Jaque al cuarto mandamiento - Rodea García - E-Book

Jaque al cuarto mandamiento E-Book

Rodea García

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Beschreibung

Arrastrada por la necesidad de romper con todo, Déborah abandona la capital del Ebro para instalarse junto al mar, en un pequeño pueblo del norte. Solo ambiciona un verano tranquilo, sin tensiones ni sobresaltos. Pero el inquietante dibujo de uno de los niños a los que imparte clases y, poco después, unas supuestas apariciones en la casona donde trabaja le muestran el extremo de un hilo que no podrá evitar seguir hasta acabar enredada en una tela de araña de intrigas y secretos. Un discreto forastero recién llegado a la zona, el farmacéutico de la plaza y una profesora de historia medieval relacionada con la familia la acompañarán por un sinuoso camino hacia el otro lado del espejo. ¿Qué ocurrió durante aquella última llamada? ¿Quién es la misteriosa mujer de la cala? ¿Cómo sabía la señora de la tienda de Rosa lo de su agresión? Los protagonistas llegarán hasta una realidad con origen cuarenta años atrás. Una historia donde nada es lo que parece. Una verdad que despierta en Déborah nuevas dudas: ¿cómo encaja ella en ese juego? ¿Es un peón bien colocado… o quizás la dama a sacrificar para dar jaque mate? Misterio, intriga y algunas notas de humor envuelven hasta la última página de esta novela que, con una nutrida y comprometida temática, hurga en el alma humana, invita a la reflexión y remueve algo por dentro.

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Veröffentlichungsjahr: 2024

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JAQUE AL CUARTO MANDAMIENTO

© Genoveva Rodea García

© Corrección ortotipográfica: Álvaro Martín Valcárcel

© de esta edición: Olé Libros, 2023

ISBN: 978-84-10053-42-7

Producción del ePub: booqlab

No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito del editor. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (Arts. 270 y siguientes del Código Penal). Las solicitudes para la obtención de dicha autorización total o parcial deben dirigirse a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos).

KALOSINI, S. L.

Grupo editorial

[email protected]

www.olelibros.com

 

Para Juan Manuel, mi amor, mi marido.

ÍNDICE

20:33

20:55

1

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20:33

Los gritos parecen haber quedado atrás, enredados en algún punto alejado de la tormenta que azota el bosque. Dejo de correr para cerciorarme. Escucho con atención: un segundo, dos, tres... Nada. Oigo el golpeteo de la lluvia al descargar sobre los charcos y la pelea del viento con el ramaje, nada más. No me fío. Me giro. Miro atrás... Nadie. Solo un conejillo buscando abrigo y el camino embarrado donde se ahogan mis huellas mientras los rayos cruzan despiadados el cielo más furioso que he visto en años.

Un trueno me sobrecoge.

Corro.

20:55

Aseguro los cerrojos, rápido, sin olvidar ninguno. Con la respiración entrecortada, aprieto la espalda contra la puerta olvidando el charco que estoy dejando en el suelo de madera. Necesito parar, respirar, recuperar la calma; convencerme por fin de que estoy segura. Y clavo la mirada en el espejo del recibidor. Y le digo a mi reflejo: «Tranquila, ya pasó». Pero no pasó. Solo pasé yo. Pasé por donde no debía y ahí está el resultado, un espectro que tirita sin saber qué hacer, con las rodillas magulladas y el alma atrapada en una única certeza: tras esta puerta nada acaba.

He logrado huir, sí. Pero estoy lejos de escapar.

1

«Una persona a menudo encuentra su destino en el camino que tomó para evitarlo».1 ¿Dónde lo escuché? Probablemente en alguna vieja película, en un artículo sin transcendencia o entre los párrafos de algún libro que no dejó memoria, pero sí huella. El lugar y el momento carecen de importancia. Lo que se impone es el mensaje, el trasfondo de esta cita que hoy tomo prestada. ¿Por qué? No lo sé. ¿Define lo acontecido? ¿Predice un final? Lo ignoro. Solo tengo una certeza: se trata de un comienzo. Es un modo —mi modo— de abrir el grifo del pensamiento para que la historia comience a fluir, los recuerdos se conviertan en palabras y las ideas se ordenen formando un algo concreto que me ayude a entender lo que he visto, escuchado..., sé.

La lluvia sigue cayendo sobre las tejas con tal fuerza que, si no conociera su solidez, pensaría que el techo va a caer encima de mí en cualquier momento; las violentas rachas de viento parecen querer arrancar las paredes y los relámpagos fustigan sin tregua la oscuridad. Fuera es el caos. Ramas, piedras y lodo enfangan el camino convirtiendo cada curva en una trampa. Ahora no puedo conducir aunque alejarme sea lo que más ansío. Solo me queda esperar, sin saber cuánto ni qué haré después. Esperar, perdida en las cábalas, mientras siento cómo mi encantadora casita de campo va abandonando la categoría de hogar para convertirse en una prisión, en un refugio obligado donde ruego al dios de los ateos no haber sido seguida.

