Isaura - Lorena Salinas - E-Book

Isaura E-Book

Lorena Salinas

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Beschreibung

Tolima (Colombia), 1907. Ramiro Ordóñez es un empresario azucarero que regresa a su país luego de la muerte de su padre. Visita el cafetal La Esperanza, de Artemio Figueras, para cumplir un compromiso asumido por el difunto don Alfonso Ordóñez con una suma de dinero en carácter de préstamo para la cosecha. Allí conocerá a Isaura, la segunda hija de Artemio, que trabaja en el cafetal. La encuentra tan distinta a las mujeres que han pasado por su vida y tan única que lo atrae al instante. Ramiro se ve enredado en una red de mentiras, traición y codicia que intentan alejarlo del amor de su vida, pero, a pesar del tiempo transcurrido y todo el sufrimiento padecido, la pasión que existe entre ellos sigue creciendo y deberá sortear todos los obstáculos que se interponen en el camino. Cuando un sorbo de su piel sea como un buen café con azúcar, que se toma a borbollones, se tomará otra taza aunque se queme los labios

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Seitenzahl: 260

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Salinas, María Lorena

Isaura / María Lorena Salinas. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2022.

238 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-987-817-661-1

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Novelas Románticas. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2022. Salinas, María Lorena

© 2022. Tinta Libre Ediciones

Isaura

Lorena Salinas

Capítulo 1

Hacienda Cafetera La Esperanza, Tolima, Colombia 1907

La polvareda que se arremolinó en la entrada anunció la llegada de la tartana, que se detuvo de forma brusca frente a la escalinata de la hacienda.

Ramiro Ordóñez descendió de un salto, se limpió las botas frotándose una con otra y, con aire altanero, se ajustó la chaqueta para luego levantar la mirada hacia la criada, que lo observaba con la boca abierta ante semejante espectáculo.

—Buenos días, vengo a ver al señor Figueras, ¿puede anunciarme, por favor? Soy Ramiro Ordóñez. —Tomasa dejó la escoba de paja y se limpió las manos en el delantal.

—Pase usté por aquí, don Ordóñez, que enseguida lo anuncio al patrón.

Artemio Figueras ingresó al salón donde lo esperaba Ordóñez y ambos se saludaron con excesiva cordialidad, lo cual extrañó a Tomasa, ya que el patrón era medio arisco para las visitas. Ese hombre no era de por ahí, ni lo había escuchado nombrar. Además, un guapetón de esos, a las damas de la hacienda no se les habría escapado mencionar en sus habituales comidillas

—¡Tomasa!, ¿qué hace ahí con la boca abierta, mujer? Avíseles a la señora y a las niñas que tenemos visita y tráigame algo fresco para ofrecerle al señor, que hace un calor de mil demonios.

—Tome asiento, don Ramiro, lo estaba esperando desde hace un mes. Tengo en mi posesión una carta de su finado padre... Por cierto…, lamento su pérdida.

—Le agradezco sus condolencias, he demorado mi llegada, pues tenía compromisos laborables impostergables en la Argentina, pero ahora he regresado a mi país a hacerme cargo del ingenio que dejó mi padre.

—Por favor, no se diga más. Ahora que ha venido podremos retomar el negocio que nos tenía al pendiente con su padre don Alfonso.

Tomasa ingresó apresurada a la sala de lectura donde la señora Sarah y sus hijas, Dolores y Carmencita, se encontraban abocadas al bordado.

—¿Qué pasa, Tomasa, que vienes tan agitada?

—Señora Sarah, el patrón tiene visita, un guapetón de mil demonios. —Al decir eso, las jóvenes levantaron la mirada y, curiosas, abandonaron el bordado al instante, alisándose nerviosas sus vestidos.

—Está bien, avísale a Isaura que venga a la casa, que de seguro anda jugando en los cafetales con los recolectores.

Tomasa salió corriendo entre los cafetos tanto como le permitían sus grandes caderas.

—¡Niña Isaura!, ¡niña Isaura! ¿Dónde se ha metido la condenaa? —rezongaba la criada.

Isa, como la llamaban en la casa, salió debajo del cafeto a las risas. Toda su blanca dentadura evidenciaba la mugre del resto de su cara.

