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Historias narradas desde la certeza de estar vivos, inmersos en un mundo que gira, donde todos somos iguales; nos encontramos atravesados por sentimientos profundos y pérdidas dolorosas pero con la esperanza intacta, renovada por los deseos de continuar y no dejarse vencer. Historias que no tienen dueño ni tiempo, porque son puentes entre el pasado y el futuro, acercándonos a una lectura valiente, en un acto de autodescubrimiento. Emotivos poetas, escritores que hace tiempo transitan los caminos de la palabra, otros que empiezan a dar sus primeros pasos en el mágico mundo de las letras y aquel que ha marchado ya, dejando impresas en estas páginas el recuerdo imborrable de los momentos compartidos.
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Seitenzahl: 122
Veröffentlichungsjahr: 2025
Producción editorial Tinta Libre Ediciones
Coordinación editorial Gastón Barrionuevo
Diseño de interior Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones
Diseño de tapa Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones
Que estalle en la hoja / Clelia Inés Arevalo ... [et al.] ; Coordinación general de Clelia Inés Arevalo. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2025. Libro digital, EPUB
ISBN 978-631-317-205-4
1. Talleres Literarios. 2. Antología. 3. Antología de Poesía. I. Arevalo, Clelia Inés II. Arevalo, Clelia Inés, coord. CDD A861
Prohibida su reproducción, almacenamiento y distribución por cualquier medio, total o parcial, sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor. Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.
La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidad de/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.
Hecho el depósito que marca la Ley 11.723 Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2025. Arevalo, Clelia Inés© 2025. Tinta Libre Ediciones
Que estalle en la hoja para que no estalle en tu corazón.
Mirta Beatriz Delgado de Alarcón (Bea) 15
La familia de Rey 17
La isla donde no había nada 19
Espérame 24
Amarte 25
Adriana Alvarez 27
¿Por qué caminas sin prisa, si lo que anhelas es correr? 29
En el mundo sí que hay más de lo poco que vemos 31
Amor 32
Corazón brillante 34
Luz 36
Opaca sonrisa 38
Ganar 40
Iluminada soledad 42
Clelia Arevalo 45
¿Por qué no sonríes otra vez? 47
Mirándome 49
Hija del viento 50
Fuego en tus ojos 51
Iris Bailone 53
Amor obsesivo 55
Tacones en pies 56
Rosa con espinas 57
Nacimiento 58
Careta 59
Juan Ignacio Barberán 61
Una bala y una cruz junto a un niño 63
Tinta sempiternal 69
Para aquel a quien una vez llamé padre 71
Corazón cerrado, llave ausente 74
Keila Blanco 77
Hija 79
Su mejor amigo 80
Empatía 81
El amor 82
Mientras duermes 83
Camino de flores 84
Acróstico 85
Silencios y palabras 86
Cristina Carroza 87
Padre imaginario 89
Caracola 90
A mi querida niña de la paz 91
Una hoja en blanco 93
A Maive 94
Hermana mayor 95
Pequeña 96
24 de marzo 97
Liliana del Carmen Cerliani 99
Juntos 101
Día de lluvia 102
Dar 104
Acróstico 105
Segundo acróstico 106
Casa abandonada 107
Finales felices 109
Pablo 110
Fernanda Di Lanzo 111
Vivir, algo más que tiempo 113
Ese espacio que parecía lleno estaba vacío 117
El gordo que fui, el gordo que soy 120
Adriana González 125
Amor 127
Hija 128
Nueva etapa de mi vida 129
Seguir adelante 130
Calma 131
Añoranza 132
El espejo 133
Astrid Jaime 135
El cielo aterciopelado 137
¿Quién eres para aparecer en mi sueño? 138
Hoy cayó granizo y la tarde se puso gris 140
Los amaneceres naranjas en mi corazón 141
Sé que solo en el nuevo horizonte te encontraré 142
