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La Buena Nueva de Jesucristo no cambia, lo que hay que hacer es adaptarla a la comprensión de las nuevas generaciones y a las circunstancias actuales. Este libro trata de acudir al método de enseñanza del Maestro por excelencia, Jesús de Nazaret, que, pudiendo enseñar con los recursos propios de un teólogo y de un conocedor perfecto de las leyes y tradiciones de su pueblo, recurrió a sencillas parábolas para explicar lo divino y lo humano. Siguiendo su huella, Chema Álvarez hace un recorrido por todas las parábolas del Evangelio, extractando las enseñanzas que los cristianos debemos aprender y adaptándolas al sentir de hoy. La presentación y comentario de las parábolas se acompaña de cuadros con preguntas para la reflexión. El libro incluye también cuatro anexos, con recomendación de películas, canciones y libros y una serie de dinámicas y actividades para su desarrollo.
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Seitenzahl: 228
Veröffentlichungsjahr: 2019
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Índice
Portada
Portadilla
Créditos
Presentación
1. Dios es nuestro único y verdadero Padre
2. Y quiere nuestro bien y nuestra salvación
3. Que nos llega a través de Jesucristo, su Hijo
4. Mediante las «herramientas» de la misericordia y el perdón
5. Para sanar nuestras vidas y nuestra sociedad
6. Y para que no perdamos la confi anza presente y futura
7. Para ello propone una nueva Comunidad: el reino de Dios
8. Al que todos estamos invitados
9. Para pasar de amigos a hermanos, de siervos a hijos
10. Con un estilo y un propósito peculiares, que marcan un nuevo camino a la Humanidad
11. Camino de exigencia y compromiso
12. De justicia y de sencillez
13. Cuya meta es esa riqueza escondida que anhelamos encontrar
14. Para instaurar una nueva sociedad
15. Guiada por el Espíritu
16. E imitando a Jesús, que vino para servir y dar la vida
17. Anunciando su Reino
18. Y estando siempre preparados
19. Porque no sabemos el día en que llegará el Señor
20. Y ha de encontrarnos siempre dispuestos
21. Para que el Espíritu que todo lo renueva y dirige haga su tarea
22. Y cuando todo llegue a su fi n
23. Será principio para quien ha vivido y progresado de la mano de Dios
24. Las dos parábolas que resumen la fe cristiana
25. La vida misma de Jesús como parábola
Anexos
Anexo I: Películas recomendables
Anexo II: Dinámicas y actividades
Anexo III: Canciones que motivan
Anexo IV: Libros recomendables
Los textos bíblicos utilizados están tomados de la Biblia de Jerusalén, Desclée de Brouwer, Bilbao 1998.
© SAN PABLO 2019 (Protasio Gómez, 11-15. 28027 Madrid)
Tel. 917 425 113 - Fax 917 425 723
E-mail: [email protected] - www.sanpablo.es
© Misioneros del Sagrado Corazón 2019
© De las ilustraciones: Agustín de la Torre, 2019
Selección de canciones de Elena Díaz Moyano
Distribución: SAN PABLO. División Comercial
Resina, 1. 28021 Madrid
Tel. 917 987 375 - Fax 915 052 050
E-mail: [email protected]
ISBN: 978-84-2856-135-8
Depósito legal: M. 18.419-2019
Composición digital: Newcomlab S.L.L.
Todos los derechos reservados. Ninguna parte de esta obra puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio sin permiso previo y por escrito del editor, salvo excepción prevista por la ley. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la Ley de propiedad intelectual (Art. 270 y siguientes del Código Penal). Si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos – www.conlicencia.com).
Confeccionar un libro que sirva de formación para catequistas y agentes de pastoral es un reto que muchos han resuelto ya con muy buenos textos que abarcan el proyecto catequético lo mismo de la Conferencia Episcopal que de diferentes diócesis. Y a ellos hay que remitirse siempre, porque la Buena Nueva de Jesucristo no cambia y lo único que hay que hacer es adaptarla a la comprensión de las nuevas generaciones y a las circunstancias actuales, que no son las de ayer y menos las de anteayer. Precisamente queriendo acceder a esa Buena Nueva desde otro ángulo y facilitar aún más la labor catequética se ofrece este libro, que no quiere ser otro más en esta línea de formación, sino algo nuevo además de válido para la catequesis que hoy debe ofrecer nuestra Iglesia.