—¡Ay, mi niña! ¡Su madre la va a matar, vamos a limpiarla, tenemos visitas y no puede presentarse con esas fachas, esa cabellera rubia tan bonita hecha una escoba! ¡Dios me guarde! —Se persignaba mientras se agarraba la cabeza.

—Apúrale, mi niña, a ver cómo la ayudo a acicalarla pa’que esté presentable ante el señor Ordóñez. Ahora con esos pantalones llenos de tierra parece un arriero más.

—¡Ay, Tomasa!, ¿quién es esa visita que necesita tanta preparación? —preguntó enojada y entró corriendo a la casa sacudiéndose el polvo de sus pantalones.

En su carrera, tropezó en los escalones y tiró el macetón de la entrada. Tremendo alboroto distrajo a los señores que hablaban en la sala. Ramiro se levantó de inmediato a socorrer al muchacho, que zapateaba entre la tierra de la maceta.

Don Artemio, que venía detrás, pego el grito.

—¡Isaura! Por Dios, hija, ¿qué haces ahí tirada?

Ramiro giró al escuchar el grito y la vio. Sus miradas se encontraron, y sus ojos verdes por poco la desnudan. Ella se sonrojó, lo cual fue apenas perceptible por la mugre que traía encima.

Le cedió la mano para incorporarse, mientras su padre se lamentaba ante el invitado por las fachas de su segunda hija.

Detrás del enchastre entraba la señora de la casa, roja de furia, era doña Sarah y las otras hijas, muy elegantes, Carmencita y Dolores, que reían ante el espectáculo. Artemio carraspeó al escuchar a sus hijas que inmediatamente se callaron y se acercaron a Ramiro para que su padre haga las presentaciones.

Isaura se metió en la habitación con Tomasa, que nuevamente se persignaba detrás de ella. Ramiro le siguió el recorrido con la mirada, mientras tanto, Sarah le acercaba su mano para saludarlo.

—Sarah querida, él es Ramiro, el hijo del finado don Alfonso Ordóñez. —Ramiro se inclinó como un perfecto caballero al conocer a las tres damas.

Dolores, la mayor, lo observaba de arriba abajo. Tan alto… y tan guapo, sus pensamientos la aturdieron de inmediato. A Carmencita, la más pequeña, poco le importaba de lo que hablaban, pero lo miraba curiosa, ya que no era muy común en la hacienda recibir visitas sin una esquela.

—Señor, sepa disculpar el tremendo desastre de hace un instante, nuestra hija Isaura es así, mi niña, al parecer…incorregible.

—Pierda cuidado, señora Figueras, que yo no me asusto con esas cosas; además, me pareció muy entretenida la situación… duerma tranquila —le respondió Ramiro con una sonrisa.

Tomasa tironeaba los rulos de Isaura, que, de tanto peinarla, devolvía el brillo dorado, mientras ella se lavaba el rostro en la jofaina. Después de vestirse como una dama decente, se apareció en la sala.

Al verla, Ramiro se eyectó del sillón e inclinó su cabeza para saludarla, don Artemio la tomó de la mano y la presentó como su indomable y amada hija Isaura, hasta bromeaba que tenía su mismo carácter. Sarah asentía con la cabeza y se disculpaba otra vez ante el señor Ordóñez.

—Señorita Isaura, es un verdadero placer reconocerla ante semejante transformación. —Le besó su mano embelesado.

Todos rieron salvo ella, que lo fulminó con sus ojos celestes, lanzándole chispas de enojo y procurando disimular ante sus padres; en cambio, Ramiro lo advirtió divertido.

—Disculpe la primera impresión, señor Ordóñez —le respondió Isaura.

—Es la que cuenta —le dijo él—, descuide, que logró impresionarme. —Le sonrió con picardía.

Olvidado el asunto, la charla continuó muy animada y, luego de cumplir con las ceremonias que la cortesía mandaba, los señores se retiraron para hablar sobre temas de negocios.

Capítulo 2

Ingresaron al despacho de Figueras, ambos con un puro en la mano. Era una habitación muy amplia con los techos altos y el escritorio abarrotado de papeles, con apenas un lugar para apoyar las botas con greda.

