KOLON1SER1NG - Ángel Miralles - E-Book

KOLON1SER1NG E-Book

Ángel Miralles

0,0

Beschreibung

2037, Noruega. El nuevo gobierno ecológico extremista de un país tradicionalmente alejado de la atención internacional planea y ejecuta en secreto el programa espacial más ambicioso de la historia de la humanidad. Y a pesar de que el sabotaje, el terrorismo y la traición intentan socavar el proyecto, nada consigue evitar que el ser humano viaje finalmente hasta diferentes planetas ubicados en otros sistemas solares con el objetivo de colonizarlos. En cada nave viaja un solo colono, hombres y mujeres de diferentes procedencias y talentos, que tendrán que enfrentarse no solo a un entorno hostil e inhóspito, sino también a su propio pasado. El proyecto secreto también repercute en las relaciones íntimas y de amistad de los jóvenes líderes del partido activista mientras paralelamente se producen acontecimientos que convulsionan a la sosegada sociedad noruega.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 1001

Veröffentlichungsjahr: 2023

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



 

 

 

Kolonisering (Colonización)

Autor: Ángel Mirallas

Primera edición: 2023

ISBN: 978-84-19084-36-1Producción del ePub: booqlab

©2022 Ediciones Héroes de Papel, S.L.,

sobre la presente edición

P.I. PIBO. Avda. Camas, 1-3. Local 14. 41110 Bollullos de la Mitación (Sevilla) Impreso en España

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).

A Ana, Pau y Àngel.

A mis padres y hermanos.

A Jesús, Isaac, Gorgothian, Dani, Tonina, Vanesa,Nick y Miki, por haberse prestado a leerlo yproporcionarme sus comentarios e impresiones.

Índice

GRÄNS

NY PRIMIGENIAN ØKOLOGI, NPØ (NUEVA ECOLOGÍA PRIMIGENIA, NEP)

LUDMILA (LUBA)

CHAO

EL GOBIERNO DE LA NEP

GRÄNS

EVA

LA EJECUCIÓN DEL PLAN

HISTORIA DE UN ASTEROIDE ERRANTE

CLYDE

LA BASE

GRÄNS

AMUNDSEN

CHAO

LUDMILA

EL ÉXODO A SOFÓPOLIS

LA SEMILLA

GRÄNS

CLYDE

LOS PLANETAS

EVA

EL COMPLOT

GRÄNS

CHAO

LA VÍCTIMA N° 16

CLYDE

GRÄNS

LUDMILA

EVA

PERSISTENCIA

EVA Y LOS PLANETAS IBSEN

DESAFECCIÓN

CLYDE

LUDMILA

CHAO

LAS NAVES ARNO

CLYDE Y LUDMILA

EL REENCUENTRO DE SVAN Y FENRIS

SENTRAL KONTROLL, SK (CONTROL CENTRAL, CC), ROBOTS HELPERS Y DRONIES

CLYDE Y LUDMILA

CHAO Y GRÄNS

EVA

CLYDE Y LUDMILA

LA LLAVE

CHAO

LUDMILA

LA EXCURSIÓN

CLYDE Y EVA

CHAO

EL ATENTADO

FENRIS Y STEINAR

CHAO

ANOTACIONES Y COMENTARIOS: IBSEN 10

LOS NUEVOS COLONOS

EL SECRETO DE BØRG

EVA Y CLYDE

SALIDA DE LAS ARNO 3 Y 4

DE SISTE SKUDD (LOS ÚLTIMOS DISPAROS)

SHOCK

NEGACIÓN

DESESPERANZA

ACEPTACIÓN

ANOTACIONES Y COMENTARIOS: IBSEN 1

LOS SUEÑOS DE CHAO

RESURRECCIÓN

LA LLAVE DE ÅKE

ANOTACIONES Y COMENTARIOS: IBSEN 3

CLYDE

ANOTACIONES Y COMENTARIOS: IBSEN 4

EVA

EL NUEVO GOBIERNO DE LA NEP

CLYDELAND

EVA

GRÄNS

CLYDELAND

EVA

GRÄNS

CLYDELAND

EVA

LA MARCHA DE GRÄNS

LA TIERRA DE EVA

SVAN Y MAGNUS

LUBA CARE

KOLONISERING: KLAATU

EVOLUSJON: GRÄNS

KOLONISERING: EVA

GRÄNS

Planeta IBSEN 10, año terrestre 2062

El día en que Gräns decidió acabar con su vida se vistió como en un ritual, lenta y cuidadosamente, como si llevara una mortaja y se preparara para su propio funeral. Asumió que su existencia había dejado de tener sentido cuando en su mente se forjó la idea de que nadie viajaría hasta su planeta para convertirlo en un hogar.

Una vez asimilada y reconocida la derrota, así como la imposibilidad de llevar a cabo su misión, Gräns se sintió, por primera vez en muchos años, realmente solo. Le invadió una angustia que ni siquiera en la Tierra, donde había conocido el verdadero significado de la soledad, había llegado a percibir. Era una soledad total, que le ahogaba y oprimía y le había empujado a tomar una decisión extrema y sin vuelta atrás.

Pero la soledad no era lo único que le había afligido la noche anterior; se sentía decepcionado con los que le habían enviado allí por no haberle dado una oportunidad. También sentía ira hacia sí mismo por haber fracasado y contra ellos porque, de alguna manera, le habían abandonado.

La idea de su propio fin se gestó la noche anterior; una noche cuyos pensamientos la habían dilatado hasta el infinito. En ese lapso temporal, Gräns se convenció de que no deseaba continuar un proyecto baldío y habitar en una colonia en la que moriría solo. «Para eso», pensó, «podía haberme quedado en la Tierra con idéntico resultado». Paradójicamente, asumida ya la decisión de morir, se sintió mejor; de nuevo, tenía una meta, aunque esta fuera quitarse de en medio.

Tras largas horas de reflexión se le ocurrieron mil y una formas de desaparecer. Le resultó patéticamente divertido imaginarse decenas de muertes diferentes, aunque en realidad sus posibilidades eran limitadas. Pensar en todo aquello no había sido más que un pasatiempo fútil porque lo cierto es que Gräns quería una muerte lo más indolora posible, algo elemental y discreto, tal y como había transcurrido su vida. Al final, se le ocurrió convertir su actividad favorita en el escenario de su muerte. Saldría de expedición al exterior, como tantas otras veces, acompañado por Klaatu y, tras un largo paseo, elegiría algún lugar agradable, se quitaría el casco y dejaría que la atmósfera tóxica del planeta hiciera el resto.

Pensó que, a pesar de su ausencia, la base podría seguir funcionando y se preguntó si de verdad su presencia allí estaba justificada. Sonrió al recordar que el Protocolo de la misión se refería al colono como «el componente humano: una pieza necesaria e imprescindible en la misión, a pesar de su alto grado de automatización». Gräns no estaba en absoluto de acuerdo con semejante definición. De hecho, concluyó que como pieza en la misión su protagonismo era prácticamente nulo en comparación con los robots. Excepto, quizá, en el desembalaje inicial de todo el equipo y la puesta en marcha de la maquinaria, reconoció que no había sido más que un burdo elemento decorativo en una hacienda mecanizada que funcionaba perfecta y milimétricamente sin él.

Vestido con el traje Utforsker (Explorador) y con el casco en la mano, Gräns fue hasta el centro de mando donde cotejó con Sentral Kontroll, SK (Control Central, CC), la inteligencia artificial central, los informes diarios de la misión. Comprobaron que todo funcionaba correctamente tal y como lo había hecho desde el inicio.

