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Aire contaminado, domos de polvo y podredumbre, emergencia hídrica, animales mutantes, represión y saqueos. El narrador de La breve luz de nuestros días, la nueva ficción de Pablo Ottonello, trabaja en una empresa de herbicidas en Cordón Soria, la periferia de una Buenos Aires entendida como una gran zona de exclusión. Ahí, bajo atardeceres color verde químico, se adentra poco a poco en un futuro de pesadilla, alimentado por el desastre ambiental y rings clandestinos donde los perros tóxicos combaten hasta la muerte. En La breve luz de nuestros días el imaginario de la catástrofe da lugar a un universo asentado en la desolación colectiva. Con una prosa cristalina y directa, con pinceladas deslumbrantes que dan cuenta de una realidad agobiante, Ottonello concibe un paisaje suburbano donde la apatía y la violencia conviven dentro de una sociedad al borde del colapso. El porvenir ya llegó y arroja haces de luz fosforescente en la oscuridad.
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Seitenzahl: 119
Veröffentlichungsjahr: 2020
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A Nino
Se hicieron arreglos y la gente lo sabe. Se puso dinero. Ninguno de nosotros irá a la cárcel. (Siempre en teoría.) A lo sumo, dicen, Madariaga se come unos años. Yo lo veo difícil. Sobre todo él, estoy seguro, ya urdió su plan. A pesar de todo el viejo disfruta de salir en los diarios. La vanidad es lo último que se pierde. La figura legal es una delicia: daño permanente a los recursos hídricos de la Nación. Bompa dice que no lo condenan. Pienso igual. No me da pena el viejo. La Argentina es así, y no me gusta decirlo. El que tiene guita zafa. Soy un patriota de verdad, no como él. El acuerdo, del que sólo escuché rumores, está cerrado, dicen. La prensa necesita a quien masacrar. Y en el Ministerio se ocupan solamente de las elecciones. Todo sigue igual. (Y seguirá igual.) Durante semanas, quizás meses, seremos otra vez el centro de atención. Mejor bajar el copete y soportarlo como se pueda. (Y que el bracito mío no se me gangrene y pudra y el médico sugiera la amputación.) El país se prende fuego y somos, parece, los únicos culpables.
Será difícil conseguir empleo en el sector. Bomparola la vio venir. Ahora me queda clarísimo. Estos días se ocupa de venderle su teoría evolutiva a alguna cátedra universitaria en el centro. (No sé cómo pretende entrar en Capital Federal, pero ese es otro tema.) Que todo lo que vivió, eso que nos difama, se convierta en trabajo de campo, en ciencia, decía.
Si le sale bien merece un monumento.
Me dicen que no lo pierdo. Duele y brilla y parece extraterrestre. La infección es extraña. El médico no explica mucho. (Quizás no sabe qué decir y entonces sólo murmura.) Dijo que no me preocupara e hiciera reposo. ¿Qué me va a decir? Por suerte tengo antibióticos (y sedantes) para cinco semanas. No conviene ir al sanatorio y que la gente me reconozca. ¿Para agarrarme una gripe viral y morirme de pulmonía? ¿Para que me pique un mosquito en el camino y sufra dengue? Mejor quedarse en casa. Ya no se puede salir. En teoría la fábrica cierra oficialmente la semana que viene. Me gustaría presenciar la ceremonia de clausura. Bomparola dijo que no se la pierde. Me ofreció quedarme en acá, en su casa, hasta la restitución matrimonial. (Si es que me la otorgan.) Gloria tiene razón en no querer hablarme. Policías, cintas, vallas. ¿Cómo perdérselo?, dice Bompa. Hay que ir, vayamos, insiste. Qué se yo, le dije esta mañana. No quiero saber más nada con ese tipo ni su fábrica. Nos trató públicamente de empleados corruptos, sobre todo a Julia San Marino y a mí. (Me mandó al frente porque hervía de celos.) Su hipótesis del complot es bastante cómica. Nadie en el tribunal le creyó. Quieren hundirme, dijo Madariaga. Quieren hundirme estos ingratos. ¡Tantos años viviendo de mí! Gloria no quiere verme. Mis hijos me hablan por teléfono. No puedo verlos. Tocará esperar. Viejo hijo de puta. ¿Hacía falta decir todo? Se vengó. Yo lo hundí primero, aunque no me fascina ser el traidor. Todo va a estar bien, dice Bompa, que no sabe ser optimista. ¿Qué me va a decir?
Y yo con el brazo todo verde.
