero huelo a tortitas desde mi habitación, mi madre las hace riquísimas y me estaba dando hambre con solo olerlas.

Cojo una sudadera negra que estaba tirada en la cama y me la empiezo a poner saliendo hacia el salón. Cuando me la pongo del todo, ya en el salón, me choco con esa mirada con la que había estado soñando toda la noche.

—Buenos días —dicen mi madre, Teresa y Dante al mismo tiempo. Lo miro nervioso y contesto intentando no tartamudear.

—Buenos días. —Sonrío disimulando sentándome en la mesa.

—Te traigo un plato —me dice mi madre entrando en la cocina.

—¿Cómo has dormido? —me preguntó Teresa.

—Bien, Tere, gracias —le contesto sonriendo. La mirada de Dante vuelve a estar clavada en mí y ya no solo me tiemblan las manos sino también las piernas. Trago en seco al ver una sonrisa atrevida. Mi respiración se agita al igual que mi corazón, me pongo a mil doscientos enseguida, no puedo con él, me está poniendo histérico.

—Cielo, tu plato —me dice mi madre cuando intento agarrar el plato, pero me temblaban tanto las manos que el plato se cae al suelo rompiéndose en muchos pedazos. Me agacho con rapidez para cogerlo pero me corto la mano con los trozos de porcelana que estaban tirados en el suelo.

—Ay, hijo —dice mi madre en queja al ver la sangre que caía por la herida. Mi madre me pone papel de cocina para frenar con rapidez la hemorragia, pero la sangre teñía el papel más rápido de lo que pensaba.

—Me parece que esa herida necesita puntos —dice Teresa, preocupada al ver que la hemorragia no paraba.

—Yo los llevo —suelta Dante sacando las llaves de su bolsillo. «NOOO». Mi madre me envuelve la mano con un trapo limpio y a toda prisa salimos de casa hacia Urgencias. «Qué día más malo y acaba de empezar».

Sentados en los bancos de Urgencias, mi madre habla con la recepcionista de lo que me había pasado. Dante se encontraba sentado a mi lado con la cabeza apoyada en la pared cruzado de brazos y los ojos cerrados mientras que yo estaba apretando el trapo, menos mal que la hemorragia ya había parado; pero la herida era profunda y me causa mucho dolor.

—Te veía nervioso esta mañana —me dice Dante sin abrir los ojos.

—No, qué va, no —contesto tartamudeando. «Mierda, yo solo me delato». Dante sonríe, abre los ojos y me mira.

—Tranquilo..., no te voy a comer... —dice—. Aún —me dice rozando su mano en mi pierna mirándome con cierta oscuridad. Aparto mi pierna de su caricia con disimulo. Sonriendo vuelve a su posición anterior dejándome hecho un manojo de nervios. Mi madre vuelve, se sienta con nosotros y suspira cansada.

—A esperar.

Capítulo 2

—Pero ¿qué te ha pasado? —me pregunta Camila, sorprendida al verme la venda blanca que envolvía mi mano.

—Se me cayó un plato en casa y me corté con un trazo. — Camila niega con la cabeza mirándome con cierta burla.

—Ay, mi niño torpe —dice divertida mordiéndose el labio inferior. La miro de mala manera y le saco la lengua fingiendo molestia, a lo que se ríe. Me agarra del brazo y caminamos hasta la clase contándome cómo había sido su fin de semana sin apenas respirar. «Es muy única».

Al entrar en clase nos sentamos juntos en la última fila y apoya sus brazos en la mesa para apoyarse encima de ellos y mirarme curiosa.

—Y… ¿cómo es el hijo de Teresa? —La miro dudoso evitando su mirada. «Mucho estaba tardando».

—No está mal, ya sabes… —respondo sin más. Me mira de mala manera y achina los ojos, me quiere matar, lo sé.

—Cristian, tienes que abrirte más a la gente, siempre te lo digo.

—Ya… —digo resoplando.

