Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Khaos es una isla oculta a los ojos del mundo. Jaskier fue enviado a explorar su riqueza junto a un grupo de soldados. Pero Nina se encargará de defender su hogar, luchando por la libertad de los suyos. Un juego de poder, el choque inevitable entre dos civilizaciones. La pasión y el peligro siempre van de la mano.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 468
Veröffentlichungsjahr: 2024
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
© Khaos
Sello: Soyuz
Primera edición digital: Octubre 2024
© Chanys A. Wilson
Director editorial: Aldo Berríos
Ilustración de portada: Camilo Palma
Corrección de textos: Francisca Garcia
Diagramación digital: Marcela Bruna
Diseño de portada: Marcela Bruna
_________________________________
© Áurea Ediciones
Providencia 2594, local 417, Providencia, Chile
www.aureaediciones.cl
ISBN impreso: 978-956-6386-28-5
ISBN digital: 978-956-6386-62-9
__________________________________
Este libro no podrá ser reproducido, ni total
ni parcialmente, sin permiso escrito del editor.
Todos los derechos reservados.
—¡El último hombre que debería liderar una misión de este calibre es ese hijo que tienes!
—Señora Uno, cálmese.
—¡Esta situación debió haberse resuelto hace más de un siglo! ¡¿Cómo es que nadie ha hecho nada al respecto?! —le ignora la Señora 1, azotando la mesa para llamar la atención de todos. Medida totalmente innecesaria, con sus gritos era imposible que alguien la ignorara.
—Sabe usted muy bien que teníamos otras prioridades. Por ejemplo, con el caso Charmion de hace un año, ¡todavía existen cabos sueltos! Lo que nos trae aquí no es tan relevante —responde el señor Cuatro, un hombre casi calvo, cuyo cinturón apenas podía ajustar sus pantalones.
—Tiene razón —confirma Nueve, una señora que había preferido guardar silencio hasta ahora—. Pero es alarmante que luego de tantos años de descubrimientos hayamos ignorado algo así. No es una amenaza clara para nosotros, pero... es considerable.
El señor Cuatro puso sus ojos en blanco.
—¡Es obvio que alguien se encargó de ocultarnos algo! —vuelve a gritar Uno—. ¡Australia debe estar encubriendo algo, estoy segura! Podríamos habernos evitado tanto...
El hombre que había permanecido callado durante las innumerables quejas de Uno sobre la posibilidad de enviar a su hijo a resolver esta situación carraspea para que le presten atención.
—No estoy más contento que tú. Es muy joven para comprenderlo todo —dice el hombre—. Pero es solo una misión de exploración, no hay cómo echarlo a perder.
—¡Esas no son excusas! —continúa quejándose Uno, causando más estrés en sus colegas con solo el chillido de su voz.
—No entiendo por qué tanto alboroto —comenta Once, gozando de las delicias que se hallaban en el centro de la mesa—. Esto no nos concierne.
—Admito que es un caso particularmente extraño, donde se ocultó información, pero no podemos mentirnos diciendo que era esencial, ¿o acaso un pedazo de tierra en medio de la nada nos va a poner a luchar como en la época medieval? —alega nuevamente el señor Cuatro.
La mirada asesina de Uno no lo perturba.
—Esto. Era. Esencial —enfatizó, palabra por palabra.
El hombre cuyo hijo, al parecer, lideraría la importante misión, se pone de pie, exhausto de estar encerrado en esas cuatro paredes.
—Hay gente que habita ese pedazo de tierra en medio de la nada.
Los catorce integrantes de la reunión permanecen en silencio, observándolo.
—¿Cómo dice? —inquiere la señora Nueve.
—Lo que oyes —aclara Uno, sin dejar el tono hostil—. Esta isla descubierta, posee una considerable población que se niega a tener relaciones con los gobiernos de los Estados más próximos. Incluso ya han nombrado a su isla.
La mayor parte de los presentes suelta una risa burlona.
—No puedo creer que hablemos de esto. No deben ser más que una tribu salvaje que vive de peces —comenta un hombre mientras se pone de pie para encender un cigarrillo.
La señora Uno sufre un calambre en su ceja por aquel comentario. Le responde con su voz chillona y envejecida.
—Deberías sentarte si crees que eso es todo. Los habitantes son el menor de nuestros problemas.
—¿A quién pertenece el territorio? —pregunta el señor Cuatro, sin ocultar su evidente aburrimiento.
—Es tierra de nadie. Ni siquiera nos han permitido el acceso, pero tienen un buen alcance de señal satelital —comenta el hombre de mirada exhausta.
—¿Qué demo...?
—Eso será una disputa en el futuro —aclara Uno y se vuelve a sentar en su asiento—. Hoy quisiera mencionar que llevaremos una expedición a la isla. Se entregará un reporte actualizado por nuestros mejores hombres.
—Mi hijo es el más calificado para liderar al equipo y traerlos a todos de vuelta con vida. No debes olvidar eso —insiste el padre, preocupado.
—Es un novato. No es uno de los míos. No confío en él, y dudo que sea capaz de entender lo que nos jugamos aquí. —Le lanza una mirada cargada de amenazas implícitas—. Espero que te encargues de eso. —El hombre asiente.
A continuación, la señora Uno relata los acontecimientos que se llevarán a cabo durante las próximas semanas. Es un gusto anunciar que muchos de sus puntos no son una mentira atroz, es más, varios son bastante próximos a la verdad. Pero no nos dejemos engañar, ellos no tienen el menor interés en la población que habita la isla. No. Su mayor y único deseo, es lo que hay en su interior.
¿Desea volver a ver la grabación?
Por favor presione replay si desea repetir la grabación Archivo 1º. De lo contrario, de clic en salir.
Llevo mi vista hacia el exterior, a través de la ventana que va de piso a techo. Observo Nueva York a las tres de la madrugada. Las luces artificiales me hacen entrecerrar los ojos. Me apoyo contra el ventanal de vidrio, sin interés por volver a mi cama.
«¡Lo harás porque yo lo digo! Porque te lo ordeno, Jaskier».
La imagen mental de mi padre en nuestra última videollamada es aún un episodio desagradable. Lo olvidé cuando encontré el éxtasis en la chica; pero ahora solo hay silencio, y vuelven los recuerdos de años de gritos.
De pronto, mi celular vibra dentro de mi chaqueta arrojada sobre el sofá de cuero azabache, arruinando mi momento de silencio, pero me distrae de mis pensamientos. Un mensaje de Rob aparece en mi pantalla.
Rob: Todo firmado, nos vamos a las 7a.m.
Mis ojos amenazan con salirse de sus órbitas.
Yo: ¿Tan pronto?
Responde enseguida. Apenas me deja tiempo para dejar la taza dentro del fregadero.
Rob: Solo sigo órdenes. Quieren que lleguemos antes que cambien de opinión y no nos dejen entrar.
Rob: ¡Esto es épico, Jas!
Solo para ti, Rob, solo para ti.
Pongo los ojos en blanco.
A veces es tan… entusiasta.
