En las letras de su nombre - Clelia Arevalo - E-Book

En las letras de su nombre E-Book

Clelia Arevalo

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Beschreibung

Juana Almirón Espinosa no quiere marcharse y dejar a su amada ciudad enterrándose, sola y abandonada, pero debe hacerlo. A esa aventura se le suma la llegada del capitán Juan Monzón Ávalos Mendoza y Melgarejo, que regresa a casa justo para el traslado de Santa Fe, la vieja, a su actual emplazamiento. En el pasado solo tuvieron encuentros desafortunados. ¿Será igual en esta nueva oportunidad o podrán revertir esos malos recuerdos de la infancia? Cuando el capitán Monzón parte con rumbo incierto a pactar un rescate con una tribu de abipones, Juana lo sigue para convencerlo de que desista de su plan, pero un ataque sorpresivo hace imposible el retorno a Santa Fe de la Vera Cruz. Solo la ayuda de Romualdo, Rategham Naue, un joven abipón que carga con un pasado doloroso, podrá sacarlos de la encrucijada en la que están inmersos. En las letras de su nombre es una historia de amores y traiciones, donde solo el poder de la amistad verdadera podrá marcar el rumbo a tres corazones afligidos, tan diferentes y tan iguales a la vez.

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Seitenzahl: 251

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Arevalo, Clelia Inés

En las letras de su nombre / Clelia Inés Arevalo. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2023.

196 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-987-824-427-3

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Novelas Históricas. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

Tinta Libre no se responsabiliza por la corrección textual de la obra ni por los errores ortotipográficos y gramaticales que pudieran leerse. El presente libro se publica fiel al manuscrito original entregado por el autor, bajo su pedido explícito de respetar la obra textualmente como fue escrita. El autor se responsabiliza por la corrección del texto de manera independiente y ajena a la editorial.

© 2023. Arevalo, Clelia Inés

© 2023. Tinta Libre Ediciones

En las letras de su nombre

CAPÍTULO I

Camino a Santa Fe de la Vera Cruz. 1660

Juana Almirón Espinosa

El calor de marzo sofocaba y el sol pegaba bien fuerte sobre todas las personas que caminaban en caravana, esa siesta de domingo. Hacía ya tiempo que los pedidos del gobernador, sobre el traslado de la ciudad, se habían convertido en órdenes.

Ese mismo día, bien temprano, un grupo numeroso de vecinos había salido rumbo a lo que sería su nuevo hogar, se trataba del rincón de la estancia de Juan Lencinas, unas doce leguas al sur del lugar que se estaba abandonando. Caminaron en fila, por un camino polvoriento, dejando atrás los restos de una ciudad que los había visto nacer.

Juana Almirón Espinosa caminaba, de muy mal humor, junto a la carreta donde iban su madre y sus dos hermanas. Hacía girar la falda de su vestido mientras arrastraba sus pies una y otra vez. Su cabello castaño, caía sobre sus hombros y ella lo tiraba hacia atrás de vez en cuando; el calor se hacía más insoportable, cada segundo que pasaba.

—Deje las chiquilinadas y suba junto a su madre, niña —le aconsejó una vez más Josefa, su “nana”, como ella la llamaba siempre que estaban solas. Josefa era una negra que había llegado un día, con muchos otros, en un barco que venía de Angola.

Juana desoyó, como de costumbre, los consejos de su nana y continuó arrastrando los pies en señal de protesta. Nadie quería dejar su hogar en la vieja ciudad, a orillas del río Quiloazas, pero las inundaciones periódicas y el ataque de los indios, llevaron a tomar esa terrible decisión. Todos habían terminado por aceptar que el traslado de la ciudad a un lugar más protegido era lo mejor. Sin embargo, Juana aún no terminaba de aceptarlo.

