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Chema Álvarez ha querido dirigirse en este libro a los jóvenes, ofreciéndoles, en un lenguaje cercano, desenfadado y algo rebelde (no con intención de aparentar ser un joven más, sino con el objetivo de ser comprendido), una serie de meditaciones sobre la felicidad y la vida. Reflexiones que quieren reforzar la importancia del vivir y la necesidad de hacerlo con una intención y unos contenidos que den sentido a la vida y ayuden a disfrutarla, para –en palabras de Isabel Rojas-Estapé en el prólogo–, «poner todos los medios para tener una personalidad equilibrada» y ser capaces «diseñar un proyecto de vida». Para esto, el autor parte de su propia experiencia de vida, que no es mejor ni peor que la de cualquier otro adulto veterano, pero está impregnada de la enseñanza del Evangelio de Jesucristo.
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Seitenzahl: 190
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Morir no mola
ChemaÁlvarez, msc
sobre todo si eres joven
Prólogo dе Isabеl Rojas-Estapé
© SAN PABLO 2024
Protasio Gómez, 11-15. 28027 Madrid
Tel. 917 425 113
[email protected] - www.sanpablo.es
© Misioneros del Sagrado Corazón, 2024
Distribución: SAN PABLO. División Comercial
Resina, 1. 28021 Madrid
Tel. 917 987 375
E-mail: [email protected]
ISBN: 978-84-285-7223-1
eISBN: 978-84-285-7242-2
Depósito legal: M. 23.049-2024
Impreso en Artes Gráficas Gar.Vi. 28970 Humanes (Madrid)
Printed in Spain. Impreso en España
Todos los derechos reservados. Ninguna parte de esta obra puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio sin permiso previo y por escrito del editor, salvo excepción prevista por la ley. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la Ley de propiedad intelectual (Art. 270 y siguientes del Código Penal). Si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos – www.conlicencia.com).
Dedicado a quien es o se siente joven, y, por lo tanto, con muchas ganas de vivir y ser feliz.
«Los días del hombre duran lo que la hierba: florece como la flor del campo, que el viento la roza y se extingue, y nadie volverá a verla. Pero el amor de Dios es eterno para los que guardan su alianza, y su salvación alcanza a hijos y nietos, para los que cumplen sus mandamientos».
(Salmo 103,15-18)
Escribir para la gente joven requiere tener un lenguaje accesible, fluido, claro y directo, para que les llegue y lo entiendan. Cuando eres joven estás lleno de posibilidades, cuando eres mayor estás lleno de realidades. Se trata de diseñar lo que cada uno quiere hacer con su vida. Y el lector tiene delante de sí un libro que puede ayudarle a llevar a cabo, de la mejor manera posible, un enfoque correcto de su existencia. Dice el autor, el sacerdote Chema Álvarez, que una de las películas que más le impactaron cuando era joven fue Rebelde sin causa, en donde James Dean mostraba los principales rasgos de un joven que abría los ojos a la realidad y luchaba por entenderla, y se oponía y se situaba en contra de muchas de las cosas que observaba pasar delante de él.
Cuando eres joven, quieres vivir deprisa, tener aventuras apasionantes, subir, bajar, saltar. Hoy vivimos en la sociedad de la inmediatez: lo quiero todo y lo quiero ya, no sé esperar y necesito experiencias sucesivas sin parar. Es lo que se llamaba en neurobiología moderna una cierta intoxicación de dopamina, que es la hormona del placer y que conduce a tener actividades que producen un placer inmediato, una detrás de otra, como una búsqueda acelerada de pasarlo bien sin restricciones. Pensemos en la adicción a las pantallas, a TikTok o al móvil: es como una necesidad imperiosa de sensaciones porque si no, se cae en el aburrimiento. De esta manera el joven sustituye el sentido de la vida por un carrusel de sensaciones inmediatas. Y eso le conduce (él no lo sabe, no puede reparar en ello por razón de su edad) a estar híper activado, desparramado, está en todo y no está en nada, está como flotando, de aquí para allá. Está distraído por estímulos permanentes que entran en su mente de modo sucesivo, sin parar.
