Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Myriam se ve obligada a elegir el ataúd de su abuelo, que acaba de morir y al que se sentía muy unida. Este hecho, junto a la disfuncionalidad de sus vínculos familiares, la dependencia emocional de una relación marcadamente sexual y el cuestionamiento de su propia vocación, sume a la protagonista en una intensa crisis personal de la que tratará de salir mediante la propuesta que le hace su mejor amiga. Dos ciudades, San Sebastián y Granada, son los escenarios en los que se desarrolla esta novela, en la que la crudeza, el simbolismo y la belleza se entremezclan en el camino de la protagonista hacia su anhelada reconstrucción.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 236
Veröffentlichungsjahr: 2022
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
JUGUETES DE NIÑO SÁDICO
Este libro ha recibido una ayuda a la edición del Departamento de Cultura
y Política Lingüística del Gobierno Vasco.
1ª edición: marzo de 2022.
© 2022,Olga Serrano, autora representada por Marcapáginas Agencia Literaria
© De la presente edición: 2022, ALBERDANIA, SL
Istillaga, 2, bajo C - 20304 Irun
Tel.: + 34 943 63 28 14
www.alberdania.net
Portada: dibujo e idea original de Olga Serrano.
Impreso en Ulzama (Huarte, Nafarroa)
ISBN digital: 978-84-9868-724-8
ISBN papel: 978-84-9868-723-1
Depósito legal: D. 177/2022
V
JUGUETES DE NIÑO SÁDICO
OLGA SERRANO
ALBERDANIA
novela
0
Desde lejos, desde lo que todavía apenas es un susurro, una sospecha, una inminencia, la consciencia me advierte de que estoy a punto de empezar a sentir. Como ese bebé del que tiran y tiran sin piedad un grupo de congéneres adultos hasta lograr arrancarlo del útero materno, aterrizo en la aridez de lo real pocos segundos después de apagar la alarma. Ese estado en el que ya no duermes pero todavía no recuerdas los motivos por los que merece la pena o no abrir los ojos me acoge brevemente para depositarme después en el centro del escenario, indefensa, presente, expuesta al advenimiento de la certeza. Ahí está. La veo acercarse a toda velocidad. Esa enorme bola de luz impacta contra no sé qué región de mi cerebro y entonces me acuerdo: anoche pulsé el interruptor.
El interruptor es como una de esas hipótesis infantiles y no por ello menos retorcidas del tipo: «Si estuvieras de pie en una acolchada nube biplaza en mitad del universo de la purpurina y al asomarte descubrieras con horror que tus padres están colgados del borde, mientras un monstruo cósmico te dice desde lo que bien podría ser el vórtice del apocalipsis, con una boca abismal y putrefacta, que tú salvarás a uno y él se comerá vivo al otro, poniéndote así en la primera y más importante disyuntiva de tu vida, ¿a quién elegirías?».
El interruptor es como una de esas hipótesis, en su adaptación adulta y antiheroica: «Si al acostarte esta noche, en vez de apagar solamente la luz de la mesilla, pudieras pulsar un segundo interruptor que hiciera que una vez que te quedaras dormido no volvieras a despertar, esquivando así el dolor de la muerte y el dolor de la vida en el más absoluto dos por uno, ¿lo harías?».