—Don Figueras, he venido a cumplir con los compromisos que mi padre tenía pendientes. Luego de su muerte estuve revisando sus papeles en nuestra hacienda “La Adela” y estoy al tanto del préstamo que le otorgó y las cuotas que han acordado para que usted pudiera continuar con la cosecha en el cafetal. Encontré, a su vez, el pagaré preparado que indica que el último monto de dinero prometido se demoró ya dos meses… espero que sepa disculpar. Aprendí muy temprano de mi padre don Alfonso que los compromisos asumidos deben honrarse, por lo que he traído conmigo los pesos oro y el pagaré para que firme.

—Don Ordóñez, tome asiento que tenemos que hablar de este asunto en particular que nos ataña. Usted verá que yo tenía ese acuerdo pendiente con su señor padre, Dios lo tenga en la gloria. —Miró hacia arriba y se persignó—. Pero le ha puesto una condición.

Artemio sacó un sobre del cajón del escritorio con el lacre de los Ordóñez y, a simple vista, Ramiro pudo reconocer la letra de su padre.

—Verá usted, don Ramiro, el finado don Alfonso me envió esta carta con las condiciones de nuestra transacción comercial. Me gustaría que la revisara usted mismo. —Y se la entregó para que la leyera.

La Adela, Valle del Cauca, 9 de abril de 1907

Mi estimado Don Artemio Figueras

Esperando que se encuentre bien de salud usted y su familia, le reitero el asunto que nos tiene al pendiente. Tengo presente que hoy en día estaría faltando entregarle la última cuota del dinero que le he prometido en carácter de préstamo para su cosecha.

Luego de mucho pensarlo, he tomado la decisión de hacerle una propuesta que espero su merced tenga a bien considerar. Se trata de un intercambio que podría resultar beneficioso para ambas familias. Es de su conocimiento que ya llevo muchos años de viudez, y la compañía de una mujer podría apaciguar las noches de invierno a este viejo solitario. He visto con buenos ojos a Dolores, su hija mayor, ya en edad casadera, por lo que sería de mi agrado proponerle matrimonio.

Con este acuerdo, usted saldaría la deuda conmigo y ambas partes obtendríamos algo que consideran valioso.

De cualquier forma, yo le estaría entregando el próximo mes la otra parte del dinero y, si usted acepta el compromiso, nuestra cuenta quedaría saldada. Sinceramente y a su entera disposición para arreglar este asunto.

Lo saludo y vaya con Dios.

Alfonso Ordóñez

Ramiro cerró la carta y largó el aire contenido.

—La verdad, señor, que no estaba al tanto de las condiciones que le había sugerido mi padre para otorgarle la última parte del préstamo —sentenció Ramiro.

—Diga usted qué vamos a hacer —exclama Artemio—, sabe que la guerra, que duró más de mil días, nos dejó devastados económicamente. Imagínese que los liberales reclutaron forzosamente a mi gente y otros huyeron para no entrar en el conflicto. Nos tocó ponerle el pecho a la familia y a algunos pocos negros de confianza para lograr llevar adelante la cosecha. Además de hacer las guardias nocturnas para evitar las bandadas de radicales que prendían fuego a todo, como les pasó a los vecinos cafeteros, a quienes han asaltado e incendiado sus cultivos. Con mi mujer y mis niñas sacamos la hacienda adelante como pudimos. Verá usted que las cosechas no han sido buenas los ciclos siguientes. Con el bloqueo y las batallas en el Río Magdalena, no pudimos embarcar el cargamento de café por muchos años. Todo esto se ha hecho un ovillo de deudas que me urgía pagar para salir a flote.

Ramiro se rascaba el mentón y lo miraba pensativo…

—Don Figueras, yo no sé qué decirle, no está en mis planes casarme por el momento —dijo Ramiro.

—Su padre estaba dispuesto a casarse con mi Dolores, y bueno, ya tiene 23 años, no vaya a ser que se nos quede para vestir santos —respondió Artemio—. Mi Isaura, ella ya tiene 20 años, es mi consentida, vio, porque es igualita a mí. Aunque no vaya a creer, trabaja en el campo como cualquiera de la negrada y la pobrecita tiene mi carácter, ella es tan bonita y terca como una mula de las que monta a diario. Carmencita, la pequeña, ella… bueno, es muy pequeña.

—¡Don Figueras!, ¿me parece a mí o usted está haciendo feria con sus tres hijas? Por favor, que no se diga que está tan desesperado.

—Perdóneme que le hable con tan descarada sinceridad, pero le hablo con la misma confianza como si lo tuviera al mismísimo don Alfonso frente a mis ojos.