Yo: Solo es una isla con ignorantes, Robert. No vas a cogerte a las indígenas.
Sonrío con su respuesta.
Rob: No me arruines la noche, Jaskier Ignis.
Yo: Te veo en el aeropuerto.
Me baño y me visto con urgencia. No me doy el tiempo para hacer una lista de lo que debería llevar, solo llego y meto todo lo que asumo necesitaré. Arrastro mis maletas y bolsos por el piso y me apresuro en llegar a la puerta. Por suerte me acuerdo de la chica desnuda en mi cama antes de cerrar con llave; sería bueno decirle que me mudo a una isla al otro lado del mundo.
Cada vez que entro al aeropuerto internacional John F. Kennedy, lo cual es malditamente seguido, se ve más grande. Lo veo más que a mi madre.
Disponemos de un avión privado que nos llevará hasta Australia; una vez ahí, una embarcación zarpará en dirección a la isla. Aquello me produce ansias. Intento aparentar normalidad, porque sé que mis colegas de trabajo a mi alrededor no pueden verme emocionado o nervioso. No solo tengo que fingir que estas personas me agradan, además tengo que probarles que no soy un incompetente.
Las personas en el aeropuerto observan curiosas al grupo de hombres vestidos con ropa oscura, de rasgos muy variados entre sí, con bolsos enormes y miradas serias; no son algo que pueda pasar desapercibido para quienes tienen el ojo chismoso. Sería más cómodo despegar desde un aeropuerto más discreto, pero ¿qué se yo?
Me siento contento por no tener que llevar uniforme, y más por llevar la chaqueta negra con la insignia de la organización que lleva el nombre de Franz Evra. Es mi bebé, mi chica aprueba de balas, que me identifica como un hombre al que le gustan las chaquetas negras con un logo que nadie entiende. Para muchos de mis compañeros, no soy más que músculos, el que cuidará sus traseros mientras ellos hacen el trabajo de inteligencia. Para el resto, soy un maldito suertudo y nada más.
—¿Qué hace él aquí? —pregunta Vaz, un tipo de unos cuarenta años que pertenecía a una agencia cuyo nombre no se me permite pronunciar, pero que comienza con C y termina con IA, o eso es lo que sé. No conozco su verdadera identidad, ni la de su grupo de amiguitos. Justo lo que el proyecto requiere; hombres que estén muertos para sus países o que no tengan nacionalidad. Que pasen desapercibidos.
¡Qué desgracia no haber podido escoger a mis compañeros de expedición!
—Los fetos también van abordo —responde Daemon Roux. Jamás he confiado en ese cretino; he tenido la mala suerte de trabajar con él en el mismo bando, por órdenes superiores. Un sujeto más al que no le agrado.
—Basta, me van a hacer llorar —respondo a la vez que pongo una sonrisa en mi rostro—. ¿Tanto te arde el culo por no haber sido escogido representante?
Sonríe de lado, pero la sonrisa no llega a sus ojos. Reprimo un escalofrío.
—Finge tener todo el poder que quieras, Ignis. Solo eres la cara bonita.
Rob, a mi lado, pone los ojos en blanco y le entrega sus maletas al encargado. Está emocionado, se nota a kilómetros que le gustaría decirles a todos que irá a la isla misteriosa de la que hablaron en las noticias. Sin embargo, es una misión clasificada, lo que significa que, si nos perdemos en el camino, nadie se hará cargo de nosotros. No seremos nadie a partir del momento en que dejemos tierra firme en Australia.
Bienvenidos a operaciones encubiertas.
No es sorpresa para nadie que discrepe de este protocolo, cuando me escogieron seguro que lo tuvieron en cuenta. No apruebo llegar a una isla desconocida a imponer lo que la Unión de Gobiernos me ordena que haga.
Suspiro e intento relajar mis hombros. Solo hay que improvisar; no es de vida o muerte después de todo. Las peores armas que deben poseer son lanzas. Vamos en son de paz... al menos Rob, yo y otros chicos.
—No durarán un día —le comenta Carl a un compañero a su lado, con una voz carrasposa debido a años de consumir cigarrillos—. Apuesto desde mi dinero a mis testículos que sus papás pagaron para que los pusieran aquí. No hay que mirarlos mucho para adivinar lo que son.
Claro, porque de seguro cualquiera mataría por liderar la expedición a una isla en medio de la nada, pienso con sarcasmo.
—¡Oye! ¡pero si es Jaskier Ignis! —se burla Vaz mientras camina en círculos a mi lado mientras yo texteo un mensaje rápido de despedida a mi madre—. Está dando sus primeros pasos. Compórtense.
Él y la mayor parte de su equipo de la Unión se ríen. Siempre colaboran en asignaciones juntos, así que son básicamente una hermandad. Quiero pensar que no voy acompañado de descerebrados. Me hubiera conformado con llevar a los veinte especialistas, y dejar al resto del séquito de Daemon en Queens. Cómo odio a estos imbéciles.
—Sí, sí, ríanse todo lo que quieran. Estoy bien con eso. Ya llorarán en la isla al recordar que un hombre de veinticuatro años es el jefe de operaciones de esta misión.
—Eres representante del grupo por tu experiencia en la toma de decisiones rápidas, tener la cabeza en su lugar, y porque eres de los pocos que piensa en los demás antes que en sí mismo, Ignis —dice el jefe Clark, dándome un golpe en la nuca—. Solo están para cuidar a los que harán el verdadero trabajo.
Todos se ponen en formación, menos yo; nunca he tenido que correr con esas reglas. De todas formas, no lo haría, aunque me obligaran, no cuando se trata de él.
—Jaskier Ignis es el hombre más capacitado para liderar la expedición a Khaos. Fue escogido por el comité, y no estoy aquí para pedir opiniones —continúa hablando Clark Ignis—. Quien no obedezca las órdenes directas será inmediatamente enviado devuelta a casa con sanciones severas. No pueden darse el lujo de idioteces cuando el destino de esas personas depende de nosotros.
Todos nos mantenemos en silencio, algunos miran de reojo hacia el avión.
—No sabemos qué es lo que les espera una vez que lleguen ahí —continúa hablando y no puede ocultar un gesto de evidente preocupación—. Tengo motivos para creer que un representante de la isla se pondrá en contacto con ustedes. Al llegar ahí estarán solos, únicamente cuentan con nuestro apoyo y mejores deseos. Ya conocen nuestras reglas. ¡Buena suerte, muchachos!
Todos asentimos y comenzamos a movernos en dirección al jet.
El jefe Clark, mi padre, se equivoca al decir que soy el más capacitado. Mi falta de experiencia en esta clase de cosas es conocida por mis hombres, lo que provoca desconcierto, incluso en mí. No escogí ir a Khaos a evaluar a los nativos, y no comprendo el súbito interés en la isla. Acepté entrar al proyecto para participar en misiones adrenalínicas. Esta misión está claramente lejos de ese objetivo.
