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Hace ocho siglos que cayó el Segundo Imperio Hispano y buena parte de los sistemas estelares dominados por los humanos son pasto de la anomia. El férmido Adhún, un diplomático harto de las guerras, tira los dados siguiendo los preceptos de su religión: el Álamut. El destino que le marcan los números parecen apuntar a un planeta remoto de las Nuevas Colonias. Mientras, el humano Sento Baroja, capitan de La Malinche, emprende un viaje con idéntico destino junto a su amante y un exéntrico alienígena. Lo que no imaginan es que el Universo tiene un plan para ellos o, lo que es peor, ningún plan en absoluto.
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Veröffentlichungsjahr: 2019
© Guillem Carbonell
© Karma azul
Revisión y corrección de estilo: Carol Libenson ([email protected])
ISBN papel: 978-84-685-4009-2
ISBN ePub: 978-84-685-4011-5
Impreso en España
Editado por Bubok Publishing S.L.
Tel: 912904490
C/Vizcaya, 6
28045 Madrid
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¿Una hoja
Año 1213 después de Newton
Mirar y ver no son lo mismo. Lo sabía mirando aquel cielo infestado de estrellas. Lo miraba porque él era una singularidad, capaz de hacerlo. Él era una conjetura, la idea de que en algún momento el inasible tiempo había dispuesto ciertas moléculas de una peculiar forma: la de observarse a sí mismas. Y tranquilo veía, sentado en paz con sus adentros, consciente de su propia existencia.
Veía otra realidad distinta a la de las mentes mundanas, confusas con el ajetreo de su supervivencia: que no era diferente de aquello que miraba. En palabras de uno entre tantos maestros, que era una fracción del cosmos observándose a sí mismo; tras infinidad de irrelevantes variaciones termodinámicas.
E iluminado, idolatraba aquella configuración que le permitía ser lo que siempre había sido y lo que en aquel momento era. Él, como sujeto, comprendía una porción de todo cuanto existe.
Tras décadas de práctica, Adhún lo sabía. Respiraba calmado conforme el viento mecía el vello de sus antebrazos desnudos, que salían de su túnica, prima materia como todo lo demás. Todo su cuerpo, frente a un risco, disfrutaba igual que lo hacían la tierra o el cielo. Su vida no era otra cosa distinta del hálito eterno de todas las existencias.
—¡Férmido! —le llamó el centinela, pues Adhún era un férmido, de la tribu de los Éndil, criado entre océanos de paz y perspicacia.
Los lustros le habían enseñado a hablar con la apariencia. No tuvo que moverse para que el soldado, otra parte indistinta del universo (algo más ajetreada), marchase de vuelta a una de las tiendas grandes del campamento, arrastrado por el magnetismo obligatorio de sus superiores.
El monje parpadeó, volviendo a la vida subjetiva, y acompañado por la bóveda celeste emprendió el retorno, alimentando su consciencia con el crujir de los guijarros conforme sus pies caminaban livianos; las briznas de luz de un par de farolas; el canto de un grillo flotando en el éter; los gritos sombríos de una guerra infame.
Estaba convencido de que la imbecilidad era infinita. Algún idiota, en su sapiencia, le había vuelto a robar la nave. Había estado dudando sobre quién era el verdadero inútil, pero concluyó que esa pregunta no se podría resolver hasta que alguien muriese, permitiendo a la otra parte disfrutar la totalidad del vehículo.
En medio de un desierto con accesos de vegetación, poblado de felinos hambrientos, Sento Baroja caminaba enfadado. Tenía la ropa manchada desde la boina hasta las botas por las hienas que casi lo devoran, la cantimplora vacía y los labios fruncidos.
—Los Úldar... —se decía.
»Esos culos de mono van a pagar por los pecados de sus padres, y de sus abuelos, y del capullo que los puso en una lata y los hizo llegar hasta aquí.
Enervado palpaba su pistola de sal, incapaz de disparar algo más que cristalillos tiznados de veneno. Repasaba la empuñadura rugosa y fantaseaba con que, reconfigurados, los cartuchos inocentes diseñados para su uso en gravedad cero serían capaces de cargar perdigones de plomo envilecido. Pero, por el momento, el poder de su arma no era mayor al de su argucia.
—Visto de otro modo, con toda esa pólvora y metal dentro... —volvía a decirse notando la cabeza caliente por el sol.
»El cañón explotaría y tendría que matarlos con mis propias manos, o hacerles tragar la empuñadura, o matarlos a golpes con la empuñadura, o hacer explotar la empuñadura y…
—¡Céntrate! —le gritó una alucinación.
Del horizonte brotaba el rumor turbio de un motor que se aproximaba, un rugido uniforme y creciente que le pareció el de un dragón cazando en sus dominios. A lo lejos, una bruma terrosa deformaba las colinas.
El capitán sin navío frunció toda la cara en un intento por que el agua le llegase hasta el cerebro. Tras exprimir la imaginación drenada por el sol lacerante, concluyó que aprovecharía el mediodía y su mono anaranjado para que le tomasen por una piedra. En la parte baja del desfiladero, un montón de ellas impedía el paso a los trabajadores locales, como de costumbre.
—¡Piensas claro, sin fisuras! —se felicitó, planeando visitar cualquiera de entre la media docena de oasis que le rodeaban.
Presto y descuidado, Sento corrió a esconderse mientras comprobaba que un par de cartuchos siguiesen en la recámara.
Un todoterreno no tardó en llegar y frenar ante un obstáculo geológico de proporciones tócate-los-cojones-escas. Parecía como si el demiurgo universal hubiese querido vengarse en forma de desprendimiento. Las rocas cortaban el paso, afiladas e inmensas, cubriendo la trazada por encima de la línea del parachoques. Conductor y copiloto salieron con palas, pidiendo a la Providencia no tener que usar más que eso. Sus barrigas nutridas, espesas, tensaban las camisetas. Los densos muslos amenazaban con rajar el denim de los pantalones.
—Tú empieza por ahí que yo empezaré por allá.
—Creo que da lo mismo, jefe.
—Daría lo mismo si no me importase tanto tenerte menos cerca.
El mozo secundario agitó la cabeza sin entender a su mandamás, y se dirigió aturullado a cumplir con la orden.
—Marlo —dijo Claudio, perdiéndose entre un montículo a la vera del paso.
—¿Qué quieres?
—Eso no sé lo que es.
—¿Qué quieres? —repitió Marlo, más cabreado.
—Eso de ahí, jefe, eso.
El capataz resopló y curvó la espalda hacia atrás antes de ir en busca del inepto.
Un bulto tapioca, como un culo estampado, descansaba tras una roca inmensa que marcaba el final del camino y el aparente principio de la caída de piedras. Semisoterrado y con el aspecto de un fardo estrellado desde la ionosfera, no les pareció de origen mineral. Sito en su propia hondonada, lo mecía el viento ardiente.
Los dos encargados contemplaban el textil, boquiabiertos como de costumbre, sus barbas arrítmicas colmándose de sudor, hasta que Marlo rompió el silencio:
—Quizás lo mueva el viento. ¿Has visto qué lleva dentro?
—No es una bolsa…
—Parece que viene de arriba.
—De arriba, ¿arriba?
—Sí, mendrugo. No es la primera vez que un avión pierde algo.
—¿Los aviones no van cerrados?
—¡Y yo qué sé! A mi tío lo tiraron de uno.
El fardo no contestó.
—¿Hola? —añadió Claudio, que se acercaba despacio. Aquellas dos nalgas en tono butano le clavaban el ojete con descaro.
—No va a hablarte —dijo su jefe con sorna—. Primero habrá que echarle unas monedas.