Observó a su alrededor, la sucesión de carretas cargadas de cosas y personas, treinta carretas en total, los hombres en sus caballos, guiando y protegiéndolos de posibles ataques del malón, entre ellos, pudo distinguir a su padre, el capitán don Juan Almirón de la Calzada. Era imposible no distinguir a su padre entre la multitud, su postura altiva y su serenidad absoluta ante los peligros, lo convertía en el mejor guardián que alguien podría tener. A la izquierda de su padre, iban sus dos hermanos, Domingo y Francisco Almirón, que, por más que se esforzaran en copiar la actitud de su progenitor, estaban muy lejos de lograrlo y no podía culparlos, ella también distaba mucho de parecerse a su padre, solía desesperarse ante el primer síntoma de peligro a su alrededor.

Juana continuó mirando, y vio a la derecha de don Juan Almirón de la Calzada, a un joven tan erguido y altivo como su padre, con la vista fija en el frente, la espalda recta y la tez levantada hacia el horizonte. Era un capitán, lo supo por los galones en sus hombros, aunque pareciera muy joven para serlo. Vio a sus hermanas cuchicheando mientras lo miraban y cambió de parecer con respecto a su protesta silenciosa. Saltó a la carreta, sin ayuda de nadie y se ubicó entre su madre y sus hermanas.

—¿Quién es el joven que cabalga junto a papá? ¿Viene de otra ciudad? No lo conozco, jamás lo he visto por aquí —preguntó intrigada. Fue su hermana María quien le respondió, entre risitas ahogadas.

—Es el capitán don Juan Monzón Ávalos Mendoza y Melgarejo. Lo acaban de nombrar capitán, solo unos días antes de que inicie el traslado de la ciudad.

—¡Claro que lo conoces, hija! —la corrigió su madre —es el hijo de don Francisco Monzón y Mendoza. Su mamá, doña Leonor, murió hace más de ocho años ¿Te acuerdas ahora?

¿Qué si se acordaba de Juan? ¡Claro que se acordaba! Era el impertinente que le había dicho de niños, que ella se comportaba como un varón. Pero por más que lo mirara y mirara, no terminaba de descubrir en ese hombre que cabalgaba junto a su padre, al niño atrevido y maleducado de su infancia.

—Se marchó a Buenos Aires después de que murió su madre—dijo Anna, mientras continuaba mirándolo —regresó justo para acompañar a los vecinos en el final del traslado de la ciudad.

—Su padre, don Francisco, debe estar muy orgulloso de él —dijo su madre, mirando hacia el final de la caravana, donde marchaban los hombres que cabalgaban juntos, cerrando el grupo de vecinos —. Es el único de sus hijos que le salió capitán.

—Por lo menos tiene uno —ironizó María —.Papá hasta ahora no tiene ninguno —su madre la llamó a silencio.

—Domingo y Francisco no lo han conseguido todavía, pero ya lo lograrán, estoy segura —la madre de Juana siempre defendía a sus hijos varones. Anna le contestó algo, pero Juana ya no escuchaba la conversación. Centró su vista en el hombre que cabalgaba junto a su padre. Entrecerró los ojos para observarlo mejor. Definitivamente ese hombre no se parecía en nada al niño grosero que ella había conocido una vez. Aunque, para ser sincera consigo misma, debería verlo más de cerca para corroborar eso.

La ocasión no tardó en presentarse y no fue, para nada lo que Juana esperaba. No habían hecho más de cinco kilómetros cuando dieron la orden de detenerse, para que los caballos pudieran beber. Todos aprovecharon para refrescarse un poco en la orilla del arroyo. María y Ana, casi se podría decir, le siguieron el paso al capitán Juan Monzón, se apuró a caminar detrás de ellas, quería comprobar si el “Juan” del que hablaba su madre, de verdad era el mismo que ella había conocido de niña.

Él se había acercado a la orilla y se mojaba el rostro, para refrescarse. Allí donde Juana mirase había señoritas observándolo, algunas, para nada disimuladas. Ella y sus hermanas ya pasaban detrás de él, cuando su prima, Teresita Almirón Zapata, caminando apresuradamente para llegar hasta el capitán, tropezó y avanzó siete pasos sin tocar el piso. Él reaccionó dando un paso para atrás, justo cuando Juana pasaba detrás. Los tres cayeron al mismo tiempo. Teresita cayó de bruces al agua. Juana, se vio de repente, de espaldas al piso y el gran capitán Juan Monzón Ávalos Mendoza y Melgarejo, cayó encima de ella.