—Seguro que es buen chico y querrá acercarse a ti.

«Creo que ese es el problema».

—Sí…, algo he intuido —digo irónico.

—Pues venga… —insiste—. Habla con él, queda para ir al cine o tomar algo… Ábrete a la gente —dice Camila abriendo los brazos como si abrirme a la gente se tratara de algo literal.

Camila y yo decidimos estudiar juntos Gestión Administrativa y no sé ni cómo lo conseguimos, pero conseguimos plaza en el mismo instituto. Las horas pasan, las clases aburridas también, cogiendo apuntes y haciendo trabajos con compañeros de clase con los que apenas hablo. En el fondo Camila tenía parte de razón. Tenía que ser más sociable y hablar más con la gente, sin embargo no me salía natural, y optaba por quedarme callado, cosa que a mi amada amiga no le costaba nada.

Camila era una persona muy sociable y parlanchina. Le encantaba hablar con la gente, hacer amigos, hacer planes. Aunque siempre me insistía en que yo también lo hiciera, nunca me obligaba a quedar con sus amigos, sabía que no estaba cómodo con ellos aunque siempre me preguntaba si me apetecía ir.

Al salir de clase me despido de Camila con un fuerte abrazo, a lo que ella me da un cachete en el culo y voy a la parada de bus a esperarlo como todos los días, con la música a todo volumen en los cascos.

Me siento a esperarlo con la mochila pegada a mi cuerpo oyendo la música completamente relajado.

Después de diez minutos esperando al bus, que iba con retraso, un chico de pelo rubio y mal vestido, con un patinete roto por un lado en la mano, se sienta a mi lado y me mira de reojo. No me daba buena espina y me aferro todavía a mi mochila temeroso.

—¿Eres de aquí? —pregunta el chico mirándome con ojos rojos arrastrando la lengua. Lo miro de reojo sin saber que decirle.

—Hmm, no —le contesto dudoso.

—Ya veo. —Se acerca. «Ay, Dios». De golpe agarra la mochila con una mano estrujando la tela. Intento quitarle la mochila de su mano tirando de ella, pero recibo un puñetazo en la mejilla que me tira del asiento golpeando mi brazo derecho contra el suelo con fuerza. El chico sale corriendo con mi mochila en la mano mientras lo veo alejarse tirado en el suelo muerto de dolor. Me intento levantar para ir tras él, pero me duele demasiado el brazo y noto que me sangra la herida de la mano. Saco el teléfono del bolsillo de mi pantalón, donde agradecí haberlo guardado, y llamo a mi madre, que enseguida me lo cogió. «Qué mierda».

—Ay, mi niño. A partir de ahora te recogeré yo todos los días, esto no te volverá a pasar —me dice mi madre sentada en el consultorio del médico. Rodeo los ojos y el médico entra para decirme el resultado de mi radiografía.

—No veo nada roto, así que será un esguince. Le mandaré calmantes para el dolor durante dos semanas, una crema y hielo para el golpe de la cara —dice el médico—. Le cambiaré la venda de la mano, la herida está perfecta, solo se ha saltado un punto pero está cicatrizando muy bien —concluye el médico dándome el informe con la receta para levantarse de la mesa y cambiarme la venda de la mano. «Qué mierda».

Salgo de la consulta con mi madre, que sujeta mis hombros con cuidado de no tocar el cabestrillo que el médico me había puesto. Dante, al vernos, se levanta con rapidez del asiento y enseguida pregunta llegando una mano a mi otro hombro.

—¿Qué le ha dicho el médico? —Mi madre le explica despacio y con detalle todo lo que el médico nos ha dicho, entregándole el informe y las recetas. Enseguida lo lee con paciencia y me mira de reojo con cierta ¿preocupación?

Al llegar a casa de la comisaría me siento en el sofá completamente adolorido. El cabestrillo es sumamente incómodo pero me lo tengo que poner hasta que pueda mover el brazo. Estoy fastidiado y ya me lo quiero quitar pero es lo que hay y me tengo que joder.