Ramiro descruzó las piernas y se acercó un poco más al escritorio para que Figueras captara toda su atención.

—Le soy sincero, don Artemio, aquí, en este lugar tan aislado de todos, esas damas no van a tener oportunidades de conocer a ningún pretendiente. Debería… No quisiera inmiscuirme en sus asuntos familiares, pero, si me permite que le dé un consejo de un hombre que ha recorrido el mundo; podría ofrecer una fiesta, por ejemplo. Yo sé que está escaso de finanzas, pero para codearse con lo más alto de la sociedad debe hacer migas con toda esa gente de apellidos ilustres de Cali o Bogotá, o, quién le dice, aquí nomás en Ibagué... Yo podría ayudarlo económicamente a organizar la fiesta. ¿A usted quién le va a decir que no? Si la hacienda La Esperanza es conocida en toda la región, y ni hablar de la familia Figueras, que la gente con la que me he cruzado la tiene en muy alta estima. Es una buena oportunidad para conocer gente influyente, emparentarse y, quien le dice, puede salir un buen negocio. Bueno, lo dejo para que lo piense, me retiro, déjele mis respetos a su señora esposa y a sus hijas, le agradezco todas sus atenciones. —Levantó su mano para saludarlo y comenzó a incorporarse.

—Pero don Ramiro, ya está oscuro afuera, ¿cómo se va a ir ahora, con la cantidad de bandidos que puede encontrarse en el camino? Quédese en nuestra casa, mi amigo, y mañana se va tranquilo al alba si así lo desea. Hágame el honor de invitarlo a cenar.

—No quisiera ser una molestia…

—Faltaba más —le respondió Artemio, y salieron del despacho.

—¡Tomasa!, ponga un plato más en la mesa y me prepara la habitación azul. Me le avisa a la señora que el señor Ordóñez se queda esta noche.

Tomasa asintió con la cabeza y corrió a la sala de lectura para avisarle a la señora Sarah. Entró desaforada, como era costumbre en ella.

—¿¡Otra vez, Tomasa!? ¿Qué son esas formas de entrar? —exclamó la señora Sarah.

—Perdóneme, señora, es que vengo a avisarle que el guapetón Ordóñez será nuestro huésped.

El alboroto que hicieron Dolores y Carmencita se escuchó hasta el salón donde se encontraban los caballeros.

—Disculpe Ordóñez, usted se dará cuenta de que no están acostumbradas a tener visitas, parece que se hubiera metido en un gallinero.

—Pierda cuidado, don Figueras, es bueno saber que mi visita les ha causado algo de emoción. —Se rio.

En el medio del escándalo, Isaura solo atinó a levantar la vista del libro que tenía entre sus manos y a hacer una mueca, pero en el fondo ya leía frases sin sentido, porque la sola idea de imaginarlo sentado a la mesa le había hecho perder la concentración.

—Vamos, niñas, a arreglarnos para que estén presentables para la cena —apuró la madre.

—Sí, hay que emperifollarse para ese guapetón —les dijo la criada.

—Tomasa, por Dios, ¿¡qué es ese vocabulario enfrente de las niñas!?—La criada se tapó la boca y salió corriendo para la cocina.

Mientras tanto, en las habitaciones, se había armado el escándalo.

—¡Tomasa!, ¿el vestido amarillo está planchado? —pregunta doña Sarah

—¡Tomasa!, ¿el broche de carey que me regaló papito dónde está? —gritaba Carmencita.

La pobre negra corría de un lado para otro. Isaura, mientras, observaba a su madre y a sus hermanas atinó a decirles:

—Es tan solo un caballero, ni que fuera el rey de Francia. —Y solo se arregló el peinado ante la insistencia de su madre.

Isaura era tan bonita que no necesitaba nada más, ella era feliz de la manera más sencilla. Era capaz de montarse en una mula, trabajar en el cafetal al igual que los hombres, y con solo ponerse un vestido se convertía en una dama que cualquier hombre podría desear. No necesitaba de adornos ni esmerarse en arreglos.