Miro a mi padre de reojo y luce afligido. No es una buena señal, considerando que es miembro del servicio de inteligencia militar alemán y que trabaja para el proyecto como representante de ese país. En mi interior, rezo para que esta no sea una misión suicida. En lo que a mí respecta, solo vamos a inspeccionar un terreno desconocido para el mundo, un lugar con el que jamás nadie ha hecho contacto. En medio de mis pensamientos, surge una pregunta muy estúpida, sí, es estúpida.
¿Qué clase de lugar se denomina a sí mismo Khaos?
Espero que estén preparados Khaosenses, Khaotianos, Khaóticos o cómo se llamen.
Había decidido mantener la mente en blanco para alejar la repentina angustia y calmar mi mente. En cambio, me puse a reflexionar sobre tener que decir el nombre de J4K por primera vez en voz alta. Para los invasores era común que cada individuo tuviera una forma de llamarse desde el día de su nacimiento; aquí estamos acostumbrados a andar en conjunto y nombrarnos conforme a nuestras funciones. Por otro lado, el uso de apodos entre conocidos sí es bastante común.
¿Cuál sería el de J٤K? Siempre le dije protector, o algún apodo improvisado acorde a la situación. Para acostumbrarme al lenguaje invasor, supuse que era hora de jugar con las vocales. Jak.
—Pensé que habíamos acordado no traer más extranjeros a la isla —contesto en nuestro idioma, molesta, pero sin llegar a sonar desagradable. Ignoro el calor y el sudor que se acumula en mi frente—. Solo traerán problemas, Jak y lo sabes.
Da un respingo al oír cómo lo llamo. Parece recobrarse rápidamente.
—Somos un misterio para ellos, Nina —responde, ignorando lo que ocurre a nuestro alrededor. No logra ocultar su verdadero deseo de conocer a esta gente. Sus ojos lo delatan—. Solo vienen unos cuantos representantes a investigar si esta isla es...
—Comprable. Digna de saquear —mascullo—. De seguro no hay nada más que puedan querer. Destruyen todo lo que tocan.
—Capaz de mantenerse por sí sola —me corrige con gesto cansado, sabe que no podrá hacerme cambiar de parecer. Al menos, intenta que me ponga de su lado—. Ellos no son el enemigo. Tener esa creencia podría afectar nuestro trato con ellos.
Al mirarlo de reojo, entiendo lo mucho que quiere ocultar sus nervios. Los extranjeros no tienen la mejor reputación, es como dejar las puertas abiertas a la peste.
—Voy a ser educada, pero haré lo que sea necesario para cuidar de mi gente. —Suspira, aliviado.
—Ellos no vienen a eliminarnos.
Niego con la cabeza. Vienen a robar hasta dejarnos en los huesos. No les importa en lo absoluto el cómo nos encontremos. Estoy segura de que saben sobre la piedra.
—Has estado demasiado tiempo en Khaos, Jak —respondo desilusionada, cruzándome de brazos. Me pongo a pensar en todos los potenciales peligros a los que nos veremos expuestos a partir de este momento—. Tú no sabes cómo son las personas de afuera. La codicia les ha comido el cerebro, y el poder es lo único que desean.
Gruñe un poco.
—Los tendremos vigilados, no tienes de qué preocuparte. Será todo como siempre.
Intento respirar calmadamente para analizar la situación desde otra perspectiva.
—Agradezco que me hayan escogido para participar en la guardia activa. Es mejor que sea yo quien los vigile.
—Considéralo un papel de orientadora más que de protectora. Nos tienes a todos contigo —me recuerda. Intenta amablemente ponerme una mano en el hombro, y en cuanto se da cuenta de su error, la retira—. No deberán suponer un problema.
Asiento con la cabeza.
—Debiste mencionar que me sacarían de mi departamento, para mudarme a otro acomodado para ellos —contesto secamente. Me despertaron a las seis de la mañana para pedirme que empacara, sin previo aviso ni advertencia.
Cierro los ojos buscando calmarme. No estoy enfadada con mi gente. Las personas que fueron a recogerme esta mañana no tenían más que buenas intenciones. Mi problema es con quienes vienen en camino. Mi entrecejo permanece fruncido. No puedo relajarme, al parecer. Me trajeron a mí y a mis pertenencias a un edificio disponible, dado que todos los extranjeros y protectores nos quedaremos en un mismo edificio, como fue acordado por el comité de turno.
—Lo siento —dice una vez más, al ver mi lenguaje corporal. Me acuerdo de respirar y relajar mi expresión, para que no se sienta mal. Me tomo las manos detrás de mi espalda, y me quedo observando mi nuevo hogar.
Carraspeo. Al parecer, deberemos usar la lengua extranjera durante el tiempo que ellos se queden. Debería empezar a acostumbrarme a usarla.
—¿Cu...? ¿Cuááándo... lle-llegarán?
Es un movimiento extraño de lengua y labios. Llevo una temporada comprendiendo el idioma, pero no me fluye bien.
—En unas horas —responde y frunce el ceño, dándose cuenta de lo mismo que yo, creo—. Barco trae-rá... mmm... La embarcación que los trae viene con retraso. ¿Te… veo en el mue-lle? —Utiliza mímicas para facilitar la comunicación.
—No. Lo. Dudes —enfatizo de más palabra por palabra.
Dicho esto, me retiro en dirección a mi nuevo departamento. Cuento los pasos desde mi punto de partida hasta mi habitación para distraer mi mente de la idea que pronto estaré recibiendo extranjeros para presentarles Khaos. ¿Qué les atrae tanto de este lugar? Si no es la piedra, ¿por qué más será? Los investigué y no son gente al azar.
No creo que nos vendan o prostituyan. Según N0RR15 —a quien muy posiblemente tendré que llamar Norris—, solo vienen a evaluar si nuestra realidad es estable, nuestra gente racional, y si podemos mantenernos por cuenta propia. Me informó que han preguntado por nosotros al gobierno de Australia; era de esperarse que creyeran que la isla estaba deshabitada o que era privada. Sé que Khaos no es prioridad de nadie. Aun así, me sorprende nuestra suerte para que durante los años la isla permaneciera en secreto.
La idea de traer extranjeros aquí no me agrada. He conocido algunos, y su forma de ver el mundo es detestable, pero será interesante aprender de ellos. Rara vez me acuerdo de cómo funciona el mundo afuera, y me alegro de no tener que preocuparme por ello.
Será mejor ordenar rápido y alistarme. No vaya a ser que lleguen antes.
—¿Qué pasa, campeón? ¿Nunca habías viajado en barco?
—Prefiero la tierra estable —dice, limpiándose con la manga—. ¿No tienes nada mejor que hacer, como tu trabajo?
Me rio a la fuerza.
—Mi trabajo es interesarme por ti, cariño.
—¿Qué crees que nos encontraremos al llegar? —pregunta Daemon, apareciendo súbitamente a mi lado.
Daemon parece un mercenario; un empleado de la organización que sabe desaparecer a su gusto y puede superar grandes batallas. Ya muy poco le queda de su origen inglés, ser neutros es lo que más piden en esta clase de alianzas. Ahora, en cuanto a pasar desapercibidos, Daemon no es un buen candidato.