Mi madre le cuenta a Teresa lo que me ha pasado mientras que Dante se sienta a mi lado con cuidado de no hacerme daño. Al girar la cabeza disimulando, mis ojos se encuentran con los suyos entrando en un pequeño trance del que quiero salir, pero me tienen atrapado con su intensa mirada, no puedo salir de ese bucle. Están siendo segundos pero me están pareciendo horas.

—A partir de ahora, jovencito, te voy a buscar al instituto todos los días, esto no te volverá a pasar —dice mi madre llevándome a la realidad mirándola. Resoplo enérgico. «Lo que me faltaba». Adoraba a mi madre pero eso me daría mucha vergüenza.

—Mamá, porque me hayan robado hoy no significa que me vayan a robar todos los días —le digo intentando mantener la calma—. Además, llevo desde Primero yendo y viniendo solo, ya estoy grande para que vayas a por mí. —Mi madre me fulmina con la mirada y se cruza de brazos con enfado.

—Cristian… —Pero Dante la interrumpe.

—Puedo recogerlo yo, Ángela —dice encogiéndose de hombros despreocupado. Lo miro sorprendido sin saber qué decir. Siento una punzada en el brazo y me quejo del dolor. «No, joder, no».

—Dante, cielo, ¿me harías ese favor? —Mi madre le sonríe agradecida con el enfado desaparecido. «No, no, no».

—Sí, claro. Lo recogeré todos los días en coche, no tengo problema, Ángela —dice Dante sonriendo con seguridad, levantándose del sofá para acercarse a mi madre—. Conmigo estará seguro. —«NO, NO, NO».

—Ay, gracias, Dante, de verdad —dice mi madre más aliviada—. Favor que me haces, cielo, ya que el señorito no quiere que lo vaya a buscar yo. —Rodeo los ojos y me hundo en el sofá soltando el aire. De mi instituto a casa hay una hora de camino.

«Voy a morir en agonía hasta final de curso. Qué mierda…».

No quería levantarme al día siguiente para ir al instituto, no me apetecía nada ir; sin embargo ahí estaba. Todo el mundo preguntándome qué me había pasado al verme con el cabestrillo, no me gusta que me estén preguntando pero igual intento ser simpático al recordar las palabras de Camila. Qué pereza más grande me está dando la vida.

Dante cada vez me pone más histérico, me corto la mano y para colmo me roban lesionándome el brazo. O alguien me ha echado un mal de ojo o no estoy entendiendo nada. Qué mal todo.

Camila entra a clase apartando a la gente de la mala manera, hasta llegar a mí para, mirándome preocupada:

—A nadie le gustaría que lo estén molestando en su estado, así que aire —dice. A mí que le gente empieza a sentarse en su silla mirándola de manera y hablando por lo bajo, pero a Camila eso le resbala, esa era un de las cosas que me gustaban de ella, se llevaban bien con la gente pero le daba igual su opinión—. Cariño, menuda semanita llevas —me dice riéndose, y la miro de mala manera.

—No le veo la gracia, Dante me recogerá todos los días, mi madre no quiere que vaya solo a casa.

Camila suelta una carcajada burlona y me dice cuando consigue calmarse:

—Madre mía, Cris, menudas semanitas llevarás a su lado. Con el amor que le tienes —dice irónica.

La fulmino con la mirada ante su sonrisa y le respondo:

—Repito, no le veo la gracia. Me pone nervioso. —Camila me acaricia la espalda con cariño mirándome a los ojos.

—Pero díselo a tu madre, merluzo.

Niego con la cabeza y le respondo:

—Si no venía Dante venía ella. Si viene mi madre, sería el hazmerreír, pero es que Dante me pone histérico… —Respiro hondo y miro a Camila en súplica—. Camila, si me quieres mátame, no me hagas sufrir así —le digo dramatizando, Camila me mira riéndose con sutileza

—No me des ideas; vete, anda. —Ambos reímos divertidos de la situación y nos acomodamos en los asientos en lo que entra el profesor, y las clases empiezan como todos los días.

