La caída del rey - Johannes V. Jensen - E-Book

La caída del rey E-Book

Johannes V. Jensen

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Beschreibung

PREMIO NOBEL 1944 La caída del rey es una maravillosa novela histórica sobre el reinado de Christian II, rey de Dinamarca y cuñado del emperador Carlos V. La narración de Jensen nos sitúa en la Europa de principios del convulso siglo xvi y nos cuenta, a través del personaje Mikkel Thøgersen, las ambiciones, las conspiraciones y las batallas que hicieron de Christian II el último monarca que gobernó la Unión de Kalmar, que incluía los tres reinos nórdicos (Dinamarca, Suecia y Noruega). En Suecia se le conoció con el triste nombre de Christian el Tirano, por el Baño de Sangre de Estocolmo con el que conquistó Suecia, pero que motivó el levantamiento de los suecos y su posterior expulsión del país. Tras ser derrotado en Noruega fue recluido en el castillo de Sønderborg, en Dinamarca. En esta obra Jensen pone de relieve lo que él consideraba como defectos característicos del pueblo danés: la irresolución y la falta de espontaneidad. Al mismo tiempo, el libro encierra las más hermosas descripciones de Dinamarca y sus gentes. El análisis psicológico de los personajes es realmente ejemplar. "La caída del rey fue elegida en 1999 mejor novela danesa del siglo xx por aclamación popular."

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Seitenzahl: 390

Veröffentlichungsjahr: 2013

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LA CAÍDA DEL REY

Johannes V. Jensen

Título original: Kongens fald

Este libro ha recibido el apoyo del Danish Arts Council's Committee for Literature

© Johannes V. Jensen & Gyldendalske Boghandel, Nordisk Forlag A/S, Copenhagen 1900-01

Published by agreement with the Gyldendal Group Agency

© de la traducción: Blanca Ortiz Ostalé

Edición en ebook: noviembre de 2013

© Nórdica Libros, S.L.

C/ Fuerte de Navidad, 11, 1.º B 28044 Madrid (España)

www.nordicalibros.com

ISBN DIGITAL: 978-84-15564-69-0

Diseño de colección: Marisa Rodríguez

Corrección ortotipográfica: Ana Patrón

Maquetación ebook: Caurina Diseño Gráfico

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

Contenido

Portadilla

Créditos

La muerte de la primavera

Mikkel

Una noche en Copenhague

El soñador

Cuitas de primavera

Mikkel se abisma

La caída de Otte Iversen

Acarreando piedras

Retorno al hogar

Añoranzas

La tempestad

La venganza

Represalias

La muerte

Un reencuentro

El gran verano

Axel cabalga

Nuevo retorno

Consummatum est

La galera

La trampa de la historia

Lucie

El baño de sangre

Miserere

El pequeño destino

En el corazón del bosque

El estuche

Víctima

La muerte danesa

Cae el rey

El tesoro

Inger

El invierno

Retorno una vez más

El gallo rojo

La derrota

El tiempo

Jakob e Ide

Sin hogar

En Sønderborg

Carolus

La hoguera

La voz del invierno

Grotti

La despedida del músico

Johannes V. Jensen

(1873-1950)

Escritor danés y premio Nobel, nacido en Farsø (Jutlandia). Estudió en la Universidad de Copenhague. Sus obras destacan por retratar a la gente común de un modo profundamente comprensivo y afectuoso. La primera de sus creaciones que obtuvo reconocimiento internacional fue Historias de Himmerland (1898-1910), una recopilación de cuentos populares sobre las gentes de su provincia natal. En 1944 fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura «por la rara fortaleza y fertilidad de su imaginación poética con la cual ha combinado una curiosidad intelectual de amplio alcance».

La muerte de la primavera

Mikkel

El camino doblaba a la izquierda por encima de un puente para adentrarse después en la aldea de Serritslev; las cunetas estaban recubiertas de hierba oscura y menudas flores amarillas y sobre los campos, aquí y allá, un manchón blanco, una neblina floral, gravitaba en el crepúsculo. Se había puesto el sol y el aire era fresco y límpido, raso, pero sin estrellas.

Un carro de heno que regresaba del campo entró pesadamente en Serritslev bamboleándose por el difícil camino. A medida que avanzaba entre dos luces por la angosta calleja de la aldea, parecía un gigantesco animal vedijudo y paticorto que, sumido en cavilaciones, oliscara el suelo al arrastrarse.

El carro se detuvo a las puertas de la posada de Serritslev; los caballos, sudorosos, volvían la cabeza y mascaban el bocado, contentos de hacer un alto. El carretero se descolgó hasta el balancín, saltó al suelo esparrancado y ató las riendas. Después se dirigió al colgadizo y, limpiándose las narices con los dedos, llamó a voces.

¡Ah de la casa!1

¿Qué...? Una luz apareció tras los cristales. ¿Habían encendido una vela? En eso asomó a la puerta una moza. El carretero quería echar un trago de aguardiente. Mientras esperaba a que lo trajeran, el carro cobró vida; dos largas piernas bajaron con cautela y comenzaron a tentar el balancín mientras el individuo en cuestión, echado boca abajo, gruñía a causa del esfuerzo. Una vez en el suelo, permaneció en pie sacudiéndose; un tipo largo y huesudo tocado con una capucha.

A la vuestra, dijo mientras el hombretón se echaba al coleto el rojo líquido y rompía a toser como Dios manda. ¿Se quedaría otro ratito el carretero? Porque siempre podían entrar a echar otro aguardiente en compañía.

Pero apenas se adentraron en la zona de luz, el carretero se detuvo junto a la puerta, paralizado por el respeto, y el otro también perdió el aplomo. En el centro de la estancia, sentados a una mesa, hallábanse cuatro distinguidos soldados de la guardia sajona, recientemente llegada a la ciudad. El resplandor de su atuendo, sus rojas mangas acuchilladas, sus plumas y sus barbas cautivaban la vista como hoguera de regocijo. En la mesa y los bancos se apoyaban espadas y lanzas, sólidas armas. A la vista de todos estaba que el desgaste de las correas de cuero se debía al uso de manos expertas. Los cuatro se volvieron, pero al instante intercambiaron miradas y reanudaron su charla.

