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Se dice que la luz es buena y la oscuridad es mala, pero eso sería como decir que la luna tiene una sola cara. Cuando un monstruo desalmado le arrebata el alma y lo convierte en Condenado, Rafael se promete a sí mismo jamás perder su dignidad. Cuando se vuelve rey de su clan, es llamado a formar una alianza con los otros reinos de oscuros para defenderse de los ataques de los Guerreros de la Luz, alianza que acepta, por el bien de su propia gente. En medio de esa sociedad oscura, se enfrenta por primera vez a sentimientos tan caros como el amor y la amistad. En busca de la tan ansiada paz, correrá el riesgo de perder en el camino otras cosas verdaderamente importantes para él.
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Seitenzahl: 280
Veröffentlichungsjahr: 2025
Producción editorial Tinta Libre Ediciones
Coordinación editorial Gastón Barrionuevo
Diseño de interior Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones
Diseño de tapa Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones
Ilustraciones Arevalo, Clelia Inés
Arevalo, Clelia Inés
La alianza oscura : los cinco reinos / Clelia Inés Arevalo. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2025. 238 p. ; 21 x 15 cm.
ISBN 978-631-306-459-5
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Novelas de Aventuras. I. Título.CDD A860
Prohibida su reproducción, almacenamiento y distribución por cualquier medio, total o parcial, sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor. Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.
La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidad de/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.
Hecho el depósito que marca la Ley 11.723 Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2025. Arevalo, Clelia Inés© 2025. Tinta Libre Ediciones
El estúpido viento del oeste soplaba fuerte ese día, le despeinaba el cabello y le pegaba en la cara. Ese viernes estaba comenzando a ser un día terriblemente fastidioso.
Ya antes de sentirse paralizado y permanecer inmóvil viendo cómo su familia moría ante sus ojos, Rafael había tenido una jornada horrible. Se había agarrado literalmente a golpes con un abusivo adolescente, dos años mayor que él, que estaba acosando a su hermana; lo habían llevado a dirección y acabaron suspendiéndolo de la escuela por cuatro días. Por si todo eso fuera poco, había tenido que soportar el sermón de Lara en el camino de regreso a casa.
—Te dije más de una vez que puedo defenderme sola, no necesito que te metas en problemas por mí, Rafael. ¿Qué le dirás a papá ahora? ¡Te han suspendido! Y agradece que no te expulsaron. ¿Te das cuenta siquiera cuál podría llegar a ser el castigo de papá? —En ese punto, Lara parecía asustada, y no era para menos: el carácter de su padre dejaba a las claras que una suspensión se merecía como mínimo una tremenda paliza.
—¡Ese estúpido te estaba insultando! ¿Qué querías que hiciera? —se defendió él.
—¡Nada! Como yo, nada. Este es mi último año en esta estúpida escuela. Me falta poco para largarme de aquí. Me iré a la ciudad, estudiaré, seré una excelente mecánica. Y cuando ese imbécil venga con su auto a mi taller para que yo se lo repare, le escupiré en la cara.
—Pero antes me llamarás a mí, para que vea el espectáculo —se acomodó el pelo y la miró sonriendo—. Dios y la virgen quieran que tus sueños se cumplan, hermanita —le contestó finalmente.
—Y los tuyos también, Rafael. —Lara sonrió con ternura—. Te juego una carrera hasta casa, el último lava los platos.
Lara se largó a correr por la desolada calle de piedra sin esperar respuesta, sabía muy bien que no ganaría, Rafael era rápido, ágil y fuerte. El muchacho pasó a su lado como un bólido de fuego, sin embargo, no había hecho ni cincuenta metros cuando aminoró la velocidad. Por una vez, dejaría ganar a su hermana, después de todo, ella había respondido por él en la escuela. Por eso no lo habían expulsado después de romperle la mandíbula al otro chico.
Vio pasar a su hermana con una sonrisa de triunfo en la cara y entrar a la casa pequeña y pobre que ocupaban con sus padres. Él se entretuvo en la entrada, su perro corrió a recibirlo, como hacía siempre. Se agachó a su lado, le rascó la cabeza, pero el perro estaba asustado, empezó a gemir y llorar. Lo volvió a acariciar, pero no pudo tranquilizarlo.