Al terminar las clases me despido como todos los días de Camila y empiezo a caminar al reconocer el coche de Dante aparcado frente a al instituto. «Fuerza, Cristian, que tú puedes». Me dio ánimos cuando llego a la puerta del coche. Al entrar al coche intenté ponerme el cinturón pero con el cabestrillo no puedo. Dante, al ver que no podía, me agarra la mano y se estira pegando su cuerpo al mío para agarrar el cinturón. Retengo el aire sin darme cuenta hasta que consigue ponerlo y se acomoda en su asiento.

—Gracias —le digo avergonzado, no puedo con su presencia, me... intimida.

—De nada —me responde sonriendo y echándome una mirada que me hace tiritar. Me aferro a mi mochila y miro por la ventana del coche evitando su mirada.

Todo el camino está siendo incómodo y no consigo tranquilizarme. Dante me mira de reojo con frecuencia y yo lo miro a él de la misma manera haciendo que nuestras miradas se encuentren de vez en cuando, provocando más nervios en mí y una sonrisa en él. La situación le parece divertida; sin embargo, yo estoy deseando llegar a casa y tirarme a la cama a hablar con Camila, aunque queda mucho camino.

—Te pones nervioso cada vez que estás conmigo. —El corazón me late deprisa

—No —logro decir con rapidez casi en un susurro.

—¿No qué? ¿No te pones nervioso…? ¿O no te pones? —dice divertido sonriendo con picardía.

—¿Ponerme? ¿El qué? —pregunto. No conseguía entender nada, no conseguía seguirle la broma. ¿Era broma?

Me mira, se ríe y pasa un dedo por mi cuello muy sutil provocándome una ligera cosquilla haciendo que me encoja de hombros sonrojándome.

—Déjalo, cariño —me dice. Me hundo en el asiento apretando la mochila con mis manos mirando otra vez por la ventana ¿Qué le pasa? ¿Por qué dice esas cosas? Dante sonríe con cierto misterio para luego limitarse a conducir en silencio fijando la mirada en la carretera.

Al llegar espero que Dante aparque el coche en la puerta del edificio y salgo del coche con rapidez para ir corriendo al portal, con la mochila en la mano. No lo esperé para subir, no quería subir las escaleras con él.

Llego a mi casa y entro en ella como si fuera la torre de seguridad de mi castillo, donde la bestia me estaba acechando fuera para devorarme. ¿Esto será así todos los días? No podré aguantar, me dará un ataque.

—Hijo, ¿qué haces hayahí? —me dice mi madre extrañada al verme apoyado en la puerta con la mochila aferrada a mi pecho.

—¿Eh? Es que he tenido un día complicado, mamá —respondo agitado—. Ya quería llegar a casa. —Le sonrío disimulando y me acerco para darle un beso en la mejilla

—Ay, mi niño… —me dice mi madre acariciándome el pelo—. Bueno, deja tus cosas en tu habitación que vamos a comer. —Entro en mi habitación y dejo la mochila en la cama para mirarme las manos. Me había aferrado tanto a ella que tenía las manos y los antebrazos marcados de la costuras de la mochila, había sido mi salvavidas.

—¿Qué tal con Dante? —pregunta mi madre cuando salgo de la habitación.

—Bien, es majo —respondo sin más. Mi madre me pone el plato en la mesa sonriéndome cariñosa y se sienta frente a mí para empezar a comer conmigo.

—Me alegro, cielo. A Teresa y a mí nos gustaría que se hicieran amigos, que sean más cercanos, más íntimos —me dice mi madre ilusionada. «Ay, mi madre, me siento como en un túnel sin ver la luz».

—Mamá, pero nos conocemos hace unos días, ya sabes cómo soy —dice encogiéndose de hombros.