Cuando llegaron al comedor, los caballeros esperaban frente a la mesa servida. Ramiro se apresuró a retirarle la silla a la señora de la casa para que pudiera acomodarse y aprovechó para agradecerle su hospitalidad. Con una leve inclinación de cabeza saludó a las jóvenes. Ordóñez, con el permiso del dueño de casa, monopolizó la conversación y contó algunas historias del norte argentino, donde había permanecido un tiempo haciendo negocios con una familia de apellido Ledesma.

Las mujeres abrían los ojos, mientras Isaura lo observaba sin pestañar imaginando, en esos relatos, sus aventuras por ese país lejano.

Llegado el postre, Artemio Figueras les comentó que tenía pensado organizar un baile, por lo que le pidió a Sarah y a sus hijas que confeccionaran una lista de todos los vecinos de la hacienda y algunos otros terratenientes de la zona.

El parloteo de las mujeres fue muy gracioso hasta que Figueras las detuvo sugiriendo que lo hablaran en otro momento, ya que ahora tenían un invitado que atender. Luego de la cena, se tomaron un coñac para cerrar la noche.

Durante la charla, que continuó hasta tarde, Isaura, con ansias de saber, lo apabulló con preguntas sobre sus anécdotas, que a Ramiro le parecieron sumamente interesantes y afiladas, ya que no perdía el tiempo en palabras inútiles. A diferencia del trato meloso de sus hermanas, el interés de Isaura por él parecía centrarse más en sus historias que en él mismo y esto lo intrigaba, había quedado embelesado por esa muchacha. Isaura se le presentaba como un misterio por develar. Esa noche culpó al clima que sudara frío y le costara conciliar el sueño, pero cerraba los ojos y veía su boca…

Cantaba el gallo frente a su ventana; cuando se levantó, sintió el aroma a café recién hecho y voces que venían de la cocina. Isaura estaba de espaldas frente a la olla, con Tomasa. Cuando la vio, se detuvo a disfrutar de la escena; vestía pantalones y una camisa, en ese instante sus pensamientos lo condenaron.

—Buenos días, ¿me regalan un tintico bien cargado, por favor? —balbució.

Ambas se sobresaltaron, pero asintieron al unísono y lo invitaron a desayunar.

—Sígame, don Ordóñez, que le sirvo en el comedor —dijo Tomasa.

—No hace falta, ¿puedo sentarme en la cocina? Aquí con el calor del fuego se está mejor—respondió muy cordial.

—Como usté diga, don Ordóñez.

Isaura le sirvió el café y ambos comenzaron a hablar. Le impresionaba el hecho de que con Ramiro podía hablar de una gran variedad de temas, sin medir las formas, y se excusaba cuando se le escapaban improperios no deseables en el lenguaje de una mujer. Aunque a él no parecía molestarle. Y eso a ella la hacía sentir aún más cómoda. Se sorprendió al encontrarse pensando en Ramiro como un caballero atractivo, culto e interesante. Antes de conocerlo, jamás había sentido esas cosquillas en la panza frente a un hombre.

En ese momento, Figueras volvía del campo.

—Lindo día hoy, ¿cómo durmió, don Ordóñez?

—De mil maravillas y sumamente agradecido, señor —expresó mientras recordaba sus dificultades para conciliar el sueño y pensaba que enfrente tenía la causa de su insomnio.

—Enseguida lo acompaño, padre, me distraje con este palique con el señor Ordóñez. ¡Tan viajado…!

—Tranquila, mi hijita, todavía es muy temprano.

Terminado el largo y entretenido desayuno, Ramiro se despidió con la promesa de volver para la tan mentada fiesta.

Esa mañana comenzó la organización del evento que se había definido, se celebraría al mes siguiente. Ordóñez, por supuesto, era el primero en la lista, y luego estaban los Quesada, los Juárez, los Ojeda, los Gaviria, los Mondragón, y hasta los Arizmendi de Cali.

La señora Sarah se sentía ansiosa y entusiasta con la idea, ya que hacía años que no tenían un acontecimiento de esa naturaleza en la casa. Mientras su madre y sus hermanas reían y comentaban la lista de invitados, había demasiado jolgorio en la sala, por lo que Isaura se escapó a ayudar en la cocina.

—Voy a poner a Hortensia Arizmendi en la lista, Dios quiera que pueda venir desde Cali, hace mucho tiempo que no la veo. Dice mamita que va a reservar la posada en Ibagué para los que vienen de lejos —comentó Isaura.

