La calavera es calva - Daniel Espinosa Escallón - E-Book

La calavera es calva E-Book

Daniel Espinosa Escallón

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Beschreibung

La costa Caribe es una tierra caliente, siempre dispuesta al carnaval. Es zona caníbal, libidinosa, donde la bestia humana, tanto como el animal, son productos comestibles. Esta laxitud esconde un revés: finalizada la parranda, la frente de los danzantes será marcada con la señal de la cruz. El Miércoles de Ceniza estará hecho para recordarles a esos pecadores que los polvos fiesteros son solo una evasión, un retraso de la muerte. Hay una voz inmensa que se encargará de callar el ruido, de avergonzarlo, de corregir su imperfección: un juez invisible

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Seitenzahl: 264

Veröffentlichungsjahr: 2022

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© 2021, Editorial Escarabajo S.A.S.

Calle 87A No. 12 – 08 Ap. 501

Bogotá, Colombia.

www.escarabajoeditorial.com

[email protected]

© 2021, Daniel Espinosa Escallón

Edición: Manuela Córdoba

Diseño de portada: Manuela Córdoba Cruz y Tatiana Bedoya

Diagramación y diseño del interior: Juliana Saray Ramírez

ISBN: 978-958-53269-4-1

Queda hecho el depósito de ley.

Primera edición en Colombia Editorial Escarabajo S.A.S.

Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida de forma total o parcial, ni registrada o transmitida en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, sin el permiso previo por escrito del autor o la editorial.

Diseño epub:Hipertexto – Netizen Digital Solutions

EL JUICIO INVISIBLE

La costa Caribe es una tierra caliente, siempre dispuesta al carnaval. Es zona caníbal, libidinosa, donde la bestia humana, tanto como el animal, son productos comestibles. Esta laxitud esconde un revés: finalizada la parranda, la frente de los danzantes será marcada con la señal de la cruz. El Miércoles de Ceniza estará hecho para recordarles a esos pecadores que los polvos fiesteros son solo una evasión, un retraso de la muerte. Hay una voz inmensa que se encargará de callar el ruido, de avergonzarlo, de corregir su imperfección: un juez invisible.

Tal parece ser ese el propósito de Daniel Espinosa Escallón al iniciar su relato dentro de una iglesia oscura, iluminada a través de los vitrales por una tormenta eléctrica. Allí hay un intento de diálogo entre los tres tipos de paternidades planteadas en la obra: la del sacerdote que está decepcionado de su vocación, la del padre ausente y la del silencioso e inmutable padre celestial. Un triángulo que refleja el conflicto entre lo heredado y lo aprendido. Son tres niveles distintos, una sola tensión y dos preguntas: ¿a quién se le debe rendir cuentas sobre el resultado de la vida?, ¿en dónde estará la respuesta?

Abierto este espacio, eje fundamental del libro, el autor decide ir al principio de todo el conflicto, el gusto sexual de los personajes: durante la escena de zoofilia se muestran los roles que cada uno jugará durante la novela. La intimidad sexual revelará quiénes son ellos y cuáles son sus deseos. El antagonista descubre que el más afeminado de los niños tiene un miembro viril enorme comparado con el suyo. Esto marcará su discurso, su agresividad, la envidia con la que violentará a los demás a través de la conducta y la palabra durante el relato. Esta frustración revela el lado torcido de la sexualidad machista: la escala de valores que determina la importancia de quién lo tiene más grande, quién se come a quién, o quién dominará al otro. Un concepto reductivo que ignora que la sexualidad es un juego de polaridades y, por lo tanto, se da entre opuestos: masculino-femenino.

El antagonista manifiesta su envidia haciendo de sus insultos la metáfora de un pene agrandado, simbólico, con el cual intenta penetrar la vulnerabilidad de los otros, como si fueran sus hembras. Así alivia la ira que le genera el no poder cumplir con su impulso sexual. En este caldo hierven el drama de un cura preso en la moralidad cristiana y el de una transgénero angustiada que busca perdón a su único pecado: haber tenido el valor de ser auténtica ante una sociedad hipócrita. Los vemos, como a todos nosotros, buscando una salida a su incertidumbre, a su necesidad de acertar al menos en algo, en esta ecuación bipolar e incomprensible de la existencia.

Aquí la destreza de Daniel logra que los lectores sobrepasemos las oscuridades mentales. Si bien son un subtexto, están hábilmente escondidas en diálogos impecables, directos, frescos y absolutamente naturales. Se podría decir que es un libro hablado. El encanto del hablar costeño permite disfrutar de la historia sin necesidad de inquietarse con profundidades que terminan resonando solo a nivel inconsciente.

