La Biblioteca - Sergio Zamora Torres - E-Book

La Biblioteca E-Book

Sergio Zamora Torres

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Beschreibung

Un hombre, en la presentaci�n de un libro, de un momento a otro se encuentra en una gigantesca y extra�a biblioteca. At�nito, recorre el espacio y ve a autores como Sweig, Saint Exup�ry y Borges, con quien establece un curioso di�logo.

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Seitenzahl: 247

Veröffentlichungsjahr: 2025

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© LOM ediciones Primera edición, abril 2025 Impreso en 1.000 ejemplares ISBN: 9789560019288 eISBN: 9789560019356 RPI: 2025-A-1984 Imagen de portada: «Alonso Quijano lee libros de caballerías» de dibujante anónimo, biblioteca virtual Miguel de Cervantes. diseño, Edición y Composición LOM ediciones. Concha y Toro 23, Santiago Teléfono: (56-2) [email protected] | www.lom.cl Tipografía: Karmina Impreso en los talleres de gráfica LOM Miguel de Atero 2888, Quinta Normal Santiago de Chile

La biblioteca

Todo comenzó en la noche de la presentación de un libro de cuentos en el cual había participado, en la librería Española de la calle del Sena en París, ceremonia programada a partir de las veinte horas de un día viernes. Esa noche, una de las primeras de primavera, era en apariencias igual a las otras, pero justo antes de entrar a la mítica librería de habla hispana me ocurrió algo extraño: aparentemente sin razón, súbitamente fui sumergido por el sentimiento de que a lo mejor iba a realizar un viejo anhelo. No tenía nada que ver con la presentación del libro mismo, porque había estado en otras presentaciones en el pasado. Se trataba de otra cosa, aunque no era nada bien preciso, apenas una agradable sombra difusa que se paseó por mi espíritu como un fantasma juguetón. No se dejaba ver, pero insinuaba su presencia.

Quizás fue a causa justamente de la primavera, estación del año que vigoriza los sentidos y como anunciador del buen tiempo pareciera además prometer lo que siempre se espera, y mi vida, como la vida de todos, está llena de esperas; o a lo mejor, simplemente, mi sentimiento fue provocado por las vitrinas multicolores del bulevar Saint-Germain, cuyas alegres luces iluminan cada noche ese lado de París –conocido como el Barrio Latino– recreando una atmósfera de fiesta, y las fiestas, en general, están siempre relacionadas con agradables momentos.

Pero a pesar de mi buena disposición, después de estar un buen rato parado en la calle auscultando con atención mi entorno, fui incapaz de comprender mi sentimiento. Como no pude precisar de qué viejo anhelo se trataba, aspirando con fuerza el aire nocturno atravesé el umbral de la librería dejando mi agradable sensación en la calle...

Como eran exactamente las veinte horas, en el lugar se encontraban solamente las familias de los otros autores y los visitantes habituales de ese tipo de manifestación, quienes forman parte de la gran familia de los hispanos parlantes de París, es decir, la librería todavía guardaba la fisonomía de una librería, pero aproximadamente una hora más tarde las dos salas de la librería estaban atiborradas y no solamente de libros; no se podía dar un paso sin chocar con alguien. Parecía que el resto de la gran familia en cuestión se había dejado caer entera trayendo además a todos sus amigos y conocidos. Esa presencia había cambiado la fisonomía del lugar, ya no era tanto una librería sino una sala de reuniones o de conferencias.

Siendo de naturaleza tranquilo y enemigo de las aglomeraciones, aún más tratándose de una librería, aunque la situación me disgustaba me resigné a la idea de que en la vida social a veces es necesario conciliar los propios gustos con las necesidades y, por desgracia, me tocaba vivir uno de esos momentos, por lo tanto, decidí quedarme y no salir corriendo como me habría gustado. Muy a mi pesar me encontré en medio de una masa humana vociferante. Me obligó a estrechar manos y dar repetidamente los cuatro besos al estilo de París, con una sensación semejante a la que seguramente sentiría si debiera participar en la corrida de Pamplona, delante de los toros...