Tomasa, que estaba con el cucharón en la mano revolviendo el arroz atollado, se detuvo al instante al escuchar ese comentario.

—¿A esa casquivana va a invitar usté? Segurito ya le vio la cara a Dios.

—¡Ay, Tomasa, ¿qué dices? si todavía está viva…

—Sí, flor de viva esa condenaa —continuó acotando la criada.

—Claro, pues está en la flor de la edad —respondió Isaura y se marchó sin entender de qué estaba hablando.

Capítulo 3

Ingenio azucarero, hacienda “La Adela”, departamento de Caldas

Luego de un largo y pesado viaje, Ramiro llegó a la hacienda, cansado y con un humor de mil demonios.

—Señor Ordóñez, sea usted bienvenido. Por su cara, puedo ver que está muy cansado; si usted así lo desea, le alcanzo la cena a su habitación y enseguida le preparo el baño.

—Buenas noches, Maruca, es una buena idea, le agradezco.

Después del baño reparador y un rico arroz con frijoles, se tiró en la cama mirando hacia el techo. No quería cerrar los ojos, no quería que sus pensamientos se encontraran con Isaura. Si la volvía a imaginar, pasaría otra noche sin dormir.

Esa mañana montó su alazán y salió a recorrer el campo y la totalidad de la plantación de caña Otahiti. Más tarde se arrimó al trapiche para ver la molienda y la extracción del jugo.

En grandes alambiques, el jugo de la caña se venía destilando para el producto final. Esta vez no solo exportaría azúcar, sino que en unos días saldría el primer cargamento de ron Ordóñez para el mercado interno, y a fin de mes comenzaba a empacar para enviar a la Argentina. Los negocios que había concretado en el país vecino lo tenían ansioso y con demasiada presión para cumplir con todos los compromisos adquiridos.

Volvió al mediodía, muerto de hambre y asoleado, justo a tiempo para que la criada le tuviera listo el almuerzo. Cuando entró a la sala, se encontró con su cuñado: don Enrique Zaldívar. «Otro muerto de hambre», pensó, y sacudió la cabeza para sacarse esas palabras de su mente. Enrique, aunque portaba apellido ilustre, no había duda de que el dinero venía del ventajoso matrimonio con su hermana mayor, Estela.

—¡Qué sorpresa!, no lo esperaba por aquí.

Su cuñado, que estaba sirviéndose otra copa de ron, giró hacia donde estaba Ramiro.

—Le salió bueno este licor —le comentó.

—Es el ron Ordóñez, pronto saldrá a la venta y podrá comprarlo donde usted quiera.

—Usted sabe, cuñadito, que me preguntaba en este mismísimo instante… ¿para qué lo voy a comprar si lo puedo obtener gratis? ¡Somos familia!

A Ramiro se le retorcían las tripas y no justamente de hambre.

—¿Estela dónde está? ¿Acaso no vino con usted?

—Conoce a su hermanita; cada vez que nos venimos para el pueblo, se queda encargando vestidos. Sabe usted que ella gasta demasiado y andamos cortos de pesos oro. A mí no me han salido los negocios, no tengo la suerte de usted.

—Mire, cuñado, lo mío no es suerte, se llama trabajo y esfuerzo, podría hacer el intento —espetó Ramiro haciendo una mueca, pero, luego, pensando que tendría que soportarlo por un tiempo en su casa, prefirió cambiar el tono de la conversación y suavizar la tensión que se había generado—. Venga conmigo, que Maruca nos sirvió el almuerzo en la galería.

Momentos más tarde llegó Estela, con su Jacinta, como solía llamar a su criada de toda la vida, que caminaba tras sus pasos cargada de paquetes y sudorosa. Ramiro salió a ayudarla, pero Maruca se le adelantó. Los hermanos se dieron un largo abrazo. Eran muy unidos y habían pasado ya varios meses desde su último encuentro.

—Ven, siéntate con nosotros que apenas estamos comenzando.

No se habló más de dinero y todo fue más distendido. Estela era el nombre que había elegido su madre, y no podía ser de otra manera; ella irradiaba luz, era una mujer hermosa, llena de simplicidad. Después de disfrutar unas horas de complicidad con ella, Enrique, que había sido dejado a un lado de las conversaciones, se fastidió e insistió en irse, no sin antes asegurarse de llevar los bolsillos llenos.

