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El debut narrativo de una de las voces más singulares de la actual literatura francesa. Un pedacito de historia natural de la Provenza aderezado con vino de nueces. En plena Provenza francesa, separado del mundo real por escabrosos precipicios y por leyendas ancestrales, existe el Luberon, tierra de descreídos y de lavanda silvestre donde (dicen que) druidas y hechiceras siguen bailando la farandola las noches de luna llena. Allí vive y sopla el Mistral, un viento niño huérfano y caprichoso que lleva siglos aturullando a todo el mundo. Esta es su historia. Pero esta es también la historia del señor Sécaillat y de su vecino, un joven profesor: la historia del sorprendente hallazgo arqueológico bajo el jardín de cerezos de sus casas que mandará a tomar viento el día a día y cimentará una amistad nueva e inesperada. Con claros ecos de Jean Giono y de la tradición fabulística mediterránea, La balada del Mistral es muchas cosas: un cuento de Navidad provenzal; la aventura de dos Indiana Jones del Luberon y un delicado canto a la infancia y al legado de nuestros antepasados.
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Seitenzahl: 468
Veröffentlichungsjahr: 2022
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LA BALADA DEL MISTRAL
OLIVIER MAK-BOUCHARD
PRÓLOGO DE GUSTAVO MARTÍN GARZOTRADUCCIÓN DE IRENE ARAGÓN
SENSIBLES A LAS LETRAS, 84
Título original: Le Dit du Mistral, 2020
Primera edición en Hoja de Lata: septiembre del 2022
© Le Tripode, 2020
© del prólogo: Gustavo Martín Garzo, 2022
© de la traducción: Irene Aragón, 2022
© de la imagen de la portada: Phileas Dog, 2020
© de la presente edición: Hoja de Lata Editorial S. L., 2022
Hoja de Lata Editorial S. L.
Avda. Galicia, 21, 4.º E, 33212 Xixón, Asturies [España]
[email protected] / www.hojadelata.net
Diseño de la colección: Trabayadores culturales Glayíu
Corrección: Olaya González Dopazo
ISBN: 978-84-18918-54-4
Producción del ePub: booqlab
La traducción de este libro se rige por el contrato tipo propuesto por ace Traductores.
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A los miércoles de cloro
PRÓLOGO. «La diosa blanca», de Gustavo Martín Garzo
PREFACIO
1. Lou Gran Carri y lou Pitcho Carri
2. El Húsar bajo la tormenta
3. Por las colinas etruscas
4. (Re)construir castillos en el aire
5. Cavar agujeros a cielo abierto
6. Descubrimientos y reencuentros
7. El cuerno del Húsar
8. Duro como el alma del diablo
9. La mujer-caliza abre los ojos
10. Las presentaciones
11. Tres latidos de corazón
12. El gran terremoto
13. La bégude
14. Otras Lauras y otros Petrarcas
15. Los regalos del siroco
16. Desèmbre, a la espera de los acontecimientos
17. Primeras nubes en el horizonte
18. Lou gros soupa
19. La cuarta misa
20. El sueño del Ravi
21. Castré y sangliés
22. Los Caballeros de Bonelli
23. Palabra de caliza
24. Grabado en la caliza
25. El cielo se cubre
26. Tu t’en vas a ièu dèmore
27. En primera página de La Provence
28. La barco et leis arange
29. Lou mistrau n’a ges d’ami, nimaï d’abri
30. Sobre las hogueras de San Juan
31. Canis Lupus y Cabro d’Or
32. Bajo el portón de San Juan
33. Mistral y elefantes
34. Una toutouro para Aníbal
35. El lamento de Canis Lupus
36. En la cima del Mont Ventoux
37. La Enrageade
38. El rey del silencio
39. Los cabrians
40. El principio del fin
41. Y durante tres días más
42. Esperando al Húsar
43. La última raïsse
44. Aquèu de gipoutoun
EPÍLOGO
«Los mitos, afirma Isaiah Berlin, son formas de exteriorizar lo que uno es y por lo que uno lucha, y aparecen cuando no se sabe una cosa ni la otra, porque se ha perdido el lugar en el mundo». ¿Hemos perdido nosotros la memoria de ese lugar y volvemos a necesitar la ayuda de mitos y leyendas para recuperarla? Gozamos de un bienestar muy superior al de nuestros padres y abuelos, pero ¿somos más sabios que ellos? Los bosquimanos crearon las historias más hermosas que se han contado nunca y vivían en un mundo de dolorosa escasez. Un pueblo que, según nuestro punto de vista, vivía en las condiciones más penosas era capaz no solo de expresar en sus cuentos las cosas más conmovedoras, sino de dar cuenta de los misterios y zozobras del existir humano con una fuerza poética y una precisión que ya quisieran para sí gran parte de nuestros poetas o nuestros hombres de ciencia.
La técnica ha simplificado extraordinariamente la vida permitiéndonos alcanzar un grado de bienestar impensable hace solo unos años. Pero nuestros niños sanos y bien alimentados ¿qué recuerdos tendrán? Los niños de antes sabían lo que era una fuente, un nido, conocían los animales y recibían con ojos de asombro el cambio de las estaciones. El niño de nuestro mundo tiene una casa cómoda, asiste a la escuela y tiene una multitud de entretenimientos que hacen más grata y fácil su vida. Pero los dibujos animados no pueden sustituir el temblor de un gatito y, tal como supo ver la delicada Marlen Haushofer, puede que su mundo sea mucho más pobre que el de los niños que aun viviendo en países subdesarrollados poseen la experiencia de ese temblor.
De eso trata esta sorprendente novela, de la búsqueda de ese temblor inicial. Sus protagonistas son un campesino de la Provenza y un joven profesor, vecino suyo. Una tormenta provoca el derrumbe de una ladera y hace aflorar a la superficie restos antiguos de cerámica. Se trata de una zona muy rica en hallazgos arqueológicos, y ambos se ponen a investigar por su cuenta, temerosos de que si dan parte a las autoridades estas ocupen con sus pesquisas y burocracias un lugar que solo a ellos pertenece. Pronto descubrirán una pequeña gruta donde se oculta un manantial presidido por un bajorrelieve con el rostro de una joven. A partir de ese momento se sucederán en sus vidas un sinfín de misteriosos acontecimientos que los pondrán en contacto con un mundo de leyendas e historias relacionadas con la zona en que viven, la Provenza francesa. Leyendas que hablan del origen de los vientos, las montañas, las fuentes, de los misterios que acompañan la noche de San Juan, de la Cabra de Oro, guardiana de los tesoros de los hombres. Leyendas que hablan de un tiempo donde todo estaba vivo, y donde los seres humanos aún no habían perdido esa comunicación con la naturaleza que caracteriza a los hombres y mujeres de hoy.
