La ambición de Norman Roy - Antonio Íñiguez Escobar - E-Book

La ambición de Norman Roy E-Book

Antonio Íñiguez Escobar

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Beschreibung

Norman Roy es un vividor. Regenta locales de moda en Zaragoza a finales de los 90, entre ellos Soho, emblemático pub céntrico. Siempre rodeado de mujeres hermosas, transita desde la adolescencia hasta la madurez por alfombradas noches de vino y rosas.
Un día decide cambiar radicalmente de existencia y se traslada a Madrid, donde comienza a trabajar a comisión en una de las incipientes empresas de telecomunicaciones que comenzaron a proliferar a principios de milenio, auténticos avisperos de codicia donde trepas, medradores y directivos venidos a menos -procedentes de otros sectores- encuentran en ellas el escaparate perfecto para dar rienda suelta a sus cotidianas corruptelas.
Todos ellos constituyen la infecta especie de los ´Profesionales´, que Roy combatirá junto a su alter ego Andrea Altobelli, en un vertiginoso ascenso hasta la cúspide empresarial, hasta que de buena mañana...

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Veröffentlichungsjahr: 2014

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La ambición de Norman Roy

-Contra los ‘Profesionales’-

o

Ensayo sobre la condición inhumana

El presente file puede ser utilizado exclusivamente

para finalidades de carácter personal.

Todos sus contenidos están protegidos por

Índice

Prólogo

Introito

1 - Roy, el gran vividor

2 - Altobelli - y Roy

3 - Vigo:

4 - El mirlo blanco

5 - La comedia humana

6 - La jauría humana

7 - La gran

8 - Breve viaje al corazón del estiércol

9 – Todos los hombres son iguales

10 - Altobelli y Roy versus profesionales

Epílogo - Camino de Damasco 

Prólogo

Desde El Piles a San Pedro

Paseábamos hundiendo levemente nuestros pies sobre la arena fresca de finales de junio, mientras me hablaba de su segundo libro. Aún faltaba publicar el primero, pese a que había estado bien cerca de hacerlo. Probablemente, en aquel momento, una buena parte de sus pensamientos vivían a medio camino entre sus labios y el papel.

Desde que conozco a Antonio, una de las cosas que he admirado siempre en él ha sido su manejo de las palabras, cómo hace llegar certeramente a su interlocutor todo aquello que desea compartir.

Nos vemos de cuándo en cuándo y nos queremos siempre. Varias preguntas, que por corteses que parezcan no tienen menor significado,  nos acaban llevando a todo tipo de reflexiones políticas, deportivas, sentimentales... Vitales. La alegría acaba envolviéndolo todo.

A lo largo del tiempo que disfruto de su amistad, he tenido que echar mano de muchas de sus reflexiones. Constituyen un apoyo necesario cuando resulta difícil abordar el siguiente paso. Confieso haberle llamado lleno de dudas; ya entonces me hacía llegar una parte fundamental de su ‘Breve manual para andar por la vida’ Sé feliz. Esta máxima es seguida por él a rajatabla.

Si algo me llama la atención de Antonio es su pasión por la vida, que se hace presente en todo lo que ama: su familia, el deporte, la Playa de San Lorenzo, los amigos, el Sporting, un helado después de cenar. Y todo profundamente, sin medida.

Confieso que ese ánimo resulta contagioso cuando uno se encuentra a su lado. También cuando lo leemos, que es lo que toca ahora.

En ‘La ambición de Norman Roy’, en este ensayo sobre la condición humana -tan inhumana en ocasiones, como expresa atinadamente su autor- encontramos un rosario interminable de situaciones que nos emocionan y nos hacen reír, ricas descripciones de lugares y personas, de personalidades fácilmente reconocibles o aun por descubrir. No cabe duda de que habitamos -y en ocasiones hasta vivimos- ciudades de biodiversidad propia de la Amazonia, rodeados de Sres. Alegría, caseras fellinianas, Venus de brazos abiertos, azafatas Riquelme, dictadores y sumisos, profesionales y postulantes a profesionales, amigos y remedos de amigos.

Si aún no hemos encontrado ejemplares de alguna de las especies reseñadas, descuide el lector. Será cuestión de tiempo. De momento, prepárese a disfrutar, con la sonrisa en los labios, de esta galería de personajes que encabeza el genuino Norman Roy.