Sus hermanas rompieron a reír, Teresita se puso a llorar, el capitán no sabía qué hacer, se levantó de inmediato y le tendió la mano para ayudarla a levantarse. Juana ignoró su mano tendida y se levantó sola, luego empezó a despotricar contra él.

—¡Es que no vio que yo estaba pasando! ¿Por qué no se corrió para otro lado?

Juan se quedó mirándola sin saber qué responder, sus ojos almendrados se abrieron al máximo por la sorpresa ante la reacción de la muchacha. Hasta que reparo en que Teresita todavía continuaba en el agua. Se apresuró a ayudarla a levantarse, ella se ruborizó aún más de lo que ya estaba y le dio las gracias. Juana pensó que eso era justo lo que su prima buscaba, llamar su atención. Se le escapó una risita de fastidio y él lo entendió todo mal. Giró hacia ella y le dijo, más enojado de lo que debería:

—¿Se ríe usted de la joven? ¿Le parece gracioso que cayera al agua? Este arroyo parece peligroso ¿No se da cuenta? Veo que no es usted para nada sensible, al parecer.

Juana enrojeció, pero su sonrojo no tenía nada que ver con la vergüenza, era más bien indignación.

—¡Yo también caí al suelo, por si no se dio usted cuenta! —protestó.

—Y yo le tendí la mano para ayudarla a levantarse, algo que usted ignoró, “señorita” —remarcó. Luego agregó, con el tono de voz un poco más bajo —Al parecer no has cambiado nada, Juana.

Ella se quedó muda. Se acordaba de ella. Por un momento, le pareció tierno, pero luego recordó lo que le había dicho casi diez años atrás, y ahora resulta que pensaba que ella seguía siendo así, poco femenina y muy rebelde. Eso era lo que le había dicho en el pasado.

—Continúo levantándome sola, si es a lo que se refiere, capitán.

—No. No me refería a eso. Las dejo, para que se refresquen en el agua. No tarden, la caravana debe continuar su camino y por favor —dijo, mirando a Teresita —cuídense de no volver a caer al agua—. Y se marchó sin mirar atrás.

Juana pensó para sus adentros: “usted tampoco ha cambiado nada, Juan Monzón Ávalos Mendoza Melgarejo”.

Ya era el atardecer, cuando se dio la voz de alto y toda la caravana se aprestó a descansar. Todos eran conscientes del peligro que conllevaba el acampar en el medio de la nada misma, pero era menester reponer fuerzas. La mitad de los hombres se preparó para la primera guardia y todos los demás se encomendaron al Señor y se dispusieron a cerrar los ojos y descansar, aún con la amenaza de los indios a su alrededor.

Al contrario de todos los demás, Juana durmió toda la noche. Siempre había confiado ciegamente en su padre, y sabiéndolo en el frente de toda la guardia, no tenía nada de qué temer.

Cuando el amanecer se anunció con los primeros tenues rayos de sol, toda la caravana se puso en marcha otra vez. No tardaron más de treinta minutos en estar listos para reanudar la travesía.

No caminaban hacia el sol ni alejándose de él, se dirigían casi en línea recta, o por lo menos, eso le pareció a Juana. La gente parecía más animada a esa hora de la mañana, quizá porque la luz los cobijaba a su amparo y la amenaza del indio no se sentía tan cerca. Los últimos años en la vieja ciudad, era una imagen que se quedaría gravada en el recuerdo de muchos, como el de un tiempo hostil, donde se vivía bajo alarma, todo el pueblo dominado por el miedo y la precariedad. Al asedio indígena, se le había agregado en los últimos años, las dos nuevas crecidas del Paraná. La ciudad solo parecía defenderse de las continuas invasiones y sumergirse en la pobreza. Por todo eso, es que el pueblo entero había aceptado que el traslado de la ciudad, era lo mejor.