Nuestro protagonista no tardará en descubrir que la mujer-caliza que preside la gruta es una antigua diosa del lugar. Una representación de esa antigua diosa blanca, a la que Robert Graves dedicó una de sus obras esenciales. Es la Kore griega (korai son las muñequitas que en las proximidades de un templo eran colgadas en las ramas). Kore está jugando con otras jóvenes cuando Hades la rapta. Ella era la figura esencial de los misterios de Eleusis. Sus actos y gestos representaban, como afirma Giorgio Agamben, «un tipo de conocimiento que hemos perdido, un conocimiento que permite a los iniciados mirar su propia existencia de un modo completamente nuevo y más feliz».
Es de ese conocimiento perdido del que habla La balada del Mistral. Un conocimiento que implica la restauración de ese saber inocente que solo existe en el niño, en esas horas de la infancia en que todo niño es un ser asombroso, el ser —como escribió Bachelard— que realiza el asombro de ser. La novela gira sobre esa continuidad, hoy más amenazada que nunca, entre el hombre y el mundo. En sus páginas se habla de las fuerzas terribles o benéficas de la naturaleza, del placer y de la muerte, de las servidumbres del amor y del sufrimiento. Pero Mak-Bouchard sabe que el verdadero narrador nunca cuenta una historia, por muy dolorosa que sea, para sumir en la desolación a los que le escuchan. Es un mediador. Se ofrece a su comunidad no para aumentar su inquietud, sino para ayudarla a sobreponerse a las amenazas que la apremian o inquietan. Sus relatos son fórmulas de cohesión que le permiten conjurar el efecto desintegrador de esas amenazas.
La balada del Mistral es la novela de un moralista, en el sentido que Camus da a esta palabra: los que tienen la pasión del corazón humano. Su autor forma parte de esa larga tradición de grandes moralistas, que desde Cervantes o Stendhal, se dan en el mundo de la novela. Se confunde con ellos porque busca al hombre en el entorno y la comunidad en que vive; y la verdad en donde se oculta, en sus rasgos particulares. Mak-Bouchard suscribiría sin dudarlo las palabras de Camus acerca de que el desprecio por los hombres constituye con frecuencia el estigma de un corazón vulgar.
GUSTAVO MARTÍN GARZO
Quan lou vent coumenco, vento très jour, siès ou noun.
(El viento sopla tres, seis o nueve días).
Si el lector quiere entender cómo pudo ocurrir toda esta historia, no debe temer remontarse en el tiempo. Si se quedara limitado al mundo real, en el que transcurre su vida cotidiana, correría el riesgo de no captar el sentido de todo lo que viene a continuación o, peor aún, de no darle crédito en absoluto. Como mucho entendería el cómo, pero se le escaparía el porqué. Sería como uno de esos turistas que, los días de crecida del Calavon, no dan crédito a sus ojos y se preguntan cómo en unas pocas horas semejante insignificancia puede convertirse en un Amazonas tan ancho como turbulento. En la Antigüedad les habrían dicho que, mire usted, no puede ser de otro modo, es culpa del relieve de la región: una garganta encajonada, una vallis clausa* con el Calavon como único receptáculo cuando llueve.
Sí, si el lector quiere entender de verdad, tiene que remontarse hasta la creación del mundo. Pero no la que todos conocen, sino la de las leyendas del lugar, la que se les cuenta aquí a los niños para que se duerman.
Cuenta la leyenda que la mañana del séptimo día el buen Dios estaba cansado de su trabajo y decidió descansar. Se sentó al sol, y acariciando su barba blanca contempló su obra: la corteza terrestre, la bóveda celeste y las estrellas, la naturaleza embrionaria, el hombre y la mujer. No estaba descontento de su creación, pero tampoco estaba completamente satisfecho: tenía la sensación de que faltaba algo. Le faltaba la guinda del pastel, un toque final un poco más vistoso que los simples Adán y Eva. Hizo venir a los Cuatro Elementos, y les dijo que quería crear un rinconcito de paraíso aquí en la tierra. Para lograrlo contaba con ellos.
—Después de todo lo que he trabajado esta semana estoy exhausto, me he quedado sin ideas. Cada uno de vosotros tiene que hacerme un regalo, un regalo a la vez útil y sublime, que pondré en esta región en la que hoy estamos reunidos.
El Agua, el Aire, la Tierra y el Fuego se miraron en silencio con desconfianza, preguntándose qué diablos iban a poder responder.
—¿Por qué no les preguntas a Adán y Eva? Después de todo, las joyas de la Creación son ellos —preguntó el Aire, un pelitín socarrón.
—Sí, sí, precisamente, me pregunto si ahí no la habré pifiado un poco… Pero no perdamos más tiempo; Tierra, tú fuiste creada la primera, empieza tú. ¿Qué tienes para ofrecerme?
La Tierra se levantó, muy avergonzada, con la mirada fija en los pies y las manos hundidas en los bolsillos. Pensó durante un minuto largo y luego miró al buen Dios, sonriente, encantada de la idea que acababa de ocurrírsele.
—Yo aportaré la caliza. Cuando la miras no parece gran cosa, no es mármol ni diamante, pero es sólida. Es blanca como la nieve, y se dispone en estratos tan bien que no hace falta ni tallarla, ella sola produce hermosas piedras planas sin hacer nada. Con la caliza los campesinos podrán hacer muros en las laderas de las colinas para cultivar en bancales. Los pastores podrán construir con ella chozas de piedra para refugiarse cuando llegue la noche o cuando estalle la tormenta.
Se hizo el silencio, como en el aula cuando un alumno acaba de dar la lección y toda la clase espera la evaluación del profesor. El buen Dios se pasó los dedos por la barba, alisándola al ritmo de sus pensamientos.
—Sí, la caliza no está mal, tiene su utilidad. Pero en términos de magnificencia, es un poco blancucha, la verdad. Veamos qué han encontrado los otros tres. Fuego, te toca a ti, a ver qué puedes hacer con eso. Venga, dinos.
El Fuego se levantó de un salto, impaciente por mostrar lo que había preparado mientras la Tierra pasaba su mal trago. Carraspeó para aclararse la voz y tomó la palabra:
—Yo tomaré esos estratos de caliza y haré que hermosas llamas los recorran de lado a lado. El blanco, lo cogeré y lo haré pedazos, lo expondré a todos los colores que puedan crear mis llamas. Desde la llamita del mechero hasta la antorcha del pino que arde, le daré a la caliza el púrpura y el escarlata, el amarillo topacio y el rubí, el verde luciérnaga y el azul petróleo, y todo ello en acantilados, en precipicios, en chimeneas de hadas. Yo aportaré el más hermoso de los regalos: el ocre.
—¡Ah, aquí tenemos la magnificencia por fin! Bien, me quedo con la idea, tiene muy buena pinta. Vamos, Agua, ahora te toca a ti, enséñame lo que tienes preparado.
El Agua se levantó, lanzando miradas esquivas en todas direcciones, y haciendo lo posible para no cruzar su mirada con la del buen Dios. No decía nada, y se mantenía en silencio.
—Vamos, espabila, no tenemos todo el día —dijo el buen Dios.
—No tengo nada —respondió el Agua.