Pero mis penas no habían terminado. A medida que avanzaba el tiempo y la noche, la situación era cada vez peor. A la primera sala seguía llegando gente –no sé cómo entraban– y los que ya estaban, al cabo de un momento pugnaban por salir a la calle a respirar un poco de aire fresco, porque la temperatura comenzaba a sofocar. Al calor y al ruido de las conversaciones y risas se agregaba la confusión del gentío causada por los empujones en las entradas y salidas. Preguntándome si no me había equivocado de lugar y entrado a un baño turco, situado en pleno medio de ese vaivén desenfrenado, mi claustrofobia y mi humanofobia me aconsejaron huir hacia la segunda sala que parecía más tranquila.

Después de nuevos apretones de manos y saludos, traté de ubicarme en el mejor lugar para probar el vino y el sándwich de pan amasado con queso, especialidad preparada especialmente para la ocasión por un conocido, el viejo doctor Alonso Segovia. El pan de Segovia era realmente exquisito, pero la situación lo transformó en un pequeño consuelo gastronómico que no fue capaz de compensar mi malestar. A pesar de que el ambiente era festivo y me encontraba rodeado de varios amigos y conocidos, realmente me sentía como una sardina enlatada que se encontraba en el justo medio de todo ese jaleo. Miré la hora en mi reloj –eran exactamente las nueve de la noche– deseando ardientemente que pasaran un par de horas y encontrarme en un lugar más calmo. Quizás si hubiese tenido veinte años menos habría pensado distinto, pero con la edad, si bien hay muchas situaciones que agradan más que cuando se es joven, también hay muchas más que molestan.

Recordando el dicho al mal tiempo buena cara, con precaución y dificultad, tratando de hacer todos los esfuerzos posibles por no derramar el contenido de mi vaso sobre alguien, o peor aún, sobre un libro, después de un momento que se eternizaba, llegué hasta la segunda sala y al rincón más alejado, por el lado de la vitrina que da a la calle Clement. Esfuerzo que en realidad no sirvió de mucho porque –mala suerte para mi tranquilidad– en el mismo instante un grupo de risueños y bulliciosos invitados habían tenido la misma idea. El buen humor es agradable cuando se comparte; cuando eso no ocurre produce el efecto contrario, y mis vecinos inmediatos de sala, sin preocuparse de lo que los rodeaba, hacían un derroche de buen humor y de energía con una vitalidad que no tenía nada que envidiar a los participantes del carnaval del Río de Janeiro, pero con la ausencia de las esculturales y morenas bailarinas brasileñas.

Como las contrariedades nunca llegan solas –como cuando nos sorprende la lluvia y nos encontramos en regla general sin paraguas– al darme media vuelta en una prudente retirada, me encontré justo detrás de alguien que por nada del mundo quería saludar. En realidad, si lo hubiera encontrado en la calle o en un restaurante lo habría saludado sin problema, pero en medio de ese gentío su presencia me pareció insoportable. Preguntándome por qué siempre me encuentro con las personas que no quiero ver y mucho menos con las otras, hice otro giro de escapatoria y allí, súbitamente, ocurrió lo que origina mis desvelos actuales. Ante mi sorpresa, aunque continuaba con mi vaso de vino y mi pedazo de pan en cada mano, sin transición, ¡todos los que me rodeaban habían desaparecido! Mi deseo se había cumplido mucho más allá de lo que podía imaginar. Pero no solamente la gente no estaba más: las dos piezas con sus muros y decoraciones, las mesas, las grandes vitrinas, los estantes, la puerta, es decir, todo lo que normalmente conformaba la librería se había volatilizado...

En otro lugar

Perplejo y angustiado observé con atención a mi alrededor. No había duda alguna que me encontraba en un lugar muy diferente. Espacioso, unas hileras aparentemente interminables de estantes llenos de libros ocupaban a perdida de vista la parte baja de las inmensas paredes que me rodeaban. Las paredes se curvaban formando unos altos arcos que en la parte superior eran continuados por una estructura metálica que sostenía un enorme techo de vidrio y varias cúpulas color de oro. Además del gigantismo, todo daba la impresión de una gran solidez; a no dudarlo, ese monumental edificio había sido construido para durar. A pesar de que desde que tengo memoria siempre he sido un asiduo visitante de bibliotecas, librerías y ferias de libros, puedo asegurar de que nunca antes había visto tantos libros juntos. Cientos, miles, millones de libros cubrían las paredes hasta perderse de vista. Los lomos de los libros creaban la ilusión de un mosaico multicolor que envolvía completamente la sala, como las alas de una enorme mariposa.