Diminutos guijarros se agitaron, descubriendo el talón de una bota enterrada. Junto a ella otra suela abrasada apareció como caucho renaciendo, entre ambas avanzó un tubo grueso de color cobrizo.
—¿Qué coñ…? —gritó por última vez Marlo, antes de recibir una salva ácida de cloruro de sodio. Él y su colega sintieron la piel hervirles en salmuera.
Baroja saltó, emergiendo del fango seco, con la pareja de inútiles tropezando, trastabillando entre la irregularidad del suelo hasta acabar arrastrándose sin saber dónde mirar ni qué demonio auxiliar de Satán les estaba atacando. La cara y el pecho se les habían plagado de cortecillos infestados de una molesta solución química. Más pronto que tarde, el ácido lisérgico haría su efecto.
—¡Toma, barroco! —gritó Sento colocándose otra vez el esqueleto en el sitio. Mientras se recomponía, el calor le hizo ver que sus enemigos se alejaban, un túnel óptico de deshidratación que convirtió su confusión en furia. Enfadado con su huida, la de dos imbéciles revolviéndose en el sitio, fue hacia ellos con tono inquisitivo, los ojos abiertos cual déspota asesino.
Los gañanes todavía intentaban entender tal vodevil cuando el cuerpo firme y fuerte del capitán se irguió sobre ellos apuntándoles de nuevo. Tenía la cara y las gafas de piloto cubiertas de tierra, y los pelos del bigote le huían aquí y allá, desmadejados.
—¿Cuál es el código del segundo hangar? —interrogó escupiendo una humareda blancuzca.
—Vete a la... —dijo Marlo, y Claudio vio como a su compañero se le hacía jirones el rostro.
La faz de Marlo pendía descolgada, con el gemido infantil que profería permeando las paredes discretas del cañón. En la superficie muscular, la sal infestada de neurotoxinas trasladaba al bocazas hasta un paraíso para el dolor incognoscible. El fantasma de su padre quiso visitarle, y se tomó un tiempo infinito en recordarle que de tal Creta tal cretino.
Los gemidos del moribundo manchado y sangrante ablandaron rápido el corazón del que quedaba de rodillas.
—3, 14 y un 1 y un 8, pero por favor no me haga daño —lloraba Claudio; el volumen de su voz bajaba conforme lo decía.
—¿Quién hay ahí?
Marlo se retorcía viendo dragones y cobras que buscaban el centro de su tronco encefálico. Escuchaba voces a través del espacio, cortando sus pensamientos como si fuesen de mantequilla. La atmósfera cálida se había transformado en un horno y su corazón de hielo amenazaba con quebrarle la piel en busca de una homeostasis letal.
—Una patrulla, señor, seis o siete soldados. Por favor no...
—¿Y qué tenéis allí?
—No lo sé, no lo sé. Hay de todo, no lo sé.
—¿No lo sabes o hay de todo?
Claudio dudó, confundido. Llorando, se le caía el moco y la baba mientras asistía al espectáculo de su acompañante que, echando espuma por la boca, pedía al Espíritu Santo una absolución. La voz misteriosa de Aquiles comenzaba a invadirle los tímpanos. La droga en su sistema llamaba a sus pesadillas como la miel atrae a las moscas.
—Hay de todo, pero por favor no me haga...
Tras el capitán, Claudio fue testigo de cómo nacían cabezas de venado, testas de piedra mugiente asistiendo a su juicio.
—¿Que no te haga qué? —comentó el hispano mirando el todoterreno. Habían reforzado la parte frontal. El techo solar, flanqueado por chapas, alojaba una ametralladora pesada. En los flancos tenía maletines cargados de células de plasma, y dos ruedas de recambio dentro de latas. Lo mejor era el remolque, un bidón plástico con una tonelada métrica de agua.
»¿A quién le habéis robado esa mierda?
—Es de los tarsos de Gama, señor. Por favor, no me haga... —suplicó Claudio viendo los colores pardos convertidos en sonido de trompetas, el cielo despejado encapotado por ángeles invisibles, las manos recias de Baroja agarrando una pala.
¡Plonc! ¡Plonc!
Pasaron tres segundos.
¡Plonc! ¡Plonc! ¡Plonc! ¡Plonc! ¡Plonc! ¡Plonc!
—¡Hijos de perra!
¡Plonc! ¡Plonc! ¡Plonc! ¡Plonc! ¡Plonc! ¡Plonc! ¡Plonc! ¡Plonc! ¡Plonc! ¡Plonc! ¡Plonc! ¡Plonc! ¡Plonc! ¡Plonc!
—¡Hijos de la grandísima perra!
Enterró los cuerpos al calor del mediodía, antes de emprender una hora de marcha motorizada en sentido norte.
Tiempo después, su sonrisa volvería a ser aquella distante y distinta, regada y feliz, socarrona y productiva. Un edificio nacarado, quizás de los tiempos de guerra, yacía como una tripa hinchada en el fondo de una hondonada. Era el mismo vientre que estaba a punto de hacer renacer, como de costumbre, a su inmortal Malinche.
Cercándolo, una docena de idiotas disfrutaba de motos robadas. Vestían armaduras ligeras y cargaban armas cortas. Sus quejidos enervantes resonaban mientras practicaban disparando a unas latas. A escasos metros de estas, un par de cuerpos yacían muertos y mutilados.
—¿Inteligencia? —preguntó Sento antes de beber agua, embutido en el asiento del conductor.
—Disponible —replicó el automóvil.
—¿Cuál es tu versión?
—Panzasancho 3.7.
El capitán repasó la limpieza de sus gafas, satisfecho, y miró el cañón superior de grotescas proporciones, que sobresalía más allá de la luna delantera.
—En treinta segundos, abre el techo solar y sigue a esas motocicletas en modalidad de persecución.
—Computado.
—De ahora en adelante solo me obedeces a mí.
—Computado.
—Si alguien nos persigue por detrás, mandas a la mier... desanclas el remolque. Si no tienes remolque, frenas en seco.
—Computado.
—Y son sinónimo de motocicleta: trozo de mierda, basura, cabrón, sociólogo, macarra y taxi.
—Computado.
Un órgano analógico sonaba en la catedral. Los feligreses atendían expectantes.
—Y en verdad os digo que yo soy la luz del mundo y quien crea en mí nunca morirá —dijo el presbítero antes de morir aplastado.
Una servoarmadura había entrado por el techo del templo y aterrizado justo en medio del altar. El silencio cundió entre la audiencia, dudosa de que aquello fuese parte del espectáculo. Del enorme boquete todavía caían cascotes mientras la máquina, con su huésped oculto, se recomponía. El director de la ceremonia se había convertido en un amasijo de carne y huesos trémulos, frente a los que rodaba una copita. La botella de Anís del Mono, que se le había caído de las manos justo antes de verterla, estaba hecha añicos bajo los restos viscosos del cráneo.
La muchedumbre, sorprendida, no se atrevió a moverse. Los diáconos que acompañaban al oficiante permanecieron inmóviles.
—Ahora que tengo vuestra atención —dijo el embozado— me gustaría saber cuántos de aquí creéis en los milagros.
El silencio era más espeso que las confusas consciencias de los feligreses que, habiendo sido iniciados en aquel culto al vandalismo hacía apenas una semana, no entendían si aquello exigía una respuesta inmediata.
—Venga, no seáis tímidos. No tengo nada contra vosotros.
Dudosos de la bondad del visitante, apenas cinco o seis levantaron las manos.
—Seguidme el rollo, por favor.
Poco a poco, el aforo comenzó a pronunciarse. La casualidad quiso que todos allí estuviesen de acuerdo, con ambos brazos estirados y las palmas mirando al techo.
—Divino. Yo tamb…
La servoarmadura hizo ademán de lo mismo pero, viendo que el público se asustaba al contemplar la ametralladora adosada al antebrazo, tuvo que bajarla apenas iniciado el gesto.
