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Una novela inquietante acerca de una investigadora que debe utilizar sus conocimientos únicos para encontrar a una niña desaparecida. Hace tres años, Madison Culver desapareció cuando su familia escogía un árbol de Navidad en el Bosque Nacional Skookum de Oregón. Ahora tendría ocho años. Desesperados por encontrar a su amada hija, los Culvers dan con Naomi, una investigadora privada con un talento extraño para localizar a los niños perdidos y desaparecidos. Conocida por la policía y un selecto grupo de padres como la "Buscadora de niños", Naomi es su última esperanza. La búsqueda metódica de Naomi la lleva hacia un bosque helado y misterioso dónde deberá enfrentarse a su propio pasado fragmentado, porque ella una vez, también fue una niña perdida. Mientras Naomi descubre lentamente la verdad detrás de la desaparición de Madison, los fragmentos de un sueño oscuro atraviesan sus defensas recordándole una pérdida terrible que su memoria había bloqueado. Si encuentra a Madison, ¿finalmente revelará los secretos de su propia vida?
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Seitenzahl: 349
Veröffentlichungsjahr: 2022
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La buscadora de niños
La buscadora de niños
Rene Denfeld
Portadilla
Legales
La buscadora de niños
Denfeld, Rene
La buscadora de niños / Rene Denfeld. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Del Nuevo Extremo, 2018.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y onlineTraducción de: Laura Cariola.ISBN 978-987-609-723-9
1. Narrativa Estadounidense.. I. Cariola, Laura, trad. II. Título.
CDD 813
© 2018, Rene Denfeld
© de esta edición, 2018, Editorial Del Nuevo Extremo S.A. A. J. Carranza 1852 (C1414 COV) Buenos Aires Argentina Tel / Fax (54 11) 4773-3228 e-mail: [email protected] www.delnuevoextremo.com
Imagen editorial: Marta Cánovas Traducción: Laura Cariola Corrección: Diana Gamarnik Diseño de tapa: @WOLFCODE Diseño interior: Marcela Rossi
Primera edición en formato digital: abril de 2018
Digitalización: Proyecto451
Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del “Copyright”, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático.
Inscripción ley 11.723 en trámite
ISBN edición digital (ePub): 978-987-609-723-9
Para Ariel
La presente es una obra de ficción. Los nombres, personajes, lugares e incidentes son producto de la imaginación de la autora o se usan de forma ficticia y no se deben considerar verídicos. Cualquier parecido con eventos, lugares, organizaciones o personas reales, vivas o muertas, es pura coincidencia.
1
El hogar era una pequeña cabaña amarilla en una calle vacía. Había algo de desolador en ella, pero Naomi estaba acostumbrada a eso. La madre joven que abrió la puerta era diminuta y aparentaba muchos más años de los que tenía. La cara parecía tensa y cansada.
—Buscadora de niños —dijo.
Se sentaron sobre un sofá en una sala vacía. Naomi notó una pila de libros infantiles en una mesa que había al lado de una mecedora. Estaba segura de que la habitación de la niña estaría exactamente igual que antes.
—Le pedimos disculpas por no habernos enterado antes de usted —dijo el padre, refregándose las manos desde su sillón junto a la ventana—. Intentamos de todo. Todo este tiempo...
—Hasta una psíquica —agregó la joven madre con una sonrisa dolorosa.
—Dicen que usted es la mejor para encontrar niños perdidos —añadió el hombre—. Ni sabía que había investigadores que hacían ese trabajo.
—Me pueden llamar Naomi —dijo ella.
Los padres la observaron: de contextura robusta, manos bronceadas que parecían saber lo que es trabajar, pelo largo castaño, una sonrisa encantadora. Era más joven de lo que imaginaban... no llegaba a los treinta.
—¿Cómo sabe de qué manera encontrarlos? —preguntó la madre.
Ella esbozó esa sonrisa luminosa.
—Porque sé lo que es la libertad.
El padre pestañeó. Había leído su historia.
—Me gustaría ver su habitación —pidió Naomi después de un momento, tras haber apoyado la taza de café.
La madre la llevó por la casa y el padre se quedó en la sala. La cocina parecía estéril. El polvo se juntaba en el borde de un antiguo frasco que decía “Galletitas de la abuela”. Naomi se preguntó cuándo habría sido la última vez que la abuela los visitó.
—Mi esposo cree que tengo que volver a trabajar —dijo la madre.
—Trabajar hace bien —respondió Naomi con delicadeza.
—No puedo —admitió la madre, y Naomi la comprendió. No puedes dejar la casa si tu hijo puede volver en cualquier momento.
La puerta dio acceso a una habitación perfectamente triste. Había una cama individual con un acolchado de Disney. Algunas fotos en las paredes: patos volando. Sobre la cama un cartel bordado decía “Habitación de Madison”. Había una biblioteca pequeña y un escritorio más grande tapado de bolígrafos y marcadores desordenados.
Encima del escritorio, un cuadro de lectura de la maestra del jardín. Decía “Superlectora”. Había una estrella dorada por cada libro que Madison había leído ese otoño, antes de desaparecer.
Olía a polvo y a encierro; el olor de una habitación que está desocupada desde hace años.
Naomi se acercó al escritorio. Madison había estado pintando. Naomi la podía imaginar levantarse del dibujo y salir corriendo hacia el auto mientras el padre la llamaba, impaciente.