La moza acercó dos jarros de cerveza hasta la puerta y dejó una vela en una mesita cercana. Apenas se alejó, uno de los soldados echó hacia atrás la cabeza y soltó una carcajada.

Fijaos en ese, el de la capucha. ¡No ha de caerle mal la cerveza! Hablaba alemán.

Los demás se volvieron a mirar con aire bonachón, pero tampoco pudieron contener las risas. El larguirucho, en pie y con las rodillas flexionadas, bebía en aquel preciso instante y, con aquella nariz enorme y puntiaguda que asomaba por debajo de la capucha y por encima del jarro, ofrecía una estampa decididamente cómica. Después de beber volvió a tomar asiento con parsimonia y la vela le iluminó los ojos, con los que lanzó un guiño hacia la mesa, entre ofendido y sarcástico, como hombre que sabe tomar las cosas con filosofía.

Entonces uno de los soldados se levantó, avanzó unos pasos y tomó, cortés, la palabra en su alemán:

Nuestra chanza no era malintencionada. ¿Nos haríais el honor de aceptar un vaso de vino?

Danke,2 contestó el larguirucho mientras se llegaba a su mesa deshaciéndose en afectadas reverencias. Antes de espatarrarse en el banco, se inclinó ante cada uno de ellos y dijo su nombre, Mikkel Thøgersen, estudiante. Después comenzó a desgreñarse el cabello y a frotarse las palmas de las manos contra las ásperas mejillas. Oyó hasta cuatro nombres, uno de ellos de resonancias danesas, y vio ante sus ojos el fulgor de un vaso de vino rojo como la sangre.

¡Salud, salud!

Ihr Herren!3 Mikkel Thøgersen bebió con compostura y fue enderezando su cuerpo de pértiga a medida que el vino le corría por la garganta. Lanzó una presurosa ojeada por la mesa y se detuvo en uno de los caballeros, el más joven, que descansaba con la cabeza apoyada en una mano. Se trataba de una mano blanca y firme, sin venas ni artejos a la vista, cuyos dedos se enterraban en unos cabellos de color castaño claro. Su rostro era alargado y su expresión trajo de improviso a la memoria de Mikkel a un volatín que viera en una ocasión en el mercado, un joven funámbulo que se había sentado, solitario, en un rincón a no hacer nada; enfermo, a buen seguro. Mikkel recordó el joven rostro doliente; tenía frente a sí sus mismos ojos. Pero le embargó, además, la sensación de conocerlo. ¿Quién era? ¿Dónde lo había visto antes? Diríase un noble.

De nuevo un vaso colmado se alzaba ante Mikkel Thøgersen. Con la mayor de las cortesías le hizo los honores, preocupado en refrescar la memoria y embriagado con la visión del hombre que ocupaba el otro lado de la mesa. Un aire de misterio envolvía aquella cabeza castaña. El soldado se volvió ligeramente dejando ver unos brazos separados por una distancia más que notable, era de una hechura extraordinariamente recta. ¿Qué afligiría a un joven cuyas facciones estaban hechas para el regocijo?

La charla siguió adelante y los cuatro soldados obsequiaron a Mikkel con gran gentileza. Y Mikkel se sentía lleno de confianza frente a aquellos alemanes que no podían saber que en la ciudad le llamaban «el Cigüeña». Mikkel parlaba en alemán con gran fervor, pero se distraía una y otra vez, no lograba apartar del pensamiento aquel apodo suyo. Por otra parte, los alemanes también ignoraban que en un círculo más reducido era célebre por sus odas y dísticos en latín. ¿Por qué no hablaba aquel joven?

¡Otte Iversen! Ese era el nombre. Conque era él. Y en ese mismo instante Mikkel recordó una puerta gris y vencida, unos muros y una aguja —en Jutlandia, su tierra— y se vio, diminuto y miserable, a sus pies. Había estado allí varias veces. Hacía largos años. Solo lo había visto en una ocasión... De modo que aquel era el mismo señorito Otte al que entrevió en el patio de su casa cuando no era más que un crío delgaducho y en el que tanto había pensado después. Entonces se hallaba en medio de una jauría de perros y con un desgreñado halcón en el pulgar, y ahora lo tenía allí, ya un hombre alto; y delgado como una muchachita.

Los soldados reían. Mikkel Thøgersen volvió a la realidad y bebió de nuevo.

El carretero asomó por la puerta.

Ya marcho, anunció. Y, diciendo esto, dejó en el suelo un bolsón y un cestillo de paja lleno de huevos, tras lo cual volvió a salir y cerró. Eran las pertenencias de Mikkel, el botín de su viaje por el campo. Ahí quedaba su ignominia en toda su desnudez junto a la puerta; confuso, le dio la espalda.

Pero los soldados alemanes rompieron a reír ante la ocurrencia que habían tenido: unos huevos nunca estaban de más. Mikkel, entre alegre y humillado, se desprendió de los huevos y entre todos los fueron bebiendo tal cual estaban. Otte Iversen no quiso tomar ninguno y ya no habló más.

Mikkel permanecía en el banco, acalorado, corrido y afable; el buen vino le liberaba de peso y, sin embargo, sentía un desaliento irreparable. Su alma volaba al encuentro de tan despreocupados señores a la par que alimentaba en su interior el miedo a quedar a su merced, y su talante comenzó a flotar y mecerse al compás. Lanzaba miradas de soslayo en dirección al joven Otte, encaprichado de él, receloso, lisonjero. ¿Sería posible que no lo reconociera? Tanto mejor así, al fin y al cabo.

Uno de los alemanes tenía una mella en el labio superior apenas cubierta por la barba, no hablaba con claridad. Mikkel Thøgersen se divertía, melancólico, atento a las fugas de su cháchara. Cuanto veía y oía le alegraba el corazón. Y mientras el vino y la sensación de bienestar le iban soltando el espíritu, él se endurecía por dentro y sentía un frío crudo que le invadía el alma, aunque supo mantenerlo a raya y dominarse.

Los tres alemanes se llegaron al mostrador en tropel. Mikkel y Otte Iversen quedaron solos en la mesa. En vista de que ninguno de los dos hablaba, Mikkel trató de ensimismarse. Al bajar la vista para observar la oscuridad que se extendía entre la mesa y el banco lo embargó una acre soledad. Resignado, suspiró, encogió los palos que tenía por piernas, se secó el sudor de la frente y se rehizo. Otte Iversen continuaba allí sentado haciendo girar su copa y con trazas de enfermo.