Cuando se apoyó en el marco de la escotilla y echó un vistazo al exterior una agradable brisa cálida le acarició el rostro. Hacía escasas horas que la estrella Alfa Centauri B iluminaba el planeta y el rojo carmesí envolvía la cúpula translúcida de la base. Gräns descendió los tres escalones que le separaban de la tierra oxidada y empezó a caminar. En la cara del colono, otrora rolliza, se dibujó una leve sonrisa cuando percibió la presencia de Klaatu a su lado; le esperaba para realizar el acostumbrado paseo matinal, con el característico siseo que emitía mientras se deslizaba con sus engranajes de oruga. Sin embargo, tras mirar varios segundos al robot con forma de cubo y de color negro mate, el colono se sintió culpable y algo temeroso de que sospechara de sus intenciones.

—Buenos días, Klaatu —dijo Gräns.

—Buenos días, Gräns —respondió el pequeño robot con voz andrógina y juvenil. Era un modelo Hjelperassistent (Ayudante Asistente, también conocido como «helper»).

—¿Qué tiempo nos espera hoy? —preguntó el colono como de costumbre a pesar de que el hud del visor del caso le proporcionaba esos mismos datos.

—Una media de 42 grados centígrados, Gräns, vientos del sudeste de treinta kilómetros por hora, un cinco en la escala Beaufort y sin posibilidad de precipitaciones.

—Sin posibilidad de precipitaciones en este cuadrante como desde hace siglos. Gracias, Klaatu —dijo el colono mientras apoyaba su mano en una de las aristas suaves y redondeadas del robot.

—De nada, Gräns —contestó complaciente la máquina.

Ambos se dirigieron hacia la compuerta de salida de la cúpula mientras el colono observaba a los inquietos robots y drones que formaban parte de su rebaño. Gräns los había rebautizado con nombres de autores y personajes literarios. Estaban programados para responder por ellos, aunque jamás había tenido necesidad de llamarlos para explicarles o recriminarles nada. Sabían cuáles eran sus funciones y las habían ejecutado con precisión desde su puesta en marcha.

El rebaño mecánico, ajeno a sus preocupaciones, continuó con sus tareas de mantenimiento y desarrollo de la base. Gräns pronunció el nombre de cada uno de ellos en silencio para no distraerlos. La función del habla no estaba activa en ninguno de los robots o drones, solo en Klaatu y en CC. Gräns había permitido que su robot asistente contestara en caso de ser interpelado o una emergencia.

El colono caminó frente a una edificación aún en construcción mientras la gran impresora 3D trabajaba en uno de los módulos. Dejó atrás un invernadero, un almacén y dos enormes y ruidosas oxigenadoras hasta que llegó a la esclusa de salida de la cúpula. Se dio la vuelta y observó melancólico la base en construcción seguro de que cada uno de sus pasos no tenía vuelta atrás. Le asustaba morir, pero todavía más vivir sin un sentido. Por eso había abandonado la Tierra y elegido pasar lustros, quizá décadas, en soledad: para ser útil a la humanidad. Le había gustado imaginar que sería recordado como el colono que convirtió el planeta IBSEN 10 en un vergel habitable y contribuyó a salvar la raza humana. Ahora, sin embargo, llevaba largo tiempo sin recibir ninguna comunicación desde la Tierra por lo que suponía que, por el motivo que fuera, había fracasado en su misión y le habían abandonado. Siendo así, la posibilidad de que alguien poblara su planeta era menos que probable. Aún ensimismado atravesó junto al robot la esclusa, estanca y presurizada, y abandonaron la base.

Se encaminaron hacia El Púlpito, bautizado así por Gräns, una imponente y solitaria formación rocosa en mitad de una meseta de tierra roja de vasta extensión. Una rareza del entorno, tal y como siempre se había sentido él. Desde su llegada al planeta lo podía observar a lo lejos y llegó incluso a pensar si no era una edificación alienígena, aunque, según CC, no era más que una protuberancia moldeada caprichosamente por la erosión. Gräns se puso como objetivo coronar aquella cima que parecía vigilarle. Así que casi un año terrestre después de su llegada, con ayuda de los robots helper y los dronies, talló un camino alrededor del monolito por el que podía ascender con relativa comodidad hasta la cima. Había fantaseado con que, algún día, los ciudadanos observarían una gran urbe desde aquel lugar, sentados en bancos de madera sintética rodeados de fresco y oloroso césped. Ahora, aquel pensamiento solo le producía dolor.

La coronación de El Púlpito fue la primera gran expedición de muchas otras. Gräns comprobaba en su ronda matutina que todo funcionaba según el Protocolo y después, acompañado por Klaatu, exploraba los alrededores de la base durante horas, días e incluso semanas. Y aunque todo lo que se divisaba no era más que un yermo, a sus ojos no era tal cosa, porque él lo observaba como el que mira un hogar, su hogar.

Por enésima y última vez, el humano subió hasta la cima de El Púlpito. Desde allí observó la base: una cúpula cerrada en forma de hangar que brillaba por el reflejo de los paneles solares a varios kilómetros de distancia. Estaba encastrada en una especie de cañón para protegerla de las inclemencias meteorológicas. Podía ver el giro sempiterno de los aerogeneradores y a los pequeños drones revoloteando sobre la cúpula en tareas de mantenimiento. Aquella especie de granja espacial había sido su hogar durante los últimos años y ahora se daba plena cuenta de ello.

La meseta, con El Púlpito en su centro, estaba rodeada por pequeñas montañas. A su espalda, a varios centenares de kilómetros, se alzaba imponente la cordillera roja Ålesund, presidida por la montaña Geiranger, de más de 16 000 metros, cuya cima permanecía siempre oculta por densas nubes rojas.

Gräns y Klaatu descendieron de El Púlpito y continuaron su camino a través de la meseta hasta llegar a la falda de una cadena montañosa por la que se abría un paso inclinado y pedregoso. El humano se detuvo y miró a su acompañante.

—Deja que me siente, por favor.

—Ahora mismo, Gräns.

Con un suave zumbido, la parte superior del robot se abrió como un capullo hasta dejar el espacio suficiente para que el colono se sentara. Un tercer engranaje de oruga retrasó su posición para dar mayor estabilidad al minúsculo vehículo y frente al colono quedó al descubierto un joystick con el que el humano podía, si así lo deseaba, dirigir al robot. No era un transporte especialmente cómodo ni adecuado para terrenos escarpados, pero era práctico y permitía al pasajero ahorrar fuerzas en zonas llanas y accesibles.

En apenas una hora terrestre atravesaron el paso que conducía a un nuevo valle que cruzaba el círculo montañoso. A pesar de que el terreno volvía a ser llano y la gravilla había dado paso al polvo, Gräns decidió continuar sentado sobre el robot; se sentía fatigado.

Se dirigían hacia la cordillera Ålesund. Aunque nunca antes habían llegado hasta ella, Gräns quería acercarse lo máximo posible; la había elegido como el paisaje de fondo de su muerte.

De camino, el colono y el robot pasaron frente a la cima de El Quijote. Así había bautizado a un monumental cúmulo de rocas de unos quince metros de altura y unos siete de ancho que se sostenía sobre una base de apenas dos metros. Le recordaba, de alguna manera, la forma estilizada y enjuta del hidalgo de la novela de Miguel de Cervantes. Se trataba de otra rareza más tallada por la erosión y la meteorización y marcaba una frontera geográfica; nunca lo había traspasado y lo que había más allá le era desconocido.

—Disminuye el flujo de oxígeno, por favor. Estoy un poco hiperventilado —mintió Gräns.

Era una orden para el traje Utforsker, que obedeció de inmediato y redujo el suministro.

La intención de Gräns era bajar el nivel de oxígeno para que una vez retirado el casco la pérdida de conocimiento fuera inmediata.

—Detecto niveles bajos de oxígeno en tu casco, Gräns, así como una disminución de tu pulso. Deberías restablecer el flujo de oxígeno para encontrarte mejor.