—Muy bien, muy bien, vamos a calmarnos, que aquí solo ha muerto uno y era el que más hablaba.
»A ver, tú, al que le faltan más dientes que al resto. Adelántate un poco. Tranquilo, que no te va a doler.
Un anciano de aspecto quejumbroso, medio encorvado delante y torcido parcialmente a un lado, dio un par de pasitos.
—A ver, señor... ¿Cómo se llama?
—Totolomeo, señoñor armamadura —tartamudeó el viejo.
—Respira hondo, Totolomeo, tranquilo. No te va a doler.
El hombre, temeroso, asintió como invadido por un súbito espasmo.
—Has levantado la mano, ¿verdad?
El mismo gesto nació del anciano.
—Me ha chivado un pajarito que hoy os iban a bautizar. Algo así como un servicio exprés para crédulos.
»Perdón, creyentes, ¿verdad?
Unas cuantas cabezas dijeron que sí.
—Con esta cosita que parece anís, ¿verdad? —dijo la servoarmadura, señalando a una mesa llena de vasitos de usar y tirar que había a los pies del altar. Le habían puesto unas guirnaldas de plástico y unas cuantas velitas de colores horteras. La sobriedad gótica de aquel templo contrastaba con el aspecto cutre de la ceremonia que los dirigentes habían preparado.
—Y era anís, pero no de la botella esta... de, bueno, la que tenía el mierda que tengo a mis pies. ¿Verdad?
Las cabezas seguían asintiendo en medio de un trauma que todavía no eran capaces de asimilar.
—Muy bien. A ver, ahora tú, señor ayudante.
La servoarmadura giró el torso hacia uno de los diáconos.
—¿Qué tal si te bautizas otra vez?
Las cámaras de la máscara que le cubría el rostro lucían amenazantes, quizás por los puntos trífidos en rojo, verde y azul; quizás por la forma de calavera tallada con un pentáculo en la frente.
—¿Y-yo? Pero y-yo… ¡y-yo ya soy creyente, señor! Además ya lo dice el… el Se-ñor, el otr-o Se-ñor que, no hay que pa-sarse con el be-bercio.
—Dale un traguito, anda. Un traguito de nada. Un poco de sacramento no te va a hacer daño.
A la siguiente objeción, el antebrazo se levantó y tres puntos de luz roja se dibujaron sobre el religioso.
—Dale un traguito si quieres ser un santo y no un puzle.
El hombre enfundado en una túnica negra bajó del altar, las piernas temblándole, y caminó hasta la mesita para tomar uno de los vasos, mientras el tipo dentro de la servoarmadura cantaba sin ritmo:
—Soy una taza, una tetera, una cuchara, y un puzle...
Desde aquella posición, la de los fieles, la grotesca armadura imponía más respeto. Si no fuese porque ya militaba una religión, el diácono habría asumido inmediatamente que aquel era su nuevo dios redentor, un capullo dentro de un sarcófago móvil diseñado para repartir muerte.
Como vio que tardaba, el sorpresivo huésped comenzó la carga de los tres cartuchos del otro brazo, en el que habían colocado una escopeta capaz de penetrar blindaje pesado. Ante la velada amenaza, el hombre de oscuro dio un sorbito al líquido, y otro, y otro más.
—Es co-como el agua, señor, pero sabe a licor del Mono.
—¡Genial! Ahora eres el doble de buena persona —le felicitó la servoarmadura.
De la boca del diácono brotó una tos roja, sanguina. El moribundo se llevó la mano al cuello y gimió un poco antes de quedarse inmóvil tendido en el piso.
La muchedumbre profirió gritos de asombro y volvió la vista hacia el visitante. El rayo de luz del mediodía que caía del techo se le posaba sobre las hombreras metálicas, dándole un aire de divinidad.
Antes de que los otros dos diáconos huyesen, la servoarmadura mató a uno atravesándolo con la peana de un cirio pascual, y zafó al otro con un cable que lo pilló saltando del altar en dirección a la puerta de emergencia. El último superviviente de los ceremoniosos dirigentes maldecía en el suelo con el vientre sangrándole, atravesado por un arpón. El visitante asesino recogía el sedal de la bobina mientras su víctima lloriqueaba pintando una raya por el suelo del escenario. El público, excitado ante su salvador, permanecía inerme con los pies clavados al suelo.
—Pueblo de Tarsos: es hora de creer en los milagros.
El diácono que quedaba llegó a los pies del intruso hecho un ovillo.
—Hace tiempo que el mal mora las tierras de Gama en forma de lobos disfrazados con piel de cordero.
La multitud exclamó, siendo consciente de que su síndrome de Estocolmo les había llevado al paroxismo del fin, justo después de asumir su esclavitud.
—Los úldares no son más que vosotros, ni mucho menos que yo. Sobre todo porque no tienen ni idea de cómo pilotar mi nave.
La máscara de la servoarmadura se abrió, descubriendo a Sento algo más hidratado dentro de aquel vehículo antropomorfo de asalto pesado. La faz del diácono se tornó en una orgía de asombro, con un reguero de hiel cayéndole del labio, mareado y sintiendo el frío de la muerte cuando acecha.
—¿Baroja? —masculló ojiplático.
Una pierna metálica empujó al religioso contra el suelo.
—Te dejaste las llaves puegj... —añadió. Una bota mecánica le apretaba el esternón.
—¿Marduk el Inmortal, el que no se sacó ni el teórico de conducir? —respondió Sento antes de aplastarle el tronco despacio y con mucho estilo.
Con dos cadáveres manchándole los pies, el capitán de La Malinche se dirigió a las gentes de aquella comunidad que, confundidas, no sabían si estaban ante un advenimiento o ante el próximo tirano.
—Había guardias en la puerta, ¿verdad? —preguntó Baroja con el templo ya libre de los miembros de Úldar.
La muchedumbre volvió a asentir. El calor excesivo todavía aquejaba al capitán, que se sentía arropado cual mesías.
—Pues eso, que había. Y sobre el resto de los úldares… había también.
»Ahora me tengo que marchar, pero me gustaría añadir unas cuantas cosas. —El capitán carraspeó y tomó aire—. La primera, que no se me da bien hablar en público, pero tengo que decirlo…
»Que la próxima vez que os jodan, jodedles a ellos, ¡joder! Darse por culo es un placer mutuo. Esa es la segunda. Y lo digo porque la próxima vez no voy a venir a salvaros el culo a ninguno, salvo que me roben la nave y tenga sed de venganza, aunque eso ya ha pasado y todos están muertos.
»Ahora que se ha dado la ocasión, pues sí, les mando a la mierda; tercera cosa o cuarta, pero no penséis que lo hago por vosotros, destetados al nacer, iletrados, ignorantes de la vida hasta la médula. Yo que vosotros ahorraba para poder ver, aunque fuese unos segundos, qué hay más allá de la atmósfera. Esa no sé si era la cuarta o la quinta.
»Pero la sexta —siguió con la monserga—, que los mundos en general son muy pequeños, y la diversión suele estar ahí arriba. En serio, no sabéis lo divertido que es echar un casquete en gravedad cero.
Terminó mirando la estatua de la religión original que pendía sobre la puerta: un cefalópodo clavado en un pentáculo, rodeado de trece vestales y un mastín forrado en pan de oro con el pene erecto. Remataba la obra un marco con motivos florales decorado con cabezas de bebé aladas.
—Amén.
—¡Amén! —gritaron los tarsos, y el organista volvió a hacer sonar su órgano.
La máscara de la servoarmadura se cerró, y el mesiánico capitán marchó volando camino a su aeronave.
617-1198 d.N.