—Vamos, déjate de tonterías. Enséñanos lo que tienes —dijo el buen Dios alzando un poco el tono.
—Le estoy diciendo que no tengo nada —lloriqueó el Agua—. He buscado y rebuscado, y nada de lo que tengo sirve. Ese es el problema de esta región: no hay agua. ¿El mar? Está a dos horas de aquí, y si lo hago subir, despídete de las calanques*. ¿La lluvia? En cuanto haga caer cuatro gotas, se disolverá vuestra caliza y se despintarán vuestros ocres. Y, de todas formas, ¿cómo queréis que haga venir la lluvia, con este sol? ¿O es que os habéis creído que la raïsse** viene por obra y gracia del Espíritu Santo? Todos los años va a ser lo mismo, sequía tras sequía, nada en verano y poco en invierno. Le estoy diciendo que no tengo nada. Está el rocío de la mañana, pero en cuanto a magnificencia, el rocío es una miseria. Cuando digo que no tengo nada, es que no tengo nada de nada.
El buen Dios es severo, pero también compasivo. Comprendió que el Agua había buscado de verdad, y que realmente no había encontrado nada, y que más valía dejar de atosigarla.
—Bueno, bueno, tampoco es para que te pongas así. Vamos a pensar y a buscar una solución juntos. Estoy seguro de que encontraremos algo que estará la mar de bien.
Los otros Elementos, sentados a la sombra de una higuera, se miraron, los ojos llenos de envidia: menuda suerte tenía el Agua, el buen Dios respondía por ella. Se dijeron que no era justo, pero ninguno abrió la boca, y todos se quedaron mirando al suelo.
—Bueno, pues entonces enséñame lo que tienes por los alrededores. Tenemos el lago de la Sainte-Croix, pero lo que se dice al lado no está. Tenemos además el Ródano y el Durance, pero tampoco están muy cerca. No, necesitamos algo de la región, algo que la gente encuentre solo aquí, y no en otros sitios. El Ródano lo pueden ver en Lyon, y el Durance, en Sisteron. ¿Qué río tienes por aquí en la montaña misma?
—Tengo bastantes cositas, pero ninguna muy grande: el Aiguebelle, el Aiguebrun, el Dôa, el Rimayon, el Sénancole… Muchos guijarros y alguna que otra poza por aquí y por allá. Cuando digo que no hay nada es la pura realidad, he buscado por todas partes.
—Pues precisamente porque no hay nada tiene que haber una solución. La naturaleza es como yo: tiene horror al vacío. Esconde la belleza en la simplicidad. Esos guijarros y esas pozas irán a parar a algún sitio, ¿no?
—No, o vuelven directamente al subsuelo o se pierden en la llanura —dijo el Agua con voz resignada.
—Pues bien, es mi voluntad que a partir de hoy cada gota que caiga del cielo entre esta montaña y la montaña de Lure vaya a parar a todos estos arroyuelos, y que estos arroyuelos desemboquen en una sola y única corriente. Esta corriente será el Calavon. Insignificante todos los días del año, se despertará los días de fuerte tormenta, crecerá hasta convertirse en un río y lo arrancará todo a su paso. Sus aguas serán entonces belicosas, y lo arrastrarán todo hasta el mar, tanto los corderos como las serpientes. El Calavon les recordará a los habitantes del lugar, al menos una vez al año, que la naturaleza siempre se impone y que, aunque aquí pudieran creerse en el paraíso, una nadería bastaría para privarlos de él —dijo el buen Dios.
Hizo una pausa. Estaba pensando en el cariz que tomaban los acontecimientos, y no parecía descontento. Con un sobresalto, se acordó de que faltaba uno por responder, ese mismo que observaba sus pies con gran atención.
—Aire, te toca a ti. Ojo, has tenido tiempo para prepararte, así que voy a ser exigente.
El Aire tomó la palabra a regañadientes, como si acabaran de sorprenderlo preparando alguna fechoría. Hablaba con una voz sorda, que costaba entender.
—Yo he mirado en mis alforjas a ver qué tenía en existencias. Cogiendo mi rosa de los vientos he visto que ya tenemos unos vientecitos bastante buenos en esta región. Viniendo del Norte tenemos la Tramontana que lo limpia todo, desde la montaña hasta el mar. Del Este tenemos el Levante, tan suave como húmedo. Del Oeste tenemos el Narboune, que tras el otoño nos trae el invierno y en primavera se lo vuelve a llevar por donde lo ha traído. Al Sur, tenemos el Siroco, que recorre todo el mar Mediterráneo para crear un nexo entre las arenas del Sahara y aquí.
El buen Dios lo cortó en seco.
—Eh, eh, para, para. No te he llamado para que me hagas inventario de las existencias y me describas con pelos y señales todo lo que ya tenemos, lo sé mejor que tú. Pasa directamente al capítulo siguiente.
—A eso iba. Le presento a mi último pequeñín, que acaba de nacer en una gruta cerca de Burzet. Es mi caganis*: lo he llamado Mistral. Si lo que quería es magnificencia, no quedará decepcionado: es un niño caprichoso, un pequeño maleducado que, por ráfagas, puede superar los cien kilómetros por hora. Tiene una personalidad de mil demonios, siempre haciendo de las suyas. La gente lo amará o lo odiará, pero lo que le puedo asegurar es que se acordarán de él, y que dejará huella. Desnudará la región, le atravesará las ropas hasta el cuerpo, le arrancará el capèu** de nubes los días de mal tiempo. Si las nubes se acumulan encima del Mourre Nègre, el Mistral se pondrá a soplar para que se larguen con viento fresco: yo, con él, le ofrezco un cielo siempre azul, una luz radiante y unos colores resplandecientes.
—No es mala idea, en efecto, ese cielo siempre azul. Hará la caliza más blanca y los ocres más rojos. Me gusta —opinó el buen Dios.
Se hizo el silencio. El buen Dios miraba al vacío alisándose la barba, como si ante Él un lienzo invisible esperara el toque final. El Agua, la Tierra, el Aire y el Fuego no decían esta boca es mía, la mar de contentos de que el buen Dios no les pidiera nada más, y esperaban a ver lo que pasaba.
—Bueno, pero hay un detalle que me preocupa, prosiguió el buen Dios. Dime, Aire, con tu Mistral soplando todos los días, ¿no existe el riesgo de que la gente de allá abajo se vuelva completamente tarumba? Si es tan caprichoso como dices, será incapaz de parar y todo esto acabará mal.
El Aire no dijo nada, acusando el golpe. El buen Dios se había anotado un tanto, y el Elemento se devanaba los sesos. Al cabo de un minuto, volvió a tomar la palabra:
—Tiene razón, en eso no había pensado. Pero todo es cuestión de educación: hay que saber poner límites a los niños, sobre todo a los más caprichosos. Le propongo lo siguiente: el Mistral podrá soplar tan fuerte como quiera, pero solo por ciclos sucesivos de tres días. Uno, tres, seis o nueve, no más.