El techo, de vidrio y metal, estaba conformado por varias grandes cúpulas que rodeaban una cúpula aún más grande situada justo en el centro de la sala, como los pétalos de una gigantesca flor. Las cúpulas estaban iluminadas por una luz dorada monocroma, como en la gran mezquita de Córdoba. La temperatura era agradable, no hacía ni frío ni calor. Todo eso creaba una atmósfera de tranquila alegría, que contrastaba o se complementaba con la austeridad de las cúpulas y el resto de la sala, pero que le daba al todo un equilibrio singular. Doce enormes columnas octogonales –situadas a igual distancia del centro y de las paredes– se elevaban hasta confundirse con el techo, formando un círculo perfecto. ¿Las doce columnas tenían una significación especial? En las catedrales representan a los doce apóstoles, pilares de la Iglesia, y en algunos templos corresponden a los meses del año. En todo caso nunca había visto columnas más inmensas y sólidas, que si representaban algo, por su sola contextura, eran garantía de que por lo menos los símbolos perdurarían en el tiempo.

A través del techo que rodeaba las cúpulas se divisaba a intermitencia un cielo indefinible, cuya pálida luminosidad penetraba gracias a la transparencia de los vidrios que no formaban parte de unos enormes y bellos vitrales. Era imposible distinguir si era de día o de noche en ese cielo misterioso, en parte por la distancia en que se encontraba el techo, pero también porque era difícil discernir el momento que se observaba. El que se veía en el lado opuesto de donde me encontraba parecía ser el cielo de una noche bien instalada, mientras el que se filtraba por los vidrios que sobrevolaban mi cabeza se asemejaba al de un día nublado o al momento del alba o del crepúsculo, justo en el momento en que el sol todavía no aparece o ya se ha ido. Si ese cielo era impreciso y extraño, lo mismo se podía decir de los vitrales, cuyos vidrios multicolores parecían brillar de una luz que les era propia.

El recuerdo de una lectura sobre el templo de Zeus, en el Olimpo, con su techo decorado de estrellas doradas sobre un fondo azul en representación del cielo, sostenido también por enormes columnas, me produjeron la sensación de ser observador de un lugar sagrado. Sensación que no dejó de sorprenderme porque no está en mi sensibilidad ni en mis creencias; aunque pareciera ser cierto de que los más religiosos son los ateos. Pero si ese recuerdo había surgido de mi memoria no era por casualidad, en verdad había un parecido entre el edificio que me rodeaba y la descripción del templo de Zeus. A lo mejor me encontraba en un Templo de las musas, el Museion de los griegos, ancestro de los museos actuales, que por una razón desconocida había sido transformado en biblioteca, como pareciera ser el caso de la actual biblioteca de Venecia, que ocupa el edificio de una antigua iglesia o catedral.

En uno de los inmensos vitrales, un rayo de color amarillo, por supuesto eléctrico, parecía surgir de una nube negra, como una amenaza suspendida que podía caer en cualquier momento sobre las cabezas distraídas de los lectores de la biblioteca, lo que por cierto era una ilusión creada gracias a una astucia visual: la forma de la nube estaba dibujada sobre vidrios transparentes que dejaban filtrar la luz del cielo, o las nubes, del exterior. A lo mejor ese rayo tenía algo que ver con la sala, como símbolo que representaba una de las atribuciones de la autoridad divina: el castigo. Seguramente a causa de los desgastes que causaba cuando caía y el estrépito del trueno que lo acompañaba, además de la luz deslumbrante. A defecto de otra explicación, en la antigüedad se creía que el rayo era uno de los atributos de los dioses, que como se sabe tienen designios impenetrables y castigan al que les da la gana o al que lo merece. Thor, el dios germano, hacía surgir el rayo de las nubes y lo transformaba en un enorme martillo con poderes mágicos, capaz dedestruir gigantes. Más atrás en el tiempo, los poderes de Zeus o Júpiter eran también inseparables de la poderosa imagen del rayo, como lo era el hacha del trueno de los Pillanes, espíritus de los hombres importantes de los Mapuches, que vivían en los volcanes del sur de Chile. Los Pillanes, cada cierto tiempo, abandonaban su lugar de estadía posmortuaria y, o salían a pasearse por las laderas de los volcanes transformados en hombres de piedras, aplastando con sus enormes y duros pies todo lo que se les cruzaba en el camino, o bien, más ligeros, cabalgando las nubes de las tempestades, lanzando rayos a los que se habían portado mal o a los enemigos del pueblo Mapuche...