Quisiera encontrarte 143
Encontré unas alas en la calle. ¿De quién serán? 144
La luz de los ojos del alma 145
Jesús Lapissonde 147
Niño 149
La cruz 150
Falsos 151
Edith Liotta (Reneé) 153
Secreto 155
Recuerdo 157
El camino 158
Mi todo 160
Ave de paso 161
Encadenado a ti 162
El olvido está hecho de memoria 163
Parece que va a llover 164
Aníbal Meotto 167
No todos la ven 169
Cromático 170
El dictado del gaucho 172
Al alba 174
Silvia Noemí Moreno 177
Rosa fragante 179
Soneto a la libertad 180
Cerro Uritorco 181
Acróstico 182
Segundo acróstico 183
Soledad 184
Aeropuerto 185
El árbol del aromito 186
Osvaldo Rodriguez 187
Agosto 189
Su imagen 190
Fuego apagado 191
Renacer 192
Yanela Rodríguez 193
Amistad 195
Carta a un hermano 196
¿Qué cosas te aprisionan? 197
¿Quién podría haber sido? 198
Mirtha Traviesas 201
El último tren 203
Ese día vendrá 204
Solo al lado del río 205
Una vuelta al pasado 206
Me niego a pensar 207
Juan Carlos Vitale 209
A pesar de mi pasado 211
Una vuelta de llave 212
Ella nació con ella 213
Sobre el poder. El verbo sobre el sustantivo 215
Todo pasa o queda 217
Construyendo verdades bajo el poder de la mentira 218
Pablo Vaudagna 221
Chispas 224
Papá es… 225
Poema sin rumbo 226
Palabras para paz 227
Sentados los dos mirando la nada, con los ojos fijos, buscando palabras. Ella rogaba que le preguntara en qué pensaba, así tendría la posibilidad de llenar el silencio con relatos de los recuerdos que por su mente vagaban, todos buenos y de esperanza. Pero él obstinadamente aseveraba que ya sus caminos tenían distintos destinos, ya juntos no estaban.
Un escalofriante sonido los hizo salir de esa densa quietud. Era una queja persistente, no entendían, si él estaba dormido, por qué su corpulento perro se ponía a ladrar así. La situación los movilizó y la charla de quién se mudaba o quedaba en la casa podía esperar.
Sí, Rey, su amado hijo de cuatro patas color negro, estaba comportándose extraño otra vez, ladraba constantemente sin pausa, de a ratos se giraba en el piso, rascaba el sillón del living, el que aún pagaban, corría y caía junto a las puertas del bajo mesada, no quería agua.
Lo quisieron arropar mientras llamaban al veterinario, que vivía a pocas cuadras. Al cabo de una hora todo se había apaciguado. Luego de una minuciosa revisión del veterinario y de que Rey volviera a sus modos habituales, pasado el susto, se abrazaron. Tomaron las recetas con indicaciones de una serie de análisis y estudios, que aclaraban que nada era de urgencia, que con calma fueran a hacerlos días después.
Él dijo: “pongo la pava”, después de que el veterinario se había ido. Ella contestó: “Sí”, igual seguía preocupada.
Al sufrimiento que significaba que él se quisiera separar se sumaba esta preocupación por Rey.
Tomaron unos mates, ya para esa hora, la sombra que daban los edificios vecinos hacían parecer que era más tarde en ese domingo de junio. Charlando cayeron en la cuenta de dos cosas, una: que cada vez que él iba a marcharse, Rey se descontrolaba. ¡¿Cómo no se habían dado cuenta antes?! Y la segunda: cuánto tiempo hacía que no se miraban y hablaban.
¿Con quién viviría Rey? Era la gran pregunta. Ella asumía que, con ella, él daba por hecho que con él. A Rey nadie le preguntaba.
Esa noche, los tres durmieron bien y juntos, luego de una extensa charla, mientras Rey los miraba desde el sillón.
A la mañana siguiente todo arrancó como un buen día, entre mates con tostadas. Rey siguió perfecto y ellos dejaron de mirar la nada.
Ya pasaron tres años, hoy Rey es el guardián de los sueños del nuevo pequeño que llegó a la casa.