Cerrada a cal y canto, sin más luz que la de una discreta vela, me he sentado a escribir; un ejercicio que me acostumbré a practicar en la adolescencia cuando había borrasca en mí. Continúo como llegué hace casi tres cuartos de hora: mojada, la melena enrollada en una toalla y el vestido ceñido al cuerpo a modo de segunda piel. Una piel que sabe, que cuenta. Un lino blanco tornado a lienzo improvisado donde las impresiones desordenadas de polvo, barro y sangre parecen querer dibujar el cuadro de mi caos vital. Por eso demoro cambiarme. Siento que al hacerlo puedo perder algún detalle, algún recuerdo esencial. No me lo puedo permitir. Prefiero soportar el frío húmedo, tratar de olvidarlo y escribir. Recordar, ordenar... y escribir. Solo eso mantiene mi mente algo centrada.

Hoy, mis esquemas, mi seguridad, mis convicciones y las raíces de mi trabajado equilibrio han saltado en pedazos como lo hace un vidrio sometido a una brusca alteración de temperatura. ¡Crash! Una coincidencia, un accidente de la historia, un pequeño rayo de verdad traspasando la cortina de la cómoda fantasía tejida como real... Y todo se cae. ¿Para bien? ¿Para mal? Aún lo ignoro. Porque, quién sabe, quizás no se hayan caído. Quizás, sencillamente, se hayan transformado. Otra vez.

Uno de mis profesores de la Facultad de Derecho, el de penal, decía que existen épocas en la vida que nos enfrentan a grandes cambios. «Ya lo verás, morena», afirmaba sonriendo ante las verdades absolutas que me dictaba la juventud. Este —lo sé, lo intuyo— es uno de esos momentos a los que se refería hace ya más de veinte años. En ocasiones se decide por evolución: avanzamos con pequeños pasos previsibles; en otras, por revolución: damos el salto mortal sin red. Estas últimas suelen ser tajantes, bruscas, sin vuelta atrás. ¡La gran decisión! Aspavientos en el entorno. Girar del blanco al negro sin pasar por el gris. Exactamente lo que experimenté hace un tiempo, cuando nació esta historia aún sin desenlace.

Hace tres meses, al abandonar esa ciudad de interior que se engalana y canta a la Virgen del Pilar el doce de octubre, solo dependía de mí. Trasladarme a este pueblecito de mar —alejado y un tanto detenido en el tiempo— era mi historia, mi vida, mi respiro, quizás también algún nuevo callo en mi corazón. Ahora, sin embargo, va más allá de mi historia. Ahora lo que decida afectará a otras vidas en las que me vi implicada. A fantasmas de un mundo que, si bien no desconocía, nunca me habían visitado ni tocado de cerca. Hoy me he convertido en parte de una obra para la que ni tan siquiera había hecho intención de comprar la entrada.

 

1. Cita de Jean de La Fonteine.

2

Era martes cuando todo empezó. Un apreciado sol de mayo inundaba el salón mientras ordenaba carpetas y rompía viejos papeles que ya de nada servirían. Pese a ser más de las doce de la mañana, yo seguía con mi pijama rojo. No tenía la menor intención de pisar la calle en todo el día, de modo que nada me apremiaba. Hasta que la alarma del teléfono comenzó a sonar.

«Reunión de guion a las 17:00», indicó la pantalla. Agobio y culpa espolearon mi estómago al leerlo. Había olvidado completamente que tenía cita en pocas horas con los antiguos compañeros de la escuela de cine para terminar de definir nuestro último cortometraje. En un primer impulso, pensé inventar una excusa para ausentarme, pero el dichoso Pepito Grillo de la conciencia me hizo recapacitar. Si me daba prisa, aún podía repasar algo y no quedar del todo mal, así que retiré las carpetas de la mesita de cristal, coloqué el ordenador portátil y abrí el correo electrónico para buscar el guion que debía de llevar días en la bandeja de entrada.

Entonces lo vi. No el guion, aunque también estaba, sino un mensaje que me había sido enviado a diario, a la misma hora, durante toda la semana. El asunto me extrañó. Era una oferta de empleo remitida por una empresa de trabajo temporal a la que no recordaba haberme dirigido nunca. La leí con más curiosidad que entusiasmo, lo confieso. Estaba tan convencida de encontrarme ante alguna bazofia que me enfrenté a ella con mueca escéptica y la mano derecha sobre el ratón, dispuesta a pulsar la tecla de suprimir.

Mantuve esa actitud durante unas primeras líneas: exactamente dos. A partir de ahí, mi gesto se irguió con interés, con asombro. Aquel texto parecía adivinar mi estado de ánimo y la tentación de enviar todo a unos pueblos más allá del cuerno que llevaba aguijoneándome bastante tiempo. Atravesaba uno de esos periodos «olla exprés» en los que todo parece estar diseñado a contrapelo de nuestros deseos y necesidades. Y estaba harta, aburrida, asqueada... ¿De qué? De todo. Mi desencuentro era, básicamente, con el mundo en general.

El sonido del teléfono me rescató de la tercera lectura de aquel singular correo. Era Nacho, mi abogado.

—Cálmate y escucha, ¿vale? —me pidió al sentir que se me estaban llevando los demonios al enterarme del punto en que se encontraba mi cruzada contra la empresa arrendadora del piso donde resido—. Según la Ley de Arrendamientos Urbanos, eso es lo que hay.

—Claro que sí —corté con sorna—. Es lo que hay. ¡Joróbate, borreguito! Pues sabes lo que te...