1
Apenas diez horas antes, el de la funeraria estaba desplegando ante mí un catálogo que me recordó a la carta de menú de un restaurante chino. Había intuido un tacto pegajoso en aquellas fundas de plástico transparente que emitían un sonido crujiente al despegarse unas de otras. Contenían las fichas de los diferentes modelos de cajas fúnebres ofertados por aquel hombre y su frondoso bigote marrón que se agitaba arriba y abajo, haciendo caso omiso al hecho de que en aquel momento no había ninguna razón en el mundo para el movimiento, para el sonido, para cualquier cosa que no fuera retroceder cuatro horas en el tiempo y volver a hablar con mi abuelo mientras, sentado al borde de la cama, se comía las galletas que le habían traído las auxiliares para merendar. Mientras lo hacía, yo le hablaba de que tenía tal acumulación de trabajo que al llegar a casa iba a tener que meter al menos dos o tres horas antes de acostarme. Y él negaba con la cabeza en gesto de reprobación y entonces yo le decía que peor era lo suyo, que no se había cogido unas vacaciones hasta que cumplió cincuenta años. Y yo creía que diciéndole eso argumentaba en favor del porcentaje de mi tiempo que dedicaba al trabajo, cuando en realidad era todo lo contrario, porque me pasaba por el forro décadas de activismo sindical sin las que él y otros como él no hubieran conseguido conquistar el derecho a un descanso que a los de mi generación, en la universidad, nos habían enseñado a despreciar. A la vez que aquellas galletas bajas en sal y en azúcar, se tragó mi repugnante ignorancia individualista y se resignó a aconsejarme que me fuera cuanto antes para no privarme de demasiadas horas de sueño. Y así, con el placebo moral de estar siguiendo su consejo, me despedí con un beso y me vio marcharme por última vez. Ahora nada tenía sentido en el mundo salvo retroceder cuatro horas en el tiempo y volver a hablar con él y no dejar de hacerlo nunca, no abandonar esa habitación hasta que él lo hiciera conmigo, por su propio pie.
La sala en la que atendí al de la funeraria, o en la que él me atendió a mí, ubicada en el tanatorio del propio hospital, estaba amueblada con dos pequeños sofás en L y una discreta mesa de madera bajo una lámpara que emitía una luz tenue y acertadamente mortecina. Dentro del viejo radiador desconchado que templaba el ambiente se oía el fluir entrecortado del agua caliente. Odié a mi madre por no encontrarse en mi lugar. El de la funeraria se había detenido en una de las hojas y señalaba el ataúd del medio, mientras afirmaba con delicadeza profesional que aquel estaba bien y que era el más habitual. Si era el más habitual parecía una opción respetable. Cuando yo muera, bien pueden meterme en una caja de cartón. Una reutilizada, que a ser posible antes haya albergado disfraces hechos a mano o adornos de Navidad. Pero, aun sabiendo que mi abuelo siempre había menospreciado cualquier signo de ostentación, me parecía una mezquindad elegir la caja más barata para albergar su cuerpo. Y nunca hemos tenido a nuestro alcance la gama alta de casi nada, por lo que asentí ante la sugerencia del enviado de la funeraria, asegurando a mi abuelo un descanso, como mínimo, de calidad media. Anotó el número de referencia en un pequeño cuaderno color hueso y avanzó en el catálogo hasta las páginas finales, que contenían los distintos modelos de recordatorio.
Empezó a vibrar el móvil en mi bolso, pero mi operatividad era prisionera de aquel proceso de elección y de mi esfuerzo en mantener la compostura. Lo omití y miré al hombre, suplicando para mí que aquello se acabara y pudiera largarme a mi casa, a mi cama, a llorarlo. Me dijo que si lo prefería podíamos dejar para el día siguiente lo relativo a los recordatorios y la esquela, que nos lo gestionarían todo en la oficina de atención al cliente del tanatorio. Volví a asentir, soltando el aire entre el suspiro y la congoja, y salí de allí.
Saqué el móvil del bolso y comprobé que había sido mi madre la que me había llamado hacía un momento. Se había marchado a Burdeos a conocer a una mujer con la que llevaba un par de meses hablando por Facebook, hecho imposible de obviar por el incesante goteo de fotos con etiqueta de ubicación y compañía que subía a las redes sociales. La volví a odiar, muy a voluntad, porque ese era el único sentimiento que podía dejar fluir sin riesgo de romperme allí mismo. La odié a conciencia y sin la contención autoimpuesta por una idea que solía repetirme a mí misma una y otra vez: tiene derecho a rehacer su vida, una vida que había quedado sumida en el caos desde su segundo novio posdivorcio. Aquel individuo se la llevó por delante a base de broncas y guerra fría, pero antes de eso me encantaba quedarme mirándola. Lo hacía casi a escondidas y encontraba la ocasión perfecta para ello al verla hacer alguna gestión por teléfono. Parecía tan autosuficiente, considerada, segura, inteligente... Me gustaba su lenguaje corporal, la manera de fruncir los labios mientras escuchaba, ese gesto de echarse a un lado las ondas caoba de su pelo para que no la molestaran al tomar notas. Yo estaba enamorada de esa luz que, como la de las estrellas, ahora ya solo llegaba a mí desde el pasado.
