Traducir la Biblia - Gérard Billon - E-Book

Traducir la Biblia E-Book

Gérard Billon

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Beschreibung

«Traducción/traición», se oye decir con frecuencia. Pero, ¿cómo puede entrar un lector no bilingüe en las obras de Shakespeare, de Dante o de Dostoievski? ¿Cómo podría un creyente, judío o cristiano, escuchar la verdad de la Palabra de Dios en las Sagradas Escrituras si no sabe hebreo y griego? Una primera reflexión sobre el diálogo de las lenguas lleva a señalar los puntos fuertes de las traducciones antiguas (Setenta, Vulgata, Lutero) y a hacer un breve repaso de las principales ediciones en español. El «taller del traductor» se abre entonces a las grandes cuestiones del paso entre la lengua fuente y la lengua término, a las relaciones entre el texto y el «paratexto», a la comunidad de lectura que se establece.

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Seitenzahl: 142

Veröffentlichungsjahr: 2013

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Editorial Verbo Divino Avenida de Pamplona, 41 31200 Estella (Navarra), España Teléfono: 948 55 65 11 Fax: 948 55 45 06 Internet: http://www.verbodivino.es E-mail: [email protected]

Cuadernos bíblicos 157

Traducción: Pedro Barrado y Mª del Pilar Salas. Título original: Traduire la Bible en français

© Les Éditions du Cerf © Editorial Verbo Divino, 2013. Edición digital: José M.ª Díaz de Mendívil Pérez.

ISBN: 978-84-9945-680-5 (ISBN de la versión impresa: 978-84-9945-607-2)

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita reproducir algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 917 021 970 / 932 720 447).

Contenido

Prólogo

Presentación

Traducir: ¿un fracaso programado?

I – La Biblia en plural

La Septuaginta

El targum

La Vulgata

La Biblia de Lutero

Para comunidades de creyentes

II – Biblias en español

Versiones anteriores al siglo xx

Versiones realizadas a partir del siglo xx

III - El taller del del traductor

La fuente y el término

Pasos

Texto y paratexto

El texto en la página

Biblia Sacra

Para saber más

Lista de recuadros

Créditos

CB 157

Jacques Nieuviarts y Gérard Billon

Traducir la Biblia

«Las traducciones pasan de moda rápidamente, y a veces sucede que el propio estilo envejece y muere. Pero las Escrituras permanecen siempre jóvenes, siempre frescas, como un eterno desafío al arte de la traducción» (Julien Green).

Los lectores tienen la oportunidad, aunque también el derecho, de quedarse perplejos ante semejante afirmación: en las librerías se pueden encontrar muchas traducciones de la Biblia, oficiales o no oficiales, católicas, protestantes o interconfesionales.

En la parte I de este Cuaderno, «La Biblia en plural», se hace un recorrido por las antiguas traducciones bíblicas —griegas, arameas y latinas—, que no solo fueron las primeras que se hicieron, sino que en gran parte fueron las responsables de que la Biblia fuese lo que acabó siendo.

En la parte II se hace una sucinta presentación de las principales traducciones y ediciones bíblicas en español, desde la Biblia Prealfonsina, del siglo XIII, hasta la última aparecida en el mercado: la «versión oficial» de la Conferencia Episcopal Española, que vio la luz en 2010. Esta presentación está realizada por Carlos Junco, biblista mexicano y coordinador de la futura Biblia de la Iglesia en América (BIA), un proyecto del CELAM.

Por último, en la parte III, el Cuaderno se ocupa más en detalle de lo que significa traducir —con sus desafíos, posibilidades y dificultades—, y de cómo se articulan los diferentes elementos que componen una traducción bíblica moderna, el llamado texto y paratexto (introducciones, notas, paralelos, etc.), ambos ligados indefectiblemente. Aunque los ejemplos que con frecuencia ilustran estas páginas están tomados sobre todo de ediciones bíblicas francesas, valen perfectamente para el ámbito del español.