—Calla y escucha —me cortó—: se me ha ocurrido un recoveco legal que podríamos emplear. Déjame un par de días para comprobar si es factible y montar la estrategia. Cuando lo tenga claro te lo cuento, ¿de acuerdo?

Silencio.

—¿De acuerdo? —insistió.

—Vale —contesté sin ningún convencimiento mientras jugueteaba con un bolígrafo.

Nuevo silencio.

—Bueno, ¿qué tal todo lo demás? —Nacho daba por concluido de momento el tema del litigio y mudaba de aires la conversación.

¿Lo demás? Para mí en aquel momento no existía nada más. Como la tarde anterior no existía otra cosa que la discusión por la factura del taller mecánico con trabajos ni presupuestados ni aceptados, o un par de días antes la indignación por el «Has estado genial. Muchas gracias» con el que me habían pagado los diez días de trabajo empleados en preparar y presentar una gala de moda. Mi vida era un macroenfado globalizado y mi mente entraba en bucle con cada problema. Tanto que podía quedar atrapada horas —incluso días— en la obsesión de turno, sin darme un respiro. Iba a responderle una perla como «Más mierda de lo mismo», cuando mis ojos se detuvieron sobre el anuncio de la oferta laboral.

Se lo leí. Me interesaba su opinión.

—¿Qué te parece?

—No sé qué aconsejarte —admitió tras meditarlo un instante—. Egoístamente, te diría que no te fueras. Pero está claro que necesitas un cambio; sino, cualquier día tendré que ir a pagar tu fianza porque habrás mordido a tu Jack. O porque le has raptado el gato amenazándole con cortarle los bigotes si no te recibe y te da una solución.

El que yo había apodado como «Jack el Impresentable» era el dueño y presidente de la promotora que me tenía alquilada la vivienda. La ocurrencia de Nacho no solo me hizo reír, también me animó a divagar sobre la retahíla de maldades varias que se me ocurría hacerle al estirado ese. Colgué con mejor humor y me recliné en el sofá, con el ordenador sobre las piernas, dispuesta a sumergirme en la lectura del guion. Resultó imposible. Las últimas palabras del abogado regresaban a mi memoria una y otra vez: «¿Qué puedes perder? Llama a esa oferta de trabajo y te informas».

No le faltaba razón, nada perdía por preguntar. Como mal mayor me darían unas condiciones que me ofenderían y les dispararía un dardo dialéctico o alguna amenaza de denuncia por abusos laborales. No era un precio demasiado elevado comparado con el beneficio que podía reportarme si aquello se revelaba medianamente interesante. Así que lo hice. Puse un poco de pasta a cocer, cogí de la nevera una cerveza con limón —de esas sin alcohol a las que me estaba aficionando desde que me mudara allí hacía unos meses—, me tumbé en el sillón y marqué el teléfono que se indicaba como contacto.

Aunque lo manejaba a la perfección, nunca había impartido clases del idioma de Victor Hugo ni me había ocupado de la educación extraescolar de unos niños pequeños. A mis cuarenta y tres años, habituada a vivir sola, sin chiquillos cercanos, la última de mis fantasías consistía en incluir su energía en mi día a día. Sin embargo, me estaba volviendo práctica y decidí mirarlo con los ojos del interés. Además de unas jornadas más que bien retribuidas que me evitarían seguir consumiendo mis ya escasos ahorros, la oferta incluía alojamiento gratuito cerca de un pueblecito de mar con pocos atractivos para el consumo. Eso representaba un retiro perfecto donde encarar un verano sin grandes expectativas laborales una vez acabado el curso académico y, con él, los pocos talleres de escritura creativa para adolescentes que había impartido durante el invierno. Así que me puse en modo actriz, dispuesta a utilizar todo lo aprendido en las clases de interpretación, y marqué el teléfono.

Un tono...

Dos tonos...

Tres tonos...

Un «Servitrece, buenos días» tras el auricular...

Y comenzaba la función.

Mentí al interesarme por el trabajo, mentí al enviar el currículum, mentí al entrevistarme con los reclutadores... Y lo debí de hacer muy bien, pues cuarenta y ocho horas más tarde ponía rumbo hacia aquel pueblo situado a trescientos kilómetros de mi ciudad para un viaje de prospección antes de dar el sí definitivo. Un sí que ya solo dependía de mí.

3

Todo estaba dispuesto para mi llegada. La dueña del bar-restaurante de la plaza, una pequeña señora de aspecto trabajado y rebosante de dinamismo, era la encargada de guiar mi visita por todos los lugares que pudieran interesarme. Joaquina se llamaba. Abierta y hospitalaria, me invitó a un café para aliviar la espera mientras acababa de servir el almuerzo a los clientes habituales. Después, en un Renault 4 destartalado y sin asientos traseros, cargado con cajas de verduras y frutas de la huerta, me acercó hasta una casita aislada en la campiña.

Me cautivó.

A dos kilómetros del pueblo y tres del mar, aquella vivienda suponía para mí un oasis perfecto. Tenía aspecto bucólico: árboles, flores y pájaros alrededor, silencio y paz... En ese momento me sentí como la protagonista de Bajo el sol de la Toscana a punto de liarme la manta a la cabeza, cambiarme los vaqueros y la camisa blanca por un vaporoso vestido de margaritas y decir «Aquí me quedo».

Joaquina sonrió al observar mi gesto de aprobación.

