Judea en tiempos de Jesús - Gérard Billon - E-Book

Judea en tiempos de Jesús E-Book

Gérard Billon

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"El Hijo de Dios no se hizo hombre en general: se hizo un hombre en particular, judío, galileo, en un momento concreto de la historia del mundo" (Étienne Charpentier). Como cada uno de nosotros, Jesús se vio marcado por la geografía, la historia y la cultura de su país. Sufrió las condiciones sociales y económicas de su época, y, a veces, tuvo que tomar partido en los conflictos de orden político o religioso. En este Cuaderno se presentan estas diferentes condiciones de manera clara y sintética.

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Seitenzahl: 171

Veröffentlichungsjahr: 2016

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Contenido

Portada

Prólogo

Portadilla

Introducción: en Judea

I – La presencia romana

El Imperio romano

Una provincia romana

La economía judea

II –Las instituciones religiosas

El Templo

La santificación del tiempo

La sinagoga

III – La sociedad judía

El clero

El pueblo

La mujer

La educación

El matrimonio

Los grupos religiosos

Conclusión: disturbios

Para saber más

Lista de recuadros

Créditos

CB 174

Christiane SAULNIER, Bernard ROLLAND, Gérard BILLON

Judea en tiempos de Jesús

«El Hijo de Dios no se hizo hombre en general: se hizo un hombre en particular, judío, galileo, en un momento concreto de la historia del mundo». Así se expresaba Étienne Charpentier en la presentación del Cuaderno Bíblico 27, en febrero de 1979.

Estas palabras no han perdido nada de su pertinencia. Siempre tenemos que regresar a la cultura que fue la de Jesús y la de sus discípulos, a la geografía y a la historia de su país, a las tensiones políticas, a las leyes económicas, a las costumbres familiares y sociales. Aunque se redactaron unos cuarenta años después de los acontecimientos, numerosas páginas de los evangelios están marcadas por todos esos aspectos. Nos equivocamos si imaginamos las relaciones con la autoridad, civil o religiosa, o las relaciones interpersonales, partiendo de los modelos que son los nuestros.

¿Quién puede hacerse una idea actualmente de la importancia del Templo de Jerusalén, del sistema de sacrificios, de la organización y de la función del sacerdocio? Todo desapareció en la tormenta de la guerra judía de los años 66-70 de nuestra era. El judaísmo y el cristianismo se construyeron, en parte, sobre ruinas. En la fe y la esperanza.

«Ciertamente, un ser humano no se explica solo por sus condiciones diferentes, y Jesús menos que otro —continuaba Étienne Charpentier­—, pero si las conocemos mejor veremos aparecer con más claridad la originalidad de su mensaje y de su persona».

El Cuaderno Bíblico 169, Contraseñas para acceder a los evangelios, escrito por Marc Sevin en 2015, nos sumergió en la escritura de los evangelios. Presentamos aquí el complemento indispensable: tras el texto, el contexto. Para ello, hemos recuperado el trabajo de Christiane Sauliner y Bernard Rolland, publicado en el Cuaderno Bíblico 27. Sus siete estudios han sido reorganizados en tres capítulos con nuevos títulos. Hemos conservado el plan general, suprimiendo solamente lo referente a la segunda guerra judía, que fue estudiada posteriormente por Claude Tassin en Cuaderno Bíblico 144 (cf. bibliografía).

Christiane Saulnier (1942-1993), profesora universitaria, era especialista en judaísmo helenístico y romano. Le debemos la mayor parte del primer capítulo como también la base de la conclusión. Bernard Rolland (1943-1992), sacerdote de la diócesis de Nancy, era un biblista comprometido en la pastoral obrera. Le debemos el final del primer capítulo y lo esencial de los capítulos segundo y tercero. A veces, hemos modificado, resumido y actualizado su trabajo, pero hemos conservado su estilo y enfoque pedagógico. En la presentación, bajo un título nuevo, encontraremos mapas y recuadros nuevos, como también una introducción inédita y una conclusión casi totalmente de nueva planta. Como es lógico, hemos aprovechado los estudios históricos recientes y, en particular, el compendio, muy accesible, de los documentos reunidos en la obra colectiva Le monde où vivait Jésus (cf. «Para saber más»).

Esperamos refrescar así los conocimientos de nuestros lectores veteranos y ofrecer a los lectores jóvenes una introducción precisa y clara.