¿Dónde está la novedad? Pues en realidad no es tal, porque se trata de acudir al método de enseñanza del Maestro por excelencia, Jesús de Nazaret, que pudiendo enseñar con los recursos propios de un teólogo y de un conocedor perfecto de las leyes y tradiciones de su pueblo, recurrió a sencillas parábolas para explicar lo divino y lo humano. Cierto es que este lenguaje venía a serlo también de sabiduría popular, y por tanto apreciado por la gente sencilla, y seguramente por eso Jesucristo lo escogió como vehículo para transmitir su doctrina. Es por eso que en este libro, queriendo seguir esa huella tan especial de nuestro Maestro, haremos un recorrido por todas las parábolas del Evangelio, extractando de ellas las enseñanzas que los cristianos debemos aprender. Y lo haremos siguiendo un orden que recoge los puntos principales de la formación cristiana, tal como puede verse si se leen de corrido los títulos de los temas en el índice, que siguen ese orden que diríamos catequético.
En cada tema se proponen y reflexionan dos o tres parábolas que conformarían el mensaje que se quiere dar; y lo hacemos procurando adaptarnos al sentir de hoy, como en su momento hicieron los evangelistas, que también adaptaron la versión original de Jesús al público al que dirigían sus evangelios, que no eran ya adversarios del Maestro o creyentes judíos necesitados de conversión, sino cristianos a los que había que transmitir enseñanzas y verdades de fe para su vida práctica. Y es por eso que tú también, como catequista, puedes y debes adaptar estas parábolas a la necesidad y comprensión de tus catequizandos. E inventarte, incluso, otras similares que a tu juicio ayuden a la comprensión de lo que enseñas.
Al final de cada tema se proponen reflexiones y preguntas que pueden ayudarte en tu labor, pero estaría bien que las completaras con las que veas oportunas, así como con otros materiales didácticos que subrayen el mensaje. Y ahí puedes utilizar lo que tú manejes con mayor soltura: libros, canciones, películas, manualidades, dinámicas de grupo, escenificaciones, juegos… (descubrirás que muchas parábolas se prestan a ser representadas y eso facilita su comprensión). En fin, todos los recursos que hoy tenemos a nuestra disposición, pero siempre con la mirada centrada en el mensaje de Jesús que nos proponen sus parábolas. Y, por supuesto, sin dejar de recurrir a esa bibliografía que completará lo que aquí se ofrece, porque hay temas que conforman los proyectos catequéticos habituales que aquí no aparecen al no recogerlos las parábolas de Jesús. Con esa intención se ofrece, en el anexo que completa este libro, una selección de películas, dinámicas, libros y canciones que pueden ayudarte, pero que son solo una orientación que tú debieras completar a tu gusto y según tus posibilidades.
Verás que los temas concluyen con las que para mí son las más rotundas de todas las parábolas, dos de las que dijo Jesús y una muy especial: su propia vida. Y ahí es donde te aconsejo que te vuelques con mayor entusiasmo, lo mismo para aprender que para ofrecer. Seguro que será tu mejor elección y acertarás como catequista que quiere transmitir una fe que ya tiene consolidada. Porque, recuerda, «las palabras mueven, pero el ejemplo arrastra».
Y si acaso no eres o no aspiras a ser catequista, también puedes servirte de este trabajo para profundizar en tu fe cristiana, dejando que las parábolas de Jesús iluminen tu actividad cotidiana y puedas contagiar su mensaje. Llevan siglos haciéndolo y nunca caducan porque son un mensaje de eternidad, tal como nos anunció el Hijo de Dios: «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán» (Mc 13,31).
«Nadie puede servir a dos señores; porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero» (Mt 6,24; Lc 16,13).
El común de los creyentes de todas las religiones y en todos los tiempos se imagina al dios o los dioses a los que adora como seres superiores a los que hay que temer y respetar por encima de todo. La peculiaridad judía y cristiana es contemplar a Dios como único y mantener con Él una relación más de intimidad que de servilismo, porque su manifestación, tal como ya se ve en el Antiguo Testamento, busca un entendimiento más de amor que de servicio, de salvación más que de condena (ver, p.e., Salmos 116 y 118). Y con Jesucristo se nos revela que este Dios es un Padre que nos ama por encima de todo y aun antes de que nosotros lo hagamos (1Jn 4,10). Él lo llama «Papá» («Abba»), para que nos sintamos con la confianza de tratarle en su intimidad y para que comprendamos la necesidad grande que tenemos de Él, la propia del niño pequeño respecto a su padre o su madre.