—Lo sé, Klaatu, pero me estaba costando respirar. No he dormido bien y estoy fatigado, nada más —mintió de nuevo el colono.

—Tus signos vitales son anómalos, Gräns, y no tiene relación con tu cansancio sino con los bajos niveles de oxígeno.

—Estoy bien —zanjó el colono.

—De acuerdo, Gräns —obedeció el robot.

Gräns no quería pasar los últimos minutos de su existencia discutiendo con Klaatu. Y si pensaba en «minutos» era porque sabía que tanto el robot como el propio traje restablecerían el oxígeno en cuanto detectaran que su salud se agravaba.

Seguían avanzando hacia la extensa cordillera cuando en el visor de su casco una luz intermitente lo alertó del bajo suministro de oxígeno en el casco. Gräns hizo caso omiso y continuó su marcha.

De repente, sintió cómo sus miembros se entumecían y le invadía un sopor. Observó a Klaatu, sobre el que iba montado, y pensó que iba a ser el único testigo de su muerte. Aquello le entristeció; el robot era lo más parecido a un amigo que había tenido en los últimos años. Quizá, en toda su vida.

Con la cordillera siempre de frente, descendieron una pendiente que daba acceso a un valle en forma de cuenca en cuyo fondo la tierra tenía un tono marrón oscuro, por lo que posiblemente se trataba de un humedal. Gräns había visto varios de ellos, pero este era inmenso, de varias decenas de kilómetros de diámetro.

Ahora, a la luz intermitente de alerta se sumaba un molesto pitido que coincidió con una tos espontánea. Sintió cómo la fatiga se agarraba a sus músculos y los huesos multiplicaban su peso. Dudó de que pudiera haberse sostenido en pie de no ir sentado sobre el robot. Le ordenó detenerse al llegar a una pequeña hondonada que iniciaba el descenso al valle y observó aquel paraje inhóspito y bello mientras los pitidos en su casco se intensificaban como si le suplicaran que diera marcha atrás.

Justo antes de que Klaatu o el traje decidieran restablecer el flujo de oxígeno a sus valores normales, Gräns se quitó el casco. Miró hacia la cordillera, que ahora estaba difuminada en el horizonte, y descendió del vehículo. Debilitado por la falta de oxígeno en sus células cayó al suelo de rodillas y sus manos arañaron la superficie en un intento por encontrar algo en lo que asirse. La tos dio paso a severas convulsiones que le martillaban el pecho mientras ahora sus manos buscaban el cuello que se desgarraba bajo el traje. Creyó ver cómo Klaatu volvía a su estado original y pronunciaba su nombre. Tras perder el conocimiento, su cuerpo se derrumbó con pesadez sobre la tierra provocando una nube de polvo rojo.

NY PRIMIGENIAN ØKOLOGI, NPØ (NUEVA ECOLOGÍA PRIMIGENIA, NEP)

Oslo, Noruega, 12 de enero de 2030

Un pequeño grupo de militantes y fundadores del partido de la Nueva Ecología Primigenia celebraban una fiesta en su sede recién estrenada.

Habían alquilado el nuevo local una semana atrás con los fondos recibidos tras las elecciones, pero habían decidido esperar a esa noche para festejar el resultado y brindar por el vigésimo segundo aniversario de la muerte de Arnold Nasse, el creador del ideario ecologista que había inspirado el nacimiento del incipiente partido.

La modesta sede, ubicada en el barrio de Østensjø, se limitaba a una sala de setenta metros cuadrados. Estaba equipada con una mesa para reuniones, una docena de sillas, un pequeño baño con ducha, una televisión de cincuenta y cinco pulgadas y una nevera rebosante de alcohol que hasta ese mismo día solo había contenido varias botellas de agua.

Sobre la mesa, latas de refrescos además de champán, ginebra, whisky y aqvavit. También algunos platos con smørbrød de salmón, queso brunost y bandejas de salchichas pølser y vossakøt.

El confeti salpicaba el suelo de tarima y guirnaldas con los colores de la bandera noruega colgaban caóticamente, fruto de las prisas, entre pared y pared. Pegados a esas mismas paredes había varios pósteres con el logo del partido: una hoja ovada verde tumbada sobre un fondo celeste con las letras «NEP» de color blanco en su interior.

La fiesta había empezado varias horas atrás y el alcohol, poco a poco, había calado en los asistentes. En las últimas elecciones parlamentarias, celebradas en septiembre del año anterior, el partido ultraecologista de reciente creación había irrumpido en la primera línea del panorama político nacional con un sorprendente 6,4 por ciento de los votos, lo que se traducía en once escaños.

Fenris, presidente y uno de los fundadores de la NEP, golpeó repetidas veces la mesa con la palma de la mano para pedir la palabra. Excepto por el repiqueteo de la lluvia en los amplios ventanales, un silencio absoluto se extendió por la sala por primera vez en horas y todos giraron hacia él sus rostros con sonrisas amplias.

—¡Que hable el primer ministro! —gritó alguien provocando las risas y aplausos del resto.

—Aún no, aún no, pero acepto el reto —contestó Fenris con una leve sonrisa—. Gracias a todos por haber venido y por vuestro inestimable apoyo, sobre todo los últimos meses de dura campaña. Nuestro compromiso y trabajo, como sois bien conscientes, obtuvo sus frutos en las últimas elecciones.

Una nueva tanda de aplausos y vítores interrumpió a Fenris, que esperó paciente el retorno del silencio.

—Somos un partido joven y hasta hace menos de un año desconocido, pero es obvio que hemos sabido captar la atención de muchos ciudadanos descontentos y decepcionados que desconfían de su actual Gobierno.

—¡Eso es, que confíen en nosotros! —gritó otro espontáneo que fue recompensado de nuevo con más risas y aplausos.

Fenris aprovechó el momento para dar un pequeño sorbo de su vaso de champán. Sus claros ojos azules escudriñaron a los presentes mientras disfrutaban del momento. Su rostro juvenil, su cabello corto, rubio y rizado, y su fina perilla quizá no impresionaban a sus interlocutores, pero su mirada fría y sus rasgos afilados acababan por amedrentar a muchos de ellos. Su porte esbelto y apasionada elocuencia resaltaban su atractivo, que atraía miradas de ambos sexos.

Sus ojos se posaron entonces en alguien que abandonaba la sala. Era el doctor Steinar, un científico eminente con el que ahora compartía amistad.

Steinar, de complexión ancha, frondosa barba y cabellos blancos, se giró antes de salir y miró a Fenris. Ambos se saludaron con un leve gesto de cabeza mientras los aplausos se aplacaban.

—Pero hoy no estamos aquí para hablar de nuestros contrincantes —continuó el joven—, sino para recordar a aquel que nos mostró la senda que nos ha traído hasta aquí —Fenris levantó su vaso y todos le imitaron— ¡Por ti, Arnold, te prometemos que juntos construiremos una Noruega mejor! ¡Por Arnold! —alzó la voz el joven.

—¡Por Arnold! —gritaron los demás.

Después, todos bebieron.

Las historias, las risas, los abrazos y los brindis continuaron hasta que, horas más tarde, los asistentes fueron abandonando el local.

Entre los restos de la alegre batalla de alcohol y confeti, sentados en torno a la mesa, quedaban solo los tres amigos y fundadores del partido. Trastocados por la bebida, se miraban entre ellos y sonreían en silencio, con complicidad, mientras pensaban en todo lo acontecido en el último año. El sorprendente resultado de las elecciones había cogido por sorpresa a los integrantes del nuevo partido que achacaban el logro a la necesidad urgente de renovación generacional y política del país. Pero, sobre todo, a la preocupación de un importante sector de la población más joven por un Gobierno que no mostraba un serio compromiso con la ecología y la sostenibilidad que exigían los nuevos tiempos en los que el cambio climático era una realidad reconocida por todo el globo.