Alejando las imágenes de dioses y de rayos de mi cabeza, siempre aplastado por la inmensidad del lugar, observé los estantes que cubrían las paredes en tres niveles, a los que se podía acceder por unas escaleras en caracol de metal que se elevaban como columnas ondulantes a intervalos de cincuenta metros. Conté las escaleras: las columnas eran también exactamente doce y entre cada nivel había exactamente veintiún peldaños. En el espacio de las paredes entre los estantes y el techo de vidrio, unos magníficos murales alternaban temas aparentemente dispares, pero que poseían toda esa aura que imprime el sentimiento de observar una obra perfecta, que por cierto correspondían totalmente con el lugar en que se encontraban.

Cada quince o veinte metros –me era difícil calcular con precisión a causa de la altura en que se encontraban– interrumpían los dibujos unas ventanas redondas semejantes a las ventanillas de los barcos, las bien llamadas ojo de buey, que por su tamaño podrían perfectamente haber servido de modelo al único ojo de Polifemo, por las que se divisaba el mismo cielo impreciso que se veía a través del techo. El recuerdo del infortunado cíclope me murmuró de que a lo mejor esas ventanas podían ser también grandes ojos que observaban sin pestañear desde el exterior, y sentirme observado es algo que nunca me ha gustado y menos aún en una situación en que, como no sabía en donde diablo estaba, no sabía qué hacer. Cada uno de mis gestos podía parecer sospechoso. A pesar de que caminaba por un suelo cubierto de magníficas y pulidas baldosas de mármol, ningún ruido acompañó mis pasos, como si marchara sobre unas espesas alfombras.

¡Camino sobre algodón o una nube!, exclamé en contra de mi voluntad en voz alta, al mismo tiempo que me ponía en cuclillas y tocaba con mi mano el suelo para responder a mi sorpresa. Pero la superficie lisa y suave de un mármol ligeramente tibio terminó con mis suposiciones, aunque no con mi perplejidad. ¡Caminaba simplemente sobre baldosas de mármol pulido en las que curiosamente mis pasos no producían ruido alguno! Pero no solamente mis pasos, pues al golpear con la mano, con la misma fuerza que lo hacía cuando golpeaba una puerta de madera, ningún ruido, ni la más mínima sensación de dureza respondió a mi esfuerzo, como si en realidad hubiese estado dando golpes en el aire.

Volví a tocarlo con la yema de mis dedos y un suelo suave y tibio resistió con firmeza a la fuerza de mis dedos. Repetí mis golpes con mi puño y esta vez me pareció que golpeaba sobre una almohada de algodón. El mensaje era claro, si es que en realidad se trataba de un mensaje: se podía tocar el suelo, o caminar, pero no había que golpearlo. Casi sin pensar, subí con rapidez por la escalera más próxima hasta el último peldaño y observé con atención ese lugar misterioso, tratando desesperadamente de encontrar una respuesta a mi curiosidad no exenta de inquietud, por saber adónde había llegado. Reacción que no era muy diferente a la de los hombres primitivos que frente a un peligro o algo desconocido se encaramaban por el primer árbol que encontraban o subían a la cumbre de la colina más cercana a observar lo que los rodeaba.

