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La ciudad ibero/romana de Tucci/Ituci, ahora conocida como Torreparedones en Baena, Córdoba, es una ciudad real y milenaria situada en lo más alto de la campiña cordobesa. Su situación de privilegio le permitió sobrevivir, durante siglos, al convulso mundo íbero del alto Guadalquivir y ser, al mismo tiempo, un baluarte de contención de las tribus turdetanas contra los continuos ataques de otras tribus enemigas. A Tucci, la ciudad íbera precursora de la Ituci romana, vuelve Amanus, un guerrero ibero que, durante casi treinta años, acompañó a Anibal en su lucha contra Roma; la que conocemos como la segunda guerra púnica. Vuelve a su ciudad, esperando conocer la paz y el sosiego, en la que él considera la última etapa de su vida. Sin embargo, encontrará guerras, envidias y traiciones, agravadas con la llegada de las legiones romanas a su mundo, pero también conocerá el amor, la familia y la riqueza que nunca esperó encontrar. En este complejo y desconocido contexto de principios del siglo II a. C. se desarrolla este relato, que trata de acercar al lector a la vida de una ciudad y de unos personajes, algunos de los cuales fueron reales y otros bien pudieron serlo. Al mismo tiempo, tiene como objetivo favorecer el conocimiento de un mundo casi olvidado, procurando que su lectura sea amena y entretenida para cualquiera que se aventure en sus páginas.
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Seitenzahl: 491
Veröffentlichungsjahr: 2024
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© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Armando Moreno Castro
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz
Diseño de cubierta: Rubén García
Supervisión de corrección: Celia Jiménez
ISBN: 978-84-1068-829-2
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A mi querido hermano Luis, gracias a su capacidad, constancia y visión de futuro, Torreparedones (Ituci/Tucci) es lo que ahora es y será todo lo que pueda llegar a ser.
¡Lástima el olvido al que la tienen sometida!
Nota del autor
Lo primero es agradecer el interés mostrado por leer esta novela. Espero que disfruten al leerla como yo lo he hecho al escribirla. Una novela, que podemos enclavar en el género histórico, con un contexto y en una ciudad real, pero con muchos personajes y situaciones fruto de la imaginación. No obstante, debido al desconocimiento existente sobre ese momento histórico y sobre la ciudad: Torreparedones (la Ituci romana y Tucci íbera), mi versión es tan buena como otra cualquiera; al menos mientras no se pueda demostrar lo contrario.
Ituci o Tucci (Torreparedones) es una ciudad real, cuyo emplazamiento estuvo habitado por el ser humano desde hace más de cuatro mil quinientos años hasta la edad moderna. Su situación geográfica espectacular, la hace ser la cumbre de la campiña cordobesa, y su abandono temprano, ha permitido que la llamada «modernidad» no destroce su asentamiento con el cemento y el asfalto de nuestras ciudades.
Situada en el término municipal de Baena (Córdoba), es una joya por su geografía privilegiada y por los restos que continuamente ofrece a las excavaciones; a pesar de los expolios a los que se ha visto sometida por algunas supuestas excavaciones autorizadas en el siglo veinte, y por «buscadores de tesoros» a lo largo de los años. No hay muchos ejemplos de ciudades del mundo antiguo que conserven su trazado intacto sin interferencias modernas. Aunque el desprecio al que las autoridades, con competencias en cultura, la han sometido desde su puesta en valor, impide que podamos disfrutar de un tesoro que pertenece a todos los baenenses, andaluces y españoles; apenas un 10 % de su superficie ha sido excavada a estas alturas.
Un ejemplo podrá mostrar la situación en la que se encuentra: en 2016 se ha descubierto un anfiteatro romano que ha sido vuelto a tapar, hasta que las administraciones se pongan de acuerdo en cómo adquirir los terrenos y a quién corresponde hacerlo. En 2024, seguimos esperando ese acuerdo que no llega.
A pesar de todo, es visitable y podemos disfrutar de sus vistas, de su foro, calles y construcciones excavadas; siempre que los baches del camino de entrada no nos destrocen el vehículo.
Preámbulo
- Los dioses deben divertirse mucho con la estupidez humana.
Así pensaba Lucio Anneo Marcelo, el último de los dinastas y grandes terratenientes en abandonar la ciudad de Ituci, mientras contemplaba como el sol apenas despuntaba por el horizonte, cuando por la empinada cuesta que dejaba atrás la puerta sureste de la ciudad, desfilaba una enorme hilera de carros y animales que transportaban una parte de sus pertenencias personales, dejando atrás tierras y negocios, ahora empobrecidos, que debían incorporarse a los de sus otros familiares en la ciudad de Corduba; el mismo destino de una gran parte de sus parientes que le habían precedido al abandonar la tierra de sus ancestros y crecer a la sombra de Roma. No paraba de darle vueltas a la gran paradoja que suponía su derrota y la de su amada ciudad a manos de la maldita siria: Julia, la esposa del emperador Septimio Severo y, sin embargo, el florecimiento de su familia, la misma que había gobernado Ituci durante incontables tiempos, en la ciudad de Corduba a orillas del Gran Rio que ellos mismos ayudaron a fundar a Claudio Marcelo. Había conseguido lo que no habían logrado grandes hombres como Anibal, Escipión el Africano o Julio Cesar, que habían terminado buscando su apoyo. Tampoco lo consiguieron las luchas y el rencor de las ciudades y tribus vecinas, que nunca pudieron doblegar o vencer a la inexpugnable Ituci. Sin embargo, ahora pretendían enterrarla en el olvido y robarle hasta su nombre.
Una mujer que no mandaba legiones y no podía ostentar magistratura alguna, había conseguido defenestrar a una ciudad que se enfrentó a brillantes generales, tomó partido por perdedores de la grandeza de Anibal o Pompeyo y, durante muchas generaciones, fue rival de la poderosa Cástulo. Lo hizo sin violencia, con el tiempo de su parte y utilizando los intereses económicos que mueven el mundo. Como castigo por haber apoyado a Albino en su rivalidad contra Severo por el imperio, después de la anarquía que siguió a la muerte de Cómodo; cuya memoria sea maldita. También por haberse negado a ser marionetas en manos de una esposa que debería ocuparse de los hijos y la familia, y de esa manera haber evitado la decadencia de su dinastía. Si hubiese dejado el gobierno del imperio en manos de quienes correspondía dirigirlo, otro desenlace podía haber supuesto para su casa y para la de los Anneos.
Ituci siempre fue una ciudad que salió indemne de sus anteriores errores al tomar partido por quienes no debía. La cumbre de las tierras que se extienden a días de distancia, inexpugnable desde tiempos que se pierden en la memoria colectiva y se transforman en invención. Su privilegio siempre fue su emplazamiento: fácil para la defensa y adecuado para la vigilancia de las zonas de paso, rodeada de fértiles tierras y grandes bosques, buenos para la caza y el pastoreo.
Tartessos la hizo grande, como lugar de vigilancia y protección de sus cargamentos de minerales y caminos de paso para sus comerciantes. El Gran Rio facilitaba el comercio desde su nacimiento hasta la capital. El Gran Rio, que primero lo llamaron Tartessos y después los romanos Betis. Sin embargo, para quienes ya estaban allí, antes de que llegasen unos y otros, siempre fue eso: el Gran Rio que permitía la vida y la relación entre los hombres.