—¿Vamos dentro? —ofreció con la voz y con el gesto al apagar el motor.

Afirmé con una convencida bajada de párpados.

Al abrir, la puerta crujió dejando escapar un ligero olor a humedad fácilmente subsanable con un buen ventilado. Desde el interior la casa se veía vieja, lo era. Tan vieja como acogedora y con buen pronóstico de arreglo. Disponía de un gran salón con chimenea —donde ahora me refugio escribiendo—, una enorme cocina con alacena y una vasta mesa central sobre la que poder extender masa de pizza para cincuenta, y tres dormitorios sencillos que parecían conservar en sus porosidades los secretos de alguna historia.

—Voy a barrer un poco la entrada. La dejo a su aire —comentó mi guía.

—Gracias —respondí encantada de escapar del interrogatorio al que me estaba sometiendo en su intento de agradar.

Y seguí husmeando.

«Sí, sí, sí...», pensé al descubrir el patio. «Si acepto el trabajo, este será mi rincón zen».

Mientras un tímido sol de primavera me acariciaba el rostro, fantaseé con vestir aquello con césped, hiedra, plantas, una fuentecita de retorno de agua y mis viejos sillones de mimbre. Sin darme cuenta, estaba comenzando a experimentar algo perdido hacía tiempo: la ilusión. Sentía como si alguien hubiera levantado la lápida bajo la que me sentía enterrada y pudiera atisbar algo de luz y aire fresco que respirar.

Suspiré satisfecha imaginando cómo sonarían allí las mañanas durante el desayuno, las sobremesas de verano o las noches de cielo raso. Pero, sobre todo, visualicé mi estampa ante al ordenador: relajada, inspirada, tecleando esa novela de misterio que la editorial me requería en un plazo ajustado y de la que lo único que tenía era un boceto.

En aquel viaje de prospección también había conocido a los niños. Parecían bien educados, aunque preferí no hacerme ilusiones: podían haber sido aleccionados para portarse bien durante la visita a cambio de alguna infantil recompensa. El pequeño, Daniel, subido al potro de sus seis años, se entusiasmó al escuchar a su madre comentar que la señora —o sea, yo— escribía cuentos. Cuentos de más de trescientas páginas, pero cuentos, al fin y al cabo. Era gracioso y avispado. Le apasionaba cantar y resultaba divertido escuchar su vocecilla aguda reproducir los éxitos del momento. El mayor, David, de once años, se me antojó muy distinto. Era precioso: enormes ojos azules y una media sonrisa de ángel. Sin embargo, su mirada me resultó un tanto triste. Tímida, quizás. No, era triste. La que se me atragantó un poco fue la madre. Me pareció una estirada con aires de grandeza, algo que supuso un detalle insignificante comparado con lo mucho que me complacía todo lo demás.

Regresé tarde a la ciudad y aquella noche me dormí con la sonrisa de quien sabe que ha emprendido un camino correcto.

***

También era martes cuando desperté por primera vez en esta casa. Martes, un día con mala fama que, hasta esta misma tarde, hasta segundos antes de salir corriendo por el bosque, consideraba fecha a celebrar.

Era muy temprano cuando abrí los ojos. Como nos encontrábamos a principios de junio y en esta zona las mañanas suelen ser frescas, me dediqué a desembalar cajas hasta que el sol cumplió la promesa de los meteorólogos. Luego, con los mismos pantalones cortos y la camiseta de tirantes con los que andaba por casa, me acerqué hasta al pueblo para aprovisionar la nevera en la tienda de ultramarinos.

Al apartar una cortina veneciana que parecía datar de los años ochenta, apareció uno de esos comercios donde uno se encuentra desde una barra de pan hasta una escarpia. Esos cuyo dependiente suele conocer la despensa, gustos, costumbre y vida —ese es el precio de la familiaridad— de todos sus clientes. Rosa, la propietaria, ya sabía de mi existencia por su cuñada Joaquina. Sabía hasta cómo era, porque en cuanto me vio entrar, salió del mostrador para estamparme un par de besos y darme la bienvenida. De mediana edad, pizpireta y parlanchina, con un cuerpo moldeado posiblemente a base de barbacoas y potajes dignos de ahuyentar a una supermodelo con el mismo espasmo que el diablo recibiría agua bendita, parecía una de esas personas que nacen en un lugar y son felices en él hasta el final de sus días. Encantada con su Pepe —de oficio desconocido, pero doctorado con honores en la carrera de buscavidas—, en unos minutos me estaba mostrando las fotos de sus retoños de dos décadas. Después de tal recibimiento, me presentó a la clienta que esperaba turno pacientemente detrás de mí sin quitarme ojo.

«¡Glubs!», oí desde mi garganta al mirarla. Siempre he procurado no otorgar fe a las primeras impresiones. Sin embargo, aquella mujer enjuta me inspiró un no sé qué un tanto inquietante. Era mayor y muy seria. Me atrevería a afirmar que brusca en el trato. Una corazonada me previno de que en ese saludo podía estar jugándome su juicio hacia mi persona. La opinión del prójimo no figuraba en el directorio de mis inquietudes prioritarias —estaba yo ya muy rodada para eso—, pero tampoco era cuestión de empezar el primer día apuntándome enemigos. Así que, arrepintiéndome de haber bajado vestida de ese modo, la saludé todo lo cauta que pude o supe, compré lo imprescindible y me despedí de las dos.