—Bueno, cariño, te traerá todos los días. Acabarán teniendo relación. Dante es muy buen chico y seguro que hacéis migas. —Nuestras madres quieren que seamos amigos pero el tema es: cómo voy a ser su amigo si cada vez que estoy con él me quiero morir. Eso no es amistad. «QUÉ MIERDA».

Capítulo 3

Hace una semana que Dante me recogía del instituto y todavía me pone el corazón a mil doscientos, no me hago a su presencia intimidante. Todos los días se dedica a lanzarme miradas extrañas recorriendo mi cuerpo, provocando que mis mejillas se sonrojen de la vergüenza. «¿Qué mira tanto?». En ocasiones después de mirarme de reojo susurraba alguna que otra palabra que a veces conseguía entender y me desconcertaba más aún.

«Dios…, qué difícil se me hará».

«Madre mía, no podré…».

¿No podrá el qué?

Estira la mano e intenta acariciarme con la punta de sus dedos la piel del cuello que quedaba expuesta aprovechando que estaba distraído con el paisaje de la ventana. Pero al notar cómo se me eriza la piel con cada caricia suya me apartaba provocando risas silenciosas en él.

Es sentarme en el asiento y aferrarme como si me fuera a proteger.

—Hola, guapo —dice cuando entro al coche con una sonrisa de oreja a oreja.

—Hola —le respondo evitando cruzar mi mirada con la suya hundiéndome en el asiento del copiloto, cruzado de brazos mirando por la ventana. Arranca el coche y me sorprendo al ver que esta vez sus ojos se quedan puestos en la carretera. Se frota la barbilla y me mira de reojo, pero esta vez su mirada es diferente. Me mira y sonríe de lado soltando el aire para decirme con voz cálida y despacio:

—Cristian, ¿sales con alguien? ¿Alguien te gusta? —Lo miro y frunzo el ceño sorprendido. «Nunca me ha besado nadie, no siento nada por nadie».

—No —le respondo abrazando fuerte la mochila con mi único brazo sano. Asiente convencido y gira el volante poco a poco hasta parar el coche a un lado de la carretera. Me fija la mirada con dulzura y me pregunta:

—¿Y por qué me rechazas? —me dice subiendo su dedo por mi brazo con suavidad. La piel se me eriza y aparto el brazo con suavidad un poco incómodo por su actitud. Se quita el cinturón, vuelve a sonreír y me agarra de la muñeca con delicadeza para atraerme hacia él despacio, quedando ambos frente a frente. Siento su respiración cerca de mi rostro y el corazón se va a salir por la boca de lo rápido que me palpita. Pasa sus ojos por cada centímetro de mi rostro y se lame el labio inferior probando una punzada en mi estómago.

—Me gustas mucho cariño —me dice murmurando. Mi respiración se acelera, y mis manos empiezan a temblar, no puedo moverme—. Eres tan dulce y sexi a la vez… —susurra—. Eres una belleza y me muero por tener algo contigo —me dice mordiéndose el labio mirando mis labios con descaro—. Espero que me des esa oportunidad.

La boca se me seca y no puedo decir ni una palabra. ¿Cómo le podría gustar a alguien como él? ¿Yo? No sabía qué decirle.

El resto del camino había sido incómodo, sobre todo para mí. Dante clavó la mirada en la carretera en completo silencio mientras que yo me seguía preguntando qué había podido ver en mí una persona como Dante. ¿Que tenía yo de especial?

Al llegar a casa todavía pienso una y otra vez en sus palabras. No sabía si me incomodaba o me sentía halagado por todo lo que me ha dicho. Y hasta que no supiera lo que sentía al respecto, era mejor intentar que mi madre me deje venir solo otra vez en transporte público. Dejé la mochila en mi habitación y me senté en la cama para intentar aclarar mis ideas, pero mi mente daba mil vueltas. Sus palabras retumbaban en mi cabeza sin cesar. En otras ocasiones me habían dicho que sentían algo por mí, pero siempre le resté importancia, ya que nunca había mostrado ningún interés por nadie. Sin embargo con Dante ha sido diferente, me mostraba nervioso y no dejaba de pensar en él.