Eran las ocho de la tarde cuando me habían llamado del hospital para decirme que acudiera de inmediato. En cuanto me acerqué al mostrador y las enfermeras se percataron de mi presencia, hicieron salir a una joven médico que, sin terminar de explicarme nada, me condujo hasta una pequeña habitación con aspecto de sala de curas. Una vez allí, me pidió que me sentara y me dijo lo que mi parte racional ya sabía que había ocurrido. «No hemos podido hacer nada, se le ha parado el corazón. No ha sufrido…». Me lo dijo con esas palabras, como si fuera ficción barata, como si no fuéramos dignos de un guion personalizado, mientras una nube negra se me expandía por dentro. Cerré los ojos y negué con la cabeza. Me hice niña pequeña, niña perdida, me agarré mentalmente a su mano y, aferrada al recuerdo de su voz llamándome txiki, me vine abajo.
Cuando la médico me dejó sola y pude, llamé a mi madre. Con una sucesión de palabras de la que solo recuerdo la sensación de antinaturalidad, como si hablara hacia atrás, le dije que su padre acababa de morir. Incrédula también, lloró mientras yo me sostenía a duras penas allí sola, a dos tabiques de distancia del cadáver de mi abuelo. Me hacía preguntas que no sabía responder. «Ven, mamá, ven». Me dijo que sí, que iba a ver cómo podía hacerlo y quedamos en hablar más tarde, cuando ambas nos hubiéramos calmado un poco. Así que, al salir del tanatorio del hospital, le devolví la llamada. Le dije que ya estaba el ataúd elegido y, a petición suya, le repetí lo que me había dicho la médico sobre la muerte de mi abuelo, tratando de recordar las palabras literales. Cuando le pregunté a qué hora llegaría a San Sebastián me dijo que iba a descansar un poco, que siendo de noche poco iba a poder hacer aquí, así que saldría de Burdeos de madrugada para llegar lo más temprano posible.
Al colgar escribí un mensaje a mi padre:
«Esta tarde ha muerto mi abuelo Valeriano, en el hospital. Me voy a casa, hablamos mañana».
Copié y envié el mismo mensaje a mi amiga Laura, que me llamó de inmediato.
–Hola, Lau –dije como pude.
–Lo siento un montón, Myriam. No sé qué decirte.
–Ya… Es que… ha sido de repente, he estado con él en el hospital a primera hora de la tarde y es que no me lo puedo creer, joder, no me… no me parece real. Estaba bien cuando, cuando, cuando me…
–¿Estás sola?
–Sí, mi madre está en Burdeos. La tía esa que te conté que había conocido por Facebook… –dije, haciendo enormes esfuerzos por coordinar frases con cierta coherencia–. Acabo de… He tenido que elegir el ataúd, Laura. No sé, no, no, no puedo pensar. Mi madre viene mañana.
–¿Dónde estás? Te voy a buscar.
–No… Me voy a casa, estoy en el hospital, pero ya me voy, tengo el coche aquí.
–¿Por qué no llamas a un taxi? No conduzcas así, por favor.
–No quiero llamar a nadie. Quiero… quiero llegar a mi casa cuanto antes. No te preocupes, de verdad.
–Bueno… Ánimo, cariño, estoy aquí para lo que necesites.