De aquí procede, en buena medida, uno de los diagnósticos más frecuentes que hoy hacemos los psicólogos a la gente joven, el llamado TDAH: Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad, que se define como una alteración neuro-psicológica que se da en la pubertad, en la adolescencia y en la primera juventud, y que consiste en un problema de cierta importancia, porque a esa persona le cuesta mucho concentrarse, le afecta al rendimiento en el estudio, le cuesta escuchar, le es dif ícil estarse quieto o con un cierto nivel de tranquilidad y hay una desorganización general de toda su conducta. Hay en él un cierto factor genético, pero sobre todo se trata de alguien que está como disperso, queriendo abarcar muchas cosas y se encuentra con un serio problema para centrarse en las tareas propias de su edad: estudio, aprovechamiento del tiempo, descanso, etc. Hay unos factores desencadenantes: estar acostumbrado a pasar muchas horas delante de las pantallas y sumergido en imágenes que no necesitan ningún esfuerzo.
Chema Álvarez plantea que hubo un tiempo en el que estuvo de moda lo gótico: en donde grupos musicales juveniles utilizaban vestimentas y escenograf ías que resaltaban lo cadavérico, con cueros y pinchos... y que culmina con la exaltación del día de los difuntos, que en la actualidad tiene una enorme vigencia cada 2 de noviembre.
Como conclusión puedo afirmar, desde mi punto de vista, que para ser feliz hacen falta dos cosas: poner todos los medios para tener una personalidad equilibrada y, en segundo lugar, haber sido capaz de diseñar un proyecto de vida. La felicidad reside, para mí, como psicóloga, en este binomio: haber alcanzado una forma de ser sana y cierta madurez, lo que significa haberse encontrado uno a sí mismo (conociendo nuestras aptitudes y limitaciones); y tener un programa de vida (en donde conviven en buena armonía: amor, trabajo, cultura y amistad). En el amor debe aparecer, como una viga maestra, el amor a Dios. Dice una sentencia clásica que «no se puede amar lo que no se conoce», es decir, conocer y amar a Dios forman una síntesis. Por eso el libro que tienes delante es una invitación a sumergirte en lo que eso significa, porque Jesús es el camino, la verdad y la vida.
No está reñido ser joven, moderno, en el tiempo que te ha tocado vivir, con encontrar respuestas sólidas a los grandes interrogantes de la vida: ¿De dónde venimos?, ¿a dónde vamos?, ¿qué sentido tiene nuestra existencia? y ¿cómo debemos afrontar el tema de la muerte? Está claro que un joven ni se plantea el tema de la muerte, incluso cuando alguien cercano se muere. Y los recordatorios son incómodos y son arrojados fuera del escenario mental.
La lectura de este libro es refrescante y ayudará a los jóvenes que se adentren en sus páginas a sentirse mejor, a estar contentos y, sin dejar de vivir en la intensidad de los años juveniles, a descubrir la grandeza de tener una vida espiritual. Los jóvenes más verdaderos no quieren una vida cómoda, sino que practican un cierto heroísmo para sacar lo mejor que ellos llevan dentro.
Chema Álvarez, en estas páginas, ha sabido con arte y oficio llevarte a ti, joven, de la mano y descubrirte ese mediterráneo, para que navegues hacia tu meta, con el viento a favor y en contra. Saber mirar es saber amar. Y educar es dar raíces y alas, un fundamento sólido y ansias de elevarte y mirar con perspectiva.
IsabelRojas-Estapé
Psicóloga del Instituto Rojas-Estapé de Madrid
Pues ya ves, se me ocurrió escribir un libro dedicado a la gente joven, a la que me gustaría ayudar a no perderse por los vericuetos de la vida –esa que unos empiezan cuando otros la estamos ya terminando– porque es la experiencia de lo vivido la que podemos compartir para ayudar a los que vienen detrás. Y lo primero que me pregunté fue a qué lectores me dirigiría, porque dicen que hoy a los jóvenes no les atraen los libros y que, a los que les interesa la lectura, es otra muy distinta a la que yo tenía en mente. ¡Buen dilema! Pero lo resolví respondiéndome que a lo mejor sí que habría todavía quienes gustaran de esta clase de lecturas, y decidí escribir para ellos. Es decir, para ti, que tienes este libro en tus manos.
Al ponerme a escribirlo me hice otra pregunta: ¿Qué lenguaje emplearé para que me entiendan? Porque se dice que la juventud de hoy, como la de todos los tiempos, tiene el suyo propio y yo lo desconozco, por más que a través de los wasaps y de lo que escucho en la calle y en la tele me vaya acostumbrando a expresiones que son de actualidad. Pero me dije que lo importante no era que me tuvieran por un joven más –que no lo soy– sino que entendieran bien lo que escribo, y por eso busqué y conté con el apoyo de gente como tú, que me ayudaron a perfilar el lenguaje y los contenidos (¡gracias muchas, Javier y Juan Luis!).