Nada de consuelo, solo labornada de sobras, solo sudornada de cariños, solo pudornada de deseos, solo clamornada de besos, solo noche y agua.
Solo temblor, solo quejas de quien harto de ser manipulado recurre al persistente lamento para existir y aun así seguir sin ser visto. El suelo era húmedo, ásperas, las ganas, el viento era intenso, la noche se aproximaba. Ella sabía que debía tomar la barcaza. Ya conocía su cuerpo y, esta vez, la partera sola no iba a poder ayudarla.
Esa noche, al mirar hacia arriba, entre el espacio del techo de chapa y la ventana, miraba la estrella que titilaba lejana y en silencio suplicó. El perro, ajeno a todo, se rascaba, la miró con sus ojos siempre dulces, como siguiendo agradecido porque cobijo le había dado hacía ya dos semanas.
A la mañana mandó a avisar con los niños más grandes que al otro día temprano necesitaba lugar en la barcaza. Fueron corriendo Julián, Cristo, Pedrito y Salvador. Al volver, los niños le contaban de las bromas pesadas que escuchaban, ella hizo como si no le importara, pero que se burlaran de su hijo en el vientre no le gustaba, venía el séptimo hijo varón, quizá le preocupaba, no por los mitos que insinuaban y ella tomaba como insultos, sino porque el gurisito se acomodaba más duramente en su panza, así le había contado hacía unos días a la segunda esposa de su tío Humberto.
Los que propinaban las bromas pesadas eran justamente amigos de su tío: que va a ser lobizón, que en la noche de luna llena se transformaría, esas cosas le decían. Pero como se decía a ella misma, estaba educando varones, así que nada de llantos frente a ellos, creía que, si se mostraba débil, entonces a imitación ellos serían frágiles, y eso en el futuro no les ayudaría para salir de la isla sin nada.
Una tarde, hacía unas semanas atrás, mientras terminaba de sacarle lo canutos al pollo que un rato antes había matado y desplumado, ahí estaba diciéndoles:
—Cuando pasan cosas irremediables hay que seguir caminando, porque por más que se esté triste, echarse a la cama a llorar no trae solución, así que ustedes siempre hagan frente a la vida, busquen trabajo, agachen la cabeza y cumplan su horario, así, comida y dónde dormir nunca les va a faltar.
Ellos atentos siempre estaban, eran niños tan obedientes. Para ese entonces, Julián tenía nueve años; Cristo, casi por cumplir diez años; Pedrito, siete años; Salvador, cinco años y seis meses y los mellizos, tres años. Lo que a Esther realmente le preocupaba es que estaba sola y que el bebito venía de nalgas. Ella desconocía totalmente de exactitudes médicas, pero sí creía en su tía Ñata, que una vez le dijo que parir así no era bueno.
Mientras, como no había tiempo para distraerse, siguió lavando, colgando ropa, cocinando para los cuatro que volvían de la escuela en una hora más o menos, los mellizos ya estaban bañados. Hoy seguro que al regreso traerían bizcochuelo, era el cumpleaños de la maestra de la escuela. Le habían llevado de regalo acelga y huevos, que juntaron antes de ir. Seguro estaría contenta la seño Luján. Quizá el director de la escuela de la ciudad había mandado al muchacho con ese aparato destellante, que venía cada tanto y los hacía parar de tal o cual manera para los actos, él tenía lancha, le era fácil llegar. Los niños, por si acaso, ese día se peinaron y se lavaron la cara y las manos también.
La señorita Luján era una alumna muy aplicada en su formación, el director Norberto no esperaba que eligiera a la isla como escuela. La trató de persuadir alegando que ahí, en esa isla sin nada, eran terribles, maleducados y sucios. Ella se sonreía, sabía que la única intención que él tenía era besarla, aunque estaba casado ya hacía muchos años. Sonreía y decía: “Solo son niños”. Eso a él le reventaba, la creía ingenua, tonta, desinteresada. Norberto creía que corría con la ventaja de ser un hombre muy atractivo, joven y que no era el sueldo de director lo que lo mantenía, sino que venía de una familia adinerada, en la cual su padre le había instruido desde pequeño que los ricos se casan con ricos, “esa es la regla”, le decía, pero de amantes nunca le dijo nada, así que, entre los horarios de su esposa dedicados a su inmobiliaria, él se las ingeniaba para sacar a relucir su creída vanidad.
