Inspiración zen… Send - Marcos Victorica - E-Book

Inspiración zen… Send E-Book

Marcos Victorica

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Un día se hizo la luz, o todo se oscureció. Las palabras brotaban desbocadas e incontrolables sobre el papel. Entonces me di cuenta de que no había inventado al personaje, sino que yo era su instrumento. Un soplo gélido me envolvió, paralizado por el temor, confundido y avergonzado. Mi mente oscilaba entre la negación y la humillación. De escritor de ficción a taquígrafo es una caída demasiado abrupta, aun para el ego mejor entrenado.  Esa es la verdadera historia de este libro. No sé si Elmer alguna vez existió como ser humano, si su espíritu es varón o mujer, o simplemente no tiene sexo. Tampoco puedo saber si es un ser individual o una energía del universo que necesitaba un canal para bajar sus mensajes. Mucho menos puedo saber si estos son sus últimos cuentos y si volverá a usarme como interfase.  Santa Marta fue testigo de la resurrección de su hermano Lázaro. Walt Disney pidió ser congelado para estar en la pole position la próxima vez que suene "Levántate y anda". Quizá mañana, caminando por el Aventura Mall, de Miami, me cruce con alguien y me diga: "Hola, yo soy Elmer".

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Seitenzahl: 231

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Inspiración zen... Send

Inspiración zen... SendMensajes del futuro

Marcos Victorica

Índice de contenido
Portadilla
Legales
Prólogo de Fabiana Daversa
Introducción
Parte I. Así en la Tierra...
Auf Wiedersehen Deutschland
A mi padre, que me dio dos madres
El amor eterno que nunca existió
Violación de domicilio
Memorias de un feto
El amigo menos pensado
Las puertas de la trascendencia
Pobres ricos y ricos pobres
Hasta aquí llegó mi amor
Parte II ... como en el Cielo
El planeta des-almado
Confesiones póstumas
La sociedad de los espejos rotos
Modelo Papa Doc. La economía del poder
Diego, el mago del pueblo. De Villa Fiorito a las estrellas
De Goldfinger a Goldwing
Diego, el mago de todos. La Mano de Dios y los caretas
Acuario, la era postsexual
Chau, Silvio, te llevás una parte de mi corazón
El ocaso del temor a Dios
Cuando un amigo se va
Homo malcriadus
Los contratos ocultos. De Al Capone al Covid
Parte III. Los milagros que no vemos
Diálogo entre la mariposa y el árbol (fábula)
Tecnología de punta. Del brainstorming al soulstorming
Un mundo fantástico
La fusión de la magia y la ciencia
Epílogo

Victorica, Marcos

Inspiración zen... Send : mensajes del futuro / Marcos Victorica. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Deldragón, 2022.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga ISBN 978-987-8322-38-4

1. Narrativa Argentina. 2. Cuentos de Ciencia Ficción. 3. Metafísica. I. Título.

CDD A863

Diseño de interior: Celina Laura Restelli

Diseño y armado de cubierta: Karina López Hartmann

© 2022, Marcos Victorica

Derechos de edición en castellano

reservados para todo el mundo.

© 2022, Ediciones Deldragón

Grupo Editorial Deldragón

[email protected]

www.edicionesdeldragon.com

Digitalización: Proyecto451

ISBN edición digital (ePub): 978-987-8322-38-4

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin permiso previo del editor.

PRÓLOGO

El escritor turco Orhan Pamuk, ganador del Premio Nobel de Literatura 2006, en su obra Estambul sostiene que el misterio del nombre nos asocia involuntariamente con una extraña comunidad que lo porta y que posee afinidades que nada tienen que ver con el carácter o la educación recibida o con el tiempo histórico en el que vivieron sus portantes, sino con el signo cifrado por una combinatoria de letras y números que les otorgan una convergencia, una vibración y, quizás, un designio común.