Les habían asegurado, a todos, que cada uno de los vecinos recibiría igual cantidad de tierra y ubicación en la nueva traza, eso había terminado de convencer a los más arraigados a la vieja Santa Fe.

Y ahí se encontraban todos ahora, marchando hacia esa nueva ciudad, que se había estado construyendo en los últimos diez años. Un grupo de vecinos ya estaba instalado allí, ellos eran el segundo grupo, otros venían detrás.

Juana se preguntaba si su patio sería el mismo, si podría sentir el canto de los pájaros como en la vieja Santa Fe, si las comodidades serían las mismas, si el solar que les correspondía sería tan grande como el viejo. Ella era la menor de los cinco hermanos, todos le repetían siempre que era una malcriada y su defensa ante eso, siempre había sido la rebeldía. Por eso, había aprendido a defenderse de los ataques de los demás desde muy pequeña.

Uno de esos ataques había llegado cuando tenía doce años, recordaba muy bien la fecha, era treinta de septiembre, se hacía como todos los años la fiesta de San Jerónimo. Hacía ya tres días que los pregoneros estaban anunciando la fiesta por todas las callecitas, Juana estaba muy entusiasmada y sus hermanas también, como todas las señoritas de la ciudad. Se habían preparado, como todos los años, las llamativas corridas de toros, algo que particularmente a ella, no le gustaba para nada. Le molestaba terriblemente ver sufrir al animal, todo mundo le decía que para eso vivía el toro, pero nunca comprendió la estúpida idea de esas “corridas”. Sin embargo, trataba de no quejarse en voz alta, pues todos estaban muy contentos con la fiesta.

Aun así, no pudo soportar ver a Hernando y Lorenzo Monzón, los hermanos de Juan, burlándose de todo lo que le iba a suceder al pobre animal. Perdió toda compostura y empezó a gritarles, algo totalmente impropio para una señorita de sociedad como ella. Tan impropio era, que ambos muchachos se quedaron petrificados escuchándola y no atinaron a nada más. Fue cuando Juan, que estaba a sus espaldas, le había dicho esas groseras palabras:

—No me extrañaría que pasaran los años y se quedara usted sola, de todas las niñas del lugar, es la única que se comporta como si fuera un varón, para nada femenina. Una señorita no grita ni levanta la voz.

Ella giró tan de prisa, sobre sí misma, que terminó mareándose. Sintió que todo le daba vueltas y cayó de golpe al suelo. Lejos de asustarse, los tres muchachos se quedaron mirándola, imperturbables. Después de varios minutos, Juan, el más joven de los tres, no llegaba a los quince años, le tendió la mano para ayudarla a levantarse, pero ella estaba tan furiosa, que evitó la ayuda y se levantó sola. Salió corriendo hacia su casa mientras escuchaba detrás de sí, a Juan diciéndole a sus hermanos:

—Además de poco femenina, también es una rebelde.

Juana volvió al presente, dejando atrás ese pasado que molestaba, cuando escucho la voz de alto. Estaban arribando a la nueva ciudad.

Tan solo al atravesar el cerco de entrada, se dieron cuenta que todo a su alrededor era una copia fiel de la vieja Santa Fe. Santa Fe de la Vera Cruz se había construido como un calco de la anterior. Eso tranquilizo los ánimos de los que, como Juana, todavía tenían un poco de dudas.

El nuevo solar de la familia era igual de grande que el anterior. Llegar hasta él no fue difícil, pues la ciudad tenía la misma traza, solo siguieron el mismo camino de siempre. Lo primero que hicieron las tres hermanas, fue correr hacia el pasillo donde se encontraban las habitaciones familiares. Su madre, doña Juana y su abuela paterna, las seguían mucho más lejos y con menos prisa.

