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El mundo nunca es lo que esperamos y Chiara, una chica normalmente organizada, está por descubrirlo. Con el despertar de la temida Domina, Tenebis debió tomar una dura decisión: enfrentarse a una guerra y enviar lejos a su heredero para proteger el futuro de la familia real. Así, el príncipe albino debió buscar refugio en un mundo conocidamente desconocido y, mediante una inesperada confusión, terminó en manos de la alterada Chiara, quien solo pensó en adoptar a su primera mascota y mejor amigo. Este incidente traerá consigo el despertar de sorpresas, descubrimiento de secretos ocultos y sentimientos incomprensibles que le darán la vuelta a lo que se creía imposible. ¿Quién realmente está de su lado?
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Seitenzahl: 554
Veröffentlichungsjahr: 2022
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Magdalena Gomez.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Moro Munilla, Lourdes Lucía
Kilian : el reino caído / Lourdes Lucía Moro Munilla. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2022.
476 p. ; 21 x 15 cm.
ISBN 978-987-817-659-8
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Novelas Fantásticas. I. Título.
CDD A863
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2022. Moro Munilla, Lourdes Lucía
© 2022. Tinta Libre Ediciones
Kilian
El reino caído
Ether
Prefacio
El incidente inicial
En la vida nos han dicho más de una vez que la magia no existe, pero es algo en lo que nunca me gustó creer. Y como acostumbra mencionarme la vida, yo tenía razón.
El rey, vistiendo su tan dichoso traje formal, reservado exclusivamente para ceremonias de vital importancia, ingresó con paso mudo al cuarto donde su hijo terminaba sus delicados arreglos.
—El blanco siempre va a ser tuyo, Gaiska —se presentó, en tono firme y cariñoso.
El príncipe, vistiendo un elegante traje completamente blanco, sonrió al notar el gran entusiasmo de su padre. El único color que portaba era el brillante celeste que detonaban sus ojos.
—¿Estás emocionado?
—Más nervioso que emocionado, pero sí —contestó, tras un fuerte suspiro—. Se podría decir que algo emocionado… aunque siga teniendo mis dudas.
—No me pongás esto tan difícil, ya tengo suficiente con tu mamá taladrándome la cabeza con los preparativos. Ya lo hablamos mil veces y es…
—Lo mejor para todos —completó, ya acostumbrado a la misma respuesta.
—Exacto. Y no te preocupes. Ella está preciosa —comentó el rey con un pequeño guiño.
—Volvé a hacerlo y le voy a contar a mamá que me estás diciendo cosas que no tendrías —lo amenazó el joven—. Además, ella siempre está hermosa.
Volvió su vista al reflejo del espejo y contempló un cabello que se salió de su órbita. Con su mano lo volvió a peinar hacia atrás dejando una perfecta capa de cabello blanco inmaculado. El rey rio con algo de nostalgia. Todo el ambiente festivo le recordaba a su propio día especial y era inevitable ver a su hijo y encontrarse a sí mismo hacía ya cerca de cien años.
—Muy bien, tardate, pero no mucho. Ella te va a esperar en el salón.
—Ya sé, papá. Lo practicamos…
—Cien veces —completó él esta vez.
Aquellas sonrisas de padre e hijo, tan emotivas y que se recordarían el día en que uno de los dos faltara en el mundo, se deshicieron al notar el suelo temblar. La puerta provocó un estruendo al abrirse brutalmente por un soldado real.
—¡Majestad, las fronteras están siendo violadas! —anunció, con falta de aire a causa de la carrera que acababa de hacer.
Los dos corrieron en medio de pasillos alborotados de pánico y temor buscando al general principal y a la reina que deberían haber estado en el salón. Entre tantos gritos ensordecedores y habladurías de pavor, el príncipe logró escuchar un nombre que le congeló la sangre: Domina. El simple hecho de considerar aquella presencia le puso la piel de gallina y el temor por su familia creció repentinamente.
El salón estaba vacío, ni siquiera la novia se encontraba allí. Los vidrios de las ventanas estaban rotos y por esos umbrales la luz cegadora de un eclipse confirmó las peores sospechas: los dos guerreros más tenaces intentaban frenar con todas sus fuerzas la mortal amenaza del reino. El príncipe se frotó la cara con ambas manos olvidando el maquillaje que lo adornaba. No era buena señal que sus grandes guerreros usaran todo su poder.
—Hijo, nos tenemos que ir —declaró el rey tomándolo del brazo y tirando de él para sacar al chico de su estupor.
Corrieron por más pasillos hasta que en uno, al fin, entre mucha corrida de gente, pudieron cruzarse con su amada reina y general.
—Con Milia ganamos algo de tiempo, pero no mucho —informó Nathaniel. Sus brazos estaban ennegrecidos por la cantidad de poder usado y su imperium ya giraba lentamente—. Hay que sacarlos ya de acá.
El rey se negó rotundamente.
—Athelstan, tenemos que salir —suplicó Ada a su marido.
—Yo me tengo que quedar a cuidar de mi reino.
—Es verdad —apoyó el príncipe—. Tenemos que defender el reino.
—Vos no —sentenció el rey y con mucha rapidez lo arrojó a los brazos de su hermano menor—. Nathaniel, sacalo de acá. Ya sabés qué hacer.
—Papá, yo voy a luchar… —intentó objetar el príncipe mayor.
—Si yo caigo, vos no podés caer conmigo o nuestro linaje se va a extinguir. —Y dirigiéndose a Nathaniel, agregó—: Hijo, cuidá a tu hermano.
Este asintió aceptando toda su responsabilidad, sujetó al heredero albino con una poderosa sombra que salió de su brazo derecho y se lo llevó a rastras mientras este intentaba zafarse con todas sus fuerzas. En el camino, una ventana se cruzó por sus ojos dejando la imagen del jardín real cubierto por una gruesa capa de oro muerto lleno de rastros de sangre. Aquel oro avanzaba peligrosamente hacia el castillo queriendo tragárselo lo antes posible.
Los príncipes se metieron a una habitación en lo más profundo de las paredes donde se encontraban dos hombres pelirrojos conocidos como los Maestros del Imperium. Nathaniel se quedó cuidando la puerta, mientras aquellos hombres se encargaban del resto del trabajo. Estos sacaron dos cajas distintas y las abrieron mostrando dos dibujos flotantes y brillantes, uno azul con estrellas y otro verde con pequeñas hojas que giraban incansablemente sobre sí mismos.
—Elija uno, alteza —le indicó Eliot.
—Animales —Martio señaló el celeste— o plantas —señaló el verde.
—Aquel que elija lo ayudará a camuflarse en el refugio —informó Eliot.
El príncipe los miraba sin saber qué decisión tomar, hasta que los fuertes golpes que venían del exterior lo hicieron precipitarse.
—Animales.
—De acuerdo, quítese la ropa.
Martio tomó el imperium con el cuidado que se sostiene a un ángel y lo colocó en la nuca del príncipe. Luego susurró una pequeña oración y le dio unas vueltas; mientras que Eliot sacaba un mapa y señalaba un punto específico.
—Cuando llegue, debe ir exactamente aquí. Un guardián pasará a buscarlo. Asegúrese de volver a la normalidad cuando no haya nadie cerca, las personas allá suelen ser bastante sensible con este tipo de cosas. Y no se preocupe, el guardián le facilitará vestimentas de acuerdo a esa sociedad. Además, no se olvide de hablar con su acento, eso ayudará mucho a su adaptación.
El príncipe asintió comprendiendo las rápidas y vagas indicaciones. Entonces, tras escuchar pasos fuertes y apresurados acercándose, Nathaniel no tuvo más remedio que tapiar la puerta con una enorme sombra y apresurarlos:
—¡Ya vienen! Tiene que irse ya.
—Esto no termina de convencerme, Nath —dudó el príncipe.
—Nada nunca lo hace, hermano —le contestó este y acto seguido lo empujó hacia una bañera de líquido rojo dudoso en donde cayó y ya no se lo vio de nuevo.
Y es así como el reconocido príncipe Kilian cambió de mundo.
