Isla de sirenas - Norberto Luis Romero - E-Book

Isla de sirenas E-Book

Norberto Luis Romero

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Beschreibung

Carnal y Serafín son hermanos gemelos, viven en una pequeña isla que en un pasado no muy lejano fue prisión y patíbulo para reos del continente, y donde hubo inexplicables sucesos, desapariciones y alguna muerte violenta. Ambos comparten la casa familiar con sus abuelos, Anselmo, acosado por una demencia senil prematura y cuyo único entretenimiento es ver en la televisión los dibujos animados de Mickey, y Adelina, maestra retirada, mujer de enorme entereza pero que extravía su presunta cordura asistiendo a fraudulentas reuniones espiritistas. Ambientada en los días en los que Rusia lanza al espacio a la perra Laika a bordo del Sputnik II, la acción se desarrolla en una atmósfera sofocante donde los personajes, en razón a extrañas circunstancias, van descubriendo el oscuro pasado que signa a la familia y al resto de los habitantes de la isla, condenados a padecer el infortunio a raíz de un terrible antepasado, el sanguinario verdugo de la cárcel. Carnal, tiene como pasatiempo observar unos insectos necróforos que cria en un terrario y cartearse con su tío Rodrigo, emigrado a Australia años atrás. La rutinaria armonía, el tedio de la casa y un enfermizo cariño que los hermanos se profesan, se trastornan con la llegada a la isla de Nerea, una hermosa joven finlandesa aficionada a coleccionar caracolas y conchas marinas. Incomodo. Así es como parece ser que Romero quiere que te sientas mientras lees su obra, y no son pocos los elementos de los que dispone para conseguirlo, añadiendo a cada ingrediente nuevo un peso extra a una atmósfera ya cargada y dominada por la pesadumbre y las malas sensaciones. Con una prosa magnífica, en una extraña comunión que une la primera y la tercera persona donde los diálogos se juntan con la narración y misteriosamente pese a la sensación de incomodidad que no nos abandona, uno no solo se acostumbra, sino que se deja llevar, Norberto Luis Romero crea con ISLA DE SIRENAS una pequeña pieza fundamental en el teatro grotesco hispano, como contemplar la obra maestra de un embalsamador y esperar, pese a las mutilaciones y rasgos que únicamente la muerte es capaz de crear, a que el cuerpo abra los ojos y nos sonría con tristeza. Carlos Montero Fernández, Autopsias literarias del doctor motosierra Grandísimo escritor de culto, de minorías, que narra de manera exquisita y personal las más grotescas perversiones. Y pese a eso, deja muy buen sabor de boca. Él mismo dice que "el arte es generar tensión y mantenerla de manera creciente a lo largo de toda la narración y hacer que estallen no en los personajes, sino en el alma o la conciencia del lector. Son los lectores los que deben padecer el drama, no los personajes, éstos son meros transmisores". De manera que estructura los acontecimientos a lo largo de la historia, impidiendo apenas que cojamos aire. Laura Martínez, Andén 42 A Norberto Luis Romero le gustan las atmósferas turbias, los espacios asfixiantes, las casas-prisiones, las situaciones límite, el hedor que desprende la ancestral convivencia familiar. Sus personajes -fascinantes, bellos, turbios, crueles, frágiles, desmesurados- aman y odian con la pasión de la desesperación, se mueven en esa antesala mórbida de las relaciones familiares, esa que antecede al lado más oscuro de la familia, al viejo tabú del incesto. Javier Goñi El País, Babelia

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Seitenzahl: 312

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Isla de sirenas

Norberto Luis Romero

 

 

© Noberto Luis Romero, 2002

© de esta edición para:

Literaturas Com Libros 2022

Erres Proyectos Digitales, S.L.U.

Avenida de Menéndez Pelayo 85

28007 Madrid

Diseño de la colección: Benjamín Escalonilla

ISBN: 978-84-124540-8-6

 

 

Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

 

Para Juan Manuel Muñiz

 

1

 

Los hermanos Carnicer se acercan a la casa de la señora Adelina y echan un vistazo a través de la ventana del salón. No del todo convencidos de que haya dejado de emitirse la Hora Disney, corroboran que el televisor está apagado y el abuelo no ocupa la butaca, como siempre a esa hora. Sentada a la pequeña mesa escritorio, de espaldas a la ventana, la silueta de Adelina se perfila agotada: un codo sobre la mesa y la cabeza, extrañamente con el pelo suelto, descansando en un puño. A los pies de esta, de rodillas en el suelo, uno de los nietos hunde la cabeza en su regazo, posiblemente dormido, o llorando. En la radio, el coro del Tabernáculo del Nuevo Templo Dorado suena a todo volumen saturando de grotesco Misticismo a la escena, y los Carnicer, ante el desolador panorama, deciden reemprender camino al faro. No han dejado todavía el jardín de Adelina, cuando oyen la voz del locutor exponiendo, con impostado timbre compungido, las circunstancias de la muerte de la perra Laika, e informa que esta empresa estelar ha causado un enorme revuelo en el mundo de la ciencia. Expresa además, para tranquilidad de los amantes de los perros, que el animal no padeció ni fue consciente de su muerte, pues fue quedándose dormido por la falta de oxígeno, hasta que dejó de latirle el corazón.

¿Y no le dolió nada?, pregunta Inocencio María a su hermana mayor.

No. Murió en paz y sin dolor, como mueren los muertos, le contesta María Iluminada; y acto seguido, mientras avanza saltando a la pata coja, canturrea:

 

Adelina, mea en una esquina;

Serafín, mea en un...

 

Se interrumpe buscando una palabra que rime, y como no da con ninguna, opta por inventársela:

 

...tolín...

 

Y continúa:

 

Carnal, mea en un portal.