Fue entonces cuando escuchó a Lara gritar, fue un grito desesperado que le heló la sangre. Corrió a la casa y se quedó paralizado en la puerta. Su madre estaba tirada en el suelo, blanca como un papel. Su padre tenía cortes en los brazos, como si hubiera intentado defenderse, pero su agresor lo hubiera superado; estaba junto a su esposa, tan blanco como ella, a todas luces, muertos los dos. Se nubló su mente, no podía ser, su madre…
En un rincón de la casa había un hombre, alto y delgado, no parecía fuerte, pero para haberle ganado a su padre, tenía que serlo, su padre era demasiado fuerte, lo sabía por experiencia propia. El hombre tenía a Lara en sus brazos, parecía como muerta. Ver a su hermana flácida e inmóvil en brazos de un loco le devolvió la cordura.
Reunió toda la fuerza que pudo, ignoró las lágrimas que empezaban a correr por su rostro: «mi madre muerta, no puede ser», y se lanzó hacia el hombre sin más armas que sus propias manos. Este pareció sorprenderse por su osadía, lo lanzó de un empujón contra la pared de la cocina; el golpe lo desestabilizó. Era increíblemente fuerte, pero eso a él no le importaba, tenía que alejarlo de su hermana. Volvió a arremeter contra él, esta vez alcanzó su objetivo. El hombre tiró a Lara al suelo y esta soltó un débil gemido de dolor.
Estaba viva, su hermana estaba viva, con más razón Rafael tenía que atacar. Su contrincante le propinó otro empujón. Él volvió a levantarse, aunque le dolía todo el cuerpo, pero el hombre lo derribó una vez más. Parecía que estaba jugando con él, no quería matarlo en realidad; de haberlo querido, ya lo hubiera logrado. Se quedó tirado en el piso de la cocina, incapaz ya de moverse. El hombre se acercó a él y ladeó la cabeza, como estudiándolo. Cuando habló, su voz sonó aguda y pausada.
—La chica no está muerta, pero lo estará pronto si no la llevamos a mi reino. Ven conmigo, eres fuerte y osado, serás un buen condenado —fue lo último que escuchó el muchacho; el hombre se acercó a él y Rafael sintió un dolor agudo en el cuello. A partir de ese momento, su mundo, tal como lo conocía, dejó de existir.
Cuando volvió en sí, se encontraba en la ladera gris y opaca de una tétrica montaña. Lara yacía a los pies de un tronco seco que se elevaba al cielo, como recordando los tiempos en los que todavía era un árbol fuerte. Se dio cuenta de que él mismo estaba apoyado en un tronco igual, lo separaban de su hermana escasos dos metros. La observó angustiado y vio que parecía dormida, sin embargo, su extrema palidez denotaba su fragilidad. El hombre que había estado en su casa, el que había asesinado a sus padres, se acercó a él con una copa de metal y se la tendió para que bebiera.
—Toma, bebe. Es el ritual de los condenados. Tu hermana ya lo hizo. Si bebes de esta copa, el tiempo ya no pasará para ti.
—¿Dónde estamos? —preguntó el muchacho, todavía confundido.
—En mi reino, el reino de los condenados. En tu mundo nos llaman monstruos. Este lugar, donde estás apoyado, es la puerta que comunica tu antiguo mundo con el mío. Ya no perteneces ahí, ahora este es tu lugar —mirando a Lara, agregó—: y el de ella también.
—Mis padres… debo regresar —hizo ademán de levantarse, pero todo le dio vueltas. El hombre lo sujetó y volvió a recostarlo contra el seco tronco. Sus manos eran firmes, se notaba la fuerza extraordinaria que poseía.
—Estás muy débil porque aún no has bebido, debes beber para completar el ritual. Escucha, tus padres están muertos, tu hermana está ahí, viva, ya no podrá irse, bebió de la copa del ritual, es una condenada, ahora me pertenece… yo soy su rey.
Rafael lo miró con todo el desprecio que fue capaz de reunir.
—Ni siquiera pienses en enfrentarte a mí —dijo el rey al ver la expresión de odio en el rostro de Rafael—. Soy el rey de los condenados y tú solo tienes la fuerza de un simple mortal. Bebe y podrás quedarte con tu hermana, aquí. Tendrás la fuerza de un condenado si lo haces, la fuerza de diez hombres.