Conduje hasta casa, con la sensación de estar conteniendo la respiración. Cuando llegué me tiré sobre la cama y lloré como si las lágrimas me fueran a vaciar de dolor. Borbotones ácidos me empaparon las mejillas y después la almohada. Recuerdo haber pensado que probablemente aquel líquido estaba haciéndome surcos en la cara, quemaduras en forma de raíces que crecían en todas direcciones, hacia las sienes, la frente, el cuello y la nuca, y entraban en mis orejas y se me hundían en el pelo, conformando así una máscara hiperrealista con la que sería la reina indiscutible del próximo Halloween. Me condené por el brote de desapego a la realidad y volví al colchón, sobre el que me retorcí porque parecía tener esquinas, buscando un cobijo imposible. Cuando no pude luchar más, ya entrada la madrugada, me dormí.
Mi madre apareció en el tanatorio cerca de las doce del mediodía. Sin decir palabra, vino a abrazarme. Para entonces yo ya había encontrado postura emocional para llorar a mi abuelo sola, así que le devolví el abrazo con una cierta frialdad que procuré que no notara. Había llegado acompañada de Euge, la cibernovia bordelesa hija de manchegos de la que decía estar enamorada.
Entre mi madre y yo nos ocupamos de los trámites funerarios, aprovechando la llegada de unos sobrinos de mi abuelo que charlaban distendidos a dos metros del féretro. Cuando volvimos seguían allí, así que me senté a observarlos con la mirada más dura de la que fui capaz. Agarré mentalmente un florero de cerámica que había sobre una mesita auxiliar junto al sofá y lo lancé con todas mis fuerzas contra sus malditas cabezas parlantes. Alcancé a dos de ellos, que cayeron en el acto. Al tercero tuve que rematarlo hundiendo en su cuello uno de los pedazos del florero roto, de manera que al fin callaba, ahogado en su propia sangre. Al cabo de pocos minutos se marcharon, no sin antes despedirse de mí llamándome por el nombre de mi prima Claudia, a lo que respondí con un leve movimiento de cabeza sin hablar.
Mi madre los acompañó hasta la puerta, dejándome a solas con su Euge. Su presencia allí me resultaba ortopédica. No conocía a mi abuelo. No quería a mi abuelo. Me descubrí así tomándome el velatorio como algo más sagrado de lo que fríamente hubiera considerado razonable. Pero Euge era respetuosa y guardaba silencio, no podía pedir mucho más. Mi madre volvió y cerró la puerta tras de sí.
–¿Por qué no les has dicho que tú no eres Claudia?
–Porque les importa una mierda –respondí. Se me quedó mirando con tristeza. Y añadí–: ¿Dónde está Isaac, mamá?
–No sé, yo creo que sigue en Madrid.
–¿Ya lo sabe? –pregunté.
–Le llamé después de hablar contigo y no me cogió. Le puse un mensaje, imagino que lo habrá leído.
–O estará de fiestón y hasta el lunes no se entera.
–Él… –dijo, desviando la mirada hacia la pared– ha sufrido mucho.
–Ya, igual que tú –respondí en un tono cortante del que me arrepentí de inmediato.
En ese momento apareció por la puerta Marcelino, un amigo de mi abuelo al que conoció en la Asociación de Niños Refugiados de la Guerra. Mi abuelo me había hablado muchas veces de sus conversaciones con Marcelino, casi todas acerca del trayecto en el Habana, que zarpó hacia Southampton con ambos a bordo en mayo de 1937, y de la estancia en el Reino Unido que compartieron, aunque no llegaran a conocerse allí. Hace unos años, la asociación organizó una comida para miembros y allegados en la que iban a homenajear a los veteranos, entre los que se encontraban mi abuelo y su amigo. Mi abuela ya estaba aburrida de oír siempre la misma historia, con las mismas palabras, y se limitaba a asentir con resignación, pero a mí me encantaba escuchar a mi abuelo y a Marcelino, que, durante la comida, entusiasmados, nos relataron por enésima vez la maravilla que habían descubierto a su llegada a Southampton: «¡Pan blanco! –decían con los ojos muy abiertos y la cara iluminada–. ¡Pan blanco!».