El evangelista Marcos, discípulo de Pedro y compañero de ruta de San Pablo apóstol, fue autor del más corto de los cuatro libros del Nuevo Testamento. Dicen los estudiosos del tema que es el más preciso en cuanto a localizaciones y detalles de época, razón por la cual lo llamaron El Taquígrafo. Patrono de los notarios y escribanos, contrariamente a lo que creen muchos, Marcos no conoció a Jesús, pero cambió la manera de ver lo sagrado. Los Marcos parecen ser buenos para los números y las letras. El evangelista cuidaba de las cuentas de su amigo Pablo y, en los ratos libres, escribía sobre el cambio de paradigma de una época. Victorica, el nuestro, crea negocios y cuentos que, de manera sorprendente, dos mil años después, también hablan de cambios de paradigma.

Unir Cielo y Tierra fue el eje que lo inspiró a contar experiencias en la piel de Elmer, protagonista que logra entrevistar a Churchill, John Lennon y Maradona, recabando historias de ambos mundos.

Original y a tiempo (lo contrario del destiempo), el autor propone un recorrido por grandes temas de nuestra época: la globalización de la información, en el cuento “La sociedad de los espejos rotos”; la crisis de los valores occidentales, en “Homo malcriadus”; la banalización de las emociones, en “Planeta des-almado”, todos con un GPS actualizado, ecléctico y espiritual.

Sumergirse en el universo de Elmer, personaje que me recuerda al protagonista de la serie El hombre que volvió de la muerte, del año 1969, protagonizada por Narciso Ibáñez Menta, nos coloca como observadores de un mundo que pide más cambios de conciencia que de tecnología, buenas intenciones antes que grandes inversiones, y un audaz espíritu crítico, que el autor, por cierto, despliega con naturalidad. 

Sin la intención de develar el contenido de este libro, atrevimiento que los lectores no me perdonarían, me veo en el compromiso de adelantarles que en más de un cuento verán reflejados sus propios pensamientos; en otros, se sentirán sorprendidos por el escenario improbable, por los interlocutores de “alta gama” que dialogan con Elmer desde el más allá y transmiten sus puntos de vista sobre temas de la actualidad. Un toque de autobiografía, algo de ciencia ficción, humor elegante y creatividad son los ingredientes de esta obra que ojalá tenga hermanos.

Una tarde de primavera en Buenos Aires, años atrás, hablamos de la concreción de este proyecto. Agradezco al Cielo que haya bajado a la Tierra este libro de la mano de Marcos Victorica. Al final, los sueños son semillas que, cuando caen en terreno fértil, suelen volverse jardín, selva o, quién sabe, un hermoso bosque encantado.

Fabiana Daversa (1)

1- Fabiana Daversa: escritora y novelista. Especialista en oráculos nórdicos y celta. Autora de El gran libro de las runas y La hermandad de las ballenas, entre otros títulos.

INTRODUCCIÓN

Me fui de esta vida hace más de cincuenta años, después de transitar senderos inundados de luces oscuras y sombras brillantes. Como primera generación de inmigrantes judíos alemanes, el comercio y las ciencias exactas pululaban por mi ADN. Terminé obteniendo el título de Ingeniero Mecánico con altas calificaciones.

A medida que el calendario se resbalaba bajo mis pies, las misiones de la vida sin concretar indigestaban mi conciencia. Escondido bajo el alero protector del mañana pensaba “algún día lo haré”, verdadero comodín que cauteriza las deudas del ayer y evapora las responsabilidades del hoy. La vida resulta una experiencia esquizofrénica para un ingeniero como yo, portador de un alma reencarnada varias veces. En mi mundo logarítmico, la razón y el espíritu caminaban en direcciones opuestas. Conclusión: me fui de este mundo con más asignaturas pendientes que tareas completadas.

Mientras viajaba a través de la matriz, atravesando galaxias lejanas que se forman y destruyen en el mismo instante en que se crearon, un ser de luz entró en mi espíritu y me dijo:

—Elmer, es momento de que tomes nuevamente contacto con la Tierra.

—¿Qué sentido tiene mi retorno? —le pregunté.

—Llevar el mensaje que el hombre persiste en olvidar y que lo mantiene encadenado a los límites de la materia —dijo la voz de luz.

Entonces, mi mente comprendió. Era hora de transmitir aquello que había quedado atascado entre el pantano de mis ansiedades y los temores de mi ego.