Guzmán Concejo Martínez

Mieres del Camino, a 8 de abril de 2014

La ambición de Norman Roy

A mi tía Rosa María Sanz Ruiz,

quien me enseñó a sortear cualquier obstáculo

Introito

Cuando el viejo Hobbes atribuyó al hombre naturaleza lobuna en las relaciones con sus semejantes, lo hizo henchido de soberbia, animalizando despectivamente al género humano, sintiendo vana y vanidosamente que así nos definía salvajes y despiadados. Estimado Thomas: loaste creyendo increpar, ofreciste tributo a Adán disfrazándole con piel de bestia. Debiste guardar respeto a quien amamantó paciente a los gemelos romanos. El hombre, querido hijo de la Gran Bretaña, es un hombre para el hombre, y no hay aforismo más estremecedor ni ajustado ¿O acaso el lobo es con los suyos tan implacable como con el cordero o la oveja? ¿Conoces alguna otra especie cuyos miembros se torturen y den muerte tan cruenta, masiva y asiduamente entre sí? ‘Homo sapiens´, dijo un antropólogo rebosando insania, y todos le aplaudieron. El mundo es una inmensa casa de chiflados donde todo el mundo juega a emperador de Francia. ‘Homo homini homo est’ ¿A que la verdad acojona?

Todos ustedes pueden encontrar parte de sí mismos en esta historia jocoso festiva que versa sobre delirios de grandeza, tipos balbuceantes, medio analfabetos y megalómanos, y arrastradas cohortes de cortesanos aduladores y aborregados sumidos en la más amarga podredumbre de las podredumbres humanas: la que destila de la ausencia de dignidad, la que convierte a los hombres en bestias del mismo rango que las que habitan el Serengeti, la que al mismo tiempo teje y corroe los hilos de las marionetas resignadas a que otros escriban su historia. Tamaña resignación poco tiene que ver con la que, impregnada de humildad, nos aconsejan las Sagradas Escrituras, sino con la que acompaña toda su vida al cobarde o, mejor dicho, toda su muerte ¿Qué diferencia hay entre un cadáver y un ser que ha conseguido que todos los días de su inexistencia sean exactamente iguales? Lo ha conseguido reculando ayer, hoy y siempre, y dándole al miedo carta blanca para ahogar la voz, entumecer perpetuamente sus articulaciones y humillar su conciencia. El día en que estos pobres desgraciados creen haber dado esquinazo al riesgo, la hora en que sienten haber obtenido el control sobre su vida, es la misma que el calendario les señala para empezar a oler sospechosamente, desprender fuegos fatuos y representar su propia radiografía. Ese día temblarán como una hoja en otoño al primer golpe de viento, a la primera contrariedad; y el guión que, con tanto tiento y tanta diarrea, escribieron durante siempre volará hasta nunca. Se sobresaltarán a media noche huyendo de una pesadilla sobre su propia vida; se secarán temblorosos el sudor de su alma, mientras echan un vistazo al espejo confiando por enésima vez en un milagro; volverán a la cama temiendo dormirse y temiendo a que llegue la mañana con el mismo día de todos los días; amanecerán muertos de sueño, muertos de asco y de miedo a salir de casa; tomarán el metro, o cualquier otro medio de transporte, con la misma estúpida y perdida mirada de sus compañeros de viaje, como si todos temiesen que los ojos inquisidores de alguien dueño de su destino escrutasen los suyos desnudando la vergüenza de sus vidas; desayunarán en cualquier cafetería, repitiendo a sus contertulios las noticias de las ocho con la impavidez de un presentador de informativos y, si pretenden dar su opinión, recurrirán punto por punto a alguna que haya vertido ya el comentarista deportivo de las doce de la noche o el tertuliano político de las once -al carecer de criterio propio nada podrán aportar de su cosecha salvo su ignorancia, su incapacidad o su miedo insuperable-; se incorporarán a su puesto de trabajo dispuestos a ser vejados una y otra vez por sus superiores y a descargar su frustración sobre sus empleados -el dichoso Serengeti-; en ocasiones, invitarán a comer en casa a su jefe y éste les obsequiará con un par de impertinencias en presencia de sus hijos, que dudarán si tienen un padre o un pelele; la noche les sorprenderá asistiendo a la proyección de alguna película sobre el héroe de sus sueños y jurándose idéntico arrojo al del protagonista para el día siguiente. Pero recordemos que el miedo invadió sus cuerpos y sus almas negándoles voz propia, paralizando sus miembros y violando la paz de su conciencia.