Era un dibujo de un árbol de Navidad cubierto de bolas rojas y pesadas. Había un grupo de gente al lado: una mamá y un papá con una niña y un perro. La leyenda anunciaba: “Mi familia”. Era un dibujo típico de un niño, con cabezas grandes y figuras de palotes. Naomi había visto decenas de ellos en habitaciones parecidas. Cada vez sentía una puñalada en el corazón.
Levantó del escritorio un diario con renglones anchos y ojeó las anotaciones torpes, pero exuberantes, decoradas con dibujos de crayón.
—Escribía bien para su edad —resaltó Naomi.
La mayoría de los niños de cinco años a duras penas podían garabatear.
—Es inteligente —respondió la madre.
Naomi se acercó al ropero abierto. Dentro había una selección de pulóveres coloridos y vestidos de algodón bien lavados. Notó que a Madison le gustaban los colores brillantes. Naomi acarició el puño de un pulóver y luego, otro. Frunció el ceño.
—Están deshilachados —observó.
—Jugaba con los puños... con todos. Desarmaba los tejidos —dijo la madre—. Me la pasaba intentando que dejara de hacerlo.
—¿Por qué?
La madre se detuvo.
—Ya ni sé. Haría cualquier cosa...
—Sabe que es muy probable que esté muerta, ¿no? —dijo Naomi con suavidad. Había aprendido que lo mejor era decirlo de una vez. En particular si había pasado tanto tiempo.
La mamá se quedó helada.
—Yo no creo que esté muerta.
Las dos mujeres se miraron a la cara. Tenían casi la misma edad, pero las mejillas de Naomi rebosaban de salud y la madre parecía demacrada por el miedo.
—Alguien se la llevó —dijo la madre con firmeza.
—Si se la llevaron y la encontramos, no será la misma. Debe saberlo desde ahora —dijo Naomi.
Los labios de la mujer temblaron.
—¿Cómo volverá?
Naomi se acercó. Se acercó tanto que casi se tocaban. Había algo de magnífico en su mirada.
—Volverá y la necesitará.
Al principio, Naomi pensó que no lo iba a encontrar, aunque tenía las indicaciones y las coordenadas que le habían dado los padres. La ruta negra estaba mojada tras el paso de la máquina quitanieves; la nieve se acumulaba a los costados. A ambos lados del auto se extendía la misma vista: montañas de abetos verdes oscuros cubiertas de peñascos negros y cimas blancas heladas. Había estado conduciendo durante horas hacia arriba, hacia el Bosque Nacional Skookum, muy lejos del pueblo. El terreno era áspero, brutal. Era una tierra salvaje, llena de grietas y frentes glaciares.
Había un destello de amarillo: los restos destrozados de una cinta de ese color que colgaban de un árbol.
¿Por qué se detuvieron ahí? Era el medio de la nada.
Naomi bajó del auto con cuidado. El aire era brillante y estaba frío. Inhaló con una bocanada profunda y reconfortante. Se metió entre los árboles y se sumergió en la oscuridad. Las botas crujían en la nieve.
Se imaginó a la familia: habían decidido pasar un día entero conduciendo para cortar su árbol de Navidad. Se detendrían a comprar donas frescas en el caserío de Stubbed Toe Creek. Se abrirían camino por una de las viejas rutas que serpentean entre las montañas nevadas. Encontrarían su propio abeto de Douglas especial.
Seguramente había hielo y nieve por todas partes. Podía imaginarse a la mamá calentándose las manos con la calefacción del auto, la niña en el asiento trasero, envuelta en una parka rosa. El padre que decide —o que tal vez está cansado de decidir— que este es el lugar ideal. Frena. Abre el baúl para sacar el serrucho, de espaldas; la esposa se abre camino con timidez dentro del bosque, la hija que sale corriendo...
Le dijeron que todo pasó en unos pocos instantes. En un momento Madison Culver estaba ahí y al siguiente ya no. Habían seguido sus huellas lo mejor que pudieron, pero empezó a nevar, y fuerte, y las huellas desaparecían ante sus ojos mientras ellos se abrazaban, llenos de terror.
Para cuando llamaron a los equipos de búsqueda, la nieve se había convertido en una ventisca y tuvieron que cerrar las calles. Se reanudó la búsqueda cuando las pudieron despejar, unas semanas después. Ninguno de los lugareños había visto ni escuchado nada. La siguiente primavera enviaron a rastrear a un perro policía, pero volvió sin resultados. Madison Culver había desaparecido, suponían que su cuerpo estaba enterrado en la nieve o se lo habían comido los animales. Nadie podía sobrevivir mucho tiempo en el bosque. Y menos una niña de cinco años con una parka rosa.
Mientras miraba hacia arriba, entre los árboles silenciosos, Naomi pensó que la esperanza es algo hermoso. El aire frío le llenaba los pulmones. La parte más gratificante de su trabajo era cuando se recompensaba con vida. Y la peor, cuando solo traía tristeza.
Volvió al auto y tomó unas raquetas y su mochila. Ya tenía puesta una parka abrigada, un gorro y botas gruesas. El baúl de su auto estaba lleno de ropa y equipo de búsqueda para todo tipo de terreno, desde el desierto hasta las montañas o la ciudad. Siempre tenía todo lo que necesitaba ahí, a mano.