Ahora Marcelino caminaba muy despacio, apoyándose en su bastón. Su amistad con mi abuelo había propiciado que Joaquín, el hijo que ahora lo acompañaba, me alquilara un piso contiguo al que ocupaban él y su mujer, bajo unas condiciones suficientemente asequibles como para permitirme vivir sola desde hacía ya varios años. Marcelino entregó a Joaquín su bastón en cuanto me reconoció, para abrazarme y acariciarme la cara con sus manos, tan arrugadas, tan de abuelo, tan llenas de calidez en aquel momento. Que había algo de mi abuelo en él era un sentimiento irrefutable. Nos miramos durante unos segundos en silencio, diciéndonos con los ojos que nosotros le queríamos y que nunca jamás le íbamos a olvidar. Después se acercó al cuerpo de mi abuelo y estuvo allí un buen rato, durante el cual sentí una especie de paz, como si aquella despedida entre ambos colocara alguna pieza en su sitio.
A lo largo del día presencié idas y venidas de otros familiares y conocidos. Evité en lo posible entablar conversación con nadie, a excepción de Laura, con la que me desahogué en la cafetería a media tarde. Cuando al fin me quedé sola, a punto de expirar el horario de visitas, me acerqué despacio a la mampara tras la que reposaba el ataúd. Me resultaba tan duro mirarle así, con ese gesto definitivo en la tez amarillenta, que desvié la mirada hacia sus manos entrelazadas y a cambio le canté: «Jugando al escondite, en el bosque anocheció. Jugando al escondite, en el bosque anocheció. El cuco, cantando, el miedo nos quitó. El cuco, cantando, el miedo nos quitó».
2
El dolor agudo fue dejando paso, con el transcurso de los días, a una niebla espesa a través de la cual caminaba como una zombi. La actividad laboral era la rutina que me mantenía erguida y mecánica. Estuve ocupada con la imagen corporativa de una start-up tecnológica y con la maquetación de unos trípticos para una fundación sin ánimo de lucro, en los que se detallaban sus principales servicios: asistencia a personas de la tercera edad y dependientes y apoyo a sus familias. Además, había empezado con el diseño de algunas piezas para la campaña de Navidad de una academia de idiomas con la que llevaba cuatro años trabajando y cuyo responsable de marketing me citó en sus instalaciones un martes de octubre a media tarde.
Mientras esperaba en la sala de reuniones, descompuse el color de la pared en valores cmyk. Veinte de cian, quizá veinticinco. Doce de amarillo. Diez por ciento de negro (o diez años desde la última mano de pintura). Rebusqué en mi bolso hasta encontrar una monodosis de colirio, que descargué en mi ojo derecho. Parpadeé para desechar lo sobrante y sequé la piel de alrededor dando pequeños toques con la manga del jersey. Saqué el móvil del bolso y comprobé mis mensajes y la bandeja de entrada del correo. Tenía un par de e-mails. Uno era de Amalia Seoane, la encargada de comunicación de la empresa de muebles. Me enviaba algunas fotos para el catálogo que teníamos entre manos y una hoja de cálculo con las medidas de todos los productos, para que las indicara sobre los pictos que habíamos decidido incluir en cada ficha técnica. Al tiempo que volvía a guardar el teléfono, apareció por la puerta una chaqueta de lana roja con rombos grises sobre el cuerpo de mi cliente, que se disculpaba por la espera. Sonreí sin énfasis y nos pusimos a comentar los detalles de la maqueta que le había enviado días atrás para el tríptico con la oferta formativa que iba a ofrecer la academia a partir de enero. Después del tiempo que llevaba trabajando con él, sabía que le gustaban el azul y el rojo, la Helvetica Neue, las fotos de jóvenes sonrientes y que padecía un cuadro extremo de horror vacui. Cada vez me hacía falta menos esfuerzo para saber lo que buscaba y darle lo que quería. En aquella ocasión, le ofrecía una maqueta muy azul, irreprochable y correcta. Y completamente bañada en los zumos de la impostura profesional, como si no fuera fruto de la inercia, como si fuera algo perfectamente justificado y no basado solo en lo que sabía que él esperaba recibir. Asentía satisfecho, aprobando el resultado de mi trabajo como si hubiera sido realizado por él mismo. Sobre el silencio destacaba su respiración, añeja y resonante. Se quedó un momento mirando la parte superior del folio impreso y a continuación deslizó sus dedos pulgar e índice sobre la cabecera de la maqueta, como haciendo un movimiento de ampliación sobre una pantalla, al tiempo que abría la boca para pedirme que aumentara un poco el tamaño de letra de los títulos. Le olía el aliento a leche cortada. Desvié mi cara y sobre todo mi nariz hacia el bolso con la excusa de buscar un bolígrafo, con el que a continuación me dispuse a anotar sus correcciones. Y mientras lo hacía, mirando el lento rastro azul de tinta extenderse sobre la mullida blancura del folio, una ocurrencia asfixiante se me enroscó en el cuello: no estaba haciendo bien mi trabajo. No solo eso: lo estaba haciendo mal. Había perdido el ímpetu, las ganas de pelear. Estaba perdida; esa era la idea, invasiva e ineludible como un banner porno en seriesyonkis.com, que no pude neutralizar durante el resto de la reunión.