Como despertando de su letargo, el mayor de los tres, Børge, levantó el vaso y miró al resto.

—Skol, amigos, por vosotros y por haber hecho esto posible.

—¡Skol! —dijeron a su vez, Fenris y Svan.

Habían sido días muy intensos; durante semanas, después de las elecciones, la cúpula de la NEP se había reunido en incontables ocasiones con el objetivo de profundizar y ahondar en el que sería su programa político. No deseaban que la entrada de nuevos militantes, fondos y responsabilidades interfirieran en su proyecto o quebraran, de alguna forma, sus bases e idearios.

Fenris fue el primero en romper el silencio.

—Considero que debemos ser más radicales en nuestras propuestas. No podemos ser ambiguos, si no, corremos el riesgo de convertirnos en un partido más. Hemos perdido nuestros valores y olvidado nuestros orígenes y el respeto que nuestra sociedad siempre ha tenido a la naturaleza. Hace muchos años que los sucesivos Gobiernos han olvidado todo esto, sin importar que sean de derechas, de izquierdas o falsos ecologistas. Y la gente, los que nos han votado, creen, como nosotros, como Arnold, que nos dirigimos a la debacle.

—En cierta manera —dijo Svan, la única mujer del trío—, la lectura de los textos de Arnold se asemeja al resto de grandes escritos filosóficos o religiosos: admiten numerosas interpretaciones.

Fenris negó con la cabeza.

—Además —continuó Svan—, podemos asustar a nuestros futuros votantes si nos radicalizamos demasiado o nos volvemos unos activistas fanáticos; es cierto que no vivimos en el vergel que desearíamos y queremos cambiar las cosas, pero no podemos borrar todo lo que ha ocurrido en las últimas décadas. Debemos ir poco a poco, paso a paso.

—Eres demasiado benevolente —dijo Fenris, marcando las palabras.

El joven, aturdido por la bebida y el debate, golpeó la mesa provocando que el alcohol de las botellas y vasos se agitaran.

—¡Si no nos posicionamos claramente no hay cambio posible, ni prosperidad, ni futuro! El mundo está repleto de ideas grises y mediocres y de gente que no se compromete con nada.

Svan observó a su amante. Cuando Fenris perdía el control en el debate, como sucedía a menudo, era complicado hacerle recapacitar; si además por sus venas corría el alcohol era habitual que la conversación se tornara en discusión.

—Precisamente esas ideas radicales son las que llevan décadas poniendo en un serio peligro la estabilidad mundial —replicó Børge—. El fanatismo religioso y político han conseguido que la percepción de seguridad del ciudadano medio cambie.

Svan sonrió para sí; parecía que tenía al gran Børge de su lado.

—¿Me comparas con esos fanáticos? —protestó Fenris—. Yo no hablo de fanatismo, sino de activismo por el bien común; yo busco la salvación, ellos la destrucción.

—Quizá es lo mismo que piensan aquellos que ahora asesinan en nombre de su Dios o de su ideología y quieren ver cómo Occidente arde —contestó Børge.

Sus mejillas, redondas y sonrosadas, contrastaban con las facciones afiladas y la expresión seria de Fenris que, al contrario que su amigo, se estaba tomando la conversación muy en serio.

—Repito que mi intención no es otra que la salvación, aunque no sé si ya es posible en este mundo, o si nos lo merecemos siquiera —dijo Fenris, que se dejó caer sobre el respaldo de su silla de material reciclado.

—No entiendo, entonces, por qué tanto esfuerzo si consideras que igualmente ya caemos por un precipicio —dijo Børge que, después, bebió de su vaso.

Sin el murmullo de los invitados, la lluvia resonaba en el exterior casi con estrépito, como reclamando su atención. La acogedora temperatura en el local permitía que casi todos se hubieran quedado en manga corta, incluido Børge, que siempre vestía prendas por debajo de su talla. La tela de la camisa sufría y crujía ceñida a sus gruesos brazos y a su incipiente barriga. Todo era grande y excesivo en Børge, excepto el cabello que adornaba su redonda cabeza, moreno y ralo.

Børge miró a Svan y le guiñó un ojo; era el gesto habitual cuando quería hacer enfadar a Fenris, que les observaba mientras se preguntaba por qué, a pesar de haber fundado juntos la NEP, a veces les costaba tanto conectar con sus ideas.

—Es la ambición desmesurada de los que nos gobiernan la que ha provocado que se hayan cruzado todos los límites —dijo Fenris, más calmado—. Ni siquiera la llegada al Gobierno de los progresistas cambió prácticamente nada. Y lo peor es que seguimos basando nuestra riqueza en el petróleo, en el gas, saqueando los mares y talando bosques. Y qué decir del espantoso megaproyecto que está agujereando nuestros fiordos para soterrar una carretera de centenares de kilómetros que solo traerá más tráfico y contaminación. No importa que gobiernen coaliciones conservadoras o progresistas, no hay diferencia, todas insisten en saquear el Ártico y las islas Lofoten en busca de petróleo y algún día lo conseguirán si no logramos echarlos sin contar con que siguen otorgando derechos de exploración en nuestros mares para que empresas extranjeras expolien petróleo y gas. Todo ello, aderezado con corrupción, sobornos y cobro de comisiones, algo hasta hace poco inaudito en nuestro país. Es nuestro compromiso con el medioambiente y nuestra apuesta por un cambio de modelo sostenible lo que ha calado más en nuestro electorado. El virus de la Covid-19 creó una nueva generación más consciente del daño directo que los humanos causamos al planeta. Son ellos, en gran parte, los que ahora nos votan, pero sigue sin ser suficiente. Nuestro programa electoral se elaboró precipitadamente y con planteamientos generales, y es etéreo y disperso, con apenas una decena de ideas en defensa del patrimonio natural del país. Tenemos que ir más allá, demostrar el compromiso férreo con nuestros ideales para captar más votos y poder tener más fuerza para actuar. Si no, solo seremos un partido verde más y acabaremos convertidos en una anécdota.

—En esto estoy de acuerdo contigo —dijo Børge—. Creo que también ha sido inteligente adaptar muchas de las propuestas de Nasse, alejándonos de su concepto religioso y místico de la relación entre el hombre y la naturaleza. Hemos de enarbolar la bandera del progreso y…

—Vamos, Stor Bjørn, deja la jerga política —le interrumpió Svan utilizando el mote que cariñosamente le había puesto de niño: «Gran Oso»—. Nuestro programa tiene que plasmar todas nuestras inquietudes medioambientales, de manera sincera y honesta, y adaptarlas a la realidad social. Menos grandilocuencia y más propuestas. Hacen falta, por ejemplo, leyes más estrictas en protección medioambiental para que ninguna industria anteponga sus intereses a los nuestros, por muchos impuestos que pague al Estado.

—Así es —dijo Fenris asintiendo—. Durante muchos años nuestros representantes han fingido cuidar y respetar el entorno mientras permitían que se cazaran ballenas y se explotaran los recursos naturales. Eso se tiene que acabar. No basta con que el estado controle económicamente la gestión de la riqueza natural, también será necesario invertir en investigación, en energías limpias y renovables; no siempre vamos a poder vivir del petróleo y el gas, y mucho menos de la pesca. ¿Y qué hay de la constante promesa de liberarnos de las emisiones de dióxido de carbono? ¡Llevan décadas hablando de ello sin ningún resultado! Hemos liderado los índices del país más feliz del mundo hasta que el telón rosa se ha venido abajo tras tener que soportar durante demasiado tiempo el peso de la mentira y la corrupción.

