La boda - Dorothy West - E-Book

La boda E-Book

Dorothy West

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Beschreibung

Un clásico moderno. La obra maestra de la última gran figura del renacimiento de Harlem. Ambientada en el bucólico enclave de Martha's Vineyard en la década de 1950, La boda narra veinticuatro horas de la vida en el Óvalo, una orgullosa y cerrada comunidad insular compuesta por lo más selecto de la burguesía afroamericana de la costa este. Dentro de este exclusivo círculo, la prominente familia Coles se ha reunido para el enlace de su hija Shelby. Pero esta —como su hermana Liz antes que ella— está a punto de defraudar de nuevo las expectativas del clan, contraviniendo los más básicos principios de la educación recibida al elegir como marido a Mead Wyler —un músico de jazz, blanco y de Nueva York—, cuando perfectamente podría haber escogido a su pareja entre «toda una amplia gama de candidatos con la ocupación y el color de piel adecuados». Cuando Dorothy West publicó en 1995 su segunda novela tras casi medio siglo de silencio, esta se convirtió de inmediato en un hito en las letras estadounidenses del siglo XX. A través de un impecable tapiz de cinco generaciones —en el que pasado y presente, norte y sur, se entretejen con certeras reflexiones sobre la edad, la clase social, la raza y el género—, trazó un audaz y descarnado retrato de un territorio apenas frecuentado por la literatura de su país y que ella conoció de primera mano, logrando así un verdadero clásico moderno. «Cinemática y atemporal, con descripciones visuales y diálogos perfectos sobre la edad, la clase social, la raza y el género».  The Paris Review «Por difícil que parezca en un principio separar a Dorothy West, la superviviente y leyenda, de la autora, basta con leer la primera página de esta novela para saber que, sencillamente, estamos ante una gran escritora».  The New York Times «Dorothy West fue la última gran figura del movimiento artístico negro de los años veinte conocido como el Renacimiento de Harlem».  El País Proyecto financiado por la Dirección General del Libro y Fomento de la Lectura, Ministerio de Cultura y Deporte. Proyecto financiado por la Unión Europea-Next Generation EU

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Edición en formato digital: septiembre de 2022

Título original: The Wedding

En cubierta: ilustración © Andy Gregg y Joel Anderson, Anderson Design Group, Inc. Todos los derechos reservados. Cedida por ADGstore.com

Diseño gráfico: Gloria Gauger

© Dorothy West, 1995

This translation published by arrangement with Doubleday, an imprint of The Knopf Doubleday Group, a division of Penguin Random House, LLC.

© De la traducción, Íñigo Fernández Fernández-Lomana

© Ediciones Siruela, S. A., 2022

Todos los derechos reservados. Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

Ediciones Siruela, S. A.

c/ Almagro 25, ppal. dcha.

www.siruela.com

ISBN: 978-84-19419-46-0

Conversión a formato digital: María Belloso

 

A la memoria de mi editora, Jacqueline Kennedy Onassis. Puede que pareciésemos la pareja peor avenida del mundo, pero hacíamos un equipo de ensueño.

 

El amor es resignado y compasivo; no es celoso, ni fatuo, ni soberbio, ni descortés; no pretende salirse con la suya; no es colérico ni vengativo; se complace con la verdad y no se regodea con las injusticias; todo lo aguanta, en todo confía, todo lo espera, todo lo resiste.

1 CORINTIOS 13, 4-7

 

CAPÍTULO 1

Una mañana de finales de agosto, la mañana antes de la boda, el sol se elevó por encima de un mar en calma, sacó al Óvalo de su sopor amorfo y dotó a aquel círculo de casitas veraniegas de un contorno y unas proporciones precisas.

Hacía ya rato que los habitantes de la isla estaban en pie. Alguien tenía que repartir la leche a los veraneantes, abrir las tiendas para que gastasen en ellas a sus anchas, cortarles el césped y lavarles el coche: una serie infinita de tareas que, sobre todo en el Óvalo —cuya población era mayoritariamente de color y tendía a esperar un trato especial—, debían realizarse con exquisita cortesía.

El Óvalo era una superficie agreste de arbustos en flor y árboles espigados a la que en los mapas antiguos solía darse el nombre de Highland Park. El camino angosto y polvoriento que la circundaba recibía el nombre de Highland Avenue. Sin embargo, como ningún lugareño recordaba haber visto jamás un solo letrero donde figurasen esos nombres tan rimbombantes, hacía mucho que la zona había sido bautizada con la denominación que mejor se ajustaba a sus características.

Una docena larga de casitas formaban un círculo alrededor del parque. Algunas eran pequeñas y tenían fachadas sobrias; otras resultaban más grandes y majestuosas (a una de ellas, la de los Coles, la llamaban «mansión»), pero todas estaban adecentadas para el verano y situadas meticulosamente sobre unas franjas de césped inmaculadas.

Componían una especie de fortaleza o baluarte de la sociedad negra. Sus ocupantes se jactaban de tener o, mejor dicho, de que sus antepasados hubiesen tenido una segunda residencia allí desde los tiempos en que un grupo de personas de color, situadas algo por encima del rango de sirvientes, decidieran emprender el primer éxodo veraniego.

Aunque algunas personas que habían llegado después tenían también casitas en otras partes de aquella localidad costera —un puñado de residencias bastante vistosas en barrios considerados tradicionalmente blancos—, los ovalitas seguían siendo mayoría. Habían dejado de constituir una vanguardia para convertirse en la vieja guardia, y negar esa realidad era algo propio de resentidos.

Hasta el calificativo ovalitas había adquirido unas connotaciones por completo distintas a las que tenía en un principio. Quienes lo habían acuñado como un agravio hacía mucho ya que habían cejado en su empeño de destruir la sociedad del Óvalo y se habían largado de allí; y, con el tiempo y la entonación adecuada, aquel calificativo que en su día pretendió ser desdeñoso había quedado por fin bendecido.