Pero lo mismo que el niño comprende que nadie puede suplir a su papá o a su mamá por completo, y que si alguien lo hiciera él no se sentiría igual, de la misma forma el cristiano que sabe que es hijo de Dios, creado a su imagen y semejanza, no juega a mirar en otra dirección buscando personas o cosas a las que entregarles su afecto y su vida. Por eso Jesús nos advierte que no podemos contraponer nada, por importante que pueda parecernos, al amor que Dios nos tiene. Que no podemos buscar otros «señores» con los que pretender nuevos beneficios. Vamos, que no se puede jugar a eso tan viejo de «ponerle una vela a Dios y otra al diablo». Dios, el auténtico, no el que algunos imaginan, exige una atención y un amor exclusivos, tal como proclamamos en el primer mandamiento. Y esto no por capricho sino en justa correspondencia al amor que Él nos tiene, el mismo que le llevó a crearnos y a distinguirnos por encima de las demás criaturas con multitud de dones, entre los que destaca la capacidad de amar lo mismo que Él (ver 1Jn 4,7-21).
En el libro del Apocalipsis se nos advierte de que «A los tibios les vomitará mi boca» (Ap 3,15-16), y es una tibieza absoluta el pretender agradar a Dios al tiempo que nos congraciamos con el diablo. Si de verdad crees que Dios es único y que, además, es tu auténtico Padre, el que te llamó a la vida y te la enriquece cada día hasta el momento en que te vuelvas a unir con Él en un abrazo de eternidad, ¿por qué pierdes el tiempo mirando en otra dirección y peloteando con lo que nada tiene que ver con Dios?
• Repasa tu «idea» de Dios. ¿Lo ves como a «Dios», eterno y todopoderoso, vigilante y justiciero, o como a un Padre/ Madre que te creó porque te ama y quiere que tú seas de verdad su hijo y vivas como tal?
• Observa si en tu vida tienes personas o cosas en las que pones tu confianza de manera que «roben» la que solo puedes tener con Dios.
• ¿Son el dinero, el poder, la apariencia, el sexo… diosecillos a los que estás consagrando parte de tu tiempo o de tu vida?
• Recuerda que, al aceptar a Jesucristo como tu Camino, tu Verdad y tu Vida, y al Evangelio como el ideario que has de vivir, has hecho ya una opción que debes mantener por encima de caprichos y tentaciones.
* * *
«Él, llamándoles junto a sí, les decía en parábolas: “¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás? Si un reino está dividido contra sí mismo, ese reino no puede subsistir. Si una casa está dividida contra sí misma, esa casa no podrá subsistir. Y si Satanás se ha alzado contra sí mismo y está dividido no puede subsistir porque ha llegado su fin. Pero nadie puede entrar en la casa del fuerte y saquear su ajuar, si no ata primero al fuerte; entonces podrá saquear su casa. Yo os aseguro que se perdonará todo a los hijos de los hombres, los pecados y las blasfemias, por muchas que estas sean. Pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tendrá perdón nunca, antes bien, será reo de pecado eterno”. Es que decían: “Está poseído por un espíritu inmundo”» (Mc 3,23-30; Mt 12,24-32; Lc 11,15-23).
Con esta parábola, Jesucristo, al que acusan de estar actuando movido por el diablo para desacreditar lo que hacía, remarca algo que es obvio: no puede nacer del «mal» lo que es puro y solo «bien». Y en él todo su obrar brota única y exclusivamente del Dios que le llena y le ama. Porque Dios es Amor (1Jn 4,7-8.16) y todo lo que tiene que ver con Él lleva ese sello, tal como manifestaba Jesús como Mesías. Pero si no descubrimos en Jesucristo a Dios, al Padre que nos ama eternamente, nos será imposible entender el alcance del bien que hacía. ¿Obraba por bondad, por mera simpatía?, ¿lo hacía por caerles bien a aquellas personas y que luego le proclamaran «rey»?, ¿o tal vez porque él era así y era imposible que actuara de otra manera?