»Me explico: si las nubes hacen ademán de instalarse en lo alto del Mourre Nègre, si empiezan a desenrollar sus espirales, entonces el Mistral podrá soplar. Podrá soplar, pero cuidado, suavemente. La gente lo llamará entonces el mistralet. Si al cabo de un día las nubes no han desaparecido, entonces el Mistral podrá soplar más fuerte hasta el final del tercer día. Cuando digo más fuerte, quiero decir por rachas y ráfagas. La gente lo llamará entonces el rauba-capè**, porque levantará las capas sobre los hombros y los sombreros encasquetados sobre las cabezas. Si, transcurridos estos tres días, las nubes siguen allí, entonces tendrá vía libre durante tres días más. La gente lo llamará el mistralas: será fuerte y malvado, y obligará a la gente a quedarse en casa, con los postigos cerrados, hasta que haya hecho el trabajo sucio. Si al final de estos seis días en total el buen tiempo absoluto no está de regreso, entonces el Mistral podrá soplar con todas sus fuerzas, tendrá carta blanca con los cumulonimbos durante tres días más. El cielo azul deberá estar de vuelta obligatoriamente al cabo de esos nueve días. Y la gente llamará entonces al Mistral por su título nobiliario, por su nombre completo, el que se anuncia en las antesalas y arranca las puertas de los coches: el broufouniè-de-mistrau*.
Uno, tres, seis o nueve: el Mistral tendrá que contar sus días, hará así y no de otro modo.
El buen Dios no respondió nada, asintiendo en silencio. Los Cuatro Elementos lo miraban, y veían cómo le daba vueltas y más vueltas en la cabeza.
—Perfecto, perfecto. Creo que empezamos a tener algo en condiciones. Sí, con esta regla de tres, seis o nueve, creo que vamos por buen camino. Con esta caliza, este ocre, este Calavon y ahora este Mistral, sí, esto empieza a tomar forma —decía pensando en voz alta.
—Hágase el Luberon —ordenó el Creador.
Y el Luberon se hizo.
* Valle cerrado.
* Ensenada estrecha y alargada, rodeada de rocas abruptas, característica del Mediterráneo. Las del litoral de Marsella son reputadas por su belleza. (N. de la T.)
** Lluvia.
* Benjamín.
** Sombrero.
** Levanta-sombrero.
* Voz de tempestad.
La obsesión de la otra vertiente y la atracción de los lugares invisibles.
HENRI BOSCO
Apagué los faros y bajé del coche. Siempre es un momento extraño: la luz de los faros solo ilumina la oscuridad, y lo único que se oye son los sonidos de la noche. Al abrir la puerta del coche se revela un mundo nuevo, como al ponerse unas gafas de buceo y meter la cabeza debajo del agua. Hace más fresco. La montaña no se ve enseguida, los ojos aún no diferencian entre el negro estrellado y el negro océano del macizo montañoso. Una a una, las estrellas empiezan a revelarse, tímidas. La luna dibuja las cimas, luego las crestas, y la masa del Luberon se deja entrever por fin. No se ve realmente, pero se siente alrededor, con sus ruidos que parecen murmullos, su espesura profunda que se resiste a la mirada, sus animales que se adivinan saliendo para disfrutar del fresco. Es inquietante: la oscuridad y el silencio no consiguen esconder todo lo que está ahí, lo que atisba, al acecho, pero que permanece invisible.
Me quedo dos o tres minutos acodado en el coche, para saborear la presencia del monte. De día es diferente: están las obligaciones que no esperan, el cagnard* que te noquea, la luz que te obliga a entrecerrar los ojos. Este es mi momento de soledad, atravieso este río negro y los problemas del día quedan abandonados en la otra orilla.
Aunque soledad es mucho decir: es el momento en que el Húsar viene siempre a enredarse entre mis piernas.
El Húsar llegó a mi vida en circunstancias bastantes sorprendentes. Había en el fondo del jardín una vieja furgoneta Peugeot J7, cubierta de zarzas y de malas hierbas. Un sábado por la mañana suena el teléfono; es el señor Sécaillat, nuestro vecino del final del camino.
—Voy a llevar al vertedero un remolque entero de porquerías y de paso, si quiere, puedo aprovechar para llevarme también su J7.
Me asaltó una duda: aquella camioneta era de la época de mi abuelo, que la usaba para llevar al mercado las cajas de verduras, conmigo encima. A pesar de las zarzas y las malas hierbas, era parte de mi herencia. Le dije que no, mi mujer Blanche le dijo que sí en nombre de la lucha contra el tétanos, y la vieja J7 fue despachada.
Estábamos mirando cómo sus restos desaparecían tras la curva con el señor Sécaillat cuando apareció el Húsar, subiendo por nuestro camino bordeado de coscoja. Más tarde le pregunté al señor Sécaillat si se había fijado en el gato cuando remolcaba la J7, y me dijo que no, y que además nunca lo había visto antes por allí. Se acordaría: el Húsar es un gato grande, todo blanco, excepto las patas, que son negras, desde las almohadillas hasta la rodilla. Por eso le pusimos el Húsar: parecía salido del regimiento de cazadores alpinos, con sus botas altas de cuero negro caminando a lo largo del Muro de la Peste. El caso es que aquel día el Húsar subió por nuestro camino, nos adelantó tranquilamente y avanzó hasta nuestra puerta. Allí nos esperó sobre el felpudo, orgulloso de su nuevo título, que nosotros aún no conocíamos: el de amo del lugar.
Así que, como de costumbre, el Húsar vino a dar vueltas a mi alrededor cuando bajé del coche. Aunque la fidelidad de los gatos no tiene la reputación de la de sus parientes caninos, el Húsar es la excepción que confirma la regla. Siempre me he preguntado cómo hace para estar ahí cuando llego, como un centinela. No tengo horarios fijos, y a veces vuelvo tarde. Supongo que a la puesta del sol el animal debe de vigilar nuestro camino desde un agujero en la maleza, acechando el ronroneo del motor.
Después de unas cuantas virivueltas, el Húsar puso fin al reencuentro oficialmente y se dirigió hacia la casa, abriendo camino, cosa que le agradecí. Mis ojos aún no se habían acostumbrado a la negrura de la noche, y mi sherpa felino me ayudó a sortear varias raíces traidoras. Remontamos juntos un trecho del camino en la oscuridad, pasando junto al pequeño estanque. En él los sapos se llaman toda la noche sin verse nunca: a nuestro paso se callan durante un instante, solo para volver a empezar con ánimos renovados en cuanto los dejamos atrás.
Blanche vuelve del trabajo después que yo, lo que me deja tiempo para poner la mesa y preparar la cena. Esta noche tenemos croque-monsieurs con una ensalada de pepino, para que no sea demasiado estoufadou*. Abrir la nevera se vuelve un momento de gran hipocresía. Miro lo que hay y me pregunto qué hacer, mientras el Húsar hace monerías delante de la puerta, aunque sabe muy bien que no le daré nada: para mí es una cuestión de honor no darle de comer hasta que no hayamos terminado de cenar nosotros. Así me lo enseñó mi padre: primero las personas, luego los animales. Si viera el lugar que ocupa el Húsar en el sofá del salón, se revolvería en su tumba.