La casa de los Coles dominaba el Óvalo. Con sus enormes porches acristalados, contra los cuales se habían estrellado infinidad de pájaros; con su salón de baile, cuyas sillitas doradas, que habían estado años colocadas alrededor de la pared, estaba ahora dispuestas para la boda junto a las sillas de la funeraria, alineadas también en perfecto orden; con sus amplias superficies de césped, que creaban una distancia casi feudal con las casitas de menor solera, era sin duda la joya del Óvalo.

A sus espaldas se extendían varias hectáreas de praderas pintorescas que en los tiempos gloriosos del primer propietario habían formado parte de la finca. Ahora, sin embargo, eran un espectacular telón de fondo para la vida en la residencia que, al bloquear el tráfico rodado en ese extremo de la isla, lo convertían en una suerte de callejón sin salida.

La única manera de entrar o salir del Óvalo era a través de un camino serpenteante y lleno de surcos. Cuando dos coches se encontraban en algún punto del recorrido, las matas que lo flanqueaban siempre obligaban a uno de ellos a dar marcha atrás; una maniobra bastante compleja que solía dejar infinidad de rayones en la parte trasera si el vehículo era grande y resbalaba en el barro.

Los ovalitas podrían haber recurrido a los cauces oficiales para solicitar al Ayuntamiento una salida más ancha a la autopista. Pero tener un acceso así de incómodo les permitía sentirse tan distinguidos como la gente verdaderamente ilustre —como los ricos y los poderosos de verdad—, que también vivía al otro lado de carreteras impracticables con el fin de disuadir a los curiosos.

Los Coles estaban bastante cerca de ser como sus homólogos: disponían de dinero, lo bastante para gastar sin demasiados miramientos y además ahorrar; tenían estudios universitarios; eran de buena familia; vivían a cuerpo de rey, y dos muchachas de lo más servicial se encargaban de atenderlos desde hacía mucho tiempo, lo cual probaba de manera fehaciente que tener criados no era para ellos ninguna novedad. Si Clark y Corinne no llevasen años acostándose juntos, ni siquiera sus hijas podrían haberles exigido un comportamiento más recatado.

Sus hijas eran Liz, la casada, y Shelby, la prometida. Las dos llamaban la atención por su belleza, pero Liz —la viva imagen de Nana de niña en esa foto coloreada que todavía conservaban— destacaba aún más si cabe gracias a la piel sonrosada, los cabellos dorados y los ojos azul grisáceo.

El hecho de que esta última se hubiese casado con un hombre negro y hubiese engendrado a una niña del mismo color que su padre había levantado ciertas suspicacias en el Óvalo. Aunque al menos había tenido la decencia de respetar una vieja tradición familiar, según la cual todos los hombres eran médicos natos, y había contraído matrimonio con un doctor en Medicina, título que siempre facilitaba las presentaciones y no requería ninguna explicación.

Nadie en el Óvalo comprendía, sin embargo, por qué Shelby, a quien no le habría costado lo más mínimo encontrar un buen partido entre los miembros de su propia raza, había decidido contraer matrimonio con alguien que ni pertenecía a ella ni se dedicaba a lo mismo que su padre y se había lanzado en brazos de un compositor de jazz —profesión vulgar donde las haya— sin oficio ni beneficio.

Entre el marido negro con el que Liz se había casado y el músico con el que Shelby estaba a punto de casarse había toda una amplia gama de candidatos con la ocupación y el color de piel adecuados. Porque el hecho de que las dos hermanas hubiesen defraudado tanto las expectativas con sus matrimonios era algo que contravenía los más básicos principios de la educación que habían recibido.

Pero, por muy obcecada que se hubiese mostrado Shelby a la hora de elegir a su marido, al menos había permitido que su madre la disuadiera de seguir los pasos de su hermana y fugarse con él. Su boda tendría lugar en el Óvalo, tal y como Corinne le había prometido a la señorita Adelaide Bannister una tarde esplendorosa cuando sus hijas no eran más que unas adolescentes. Addie, que apenas podía respirar a causa del aparatoso corsé que estrujaba y retorcía las carnes lacias de su magra constitución, se había quedado clavada a la silla del porche, donde el sol caía a plomo y la temperatura era asfixiante, mientras se abanicaba con una mano flácida cada vez que la brisa dejaba de soplar.

Aceptó una copa de brandi por sus propiedades medicinales, pero el calor, el corsé demasiado prieto y el alcohol acabaron por acelerarle el pulso, y la respiración se le agitó con una violencia que le causó una profunda angustia, porque lo último que deseaba esa mujer enclenque era caerse muerta delante de sus invitados. Se llevó la mano al corazón para evitar que se le desbocara y confesó a Corinne que su única ilusión era llegar a ver a Liz casada, pero no porque considerase a la hija mayor su favorita, sino porque no sabía si llegaría a vivir lo suficiente para ver a las dos vestidas de blanco.

Conmovida por esa confesión simple y funesta, y también por un martini muy seco, Corinne se dejó llevar por el sentimentalismo y se comprometió a celebrar la boda de Liz en el Óvalo. Así le ahorraría a Addie el agotador viaje hasta Nueva York, donde los sobresaltos de una ciudad nueva, caótica y llena de desconocidos podían llevársela por delante en cuanto pusiese un pie en Grand Central Station.