¿Están esperando un ajuste de cuentas literario? Sigan esperando sine die. Dejo la venganza escrita para quienes no supieron resolver sus pleitos cara a cara o para aquellos que se empeñan en alimentar su memoria con resentimiento. La descripción que antecede a este párrafo es perfectamente reversible: basta tomar el timón de nuestras vidas. Todos tenemos siempre una segunda oportunidad, digan lo que digan los funestos deterministas y otros pájaros de mal agüero. Esta inmensa tierra no dejó un solo día de recibir la luz del sol.

El uno de octubre del año 2000 Norman Roy dejó definitivamente Zaragoza. No tenía ni dudas ni urgencias. Había terminado de escribir, bajo el significativo título de ‘El vividor’, una de las más bellas obras literarias que jamás haya gestado el ser humano, un hermosísimo canto a laamistad, al amor y a la vida, un delicadísimo ejercicio de estilo que reconciliaba al estereotipado y especializado Homo sapiens contemporáneo con Da Vinci. La crítica de una gran obra, sea de la índole que sea, suele ser mezquina, bien por la secular frustración del crítico, bien porque irónicamente el torpe aprendiz formula juicios sobre el maestro. En ocasiones, no falta la buena fe del opinador, pero sus limitaciones lingüísticas convierten su parecer en una incompleta y cicatera visión de la perfección ¿Se imaginan a JESUCRISTO glosado por Judas? Ya dijo Ortega que la falta de vocabulario y la incapacidad para juntar dos letras, nos lleva a la incomprensión y a la guerra. Como queda dicho, por tanto,  las críticas suelen ser ruines: de suerte que,, a tenor de lo expresado sobre ‘El vividor’, ya tardan en adquirirlo.

Norman Roy acababa de cerrar tres boyantes negocios que se saldaron con pingües beneficios, tres locales nocturnos que brillaron con luz propia mediante la más insensata y chapucera gestión empresarial que el mundo ha conocido. Los zaragozanos frecuentaban varias zonas de la ciudad donde solazarse los fines de semana, pero Roy dirigía sus locales en tierra de nadie. Con sus socios, Master y Ferni, rastrearon la ciudad, y con la inestimable ayuda de la Providencia, colgaron durante dos años el cartel de ‘No hay billetes’. Si en un bar se sirve bebida, los suyos no merecen tal nombre, pues la única coincidencia entre la que allí se expedía y la de la competencia es que ambas se ingerían por vía oral. Nada puede reprocharse a los perpetradores de este resacón colectivo: los clientes leían complacidos las etiquetas de los alcoholes y refrescos a la venta, obtenidos en las rebajas de las propias rebajas: ron Martínez, vodka Domínguez, naranja Semi, limón Sucedáneo… licores que sin duda no dejaban hueco a los remilgados, pero que causaron sensación en la concurrencia. Sí, una sensación de malestar general convenientemente acompañada de jaquecas y disfunciones varias del aparato digestivo que el personal llevaba con alegría confortado por la fuerte contención inflacionista que los precios del garito fomentaban. Roy y compañía exhibían ufanos cualquier nuevo producto que aventajase en precio y cutrerío al anterior, siempre, eso sí, dentro de la más estricta legalidad. ‘Cutres, pero honrados’, insistían. En dos años de existencia, dos centenares de discos usados giraron y se rayaron a la espera de una visita que nunca llegó a la tienda de música para ampliar repertorio, hasta que los propios clientes donaron caritativamente nuevos éxitos, correspondiendo a la hospitalidad de los dueños, que les permitían servirse sus copas, entrar en la barra, bailar encima de ella y acceder personalmente a la caja registradora para abonar sus consumiciones. Una docena de cabezas rapadas quiso hacerse hueco entre tanta felicidad pero simpáticos porteros impedían su acceso, lo que no fue óbice para que aquéllos hiciesen guardia en el exterior durante interminables noches, extraordinario ejemplo de tesón que debe rememorarse como homenaje a quienes, considerados tantas veces en el umbral de la inteligencia, dieron fe de voluntad inquebrantable-plausible esfuerzo el de estos muchachos a los que quizá enloqueció esta injusta prohibición, porque defendiendo cosas tan razonables como la pureza de la raza, descendían muchos de ellos de familias gitanas o procedían de barrios habitados por calés; proclamando la incuestionable superioridad de la población blanca, presentaban expedientes académicos más propios de especies a cuatro patas que de vida inteligente; erigiéndose en vigilantes regeneradores de la salud pública física y mental, consumían todo tipo de estupefacientes y traficaban con ellos para proporcionarlos a adolescentes de quince y dieciséis años, contribuyendo a crear una generación de débiles mentales e idiotas terminales; arrogándose la salvaguardia de las buenas costumbres, la higiene, la hombría y la seguridad ciudadana no se les conoció diligencia alguna encaminada a despellejar violadores, exterminar asesinos o trocear terroristas, sino que mataban el tiempo torturando mendigos, importunando a ancianos y exhibiendo su fortaleza siempre que existiese abrumadora mayoría o desigualdad manifiesta, con hilarante y vergonzosa cobardía. Roy, apesadumbrado por tan inquietantes contradicciones, trataba con delicadeza a estos alopécicos cerebrales que con tanta frecuencia desdijeron con hechos sus propios principios. Ayúdales a caminar. En los albañales de la sinrazón aún hay clases: cabezas rapadas que con planteamientos maniqueos, tejidos con sofismas e irreductibilidad dogmática todavía son capaces de sostener una conversación o rectificar al albur de la reflexión, y que si hubiesen de empezar con su obstinada limpieza étnica arremeterían furiosamente con las subréplicas antes citadas.