GÉRARDBILLON

Judea en tiempos de Jesús

La primera mitad del siglo I en Judea, Galilea y la Decápolis es capital para comprender los cambios del judaísmo y el nacimiento del cristianismo. Es la época de Jesús. Es su mundo, el de sus discípulos y el de sus adversarios. La predicación del Reino de Dios se desarrolla en comarcas donde se reacciona mal a la presencia romana, donde las fracturas sociales se agrandan y donde los grupos religiosos se oponen entre sí. La salvación de Dios en Jesús de Nazaret tiene una carga de historicidad política, económica, social y religiosa a la que siempre debemos remitirnos.

Texto de Christiane SAULNIER y Bernard ROLLAND, revisado y actualizado por Gérard BILLON

Introducción: en Judea

Según Lc 3,1, la predicación de Juan el Bautista comenzó en el año 27 o 28 de nuestra era (cf. recuadro «Judea, breve cronología»). Esta precede a la de Jesús, quien, según el consenso logrado entre los historiadores, fue crucificado en Jerusalén el día 7 de abril del año 30, en vísperas de la Pascua (también es posible otra fecha: el 3 de abril del año 33).

Posteriormente, pasados unos años, el Evangelio de Jesús «Cristo» se implanta en el Imperio romano. Los historiadores romanos del siglo II d.C., Suetonio y Tácito, recuerdan la presencia de «cristianos» en Roma en el año 49 (bajo el emperador Claudio) y en el 64 (bajo Nerón).

Jesús de Nazaret

La primera mitad del siglo I es, por consiguiente, de capital importancia para comprender los cambios del judaísmo y el nacimiento del cristianismo. El judaísmo comienza una nueva marcha tras la guerra judía (66-70 d.C.). Para el cristianismo todo comienza con «Jesús de Nazaret» (Lc 1,26; 2,51; 4,34; 18,35; 24,19). Los relatos evangélicos lo sitúan principalmente en dos lugares: una región, Galilea, y una ciudad, Jerusalén.

El mapa, que presentamos a continuación, muestra la partición establecida por el último testamento de Herodes el Grande en el año 4 a.C.. Este es el espacio transitado por Jesús y sus discípulos; el territorio heredado por Arquelao se convirtió en provincia romana tras su destitución en el 6 d.C.

En los evangelios vemos a Jesús desplazarse por Galilea, yendo y viniendo de las inmediaciones del lago, también llamado mar, de Tiberíades, deteniéndose en Nazaret, Caná, Cafarnaún, y evocando Corozaín y Betsaida. Si bien llega a adentrarse en tierra pagana, «en la zona de Tiro» o en la Decápolis (Mc 7,24.31), no parece que llegara a poner los pies en Tiberíades, centro administrativo de Galilea, una ciudad nueva construida por Herodes Antipas, ni en el litoral mediterráneo, Cesarea marítima, residencia del gobernador romano. Los lugares de la predicación del Reino de Dios están, por consiguiente, bien circunscritos.

La «Galilea de las naciones» (Mt 4,15; alusión a Is 8,23) es una región donde se relacionaban judíos y paganos. Limita al norte con Fenicia, Batanea y Traconítida, al sur con Samaría, y al este con las regiones del otro lado del Jordán —Transjordania— donde diez ciudades helenísticas (la Decápolis) se agrupan bajo la autoridad de Siria (en el mapa, de arriba hacia abajo, indicamos las siguientes: Hippos, Gadara1, Escitópolis, Pela2, Filadelfia).

Samaría fue agregada a la provincia de Judea por la administración romana. Una rivalidad religiosa y política, a veces violenta, enfrenta los samaritanos a los judíos. Jesús no duda en atravesar esta tierra «impura» y hablar con sus habitantes (Jn 4,9). Más tarde, los samaritanos acogerán favorablemente la primera predicación de los apóstoles (Hch 8,5-25).

Jesús no atraviesa apenas las fronteras de la provincia de Judea y de las tetrarquías de Herodes Antipas y de Filipo. Un punto de inflexión de la predicación —el reconocimiento de su identidad mesiánica por sus discípulos— se produce en la zona de Cesarea de Filipo (cf. Mc 8,27 // Mt 16,13). Otro, anterior, se ha producido en territorio pagano, en la zona de Tiro (Mc 7,24-30 // Mt 15,21-28): Jesús abre su acción más allá de «las ovejas perdidas de la casa de Israel» (Mt 15,24).