Cuando los soldados regresaron cargados con recién descubiertas variedades de bebidas, Mikkel comenzó a cobrar mayor aplomo y a beber con sensatez y ya sin ansia. Andaban todos en jaranas y no pensaban en más. Otte Iversen vaciaba su copa tan pronto como la llenaban sin sufrir por ello mudanza alguna. Clas, el de la cicatriz en el labio, arrancó a cantar una canción que, como poco, sonaba extraña.

Mikkel Thøgersen sopesó, curioso, uno de aquellos formidables mandobles mientras le iban mostrando las empuñaduras. Cada vez que la mordaz punta se volvía hacia él, un mal viento gélido le recorría el espinazo; no dejó de extrañarle, pues no acostumbraba a temer a los cuchillos.

Clas cantaba:

Ei werd’ dann erschossen,

Erschossen auf breiter Heid’,

Man trägt mich auf langen Spieszen,

Ein Grab ist mir bereit;

So schlägt man mir den Pumerlein Pum,

Der ist mir neunmal lieber

Denn aller Pfaffen Gebrumm.4

La mitad de las palabras le quedaban trabadas en el filtro de las barbas. Después paladearon historias de guerras, de combates a diestro y siniestro —zas, zas, zas—, de victorias y peligros mortales, de...

Heinrich, ¿recuerdas a Lenore, la rubia? gritó de pronto un exultante Clas. Por supuesto que la recordaba. Un instante después las frases le salían en tromba de la boca mientras Clas y Samuel se retorcían de risa.

Pero Mikkel Thøgersen guardaba silencio y se resistía al clima de verbosidad reinante, observaba de soslayo a Otte Iversen; y fue el único en adivinar una sonrisa en aquel rostro joven y altivo, un rictus imperceptible, como si el noble Otte acabara de olfatear un hedor repugnante.

Mikkel lograba respirar a duras penas y se pasaba una y otra vez las manos por el rostro.

Pero Heinrich no se detenía. Otte Iversen se volvió de medio lado y cruzó las piernas. Cuando al fin la historia concluyó se hizo un silencio total, como si los demás se hubiesen percatado de su enojo. Otte Iversen, sintiéndose quizás el causante de aquella pausa, se volvió hacia la mesa como si pretendiera defender su postura y buscó con frialdad la mirada del narrador.

Heinrich quedó perplejo. Entonces intervino Samuel, que se lanzó a contar otra historia. No era hombre joven y no habló de amores, sino de la demencial carnicería en la que tomara parte en cierta ocasión en que le arrancaron las entrañas al enemigo a golpe de tacón para luego sofocarlo en sus propios excrementos. Su relato hizo que el aire de la habitación les resultara más despejado y más fresco a cuantos lo respiraban. Clas intervino con afanosas preguntas de entendido en la materia y Mikkel Thøgersen, divertido de pronto con sus singulares defectos de pronunciación, levantó la nariz y dejó escapar una carcajada. Entonces Otte Iversen alzó lánguidamente la vista, frunció los labios, casi forzado, y terminó por levantar también el cuello hacia el techo y echarse a reír. Su risa resonó como una carraca. Después punto final, cesó y quedó tan taciturno como antes.

Algo más tarde se dispusieron a marchar para entrar en la ciudad antes de que cerrara sus puertas. Una vez fuera, Mikkel Tøgersen sintió de nuevo la distancia que mediaba entre él y los soldados, se mostró reservado y se despidió de ellos apenas franquearon la Puerta del Norte. Los lansquenetes continuaron adentrándose en la ciudad, Mikkel permaneció allí de pie siguiéndolos con la mirada antes de girar hacia la izquierda para regresar a casa.

1 Se ha mantenido en las intervenciones de los personajes la puntuación original, sin guiones ni comillas que marquen su inicio o su final y sin comas que las separen de la voz del narrador. (N. de la T.)

2 Gracias. En alemán en el original. (N. de la T.)

3 ¡Señores! En alemán en el original. (N. de la T.)

4 Me matan de un balazo, / un balazo a campo raso, / me llevan en largas picas, / una tumba me aguarda; / entonan para mí el rampataplán, / y lo prefiero mil veces / a las letanías de todos los curas. En alemán en el original. (N. de la T.)

Una noche en Copenhague

Mikkel Thøgersen vivía en una casa situada frente por frente a la empalizada que daba a Pustervig; allí compartía un aposento del desván con otro estudiante, Ove Gabriel. Ove estaba junto a una vela de sebo estudiando, como de costumbre, cuando entró Mikkel; levantó la vista de sus papeles y al instante reanudó la lectura.

Mikkel tomó asiento bruscamente al otro extremo de la mesa y reunió parte de las notas que había tomado durante las clases. De eso mismo había huido por la mañana. Y nada había cambiado desde entonces.

Resopló. Ove Gabriel se quedó observándolo y se pasó lentamente la mano ahuecada por delante del rostro.

Has estado bebiendo, dijo. No hacía sino constatar que Mikkel había estado de jarana. Y era capaz de seguir contemplándolo con aquellos ojos suyos, redondos y moralistas, sin pestañear ni lagrimear una sola vez. Tres años hacía ya que Mikkel Thøgersen tenía frente a sí aquellas facciones inalterablemente encomiables, que el elocuente silencio de Ove Gabriel lo enjuiciaba a todas horas. Los ojos virtuosos de Ove Gabriel lo seguirían y se clavarían en él con reserva, con legítima malicia, hasta que se marchitara en su silla. En breve dejaría caer un «ten presente que la vela con la que estudiamos es mía».

Mikkel Thøgersen se levantó a abrir el tragaluz; era tal su altura que de cintura para arriba sobresalía por encima del tejado. De ese modo acostumbraba a sustraerse a las miradas de Ove Gabriel.