Volviendo a Roy y sus negocios, el cuadro era épico: la calle Bolonia, céntrica y estrecha, desembocando en la plaza de los Agustinos; dos locales en una acera, y el tercero, Soho, en la otra; largas filas de clientes invadiendo la calzada y perturbando el tráfico; pelados agazapados en badenes próximos; gente sentada en los portales, apoyada en los vehículos, en los escaparates, girando visita a los tres bares; copas en los capós, desfile de modelos, risas, gritos, cánticos, abrazos; contenedores que acercaban de otros bares clientes borrachos; fiesta de la locura, cotillón, cuatrocientas personas, sin bebida a mitad de Nochevieja, incendio declarado en uno de los bares sofocado con sifón, felicidad y caos. Muchos creen que un negocio de esta naturaleza proporciona excelentes rendimientos, máxime cuando la mayoría de sus propietarios exhiben sin pudor un tren de vida muy por encima de sus posibilidades, hasta el punto de que cuanto más dinero ganan, más deben; esta creencia se ha convertido en lugar común tan falso que conviene aclarar que en verdad casi nadie gana un duro, sujetos como están a un rosario de impuestos y cargas que sólo los elegidos pueden soportar. Cabe afirmar que cuanto más se alardea de solvencia económica, más deudas se han contraído. Sin embargo, los tres socios se comportaron con extraordinaria discreción. Tras un primer año jalonado de dificultades en el que Roy tuvo que desempeñar varios empleos para afrontar las pérdidas que generaba el asunto, el barco comenzó a navegar viento en popa y al año y medio el dinero percibido por su venta dobló al desembolsado en su adquisición.

El negocio fue una anarquía convenientemente calculada: se trataba de que todo el mundo estuviese como en casa, pero con la posibilidad de poner los pies sobre la mesa, rayar el parquet, jugar al fútbol en el pasillo o romper algún jarrón, besar a la vecina, ejercer de camarero de moda, beber DYC sin complejos, bailar sin vergüenza... Roy, Master y Ferni, antes relaciones públicas de otros bares, se habían formado una opinión muy particular sobre los ‘profesionales’ de su gremio y otros semejantes y Soho vino a despejar definitivamente todo género de dudas. Un ‘profesional’ suele definirse como tal antes incluso de facilitar su nombre, y entre sus virtudes están siempre presentes la afectación, la pedantería, una patética solemnidad, una apariencia pulcra, a más de grotesca, el ademán desdeñoso o sumamente sumiso según su interlocutor, etcétera, etcétera, etcétera, etcétera.