Al margen de Jerusalén —y, antes, Jericó— vemos que Jesús apenas recorre Judea. Según Lucas, que, como Mateo y Marcos, agrupa en una sola gran subida varios viajes, la ciudad es el lugar del cumplimiento del plan de Dios, que exige a Jesús una superación de sí mismo: «Es necesario que siga mi camino hoy y mañana y pasado mañana, porque no es posible que un profeta muera fuera de Jerusalén» (Lc 13,33). Del pueblo de Betania al Templo, del Gólgota al monte de los Olivos, la ciudad refracta los acontecimientos de Pascua y el comienzo de la difusión del Evangelio.

¿Judea o Palestina?

Palestina. Hasta época reciente, el término Palestina designaba el conjunto de estos lugares. Usado inicialmente por los romanos, se ha transmitido a lo largo de los siglos y se ha empleado en numerosas publicaciones geográficas de los siglos XIX y XX sin ninguna intencionalidad política. Desde la panorámica del mundo antiguo, tiene la ventaja de abarcar un espacio cuyos límites, contenidos y denominaciones han variado. Permite no entrar en detalles, pero no es del todo preciso.

En efecto, el topónimo griego Palaístinê, en latín Palaestina, está construido a partir del hebreo pelešet (país de los pelištîm, ‘filisteos’), y designa una franja costera en torno a Gaza. Así es como lo entiende el historiador griego Heródoto a mediados del siglo IV a.C. (Historia, I, 105; II, 104). El geógrafo griego Estrabón († 25 d.C.) ignora el término, pero conoce el de Ioudaía, ‘Judea’ (Geografía, XVI, 2.28), aplicándolo al conjunto del país. Plinio el Viejo († 79 d.C.) distingue Palaestina de Iudea y de Samaría (Historia natural, V, 12-14), aun cuando en su época todo está englobado administrativamente en la provincia de Judea. Un siglo después, el geógrafo Ptolomeo († 168 d.C.) solo habla de Syria Palaestina, puesto que fue la denominación impuesta por el emperador Adriano tras el final de la segunda guerra judía en el 135.

El «judaísmo palestinense» es un término que abarca el judaísmo de lengua hebrea y aramea activo en la «tierra de Israel» desde el siglo III d.C. (que se desarrollaría tras el 135 por obra de los rabinos) para distinguirse del «judaísmo alejandrino», de lengua griega, que había florecido en Alejandría.

Judea. La administración persa (desde el final del siglo VI a.C. hasta el siglo IV a.C.) llamó Judea (arameo Yehoud) a un pequeño territorio en torno a Jerusalén formado sobre las ruinas del antiguo reino de Judá e integrado en la satrapía de Transeufratina. Las expresiones «tierra que mana leche y miel» y «tierra de Israel» solo se mantienen en las Escrituras sagradas, aunque a menudo encuentran un eco vibrante en los corazones de los judíos.

En los siglos II y I a.C., con la rebelión de los macabeos, y, después, con la autonomía de los asmoneos3, el territorio se amplió. En el siglo I de nuestra era, Judaea designa una región geográfica y una entidad política. Su capital ya no es Jerusalén, sino Cesarea marítima. Las fronteras varían, pero engloban, además de la región de Judea en sentido estricto, Samaría e Idumea. La antigua Filistea (salvo Gaza y Ascalón) depende de la provincia de Siria.

En los evangelios, el término se usa a menudo en sentido restringido de región geográfica, por oposición a Galilea, Samaría y la Decápolis.

En este número, que quiere ser histórico, entendemos el término, salvo excepciones, en su sentido amplio, el de la administración romana, siendo conscientes de que el judaísmo es una realidad mucho más extensa.

«Jesús se fue con sus discípulos a la orilla del lago y lo siguió una gran multitud de gente procedente de Galilea; y también de Judea, de Jerusalén, de Idumea, de la orilla oriental del Jordán y de la región de Tiro y Sidón acudió a Jesús mucha gente que había oído hablar de todo lo que hacía» (Mc 3,7-8).

Los judíos en el evangelio de Juan

En sentido estricto, los habitantes de la región de Judea son los judeos. Pero, aunque no podamos dar números exactos, los judíos —en el sentido socio-religioso— son mucho más numerosos fuera de Judea: no solamente en Galilea (los samaritanos no son considerados judíos), sino también en Babilonia, Egipto y Roma, en suma, en toda la vasta red denominada diáspora (‘dispersión’).

Al final del siglo I, en el cuarto evangelio, el de Juan, los ioudaîoi (‘judíos’) parecen formar un bloque compacto contra Jesús. Esto no es exacto. Además de que Jesús mismo es judío y reivindica su identidad (véase el diálogo con la samaritana en Jn 4,9.22), es necesario que distingamos varios significados según los contextos.