Él quería convencerla de que ella estaría mejor ahí con él, tratando de besarla. Luján nunca había insinuado interés alguno por el director, entonces los dos disimulaban. Ella se hacía la que no se daba cuenta y él trataba cada día de olvidarla, porque no encontraba forma de poder besarla.
Para Esther, la seño fue de mucha ayuda y la admiraba, le intrigaba cómo una chica de ciudad vendría a la isla sin nada, huía de algo, quizás, se preguntaba. Ella agradecía al destino y a la virgen sagrada, como llamaba a la imagen de yeso pintada de blanco y celeste que permanecía sobre el tablón que oficiaba de mesa. Suponía que algún mensaje oculto había en que la imagen que ella veneraba se llamara igual que la seño.
Además, Lujan le aseguraba que sus hijos serían grandes hombres y ella confiaba. Para ella significaba que no tendrían el oficio de su marido, con eso se conformaba. Soñaba con ellos grandes, casados después de un largo noviazgo, y no como ella, que tenía marido porque un día después del baile quedó embarazada. Igual agradecía que su marido cada tanto se daba una vuelta por su casa. Su madre le había dicho, a sus diecisiete años: “O te casas o tu padre te lleva al juez de menores”, ella no sabía qué significaba eso, entonces prefirió casarse.
Habían pasado diez años. Solo dos veces la visitaron sus padres en la isla sin nada, la excusa era la distancia. Esther reconocía la mirada de desprecio de su madre, eso no cambiaba.
Comieron el bizcochuelo cortado en porciones pequeñas, así todos podían probar el manjar. No se equivocó, la seño había mandado el rico bizcochuelo, sabía que a Esther le gustaba, pero Esther no comió ni probó bocado, prefirió ir a dormir un poco, pero algo la tenía inquieta y no durmió.
Eran la cinco de la tarde y el séptimo bebé de Esther se anunciaba con fuertes dolores en su vientre, en su espalda. Los chicos fueron en busca de ayuda, repitiendo sin saber lo que la madre les dijo: “Avisen que rompí bolsa, corran, no se distraigan”.
Todo era caos para Esther, el resto desesperaba. Consiguieron que don Horacio la llevara, sola, con frío, porque el viento del río a esa hora mutaba. Para las diez de la noche corría por la sala de partos un silencio agudo, inmenso, enloquecedor, aroma a náuseas. La enfermera conocía a Esther, muchas veces la aconsejaba. Siempre preguntaba si pensaba si era niña. Esther reía y le decía: “¿Cómo voy a saber?”. La enfermera decía que las niñas eran más tranquilas y obedientes, pero la experiencia de Esther era con hijos varones y el único momento de pelea que ella presenciaba era en la noche, cuando definían quién dormía con ella, no solo porque la cama era más grande, además porque quien no quedara en la cama con su madre tendría el catre o los colchones en el piso.
Esta vez no había charla, la enfermera contuvo las lágrimas, sabía que debía actuar rápido, antes que los demás reaccionaran. Don Horacio, fumando cigarrillos armados, se quedó en la guardia para luego llevar las novedades; disimulaba su preocupación, no la vio nada bien a Esther.
A las diez y treinta y cinco de la noche, un médico salió. Don Horacio escuchó, nunca había oído semejante noticia, en la isla sin nada eran frecuentes, pero esto lo tomó por sorpresa, se le anudó la garganta, le transpiraban las manos, la sensación de vacío en el estómago fue tan profunda que se tuvo que sentar rápidamente pues creyó desvanecerse. Pensó cómo volver por el agua, la noche era muy oscura, después de esa espera, de esa charla, cómo repetir esas palabras en la isla sin nada. El río escuchaba y los fantasmas rondaban.