Estas son sus virtudes y digo bien, porque no es justo comparar a un hombre con otro, sino consigo mismo, para hallar así lo mejor y peor de su ser, y establecer entonces con exactitud las coordenadas por las que debe medírsele: por tanto, a éstos que hoy describimos corresponden estas mercedes que en otros serían taras ignominiosas. Hablamos sólo de algunas de sus cualidades, pues se haría muy pesada su enumeración de una sola tacada; de sus vicios únicamente revelaremos algunos y muy de cuando en cuando para no alarmar al lector, que es fea cosa alentar la animadversión. Diremos, para concluir este primer y estremecedor acercamiento a la figura del profesional, que es fácilmente reconocible: hace casi siempre un ridículo espantoso en su encendido afán por aparecer perfecto y dar esa impresión. Eso es imposible, amigo, y las carcajadas se oyen en la tundra y en el polo, en los abisales marinos y en los agujeros negros. Como, para más inri, si temen a algo es a causar hilaridad, cualquier hombre de buena fe que contemple la conducta indecorosa y la ruina moral de un profesional siente una sincera compasión y se conforta con la certidumbre de que es, salvo contadas excepciones, un perfecto idiota incapaz de percibir la estupidez de sus actos y la mofa que despiertan. Suma estulticia. Pura fachada de pésimo andamiaje y peores cimientos, como algunos de los cretinos nocturnos que regentaban garitos de moda, matracos con Visa, con buga, con novia y con coca, de anchas narices y estrechísimas molleras.

¿Y Roy? Se dirigió a Madrid, donde le esperaba un trabajo de comercial en una empresa de telecomunicaciones, recomendado por Andrea Altobelli, de quien luego daremos cumplida reseña. Una ciudad suficientemente grande para perderse. Los mejores vecinos de Madrid, los madrileños. Solicitó información sobre el metro a un viandante, natural de Chamberí, y éste le acompañó doscientos metros hasta la parada más próxima: o era muy amable o no tenía nada que hacer, pero con el tiempo Roy comprobó que la amabilidad era norma de la casa y que no podía haber tantos madrileños ociosos. Muchos ciudadanos de la villa provenían de otras provincias, como el propio Norman, que asistía divertido a la conversión de un murciano, de un extremeño o de un zamorano al credo capitalino ‘¿De dónde es usted?’, preguntaba Roy: ‘De Madrid’, respondía el interpelado con un inconfundible acento andaluz. Negaban más que San Pedro cuando prendieron a CRISTO, pero éste atenazado por el miedo a morir a manos de la tiranía romana y aquéllos infantilmente acobardados por sus propios complejos. Avergonzarse de la madre, de la tierra o de la mujer que amas, sólo puede significar dos cosas: o que renuncias a ellas, o que eres una mierda ambulante dotada únicamente de instintos primarios, y abochornada de sí misma. Algunos se hacían rápidamente simpatizantes del Real Madrid, pero ni eran Saetas Rubias ni ganaron jamás la Copa de Europa. Para ganarla hacen falta antes humildad y agradecimiento, no sumisión y Alzheimer. Ese mito de la chulería de los madrileños ha sido alimentado por los pusilánimes y por los advenedizos que nunca siguieron el consejo de whisky DYC. De ordinario, el mediocre llama chulo a la persona que acredita seguridad, pero un chulo carece de tal prenda: es más bien un mediocre que adoba con soberbia y prepotencia su falta de carácter. De éstos abundan, mas en Madrid son legión las gentes sencillas y hospitalarias, sin la miserable doblez que solapa a mucho provinciano acomplejado. Así las cosas, Norman se adaptó inmediatamente a la vida en la capital.

Altobelli, alter ego de Roy, concertó una cita con Napoleón Sifón, Drector General de S.E.T.E.L.- la flamante Sociedad Europea de Telecomunicaciones-, que llegó acompañado de su mujer y sus dos hijas. Cenaron opíparamente mientras Norman  desgranaba un currículum inventado con la colaboración de Altobelli que causó sensación entre los comensales, convencidos de la veracidad de lo expuesto. Se declaró Licenciado en Derecho por la Universidad de Zaragoza, pese a estar matriculado aún en media docena de asignaturas; refirió una larga historia sobre su trayectoria profesional en el ámbito de los seguros, en la gestión inmobiliaria y en la venta de libros, cuando toda su experiencia consistía en el ejercicio de las relaciones públicas en discotecas y bares, amén de la dirección de sus locales y otros trabajos desempeñados esporádicamente, tareas no bien vistas por los madrugadores ‘profesionales’- a quienes a partir de ahora nos referiremos sin entrecomillados, para no fatigar al lector - de traje y corbata; y finalmente, cuando se le sugirió la conveniencia de aprobar el examen de conducir y comprar un coche, justificó su negativa relatando un dramático e inexistente accidente de tráfico que dejó tal huella en su ánimo que juró no ponerse al volante jamás. Tan apesadumbrado parecía, que Sifón le obsequió con dos palmaditas cariñosas en la espalda y le ofreció un poco de vino para ahogar la tristeza. A Napoleón le pareció loable su siguiente ocurrencia consistente en afirmar que acudía al trabajo en bicicleta y aplaudió su espíritu deportivo, hasta el punto de que recomendó a sus empleados en reunión posterior que siguieran el ecológico ejemplo de Norman. La entrevista se cerró con promesas de ascensos inminentes y otras recompensas si seguía dando lustre al currículo con nuevos éxitos. Con el tiempo, Roy fue consciente de la nula eficacia del historial de un sujeto como revelación de su personalidad y garantía de futuro; sólo puede tomarse como una vaga e imprecisa aproximación, muchas veces manipulada por el redactor, a su trayectoria laboral y a su pasado. Altobelli aún conserva en su retina la memorable interpretación con la que se despachó aquel día nuestro estimado Norman.