¡Oh! El aire era fresco, allá arriba las estrellas resplandecían por encima de su cabeza. A un lado y a otro despuntaban los caballetes de los techados de paja como animales dormidos con la cabeza al reparo. Abajo, el vigilante deambulaba por las calles alumbrando con su farol las puertas cerradas. Pero al otro lado del maderamen relucía el agua, una estrella se reflejaba entre los juncos del foso. Más allá, el campo reposaba en calma envuelto en una oscuridad musgosa, y de los lagos lejanos llegaba la música tumultuosa de las ranas. La ciudad dormía. El agua lamía en un susurro los postes del foso. Un gato maullador gemía en la distancia sobre un tejado anónimo.

Mikkel Thøgersen se volvió en su escondrijo y arqueó la espalda hasta ver la chimenea y las estrellas. Sintió un mareo, era como deslizarse descalzo por un manojo de cuchillos. Pero le convenía; no era capaz de seguir sobrellevando su tormento por más tiempo. Mejor colgar de una cuerda en lo alto del cielo, algo quizás más acorde con su vértigo interior. Dio la vuelta y apoyó los brazos contra el frío tejado.

Susanna, pensó. ¡Susanna! Y su recuerdo era tan dulce que todas las cosas mudas e inertes que le rodeaban parecieron cobrar vida, corazón. Las casas sordas no abandonaron su mutismo, pero respiraban pura bondad, las estrellas parpadeaban conmovidas. Un pulso sacudió el plácido silencio; un cabrilleo recorrió la bahía, hasta el propio aire sombrío pareció sobrecogerse como una criatura que recuerda su secreto y su destino.

Pero, a la sola presencia de aquel nombre, el alma de Mikkel se tornó pobre; pobre y malvada. Lanzando un bufido, se incorporó.

¡Chitón! Unas voces subían desde la calle. Los gritos evocaron una imagen de piezas iluminadas, de algo que estaba ocurriendo.

Mikkel Thøgersen volvió a meterse en el cuarto. Ove Gabriel estaba en pie, desnudo y listo para acostarse; en sus ojos se leía la consumación, ardía un cirio silencioso.

Estás demasiado flaco... raro será que no se te escape el alma del cuerpo, lo hostigó Mikkel entre risas mientras observaba de hito en hito la anatomía de Ove Gabriel, semejante a la esquilmada figura de una pobre vaca recién parida. Ove Gabriel se metió bajo el pellejo que le servía de manta y, una vez instalado, unió las manos y descargó un versículo contra su compañero de contubernio. Et nunc extingue lucem! añadió con tono de satisfacción.

¡Que apague la luz, que apague la luz! pensó Mikkel; no era mucho lo que había que soplar. Se inclinó a extinguir el cabo de la vela, tomó su aguijada y bajó a tientas por la escalera. Por encima de su cabeza se oía la voz satisfecha de Ove Gabriel, que recitaba sus oraciones.

Atrás había quedado la hora en que estaba permitido recorrer las calles, pero aun así Mikkel Thøgersen se tomó esa libertad. Torció con paso vivo a la derecha y bajó por Pilestræde. Pero un trecho más adelante comenzó a titubear y acabó por detenerse. No se veía un alma, todas las casas estaban sumidas en la oscuridad, los tupidos árboles de los jardines descansaban sus copas frondosas los unos sobre los otros. El aroma de los arbustos en flor se extendía por doquier, tibio y acídulo como después de la lluvia.

Reanudó lentamente la marcha. Al doblar la esquina oyó cantar la vigilia en el convento de Sankt Clara, las voces se elevaban distintas y a la vez se ahogaban entre los muros, implorantes como súplicas de subterráneos cautivos. Y a Mikkel le pareció estar viendo el crucifijo que descollaba, rojo y azul, en la penumbra.

Se detuvo a las puertas de un jardín situado entre dos casas de considerable altura y protegido de la calle por una cerca, y permaneció allí unos minutos. De cuando en cuando el follaje crujía, quedo, como si al caer de los árboles fuera formando un montón. Las aristas bañadas de rocío del hastial brillaban a la luz de las estrellas. Se escabulló vacilante.

Abajo, en la plaza del mercado, aún había vida y luz, se trataba de los soldados extranjeros, incapaces de recogerse; pero entre ellos había también muchos habitantes de la ciudad. Mikkel Thøgersen trataba de doblar por Købmagergade para regresar a casa cuando se topó con un grupo de lansquenetes que vagaban por las calles algo más que animados.

Pero si está aquí de nuevo nuestro docto amigo, gritó uno de ellos con un ceceo que no dejaba lugar a dudas. Eran los cuatro que había conocido en Serritslev y algunos amigos más. Clas lo tomó del brazo para incorporarlo al grupo y Mikkel no pudo decir que no. Pasaron algún tiempo entrando en las tabernas y saliendo de ellas tras haber bebido en todas. De buena gana hubiera dado Mikkel rienda suelta a su alegría como los demás, pero le era imposible, pues veía que Otte Iversen continuaba hosco y contristado. Sabía, además, que si aquellos señores buscaban su compañía era únicamente porque les servía de diversión.

Al atravesar la plaza de Højbroplads se les acercó un mozo flacucho de calzas amarillas y les refirió algo que pareció causar honda impresión, pues se precipitaron todos calle arriba y doblaron después por Hyskenstræde. Mikkel Thøgersen cayó en el olvido. Permaneció inmóvil un instante mirando a su alrededor. El castillo estaba sumido en la oscuridad y el silencio, nada se movía salvo una barca que se mecía en el foso junto a los pilotes del puente. A lo lejos la torre se elevaba, calmosa, por los aires observándolo todo con diminutos ojos ceñudos. Mikkel murmuró para sus adentros unos versos de Virgilio, sobre la noche eterna y aquel que vela.

¿Volver ya a casa? ¿Para echarse a oír los ronquidos de Ove Gabriel? No, Mikkel agachó la cabeza y fue en pos de los demás. Que lo hubieran dejado allí no implicaba necesariamente que no desearan ya su compañía.

Había luz en varios puntos de Hyskenstræde. Mikkel se escabulló por delante de los portones cerrados percibiendo el peculiar aroma de aquella calle que conocía tan bien, un olor a esteras de esparto y nuez moscada. Ante sus ojos flotó una visión de caravanas indias, estiércol de camello, aridez.