En aquel momento, justo al salir, tuve una de esas sensaciones extrañas —cercanas a lo paranormal— que experimentamos en ocasiones. Sentí los ojos de la mujer clavados en mi nuca, como una especie de frío. Supe sin verla que me estaba mirando. Lo que no intuí entonces fue lo que significaría en adelante. Tampoco imaginé lo que se ocultaba tras el comentario que emitió cuando Rosa —pensando que no las oía— le contó que yo iba a trabajar en la casona de arriba:

—Pues que Dios la coja confesada.

4

¿Confesada? No. No lo estaba desde hacía décadas. Sin embargo, en confesora doy fe de que me convertí, y en tiempo récord. No había transcurrido una semana cuando Elena, la madre de los niños, se empeñó en contarme la historia de su familia con todo lujo de detalles. Unos detalles que, aunque en un primer momento me fastidió escuchar, reconozco que me ayudaron a entender actitudes y conductas que había comenzado a juzgar sin base.

Aunque en nuestro primer encuentro Elena se me había antojado un tanto maniática, enseguida mi impresión cambió y se inclinó por otro término: neurótica. La observaba resoplar, sentarse y levantarse sin concentrar la atención en nada concreto, alterarse ante cualquier insignificante contratiempo doméstico, hasta encolerizarse si algo —lo más ínfimo— escapaba a su control. Eso, los varios cigarrillos encendidos a la vez en distintos ceniceros y su excesiva delgadez dibujaban el retrato de alguien arañado por el desasosiego. Al principio mi trato con ella era escaso, prácticamente nulo. Relacionarme con la jefa no era mi cometido y me daba francamente igual el carácter de la señora. Sin embargo, observar cómo se comportaban los niños en su compañía —o tras estar a solas con ella— convirtió en convicción lo que en un inicio nació como simple pálpito: les influía demasiado. Los niños, sobre todo el mayor, parecían contagiarse del nerviosismo de su progenitora, y eso comenzó a preocuparme. Así, a mi labor lúdico-docente añadí mantenerme muy atenta a sus conductas.

Durante la merienda de mi quinto día de trabajo, saltó una alarma mucho más seria. Como a los niños les apasionaba dibujar, me había acostumbrado a dejar que volara su imaginación un rato pintando con ceras de colores. Era el premio al esfuerzo del día. A continuación, solíamos reírnos de lo lindo al explicar los dibujos. Les asociábamos historias improvisadas y animábamos la representación con sonidos guturales y onomatopeyas. Junto a los juegos que inventábamos en la piscina desmontable del jardín, transformarnos en cuentacuentos después de dibujar se convirtió en nuestro pasatiempo favorito.

Hasta aquella tarde.

David había pintado un rectángulo sobre el que se leía la palabra «colegio» y en su interior había situado un monigote con falda y melena rizada que parecía tirar de otros dos monigotes de considerable menor altura. Pegado al rectángulo, en el exterior, otro muñeco de mayores proporciones que el femenino presentaba una postura algo agachada. Estaba de cara a la pared de la figura geométrica, como mirando hacia dentro, en una actitud confusa entre el espionaje y la ocultación.

—Hoy no me apetece jugar más a esto —afirmó el crío cuando decidimos comenzar a contar la historia asociada a nuestro dibujo.

Permanecía serio, incómodo, desde no sabría precisar qué momento de la tarde.

—¿Por qué, campeón? Si ahora es cuando más chupi lo pasamos. Y, además —añadí levantando su cartulina—, has pintado muy bien.

—No —bufó David de rodillas sobre la silla del jardín con los brazos cruzados sobre su creación—. No quiero jugar.

Fingí no darle importancia. Cogí mi dibujo y comencé a gesticular inventándome mi cuento. Los hice correr, reír, gritar, y acabamos haciéndonos cosquillas sobre el césped del jardín.

Menos crispado el ambiente, regresamos a la mesa. Dani, de pie sobre su silla, nos contó un relato de visitantes del sol que se bañaban las noches de verano en la piscina. Por eso —explicaba—, en esa época el agua estaba más caliente. Cuando hubo acabado con todos los ¡plof!, ¡fuiiii!, ¡flis!, ¡crac!, ¡choc!, ¡crash! y ¡chas! de su imaginación, se sentó de golpe y miró a su hermano cediéndole el turno.

—A ver, cuéntanos, cariño, ¿qué es? —pregunté girando la lámina de David y señalando el monigote que se hallaba fuera del rectángulo—. ¿Un ladrón?

Sentí que el niño se tensaba ante mi consulta. Vaciló. Después de mirar unos segundos al suelo y a la nada, retorciéndose el borde de la camiseta con el índice, respondió rápido y bajito, con una traza en la voz entre el dolor y la vergüenza:

—No. Es el papá.

La galleta de chocolate que me estaba comiendo me arañó la garganta hasta el estómago.

No precisaba de bola de cristal, dotes paranormales ni máster en psicología infantil para intuir en aquella mente algo oculto, penando; algo con suficiente poder como para forjar personalidad.

Carraspeé, bebí y senté a Dani sobre mis piernas, en ese orden. Y todo con la sonrisa congelada, procurando pensar rápido cómo encauzar el tema.