No me molesta no ser llamado jefe, ni ninguno de sus sinónimos. No considero que me falten el respeto; a muchos de ellos los conozco bien tras un año entero de entrenamiento, algunos podrían pasar por mi padre, y pelear por un título me parece un desperdicio de tiempo. Vi el rencor en sus ojos cuando dijeron mi nombre al elegir al caudillo del grupo de expedición. Y ni siquiera soy norteamericano, como para poder dar una explicación lógica a la elección hecha.
Abro y cierro mi viejo encendedor, pensando en si debería o no compartir mis pensamientos con otros que no sea yo mismo. Tardo un momento en responder.
—Cuando pienso en Khaos, me imagino casas precarias y gente luchando por la comida y agua, pero con buenas conexiones al exterior. Deben tener tratos comerciales.
—Arcos, flechas y una gran selva —agrega Even, apoyándose desastrosamente en la borda—. Gente bailando y viviendo al aire libre. No creo que haya mucha población.
—Ah, ¿sí? Se comunican por radio y tienen acceso a satélites. Eso requiere conexiones con el mundo. Alguno debe haber salido de su isla para investigarnos.
—¿Tú qué sabes de eso? —indaga Daemon, y me recuerdo de que debo tener especial cuidado con él. Su falta de expresiones delatoras me recuerda sus años de experiencia.
—He puesto atención —digo y me encojo de hombros, restándole importancia.
—La isla es enorme, ¿cómo es que nadie ha ido antes? —se nos une Jasper, el payaso oportunista, miembro del MI6.
—Sí han ido, solo que nadie ha vuelto a salir.
Tal vez me pasé con la información.
Daemon levanta sus cejas rubias con sorpresa, aunque no tengo ni idea si de verdad lo sorprendí. Mantengo la postura relajada, para ocultar mi tensión. La verdad es que no le tengo fe a este botecito. Se ve como si una fuerte marejada pudiese romperlo con facilidad, o voltearlo, en su defecto.
—¿Crees que encontremos oro? —pregunta Even con interés. Su piel aún tiene un aspecto pálido y verdoso a causa del mareo.
Jasper ríe por la ridiculez del asunto. Es por esto por lo que uno debería ser capaz de escoger a los miembros de su equipo.
—¿Te parecemos piratas, Cohen? —inquiero, caminando hasta quedar frente a él y sentir todo su aliento. Debo sujetarme de algo para no caerme—. Será mejor que recuerdes a lo que vienes.
—Entendido... señor.
Se miran entre ellos. Cuando están por decirme algo, Even vuelve a sacar su cara por la borda y vomita nuevamente. Escucho unas risitas a mis espaldas.
—¡Ahhh! ¿Cómo es que no tomamos un barco más grande? ¡Como mínimo uno que no se moviera tanto! —se queja, tomándose un segundo para respirar y escupir.
Un chico que se encontraba trapeando más allá, se ríe con el comentario y se queda mirándonos. Es moreno, de cabello oscuro largo y de aspecto seco, vestido de un traje anaranjado con franjas blancas que le cubre todo el cuerpo. Se ve joven, pero su mirada es cansada y astuta.
—Somos los únicos que hacemos este recorrido —comenta y luego sigue trapeando—. Nadie más va a esa zona.
Todos a mi alrededor se quedaron en silencio, incluido yo, y se mantuvo el suspenso por varios segundos.
—¿Por qué no? Habla —pregunta Daemon, antes de que yo lo haga.
El chico lo ignora.
—Hombre, te hice una pregunta.
El muchacho suspira y se apoya en su trapero sucio y viejo.
—Hay una especie de... pacto. Y todos lo obedecen. Nadie llega hasta allá, ni siquiera a pescar. La zona es buena, pero está lejos de todas formas.
—¿Los amenazaron? —pregunto, más serio ya. Niega con la cabeza.
—Muchos crearon historias de terror sobre el lugar, leyendas tontas. Eso mantiene lejos a la gente.
—Pero tú los has visto, ¿no es así?
Asiente con la cabeza lentamente. Su mirada pasa de seria a algo extraño; hay un profundo respeto y admiración en sus ojos.
—Ellos son lo mejor de todos nosotros.
No supe qué quiso decir, y él tampoco parecía dispuesto a explicarlo, así que di media vuelta y busqué a Rob. No me llevó demasiado tiempo, estaba intentando sujetar una mesa y su plato a la vez que comía.
—¿No pudiste esperar a llegar? —comento, cubriendo el sol con una mano para que no me impida ver a mi alrededor. Sombreros; debí solicitar montones y montones de sombreros para el sol.
—Esta comida es pura basura —responde, mirando su sándwich de pescado—. Será mejor que en Khaos haya un buen filete con papas fritas esperando por nosotros, ¡ya me lo puedo imaginar!
Hago una mueca. Espero, de corazón, que no lo diga en serio.
—Oye, amigo... —comienzo diciendo, pero luego se me ocurre que debería hablarle en privado. Miro a mis espaldas, viendo si alguien nos presta atención, y luego me siento frente a él.
Rob es lo más cercano que tengo a una familia. Lo conocí cuando nos establecimos cerca de su casa, en una de las tantas mudanzas de mi familia, y nunca perdimos el contacto. Mientras mi familia se hacía trizas, la suya me acogía por semanas. Fueron quienes mejor entendieron cómo me sentía.
Rob es en parte mexicano, y su familia es muy grande y acogedora. Tal vez su nombre es lo que más delata su origen: Robert Ramírez. Ahora, teniendo a este chico de veintiséis frente a mí, con su barba recién afeitada, su tez color nuez y sus ojos oscuros curiosos y atentos, puedo presentir que este viaje no será tan miserable. Esta es mi primera misión de excursión con tanta gente bajo mi mando, normalmente no soy más que un agente de campo, y en muchos casos no soy tomado en cuenta por mi edad. Por lo que tengo entendido, hay muchas expectativas en todo el grupo, sobre todo en los especialistas, alias cerebritos del equipo.
—No confío en la gente de nuestro equipo. Lo que sea que veas en Khaos, te lo reservarás y me lo reportarás solamente a mí. —Rob asiente y mantiene su expresión seria.
Casi puedo oír lo que piensa: «pero si llevamos tiempo entrenando juntos». Bueno, pero no los conozco de cerca a todos, hermanito. Mejor prevenir a que me apuñalen por la espalda.
—¿Crees que nos traicionen? —pregunta, intentando mirar disimuladamente detrás de mí—. ¿Crees que esto es algo más serio de lo que dicen?
Eso sería en el mejor de los escenarios.
—Creo que no vienen por las mismas razones que nosotros —respondo y pienso en mi padre. Dónde habrán surgido los cambios en la cadena de mando es lo que me preocupa—. Solo no hay que fiarse.
Al encontrarnos próximos a la isla, todos detuvimos lo que estábamos haciendo para echar un vistazo y averiguar qué razones podría haber para tanto alboroto. Quedé sorprendido. Tal vez sí me esperaba una isla con mucha vegetación y nada de edificios, pero casi me quedo sin la habilidad de pestañear al observar lo que verdaderamente es Khaos.