Capítulo 1
Quién podría ser un león
Hay algo que nunca me gustó de la vida, y eso es crecer. Si pudiese elegir quién ser, sería Peter Pan. Pero cuando no tienes lugares a dónde ir ni rincones a dónde escapar, solo te queda ver el mañana y a ti misma como la única esperanza que tienes. Soy mi propia salvación. No tengo a nadie más a mi lado y eso me ha llevado a un estilo de vida donde la soledad era natural y las relaciones con los demás algo común. Aun así nunca dejo de lado mis esperanzas.
Llegar a la universidad era mi mayor sueño… o al menos lo era. Tener un título, sacar a mi pequeña familia adelante, dejar el pasado atrás, madurar sin crecer y encontrar en el amor la felicidad. Esos eran mis planes, mis tranquilos y nada imposibles planes, antes de cruzarme con un pequeño gatito blanco, de ojos grandes y celestes en un día lluvioso. Estaba mojado y temblando de frío. Mi corazón se derritió. Pasé unos segundos debatiéndome internamente si tomarlo y llevarlo a casa o dejarlo bajo el porche de la veterinaria que estaba a una cuadra, desviándome de mi camino, por lo menos para que no se moje. Sin embargo, el tiempo me estaba jugando en contra. No podía llegar tarde a casa, pues mi madre había llamado para avisarme que el casero estaba esperando el dinero que yo había sacado del cajero hacía una hora. Por lo que debí salir corriendo de mi clase de cocina para llevárselo. Así que sin más remedio me decidí por tomarlo. En ese instante un escalofrío recorrió todo mi interior. Supuse que se trataba del frío y lo ignoré. Puse al felino en mi bolso y corrí a casa lamentando si se golpeaba con algo de lo que llevaba dentro.
Cuando llegué, la mirada del casero me regañó por sí sola; pues si yo no tenía tiempo, él menos. Le entregué el dinero a mi madre y ella pagó la cuota del mes. El peso de las casas alquiladas.
—Esperemos que la próxima haya más puntualidad o tendré que cobrar la espera —comentó, antes de irse.
En cuanto ese viejo asqueroso se fue, mi madre se volteó hacia mí como quien iba a atacar a su enemigo y comenzó a regañarme por mi retraso, su preocupación de que podría haberme pasado algo, de que la calle es peligrosa, de que me había pedido que volviera rápido. Pero en todo ese tiempo mi cabeza solo recordaba el cajero sin dinero, mis pies corriendo al banco a cinco cuadras de distancia de la clase de cocina, el colectivo que a la vuelta había pinchado una rueda, sin hablar del papelón que pasé en el último día del curso, y el gatito que maulló en ese específico momento.
Mi madre vio mi mochila que no dejaba de moverse. Luego me vio a mí ordenándome que la abriera con solo mover los ojos. Obedecí—no es como que tuviera opción—, y saqué al gatito para mostrárselo.
—Sí, en el camino me encontré… —dije, mas sus gritos no me dejaron terminar.
—¿Qué estás haciendo con eso?
—¿Eso? —repetí—. Es un gatito, ma. ¿No es lindo? Me lo encontré en el camino. Estaba bajo la lluvia, mojado y llorando. ¿Me lo puedo quedar?
—¡No, Chiara! —gritó sentenciante.
Un parpadeo repetitivo expresó mi sorpresa, pues no esperaba que respondiera de esa manera. Luego, ella intentó calmar sus nervios con un suspiro en el que dejó ir lo que suponía era un gran discurso del casero. Lo que yo no sabía es que ese día casi la corrieron del trabajo porque le perdonó una pequeña deuda a un cliente y que por eso la dejaron con una vida. Eso me dijo en la noche.
—Escucha. No podemos quedarnos con un gato, es mucho trabajo y gasto de dinero —aclaró. Esa era la misma excusa que me había dado desde que tengo memoria y cada vez que le pedía quedarme con algún animalito. Por alguna razón esa mujer veía como un castigo aferrarse a alguien o algo.
—Prometo que lo voy a cuidar y parte de mis ganancias de la tienda serán para él. Yo me ocuparé de sus gastos —prometí, levantando mi mano libre en forma de juramento.
En sus ojos se veía tristeza y cansancio. Mi madre se inclinó y lo observó un minuto, luego lo tomó para verlo mejor.
—Parece que no tiene pulgas —afirmó.
Vio los ojos del gatito y estoy muy segura que, a juzgar por la mirada que puso, sintió lo mismo que sentí yo en la calle. Un ser en peligro que necesita un hogar, amor y comida. Volvió a suspirar y me miró seria, fría, imponente.
—¿Lo cuidarás tú sola?
En el punto en que dijo eso, sonreí y la abracé mientras gritaba en una euforia incontenible:
—¡Gracias, mami!
En solo diez minutos construí una camita con una caja de cartón y algunas playeras viejas que tenía. Mientras cenábamos le di un poco de mi comida y a la hora de dormir lo acosté en su camita. Estaba demasiado emocionada, era mi sueño hecho realidad, mi sueño prohibido de infancia, aquel mejor amigo que siempre quise y nunca tuve. Recuerdo haberme dormido pensando un nombre para ese pequeño animalito ¿Carlitos? Nunca me hubiera imaginado que ya tenía, y no solo uno, sino como veinte.
Estaba todo decidido y planeado en mi cabeza. Con mi trabajo en la tienda sabía que podía criar a un gatito y hacerlo mi mejor amigo por el resto de su vida…o de la mía. Sí, quizás sonó algo—un poco—descabellado; pero nunca había tenido un amigo y esto era exquisito. En muchos cumpleaños deseé un amigo, no obstante, les juro que preferiría quedarme sola a esto.
A las dos de la mañana unos ruidos, que calculé venían de la cocina, me despertaron. Me levanté de un salto de la cama. En este país, eso solo podía significar una cosa: ¡Ladrón! No, no, mi madre, no. Ella trabajaba esa noche, también. Fui por el sable que escondía en mi ropero porque, díganme: ¿A ustedes no les compró uno su madre de niña y las llevó a clases desde los seis años porque pasaban gran parte del día solas en un lugar tan peligroso como su propia casa? Pues a mí sí. Lo desenvainé y fui a la fuente de los murmullos. Solo deseaba que fuera el gatito que se había levantado y no un espíritu malvado que quisiera quedarse con mi alma ¡o peor! ese maldito ladrón de mierda. Miré en todas direcciones, entonces, alcancé a ver una cabeza blanca asomarse por la puerta de la nevera abierta y se me heló la sangre. Yo también hubiese deseado que sea el gatito, o un simple ladrón, pero no. En su lugar un joven alto, albino, de ojos grandes y celestes hurgaba en mi nevera; vestido solo con una de mis viejas playeras enrollada en la cintura. Cerró suavemente la blanca puerta. Me vio en cuestión de segundos. Abrí mi boca para decir algo. No sé qué, pero algo debía decir. Sin embargo, él, al notar que lo que podría salir de mi boca era un grito, me cubrió la misma con las manos y me llevó a rastras de nuevo a mi habitación.
Al minuto siguiente estaba sentada sobre mi cama y con un muchacho frente a mí, sentado en el suelo y mirándome fijamente con un leve rubor en las mejillas. El sable seguía en mi mano, no me lo había quitado, y, después de un gran debate interior, estaba por levantarlo cuando habló:
—Gracias por… aceptarme. —Parecía avergonzado, como si le costara pronunciar esas palabras, no sé si por el hecho de ser un extraño o porque solo llevaba puesta una vieja y posiblemente agujereada playera. Intenté no bajar mi vista para comprobar aquello.
—¿Quién eres? —pregunté instintivamente.
—Oh… ¿No sabes quién soy? —Negué con la cabeza a lo que él pensó un momento haciendo un pequeño puchero—. Quizás se les escapó ese detalle. Mi nombre es Gaiska Milos Kilian Zigor I.
Recuerdo a la perfección que parpadeé tres veces al escuchar su nombre. Ese simple acto encendió una alarma en él.