Llega mi mujer y nos sentamos a la mesa. Los croque-monsieurs le encantan, y el pepino no le entusiasma, así que de media no está mal. El Húsar presidía como siempre frente a la mesa, imperial, tumbado con las patas posadas ante sí y los ojos cerrados. Pero vale más no fiarse de su falso aspecto de esfinge desinteresada: está preparado para abalanzarse sobre el más mínimo trozo de jamón que caiga al suelo. Mi mujer se sirvió el último croque-monsieur y me dejó acabar la ensalada. Mientras rebañaba el fondo de la ensaladera con una corteza de pan la escuchaba contarme cómo le había ido el día. Es una costumbre de mi infancia que no he perdido con el paso de los años: si te lo comes todo, puedes rebañar el plato. Este privilegio daba lugar a enconadas negociaciones entre mis dos hermanos, Franck y Andréas. Yo soy el del medio, el peor puesto. El mayor tiene una autoridad natural, siempre da su opinión, mientras que el pequeño nunca deja de reivindicar su condición de benjamín ante la autoridad paterna. Dicho de otra forma, de niño no tuve ocasión de rebañar platos muy a menudo, y desde entonces tengo que recuperar el tiempo perdido.
Después, las tareas domésticas se reparten mediante un pacto de no agresión: yo cocino y Blanche friega los platos. Una cláusula adicional me hace responsable del avituallamiento del Húsar. Cojo los restos del jamón, saco una lata de atún, lo mezclo todo en su cuenco y abro la puerta-ventana de la terraza. En invierno el Húsar come en la cocina y duerme en el garaje, en un cesto encima de la cortadora de césped, que nunca usamos. En verano, come y duerme fuera.
Después de darle su pitanza me quedé fuera, escuchando los murmullos nocturnos. La noche centelleaba: serpientes de estrellas ondulaban en la oscuridad del océano, sus escamas rebotaban en constelaciones esotéricas. Nunca he sido muy bueno para leer las estrellas. Soy cegato como un topo y, aunque no lo fuera, no tengo ni idea. Franck y Andréas se peleaban sobre Casiopea, y yo apenas era capaz de ver la Estrella Polar. Aquella noche conseguí llegar al límite de mis capacidades: reconocí la Osa Mayor y la Osa Menor. Cerré los postigos, dejando al Húsar enfrascado en su cena.
* Sol.
* Mazacote.
A la hora en que dormimos despierta un mundo misterioso en la soledad y el silencio.
ALPHONSE DAUDET
No fueron los truenos lo que me hizo abrir los ojos, sino el rumor de la lluvia. Blanche seguía durmiendo, la tormenta no la había despertado. La lluvia hacía un ruido cadencioso, intenso y regular. Me levanté intentando no despertar a mi mujer y bajé a la cocina. La lluvia caía con ganas: a pesar de que era noche cerrada podían verse grandes gotas lavando nuestro ventanal. Se oían retumbar los truenos a lo lejos, aunque no se veían relámpagos. Parecía que la tormenta estaba sobre Caseneuve y se iba acercando. Por encima del rumor de la lluvia se oían rechinar los pinos agitados por el viento, y moverse las viejas tejas. No tenía miedo, pero no es lo mismo ver caer la lluvia que sentir cómo te pasa por encima una tormenta. Es como montar guardia en tiempos de paz o en tiempos de guerra.
De pronto, un relámpago iluminó la noche, tomando una formidable fotografía en blanco y negro de varios segundos que desapareció tan rápido como había aparecido. El relámpago reveló el jardín y la piscina, y el muro de piedra seca que nos separaba de la finca del señor Sécaillat. Durante una fracción de segundo se perfiló claramente la silueta del Húsar, caminando por uno de los bancales del cerezal. Regresó la oscuridad, y con ella un gran asombro. No esperaba encontrarme al Húsar retozando bajo la lluvia en una noche como aquella. Me lo imaginaba más bien durmiendo en el garaje, al que puede acceder por un viejo respiradero roto.
Abrí la puerta-ventana y traté de llamarlo sin despertar a Blanche, pero la lluvia duchó mi intento. Empecé a dudar de mi visión a medida que la impresión de la imagen se apagaba en mis retinas y regresaba la oscuridad. Ya no estaba seguro en absoluto. Lo más probable es que no fuera el Húsar, sino solo la sombra de las piedras. Me quedé aún un momento acodado en el ventanal, acechando un nuevo relámpago para salir de dudas. Pero la tormenta se alejaba ya en dirección a Saint-Saturnin, y el retumbar de los truenos se hacía cada vez más distante.
Aun así, no estaba preparado para volver a acostarme. La visión me daba vueltas en la cabeza y se colaba tras el velo de mis párpados cada vez que cerraba los ojos. De todas formas, necesitaba algo caliente: en contraste con el calor de la tarde, la tormenta había refrescado bastante el ambiente. Sentí un atisbo de fiebre que quizás se declararía por la mañana. Un aïgo boulido* me ayudaría a darle esquinazo a la enfermedad. Mi abuelo se hacía uno todos los domingos por la noche: lo dejaba como nuevo para toda la semana y, como él decía, «qu’a de sauvi din soun jardin a pas besoun de médecin**».
Cogí seis dientes de ajo de la alacena, los corté en pedacitos y los aplasté con la cuchara. Los herví durante veinte minutos con sal, aceite de oliva, salvia y dos hojas de laurel. El vapor de agua me pasaba sobre el rostro, cargándose poco a poco de las propiedades del ajo y de la salvia. El agua perdía su color transparente. Apagué el fuego, lo dejé reposar un rato y me serví una buena taza.
Abrí la puerta-ventana de la cocina y salí a la terraza con mi aïgo boulido. La tormenta había dejado su olor antes de irse. El ozono nocturno te azotaba como el yodo a la orilla del océano: daban ganas de respirar a pleno pulmón para impregnarse de aquel bienestar alquímico. Me veía ya a la mañana siguiente dando golpecitos con satisfacción en el tanque de hierro, de abajo arriba, y me imaginaba el sonido característico que marca el nivel del agua. Saqué una tumbona de debajo del cobertizo y empecé a beberme mi taza a sorbitos.
Llamé al Húsar en voz baja, lanzando unos psssss, psssss en la oscuridad. En vano, ni rastro de él. No se oía ni un ruido. Las chicharras, los grillos, las ranas y hasta el viento guardaban silencio, como si tuvieran miedo de hacer que volviera la tormenta, igual que unos colegiales esperando a su profesor ausente.
Por la mañana, la lluvia seguía cayendo. Era sábado, y tenía la alarma del despertador apagada. Como siempre que me quedaba durmiendo hasta tarde, me despertaba varias veces y me volvía a dormir un rato después. La primera vez te dices que todavía es temprano, que aún debe de ser de noche, y que por eso no ha parado de llover. La segunda vez no estás seguro de haber oído bien: es un rumor ligero, una llovizna, nada más. La vez siguiente, la luz se hace cada vez más insistente a través de las persianas y tienes que rendirte a la evidencia: está lloviendo, va a ser un día perdido.