Me acompañó a la salida mientras me hablaba de lo estresado que estaba, porque la responsable de administración llevaba un mes de baja y le habían encargado a él tramitar toda la documentación necesaria para solicitar unas subvenciones. Su voz me sonaba lejana y molesta, como a ruido de fondo, como a haberme dejado la televisión encendida. Bromeó sobre algún tema político que no entendí, por lo que me limité a sonreír para salir del paso y me despedí.
Eché a andar hacia la catedral del Buen Pastor, donde había quedado con Laura para ir a comprar el regalo de cumpleaños de Andrea Larrañaga. Andrea era una amiga común de cuando íbamos al colegio, con la que, si aún no había perdido relación, era sobre todo por influencia de Laura, cuya personalidad vibrante servía de elemento cohesionador para unas cuantas personas, cada una de nuestro padre y de nuestra madre, que de otro modo nos hubiéramos distanciado hasta cambiar de acera al vernos por la calle para no tener siquiera que saludar.
Andrea era una niña bien que había estudiado Farmacia en el Opus, en la Universidad de Navarra, y después se había formado en Nutrición. Tras un periodo de prácticas aquí y allá, su padre, un abogado de renombre que llevaba los asuntos legales de más de un famoso nacional, le montó el negocio en pleno barrio de Gros. Siempre he visto en ella un honroso pudor respecto a la clase social a la que pertenece. Verla esforzándose en resultar cercana y plebeya solía resultar tan ridículo como un padre llamando colega a su hijo, aunque la buena intención era palpable.
Laura había empezado Magisterio en la Universidad del País Vasco, pero lo dejó al segundo año y se puso a trabajar en un bar de copas de la Parte Vieja los fines de semana y en una cafetería de El Antiguo de lunes a miércoles. Ella decía que no era responsable seguir en una carrera como Magisterio después de haber descubierto que no tenía vocación para ser profesora, que había dejado de sentir «la llamada». Esa expresión siempre me resultó graciosa en boca de Laura, tan pagana, porque era la manera en que las monjas del colegio nos habían explicado que se sentían las ganas de tomar los hábitos y «consagrar tu vida a Dios». La influencia de Sor Esta y Sor La Otra cristalizó en mí de una manera tan peculiar que durante un periodo de mi infancia no supe si quería ser monja misionera o puta, aunque tenía bastante claro que no era procedente ejercer ambos oficios a la vez. Acabé licenciándome en Comunicación Audiovisual, lo que me llevó directamente al paro y, como consecuencia, a seguir estudiando. Al acabar el curso de diseño gráfico, me contrataron de prácticas en una pequeña agencia de publicidad en la periferia en la que me hicieron indefinida seis meses después.
Laura llegó quince minutos tarde, que se sumaron a los veinte antes que había llegado yo. Recorrimos el centro sin saber muy bien qué podíamos comprar. Decidimos que quizá lo viéramos más claro después de tomarnos un vino. No nos ayudó con el regalo de Andrea, pero al menos entramos en calor y nos pusimos al día. Me contó que estaba liada con el representante de no sé qué marca de vinos que últimamente tenían en el bar, un divorciado de cuarenta y tantos, sin hijos, con el que se lo pasaba muy bien.