Y ahí es cuando pasé a preguntarme por lo más importante, por el contenido. ¿Qué voy a decir que pueda interesar, si soy una persona mayor y ajena a los problemas e inquietudes en que se desenvuelve la juventud de hoy? Bueno, pero a sus abuelos a veces los nietos les escuchan –me dije–, sobre todo cuando quieren aprender algo que creen que solo ellos, los mayores, se lo pueden aportar. ¡Vaya!, esa sí que es una buena razón para ponerme a escribir, y más si sé que para explicarme cuento con una ayuda muy especial. Me refiero a la que me ofrece Aquel que siempre me inspira, porque le invoco para que lo haga cada vez que me pongo ante una página en blanco.
Exacto. Ese en el que estás pensando: el Padre Dios que nos mostró Jesucristo, que es quien mejor nos conoce y sabe lo que necesitamos. A Él le pregunté por el recurso para estas páginas y, ¿sabes lo que me dijo?, pues que me limitara a contar mi experiencia de la vida, ya que a través de ella tal vez pueda ayudarte, como pretendo. Y que lo hiciera con las palabras y el enfoque que hoy tengo de lo que acontece. Porque una ventaja que te dan los años es que se te acumulan saberes y experiencias que, además de darte una veteranía, te permiten hablar más con conocimiento que con suposiciones.
Mi experiencia no es mejor ni peor que la de cualquier otro adulto veterano, pero está impregnada de la enseñanza que a mi vez he recibido del Evangelio de Jesucristo, y por ello encontrarás en mi relato referencias y alusiones que a todos nos propone esa enseñanza cristiana para cualquier momento de nuestra vida. Así que estoy seguro de que, además de sacar algo práctico de esta lectura, también encontrarás invitaciones a descubrir y acrecentar tu fe.
Y que no te asuste el título que he escogido, que parece «chungo», pero que no lo es, tal como comprobarás a lo largo de la lectura. Con él quiero reforzar la importancia del vivir y la necesidad que tenemos todos de hacerlo con una intención y unos contenidos que den sentido a nuestra vida y nos ayuden a disfrutarla.
Por supuesto, hay más libros, a Dios gracias, con contenidos similares a los de este y seguramente más capaces o interesantes, y por eso el que tienes en tus manos puede ser para ti una ayuda más de las muchas que cualquier veterano de la vida te ofrecerá. Que alguna te sirva es mi deseo y te agradezco que las tengas en cuenta, porque cuanto mejor te vaya en la vida, más me alegraré. Un saludo, y que te aproveche la lectura.
Recuerdo, seguramente por aquello de que tendemos a memorizar lo que nos impacta, que cuando yo era joven –¡qué tiempos!– se hizo popular esta frase: «Vive deprisa, muere pronto y deja un bonito cadáver». Se la atribuyeron a diferentes personajes, pero parece ser que la autoría era de John Derek, un actor de cine famoso en su momento, y puede que por esos diferentes padrinazgos que a veces se dan se pusiera de moda. Pero lo interesante, y que atrajo la atención en su momento, es lo que propone esa expresión que invita, sí, a vivir, pero a hacerlo deprisa y sin que importe el morir, como invitando a vivir intensamente cada minuto porque el final ha de llegar inevitablemente y que, cuando lo haga, pues que nos pille disfrutando de la vida a tope. Ya te digo.
Quizá fuera debido a eso de vivir deprisa y morir temprano que la frase se le atribuyera al actor James Dean, que aunque rodó solo tres películas se hizo famoso gracias a ellas, y porque en la plenitud de su fama y juventud se estrelló con su cochazo deportivo, probablemente por ir con demasiada prisa. Y es curioso que la peli que más fama le dio a este actor fuera Rebelde sin causa, una en la que encarnaba a un joven introvertido y en constante lucha contra todo: la familia, los amigos, la sociedad y lo que surgiera. Tan bien le iba el papel a su protagonista que acabó encasillándolo para los restos, y si tan acertadamente lo representó James Dean es porque probablemente su carácter y sus actitudes tenían mucho que ver con los que manifestaba en aquella historia. (Si pillas por ahí esta peli, te la recomiendo, porque verás en ella cosas que también afectan a tu juventud, a la de hoy lo mismo que a la de siempre, y te ayudará a reflexionar).