—No tienes idea de quién soy, ¿cierto? —Negué— ¡Esto no puede ser! ¿Por qué me levantaste si no sabías quién era? —Y se susurró a sí mismo—. Se suponía que tenía que esperarme allá…
—¡Oye, espera! —Me levanté de la cama y lo apunté con el sable causándole un sobresalto. Mi mano no dejaba de temblar, y mi voz la acompañaba desvergonzadamente al fingir valor—. Tú eres el que entró a mi casa a robarme.
—¡Yo no robo! —Se defendió— ¡Tengo hambre! Me diste migajas y mi estómago es delicado. Si quieres llenarlo, debes darme elnofame.
—¿Qué dices? ¡Vete de mi casa o llamaré a la policía! —Puse el sable en su garganta demostrando determinación en mi mirada.
—¡Ok, ok! Parece que hubo una confusión… —se defendió él.
—¿Qué confusión? —pregunté viéndolo directamente a los ojos buscando cualquier rastro de mentira o truco.
—Verás. —Se sentó en el suelo separando las rodillas, juntando los pies, y moviendo sus dedos— ¿Cómo puedo explicarle esto a una niña humana? —Pensó un momento con los ojos entre cerrados, mirando el techo y luego narró con voz fina e irritante—: Soy un ser mágico que viene de un mundo mágico en el que quieren matarme. Entonces vine a esconderme en la tierra e hice un contrato para que un guardián aquí me adopte en el mismo momento en que me tome en sus brazos. Así mi existencia aquí será más sencilla y podré alejarme de los tipos rudos que quieren asesinarme —sonreía.
Lo que dije después fue:
—Llamaré a la policía.
Quise ir por mi teléfono, pero este me detuvo.
—¡No, no! ¡Espera! —Me sujetó de la muñeca— ¿Te lo pruebo?
En medio de la pieza, se posicionó y se estiró como si estuviese por hacer ejercicio. Desvié mi vista al notar las altas probabilidades que tenía mi playera de moverse y mostrar algo que de verdad me desagradaría.
—¿Cuál es tu animal favorito? —preguntó. Eso me desconcertó y respondí casi sin pensar.
—No lo sé… ¿El león?
¿Primer, segundo o quizás tercer grave error? Nunca lo sabremos. El león es un gran animal, peligroso y el cual aparece seguido en largas pesadillas de mi infancia ¿Por qué? ¿Por qué se me ocurrió decir león?
El joven se inclinó y sus músculos comenzaron a crecer como si estuviesen creciendo tumores enormes bajo su piel. Su cabello comenzó a expandirse por todas las partes de su cuerpo. Estaba mutando peligrosamente y yo no podía hacer nada más que acorralarme a mí misma contra la pared. En menos de un minuto tenía un león blanco en medio de mi habitación que se hizo presente con un fuerte rugido. Mi labio derecho comenzó a temblar frenéticamente.
Eso fue el inicio de todo.
Tengo a un tipo viviendo conmigo—completamente oculto de mi madre—, un tipo que puede transformarse en cualquier animal que desee, que es extraterrestre y que no se puede alejar de mí porque sin querer “lo tomé”. Resulta que él, en realidad, estaba esperando a una especie de guardián que lo guíe aquí en la tierra y, en una mala movida de cartas, yo lo terminé adoptando.
¿Eh? ¿Qué por qué no lo dejo donde estaba? Pues porque resulta que al tomarlo también tomé el deber del guardián. Soy su guardián y como guardián una cadena invisible o espiritual, o como sea, me ata a él. Créanme que sí intenté deshacerme de él. Lo dejé donde lo encontré, pero al llegar a mi casa estaba sobre mi cama. Repetí eso varias veces más, pero volvía a aparecer en el sofá, el cuarto de mi madre, bajo mi cama, en mi mochila; y paré cuando apareció en el baño al salir de la ducha. Así que decidí tomármelo en serio.
Soy ahora su guardián y nadie podía deshacer ese error, ni saberlo. Es un completo secreto; ya que si el rumor se esparce, pueden matarlo. Y fue tanta su insistencia que terminé cediendo ¡Ah! Y sobre sus cinco nombres, me decidí por llamarlo como: Kilian, ya que ese era mi personaje favorito de la serie que estaba viendo en ese entonces.
Un extraterrestre de otro planeta que está en guerra. Un príncipe que mandaron aquí para cuidar la corona, la herencia de ese mundo. Así empezó mi vida cuidando de él y llegué a creer que el único problema era su gran estómago y sus malos chistes. Lamentablemente nunca vi venir lo que iba a golpearnos por detrás. No quería hacerlo.
Capítulo 2
La ropa cuesta una fortuna, sobre todo la tuya
Mi mano izquierda golpea incesantemente el lápiz contra el escritorio. Mis ojos están puestos en el libro de historia. Veo las letras, pero no comprendo nada. Solo escucho una vocecita distrayéndome.
—Canta y baila, baby… —canta— que tú me sacarías de aquí…Y si te tuviera conmigo, te…
—¡Ay! ¿Puedes hacer silencio? —grito cuando mi paciencia toca un fondo nada profundo—. Intento estudiar.
—Me aburro. Hagamos algo divertido —dice sentándose en mi cama, la cual acababa de ordenar, pero con tal de que no moleste lo dejo estar donde quiera. Comienzo a entender a las madres de niños chiquitos.
—No, Kilian. Debo terminar con mi tarea de verano e ir a trabajar. Ya te dije que mañana comienzo las clases y en este mundo el último año de secundaria es el más importante.
—Entonces déjame salir a pasear un rato ¡Es odioso estar aquí encerrado todo el día! —vocifera.
—No —sentencio.
—¿Por qué?
—Mm… —Pienso poniendo el lápiz en la comisura de mi boca— ¿Será porque la última vez que saliste te convertiste en un cocodrilo de dos metros y medio y asustaste a toda la ciudad?
—Ya te dije que eso fue porque aquel tipo estaba molestando a esa chica. Solo quería asustarlo —Aunque estoy dándole la espalda puedo sentir sus ojos grandes de gatito mojado tras de mí. Pone esos ojos grandes y azules seguido, ¡pero no caigo en eso! Casi nunca…
—Hasta la televisión fue a verte, ¡y control animal, también! Tuve que salir de mi trabajo para ir a buscarte y no fue fácil sacarte de ahí.
—Lo sé, lo sé. Pero… —Escucho un segundo de silencio a mis espaldas y sé, perfectamente, lo que significa. Desde atrás llega a posarse en mi escritorio un sapo albino que me provoca un sobresalto— si me sacas como humano no tendrás tantos problemas, ¿no crees?
Ruedo los ojos y lo miro fijamente.
—Un sapo, ¿en serio? Detesto los sapos.
—¿Verdad? —pregunta emocionado—. Estuve trabajando en él ¡cuando me encerraste en el armario de tu madre! Fue tan perturbador —No duda ni un segundo en poner su voz fingida de víctima.
Es difícil explicar que tienes guardado en tu habitación a un tipo que puede transformarse en el animal que desee. También es raro que tu gato, perro, sapo, araña, cocodrilo te hable cuando tiene hambre, sueño, está aburrido, cansado, molesto. Sí, mi vida no es tan fácil desde que accidentalmente me convertí en su guardián. Tampoco es que fuese tan fácil antes. Además, debí comprarle ropa de la tienda que me costó la mitad de mi sueldo. Tan solo tengo diecisiete años y ya estoy pensando en suicidarme por el estrés, pero no lo hago, ya que todas mis alegrías se las debo al chico que es la razón por la que me levanto todas las mañanas ¿Qué están pensando? Obvio no es Kilian, sino Nill; el chico más apuesto de la clase, amable, considerado, elegante…
—Oye…
De brazos fuertes, manos grandes, ojos verdes y su cabello rojizo…
—Oye…
Siempre hace ejercicio para mantenerse en forma y trabaja en…
—¡Chiara! —El grito de Kilian me trae de nuevo a la realidad.
—¿Qué quieres, animal? —Le devuelvo el grito.
—¿Puedes ya bajar de las nubes? Te estoy diciendo que tengo hambre —se queja.