En el pueblo, tenía una habitación en la casa de una amiga que quería mucho. Ahí guardaba sus archivos, sus registros, más ropa y recuerdos. Pero para ella, la vida de verdad estaba en la calle, cuando trabajaba en sus casos. Se había dado cuenta de que, en particular, la vida estaba en lugares como este. Había tomado clases de supervivencia en lugares salvajes, además de cursos de búsqueda y rescate, pero ella se basaba en la intuición. Las tierras más salvajes la hacían sentir más segura que una habitación con una puerta que se traba desde adentro.
Comenzó en el lugar exacto donde se había perdido Madison y absorbió la zona. No empezó una búsqueda formal. En cambio, trató el lugar como a un animal que estaba conociendo: sentía su cuerpo, comprendía su forma. Era un animal frío, impredecible, con partes sobresalientes, misteriosas, peligrosas.
A pocos metros de internarse en el bosque la ruta desapareció tras ella y, de no haber sido por la brújula que tenía en el bolsillo y las huellas que había dejado, podría haber perdido todo el sentido de la ubicación. Los altos abetos tejían un dosel sobre su cabeza y casi eliminaban el sol, aunque en algunas partes el sol se asomaba entre los árboles y las columnas de luz llegaban hasta el suelo. Se dio cuenta de lo fácil que sería confundirse, perderse. Había leído que algunas personas habían muerto en esa tierra salvaje a menos de un kilómetro de un camino.
Para su sorpresa, el suelo cubierto de nieve no tenía nada de malezas. La nieve esculpía patrones contra los troncos rojizos. El terreno subía y bajaba a su alrededor; la niña podría haber ido prácticamente en infinitas direcciones y su figura seguramente habría desaparecido en cuestión de segundos.
Naomi siempre empezaba aprendiendo a amar el mundo donde había desaparecido el niño. Era como desatar con cuidado una madeja de hilo enredada. Una parada de autobús que llevaba a un conductor que llevaba, a su vez, a un sótano, tapizado con cuidado a prueba de sonidos. Una zanja totalmente inundada que llevaba a un río, en cuya orilla esperaba la tristeza. O, su caso más famoso: un niño perdido durante ocho años, encontrado en el comedor de la escuela donde había desaparecido, solo que seis metros bajo tierra, donde su captor, un vigilante nocturno, había construido una guarida subterránea secreta en un depósito detrás de una caldera en desuso. Recién cuando Naomi consiguió los planos originales de la escuela, todos se enteraron de que existía esa habitación.
Todos los lugares perdidos son un portal.
En lo profundo del bosque, los árboles se abrieron de golpe y Naomi se encontró parada en el borde de un barranco abrupto y blanco. Ahí abajo, la nieve le devolvió una mirada vacía. Más allá, el terreno se elevaba hacia las montañas vertiginosas. Mucho más allá, una cascada congelada parecía un león a la carga. Los árboles estaban envueltos en blanco, una visión de los cielos.
Pensó que era marzo, todavía estaba todo congelado.
Naomi imaginó a una niña de cinco años, perdida, temblando, vagando por lo que podría parecer un bosque infinito.
Hacía tres años que Madison Culver había desaparecido. Ahora tendría ocho años... si había sobrevivido.
En el camino de vuelta por la montaña vio una tienda solitaria, tan camuflada con la nieve y el musgo que casi la pasa de largo. Estaba construida como una cabaña de troncos, con un porche destartalado. El cartel despintado hecho a mano que estaba sobre la puerta anunciaba “Tienda Strikes”.
El estacionamiento estaba vacío y tenía una capa de nieve fresca.
Naomi estacionó. Pensó que la tienda podría estar abandonada. Pero no, solo estaba descuidada. La puerta tintineó tras ella.
Las ventanas estaban tan sucias que en el interior era siempre de noche. El viejo que estaba al otro lado del mostrador tenía la cara llena de arañas vasculares. El gorro sucio parecía estar pegado al pelo ralo y gris.
Naomi notó las cabezas de animales embalsamados llenas de polvo que estaban detrás de él, los cartuchos debajo del mostrador de vidrio manchado. Los pasillos eran amplios, para poder caminar con raquetas. En los rincones se apilaban repuestos de autos; los estantes de metal estaban llenos de todo tipo de objetos, desde muñecos baratos hasta fideos secos o los extremos con grillete de las trampas de animales.
Los fideos le llamaron la atención. Naomi había aprendido bastante de la vida como para diferenciar una tienda de supervivencia de una parada turística en la calle. Agarró una bolsa de nueces rancias y una gaseosa.
—¿Todavía hay gente que vive por aquí? —preguntó con curiosidad.
El viejo frunció el ceño con desconfianza. A ella se le ocurrió que era una reserva forestal. Tal vez había restricciones.
—Ajá —fue el comentario del viejo con tono agrio.
—¿Cómo sobreviven?
Él la miró como si fuera estúpida.
—Cazan, ponen trampas.
—Debe ser un trabajo muy frío en esta zona —dijo ella.
—Todo es trabajo frío aquí arriba.
La vio irse y la puerta se cerró tras ella.
Naomi estableció su base en un pequeño motel al fondo del bosque, el último lugar muerto y desolado en el que alguien podría quedarse sin armar una carpa o cavar una cueva de hielo.
El motel tenía un aspecto sórdido. Se había acostumbrado a eso.
La recepción estaba llena de muebles raídos. Un grupo de montañistas rubicundos llenaba el espacio, con todo su equipo y su olor a transpiración.