Desde el día de su nacimiento en Boston, el lugar más alejado de su casa hasta el que Addie se había desplazado era aquella isla situada en la costa de Massachusetts: un viaje corto y tranquilo en tren seguido de otro trayecto en barco aún más apacible. En invierno apenas tenía vida social y casi nunca salía de la residencia familiar de Cambridge, donde vivía envuelta en sucesivas capas de jerséis y batas para protegerse del frío penetrante que las estufas viejas y polvorientas de la planta baja no conseguían mitigar. Rodeada de antigüedades y decadencia, se dedicaba a hibernar hasta el verano y nunca visitaba las casas mejor acondicionadas de sus amigas; caminar en invierno era más de lo que su salud podía soportar, y su bolsillo no le permitía coger taxis ni comprar ropa adecuada.

Ahorraba todo el dinero y la energía que tenía para pasar el verano en el Óvalo, donde su vida social consistía en visitar a los viejos amigos y comprobar los cambios que habían experimentado los hijos de estos a lo largo del año. Todo su mundo estaba en el Óvalo y jamás aceptaba una sola invitación de una casa que no se encontrase allí.

Los días que le quedaban eran demasiado escasos para malgastarlos con recién llegados de orígenes dudosos, cuyas propiedades no siempre se habían adquirido de forma honrada. Cada año, Addie se preguntaba si llegaría a ver el final del calendario que el carbonero tenía por costumbre regalarle en Navidad. Sus padres habían fallecido antes de cumplir los cincuenta y estaba convencida de que había heredado esa misma predisposición a sufrir una muerte temprana. Todo el mundo en el Óvalo era consciente de que los latidos de su maltrecho corazón estaban contados. La consideraban su inválida y la trataban con cariño, como si cada verano pudiera ser el último. Y, al ver que Dios le perdonaba la vida cada verano, muchos llegaron a la conclusión de que semejante prodigio debía de tener algún sentido oculto. Con el tiempo, en el Óvalo empezó a circular la leyenda de que el Señor no llamaría a Addie a su lado hasta que pudiese asistir a la boda de Liz.

Cuando esta se fugó a Greenwich semanas antes de la fecha prevista para su boda, con el vestido de Addie ya en la maleta para el viaje a la isla y una nota en su caja fuerte donde, para calmar su conciencia y no vaciar más su bolsillo, advertía a sus deudos que esa era también la ropa con la que quería ser enterrada, el Óvalo consideró un milagro portentoso que el débil corazón de aquella mujer sobreviviese a aquel mazazo.

Lo único que Corinne podía hacer era ofrecer a Shelby como sustituta en cuanto dejase de dar largas y se decidiese por alguno de los muchos candidatos idóneos que la llevarían al altar sin pensárselo.

El clima de opinión en el Óvalo se dividió entre los más acomodados, que lamentaban haber perdido la oportunidad de pavonearse en una boda neoyorquina, y todos los demás, para quienes la simplicidad debía ser el principal aliciente de una celebración en el campo.

Aunque el dinero gozaba allí de la misma importancia que en cualquier otra comunidad de clase alta, no era el factor determinante a la hora de distinguir a la élite de la plebe. La distinción era tan sutil, y las gradaciones se habían trazado con tal precisión, que solo los ovalitas sabían en qué escalafón se encontraban, y había forasteros que malgastaban veranos enteros dorándole la píldora a la persona equivocada.

A lo largo de los últimos años, de vez en cuando se daba la circunstancia de que algún ovalita lo bastante adinerado para pasar las vacaciones en el extranjero, o lo bastante pobre para no poderlas pasar en ninguna parte, decidiese alquilar su residencia a alguna familia de buena reputación que siempre hacía cuanto estaba en su mano para no defraudar las expectativas. Todos habían observado de forma escrupulosa esa norma no escrita del Óvalo hasta que, en el peor momento posible —el verano de la boda—, la casita de Addie Bannister fue la única que no se sumó a los preparativos.

Que la transgresora fuese Addie, una de las ovalitas más prominentes y la persona cuyo delicado estado de salud estaba en el origen de la boda —que ella fuese precisamente quien había derribado todas las barreras de clase y había abierto las puertas de su casa a un desconocido del que, sin embargo, todo el mundo había oído hablar—, era una señal tan evidente de su deterioro físico que solo cabía perdonarla. Y es que, después de tantos años de falsas alarmas, por fin era verdad que se despedía de este mundo.

Ni siquiera los más escépticos, los que nunca habían llegado a dar por completo crédito a sus problemas de corazón, albergaban dudas aquella vez. Los pocos bostonianos que habían tenido ocasión de verla a lo largo del invierno aseguraron que tenía un aspecto espantoso, que estaba más delgada que un palo y que apenas podía tenerse en pie. A nadie le sorprendió que hubiese alquilado su casita. Fue, de hecho, un alivio para ellos no tener que hacerse cargo de una mujer enferma cuando toda la ayuda disponible era necesaria para organizar la boda.

Lo cierto, en todo caso, era que Addie había contravenido su propio código, según el cual tener dinero era el logro social menos importante. Con toda la gente maravillosa, amigos de sus amigos más íntimos, a la que le habría encantado alquilar aquella casita para el verano de la boda, al final se había decantado por el mejor postor: alguien a quien ninguna otra persona le habría cedido su propiedad ni por un millón de dólares.

Pero nadie más se encontraba en la tesitura de Addie. Estaba endeudada hasta las cejas con su médico y su farmacéutico por la infinidad de inyecciones y tratamientos infructuosos que había probado, y con su tendero por toda la comida que había comprado en vano. Eran deudas de honor que no soportaría dejar sin satisfacer. Luego estaba también el funeral, que se produciría a más tardar en otoño y que su insignificante seguro no cubría; y bien sabía Dios que nada le disgustaría tanto como yacer, deshonrada, en un ataúd que hubiese pagado, con las aportaciones de sus amigos, algún entrometido de buen corazón.

Su única salvación había sido alquilar la casita y aceptar la primera oferta desorbitada que le habían hecho por ella, sin que le importase —o tal vez demasiado asustada para que le importase— quién firmaba el cheque mientras tuviese fondos.