El muchacho no dejó de mirarlo ni un momento mientras pensaba. Pensó en cada una de sus palabras, en sus padres tirados en el suelo de su humilde casa, el recuerdo de su madre tirada en el piso frío se quedaría grabado en su retina para siempre; en Lara, apenas viva, recostada cerca suyo, y luego bebió; le supo a sangre dulce, un anticipo de lo dulce que sería la venganza. Más le hubiera valido al estúpido rey no haberle dado a Rafael la fuerza de un condenado…
No pasaron ni siquiera tres meses de eso y el muchacho se alzó sobre el soberano y luchó contra él. Lo venció y se convirtió en el nuevo rey de los condenados, el soberano de un reino de monstruos, de los que Dios había apartado su mirada.
Lara se había quedado sin cumplir sus sueños y él también, pero ningún rey les quitaría su dignidad ni su libertad, por más inmortal que asegurara ser.
Dos años antes de la guerra
El coche trajinaba veloz mientras Edmundo revisaba los documentos; faltaban más de cinco horas para llegar a destino. Casi sin querer miró sus manos y vio la profunda cicatriz, cerró los puños de golpe, como para borrar de su memoria un horrible recuerdo, y se acomodó la corona en su cabeza. Estaban a punto de pasar por su lugar favorito del camino, el lugar donde tantas veces se había detenido con su hija, el que había sido bendición y maldición para él, ya que allí ella se había enamorado de un imposible y había deshonrado no solo a su familia, sino a toda la comunidad.
Ella era un guerrero de la luz, como él. Debía defender al mundo y a su reino de todos los oscuros, no enamorarse de uno de ellos, menos aun siendo la hija del rey. Cerró los ojos y recordó los tiempos en los que ella lo acompañaba en sus viajes. Solían parar allí, en su lugar favorito, ella se descalzaba y mojaba sus pies en el lago, luego se paraba sobre la piedra elevada, extendía sus manos y dejaba que el viento despeinara sus cabellos.
Él la amaba en verdad, era su hija tan querida. ¡Cómo la extrañaba ahora! ¡Cuánto daría por volver el tiempo atrás! Cómo deseaba ahora no haber hecho lo que hizo, aunque sabía que había sido lo mejor para todos… Bueno, quizá para ella no fuera lo mejor.
Abrió los ojos y miró por la ventanilla del carruaje, era el lugar. Las piedras grises, el agua azul del lago, la enorme roca saliente, los árboles alrededor… Edmundo abrió exageradamente los ojos, no podía creer lo que veía, gritó al cochero para que se detuviera, este lo hizo de inmediato.
En la roca, descalza, con los brazos extendidos a los costados, con el viento alborotándole los cabellos, había una muchacha, el tiempo pareció volver atrás y él, anonadado, creyó ver otra vez a su hija de pie frente al lago.
Bajó del coche a los tropezones y llegó hasta la muchacha con la rapidez de un guerrero de la luz. Ella pareció asustarse y giró hacia él. Entonces, él cayó en la cuenta de que no era su hija, no podía serlo. Era alguien joven, quizá de quince años, pero de un parecido asombroso: piel blanca y diáfana, ojos color miel, llenos de luz, cabellos color caramelo. El rostro de su hija giró en su memoria.
—Hindara —dijo, a pesar de saber que era imposible que fuera su hija: ella había muerto quince años atrás. La chica lo miró con los ojos brillantes de un guerrero de la luz y le dijo:
—Lux… mi nombre es Lux, soy una chamané.
Llegar al castillo ese día fue su alivio y su perdición, esas paredes, ahora tan grises para él, tenían demasiados recuerdos de Hindara. Se recostó en el sillón más alejado de la ventana, para pensar.
“Lux… mi nombre es Lux”, le había dicho la muchacha junto al lago. Se suponía que eso era imposible. Y volvió a recordar sus ojos, unos ojos llenos de luz, que no se condecían con los de una bruja de la oscuridad.
“Soy una chamané”, le había dicho también. Él había llevado la culpa de la muerte de la niña sobre sus hombros durante quince años. Había arrastrado a la muerte a su propia hija por todo eso. Sin embargo, había pasado quince años repitiéndose a sí mismo que había hecho lo que debía hacer, lo mejor para su comunidad, lo mejor para los guerreros de la luz. Él no podía permitir que su propia sangre se mezclara con la sangre de los brujos de la oscuridad.