No. Jesucristo es la encarnación del Amor divino y todo lo que hacía era manifestación visible de ese Dios invisible al que la Humanidad llevaba siglos imaginándose de maneras peregrinas, hasta que la Palabra que creó todo «acampó entre nosotros» (Jn 1,14) y así pudimos contemplar y experimentar el Amor de Dios materializado en nuestra humanidad. Una acción que es misericordia, justicia y paz, algo que nada tiene que ver con ese «mal», también encarnado en las múltiples formas de daño y sufrimiento con las que no ya el diablo sino nosotros mismos nos amargamos unos a otros. Si por sus frutos se conocen a las personas (Mt 7,16-18; 12,33), a los que nos sentimos «hijos de Dios» y obramos como tales se nos ha de distinguir por una actividad similar a la que realizara Jesucristo. Y es mediante esa actividad que demostramos la fuerza y la bondad del Dios que nos llena, de manera que mientras Él nos habite nadie podrá asaltarnos. Pero si nos confiamos y en vez de acrecentar esa presencia divina le damos oportunidad al Mal, y jugueteamos con lo prohibido… ¡cuidado!, que tu casa estará dividida contra sí misma.
Termina Jesús esta parábola con una muy buena noticia, la de que todo se nos perdonará, pecados y blasfemias por muchos que sean, lo que nos da una gran tranquilidad a los que tenemos comprobada la facilidad con la que caemos en el pecado, metemos la pata y hacemos lo que no debiéramos. Pero a continuación da un aviso que hay que tener muy en cuenta: «Pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tendrá perdón nunca, antes bien, será reo de pecado eterno». Y esto sí que es ya preocupante y nos obliga a preguntarnos en qué consiste exactamente esa ofensa, para evitar caer en ella. Jesús se lo dice a quienes están en ese momento rechazándole como presencia viva de Dios y, además, tergiversando su labor con la maldad de decir que es Satanás quien le mueve. Y nosotros podemos deducir que ese pecado que no tiene perdón es el del rechazo abierto a la gracia de Dios, a su Espíritu derramado sobre nosotros. Es decir, la negación consciente y maliciosa de esa gracia divina que se nos ofrece de diferentes maneras, y que no puede tener perdón porque lleva aparejado un alejamiento de Dios que solo puede subsanarse cuando –también consciente y voluntariamente– uno se arrepiente y vuelve a aceptar y valorar la acción del Espíritu Santo. Porque solo Dios es nuestro único y verdadero Padre y mirar en otra dirección, aceptar otras «paternidades», lo único que garantiza es el extravío eterno, la perdición de una criatura que en vez de servir a su Creador convierte en señores a otras criaturas como él.
• Piensa en las obras del «Bien» y las del «Mal» que descubres en tu vida y en las ajenas. ¿Cuáles son las que te distinguen normalmente? ¿Qué «espíritu» obra habitualmente en ti?
• Si haces el bien, ¿de dónde nace en ti?, ¿es fruto de tu manera de ser, de tu simpatía por los demás o de que el Espíritu te llena y te mueve?
• Reflexiona sobre la presencia del Espíritu divino en ti. ¿Es tan fuerte como para resistir la tentación del «Mal»? Si no lo es, ¿qué deberías hacer para reforzarla?
• Caer en la cuenta de que negamos o contrariamos ese Espíritu cada vez que cuestionamos la presencia y la acción de Dios en Jesucristo. Y que esa actitud nos lleva a «servir a otros señores».
«Es también como un hombre que, al ausentarse, llamó a sus siervos y les encomendó su hacienda: a uno dio cinco talentos, a otro dos y a otro uno, a cada cual según su capacidad; y se ausentó. En seguida, el que había recibido cinco talentos se puso a negociar con ellos y ganó otros cinco. Igualmente el que había recibido dos ganó otros dos. En cambio el que había recibido uno se fue, cavó un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor. Al cabo de mucho tiempo, vuelve el señor de aquellos siervos y ajusta cuentas con ellos. Llegándose el que había recibido cinco talentos, presentó otros cinco, diciendo: “Señor, cinco talentos me entregaste; aquí tienes otros cinco que he ganado”. Su señor le dijo: “¡Bien siervo bueno y fiel!; en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor”. Llegándose también el de los dos talentos dijo: “Señor, dos talentos me entregaste; aquí tienes otros dos que he ganado”. Su señor le dijo: “¡Bien, siervo bueno y fiel!; en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor”. Llegándose también el que había recibido un talento dijo: “Señor, sé que eres un hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste. Por eso me dio miedo, y fui y escondí en tierra tu talento. Mira, aquí tienes lo que es tuyo”. Mas su señor le respondió: “Siervo malo y perezoso, sabías que yo cosecho donde no sembré y recojo donde no esparcí; debías, pues, haber entregado mi dinero a los banqueros, y así, al volver yo, habría cobrado lo mío con los intereses. Quitadle, por tanto, el talento y dádselo al que tiene los diez talentos. Porque a todo el que tiene, se le dará y le sobrará; pero al que no tiene, aun lo que tiene, se le quitará. Y al siervo inútil, echadle a las tinieblas de fuera. Allí será el llanto y el rechinar de dientes”» (Mt 25,14-30; ver Lc 19,12-27).