El ruido que hacían los animales y los carros al bajar, sacaron a Lucio de su ensueño y lo transportaron a la triste visión del abandono de su ciudad. Él había sido el último de los magistrados y grandes terratenientes en abandonarla. Su secreto estaba a salvo, y nadie sospechaba el motivo de su empecinamiento en seguir en una ciudad que había perdido su estatus de colonia y, con ello, su derecho al cobro de los impuestos de todas las villas en muchos días a la redonda, su derecho a la administración de tierras, personas y justicia, así como su nutrida guarnición permanente. Al volver la vista atrás, podía entrever la decadencia que se hacía notar en sus edificios, en la pérdida de sus estatuas y ornamentación de sus calles y de su foro. Una vez más, el poder del dinero había mostrado su dominio sobre los hombres.
Apenas vislumbraba el perfil de la vivienda de sus antepasados, situada al noroeste del foro, bajo la que bien escondida se encontraba su posesión más preciada y valiosa: el testimonio escrito del transcurso de los tiempos, de su familia y de su ciudad. En diferentes tipos de escrituras y soportes documentales, que iban desde la de tartessos, griega, turdetana o latina.
Durante incontables generaciones, sus antepasados habían plasmado un relato de hechos que permitían conocer la verdadera historia de un territorio y una ciudad, Ituci, más antigua que Roma o la propia Gades, que desde los albores de los hombres siempre fue protagonista de lo ocurrido en las tierras que la rodeaban en muchos días de camino. El conseguir que su testimonio quedase para las generaciones venideras, mostrando las grandezas y las miserias de una ciudad que había desafiado a la naturaleza y a sus enemigos consiguiendo sobrevivir, era su objetivo de vida.
Ahora, dependía de él haber sabido salvaguardar la memoria, que nunca debía perderse, para que los hombres de un futuro incierto supieran lo que Ituci fue y vislumbraran lo que pudo ser. Ese legado era el privilegio que su rica y poderosa familia casi había olvidado y que a él correspondía guardar.
LIBRO IHIPO TUCCI
I
Cerca de treinta años habían transcurrido desde que pisara las mismas piedras que ahora contemplaba. La fuerte muralla y las colosales torres de entrada a la ciudad habían perdurado durante generaciones, vigiladas y defendidas por guerreros orgullosos. Ninguno de ellos le traía al recuerdo caras conocidas después de tantos años de ausencia.
—Que Lug os proteja —les dijo a dos de los guerreros que guardaban las puertas al pasar ante ellos, los cuales quedaron confundidos de que un viejo extranjero, al que no conocían y que vestía de forma extraña, supiese hablar su lengua y pareciese conocer la ciudad.
—También a ti —respondió el más joven de los dos.
—¿Quién eres y qué te trae a nuestra ciudad?
—Mi nombre es Amanus, hijo de Anemus, y hace muchos años que salí de aquí para acompañar a Anibal Barca en su guerra contra Roma.
El cambio en la expresión de su rostro y en la tensión del cuerpo, fue claramente visible en el joven guerrero después de escuchar sus palabras.
—Muchas veces me han contado sobre vuestra partida, pero eres el único que ha vuelto de los que marchasteis a esa guerra, ¿qué pasó con el resto?
—La mayoría murieron, algunos prefirieron quedarse en otras tierras y echar raíces. Yo siempre quise volver, aunque nunca pensé que tardaría tanto en hacerlo —Guardó silencio, mientras los recuerdos se adueñaban de su mente.
Con un esfuerzo de voluntad, consiguió sobreponerse y preguntar al joven guerrero.
—¿Podéis decirme quién es el rey ahora?, después de mi tío Annus; ya que por su edad no pudo gobernar durante todos estos años.
—Su hijo menor del mismo nombre es ahora nuestro rey, ya que sus hermanos mayores murieron en guerra.
Con un gesto de despedida con la cabeza, Amanus siguió por el camino que conducía, mientras subía por la parte nordeste de la ciudad, hacia el llano que había en la cima. Mientras lo hacía, observaba como había crecido Tucci en los años transcurridos desde su marcha: en la gran extensión de terreno en ligera pendiente a los pies de la ladera, miles de cabañas y otras construcciones de mayor calidad se apretujaban unas a otras, conformando un abigarrado conjunto que denotaba riqueza y expansión. Los colores que señalaban el final del día y la distancia a la que eran percibidos, permitían una visión de ensueño para quien llevaba pensando en poder contemplarlos de nuevo una eternidad.
Con pocos se cruzó en la subida, no era ese el camino más transitado, y cada hombre, mujer o niño con quienes lo hizo, apenas echaban una mirada al extranjero extraño que miraba todo con mucho detenimiento. Al llegar a la cumbre, tuvo que repetir su nombre y su origen a los guerreros que vigilaban desde la torre, que siempre se había llamado de la muerte, el horizonte en vuelta completa.
—¿Permitís que suba y contemple el atardecer? —preguntó Amanus al que parecía el jefe de la media docena de guerreros que se distribuían a su alrededor.
—Adelante, puedes hacerlo, pero debes haber bajado antes de que la oscuridad la envuelva.
Arriba, el impacto de la visión en su cabeza superó cualquier recuerdo que mantuviese de su vida anterior: La ciudad turdetana de Tucci se extendía a sus pies por el sur, este y oeste, había crecido y casi copado todo el espacio interno delimitado por las murallas. Sólo el pequeño santuario de Calesta por el sur y la gran explanada para el entrenamiento de los guerreros, junto a los enterramientos de los principales, al este, salían fuera de su protección. Sin embargo, pudo entrever pequeñas construcciones en la parte oeste de la ciudad, algunas dentro de las murallas, otras más fuera, que parecían destinadas a almacenes. La gran plaza central vertebraba el espacio de la ciudad, a la que acudían sus principales calles, en las que las chozas de su juventud habían sido sustituidas por cabañas de mejor construcción; algunas con soportes de piedra.
La visión en derredor era impactante. En cualquier dirección que se posase la vista, se perdía en el infinito y se contemplaba desde la altura en la que uno podría tender a considerarse más cerca de los dioses; desde allí era posible creer en la eternidad y en la pequeñez de los hombres. Su mente traía a su recuerdo vivencias de un tiempo lejano.
—Mi hermano me decía que era vuestro lugar favorito, al que siempre volvíais cuando os lo permitían —Las palabras lo sobresaltaron y se volvió con rapidez hasta encontrar al hombre que las había pronunciado: alto, fuerte, de profusa barba y en la edad en la que había dejado de ser joven; sin ser viejo. Su aspecto le trajo al recuerdo a un joven que apenas recordaba y que se parecía a su familia.
—Tú debes ser el rey Annus, el hijo de mi tío del mismo nombre —dijo un sorprendido Amanus.
—Así es, mis guerreros me han avisado de tu llegada y he venido a tu encuentro para ver si el héroe de mi niñez sigue siendo el mismo.
—Como puedes comprobar por ti mismo, la edad y los acontecimientos han hecho mella en mi cuerpo. No obstante, te agradezco que te me hayas adelantado, ya que tenía intención de mostrarte mi respeto y ponerme a tu disposición en cuanto bajase.
El rey se acercó y le abrazó con fuerza, al tiempo que le musitaba en el oído.
—Llevaba mucho tiempo esperando tu llegada y necesito de tu ayuda y tu consejo.
Al separarse, pudo distinguir bien las facciones de su primo: grandes y de ojos negros y brillantes que parecían abarcarlo todo, barba negra y espesa con motas blancas que denotaban su edad. Algunas arrugas en la expresión de los ojos y sonrisa franca y sincera.
—Me gustaría que me acompañases para poder hablar. Tenemos muchos problemas y creo que tú podrías ayudarnos a afrontarlos. También me gustaría que nos relatases lo que te ha ocurrido en todos los años en los que has estado ausente.
—Yo querría que me contases lo que ha pasado en la ciudad, durante los años en los que no he podido conocerlo por mí mismo —respondió por su parte.