De la taberna de Conrad Vincens salían voces y la puerta estaba abierta. Mikkel Thøgersen se acercó con cautela a echar un vistazo, todos los señores se hallaban en pie en la estancia dispuestos en círculo; se echaba de ver que estaba ocurriendo algo fuera de lo normal. Mikkel no se atrevió a entrar, pero se deslizó hasta un rincón desde el que poder ver sin ser observado. Entonces advirtió la presencia de una figura junto al mayor de los guardias y reconoció a aquel joven noble de dieciséis años; era Christian,5 el hijo del rey. Un Mikkel estremecido y acalorado retrocedió un paso, lleno de emoción y de inquietud. Aquella visión del príncipe Christian dejó una huella imborrable en su recuerdo. Estaba en pie, con las piernas ligeramente entreabiertas, calzas verdegay, puntiagudos zapatos rojos y el torso vuelto; desde los hombros le descendía hasta el pecho una cadena de oro. En la mano izquierda sostenía un racimo de espléndidas uvas pasas que de cuando en cuando pellizcaba con la derecha para luego llevárselas a la boca. Mikkel veía con claridad sus labios finos y suaves; una delicada sombra, especie de oscura barba incipiente, le cubría la barbilla. Pero lo que más le maravillaba eran sus ojos, pequeños y un sí es no es apuntados hacia las sienes, pero de un brillo intenso. El príncipe tenía un notable colodrillo y un cuello grueso y redondo. Entonces volvió la cabeza hacía el embelesado y servil Conrad Vincens y asintió; sus cabellos eran de un generoso color rojo oscuro.

Ah, yo también soy pelirrojo, pensó Mikkel.

Qué gravedad en aquel rostro adolescente. Pero no, de pronto rompió a reír con los ojos entornados. ¡Qué equilibrio! ¡Qué singular! Así es como debían ser los hombres.

Mikkel, con los ojos humedecidos clavados en aquella visión, se abandonó a su adoración dejando escapar un sonoro suspiro. No perdía detalle de cuanto allí se desarrollaba. Todos los caballeros rodeaban al príncipe con gran compostura, todos colocaban los pies con galantería; el uno se adelantaba a barrer cortésmente el suelo con la pluma de su parlota, el otro hablaba inclinado y sin dejar de lucir una dentadura siempre sonriente. Grandes copas se alzaron en alto con gran ceremonia y se apuraron a la salud del príncipe, que correspondió dedicando a todos y cada uno de los presentes una inclinación de cabeza tan profunda que llegaba a hundir el mentón en el pecho. Conrad Vincens correteaba febril y con una aureola alrededor.

Mas había un personaje con total libertad de movimiento, un homúnculo gibado de ropas abigarradas. Cada vez que alguien se dirigía a él, pataleaba hacia un lado sobre una pierna y respondía, pronto, como un doguillo que ladra sobre los cuartos traseros; Mikkel observó que siempre abultaba el carrillo derecho con la lengua después de hablar. En un momento dado se echaron todos a reír, hasta el propio príncipe enseñó la dentadura y el enano abultó el carrillo con vehemencia; entonces Mikkel también rió, agradecido, para sus adentros. Qué corteses resonaban las voces allí dentro, y qué suaves. Habían encendido dos grandes luces de ámbar pardillo. En el rincón más alejado de la sala vio a Otte Iversen, solitario, aunque al parecer de buen talante. Pero a Mikkel no le interesaba demasiado en aquellos momentos.

Largo rato pasó Mikkel Thøgersen allí absorto, saciándose de colores y de la visión de aquellos señores; en semejante lugar le parecía estar tocado él también por un tenue rayo de gracia. Cuando el revuelo del interior de la taberna le indicó que se disponían a abandonarla, se apresuró a apartarse. Vio a toda la comitiva salir a la calle en alegre tropel y cruzar directamente hacia la taberna del rico Martin Gälze. Entonces reparó en los andares del príncipe Christian.

Mikkel vagabundeó unas horas más por la ciudad. Mucho después de la medianoche vio a sus amigos alemanes una vez más en el preciso instante en que, sin advertir su presencia, entraban en un tugurio de mala muerte situado junto al mar. Se les notaba en la voz que la juerga había llegado a su cenit. Otte Iversen ya no estaba entre ellos.

A la mañana siguiente los vecinos de Copenhague encontraron un carruaje con sus cuatro ruedas atravesado sobre el caballete del tejado de una de las casas altas que daban a la plaza del mercado. Durante la noche alguien se había entretenido en desmontarlo, acarrear las piezas hasta lo alto del tejado y volver a componerlo. Antes del mediodía ya toda la ciudad sabía que el instigador de todo aquello había sido el príncipe Christian.

5 Christian II (1481-1559), rey de Dinamarca, Noruega y Suecia, es el primero de los numerosos personajes históricos que, como iremos señalando, a lo largo de la obra se entremezclan con otros de ficción. (N. de la T.)

El soñador

Estaba ya bien entrada la mañana cuando Mikkel Thøgersen despertó. Permaneció echado un rato antes de recobrar la conciencia de sí mismo, había tenido los sueños más extraños, si bien no recordaba nada.

Desde el tragaluz, la claridad caía en picado sobre el sórdido cuartucho. A pesar de que hacía ya mucho que Ove Gabriel había salido a oír las lecciones, Mikkel sentía su olor y arrugó la nariz con repugnancia.

¿Acaso hoy podía ocurrir algo? ¿Valía la pena levantarse, salir a la ciudad y aventurarse entre sus gentes para entregarse a los hados? Mikkel reflexionó. Lo cierto es que la víspera no había sucedido nada decisivo y, sin embargo, la sensación dejada por los acontecimientos vividos era muy intensa. Algo había cambiado en su interior, fuera lo que fuera. Todos los valores se habían desmoronado más aún, se sentía incapaz de soportar su situación por más tiempo.

Se incorporó hasta quedar recostado contra la pared y caviló con la vista clavada en el vacío. Poco después echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos, se había acordado de Susanna. Prácticamente de inmediato, sintiéndose devorado por un hambre fulminante, se levantó y apañó sus ropas.