 

Horas más tarde, hartos de jugar en el faro abandonado, después de haber revuelto en los exvotos y sustraído algunas velas a la santa —porque a más no se atreven—, acuerdan explorar la costa en busca de restos de imaginarios naufragios. En la cumbre del acantilado, temerariamente sentados en el filo, se asoman al vacío, examinan el fondo de un vistazo y distinguen un extraño bulto sobre las rocas todavía húmedas, a pesar de haberse retirado la pleamar hace unas horas. Aparenta un fardo de tela blanca envuelto a medias con cintas verdosas de ocle. Conocedores al igual que todo el pueblo de la historia de la sirena, después de hacer disparatadas conjeturas, poseídos por una malsana curiosidad y el deseo de encontrarse con una, rodean el faro, se descalzan y descienden por el sendero estrecho y empinado, que les obliga a andar a gatas, reculando, aferrándose a las piedras y a las ramas de los arbustos laterales para no resbalar en la gravilla y precipitarse al vacío.

¿Y qué harán ahora con la pobre perrita?, quiere saber Inocencio María, todavía preocupado por el destino de esta.

Dejarán que se pudra allí arriba, en el cielo, después la enterrarán un una estrella y le pondrán una cruz de alambre, le contesta su hermana mayor, extendiendo los bracitos escuálidos hacia lo alto del cielo.

Junto a la plataforma de la base del faro, donde a pesar de los años todavía pueden encontrarse trozos de las lentes Fresnel y de los espejos entre la grama y las malezas, dejaron sus calcetines deshilachados metidos hechos un bollo en las zapatillas embarradas; y en el suelo, a merced del ardiente sol matutino, sus mascotas ceñidas por una pata a las cañas tacuaras con cordel de bramante, moribundas a causa de los vapuleos y maltratos.

Al acercarse a las rocas, avistan el bulto: un amasijo de tela blanca muy fina, guarnecida de encajes, parcialmente teñida de rojo desvaído, enmarañado con algas y salpicado de detritos. A pocos metros, un ramo de rosas blancas ceñido con un lazo de seda, está milagrosamente intacto. Atónitos, se miran unos a otros, y sin mediar palabra, se dan la vuelta y trepan velozmente, hiriéndose las manos con las piedras y las zarzas que jalonan el sendero. Una vez arriba, olvidando a sus sapos que se achicharran bajo el sol y agonizan amarrados a las cañas, sin tiempo para calzarse, salen corriendo, atraviesan el campo y bordean el viejo cementerio poniendo rumbo a su casa, donde irrumpen atropelladamente minutos después, sofocados, con las caras desencajadas de espanto, sin habla y temblando de pies a cabeza.

Sus ojos nunca fueron tan viejos, ni sus rostros arrugados tan conmovedores y patéticos.

Eloísa, su madre, al oírlos entrar, incorpora el torso del pilón donde lava ropa. Con los brazos desnudos, empapados y cubiertos de espuma, se da la vuelta y los encara, predispuesta a reprenderlos, pues infiere que han hecho alguna trastada de las graves a algún vecino y volverán a darle un disgusto:

¿Qué pasa, ahora?

Los modos y el tono de su voz son severos, pero enseguida se percata del pánico que atenaza a sus hijos, parados allí, clavados como espantajos al suelo en mitad del patio de ladrillos, tiritando, llorosos y llenos de mocos. Conmovida por el aspecto sobrecogedor de los tres vástagos que le dio el destino como inexplicable e inmerecido castigo, mientras se seca las manos en el delantal impecable, alarmada, reitera:

¿Que os pasó?, y escruta con impaciencia las caritas envejecidas, que cree ver más arrugadas que cuando despertaron esa misma mañana, en busca de una actitud, una mirada, cualquier indicio tranquilizador.

Dudan si responderle, temerosos de que no les crea, los llame embusteros y los castigue prohibiéndoles salir a jugar, o a ver la televisión en casa de la señora Adelina, el día que vuelvan a emitir los dibujos. Por fin, a pesar del miedo, María Iluminada se decide a hablar, y con la mirada puesta en el suelo, a escasos centímetros de sus pies cubiertos de barro, apenas con un hilo de voz entrecortada, atina a pronunciar:

En el faro..., al fondo del acantilado...

Al fondo del acantilado, ¿qué?, reclama su madre, llena de desconcierto y sobresalto. En silencio espera una respuesta, con creciente alarma en el corazón: el instinto le dicta que le dirán la verdad; sus lágrimas no son falsas, pues distingue el espanto reflejado en el semblante de sus hijos, y los ve tiritar de pies a cabeza. Dulcifica su actitud y se dirige directamente a la mayor:

¿Qué pasa en el acantilado?, dime.

Acaso porque María Iluminada detecta al vuelo las pacíficas intenciones de su madre, confiada en que no habrá castigo, procura serenarse y concluye:

Que las olas trajeron a otra sirena muerta.

Sí, muerta, como la perrita Laika, murmura apenas su hermano, consternado, sin levantar los ojos del suelo.

 

2

 

Más inquietos que de costumbre, los necróforos corretean, se pasan por encima unos a otros, retroceden, avanzan alocadamente y se dan de bruces con las paredes de cristal del terrario. Son renegridos como una pupila, brillantes como una gema, llenos de oscura vivacidad. Cada tanto se aplacan, se detienen un minuto y se engarzan en la arena como carbunclos vivos, como si meditasen en algo concreto, o bien esperasen que un suceso trascendental produzca un giro radical en su ordinaria y monótona existencia. El instinto les activa ciertas alarmas químicas, fluidos elementales e impulsos eléctricos que señalan la llegada de la temporada de apareamiento y reproducción.