Naomi no dejaba de sorprenderse ante los pequeños mundos que existen fuera del propio. Todos los casos parecían llevarla a una tierra nueva, con culturas, herencias y personas distintas. Había comido pan frito en reservas indígenas, había pasado semanas en una antigua plantación de esclavos en el sur, se había adormecido en Nueva Orleans. Pero este era su estado preferido, su hogar en el espinoso Oregón, donde cada curva de la ruta parecía llevarla a un paisaje totalmente diferente.
Sobre el mostrador había un recipiente de plástico lleno de mapas. Tomó uno y lo pagó mientras se registraba. En más de ocho años de investigaciones, ya había perdido la cuenta de la cantidad de habitaciones de hotel en las que estuvo.
Había empezado a trabajar a los veinte años. Era inusual que un investigador empezara a esa edad, ya lo sabía. Pero, como decía a veces arrepentida, sintió que tenía que hacerlo. Al principio vivía al día y dormía en el sillón de las familias que la contrataban, muchas de las cuales eran demasiado pobres para pagarle un hotel. Con el tiempo aprendió a cobrar según el caso, y alentaba a las familias a pedir ayuda económica si era necesario. Así, podía ganar lo suficiente como para poder pagar al menos una habitación.
No era que necesitara dormir, podía dormir en cualquier lado, incluso enroscada en su auto. Era la soledad. Era la oportunidad de pensar.
Todos los años se reportaban más de mil niños perdidos en Estados Unidos; mil formas de desaparecer. Muchos eran secuestrados por los padres. Otros, accidentes terribles. Los niños morían en congeladores abandonados donde se habían escondido. Se ahogaban en canteras de roca o se perdían en los bosques, como Madison. A muchos no los encontraban nunca. Se sabía que cerca de cien casos al año eran secuestros de desconocidos, pero Naomi creía que los números reales eran mucho más altos. Los secuestros eran sus casos más publicados, pero ella se hacía cargo de cualquier niño perdido.
Desplegó el mapa sobre la cama. Y lo desplegó. Y lo desplegó.
Ubicó el lugar donde había desaparecido Madison e hizo un círculo diminuto. Un círculo en un mar de verde infinito. Sus dedos siguieron las calles cercanas como arañas, descubrieron que las distancias entre ellas eran demasiado grandes como para comprenderlas.
¿Dónde estás, Madison Culver? ¿Volando con los ángeles, con una manchita plateada en el ala? ¿Estás soñando, enterrada bajo la nieve? ¿O es posible, después de tres años desaparecida, que todavía estés viva?
Esa noche cenó en la cafetería que estaba junto al motel mientras sus ojos absorbían a todos los lugareños: hombres fornidos en camisas de leñador, mujeres maquilladas con sombras de todos colores, un grupo de cazadores que parecían estar de mal humor. La mesera le sirvió otra taza de café y la llamó querida.
Naomi miró el celular. Ahora que había vuelto a Oregón podría pasar por su habitación, en la casa de su amiga Diane. Y, lo que era más importante, tenía que llamar a Jerome y encontrar un momento para visitarlos a él y a la señora Cottle, la única familia que recordaba. Había pasado demasiado tiempo.
Con la misma mezcla de miedo y nostalgia de siempre, pensó en Jerome, parado fuera de la casa de hacienda. La última conversación que habían tenido se había acercado peligrosamente a algo que ella no estaba lista para enfrentar. Guardó el celular. Llamaría más adelante.
En cambio, vació el plato (filete de pollo frito, maíz y papas) y con gentileza aceptó la torta que le ofreció la mesera.
Esa noche, los niños que había rescatado formaron fila en sus sueños y armaron un ejército. Cuando despertó, se escuchó a sí misma decir “Conquistar al mundo”.
2
La niña de nieve recordaba el día en que había nacido.
Había sido creada en la nieve brillante, ambos brazos cansados estirados, como un ángel, y su creador estaba ahí. La cara del hombre era como un halo de luz.
Él la había levantado sin dificultad y se la había cargado al hombro. Tenía un aroma intenso, cálido, reconfortante, como el interior de la tierra. Ella se veía las manos: las puntas tenían un color azul curioso y estaban duras como la piedra. El pelo le colgaba alrededor de la cara, las puntas tenían hielo.
En el cinturón del hombre se sacudían criaturas largas y peludas. Ella miró las pequeñas garras aferrar la nada sobre la nieve blanca que se balanceaba.
Cerró los ojos, volvió a dormirse.
Cuando despertó estaba oscuro, como si estuviera en una cueva. Afuera caía la nieve. No podía verla, aunque podía sentirla. Es curioso poder escuchar algo tan suave como la nieve que cae. El hombre estaba sentado frente a ella. Le costó un poco acostumbrar los ojos afiebrados a la luz tenue. En realidad, había una lámpara, pero tenía algo en los ojos, porque veía todo borroso y rojo.
Estaba acostada en una cama pequeña, que era más bien un estante cubierto de pieles y mantas. Las paredes que la rodeaban estaban hechas de barro. De ellas asomaban ramas. El hombre estaba sentado en una silla de madera hecha con ramas tejidas, como las que se ven en los libros. Como la silla donde se sienta un abuelo amable o el Padre Tiempo.
Sabía que estaba muy enferma. El cuerpo palpitaba de dolor y podía sentir que las mejillas estaban calientes y resbalosas. Se sacudía en espasmos de fiebre. Le dolían los dedos de los pies. Los dedos de las manos. Las mejillas. La nariz.