El desafío era encontrar el canal que difundiera los contenidos. El objeto seleccionado fue el hijo menor de mi vecino, de quince años, en Estación Clara, provincia de Entre Ríos, más precisamente su mano izquierda. Él no sabe qué le está pasando, solo está sorprendido porque repentinamente comenzó a escribir cosas raras. Sus tías viejas y mojigatas lo consideran un milagro. Nadie sospecha que sobre esa mano estoy yo, Elmer, el hijo del rusito de la esquina.

Elegí como género la ficción porque toda ficción es una adaptación escenográfica de la realidad que permite describir lo que la mente no se anima a enfrentar y prefiere desconocer.

—Ya tengo todo organizado —le dije a la voz que no paraba de brillar dentro de mí—. Pero, ¿cuál es la esencia de los contenidos a difundir?

—Son tres —me dijo, y pasó a enumerarlos—: erradicar el pánico al absurdo, aprender a valorar la muerte y comprender que el tiempo es una alucinación de la mente.

—¿Podrías explicarme?

—Claro. Comencemos por el pánico al absurdo: anula la posibilidad de pensar y todo queda encerrado en la jaula de los prejuicios. Como el burro en la noria, mantiene al hombre girando sobre su mismo eje sin posibilidad de escalar a otras dimensiones.

—Es cierto —asentí—, los pensamientos decapitados por el temor al absurdo antes de ver la luz son muchos más de los que logran salir a la superficie.

—El temor a la muerte —agregó de inmediato— es el responsable de promover el terror del que usufructúan por igual las religiones y los falsos profetas. La esperanza de una vida después de la vida es un producto de consumo masivo que se vende a ricos y pobres por igual.

—La muerte es la puerta que abre el paso de un plano a otro —dije—. El terror de pasar al otro mundo comenzó cuando el hombre cayó del Paraíso y olvidó que forma parte del Universo.

—El tiempo, a su vez —me explicó—, es un fantasma creado para huir del vacío que produce la incapacidad para vivir el presente.

Los siguientes cuentos navegan por el absurdo, conviven con la muerte y desintegran el tiempo y el espacio.

Elmer

Parte IAsí en la Tierra...

AUF WIEDERSEHEN DEUTSCHLAND

La Primera Guerra Mundial convirtió a mi padre en hijo único. Sus cuatro hermanos mayores fueron partiendo uno a uno al frente de batalla a defender el honor de la patria. Tengo recuerdos bastante vagos sobre esta historia porque papá nunca hablaba de su infancia. En la familia era un secreto a voces que nadie debía aludir al tema; el sonido de las palabras “guerra”, “catorce” o “batalla” generaba una pesada implosión energética. Nadie quería sumergirse en semejante agujero negro, así que simplemente esos términos –y algunos otros conexos– nunca se acercaban a las cuerdas vocales de mi familia.

Con todo, me las arreglé para convertirme en el arqueólogo de mi propia historia. Para lograrlo, fui aprendiendo a leer los mensajes contenidos en los ojos de mi papá. Su luz se había apagado drenada por los sonidos de las bombas, los vientos de la violencia y el silencio aterrador del hambre. Normalmente los ojos son el puente del hombre con el mundo: el ciego sufre el efecto de un puente fallido transformado en pared, y es así como las barbaries de la guerra evaporaron la policromía de la visión de mi padre. A menudo parecía concentrado en mirar la nada, como una lente cuyo foco está más allá del contorno de los objetos.

Pude reconstruir que la convocatoria a la guerra de mis cuatro tíos no fue simultánea. Como un guion de una obra dramática, las cartas de alistamiento llegaron siempre pocos días después de la medalla en reconocimiento al heroísmo del hijo entregado. Mi abuela, después del enrolamiento de su tercer hijo, cayó víctima de un estado catatónico del cual solo se recuperó para unirse a sus cuatro hijos mayores, en el jardín donde no existen las guerras. Debe haber sido muy duro para mi padre perder en tan poco tiempo a su madre y a todos sus hermanos. De mi abuelo nunca escuché nada. Su figura debe haber sido tan sutil como para que todos los recuerdos lo traspasaran sin dejar rastro de su persona.