Cuando alguien quiere el bien de otro le ofrece o le da lo que sabe que necesita. Ese es el Dios en el que creemos, un Padre que nos regala continuamente, empezando por la vida con que nos ha bendecido y continuando con todos aquellos dones con los que la ha enriquecido, que son más de los que pensamos. En esta parábola, de la que tienes dos versiones, se nos recuerda. Y en donde pone «talentos» o «minas», que son monedas de aquel tiempo, tú puedes poner cualquiera de las muchas cosas que descubres en tu vida que son un don de Dios. Dones que has recibido gratuitamente pero que estás obligado a «invertir» para que den su fruto, pues nada de lo que se nos ha regalado puede quedar sin rendimiento.
Porque tu existencia no es independiente de las demás ya que todo lo que Dios ha creado está vinculado entre sí de tal manera que todas las criaturas, aun sin saberlo, continuamente interactúan en beneficio mutuo y del común. ¿Qué sería de ti si la tierra no te ofreciera alimento, las nubes su lluvia o el sol su luz y su calor? Pues igualmente tú estás obligado a dar el fruto de tus capacidades, que seguramente son más de las que ves a simple vista. Y no temas, que nunca Dios te pedirá más de lo que seas capaz de dar, porque solo espera lo correspondiente a los dones que has recibido. Y alégrate, porque tu «inversión», la poca o mucha que hagas, será siempre recompensada con creces. Porque tu Padre busca solo tu bien y ha puesto en tus manos tu destino, de riqueza o de pobreza según desees invertir.
Y no olvides que se te pedirán cuentas de esa vida que un día se te regaló y de todos los dones que la acompañaron, porque una y otros siguen siendo propiedad de su Creador y tú lo has recibido todo como un préstamo de cuyas ganancias sí que podrás beneficiarte eternamente… si vives la vida «como Dios manda».
• Pregúntate por tus «talentos». Cae en la cuenta de todo aquello con lo que Dios te ha bendecido, empezando por el don de la existencia y continuando por todas las cualidades y capacidades que disfrutas.
• A continuación, examina el uso que estás haciendo de ellos. ¿A quién benefician directa o indirectamente? ¿Le gratifican a Dios? ¿Coinciden los resultados con lo que Dios espera de ti?
• ¿Por qué crees que Dios no pide a todos un mismo resultado y le basta con que le respondamos en proporción a lo que nos ha dado?
• Pregúntate por las causas del «miedo a invertir» del siervo del talento único. Mira si en tu vida se dan también temores similares y por qué.
* * *
«En efecto, el Reino de los Cielos es semejante a un propietario que salió a primera hora de la mañana a contratar obreros para su viña. Habiéndose ajustado con los obreros en un denario al día, los envió a su viña. Salió luego a la hora tercia y al ver a otros que estaban en la plaza parados, les dijo: “Id también vosotros a mi viña, y os daré lo que sea justo”. Y ellos fueron. Volvió a salir a la hora sexta y a la nona e hizo lo mismo. Todavía salió a eso de la hora undécima y, al encontrar a otros que estaban allí, les dice: “¿Por qué estáis aquí todo el día parados?”. Le respondieron: “Es que nadie nos ha contratado”. Dijo él: “Id también vosotros a la viña”. Al atardecer, dice el dueño de la viña a su administrador: “Llama a los obreros y págales el jornal, empezando por los últimos hasta los primeros”. Vinieron, pues, los de la hora undécima y cobraron un denario cada uno. Al venir los primeros pensaron que cobrarían más, pero ellos cobraron también un denario cada uno. Y al cobrarlo, murmuraban contra el propietario, diciendo: “Estos últimos no han trabajado más que una hora, y les pagas como a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el calor”. Pero él contestó a uno de ellos: “Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No te ajustaste conmigo en un denario? Pues toma lo tuyo y vete. Por mi parte, quiero dar a este último lo mismo que a ti. ¿Es que no puedo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O va a ser tu ojo malo porque yo soy bueno?”. Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos» (Mt 20,1-16).