A Bomparola le gustaba la rosca. Digo, con su perro. ¿A quién no? Los operarios y el personal técnico del laboratorio sí que jugaban por plata. Ellos no tenían bonos ni iban a resultado. ¿Pero Bomparola? ¿Sacar el perro familiar y traerlo acá para masacrarlo? Le mintió a la familia. Creía, dijo, que se hubía contagiado rabia cazando murciélagos. No era infrecuente que los perros domésticos contrajeran pestes por andar yirando. (De las pestes no hace falta que diga demasiado.) Ya no se podía tener mascotas al aire libre. Lo hago por seguridad, les dijo Bompa. También me lo dijo a mí. ¿Pensás que me da gracia verlo matarse a dentelladas? Una crueldad haberlo traído, pero qué se yo. Murió con dignidad.
Duró tres combates, que no es poco.
El Pasero de Compras del Norte funcionó hasta hace muy poco. (Ahora nos arreglamos con los mercaditos improvisados y los contrabandistas en camioneta.) Aprovisionamiento diario, decían los avisos radiales, y lo repetían algunos carteles sobre la autopista. De todo para el hogar, todos los días. La logística se volvió el gran valor de la época, casi un arte. Dentro de todo se vivía bien, qué se yo. Los chicos iban a la escuela a cinco minutos de casa, en Los Álamos, donde habían abierto primaria y secundaria. Buen nivel de inglés, alambrado perimetral, agua certificada, cerquita de casa. ¿Qué más se puede pedir? La oficina de Gloria quedaba cerca de los cines del kilómetro 50. Tenían varios proyectos en el estudio, el más lindo, justamente, otro barrio cerrado por la zona. No sé cómo hacían para construir, pero el trabajo no se había interrumpido. La gente se hartaba de Buenos Aires, que era invivible, y se venía para acá. Cordón Soria no era el edén, pero tenía sus beneficios: barrios cerrados un poco más baratos. Tenían de todo. Lago artificial, canchas de tenis, garitas de seguridad con uniformados a sueldo, alambrados altísimos, colegio y supermercado. El que proyectaba Gloria se llamaría Estuario norte porque quedaba cerca del río. Con colegio bilingüe dentro del perímetro. Era la moda. Que los chicos estudiaran sin salir. Los controles sanitario-policiales empezaban en Vicente López. En un buen día se tardaba dos horas y media en llegar a 9 de Julio y Corrientes. En uno malo más de cuatro, si es que la policía no te obligaba a pegar la vuelta. A nuestra zona, por eso digo, no le faltaba nada. Cada tanto abrían un restorán para aprovechar el público de los barrios.
Cerraban a los cuatro meses.
Afuera de los barrios era otro cantar. No había agua buena. Se vendía, directa del Mercado del Agua, en unas carpas blancas que flameaban al viento de la Panamericana. No se veía Buenos Aires, que estaba lejos y hacia el sur, pero sí el domo de aire negro y brillante, como un escarabajo, que oscurecía el cielo en esa dirección. (El dióxido de carbono asfixia pero queda lindísimo.) Los atardeceres tóxicos eran hermosos. (Esto en el juicio no lo dije.) En la ciudad ya no se podía respirar. La gente andaba con barbijo, que no servía de nada, porque el aire estaba arruinado y los virus penetraban igual. Bompa tenía su teoría sobre el efecto terapéutico del barbijo, y su comprobada inutilidad científica, pero en fin, para qué discutir. En los barrios, con un poco de buena voluntad, se podía experimentar la naturaleza.
Los precios del agua estaban por las nubes. No convenía comprar en las carpas. Las supuestas garantías de calidad eran falsificadas. (Lo sé porque hice pruebas en el laboratorio.) Agua que jamás podría aprobarse para consumo humano embotellada como agua mineral. La cosa no estaba fácil. El engaño, la trampa, la estafa se volvió cosa de todos los días. En Cordón Soria las salitas de primeros auxilios no daban a basto. De los hospitales de la Capital prefería ni enterarme. Supe que los había intervenido gendarmería. De los brotes y rebrotes prefería no saber. Nadie cumplía las cuarentenas. Era peor morirse de hambre que morirse de gripe o de insuficiencia respiratoria. Me enteraba de las cifras en la oficina. Leer por mi cuenta me producía una angustia maníaca. Nosotros, dentro de todo, estábamos lejos, no diría protegidos, pero lejos de los grandes focos infecciosos.
Sorbían como si fuera un arroyito cordobés.