—Ay, tú siempre tienes hambre. Vas a fundirme la heladera.
—¿Puedes ya darme algo de comer y dejar de quejarte? Te recuerdo que soy de la realeza y un ser muy peculiar ¡Necesito atención!
De repente me encuentro llorando sobre mi libro de historia, como lo hago habitualmente, cuando de la nada mi teléfono suena. Era la alarma de “¡ÚLTIMO AVISO!”.
—¡Ay, ya es tarde! Debo ir a trabajar.
Oigo a Kilian quejarse con un fuerte “Ah” para luego seguir quejándose mientras yo guardo las cosas en mi mochila y me cambio mi saquito azul con agujeros debajo de los brazos por uno negro, elegante y con el logo de la tienda. Y antes de que diga otro ah, lo meto en la mochila también y salgo corriendo a tomar el colectivo lamentándome por haber tocado un sapo.
El hecho de que no podamos separarnos lo obliga a seguirme a donde vaya ¿Ventajas? Avísenme si ven alguna. No puedo estar a más de cien metros lejos de él. Qué romántico ¿no creen? Es…una…pesadilla. Es decir, no es que me caiga mal, pero ¡Toda la vida tuve privacidad que perdí en un solo día! Es un cambio significativo para mí. Aunque ya haya pasado un mes, me cuesta acostumbrarme a él.
Son las dos de la tarde y ya estamos en el local. Trabajo en la tienda “Dulce Blancanieves”, un local de ropa para gente rica. Pagan muy bien. Tuve que pasar un casting para conseguir el empleo. Dado que la dueña no es muy amigable con la clase trabajadora, tuve que decir que quería el empleo para conocer gente nueva luego entrar a una escuela de moda en París. Aún no sé cómo me creyó eso. Pero, con eso y todos mis encantos lo conseguí y, pues, aquí estoy, trabajando en un local con luces led en las ventanas y perfume a jazmín. Sin embargo, sobre todo, lo que más importa es que Nill trabaja justo en el restaurante de enfrente.
Y ahí estoy yo viendo al amor de mi vida servir mesas, vestido de traje, con moño y zapatos brillantes. Justo así es como me lo imagino esperándome en el altar, solo debo agregarle un saco y una rosa azul en su pecho.
—Chiara ¿Puedes dejar de verlo? Tus suspiros me molestan —habla Kilian.
—Ay, cállate. A mí me molestas tú y, sin embargo, te doy de comer. —Me defiendo con la frente en alto.
—Oh, eres tan generosa —dice en un tono sarcástico para luego meterse otra empanada, completa, en la boca—. Por cierto. —Mientras lo escucho me levanto a acomodar unas prendas que están junto a la vidriera para tener una mejor visión de Nill, quien acaba de salir a sacar la basura. Escucho a Kilian acercarse a mí por detrás hasta tener su cabeza sobre mi hombro para ¡hablar y masticar al mismo tiempo!—. ¿Por qué te gusta tanto ese chico?
—¿Qué? ¿Estás celoso? ¡Y que no te enseñaron modales en tu castillo!
—Los humanos tienen modales raros —se excusa y luego de tragar responde sin importancia—. Y no. Es que no entiendo qué le ves de lindo.
—Bueno, es alto… —comienzo a decir mientras veo cómo sube la bolsa negra para dejarla en el cesto.
—Yo también soy alto.
—Pff… —exclamo— no es lo mismo. Nill es fuerte...
—Yo también. —Vuelve a interrumpirme.
—Humano…
—Tam… oh…
Rio al ver su confusión. Sin embargo, su sonrisa burlona vuelve en segundos.
—Pero, sigo siendo más genial.
—Ajá, sí, claro. —Y volviéndome a la vidriera agrego— ¿Quieres salir? Me distraes mientras admiro lo maravilloso que es.
—Eres tan empalagosa que con gusto me retiro.
Pero cuando quiero acordar, mi amor ya se había ido. Frunzo el ceño y suspiro resignada.
—No sé cuándo será ni cómo, pero llegará el día en que nos casemos y vivamos felices para siempre —digo con mis manos en mis mejillas y saltando en un pie.
Kilian se sienta sobre el mostrador y come la última empanada de la bandeja. En ese momento, una mujer alta y bien vestida, de cabello corto y castaño, y con grandes joyas de oro y lentes de sol se asoma por la puerta. Puedo decir, fácilmente, que es una copia de todas las mujeres que vienen aquí. Y fue justo cuando ella me mira que entro en desesperación. Veo a mi derecha y veo a Kilian acercarse.
—Hola ¿En qué puedo ayudarla, bella señorita? —pregunta amablemente sin olvidar la sonrisa para luego tomar su mano y besarla con delicadeza.
—Oh, qué gentil joven. —La mujer ríe con timidez— Estoy buscando un abrigo. Para regalo.
—¿Regalará un abrigo? Eso solo puede hablar de lo buena persona que es —la alaga. Después me dice a mí empalagosa cuando él es peor—. Por favor, acompáñeme. Le mostraré lo que tengo.
Saca varios abrigos y llena cada uno de ellos de palabras tan encantadoras que daban ganas de comprarle cada uno.
—¿Conoce la talla de la persona a la que se lo regalará? —pregunta colocando una de las prendas sobre la señora y volteándola para que se vea en el espejo. Se trata de un tapado largo, azul eléctrico que no se aleja en lo más mínimo de lo elegante, pero resalta como una figura a color en un ambiente monótono—. Este le queda ¡espectacular! —susurra en su oído.
—Jo, jo. Sí, creo que tienes razón —contesta ruborizada—. Llevaré este para mí ¿Y para mi amiga? —Mira con detenimiento las prendas sobre el mostrador.
—Si van al mismo evento, sugiero este. —Le muestra un tapado de piel sintética en color beige y con decoraciones internas en hilo dorado— Quedará bien y usted resaltará como nunca.
La mujer queda enamorada con la idea de Kilian. Por supuesto ¿Quién mejor para conocer los intereses de los ricos que un miembro de la realiza? Gasta ochenta mil pesos esa señora. Recibiré felicitaciones cuando la jefa venga a contar el dinero al finalizar el día. Quizás no sea tan malo traerlo al trabajo después de todo.
Cuando la señora está por irse, la nariz de mi amigo comienza a moverse.
—Disculpe, señorita. Pero… ¿acaso usted lleva carne en su bolso? —pregunta el descarado.
—Oh, sí —responde la señora como si fuera lo más normal del mundo—. Compré un poco de carne seca antes de venir aquí.
Y como si fuese poco, en ese momento, un ruido truena en el salón. Inconfundible para mí, se trata del estómago de Kilian haciéndose presente como el rugido de un monstruo que se acerca para comer todo lo que se cruce en su camino.
—Mis más sinceras disculpas —habla él—, pero es que hoy no desayuné…ni almorcé. El trabajo es duro.
Mentiroso, infeliz. Sí, desayunó hoy y la hora de almuerzo es a las doce del mediodía. Recién son las diez.
La señora no duda en sacar de su bolso algunas tiras de carne y se las regala a Kilian, quien las recibe con mucho agradecimiento. Y, para finalizar, nos invita a comer al restaurante de enfrente ¿Me niego? Obviamente no. Ahí trabaja el galanazo de Nill y puedo verlo de cerca en todo momento—mientras me camuflo con unos lentes de sol y una gorra negra (Gran disfraz)—. Además, estoy contenta de que no nos haya atendido él, no podría soportarlo.
En fin, Kilian es un buen amigo. Nunca me deja atrás y eso solo habla de lo buena persona que es. Creo que podríamos tener una fuerte y firme amistad, si es que no nos matan en el camino.
Capítulo 3
La confianza se gana viendo a la muerte a la cara
Ya unos días después, son las cinco de la tarde y recién terminé de trabajar. Voy caminando por la calle con Kilian a mi lado, en forma de gato, cuando pasamos junto a una tienda de mascotas donde me detengo. Observo las correas y collares en la vidriera y una idea se me viene a la cabeza. Me inclino para ver a mi gatito a los ojos y le advierto:
—Quédate aquí. Volveré enseguida. Solo compraré algunas cosas.