—Así que el papá, ¿eh? —comenté con falso desenfado, centrándome en el mayor.

Silencio, largo, espeso.

De nuevo el niño enroscaba el borde de la camiseta con el dedo índice, fijando la mirada en el dibujo mientras su respiración se aceleraba visiblemente.

Intenté coger su mano. Me esquivó. Luego, como activado por un vigoroso chispazo, cerró la carpeta y abandonó el jardín, no sin antes mirar fijo a su hermano y presionar repetidamente el canto de su índice contra sus labios.

Durante un segundo dudé si seguirlo o dejarlo solo.

Opté por lo primero.

—Ve ensayando nuestra canción —encomendé a Dani—. Ahora vuelvo y la cantamos.

Una vez dentro de casa, al comprobar mi intención de alcanzarlo, el niño apuró el paso hasta correr. Me tomó seria ventaja. Y hubiera llegado a zafarse de mí, encerrándose en el dormitorio, de no ser por el cochecito olvidado que pisó al girar el pasillo.

Cayó. Soltó la carpeta. Entonces, decenas de dibujos tapizaron el suelo: grandes, pequeños, en blanco y negro y en color, a lápiz y con ceras. Unos los conocía, me los había enseñado o habíamos jugado con ellos en días precedentes. Los otros sumaban una buena colección digna de análisis profesional.

—¿Te has hecho daño, cariño? —le pregunté preocupada al llegar a su altura.

—No —me decía moviendo la cabecita mientras su expresión contraída y sus pupilas, a caballo entre las cartulinas y mis ojos, parecían rogarme que no las mirara.

Obedecí a la súplica muda, pero no olvidé los dibujos. Así como ocurre con las cosas importantes de la vida, esas que impactan en tan solo un segundo, esas que revelan un mundo en un simple instante, se me quedaron grabados en la retina. También en el sentimiento.

—Bueno, cuando ordenes tu carpeta te vienes con nosotros, ¿vale? —propuse con simulada naturalidad.

Sacudí sus rodillas un poco. Sonreí y me alejé, dejándolo recoger sus tesoros... o sus fantasmas.

5

Elena ocupaba la dirección del instituto de un pueblo vecino. Había solicitado la vacante poco después de su divorcio, como algo provisional, pasajero; un pequeño paréntesis antes de emprender otro vuelo. Sin embargo, allí seguía, acomodada en la tranquilidad de un lugar pequeño sin demasiados conflictos entre la chavalería y las ventajas de combinar un horario envidiable con las distancias cortas. Eso le proporcionaba tiempo para dedicarse a otras actividades. Dos veces por semana solía acudir a clases de entrenamiento en un gimnasio chic recién abierto en el pueblo de al lado. Otras dos tardes, colaboraba en la gestión de un centro benéfico. Y los lunes no faltaba a su sesión de peluquería y manicura. Aun así, solía llegar a casa temprano, coincidiendo con mi fin de jornada.

El día del incidente con David, se demoró bastante en volver. Lo sucedido con los dibujos me había dejado preocupada y decidí esperarla para comentárselo, con la confianza de que fuera un intercambio de impresiones que no durara más de unos minutos.

—¿Aún por aquí? ¿Pasa algo? —preguntó al encontrarme sentada en el sillón de caña de la terraza delantera, bajo la sombrilla de paja.

—Quería hablar contigo. Siéntate, por favor —le pedí.

Lo hizo, despacio, mientras me miraba con intriga. Entonces le relaté lo acontecido unas horas antes.

Vi erguirse su cuerpo. Vi crisparse sus manos. Vi tensarse su mandíbula. Aquel rostro afilado de duras facciones suavizadas por los reflejos de una impecable media melena rizada me devolvió una expresión complicada de descifrar aún hoy. Y ahí, en ese momento, se dio el punto de inflexión en mi opinión sobre ella. En esa mueca. En ese silencio. Hasta entonces, Elena se me había antojado de la casta de los que se estiman nacidos de la aorta de algún dios; esa gente convencida de que en el universo existen ellos y, un poco más allá, el resto de los simples mortales. Esos sujetos carentes de empatía, habituados a expresar sus opiniones tal que dogmas sin preocuparse un ápice por la sensibilidad del de enfrente. «Altiva, neurótica y amargada». Le tenía atribuido un cóctel de calificativos y diagnósticos que, mientras no pretendiera pasarse de lista conmigo, me traían sin cuidado.

Sí, Elena no era santa de mi devoción. Pero aquella mirada que me devolvió lo cambió todo.

—¿Qué relación tienen estos niños con su padre? —indagué fingiendo no advertir el cambio en su rostro.

Buscó ávidamente otro cigarrillo antes de contestar. Quizás pensando cómo o qué responder.

Le ofrecí fuego con su propio mechero, en silencio también.

—No me malinterpretes. Esto no pretende ser una intromisión por mi parte, ni significa que me interese la vida de nadie —aclaré al tiempo que me acomodaba de nuevo, las piernas cruzadas a lo lady y una actitud de señorita Rottenmeier que incluso hasta a mí me sorprendió—. Si lo pregunto es porque los caprichos y las pataletas de este niño, y la actitud que mantiene el otro, tan dura para su edad, creo que tienen origen en sus vivencias más que en sus genes.

La mujer asentía repetidamente mientras me escuchaba, mostrando su acuerdo con aire resignado.