Se levantó de golpe y salió apresurado hacia los cobertizos, no podía quedarse con esa angustia, tendría que actuar rápido. Debía hablar urgente con Daniel, él tendría que darle una explicación.
Daniel se encontraba cepillando los caballos, su tarea habitual en esos tiempos de paz. El guerrero había sido de su entera confianza, por eso le había pedido aquello, por eso le había dado esa terrible orden. Daniel debía hacer lo que él fue incapaz de hacer, deshacerse de su propia nieta, de la hija de Hindara.
Cuando el guerrero de la luz levantó los ojos y vio a su rey observándolo detenidamente, supo que algo no andaba del todo bien.
—Señor, ¿a qué debo su visita a los establos? ¿Necesita un caballo tan tarde? —preguntó, tratando de que su rey no notara su nerviosismo.
—No, Daniel. Necesito que me recuerdes una vez más qué hiciste con la niña que Hindara dio a luz hace quince años. —Clavando sus ojos fríos en el guerrero, esperó una respuesta.
Daniel tembló ante una orden tan directa, como hacía quince años había temblado con el cuchillo levantado sobre el corazón inocente de una bebé, cuya madre le había suplicado piedad, mientras él la arrancaba de sus brazos y partía con ella hacia el bosque, escuchando los gritos de su madre diciendo: “Se llama Lux”, “Daniel, se llama Lux”.
Respiró profundo y contestó:
—Ya se lo conté muchas veces, mi señor. La llevé al bosque y esperé a que se durmiera, la puse de espaldas para no verle la carita. Señor, usted mismo no pudo hacerlo cuando miró su carita. Por eso lleva esa cicatriz en su mano.
El rey enrojeció, no sabía bien si por la ira ante las palabras de su vasallo o por el dolor que le causaban sus propios recuerdos.
—Te di una orden clara: matar a la niña. Daniel, júrame por tu honor de guerrero de la luz que lo hiciste.
El hombre, incapaz de articular palabra, permaneció en silencio, un silencio que respondió por él. El rey ya no esperó una respuesta que sabía no llegaría, se irguió cuan alto era y dijo:
—Te exijo que me digas qué hiciste con ella.
Daniel se había encogido ante la presencia erguida de su rey, dudó un momento, como sopesando si debía decir toda la verdad o no. De todos modos, lo hecho hecho estaba, no podía volver el tiempo atrás, tampoco quería hacerlo. Luego se armó de valor, suspiró profundamente y dijo:
—Se la entregué a su padre, Remur Kin, rey de los chamanés.
Edmundo recibió cada palabra como un cuchillazo certero a su orgullo, apretó los dientes, cerró los puños con furia, tanta furia que sintió sus uñas clavándose en su piel, miró con rabia a su vasallo y casi gruñó su próxima orden:
—Quiero que te largues del palacio y que no vuelvas a poner un pie en este reino nunca más. Considérate afortunado, pues no te condenaré a muerte. Márchate antes de que cambie de opinión. Seré indulgente con tu familia, ellos pueden quedarse, no me han traicionado como tú, pero si los descubro intentando ayudarte, los mataré sin piedad.
El rey ya se retiraba, muy ofendido, del establo cuando Daniel le dijo:
—La princesa Hindara murió de tristeza, señor; murió de dolor al creer a su hija muerta. La niña no tenía ninguna culpa, y la madre tampoco. Usted debió matar al rey de los brujos, no a su nieta.
—Es lo que haré ahora Daniel… es lo que haré ahora.
Actualidad
El camino serpenteaba entre rocas afiladas. Las motocicletas dejaban una estela de humo negro mientras atravesaban los caminos y se alejaban más y más de su reino de oscuridad y cenizas.
Rafael encabezaba la caravana en su Bestia Endemoniada, como tenía costumbre de nombrar a su motocicleta. No le gustaba salir de su reino; allí tenía todo lo que necesitaba: poder, comodidad y respeto. Él era el rey de su gente, lo obedecían siempre y lo seguían en toda decisión que tomase. Lo hacían sin dudar, porque él nunca se equivocaba, siempre llegaba a la conclusión acertada. Y por sobre todas las cosas, su pueblo sabía que él anteponía siempre su clan ante cualquier otra cosa. Nada era más importante para él que sus condenados.