—¿Qué vas a hacer? Entraré contigo.
Comienza a seguirme, pero lo detengo.
—No. Te quedas aquí y punto —sentencio.
Entro a la tienda donde me atiende una chica que rebosa alegremente de energía positiva. Cabello corto y demasiado joven para ser mayor de edad. Mi idea es comprar un collar y una correa para Kilian, así podré tenerlo más controlado; pero ¿qué color debería llevar? ¿Celeste para que combine con sus ojos o verde como los ojos de Nill? El rostro de mi amor aparece en mi mente y no puedo evitar sonrojarme, sin embargo, noto la extrañeza de la chica al ver mi rostro de ensoñación. Por lo que me despido de Nill en mi mente. Bien, entonces ¿Verde o azul? ¡Oh! Tal vez rosa. Le quedaría bien ese color. Aunque, pensándolo bien ¿Sería muy inhumano ponerle una correa? Pero, después de todo, hasta los padres les hacen eso a sus hijos, pero... De todas formas, no podemos separarnos tanto, pero… ¡Ay, es que yo quería una mascota! Estoy por elegir la rosa cuando unas garras se clavan en mi hombro haciéndome pegar un fuerte grito de dolor.
—¡Bájate, salvaje! —le grito a Kilian, quien se subió a mi hombro rasgándomelo sin piedad.
—Tenemos que irnos, ya —me susurra al oído.
—¡Qué te bajes, te digo! —repito enfadada.
Un hombre entra a la tienda llamando la atención de todos allí. Era muy alto, de músculos prominentes como un luchador de lucha libre, piel que parecía pintada con cenizas y ojos rojos brillantes que dudo mucho que se trate de lentes de contacto. Puedo sentir el peligro en los huesos como un cosquilleo doloroso y solo musito:
—Bueno, tal vez sí deberíamos irnos.
Me tiemblan las rodillas tan solo verlo. Además, el hecho de que Kilian—quien suele regañarme por levantarme en las noches a revisar la casa por si se pudiese haber metido alguien (lo cual tiene mucha lógica que lo haga, teniendo en cuenta la forma en que nos conocimos)—se haya asustado tanto que me ponía nerviosa.
—Si quieres salir de aquí, asegúrate de que no me vea —me susurra Kilian al oído.
Mientras todo el mundo está distraído con el exótico hombre, intento deslizarme por las paredes laterales para salir por la puerta. Mas para mi tan podrida desgracia, él desliza su mirada por todo el lugar buscando algo o alguien quien al parecer se encuentra junto a mí. Me petrifico en ese instante.
—Ok… —dice Kilian— ¡Ahora corre!
Meto a correr sin cuestionar nada. Debería comenzar a practicar mi resistencia, mis pobres piecitos ya no aguantan. Esos ojos parecen los de la mismísima muerte mirándome. Voy atropellando a todo el que se cruce en mi camino sin pensar en nada más que en mi propia necesidad ¡Mi vida es importante para mí! Correr, correr y salvarme. Solo puedo pensar en eso. Ah, y claro, salvar a Kilian también, dado que soy su guardián y…es mi deber ¡Maldición, Chiara! ¿Qué no puedes correr más rápido?
—¡A la izquierda! —grita el gato.
Giro a la izquierda y me meto en un callejón. Al ver la enorme pared entra por mis oídos el sonido de los pasos veloces del hombre que seguramente nos sigue.
—¿Estás loco? ¿Por qué me has hecho doblar? ¡No hay salida! ¡Pero claro! ¿Cómo te hago caso si ni siquiera eres de aquí? Que estúpida —lo regaño o me regaño ¡Ya no importa! Porque me ignora, pues solo se queda allí, viendo la pared. Automáticamente veo a todos lados buscando algo con lo que me pueda defender ¡Pero lo único que encuentro es una escoba! Bueno, no hay pedo. La confianza es lo primero, eso decía mi maestro de esgrima ¡Confía en ti, Chiara!
Estoy concentrándome en la autoconfianza que perdí al nacer, cuando noto que el gato respira tres veces. Sus músculos crecen de repente y su tamaño se cuadriplica. En un instante el pequeño gatito se vuelve un olvido y le da lugar a un gorila blanco de ¡tres cabezas más grande que yo!
—Súbete —ordena.
—Ni loca. Tienes la espalda toda peluda —contesto, pero la llegada del hombre gris me hace cambiar de opinión—. Ok, tú mandas.
Me subo a su espalda con algo de desprecio y él comienza a trepar la pared. En ese momento me aferro más a su cuello. No te caigas, no te caigas, no te caigas.
—No me ahorques —musita con la voz entrecortada.
—Lo siento —me disculpo—. Pero más te vale que no me tires porque soy capaz de matarte yo misma.
Miro hacia atrás y veo al hombre sacar una especie de ballesta dorada para luego apuntarnos con ella.
—¡Está armado! —le grito a Kilian en un ataque de pánico.
—No me digas —contesta concentrado en escalar—. Si su deber es matarnos no lo hará con una cuchara.
—¿Matarnos? —grito de nuevo.
El gran gorila cruza la pared llevándonos al techo del edificio. Va hasta la otra esquina a ver el terreno. En ese momento, mientras yo espero una respuesta, sus instintos animales se activan. Se voltea y se acerca a mí con brusquedad. Pienso que se me va a tirar encima, pero en su lugar ataja una flecha que iba directo hacia mi cabeza rompiéndola en el intento.
—¡Agáchate! —me tira del brazo hacia abajo.
—Más cuidado —me quejo—, tienes los brazos de un mono.
El sonido de flechas clavándose en los ladrillos me pone los pelos de punta. Kilian se va al otro extremo sin decir nada. Lo sigo, sin levantarme, y pregunto:
—¿Qué piensas hacer?
—Volar —contesta—. Es la única salida.
Siento el ácido del vómito hacerse presente en mi garganta. No pienso hacerlo, claro que no. Un águila. Se transforma en un águila de un metro y medio. Por supuesto que no pienso subirme, pero los golpes que se hacen más fuertes a cada segundo comienzan a convencerme. La muerte se aproxima y ni siquiera le dije a Nill que lo amo. Vaya vida que tuve.
—Extiende tus brazos a los costados —ordena.
Ya ni sé si contradecirlo, simplemente le hago caso de nuevo y con sus patas me toma, delicadamente, por los brazos—es bueno que escuche lo que le digo— y sin esperar mi bendita aprobación se lanza al vacío. Pego un grito tan fuerte al ver la acera acercándose que siento mis pulmones romperse. Pero no la toco, gracias a Dios no toco el frío suelo que ya olía a muerte, una muerte boxeadora. Comienzo a volar antes de eso. El hombre al vernos desde el techo del edificio tira flechas a más no poder, como si fuesen balas, y Kilian esquiva cada una, al menos desde mi punto de vista.
Remonta vuelo tan alto que el oxígeno parece acabarse. Por suerte, no tarda en buscar un buen lugar para aterrizar.
Alcanzamos a tocar suelo tras el Planetario Galileo Galilei, su forma redonda, los árboles rodeándolo y el atardecer hacían que el lugar esté cubierto por una enorme sombra que causa leves oleadas de frío, las cuales me congelan los huesos y alejan a la gente que busca sol. Por ello, estamos prácticamente solos. Kilian vuelve a la normalidad de inmediato, y se acerca al lago que está a nuestra derecha. En cuanto se aleja de mí me llama la atención su tobillo, ya que noto un tono carmesí que mancha su pantalón. Seguramente una de las flechas que iba hacia mí le pegó a él.
—Kilian, tu tobillo —lo alerto y me acerco a un trote veloz.
—No pasa nada —contesta.
Se inclina a orillas del lago y se limpia la herida con agua.
—Deberíamos ir al hospital —insisto—. Esa agua no está limpia.
—Oye. —Se pone de pie de un salto en cuanto termina de escucharme— Nos está persiguiendo un asesino serial que quiere matarme, que quiere matarte, ¿y piensas en ir al hospital? Bueno, al menos que nos mate donde puedan salvarnos, ¿no?