En tanto bajaban de la torre, se fijó en el llano a dos niveles que culminaba la ciudad. La gran cabaña del Rey se había transformado en una enorme construcción de piedra y madera con techo de paja y mimbre, rodeada de una empalizada de piedras y adobe. A su izquierda, se podía observar la casa de sus antepasados, en la que había crecido y vivido hasta su juventud, en un estado que denotaba un abandono reciente. Quiso preguntar por sus padres y hermanos, pero se contuvo hasta haber satisfecho las preguntas que seguro le haría.
Al entrar en la cabaña del Rey, aunque ahora no se parecía a una cabaña, observó pieles y adornos de buena calidad, así como gran cantidad de habitaciones que dejaban constancia del poderío y la riqueza que parecía haber incrementado la suerte de la familia. El gran salón de entrada tenía una mesa enorme en la que tomaron asiento.
—Siéntate y nos traerán algo de beber y comer —comentó su primo al dejarse caer en un gran asiento con pieles; mucho mayor del que él recordaba había sido de su tío.
Al poco, apareció una joven con vino, queso y algo de carne. Los platos y vasos eran de buena factura y no de fabricación local. Parecían griegos, con colores rojos, como otros que había visto en Gades en cantidades suficientes para el comercio con quienes pudiesen pagarlos; si no recordaba mal, eran de Samos.
—Cuéntame que ha sido de tu vida en todos estos años. Hemos sabido de los grandes triunfos de Aníbal y de su derrota en Zama, y queríamos suponer que tú lo acompañabas en todas las batallas —le dijo Annus, mientras servía el vino y cortaba un buen pedazo de queso que comenzó a comer de inmediato.
—He sido de los pocos que salimos de aquí que estuvo hasta el final con el general y ha sobrevivido. Los otros que también lo hicieron no quisieron volver. Decían que serían forasteros en su tierra y que no quedaría nadie de sus seres queridos para recibirlos —explicó Amanus.
—¿Y tú como es que sí has querido volver? Pero recuerdo que tu padre siempre decía que volverías, porque tenías una obligación que cumplir; aunque nunca quiso aclarar nada más.
—Me gustaría que me contases qué ha pasado con mi familia y si queda alguien vivo de los que conocí —preguntó Amanus, cambiando de tema y con una clara inquietud en su voz.
—Siento ser yo quien te dé las malas noticias, pero tu padre murió hace algunos años, al igual que tu madre. Tu hermano mayor lo hizo de sus heridas después de la última incursión contra los oretanos; hace poco más de un año. De tus hermanas sigue viva Ania y tres de sus hijos, así como varios nietos.
Las noticias hicieron que Amanus frunciera el entrecejo y sintiese el dolor que la sangre siempre proporciona. A pesar de los años y los horrores vividos, si hacía un esfuerzo aún veía a sus padres y hermanos despidiéndolo, mientras superaba las puertas junto a sus compañeros para unirse a las fuerzas de Aníbal. Estúpidos mozalbetes y hombres henchidos de futuras glorías y honores. Ahora, después de haber vivido muchas de esas glorias y también miserias y derrotas, con casi todos muertos, era consciente de que no habían merecido la pena y pensaba que su vida estaba pronta a concluir.
—Te agradezco la información. Cuando terminemos, me gustaría pasarme a saludar a mi hermana y conocer a sus hijos y nietos.
—Por supuesto, pero ahora quiero que me cuentes lo ocurrido hasta donde lo quieras hacer. Más adelante seguiremos —le pidió Annus.
Amanus miró a su primo y comenzó su relato:
—Como sabes, tu padre no estuvo de acuerdo en aportar un gran contingente de guerreros y sólo permitió que se uniese un batallón de voluntarios. Salimos de Tucci unos cuatrocientos hombres, casi cien a caballo y más de trescientos guerreros a pie; aunque tú debes saberlo ya que estabas presente cuando ocurrió. Después de acompañar a Anibal por distintos lugares de Iberia para reclutar guerreros, nos reunimos con todas las tropas en la ciudad que los romanos llaman Cartago Nova y los púnicos Qart Hadasht. Era impresionante la cantidad de hombres que Aníbal había movilizado contra Roma; más de noventa mil, decían, de muchas tribus de Iberia más sus guerreros y mercenarios africanos —En silencio, parecía visualizar sus recuerdos—. Barrimos a todos los pueblos que se nos opusieron en nuestra marcha hacia el norte. Aníbal dejó a Asdrubal y a sus hermanos en Iberia con una parte importante de sus efectivos y pasamos a la Galia. Nos hizo cruzar las grandes montañas que la separan de las tierras Itálicas en invierno; en unas condiciones espantosas. Allí perdimos uno de cada dos hombres, casi la mitad de nuestros compañeros perdieron la vida por el hambre y el frío; algo que no comprendíamos entonces y que luego supimos que había supuesto una de las grandes hazañas de guerra y una gran sorpresa para los romanos.
Llegado a ese punto de su relato, hizo un alto para beber un poco de vino y masticar un trozo de queso. Tan ensimismado estaba, que no se había dado cuenta de que ahora había varias personas más escuchándolo. El grupito de cinco lo componían un guerrero fuerte y musculoso, un joven con gran parecido físico al rey, y tres mujeres bien vestidas con ropas de calidad y atractivas de rostro; una de ellas de mayor edad parecía la madre de las otras dos.
—Te presento a mi hijo Antus, a mi esposa Becinda y mis hijas Belestra y Belesia. Este gran guerrero es nuestro jefe de guerra Elandro.
Amanus inclinó la cabeza en señal de respeto y mostró una sonrisa abierta y espontánea.
—Me alegro mucho de conoceros y me produce una enorme felicidad poder contemplar a mi familia —les dijo mirando a la esposa de su primo.
—También es un motivo de satisfacción conocer al jefe guerrero de mi pueblo —dijo a continuación.
—Por favor, sigue con tu relato —pidió la más joven de las dos hermanas; Belesia pensó que era su nombre.
—Perdona a mi hija por su impaciencia, pero como puedes comprobar tu llegada es un acontecimiento largo tiempo esperado —Las palabras del rey centraron a Amanus en su relato de los acontecimientos que antes había iniciado.
—Cuando conseguimos llegar a las grandes llanuras a los pies de las montañas que habíamos atravesado, descansamos y se nos unieron un buen contingente de galos que ocupaban esas tierras que los romanos llaman Cisalpina. A partir de ese momento, supongo que todos sabréis lo ocurrido, ya que la serie de batallas que siguieron en pocos años, fueron la demostración de la genialidad de nuestro general y de su dominio del arte de la guerra. También de su incapacidad para sacar partido de las victorias sobre su enemigo y de la recuperación que Roma conseguía tras cada derrota —Al mirar a sus oyentes, supo de su conocimiento de las grandes batallas y de la suerte de la guerra—. Después de Cannae, todos creímos que nuestro general marcharía sobre Roma. Habíamos masacrado a ochenta mil hombres que constituían casi el doble de nuestras fuerzas. La moral de los romanos estaba al mínimo y las ciudades que habían sido enemigas de Roma durante generaciones esperaban unírsenos para atacarla. Como sabéis, no fue así y dejamos transcurrir muchos años en enfrentamientos intrascendentes y saqueos obligados.
Se había hecho de noche en el transcurso de su relato y las lámparas de la gran estancia ardían desde hacía un buen rato.
—Rey Annus, si no lo encuentras inapropiado, me gustaría visitar a mi familia ahora y continuar con mi relato mañana.
—Sea —contestó el rey—. Mañana seguiremos y hablaremos de nuestra situación con los oretanos y el creciente poderío de Roma.
Aunque las caras del pequeño grupo mostraban, claramente, la desilusión que producía su marcha, Amanus se despidió de todos y solicitó de su primo el permiso para retirarse con un ligero movimiento de cabeza. Este cabeceó igualmente y permitió su despedida.