—A eso me refiero —secundó Svan—. Me asusta que empecemos a imitar la elocuencia vacía de aquellos a los que detestamos y pretendemos derrocar. Tenemos que plantear ideas y ofrecer soluciones prácticas y eficientes. No puedo soportar ver cómo algunos se esconden bajo un manto de palabrería mientras solo ofrecen humo. Nosotros no podemos ser así, no podemos convertirnos en eso.

—Así me gusta, ¡todos de acuerdo, por fin! —gritó Børge— Mientras tengamos nuestros objetivos claros y seamos coherentes todo marchará bien.

Svan sonrió ante la embriagada efusividad de su amigo y Børge levantó de nuevo su vaso para, una vez más, hacer un brindis. Fenris brindó como accionado por un resorte; estaba ausente y era el único en cuyo rostro no asomaba una sonrisa.

—Casi te hemos dado la razón en todo, Fenris, ¿qué sucede ahora? —ironizó Børge.

El joven, cabizbajo, levantó su rostro y fijó la mirada en su amigo y después en Svan.

—Sigo pensando que hagamos lo que hagamos no hay salvación posible, que ya nada será suficiente —dijo, negando con la cabeza con lentitud—. Podemos y debemos abarcar más, ser más ambiciosos.

Fenris bebió mientras observaba la reacción de sus amigos, que lo miraban algo desconcertados.

—Sé que es fantasioso, utópico y hasta ridículo, pero tal y como yo lo veo, la posibilidad de convertir nuestro proyecto en realidad en este mundo es inviable.

—Eres demasiado pesimista —dijo Svan con el ceño fruncido—. Hablas de «el mundo» pero hay que tener los pies en la tierra, ser humildes y centrarnos en lo que tenemos delante. Hay mucho que hacer y si en los próximos años nos ganamos la confianza de la gente podremos transformar el país y, si tenemos éxito, podremos exportar nuestro modelo político y ecologista al resto del planeta.

Børge, cada vez más sometido al alcohol, observaba a la pareja debatir. Miraba hipnotizado el balanceo de la trenza de Svan, al estilo vikingo, del que ella tanto alardeaba. El cabello de la joven, largo y rubio cobrizo, se agitaba en cada movimiento de cabeza y brillaba bajo las bombillas led. Ahora, el fragor de la discusión había endurecido las finas facciones de Svan, pero su mirada siempre transmitía ternura cuando se dirigía a Fenris. Los sentimientos de Fenris, sin embargo, eran tan ambiguos como su propia manera de ser. Nunca podían saber qué pasaba por su cabeza. Svan y Fenris mantenían una relación fría, de desahogo sexual, porque ambos habían priorizado su activismo político sobre sus sentimientos.

Børge les contemplaba mientras bebía el champán ya templado de su vaso de cartón biodegradable. Sentía admiración y mucho cariño por ellos, pero también cierta envidia; si a él su amor le fuera correspondido sería capaz de renunciar a todo lo que tenía.

—No hay salvación posible —repitió Fenris, con la mirada perdida en el contenido de su vaso—. La Tierra está corrompida, perdida, y hace tiempo que traspasamos el punto de no retorno.

El joven dirigió su mirada azul a Svan y Børge y esperó varios segundos; quería elegir bien las palabras que diría a continuación.

—Necesitamos otro lugar, otro escenario. Necesitamos mundos nuevos.

Una expresión de divertida sorpresa se plasmó en el rostro de Svan, mientras Børge escupió el último sorbo de champán entre risas. Las facciones de Fenris, sin embargo, se mantenían imperturbables.

—No estoy bromeando. Quiero mundos nuevos, con nuevas reglas, sin contaminación, no solo atmosférica, sino mental o, llamémosla, social. Quiero poder empezar de nuevo en un lugar virgen en el que habite una sociedad que lleve tan implantada la necesidad de respetar su entorno como el comer, beber o respirar. Donde podamos redescubrir la naturaleza humana, tal y como proclamaba Nasser. Algo que no es más que una utopía en este planeta, pero no en otros. Obviamente, es una apuesta a medio o largo plazo y que quizá nosotros no lleguemos a ver, pero que sí podemos poner en marcha.

Svan y Børge le miraban, incrédulos; Fenris no era de los que bromeaban, ni siquiera con una copa de más.

—Este último año hemos logrado algo inimaginable: hemos calado en la conciencia ecológica de decenas de miles de ciudadanos. Si trabajamos y somos coherentes con nuestros principios y esta legislatura ejercemos una oposición eficaz y constructiva quizá en un futuro seamos capaces de gobernar y hacer algo muy importante no solo para nuestro país, sino para la raza humana. Svan, tú has hablado hace un momento de exportar un modelo, ¿por qué no hacerlo a nivel planetario?

Svan levantó las manos, en un intento por procesar las palabras de Fenris.

—Pero ¿tú te estás escuchando?, ¿un modelo planetario? De acuerdo con que hemos conseguido poner un pie en el Parlamento, pero pensar en términos, cómo llamarlo, ¿extraplanetarios? — Svan calló, desconcertada al oír sus propias palabras— ¿No suena ridículamente ambicioso?, ¿quién está hablando, tú o el aqvavit?

Los labios de Fenris se torcieron en busca de una sonrisa irónica.

—Sé que suena excesivo, pero es una reflexión que me ronda desde hace demasiados años y que quería compartir con vosotros. ¿Por qué no podemos ser más ambiciosos?, ¿no sería el sueño de todos?, ¿no hay que mirar al futuro? Al fin y al cabo, la Tierra tiene demasiados propietarios, demasiadas fronteras, demasiadas políticas y demasiada gente generando basura. Lo que consigamos en Noruega solo sería un pequeño vergel en mitad de la desertificación, los plásticos y el CO2. Seríamos una especie de parque temático en mitad del caos mundial, como un parche en un globo a punto de explotar. Es necesario que pensemos en un proyecto a largo plazo porque para crear un mundo como el que Arnold describe en sus textos tendremos que estar muchos años en el poder.

Svan le escuchaba con el ceño fruncido y los brazos en jarra.

—Nuestro objetivo, que ya es de por sí titánico y de momento inviable, es transformar este país con políticas de sostenibilidad ambiental y social —dijo la joven—. Es una cuestión de educación, de cultura y de valores, Fenris, no de conquistar nuevos mundos donde quiera que estén.

—No creo que sea incompatible —respondió Fenris—. No he dejado de pensar ni por un momento en nuestra labor aquí, pero quizá ahora podemos permitirnos el lujo de ser un poco más ambiciosos, de soñar, de experimentar. Si conseguimos llegar a gobernar ¿por qué no pensar a lo grande? Insisto: quiero crear un proyecto de civilización a largo plazo, no uno a base de legislaturas.

Svan miraba incrédula a Fenris en busca de alguna señal que revelara que todo aquello era una broma. Pero la señal no apareció. Después, buscó apoyo en Børge, pero esta vez no respondió a su mirada con un guiño cómplice; estaba noqueado por el alcohol.

—Quiero enseñaros algo —dijo, de repente, Fenris, que extrajo un portátil de su bolsa y lo puso encima de la mesa, entre Svan y Børge.

Ante la mirada curiosa de sus compañeros, Fenris accedió a una carpeta que llevaba el nombre de Manifest. En su interior, un único documento llamado «VP».

El joven respiró hondo, como si estuviera a punto de interpretar una compleja sinfonía. Situó el puntero encima del icono e hizo doble clic para abrir el documento.

Tanta parsimonia no confundió a Svan que, a pesar de la aparente espontaneidad del momento, estaba convencida de que Fenris lo había planeado todo con antelación.

Plan de contingencia y emergencia: VERGEL-PROSJEKT (PROYECTO VERGEL)

Bases de modelo ideal de mundo de la NEP.