—¡Ay! ¿Puedes dejar de tratarme como una tonta por solo un momento? —El estrés se apodera de mí y dejo de medir mis palabras— ¿Qué quieres que haga? Nunca me persiguieron para matarme. No sé qué pasa y tú solo me haces enojar al enojarte. Sé que no soy tu guardián esperado, pero por lo menos ten consideración de que ¡no tengo idea de lo que ocurre! Además ¿Por qué? No hice nada y tú…no hiciste nada, ¿verdad?
¿Cuál fue su respuesta? Mirarme con obviedad. Sí, era obvio que algo había hecho. Estaba a punto de preguntar qué cuando la cosa cae del cielo detrás de nosotros.
Capítulo 4
Cuando tu salud es mi prioridad
—Majestad —anunció su llegada un hombre joven, de ojos rasgados, con una sonrisa placentera en los labios y sosteniendo un oculus en su mano derecha, un artefacto que permite ver el presente en otras partes del mundo—, encontramos al guardián.
—Perfecto, Gravibus, pero… —La mujer, sentada en el gran trono hecho de oro sólido, se percató de repente de la expresión sombría de su siervo de ojos rojos y piel de ceniza quien había ingresado al salón junto a Abbot— ¿Por qué la cara larga? ¿No es bonito el mundo humano?
—No, señora —contestó este, algo dudoso. Se mantenía pensante, queriendo con todas sus fuerzas que algo lo salvara de dar las malas noticias, pero esa ayuda nunca llegaría para él—. Me temo que el príncipe no está con él.
—¿El príncipe no está con su guardián? —preguntó pensativa y un tono de sorpresa. Las cosas no solían salirse de los planes del rey— ¿Entonces está muerto? —asumió—. Pero la luz de la corona brilla como siempre. Solo cuando se apague podré coronarme.
Sus uñas chocando en el trono hicieron eco en el silencio del lugar.
—Si el príncipe no está con el guardián significa que, o está solo o tiene otro guardián y los reyes nos engañaron —afirma ella.
—¿Los matará? —interrogó Abbot ahogando una sonrisa para verse profesional.
—No antes de que Gravibus aniquile al príncipe. El rey puede ser muy difícil de someter y la muerte de su hijo es nuestra mejor carta. Escucha —se dirigió a Gravibus—. Si no está con el guardián, está solo. Búscalo y mátalo. Será más fácil entonces. No olvides eliminar a quien se interponga.
—¡Sí, señora!
Estaba por irse cuando ella lo detuvo con su voz haciéndole cosquillas en la nuca.
—No olvides que su muerte es justicia. Nuestra libertad y la de todos aquí. Si no cumples, vivirás en las tinieblas hasta que te quedes ciego.
—¡Sí, señora! —contestó después de un pesado trago de su propia saliva.
Esa bestia corpulenta que carga una ballesta cae del cielo haciendo que nos llevemos el susto de nuestras vidas…Bueno, más yo que Kilian, pues él se dispuso a hacerme a un lado y ver de forma desafiante al hombre. Estaba dispuesto a enfrentarlo. Envidio su valentía.
—Escóndete —me ordena.
Como si pensara hacer otra cosa. Corro a esconderme en un hueco que da a la puerta trasera del planetario.
—Oye, oye —canta Kilian al encontrarse a solas con ese sujeto—. El viejo y torpe Brutus ha venido a visitarme. Oí muchas historias de ti ¿Es cierto que intentaste robarle a mi abuelo?
—Mi nombre es Gravibus, escoria mal nacida —contesta de mal humor.
—¡No lo molestes! —le grito a Kilian— ¿No ves que está enojado?
—Hazle caso a tu guardián, niño —habla este con voz ronca y tan grave que sentí temblar la tierra.
—¿Cuál guardián? —contesta apresuradamente el albino— Yo estoy aquí solito. —Y con la última palabra le lanza una mirada burlona que provoca a Gravibus y lo lleva a lanzarle una flecha que Kilian no tarda en esquivar.
—Ay, debo alejarlo de la tele —me digo a mí misma. Sin embargo, agradezco los benditos reflejos que se carga.
El grandulote lanza flecha tras flecha y, con saltos y volteretas, Kilian esquiva todos. Nunca imaginé que un príncipe se defendiera tan bien ¿Qué les enseñan en su mundo? Me siento una inútil aquí escondida, ¿pero qué puedo hacer? Miro a todos lados y diviso unas piedras. Podría arrojárselas a Kilian para que deje tranquilo al asesino serial y podamos escapar vivos de esta.
—¿Nunca has pensado en cambiar de arma? Eres muy malo con esa cosa. Ten cuidado, te puedes lastimar.
Gruño disgustada. Si sigue siendo tan cargoso empeorará la situación y me decidiré por tirarle una piedra a la cabeza.
—¡A ti es a quien voy a lastimar! —grita Gravibus intentando pegarle con la misma ballesta, pero algo ocurre. Se detiene a medio camino.
—¿Qué te pasa? ¿Te asustaste? —Kilian ríe. Sin embargo, esa risa se va apagando cuando el hombre se voltea y me ve fijamente a los ojos. Y entre paso y paso, comienza a correr hacia mí—. ¡No, espera! ¡Aún no te pregunté tu animal favorito!
Veo al hombre acercarse como una bala de cañón mientras Kilian corre detrás. El pánico me abate y no puedo moverme. Mi amigo me grita algo, pero no logro escucharlo. Los sonidos no llegaban a mis oídos. El golpe está a pocos centímetros cuando Kilian se atraviesa en una maniobra que no veo y recibe el ballestazo por mí. Recién en este instante comienzo a escucharlo:
—¡Corre!
Hago mover mis pies y corro hacia un costado. Esa distracción provoca que Kilian recibiera otro golpe haciéndolo volar unos tres metros y estrellándose en la tierra violentamente. El grandote camina hacia él, listo para dar un golpe final ¿Por qué? ¿Por qué no se transforma en algo y lo muerde? No sé qué hacer. Recuerdo las piedras de hace unos minutos ¿Me atreveré? Nunca me imaginé estar en una situación similar ¿Realmente seré capaz de golpear a un hombre en la cabeza con una piedra? Veo que Kilian intenta levantarse con tanta dificultad y jadeando de dolor que dejo de pensar ¡Vamos Chiara, para esto tomaste clases de esgrima diez años! Solo tomo la más grande y corro para golpearlo en la nuca. Este se congela en el acto y un segundo después, cae. Noto los ojos de Kilian asombrarse ante mi figura y mi ceño fruncido tras la derrota del grandote. Suelto la roca asustada cuando retomo mi conciencia.
—Bien hecho —me felicita Kilian aún en el suelo, algo adolorido y con una expresión de estupefacción metida en la cara.
—Ay, no puede ser ¿Lo maté? —digo con las piernas temblando.
—Esperemos que sí —bromea.
—¿Estás loco? ¡Fíjate si no lo maté! Ay, Dios mío. Esto no puede estar pasando. No quiero cargar con esa culpa.
—Ya, cálmate. No pasa nada. Vámonos antes de que despierte, ¿quieres?
Se inclina convirtiéndose en un jaguar blanco y me hace señas para que me suba, sin embargo, no lo hago. Mi mente sigue sin reaccionar por completo ¿Cómo se lo toma tan a la ligera? Acabo de… ¿qué? ¿golpear a un tipo con una roca y prácticamente casi matarlo? ¿Y lo dejaré ahí sufriendo? No puedo con esto. Miro a Kilian y la sangre que se esparce por su pelaje blanco me lleva a retomar un pensamiento: ¿Por qué no se transformó antes? Es extraño. Todo el tiempo me molesta con sus transformaciones, pero cuando debe usarlas, no lo hace.
—¿Prefieres volar de nuevo? —Su voz me despierta.
—Eh…no —contesto y, solo pensando en él, me subo a su lomo.