«En francés, el término judío es susceptible solamente de dos acepciones según el caso: (1) seguidor de la religión judía, (2) descendiente de Jacob-Israel. Ahora bien, el texto griego del evangelio joánico, además de estas, presenta otras dos acepciones: puede designar también, según el caso, (3) a los habitantes de Judea o judeos, y (4) a las autoridades del judaísmo de entonces, en nuestro caso los miembros del sacerdocio de Jerusalén. Las acepciones (3) y (4) no pueden traducirse, por consiguiente, de igual modo que las primeras. Un equipo ecuménico ha tratado de identificar la acepción adecuada en los 68 casos problemáticos del evangelio joánico, proponiendo cada vez el equivalente en francés que tiene en el contexto» (Extracto de Préface générale de la nueva edición de la TOB 2010).

1 La región de Gadara, escenario de un exorcismo de Jesús en Mt 8,28.34, se confunde con Gerasa en Mc 5,1-20 y Lc 8,26-30. Gerasa es otra ciudad de la Decápolis situada más abajo, por encima del Yaboc (no indicada en el mapa).

2 Según Eusebio de Cesarea, en cuanto estalló la guerra en el 66, la comunidad cristiana de Jerusalén emigró a Pela (Historia eclesiástica, III, 5, 3). Véase Jean-Pierre LÉMONON, Los judeocristianos: testigos olvidados, Cuaderno Bíblico n. 135, 2007, pp. 47-48.

3 Cf. Claude TASSIN, Desde los macabeos a Herodes el Grande, Cuadernos Bíblicos n. 136, 2006.

I – La presencia romana

Desde el año 6 de nuestra era, Judea es, por tanto, una provincia romana formada por las regiones de Judea, propiamente dicha, Samaría, al norte, e Idumea, al sur. Está bajo la responsabilidad de un prefecto que reside habitualmente en Cesarea marítima. Desde el año 26 hasta el 36, el prefecto se llama Poncio Pilato. Galilea y Perea son administradas hasta el 39 por el tetrarca Herodes Antipas, súbdito de Roma.

El Imperio romano

Roma expandió progresivamente su imperio en torno al Mediterráneo. Se encontró con un obstáculo que nunca llegaría a vencer: los partos. Estos, desde el mar Caspio, no dejarán de extenderse hacia el Próximo Oriente.

Después de acabar con la piratería en el Mediterráneo, el general Pompeyo recibe el encargo del Senado romano de pacificar Asia Menor y el Próximo Oriente. En el 64 a.C., Siria se convierte en una provincia romana. En el 63 a.C., Pompeyo toma Jerusalén. La presencia romana durará bastante tiempo. En el 135 d.C., al final de la segunda guerra judía, el emperador Adriano anexiona la provincia de Judea a la de Siria para formar la provincia de Siria-Palestina.

Nacimiento del Imperio

En el siglo I a.C., Roma, dueña de la mayor parte del mundo mediterráneo, experimenta una profunda evolución. Carente de la infraestructura administrativa necesaria, la vieja ciudad estado asumió difícilmente la dirección de este inmenso imperio. Los gobernadores en los que delega no son necesariamente codiciosos, pero el hecho es que las provincias sufren a menudo las consecuencias de una gestión egoísta. Esta ruptura entre Roma y sus territorios refuerza el poder de los jefes militares, de manera que el Senado no llega a controlar totalmente la política exterior de la que, en teoría, es responsable. Al mismo tiempo, en la política interior, las instituciones tradicionales parecen incapaces de resolver los conflictos entre individuos y facciones. Las guerras civiles que estallan en el 49 a.C. y se prolongan durante más de quince años, son la culminación de esta violencia endémica.

Roma, breve cronología

Antes de nuestra era

49

Julio César guerrea en Italia; inicio de las guerras civiles. Dictadura de César

48

Pompeyo es derrotado en la batalla de Farsalia (Tesalia)

44

Asesinato de César

43

Triunvirato: Marco Antonio, Octavio y Lépido

42

Los «republicanos» son derrotados en Filipos (Macedonia)

31

Batalla naval de Accio (Acaya): derrota de Marco Antonio y Cleopatra

27

Octavio recibe el título de Augusto. El Senado le confirma el poder tribunicio y le reconoce el imperium proconsular sobre las provincias imperiales

12

Augusto asume el título de «Gran Pontífice»

2

Augusto es proclamado «Padre de la Patria»

En nuestra era

14

Muerte de Augusto

14-37

Tiberio

37-41

Calígula

41-54

Claudio

Dinastía

54-68

Nerón

Julio-Claudia

68-69

Reinados efímeros de Galba, Otón y Vitelio

69-79

Vespasiano

79-81

Tito

Dinastía

81-96

Domiciano

Flavia

96-98

Nerva

98-117

Trajano

117-138

Adriano

De Julio César a Augusto. Julio César declara la guerra a Pompeyo. A la muerte de este, en el 48 a.C., César combate a los defensores del partido «republicano». Es asesinado en los idus de marzo del 44.