—Antes de que te vayas, debo decirte que en la casa de tu familia no vive nadie. Tu hermana y sus hijos viven en la de la familia de su esposo al sur de la vuestra; la de los Turgenos.
—Gracias por tu información —respondió y se encaminó a la puerta.
Al salir, la oscuridad de la noche lo envolvió y los olores al viento y a la tierra le hicieron rememorar su infancia y su juventud. Sólo eran visibles las antorchas que alumbraban la torre y a los guerreros que hacían guardia. No obstante, con la claridad que permitía la luna era suficiente para encaminarse con seguridad hacía su antigua casa. Al llegar ante la vivienda de su familia, pudo comprobar que también se asentaba sobre muros de sólida piedra, aunque le faltaban los cuidados continuos que había contemplado en la de su primo el rey. Al mirar hacia abajo, un poco al oeste, podía ver luces en la casa que siempre había sido de la familia de los Turgenos. Su amigo de la infancia, Alturgen, vivía allí con sus padres y sus dos hermanos. Hacia allí encaminó sus pasos y, conforme se acercaba, pudo percibir el rumor de las conversaciones que producían varias personas, así como los ruidos habituales cuando sentados a la mesa se ingieren los alimentos dispuestos. Con inquietud y sin pensarlo mucho, golpeó con el puño la puerta y esperó. Al poco, apareció un joven pasada la medianía de la veintena. Sus facciones y silueta le recordaron a su amigo antes de su partida.
—¿Quién eres y qué quieres a estas horas? —preguntó con semblante adusto.
—Mi nombre es Amanus y creo que tu madre es mi hermana, por lo que tú debes ser mi sobrino.
La sorpresa en la expresión del joven apareció de inmediato al sonido de sus palabras. Se quedó quieto y mudo durante unos instantes mirándolo fijamente.
—Si no he errado en las personas que busco, me gustaría pasar y comprobarlo; si no tienes inconveniente —La sorpresa parecía estar disipándose en la mente del joven, al tiempo que aparecía una abierta sonrisa.
—Perdona, me llamó Alturgen, como mi padre. Él me habló mucho de ti y madre también, pero por favor, entra —le dijo, mientras se apartaba de la puerta y le tendía la mano para saludarlo.
Al pasar al interior pudo comprobar como la casa estaba en buen estado y a dos mujeres y dos niños sentados a la mesa que dirigieron sus miradas hacia el recién llegado. La mayor de las mujeres se quedó mirándolo fijamente, al tiempo que su rostro adquiría un color ceniciento y de su garganta brotaba, como un quejido, su nombre: Amanus. Él se acercó y muy despacio la levantó del taburete en el que estaba sentada para abrazarla con fuerza.
—Doy gracias a los dioses por permitirme verte, Ania. Muchas veces soñé con poder hacerlo y casi creí que no lo haría nunca.
Su hermana fue recobrando el color del rostro, al tiempo que protagonizaba el abrazo y lo acompañaba de sonoros besos y repeticiones de su nombre. Cuando se separaron, pudo contemplar a una mujer de más de cuarenta años, morena y algo entrada en carnes, pero de facciones atractivas y ojos grandes y marrones.
—Después de todos estos años no pensábamos que volverías. Yo rezaba al gran dios y aún lo hago para que lo hicieses, aunque todos me decían que lo más probable es que hubieses muerto en las guerras o de enfermedad —le decía Ania con una gran sonrisa en su rostro, mientras lo miraba fijamente.
—Casi lo hice en más de una ocasión, pero los dioses tenían para mí otros planes y permitieron mi vuelta.
Ania le sonrío, como hacía mucho que nadie lo había hecho, y le presentó a la mujer de su hijo, así como a sus dos nietos: un niño fuerte de mirada curiosa y una niña delgada y atractiva.
—Annus ya me ha informado de la muerte de nuestro hermano, pero me gustaría conocer cómo ocurrió y de la suerte de nuestra hermana, de la que no me ha dicho nada.
Ante su pregunta, Ania volvió a sentarse con el rostro entristecido.
—Alteus murió de las heridas recibidas en el último encuentro con los oretanos. También murió Alturgen; mi esposo y tu amigo de la niñez. Con la ayuda de los romanos, a pesar de la conquista de Cástulo, nuestros enemigos se han vuelto codiciosos y pretenden apoderarse de todas las tierras y poblados alrededor —Miró a su hijo antes de continuar—. Mandamos mensajeros para parlamentar y conseguir un acuerdo con quienes pensábamos que serían contrarios a la guarnición romana que Escipión había dejado. En lugar de ello, el resto de poblaciones se habían aliado con los señores de Cástulo y con ayuda de los legionarios que Africanus dejó, más los que han ido llegando, pretenden adueñarse de todo. Hasta ahora, sólo nosotros y nuestra ayuda a Obulco ha impedido que consigan su objetivo. Ahora las cosas se complican, Roma envía soldados y gobernadores para la conquista de todas las tierras al sur del Gran Río —Ania,tenía la mirada perdida mientras hablaba—. A nuestra hermana Anima se la llevaron las fiebres pocos años después de tu partida. Desde entonces madre no fue la misma, aunque vivió varios años más, no consiguió recuperarse de su muerte. Hicimos ofrendas a la diosa Calesta durante su enfermedad. Le expusimos figuras de nuestra hermana y animales para el sacrificio, pero todo fue inútil y las calenturas se la llevaron cuando estaba a punto de casarse.
—¿Y la familia de Alteus? ¿No tuvo mujer e hijos?
—Sí, tuvo mujer, pero sus hijos murieron apenas nacieron, al igual que su esposa lo hizo hace ya varios años.
—Entonces sólo quedamos nosotros, tus hijos y nietos para que se mantenga nuestra familia —contestó un entristecido Amanus.
—Tú aún eres lo suficientemente joven para engendrar a tus hijos. Nuestra casa familiar te espera para que lleves a cabo la tarea que padre te había asignado antes de tu marcha. Siempre hablaba de tu vuelta y nunca desesperó de que lo hicieses.
—Honraré su memoria y cumpliré la tarea que me tenía encomendada. En cuanto a lo de engendrar hijos, no tengo claro que la voluntad de los dioses sea que un viejo como yo pueda tener una familia.
Amanus paseó su vista por la estancia para comprobar que estaba en buen estado y que su mobiliario y enseres eran de buena calidad. Estaba sorprendido que las cabañas de su niñez hubiesen sido sustituidas por construcciones más sólidas y de mejor terminación, por lo que su impresión de riqueza se acrecentaba con cuanto se mostraba a su curiosidad.
—Ahora me gustaría que me hablases de tus otros hijos y de la ciudad, a la que he encontrado diferente y mucho mayor que cuando marché.
—Mi hijo mayor se marchó como mercenario al servicio de Roma. No sabemos nada de su suerte desde que lo hizo, hace más de un lustro. En cuanto a mi hija, se unió con un principal de Nuba. Un buen hombre con el que ha formado una familia. La vemos dos o tres veces al año a ella y a sus hijos. En cuanto a nuestra ciudad, creo que mi hijo Alturgen te podrá informar mejor de los cambios ocurridos. Mientras tanto, te ruego que compartas con nosotros la mesa.
El joven recogió el testigo que su madre la había entregado y sin ningún titubeo comenzó su explicación.