–Nunca me han atraído tíos que fueran, no sé, más de cinco años mayores que yo –dije.
–A mí hasta ahora tampoco, tronca. Pero es genial, porque no se anda con historias, ¿sabes? Se agradece una visión madura del tema, no sé, es como si me entendiera mejor de lo que me ha entendido cualquiera de los tíos con los que he estado antes.
–¿En la cama? –pregunté.
–Bueno, en la cama muy bien. Pero no es solo eso. No hay posesividad, ni sogas al cuello. Pienso en ello y es difícil ver las cosas claras porque no nos han educado para esto, pero estamos en un nivel de respeto superior. A la individualidad del otro. Bueno, no sé si individualidad es la palabra. Libertad… No sé. No es precisamente suelo firme este tema.
–Nubes. ¿Estás en las nubes?
–Puede ser –respondió con una amplia sonrisa.
–En las nubes… de una relación abierta.
–¡Ya estás etiquetando!
–Es por entend…
–¡Que ya sé! –me cortó–. No importa. Llámalo así si quieres. ¿Si puedo liarme con otros? Sí. Pero tampoco es lo que me apetece.
–¿Y a él?
–¡Que no me metas mierdas en la cabeza! Estoy en paz así. Te lo juro. Me siento bastante feliz así.
–Pues me alegro mucho por ti, Lau –respondí, levantando la copa de vino para brindar.
–¿Y tú qué? –preguntó.
–¿Yo? Yo nada. De casa al curro y del curro a casa.
–Bueno, vale, pero llévate algo a casa de vez en cuando, mujer.
–Pero si ya te digo que no salgo –respondí, tratando de zanjar el tema.
–Pues prueba con Tinder o alguna mierda de esas. Mi compi del bar dice que algún polvete bueno ya ha echado gracias a eso.
–Me da mucha pereza –dije–. Además, no sé, a saber a quién te puedes encontrar ahí. Imagínate que encuentro a gente del curro, clientes… Creo que no daría muy buena imagen. Es como cuando dejé de salir con los de la uni porque hacían botellón en la calle y a mí me acababan de contratar en la agencia. Imagínate que te ve tu jefe ahí con la botella en la mano un sábado mientras pasea con su mujer. Pues esto lo veo igual.
–Ya… En fin, no voy a tener más remedio que sacarte de fiesta un día de estos –dijo–. Voy a mirar qué finde me toca domingo libre y ese sábado nos vamos tú y yo de caza, ¿vale?
–Vale –respondí, muy poco convencida.
Después me contó que en el bar había habido una trifulca entre su compañera veterana y las de la limpieza, que al parecer se quejaban de encontrarse vasos en los baños cuando, según Laura, los vasos eran de lo menos malo que podían encontrarse allí después de la reciente redada de la Ertzaintza en el bar de enfrente. Tras un par más de esas historias de costumbrismo tabernero que me contaba Laura, me preguntó cómo me iba en el trabajo. Aunque la cruda revelación de hacía un rato aún pegaba con fuerza, le dije que bien. Me arrepentí enseguida. Creía que ninguneando el malestar lo atenuaría. Mirar hacia otro lado es un recurso tan versátil, tan accesible, tan efectivo con asuntos densos como la culpa o el ridículo que no parecía descabellado aplicarlo aquí. Dije «bien» y logré desviar la atención.
Al salir de allí dimos un par de vueltas más y finalmente entramos en una tienda de ropa de las que dan ticket regalo. Sin tiempo de pensarlo mucho, porque estaban a punto de cerrar, compramos una blusa de seda con un estampado floral en tonos naranjas y rojizos y nos despedimos hasta el sábado, que era cuando Andrea celebraba su fiesta con una merienda-cena ochentera que, según decía la descripción del evento de Facebook que había creado como invitación, nos iba a reconciliar a todos con la treintena.
3
El sábado