A su derecha, su segunda al mando, Lara, piloteaba su Estrella Nocturna, una motocicleta azul desde el manubrio hasta las llantas. A su izquierda, Elián, a bordo de su temible Instinto Animal. Era costumbre de los condenados poner nombres a sus motocicletas, estas eran para ellos como fieles mascotas que los llevaban a donde sea que quisieran ir, solía ser lo más parecido a amigos que podía tener un condenado.
Después de dos días de viaje empezaron a distinguirse en la distancia las azules luces de Chamané, la ciudad de los magos. Comenzaba a anochecer, no era conveniente entrar a la ciudad a esas horas, por más que hubiesen llegado allí invitados por su rey.
Rafael dio instrucciones de acampar a un costado del camino. Como siempre, formaron un círculo con sus motocicletas, diez en total, una más atemorizante que la otra, y se tiraron sobre la hierba verde del campo. No hacía falta fuego, ellos no sentían el frío, no hacía falta mucha comida, ellos estaban acostumbrados a ignorar el hambre. Sacaron de sus bolsas de viaje unas botellas con sus bebidas favoritas y comenzaron a beber.
Los cuervos que revoloteaban alrededor de ellos poco a poco fueron posándose en tierra y adoptando su verdadera forma. condenado no se nacía, te convertías en uno cuando tenías la desgracia de encontrarte con algún ser malvado que cometía el error de convertirte en su igual. Cuando dos condenados tenían hijos, nacían niños que con el tiempo tenían la facultad de transformarse en cuervos, eran los cuervos mensajeros del rey Rafael. Podían adoptar su forma de cuervos o humanos a su antojo.
Los pensamientos de Rafael comenzaron a divagar. Se preguntaba qué querría Remur, el rey de los magos. Hacía mucho tiempo ya que él era la autoridad máxima de los condenados y en muy contadas ocasiones había sido invitado a entrar en la ciudad de Chamané. Para las reuniones anuales de los reyes oscuros, tenían un lugar especial al que llamaban “El descanso”, un sitio neutral que se hallaba en medio de la frontera de tres reinos oscuros.
Se miró las manos, unas suaves y delicadas manos de joven que no atestiguaban la experiencia monstruosa que tenía. Toda su apariencia era la de un joven de no más de dieciocho años, edad en la que había perdido su mortalidad. Quería decir que no la extrañaba, pero no sería verdad. Siempre añoró el tiempo en el que morir era una posibilidad.
Lara interrumpió sus pensamientos al pasarle una botella y preguntar:
—¿Qué crees que querrá Remur? —él la miró, todavía pensativo.
—Supongo que proponerme una alianza. Se avecina una guerra, Lara, se siente en el aire. Los guerreros de la luz avanzan cada vez más sobre los otros reinos. Son demasiados; separados, no tendremos muchas posibilidades de ganar, ninguno de los cuatro reinos.
—¿Y qué crees que te propondrá? —insistió inquisidora.
—No tengo idea. Tendremos que esperar a mañana para enterarnos.
A pesar del largo viaje, nadie tenía ganas de dormir. Era de noche, la luna brillaba con luz mortecina. La noche era amiga de los condenados: cuando ella reinaba, ellos se sentían más fuertes, casi invencibles.
Apoyó la cabeza en el césped, miró el cielo. Cerca del reino de los magos, las estrellas abundaban, muy diferentes de su reino, donde las pocas que había parecían encogerse de miedo cuando ellos las miraban. Cerró los ojos con fuerza, no para dormir, sino para pensar cómo era su vida antes de ser un condenado, antes de que alguien se la arrebatara de las manos, junto con su familia y todos los sueños que había tenido alguna vez, y lo había convertido en el monstruo condenado y sin alma que ahora era. Su vida antes de esa vida, como solía llamarla, era muy humilde y monótona: la escuela en los días de semana, caminatas por su barrio los sábados y la misa obligada de los domingos. Su madre era capaz de perdonar cualquier cosa, menos la ausencia de sus hijos en el primer banco de la iglesia cada domingo.