Esa invitación a vivir deprisa y morir cuanto antes –que ya de por sí es un despropósito, lo mires como lo mires– se completa con un detalle que diríamos «para compensar»: «...y deja un bonito cadáver». Como si esto fuera el colofón adecuado a esa vida apresurada. ¡No me fastidies! Pues bueno, pues vale, vivimos lo más, lo pasamos de maravilla y encima dejamos un cadáver molón, como si eso compensara lo anterior. Y... sanseacabó; a otra cosa, mariposa. ¿Te mola a ti también? Lo lógico es que no, sobre todo cuando, por ser joven, estás deseando disfrutar de este «parque de atracciones» que ves que te ofrece la vida y quieres pasarlo lo mejor posible durante el mayor tiempo, que es lo que seguramente sientes que te pide el cuerpo.
Sin embargo, parece ser que sí, que sigue habiendo quienes, sin conocer esta frase ni haberla reflexionado, han hecho de ella algo así como el guion de su vida, al menos en su primera parte, la de vivir deprisa y morir cuanto antes. ¿Te lo crees? Yo sí, porque raro es el día en que no desayune con esas noticias que te cuentan muertes absurdas de gente joven. Algunas como resultado de accidentes en los que faltó prudencia y otras porque se ve que sobraron deseos de jugar con «juguetes» peligrosos, sin olvidar las que se pierden en absurdas peleas de fin de semana entre pandillas y bebidos.
En cualquier caso, porque se entendió mal lo del «vivir deprisa» y se aceleró tanto que se quedaron atrás el instinto de supervivencia y el sentido común. Luego te hablaré más de eso, en detalle, pero ahora me basta con que eches un vistazo a tu alrededor, porque ahí vas a encontrarte con esta filosof ía negativa de la existencia, llevada a la práctica por quienes se obstinan en estar muy –pero que muy– entretenidos, sin importarles el que ese «entretenimiento» les acabe costando la vida. Y, encima, seguro que la suya va a resultar una muerte que no dejará un bonito y simpático cadáver, sino algo lamentable para quienes lo tengan que sufrir, especialmente la familia y los amigos. Creo que sabes a lo que me refiero, pero de eso ya te hablaré luego, si te animas a seguir adelante con esta lectura.
En línea con lo que te acabo de decir, te contaré que no hace mucho estuvo de moda una estética que seguro que recordarás todavía: la gótica, que combinada con el atractivo visual que impulsaron antes aquellos grupos musicales heavies y punkis con su vestimenta y escenograf ía, resaltaron lo cadavérico. Fue el momento de las calaveras, los pinchos y el negro alternativo, que molaban cantidad haciendo de lo mortuorio un emblema. No creo que quien se vistiera con aquellos cueros, pinchos y remaches, y con camisetas que asustaban a las abuelas, estuviera pensando en la brevedad de la existencia ni mucho menos anticipando su funeral. Era, por entonces, otra manera más de ser joven y rompedor al mismo tiempo, de ir contracorriente y rebelarse contra esa sociedad a la que se consideraba burguesa y desfasada, que imponía normas de conducta que veían como frustrantes y que, por lo tanto, no les ofrecía todo aquello que esperaban conseguir de la vida. Y ahí estaba la revolución no violenta, pero sí rompedora, de una juventud distinta a las anteriores y dispuesta a crear un estilo, como el que propusieron punkis y heavies en los 70 y 80 a través de la música.
Aunque no se comparta, hay que comprender esa rebeldía y ese afán por ser distinto y así crear una nueva «cultura» social, porque creo que en algún momento de nuestra vida todos lo experimentamos en mayor o menor medida. Y aunque entiendo la intención provocativa de las calaveras, los cueros, los pinchos y góticos varios, no dejo de pensar que quienes se metieron en esos rollos no sabían con qué estaban jugando. Por ponerte un ejemplo, en la cultura mejicana hay momentos en los que se desata una pasión mortuoria, que diríamos, que permite enfocar la muerte con ojos muy distintos a los de la tradición europea y que utiliza muertos y esqueletos de manera festiva, sobre todo en momentos señalados, como sucede en el día de los difuntos. No es una pasión por la muerte, porque se la teme y respeta hasta el punto de incluso venerar y dar culto a La Muerte, como puede que conozcas, pero sí se manejan estos elementos que resultan macabros con desinhibición y normalidad.