Y fíjate hasta qué punto quiere Dios nuestro bien que está dispuesto a gratificar nuestro trabajo con una generosidad inmerecida, por más que no hayamos hecho tanto como hacen los que mejor se portan. Es algo que puede sorprendernos mucho en estos tiempos en los que se tiende a explotar al trabajador y a escatimarle el salario con cualquier excusa. Pero también en la antigüedad sorprendía el que se remunerara con generosidad a quien no parecía merecerlo, y eso es lo que genera la protesta de esos trabajadores de la parábola que ven cómo se paga por igual a los que han trabajado menos. ¿Generosidad del dueño de esa viña? Por supuesto, pero nunca una injusticia porque a los trabajadores primeros les ha dado lo que les prometió al contratarlos y, como bien dice Jesús por boca de ese dueño, «¿Es que no puedo hacer con lo mío lo que quiero?».
Y así se nos desvela hasta qué punto quiere Dios nuestro bien, pues busca cualquier pretexto para recompensarnos, aunque no lo merezcamos bajo el punto de vista humano. Y aunque el motivo que podamos darle sea nimio, Él añade a nuestro pequeño esfuerzo su paga. Una paga, ya lo sabes, que es la salvación, la dicha y la eternidad con las que sueña la Humanidad. Y que se consigue –está muy claro– no por nuestros méritos sino por su generosidad. Que no nos ama porque seamos «buenos» sino porque Él es bueno.
¡Ah!, y por si estás convencido de que tú eres de los que están currando en la viña del Señor desde primera hora, que tienes muchos méritos adquiridos en esto de la fe y de la práctica religiosa y que te has ganado de sobra un salario justo, piénsatelo bien, que puede que descubras que no es así, que más bien eres de los que se han apuntado a última hora y que necesitas de la bondad de Dios para recibir más, mucho más, de lo que te mereces.
• ¿Te parece justo el comportamiento del dueño de la viña? Descubre el trasfondo e intenta explicar su actitud.
• Con sinceridad: si has descubierto que has sido llamado a trabajar en la «viña del Señor», cae en la cuenta de a qué hora llegaste a ella.
• ¿Cómo explicarías esta parábola a quienes no son conscientes de que están llamados por Dios para hacer su labor?
• ¿Cómo les harías entender que la salvación de Dios es más un regalo de Él que no un fruto de nuestros méritos?
* * *
«Les dijo esta parábola: “Un hombre tenía plantada una higuera en su viña, fue a buscar fruto en ella y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: ‘Ya hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué ha de ocupar el terreno estérilmente?’. Pero él le respondió: ‘Señor, déjala por este año todavía y mientras tanto cavaré a su alrededor y echaré abono, por si da fruto en adelante; y si no da, la cortas’”» (Lc 13,6-9).
¿Tienes alguna duda acerca de que Dios quiera salvarte? Pues si la tienes, aplícate esta parábola, porque tú –y yo, y todos– somos ese árbol que Él ha plantado para que dé los frutos que le agradan y al que acude año tras año a ver si ya están. Y una y otra vez se vuelve decepcionado porque no acabamos de fructificar como debiéramos. Y excusas podremos poner las que queramos: que si yo no estaba al tanto de esa responsabilidad, que si estoy muy ocupado echando hojas por aquí y por allá, que si el tiempo y el sol y la lluvia no me acompañan… Lo que se te ocurra con tal de escaquearte de lo que es tu obligación respecto a Dios, que es darle los frutos que te corresponden, el rendimiento de tus «talentos». Vamos, motivo más que suficiente para que Él se arrepienta de haberte llamado a la vida y pensar en poner en ese espacio estéril que ocupas a otra criatura que sepa de qué va esto y cumpla con lo que se espera.
Menos mal que el viñador, Jesucristo, intercede por ti porque también te ama y se pone en tu lugar. Y te ofrece una «prórroga», un tiempo en el que él te cuidará y te mimará con esmero, que para eso el Padre le ha puesto al cargo de la Humanidad. Es la tarea propia del que es su Hijo muy amado, nuestro Salvador, el que nos rescata de la deriva a la que nos lleva nuestra inacción o nuestro egoísmo. Pero de esto hablaremos luego.
Ahora podrías preguntarte, ¿y qué pinta una higuera en medio de un viñedo? Pues quizá Jesús quiere remarcar que muchos de nosotros somos a veces una excepción, una disonancia en medio de una normalidad, los que desentonan en ese campo de Dios que tiene un sentido y apunta a una dirección muy concreta. ¿No has sentido a veces que, como cristiano, no acabas de reconocerte por completo miembro de una familia –la Iglesia– que actúa y camina en una dirección que no es siempre la tuya? Piénsatelo. Decía Jesús que «