Aunque no pudimos andar mucho ¿Un jaguar blanco en plena capital? Simplemente fuimos hasta un callejón cerca de la estación y él volvió a ser un gatito que acurruqué en mis brazos hasta llegar a casa.
Gravibus despertó en el césped húmedo por el rocío y con un dolor que le partía la cabeza. De repente, una oscuridad lo rodeó tapando desde las estrellas hasta las luces de mercurio. Se preguntaba qué había sucedido hasta que se dio cuenta de esto. Se puso de pie como un rayo y vio aparecer entre las sombras a aquella mujer de rostro angelical, cubierta en brillos dorados y unos ojos color sol radiantes acompañada de aquel que controlaba la oscuridad atado con cadenas en manos y pies. Se arrodilló ante su presencia.
—Mi pequeño Gravibus —dijo Domina—. Fallaste ¿Qué debería hacer contigo?
—Prometo que no volverá a ocurrir, señora —afirmó el hombre con las gotas de sudor corriendo por su rostro.
La mujer caminó a su alrededor, a paso lento y pasando su bastón por la nuca de su lacayo. Pensaba y él también intentaba descifrar lo que ocurría dentro de esa cabeza, saber de antemano si moriría ese día o tendría una nueva oportunidad. Por suerte, los vientos soplaron a su favor.
—Solo una más —anunció Domina, de forma pausada y poniendo énfasis en cada palabra.
—No se arrepentirá.
—Quizá el príncipe tenga razón y necesites un arma más fuerte que esa ballesta. Después de todo, el guardián no la utiliza como pensábamos…
Para ella siempre era mejor asegurar el éxito a la primera. Aunque deba fallar mil veces antes de eso.
Sacó de su bolsillo una pequeña caja y le pidió a Gravibus que extienda su mano derecha. Cuando abrió la caja una luz verde lo sorprendió. Era el honor más grande que podía recibir, la muestra de confianza más pura que ella le podía dar. Domina colocó esa luz sobre la mano de su lacayo y en él dejó su justicia anhelada.
Capítulo 5
La decisión del destino de mi vida
Para las ocho de la noche ya estamos en mi habitación. Tengo a Kilian atravesado en mi cama, con los pies colgando, mirando el techo mientras desinfecto la herida de su tobillo. No habíamos cruzado una sola palabra en todo el viaje, ni cuando llegamos. Solo le pedí que se acomodara para poder curarlo. No se resistió en ningún momento, al contrario, me obedeció como si fuera su madre. Luego de vendarle el tobillo, le pido que se siente. Lo hace de inmediato, a un ritmo lento y doloroso. Observa la nada todo el tiempo y en ningún momento cruzamos miradas.
—¿Puedes quitarte la camiseta? —pregunto.
Un leve sonrojo parece teñirle las mejillas, pero no se resiste. Se quita la camiseta y observo los golpes que tiene en brazos, cuello, espalda y torso. Sus músculos estaban afectados y puedo jurar que le duele, aunque no lo demuestre. Mantiene la mirada cabizbaja, pensativo. Seguramente por lo que acababa de pasar.
—Voy a buscar una pomada para los golpes. Quédate aquí.
No espero respuesta antes de salir, pues sé que no la tendré. Además, creo que es bueno que esté un momento solo, al igual que yo. En un minuto corro al baño y tomo la crema. Me detengo un instante ahí. Ese es el primer momento que tengo de soledad en todo el día, o mejor dicho, el primer momento de soledad que tengo en semanas ¿Qué es lo que estoy haciendo? Miro el frasco. Pronto hará un mes desde que encontré a Kilian. Al principio pensé que estaba jugando, parecía que le encantaba hacer bromas ¿Qué están persiguiéndolo para matarlo? Sí, cómo no ¿Qué el contrato del guardián no puede romperse? Ajá, entiendo si necesitas ayuda. Pero… creo que nunca lo vi tan real. Estaba pensando que se trataba de un sueño o un juego solamente. No lo creí real hasta que lo vi ahí, tirado, golpeado, literalmente con la vida en las manos. Solo volvió a respirar cuando Gravibus calló. Esto me hace cuestionarme si estoy lista. Nadie me preguntó si quería esta responsabilidad. No sé si podré con esto y ahora no puedo dejarlo. Una lágrima moja mi mano y por eso noto que están raspadas. Siento el peso de todo lo que acababa de pasar en mi cuerpo, siento cómo esos golpes caen, de repente. Duelen. Ya intenté alejarme de él y no pude. Eso… ¿fue muy cruel? Pude haber intentado con más fuerza, pero ¿saben qué? No lo hice ¿Por qué? Aún no lo sé. Creo que esta pelea fue un golpe de realidad para ambos.
Levanto la mirada, veo mi reflejo, seco la lágrima y regreso.
Kilian está justo donde lo dejé. Comienzo a curarlo por sus brazos, luego su abdomen, sin mencionar palabra, y estoy por pasar a su cuello cuando, de la nada, este habla al fin:
—¿Estás bien?
Sé que algo no está bien desde que noté que no se transformaba, pero su pregunta me desconcierta. Siento que es un buen momento para dejar salir los sentimientos, sobre todo para que él se sienta libre de hacerlo.
—Sí… —murmuro, y sigo aplicando la pomada. Pienso un momento antes de decir lo que tengo en mente, pero no creo poder reprimirlo—. Lo siento —suspiro y me voy tras él, en la cama, para pasar a su espalda. Ahí, en su nuca, veo una especie de tatuaje, como un círculo celeste que parecía tener estrellas que se mueven y giran. No sé qué es eso y no creo que sea una buena idea preguntar ahora. Simplemente lo dejo pasar y continúo con mis disculpas—. Soy una cobarde, no puedo con estas cosas. Nunca pude. Cuando me dijiste que querían asesinarte pensé que exagerabas. Nunca creí que fuese real. Nunca hago nada bueno por los demás, me aterra. Y cuando pienso ayudar a alguien resulta…resulta que eres un extraterrestre y sin querer acepté una responsabilidad que ahora no puedo dejar. —Rio sintiendo lástima por mí misma— Lo siento, tú deberías estar con alguien que pueda cuidarte. Yo le tengo miedo al peligro. Lo lamento.
—En realidad —dice—, pensaba disculparme yo. Pero ya lo has hecho tú tres veces en un diálogo—Ríe, levemente, y al final lanza una pequeña tos por el dolor.
—¿Estás bien? —pregunto preocupada.
—He estado peor —La tos le hace doler los músculos—. No te preocupes.
—Kilian… —llamo. Me pone nerviosa preguntar sobre sus transformaciones, pero me preocupa mucho más su condición— ¿Por qué no te transformaste en la pelea?
—Ah… —suspira de repente y se estira—. Tengo hambre.
—¿Tan malo es para que no quieras hablar?
—No. —Se voltea y me mira a los ojos— Literalmente tengo hambre. No como nada desde el mediodía. Todas las transformaciones que tuve gastan mi energía. La verdad, tenía planeado escapar y no pelear. No pensé que nos fuese a atrapar. Por eso gasté mis energías en transformarme antes y ya casi no tenía cuando llegó el grandote. Junté mucha fuerza para salir de ahí. Pero fue un segundo que nos detuvimos y nos alcanzó. —Chista molesto consigo mismo.
—Oh, entonces, te traeré algo de comer ahora mismo.
—Te lo agradezco… —contestó frotándose la cara, cansado.
Lo dejo acostarse en mi cama mientras voy a buscar algo de comida. Casi siempre lo bajo y lo hago dormir en su camita, aunque sé que en la noche se sube y se acuesta a mis pies. No sé hasta qué punto verlo como una mascota. Creo que…nunca había pasado tanto tiempo viendo su rostro ¿Cuánto aprecio le he juntado a Kilian en este último tiempo?
Hago un sándwich de queso y tomate, lo único con lo que cuento en estos momentos, y vuelvo a mi cuarto. Allí Kilian está revisando los cajones de mi cómoda y sacando una gran cantidad de fotografías, y no fotografías cualquieras, sino ¡fotografías de Nill!
—¿Qué haces? —grito sorprendiéndolo.