A partir de aquel instante comenzó el mariachi. Los acontecimientos se sucedieron vertiginosamente: tanto, que el tren de lo excepcional, que dicen se detiene una sola vez -a lo sumo dos- en el andén de cada uno para invitarnos a un viaje excitante, se convirtió en el medio de transporte vitalicio de Roy. Se alojó en una casa de Capitán Haya, habitada por una entrañable viuda, su hija y un can que no alcanzaba la categoría de animal de compañía; se compró un traje azul marino -su primer traje- y lo lució durante tantas jornadas consecutivas que al cabo de poco tiempo parecía una pieza de museo; adquirió un par de corbatas en una oferta de dos por uno que cada día le anudaba Altobelli hasta que seis meses después se decidió a aprender el arte de aparejar el nudo Windsor con tirabuzón; se vistió de arriba abajo de señor importante y se dirigió con paso firme a la sede principal de la compañía que tantas satisfacciones le reservaba.

No había terminado de penetrar en las oficinas, cuando recibió su primera amonestación de boca del Director General por retrasarse cinco minutos: con el tiempo habría de comprobar la importancia que en una empresa cobran ciertas convenciones irrelevantes, hasta el punto de que su estricto cumplimiento convoca múltiples felicitaciones, aunque vaya acompañado de la más clamorosa ineficacia. Así, un tipo puntual, dispuesto a traer y llevar cafés, hacer recados que nada tienen que ver con el ejercicio de sus funciones -excusando su sonrojante vasallaje con el soniquete del desinterés y el altruismo, que curiosamente no practica jamás con sus iguales o inferiores jerárquicos-, titular de una columna vertebral maltrecha a fuerza de tanta reverencia que va encorvando y retorciendo su cuerpo y su conciencia, presto a corroborar todas y cada una de las opiniones de su jefe por disparatadas que éstas sean; un tipo, en suma, de este jaez tiene todos los números para llegar a ser un perfecto número dos, que no está nada mal para tan repugnante gusano. Si trabajase en un astillero, construiría Titanic tras Titanic; si se dedicase a la cirugía plástica convertiría a Antinoo en Frankenstein, si a la botánica llamarían al planeta Tierra Yerma, y así de desastre en desastre. Pero tanto da mientras llegue en punto a su cita con el servilismo. Una bestia a la que su madre con toda seguridad expulsó del seno materno antes de tiempo incapaz de soportar tanta inmundicia en las entrañas, un pedo sietemesino y maloliente que, pese a ello triunfa hoy inexorablemente. Sí, no cabe la menor duda: aleen la vanidad de un jefe no muy avisado con la adulación de su empleado y obtendrán una suerte de empresa muy frecuente. Sí, qué bonitas las formas, pero ya dicen los poetas profundos y urbanos que sólo si completan al fondo, lo complementan, lo realzan, lo rematan: sin él, no son más que la antesala de una esperpéntica feria de monstruosas vanidades. Pasen y vean...