Desde mi altura, si no obtuve respuesta a mi inquietud, por lo menos fui incapaz de descubrir peligro alguno, por lo que respiré medianamente asegurado. Todo era quietud, orden y silencio, aunque también había algo de extraño en ese silencio. Casi inaudible, como si en realidad hubiese sido una música recordada inconscientemente, se escuchaba el delicado sonido de la flauta del Tema del Niño Salvaje de Vivaldi. Por más que traté de ubicar el origen de ese sonido, fui incapaz de hacerlo. Esa delicada y conmovedora música provenía de todas partes y de ninguna. El lugar en que me encontraba era tan grande, que desde donde estaba casi no se veía la pared del lado opuesto. La enorme sala era circular y si lo hubiese querido habría podido dar la vuelta completa siguiendo las dos balaustradas anchas de un buen par de metros, que a diferencia de la escalera eran de madera y que permitían acceder a los estantes de los libros del segundo y tercer nivel. En torno de las columnas había numerosas mesas, grandes y sólidas, que, al igual que las sillas o sillones que las contornaban, eran seguramente de roble, con un barniz café oscuro. Esas mesas magníficas estaban iluminadas delicadamente por grandes lámparas dobles, ubicadas en el medio, cuyas ampolletas alumbraban con una cálida luz amarilla las páginas abiertas de los libros y los rostros concentrados de los raros lectores. No podía negar que ese ambiente calmo incitaba a la lectura o al adormecimiento. Por un corto instante, a causa del color de la luz, creí que provenía de velas o de lámparas de petróleo, pero eso era solamente una impresión...

Después de observar durante un largo rato me di cuenta de que la biblioteca era diferente a todas las que había conocido y no solamente por su dimensión y el reducido número de usuarios. Primero, porque no había computadoras, fotocopiadoras, estufas ni nada que pudiese ser eléctrico, aparte de las lámparas, y en ningún momento había escuchado la estridente campanilla de un teléfono, lo que en este siglo de omnipresencia de la alta tecnología ciertamente tenía su encanto, porque refería la biblioteca solamente a sus dos elementos principales: los lectores y los libros, pero además porque no había nada que pudiese parecerse a un tramo formado por estantes o un pasillo, o una forma de separación de una mesa a otra, como un biombo o un tabique. Esa simplicidad de estructura generaba un pequeño o gran inconveniente, todo dependía de la situación que se podía presentar: en ese enorme espacio no había ninguna intimidad, fuera de la que podían eventualmente proporcionar las columnas, que permitiese, aunque fuese un instante, sustraerse a la mirada de los demás. Todo estaba a la vista de todos. Esta biblioteca no tenía nada que ocultar. Pero ¿qué pensaban a ese respecto los usuarios?

Por su organización casi elemental, si no considerábamos su gigantismo, estaba muy lejos de las infinitas galerías hexagonales imaginadas por Borges o la laberíntica de Umberto Eco con múltiples y oscuros recovecos, llenas de polvo y de telarañas. Esta luminosa biblioteca estaba compuesta de una sola gigantesca sala circular y todos los libros estaban a la vista. Si no hubiese sido por la interposición de las columnas, alguien equipado con potentes anteojos largavista, por ejemplo, habría podido observar todos los libros de los estantes desde el centro de la sala. Como esta era circular, le bastaba para ello encontrarse a una altura adecuada y girar su cuerpo. La enorme circunferencia de la biblioteca podría haber servido de base a un zigurat, las enormes torres de Babilonia, por las cuales se subía por un camino en espiral, que unía por el exterior del edificio la planta baja y el último piso, en donde se encontraba el santuario. Pero, en este lugar su significación debía ser otra, si es que servía a otra cosa que a acoger la enorme cantidad de libros que albergaba...

Las columnas, así como las mesas, estaban rigurosamente alineadas siguiendo el orden de invisibles rayos gigantes a partir de un dibujo en las baldosas representando una enorme rosa de los vientos, que ocupaba todo el centro de la sala. La base de las columnas, que como punto de unión de las columnas y el suelo debía ser muy sólida, expresaba una fuerza aún más grande gracias a su forma cuadrada que debía medir de altura un buen par de metros y cinco o seis de largo. Los capiteles, que sustentaban todo el peso de las cúpulas y el techo antes de traspasarlo a la columna misma, a su base y en definitiva al suelo, eran circulares, similares a los del complejo funerario de Saqqarah en Egipto, que según parece es el edificio más viejo del mundo, porque contaba ya con una historia de por lo menos 500 años cuando el faraón Khéops dio la orden de comenzar la laboriosa construcción de la pirámide de Gizeh...