Sí, tiene mucho verde, pero es más que eso. Edificios de cemento beige, de no mucha altura, se divisan a esta distancia, y un muelle preparado nos espera. El sol no está en su punto más alto, pero conseguimos un buen vistazo de las claras tonalidades del agua y de las posibles dimensiones de la isla.
—Es mucho más grande de lo que pensé —confieso en voz baja.
—Ciertamente, señor —responde alguien junto a mí.
El muelle no es nada grande. Solo consta de un largo puente de madera oscura donde atracar. Más allá, se ve una cabina hecha de madera también con al menos una antena satelital y otras cosas a las que todavía no puedo ponerles nombre. Es posible que Jerry, uno de mis hombres, me explique sus sistemas de comunicación más tarde.
La arena es bastante clara y por lo visto, desprovista de basura o restos que el mar suele traer consigo. Evito hacer muecas cuando me percato de una valla de palos de madera que divide el muelle con lo que hay más allá. No es lo suficientemente alta como para impedirme adivinar qué hay al otro lado.
No escucho más que el ruido de las olas y al capitán gritar órdenes. Es un alivio algo inesperado.
—Damas y caballeros, bienvenidos a la isla de la castración—escucho decir a Jasper por sobre las indicaciones de seguridad, seguido de las risas de mis compañeros.
—¡Habla por ti! —grita otro.
Desafortunadamente, tardamos más de lo esperado en desembarcar, pero el portavoz de la isla, con quien hablábamos, no lo consideró un problema. Caminamos con cautela por el largo y oscuro puente, cada uno cargando con sus bolsos. Me preocupaba que el puente de madera cediera bajo el peso, pero no se veía riesgoso ahora que caminábamos sobre él. Mis hombres y yo acordamos no llevar armas a la vista, y mantenerlas dentro de nuestro equipaje para no alarmar a la gente. No queríamos crear un alboroto innecesario, al menos yo no quiero.
—¿Y ese público? —pregunta Daemon un poco indignado, señalando con el mentón al pequeño montón de gente junto al muelle.
Un grupo de ocho personas había salido a encontrarnos, todos con los ojos muy abiertos y curiosos. Al contrario de lo que esperaba, no lucen como gente incivilizada, usan ropa casual; del tipo que uno habría visto en atuendos donados, como pantalones de chándal, calzas deportivas y camisetas. Y la mayoría no lleva zapatos. Me recuerda las vacaciones en el caribe, excepto que no es un lugar turístico y no parecen ser de la recepción de un hotel. Solo son vecinos curiosos.
Uno diría que, por estar en constante exposición al sol, la población de Khaos adquiriría una tonalidad en su piel bastante oscura... y no, no todos. Hay de todo tipo de tonos de piel y estaturas, pero sí hay coincidencias entre los ocho pares de ojos. Todos son muy altos, de extremidades largas, aunque tal vez no anormalmente. Sus rostros poseen rasgos elegantes y firmes, de narices respingadas y cejas tupidas, ojos almendrados y oscuros. Una raza completamente distinta.
En un principio me quedo alerta, debido a que todos se nos quedan mirando, cubriendo el paso hacia la isla. Lo extraño es que su forma de vernos no es preocupante, en sus ojos solo hay auténtica emoción. Carraspeo y miro a todas partes, evaluando nuestro alrededor. Mis compañeros me advierten que no observan nada extraño. Espero que esta gente no dude que lidero el grupo por nimiedades como mis tatuajes en el cuello y brazos, quiero creer que no tendrán esa clase de prejuicios. Mi altura y musculatura me hacen ver de unos veintinueve años.
Cuando estoy a segundos de abrir la boca para saludar, escuchamos ruidos provenientes de la casucha en el muelle. Hombres y mujeres de edades entre los veinte y cuarenta años —si no estoy mal, ya que sus estaturas podrían engañarme— salen de la casucha y caminan hacia nosotros, saludando a todos con amabilidad. Se presentan como protectores de Khaos, y nos acompañarán por el tiempo que estemos aquí con ellos.
Inclino la cabeza al percatarme de que no es solo uno el que entrega el mensaje, sino que todos aportan con una parte. Uno apoya al otro cuando se dan cuenta que el lenguaje los ralentiza, o falta desarrollar alguna idea. Quedo muy intrigado, y llega a mi mente la sensación de que son como un solo cerebro y muchas bocas. No parecen vernos como una amenaza, sus miradas son amables. Al menos la mayoría; otros no expresan nada muy claro.
Casi doy un paso al frente cuando noto algo extraño en sus rostros. Cada uno de ellos posee un tatuaje en su cara, nada muy notorio, de color rojo. Es un símbolo parecido al encendido de los aparatos electrónicos: una línea vertical y medio círculo, justo en la mejilla derecha.
Daemon llama mi atención disimuladamente y me señala sus piernas. No lo había notado, pero todos los que se hacen llamar protectores portan armas en un arnés localizado en sus muslos, que se sujeta, a su vez, en sus cinturones. Además, cada uno lleva, enfundado, un cuchillo con mango de piedra oscura. Por precaución, quiero creer.
Llama mi atención un hombre de color de más dos metros de alto; se anima a salir adelante cuando sus compañeros asienten con la cabeza, dándole seguridad. Se acerca a nosotros a paso lento y nos ofrece una sonrisa tímida. Pese a su altura, las canas en su barba y la calva cabeza me brindan algo de tranquilidad y familiaridad, aunque continúo temiendo que una sola bofetada de su parte me envíe de vuelta al barco. Respira, Jaskier. Un poco más y te orinas.
Como sea, se acerca hasta nosotros y llama con los ojos a una chica que se había mantenido al fondo, en las sombras. Ella camina con paso seguro hacia adelante, acercándose a nosotros. Su gente da un paso al frente para escuchar, pero mantienen la distancia.
Yo... ¡Vaya!
Cierro los ojos con fuerza con la intención de obligar a mis neuronas a hacer sinapsis, y a ayudarme a terminar, aunque sea un hilo de pensamiento. Rob bota el aire sin disimulo y yo lo golpeo para que guarde la compostura.
He visto felinos caminar con esa ligereza y armonía, y solo a ciertos generales caminar con esa... ¿Cómo decirlo? Esa aura de dominio y distinción, pero este es disimulado y no engreído, solo natural. Tal vez su aspecto tenga algo que ver, o todo que ver, ya que conserva su cabello castaño cortado a media espalda, de un corte tan recto que pudo haber sido medido con regla, con la partidura en medio, sin errores, casi demasiado obsesiva para mi gusto.
Ella, al igual que todo su pueblo, tiene un tatuaje rojo justo en el pómulo derecho, lo que la vuelve muy intrigante. Sus ojos son cafés, corrientes, aunque en compañía de sus tupidas cejas, crean una mirada penetrante y observadora. Es como una caricatura hermosa, pero letal. La chica está buena y lo debe saber. Es imposible que no me tiriten las piernas como un púber, al verla.