Para cuando se marcharon, ya había pasado el sol de la siesta. Ramiro descansaba en la balaustrada de la escalinata mientras tiraba al césped las migajas de pan que habían quedado sobre el mantel. No tardaron mucho en acercarse las torcacitas frijoleras y, mientras estas disfrutaban de picotear lo que encontraban, sus pensamientos volaron hasta el cafetal La Esperanza.

Ahora que estaba solo, sin su padre y su hermana, la casa le cabía demasiado grande, tenía ausencia de risas y deseaba una mesa llena de gente. Había disfrutado de esas voces y el ambiente familiar que se respiraba en esa hacienda cafetera.

Renata, la sobrina de Maruca, ayudaba a su tía con los quehaceres de la casa. Una morena menuda y complaciente, de pechos rellenos y andar bamboleante. Ahorita que había regresado el patrón, el trabajo había aumentado, y esto la tenía alborotada. A la tardecita ya andaba revoloteando cerca, no fuera a ser que don Ramiro necesitara de sus huesos para calentarle la cama; esa noche estaba bien dispuesta a limpiarle las botas, ese ritual ya conocido, para meterse en la habitación del patrón.

—Usté sabe, pues, patroncito, que estoy aquí para lo que se le ofrezca —aclaró regalando su compañía.

Él, ni lerdo ni perezoso, se la metió en la cama como tantas otras noches y descargó su deseo cuidando de no eyacular en ella. Ese deseo que ya tenía el nombre de Isaura. Al cerrar los ojos, se abría su mundo con ella, su cabellera dorada y esa boca que le provocaba ansias locas de probar.

Pasaron dos semanas, andaba muy atareado con los últimos detalles de la distribución del ron Ordóñez. Reunió a algunos terratenientes, vecinos y familias con buenos vínculos para una cena y, de esta manera, pudieron catar el mentado néctar de la caña.

La reunión fue todo un éxito, y a partir de esa degustación comenzaron los pedidos y los contactos para la distribución y venta. Si obtenía buen resultado con el mercado interno, se arriesgaría a un envío sustancioso para unos comerciantes poderosos de la Argentina, que ya habían probado unas muestras.

Ramiro Ordóñez, de clase adinerada, “el guapetón”, según lo había bautizado Tomasa, era un morocho alto, de tez morena por el sol y mirada felina, con unos ojos verdes que podían conquistar a cualquier mujer; un hombre de mundo. Trabajaba sin tregua para conseguir lo que quería. Repetía en su mente lo que le había dicho a don Artemio Figueras… «No está en mis planes casarme por el momento». Pero sus pensamientos lujuriosos opinaban lo contrario; ponían a la par sus éxitos comerciales con la loca idea de casarse con Isaura, que lo empezaba a consumir. Qué atractivo desafío sería domar a esa fiera y meterla en su cama, ya no había dudas de que ella se había adueñado de sus pensamientos. «¡Qué frágil soy!», se repetía una y otra vez. Su idea de la fiesta había sido un ancla para volver, la excusa perfecta.

Renata disfrutaba que el patrón anduviese querendón y merodeaba a la nochecita. “Para servirle, bien dispuesta”, le decía ella ilusionada, sin saber que su cuerpo solo servía de consuelo a su patrón para calmar la calentura que le provocaba Isaura.

Ramiro soñaba despierto con toda su anatomía y recreaba la escena del pantalón y su figura bien marcada. El hecho de que fuera distinta, brava y desafiante, lo atraía aún más.

A los pocos días de su llegada, el doctor don Diego Aragón, su amigo, se acercó a visitarlo. Diego venía de Cali, sus familias eran amigas desde siempre, y para Ramiro él era su compañero y confidente. A sabiendas de que Ordóñez había regresado de su viaje, él se había arrimado a La Adela para que le cuente las novedades de su nuevo negocio.

Como las distancias entre las haciendas eran extensas, generalmente las visitas duraban más de un día, por lo que, en sus borracheras nocturnas, luego de extensas chácharas, el nombre de la “indomable” se le escapó en su confesión y le advirtió que no estaba permitido poner el ojo en ella. Diego pudo notar que la voz de Ramiro se cargaba de emoción al nombrarla.

Isaura estaba reservada para él, aunque nadie lo supiese, y Ramiro caía en la cuenta de que sus anhelos ya tenían nombre y que no podría escapar de ese presagio.