1. La Tierra está destinada a perecer por la irresponsabilidad del ser humano. Desde la NEP nos oponemos al actual modelo de sobreexplotación de los recursos minerales, animales y vegetales. El mundo es una víctima sometida al capricho de los humanos.

2. Una vez aceptado este hecho, nuestro deber es utilizar todos los medios disponibles para llegar hasta otros planetas en los que aplicar los preceptos sobre los que se asienta y defiende la Nueva Ecología Primigenia.

3. Una vez la NEP lidere el Gobierno el país, destinará todo el capital necesario —económico y humano— para cumplir íntegramente el punto número 2. Este plan se denominará «Vergel-Prosjekt».

4. Nadie, más que los miembros autorizados y personal del futuro Gobierno de la nación, liderado por la NEP, deben conocer la existencia del «Vergel-Prosjekt».

5. Todos los altos cargos gubernamentales que juren lealtad al partido, lo harán también al «Vergel-Prosjekt». En caso de desvelar el plan o incumplir su juramento se les acusará de alta traición y se les aplicarán las condenas pertinentes.

6. Independientemente de las políticas ejercidas a nivel nacional para el bienestar de los ciudadanos noruegos, el objetivo final será realizar con éxito la misión central, que no es otra que la colonización de uno o varios planetas en los que el ser humano cohabitará cohesionado con su entorno, sea cual sea, en equilibrio natural.

7. Una vez conseguida la colonización de uno o varios planetas se procederá a un proceso de aclimatación respetuosa con el ser humano que, a su vez, utilizará los recursos planetarios imprescindibles para su subsistencia.

Los abajo firmantes suscriben uno por uno todos los puntos de este manifiesto que se pondrá en marcha una vez conseguida la presidencia del país.

Como si acabaran de abrir un cofre repleto de monedas de plata, la brillante luz blanca de la pantalla se reflejaba en los rostros de los jóvenes que se habían congregado alrededor del portátil.

Si Svan había atribuido al alcohol las palabras de Fenris ahora, que les había mostrado por escrito su gran plan, estaba todavía más desconcertada. La situación le resultaba, en cierta manera, tragicómica: niños que jugaban a ser precursores de un plan imposible amparados por el morbo que les otorgaba el poder. Reconocía el inabarcable ego de Fenris en aquel manifiesto pretencioso, pero lo que apenaba a Svan era que aquel plan secreto estaba tan alejado de lo que los ciudadanos necesitaban como de los supuestos mundos de los que el texto hablaba. Su partido había crecido exponencialmente en el último año, los votos conseguidos lo confirmaban, pero sabía que cualquier tropiezo sería duramente castigado a lo largo de los próximos años en la oposición. Debían ser fieles a sus convicciones e ideas, que eran las que les habían conducido hasta ese preciso momento. Para Svan, el manifiesto de Fenris era el inquietante delirio de un megalómano henchido por la reciente victoria. No se imaginaba, en aquel momento, lo lejos que su amante pretendía llegar.

Desveladas sus intenciones, Fenris se incorporó y, como si fuera un vino recién abierto al que quisiera dejar respirar, se alejó del documento y de la mesa y caminó por la sala, mirando uno de los pósteres con el logo del partido. Aún se dibujaba una leve sonrisa en sus labios cuando volvió a sentarse, que desapareció al captar el escepticismo en el rostro de Svan.

—¿Qué hay de malo en querer cumplir nuestros sueños? —preguntó por fin Fenris—. Reconozco que es una quimera, pero ¿por qué no podemos ser ambiciosos si es por el bien común? Es una idea que me ronda desde hace muchos años, lo reconozco, desde que era niño, y que hace un año, cuando juntos creamos el partido, irrumpió con fuerza en mi cabeza. Ilusionado, plasmé en un documento este manifiesto. Es importante para mí, tanto, que lo comparto con vosotros. Quiero que lo leáis detenidamente y que, si estáis de acuerdo conmigo, os comprometáis con él y lo hagáis vuestro.

A pesar de su longeva amistad pocas veces antes Fenris había sido capaz de exteriorizar así sentimientos tan personales.

A Svan, con la que compartía más que una amistad, le sorprendió la confesión de un secreto al que jamás antes había hecho referencia. De repente, tenía calor, a pesar de llevar solo unos vaqueros y una camiseta blanca. Su espina dorsal estaba recta, en tensión, paralela al respaldo de la silla.

Børge, por su parte, permanecía en silencio y cabizbajo, cada vez más afectado por el alcohol.

De repente, Fenris se acercó de nuevo hasta el portátil y mantuvo su huella apretada sobre la pantalla durante varios segundos. Después, un pequeño círculo verde con su nombre en el interior se plasmó sobre el documento.

El joven volvió a su silla y en su camino tocó el hombro de Børge, al que sacó de su sueño etílico. El joven dio un respingo y miró a Fenris, que le señaló el documento abierto en el portátil.

Børge, sudoroso y adormecido, se aproximó al ordenador y puso su huella sobre la pantalla; en pocos segundos un círculo verde con su nombre surgió junto al de Fenris.

A Svan le molestó que empujara a Børge a firmar cuando era obvio que su estado no le permitía ser consciente de lo que hacía.

Ahora, notaba la mirada de Fenris sobre ella y se sintió incómoda; aquello le parecía una encerrona.

—Vamos, Cisne, no me falles ahora.

Fenris había utilizado aquella palabra.

La habían descubierto años atrás, mientras curioseaban por internet el significado y diferentes traducciones de sus nombres; «Cisne» era Svan en español y a ambos les había hechizado la sonoridad de la palabra. Tanto que, desde entonces, él la llamaba así en la intimidad. Svan sintió que Fenris, de alguna manera, había profanado su sentido.

—No creo que sea el momento de firmar algo así —se defendió Svan—. Respeto que quieras cumplir tu sueño, pero ese sueño no tiene por qué ser el de las decenas de miles de personas que nos han votado. Yo me conformo con cumplir las expectativas de quienes nos han prestado su confianza.

La joven no necesitó mirar a Fenris para saber que estaba contrariado. Sin embargo, no hubo discusión posterior.

La lluvia había cesado y el silencio absoluto despertó a Børge de su letargo. Se levantó, volvió a llenar sus vasos y estrujó a cada uno de ellos con un abrazo embriagado.

Fenris no insistió y se prestó a las bromas de Børge; parecía incluso relajado y eso desconcertó aún más a Svan. Conocía lo suficiente a su amigo de la infancia como para saber que nada de lo que había ocurrido aquella noche era casual y que no tardaría en volver a oír hablar del Vergel-Prosjekt.

LUDMILA (LUBA)

Saratov, Rusia, 2031

Eran las cuatro de la mañana pero Luba mantenía sus grandes ojos azules abiertos y fijos en el resquicio de la puerta. Afuera, caían infinitos copos sobre varios centímetros de nieve ya cuajada; cada uno diferente e irrepetible. Ludmila, sin embargo, permanecía pendiente de lo que pasaba en el interior de la casa. Sus iris, ya acostumbrados a la penumbra, distinguían las diferentes tonalidades cromáticas de la pared, la puerta y la casi total oscuridad del pasillo. Sus párpados, temblorosos, caían pesados durante pequeñas fracciones de segundo para poco después volver a anclarse en las cuencas. Quizá sería esa noche, quizá otra, pero ella se mantendría despierta para que él no volviera a asustarla con sus susurros. Ya sabía calcular de manera aproximada cada cuánto tiempo la visitaba.

El viento helado susurraba lamentos mientras intentaba colarse por los quicios de la ventana. Antes, a Luba le asustaban los ruidos nocturnos que llegaban desde el exterior de la casa. Ahora, sin embargo, le asustaba más lo que ocurría en el interior.