CAPÍTULO 2

La firma que figuraba en el cheque era la de Lute McNeil. Aquella letra enérgica había sido estampada por la mano de un hombre semianalfabeto que, sin embargo, sabía usar las herramientas de su oficio con elegante destreza. Se había hecho de oro en Boston vendiendo muebles. La demanda excedía hasta tal punto su capacidad de producción que tenía pensado comprar el edificio de cuatro plantas donde había alquilado una buhardilla hacía unos años y en cuyo sótano había pernoctado antes de mudarse allí.

El éxito en los negocios nunca había formado parte de los sueños infantiles de Lute. Se había visto obligado a ingresar en la escuela de formación profesional y a aprender un oficio solo porque era un zote y lo habían expulsado del instituto. Desde sus locos años de adolescente, solo tenía una obsesión en la cabeza: conquistar mujeres. Y hasta el verano de la boda, siempre creyó que había tenido éxito. Hasta ese momento sus valores no habían llegado a cristalizar.

Con su hogar lleno de niñas, todas ellas de madres blancas, aunque ninguna de la misma; con su infinita sucesión de doncellas, que en unas ocasiones no eran más que eso, y en otras, mucho más; con su esposa de aquel momento, Della, que se negaba a concederle un divorcio rápido y a la que amenazaba con revelar a su familia de Beacon Hill que se habían casado en secreto… Con todas esas complicaciones en su vida, Lute McNeil, el forastero que nunca había puesto un pie en la casita de los Coles, el forastero que ni siquiera tenía invitación para asistir a la boda, tenía el firme propósito, sin embargo, de impedir que la ceremonia se celebrase porque estaba enamorado de Shelby.

En la residencia de Addie Bannister, una puerta mosquitera se abrió y se cerró de golpe. Una cocker color miel, rechoncha y vieja, atravesó el porche bamboleándose, olisqueó varias veces el aire de la mañana y se acomodó para ver qué le traía. Al cabo de unos instantes, la puerta mosquitera volvió a abrirse y a cerrarse de golpe y cuatro niñas también de color miel, vestidas con camisetas y pantalones cortos —la mayor de las cuales llevaba un peine y un cepillo en la mano—, se unieron a la perra color miel en lo alto de la escalera y, muy formales y tranquilas, se dispusieron a esperar a Lute para que diera comienzo la jornada.

Lute abrió la puerta de un empujón, como si nada se interpusiese en su camino, y se plantó en el porche. La perra y las niñas se volvieron y alzaron la cabeza para mirarlo mientras la cola del animal golpeaba el suelo de madera. Desde su perspectiva liliputiense, aquel hombre parecía un gigante a horcajadas sobre el universo que había creado para ellas.

Llevaba puestos unos pantalones cortos y una camiseta que realzaban su altura y su figura bien proporcionada, tenía la piel color avellana, unos rasgos marcados y duros, unos ojos negros y hundidos de mirada perturbadora y un pelo corto, fuerte y rizado.

McNeil no era su verdadero apellido. Su madre se lo robó al hombre que la había dejado embarazada o que, según decía ella, la había dejado embarazada: era más lista que el hambre y nada en el mundo podía irritarla más que verse de pronto con un bebé en los brazos. Le puso de nombre Luther en honor a su padre, un hombre que la había echado de casa por buscona, pero de cuya intachable integridad se sentía orgullosa. No tardó en encasquetarle el bebé a unos amigos, que se lo encasquetaron a su vez a otros amigos suyos, hasta que al final acabó en una inclusa porque nadie consiguió localizar a su madre.

Lute alzó el pie, enfundado en unas sandalias, y propinó una buena patada a la perra.

—Venga, Jezebel. A trabajar. Capaz eres de quedarte ahí todo el día si no te dicen nada.

Jezebel, que en efecto tenía algo en lo que ponerse a trabajar, se incorporó y bajó lentamente las escaleras del porche mientras lanzaba a Lute una mirada tan lastimera como falsa. Se echó carretera abajo con el rabo entre las piernas en busca de algún matorral donde ocultar su rastro, y se volvió otra vez con la misma mirada llena de pena.

El grupo del porche hizo como si no la veía y, como era de esperar, la perra levantó la cola. Su hocico empezó a zigzaguear alegremente por el parque, donde los conejos habían estado retozando a la luz de la luna la noche anterior, y su paso cansino se fue transformando en un trote ligero a medida que se abandonaba a aquel pasatiempo matutino.

Lute levantó a su hija mayor por la cintura, ocupó el sitio que había quedado vacío y se la colocó entre las rodillas. Cogió el peine y el cepillo y, tirando con mucha suavidad, se dispuso a desenredar la maraña de pelo de Barby.

Tenía un cabello largo y maravilloso de un tono dorado ligeramente más claro que el de su piel bronceada. Con sus enormes ojos verdes y sus rasgos delicados, era una niña de ocho años preciosa, aunque no más que sus dos hermanas.

Tina, de seis, y Muffin —como ella misma pronunciaba su nombre real, Maria—, de tres, se encontraban a cada lado de Lute y, mientras aguardaban a que su padre las peinase y les cepillase el pelo también a ellas, parecían salidas de un cuadro. Tina tenía el pelo rubio, con reflejos plateados, unas pestañas larguísimas y unos ojos de color azul grisáceo. El pelo de Muffin era de color caoba y, cuando se lo cepillaban, parecía puro cobre. Sus ojos redondos e inquisitivos eran de color violeta oscuro.

—Papi —dijo Barby satisfecha—, nadie nos peina como tú.

—Papi —repitió Muffin—, nadie nos peina como tú.

Lute se aplicaba con destreza a su tarea, alisando las ondas y apartando de la cara de Barby todos los tirabuzones que empezaban a formarse sobre su frente.