Mikkel no poseía nada; vivía, como los gorriones, componiéndose día a día con lo que tenían a bien darle. Mientras se enfundaba en sus odiados calzones de cuero rojo, consideraba dónde sería mejor ir a mendigar en aquella jornada. Decidió probar fortuna fuera de la ciudad, donde las gentes no se veían demasiado acosadas por estudiantes y demás canalla de la capital.

Era un bonito día de mayo. Mikkel salió a buen paso por la Puerta del Norte y apenas divisó los campos quedó turbado de goce y alzó los ojos, casi con pudor, al cielo. La tierra exhalaba aroma de primavera —¿qué le traía aquello a la memoria?—, el verde centeno crecía a lo lejos. El sol calentaba que era una bendición.

Mikkel marchaba camino adelante mirando a derecha y a izquierda. Debía de ser su día de suerte, se sentía ligero y a gusto.

Sí, era su día de suerte. Mikkel supo aprovecharlo y no tardó en encontrarse a sus anchas sentado a la mesa de una granja junto a los lagos, un lugar animado donde le iban poniendo delante un plato bien colmado tras otro sin mayores ambages ni mansas piedades. El hombre, alentado con su visita, le llenó el jarro de cerveza espumosa. Seguramente no acogía a eruditos en el nombre de Dios todos los días y Mikkel tomó buena nota de ello. Una vez despachadas la comida y la bebida a su gusto, bastole a ese día su afán y Mikkel regresó a la ciudad en paz consigo mismo. Se limpió los dientes con la lengua mientras miraba de soslayo hacia las nubes, seguía a un pájaro con los ojos entornados y conversaba en latín con su alma inmortal.

De pronto se detuvo, preguntándose si no habría llegado el día de hacer lo que hacía tanto tiempo tenía en mente, acometer a Jens Andersen.6 Esperaba tener fortuna, el gran maestro procedía de la misma comarca que él. Sí, era el día, ahora se atrevería.

Pero apenas tomada tal decisión y reemprendida la marcha, Mikkel agachó la cabeza y perdió el ánimo. Abrumado por el peso de las dudas, enfiló la calle donde sabía que vivía Jens Andersen. Para cuando llegó a la puerta, todo su coraje había desaparecido, pero puesto que había comenzado, deseaba llegar hasta el final.

Mikkel Thøgersen entró en una amplia sala y entrevió los infolios que cubrían las paredes. Pero Jens Andersen se levantó de la mesa y salió rápidamente a su encuentro. Jens Andersen, un hombrecillo rechoncho de anchas espaldas y frente prominente. Llevaba puesto un jubón de piel, Mikkel reparó en su larga boca afeitada en el preciso instante en que Jens Andersen comenzó a hablarle. Su voz era baja y sorda, pero Mikkel se percató de que la bajaba a propósito por ser su interlocutor alguien como él. ¿Qué deseaba? ¿Cómo se llamaba? Jens Andersen no andaba sobrado de tiempo.

Mikkel Thøgersen expuso entonces el objeto de su visita. Pedir un buen consejo, le gustaría salir a estudiar fuera del país. Pero, como era su costumbre, se distrajo, se aturdió ante el sinfín de cosas que veía en derredor. Al reparar en un largo y delgado crucifijo de hierro corriente que colgaba de la pared no pudo evitar preguntarse si, llegado el caso, Jens Andersen lo utilizaría para castigar a sus perros. Además, como «el Cigüeña» que era, estaba habituado a que le recibieran con cierto asombro, cosa que no hizo Jens Andersen; así era aquel hombre. Sin embargo, por una vez Mikkel echó en falta aquella, tan desafortunada en otras ocasiones, circunstancia. Y, al hablar de viajar a otros países, tartamudeaba, desvalido y mareado ante la mera idea de Roma y todas aquellas remotas cosas del sur. Al fin y al cabo él no era más que el hijo de un herrero del fiordo de Lim. Su postura era inamovible.

¡Hmm! Jens Andersen descargó un golpe en el suelo con la cabeza hacia un lado, era pronto y vivo como un buhonero. Mikkel alzó la vista con disimulo y se encontró con un grueso cuello de toro y unos tolanos blancuzcos cortados al rape. Ahí estaba Jens Andersen taladrándolo de nuevo con aquellos ojos apagados de mirada cortés e indiferente que, sin embargo, rebosaban un poder casi furioso. En su afán de salvación, Mikkel bajó la vista y recorrió el amplio rostro desnudo de aquel hombre. La piel descolorida y compacta, sin una sola arruga, los dientes negros; se echaba de ver que era jutlandés. Incapaz de soportar su mirada por más tiempo, Mikkel contempló como hechizado los anaqueles de libros que daban vueltas en torno suyo.

Un cuarto de hora después Mikkel Thøgersen estaba de nuevo en la calle. ¿Y en qué había acabado todo? Oh, sí, Jens Andersen Beldenak había hablado largo y tendido de todo lo humano y lo divino para, al final, ¡dignarse tomarle la lección! Él le había contestado como en sueños y, aun así, había acertado a dar buena cuenta de su saber. Un verso de Horacio, no obstante, lo había escandido mal, lo que hizo que Jens Andersen cortara el aire con su mano peluda. Así, ta ta ta ta.

Mikkel Thøgersen se alejó de allí, mojado y encogido como perro apaleado.

Cuando tornó a aventurar su nariz avergonzada más allá de la capucha para ver el camino, se encontraba en la plaza de Højbroplads. Había, como de costumbre, mucho movimiento. Mikkel se detuvo junto al ángulo de un portón con el ceño fruncido, como si se esforzara por concentrarse. En realidad estaba medio inconsciente. Vergüenza y decepción se abatían con dureza sobre él, y el colosal amor propio que anidaba en su interior se agitaba como una alimaña. El silencio de sus cavilaciones no le impedía observar cuanto le rodeaba; los intensos colores le herían la vista con su cegadora claridad, una vieja pregonaba sus arenques. Allí estaba Mikkel Thøgersen, desollado y trémulo como un pedazo de carne recién sacrificada en medio de aquella atmósfera corrompida.

¡Hola! Un clamor de trompetas resonó desde el castillo traspasándole el cuero cabelludo como una espina.