Carnal, insomne a estas horas de la madrugada, ignora si los escarabajos se ponen frenéticos y despliegan esta actividad incontrolable por influencia de las fases lunares o por el clima voluble de la primavera; el caso es que, de pronto, es como si enloquecieran de amor. Salen de los huecos en la arena y vuelven a ponerse en movimiento: trepan por las ramitas que les puso clavadas verticalmente en la arena, y cuando llegan al extremo, descubren entonces que allí arriba se les acaba el mundo, y descienden defraudados. Entran y salen de las madrigueras improvisadas bajo unos trozos de cortezas, se encuentran y se palpan unos a otros con las antenas, buscando la pareja idónea a la que unirse. Es un baile nupcial enardecido, cargado de aromas sensuales, de señales secretas, de códigos incomprensibles que designan acogidas o rechazos. No hay belleza en el galanteo, ni colorido o armonía en sus devaneos amorosos, únicamente una ansiedad desmedida por sobrevivir, tanto que, paradójica y dócilmente, podría conducirlos a la muerte.

Con una media sonrisa, Carnal los observa y se queda extasiado en la extravagancia de sus ritos y costumbres; pero a veces, cuando se aplacan y pegan sus caritas a los vidrios, presiente que son ellos quienes lo observan a él, como si fuera un insecto enorme y monstruoso, fluctuando al otro lado del cristal, donde supuestamente florece la libertad que ellos añoran. Y se llena de inquietud cuando cree o presiente que los necróforos lo miran con fijeza y especulan considerándolo, quizás, un ser insignificante, indigno de existir, a pesar de su gran tamaño.

Los ojos diminutos, casi imperceptibles de estos insectos, proyectan en sus elementales cerebros una imagen distorsionada del rostro de Carnal, en el que apenas distinguen los rasgos humanos y, menos aún detectan el fondo de sus ojos, donde se agolpan recuerdos, dudas, fantasías, éxtasis, temores y padecimientos. Pero estas limitaciones visuales podrían estar compensadas por un sombrío y perspicaz instinto, que les permitiera avistar más allá de las formas y colores, palpar los abismos ocultos del alma, las luces y las sombras que, alternadas, crean bruscos contrastes en el corazón humano.

Mientras Carnal se emboba en ellos siguiendo sus antojadizos derroteros, infiere que nada puede asegurarle que el limitado cerebro de los escarabajos, por primitivo que sea, les impida razonar y enjuiciarlo con pautas semejantes a las de los hombres. Rastreando con un dedo en el cristal los vaivenes, las idas y venidas de los bichos, murmura, acaso dirigiéndose a ellos:

No existe microscopio capaz de escudriñar vuestros cerebros y almas, ni bisturís cuya precisión y finura permita extraer uno a uno vuestros pensamientos y leer en ellos vuestras intenciones más reservadas; por ejemplo: lo que pensáis de mí, de mi hermano, de la abuela, de todo cuanto acontece bajo este techo; o si podéis evadiros a voluntad de vuestros instintos y, consecuentemente, alterar el ritmo de vuestras vidas, o si sois capaces de discernir la felicidad de la desdicha, o si tenéis conciencia de que por el simple hecho de existir, de estar vivos, estáis condenados a morir.

Ahora observándolos desde arriba, sin cristal de por medio, Carnal los considera con la visión de un dios, y reflexiona que existen ciertos enigmas que jamás le serán revelados, que han sido concebidos con la única finalidad de generar angustia e impotencia, y estos sentimientos amargos, ineludibles, confirman la insignificancia de los hombres y les recuerdan constantemente su naturaleza imperfecta, mutilada.

Uno de los necróforos deja de andar, se queda inmóvil, agita únicamente las antenas al aire, con las que olfatea la excitante atmósfera saturada de hormonas. Con el extremo afilado de un palito, Carnal dibuja en la arena un círculo rodeando al insecto, una especie de círculo mágico que lo envuelve, y en voz alta sentencia:

No es fácil hacer que la quimera se precipite a tierra, y cuando así sucede, otra mayormente monstruosa y robusta renace de sus propios restos y vuelve a sobrevolarnos, cargada de acertijos injustos y humillantes, que impunemente desnudan nuestras miserias e insignificancias. Y ensartando al escarabajo en la punta del palo, le pregunta a continuación: ¿Vale más mi vida que la vuestra, por el mero hecho de ser consciente de mi propia existencia y saber, además, que soy un organismo vivo que moriré un día? El insecto, traspasado, se revuelve y sacude las patas. Carnal prosigue: ¿Me hace superior a vosotros mi poder para capturaros y reteneros en este cubo de vidrio, o el hecho de que ignoréis vuestra propia esclavitud hasta el punto de que os permitís el lujo de la felicidad? Únicamente me hace superior a vosotros la conciencia de saberme también un esclavo, cautivo en un terrario similar al vuestro, de enormes proporciones, en cuya arena me entierro, me desplazo, amo y recelo, busco la huida y me doy de bruces contra invisibles muros.

En tanto Carnal habla a los necróforos, arriba, en la alcoba principal, su hermano Serafín lleva horas dando vueltas alrededor de la cama, compartiendo, sin saberlo, el persistente y antiguo insomnio de su hermano. También su alcoba se ha convertido en un terrario, donde es prisionero de sus sentimientos y pasiones, doblemente sometido a estos, porque su mente, un tanto retrasada o inmadura, no responde a la hora de enfrentarlos y se bloquea refugiándose en el interior de una concha impenetrable y opaca.

Carnal deja caer el insecto en la arena. Los demás escarabajos se lanzan sobre él, entre todos lo rodean y lo tocan con las antenas para cerciorarse de su muerte, pero al comprobar que, patas arriba, sigue moviéndose, se desentienden de él y lo abandonan a su suerte.

¡Cómo sois de egoístas y crueles!, es lo último que les dice.

Deja de hablarles, lo distraen los pasos que hacen rechinar el viejo suelo de madera, justo por encima de su cabeza, como un soniquete cuya insistencia monocorde acabará desquiciándolo. Aunque lo intuye, no sabe que su hermano va de un lado a otro de la habitación sollozando, y cada tanto se detiene ante la cama y palpa o acaricia las sábanas —impregnadas de amor y de muerte— sin comprender cabalmente qué ha ocurrido; se asoma a la ventana de continuo, se mueve como un muñeco de cuerda, ensimismado, abatido y sin vislumbrar un resquicio de luz por el que fugarse.