María de la Calzada, la madre del papá de Juana, vivía con ellos en la vieja ciudad, ahora en Santa Fe de la Vera Cruz sería igual. Juana compartía habitación con ella, quizá porque era la nieta con la que mejor se llevaba, o tal vez porque sus hermanas siempre fueron más compinches entre ellas. A Juana le gustaba escuchar las historias del pasado que solía contarle su abuela, justo antes de dormir. Sus favoritas, eran las historias de cuando había vivido, junto a su esposo Diego Almirón, en Corrientes.

Ese día había sido por demás de largo, los anteriores también, por eso, lo único que quería toda la familia era comenzar a instalarse y tomar posesión del nuevo solar. Todos los habitantes de la ciudad pensarían lo mismo, por esta razón fue que a todos sorprendió la llegada a su casa del capitán Juan Monzón.

Josefa fue quién anunció su llegada. El más sorprendido por la visita fue el padre de familia, el capitán don Juan Almirón de la Calzada, sin embargo, en dos segundos había recompuesto sus facciones y demostrado la entereza de siempre.

—Buenas noches, capitán Monzón ¿Qué lo trae por aquí tan tarde?

—Buenas noches, capitán y buenas noches a todos. No es mi intención molestar, pero fui enviado aquí por las altas autoridades. Están convocando a los jóvenes al nuevo cabildo, me envían aquí por Domingo y Francisco —giró hacia ellos y continuó—: Creo que comprenderán que la ciudad necesita de sus servicios.

Los hermanos de Juana se irguieron cuanto pudieron, se los estaba convocando nada más ni nada menos que para proteger la ciudad. El capitán Almirón, muy orgulloso le contestó:

—Si es así, marcharán con usted de inmediato. Domingo, Francisco, vayan con el capitán Monzón. Aquí los esperaré para enterarme de las novedades.

Los dos estaban tan sorprendidos por la noticia, que no atinaron a decir nada, solo a seguir a Juan, el menor de los tres, con la frente lo más en alto que pudieron.

El capitán, antes de marcharse, saludó con una inclinación de cabeza a cada una de las señoras y señoritas presentes. Cuando se dirigió a Juana, sus labios se curvaron levemente hacia abajo. Todavía estaba enojado por su reciente encuentro. A Juana eso no le importaba, podría enojarse todo lo que quisiera.

Domingo y Francisco regresaron a casa bien entrada la noche. Como había prometido, su padre los esperaba para oír todo lo que tenían para decirle.

—Nos han ingresado al grupo de seguridad de la ciudad, padre —dijo orgulloso Domingo —formaremos parte de la milicia de defensa de nuestra gente.

—Somos más de veinte los nuevos reclutas —agregó Francisco.

—Por fin tienes posibilidades de tener un hijo capitán, padre —bromeó María, la mayor de las hermanas. Su padre la reprendió:

—No me interesa tener un capitán en la familia, solo quiero que ambos permanezcan vivos, así que cuídense los dos ¿Entendido?

La madre y señora de la casa, incapaz de pronunciar palabra, solo se permitió abrazar a sus hijos, su corazón de madre se inquietaba ante la posibilidad de ver a sus hijos luchando contra el malón.

Esa jornada terminó bastante tarde. Cuando ya todos se ubicaron en sus nuevos aposentos, eran pasadas las diez de la noche. Aun así, Juana le insistió a su abuela para que le contara una de sus historias.

—Esta no es la primera vez que me toca empezar de nuevo, Juana — comenzó diciendo doña María, su voz se notaba cansada, a esa altura no se sabía si por el largo día o toda su extensa y ajetreada vida, pocas mujeres llegaban a la edad de doña María con su lucidez y vitalidad —Tenía la mitad de tu edad cuando, con mis padres nos trasladamos desde Asunción hacia un lugar desconocido por todos. Éramos unas cuantas familias, la orden era crear un fuerte en un camino conocido como la Senda Macomita. Nos trasladamos como ahora lo has hecho tú y toda la familia, caminando, acampando en medio de la nada, con la amenaza de lo desconocido encima de nuestras cabezas.

—¿Tenías miedo, abuela? —preguntó asustada Juana, doña María sonrió y sus arrugas se pronunciaron aún más.