El hombre la cubrió de pieles y parecía inquieto y preocupado. La hizo tomar agua fría. Le controló los dedos. Se los veía muy mal, como si les hubiese crecido piel gruesa. Él se los puso en la boca para calentarlos.
Ella quiso vomitar, pero incluso en la cueva de su pancita sentía frío, como hielo. Se desmayaba y volvía una y otra vez.
Cuando se despertó de nuevo, el hombre la estaba haciendo tomar más agua. El agua tenía gusto a hielo. Se volvió a dormir.
Ella necesitaba a alguien, y en la fiebre la llamó a los gritos, pero las palabras que salieron de su boca parecieron no alterarlo. Él le miró los labios y se enojó. Le tapó la boca con la mano. Ella lo mordió, aterrada. Él recuperó la mano y le pegó fuerte, y ella se tambaleó. Luego él se fue.
Ella daba vueltas en infinitos sueños afiebrados. Se le hincharon los dedos hasta parecer las manos graciosas de un dibujo animado, solo que a ella no le causaron gracia. Las ampollas se abrieron y mojaron las mantas. Ella lloraba de dolor y miedo.
Cuando el hombre volvió, ella trató de hablarle, de pedirle disculpas con los labios hinchados. Los ojos le siguieron los labios de nuevo y él se volvió a enojar.
Ella no dejaba de gritar las palabras, y esas palabras eran: “Mami, papi”.
Él se dio vuelta y se fue.
El hombre garabateó una B en un cuadrado de laja. Había bajado la lámpara y la luz creaba un juego de sombras con todo. La cueva estaba bañada en amarillo.
Ella estaba despierta, las pieles y las mantas que la acunaban estaban empapadas en sudor. Sintió la nieve caer afuera. Los ojos bien abiertos miraron al hombre.
Él volvió a controlar sus deditos. Hizo un sonido divertido, como un chasquido de aprobación. Ella levantó los dedos y los miró contra la luz, como si nunca los hubiese visto antes. Estaban menos hinchados, pero la piel se estaba poniendo rara, violeta y negra. Parecía como si estuviera a punto de caerse, como a una lagartija.
Tal vez se estaba convirtiendo en algo nuevo.
El hombre le miró los dedos de los pies, que estaban bajo las mantas. Le había sacado las medias y las zapatillas, y por primera vez vio que los dedos de los pies también estaban gordos e hinchados y la piel estaba horrible, roja y violeta. Parecía que las uñitas diminutas estaban a punto de caerse.
Él levantó la pizarra. ¿B? Ella asintió levemente y él parecía satisfecho.
—¿Te llamas B? —preguntó en un susurro ronco. Él le miraba los labios. No respondió.
—¿Cómo llegué aquí? ¿Dónde están mi mami y mi papi?
El señor B sacudió la cabeza.
La niña de nieve entró en pánico. Seguía débil por la fiebre, pero intentó levantarse, luchar para alejarse de ese hombre extraño e ir hacia sus padres, que seguro la esperaban fuera de esa cueva. Él se enojó y la retuvo con fuerza. Ella luchó, desconcertada; se sacudía, pateaba y pegaba.
El señor B le pegó de nuevo, fuerte, en la cara. La tomó de los brazos y le apretó tan fuerte que le dolía, y ella lloriqueó. Retrocedió, impactada y dolorida, y se acurrucó contra la pared de barro, entre las pieles y las mantas; desde ahí lo miraba con ojos desencajados.
Él se paró y la ira lo hizo parecer más alto; se dio vuelta y se fue.
La niña de nieve no tenía idea de cuánto tiempo estuvo con fiebre. Su cuerpo mudó la piel, los dedos se pusieron rosas bajo el negro y al final los pudo volver a mover, pero las puntas estaban plateadas y tenían cicatrices. Los dedos de los pies no perdieron las uñas y se redujeron hasta volver a su forma diminuta y rosadita.
Las mejillas ya no se sentían ásperas y podía dormir profundo.
La cueva estaba oscura, pero se filtraba bastante luz entre las tablas rústicas que había sobre su cabeza, así que podía saber cuándo era de día y cuándo de noche.
Cuando se despertaba, el señor B le llevaba comida y un balde viejo de metal en el que hacía sus necesidades. Tenía miedo de hacer número dos en el balde, pero parecía que al señor B no le molestaba. Se lo tomaba con naturalidad cuando se iba.
El señor B entraba y salía por una escalera que bajaba de una trampilla. A veces tenía puesto un chaleco lleno de bolsillos. Nunca respondía cuando ella hablaba, suplicaba o lloraba.
Las palabras se desvanecían a su alrededor, vacías y carentes de sentido.
A veces se lanzaba hacia él, lo pateaba y hacía un escándalo, y pensaba que la persona que ella buscaba estaba al otro lado de la trampilla. Ella solo tenía que ir hasta allá.
Pero aprendió a no intentarlo, porque el señor B se enojaba y la lastimaba.
Cuando él se iba, ella sentía que gritaba y aullaba durante horas, hasta quedarse afónica. Pero no pasaba nada. Con el tiempo, se convenció de que sus padres no estaban al otro lado de esas paredes. Se habían ido. Tal vez para siempre. Tal vez la dejaron ahí porque se había portado mal.