Con hambre de volver a verla, envió una esquela a don Figueras, argumentando que llegaría un día antes de la fiesta para ayudar, y con su permiso llevaría a su amigo don Diego Aragón, un médico acaudalado, buen partido para cualquier mujer. Ordóñez le había dejado el dinero para colaborar con los gastos y, por supuesto, para la familia Figueras, Ramiro sería el invitado de honor y se quedaría en la hacienda unos días si su amigo podía quedarse con él durante su estadía.

En la Esperanza todo era un caos, Sarah dictaba órdenes por doquier y los criados corrían de un lado para otro ante la presión de la señora de la casa, que a esa altura ya estaba histérica con los pormenores de tan compleja organización. Su ascendencia inglesa era notable; su fina porcelana, que había abandonado el aparador, se lucía en esta ocasión tan especial. Los jarrones del salón desbordaban de magnolias, que eran sus flores preferidas y la elección de los manjares que hacía dos días se venían preparando. Todo gracias a la colaboración económica de Ordóñez, que había hecho posible este lujoso evento como así también que los invitados que vivían en otras localidades pudieran hospedarse cerca de la hacienda. Ramiro sabía de sobras que, si deseaban codearse con familias influyentes, la fiesta debía ser a todo dar para que luego sea el comentario de toda la región.

Ambos amigos llegaron, como habían anunciado, el día previo a la mentada fiesta. Se sentía el olor a lustre en la galería. Tomasa se arrimó a la entrada y, luego de saludarlos, se dirigió a buscar a su ama, que se encontraba impartiendo las últimas órdenes en la cocina.

—Señora Sarah, ha llegado don Ordóñez y no vino solo, otro guapetón de esos viene con él.

—¿¡Qué dice, Tomasa!?Avísale al señor e invítalos a pasar a la sala, enseguida le digo a las niñas.

—La niña Isaura está en los cafetos; con lo que ha llovido… Está peleando con la mula para llevar los granos al secadero —le comentó la criada.

—¡Esa niña consentida de su padre no aprende que debe comportarse como una dama! Corre a buscarla, acelera… y que se me arregle un poco antes de que la vean las visitas.

Tomasa llegó con el Jesús en la boca, entre el enchastre, sus caderas y la pollera que venía cargando barro, arrastraba su humanidad, y casi sin aliento exclamó:

—¡Dios nos salve y nos pille confesaos! Ha llegado don Ordóñez y su amigo, y usté desencajando la mula del barro. Vaya a emperifollarse, o se va todo al demonio. —Como de costumbre, comenzó a persignarse exageradamente.

En su camino a la sala, Ramiro y Diego se cruzaron con Isaura, que entraba corriendo desde la puerta de atrás para no ser vista, donde estaba la cocina. Al verse sorprendida, se acercó y, avergonzada, solo atinó a inclinar la cabeza. Ordóñez la presentó a su amigo, que sonrió ante el asombro.

—Usted sepa disculpar estas fachas, iré a cambiarme.

—No se preocupe, usted ya me está acostumbrando a estas primeras impresiones —acotó Ramiro y le lanzó una mirada sugerente, como para comérsela a besos.

Enseguida llegó don Artemio con Sarah y los cuatro se sentaron en la sala a conversar. Dolores y Carmencita entraron juntas y se acomodaron el peinado. Ambos caballeros se levantaron a saludar y Dolores dirigió la atención al doctor dejando caer sus pestañas, gesto que él recibió acalorado.

Cuando Isa —como la llamaban— entró en la sala, todos hablaban al mismo tiempo y casi no se dieron cuenta de que ella volvía a saludar, salvo Ramiro, que se puso de pie inmediatamente. La versión de Isaura vestida como una dama también lo enloquecía. Su padre la tomó de la mano y la presentó, esta vez más formalmente. Fue en ese instante que don Diego descubrió porqué su amigo estaba de babas por la rubia Figueras.

Cenaron en la galería, el calor de la noche y los truenos a lo lejos auguraban tormenta, lo que ponía a la señora de la casa con los pelos de punta de solo pensar que el mal clima le arruinaría la fiesta y la llegada de los invitados.

Finalmente, la lluvia se descargó y el agua que corría por la tierra comenzó a formar canales. A esas alturas el camino se había convertido en un lodazal.