—Varios años después de vuestra partida, el viejo rey Annus, tu padre, mi abuelo y los notables, comenzaron una relación continuada con los comerciantes de Gades. Querían olivas conservadas y aceite que, según sabíamos, era de una inmejorable calidad, también todo el trigo que pudiésemos cosechar. Habrás visto que los campos están plagados de olivos y una parte de los bosques ha sido talada para plantarlos. Ese comercio y la ampliación de las tierras de cultivo, ha hecho que la población aumente y el bienestar se extienda a la ciudad y a nuestras ciudades subordinadas. Aunque como podrás comprobar, también tenemos muchas tierras dedicadas al trigo, la cebada, el forraje para el ganado y el esparto —Dejó de hablar para comprobar que Amanus lo seguía—. Nuestra prosperidad se extiende a todas las aldeas y ciudades vinculadas a nosotros: Obulco, Tucci la nueva, Nuba, Cartela, Ucubi, Ipzca y todos los pequeños asentamientos en derredor de ellas. Cultivan sus tierras de olivos y, o bien nos traen sus frutos para que nuestras prensas los conviertan en aceite, o ellos lo hacen y nosotros los almacenamos para su venta a los mercaderes de Gades. Normalmente, las poblaciones mayores como Obulco y Ucubi nos traen su aceite, el resto los frutos para su tratamiento.
—Por lo que escucho, seguimos siendo la ciudad predominante de estas tierras. ¿Hasta dónde extiende su dominio nuestro rey? —preguntó Amanus.
—Como puedes comprobar por los nombres que te he comentado, aunque hay otros que no he mencionado, hasta el Gran Río por el norte, Obulco y Tucci la nueva por el este, Nuba y Cartela por el sur, Ipzca y Ucubi por el Oeste. Todas tienen su consejo de notables. No obstante, también todas tienen su representación en nuestro consejo de notables, y tienen que decir en los grandes asuntos que tratan y decide nuestro rey —Su sobrino hablaba con el orgullo bien visible en sus palabras y en la expresión de su rostro—. En los malos tiempos, cuando Escipión destruyó Iliturgis y conquistó Cástulo, puso cerco a nuestra ciudad y las familias importantes de esas ciudades y aldeas se refugiaron aquí. No obstante, Escipión era un hábil negociador cuando el empleo de la fuerza era de resultado incierto. Tenía prisa por regresar a Roma, y después de poco menos de una luna que nos cercara, negoció y acordó con nosotros una paz que suponía el pago de lo que llaman Stipendium y el enrolamiento de los voluntarios en sus tropas auxiliares, concediendo una situación de reconocimiento de ciudad amiga y aliada del pueblo romano. Mi hermano marchó con él, junto con casi mil guerreros voluntarios nuestros y de las demás ciudades.
—Como ya hemos comido, creo que es hora de irnos a dormir —intervino Ania, interrumpiendo la conversación—. Mañana podemos seguir hablando —Poniéndose en pie y besando a su hermano primero y luego a sus nietos—. Puedes hacerlo cerca del fuego, el comienzo de esta temporada viene fría antes de tiempo.
El jergón que le pusieron frente a la gran chimenea, le pareció el sitio más cómodo en el que había dormido en mucho tiempo. Apenas descansó su cabeza en la manta con la que viajaba, cerró los ojos y el sueño le envolvió con su paz oscura y silenciosa. Abrió los ojos poco antes del amanecer; muchos años de una vida de soldado determinaban sus ritmos vitales. Se levantó y salió fuera al frio que precede a la salida del sol. Inició sus ejercicios rítmicos y prácticas con su falcata, tal como había hecho en innumerables días en el ejército. Así le encontró su hermana, cuando abrió la puerta de la vivienda y salió al jardín que la rodeaba.
Ania se quedó mirando la agilidad y rapidez con la que se movía. Su cuerpo era curtido y correoso recorrido por varias cicatrices de anteriores heridas. Tenía cerca de cincuenta años, pero estaba en una inmejorable forma física que el tiempo de duras luchas había forjado. Delgado y de estatura media, el pelo y la barba encanecidos, ancho de espaldas y con músculos que se podían ver en cada uno de sus movimientos. Su rostro era de gran parecido a su padre: ojos grandes y de mirada inquieta, nariz aguileña, mentón fuerte y pronunciado de boca pequeña y labios gruesos. No era un hombre atractivo, pero sí de una apariencia muy varonil.
—Creo que es hora de comer algo por la mañana. Detrás de la casa tienes un cubo con agua para que te puedas lavar —le dijo Ania cuando detectó su presencia.
—Gracias, hermana, termino y entro en un momento.
Una vez concluidos sus ejercicios y después de haberse aseado, Amanus entró en la casa para encontrarse con un tazón de leche humeante, una rebanada de pan recién hecho y frutos secos. Había aceite y miel para acompañar. Su hermana estaba atareada con una sirvienta y la mujer de su hijo preparando el desayuno de este y de los niños que aún no se habían levantado.
—¿Qué piensas hacer hoy? Si quieres, puedes acompañar a Alturgen en su visita a las tierras y a los almacenes. Desde la muerte de nuestro hermano, ha estado administrando las tierras, prensas y almacenes que ahora son tuyos, además de los que le corresponden por su padre.
—Me gustaría mucho, pero acordé con Annus que nos veríamos esta mañana en su casa para continuar con mi relato. También para la ayuda y consejo que me ha demandado —contestó Amanus, relamiéndose la miel que había untado con el aceite en la rebanada de pan.
—Lamento que no puedas acompañarme —comentó su sobrino al aparecer en el salón—. Me hubiese gustado enseñarte las mejoras y ampliaciones que hemos realizado en las tierras, así como los edificios y el funcionamiento del negocio que tenemos con Gades.
—También yo, pero el rey no me ha dejado otra opción. Aunque estoy seguro que tendremos otra ocasión muy pronto.
Diciendo esto, Amanus se levantó y con un saludo salió de la casa camino de la de su primo. A la luz del sol, aún era más espléndida la vista del paisaje y de la ciudad. Hombres y mujeres se afanaban en sus tareas, yendo a por agua o a ocuparse de las tierras y los negocios. Los rebaños de cabras y ovejas que habían estado encerrados en los rediles, cercanos al lugar de enterramiento de los notables de la ciudad, salían a pastar acompañados por sus cuidadores.
Desde la altura en la que se encontraba, podía ver el conjunto de viviendas más pobres en el lado suroeste, pegadas a los muros de la ciudad. Eran las viviendas de los siervos, que se dedicaban a la agricultura, al pastoreo y a la limpieza de las calles y edificios, aunque ahora veía como muchas de esas figuras se encaminaban a la puerta oeste para entrar en los que su sobrino le había informado eran prensas y almacenes.
Como no se cansaba de contemplar el espectáculo que suponían las magníficas vistas y su ciudad en movimiento, tuvo que hacer un esfuerzo para concentrarse en la tarea que tenía de ir al encuentro de su primo el rey, subiendo la pequeña cuesta que separaba la casa de su hermana de la que ahora era su casa, que había sido la de sus padres. No tenía mucho tiempo, pero no pudo sustraerse al recuerdo y entró en la vivienda. Se había agrandado y tenía fuertes muros sobre los que se asentaba. Al pasar a su interior, pudo comprobar la impresión exterior de que le faltaban cuidados para poder mostrar su mejor cara. No obstante, se parecía a la de su primo, tenía un gran salón de entrada con una hermosa chimenea, un hogar para cocinar los alimentos y varias dependencias para dormir. En la parte trasera, había un establo para animales que estaba vacío. En definitiva, más grande y espaciosa de como la recordaba.
Salió con premura para ir al encuentro de Annus, su vivienda apenas la separaban unos trescientos pasos de la suya. Al entrar, saludó al guerrero que se encontraba haciendo ronda entre la torre y la casa del rey, que le dejó pasar sin decir ninguna palabra.