La guerra, devastadora lluvia ácida que azotó Europa, fue como una agencia de noticias destinada a difundir esas atrocidades que solo el ser humano es capaz de cometer sobre la faz de la Tierra. Muchas de esas historias nunca vieron la luz, trabadas en la garganta de mi padre. Son invisibles, pero sobreviven como espectros malignos agazapados en el desván del subconsciente. Paria, con su familia fagocitada por la guerra, nombre que se usa para vestir de épica el aquelarre de los odios humanos, solo atinó a subirse al primer barco que salía del puerto de Bremerhaven, su ciudad natal. El relato de su travesía se parece a esos libros rescatados de un incendio con las hojas chamuscadas, otras desaparecidas y muchas ilegibles.

Las semanas que suceden al fin de una guerra representan una experiencia única, imposible de transmitir y mucho menos de explicar. La gente deambula por las calles con la mirada perdida, algunos lloran y gimen, otros simplemente transportan sus cuerpos pero no están dentro de ellos. El único vencedor es la confusión. Nadie sabe qué hacer o adónde dirigirse; algunos buscan encontrarse con sus seres queridos. Muchos simplemente han perdido los sentimientos en el fragor de la batalla. El tiempo deja de moverse, las figuras se desvanecen y las personas vegetan arrancadas de la realidad. No voy a describir ninguna escena concreta por temor a que el tornado de demencia que azotaba la ciudad en esos días se apropie de mis palabras y me arrastre hacia el abismo de la nebulosa infinita. Abandoné los escombros de mi casa, llevando como todo patrimonio las alianzas de oro de mis padres, un reloj que encontré en la muñeca inerte de un soldado y una pulsera que, según mi madre, estaba en la familia desde el reinado de Carlomagno. Nunca supe el nombre del barco que abordé. En la cocina en la que yo trabajaba o en la sala de máquinas que era mi dormitorio, el navío era un NN. A nadie le importaba su nombre. Tampoco me ocupé de averiguar adónde se dirigía. Zarpar me alcanzaba para dejar el horror a mis espaldas. Para salir del infierno todo destino es bueno.

—Pase, abono, boletos. Pase, abono, boletos —me despertó la requisitoria del guarda.

—Deme un minuto —le dije— que lo busco en el portafolio.

Mi uniforme y mi cara de dormido eran la prueba del delito. Y el guarda, para colmo conocido de mi familia, no tardó en deschabarme.

—¡Elmer! —me dijo a los gritos—, ¡otra vez haciéndote la rata! ¿No te da vergüenza, mientras tu viejo labura de sol a sol para que estudies?

De vuelta a mi casa, mientras maquinaba los detalles para contar durante el almuerzo mi jornada de colegio, no dejaba de preguntarme si todo esto fue un sueño, arrullado por la melodía de los durmientes, o si realmente alguna vez escuché esta historia de boca de mi padre.

A MI PADRE, QUE ME DIO DOS MADRES

Mucho antes de saber que me llamaba Elmer descubrí que quien me daba de mamar no era quien me hacía dormir. Para un bebé la existencia pasa por mamar, digerir y dormir. Todo transcurre en un breve ciclo de tres horas donde tiene lugar la pulsión dolorosa del hambre, el arrullo sereno que conduce al sueño y finalmente la interacción sensorial que comienza con la deposición y culmina durante el cambio de pañales. Yo sentía una gran conexión con la persona que me proveía el alimento, pero la seguridad y la paz me la brindaban otras manos.

Me llevó un par de años comprender lo que significaba esa dicotomía que mi olfato y mi lengua me transmitían. La vida era para mí un continuo devenir destinado a dormir, llorar y manejar los hilos de este muñeco, bastante torpe, que rodeaba mi cerebro y delimitaba mi alma.

Cuando fui creciendo, entendí que esa línea continua se llamaba “tiempo”, y su prolongación, “vida”. Pero esas conceptualizaciones estaban muy lejos de los paisajes por donde retozaba mi mente. Mi cerebro solo estaba obsesionado con absorber nutrientes y establecer interconexiones neuronales.

Cuando cumplí tres años comencé a preguntarme por qué había bajado a un hogar tan traumático. Descubrí que mi familia estaba marcada por historias karmáticas que habitualmente no “visten las mesas de otros hogares”.