—Oye, no creí que estuvieras tan loca por este tipo.
—¡Ya deja eso!
Dejo la comida en la cama y corro en busca de mis fotos mientras Kilian se voltea en busca del sándwich. Junto rápidamente todo y las vuelvo a guardar donde estaban. Las tenía organizadas cronológicamente y ahora deberé volver a hacerlo, pero tendrá que ser después. Después de que lo regañe con todo lo que tengo, pero voltea y dice:
—Gracias por salvarme. —Y sonríe. Me sonríe, con ternura ¿Pueden creerlo? Porque yo no. Es la primera vez que me sonríe de esa forma, o mejor dicho, sin burlarse—. Fuiste muy valiente. Me sorprendiste. Francamente, creí que eras una niñita débil que no puede ni consigo misma. Ni siquiera sabía qué hacías con ese sable. Pero me equivoqué.
—Eh… —Me deja sin palabras. Siento un calor en mi rostro. Me volteo, sin mirarlo, solo viendo el cajón cerrado, contesto— Gracias a ti…por salvarme la vida.
Esta vez soy yo la que sonríe tiernamente. Aunque debo recalcar que la sonrisa es mutua, solo por unos segundos, pues parece que la suya desaparece y solo me contempla. Fue solo por un segundo y luego vuelve a sonreír con más ternura que antes. Como si un pensamiento lascivo se hubiese cruzado por su cabeza en un instante.
—De todas formas, eres una loca desquiciada por estar tan obsesionada. —Ríe como siempre.
—¡Ay, cállate! —contesto olvidando cualquier gesto tierno.
Capítulo 6
Las cortinas de un plan perfecto
Lunes: seis de la mañana. Mochila, lista. Lista de tareas, lista. Kilian durmiendo, listo. Así que es hora de irme antes que despierte.
Hoy me desperté muy temprano. No tengo intenciones de hablar con Kilian después de la discusión de ayer ¿Cuál discusión? Recordemos:
—Mañana empiezo la escuela. Así que estuve pensando y creo que lo mejor será que te quedes aquí —le dije cuando le alcanzaba la cena.
—¿No me dejarás salir de la torre? —Odio cuando usa sus ojos grandes y celestes en mi contra.
—En la mañana habías dicho que te querías quedar.
—Pues me retracto. Ahora sé que me están buscando y es peligroso para ambos ¿Qué haremos si nos agarran separados? Probablemente te maten o te torturen hasta que sueltes dónde me tienes escondido.
—No voy a discutir esto. No pienso llevarte a la escuela —sentencié dejando el plato sobre la mesa y caminando de nuevo hacia la puerta.
—Entonces me abandonarás.
—No te abandonaré. —Bufé— Solo iré a la escuela. No puedes ir conmigo. No permiten mascotas.
—Estás en peligro —dijo con un no tan sombrío que la mitad de su rostro se oscureció.
—¡Tú estás en peligro! No me importa. Solo son cinco horas.
—No te irás de aquí sin mí. —Esas palabras despertaron toda la ira en mi interior. Así que callé y no le volví a dirigir la palabra. Si algo me hace enojar, es que me den órdenes contra mi voluntad. Mi madre siempre decía “Nunca permitas que nadie, y menos un hombre, te diga qué hacer”.
Todo esto tiene un trasfondo, no puedo negarlo. Todas las vacaciones estuve ideando un plan a prueba de tontos para poder compartir algunos momentos junto al amor de mi vida.
Para las siete y veinte ya estoy en la puerta del salón de clases. Ahora solo debo esperar a que Nill llegue. Cuando se esté acercando, sutilmente me meteré al salón y me iré al fondo. Luego, esperaré a que entre y una vez que se siente, en el ante último banco de la tercera fila, como todos los años, yo me sentaré detrás. Sí, es un plan infalible y nada puede salir mal. Antes pensaba en sentarme a su lado, aunque no es tan buena idea: probablemente me pondría muy nerviosa y él se sentiría incómodo conmigo ahí. Entonces, creo que lo mejor será sentarme atrás. Así por lo menos podré ver su cabello todas las mañanas.
Espero tranquila, viendo hacia la izquierda de vez en cuando por si llega. Tengo mucho miedo de que Kilian pueda aparecer de la nada. Fui muy precavida al dejar comida en mi habitación para que desayune y almuerce, pero si solo se le ocurre venir sería un desastre. Es tan testarudo. Creo que me aterra más esto que Gravibus.
Ocho menos cuarto de la mañana y Kilian abre los ojos para que luego ruja un largo y profundo bostezo. Mira a su alrededor y contempla la soledad de la habitación. Se transforma de un gatito a su estado original y su olfato le avisa que hay comida a menos de un metro. En la mesita de luz junto a la cama lo esperan dos platos: un sándwich de queso caliente y una ensalada de lechuga, tomate y hongos con un pequeño filete. Junto a estos hay una notita que dice:
Aquí hay desayuno y almuerzo. Llego para el medio día. Si se enfría calienta la comida en el microondas.
Chiara.
PD: Si no sabes usar el microondas, cómetelo frío. No quemes la casa. (No debes calentarlo por más de un minuto seguido.)
—¿Qué cree que soy? ¿Una hormiga? —se queja para sí mismo.
El silencio en la habitación le llama la atención. Va al baño, silencio. En la cocina, silencio. En el patio, silencio. En la sala, silencio. No hay nadie y está solo. Se molesta con la situación y vuelve al cuarto a comer ambos platos solo para crear algún tipo de venganza que no le fue suficiente.
Una vez termina su desayuno vuelve a mirar a todos lados, se para y mira la cama vacía. Chiara no está ¿Tan rápido se acostumbra alguien a la presencia de otra? Suspira profundamente y se dice a sí mismo.
—Bueno. Debe creerse loca para pensar que puede dejarme aquí.
Así, aprovecha su libertad, toma una gorra negra del armario de Chiara y sale caminando tranquilamente, sin transformarse y, siguiendo el olor de su guardián, llegó hasta la escuela.
Ocho menos diez y Nill, acompañado por Dimitry; su mejor amigo; se acercan por la izquierda del pasillo, tal como lo predije. Ahora viene la segunda fase de mi plan. Entro al salón y me voy al fondo haciendo como que veo los carteles pegados. Al minuto ellos entran, sin embargo, no como quisiera. Se sientan al fondo del salón y a su alrededor toda la gente que venía siguiéndolos desde la entrada, dejando libre solo un banco al fondo en la otra punta del salón ¡Esto no puede ser! Todo mi esfuerzo para nada. Finalmente, resignada y cabizbaja, me dirijo a ese único banco libre. Debí haber sido más rápida… Si esto me salió mal, no quiero imaginar lo que será el resto del año. Ahora lo tengo al lado, distanciados por tres metros. No resulta tanto, si no fuese por la enorme cabeza de Dimitry que me tapa la vista.
En tanto la vida parece derrumbarse para Chiara, Kilian se encuentra en la puerta de la escuela pensando en un animal perfecto que no llame tanto la atención y que le permita encontrar a su guardián entre tanta gente. Se le ocurrió un perro, tiene buen olfato, se lleva bien con los humanos y sería fácil entrar ¿A quién no le gustan los perros? Sin embargo, cuando cruza el portón de entrada el auxiliar lo ahuyenta con una escoba. A ese hombre no le gustan los perros.
Es hora de llevar a cabo otro plan. Se decide por una pequeña mariposa, que aunque no pueda olfatear, podrá meterse en cualquier salón hasta encontrarla, además podría volar sobre los muros y entrar fácilmente al edificio. Y así lo hace. Revisa salón por salón hasta que se posa en la rama de un árbol, desde el cual tiene la vista perfecta a la ventana en la que Chiara reposa su cabeza frustrada. Se ve distinta, su cabello largo ya no estaba despeinado, sino atado en una coleta alta. Se nota un suave maquillaje que hace resaltar sus ojos y les da un leve toque rojo a sus labios. Kilian se queda observándola, sin decir nada, sin moverse, sin poder pensar en nada más que en ella y la belleza que desprende de repente.