—Tomando eso como base —proseguí mi exposición—, puedo trabajar con ellos de una forma u otra. Si tienen un problema de disciplina, la educación será de una manera. Pero si subyace algún trauma, el camino es otro. Y puede que lo que necesiten sea apoyo profesional.

Esto último lo debí de oír el verano en que una caída, por culpa de los tacones, me había destinado a vivir a caballo entre la cama, el sillón y la silla de ruedas. Una rotura del maléolo izquierdo y un esguince de segundo grado en el tobillo derecho no dejaban mucha más opción que emborracharse de libros y televisión. Así que, entre películas, series y documentales, también tuve tiempo para más de un programa de estos de niñeras capaces de domar fieras que repetían en varios canales. ¿Quién me iba a decir que un día me servirían? Y mucho, sí. Ahí tenía a Elena dispuesta a entregarse a mi sapiencia. Con aquel comentario me la había ganado. Lo sentí.

Así y todo, se regodeó en una lánguida bocanada de humo mientras perdía la mirada entre las hortensias a las que yo daba la espalda.

—No tienen ninguna relación con su padre —confesó por fin.

Nueva pausa.

Nueva bocanada.

Nueva mirada a las flores.

Y estocada final:

—Su padre ha muerto.

Lo dijo sin entonación, sin modular una sola palabra ni despeinar un ápice la expresión, con la misma humanidad que un expendedor de gasolina diría: «Ha elegido usted gasolina Super».

Me quedé muda, como si alguien me hubiera presionado la tecla off cuando lo que necesitaba era activar el rebobinado, volver atrás un instante y asegurarme de haber escuchado bien.

«¿Muerto? —pensé—. Es lo último que hubiera imaginado».

Elena observaba mi desconcierto sin inmutarse.

Solo segundos después fui capaz de balbucear un tan socorrido como insustituible «lo siento».

Ella se encogió de hombros y estampó el pitillo contra el cenicero antes de atizarme con un nuevo témpano de hielo hecho de palabras.

—No te confundas. No es mi tragedia.

No sé qué le respondió mi mirada. Mi boca, nada. Entonces, ante mi evidente estupefacción, sus labios comenzaron a derramar la historia, ese pasado que aún quemaba cebando de vinagre su carácter. Esa historia que —ahora lo sé— le aliviaba contar.

—¿Te preguntas si tiene que ver algo el padre con el comportamiento de mis hijos? —dijo entre sarcasmo y amargura—. ¿Te imaginas lo que es ver cómo tu papá se larga de casa y se va olvidando de ti?, ¿que cada día te llama menos? ¿Te imaginas lo que tiene que ser que tu padre te engatuse diciéndote que lo acompañes a escoger un nuevo coche y que resulte que lo que pretendía era que pasaras la tarde con la que está sustituyendo a tu madre?

Esbocé un gesto de incredulidad.

—Ha sido muy duro para ellos, ¿sabes? —insistió—. Muy duro.

—Me hago cargo —respondí sincera—. ¡Uf! —resoplé—. ¡Qué complicadas son las separaciones para los críos! Demasiados cambios para los que no están preparados. Que su papá y su mamá ya no vivan en la misma casa, no tener la figura de su padre en lo cotidiano, andar con maletitas de aquí para allá... Nada fácil, desde luego.

Elena estrelló otro cigarrillo recién encendido contra el elefante de marfil mientras exhalaba la última calada y me miraba fijamente a los ojos.

—Y que los días que tienes para disfrutar de tu padre los tengas que compartir con una desconocida. Eso si no te quedas con los abuelos, claro. ¿Cómo te crees que se han sentido?

Bebí un poco de sirope y asentí.

—Complicado, sí. Mientras los padres están solos siempre les queda la esperanza de una reconciliación, pero cuando llega el momento en que uno de ellos conoce a alguien y rehace su vida...

Elena me cortó en seco, negando insistentemente con el índice, la cabeza y los labios.

—No, no, no, no, no... No conoció a alguien después del divorcio. No, señora. No. Él lo hizo antes. Para mis hijos la historia no es que su padre estuviera solo y se hubiera enamorado de nuevo, que ya de por sí tiene su traguito. Es que saben que su padre ha dejado a su familia por otra. Y encima te la tienes que comer con patatas y aguantarla ahí cuando estés con él. ¿Cómo quieres que encaje eso un niño? Además... —Calló, retorciendo el plástico protector de su paquete de tabaco como si una película, modalidad drama, estuviera pasando ante sus ojos. Un largometraje que, para mi sorpresa, mostraba clara intención de contarme—. Además de ver a su madre consumirse día a día —acabó la frase.

6

Me acomodé en el sillón del jardín, resignada a permanecer allí hasta que Elena se cansara de relatarme su historia. En ese instante un pensamiento cruzó mi espíritu: «Hay cosas que nunca cambian». Estaba comenzando a creer firmemente que las personas nacemos destinadas a un fin, y el mío era escuchar desastres matrimoniales. ¿Por qué tenía ese imán para que le gente me confiara sus problemas? A veces, pesaba.

—Imagínate —me instó la mujer sacándome de mi pequeño trance—, perdí quince kilos en un abrir y cerrar de ojos. Yo, que no he sido nunca demasiado corpulenta, tantos kilos menos... Me quedé en los huesos. Se me retiró el periodo y todo.