Octavio (u Octaviano), hijo adoptivo de César, tras haber perseguido a los asesinos, se enfrenta a las ambiciones de Marco Antonio, veterano teniente de César, a quien vence en la batalla naval de Accio el año 31. Los detalles de estas guerras no nos interesan aquí; lo esencial es observar que mediante las ambiciones personales se ponen al descubierto varias concepciones del poder.

Los «republicanos» defienden las instituciones tradicionales de la ciudad-estado. Julio César y, en menor medida, Marco Antonio, intentaron establecer un poder personal inspirado en gran parte en el ideal de liderazgo desarrollado en las monarquías helenísticas. Octavio extrae la lección del fracaso de César y del cansancio provocado por las guerras civiles, y promueve una solución más moderada. Mantiene aparentemente las instituciones republicanas y las antiguas magistraturas, pero monopoliza un cierto número de funciones y de títulos que le aseguran, de hecho, el poder político, militar y religioso.

Como emperador ostenta los títulos de Princeps (‘Primero entre los ciudadanos’), y, después, a partir del 27 a.C., de Augustus (‘santo’, ‘majestuoso’). Reor­ganiza la administración del Imperio y lleva a cabo un reparto del poder. En adelante, solo las provincias pacificadas son competencia de la antigua asamblea y gobernadas por los procónsules; en cambio, las que cuentan con presencia de las legiones, son colocadas bajo la autoridad directa del emperador que delega en los legados.

Ciertos territorios particulares se confían a un prefecto o un procurador, que dependen del legado de la provincia imperial más cercana; a menudo se trata de un estatus temporal que se aplican a pequeños distritos, como los cantones de los Alpes o Judea. Egipto constituye un caso aparte: es gobernado por un prefecto de la orden ecuestre y no puede accederse a él sin la autorización del soberano.

Para asegurar la estabilidad del régimen, Augusto choca con dos problemas: el de la transmisión de sus poderes y el de la designación de su eventual sucesor. En efecto, Augusto, según el derecho, no crea un poder dinástico y sus atribuciones no le pertenecen en propiedad, por lo que no puede legarlas; por otra parte, al no tener hijos, adopta sucesivamente a diferentes miembros de su familia, capaces de ganarse la adhesión del Senado y del ejército por su popularidad y capacidades. Las muertes que envuelven su vejez, le obligan a adoptar en última instancia a Tiberio, hijo de su mujer Livia, que le sucede en el 14 d.C.

El comienzo de una era nueva

Con el reinado de Augusto, la paz —la Pax romana— se extiende por el mundo y los poetas ven en ello el retorno de la «edad de oro» (véase Virgilio, Cuarta Égloga de las Bucólicas). Una inscripción encontrada en Priene (cerca de Mileto, en Asia Menor), fechada el 9 a. C., nos transmite bien la idea. Se trataba de cambiar la denominación de los meses y de hacer comenzar el calendario el día del nacimiento de Augusto, inicio de «buenas noticias» (evangelia en griego), dios manifestado, que promete al mundo una era de felicidad (compárese este texto con Lc 2,10-11).

«Cada uno puede pensar con razón en este acontecimiento como el origen de su vida y de su existencia, como el tiempo a partir del cual nadie debe lamentarse de haber nacido… La providencia ha suscitado y adornado maravillosamente la vida humana al darnos a Augusto, colmado de virtudes, para ser el benefactor de los hombres, nuestro salvador para nosotros y para aquellos que vendrán después de nosotros, de modo que ponga fin a la guerra y establezca el orden por todas partes. El día del nacimiento de dios ha sido para el mundo el comienzo de las buenas noticias recibidas gracias a él».

De Tiberio a Adriano. Segundo emperador, Tiberio (14-37 d.C.) es un personaje de una psicología muy compleja, particularmente impregnado de la grandeza de su familia, la gens Claudia.

Después de él reino su sobrino Calígula (37-41 d.C.), un joven excéntrico y poco equilibrado. Muy unido a Agripa I, nieto de Herodes el Grande, estuvo, sin embargo, a punto de provocar una revuelta de los judíos al querer erigir una estatua suya en el Templo de Jerusalén. Fue asesinado en el 41.