Está así desde la muerte de su novia Nerea.

Y se pregunta: ¿pero pudo considerarse de verdad su novia, o fue únicamente el instinto sexual desatado en ambos que los llevó a convivir y copular como necróforos en celo? Asimismo, Carnal razona lo comprensible de una pena tan prolongada, y aunque se hace cargo del profundo sufrimiento de su hermano, le es imposible solidarizarse plenamente con él.

Procurando distraerse del constante sonido de las pisadas, centra de nuevo su atención en los insectos y les dice, señalando hacia arriba con un dedo:

¿Lo oís?, sufre, es evidente. Pero me es imposible compartir su dolor porque se trata de una vivencia íntima e intransferible cuya magnitud no puede palparse; pero yo quiero ayudarlo, hacer que recupere la alegría perdida, sacarlo del capullo de tristeza que lo inmoviliza y extraer de lo más íntimo de su corazón un par de alas que lo conduzcan a la felicidad. Le asistiré a desplegarlas, y con mi propio aliento les secaré la humedad hasta dejarlas más ligeras que el aire.

Enseguida repara en el escarabajo traspasado, que agoniza boca arriba, y le dice:

Me siento igual que tú. Seguro que puedes comprenderlo; pero aún así, tampoco tú puedes sufrir en mi lugar, ni yo en el tuyo.

Paulatinamente, los necróforos van dejando de moverse, se comportan como si estuvieran atontados, o rendidos por el sueño que Carnal les impide conciliar manteniendo una luz encendida día y noche, a veces enfocada directamente sobre ellos, y se refugian a la sombra de las cortezas, o se entierran en la arena dispuestos también ellos a soñar.

Acodado en la mesa, con la cabeza entre las manos, asomando sus ojos al terrario, continúa diciéndoles:

Serafín volverá a libar de la flor que siempre nutrió su vida. Yo soy esa flor, ahora desposeída; y mi amor es el néctar que lo mantendrá vivo.

Y alzando la cabeza hacia el falso techo, donde los pasos de su amado hermano se deslizan, murmura no sin teatralidad:

Extrae de mí toda la esencia necesaria para sobrevivir, aunque pierda mi vida en ello, pues te lo debo en justa compensación a cuanto te sustraje mientras crecíamos juntos en el vientre de mamá.

Luego deja de prestar atención al terrario, lo cubre con un paño negro, apaga las luces, se arrellana en la butaca —la prefiere a su cama, por ser esta demasiado blanda—, se cubre con una ligera manta, y antes de conciliar un sueño casi siempre quebradizo, reitera:

Estoy dispuesto a todo por salvarte: a marchitarme y secarme entre las piedras hasta volverme polvo, humus, detrito innecesario. Liba hasta agotarme y redimirme; solo así hallaré la paz inmerecida.

Los necróforos, por fin, pueden dormirse.

 

 

Nunca quiso a Nerea, le cayó mal desde que ella apareció en la puerta sonriendo, con su aire ingenuo, interesándose por la habitación en alquiler; y aunque Carnal no lo manifestó con palabras, jamás se molestó en fingir lo contrario. Serafín no lo sabe, ni siquiera lo sospecha: está firmemente convencido de que su hermano estimaba a su novia. Esta, en cambio, rápidamente lo leyó en sus ojos, en el tono esquivo de su voz, en las respuestas lacónicas y los reiterados desplantes, si bien por respeto a Serafín y a la abuela, prefirió no darse por aludida.

Desde la fragilidad del ensueño, Carnal colige que Nerea quiso embaucarlo igual que lo hizo con su hermano y su abuela, si bien sus planes no fueron más allá de conatos que le parecieron patéticos, y jamás fructificaron: un sexto sentido lo puso sobre aviso de su falsedad impidiendo que ella conquistara su corazón, demasiado curtido y vapuleado, a pesar de su aparente candor. Recuerda, o cree recordar, que los ojos y el pelo rubio le trajeron a la memoria a la sirena nada más verla entrar, en el instante en que traspasó la puerta con su minúscula maleta de cartón, y su figura apareció nimbada con el aura exótica de forastera, ante el cual muchos isleños sucumben y se entregan ciegamente, en cuerpo y alma, a sus demandas y caprichos. Una sonrisa irónica se esboza en los labios de Carnal cuando, desde el ensueño, ve a Nerea tan falsa como la sirena encontrada en la playa.

Carnal se adormece; pero solo unos segundos, porque su mente inquieta se activa, lo despierta y le impone proseguir sus razonamientos: Serafín no tuvo derecho a dejarnos huérfanos, agregando más orfandad sobre nosotros, ni a abandonarnos por ella relegando nuestro cariño y canjeándolo por un amor apasionado que, como toda pasión, no tuvo mesura, y cuyo derrumbe no llegó a manifestarse únicamente por falta de tiempo. ¿Cuántos meses más habría resistido sin venirse abajo? ¿Cuatro, cinco, seis? No habría durado mucho.

Vencido, se duerme definitivamente y sueña. Sus visiones son retazos inconexos de imágenes remotas en el tiempo, imágenes siempre hirientes, que le producen bruscos estertores. Cada vez que se convulsiona abre un instante los ojos, y en lo que dura el parpadeo, Carnal mezcla vigilia y sueño, trastoca las visiones, confunde pasado con presente, realidad con deseo.