Y entonces sucedió: la total oscuridad del pasillo fue absorbida, durante escasos segundos, por una luz cegadora. Luba dio un respingo; era el tiempo que él necesitaba para ubicarse en la penumbra y localizar su habitación. Para ella, esa era la señal, el anuncio de su inminente llegada y de una nueva pesadilla. Luba, como hacía siempre que llegaba el momento, se dio la vuelta y fingió dormir. Segundos después, el interruptor de la lamparita de noche se activó con un suave chasquido y una tenue luz traspasó sus párpados.

—Buenas noches, Luba, ¿duermes?

La niña apretaba con fuerza los párpados y los puños, aunque sospechaba que él sabía que no estaba dormida. Aun así, mantenía la ingenua esperanza de que cuanta más fuerza hiciera más posibilidades había de ahuyentar al visitante y quizá, solo quizá, como pocas veces antes había ocurrido, podría dormir esa noche sin tener que jugar.

—Cariño, despierta. Quiero que sigamos con nuestro juego —insistía él mientras la zarandeaba suavemente.

Luba se giró lentamente, abrió los ojos azul cristalino y se encontró con los suyos; esa noche tendría que complacerle. Él parecía ansioso y no quería hacerle enfadar o, peor aún, decepcionarle.

Poco después de quedarse desnuda volvió a cerrar los ojos; no quería ver jugar a su padre y que se convirtiera, una vez más, en el monstruo protagonista de sus pesadillas.

Ocurrió meses después, una encapotada mañana de otoño.

Era el primer día de clase de la asignatura de Lengua China y la profesora, tras haberse presentado, escribía caracteres en la pizarra. Luba, sin embargo, permanecía ajena a los sinogramas, inmóvil, con la mirada perdida. El dispositivo táctil sobre su pupitre seguía apagado.

El director del centro escolar había permitido a Luba que, con tan solo ocho años, adelantara dos cursos. Los profesores habían coincidido en que la joven manifestaba una capacidad e inteligencia muy superiores a la media. Habían empezado a percibir su aburrimiento y falta de motivación y temían que sus capacidades se anquilosaran si seguía asistiendo a clases que poco le podían aportar.

Así que sucedió allí mismo, en su recién estrenada clase, frente a sus nuevos compañeros dos años mayores que ella. Mientras la profesora traducía al ruso los caracteres de la pizarra, Luba rompió a llorar, con lágrimas que caían en cascada por las mejillas hasta humedecer el cuello de su vestido verde. Algunos de sus nuevos compañeros la miraban sorprendidos mientras otros hablaban entre ellos y reían. La profesora, desconcertada, se acercó a la niña y, a pesar de su tono conciliador y cariñoso, no fue capaz de sonsacarle el motivo de su angustia o de calmar su llanto. Luba continuó llorando sin consuelo mientras se dejaba guiar como una muñeca despojada de voluntad hacia el despacho donde esperaba el director y la jefa de estudios.

Aquella mañana, una espoleta había detonado la carga en su interior. Las lágrimas materializaban su rendición, su purga, la llegada al límite de su capacidad de aguante. Era la respuesta frente a la que había sido la peor época de su vida.

Apenas quince meses antes su madre, aún joven, había muerto consumida por leucemia. La enfermedad había irrumpido en la feliz infancia de Luba que había sido testigo de cómo, progresivamente, la persona a la que más quería se marchitaba hasta morir. Entendía el concepto de la muerte, pero no había podido imaginar la dureza de sus consecuencias. La peor de todas, la que Luba no tardó en padecer, era el vacío causado por la ausencia de aquella mujer, rigurosa a la vez que tierna y cariñosa, a la que no volvería a ver jamás.

En este tiempo aún no había conseguido superar su pérdida, no echarla de menos, no añorarla.

Pero el quebranto fue incluso más traumático para su padre que, incapaz de afrontar la situación, empezó a beber.

A los pocos meses de enterrar a su madre a Luba le costaba reconocer a ese hombre, dulce pero introvertido, del cual su madre había sido capaz de extraer lo mejor. Vagaba borracho por la casa vacía, aullando y maldiciendo, hasta el punto de que Luba se ocultaba en su habitación, temerosa de aquella figura que caminaba entre penumbras. Después, súbitamente, desapareció el alcohol del hogar, pero comenzaron las visitas nocturnas. Primero se acostaba junto a ella, llorando, toda la noche. Después llegaron los abrazos, hasta quedarse dormido. Finalmente, vino todo lo demás, que él le justificaba como un juego entre padre e hija que buscan consuelo mutuo. Luba quería a su padre y, frente a su dolor, calló y permitió aquellas visitas. No obstante, la angustia se acumulaba en su interior; sabía que la manera que había elegido su padre para consolarse no era inocente ni moralmente correcta. Y lo sabía, sobre todo, porque lejos de desaparecer, su desconsuelo era cada vez mayor.

Y esa fue la historia que, en poco más de una hora, con los ojos enrojecidos y húmedos, relató al director y la jefa de estudios.

La dirección dio parte a las autoridades y se inició una larga investigación en la que la niña tuvo que revivir una y otra vez las pesadillas. Hasta que se confirmaron los abusos permaneció en un aséptico centro de menores. Su padre perdió definitivamente la custodia y fue condenado a varios años de cárcel. Los servicios sociales concedieron la custodia de Luba a la hermana de su madre, que vivía en Moscú, y con la que convivió hasta conseguir una beca especial en la Universidad Estatal de San Petersburgo.

Jamás volvió a ver a su padre.

CHAO

Gaolan, China, 2035

AChao le costaba apartar la mirada de aquel joven. Era el novio de su maestra que, con su blanca sonrisa y finos rasgos, explicaba a sus padres el motivo de su visita: el innato talento de su hijo menor para las matemáticas.

Escuálido, miope y larguirucho, Chao, a sus catorce años, era un preadolescente que destacaba entre sus compañeros de clase por su inteligencia y mostraba predilección por las ciencias, en especial por las matemáticas. Tanta era la maña del alumno que su maestra acabó por hablar de él a su novio, un pequeño empresario de Gaolan. El joven, tras comprobar los ejercicios y exámenes de Chao accedió, de forma clandestina, a ocuparlo como contable un par de horas diarias después de clase en su modesta empresa. El joven negociaba ahora el salario con los padres de Chao que, entre sorpresa y alegría, accedieron a que su hijo aportara algo de dinero en casa. La mirada del adolescente pasó de la efusividad del empresario a la expresión de incredulidad de su padre. ¿Serviría aquella contribución económica para congraciarse con él? Tiempo después comprobaría que no, que para su padre sería tan solo un pequeño pago haberle mantenido todos aquellos años. Chao, que por un momento había albergado en su interior alguna esperanza, asumió por fin que nada en el mundo le reconciliaría con su padre. Este, sencillamente, le despreciaba.

«Solo hay una cosa peor que nacer niña: ser un niño débil como una niña». Era una frase recurrente de su padre que retumbaba a menudo en la cabeza de Chao. Pensaba que, aunque una niña no servía para las labores del campo, podía casarse joven y su hambre ya sería un problema de otros; un «aniñado», como su padre lo llamaba, era sistemáticamente rechazado por la sociedad y el Gobierno y frente a las largas y duras jornadas en el campo era totalmente inservible. «Al menos, las niñas no te pueden engañar», gruñía. «Si sabes su sexo antes de que nazca lo puedes abortar; si es un aniñado no hay manera de saberlo ni cortar el problema de raíz. Es un engaño desde el principio; una broma pesada de la naturaleza», bramaba su padre cuando bebía de más. Chao, además, jamás demostró ningún esfuerzo en ser lo que no era, ni siquiera ante la represión pública del Gobierno comunista y el miedo al rechazo de su tradicional comunidad. Y aquello enervaba aún más a su padre.