Pixie Fried siempre fue un incontestable. Aquel editor de una luna de Saturno había optado por volver al formato tradicional. Los rumores cuentan que compró un par de impresoras del siglo XX y las acondicionó para funcionar con un sucedáneo imborrable de la tinta china sobre papel silícico. Lo que es seguro es que tuvo problemas con su vecino por el ruido de las máquinas.
El solterón Fried sacó la primera hornada a los treinta y siete años, y consistió en cien cómics de cuarenta páginas impresas en tres tonos de azul: cobalto, marino y cerúleo. Su hermana había conseguido grapas de época en un mercadillo de Nuevo Taipei, y encuadernaron todo a mano doblando las páginas con ayuda de otro artefacto rescatado de un anticuario de origen hindú.
Siguieron escribiendo amparados por rentas heredadas hasta que, tras la publicación del séptimo número, Samuel Holocca, vecino del autor, decidiese que el autor no merecía existir.
Fried recibió dos salvas de perdigones sobre el estómago mientras imploraba clemencia. Enterraron las cenizas junto a las de sus padres, y el asesino fue juzgado y condenado en una prisión de Fraga.
Dice Mildred Thopson en sus Memorias editoriales que la hermana del asesinado, Charlotte Fried, siguió escribiendo hasta morir de frío antes de los sesenta.
Lo que apenas nadie conoce es qué pasó con los cien ejemplares del número ocho que jamás se pusieron a la venta. Charlotte, desconsolada, quiso olvidarlos regalando noventa y nueve a un anticuario. Otro acabó quemándolo entre lágrimas y bourbon barato.
Para el coleccionista impulsivo que le compró el lote, uno fue suficiente. Otros 24 se repartieron entre niños de primaria. Los 74 restantes permanecieron seis años en el almacén de otro anticuario, hasta que un adolescente robó un fajo que regaló entre sus amigos.
—Quedan sesenta y tres —dijo un cliente con gafas de sol, frunciendo el ceño tras opacos cristales negros—. Y están un poco roídos —añadió.
—Eso no debería ser problema para una edición única, y usted es consciente de ello.
Aquel día, Whalid había utilizado esa misma frase, con alguna que otra permutación contextual, bajo el pretexto de que un cliente jamás duda de lo que ya sabe.
—No duda de lo que ya sabe, siempre que se lo digas en lugar de demostrárselo —le susurró a su aprendiz conforme el señor abandonaba la tienda cargado con una bolsa repleta de copias.
Días después y lejos de allí, en un carguero orbital estaba Yap Pien, adolescente descarriado, enfadado con sus padres por haberle amañado un trabajo nocturno que le pagaba las drogas. Prestaba más atención a la retransmisión del partido de fushball que a la ventanilla de vigilancia cuando ocurrió la catástrofe que justificaría su despido.
Confundido por el efecto de una pastilla de Paz™, no advirtió que el androide de servicio exterior estaba otra vez hirviendo debido a la radiación, y sobre la superficie de la tobera principal comenzaban a acumularse los sárnidos. El robot terminó por alejarse hecho añicos y en silencio, fundido en negro azabache, mientras los parásitos utilizaban la discreción del vacío para mordisquear el casco.
La alarma despertó a su jefe de la siesta. El chaval saltó de la silla cuando uno de ellos logró penetrar la chapa de los contenedores, y una turba de equipaje violento salió disparado a un lugar del anillo asteroidal de Lezo. Docenas de ejemplares comprados en siete sistemas volaron a través del cosmos, vestidos con sus trajecillos de fundas al vacío.
Su legítimo dueño lamentó por mucho tiempo la pérdida, recriminándose el vuelo barato tras sus gafas en sombra. Sin descubrirse los ojos ni mirarse al espejo, lloró semanas, desnudo, en la habitación de un hotel atestado de chusma, aunque un año después descubriría el celuloide; y volvería a gastar dinero en llenar estanterías de objetos que contemplar por horas y en silencio.
1213 d.N.
El sol pintaba de oro el casco de la nave. La Malinche flotaba entre rocas dispersas, que de tanto en tanto pasaban frente a Lezo. La estrella parpadeaba como guiñándole un ojo.
Baroja, enfundado en un traje reforzado, repasaba con esmero la colección de desperfectos causados por los micrometeoritos. En el exterior de su recuperada amante, el inyector de la pistola multifunción repartía un liviano flujo de polímero magnético. El líquido parecía viscoso, escurriéndose entre los arañazos sin ceder espacio al vacío. Más tarde, el capitán repasaría todos aquellos grumos con una fresadora, aplicaría barniz sobre las cicatrices, y lo endurecería con un radiador infrarrojo que había en la parte inferior de la empuñadura. Sin mediar palabra, el material cambiaría de color para indicarle que ya estaba todo duro y reparado. Y aquel océano de tareas conexas le traería de vuelta, como cada vez que la perdía, la calma.
Aunque la calma estaba por llegar. Lo enervaban, lo henchían de rabia, las gotas de sudor escurriéndose entre el pelo, haciéndole cosquillas en la piel mientras surcaban errantes el nacimiento de cada folículo capilar. Era la enésima vez que olvidaba ponerse la capucha recomendada por el fabricante, maldiciendo a tiempo parcial la deficiencia del extractor auxiliar; pero una vez recordaba quién era el verdadero irresponsable, transformaba esa ira en canciones musitadas, versos de Halaf Hayid o mantras del Mepala.
—Una taza, una tetera...
Gestionando los nervios, aprovechaba el asueto entre apaños para girar el torso y parar en seco tirando de la línea de seguridad, y así conseguía que la inercia arrastrase el agua salada que le permeaba el cráneo, evacuando el sudor a través de los orificios de escape, inaudibles a su escucha desde hacía una década. Y por un instante, gracias al espasmo, el tiempo se le detenía y los agobios se esfumaban como un torrente de puntos y comas.
Eran esos giros bruscos, esas pausas espesas, las que le regalaban un vistazo al abismo. Adherido por los pies, el brazo izquierdo estirado, enjuto el antebrazo por infinidad de vueltas de sedal plateado, dejaba la cabeza torcida conforme la dinámica de fluidos procesaba su deseo, sintiendo cómo las cosquillas daban paso a una falta de algo.
Unidos él y su embarcación, flotaban sobre un océano infinito de luciérnagas, marinero náufrago de la vida junto a su amada incombustible. Antes su mente era espasmos; y entonces calma, infinita y eterna. Su corazón latía dándole las gracias, encendiendo todo cuanto sucedía ante sus ojos. Por momentos respiraba varios lustros de satori en una bocanada de atmósfera presurizada.
Y entonces volvía al trabajo.
A su espalda, el sol también regaba de luz melosa los océanos de Comala; sus desiertos cáusticos luciendo bruñidos como chapa rayada. Aquella postal idílica contrastaba con el talante de sus pobladores, bestias salvajes y tribus mundanas, perdidas en el universo y en la vida como un sueño se desvanece al despertar el alba.
—Alabado sea el espacio, que va despacio, que va despacio, el espacio —canturreaba flotando. En su atalaya estelar, las articulaciones no dolían tanto y el aire era más claro. Aunque no estaba exento de otras complicaciones; el capitán ignoraba que, dentro de la nave, un panafec hiperventilando fallecía tras un alocado periplo, sofocado por el calor y la falta de mimo. Los úldares, con la cabeza puesta en disfrutar de toda la comida que él echaba en falta, dejaron para luego preocuparse por lo demás.