Con frecuencia, abstraído en la soledad de su cuarto, Carnal se doblega a la tiranía del insomnio y se observa las manos largamente en silencio; se extasía en las formas, en la caligrafía indescifrable de las líneas, en el nacimiento de las uñas; rastrea súbitas alteraciones en la textura, cambios en la pigmentación, marcas recientes de cualquier tipo que puedan constituir signos del deterioro físico; pero únicamente encuentra las minúsculas astillas de madera incrustadas en su palma derecha, desde antaño convertidas en cinco puntos negros; también se huele constantemente la punta de los dedos, para detectar si retienen vestigios de malos olores o fragancias que puedan convertirse en irrefutables pruebas de su delito.

Amanece. La luz del sol sorprende la alcoba por la ventana abierta de par en par. Los necróforos despiertan, se desentierran morosamente y salen de sus escondrijos para iniciar las enfebrecidas danzas galantes. Despiden el penetrante olor a almizcle característico del celo, y zarandean las antenas con celeridad. Una hembra descubre a su congénere destripado, muerto boca arriba, se abalanza sobre él y lo devora.

Carnal permanece dormido en la butaca; si bien ha dejado de soñar, ya no se agita: es una exigua tregua en su inquietud.

Dan las ocho en el reloj de péndulo y las campanadas se explayan por toda la casa. Un rayo oblicuo, con el fulgor del oro, abrasa la cama contigua a la de Carnal, la que ocupó siempre Serafín.

Agudiza el oído y resopla con alivio: su hermano ya no está dando vueltas, no oye sus pasos arriba, tal vez esté dormido.

 

3

 

Los dibujos animados terminaron y el abuelo se quedó profundamente dormido, ignorando las inquietantes imágenes del noticiario que ilustran del lanzamiento por la aeronáutica soviética del satélite Sputnik II al espacio exterior, llevando una cápsula espacial, en cuyas entrañas de acero viaja el primer astronauta de la historia: la perra Laika. Carnal aprovecha el leve sueño de su abuelo para bajar el volumen del televisor. Mira por la ventana y comprueba que los Carnicer se han ido, que no están rondando la casa y pisoteando las flores del jardín. Va a su cuarto, se sienta a la mesa y dispone una cuartilla en blanco, que numera con un dos en la esquina superior derecha. Antes de ponerse a escribir, observa que las manos le tiemblan ligeramente, y casi por instinto, se lleva la punta de los dedos a la nariz para cerciorarse de que no huelen a nada, y menos aun a «Rati-Xane».

A continuación, decide reanudar la carta que dejó a medias la noche anterior, en la que imita con asombrosa precisión la letra puntiaguda de su tío Rodrigo, grafía que prácticamente ha hecho suya:

 

El tiempo es bueno, a pesar del invierno, y todas las mañanas salgo a dar un paseo porque el médico me aconsejó caminar dos o tres horas al día, para oxigenar mi pobre corazón...

 

No recuerda cuándo le inventó a su tío este padecimiento, pero le es muy útil a la hora de excusarse ante ciertos requerimientos de la abuela, o para demorar o evitar decisiones incómodas o demasiado inverosímiles. En cuanto a la gravedad de esta dolencia: procuró ser discreto llamándola «taquicardias funcionales», por si acaso. Juzgó que podría utilizarla acomodándola según las circunstancias fueran exigiéndolo en cada momento.

 

...Por lo demás, no tengo novedades: mi vida sigue igual de tranquila. Espero que tanto tú como Serafín y Carnal estéis bien de salud, y también deseo que papá, dentro de lo que cabe, no enferme de gripe como otros años.

Recibe un gran abrazo de tu hijo, que os quiere mucho a todos,

 

Y al llegar a la firma es cuando debe poner mayor cuidado: aunque lleva años falsificándola, todavía le cuesta hacerla idéntica a la verdadera, en cuya rúbrica, a pesar de su sencillez, casi siempre falla por torpeza.

 

Rodrigo

 

Carnal hace un ademán de indiferencia cuando piensa:

Da igual, la abuela hasta ahora nunca se ha dado cuenta.

Dobla en dos la cuartilla, la introduce en un sobre de vía aérea, lo cierra y le pone un sello de Australia, fuera de circulación desde hace varios años, que pertenece a la colección que formó su padre de jovencito, cuyos álbumes su hermano y él hallaron ocultos en uno de los muebles ciegos que construyó el abuelo.

 

4

 

Hacía tiempo que la abuela había puesto el cartel de alquiler; consideraba que no estarían de más unos ingresos extras para compensar su exigua jubilación y el injusto sueldo de maestro de su nieto Carnal, y así se lo hizo saber a este, que en un principio se mostró reticente, hasta que ella acabó por convencerlo recordándole, asimismo, los magros ingresos de Serafín, tan esporádicos a medida que menguan las oportunidades de trabajar como estibador en el puerto. Estuvo tanto tiempo colgado en la ventana del piso superior, que la abuela había llegado a olvidarse de que lo había puesto allí, hasta la mañana en que se presentó Nerea, llamó a la puerta, y haciéndose entender por señas, se mostró interesada. También por señas le hizo saber a la abuela que su presencia en la isla se debía a la afición de recolectar especimenes de conchas y caracolas marinas, si bien Adelina jamás supo para qué las quería.

¿En qué idioma hablará esa muchacha?, le preguntó luego a Carnal, intrigada con esa jerga para ella tan extraña. Pero fue la propia Nerea quien, al día siguiente, antes de encaminarse a la playa dispuesta a comenzar su trabajo, se encargó de decirles que hablaba finés, señalándoles el país en el globo terráqueo que había sido de Rodrigo, que Adelina recuperó prontamente de la caja de sombreros donde lo guarda. Y a continuación, soltó una serie de parrafadas de las que no entendieron una sola palabra, pero que a la abuela le bastaron para quedarse encantada con la chica, porque intuyó que era buena persona, y también porque de inmediato adivinó en los ojos de su nieto Serafín un brillo inequívocamente feliz.

Carnal también se daría cuenta enseguida de que este se había quedado embobado nada más ver a la muchacha, y experimentaría una especie de brecha o desgarrón abierto en el pecho.