«No me extraña —pensó mi yo sarcástico—, fumando así...».

Como si me hubiera leído la mente, encendió un nuevo cigarrillo.

—En cinco años solo he recuperado tres kilos —apostilló recostándose sobre el respaldo.

«¿¡Cinco años!? —grité sin voz—. ¿Cinco años de aquello y todavía le causaba esos efectos?». Eso era un periodo de duelo demasiado largo hasta para un fallecimiento. Esa rabia, esa necesidad de contarlo, ese resentimiento... No, no era normal.

Elena no debió de advertir mi sorpresa y siguió hablando. Ahora iniciaba de verdad el relato. Ahora comenzaba a tomar el mando la emoción.

—Era el hombre de mi vida, ¿sabes? Llevábamos más de media vida juntos. Vivíamos en la misma ciudad y, como veraneábamos en pueblos cercanos, nos conocimos en las fiestas patronales del mío. Al principio nadie daba un duro por nosotros porque era comparar el día con la noche. Él provenía de una familia muy bien asentada, pero de origen humilde, con gustos muy mundanos. De esa gente sin demasiadas aspiraciones. Mi entorno, en cambio, era todo lo contrario. Económicamente era moderado, pero tenía más nivel y unas miras en la vida más allá que pasear por los cerros, hacer barbacoas o jugar una partida de cartas.

Hizo una pausa para inspirar una honda calada. La exhaló con parsimonia y prosiguió:

—Él no quiso estudiar y se ocupaba de una de las pescaderías de su padre. Yo, al acabar el instituto, comencé a trabajar en la ferretería del mío. Llevando las cuentas y la administración, por supuesto —aclaró persuadida de que yo convenía la evidencia—. No iba a ponerme detrás de un mostrador.

Asentí por inercia.

Continuó:

—Pero además de trabajar a tiempo parcial, quise estudiar Ciencias Exactas en la universidad. Así que tanto vecinos como familia estaban convencidísimos del fiasco de nuestra relación. Creían que al empezar a tratar con personas de mi nivel acabaría dejando a Antonio. Y les demostramos que se equivocaban.

Una sonrisa de ternura se dibujó en sus labios al llegar a este punto de la narración. Hizo una nueva pausa, como si deseara regodearse en ese recuerdo que por un momento le iluminó el semblante.

Retomó la palabra:

—Yo lo quería. Sí. Lo quería con locura. Aunque me reventara que fuera tan conformista y que pensara en ir a tomar una caña o a jugar una partida de futbolín antes que en una velada de cena y teatro, yo lo quería. Sus paletadas eran cosas que se podían ir puliendo con el tiempo. Ya le iría inculcando yo otros gustos. Lo importante era su dulzura, su nobleza; que era dócil y tranquilo. Nuestros caracteres se complementaban. En fin —concluyó mientras removía los hielos en la jarra y rellenaba los vasos con el sirope de menta—, que fueron pasando los años.

Después, según Elena, al comprobar que la pareja se consolidaba, el oráculo de Delfos en el que se convierten los pueblos comenzó a anunciar que aquello no pasaría de un eterno noviazgo.

—Pues también se colaron —anunció la mujer con un chascar de dedos triunfante—. Nos casamos casi una década y media después.

—¿¡Quince años de novios!? —comenté impresionada.

—Sí. Aunque Antonio tenía ganas de boda desde hacía tiempo, yo no quería hacerlo hasta no haber acabado la carrera. Y, ya sabes, si trabajas, no la acabas en cinco años ni loca. Antonio decía que para qué la quería si teníamos la vida resuelta. Yo no estaba de acuerdo. Mis planes siempre habían sido estudiar y enamorarme luego. Lo del amor no lo había podido controlar, vale. Lo demás no lo pensaba cambiar. Cada cosa se haría a su tiempo.

Sonreí por una idea fugaz que me había cruzado la mente. Elena debió de entender que mi gesto representaba una especie de complicidad con sus razones y eso pareció animarla a ofrecer más detalles.

—Yo no soy una mujer convencional, ¿sabes? Aun así, me casé antes de terminar, cuando me faltaban las tres últimas asignaturas. Luego vino el típico «¿para cuándo los hijos?». Y fue cuando estaba planeado: una vez que encontré y aseguré mi puesto de profesora de matemáticas. Ocurrió tarde, pero ocurrió. En contra de lo que todo el mundo pensaba.

La mujer sonreía abiertamente. Me estaba contando su triunfo, la victoria de su amor sobre la supuesta lógica urbana. Unos recuerdos que, pese a lo que ocurriera después, parecía tener guardados en terciopelo.

Lanzó la mirada de nuevo a las hortensias. Un instante. Medio, quizás. Suficiente para abrir la puerta a la realidad presente. Suficiente para que, al devolverme las pupilas, el brillo de la chispa gloriosa hubiera sido sustituido por el reflejo de una nube acuosa.

—¿Cómo crees que me quedé cuando después de todo lo vivido me dejó por otra? ¿Fue que lo pilló la crisis de los cuarenta con una loba por medio? No lo sé. Eso explicaría que se fuera con una mucho más joven que él...

Meditó un poco antes de continuar.

—... y que yo.

Bebió. Luego ladeó la cabeza lanzando su habitual carcajada entre irónica y amargada.