El bicho agonizaba mientras el capitán escrutaba sobre el casco las marcas dejadas por las piedras más gruesas del campo asteroidal, donde se encontraba, e imaginaba toda esa potencia quitándole el aliento de un plumazo. Pequeños guijarros masajeaban de vez en cuando la mochila que cargaba, equipada con un soporte vital que mantendría su cadáver a la vista del radar durante semanas. Y respiraba hondo ante el miedo a que uno de ellos penetrase de súbito la prenda y su existencia se viese reducida a un cuerpo helado a la deriva en una región modesta. Pero los guijarros percutían sin dolor, en chapas de trilicio contingentes, laceradas, dispuestas para tal función.
—Ahí, ahí, dame, hemos venido a jugar.
Los perdigones naturales, desobedeciendo los miedos del piloto, obedecían a una selecta entropía que de vez en cuando escupía guijarros contra el envoltorio de aquella publicación nostálgica llamada Holoteca número ocho, «escrita, editada y distribuida por Pixie y Charlotte Fried». El ejemplar devolvía reflejos ámbares conforme su rumbo era alterado.
Reparada la gaveta del sistema de comunicaciones, contento con su trabajo, Baroja encendió el sistema móvil y se separó de la nave. Notó las botas imantadas despegarse de la sólida superficie y flotó para contemplar desde la lejanía la forma de aquel ingenio mecánico, la máquina que décadas atrás le devolvió la esperanza y con ello el sentido. Con su cabina en el centro, La Malinche era una estrella de tres puntas. Recordaba a un crustáceo de aristas agresivas, cromada en un iridiscente verde y bermejo, capaz de propulsarse desde los extremos de aquellas patas violentas.
Sonrió satisfecho tras doce horas de trabajo, con la cabeza más fría, luego de una semana cobijado entre espinos y plantas venenosas, amagado en las grietas de un páramo terroso que ya quedaba atrás. Su pesadilla en la poza de Kalú, región de Comala, reducida a un punto azul pálido en el mapa, donde un hangar todavía seguía abierto y rodeado de muertos secándose al sol junto a unas latas.
Reparó, con cierta cara de estúpido, en el destello lánguido que parpadeó un rato para perderse de vista. Volvía a mirar la superficie bruñida del vehículo, y se distraía al poco tiempo con los fogonazos cercanos de aquel celofán sintético, que se acercaba en zigzag con rabiosa parsimonia, percutido por los micrometeoritos.
Cuando estuvo cerca, casi atrapó el ejemplar único, pero se le escapó de entre los dedos despidiéndose con una alocada rotación en varios ejes. Y suspiró, y sin mirar atrás activó el retorno asistido.
—Show must go on, socabrown...
Antes de emprender la descompresión aseguró la continuidad de su existencia en caso de emergencia construyendo una lista mental de todos los elementos implicados en la maniobra segura de presurización: línea de vida, telemetría con el soporte vital, conexión de datos nave-sujeto, carga del descompresor, sensor barométrico primario, sensor barométrico secundario, sensor picométrico newtoniano, giroscopio de la escafandra, segunda visera de la escafandra en posición baja, airbags cargados... sin reparar en que el librillo había vuelto a las andadas.
El hambre le pedía comer más. Veía la despensa en su cabeza, proyectando una quimérica cena imaginaria. Tendría que hidratar el chorizo y vaporizar las lentejas, planeaba mientras colocaba un mosquetón en una de las argollas del primer portón. Uno de los fogones no iba, recordaba colocando un segundo mosquetón. La fruta ya estaba pelada en sus envases plásticos, la fécula de patata en un cajón de la encimera, el tomate frito necesitado de un toque de vinagre. Cuando terminó con el tercer mosquetón, el ejemplar se colaba por inercia a través de la escotilla. La exclusa exterior comenzó a cerrarse, con el crujido de sus bornes ganchudos encajando y rotando, asegurando todo lo vivo que quedaba dentro de La Malinche.
El compresor comenzó a trabajar y su vestimenta perdió consistencia. Las botas, no obstante, mantuvieron su divino magnetismo a falta de gravedad. Pasaron seis minutos repasando el repertorio de Raphael, hasta que la luz turquesa indicó que podía quitarse el casco y acceder a la cubierta de mando.
—Cariño, ¡ya estoy en casa! —dijo simulando ser el padre prístino de una familia feliz que llega al hogar dando pasos felices tras un arduo día de trabajo.
El crujido de la funda bajo su pie informó a Sento de que su deseo se había cumplido. Y pensó, sin darle mucha importancia, que toda la vida era más o menos igual de arbitraria.
Saidan tomó otro trago de pesado ron quebiano. La garganta le ardió al recibir el líquido parduzco, pero el curtido guerrillero no alteró ni un músculo de la cara. Se recordó de niño, tosiendo, y con eso le bastaba. El tiempo y la paciencia habían endurecido su mente más que cualquier destilado.
Obán miraba, desconcertada, la impávida calma de hielo de su gélido oponente. El hombre sostenía estoico el contacto visual. Ni el herético escote parecía cumplir con su cometido.
—No es no —sentenció el guerrillero.
—¿Incluso con las termas?
Saidan apretó el vaso.
—Las termas no son lo que eran. Y Kobbius y los vuestros seguís manteniendo el control de la piedra. ¿Qué hacemos aquí nosotros?
La mujer bebió de su orgullo y trató de reconducir las negativas:
—Os damos usufructo, y suelo, el puerto estelar, defensa, derechos sobre los esclavos. Parece que no os conformáis con nada.
El mediador de los páramos volvió a usar el destilado. Esta vez fue una copa rebosante, altiva, que chorreaba sus sobras entre los dedos gruesos de comandante.
—Podéis quedaros los esclavos, ya tengo suficientes. Y el puerto está destrozado. Con suerte podremos quitar la radiación de vuestras ruinas en unos... ¿trescientos años?
—¿Y qué hay de la defensa? —inquirió la diplomática antes de mirar a quien la acompañaba: una mujerzuela en sus veinte, de eróticas formas y peligrosas curvas, con los ojos almendrados de chiquilla y los labios turgentes de viciosa.
El rudo rebelde, hastiado por la opacidad de sus contertulios, se vio obligado a dejar el resto de la consumición sobre una mesilla. Llevó la mano hasta el bolsillo interior de la chaqueta y extrajo una octavilla que arrojó sobre la mesa central. De no darse la rendición sumaria, la Corporación Kobbeliana-Axus amenazaba con el exterminio. El diseñador del panfleto había ilustrado la pieza con formas de niños siendo despedazados por munición térmica.
—Esto es de ayer.
Obán volvió a su interlocutor. El hombre remarcaba las palabras, que salían atravesando una barba añeja y canosa. Una de sus cejas seguía las sílabas tónicas como el bastón de un capitán subraya las órdenes en cubierta.
—¿Esto es lo que entendéis por defensa? —enfatizó Saidan.
La ayudante se adelantó y sujetó la octavilla para su hermana superiora, que retomó las riendas como le habían enseñado:
—La guerra sigue en pie y por eso estamos aquí: para que no sea así. Es nuestra intención dejar de hablar de contienda, y ello incluye redefinir el cometido del departamento de propaganda, comandante. No es nuestra intención seguir imprimiendo eso.
»Le recuerdo que solo el treinta y dos por ciento de las informaciones manipuladas son nuestras, que el quince por ciento de...
La diplomática, auspiciada por la empresa que le pagaba el sueldo, siguió dando explicaciones en su lenguaje tecnificado, pero la mente de Saidan ya no prestaba atención. Las hojas de cálculo se agolpaban en su psique, impresas en el interior del cráneo por una luz telemática que le anulaba juicio. La espesa angustia de los dígitos automatizados, revolviéndose para ordenar lo que ya estaba bien hecho. Los vectores avanzaban y retrocedían, cobrándose beneficios y víctimas en el mundo de afuera. Veía las fábricas guiadas por la histeria pragmática de los hipócritas doctos que gestionaban la corporación, con sus gerentes y subgerentes gestionando y subgestionando. Veía las máquinas construyendo y deconstruyendo, como lo hacían las inteligencias que calculaban y recalculaban cómo deshacerse de cualquier impedimento.