Se esforzaba por pensar qué había hecho. ¿Fue porque le rompió la cola al jerbo en la escuela? Fue sin querer, solo trataba de levantar a Checkers, y la punta de la cola se le partió en la mano, así como si nada. Estaba tan asustada por lo que había hecho que escondió la puntita de la cola rota entre el aserrín de la jaula y, después, cuando la maestra preguntó quién había lastimado a Checkers, ella no dijo nada. Ahora pensaba mucho en ese pedazo de cola gris, enterrado entre el aserrín de cedro.
Luego de un tiempo, dejó de hablar. El señor B le llevaba sopa que tenía gusto a grasa y era asquerosa, la cubría con las mantas y aceptaba su silencio sin emitir palabra.
Cuando se iba, quitaba la escalera y siempre trababa la trampilla.
Dave, el guarda forestal, era alto y delgado y parecía muy cansado. La casa del guardabosque estaba bien arriba, en el punto más alto del distrito Elk River, a menos de 25 km al sur de donde había desaparecido Madison.
Al subir por la empinada ruta de montaña, entre montículos de nieve acumulada, Naomi pasó por un edificio que parecía ser un intento fallido de cabaña de caza. El techo se había derrumbado y las ventanas eran como heridas vacías. Sobre el techo se había posado un búho inmenso. Tuvo que mirar dos veces para comprobar si era de verdad. La estación del guardabosque estaba fresca y llena de una luz suave. Las nubes se reflejaban por las ventanas y se movían por el piso. Naomi pensó que era como estar en una catedral.
El guarda Dave estaba de pie junto a las ventanas y miraba la inmensidad que se desplegaba ante sus ojos.
—Recibí tu mensaje —dijo—. Te busqué e hice un par de llamadas. Un tipo de Salem dijo que encontraste a más de treinta niños.
Ella asintió.
—¿Crees que puedes rescatar a cualquiera? —preguntó.
—¿Por qué no? —respondió ella con una sonrisa.
Él señaló más allá de la ventana.
—Ahí tenemos dos millones y medio de hectáreas de bosques, glaciares, lagos y ríos. Siempre se pierde alguien, al menos dos veces al año. De hecho, acabo de volver de rescatar a unos montañistas mal equipados. —Naomi notó varias filas de afiches cerca del escritorio que aleteaban bajo el aire de un calentador eléctrico diminuto—. Pero si puedo ayudar, soy todo oídos.
Naomi era sensata. No era que no quería que la ayudaran; el problema era que nunca se sabe quién puede estar involucrado. Lo había aprendido del peor modo. En uno de sus casos se había encontrado con una red de tráfico sexual a cargo de un policía corrupto.
—Me gustaría ver tus informes de búsquedas —dijo con amabilidad.
—Por supuesto —respondió él, enérgico y eficiente. Abrió un cajón y le entregó un expediente con una etiqueta prolija: “Culver, Madison”. En el interior había una foto sujeta con un clip a la primera hoja: una niña rubia con una sonrisa inmensa y un bello suéter para la primera foto escolar.
—Dime si encuentras algunos restos —le dijo él.
Ella asintió y de pronto las lágrimas acudieron a sus ojos. Se le inundó la mente de imágenes. ¿Había encontrado treinta niños? Sí.
Pero no todos estaban vivos.
Observó los afiches de personas perdidas que estaban en la pared. Madison estaba al principio; a su sonrisa le faltaba algún diente. Tras ella había un senderista perdido en una tormenta de nieve, un grupo de montañistas visitantes atrapados en las mismas condiciones, un recolector de hongos y muchas otras víctimas de malas decisiones y las circunstancias. Naomi se relajó un poco. No parecía haber un patrón. A veces, un niño perdido llevaba a otros; en algunos casos, a muchos otros.
En el medio había un afiche de diez años de antigüedad: una mujer joven con ojos brillantes y pelo largo y oscuro. “Sarah es montañista experta. Se perdió durante una tormenta”.
Al final de todo había un afiche descolorido en blanco y negro. Era un niño pequeño que se había perdido en el bosque hacía más de cuarenta años. Naomi se detuvo a leerlo.
El guarda la observó y sus ojos siguieron el contorno delicado de su rostro.
—Dejo los afiches puestos hasta que se encuentran los cuerpos —explicó.
Ella se dio vuelta.
—Me da curiosidad la gente que vive aquí.
Él pareció sorprenderse.
—Bueno, tenemos algunas casas viejas de hace mucho tiempo, algunos caseríos en las partes más bajas. Hace demasiado frío y está demasiado lejos; la mayoría no se queda. —Se rio—. Salvo un par de vejestorios.
—Conocí a uno. El dueño de la tienda que no está muy lejos de donde se perdió Madison.
—¿Earl Strikes? Es inofensivo.
Ella desvió la mirada. Todos eran inofensivos hasta que aprendías la lección.
Dirigió la mirada más allá de la ventana cubierta por el reflejo de millones de árboles cubiertos de nieve.
—¿Me puedes decir dónde viven todos?
—¿Todos? La verdad, no lo sé. Aquí no hay censos.
Estaba parado demasiado cerca. Ella se alejó.
Naomi echó un vistazo al anillo que tenía él en el dedo y lo miró en forma de advertencia. Nunca había entendido por qué la tragedia hacía eso con las personas. Con el dolor, parecían querer enterrarse en el otro, sin consideración de la distancia que eso creaba.
Pero él solo le quería dar algo del escritorio.
Era un localizador atado a un cinturón.
—Si tienes planeado hacer búsquedas, quiero que lleves esto —esbozó una sonrisa sardónica y dolorosa—. No quiero que tú también te pierdas.