¡Pobre Honoré!, mi admirado ‘Nobelista’, buscando afanoso los personajes de su universal Comedia en pensiones, casonas provincianas o salones palaciegos, para acabar sintiendo incompleta su magna obra de camino a Ucrania en pos de su bella polaca. Creen que eres un desdichado héroe romántico; a eso llaman vivir, ¡VIVIR! Si buscabas personajes, aquí los tienes a casi todos, en este microcosmos de algunos metros cuadrados que durante una tercera parte de sus vidas reúne a unos cuantos inquilinos dispuestos a ordenar o a servir, o a ambas cosas, o a una de ellas; irónico crisol de liberales y comunistas, extremistas y moderados, no siempre los mismos ni creyendo en la misma causa; reivindicativos, resentidos, maledicientes e idealistas en el subsuelo o soberbios, pragmáticos, desagradecidos y displicentes a medida que ascienden por una interminable espiral llamada organigrama. Es el nuevo viaje de Ulises, esta vez en busca de metas más prosaicas. Nunca entendí el malestar de Cioran. Querido Emile: si querías un mundo sin idealistas ni héroes, ¿por qué no te limitaste a mirar alrededor? Queda alguno, pero no le obliguemos a pedir perdón por ser libre.

Roy es un hombre de acción. Puso manos a la obra no más hubo ingresado en CETEL. Su trabajo consistía en ofrecer a los responsables de pequeñas y medianas empresas ahorro en sus facturas de teléfono. Recibió un curso de formación por parte de un acreditado experto en telecomunicaciones, el Jefe de Ventas de la delegación de Madrid, Sr. Alegría, recién ascendido y ya deseoso de un destino más elevado. Mr. Alegría prometió convertir a Roy en el mejor comercial de España, pero para tamaña empresa utilizó un método que conduciría a la más profunda depresión al novel más entusiasta: le envió a una zona de oficinas de lujo del centro deMadrid, donde Norman tuvo el mismo éxito que le suponemos a Gebrselassie corriendo con madreñas y con un balón medicinal en cada brazo la maratón de Boston. Sin aventurarnos mucho, podemos deducir de esta peregrina decisión del Jefe de Ventas que -siendo ingenuos y bienintencionados en grado extremo- le encomendó tan inextricable misión atisbando en él cualidades excepcionales, para cuya exhibición hubiesen sido aconsejables unas lecciones prácticas de Alegría -que no salía a la calle ni en caso de incendio-; o, con mediano entendimiento, que no tenía la menor intención de hacer de Roy un comercial de provecho. Pero Norman nos sacará de dudas ipso facto.

1 - Roy, el gran vividor

Con treinta añitos a cuestas no se puede decir que me haya emancipado adolescente. Sé que soy un joven de mi tiempo, viviendo de mis padres hasta que mis hijos me sostengan. Eso sí, declaro sin descanso mi independencia y me defino aventurero y cosmopolita, mas mis fazañas tienen como marco bares y discotecas saturados de Jimenas y Frinés, que hay que ver como lucen ahora las mancebas al socaire de afeites, bisturí, dietas y prótesis. No hay joven fea, sino mal disimulada.

No encuentro, por lo demás, en tales escenarios, ocasión alguna para demostrar fructífero mi paso por el mundo. Sí, en cambio, para asegurar que me lo estoy pasando en grande. Como soy un filántropo, mi felicidad se ve turbada únicamente por el desencanto imperante en mis congéneres, y he decidido, finalmente, emprender una cruzada con el fin de devolver la alegría a mis hermanos, los hombres. He de reconocer que a tan noble empresa no la mueve  todo el altruismo que debiera, pues a éste acompaña un oscuro afán, que no es otro que conseguir que envidiosetes y amargados dejen de tocarme los cojones. La cruzada, por tanto, empieza adulterada por intereses personales, pero yo creo que arrojará efectos benéficos para todos.

Leo en la prensa la fascinación que despierta Hannibal Lecter, el asesino refinado, intelectual y culto, con una espongiforme tendencia a almorzar homo a la naranja ¡Ah, y además sus admiradores lo señalan como la antítesis ennoblecida de Hitler y otros señeros humanitarios! Aflige pensar que sea sólo un personaje de ficción y no podamos votarle en las próximas elecciones. Así, en lugar de la chapuza de Adolfito, hacinando judíos y exterminando razas, disfrutaríamos con las simpáticas ocurrencias de nuestro nuevo ídolo, al que podemos imaginar sometiendo a interminables torturas a sus víctimas hasta devorarlas aún vivas, eso sí, todo amenizado con música de Bach y regado con los mejores caldos. Parece que en nuestro empeño por rebelarnos cada mañana contra DIOS no encontramos todavía suficiente retorcimiento, aunque no conozco a un solo apologista del mal que disfrute como ofrenda de estas necias querencias. Si el tal Lecter dicen es la antítesis del Führer, la síntesis, sin duda, la integran estos dos zoquetes y sus sosias admiradores.