Siempre le pasaba igual. No era bueno para intermediar, y lo sabía, pero era el único que se atrevía a hacerlo, salido de entre las madrigueras donde se escondían los de su casta. Empezaba recordando las afrentas a su familia, y se le hacía un nudo en el estómago con la erección sistemática de plantas de explotación minera que arrasaban, con tuneladoras, recuerdos que eran patrimonio de su niñez violada.
—¿Quiere saber en qué falla, Obán?
La mujer frunció el ceño. Saidan, al contrario, cogió y regaló aire conforme sus hombros se relajaban.
—Su problema es que no le importa nada más que sí misma. Es usted una zorra psicópata, partícipe de una estirpe de semejante clase. Es incapaz de ver el sentido y la belleza en todo cuanto existe, y extiende su sufrimiento más allá de la frontera de su piel. Disfruta haciendo pagar al universo las deudas de sus demonios interiores. Todo lo demás es vodevil: una historieta absurda en la que participa porque es incapaz de mirar hacia sí misma. Si lo hiciese, vería lo que yo veo; se convertiría en su propia Némesis, en un ser capaz de reflexionar sobre las consecuencias.+
»Por mí puede irse a hacer la tijera con su nueva novia, aunque dudo que tenga un mejor orgasmo que los que tiene matándonos.
Imitando una reverencia, el comandante tomó la botella a medias que descansaba en la mesilla, y una vez cómodo apuró todo el alcohol que quedaba, amorrándose como un chiquillo se aferra al pecho materno.
—En términos humanos —dijo con voz ronca—, no es usted distinta a una mierda.
Obán tragó saliva y miró a la nada mientras encajaba las palabras de un hombre criado con viento helado de los inviernos en las tierras bajas. En su plan de reunión no constaba aquella posición, así que terminó por volverse a la joven que estaba sentada a su lado con el traje ceñido propio de diplomáticas con pedigrí. Ellas lo sabían; no eran más que objetos intelectualizados. Habían pasado la criba del departamento de recursos humanos por ser eróticas y delicadas, con corazones gélidos y pupilas penetrantes. Era fácil darse cuenta de que las seleccionaban bajo un mismo criterio: el de las mojigatas que se abstienen del placer para ejercer la flagelación exógena. El dogma de la constatación estaba inscrito en sus huesos, flotándoles en el tuétano, recordando a sus hermanas correligionarias que todavía servían al fin mayor de la corporación.
Cuando volvió a Saidan, el combatiente estaba pidiéndole la cédula de conformidad a Adhún, sentado en terreno de nadie, meditando y en silencio. Era la enésima reunión, y tras ella el férmido hablaría a solas con cada parte con la intención de reconducir sus ánimos, sin enfrentarles. Hasta la fecha, sus intentos por una solución pacífica habían sido infructuosos.
El monje cedió la tabla, sobre la que se dibujaba una relación de obtenciones y entregas entre las partes.
El hombre marcó una casilla en negativo y firmó la cancelación para hacerla efectiva.
—No significa no.
Obán suspiró mientras rebuscaba en el bolsillo de su chaqueta.
—Lamento que tengamos que mantener el mismo rumbo en estas conversaciones, comandante. Me gustaría que constase en acta que es usted quien evita compartir un recurso que, es más que consciente, estaba aquí mucho antes de que ustedes llegasen.
»¿Prefiere hacerlo también en papel?
Una mano lampiña, con las uñas pintadas de azul cobalto a juego con la vestimenta, le ofreció una bolígrafo de idéntico color. En la cánula estaba inscrito el «K.A.C.» que remataba los uniformes de las tropas, la chapa de los vehículos, el ribete de los proyectiles engendrados por la corporación.
—¿Qué? —inquirió Saidan, entregado a la confusión.
»Solo los bárbaros firman usando papel. Le acabo de enviar el certificado digital.
La mujer apretó la cánula y un proyectil salió disparado directo al vientre de su adversario.
El moribundo volvió la cara hacia el perfecto agujero en la panza, y se dio cuenta de que le costaba respirar. Notó la bala calentándose en la parte interna de una costilla, comenzar a andar haciendo hervir el agua de sus entrañas. Incapaz de defenderse, se contorsionó, mientras aquel trozo de metal se le movía por dentro.
—Eres una mierdarggg...
—Hubo otras opciones, Saidan. Esta era la decimotercera —intervino Adhún.
—Una mierda...
El hombre comenzó a gemir y bizqueó mientras un sonido de taladro le nacía desde la garganta. De la boca empezaron a brotarle humores internos, hasta que su cráneo estalló y la parte alta de la cabeza se repartió por el techo de la carpa. El cuerpo se deshinchó con lentitud y hacia atrás, dejando que los músculos se descubriesen como piezas de carne fría. La masa encefálica cayó chapoteando.
—Había más opciones —reafirmó Adhún, calmado—. El pliego de condiciones siempre ha sido más rentable para la Corporación que para ellos, como indicaron los cálculos consensuados.
Obán miró al férmido sentado sobre un zafu sintético, junto a la mesa baja que cruzaba el centro de la ya extinta negociación.
—No era necesario —apostilló el monje.
—No hay más negociación porque no tenemos necesidad de negociar. Son las colonias.
—Es la ley de la anarquía. Es el código que os disteis para desarrollar las colonias.
Obán rio con amargura.
—¿Y quién no conculca el código, Adhún? ¿Vas a venir tú de ninguna parte a decirnos a los humanos cómo tenemos que hacerlo?
La inhalación lenta del religioso calmó la ira creciente de la diplomática, que todavía sujetaba la herramienta mientras chorreaban sesos de vez en cuando.
—No, claro que no.
La noche era templada. Quevedo Viejo se había amagado tras el horizonte, como cada veintitrés horas, y las lunas de Argos y Rasog iluminaban las tibias aguas de un río que partía aquel valle en algún lugar de Nueva Aquitania.
En la parte baja, Raga estaba flanqueada por murallas y sistemas antimisiles. Centinelas nerviosos se entreveían cruzando las sombras entre las almenas, calmados por los narcóticos y la presencia distante de sus aliados francotiradores. Protegían luces titilantes, un océano negro de luciérnagas inmóviles que nacía desde las márgenes del agua.
En medio de aquella madeja de callejuelas estaban los accesos a las minas, y a través de túneles insondables los rebeldes cubrían un terreno desconocido para sus enemigos.
En las cordilleras, la Corporación Kobbeliana-Axus se hacía más fuerte; sus morteros de plasma atornillados contra el suelo pétreo. A su alrededor crecían las tiendas, de un blanco cammo capaz de adquirir el mismo tono que el suelo. Tubos de neón violáceo le conferían a aquellos asentamientos el cariz de un pueblo fluorescente y mágico, cargado de un poder numinoso capaz de trascender los dominios de la mera balística.
Desde su atalaya, Adhún divisó una bengala recién disparada, echada a volar por algún miliciano, haciendo brillar las aguas hasta desvelar las bombas caminantes, que brillaron como tortugas de titanio en su peregrinación hacia las fortificaciones. Los ingenios explosivos debían haber estado caminando desde hacía horas, hasta que los tiradores expertos comenzaron a hacerlas detonar desde docenas de ventanucos. Las explosiones sonaban sordas, enmudecidas por el aire seco que empujaba a Adhún por la espalda.
Las cordilleras se abrían a un valle hacia el este. El páramo que llevaba a aquel poblacho era un cementerio de trampas olvidadas y cadáveres hedientos. Los huertos y el puerto estelar quedaban lejos, entre las brumas de un desierto, protegidos por más minas, drones y escudos de plasma repartidos como molinos inmensos.