—¿Qué si tenía miedo? ¡Claro que sí! ¡Y cuánto! Pero, al igual que tú, yo confiaba mucho en mi padre, don Domingo de la Calzada. Era un hombre fuerte, que dedico toda su vida a proteger a su familia. Por él tu hermano mayor lleva ese nombre.

—¿Y adónde llegaron? ¿Dónde se instalaron? —esa historia no se la había contado nunca, Juana estaba intrigada.

—A orillas del río Bermejo se hizo la primera fundación, el pueblo se llamó Concepción de la buena Esperanza. Sin embargo, la ciudad se afianzó un poco más tierra adentro. La idea era ser un paso, un camino para el comercio que iba desde Talavera del Esteco a Asunción y de ahí a Corrientes.

—¿Cómo fue tu vida ahí? Nunca me contaste nada de ese lugar—protestó la nieta.

—Porque no es de mis más lindos recuerdos, querida. Lo único bueno que tuvo ese lugar, es que ahí conocí a tu abuelo. Era de una de las mejores familias de Asunción, tenía cinco años más que yo y era muy apuesto.

—¿Te enamoraste de él enseguida, abuela? —los ojitos de Juana brillaron de emoción.

—¡Ay! Juana. Ni tiempo nos dieron para eso. Tuvimos suerte, por lo menos nos presentaron, nuestros padres se encargaban de todo, nosotros solo teníamos que firmar los papeles. Ya verás que te pasará lo mismo a ti, tus padres se encargarán de todo, cuando llegue el momento.

—¡Yo no quiero eso! Me gustaría encontrar un hombre que sea como papá. Fuerte, decidido, atento y que proteja siempre a su familia. No he conocido a nadie así, todavía. Pero, sígueme contando la historia ¿Qué pasó en Concepción de la Buena Esperanza?

—Fue una de las épocas más difíciles de mi vida. Todos los días había sublevación de indios o ataques de los abipones. Tu abuelo, don Diego Almirón y yo nos casamos y en febrero de mil quinientos noventa y ocho, nació nuestro primer hijo, tu padre, Juan Almirón. El año siguiente fue un año terrible. Hubo una revuelta muy grande y no solo Concepción de la Buena Esperanza fue atacada, también Matará y Guacará, dos asentamientos de encomiendas. Ahí fue donde perdí a mi padre. Fue con un grupo de hombres a defender Matará, solo uno de ellos regresó, mal herido hasta el fuerte, los demás no tuvieron esa suerte, los mataron a todos. Ese hombre nos contó cómo mi padre y todos los demás, lucharon heroicamente. Parecía que nunca iba a acabar. Por suerte, Asunción, Corrientes y Santa Fe enviaron ayuda. El mismísimo Hernandarias vino a socorrernos. Después de unos meses todo se tranquilizó, pero yo ya no quería quedarme en ese lugar. A lo largo de los años siguientes, hubo varios enfrentamientos más, hasta que la ciudad ya no aguantó más.

Juana estaba asombradísima, nunca había oído esa historia de su familia. No sabía qué decir, por eso, permaneció callada, escuchando a su abuela.

—Cuando todos los que habían venido en nuestra ayuda partieron, don Diego Almirón, tu padre Juan, que solo tenía un añito, mi madre, doña Damiana Alonso y yo, partimos con ellos, nos fuimos a vivir a Corrientes. Mi madre partió con el corazón destrozado, nunca más volvió a sonreír, a los pocos años se me fue ella también. Dejamos Concepción de la Buena Esperanza para siempre. Lamentablemente, nosotros solo fuimos los primeros, la ciudad no duró mucho tiempo más, en mil seiscientos treinta y dos, antes de que tú nacieras, varias tribus que vivían alrededor, se unieron y acabaron con ella, mataron a la mitad de la población. Los que quedaron vivos, huyeron hacia Corrientes. Allí fueron recibidos, pero no tuvieron el título de vecinos hasta mucho tiempo después, mientras tanto, se las tuvieron que arreglar como podían.