Una vez en su interior, encontró a su primo sentado a la gran mesa rodeado de más personas que la noche anterior. Además de su mujer e hijos, había más de una docena de ancianos y hombres de importancia innegable por las riquezas de sus vestimentas, así como tres con aspecto de guerreros.
— Te estábamos esperando —le dijo su primo, y como vio la expresión de sorpresa en su rostro le informó de la identidad de aquellos que le acompañaban—. Además de mi familia y de Elandro, estos son los más importantes de los notables de la ciudad, y estos tres guerreros son los ayudantes de nuestro jefe de guerra.
Los fue presentando uno a uno, aunque no era capaz de recordar todos los nombres que le iba diciendo, excepto el de Iltur, un notable de Obulco de visita en la ciudad, en la que tenía un asiento en el consejo y al que su primo parecía tener en gran estima. Esto, unido a su aspecto afable y su mirada directa, le hicieron tomar buena nota para el futuro.
—Ahora debemos hablar de la situación en la que nos encontramos. Pero antes, y si no tienes inconveniente, me gustaría que repitieses tu relato de ayer para que lo conozcan los miembros del consejo.
Así lo hizo, y cuando llegó a los años en los que habían estado deambulando por el centro y sur de la península itálica, estuvo aclarando las ciudades que se les oponían y aquellas que eran aliadas de Aníbal. El relato debió ser satisfactorio, ya que incluso Elandro, el rey y sus familiares, atendían igualmente interesados, aunque la mayor parte la hubiesen escuchado antes.
—En definitiva, estos años no sirvieron a los objetivos que nuestro general se había marcado, ya que los romanos se recuperaron y Escipión había vencido en Iberia a las tropas cartaginesas. Su hermano no consiguió llegar hasta nosotros y entonces debíamos tener cuidado con los romanos que, cada año, eran más fuertes.
Al hacer un alto en su relato, su primo le pidió que les contase lo acontecido en la batalla de Zama y la manera en la que consiguió volver.
Amanus se movió imquieto en el asiento que ocupaba al pensar en aquella batalla que supuso el final de sus años con el general.
—Nos embarcaron en la bota itálica, cuando el senado cartaginés y los sufetes, los dos magistrados ejecutivos del senado, pidieron a Aníbal que defendiera Cartago de las acometidas de Escipión, que había desembarcado en África con más de cuarenta mil hombres y suponía un grave peligro al que no podían hacer frente. La llamada hizo efecto en el ánimo de nuestro general, a pesar de que el senado no había suministrado los efectivos y la ayuda que les había solicitado durante años; lo que no hizo posible acabar con la resistencia de Roma y permitió su recuperación. Durante todo ese tiempo, pareció como si a Cartago le diese miedo la derrota de Roma y tener un Barca victorioso, por lo que prefirieron mantener la situación y no ayudarlo más que lo estrictamente necesario. A pesar de ello, el general aceptó hacer frente a los romanos en las cercanías de su ciudad; yo creo que sabía terminada su aventura en la península itálica y esperaba poder renovar su enfrentamiento con una victoria contra las tropas de Escipión —Hizo un alto antes de continuar, con el que pudo comprobar el grado de interés con el que su relato estaba siendo seguido por los presentes—. Cuando desembarcamos cerca de Cartago, no quedábamos apenas veinte mil hombres de los que habíamos derrotado a los romanos en numerosas ocasiones. Se nos unieron los hombres de la milicia local y los mercenarios que había logrado reunir el senado. En total, algo más de cuarenta y cinco mil efectivos que, inmediatamente, nos pusimos en marcha para interceptar y derrotar a las tropas romanas —Volvió a pasear su mirada entre todos los hombres y mujeres sentados en torno a la gran mesa—. No muy lejos de Cartago, en la llanura de Zama, Aníbal decidió plantear batalla. Ahora, después de tantos años a su servicio y con tantas muertes ocurridas, estaba más cerca del general en la toma de decisiones. En esos momentos, no estaba tan dinámico y no se le veía tan seguro de sus decisiones como lo había estado anteriormente. Se encontraba triste y apagado. Su único ojo no brillaba con la intensidad que yo había visto antes de las primeras batallas contra Roma y, sobre todo, antes de Cannae —Sus recuerdos se algopaban en su cabeza, y tuvo que hacer un esfuerzo para ordenarlos en su relato—. El día que nos enfrentamos con las tropas de Escipión, había amanecido claro y luminoso. Habían pasado cuatro días de los idus del mes de octobris del 552 Ad Urbe Condita; desde la fundación de Roma, según el calendario romano. Había dispuesto a sus legiones de la manera tradicional, con la caballería de Masinisa y Lelio a los laterales de la infantería, que estaba formada por manipulos. Se decía que Anibal y Escipión se habían reunido la tarde anterior, aunque los bulos entre las tropas siempre habían existido y no sé si fue real. Cuando comenzó la batalla, la caballería romana fue perseguida por la de Tiqueo y se perdió de vista. El enfrentamiento de la infantería duró muchas horas y tenía un resultado incierto, hasta que nuestro general hizo entran en liza a sus veteranos. Yo había sido unos de sus oficiales de caballería, pero aquel día me pidió que me ocupase del ala izquierda del ejército. Los romanos aguantaron nuestro empuje y los muertos en ambos bandos eran la muestra de ello. Las bajas estaban de nuestra parte, ya que era la primera vez que en batalla contra Roma teníamos superioridad numérica en infantería; aunque la caballería romana era más numerosa. Después de que se fuese decantando el resultado a nuestro favor, una vez que intervinieron los veteranos, los romanos perdían terreno y nuestro centro vencía la resistencia de sus legiones. Parecía que el resultado sería, una vez más, una victoria de Aníbal. No obstante, cuando nuestro empuje vencía su resistencia, aparecieron sus jinetes por la retaguardia de nuestro ejército y el resultado se decantó a su favor —La tristeza era visible en el rostro de Amanus, que tuvo que hacer un esfuerzo para continuar—. Aníbal consiguió huir y refugiarse en Cartago, más de 20000 hombres murieron y casi otros tantos fuimos hechos prisioneros. Nuestra derrota era total y Cartago no tenía más tropas para oponer a las de Escipión. Tengo que decir que se nos trató de manera honorable y se permitió nuestra liberación una vez satisfechas sus demandas; entre las que estaba el licenciamiento de los supervivientes. No obstante, el general consiguió que el Senado nos concediese una indemnización. Con ella y con la cantidad que me dio de su propio dinero, algún tiempo después, emprendí camino hasta Gades en un barco cartaginés que hacía la travesía con productos de oriente para su comercio; había rechazado su propuesta de quedarme con él en Cartago y unirme al grupo de sus hombres de confianza. Creo que había perdido mi fe en Anibal y el desánimo había hecho mella en mí. En Gades, me uní a una caravana de mercaderes que se dirigía a estas tierras, en la que fui bienvenido al ser un soldado veterano y a los que oí hablar del comercio del aceite que manteníamos con ellos. A dos jornadas de aquí, me adelanté a la caravana cuando se detuvo en otra población para que descansasen los animales.
Terminado su relato, Annus se levantó y dijo que ya habría tiempo para preguntas sobre lo que habían escuchado, y que ahora era importante que se reuniera el consejo para tratar asuntos urgentes. Ante lo cual, las mujeres y los guerreros salieron de la gran estancia para dedicarse cada uno a sus tareas.