Respetando una tregua que pronto se rompería, algunas caravanas todavía viajaban flanqueadas por la noche, a la vista de los mercenarios a sueldo de la corporación, transportando material o confundiendo a los vigías, cruzando las murallas, entrando y saliendo de túneles, trincheras y túmulos.
Y sobre sus cabezas, un satélite de la Corporación Kobbeliana-Axus lo veía todo.
La ciudad subterránea respiraba a través de depuradoras clavadas al suelo, condenadas a sufrir los embates de la guerra como las tropas que, presas de su ideología, vigilaban junto a tanquetas y ametralladoras pesadas. Los gritos de los centinelas llegaban amortiguados por la brisa sin pausa, al compás mediocre de los reclutas más jóvenes que cambiaban de posición.
Adhún fumaba tranquilo, desencantado de la vida de intereses espurios que rodeaban la mediación. Antaño, recordaba, la casta de Obán había reprimido a los anteriores pobladores. Y otrora a los anteriores, y a los pretéritos, y a los que precedieron a estos.
Sento Baroja caminó bajo el sensor. La presión hidráulica le abrió la puerta a un bar infestado de caras taciturnas. La atmósfera era espesa como el humo de las hierbas que fumaban. Sonaba jazz barato y los vasos vacíos permanecían en su sitio por efecto de la gravedad artificial. Los habituales descansaban hincando el codo en barra, mientras los esporádicos se repartían androides sexuales al fondo de la estancia. El camarero los vigilaba, sin prestar atención al abismo que se abría a sus espaldas, enmarcado en un ventanal diáfano e inmaculado flanqueado por bebidas alcohólicas. La estación orbital Gobaya 3 surcaba en aquel momento la noche de Comala. El horizonte del planeta parecía un arco ardiendo, con el fuego ígneo de la estrella Lezo despuntando con el alba.
El capitán de La Malinche se abrió paso entre quienes consideraba imbéciles, dejando a un flanco a una pareja en celo y a otro un grupo de cadetes espaciales a punto de licenciarse en algo; se habían enfrentado a lo indecible, a tenor de las cicatrices y amputaciones que mostraban. Pensó que, como de costumbre, las medias personas terminarían por recurrir a los implantes para labrarse un futuro.
Pidió un combinado de oferta y presto se dirigió hacia una mesa con dos maromos que guarecían a una señora menuda.
—Llega usted tarde —dijo la voz vieja y punzante de la mujer.
—No he podido venir antes, lo siento.
Kas Kalama tenía la mirada perdida, y el hombre no supo encontrarla. A su vera el planeta giraba con la calma habitual de los tiempos mayores.
Baroja tomó asiento frente a ellos, tres personas tras de sí cantándole al azar de la vida y del espacio.
La vieja empinó su bebida, que temblaba sujeta por unas gélidas manos vibrantes, y dio un trago largo en demanda de más explicaciones.
—Y tampoco ha servido para mucho —añadió Baroja.
Los labios húmedos de la viuda se despidieron del cocktail.
—¿Qué significa eso? —inquirió, tan tranquila como mezquina.
—Murió, como era de esperar. Esos bichos no aguantan tanta jodienda...
El párpado de Kalama sufrió un par de espasmos sibilinos; sus hoyuelos se hicieron más pronunciados. La presión en el pecho la mantuvo en el sitio hasta que repuso la amplitud de la cavidad torácica con abrupto esfuerzo.
—No se puede confiar en usted, y me ha hecho esperar para nada.
—Ya le dije lo que había. ¡Los úldares, esa tribu de retrasados, esos mamarrachos con permiso de armas, casi hacen mierda mi nave!
—Es usted igual que toda esta caterva de inútiles, Sento. La diferencia es que usted parece que piensa mucho, pero no sabe nada, y los demás dicen saber pero no piensan en absoluto.
—¡Uno contra 10 mil 500! Ya le hice ver que no estaba tan preparado.
—No tiene por qué disculparse, pero sería todo un detalle.
—Si acepta que se lo advertí, quizás diga que lo siento.
—Aceptaría que me devolviese usted lo que le pagué por adelantado, pero un trato es un trato.
Baroja se recostó y relajó la espalda.
—En ese caso, también puedo decir que lo siento.
Se hizo un silencio incómodo, que pervivió como demandando más explicaciones.
—Si le consuela —prosiguió Baroja— puedo regalarle una... servoarmadura. En compensación.
Kas seguía inmóvil con la vista perdida, y él no cejó en su empeño por caldear el ambiente:
—Casi a estrenar. Como si no hubiese matado a nadie. No es lo que esperaba, soy consciente de eso, pero seguro que a alguno de estos mastuerzos le viene. Además de que sin ella no estaríamos ahora aquí, hablando. Bendita tecnología, ¿verdad? Me lleva de un problema a...
Un giro de cabeza, una mirada penetrante, y el capitán abandonó la charlatanería.
—Además de filósofo, ¿también es chatarrero?
Kalama trinchó algo de comida con su tenedor, con violencia, y la saboreó todo lo que pudo antes de seguir con la reprimenda:
—Tiene usted suerte de que no estemos solos.
La bandera de la emergente Cooperativa de Sistemas pintaba con sus colores aquel antro sobre la ionosfera, colgada por las paredes como un mantra político, absorbiendo los vapores de la yesca y los restos de la respiración de tantos y tantos nómadas ensombrecidos. Su presencia dictaba que allí no era legal matar.
La mafiosa sacó una tableta y se conectó a la red pública de la estación orbital. Allí había un listado con todos los operadores de vehículos registrados por la Comisión de Activos Espaciales, donde el capitán era uno de entre tantos otros buscavidas. La fotografía de un juvenil Sento Baroja terminó apareciendo junto a una relación de encargos a nombre de Kas, quien con un movimiento del dedo puntuó la labor del piloto con una triste estrella. Los matones rieron ante el patente deterioro del hombre al ver su puntuación media descender hasta un mínimo histórico. La influencia de Kas, veterana de las microtransacciones en aquel dominio de datos, tenía demasiado peso en el algoritmo.
—En media hora quiero la servoarmadura en la dirección que le acabo de mandar.
—Gracias.
—¿Gracias por qué?
Baroja señaló la tableta, y luego miró los puños de los maromos, acerados mediante cirugía. La matriarca mercante le estaba perdonando la vida. Kalama hizo una mueca de agrado, saboreando también su poder.
—Si algo he aprendido, capitán, es que la inquina de tu peor enemigo no es peor que la buena voluntad de cualquier imbécil.
El abismo era insondable. El vértigo avanzaba. Una marabunta de vidas silentes se afanaba por sobrevivir en algún punto de la innombrable nada. Y la estela rutilante de sus lamentos crecía conforme una sombra de terciopelo pardo lo envolvía, atravesándole la piel para abrazar sus huesos.
—Ven a jugar —decían las voces entre llantos. Su volumen creciente desembocaba en un alarido que lo iluminaba todo.
»La Verdad te está esperando.
Sujetaba un panafec en cualquier lugar de un terreno baldío, un desierto horizontal, terroso y blanquecino. El viento atravesaba su ser como si fuese de material latente, transparente su piel, desnuda su alma. Sobre el pecho, la caricia propia de una mascota; pero el animal había perdido la cabeza y él se encontraba solo y desamparado.
Entonces sus dientes comenzaron a caerse. El estómago dio un vuelco y no podía levantarse; una espiral de carcajadas de vuelta al abismo de la inexistencia.
—Separa la tierra del fuego.
Se despertó sudando y tuvo que apagar la calefacción. Desde la litera, a través del ventanuco, las estrellas sin luna parecían un cementerio de almas colgando de la negrura, seres eternos de un brillo constante.