¿Pero qué es lo que hay en el fondo? Seguramente el temor que todos tenemos a morir y la necesidad de encontrar una «vacuna» –si es que existiera– ante ese acontecimiento inevitable. Sí, inevitable, porque creo que ya sabes que más pronto o más tarde todos pasaremos por ese trance. Que sí, que a todos nos toca «palmar», porque lo cierto es que somos muy poquita cosa, por más que nos creamos importantes y duraderos, y esto nos lo anuncian una y otra vez el sufrimiento y la enfermedad. Y, de postre, esa muerte que nos llegará a todos cuando toque. Y para esto no necesitamos invocarla –y menos aún podremos espantarla– con «conjuros» de música o de vestimenta, como si se pudiera de esta manera echarle un pulso a la desgracia.
¡Ah! ¿Que tú eres tan joven y te encuentras tan bien que ni remotamente te planteas este rollo del sufrir y el morir? Lo entiendo porque, como nos pasa con todo hasta que nos afecta de lleno, tendemos a ignorarlo. Y sí, ya sé que has visto morir a más de un mayor, incluso en tu familia, pero es que parecía que ya tocaba por aquello de la vejez, ¿no? Pero también puede que hayas visto que le pasó lo mismo a alguien más joven, lo cual es una verdadera desgracia porque es inevitable que con los años nos llegue a todos el final, pero que te pase cuando estás empezando a vivir...
Me perdonarás si acaso te incomodo con estos «recordatorios», pero es que sé que tú también, aunque ahora te quede muy lejos y no te apetezca pensar en ello, tendrás que pasar por este trance del sufrimiento y la muerte. Y no es porque sea adivino en los ratos libres, ni porque las estadísticas digan que cada segundo fallecen dos personas en el mundo, sino porque resulta que nuestro cuerpo tiene fecha de caducidad, como les pasa a los yogures. Es triste, pero es así y empezarás a comprobarlo dentro de muy poco, mal que te pase. Y mi consejo es, por supuesto, que no te agobies, pero también que te vayas haciendo a la idea y no caigas en la tentación de querer ignorarlo, evitando así una reflexión que conviene que tengas hecha para que, cuando te pille de lleno el conflicto, no te hundas y te quedes sin defensas. Que los problemas del camino les resultan peores y más dif íciles de superar a quienes no los han estudiado de antemano.
Una sugerencia para pasar de lo que no interesa o preocupa es lo que se dice hoy popularmente, lo de «montárselo a tope» y, con esa excusa, vivir al margen de lo que pueda pasar. Muchos lo hacen y parece que les va bien. Además, verás que continuamente se te invita a que lo hagas, con anuncios y propagandas que te recuerdan que eres joven, que tienes toda la vida por delante, que tú lo vales, y bla, bla, bla... Y así te animan a que aproveches las oportunidades que la vida te ofrece (y de paso compres no sé qué). Esto, claro está, si es que no eres lo que también popularmente algunos definen como «un muermo» y te preocupas por esas otras cosas que igualmente se te proponen, ya sabes, las de estudiar, trabajar y llevar una vida normal sin meterte en líos. Vamos, que si optas por vivir a tu bola y pasando de responsabilidades, te lo reconocerán y aplaudirán muchos, mientras que si pretendes hacer lo que esperan de ti tus padres y la sociedad que cuenta contigo, te vas a sentir un poco «raro» y yendo a contracorriente. Me entiendes, ¿verdad?
Esa opción que da título a este capítulo está llena de ofertas tentadoras a las que te va a costar renunciar, dado que eres joven y tu cuerpo te pide «marcha» con mucha frecuencia. Porque te lo puedes montar solo o en compañía, con calma y sin ella, de momento o apurando hasta el límite. ¡Mientras el cuerpo aguante...! Y seguro que lo hace, que para eso eres joven, ¿o no? ¡Pues venga! Que te dirán que buscando pasarlo bien se te abrirán otras puertas detrás de las cuales te aguardan muchas sorpresas, algunas que intuías y otras que ni soñabas. Y lo único que hace falta tener para eso es el atrevimiento propio de la juventud. Además, te tranquilizarán recordándote que, si algo va mal, siempre podrás recuperarte y que no te faltará la ayuda de tus padres ni de tus amigos para echarte una mano si algo se tuerce. Pero bueno, tómatelo en serio, que lo que está en juego es muy importante porque se trata de ti, de tu vida, para la que no siempre habrá un remedio, por más que pienses que sí.
El otro día vi un anuncio de una fiesta de Halloween