Juana se quedó muda. Era la primera vez que se arrepentía de pedirle a su abuela que le contara una historia. Se notaba a simple vista, lo mal que le había hecho a doña María de la Calzada recordar aquellos terribles tiempos.

Por fortuna, su abuela finalmente sonrió, con esa sonrisa tan dulce que terminaba por calmar siempre su alma, aunque estuviera en el mayor de los peligros o desconsuelos y le dijo:

—Agradezcamos a Dios que eso es solo una historia del pasado y que ahora, estamos más seguros aquí, en Santa Fe de la Vera Cruz. Vamos a dormir, mi niña, que mañana nos toca ayudar a tu madre a poner orden en esta nueva casa. —Juana cerró los ojos y se durmió rezando para que, ni ella ni sus hermanos nunca tuvieran que pasar por algo así en su vida.

CAPÍTULO II

Camino a la nueva vida

Juan Monzón Ávalos Mendoza Melgarejo

Hacía más de ocho años que Juan no pisaba Santa Fe, y llegaba esa tarde para verla en su último día. A la mañana siguiente, muy temprano, partirían en caravana más al sur, donde se encontraba el nuevo emplazamiento para la ciudad naciente. Esa ciudad le provocaba sentimientos encontrados, por una parte, había vivido una infancia feliz allí, con sus hermanos y sus padres, por otro lado, allí murió su madre, doña Leonor Ortiz Melgarejo, cuando ella tenía cuarenta años y él solo trece.

Quizá eso haya sido lo que lo cambió para siempre, lo que hizo de él, el hombre frio, tosco e independiente que ahora era.

Ni bien llegó, se dirigió al cabildo. Tenía órdenes claras, ponerse a disposición del capitán Álvarez Holguín y ayudar en todo lo que se necesitara para el traslado de los últimos vecinos que quedaban en la vieja ciudad. Como el capitán no se encontraba en el cabildo ni en la plaza de armas, se dirigió a su casa, que se encontraba dos solares más delante de la iglesia de San Francisco.

Era increíble lo vacía que estaba la ciudad, solo debían quedar unas treinta familias, las últimas en marcharse. En otros tiempos, otro era el ambiente por esos lados.

Cuando llego a la entrada del solar del capitán don Pedro Álvarez Holguín se hizo anunciar, como correspondía. El indio que llevó su mensaje al interior de la casa, no tardó mucho en regresar. Ya en el interior, Juan pudo ver que todo estaba ya empacado y listo para el traslado. El hombre que tenía delante, era de unos cuarenta y pico de años, de ojos grisáceos que le conferían un toque de distinción. Su barba relucía, negra y limpia, demostrando su alto estatus. Se levantó del único sillón que quedaba en la sala de entrada y le tendió la mano.

—Capitán Juan Monzón Ávalos Mendoza y Melgarejo, sea bienvenido otra vez a su ciudad natal, aunque no dure mucho su estadía, mañana mismo partimos unas cuantas leguas al sur. Aunque, no creo que eso haga dudar a su noble sangre, lleva usted el apellido de cuatro familias de conquistadores.

—Es un honor estrechar su mano, capitán Álvarez Holguín, la estirpe de su nombre lo precede —saludó Juan, sin ruborizarse siquiera por los halagos. Hacía tiempo que había aprendido a decir las cosas correctas en el tiempo correcto —. Por supuesto que estaré listo para las ordenes que guste usted darme, señor.

Don Pedro Álvarez Holguín lo miró sin recelo. Mucho se había hablado en los últimos tiempos del recién nombrado capitán Monzón Ávalos Mendoza Melgarejo. Era un secreto a voces que había sido enviado allí por el mismísimo gobernador. También se sabía de sus expediciones al otro lado del Paraná, aunque nadie supiera a ciencia cierta a qué lugares había sido enviado. Como sea, todos los grandes señores de Santa Fe estaban analizando la posibilidad de estrechar lazos con la familia Monzón, especialmente con el nuevo y flamante capitán. Don Pedro pensó en su hija menor, la niña Inés Álvarez Holguín de la Calzada, le vendría perfecto para acercarse a la familia del nuevo capitán.