—¿Y dice que Bailey Roberts no debería amar a Yon Laurie? —gritó la televisión nada más encenderla.
—Digo que el destino y la vida no son cosas opuestas.
—¡Qué rufián eres, Roy! Nadie ha hablado aquí de destino.
Baroja cambió de canal y vio a Sam Summer gozando con las curvas de una aspiradora. Los pómulos tensos del presentador coronaban unas perfectas comisuras, moldeadas por un dios de la cirugía como antesala a sus carnosos labios, sobre los que apoyaba una nariz diseñada por un hombre que tenía cuatro yates. Summer sostenía la mirada encendida, positiva, con las cejas depiladas, diciendo cómprelo en un tono que ninguna voz sería capaz de imitar.
Esta vez su productor le había provisto de una parcelilla rellena de ratas y bizarras alimañas, ondulantes como una masa líquida que hacía vibrar el suelo; eran animales robóticos de baja estofa. Un ayudante los encendía entre sus manos antes de arrojarlos y dejar que los pequeños robots correteasen a sus anchas. Habían echado harina para culpar a los roedores del desmán.
La aspiradora presidía la escena desde el fondo, un huevo metálico cromado en rojo, provisto de una ranura en la parte más alta del carenaje.
—¡Oh-jo-jó! ¿Qué tenemos aquí, Ramiro? —locutaba Summer con el diafragma, colocándose unas gafas de plástico anaranjado. Sus ojos parecieron inyectarse de sangre cuando los filtros le vistieron de color los globos oculares.
—Las ratas, señor. ¿Qué voy a hacer con las ratas? —decía el extra con un acento que lo presentaba como un ser intelectualmente inferior.
Sam sacaba una pila del bolsillo. Una sustancia verde y jabonosa colmaba su interior. Tenía una etiqueta fluorescente de decía QUEBECK-513. La metió en el orificio sobre el aparato oval y accionó el botón de encendido.
La aspiradora se puso de pie, caminó hacia los roedores cibernéticos y empezó a freír los animalillos con un láser. Las criaturas se agolpaban en las paredes mientras el invento, innovador producto, las convertía en ceniza de resina y cartílagos sintéticos.
—¡Soy libre! ¡Libre, señor!
Tras el dantesco espectáculo, el huevo hizo aparecer un nuevo instrumento con forma de trompa y el motor de succión comenzó a limpiar la escena del crimen, devolviendo el tono del suelo a un impoluto negro volcánico allí donde pasaba el haz láser.
Baroja terminó de servirse una copa y cambió de canal hasta llegar al sonorama cinco, que dibujaba arabescos inespecíficos al ritmo de música chill out. Activó la pista holográfica y disfrutó contemplando caballos que corrían lentamente, agitando el pasto impreso sobre la mesilla de noche. Sus patas nobles percutían el llano y les temblaban los muslos, y el tronco se les curvaba proyectándolos enérgicos, pesados, adelante. Eran animales casi extintos, relegados a los caprichos de jardines privados pagados por adinerados elitistas que todavía mantenían algunos ejemplares.
Sumido en el trance que acompañaba su vigilia, la onírica escena le trasladó a otro ámbito de la consciencia. El capitán sintió que el inmaterial mundo no pertenecía a nadie, menos a sus pobladores, que volaban como espíritus sostenidos por el reflejo de la superficie plástica que había debajo.
Paseó la copa entre las proyecciones, rompiendo la luz en multitud de rayos rojos, verdes y azules que le templaban la piel.
—Soy libre, señor —imitó el capitán, con voz llorica, al ayudante de Summer.
Intentaba que uno de los equinos metiese la cabeza en el whisky, pero esta se deshacía al ser interrumpida por el vidrio.
—Entre colegas —le dijo, y alzó la vista.
Imbuido en la pared de su nave, el ojo de buey recortaba la tierra oscura del planeta, que se desplazaba con lentitud y en silencio sobre un cosmos que le pareció virtual en aquel momento de su ciclo circadiano.
Entonces alguien llamó a la puerta, y el tiempo se paró como el último latido del reloj de una bomba antes de estallar, pero no pasó nada.
Alguien, al otro lado, volvió a hacer sonar el timbre. Asida La Malinche a un anillo exterior, desprovista de los lujos de Gobaya 3, el misterioso visitante debía haber hecho un esfuerzo por encontrarle.
—¿Quién va? —gritó Baroja.
Una voz grave musitaba una ininteligible respuesta en tono cortés.
El texto quizás fuese parte del protocolo de bienvenida de la estación orbital, que había empezado un mensaje caído en su bandeja de entrada. Comentaba la opción de amarrar la embarcación de otra forma, asiéndola con un cable kilométrico a un eje unido al centro orbital de la estación. Era la alternativa a conectar la compuerta de uno de los tres brazos a la escotilla estandarizada del enjambre portuario, donde cualquiera podría encontrarte buscándote en la guía.
Tomó el arma de corto alcance en el camino, se puso las botas magnéticas y caminó simulando su propia gravedad antes de pegar la oreja al altavoz.
—Repita.
—Siux Harlem, caballero. Representante de Axus. Todavía no tiene deudas con nosotros.
Sento abrió la exclusa. Iba con el flequillo alocado, ataviado con una camisa sin mangas, en ropa interior. Las piernas peludas se colaban dentro del calzado pesado. Entre sus nalgas, el frío de un cañón cargado con ácido lisérgico.
Un hombre atractivo y trajeado sonreía con moderación frente a él, despojo humano. El ángulo del suelo entre la estación y la embarcación no eran coincidentes; así que se miraban inclinados hacia atrás por la naturaleza de aquel espacio, en una singularidad donde cada cual observaba al otro desde abajo.
El capitán siguió su protocolo personal:
—¿Qué quiere?
Harlem no vaciló en regalarle una mueca despreocupada y juvenil, propia de un concienzudo estudio de las relaciones personales.
—Siux Harlem, caballero. Me envía la Kobbeliana-Axus para hablar con personas como usted. Como sabrá, la Corporación Kobbeliana-Axus sirve en siete sistemas los recursos necesarios para la producción de elementos básicos a través de...
—¿Qué quiere?
Harlem frenó su discurso con una inhalación. Demandó privacidad con el ademán de querer entrar, señalando la mesa del salón, con tres botellas de bebidas espirituosas a medias.
—Está bien, pero no me mire el culo. Hoy no es mi día.
Notó el mango y el gatillo pincharle la espalda cuando se sentó en un puf, y rezó porque el seguro estuviese puesto.
El visitante, como adelantándose, ya llevaba su calzado magnético. Baroja empezó a servirle un brandy pero el comercial lo denegó.
—Necesitamos un mensajero discreto.
—¿Y se fía de mí?
—En Kobbius confiamos en cualquier persona necesitada de dinero y con baja puntuación, señor. El único requisito es que sepa no contárselo a nadie ni antes ni después. En ese caso, no confiaríamos ya en usted, pese a que apostemos por las personas fáciles de olvidar; si usted me entiende.
—Como de costumbre.
Escrutó los ojos del visitante con la precisión de un piloto de combate. Aquel rostro cerúleo escondía un cinismo radical, el atractivo numinoso de unos iris de mercurio. El corte de pelo era, a pesar de su anticuado estilo, la marca de la casta burocrática propia de un animal comercial multisistema. Las manos abiertas del solitario demandante se esforzaban por transmitir una confianza que contradecía las amenazantes palabras.
—¿Dónde?
—El poblasterio de Arsúa, a cuatro saltos de aquí.
—¿Cuánto?
—Diez mil ahora y trece mil al llegar.
—Trece mil ahora y veinte mil al llegar.
—Once mil quinientos cincuenta ahora y catorce mil seiscientos noventa al llegar.