Dos sentimientos se batían en duelo sobre mi almohada: la triste idea de que el tiempo iba a estropearme el fin de semana, y la sorpresa. A finales del verano, aunque las tormentas son frecuentes por culpa del calor, suelen ser muy cortas. Pero ya tocaba levantarse. No podía hacer otra cosa que mirar caer la lluvia con una taza de café.
Los dos somos adeptos incondicionales del café a la italiana. Durante la semana no soy muy exigente, y todas las mañanas me bebo la aguachirle del trabajo. Me cuesta arrancar, y me ayuda a conectar las neuronas. El fin de semana, es otro cantar: adiós a la perfusión de cafeína, y bienvenido sea el expreso. Tenemos una cafetera moka, de esas de ocho lados, de aluminio. Nos costó cierto tiempo domesticarla, e incluso después de todos estos años, el brebaje nauseabundo nunca está muy lejos. Esta vez el resultado estuvo a la altura de mis esperanzas. Me serví una tacita y le puse azúcar con una cucharilla de hojalata.
Blanche ya estaba levantada, trabajando en su ordenador. Empecé a bebérmelo acodado en una ventana del comedor. Grandes nubes entre el gris y el negro tuteaban a las cimas del Luberon, dándole a la montaña un lado siniestro. Hasta pasado un rato no me acordé de la fotografía en blanco y negro de la víspera, la del Húsar paseándose por el muro de piedra en medio de los relámpagos. No había vuelto a acordarme hasta ahora.
—¿Has visto al Húsar esta mañana?
—Sí, estaba arañando la puerta del garaje cuando me levanté.
—¿Sigue ahí, o ha salido?
—¿Con este tiempo, estás de broma? Está dormitando en el sofá del salón. Pero tienes razón, hay que estar pendientes para que no se mee a escondidas como la última vez. Vale más que lo dejes salir.
Allí estaba, hecho una bola en su sillón de siempre. Le acaricié el entrecejo con el borde de la uña, luego le pasé el dedo entre las dos orejas y le recorrí el espinazo. Se desperezó, empujando con la punta de las patas preocupaciones invisibles. Le pregunté dónde había pasado la noche, si era él el que se divertía bailando la farandola entre los relámpagos en el campo del señor Sécaillat. Abrió los ojos y me lanzó una mirada furibunda, la de la gente a la que molestan durante la siesta. Me lo puse sobre el regazo para hacer las paces, y empezó a ronronear.
Encendí nuestro viejo transistor y escuché a Radio France Vaucluse desgranar las noticias matinales. La tormenta había causado grandes daños, los servicios públicos tenían bastante faena. Cerca de Cadenet, un deslizamiento de tierras se había llevado por delante un trozo de carretera. En Apt, el Calavon estaba haciendo de las suyas: el nivel del agua subía de hora en hora, y amenazaba con desbordarse a media tarde. La grúa se había llevado los vehículos de los imprudentes que aún estaban aparcados en la orilla. El ayuntamiento había habilitado un teléfono gratuito para pedir información. El presentador pasó a la sección deportiva.
Dejé de escucharlo, arrullado por los ronroneos del Húsar, mientras me preguntaba qué iba a desenterrar el Calavon esta vez. En la última crecida, el torrente sacó a la luz, un poco más abajo, cerca de Lumières, las ruinas de una tumba neolítica. Era sorprendente: aunque los vestigios galorrománicos en Apta Julia, Apt la Romana, eran numerosos, las trazas de un pasado aún más antiguo a lo largo de la vía Domitia eran escasos. Nunca me tomé un rato para ir a visitar aquella tumba, a pesar de que llenó las portadas de la prensa local. Estaba exactamente en el sitio donde, treinta años antes, mi padre nos había llevado a mis hermanos y a mí a observar a los castores del Calavon. En aquel punto, la planitud de la llanura obliga al torrente a hacer amplios meandros, perfectos para sus presas. Vimos tres, atareados en el frío matinal. Nos dejaron impresionados sus incisivos y sus colas planas: en cuanto terminaban el trabajo, se daban la vuelta y reforzaban a coletazos sus construcciones hidráulicas. Yo los miraba, aferrado a la pierna de mi padre, imaginándomelo en su taller, siempre arreglando algo, guardando sus herramientas y diciendo con tono de satisfacción: «Lo que está hecho ya no está por hacer».
Su voz aún resonaba en mi cabeza cuando llamaron a la puerta. Como no esperábamos a nadie, me pregunté quién podría ser. Empujé cuidadosamente al Húsar hacia el borde del sofá y fui a abrir. Cuál no sería mi sorpresa al descubrir sobre el felpudo, hecho una sopa, al señor Sécaillat.
—Venga, tengo que enseñarle una cosa —me anunció tranquilamente.
* Ajo hervido.
** Quien tiene salvia en el jardín no necesita médico.
Y en algún lugar que tan solo yo frecuentaba, perdida entre la maleza, estaba aquella superficie inmensa, con taludes y cuatro grandes fosos invadidos por la hierba. Un pueblo antiguo, rudo y prudente, durante una migración enérgica, había establecido allí sin duda, antaño, su campamento, a la sombra de la Tierra.
HENRI BOSCO
Mi vecino caminaba velozmente: o intentaba escapar a la lluvia, o tenía prisa por enseñarme su hallazgo. Me costaba seguirle el paso, resbalando sobre los guijarros mojados y perdiendo el equilibrio cada dos por tres. No estaba vestido para caminar bajo la lluvia. Había cogido mi chubasquero, herencia de una semana de vacaciones en el Mont Saint-Michel, y me lo había puesto por encima del polo y las bermudas. Busqué infructuosamente mis katiuskas, que también databan de la época de las grandes mareas del Mont Saint-Michel, pero como no las encontré me puse unas chanclas a falta de algo mejor, y salí pisándole los talones al señor Sécaillat.
Caminábamos en silencio, yo cinco o seis metros por detrás de él, haciendo lo posible por estar a la altura. Bajó por el sendero y dobló a la derecha en la bifurcación, como para subir a su casa. A medio camino se desvió, atravesando el campo que separa su masía de la nuestra. Lo tenía plantado de cerezos, con unos cuantos almendros en los bordes. Por allí se veían pasar los jabalíes del Luberon que bajaban a la caída de la noche para ir a beber en las aguas del Calavon. El señor Sécaillat subió la cuesta hasta la pared del primer bancal, la siguió durante una veintena de metros y se detuvo bruscamente. No hacía falta preguntar por qué: la pared se había derrumbado a lo largo de cuatro o cinco metros. Las piedras habían rodado entre los troncos de los cerezos, arrancando uno a su paso.