Hay que concluir con el adagio traduttore/traditore —cuya mejor traducción (¡!) sería «traducción/traición»—, que parece remontarse al siglo XVI. ¿Quién determina la traición? La sinceridad de los traductores ciertamente no es garantía de verdad y la fidelidad que reivindican puede discutirse. Pero, antes de discutir, hay que volver sobre lo que es el acto de traducir, sus presupuestos, sus incidencias, sus riesgos. Este Cuaderno pretende ayudar a ello.

Gérard Billon

• Jacques Nieuviarts. Asuncionista. Tras haber sido profesor en la Facultad de Teología del Institut Catholique de Toulouse de Toulouse, actualmente se dedica al mensual Prions en Église y al semanario Le Pèlerin (editado por Bayard). Junto al poeta Pierre Alferi tradujo el libro de Isaías para La Bible, nouvelle traduction (Bayard, 2001). Entre sus últimas obras destaca la Guide de lecture et de prière des psaumes (Bayard, 2008) y la Guide de lecture des prophètes (Bayard, 2010), ambas en colaboración. También se pueden ver en vídeo sus «Lectures savoureuses de la Bible» (www.la-croix.com).

• Gérard Billon. Presbítero de la diócesis de Luçon. Profesor en el Theologicum del Institut Catholique de París, donde dirige el Certificat d’Études Bibliques, redactor jefe de los Cahiers Évangile [Cuadernos Bíblicos], copresidente de la Alliance Biblique Française, ha participado en la Traduction liturgique de la Bible (en preparación) y en la revisión 2010 de la TOB (como revisor). Su última obra es L’aventure de la TOB, 50 ans de traduction œcuménique de la Bible (Cerf / Bibli’O, 2010), en colaboración.

Una primera versión de este texto, obra de Jacques Nieuviarts, apareció con el título «“Traduzione tradizione”. Traduire la Bible: lieux et enjeux de la traduction», en Bulletin de Littérature Ecclésiastique 105 (2004), pp. 3-35. Esta ha sido profundamente modificada y aumentada por Gérard Billon para este Cuaderno.

Traducir la Biblia

Son muy pocos los que leen la Biblia en sus versiones «originales» hebrea, aramea y griega; y, cuando es el caso, la distancia temporal y cultural permanece: así pues, traducir resulta indispensable. Es un lugar de paso. El lector actual pasa a una cultura extraña, un texto extraño pasa al lenguaje del lector. Para este último se trata de escuchar la Palabra de Dios vivo. Tras una primera reflexión sobre el diálogo de las lenguas, señalaremos algunas características de las traducciones antiguas y modernas de la Biblia. Después afrontaremos la cuestión del acto de traducir y sus límites, antes de concluir con la tradición de lectura que la soporta y que ella soporta a su vez.

Por Jacques Nieuviarts y Gérard Billon

Traducir: ¿un fracaso programado?

«El que traduce un versículo literalmente es un mentiroso; el que añade [algo] al texto es un sacrílego y un blasfemo», dice de forma temible el Talmud (tratado Qidushin 49a). Estas palabras, atribuidas a Rabí Yehudá bar Ilai, discípulo de Rabí Aqiba (siglo II de nuestra era), podrían paralizar. Subrayan sobre todo la responsabilidad del traductor con respecto al texto sagrado.

La audacia y el riesgo

Cualquier empresa de traducción afronta un cierto número de desafíos. En efecto, no hay ninguna traducción estándar. La traducción encuentra siempre un destinatario o un lector diferente, arraigado culturalmente de forma siempre particular, y que tiene siempre una forma de sensibilidad o de atención diferente. Y lo que es verdad para el lector lo es también para el traductor. Todo lector es único, aunque casi siempre pertenezca a una comunidad —en sentido amplio— de lectura. En una palabra, traducir siempre tiene algo de idea preconcebida, porque siempre implica escoger la aproximación a la vez más hermosa y más audaz para hacer justicia al texto que se traduce… y quizá al lector. Traducir es siempre un riesgo y una audacia (cf. recuadro «Sobre la fidelidad»).