Emprendí el camino con el espíritu ingenuo, recto y libre de Cándido, convencido de que no hay efecto sin causa y de que todo es perfecto. Más motivos que el buen Cándido tenía para ser tan optimista, que aquél abandonó Westfalia a patadas y yo dejé en Zaragoza el cariño de mis padres y amigos, y el amor de mi Andolza. Tanto insistió la grey en recomendarme que sentara la cabeza y que me hiciera un hombre de provecho, en suma, un señor de traje y corbata con empleo estable y respetable, que al fin sentí curiosidad por probar las delicias que tanto turbaban a la opinión pública. No sé por qué motivo desconfiaba de aquella tierra de promisión donde no acababa de ver muy satisfechos a sus moradores, pero no debía recelar de quienes tanto se preocupaban por mi futuro. Al fin y al cabo, deseaba viajar a Madrid, o a cualquier gran urbe, donde perderme sin rumbo y sin noción del tiempo; por otro lado, ese destino laboral que me esperaba no era más que la excusa perfecta para dejar satisfechos a quienes me alentaban a reconducir mi vida, pues sospechaba que mi interés moriría en un par de semanas. Claro que ya en la villa buscaría algún trabajo de relaciones públicas para ocupar mis fines de semana, y dedicaría el resto del tiempo a conocer a mis nuevos conciudadanos, a leer, a pasear y a hacer deporte ¿Cabe sujeto más sencillo?

Era octubre del año 2000, y creo que ni uno solo de sus días dejó de soplar un viento enfurecido, que parecía querer cobrarse alguna deuda o alguna pieza; mientras me azotaba de camino al trabajo recordaba que, entre otros motivos, había abandonado Zaragoza con la certeza de no encontrar un fenómeno tan molesto como el cierzo. Fue el otoño más ventoso que recuerdo ¡Quién me iba a decir, zarandeado por Eolo mientras recorría Madrid desempeñando mi nuevo empleo, que iba a echar de menos los vendavales maños! Encontraba refugio en mi habitación de Capitán Haya, a la altura de Cuzco, entre la Plaza de Castilla y el Bernabéu, a dos pasos de la Castellana y del trabajo, y con el portal flanqueado por putas y travestidos, a quienes los vecinos pretendían pasaportar a otros lares. Ya iba a advertir a la casera de que sus buenos precios no justificaban la presencia de una rata en casa cuando advertí que le ajustaba un collar al roedor y lo sacaba de paseo. El animalejo se llamaba Tobi, seguramente un regalo de algún laboratorio clandestino dedicado a cruzar especies. No sabía si darle un hueso, un queso o una patada. Sí sabía perfectamente lo que había que darle a la excelentísima hija de la casera, pero también con lo que ésta me obsequiaría si osaba acercarme a su única descendiente. Tenía dos manos como sendas paletas ibéricas. Con ellas preparaba excelentes guisos con los que me deleitaba a menudo. Era una mujer encantadora que dispensaba a sus huéspedes atenciones maternales, y su cariño nos hacía olvidar nuestra condición de modestos alquilados. Tampoco tengo queja de lo que encontré en la oficina. Los compañeros se mostraron cordiales desde el primer día y colaboraban a la menor ocasión. Éramos comerciales, la última mierda de una empresa, el terror de las amas de casas y de pequeños y grandes comerciantes, la comidilla de aquéllos que optaron por dedicarse a menesteres menos volátiles; trabajábamos con cualquier clase de tiempo y expuestos a toda suerte de clientes; cobrábamos a comisión y a comisión vivíamos; si un mes te asegurabas un sueldo fijo, al mes siguiente podías perderlo. Resumiendo, comercial es un sujeto que no ha encontrado otro trabajo. La profesión reúne el mayor número de potenciales millonarios y directores generales reducidos a eternos bosquejos de millonarios y directores generales ‘Con un poco de suerte - te dice el responsable de recursos humanos-, en un par de meses disfrutas del sueldo y del coche de un futbolista’ Con la casera haciendo guardia y las dependientas del burguer dándose codazos mientras te preguntan con media sonrisa si quieres por vigésimo quinto día consecutivo otro ‘Dos por Uno’ y vaso de agua ‘natural’, cabe la posibilidad de que acabes inquiriendo a tu jefe sobre ese augurado estatu [...]