—Eso es porque llevo peinándoos más tiempo que nadie —respondió—. Pero las madres saben peinar mucho mejor. Os quedaríais boquiabiertas si vierais qué bien lo hacen todo las madres.

—¿GiGi es nuestra mamá? —preguntó Muffin, que no tenía la menor idea de lo que era una madre.

—Pues claro que no —contestó Barby, soltando un suspiro de fastidio por lo ignorante que era su hermana—. Es nuestra criada.

Y era cierto que la señora Jones se limitaba a llevarles la casa, porque Lute se había deshecho de la sirvienta que era algo más en cuanto puso los ojos en Shelby.

—Es nuestra criada —repitió Muffin complacida, aunque aún no comprendía del todo la diferencia.

—¿Alguna vez he tenido madre? —preguntó Tina con timidez. Le daba un miedo atroz haber hecho una pregunta tonta, una pregunta cuya respuesta tendría que saber, pero se había pasado todo el verano oyendo a los niños del Óvalo hablando de su madre y le parecía raro.

Lute estaba haciéndole dos trenzas bien prietas a Barby. Puede que al final del día se les soltara el pelo a ella o a alguna de sus hermanas —dando todavía más encanto a la belleza natural de sus rostros—, pero él se esforzaría al menos por enseñarles algo de recato.

—Las tres tenéis madre —le respondió a Tina tajante.

—Y ¿dónde están? —preguntó Muffin sorprendida, mirando a su alrededor involuntariamente, como si pudiesen aparecer en cualquier momento.

—Se divorciaron de papá —contestó Barby con tranquilidad, sin darse cuenta de lo triste que resultaba escuchar a una niña decir algo así.

—Se divorciaron —repitió Muffin despreocupadamente, satisfecha de haber aprendido una palabra nueva.

—¿Eso qué significa? —quiso saber Tina. No le apetecía averiguar justo ahora, cuando por fin se enteraba de que todo el mundo tenía madre, que la suya estaba muerta.

—Eso significa que papá quiere quedarse con nosotras y ellas no —contestó Barby un poco a la ligera.

Lute dio un tirón a las trenzas de Barby para indicarle que ya había terminado con ella y que era el turno de su hermana. Ella y Tina gatearon por encima de su padre como si fuera unas cachorrillas y se cambiaron el sitio.

Lute colocó a Tina en su regazo y se frotó la nariz con el dorso del peine pensativamente, tratando de encontrar la mejor manera de explicarse.

—Claro que quieren estar con vosotras, a ninguna madre le gusta separarse de sus hijos. Lo que pasa es que, como no es posible partirlos por la mitad cuando te divorcias, al final tienes que echártelos a suertes. Y yo tuve mucha suerte y gané todas las veces.

—¿Cuántos divorcios llevamos? —preguntó Tina, que aún no tenía claro si aprobaba esa costumbre o no.

—Pues de momento van tres —respondió Lute, tratando de que sonara como algo perfectamente normal.

—¡Tres! —exclamó Tina sin dar crédito—. ¡Tres madres y tres divorcios!

En la casa de al lado vivían tres niños con una sola madre para todos ellos. Por alguna razón, a Tina le parecía bien esa situación. Tenía claro que le habría horrorizado si Barby, Muffin y ella hubiesen tenido tres padres. Lo mejor era tener un padre y una madre. Pero, por mucho que en el pasado hubiesen tenido tres madres, lo cierto era que ahora solo tenían una. No sabía si Barby quería tener una madre. Y estaba claro que Muffin solo quería tener muñecas a las que poder mangonear como las criadas la mangoneaban a ella. Pero, si Barby quería una madre, puede que su padre estuviese dispuesto a solucionarlo. Siempre decía que era la más sensata de las tres.

Sin embargo, lo último que quería Barby en la vida era una madre. Sabía cómo eran. Sabía que no paraban de llorar. Apenas se acordaba de la cara que tenía la suya, pero recordaba perfectamente, y con verdadero pavor, cómo resonaban sus sollozos y cómo resonaban los sollozos aún más desesperados de la madre de Tina y los de la mujer a la que su padre llamaba Della, que probablemente era la madre de Muffin porque también se pasaba las noches sollozando.

—A mí no me gustan las madres —añadió con rotundidad antes de que Tina tuviera la oportunidad de preguntar—. Me ponen nerviosa. Lloran demasiado, siempre están enfadadas y llaman a papá «negrata».

Era una palabra ofensiva, soez; una palabra que nadie le había oído pronunciar jamás. Pero en esta ocasión se había visto obligada a decirla por el bien de Tina. Estaba segura de que Muffin no quería tener una madre. Pero empezaba a tener dudas con respecto a Tina, que veía más de la cuenta a la vecina. Ella no tenía la menor idea de cómo se ponían las madres cuando perdían los estribos. Era demasiado pequeña para acordarse, igual que Barby era demasiado pequeña para entenderlo.

—Cuando se enfadan —terció Lute con cautela—, las madres suelen decir cosas de las que luego se arrepienten.

Sus palabras, sin embargo, no consiguieron tranquilizar a las niñas. Muffin lo había cogido del brazo mientras Barby hablaba, y Tina, a pesar de estar entre sus piernas, se removió inquieta. La palabra prohibida las había asustado. Barby se la había oído decir muchas veces a las madres de las tres, y no era de extrañar que las odiase. Muffin hizo una mueca para mostrar el rechazo que sentía por esa clase de mujeres y Tina lo intentó con todas sus fuerzas, pero no pudo. La imagen de la vecina no paraba de inmiscuirse en sus pensamientos.