Sobre la fidelidad

«Hay que salir de [la] alternativa teórica: traducible versus intraducible, y sustituirla por otra, esta vez práctica, surgida del propio ejercicio de la traducción, la alternativa fidelidad versus traición, aunque haya que confesar que la práctica de la traducción sigue siendo una operación arriesgada siempre en busca de su teoría», Paul RICŒUR, Sur la traduction, 2004, p. 26.

«La fidelidad manifiesta de las traducciones no es el criterio que garantiza la aceptabilidad de la traducción […]. La fidelidad es más bien la convicción de que la traducción es siempre posible si el texto fuente ha sido interpretado con una complicidad apasionada, es el compromiso por identificar lo que es para nosotros el sentido profundo del texto, y la aptitud para negociar en cada momento la solución que nos parece más justa. Si consultáis cualquier diccionario italiano veréis que, entre los sinónimos de fidelidad no se encuentra la palabra exactitud, sino más bien lealtad, honradez, respeto, piedad», Umberto ECO, Dire presque la même chose, 2006, p. 466.

«Traducir es a la vez perder y crear, morir y renacer, salvar lo esencial durante un naufragio para poder poner el pie en una tierra virgen. Es ahí donde residen la aventura y el riesgo que corre cualquier traducción: en una sucesión de decisiones inapelables, que constituyen su fuerza y su debilidad», Christophe RICO, «La lingüistique peut-elle définir l’acte de traduction?», en J.-M. POFFET (dir.), L’autorité de l’Écriture, 2002, p. 223.

«Traducir no es más que escribir. La dificultad, la altura del acto de traducción, reside menos en la distancia de una lengua a otra que en la distancia con respecto al interior de mi propia lengua. Porque esta ya no me pertenece. Y, sin duda, esa es la razón por la que escribo», Frédéric BOYER, La Bible, notre exil, 2002, p. 49.

Hacia el 130 a. C., el traductor griego del libro de Ben Sirá lo señalaba ya en una especie de «Prólogo del traductor» de treinta y cinco líneas. Habiendo dedicado «muchas vigilias y ciencia […] hasta llevar a término y publicar el libro» (línea 31), apela muy lúcidamente a la benevolencia de su lector, con palabras que cualquier traductor suscribiría: «Quedáis, pues, invitados a leerlo con benevolencia y atención, y a ser indulgentes allí donde parezca que, a pesar de nuestros esfuerzos de interpretación, no hemos logrado traducir adecuadamente alguna expresión. Y es que las cosas dichas en hebreo no tienen la misma fuerza cuando se traducen a otra lengua; cosa que ocurre no solo con este libro, sino también con la misma ley, los profetas y los otros libros, los cuales ofrecen no pequeña diferencia cuando se leen en su lengua original» (líneas 15-25).

En estas últimas frases deja escapar una doble convicción: la traducción no reemplaza al original, sin embargo es necesaria.

El final del Prólogo vuelve al objetivo de una publicación hecha para que «puedan usarla también los que, en el extranjero, desean instruirse y reformar sus costumbres para vivir conforme a la ley» (líneas 33-35).

Al final de su tarea (de la que la traducción guardará huella), el traductor se difumina para dejar que resuene solamente la Palabra, libre para el creyente y disponible para cualquier lector.

El editor del libro de Ben Sirá, que hablaba hebreo y griego, no puede negar —a menos que se trate de una humildad fingida— un vago sentimiento de fracaso. Como contraste, con varios siglos de diferencia, no deja de tener interés escuchar las palabras más optimistas de otro bilingüe, chino y francés en este caso, el poeta y filósofo François Cheng.