Ella lo agarró y lo examinó con desconfianza.
Naomi conocía la contradicción de su vida: era desconfiada y confiada, intrépida y temerosa. Y, lo que era más importante, a menudo en simultáneo.
Dave suspiró.
—No sabré dónde estás a menos que lo prendas. Y espero que no lo hagas, a menos que tengas una emergencia. Porque iré corriendo.
Esa noche, cómoda y estirada en la habitación cálida del motel, con el calentador al máximo junto a ella, Naomi leyó el expediente del guardabosque sobre Madison. Él sabía lo que hacía. El expediente estaba lleno de cuadros y gráficos. Había un análisis del terreno, un boceto de la tierra y otras cosas. A lo largo de su carrera, Naomi había visto decenas de informes como ese, en general entre los expedientes de los detectives y los líderes de las partidas de búsqueda. Se preguntó si servían para algo o si solo eran una defensa contra la irracionalidad.
Percibió la tristeza del guarda entre las líneas que leía:
Madison Culver es una niña de cinco años. Los padres dicen que le gusta leer, escribir y caminar en la naturaleza. Estaba contenta porque iban a buscar un árbol de Navidad.
Notas de campo: Impedimentos de viaje: grieta oeste, nieve profunda, temperaturas bajo cero, ropa inadecuada (zapatillas).
Ventajas de viaje: ninguna.
Perfil de conducta del sujeto perdido: Madison no podría haberse ido lejos. Habría estado confundida y habría entrado en hipotermia; tal vez se habría sacado toda la ropa. Pudo haber alcanzado la etapa terminal y haber comenzado a cavar hasta quedar enterrada bajo la nieve.
Naomi sabía que en las últimas etapas de la hipotermia las víctimas sienten mucho calor, se quitan la ropa y mueren desnudas en la nieve o el hielo. A veces, por motivos que nadie comprende (tal vez por seguir a las partes más primitivas del cerebro), empiezan a cavar y mueren en un túnel bajo la nieve.
Naomi leyó hasta la última página, hasta las oraciones conclusivas:
Es muy probable que Madison haya fallecido poco después de perderse en diciembre. Notificamos a sus padres que el perro de búsqueda de cadáveres volvió sin resultados, pero es lo que se espera, dada la cantidad de depredadores. Envié una tarjeta a los padres. Consultar con el detective Winfield, de la policía estatal, por su investigación.
Naomi se dio vuelta y miró la foto: Madison, pequeña, prolija y preciosa, la cara con forma de corazón, pelo rubísimo y las orejas incongruentes, adorables, largas, como las de un viejo. La sonrisa resplandecía desde la foto e irradiaba una sensación de magia y alegría.
El mundo no podía permitirse perder a esa niña.
Naomi soñaba de nuevo, solo que esta vez era el gran sueño. Lo llamaba así porque en realidad era una pesadilla sobre el pasado, su horrible inicio. Era como la historia de la Biblia: Dios creaba la tierra, y lo que no tenía forma y estaba desolado se convertía en verde y cobraba vida. La palabra grande tenía algo que la atraía con un dolor incomprensible.
En el sueño era de noche y volvía a ser una niña desnuda que corría por un campo oscuro. No tenía edad y se había despojado de su nombre y su yo falso del mismo modo en que se había despojado de la ropa. El campo estaba mojado, negro y pegajoso. Los pies giraban a toda velocidad, las rodillas se elevaban y ella sentía el viento en el pelo, en las mejillas y alrededor de los puños indefensos.
El terror había nacido dentro suyo como la noche, y ella corría, corría para escaparse.
Algo no estaba bien. Se detuvo. El mundo había nacido a su alrededor, pero faltaba algo.
Se dio vuelta y...
Naomi se despertó de un salto con la respiración agitada. Las sábanas estaban enredadas entre sus pies: había estado corriendo dormida de nuevo.
Afuera, los hilos plateados del amanecer pálido surcaban el cielo.
Se quedó acostada, jadeaba y sentía que el sueño se disipaba como la neblina matutina del exterior. Desde que la habían encontrado, tenía el gran sueño cada tanto. Pero en las últimas semanas, desde que había decidido volver a Oregón para trabajar en este caso, se había repetido con una frecuencia vívida y aterradora.
Era como si, a medida que volvía a su pasado (y a Jerome), en el sueño aumentara la promesa oscura y potencialmente espantosa de obtener respuestas.
Se levantó para hacerse una taza de té con la tetera del motel.
Envuelta en las sábanas, se sentó junto a la ventana y miró el sol elevarse por sobre las montañas. Como siempre, después de tener el sueño, trataba de descubrir la verdad. ¿Qué parte era verdad y cuál era fantasía? Las historias que nos contamos, ¿son ciertas o se basan en lo que soñamos que son?
En el primer recuerdo de Naomi, ella corría desnuda de noche por un campo de fresas hacia un fuego que crujía junto a un bosque. Un grupo de trabajadores golondrina estaba en un claro, un bebé mojado sobre un regazo. Una voz llegó desde el humo de la fogata como un fantasma:
—Por Dios, miren eso. Ven aquí, querida.
Alguien la envolvía en una manta suave, le limpiaba la cara con un paño cálido y reconfortante.
—¿Qué hacemos?
La limpiaron, le dieron de comer y ella se acurrucó temblorosa junto al fuego y era todo ojos. Habían hablado junto al fuego en tono bajo y preocupado.