Respira. La testosterona no te domina, no eres salvaje.
Nos mira de forma acusadora a todos, con muy poco disimulo. Cuando llega a mí, su expresión pasa a una de completo asco y repulsión, como si pudiera ver a través de mí.
El corazón me late a mil por hora. ¿Acaso ves el monstruo que hay en mí, Afrodita?
De seguro debería sentirme intimidado y no puedo negar que lo estoy, pero básicamente, estoy babeando frente a mis hombres por esta mujer. Es agradable ver cómo luce una camiseta negra de manga corta, que deja al descubierto sus trabajados brazos, sin dejar de verse femeninos. Sus calzas por encima de la rodilla son del mismo color negro, y lleva unas usadas zapatillas deportivas, con mucha tierra ensuciándolas. Para ella no es más que un martes soleado, fresco. Me imaginaba otra clase de vestimenta cuando pensaba en este lugar.
Cuando mis ojos vuelven a su rostro, ella está apretando los dientes y tiene una mirada asesina, sabe que la observo de pies a cabeza. Queriendo que se enfade aún más y, sin querer admitirlo, queriendo gustarle también, le sonrío mostrando toda la dentadura.
¿Fui yo quien dijo que las indígenas no estaban calientes?
—Ni-Na... Puedo con ello, me acostumbraré —asegura Elas (٣L٤S), en nuestro idioma, mientras se pone de pie—. Aunque para mí siempre serás N.
Lo miro.
—Elaaas. —Para mí, él era L, o protector. Pero decirle Elas es bastante agradable. Un nombre tan bueno como cualquier otro.
—Corto —responde, pidiéndome que lo diga más rápido.
—E-Las.
La sonrisa le llega hasta sus ojos, que brillan adquiriendo el más claro de los tonos cafés.
—Me-jor.
Los veintisiete protectores dentro de la cabaña intentan ver por los pequeños agujeros de la casucha a los hombres que caminan por el puente hacia nosotros.
—Vengan al centro —nos llama M4C, una mujer en los cincuenta que tiene más experiencia que varios yendo al mundo de ellos, y maneja sus idiomas sin temor ni titubeos.
—Mac —digo para mí, intentando acostumbrarme a un nombre que los extranjeros puedan recordar. Todos me imitan.
—Esto de los nombres es agotador, pero su lengua no es nada complicada, y en cuanto los escuchen, encontrarán la forma de aprenderla rápidamente —nos motiva con un tono de voz ronco mientras se ata su larga melena negra con un pedazo de tela—. Muchos aquí ya usaban la técnica para facilitar el uso de nombres. Sabemos que algunos usaban el apodo Nina en vez de protectora, N1N4 o NN. Les deseo éxito aprendiendo de ellos.
Intervengo, mientras algunos de mis compañeros repiten mi nombre, para acostumbrarse.
—Les pido que no bajen la guardia. No confío ni me siento segura con ellos aquí.
Todos asienten, comprendiendo y procesando mi angustia.
—Prometemos... cui-darnos —contesta Elas y mira al resto para confirmar sus palabras—, y se-guir órde-ness.
—¿No debemos...? —interviene LU6, a quien le decimos Lu—, decir na-da de… mmm...
—Ellos lo traducirían como «Alma» —nos ayuda Mac.
—Al-ma, repetimos todos.
Mis manos sudan; las paso rápidamente por la ropa para limpiarlas. Todos nos miramos y asentimos con la cabeza. Estamos listos.
Mac es la primera en salir de la cabaña, encabezando una larga fila de personas nerviosas, mientras mantiene firmes sus anchos hombros y pone una sonrisa en su rostro. Me mantengo al final de la fila, para salir de las últimas. Lu es la única que lo nota.
—¿Nerviosa? —pregunta cordialmente. Es una chica adorable.
La observo, pero no respondo. Las comisuras de su boca suben en un intento de sonrisa.
—Yo... también —murmura y juega con la trenza que se ha hecho en su cabello. Es un gesto nervioso, de seguro.
—Vamos —la insto a salir por la puerta.
El calor húmedo nos recibe afuera, además de la luz de otro bello día. El oleaje produce un sonido agradable y acogedor, que desde mi niñez he podido gozar. La arena, ardiendo bajo mis pies, provoca que se hundan mis zapatillas, debido a sus irregulares relieves. El corazón me martillea en el pecho y yo inhalo profundo para poder calmarlo. Miro a los hombres frente a mí mientras me acomodo detrás de mis compañeros. Hay dos tipos de expresiones: la curiosa y la recelosa. Muchos nos miran de pies a cabeza y tardo en comprender los motivos; somos mucho más altos, o los hombres son mucho más altos que ellos. Nosotras somos de su tamaño, en algunos casos.
Cuando veo por primera vez al líder, me llevo una decepción. Esperaba al clásico hombre militar de cicatrices y cuerpo de gorila; habría sido más fácil adaptarme a ese estereotipo, y odiarlo de paso. Este es esbelto, de músculos claramente ejercitados, pero joven, más de lo que me esperaba. Sus ojos no tienen la frialdad del resto, o de la mayoría, más bien. El hombre al lado del líder me tranquiliza, debe ser su segundo, tiene cara de ser alguien más jovial. Es más bajito, posiblemente sea por eso.
Pronto dejo de lado mis alegrías al ver al grupo de músculos presentes en su formación; si bien no todos parecen soldados, algunos tienen la apariencia de haber combatido en más de una ocasión. Miro los uniformes de todos buscando visibles armas. Me relajo al no encontrar bultos o anormalidades. Aunque solo significa que no las tienen a mano.
Cuando Jak sale al frente, me pongo firme. Todos asentimos con la cabeza cuando sentimos que la zona está segura. De todas formas, él busca mis ojos entre la gente y entrecierra los suyos para darme una señal, pidiéndome que vaya con él. Me muevo instintivamente. Jak es una de las personas más cercanas a mí, y no es que hablemos de una lista muy larga. Por largo tiempo fuimos vecinos, y su mujer cocina bastante rico. Es algo parecido a una familia. Lo protegeré a toda costa.
En ese instante, su líder se percata de mi existencia. Me molesta su estupor, su evidente admiración.
No me mires así, intento transmitirle con la mirada. Trato de comunicarle, de todas las formas posibles, mi deseo de que deje de tener una expresión tan obvia. Sus ojos brillan de emoción, aparentemente inocente, y eso me perturba.
Aparto la mirada y observo al resto de sus hombres. No se parecen entre sí, tienen características diferentes —como los ojos, narices y su color de piel—. Mientras que unos parecen desinteresados, otros conversan entre ellos en voz baja, haciendo observaciones sobre nosotros.
Van a ser unos largos meses de trabajo.
Tenía la esperanza de ver mujeres; no es que nunca haya visto una. No hay mucha diferencia entre ellas y nosotras, solo esperaba ver una igual a mí, una… ¿guerrera? Mejor me reservo esto, se supone que no debo sentir curiosidad por ellos.