Mi padre era inmigrante, único sobreviviente, en su familia, de la guerra. Logró guardar sus heridas debajo de la piel. Ni los recuerdos desgarradores de su infancia ni las frustraciones propias del recién llegado lograron borrarle la sonrisa. Su rostro estaba siempre listo para darle la bienvenida a cualquier mirada que se cruzara. La combinación de perseverancia, ética y visión le permitieron sumar al éxito económico una larga lista de amigos. Pobres y ricos, doctores y analfabetos, todos disfrutaban de su compañía. Era una de esas personas que caen bien donde llegan. Un tipo angelado.

Mi madre, hija de inmigrantes, quedó huérfana antes de cumplir veinte años. Era una persona de una nobleza admirable, vocación social y profundas convicciones religiosas, como lo prueba mi existencia en este mundo. Un embarazo a los cuarenta y cinco años hace más de medio siglo auguraba una muerte casi segura para la madre.

La opinión profesional era unánime: “Señora, interrumpa el embarazo, su vida corre peligro”.

A Dios rogando y con el mazo dando. Más allá de su fe, la gestación implicó nueve meses sin levantarse de la cama. En comparación con el encierro por la pandemia de COVID, se asemeja a un viaje al Paraíso. Sin embargo, la historia, desalmada, ya había dibujado surcos indelebles en su personalidad. Las penas y el abandono que la visitaron desde su llegada a este mundo fueron demasiado para la resistencia de su sistema nervioso. Encima cargaba con el karma de la persecución religiosa que ya comenzaba a corroer Europa.

Ese ángel que me dio la vida, a riesgo de la suya propia, no estaba en condiciones de criarme, pese al amor incondicional que me profesaba. Mi desarrollo y maduración requería de otro ángel para arropar mi entrada al mundo. Y ese ángel ya estaba esperándome, con sus alas aún sin desplegar, su tez morena y su tonada norteña.

María había llegado proveniente de los montes tucumanos con sus diecisiete años, su mirada vivaz y su voluntad de progreso. Su familia, de trabajo y sólidos principios, no tardó en tomar contacto con mis padres para asegurarse el cuidado de la jovencita en el deslumbrante mundo de la Capital. La recién llegada fue penetrando en el corazón de la familia. Fruto de ese capullo mágico que teje el Universo entre ciertas almas, mis padres pasaron de ser patrones a tutores. Sus salidas y paseos eran monitoreados con el celo propio de la época para una niña de su edad.

Pocos años antes de mi nacimiento, gracias a que la prosperidad se había hecho paisana con mi padre, la familia había logrado mudarse del campo a la Capital, a un departamento ubicado en Palermo Viejo, como se lo denomina hoy. Julián Álvarez, pasaje Voltaire, Cabrera, calles donde el barrio era el rey. El calor sacaba la gente a la vereda a fresquear en el atardecer y, mate mediante, conversar con los vecinos sobre el noticiario, el último capítulo de la radionovela de El Mundo, o las maravillas de la heladera Siam.

Una vivienda de dos dormitorios con habitación de servicio (noventa y cinco metros cuadrados) era suficiente –pero ajustado– para dos hijas, sus padres y la empleada. No había espacio para más ocupantes. Cartón lleno, sold out. Pero la historia, burlona, tenía preparada una sorpresa. Un día, mi madre fue a visitar al ginecólogo para anunciarle la llegada de la menopausia, dada su avanzada edad.

—Señora, usted está embarazada —fueron las palabras del Dr. Shwanger, del Hospital Alemán, por supuesto.

—¿Doctor, puedo usar el teléfono? —dijo con voz entrecortada mamá.

—Por supuesto, señora.

—Estoy embarazada, ¡esto es un milagro! —otra vez la voz de mamá, ahora entre sollozos—. Si es varón te prometo que lo llamaremos Elmer en recuerdo de tus antepasados.

Ese fue el anuncio oficial de mi regreso a este mundo: ellos no sabían si sería varón, y yo no sabía qué nombre me pondrían.

Mamá era mamá, un amor incondicional pero tumultuoso, épico pero exigente, dulce y violento a la vez. María era todo ternura, la sombra reparadora cuando el sol abrasa, el alero que brinda resguardo de la tormenta.