Quizá eso era una de las cosas que más extrañaba, sentarse en ese banco y mirar hacia el altar, levantar la vista y encontrarse con la cruz de madera y el Cristo con sus ojos cargados de perdón. Pero eso había quedado en el pasado, desde que era un condenado no podía ni siquiera soñar con pisar suelo santo, el monstruo que lo había convertido en lo que ahora era lo había dejado en la total pérdida de cualquier posibilidad de redención.
Había regresado una vez a su pueblo, hacía mucho tiempo ya, buscando a su perro, pero jamás pudo encontrarlo, quizá el cachorro había partido, pensando que su dueño lo había dejado solo y abandonado.
Rafael odiaba el sol, más de una vez se había imaginado que se apagaba para siempre y que nunca más existiría el día sobre la faz de la tierra. La noche reinaría entonces con sus rayos de luna y su oscuridad embriagadora.
Los condenados eran seres nocturnos, se movían por las sombras como demonios por el infierno; su fuerza y destreza aumentaba en la oscuridad, las tinieblas eran para ellos como el elíxir de su eternidad, lo que los hacía inmortales. Sin embargo, los seres de otros reinos vivían el día. Y ahí estaban ellos ahora, él, quince de sus mejores guerreros y cuatro de sus fieles cuervos mensajeros, en las puertas de la ciudad de los magos, quemándose con los rayos del maldito sol. Llevó su mano a la frente, para poder ver bien lo que tenía ante sí.
El puente de piedra que se extendía ante ellos tenía un objetivo: visualizar a las posibles visitas indeseadas antes de que llegaran a las puertas. Pero este no era el caso, él había sido invitado por el mismísimo Remur Kin, rey de los chamanés. A los pies mismos de la torre de vigilancia, los aguardaba una comitiva de magos. Iban vestidos de la forma más estrafalaria posible, vivos colores, brillos, sedas y terciopelos. Nada había cambiado, los brujos seguían siendo tan excéntricos como siempre.
Una conocida figura esbelta dio unos pasos en dirección a Rafael, con la piel oscura y los ojos dorados: Marcus, la mano derecha de Remur Kin inclinó la cabeza a modo de saludo.
—Rafael, es bueno verte otra vez. Contar con viejos enemigos siempre es bueno —ironizó el brujo, apretando los labios, ocultando una sonrisa.
Rafael sonrió más, mostrando sus blancos dientes.
—Nuestra rivalidad no es nada comparado con los enemigos en común, Marcus.
Marcus lo miró de arriba abajo, el cabello despeinado, la pálida piel, su blanca camisa, sus pantalones negros, su daga de plata prendida al cinto. Volviendo a sus ojos oscuros, contestó:
—Es cierto, por eso estás aquí. Nuestro rey los espera. Síganme, por favor.
Mientras avanzaban entre calles atestadas de magos y brujos, se sentían observados como ratas. Algunos los miraban con desdén, otros con miedo, algunos más con repugnancia, pero a nadie les era indiferente el hecho de que dieciséis condenados pasearan por sus calles en sus diez motos malditas, seguidos de sus cuervos mensajeros. Todos estiraban sus cuellos para ver quiénes eran ellos, aunque saltara a la vista que eran condenados.
Cuando llegaron al castillo, Rafael no pudo evitar preguntarse para qué tanta opulencia. Ya había estado en una ocasión allí, había ido a llevar un mensaje de paz al finalizar la última guerra, hacía muchos años; conocía el interior: mucho oro, mucha plata, muchas comodidades innecesarias. A los magos les encantaban el lujo y las excentricidades.
Dejaron las motos en el enorme patio y Rafael dio instrucciones para que cuatro de sus súbditos permanecieran custodiándolas. Todos los condenados tenían aprecio excesivo hacia sus motocicletas, bajo ningún punto de vista podían descuidarlas. Él y los otros once avanzaron hacia el interior del castillo.
En la puerta del salón del trono, los esperaba la segunda persona conocida de Rafael, una hermosa bruja de piel rosada y nariz pequeña, ataviada con un elegante vestido de terciopelo rojo.
—Kataia. Sigues a los pies de tu señor, como siempre. —Ella le sonrió.
—Como debe ser, es mi rey y le obedezco. No tienes mucho que envidiarle, también tienes a tu segunda al mando, tu brazo ejecutor, dicen por ahí.
A su lado, Lara gruñó y dio un paso hacia ella, dispuesta a responderle. Rafael extendió su mano ante ella y la detuvo:
—Tranquila, solo bromeamos, como viejos amigos, ¿verdad, Marcus? Kataia es muy bromista.