—Soy Jak —anuncia de pronto, cuando ya se ha hecho silencio. Se lleva una mano al pecho para enfatizar. Los hombres lo miran expectantes. Jak pasa su mirada a mí—. Nina. Ella... los dirigirá. Yo... y todos... ayudamos.
—¿Usted no es el miembro de mayor rango de su pueblo? —pregunta un hombre que sí parece un líder nato. Es el estereotipo de soldado; rubio de ojos azules, como las olas a su espalda, piel blanca como la arena, mirada fría —que no me pasa desapercibida—, algo de acento británico... o australiano. Y un cuerpo trabajado, con aspecto de gorila.
—No hay jerarquías en Khaos. No administramos el orden de esa forma —se apresura a decir Mac a mis espaldas.
Muchos fruncen el ceño. Algunos hablan en distintos idiomas entre ellos, y eso me atrae y me pone nerviosa a la vez.
—¿Con quién nos hemos estado comunicando? —pregunta el hombre que me observaba, el de rango superior. Su voz me gusta, es grave, vibra, pero su acento es confuso. Es muy extraño verle mandar a este particular grupo.
—Norris —dice Jak y señala hacia la cabaña—. O aquel que es-té... ahí.
—Los comunicadores tienen distintos horarios de guardia —añade Mac al ver que se le hace complicado hablar. Jak no ha salido muchas veces de Khaos, porque su familia no lo considera una opción.
—¿Eso no lo vuelve un método desordenado? Es un sistema muy frágil—pregunta otro hombre, menudo y con anteojos, pero con aspecto de soldado—. ¿Siquiera saben todos que veníamos?
Estaba por responderle. Alguien más se animó a hablar antes.
—Entonces, ¿tú dirigirás todo? —pregunta el líder nuevamente, esta vez en mi dirección. Su pregunta me deja helada, no supuse que tendría que intervenir de esta forma.
Me encojo de hombros. Carraspeo para poder recordar cómo era su lengua. Ellos hablan con tantos acentos diferentes, que me cuesta apegarme a uno para intentar imitarlo.
—Nadie es más impor... importante que el res-to —contesto, intentando hablar más rápido—. Mmm... yo estoy... fui elegida. Por comité.
Eso no parece apaciguarlos.
—¿El comité es...? —intenta preguntar el jefe, pero le interrumpo.
—Tur-namos. No hay... nadie es más importante que el resto —contesto, casi tropezándome con mis propias palabras—. Hay... orden.
Este no es el encuentro que esperaba. No estaba buscando abrazos y sonrisas, pero en mi imaginación no había recelos de su parte. ¡Ellos son los que tienen las súper armas!
El líder me observa con curiosidad, pero no dejo que me haga sentir pequeña. Deja su bolso en el suelo y camina hacia nosotros con cautela. Doy un paso hacia atrás para buscar una posición estable, en caso de cualquier cosa.
El hombre es bastante parecido a los australianos que he visto, pero sus rasgos, aunque extraños, no son feos. Tiene la apariencia de ser poco flexible, irritable, por sus labios apretados, mandíbula apretada y su recta nariz, solo que su mirada es cálida, pese a tener los ojos de un frío tono gris. Es castaño de mechones claros, casi rubios, quemados por el sol. Me ofrece su mano para estrecharla y todos nos miran atentos, como si fuera a explotar algo.
Miro a Jak; él espera que la estreche. Quiere ser amable con los de afuera. Sé que así se presentan los desconocidos, pero no quiero. Siento que, si cedo, estoy obedeciendo. Una mirada a mi gente, que temen lo que pase si me rehúso a saludar con amabilidad, me convence para hacerlo. Olvidando qué es lo que quiero yo y pensando en un todo, levanto mi mano para estrechársela.
—Soy Jaskier —saluda en tono amable, aparentemente aliviado, soltando el aire—, Jaskier Ignis. Yo soy el representante de...
—Proyecto Evrrra —interrumpo, teniendo complicaciones con la V y la R—. Hombres, expertos… agencias. MI6... Inteligencia Aaaalemana, Mossad… Agencia Central de Inteligencia. Una de las agencias... de ¿Unión? De las... los países importantes, pero privada.
Jaskier titubea al mostrar su sonrisa. Me detengo de seguir dando información.
—Sí, aprobada por las potencias mundiales y aliados. El proyecto de Franz Evra, ex presidente de los Estados Unidos. Punto objetivo: relaciones internacionales y paz. —Sus ojos ya no se ven tan cálidos como antes. Su mano firme, ahora está tensa por mi comentario. Retiro la mía y la pongo a mi espalda—. Mantienen actualizados los registros de visitantes, por lo visto.
Veo cuando se da cuenta de que no soy lo que él esperaba. No conoce Khaos, menos podría conocerme a mí.
—Son de afuera —digo, enfatizando cada palabra como si eso lo explicara todo. Jak interrumpe nuestra conversación cuando nota que estoy molesta.
—Deben descansar. Puede... limpiarse y comer comida. Luego ir... con sanadores. Precaución.
Mac da unos pasos hacia nosotros, tal vez para completar lo que Jak dijo.
—Manejar su idioma es complicado, no lo usamos mucho —se disculpa y le sonríe con cariño a Jak—. Por protocolo, deberán ver a nuestros sanadores y someterse a estudios bastante básicos. Hemos vivido sin muchas o ninguna de sus enfermedades, pero no somos inmunes.
Jaskier asiente pese a que muchos de sus compañeros parecen querer protestar.
—¿Dónde podemos dejar nuestras cosas?
Sonrío.
—Primero, ustedes... ¿Qué necesitan de nosotros?
Parpadea desconcertado, antes de ponerme al día.
—Somos veintisiete. Nos dividiremos en áreas; comunicaciones, salud, botánica, acuicultura, ingeniería, geología, seguridad, pedagogía... mmm...política. También tenemos sociólogos entre nosotros.
—Todo un equipo —comenta Mac y asiente, solicitando que muestren cómo van a dividirse, y que asignará a cada uno de nosotros con cada uno de ellos. Nos traduce lo que ellos necesitan de nosotros.
Lo sabía. Vienen a infiltrarse en cada área posible y luego nos succionarán enteros para quedarse con nuestras tierras. Cierro las manos en puños, y Jak me anima a imitarle respirando profundamente. Claro, él está bien porque no debe hacer de niñera de nadie.
Una vez que sabemos cómo se distribuirán, es el turno de nosotros. En orden, vamos tomando un lugar sin titubeos. Elas queda con el de aspecto de gorila británico y eso me pone nerviosa; me habría gustado que otro se pusiera ahí. Al menos, Lu eligió pararse junto al chico de aspecto jovial, el moreno que estaba junto a Jaskier. Siento un instintivo deseo de protegerlos a todos y sé que ellos también lo sienten.
Yo sabía con quién me tocaría desde un comienzo, pero él parece impresionado.
—¿Y ahora qué? —pregunta Jaskier, todavía sin ocultar la sorpresa del rostro.