Empecé a sentirme un poco irritado con mi vecino. De acuerdo, era impresionante, y lo sentía por su cerezal, pero tampoco era el fin del mundo ni mucho menos. No había motivos para venir a molestarme y hacerme calar hasta los huesos. A lo mejor esperaba que le echara una mano para volver a levantar el muro. Hacía ya diez años largos que había contraído una pasión por los muros de piedra seca, y me pasaba los veranos construyendo muretes para ordenar nuestro jardín. El señor Sécaillat hubiera podido esperar al día siguiente y llamarme por teléfono, tanto habría dado. Me volví hacia él y me disponía a poner los puntos sobre las íes cuando, sin decir palabra, levantó el brazo y señaló algo con el dedo entre el montón de piedras.
No era solo un montón de piedras. No era solo tierra, raíces y guijarros. En medio de aquel amasijo podía verse algo, algo que no había escapado a su viejo mirar de campesino. Había guijarros que no lo eran, fragmentos de terracota, trozos de vasijas de barro. Movido por la curiosidad y consciente ya de que estaba violando una escena del crimen, trepé a cuatro patas por las piedras desprendidas.
Ese fue el momento en que comenzó todo. Un tipo cualquiera no habría dado ese paso fatídico. Se habría quedado mirando al señor Sécaillat, perplejo, como un pasmarote. Yo no. Y quizás el señor Sécaillat ya se lo olía, y por eso había venido a llamar a mi puerta en aquel día lluvioso.
Me abalancé sobre el montón de piedras, rebuscando entre los terrones como un perro en la temporada de la trufa entre las raíces de un roble. Pasé de un terrón a otro, descubriendo tesoros donde solo había raíces, apartando piedras donde había Dios sabe qué. Oía a César, o incluso a Plinio, en cada gota de lluvia estrellándose sobre mi chubasquero.
Un largo trozo de terracota color verde oliva asomaba de un terrón de tierra. Me pregunté qué podía ser, mientras arañaba la tierra mojada con las uñas: un trozo de ánfora, de candil, o vaya usted a saber qué. Aparté la tierra de alrededor, e imaginé la última vez que un ser humano lo había manipulado. ¿Qué había pensado, qué había dicho?
El señor Sécaillat se acercó a mí y, observando mi hallazgo, sonrió con aire interrogador. Me tiró de la manga y me propuso subir a su casa, dando a entender que íbamos a hablar de ello. Lo seguí, como un niño que se resiste a abandonar el desfile de carnaval, mirando el montón de piedras, soñando ya con averiguar un poco más.
Bordeamos la pared del bancal hasta desembocar en el camino que llevaba a su masía. Me hizo entrar por la puerta del garaje, que se había quedado abierta de par en par. Colgó nuestros impermeables de un clavo en su taller y me hizo subir al piso de arriba, donde vivían él y su mujer. Había en la cocina una mesa enorme de madera maciza, en la que cabían una docena de personas. Debía de haber presenciado bastantes cenas. Quedaba café en la cafetera, pero estaba frío. El señor Sécaillat llenó dos tacitas hasta el borde y las metió un minuto en el microondas. Ni él ni yo hablamos, esperando a que la alarma del temporizador marcara el inicio de la conversación.
—El lunes tiene que llamar al ayuntamiento y decirles que ha encontrado cosas enterradas en su campo. Ellos sabrán a quién tenemos que avisar. Nos mandarán a alguien de la Diputación, a no ser que venga directamente el conservador del museo… —empecé a decir.
—Ni hablar —me interrumpió el señor Sécaillat.
Silencio.
—¿Ni hablar de qué? ¿No quiere que venga el del museo? Lo conozco, es el señor Gardiol, es muy majo. Hice unas prácticas con él cuando estaba en secundaria.
—Ni él ni otro cualquiera, tanto me da. Ni hablar de que vengan a hacer excavaciones aquí. Uno sabe cuándo empiezan, pero no cuándo terminan. Nunca se sabe cuándo van a terminar. Encuentran un pelo del bigote de Vercingétorix y se acabó, el Estado te expulsa de tu propia casa. No tengo ganas de que se pongan a hacer agujeros por todas partes y no poder volver a mis cerezos durante diez años o más.
—¿Y qué piensa hacer entonces?
—En cuanto se seque, limpiarlo con la excavadora y luego reconstruir el muro. Si me puede ayudar a reconstruirlo con piedras, mejor, queda más bonito. Si no, unos cuantos bloques de hormigón, y no se hable más.
Dos horas suplementarias de discusión no cambiaron un ápice. Ya se había hecho su composición de lugar, e insistir no habría servido más que para envenenar las cosas. La hora de comer había pasado hacía rato, y ya era hora de que me marchase. Su mujer estaba enferma de alzhéimer. Casi no salía, y el señor Sécaillat tenía que darle la comida. Me acompañó al garaje, me tendió el impermeable y me estrechó la mano. La lluvia había cesado, hacía un día espléndido. A regañadientes me volví a casa: fou saupre mettre l’aiguo per lou valat*.
Poco importaba que al señor Sécaillat no le interesara la historia, poco importaba que lo que pensaba hacer fuera ilegal. Su reacción venía de algo enraizado en lo más profundo de su ser. Tenía que ver con sus tierras, con aquel campo que había recorrido de punta a punta, bajo un sol de plomo como en pleno invierno. El simple hecho de que el Estado, o quien fuera, pudiese arrogarse cualquier derecho sobre sus tierras le resultaba inadmisible. Privarlo de su parcela era como cortarle un brazo.
Por un motivo que ignoro, no le conté nada a Blanche de toda esta historia. A mi regreso me preguntó qué quería el señor Sécaillat. Mascullé una excusa cualquiera y fui a encerrarme en mi despacho después de haber comido algo. No tenía mucha hambre, y liquidé rápidamente unos restos de pollo.
La tarde, entre el bajón de adrenalina y un sentimiento de frustración, resultó deprimente. Bajo los cerezos del señor Sécaillat se encontraba una villa, una tumba, o incluso un templo, quién sabe. En el siglo XVII, la carreta de un campesino chocó con un gran pedrusco en un campo situado sobre la colina de Tourettes. El pedrusco resultó no ser tal: era de forma rectangular, y una larga inscripción lo recorría de lado a lado. Era latín. El cura la descifró y la recogió en los registros de la parroquia:
Borístenes el alano, imperial caballo de caza, que tan bien sabía volar por la llanura, por las marismas y por las colinas etruscas, que cuando cazaba los jabalíes de Panonia ningún jabalí se atrevió a herirlo con sus colmillos de blanco resplandeciente, ni a salpicar la punta de su cola con la saliva de su boca. Pero en el vigor de su juventud, como a menudo sucede, en plena posesión de sus capacidades, le llegó su último día. Aquí reposa en la tierra.