—Ahora nos reuniremos en consejo, aunque no podrán estar los representantes de las ciudades hermanas, excepto Iltur, ya que no sabíamos de tu llegada y no hemos podido convocarlos; aunque tiempo habrá de informarlos —Con estas palabras, su primo se sentó e invitó a hacerlo al resto en los asientos preparados alrededor de la mesa—. En primer lugar, primo Amanus, quiero darte la bienvenida y felicitarte por haber conseguido sobrevivir a tanta guerra y durante tantos años. Con los tiempos que atravesamos, me gustaría que conocieses la situación de nuestras ciudades—. Hizo un alto para asegurarse la conformidad entre los presentes, antes de continuar con su intervención—. Desde la marcha de Africanus, la presión a la que nos somete Roma se ha visto incrementada por la rapacidad que siempre han mostrado los oretanos, y que ahora aumenta por considerarse protegidos de las legiones; en esta parte de lo que los romanos denominan Hispania Ulterior. Al principio, pensamos que con el control y la explotación de las minas en la región de Cástulo y en el suroeste de la Ulterior estaban satisfechos. No obstante, al poco tiempo pusieron sus ojos en las tierras y en el comercio del aceite. El tratado que acordamos con Escipión, y que hemos respetado desde entonces, parece que ha supuesto un freno a sus ambiciones, pero con cada nuevo año sus exigencias se incrementan y la violencia se manifiesta en mayor medida.
Al llegar a este punto, Annus dirigió su mirada a Iltur de Obulco, al tiempo que asentía para que éste tomase la palabra, mientras él aprovechaba para dar un buen trago a su jarra de cerveza.
—Nosotros podemos dar testimonio de como los oretanos, aliados en ocasiones con grupos de sesetanos, roban nuestras cosechas y matan a los que se les oponen, sin que los romanos hagan nada al respecto. Yo mismo me entrevisté con el cuestor de la Ulterior, con motivo de la destrucción de un pequeño asentamiento entre Obulco y Nuba, sin que consiguiese más que vagas disculpas y promesas de abrir una investigación para castigar a los culpables. De eso hace ya varias lunas.
—En vista de la situación, nos parece que tu llegada ha sido un regalo de los dioses —Con estas palabras, su primo se dirigió al resto de los presentes—. Creo que Amanus nos puede ser de mucha ayuda, en la tarea que debemos emprender para inspeccionar nuestras defensas y mejorarlas en lo que podamos. Todas las ciudades aliadas deben estar alerta de un posible ataque, por lo que los consejos y dirección de las mejoras en nuestras murallas y resto de defensas puede ser una tarea que encarguemos a mi primo que, por su muchos años de experiencia en la lucha contra Roma, ha visto lo suficiente para sernos de gran utilidad. También tenemos suficientes riquezas provenientes del comercio, como para emplear una parte en las mejoras que sean necesarias —En este punto detuvo sus palabras para mirar fijamente a Amanus—. Todo esto, primo, si estás de acuerdo en viajar a todas y cada una de las ciudades y asentamientos para ayudar en lo necesario.
En la cabeza de Amanus se mezclaban sentimientos encontrados. Por un lado, volver para encontrarse con otra guerra, no era lo que había pensado que ocurriría. Por otro, ayudar a su gente era un privilegio al que no podía negarse, por lo que se encontró con un dilema que debía resolver con rapidez.
—Por supuesto que ayudaré en todo lo que sea necesario —Fue la respuesta que, de manera contundente, expresó a las personas reunidas en el gran salón. Ninguna de las cuales sospechó la duda que le había invadido ante la propuesta de su primo el rey.
—Bien, ahora me gustaría escuchar si alguien está en contra de lo que se ha hablado.
El silencio fue total y sólo se rompió con expresiones del tipo: «¡Es lo que debemos hacer!», «¡Es una actuación necesaria!», acompañadas de sonrisas y golpes en la mesa para demostrar su conformidad.
—Convocaremos a todos los representantes de las ciudades y nos volveremos a reunir para poner fecha de inicio. Por otra parte, propongo que mi primo Amanus, por su nacimiento, su posición y su dilatada experiencia en guerra, ocupe el sitio que su hermano dejó con su muerte en este consejo —Esperó unos instantes antes de continuar—. Si nadie es contrario, así queda decidido. Ahora, bebamos para celebrar su vuelta —concluyó, mientras volvía a dar un gran trago a su jarra.
Todos se acercaron al nuevo miembro y le felicitaron por su incorporación, así como por haber vuelto después de tanto tiempo. Las siervas, a una señal de la mujer de Annus, sacaron copas y platos con queso, carnes de cabrito y de cordero, así como unas deliciosas olivas para acompañar al vino y la cerveza que se sirvieron de manera abundante. Entre conversaciones sobre la situación existente y preguntas de sus años con Anibal, fueron desapareciendo una gran parte de la comida y la bebida servidos. Una vez que todos estaban ahítos de comida y achispados por el vino y la cerveza, se fueron despidiendo del rey y volvieron a sus asuntos.
Cuando Amanus se acercó a su primo para despedirse, este le pidió que se quedase. Así, cuando el último de los asistentes se hubo marchado, se sentaron juntos a la mesa y Annus pidió un poco más de vino.
—Amanus, quiero agradecerte que hayas aceptado el trabajo que he propuesto. Lamento no habértelo dicho previamente, pero he tenido poco tiempo para pensarlo y había que hacerlo hoy. Por otra parte, tengo otra propuesta para ti que me gustaría que meditases detenidamente —Esperó que las siervas recogiesen la mesa y les sirviesen más vino antes de continuar. Incluso cuando habían desaparecido, continuaba en silencio como si le costase decidirse a hablar—. Esta noche Becinda y yo apenas hemos dormido; nada de lo que puedas estar pensando. Hemos estado dándole vueltas a la propuesta que te voy a hacer: mi hija mayor Belestra es viuda desde hace algún tiempo. Su esposo, un principal de Ucubi, murió por una caída del caballo hace casi dos años. Hemos estado posponiendo un nuevo enlace algún tiempo por petición de ella, pero ahora que has vuelto, no encontramos ningún motivo para seguir dilatándolo —Miró a Amanus buscando su complicidad, antes de decidirse a continuar—. Belestra todavía es joven, es una mujer de elevada posición y será una buena esposa para ti. Aún puede darte hijos y le hemos preguntado, parece que te prefiere a otro enlace con algún principal de una ciudad aliada —Ya estaba lanzada su propuesta. Su expresión de satisfacción daba a entender la dificultad que había soportado hasta hacerla.
Amanus no se esperaba la proposición que su primo le hacía y quedó en silencio. Multitud de ideas pasaban por su cabeza sobre la familia y los hijos que pensó que nunca tendría. Casi no le ponía cara a la hija de su primo, pero lo importante era que le proponía un enlace satisfactorio para ambas partes; aunque parecía una manera de vincularlo personalmente. Annus mal interpretó el silencio de Amanus, por lo que se sintió obligado a seguir hablando para aclarar las dudas que presentía en su primo.
—No te preocupes por nada, sabemos que eres propietario de tierras, animales y prensas para el comercio con los de Gades. Estamos seguros de que mi hija estará bien atendida. Por ella no debes sentir temor, como te he dicho no tuvo hijos, y los familiares de su difunto esposo estuvieron de acuerdo con su vuelta y que no reclamase ningún derecho sobre los bienes —Annus lo miraba esperando la reacción de Amanus y, en ese momento, decidió darle una salida que evitase la negativa que temía se produjese.
—Piénsalo y dentro de unos días me das tu respuesta. No tienes que decirme nada ahora mismo.
Amanus no tenía otra idea en mente que la propuesta recibida. Si no había dicho nada no era por que le desagradase, sino por no esperarse algo así; era un tema al que nunca dedicó mucha atención. Aunque una esposa joven y del nacimiento de la hija de su primo, no era nada despreciable para quien tenía pensado establecerse en la ciudad.
—Gracias, primo, como me has permitido lo pensaré y te daré mi respuesta en pocos días.