Mi hermano creyó ver en ella a un ángel, pensaría esa noche, durante la duermevela, cuando a menudo confunde recuerdos y ensoñaciones. La limitada y torpe visión de Serafín le impide ver el verdadero rostro o bajo la máscara, y un corazón mezquino cuajado de oscuras intenciones. De buena gana lo hubiera abofeteado: despierta, hermano, deja de soñar y abre los ojos a la auténtica naturaleza de esta sabandija. Pero una espesa telaraña envolvía a mi hermano, y aún hoy es reacio a despojarse de sus pegajosos hilos. Nerea nos robó su cariño y fracturó la armonía de la casa interfiriendo en nuestros hábitos, abriendo grietas a la ligera en nuestras costumbres, como quien deja una puerta abierta a merced de las inclemencias del invierno por pura haraganería o displicencia. Por eso —y porque sus sentimientos jamás fueron auténticos— nunca la quise. La acepté a regañadientes, consciente de que Serafín estaba obsesionado con ella, y de que su felicidad, entonces, dependía de ese amor hallado a la deriva, como un náufrago traidor, cuyos ojos angelicales imploran socorro, mueven a la piedad, y en el preciso momento de ser rescatado, alarga un brazo mortífero y arrastra a su salvador consigo a las profundidades.

 

En la madrugada del jueves, Serafín se despertó de pronto, impulsado por un misterioso vértigo, y halló entre sus brazos un cuerpo rígido y helado, con unos ojos verdes y vacuos, que aparentaban estar fijos en la lámpara del techo. Tardó horas en cobrar a medias conciencia de lo sucedido, tomar la decisión de bajar al cuarto de su hermano y decírselo, con voz desmantelada y temblorosa, porque fue incapaz de aceptarlo plenamente, y prefirió creer que estaba inmerso en una pesadilla:

Está fría. No se mueve... y tengo miedo, pudo articular antes de abrazarse a Carnal y romper en un llanto demoledor.

Carnal lo había mantenido aferrado a su pecho con fuerza, y, embargado por una emoción indescriptible y una ternura largamente contenida, lo había cubierto de besos y caricias. Tantas veces, de niños, Serafín hubo requerido el abrazo de su hermano, su pecho donde dejar las lágrimas, donde volcar su pánico, fruto de alguna de sus pesadillas nocturnas, de su miedo incontenible. También un mal sueño los hermana desde antaño, y en él comparten visiones de espanto, y si Carnal las supera cuando llega el alba, Serafín permanece anclado a ellas horas o días enteros, sumido en una angustia desesperante, desolado y temeroso de revivir las imágenes cuando vuelva a cerrar los ojos.

El miedo generó en él una dependencia de su hermano enfermiza. Y Carnal tiene remordimientos por haber sido tan brusco la madrugada del jueves cuando, una vez arriba, señalándole el cadáver, le aseveró:

No estás en una pesadilla; ella está muerta, ¿no lo ves? Y lo había sacudido por los hombros y obligado a que la mirase.

Luego, cuando Carnal bajó y hubo despertado a la abuela Adelina, subió con ella, quien de inmediato comprobó la rigidez y frialdad de Nerea.

En efecto, había dejado de ser la mujer de belleza exótica, cautivadora e inquietante, y perdido su hechizo al transformarse en un despojo imperturbable, carente de magia y seducción. Ni siquiera la serenidad de la muerte, que tantas veces realza la belleza, preservaba intacto alguno de sus atractivos; por el contrario, una pátina cérea tintaba su piel volviéndola abyecta, casi obscena.

Fue entonces cuando Serafín cobró cabal conciencia de los acontecimientos, perdió su escasa templanza y se vino abajo, se dejó caer de rodillas, a un lado de la cama, y se abrazó con fuerza al cuerpo de Nerea, a esa carne inerte y destemplada que bañaba de lágrimas.

Al verlo de rodillas enlazado al cadáver, Carnal rememoró fugazmente viejas imágenes, turbadoras por su persistente viveza: aquel Serafín con los ojos cubiertos de lágrimas, aferrado con desesperación a las piernas de su madre, horrorizado ante la visión de aquel corderito desangrándose; y vio al mismo niño, con cinco años más, asido a su mano, presa del pánico, formulando a media voz un juramento.

Cuando Adelina y Carnal consiguieron deshacer el abrazo de Serafín, desprenderlo del cuerpo de Nerea, al que se aferraba como una lapa, fue cuando se hundió en este abismo de dolor.

 

Sabía que Nerea iba a morir, le confesaría compungida la abuela a Carnal aquella mañana, cuando este acudió a su dormitorio, la despertó y se lo dijo. Y aunque desolada, sin perder un ápice de su natural aplomo, había agregado: Sabía que a esta pobre chica le quedaban pocos días de vida. Y no pudo evitar que en sus ojos, todavía somnolientos, apareciera una lágrima que su nieto detectó al vuelo, antes de que ella la escamoteara restregándoselos, fingiendo quitarse de encima los residuos del sueño.

Carnal la había mirado con extrañeza, sorprendido con esta revelación. Ella, sin darse por aludida, se había explayado:

Tú sabes que tenía puestas muchas esperanzas en esta muchacha. Había bajado el tono de voz hasta hacerlo confidencial, confiando en la complicidad de Carnal para confesarle: sé que a ti nunca te cayó bien y jamás le tuviste simpatía, pero no me gustaría que lo supiese tu hermano, porque se sentiría defraudado y herido. Aunque no te conmueva su muerte, que él no se dé cuenta, por favor. Ya sabes lo mucho que te quiere y depende de ti. No olvides que padeció mucho...

También yo padecí.

Pero es distinto; tu tienes la fortaleza que a él le falta. Él salió a vuestro padre, y tú saliste a tu madre y a mí.