Esa mujer no lloraba nunca. Cuando miraba a Tina, siempre tenía una sonrisa en los labios; cuando hablaba con ella, siempre era cariñosa. Todos los días le daba un abrazo y un beso, a veces más de uno y más de dos. Y Tina se había pasado el verano entero esperando con ansia ese ritual.

Sus hijos eran tan solo la excusa que ponía para ir a verla. A Barby le caían mal porque le tiraban de las coletas. Muffin se liaba a puñetazos con ellos cada vez que le cogían las muñecas y la obligaban a suplicarles que se las devolviesen. Pero Tina fingía que se lo pasaba bomba con ellos, a pesar de que le daban pánico cuando se ponían a hacer el burro.

El camino al paraíso está plagado de dificultades, pero todos los coscorrones y las magulladuras merecían la pena con tal de llegar hasta allí. Porque la madre de los vecinos la consolaba. Tenía un cuerpo blando y rechoncho, y apoyarse en él era muy diferente a apoyarse en el de su padre. Se sentía segura, como si pudiese hundirse en aquella carne tibia y palpitante hasta ocultarse para siempre de todo lo que le daba miedo.

La vecina solía decir que Tina era la niña que siempre había deseado tener hasta que dejó de intentarlo. Era evidente que nunca había querido tener niños. Cuando los abrazaba, todos ellos se reían como idiotas y se alejaban avergonzados. Pero ella no, ella se quedaba quieta, en silencio, muy dócil. Y, gracias a todo ese amor que los niños rechazaban, Tina obtenía cada vez un abrazo extra.

La madre de los vecinos había encontrado a Tina después de renunciar a tener una hija. Era curioso cómo sucedían las cosas. Era maravilloso. Nunca un verano había satisfecho tantas promesas.

CAPÍTULO 3

Muffin estalló de pronto en una carcajada.

—¡Mirad a Jezebel! —gritó doblada de risa.

Los demás observaron a la perra, que avanzaba por el parque con paso lento y sosegado, y una tortita enorme colgando del hocico. Justo en ese momento se detuvo, levantó una pata y echó un vistazo a su alrededor para ver si alguien la espiaba. A continuación, dejó con mucho cuidado la tortita en el suelo y empezó a cavar un hoyo al lado.

Todas las mañanas, tenía la costumbre de hacer una ronda por las casitas de la zona. Como era la única perra del Óvalo, podía pasear por el césped de cualquier propiedad o arañar cualquier puerta mosquitera sin miedo a que los machos cuyo territorio invadía la persiguieran. El hecho de que fuese vieja, estéril y no prestara la menor atención a sus acercamientos no disminuía en modo alguno el placer que les proporcionaba su presencia. Los distraía de sus rutinas diarias y sabía distribuir de manera imparcial sus favores, por escasos que fueran.

Jezebel cogía todo lo que le ofrecían y enterraba cualquier cosa que no fuese un hueso. Lo que le gustaba se lo comía allí mismo y lo demás se lo llevaba al parque. Que aceptase hasta premios que no le hacían especial gracia, que estuviese dispuesta incluso a suplicar por ellos, era un acto de pura codicia; que siempre guardase sitio en el estómago para sus manjares favoritos constituía un ejercicio de planificación inteligente.

La casa de los Coles era su favorita y siempre hacía allí la última parada. Como habían perdido a su perro el invierno anterior, la familia sentía una especial debilidad por Jezebel y, en lugar de sobras, solían darle unos buenos pedazos de carne. No comía así de bien ni en su propia casa, porque los perros que conviven con niños están obligados a comer un montón de desechos pringosos con sus raciones diarias.

En cuanto terminó su tarea y la tierra quedó tan lisa como si jamás la hubieran removido, Jezebel puso rumbo a la casa de los Coles tan rápido como pudo y jadeando a causa del esfuerzo.

Lute había terminado de hacerle las trenzas a Tina. Le dio un pequeño tirón y su hija se volvió hacia él con un rostro lleno de candor, inundado aún por el amor que le inspiraba la madre de los vecinos y que ni siquiera las payasadas de Jezebel habían conseguido borrar por completo.

Decidido a absorber ese amor, Lute la besó con tal ímpetu que Tina se mordió el labio y el hilillo de sangre que llegó hasta su garganta le produjo una arcada. Cuando se encaramó a las rodillas de su padre para dejar sitio a Muffin, Lute le dio un abrazo que la dejó sin aliento. Soltó un grito de dolor y notó cómo le aplastaba las costillas.

—¡Ay, me haces daño, papá! —se lamentó entre sollozos.

Barby se puso roja como un tomate.

—¡Para ya, papá! —lo recriminó airadamente, mientras Muffin, cuyas manos eran más rápidas que su lengua, lo golpeaba en el brazo.

—¿De verdad crees que sería capaz de hacer daño a Tina? —replicó Lute al tiempo que agarraba el puño de Muffin y la levantaba en volandas para que se riera—. Ella ya sabe cuánto la quiero.

Pero nadie lo sabía con certeza. El suyo era un amor inconmensurable. Todos los padres tienen predilección por alguno de sus retoños y, en el caso de Lute, la favorita era Tina: la hija de su segunda mujer, una camarera polaca que, recién salida de una granja en el interior del país y aún virgen, se quedó prendada del encanto y del atractivo color de Lute entre el amasijo de caras blancas que se apelotonaban tras la barra de un tugurio.

Se la llevó al ático para hacer el amor con ella. La pobre no tenía dónde caerse muerta en aquella ciudad inmensa y despiadada, y ni siquiera le hizo falta engañarla para que lo acompañase; tampoco fue necesario que perdiera demasiado tiempo seduciéndola, porque él era un maestro y ella una novata aterrada que amaba a Lute tanto como se odiaba a sí misma y estaba aprendiendo muchas más cosas de las que era capaz de soportar.