Cuando yo tenía poco más de un año, María se fue a Tucumán a pasar una temporada con su familia. Día tras día comencé a comer menos, no quería jugar y cada baño, en el catre de rigor, se convirtió en una batalla campal. La situación empeoraba y mis padres llamaron al médico. Después de haberme auscultado concienzudamente, el pediatra dio su diagnóstico:

—Elmer —les dijo— no tiene ninguna afección física o enfermedad. Pero me llama la atención el cuadro que presenta, poco habitual dada su corta edad.

—¿Entonces, qué tiene? —preguntó mi padre intrigado por las palabras del médico.

—Este niño está profundamente triste —sentenció el doctor y agregó—: ¿Hubo alguna conmoción en su casa últimamente?

El silencio se expandió por el consultorio, aunque la respuesta flotaba en el aire.

—Extraña a María —dijo papá con más certeza que sorpresa.

En otra oportunidad, me llevaron a un estudio de fotografía, propiedad de una señora alemana, obvio. A pesar de las morisquetas que intentaba la fotógrafa para extraerme una sonrisa, yo permanecía hierático. Finalmente, mis hermanas, presentes, entendieron lo que pasaba. El estudio quedaba a unas pocas cuadras de la casa, así que la solución demoró los minutos que tomaba recorrerlas de ida y vuelta. Bastó que escuchara la voz de María subiendo la escalera para que mi rostro se iluminara y la sonrisa floreciera en todo su esplendor.

Los años abrieron paso a las décadas. Mi madre fue la tercera en partir de este mundo, después de mi padre y de una de mis hermanas. Jamás olvidaré mi último contacto con ella antes de que la llevaran a la sala de operaciones del Hospital Alemán. A un costado de la cama estaba yo y del otro, María. Las últimas palabras de mamá fueron dirigidas a ella: “Mi Negra, vos siempre has estado al lado mío”.

El Universo siempre prepara los escenarios de acuerdo con el gran teatro que es la vida.

Pasaron veinte años hasta que el gran titiritero puso en el inmenso cucú que marca los tiempos de vida un muñequito con mi cara. Había llegado la hora de desencarnarme. El tango dice que “veinte años no es nada”, pero para mí sesenta años fueron demasiados. Nunca logré soplar esa cantidad de velitas. Donde estoy ahora, donde estaba antes de ir a la Tierra, el tiempo no existe, un minuto es un siglo o un instante, todo simultáneamente. Aquí se despejan las nubes de la edad, las jerarquías y las manifestaciones del ego. Las almas se fusionan; amar al prójimo como a ti mismo aquí deja de ser un mandamiento para convertirse en una descripción. El prójimo forma parte de uno mismo y uno es el prójimo. En consecuencia, la relación con mi madre alcanzó una empatía total.

Por esos dones que la naturaleza distribuye sin dar explicaciones, María poseyó desde joven una sensibilidad extrasensorial superior. A veces los diálogos que mantenía con mi madre y una de mis hermanas, brujas también, navegaban por el mar de las alucinaciones. Hoy, que ella es la única que sigue en la Tierra, la comunicación entre nosotros se ha vuelto más fluida y profunda, como solo puede tener una bruja con sus almas paralelas.

Un día escuché: “Elmer, Elmer”. Me llamaban dos voces, una desde la Tierra y otra desde el Universo.

—Te queremos contar una historia que es tiempo que conozcas —dijo María desde su cama, mientras su cuerpo dormía.

Mamá participaba sin hablar, inundando con su luz las ondas mentales que canalizaban el mensaje.

—Un día, ni bien llegaste del sanatorio, recién nacido —recordó María—, tu papá me llevó al patio y me dijo: “Mirá, Negra, desde hoy tu única misión en nuestra casa es ocuparte de este bebé. Vos sabés que la vieja ha arriesgado su vida por tenerlo, pero no está en condiciones de criarlo y yo quiero que vos te encargues de hacerlo, desde que se despierta hasta que se duerma estate siempre a su lado”.

Así fue que me enteré de que esa duplicidad filial amorosa que sentía fue el resultado de la decisión de papá para proveerme de una madre adicional que cuidara de mi crecimiento. (2)

2- Puede sonar extraño esto de tener dos madres además de padre. Sin embargo, es más frecuente de lo que parece, aunque a veces se esconda debajo del prejuicio de no llamar “madre” a la que se ocupó de nuestra crianza.