—Bueno, entonces está decidido: la llevaremos con el comisario. Ven aquí, querida, te puedes acostar junto a mí.
Pero Naomi tenía demasiado miedo para dormir. Se acurrucó junto al fuego, que se iba apagando, hasta que se le durmieron los pies. Los ojos perforaban el bosque.
A la mañana siguiente ella estaba casi catatónica por el shock. La pusieron en una camioneta sin quitarle la manta. El viento que entraba por la ventanilla le levantaba el pelo como una promesa dulce del mañana. Se había escapado. Era libre.
Después de eso, recordaba todo. Antes de eso, había perdido todo. Lo había anulado por completo. Era como si hubiera nacido en ese momento y estuviera libre de todo recuerdo. Pensó que tal vez lo que le había pasado era demasiado terrible como para recordarlo. Solo tenía sus sueños y los indicios espantosos de lo que había sufrido.
Durante toda su vida había huido de sombras horribles que ya no podía ver y, cuando escapó, corrió directo hacia la vida. En todos los años que habían pasado, se había dado cuenta de que el sacramento de la vida no necesitaba recuerdos. Como una hoja que bebe el rocío matinal, no te cuestionas la salida del sol a la mañana ni el sabor dulce en la boca.
Solo bebes.
3
Una mañana, la niña de nieve se despertó y el mundo se sentía distinto. Ya no tenía fiebre. Se incorporó en el nido de pieles y mantas y miró a su alrededor; veía bien. Salió de la cama y se paró en el piso de tierra.
Nada se movía debajo de ella: el mundo estaba sosegado. ¿Dónde estaba? ¿Qué había pasado? Empezó a llorar. Y entonces se dio cuenta de que ella había cambiado.
Sintió las costillas, la cadera, las piernas, todo hasta abajo, hasta los pies, que todavía le dolían. Se miró las manos nuevas, todas rosadas y recién nacidas. Al igual que la niña del cuento, se había despertado en un mundo muy diferente.
La niña de nieve conocía los cuentos de hadas. En esos cuentos, los niños comían manzanas envenenadas y dormían durante años; frotaban piedras, pedían deseos y se transformaban en animales; tomaban té y encogían; se caían por túneles y despertaban en tierras regidas por sombrereros locos y reyes benévolos. Había niños creados con barro, amasados con masa, nacidos del hielo.
La niña de nieve pensaba que tal vez había caído por un túnel mágico y había llegado a ese lugar. Tal vez ella misma había sido creada de la nada, la habían hecho con nieve y deseos.
En un rincón de la pared de barro encontró una línea gastada, como si otro niño hubiera tallado algo ahí antes que ella.
Se estremeció ante esa idea. Sus dedos siguieron el contorno. Parecía un número 8.
Sintió la forma y se preguntó qué era. ¿Qué significaba?
A la noche, el señor B le llevó comida; ella comió y cayó en un sueño profundo.
A veces, en el medio de la noche, la visitaban partes del bosque. Las ramas entraban en su cuerpo y le recorrían los lugares más privados. Su cuerpo pertenecía al bosque, y si a veces el bosque venía y se metía dentro de ella, bueno, era el precio que debía pagar.
Su corazón preguntaba: “¿Pagar por qué?”. El alma respondía: “Pagar por vivir”.
A la mañana se despertaba y el señor B ya no estaba. Ella cerraba los ojos y repasaba las palabras que había tallado con fuerza en las paredes, se detenía y sentía la grieta entre sus piernas. La aferraba con firmeza y empezaba a llorar fuerte en silencio.
La niña de la nieve se quedó en esa cueva por una eternidad. En algún momento debió haber sido una especie de sótano, pero ahora era una cueva. Era pequeña, perfecta y oscura.
Aprendió que no existía el tiempo. Solo había nieve. Caía en silencio sobre ella, a veces más ligera con la lluvia de primavera, a veces copiosa y pesada, pero tarde o temprano, siempre llegaba.
En la oscuridad filtrada, tocaba las paredes de barro hasta el punto más alto que alcanzaba, sentía los nudos de las raíces mojadas y olía su aroma, extraño y salvaje. Se paraba sobre el estante donde dormía y trataba de alcanzar las tablas de la trampilla que tenía por encima. No las alcanzaba por muy poco.
Con frecuencia se sentía sola y lloraba. Se acurrucaba sobre el estante, se abrazaba las rodillas y se balanceaba, como un niño enroscado dentro de su madre. Una vez sacó un pedazo de madera del estante y, mientras sentía la tierra con las manos, talló palabras en las paredes. Tallaba las letras bien profundas para poder acordarse. También hacía dibujos: criaturas de otro mundo, como un perro llamado Susie y un hombre alto y amable llamado Padre.
Sobre el piso de tierra dibujó una figura grande llamada MAMI. Se acostaba dentro de ella y hacía de cuenta que le pertenecía. Ahí recogía todo el cuerpo y se chupaba el pulgar como un bebé.
Cuando el señor B volvía, ella escuchaba el crujir de sus pisadas sobre su cabeza.
Cada vez que la visitaba, llevaba la linterna y, aunque esta iluminaba las paredes (que con el tiempo se llenaron de jeroglíficos de la imaginación), él no veía nada malo en ellas. Examinaba las paredes talladas con la linterna y sonreía, como si ella le hubiera hecho un regalo.
“Tal vez no sabe leer”, pensó. Esta idea la satisfizo. Tal vez ella sabía algo que él no.