Sentada en la cama, había mirado fugazmente a su lado comprobando que su marido todavía dormía. Había alargado una mano hacia la mesilla de noche y apagado la radio, donde oía muy bajito las noticias de la mañana.

El mundo es un desastre, murmuraría a continuación.

Todavía compungido, temeroso de que ella sospechara algo, y a pesar de imaginar que recibiría una respuesta poco o nada razonable, y sí en cambio una extravagancia espiritista, Carnal se arriesgaría a preguntarle cómo había intuido que Nerea iba a morir.

Ellos me lo dijeron, había contestado Adelina haciendo un ademán solemne, señalando con un dedo rígido hacia arriba. Hace días, continuaría diciendo, hubo una carta precipitada escrita automáticamente por la señora Esmeralda, y en ella decía: «La sirena que salió del agua, al agua volverá». Claro, por entonces, ninguno de nosotros supo a qué se refería, pero luego, dándole vueltas a la cabeza, empecé a imaginármelo, y ahora, ya ves, está muy claro que vaticinaba la muerte de esta pobre chica. Ya sabes cómo son los espíritus: hablan en parábolas y acertijos; y Nerea tuvo que haber llegado a la isla en el ferri; no hay otra forma de hacerlo.

Era tan elemental su razonamiento, y sin embargo tan directo y acertado. Y a pesar de todo, los espíritus y una médium estafadora que fingía hablar por boca de estos, involuntariamente encubrían el crimen de Carnal y, además, se convertían en sus cómplices.

A continuación, sin mediar palabra, Adelina había saltado de la cama entusiasmada:

Habrá que amortajarla.

Fue entonces cuando Carnal vio en el semblante de su abuela, todavía desprovisto de la ceja pintada, un destello de júbilo que nada tenía que ver con la muerte de Nerea, y sí bastante con la ocasión que se le presentaba de disfrutar del contacto directo con un cuerpo sin alma, con la muerte propiamente dicha, que no habría tenido tiempo de haber abandonado la casa y permanecería oculta detrás de algún mueble; y asimismo era pretexto para dialogar con un nuevo espíritu descarnado en el más allá.

Abuela, creo que sería conveniente subir a la alcoba y comprobar que de verdad está muerta, que no se trata de un delirio de mi hermano, le había dicho.

No hace falta, ya te dije que los espíritus lo anunciaron, y, la verdad, para serte sincera, yo lo esperaba de un momento a otro; pero no quise decirte nada, le había replicado ella, mientras se anudaba el lazo del camisón.

Pero, ¿con veintitrés años?

La muerte no distingue, le había contestado ceremoniosamente.

Y ante el espejo, sobre la aureola pálida por la despigmentación, actuando como si fuera movida por un acto reflejo, se pintó con el lápiz graso el arco perfecto de la ceja.

 

Cuando pudieron calmar a Serafín, Adelina cogió las riendas y lo organizó todo en un santiamén. Mientras luchaba por arrancar del cuerpo entumecido de Nerea la escueta negligé transparente que la envolvía como una mortaja desvergonzada, dejó a un lado contemplaciones y mandó a Serafín a que dejara de lamentarse y sollozar, se lavara la cara con agua bien fría, y bajase a la cocina a buscar una palangana con agua tibia, jabón y una esponja.

Todavía conmocionado, este obedeció y dejó la habitación como un autómata, dando tumbos, lloriqueando como una criatura indefensa ante un desaforado e injusto castigo.

Siempre fuiste un ser desamparado, siempre, gruñó por lo bajo Carnal, entre la conmiseración y la rabia de verlo tan falto de valor. Enseguida observó con mayor atención el cadáver. La muerte empequeñece a la gente, pensó. Los muertos se encogen, disminuyen su volumen y se transmutan en estas tiesas figuras policromadas.

Ayúdame, ¿no ves que no puedo hacerlo sola?

La voz de su abuela le recriminaba su aparente desidia.

Tardó en reaccionar: allí de pie, inmóvil en medio de la alcoba, con los ojos puestos en el cadáver, esperando verlo menguar centímetro a centímetro hasta quedarse reducido al tamaño de una muñeca de cartón piedra. Subyugado por la incomprensible dualidad de atracción y rechazo, apenas si podía moverse.

Ven aquí, no seas cobarde, insistió ella, que no te va a hacer nada.

Se acercó a la cama intimidado, invadido por una paradójica sensación de asco. Aunque no era la primera vez que se enfrentaba a un muerto, este, en particular, irradiaba un doble magnetismo.

Sus manos se demoraron en tomar contacto con la piel blanca de Nerea: se resistieron a manipular el objeto endurecido y gélido en que se había convertido. Le pareció que la verdadera Nerea había sido suplantada por un maniquí de museo de cera, fielmente esculpido y maquillado con eficaz realismo, abandonado allí, sobre la cama, como por un descuido.

Ya no está aquí, dijo de repente la abuela, mirando a un lado y otro.

¿Quién?

Su espíritu, su cuerpo astral, claro. Se habrá marchado cuando comenzó a enfriarse.

Carnal prefirió no hacerle caso y mantuvo su empeño en familiarizarse con el despojo inerte, con el muñeco artificial de cera y ojos de vidrio incrustados. No es ella, se dijo. No es Nerea. La observó largamente para asegurarse de que no se movía, no respiraba, no le temblaban los párpados. Es un maniquí, repitió. Rozó fugazmente con su mano la negligé: era un tejido tenue, fresco, espirituoso. Se olió instintivamente la punta de los dedos:

Enebro..., pensó.