Al salir de la casa del rey no era capaz de pensar con claridad. Parecía como si los acontecimientos se precipitaran sobre él y no fuese capaz de tener la lucidez suficiente. Suponía que la edad le impedía ver las cosas adecuadamente. No obstante, estaba seguro que su hermana podría ayudarle a verlo todo con el punto de vista adecuado; tenía la seguridad que Ania sabría valorar la propuesta, sin la multitud de sentimientos que no le dejaban ver con claridad.
Cuando llegó a la casa de su sobrino, su hermana estaba esperándolo y le pidió que le informase sobre lo ocurrido; su hijo no había vuelto y tenían algo de intimidad para poder hablar. Después de que le contase lo acontecido en la reunión del consejo y la posterior propuesta de su primo, su hermana quedó un tiempo en silencio sopesando la información que le había dado; parecía meditar la respuesta a darle.
—Hermano, parece que nuestro primo te necesita desesperadamente. Hacerte miembro del consejo y ofrecerte a su hija como esposa, parece una manera de asegurarse el trabajo que te ha encargado. No obstante, si tu intención, como esperamos, es quedarte en Tucci, debo decirte que Belestra es una buena mujer que no tuvo suerte con su enlace. Se dice que su esposo la maltrataba y que murió al caer borracho de su caballo —Se quedó en silencio y meditó sus siguientes palabras—. Si aceptas, creo que habrás hecho una buena elección y que será una buena esposa para ti. Belestra ha sufrido mucho y siempre se la ve triste y afectada. Su mirada parece perdida y distante, pero yo sé que es una buena persona y que fue una niña alegre y feliz.
—Gracias, Ania, creo que tienes razón y lo meditaré detenidamente. Hasta dentro de unos días no tengo que darle mi respuesta.
A la mañana siguiente, después de sus ejercicios diarios, se adentró en las calles para volver a conocer su ciudad y a sus gentes. Todavía era temprano y el sol no había calentado el día suficientemente. Hacía algo de frío y se calentaba con su capote, sagum lo llamaban los legionarios romanos que lo habían copiado de los pueblos de Iberia. Lo había cogido de la impedimenta de uno de los oficiales muertos después de Cannae y desde entonces lo acompañaba.
Bajaba por el lado oeste, por el camino que conectaba con la puerta de ese sector y con el espacio central, que estaba justo debajo de la elevación en la que se enclavaba la torre y la casa del rey. Hacía allí se dirigió. En ese espacio central había toda clase de pequeños puestos que vendían desde pan recién hecho a verduras y frutas de Nuba e Ipzca. Parecía día de mercado por el ajetreo que se vivía a esas horas. Algunos puestos de venta tenían un asentamiento más permanente, como los de telas y joyas en los que había guardias en la entrada.
Se detuvo a las puertas del santuario de Lug, en la esquina este de la plaza del mercado, al que entró a dar gracias por su vuelta y se recogió en una oración por sus padres y hermanos muertos. Así lo encontró el viejo sacerdote que se dirigió directo hacía él.
—Que él te guíe y te ilumine, Amanus —Con estas palabras le saludó el sacerdote mientras apoyaba las manos en sus hombros—. No sabía si vendrías o tendría que ir a buscarte. He estado temiendo mucho tiempo que no regresaras, puesto que en ese caso no tenía muy claro cómo actuar y qué hacer con todos los documentos que tu padre me entregó antes de morir. Muchas veces pensé en entregarlos a tu hermano, pero el recuerdo de la advertencia de Anemus al respecto me hacía esperar y confiar en tu vuelta —dejó de hablar mirándolo fijamente a los ojos—. Me llamo Baltar y soy sacerdote de nuestro gran dios Lug. Aunque ya debes conocerme, puesto que cuando marchaste eras lo suficientemente mayor para que ahora puedas recordar. Pero lo que puedo comprobar con regocijo, es que no has olvidado a los dioses de tus antepasados y les sigues prestando veneración; a pesar de todas las divinidades que has conocido en estos años. No tengas cara de asombro, ya conocía tu vuelta. En nuestra ciudad es difícil que una noticia como esta no circule como el rayo.
—Te agradezco tu bienvenida, Baltar, recuerdo muy bien tus enseñanzas de cuando era niño y tu bendición cuando nos fuimos. No sabía que mi padre hubiese confiado nuestro secreto a nadie. Aunque comprendo que si no estaba dispuesto a ponerlo en manos de mi hermano, debió confiar en alguien para guardarlo. También me consta que mi hermana tiene conocimiento de su existencia.
—Tu padre confió primero en tu hermana Ania, pero como ella se confesó incapaz de seguir adelante con la tarea, después lo hizo conmigo y me explicó su contenido antes de depositarlo en mis manos.
El sacerdote copaba el espacio visual de Amanus, sin dejarle asimilar lo que estaba diciéndole; en apenas dos días, esa misma sensación predominaba en su interior, sintiéndose superado por los acontecimientos que se acumulaban, sin que fuese capaz de enfrentarlos y, mucho menos, ordenarlos y tenerlos controlados. El convencimiento de estar superado, era algo a lo que no estaba acostumbrado en su ordenada vida de guerrero y le causaba una desazón con la que le gustaría acabar.
—Creo que lo realizado por tu familia, durante las generaciones en que lo habéis hecho, es una tarea digna de aprobación y del apoyo que yo pueda darle —continuó Baltar.
—Gracias, otro día vendré a recoger los documentos. Ahora mi sobrino me espera en la puerta oeste para enseñarme las tierras y negocios de los que debo hacerme cargo —agradeció que Alturgen le esperase para zafarse de una conversación para la que no estaba preparado.
—Aquí estaré y que Lug te acompañe —le despidió el sacerdote del dios.
Al salir, se dirigió por el camino por el que había llegado y que le llevaba hacia la puerta oeste de la ciudad. Mientras lo hacía, pensaba en la tarea que su padre le encomendara que, antes que él, habían realizado incontables generaciones de sus antepasados. Al igual que muchas otras cosas que le estaban sucediendo, para Amanus las tradiciones familiares no habían formado parte de su vida en los años en los que estuvo fuera, aunque ahora tenía que reconocer que comenzaba a valorarlas. Al llegar, vio a su sobrino esperándolo conversando con una mujer de edad y que le recordaba a alguien. Al acercarse la reconoció. Era Antenia, la mujer que su padre había escogido para ser su esposa, de no haberse prestado voluntario para ir a la guerra; aunque siempre pensó que ese era otro de los motivos para haberse marchado.
—Buenos días —los saludó a ambos cuando estuvo lo suficientemente cerca.
—Me alegro de verte, Antenia, y de que goces de buena salud. Los años parecen haberse portado bien contigo.
—No es necesario que me adules, Amanus. Como puedes ver, sigo viva y no tengo mala salud. El que te fueses y rompieses nuestro compromiso fue una decisión dolorosa para mí un tiempo, pero aceptada y celebrada mucho más. Conocí a mi esposo y tenemos cuatro hijos que son nuestra bendición. No te conservo ninguna inquina y siempre deseé que volvieses —Aunque el ceño fruncido y el gesto adusto con el que hablaba, contradecía sus palabras.
—Gracias, eso me tranquiliza. Algunas veces me acordaba de ti y lamentaba que te hubiese podido hacer daño. Tus palabras son un bálsamo largo tiempo esperado. Si no te importa, me gustaría conocer a tu familia —dijo Amanus, tratando de congraciarse con ella.
Antenia se le quedó mirando unos segundos antes de contestar.
—Me parece bien cuando la situación sea la adecuada. No me gustaría que nadie pensase lo que no es. Ahora debo seguir con mis ocupaciones, supongo que ya tendremos ocasión de seguir viéndonos —Sin decir nada más, se despidió de los dos y siguió su camino hacia el mercado; o así lo pareció.