La bruja ignoró la actitud de Lara y dijo:
—Solo tú y dos de tus hombres, Rafael; los demás esperarán aquí.
El rey de los condenados giró para mirar a los suyos y ordenó:
—Lara, Elián, síganme. Duncan, quedas a cargo aquí. —El mencionado se irguió orgulloso y miró a sus compañeros.
Atravesaron la enorme puerta de hierro y caminaron por una alfombra roja hasta llegar a los pies de dos tronos de madera tallada con arabescos y símbolos extraños, seguramente mágicos. Uno de los tronos estaba vacío, una rosa blanca descansaba sobre él. En el otro, un hombre que parecía de mediana edad, pero que en realidad era mucho más viejo que él, inclinó su cabeza y extendió sus manos hacia los recién llegados.
—¡Rafael! ¡Qué bueno que hayas aceptado mi invitación! Lara, Elián, sean bienvenidos.
—Remur, ¿qué es eso tan urgente que tienes que tratar con los condenados? Nos llevó dos días llegar hasta aquí, espero que valga la pena haber venido.
—Lo valdrá, Rafael, lo valdrá ¿Qué noticias tienes de los guerreros de la luz? —preguntó el rey chamané—. ¿Sabes algo de los ferales? ¿Y del reino de Más Allá?
—No vine hasta aquí para escuchar chismes, Remur. Si sabes algo, dilo de una vez. —Nunca le había gustado hablar de más.
—En Chamané ha habido muertes, no dentro de la ciudad, pero cualquiera que salga de nuestras murallas es encontrado sin vida. Sabes que nosotros somos muy difíciles de matar; para acabar con un brujo de la oscuridad hace falta mucha puntería. Sin embargo, son muchos los magos que se han encontrado con la muerte ahí afuera. Y creo saber quiénes son los culpables.
Rafael respiró profundamente. Volvió a su mente el cadáver del pequeño cuervo dejado a las puertas de su reino como una advertencia, como un aviso para su clan, para su gente, y unas cuantas cosas más que no tenía deseos ni siquiera de pensarlas.
—Puede que esté pasando algo parecido en mi reino. ¿Sospechas de los guerreros de la luz? —preguntó, bastante más interesado en la conversación de lo que estaba dispuesto a demostrar.
—No sospecho, estoy convencido de que son ellos. Hablé con Likko, también los ferales sufrieron bajas sin razón aparente. Del reino de Más Allá no tengo noticias; sabes lo cerrados que son.
—Habíamos firmado un acuerdo mutuo de no ataque. ¿Por qué lo romperían? No les conviene ponernos a todos en su contra.
—¿A ellos qué más les da, Rafael? Siempre fueron lo suficientemente arrogantes como para creerse mejores que todos nosotros. Para ellos los ferales son animales, los condenados son monstruos sin alma, los brujos pertenecemos a la oscuridad, somos una amenaza, y en el reino de Más Allá, los kerubs son débiles y traidores. Para ellos, ninguno de nosotros merece la pena vivir. La vieja teoría: la luz es buena, la oscuridad es mala.
Rafael le sostuvo la mirada, serio e imperturbable, sin embargo, concordaba con Remur en todo.
—¿Sugieres que nos unamos contra ellos? —aventuró.
—Sugiero que presentemos un frente unido y aguardemos el siguiente paso, que, me temo, llegará pronto. Y hablo de todos, chamanés y condenados, ferales y kerubs.
El condenado resopló con evidente fastidio.
—Sabes que nosotros no nos llevamos muy bien con los ferales, no sé por qué, pero siempre nos llevamos la contraria en todo. Va a hacer falta más que palabras para… —el rey de los brujos lo interrumpió.
—Eso es a lo que me refiero, más que palabras. Rafael, estoy dispuesto a entregarte a una de mis hijas para demostrar el honor de mi palabra.
Rafael tragó saliva, por demás de sorprendido. Realmente no se esperaba semejante propuesta. A su lado, Lara gruñó sin disimulo; Elián, por el contrario, se echó a reír.
—¿Te has vuelto loco? —preguntó el rey de los condenados, ignorando las actitudes de sus dos subalternos.