EL AMOR ETERNO QUE NUNCA EXISTIÓ

Chafirete del universo, cronista del más allá y reportero de ánimas célebres, yo, Elmer, también tuve rodillas peladas y ojos amoratados que atestiguaban la coincidencia en tiempo y espacio con algún puño furtivo. Abandoné los pantalones cortos a mitad del siglo pasado cuando todavía el frío sacaba sabañones y las piernas se tornaban carmesí, coloreadas por la avaricia de la columna mercurial. Pocos años habían pasado de la desi­lusión de Papá Noel y de los Reyes Magos. La desaparición del pasto y del agua que dejaba para sus camellos fue para mí evidencia incontestable de su existencia. El misterio del origen de los bebés todavía no había descorrido su velo, aunque el desprestigio de la novela de la cigüeña, pajarraco mentiroso, aceleraba mi ansiedad y aumentaba mi incertidumbre.

Por aquellos tiempos, el destino abría una ventana al Universo que me acompañaría por el resto de mis días. Un pequeño aparato de televisión, marca Admiral, de doce pulgadas, corriente 110 V, importado de Estados Unidos, se hacía presente en la sala de mi hogar. Cisco Kid, ElLlanero Solitario, Furia y Mr. Ed tocaban las puertas de mi fantasía para lanzarme a la aventura de la pubertad. Tom y Jerry, ElPájaro Loco y Popeye, junto con la hora de Huckleberry Hound, sazonaban la escena con humor y superficialidad. Hoy forman parte de las acuarelas que adornan las paredes de los recuerdos olvidados.

Ese era mi mundo cuando apareció ella.

No tengo registro de un hecho o de un día que marcara el momento en que comenzaron a enhebrarse los hilos en el telar de nuestras almas. Mis recuerdos son tan fuertes como difusos. Ella tendría cinco o seis años, algo mayor que yo, cara dulce, mirada vivaz, palabras cortas pero penetrantes y ojos negros almibarados. Una linda nena, no una belleza; las formas pierden sentido frente a los ojos del corazón. Su nombre es cualquiera o todos; cada uno puede elegir cómo bautizar a un amor así. La combinación de letras o sonidos que lo integren dependerá de la era y el espacio donde tenga lugar una confesión como esta.

Era la hermana mayor del vecino de nuestra casa de veraneo. Nos veíamos muy seguido durante las vacaciones y casi todos los fines de semana en el resto del año. Con el tiempo, nuestros ojos se cruzaban cada vez con mayor frecuencia y los sonidos exhalados por uno de nosotros se abrían camino hasta los oídos del otro. Nada explícito, nada declarado, solo un diapasón de frecuencias sutiles que fueron entretejiendo los deseos, sin dejar espacio para consultar a las voluntades. Miradas, sonrisas cómplices y silencios de interpretación ambigua. En los arrabales de mi conciencia fue macerando un amor a la sombra de la luz de la razón.

Pasaron los años, arrullados por los entusiasmos de una niñez empeñada en resistirse a abrir los grifos de la pubertad, pero el tiempo todo lo vence y, como un capullo que se marchita sin florecer, el silencio de la timidez infantil se solidificó formando un muro de autismo sentimental. Imposibilitado de exponer mis sentimientos, fui testigo de la derrota en una batalla que nunca me animé a librar. Sufría en silencio, rodeado por fantasmas que inoculaban mi alma de anemia.

La vi muchas veces en los años siguientes, siempre como vecinito, amigo y hasta compinche, una suerte de síndrome de abstinencia sentimental autoimpuesta por mis propias carencias. Puedo recordar hasta los detalles más nimios e intrascendentes de cada encuentro, siempre marcando surcos en mi corazón.

Una vez, nuestras familias coincidieron en un viaje a las sierras de Tandil. Yo tendría quince años y, obviamente, la “casualidad” siempre me ubicaba en el mismo auto con ella. Puedo recordar sus expresiones ante cada curva, su asombro al descubrir las orquídeas colgantes salvajes y hasta la manera sutil en que solicitaba una parada en la ruta por razones de fuerza mayor.