Mikkel se sacudió y echó a andar, muy abatido. Desde el patio del castillo bajaron el puente levadizo y no tardó en retumbar sobre sus planchas un grupo de jinetes, todos ellos dechado de distinción. Salieron, atronadores, y doblaron al trote la esquina de Højbroplads, caballos y caballeros inclinados hacia un lado al dar la curva. Qué ridículos saltitos en la silla; clic, clic, bailaban las espadas enloquecidas en sus correajes mientras las capas multicolor lanzaban hurras al aire.

Mikkel se adentró en la ciudad. Soldados, barahúnda de caballos por todas partes. El joven Slentz7 en persona cabalgaba por las calles con su escudero detrás y la armadura al completo. El majestuoso hombre de hierro iba volviendo el yelmo a diestro y siniestro con un aplomo digno de un emperador, la visera levantada y los feroces bigotes resplandecientes al sol. Su montura resoplaba debajo de la gualdrapa; no era cualquier caballo.

Mikkel vagaba, errabundo, por la ciudad, calle arriba y calle abajo. Todas ellas desembocaban, a la postre, en las fortificaciones; era prisionero de aquella mísera y sórdida ciudad, bisunta de baba de pescado y escamas de arenque y viciada de frailes y puercos en cada calleja. Alzó los ojos al cielo para sentir el espacio abierto. El aire era húmedo. Las nubes pasaban. Los pensamientos de Mikkel se volvieron hacia las aguas del mar y hacia allí encaminó de nuevo sus pasos.

El viento era fresco, las olas se rizaban con alegría. Por el estrecho, azul y agitado, las barcas encabritadas avanzaban sin descanso.

Y una suerte de bruma cubrió los ojos de Mikkel, que de pronto recordó su sueño. Había salido a mar abierto y allí había tenido una asombrosa visión. A lo lejos, en el horizonte, resplandecía una deslumbrante columna blanca; no era mayor que un dedo, pero él supo comprender que, puesto que se encontraba a tan inconcebible distancia, debía de alcanzar una altura fabulosa. Se recortaba, brillante, contra el firmamento como una nívea cúspide de plata. Y un cuarto de bóveda celeste más allá se divisaba una cúpula baja azul cobalto que debía de ocupar una extensión de varias leguas contemplada desde cerca. Mientras se extasiaba ante la visión nacida de aquel mar desierto y errante, le pareció distinguir un gran río que desde el mar penetraba en la ciudad. Pues de eso se trataba, de una ciudad situada en el otro confín de la tierra.

Mikkel Thøgersen emprendió el camino de regreso a casa, cansado de vivir por ese día. No fue por Pilestræde, por una vez no deseaba pasar frente al cercado ni buscar a Susanna con la mirada.

Al llegar a casa se acostó en la cama. Ove Gabriel no estaba, a buen seguro andaba de puerta en puerta, cantando y poniendo en blanco sus ojos inocentes. Mikkel permaneció un par de horas echado boca arriba, sumido en sus pensamientos. Al caer la tarde volvió Ove Gabriel con la bolsa repleta. Mikkel se levantó sin mediar palabra y salió.

La oscuridad sorprendió a Mikkel Thøgersen en el camino que partía de la Puerta del Oeste. Oyó a un jinete que venía de la ciudad al galope. Apenas se volvió para ver de quién se trataba, se encontró con que el jinete ya le había dado alcance. Era Otte Iversen. En un abrir y cerrar de ojos pasó de largo. Iba inclinado hacia delante sobre la silla y volaba hacia el campo. Lo siguió con la mirada y oyó cómo el caballo se alejaba a galope tendido levantando tierra y piedras con los cascos.

El trigo verde desprendía su aroma por doquier. La noche era serena. Las ranas cantaban sin cesar en infinitos ensueños.

Cuando Mikkel, una hora después, se disponía a entrar por la Puerta del Norte, volvió a oír el feroz golpeteo de cascos a sus espaldas. Se hizo a un lado y vio cómo Otte Iversen pasaba de nuevo a galope tendido de camino a la ciudad.

Algunos días más tarde Mikkel Thøgersen, también conocido como «el Cigüeña», fue repentina e inopinadamente expulsado de la Universidad de Copenhague. Para él, sin embargo, no resultó del todo inesperado, llevaba largo tiempo descuidando sus deberes religiosos. Ese mismo día Ove Gabriel lo miró como quien mira a un profano.

Pero Mikkel, a pesar de una secreta mala conciencia, se sintió liberado. Lo primero que hizo fue dejarse crecer la barba. Mientras cada día que pasaba no iba dejándole más que desgracias, penuria, obcecación y angustia, él se dejó unos bigotes de un rojo encendido, dos exuberantes escobones, uno junto a cada comisura de la boca, que se obstinaban en crecer directamente hacia abajo.

6 Jens Andersen Beldenak (†1537), obispo de Fionia. (N. de la T.)

7 Thomas Slenitz, oficial de lansquenetes. (N. de la T.)

Cuitas de primavera

Todo cuanto Mikkel Thøgersen sabía de Susanna se reducía a que moraba en casa del viejo judío Mendel Speyer; acaso fuera hija suya. Mucho antes de descubrirla en el jardín conocía ya su nombre, que a cada credo aparecía pintado con tiza en los pilares de la casa acompañado de figurillas groseras. Cuando borraban nombre y dibujo, tornaban a aparecer y desaparecer con igual presteza. Un día Mikkel vio que el viejo judío regresaba a su casa y antes de entrar por la puerta pasaba revista al muro; pero en esa ocasión no había nada.

Susanna, se llamaba. Mikkel apenas la había visto con claridad dos veces. Después ya no se atrevió a demorarse allí tanto tiempo. Acostumbraba a recorrer el callejón como quien ha de pasar por allí ocupado en lo suyo. Al llegar al cercado dejaba escapar una mirada, como por descuido, y a veces vislumbraba a Susanna en un destello. Solía salir a pasear por las sendas recubiertas de vegetación a mediodía y por las tardes.

En el jardín proliferaban hierbajos, altas cicutas y rábanos silvestres; los vetustos camuesos reclinaban sus troncos a diestro y siniestro. En el ángulo más próximo a la calle se erguía un magnífico saúco, tupido como un techado; Mikkel abrigaba la sospecha de que por el lado del jardín componía una suerte de cenador donde Susanna de cuando en cuando se entretenía. Había oído crujidos que salían de entre el follaje. Quizás Susanna se escondiera allí dentro para ver la calle. A Mikkel no terminaba de agradarle aquel árbol. Y, sin embargo, le atraía, puesto que la imaginaba tras él.