Lute —que, de todos los insultos que había en este mundo, el único que no había empleado nunca era «bastardo»—, se casó con ella para dar una paternidad legítima a la niña que la muchacha llevaba en sus entrañas, no porque se creyese en deuda con ella. Y esa chica polaca por la que nunca había mostrado el menor cariño; a la que nunca había sido fiel; a la que, una vez que obtuvo el certificado de matrimonio, nunca había llegado a considerar su esposa; a la que había tratado con la misma falta de respeto que a un criado; a la que había ridiculizado por sus costumbres extranjeras y a la que nunca había dedicado una sola palabra que no fuese una completa obscenidad, había tenido el atrevimiento de llamarlo «negrata» para intentar defenderse a la desesperada del veneno mucho más dañino que salía de la boca de él y había acabado concediéndole el divorcio que Lute llevaba pidiendo desde que todas sus infidelidades desembocaron en una sola obsesión: la impasible y hastiada Della, de Beacon Hill, una mujer tan alejada de su modo de vida como la más distante de las estrellas.

Él aspiraba a ganarse el corazón de Della para ascender socialmente y, a fuerza de intentarlo, terminó hundiendo a la pobre chica en el pozo de su propia indecencia. Había convencido milagrosamente a su amante —con la que ya había engendrado, aunque de una forma mucho menos milagrosa, a una niña— para que accediera a casarse con él, y la boda solo podría celebrarse si conseguía el divorcio.

La razón de que Della —que ya conocía los sinsabores del matrimonio y lo consideraba, además de decepcionante, un engorro carísimo que le había obligado a desembolsar una fortuna para no perder la custodia de su hijo— hubiese decidido arriesgar esa custodia, el bienestar y la salud mental de una criatura a la que adoraba, que se enteraría tarde o temprano de lo que había hecho y a la que no podría mirar a la cara cuando eso sucediese; la razón de que, aunque tenía mucho que perder y poco que ganar, hubiese llegado tan lejos con Lute que podía aguardarles la catástrofe era que ella, igual que la muchacha polaca a la que tan poco se parecía y que la mujer anterior a ella, a la que se parecía aún menos, llevaba en su interior la semilla de su propia destrucción.

Esa primera mujer llevaba mucho tiempo tentando a la suerte, a la espera de que Lute o alguien como él apareciese. Era una buscona de cara angelical y belleza hipnótica que se pasaba el día entero haciendo novillos y enseñando las piernas. Cualquier chaval del instituto habría querido salir con ella, pero el lado oscuro de su alma la empujaba a decantarse siempre por el mal y por los muchachos negros. Era una sabihonda que había aprendido lo poco que sabía en las noveluchas obscenas que devoraba.

Creyó que las citas en el ático de Lute —hacia las cuales caminaba siempre con paso firme y acelerado por unas calles desiertas y silenciosas, frente a edificios envueltos en el aire misterioso de la noche, mientras iba lanzando miradas a uno y otro lado, más por la atracción que sobre ella ejercía lo desconocido que por miedo, y el ruido de sus zapatos resonaba como el llanto de un niño perdido en la oscuridad—, que el frenesí de todas esas veladas, que el alcohol que bebía como si fuera agua y los regalos que Lute le compraba de vez en cuando en alguna casa de empeño la convertían en una aventurera intrépida cuya incipiente vida de lujo y pasión pronto la llevaría al otro lado del océano, al palacio suntuoso y a la alcoba opulenta de algún príncipe hindú.

Sin embargo, como solo prestaba atención a las noches, no tardó en dejar de contar los días. Y cuando se dio cuenta de que se le había retrasado el período, no encontró la manera de confesar a Lute que había fracasado como amante. Nunca llegó, de hecho, a decírselo. Él vio sus pechos hinchados, se percató de que cada vez le costaba más subir las escaleras y oyó los gemidos que daba en la cama, más en señal de queja que de placer.

Al final se casó con ella y le puso un apartamento en una zona de la ciudad donde la basura negra y la blanca convivían indistintamente.

No estaba por completo seguro de ser el padre de la criatura. Pero, como no quería que ninguna hija suya llegase a este mundo como una bastarda, decidió arriesgarse. Y, aunque carecía de un plan concreto, decidió con frialdad que mataría tanto a la madre como a la niña si esta no presentaba señal alguna de ser negra.

La muchacha, que veía el matrimonio como algo demasiado casto y tenía tan pocas ganas de casarse como Lute, se vio obligada a pronunciar los votos fidelidad y obediencia por el asco que le inspiraba su cuerpo deformado y pensó que, como ya había quedado descartada de por vida para el amor, llevar una alianza en el anular o empujar una sillita sería un mal menor.

Cuando dio a luz, nunca le perdonó a la niña que naciera con vida. Y cuando la llama de la pasión volvió a arder dentro de ella y el deseo la aguijoneó de nuevo, se vio incapaz de vivir atada a las necesidades de aquella criatura desvalida.

Lute intentó que entrara en razón a golpes, y las protestas de la muchacha eran como gritos de placer que lo incitaban a ser todavía más cruel. Jamás la vio acariciando a su hija, hablando con ella o atendiéndola de buena gana.

Cuando volvía a casa, lo primero que hacía era ver si la niña tenía el estómago lleno y el pañal seco, y luego hundía la cabeza en su entrepierna para ver cómo olía. Pero, ya la encontrase llorando de hambre o balbuceando alegremente, siempre acababa dándole una paliza a su mujer y de noche se dedicaba a increparla, porque no soportaba estar con alguien incapaz de amar a su hija y porque eso le recordaba lo poco que a él lo había querido también su madre.

Vivieron ese infierno tres años seguidos. Ella se aferró a los polvos de consolación que mendigaba a cualquier repartidor de la zona que tuviese ganas y tiempo, y él perdió la cuenta de las mujeres con las que se acostó en el ático: simples rameras a las que trataba con una lascivia salvaje, como si todas ellas se pareciesen a esa madre de cuyo rostro no recordaba un solo rasgo.