Salgo de mi habitación con una falsa sonrisa y me siento en la mesa para empezar a comer lo más cómodo que puedo, respirando hondo, y lo digo sin pensar demasiado.

—Mamá. ¿A partir de mañana podría venir solo a casa? Digo, el brazo me duele cada vez menos y la herida de la mano se me ha curado ya. Podría volver solo a casa, no me pasará nada. —Mi madre me mira suspirando y deja el tenedor lleno de comida en el plato y me dice.

—No, Cristian. Dante te traerá todos los días a casa, me siento más tranquila. Además quedamos en que te traería el resto de curso. —«Joder…».

—Mamá, voy a estar bien. —Mi madre niega con la cabeza desaprobando lo que le estaba diciendo—. Los jóvenes de ahora se creen indestructibles —dice colocando sus manos en la cintura—. No, Cristian… ¿O has discutido con Dante? —«Ay, Dios», no quiero contarle nada y muero si se entera de algo. Pero mi madre me clava su mirada y respondo con rapidez.

—No, mamá, qué va, con Dante todo está perfecto. Lo decía porque me encontraba mejor, además no quiero que se moleste al conducir una hora en ir a por mí… —le digo en un tono calmado o al menos lo intento.

—Cariño, lo hago por tu bien. Con Dante estás más seguro y yo más tranquila. Además no creo que le moleste —dice mi madre levantando los platos después de haber terminado de comer—. Además esto servirá para conoceros mejor —concluye mi madre con una sonrisa ilusa.

No consigo alejarme de Dante y me voy a volver loco. En tan solo pensar que Dante se podría acercar a mí, me temblaban las manos «¿Qué haré mañana? Me sentaré detrás de él hasta que consiga estar cómodo a su lado». Me meto en mi habitación para hacer trabajos que tenía pendientes del instituto y tener la mente ocupada. No pensar en Dante es mi objetivo para hoy y mañana ya se verá.

Después de una hora y media por fin terminé con los trabajos que no había entregado en clase y cojo el móvil viendo que tenía mensajes de Camila, que me hablaba para ayudarla con sus trabajos. Sin embargo me extrañó al ver un mensaje de un teléfono desconocido.

68062137:

Hola, cariño, soy Dante.

Me quedé paralizado al ver su mensaje. ¿Cómo había conseguido mi número?

CRISTIAN:

Hola…

¿Cómo has conseguido mi número?

68062137:

Qué educado eres, ¿eh…?

CRISTIAN:

Yo no te lo he dado.

68062137:

Me lo dio mi madre, cariño, podemos hablar cuando queramos.

Trago saliva como puedo pues se me ha formado un nudo en la garganta. Me cuesta respirar, me levanto y empiezo a caminar por toda la habitación, respiro profundo e intento calmarme pero mi teléfono vuelve a sonar.

68062137:

No me ignores, por favor.

Leo su mensaje y vuelvo a respirar profundo.

68062137:

Cris, si no me contestas estoy dispuesto a ir a verte.

CRISTIAN:

Dante, no...

68062137:

Cariño, solo quiero hablar contigo.

Guárdame, por favor.

Mañana iré por ti.

Decido no guardarlo, he intentado bloquearlo pero no puedo, no sé por qué no lo hago.

Me meto en la ducha como puedo y abro la llave del agua caliente para intentar relajarme.

Mi corazón ha estado a cien pulsaciones y cada vez que pienso en él, a más de mil.