Las dos hileras de mesas que se situaban en paralelo a cada lado del espacio, que continuaba la dirección de los puntos cardinales correspondientes al norte y sur –señalados con grandes letras N y S en mayúsculas– terminaban a un par de metros de lo que parecían ser las únicas dos puertas de ese lugar gigantesco. Aparentemente el este y el oeste no tenían importancia, porque a pesar de que la rosa de los vientos estaba dibujada en su totalidad, las agujas correspondientes a esos puntos cardinales no estaban señaladas por ninguna letra ni símbolo. No era difícil comprender el motivo de esa ausencia: como no se veía puerta alguna en esa dirección, diferenciar el este y el oeste no tenía ninguna importancia, porque no servían de nada. En ese lugar extraño, el este y el oeste no existían. Esa singular señalización me hizo sonreír, pues me recordó la utilización de los puntos cardinales que conocí en los tiempos de mi juventud en mi lejano país, donde solamente teníamos conciencia del norte y el sur, como me daría cuenta mucho más tarde y una vez que recorrería países en que los cuatro puntos cardinales eran tratados con la misma consideración. En el largo y estrecho Chile, que comienza en los desiertos fronterizos compartidos con Perú y Bolivia, para terminar en las ventiscas del Cabo de Hornos, a solamente algunos pasos de pingüino del Polo Sur, en realidad solo pareciera que existen el norte y el sur. En nuestros desplazamientos cotidianos, cuando se iba hacia el oeste se decía en dirección del mar o de la playa, según la distancia en que nos encontrábamos, y hacia el este, en dirección de la cordillera de los Andes, cuya silueta omnipresente es el referente de predilección para orientarse. Mucha razón tenía Benjamín Subercaseaux cuando por el año 1940 intituló su libro Chile, o una loca geografía, porque ciertamente la madre naturaleza no estaba de buen humor y había perdido su serenidad cuando hizo surgir y elevarse hacia el cielo las montañas de la columna vertebral de América, dejando en el espacio entre estas y el océano Pacífico una larga y angosta faja de tierra.

Encima de cada una de las puertas había un enorme reloj mural, que debía medir por lo menos un buen par de metros de diámetro. Las macizas cajas de los relojes parecían estar fabricadas con la misma sólida madera que las mesas y barnizadas con el mismo color café oscuro. Los números eran romanos y perfectamente visibles a pesar de la distancia que nos separaba, lo que no dejaba de ser práctico porque se podían observar sin dificultad desde cualquier lugar de la sala. Curiosamente, los dos relojes indicaban las doce, cuando el mío seguía marcando las nueve. A lo mejor, al abandonar la librería le había dado un golpe sin darme cuenta y su frágil mecanismo se había detenido. Lo moví ligeramente, esperando con ese gesto producir un efecto que contrarrestara su deficiencia, consciente de que la eficacia de mi maniobra no debía ser muy diferente a la de los golpes que le daba al televisor cuando súbitamente dejaba de funcionar. Pero si mi reloj no avanzaba, a pesar de mis sacudones, después de un buen rato de observación, que pueden haber sido unos cinco o diez minutos, me di cuenta también de que los relojes de las paredes tampoco funcionaban, porque seguían indicando las doce. Ligeramente contrariado, porque siempre es bueno saber la hora, acostumbrado como estoy a vivir dependiendo de mi reloj, conté lentamente el número de mesas, lo que me tomó un cierto tiempo porque había exactamente 365, como los días del año, a menos que no fuera la representación del valor numérico de Abraxas o Abrasax, nombre que era en realidad una fórmula del Inefable según los gnósticos. En todo caso existía la posibilidad de ocupar una mesa diferente todos los días del año. En cada mesa había doce sillas, seis por cada lado; después conté el número de las personas presentes, lo que no me tomó mucho tiempo. ¡Incluyéndome, éramos trece en total! ¿Por qué había tan poca gente, cuando un rápido cálculo mental me informó que la biblioteca podía acoger por lo menos cuatro mil personas? Quizás me encontraba en el mediodía y la biblioteca venía de abrir. A menos que no fuera medianoche, la hora de cerrar...