La muerte es así, murmuraba la abuela según iba disponiendo los utensilios a su alcance: toallas y sábanas limpias, cepillos y frascos de perfume. Esta es la diferencia entre un vivo y un muerto, aseveró dándose un golpecito en el pecho sobre el corazón; y señalando acto seguido a Nerea: y este es el enigma. La conversión del calor en frío, del movimiento en quietud, de la blandura en dureza, son fenómenos naturales explicables, pero la ausencia de espíritu es enigmática y poco comprensible, casi inaceptable. Cuando a los vivos se les escapa el alma por la boca, dejan de ser lo que fueron y se transforman en estas figuras. Se detuvo con una toalla en las manos y miró de frente a su nieto: El misterio es la ausencia, a pesar de estar aquí. ¿Lo ves?, volvió a señalar a Nerea. Es ella, pero tampoco es ella, y su espíritu perdurará para siempre en una esfera a la cual solamente unos pocos privilegiados tenemos las puertas abiertas mediante la fe.

Se persignó con gesto aparatoso.

Déjelo ya, abuela, la increpó él, deseoso de que acabara con su discurso espiritista y fúnebre, sintiendo el corazón todavía sobrecogido de aprehensión, a pesar de que sus manos vencían la resistencia a tocar esa carne que exhalaba el tenue perfume a enebro, y, con torpeza, intentaban quitarle la negligé.

Tira con fuerza, le ordenó ella.

La negligé se rasgó por una costura y Carnal se quedó con un despojo de tela entre las manos. Era tan suave, escurridiza y leve, que la urdimbre se le enganchaba a las uñas.

Los muertos no se avergüenzan, sentenció la abuela al descubrir los ojos de su nieto detenidos en el sexo castaño de Nerea. Y gritó de pronto, volviendo la cabeza hacia la puerta abierta: !Serafín, esa palangana, hijo¡ Este muchacho no se entera.

Déjelo... está destrozado.

Iré yo misma.

Dejó a un lado la toalla y bajó a toda prisa las escaleras, murmurando maldiciones; si bien su enojo era la fachada encubridora del íntimo disfrute que le producía conducir la ceremonia fúnebre, llena de teatralidad, que ella misma había improvisado.

Carnal, a solas con Nerea, aprovechó para observarla a sus anchas y reconocer la belleza y perfección de sus formas, intactas a pesar de su palidez verdosa, que tanto le recordaban a la sirena muerta. La reticencia a tocarla se esfumó de repente, cuando un oscuro impulso lo llevó a acariciarle los pechos. La consistencia y el tacto eran como los había imaginado, pero jamás supuso que fueran tan voluptuosos. Con los índices dibujó la media luna de su nacimiento, allí donde se pliegan por su peso. Luego los abarcó con las manos abiertas y los asió con fuerza intentando dejarles la impronta de su paso, pero estos no obedecieron y recuperaron su convexidad. Puso los pulgares en los pezones descoloridos, rígidos e hirientes y los aplastó ligeramente. No tardaron en recobrar su forma primitiva: dos brotes tiernos que se rebelaban al tormento, a pesar de estar muertos. Carnal sintió una ligera inquietud, enseguida cierto malestar o culpa, y una opresión en la garganta le quitó el aliento, le aceleró el corazón y le dejó la boca reseca.

La culpa es invisible: únicamente él supo que sus manos delinquieron cuando profanaron esa carne muerta, que no le pertenece; y mientras sus manos usurpaban las de su hermano se repetía constantemente:

Mis caricias confirman la falsedad que esconde toda posesión —nunca verdadera ni exclusiva—: si yo lo quisiera, Nerea sería mía ahora mismo, de igual manera que lo fue de mi hermano. Los cuerpos no son sagrados, por el contrario, son proclives a secularizarse y a hundirse en el mismo fango del que surgieron.

Cuando dejó de acariciarla, se llevó a la nariz la punta de los dedos para verificar si se había adherido a ellos el olor de la muerte.

Enebro, nada más que enebro, se dijo.

La abuela subió las escaleras como una tromba, perdiendo la mitad del agua de la palangana en el recorrido. Al entrar le pidió a Carnal que le acercara una silla donde dejarla y le ordenó:

Saca más toallas limpias de ese armario y pónselas todo alrededor, para no empapar el colchón.

Antes de obedecerle, Carnal vio flotando en el agua de la palangana la esponja azul de gomaespuma.

¿Y Serafín?, quiso saber. ¿Dónde ha ido?

Se ha esfumado, le respondió ella sin mirarlo, sin darle importancia, ocupada en empapar la esponja en el agua espumosa. Había iniciado su ritual purificador y se movía con soltura de sacerdotisa.

Estará en el faro, escondido... insinuó Carnal.

¿Quién?, dijo ella.

Adelina se hallaba tan absorta en su labor, era tanta su entrega al ritual fúnebre, que había perdido el hilo de la charla.

Serafín, abuela.

Tu hermano jamás se enfrenta a la verdad, gruñó disgustada.

Mi hermano huye del dolor, pensó. Sabe que estoy yo para asumirlo y acabar con él.

La abuela fue repasando la piel de Nerea con la esponja húmeda, entretanto, su nieto iba detrás secándola con la toalla. Para él fue como modelarla, como darle forma con sus manos sin entrar en contacto directo con la piel sino a través de los rizos del algodón, que se impregnaban del aroma a enebro y evitaban que volviera a delinquir.

Cada depresión, cada saliente y redondez, le llegaron interpuestos, vagamente sugeridos desde el reverso del tejido rizoso. El deleite fue mayor cuando cerró los ojos y jugó a adivinar el relieve, la temperatura y la morbidez de esa carne. Imaginó las manos de su hermano, paseándose temblorosas arriba y abajo, a veces descontroladas por el inmenso placer. Sus manos. Mis manos sobre este cuerpo... es mi cuerpo, se dijo. Ella es mi cuerpo, se repitió mientras absorbía la humedad que su abuela iba dejando con la esponja. Y mis manos son idénticas a las manos de mi hermano, mis manos son las manos de Serafín, con la única diferencia de que las mías perfilan las huellas de un sacrilegio, mientras que las suyas no tienen marcas de depravación, conservan la inocencia de los niños...