Me doy media vuelta y comienzo a caminar, dirigiéndolos al interior de Khaos. Tal vez me arrepienta de esto. Tardo en darme cuenta de que casi todos se habían quedado petrificados en sus lugares, y debo mover la cabeza para que se acuerden de mover los pies.
Jaskier llega rápidamente a mi lado, como un cachorrito atento. Sus hombres no parecen muy felices, aunque a él no parece importarle. Tengo la extraña sensación de que no son un verdadero equipo. Tal vez debí pedir más información sobre ellos.
Cuando cruzamos la entrada, mi corazón late a toda velocidad.
Aquí vamos.
Cuando Nina abre la puerta de madera, que mis ojos no habían visto debido a que se mimetiza con el resto de la valla, nos encontramos con algo bastante nuevo, que sin duda quedará para registros posteriores.
—Vaya... —escucho que alguien suelta a mi espalda.
La arena de playa cambia su color en cuanto pasamos la barrera de madera, y nos adentramos por un extraño camino de árboles.
—Permiso para tomar muestras, señor.
Solo cuando la mujer que parece hablar bien inglés accede, apruebo la petición del especialista. Los botánicos se ponen enseguida a recolectar muestras de la oscura arena que pisamos; es una extraña mezcla entre tierra y arena, de un marrón oscuro con tonos brillantes que da paso al césped. A medida que vamos caminando hacia el interior, los árboles son también distintos, pero yo no sé nada de árboles ni de taxonomía botánica. Continúo viendo muchas palmeras, muy altas y en movimiento por el cálido viento. Les presto especial atención, esperando que no me caiga un coco encima en mi primer día.
Junto a Nina me siento observado, desnudo, pese a que no me mira de forma obvia. Tengo la sensación de que, de alguna forma, puede verlo todo y a todos. Es terrorífico y puede que un poco paranoico.
Me paro erguido y camino muy serio por el sendero estrecho, agradecido por la sombra de los árboles, que han ido oscureciéndose y encogiéndose. Logro mantener el rostro de autoridad hasta conseguir una primera impresión de Khaos. Al principio había ruido de conversaciones, risas y música de tambores y otras cosas que no distinguí muy bien. Podía ver niños corriendo y jugando, y gente acomodada en puestos de madera, cubiertos por un largo techo igualmente de madera, vendiendo y ofreciendo lo que tenían.
Khaos era, en simples palabras, un lugar lleno de vida. Y enorme, además.
Se hizo el silencio en cuanto nos vieron. No todos parecían tener miedo, sino curiosidad, sobre todo los niños. Con esto, Cohen puede cerrar el hocico. El pueblo no es para nada un lugar desastroso. Las personas tienen la piel brillante, roja en algunas partes por el calor del día, y están muy cómodos como para aparentar alguna formalidad. Los puestos de feria se han acomodado a lo largo para que no se formen aglomeraciones. Los grupos de gente conversando se encuentran en el suelo, sobre rocas o en asientos improvisados en un rincón, para no impedir el paso a nadie. Los músicos están mucho más allá, y son un grupo tan grande y con instrumentos tan exóticos que llaman la atención de todos.
El césped es más bajo aquí, asumo que es debido al mayor tránsito de gente. Ni siquiera hay tantos árboles, no es una zona completamente despojada de sombra, pero hay más arbustos de bayas que árboles.
Nina mira a la mujer que traducía —si dijo su nombre, ya lo olvidé— y le hace una señal con la cabeza. En respuesta, ella da un paso al frente, y habla para todos.
—¡Estos son los hombres que estarán en nuestra tierra a partir de hoy! Ninguno caminará solo por nuestros suelos, todos están asignados a un protector.
Todos los nativos la miran atentos, y no estoy seguro si entendieron lo que dijo. Luego, Nina dijo algo muy breve en una lengua extraña, algo que yo inventaría luego de muchas bebidas energéticas. Poco a poco, a muchos de ellos se les dibujó una sonrisa en el rostro, y se pusieron a comentar entre ellos con alegría. La música volvió a sonar, y con mayor fuerza que antes.
Nina nos mira y dice:
—No se separen.
Caminamos entre la gente, y por primera vez me siento pequeño e insignificante. Todos aquí son increíblemente altos y de extremidades largas, y todos llevan ese tatuaje en la mejilla. Quiero preguntarle a Nina lo que significa, pero se la ve tan ocupada, con todos sus sentidos alerta, que no quise interrumpirla.
Sujeto mis bolsos con fuerza.
—Siento que van a aplastarme de una pisada —susurra Rob, con los ojos bien abiertos observando todo.
—Le daré mi pésame a tus padres cuando vuelva.
Me mira serio, e intento no reírme.
—¿Qué es... eso... qué le darás? —pregunta Nina a mi lado. Trato de ponerme serio, pero finalmente, solo me pongo más nervioso. No pensé que fuera a oírme.
—Pésame. Es... —claramente mi cerebro decidió quedarse en blanco en media explicación.
Rob pone los ojos en blanco. Yo agradezco que nadie esté lo suficiente cerca o prestándonos atención.
—¡Sentir pena por alguien que perdió a un ser querido! —grita Rob.
Me quedo pasmado, y la cosa no mejora cuando Nina grita en respuesta:
—¡No soy sordaaa! —Y yo me siento maldecido por haberme puesto entre estas dos personas.
Caminamos recto, pasando la enorme feria. Les sigo el paso tan rápido que apenas logro fijarme en nada. Si no fuera por Rob y su codazo en mi costilla, no me habría fijado que a medida que nos internamos en un bosque las hojas de los árboles parecen aclararse, con ramas alargadas y frondosas.
Mientras caminamos, seguimos encontrándonos con gente. Se distraen un par de segundos, observándonos con sorpresa y luego se retiran. Solo unos pocos se acercan, y ocurre un extraño espectáculo. Un protector que caminaba con nosotros dice «ya llegaron», y un joven sale corriendo de vuelta a la feria. Un mar de gente lo esperaba; chicos y chicas de su misma edad, quienes, luego de escucharle, se van corriendo en distintas direcciones, incluso algunos toman unas bicicletas, y se marchan por las improvisadas calles.
—¿Qué fue...?
—Sigan caminando —me interrumpe Nina.
Hay miles de arbustos y ramas bajas que esquivar, pero puede verse un camino más o menos establecido; el cual, por cierto, tiene varias raíces de los inmensos árboles que han vuelto a aparecer. Más allá, consigo ver las estructuras de cemento beige que vimos al llegar. Es algo extraño pensar en el verdadero tamaño de la isla; las dimensiones se me escapan un poco, tenía la idea de que sería más pequeña.
Llegamos a una zona dormitorio, al parecer, llena de edificios no muy altos. Mientras caminamos, también nos vamos encontrando con casas, no muy grandes.
—¿Por qué hay...?
Nina me observa de reojo, molesta, y me corta la palabra. Se da cuenta que conversan detrás nuestro, pero se relaja al notar que los míos hablan entre ellos y los suyos también conversan solo entre ellos.
—¿Siempre haces... tanta pregunta? —masculla molesta.