Juan salió de la casa de una de las autoridades más alta de la vieja Santa Fe con un panorama claro de lo que se vendría al día siguiente, en el traslado final de la ciudad. Y ya con eso resuelto, no le quedaba más remedio que dirigirse a su propia vivienda.

Al atravesar el portal de entrada al solar de su padre, don Francisco Monzón y Mendoza, un viento frio recorrió su espalda. Le pareció escuchar la voz de su madre: “¡Juan! ¿De dónde vienes con esas pintas?”, la clásica pregunta de doña Leonor Ortiz Melgarejo, cuando llegaba cubierto de lodo o con los pantalones mojados hasta la rodilla, después de recorrer las orillas del río Quiloazas con sus amigos. Sonrió en silencio y contestó, como si su madre aún se encontraba allí, entre esas paredes y pudiera oírlo: “Esta vez vengo de muy lejos, madre”. En el aire se sentía el olor a menta que a su madre tanto le gustaba. Se tocó el bolsillo, para corroborar que las pequeñas hojas de esa planta se mantuvieran bien ocultas, pero cerquita de su corazón. Tenía esa vieja costumbre de llevar la menta encima, desde el día que ella partió para siempre, era como tener un pedacito de su madre, siempre presente.

Paulino, el indio que cuidaba de su casa desde que era pequeño, se acercó a él sonriendo.

—¡El amo Juan! Don Francisco estará feliz de verlo en casa —. Paulino tenía casi la misma edad que él, quizá dos o tres años más. Había llegado un día de mucha lluvia, con otros cuantos indios, eran parte de una encomienda.

—Vamos a darle la sorpresa, entonces, Paulino —sin decir nada más, entró a la sala de entrada.

Dolía ver la estancia tan vacía. Aún retumbaban en sus oídos los juegos y risas con sus hermanos y los gritos de Tomasa, tratando de tranquilizarlos. Hasta podía imaginar a su madre, sentada en los almohadones, en un rincón de la entrada, bordando como tanto le gustaba.

Cuando don Francisco se percató de su presencia, lágrimas de felicidad cayeron de sus ojos. Corrió a abrazarlo, olvidándose de todas las reglas y protocolos, no le importaba que Juan fuera ahora un capitán, era su hijo. Solamente su hijo.

—Padre, vengo a acompañar a la familia y a todos los vecinos en el traslado de la ciudad. Es una de las misiones que se me ha encomendado.

—Y es un orgullo que nos acompañes, hijo. Mañana saldremos bien temprano, pero estoy seguro que ya sabes eso.

—Si, pero hay un pequeño cambio. Saldremos en dos grupos y nuestra familia estará en el primer contingente de vecinos, junto con otras quince familias ¿Y mis hermanos? Tengo muchas ganas de verlos a todos.

—Felipa se ha casado con Diego Sotomayor Aguilera, ya eres tío, Juan. Ellos ya están establecidos en la nueva ciudad —su padre había cumplido la promesa hecha a su esposa en su lecho de muerte. Ella le había suplicado que casara cuanto antes a su hija mayor y al parecer don Francisco había elegido al hijo mayor de una de las familias más ricas de Santa Fe para hacerlo.

—¿Beatriz y Francisca? ¿También se han casado? —se preguntó si se había perdido todos los acontecimientos importantes de la familia al haberse marchado, ocho años atrás.

—Tu hermana Beatriz lleva cuatro años casada con Cristóbal de Almada, también tiene un niño, le ha puesto tu nombre. El hijo de Beatriz se llama Juan, como tú. Beatriz fue la que más sufrió tu partida. Estará feliz de verte, hijo.

—¿Dónde está? ¿También está ya en la nueva ciudad? —si seguía preguntando cosas y enterándose de más novedades, se arrepentiría aún más de haberse marchado al morir su madre. Pero tenía que hacerlo, ver la casa sin ella era demasiado doloroso para él.