Ya más calmado salgo de la ducha, me pongo una bata y al salir del baño me meto en mi habitación corriendo por el frío, pero al oír a mi madre hablar con alguien me quedo en la puerta aunque esté empapado. Pero el frío que tengo puede más y entro restándole importancia. Me pongo el pijama como puedo por el cabestrillo, y salgo de la habitación arrastrando los pies con las pantuflas negras, pero pierdo el equilibrio y me resbalo cayendo de bruces al suelo sobre el brazo bueno al ver que era Dante quien hablaba con mi madre.

—Cristian, Dios mío — dice mi madre exaltada ayudándome a levantarme.

—¿Te encuentras bien? ¿Te has hecho daño? —me pregunta Dante acercándose hacia mí.

—Sí —respondo mirando al suelo sacudiendo mis pantalones avergonzado.

—Cris, cielo, tienes que tener más cuidado con tu brazo —dice mi madre sacudiendo mis hombros—. Ahora que está mejor volverás a hacerte daño —dice mi madre divertida—. Mira, cielo. Dante te ha traído un trozo de pastel de chocolate de Teresa —dice mi madre dándome un pequeño plato de porcelana.

—Mi madre dice que te encanta el chocolate. Es muy buena cocinera —dice sonriendo con orgullo dejando el plato en la mesa del comedor.

En la habitación se escucha el sonidito del busca de mi madre del trabajo, a lo que ella maldice y sale corriendo a cogerlo. Dante mira de lado y disimulando se rasca la barbilla acercándose a mí haciendo que dé dos pasos hacia atrás.

—Está muy bueno —susurra seductor haciendo que el cuerpo me vibre sutilmente por un segundo. Mi madre sale de la habitación con el busca en la mano girando los ojos.

—Es mi día libre y no pienso ir —se queja mi madre guardando el teléfono en el bolsillo.

—Gajes de ser enfermera —dice Dante, a lo que mi madre se ríe—. Mi madre también se queja mucho —sigue haciendo que mi madre niegue suspirando.

—Bueno, cielo, dale un mordisco al pastel. Dante ha sido muy amable al traerlo.

—Gracias, Dante —digo cogiendo el trozo de pastel con la mano para llevármelo a la boca, sintiendo su mirada mientras que al mismo tiempo mantiene una conversación con mi madre. El pastel de Teresa me encanta, pero ahora mismo no me entra ni un vaso de agua si este hombre me sigue mirando de esa manera.

«Me está volviendo loco».

—Lo terminaré viendo una peli, gracias —concluyo intentando no tartamudear de los nervios sonriendo.

—Pero cariño, Dante está en casa y se quedará a cenar. Que a Teresa la han pasado a la noche y está solo —dice mi madre hablando con rapidez y dirigiéndose a la cocina—. A ver si encuentran una plaza para mí también —concluye entrando en ella. «¿Cómo?».

—Déjame que te ayude, Ángela —dice Dante rozando su cuerpo con el mío para entrar en la cocina con mi madre. Yo todavía con el trozo de pastel en la mano me muevo incómodo ante su contacto y dejo el trozo en el platito que seguía en la mesa para entrar en la cocina a paso ligero.

—¿Has pedido la plaza de noche en el hospital? —le pregunto apenas entro en la cocina apoyándome en la puerta.

—Sí, cariño, cobró más por el plus de nocturnidad. Además las guardias de enfermería son más tranquilas por la noche —me responde dándole los cubiertos a Dante, que pone la mesa por supuesto sin apartar sus preguntas ojos miel de mí.

—Ya..., si eso es bueno —logro decir suspirando e intentando no mirarlo pero no puedo evitarlo.

—Igualmente, cariño, no estarás solo —me dice sonriéndome con ilusión saliendo de la cocina.

Dante ya había acabado de poner la mesa y nos sentamos en la mesa para empezar a comer.

—¿Cómo que no me quedaré solo? —le pregunto a mi madre, curioso.

—Que si me dan la plaza a mí también de noche, Dante vendrá a dormir aquí para que se hagan compañía por la noche. —Se me hiela la sangre en ese momento y no soy capaz de reaccionar. «Dante… Dormir. ¿QUÉ?».