La tranquilidad era la misma de todas las bibliotecas, pero había algo que la hacía aún más aplastante, la quietud del lugar y la inmovilidad aparente de los lectores, que producían la impresión de que el tiempo se había detenido. Quizás era la sala de dimensiones titánicas, con sus enormes y numerosas mesas ocupadas por un número tan reducido de personas solas que leían concentradas. Impresión que se reforzaba con la inmovilidad de los relojes. Se dice que en las grandes construcciones las torres responden a dos aspiraciones: el impulso hacia el infinito, o lo divino, y la seguridad, como las torres de los minaretes utilizadas para el llamado a la oración en el mundo musulmán, o las torres de las iglesias que proclamaban la gloria de Dios. Aunque no estaba en una torre, y lo observaba desde el interior y no de lejos, esa era la impresión que me provocaba el edificio: seguridad y magnificencia que tenían el poder de hacerme sentir además muy pequeño...

En verdad, siempre las grandes construcciones, como por ejemplo las catedrales, producen una sensación de magnificencia que aplasta al que las observa; objetivo ciertamente deseado por los constructores que emplean una metáfora construida con piedras y cemento para expresar la pequeñez humana frente a la grandeza de lo divino, como ocurre por ejemplo cuando se observa desde el interior la extraordinaria catedral de Notre-Dame, o como cuando subimos hasta el campanario y quizás desde el mismo sitio en que se instalaba Cuasimodo, observamos las calles que rodean la catedral desde lo alto y el pasar de los transeúntes. Si al interior de la catedral nos sentimos realmente pequeños, aplastados por la magnificencia de los monumentales arcos de piedra, en el exterior es la gentequese divisa abajo, no más grande que una hormiga, la que sufre de esa impresión. A pesar de mi detenida observación y de mi buena voluntad por aprender lo que no se conoce, no fui capaz de encontrar un sentido a toda esa inmensidad. ¿Me encontraba en una biblioteca religiosa? Me era difícil además comprender por qué había tan poca gente leyendo en un lugar que se prestaba a maravillas para hacerlo...

En su libro El misterio de las catedrales, el misterioso y secreto Fulcanelli afirma que los constructores de las antiguas catedrales de Notre-Dame de París y de Amiens habían depositado un conocimiento esotérico en esas magníficas obras de piedra y que solamente podían ser leídas, es decir comprendidas, por los iniciados. Si partía de la base de que esa afirmación era cierta, a pesar de mi más absoluta ignorancia del esoterismo, por lo menos podía considerar que a lo mejor ocurría algo similar con el imponente lugar que tenía frente a mis ojos. Toda esa inmensidad debía necesariamente tener una significación. ¿Quiénes lo habían construido? ¿Con qué objetivo, además de los libros? ¿En qué lugar del mundo me encontraba? Ese enorme lugar casi vacío, en medio de un silencio inquietante apenas perturbado por una música que parecía surgir de muy al fondo de mi pensamiento, reforzaba mi impresión de soledad, pero, curiosamente, produciendo al mismo tiempo una sensación de bienestar que me era muy difícil de explicar, que indudablemente tenía su raíz en la memoria de mis sentimientos.

Sentía que imperceptiblemente recuperaba algo que había perdido en el transcurrir de mi vida, parecido quizás a lo que resentía cuando iba de visita a la casa de mis padres hace ya tantos años, en que los problemas quedaban afuera. O a lo mejor, simplemente similar a mis sensaciones de adolescente, cuando casi sin respirar y adoptando un aire grave entraba a la magnífica Biblioteca Nacional de la ciudad de Santiago, intimidado por el solemne y confortable cuadro de silencio y seguridad, en que todo parecía estar ordenado de manera escrupulosa, como obedeciendo a reglas propias que ciertamente eran muy diferentes a las del caótico y bullicioso mundo exterior. Cuando entraba a la biblioteca en Santiago, cada vez mi visión juvenil se detenía en los estantes repletos de libros de todos los tamaños y formas, que parecían prometer lo que en lavidade todos los días me era inalcanzable. Las austeras tapas de los libros científicos, las coloreadas de las novelas de aventuras y de ciencia ficción, las sombrías de misterio, las tapas más serias de los libros de historia, de filosofía y todo lo que la mente humana era capaz de imaginar, agudizaban mis sentidos, mientras me interrogaba ansioso, pero al mismo tiempo feliz, por el tipo de lectura que durante el espacio de un par de horas me iba con certeza a transportar a otro universo. Mis sorpresas y encandilamientos de esos tiempos se alimentaban con seguridad en lo que de alguna manera explica tan graciosamente Gabriel García Márquez con su sugestivo título del libro Cuando era joven y desinformado.