Lenguas en diálogo

François Cheng es chino. Tras la Segunda Guerra Mundial, viajó a Inglaterra y después a Francia donde decidió quedarse como exiliado en el momento en que la brida del régimen comunista se cernía sobre China. Se quedó en Francia por pasión: la de conocer la lengua, y así poder leer a los poetas, y convertirse él también en poeta, escritor y profesor universitario. Hoy es miembro de la Academia francesa y ha formalizado su experiencia de éxodo interior en un magnífico librito titulado Le dialogue. Une passion pour la langue française [«El diálogo. Una pasión por la lengua francesa»] (2002).

Analiza lo que significa pasar a otra lengua. Es —dice— «nombrar de nuevo las cosas, incluida mi propia vivencia» (p. 79), cambiar de representaciones sobre uno mismo, sobre la propia historia, sobre el mundo. «Nombrar es poseer», decía Sartre. Nombrar de otro modo es desposeerse, dice Cheng, es mudar, sufrir una metamorfosis… Es pensar de otra manera y, finalmente, ser otro.

En F. Cheng conviven dos lenguas, «dos lenguas de naturaleza tan diferente que entre sí abren un foso tan grande como se pueda imaginar». Asimismo se establece una especie de jerarquía: «Finalmente opté por una de las dos lenguas, adoptándola como herramienta de creación, sin que por ello la otra, la llamada simplemente materna, se hubiera disipado pura y simplemente. Puesta en sordina por así decir, esta última se transmutó en una interlocutora fiel, aunque discreta, tanto más eficaz cuanto sus murmullos, que alimentan mi inconsciente, me proporcionaban constantemente imágenes que metamorfosear, nostalgias que llenar» (p. 8).

A cada lengua está ligada una cultura particular, a saber, «el producto colectivo de un gran grupo de personas que viven juntas y que justamente valoran su parte compartible». Esta parte es una oportunidad y ninguna cultura puede formar un «bloque tan irreductible que la hiciera refractaria a la transmisión con relación a otra cultura» (p. 13). Así pues, Cheng comenzó por traducir al chino poetas franceses, y después es­cribió su propia poesía, en francés. Como chino, aprehende la naturaleza poética de la lengua francesa mediante el juego de formas y sonidos, como si las palabras francesas fueran ideogramas. Así, gracias a la poesía, el diálogo entre sus dos lenguas y culturas «no se presenta bajo la forma convencional de “preguntas-respuestas”; es “común presencia” —conforme a la expresión […] de René Char—, que siempre se eleva, fruto de un intercambio sin fin» (p. 72).

El intercambio, dice por otra parte, se elabora en tres etapas, recogidas de un maestro del budismo: «Ver la montaña / No ver ya la montaña / Volver a ver la montaña» (p. 65).

Estas tres etapas podrían ayudarnos a acercarnos al movimiento fundamental que atraviesa al traductor.

«La primera etapa indica el estado ordinario en el que la montaña se ofrece a nuestra vista bajo el aspecto exterior al que estamos acostumbrados, sin preguntarnos de dónde procede el misterio de su presencia, qué riqueza podemos obtener de una relación secreta con ella». Esta primera etapa correspondería a la lectura del texto que hay que traducir en su lengua original, opacidad y belleza.

«La segunda etapa es el estado de oscuridad, incluso de ceguera, en que nos encontramos; estamos obligados a hacer uso del Tercer ojo, que enseña a ver la presencia del otro desde el interior, a asistir a aquello por lo que el otro llega a ser y, de golpe, a ver aquello por lo que uno mismo llega a ser». En la prueba de la traducción, la confrontación con la lengua y la cultura del texto extraño pasa por el descentramiento de uno mismo.