Aunque a principios del siglo xxi el Gobierno chino decidió poner fin a la «política forzosa del hijo único», a finales de la década de los años veinte volvió a vetar los nacimientos en las zonas rurales más empobrecidas, donde se había disparado la natalidad. Se limitaron los nacimientos a dos por familia, por lo que los padres de Chao aún podían darle un hermano a su primogénito, Li, para que ambos le ayudaran en la extensa parcela en la que cultivaba arroz. Tras un aborto y varios años arrastrando problemas de salud, la madre de Chao había logrado quedarse embarazada de nuevo. La alegría del padre, meses después, al saber que su segundo hijo sería otro varón, dio paso, con los años, al desaliento, al cerciorarse de que Chao era prácticamente inútil frente a las duras tareas físicas que el trabajo de agricultor requería. Mientras que Li era un muchacho robusto que ya desde niño mostró maña para ayudar a su padre, Chao apenas tenía fuerza para levantar herramientas y caía exhausto al poco de comenzar. Aquella visión de derrota de su hijo sudoroso, lastimero, como un animal herido de muerte, avergonzaba a su padre que se preguntaba el porqué de ese castigo. Algunas noches soñaba que Chao moría o, simplemente, desaparecía. A partir de aquellas fantasías, una idea obsesiva se gestó en su cabeza; observaba a su hijo, un día tras otro, extenuado sobre la tierra húmeda, marchito, y pensaba en la cantidad de accidentes laborales que, con frecuencia, ocurrían en la ingrata vida campestre. «Borrón y cuenta nueva», pensaba el hombre; el borrón era Chao y la cuenta nueva era la posibilidad de engendrar un nuevo hijo que ayudase a la subsistencia de la familia.

Chao acababa de cumplir ocho años cuando una gélida mañana la compuerta de la acequia que regaba los arrozales se había atascado como tantas otras veces. Y como tantas otras veces, el padre de Chao, con un gruñido, se quitó los pantalones deshilachados y saltó a la zanja para retirar los restos de tierra, hojas y raíces que obstruían el paso del agua. Una fina capa de hielo cubría el líquido estancado y el frío atenazaba el cuerpo del hombre, desde el ombligo hasta los pies, que habían adquirido un tono azulado. Cuando la compuerta empezó a liberarse sintió cómo la fuerte succión arrastraba poderosamente sus miembros entumecidos. De repente, hipnotizado por el vórtice de agua fangosa, una escena quedó grabada en su mente. Como un autómata, abandonó la acequia, se puso los pantalones y volvió a tirar los restos de hierbas y matojos que poco antes había retirado.

A lo largo de la jornada, volvió al lugar varias veces más; echó paladas de tierra y llevó consigo restos de malas hierbas, hasta que comprobó que la compuerta volvía a estar atorada y el agua estancada. Y esperó a la noche.

El sol, en su despedida, filtraba hilos rojizos entre las tablas de la destartalada puerta de la casa. Alrededor de la mesa, los miembros de la familia cenaban en silencio, como siempre, sentados sobre un suelo de tarima raída. Li y Chao daban pequeños mordiscos a sus escasas raciones, como si quisieran engañar al hambre. La madre, sin embargo, observaba al padre, que no levantaba la vista de su plato. Algo le sucedía. Lo sentía en sus entrañas vacías.

Los hilos de luz se fundieron con la tarima y desaparecieron, dando paso a la noche. Cuando acabaron de cenar, la madre, ayudada por los dos niños, retiró los vasos, platos y cubiertos. En cuanto ella empezó a fregar y Li recogió el último vaso, el padre aupó a Chao en sus brazos, como jamás antes había hecho, y lo sacó al exterior.

La noche era extremadamente oscura, como si las estrellas hubieran huido para no convertirse en cómplices. El niño estaba desconcertado y el hombre, una vez en la acequia y a pesar del frío, lo desvistió y lo introdujo dentro de la zanja. A Chao se le escapó un grito ahogado al contacto con el agua helada. Ambos se miraron. El niño temblaba descontrolado, levantaba los brazos y se aupaba con la punta de sus pies. Su padre le observaba y el niño detectó en él algo diferente: sus ojos no eran los mismos que le habían señalado tantas veces con desprecio. La mirada de su padre era otra, diferente. Ahora, esos ojos le acechaban.

—Agáchate y recoge las hierbas del fondo, hasta donde llegues —dijo su padre, señalando al agua—. Hay que desatascar la acequia para que siga pasando agua y riegue el arroz y el maíz.

Su padre hacía aquello a menudo, Chao lo sabía, pero no entendía por qué había llegado su turno ahora, de noche. Así que, aún desconcertado, entumecido por el frío y cubierto de fango hasta el pecho, introdujo los brazos en el agua turbia para retirar lo que obstruía la compuerta. Sacó varias ramas, pero no era suficiente. Flexionó las rodillas, con gran suplicio, en busca de las raíces más profundas. El agua le llegaba hasta la barbilla y salpicaba sus labios. Continuó así a pesar de su tiritar incontrolable, sin protestar, solo para complacer a su padre. Mientras un dolor gélido le atravesaba los tuétanos pensó que quizá, por alguna razón que desconocía, su padre le estaba poniendo a prueba. Y si así era estaba dispuesto a demostrarle que podía superarla. Pero cuando, poco a poco, el desagüe quedó libre, notó cómo una fuerza sorbía sus delgadas piernas que, entumecidas y doloridas, era incapaz de articular. Como si fuera una estatua de hielo, el pequeño apenas podía moverse o zafarse de la corriente y esta le arrastraba sobre el fango con la intención de tragárselo y hundirlo bajo la compuerta que, oxidada, le esperaba con toda su negritud.

Y entonces, Chao, agotado, cerró los ojos y se rindió. No le hizo falta desistir de enfrentarse a la corriente puesto que sus fuerzas se habían consumido segundos atrás. A sus escasos ocho años se había hartado de la hostilidad con la que el mundo le había recibido; estaba cansado de vivir rodeado de un ingrato sentimiento que ahora identificaba como odio. Era lo que los ojos de su padre reflejaban. Podía soportar que a su madre le diera lástima y también la indiferencia de su hermano hacía él; pero que su padre le odiara no podía soportarlo. Aún podía ver la silueta de su padre recortada en la oscuridad cuando el líquido congelado le cubrió la cabeza y su famélico cuerpo quedó a total merced de la corriente.

Abrió de nuevo los ojos cuando unos dedos huesudos le agarraron con fuerza por el cuello y le sacaron del agua. Tendido en la tierra, agotado, sin poder apenas moverse, Chao vio al lado a su madre, arrodillada y apoyada exhausta sobre sus brazos. Permanecieron allí unos segundos, sin aliento, recuperándose. Su madre lo miraba conteniendo las lágrimas; después, dirigió la vista hacia su padre, que abandonó el lugar a paso lento sin mirar atrás. Ella, que aún jadeaba, volvió a mirarle con una terrible expresión de tristeza. Nunca le había tratado mal pero apenas le había dado muestras de cariño; Chao sabía que ella también hubiera preferido tener otra clase de hijo, de marido y de vida. Aun así, aquella noche, ella había decidido no mantenerse al margen. Chao volvió la vista hacia el lugar donde su padre había desaparecido.

Su madre exhibió un ojo morado el resto de la semana. Le había pegado tantas veces por causas injustificadas que esta vez parecía lucir el cardenal con cierto orgullo, consciente de por qué había recibido el golpe. A partir de entonces, la actitud del padre hacia Chao se tornó incluso más agresiva; ahora, al odio, había que sumarle el rencor y el resentimiento. El niño quedó relegado a las labores de casa, junto a su madre, hasta que su padre, para perderlo de vista, accedió a que acudiera a la escuela.