El día que se encontró a su hija sola en casa —cosa que, aunque él no hubiese visto antes, ocurría tan a menudo que la niña ya ni rechistaba— la cogió y se la llevó a una vecina, una señora fea, gorda y un tanto empalagosa a la que solo conocía de vista, pero que tenía pinta de salir poco y de no tratar con más hombres que su marido y a quien podía dejar al cargo de su hija mientras él volvía a casa para mandar a su mujer al otro barrio.

Mientras la esperaba allí, se percató de que no tenía otra herramienta para matarla que sus propias manos y, como no estaban hechas para el asesinato, decidió que sería una venganza más dulce poner de patitas en la calle a esa zorra, obligarla a que vendiese al mejor postor lo que para él carecía ya de interés, dejar que se consumiese de hambre cuando ya nadie diese valor a su mercancía y condenarla a morir lenta y dolorosamente, en el más absoluto anonimato, sin nadie que la llorase, como por otro lado esperaba que hubiese fallecido también su madre.

Encontraron su cuerpo en un callejón del barrio chino, pero no murió a causa de ninguna enfermedad, ni del hambre o las estrecheces. Más bien parecía una chiquilla descarriada que se hubiese tendido en el primer lugar que encontró para dormir o para pasar a mejor vida si nadie daba con ella. Tenía una habitación en la que guarecerse y un amante chino que la adoraba, pero se había emborrachado demasiado para ir de una cama a otra y estaba demasiado asediada por la fatalidad para escapar a su destino.

Lute tuvo que encargarse de enterrarla, porque a la policía no le costó seguir el hilo que llevaba del novio asiático al marido negro. La vecina gorda y fea conocía a una viuda, tan monstruosa y chiflada como ella, que se convirtió en la primera criada de Lute antes de que este descubriese que las criadas no tenían por qué ser repulsivas y que, por el mismo precio, podían dar mucho juego en la cama.

Entre las chicas del ático y la cama de sus criadas, Lute no tenía la menor necesidad de interesarse por la desmañada inocencia de la muchacha polaca —que, por otro lado, nunca consiguió excitarlo ni complacerlo—, a no ser que tuviese una propensión arraigada a hacer las veces de padre para chicas que ya tenían uno.

Y luego estaba Della, la madre de Muffin, su tercera mujer, su esposa secreta y, bien lo sabía Dios, la madre secreta y todavía atónita de su pequeña, que primero compró un mueble a Lute y luego lo compró a él mismo abriéndole las puertas de su círculo social.

Había esperado en infinidad de ocasiones delante de esas puertas, con la espalda erguida, mientras un sirviente preguntaba si el invitado podía entrar por la puerta principal. Y, cuando este regresaba, Lute lo seguía hasta una salita, la misma donde Della había entrado tantas veces antes que él deliberadamente, para disfrutar de la confusión que le produciría encontrársela con sus amigos, esos amigos que no eran ni serían jamás los suyos, pasando por delante de él, rodéandolo o ignorándolo para charlar con alguien, tratándolo como si fuera parte del mobiliario, sin llegar jamás a establecer contacto visual.

La muchacha polaca sentía luego en sus propias carnes la paliza sin sentido que no se atrevía a dar a Della, y aguantó esos estallidos de frustración hasta que no pudo más y se volvió a rastras con los suyos: era mejor vivir con el desprecio de su familia que dejarse despellejar viva. Dio a Lute el divorcio que la había obligado a aceptar a golpes y la niña de la que nunca le dejó disfrutar; y, para calmar su maltrecho corazón, se aferró a la idea de que las victorias de su marido le resultaban siempre tan difíciles que no podían proporcionarle la menor satisfacción.

Él, que amaba con locura al retoño adorable de esa muchacha adorable a la que ni siquiera había intentado amar; él, que se derretía con las lágrimas de Tina igual que tenía escalofríos cada vez que oía las de su madre, estaba decidido a darle a la niña lo mejor, costase lo que le costase a él o a cualquier otra persona.

En esa casita alquilada de Addie Bannister, que era la mitad de grande que la enorme residencia de Lute en Boston, donde ni un solo mueble iba a conjunto y donde todas las camas y las sillas estaban, igual que su dueña, en las últimas, Tina había sido más feliz de lo que Lute recordaba haberla visto jamás.

A la pequeña le encantaba la atmósfera de protección maternal que reinaba en el Óvalo, donde los niños pertenecían en parte a todas las madres atentas de la isla, aunque no sabía que la dejaban jugar en el parque a regañadientes ni que su verano estaba a punto de acabar.

Para Lute, los veranos de Tina en el Óvalo no habían hecho más que empezar. Jamás dejaría que le arrebatasen a su hija la alegría de pertenecer a esa comunidad. Lo había intentado por las buenas. Y ahora lo haría por las malas. Cuando se trazaron las líneas de la batalla, no habría tenido inconveniente en ceder a cambio de un sitio en la boda: no pedía más que esa garantía de su derecho a volver al Óvalo. Pero a los Coles les había parecido demasiado desagradable escribir su nombre en una de las invitaciones. Habían forzado un enfrentamiento y Lute ya no estaba dispuesto a conformarse con cualquier cosa.

El rumor que circulaba de un lado a otro por la isla acabó por mandar a Addie Bannister para el otro barrio antes de que cayeran las primeras nieves. Pero, a pesar de todo el dinero y el crédito que amasaba, Lute no pudo comprarle a Tina la casita de muñecas de la difunta. Los todopoderosos Coles se pusieron discretamente en contacto con el abogado inflexible de Boston que llevaba las modestas cuentas de Addie y se aseguraron de ello.