Al caer la tarde, cuando pasaba por allí, veía luz arriba, en lo alto, en una ventanita del hastial que daba al jardín. De noche estaba apagada y él levantaba la vista al pasar.

A un trecho de la casa de Mendel Speyer, casi frente por frente, quedaba el convento de Sankt Clara; allí había un rincón oscuro donde Mikkel gustaba de pasar tardes y noches apostado. Desde él se divisaba la ventana.

Allí lo encontró la noche de Pentecostés cuando ya todo estaba en calma. Porque las cosas se habían salido de su cauce. Al despuntar el sol habían dado comienzo los festejos, la ciudad al completo había salido a celebrar Pentecostés con bailes, sones, borracheras y música. En los jardines del norte de la ciudad los árboles de mayo apuntaban al cielo como un bosque tupido; en torno a ellos se arremolinaba todo hijo de vecino, bebiendo y comiendo hasta el espanto. Los soldados alemanes se habían entregado al desenfreno, acaso buscando insuflarse un aliento de vida antes de partir hacia la guerra.

Mikkel Thøgersen se había aventurado a dejarse arrastrar por tan alegre corriente, convirtiéndose de inmediato en motivo de una alborozada algarada. Los muchachos lo conocían, y ahora que, además, ya no llevaba la capa ni el capucho, dejaba al descubierto toda la fabulosa extensión de sus piernas rojas. La chiquillería lo convirtió en objeto de culto y dio en bailar a su alrededor al tiempo que entonaba una cancioncilla a modo de acción de gracias. Mikkel se apartó a largas zancadas y buscó refugio en el cementerio de Sankt Nikolaj. Allí pasó la mayor parte del día, echado en su frondoso escondrijo entre las sepulturas y dejándose calentar por los rayos del sol. Todo estaba tranquilo, los pájaros piaban y las moscas revoloteaban aquí y allá. Un milano se precipitó desde una tronera de lo alto de la torre y se alejó por los campos. Mikkel yacía ocioso, panza arriba, hundido entre la hierba y la maleza. Rompía los tallos de una planta que crecía junto a su cabeza que resultaron contener un jugo amarillento, se llevaba brotes frescos a la boca y los masticaba, amasaba bolitas de briznas entre los dedos y el tiempo iba pasando. A su alrededor la ciudad estaba viva, de cuando en cuando resonaban a lo lejos los gritos de alegría.

Cuando al fin oscureció, se escabulló por las puertas de la villa y encontró el modo de procurarse una comida en una candorosa granja. A cada bocado que engullía cobraba conciencia de que aquello era una estafa, puesto que ya no estudiaba.

Y allí se encontraba ahora, en medio de la noche tranquila y fresca. La ciudad dormía y Mikkel velaba, como ese hondo susurro que queda en los oídos cuando todo sonido enmudece. La noche estaba cargada de aromas de los jardines cubiertos de rocío. Era muy clara, la luna estaba saliendo, un claror surgía por el este sobre los jardines.

Alguien se aproximaba por la calle. Mikkel oyó unos pasos que se acercaban; al principio pensó que sería el vigilante, pero no tardó en distinguir un tintineo de espuelas. No deseaba ser visto tan cerca de la casa de Mendel y salió de entre las sombras para alejarse sin rumbo, calle abajo. Cuando se disponía a enfilar Østergade, le dieron alcance por la espalda; los pasos se hicieron de pronto más veloces y sintió un apretón en el hombro. Al volverse comprobó, para su asombro, que se trataba de Otte Iversen. Así que, después de todo, le había reconocido. Y ahora, ¿qué diantre?

Buenas noches, saludó el joven hidalgo en un susurro lleno de amable familiaridad. ¿No sois vos Mikkel Thøgersen?

Sí, lo era.

Estuvimos juntos en Serritslev el otro día. Y volvimos a encontrarnos más tarde. Veo que habéis salido a dar un paseo nocturno; desde luego, la noche es espléndida. Ignoro...

Hablaba con voz velada y con singular dulzura, como si llevara largo tiempo a solas, y permanecía a su lado inclinándose, algo cohibido; la débil luz de la noche rozaba el puño de su daga.

En efecto, casi demasiado buena para irse a dormir, dijo Mikkel.

¿Querríais...? Ya que estáis aquí... ¿Y si paseáramos juntos?

Mikkel no tenía inconveniente alguno y juntos se adentraron en la ciudad por Østergade.

Es que, más allá de vos no conozco a nadie en la ciudad, prosiguió Otte Iversen; danés, claro está.

Oh, no. Mikkel pensó que era muy probable. Guardó silencio y juntos caminaron hasta la iglesia de Nuestra Señora sin decir palabra.

¡Ejem! Otte Iversen carraspeó. ¿No os gustaría acompañarme hasta la casa donde vivo a tomar una copa de vino? Su tono ahora era otro, más frío, y parecía abatido.

Mikkel no encontró razón alguna para rehusar y se encaminaron hacia Vestergade, la calle donde Otte Iversen se alojaba. La casa estaba cerrada.

No podremos entrar sin que los golpes despierten a todo el mundo, reflexionó Otte Iversen en voz alta. Pero guardo un jarro de hidromiel junto al caballo.

Atravesaron el patio bañado por la luz de la luna hasta llegar a un gran cobertizo al reparo de un tejadillo. Otte Iversen abrió la puerta de un empujón. Soy yo, dijo al ver que el mozo se levantaba de un salto de su jergón. Danos luz.

El mozo miró de reojo a Mikkel después de encender la vela. Aunque era un establo grande, no había más que un caballo en una de las cuadras. Otte Iversen se acercó a acariciarlo y hacerle mimos.

Ya puedes volver a acostarte, le dijo al mozo. Se llegó hasta un rincón y sacó un pichel muy alargado de madera, levantó la tapadera y atisbó en su interior.

Lo cierto es que paso la mayor parte del tiempo aquí, con mi caballo. Podríamos sentarnos en este abrevadero, ¿os parece? Aún hay un trago, queda la parte ancha de la jarra. ¡Servíos!