—Una alianza de sangre, Rafael. Si te casas con una de mis hijas, nuestros reinos permanecerán unidos, en la guerra y en la paz.
—Las razas no se mezclan, nunca se han mezclado. Cada uno de los reinos se mantiene puro por eso —sostuvo el condenado; el chamané bajó la mirada un momento, pero luego contratacó.
—Pues creo que va siendo hora de que eso cambie. Los guerreros de la luz nos cercan cada día más, nos sobrepasan en número, aún si nos uniéramos todos los oscuros, ellos serían más que nosotros.
El rey de los condenados no contestó, pero Lara sí que lo hizo.
—¡Una bruja como esposa del líder de los condenados! ¡Eso es imposible! ¡Una locura! Mi hermano jamás aceptará eso.
—Piénsalo, Rafael; Likko ya aceptó. Su hija, Amalia, se casará con mi hijo mayor, Chasi. ferales y chamanés unidos por la sangre ¿Qué dices? Chamanés y condenados… Bueno, en el almuerzo te presentaré a mis tres hijas, confío en que elijas a la mayor, es la más sensata de las tres; la del medio, Yarí, es muy bonita, pero su cabeza vuela como el viento, es muy imaginativa. Y la menor es muy chica, no está lista para nada que no sean sus libros y sus historias.
Rafael protestó:
—Yo no he dicho que sí, Remur. La verdad no tengo pensado…
—¡Tonterías! Tienes que conocerlas primero, luego me contestarás —insistió Remur.
Rafael no sabía qué era peor, si las risas y las bromas de Elián o la indignación y mal humor de Lara. Después de diez minutos de soportar los reproches de Lara sobre por qué no contestó con una rotunda negativa y las sandeces de Elián sobre lo divertido que sería el almuerzo, los acalló a los dos con su auténtica mirada de líder.
Cuando llegó la hora del almuerzo, fue escoltado al gran comedor por Kataia y Marcus. En la cabecera de la mesa se encontraba Remur, con su brillante atuendo de mago rey, pantalón y saco de un azul intenso y capa del más brillante rojo. A su derecha se encontraba su hijo Chasi, con evidente cara de fastidio. Rafael se preguntó qué pensaría el muchacho de las estrategias de su padre. De pie, una a cada lado de la silla de Remur, dos jóvenes aguardaban muy estoicamente a ser presentadas. Él las saludo con una inclinación de cabeza.
—Rafael, te presento a mi hija mayor, Kady. —La muchacha se inclinó hacia él y le tendió la mano, él se la tomó y besó sus dedos, como se acostumbraba en el reino de los brujos. La joven era alta, morena, de hermosos ojos verdes, como su padre.
—Y esta es Yarí, la tercera después de Chasi y Kady. —La joven dio un paso al frente, sonreía de oreja a oreja, se inclinó más de lo necesario y, pestañeando de manera provocativa, le tendió su blanca mano. Era excesivamente bonita, su cabello dorado le caía en forma de bucles por sus hombros y espalda y sus ojos eran azules como el mar. Rafael recordó de inmediato a Sugar, la esposa de Remur, que había muerto al poco tiempo de nacer su cuarta hija. Yarí era un fiel retrato de su madre. Besó su mano y le sonrió abiertamente, ella le contestó con una encantadora reverencia.
El condenado, mirando al rey, preguntó:
—¿Y dónde está la tercera?
El que contestó fue el príncipe Chasi:
—En realidad es la cuarta, la menor de todos. No se siente bien hoy. Descansará en su habitación —explicó muy amablemente.
Yarí, ubicándose en la mesa junto a su hermana, agregó, todavía sonriendo:
—No le gustan las visitas, es muy solitaria. Debe ser una excusa para no bajar.
El rey la interrumpió, con la voz muy alta:
—No digas eso de tu hermana. Ella no se siente bien —luego continuó, mirando al rey de los condenados—: Te ruego que la disculpes, Rafael.
—Dijiste que me presentarías a las tres, no decidiré nada si no conozco a las tres. —La ausencia de la menor de las hermanas le vino perfecto como excusa para no decidir nada. Yarí le volvió a sonreír diciendo:
—Mi señor, no hace falta que ella esté presente. Te diremos cómo es y seguramente no necesitarás más. Es descuidada, soberbia, contestadora y recorre el castillo descalza y con el pelo suelto.
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