«Llegado a la tercera etapa, el sujeto ya no se encuentra situado de frente con respecto al objeto, sino que se deja penetrar por el otro, de modo que sujeto y objeto están en devenir recíproco, un ir y venir de presencia a presencia. El “Volver a ver” es una iluminación que recuerda que el propósito de la verdad no es el dominio, sino la comunión». La traducción final del texto en otra lengua y otra cultura, ¿puede llegar hasta esta comunión? Quizá —y entonces se habrá alcanzado el éxito— hay algo de eso que pasa del texto al lector.

Las palabras de F. Cheng son sabias. Y la sabiduría es una buena puerta de entrada para la Biblia.

Vivir según la Ley/el Evangelio

En realidad, en la Antigüedad, «la Biblia» no existía. El nombre, de origen latino, procede del griego: biblia (lat., fem. sing.) transcribe y unifica ta biblía (gr., neutro pl.). De entrada, el término es trashumancia, paso, traducción.

Es cristiano, no judío. Como cristiano, designa un libro —o conjunto de libros— dividido en dos partes: Antiguo y Nuevo Testamento. «Testamento» procede del latín testamentum, equivalente al griego diatheke, que a su vez traduce el hebreo berit, 'alianza, pacto'. Dos pasos más.

La Torá o 'Ley' de Moisés, núcleo del judaísmo proyectado en cinco libros, es séfer haberit, 'libro de la alianza' (Ex 24,7; 2 Re 23,2), compromiso del Señor Dios con el pueblo de Israel y llamada a este para que responda. Recogiendo una fórmula tomada del profeta Jeremías, los cristianos se identifican viviendo bajo el régimen de la «nueva alianza» y la llaman en griego kainé diatheke (Jr 31,31 y Lc 22,20). En efecto, el compromiso divino —proclaman— ha encontrado su más alta cota en la sangre derramada de Jesús: «Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único…» (Jn 3,16).

«Comienzo del Evangelio de Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios…», este es el incipit del relato de Marcos (Mc 1,1), que cuenta ese amor. Redactado en griego, está trufado de semitismos (reflejos del ambiente de Jesús y de sus primeros discípulos) y de latinismos (presencia de los primeros destinatarios de la obra).

«Evangelio» procede del latín evangelium, acuñado sobre el griego euangelion. La palabra fuente en hebreo, bastante trivial, es bessorá, 'buena noticia'. Traducida al griego en la Septuaginta judía (cf. capítulo I, «La Biblia en plural») y recogida por los cristianos, euangelion alcanzará el éxito que todos conocemos. Mucho antes de Jerónimo y la Vulgata, los traductores latinos, en lugar de encontrar un equivalente, no dudaron: lo transliteraron, subrayando la novedad de la alianza y lo inaudito de la salvación de Dios. Así funciona la ampliación del vocabulario: emigra de una cultura a otra.

El Nuevo Testamento irradia del Evangelio. Igualmen­te está entreverado de las Escrituras, lo que nosotros llamamos Antiguo o Primer Testamento. «Testamento», igual que testamentum, es polisémico: quizá «alianza», pero sobre todo acto notarial, paso de una generación a otra. Ahora bien, aquí el contrato que constituye autoridad no es solamente una pieza de derecho (aunque también lo es: cf. el Decálogo y los códigos legislativos), es literatura que se nutre de todos los géneros: narrativos, judiciales, argumentativos, poéticos… La Biblia, Antiguo y Nuevo Testamento, es biblioteca antes de ser libro. Una biblioteca constituida conforme a la historia de un pueblo, agrandada, transmitida (transmitida y, por tanto, traducida).

Para que otros, fuera de la tierra de Israel, pudieran adaptar su comportamiento «para vivir conforme a la ley», es por lo que el nieto de Ben Sirá, mencionado antes, emprendió su obra de traducción. En su época (siglo II a. C.), los libros de la Ley de Moisés ya habían sido traducidos al griego en los Setenta. El creyente «extranjero» dispone de un corpus a la vez multiforme y limitado en número, organizado en tres conjuntos: Ley, Profetas y otros Escritos.

Hoy, conforme a una decisión rabínica del siglo II