El obispo mandó hacer investigaciones suplementarias, y en una obra de Dion Casio aparecieron nuevas pistas. Durante una cacería en el sur de la Galia, el emperador Adriano había perdido a su caballo favorito, Borístenes. Hizo que le construyeran un mausoleo y redactó personalmente el epitafio, aquel mismo epitafio que el campesino encontró siglos más tarde. Desgraciadamente, ni la estela ni el emplazamiento exacto del descubrimiento lograron pervivir hasta nuestros días, de modo que nadie sabe dónde está enterrado ese buen Borístenes. A lo mejor el campesino, asustado por el alboroto del cura, se negó a revelar el lugar exacto de su descubrimiento, y prefirió que la lavanda creciera durante unos cuantos siglos más sobre los huesos del fiel compañero imperial. A lo mejor se trataba de un lejano ancestro del señor Sécaillat, y este solo estaba perpetuando la tradición familiar. A lo mejor era incluso la tumba de Borístenes lo que estaba bajo el montón de piedras, quién sabe.
El rechinar de la puerta del despacho me sacó de mis reflexiones ecuestres. Apareció el Húsar, contoneándose.
* Lo que no se puede evitar, hay que dejar que ocurra.
Quand un home pou pas fiela, debano.
(Cuando un hombre no puede hacer una tontería, hace otra).
Llamé a la puerta principal del señor Sécaillat con grandes golpes enérgicos. Aún era temprano, pero tenía miedo de que estuviese ya en pie de guerra, con el volante del buldócer entre las manos. El señor Sécaillat era un campesino de los de toda la vida, de esos que se acuestan con las gallinas y se levantan antes del alba. La señora Sécaillat abrió la puerta. Estaba en camisón y despeinada. Me sonrió con ojos burlones:
—Vaya, Gens, ¿así que has vuelto a pasar la noche por ahí y te has dejado las llaves? ¿Cuándo vas a madurar un poco? Un día de estos ya me habré ido a trabajar y te quedarás fuera.
Me tomaba por su hijo Gens, que había muerto hacía una treintena de años en un accidente de coche, volviendo de la discoteca. Pertenecía a una generación posterior, la que llevaba vaqueros agujereados a propósito para tener pinta de malote y conducía un Ford Escort.
—Buenos días, señora Sécaillat, quería ver a su marido. ¿Puedo pasar un momento?
—Está bien, Mireille, ya me ocupo yo.
El señor Sécaillat apareció tras ella, con aire avergonzado. No le incomodaba tanto la confusión de su mujer —hacía ya mucho tiempo que su enfermedad no era un secreto— como el hecho de verme. Aun así, me hizo entrar y sentarme, el café estaba hecho y las tostadas listas. Salió cinco minutos para acompañar a su mujer de vuelta a su habitación.
—Ojo, si ha venido a hablarme otra vez de sus galorromanos, desde ya le digo que no merece la pena. Mi decisión está tomada y no voy a cambiar de opinión.
—Nadie va a llamar a nadie. Ni a la Diputación, ni al museo, ni a nadie —le interrumpí yo—. Vamos a ver por nosotros mismos lo que hay ahí debajo. Usted y yo, los dos solos, sin decirle nada a nadie —continué.
Me miró con aire circunspecto. Había despertado su curiosidad, y ya solo tenía que desenredar el ovillo para jugar con el gato. El señor Sécaillat era un solitario, de los que lo quieren hacer todo por su cuenta, y odiaba que lo ayudaran de una forma u otra.
—He estado buscando en internet. Está claro que si lo hacemos nosotros no saldrá tan bien como si lo hicieran unos arqueólogos de verdad, pero siempre será mejor que su excavadora. Además, no parece tan complicado, si lo hacemos bien. Solo tenemos que ir despacito, tener cuidado con lo que movemos, guardarlo todo y no tirar nada, y anotar bien lo que encontramos, dónde lo hemos encontrado y cómo.
»Mi mujer se va a Japón la semana que viene durante dos meses o más para trabajar en su próximo estudio. No le he dicho nada. De todas formas, no habría estado de acuerdo. Voy a pedir una excedencia en el trabajo, solo unas semanas, seguro que me la dan.
»Por aquí nunca pasa nadie, quitando el cartero y algún excursionista. Es poco probable que alguien nos pregunte qué estamos haciendo. En caso de que alguien pregunte, no tenemos más que decirle que está construyendo una alberca para regar sus cerezos, y que le estoy echando una mano.
»Empezamos por apartar las piedras del muro y las ponemos a un lado. Luego apartamos la tierra del derrumbamiento y la tamizamos, para estar seguros de que no se nos escapa nada por el camino. Una vez que hayamos quitado las piedras y la tierra y que tengamos una superficie plana, cavamos con una paleta de albañil, por estratos sucesivos, digamos que de cincuenta centímetros. No sé hasta qué profundidad cavaremos, pero pongamos que tres metros. Tengo un detector de metales, uno de esos de aficionado que mis padres me regalaron cuando era pitchounet*. No es muy preciso, pero aún funciona y hará el apaño. Podemos comprar un par de cedazos más, pero entre usted y yo ya tenemos casi todo el material.
»Numeramos cada cosa que encontramos, y le hacemos una foto en el sitio en el que estaba antes de sacarla de la tierra. Podemos almacenarlas en su garaje hasta que las limpiemos bien. En un mes vemos qué hemos encontrado y decidimos si seguimos cavando o no. Aún tenemos más o menos dos meses de buen tiempo. Cuando nos parezca que ya está bien, lo tapamos todo y reconstruimos el muro. Si encontramos cosas alucinantes, las dejamos una noche delante del museo municipal. Podríamos mandarlas a algún otro museo de los alrededores para que no nos sigan el rastro, pero me gustaría que lo que encontremos se quedase aquí. Tenemos mucho cuidado para que no haya nada que permita identificarnos, y listo.
Hacía ya más de un cuarto de hora que hablaba, y que el señor Sécaillat me escuchaba sin decir palabra. Su taza estaba vacía, y la mía medio llena de café frío. Algo se movió detrás de la puerta. Era el Húsar, que, levantado sobre las patas traseras, nos miraba fijamente a través del cristal y maullaba para que le abriéramos. Debía de haberme seguido hasta aquí.
—Viene mucho por aquí, Mireille le da atún en lata —dijo el señor Sécaillat, respondiendo a mi pregunta silenciosa. Se levantó para abrirle, y luego volvió a cerrar la puerta-ventana, antes de acodarse en el picaporte. Su mirada se perdía en el vacío, en dirección a Viens, hacia las vertientes en las que el gran Luberon comienza a ganar altura—. Hagamos así —concluyó.
* Niño pequeño.
Y que abran entonces en tu pared, en plena caliza, allá arriba, lejos de las casas habitadas por los hombres, entre el roble negro y el fúnebre laurel, un agujero, oh, Luberon, en las profundidades de tu paraje más agreste.
HENRI BOSCO
¿Quién de nosotros dos iba a quitar la primera piedra? El señor Sécaillat y yo nos mirábamos sin saber muy bien por dónde empezar. Él tenía más habilidad manual que yo, y seguramente le iba a tocar hacer el grueso del trabajo. Pero la idea se me había ocurrido a mí, y planificar el desarrollo de las operaciones era responsabilidad mía. Era un sentimiento raro, entre la emoción del descubrimiento y el miedo a lo prohibido.