La calavera es calva habla de un evento inevitable: recibir juicios ante cualquier decisión personal. Si esto es cierto, ¿por qué no tomarse las cosas con calma y aceptarlas como son? La narración de esta novela se inicia desde lo más crítico, desde el nudo, y se va volviendo leve mientras avanza, dejando los prejuicios en el camino. Su objetivo es plantear que no hay conflicto sin solución: todo se resuelve con amor, compasión y mucho sentido del humor.

HUGO REYES SAAB

Bogotá, Colombia, mayo de 2021

1

Las nubes penden cargadas de negro, están histéricas; bufan y aturden la noche, como si amplificaran una conexión telepática con el padre Ramón. Su desmesura anuncia la vida que él siempre había deseado con ansias y que ahora —justo ahora, cuando ya alcanza los cincuenta y se ha resignado dentro de la sotana— siente que es muy tarde para comenzar. Ramón resbala. La lluvia, que desde temprano se preparó para arrasar con todo lo que hay en este lado del Caribe, le disimula las lágrimas; un calor denso le inflama los nervios, los nervios lo hacen trastabillar. A la luna ni se le ha visto, el viento silba y al mar se le oye gritar. Un relámpago quiere atinarle a Ramón en la cabeza para que recobre la valentía: lo desentierra de su letargo, lo empuja para que se deje de tanta tontería y para que, por fin, se decida a entrar. Así sea para huir de este último diluvio de agosto o para enfrentarse a la realidad que se le avecina. Para lo que sea, pero ya: tiene que ser macho. Tiene que entrar ya a la capilla del seminario —a esa que ha entrado tanto— aunque hoy le parezca mucho más grande y vacía, grave y hasta yerta, como si hubiera kilómetros desde el atrio hasta el altar y como si por allá lejos, lejos, nevara. Hace unos minutos se apagó la energía. Los abanicos del techo sucumbieron ante la presión del aire tan hirviente: ahora solo giran con desgano, crujen como si padecieran de esclerosis ferrosa y estuvieran doloridos. Los vitrales de las ventanas se iluminan por segundos, las nubes refunfuñan. Solo hay bultos entre la negrura: el de la pila de los bautizos, el de las bancas, el de un arcángel, el del confesionario donde se salvan las almas. A tientas, el buen padre Ramón tropieza, se mueve lento; busca aire porque llora por furias y tristezas profundas. Sabe que el cristo lo observa. Enciende algunos cirios para mirarlo a los ojos; se hinca y se persigna tras la brizna que —con lástima— le sopla su Señor desde la cruz.

—¿Acaso merece tu misericordia, se la vas a dar…? ¡Ay, perdóname, Dios! Yo no soy quién pa’ decirte qué hacer: yo he pecado tanto…

Ramón se ahoga en el oleaje de su propia tormenta; la sotana lo hunde, le comprime el pecho. Intenta arrancársela, pero no tiene fuerza suficiente en las manos; se la muestra a su Señor.

—Tú sabes que esta sotana era su ideal: este era su sueño, este no era el mío. Los míos nunca le importaron. Era una cruz tan grande como la tuya, pero era una cruz hecha de mi propia carne. Y pesaba tanto… ¡Acúsome de no ser digno tuyo, Señor…! ¡Ay, perdóname, Dios…! ¡Sálvame, sálvame, Señor!

La noche se deslíe. Suelta otro rayo que atraviesa los cristales, zangolotea a Ramón y le evidencia el ataúd: es ese estorbo frío que incomoda en la espesura y que el cristo está velando. El padre se levanta desconfiado, camina hacia él sin querer hacerlo: allí, adentro, inmerso en el cajón, con los ojos perdidos en el cieno abisal de La Parca, yace un rostro tenso y pálido, que fue así desde muchísimos años antes de morir. Ramón acerca una vela y observa la cara: ahora le parece que se ve mohosa, verde más que blanca; la detalla para mirarla por última vez. Ella jamás tuvo la decencia de expresar algo y así lo dijo todo de todo, excluyendo —por supuesto— al amor, del que nunca en su vida dijo nada.

—¿De verdá creías que me estabas salvando? ¡Sí…! ¡Tú creías que me ibas a dar la salvación! Que si no fuera por ti, Ramón, esto. Que si no fuera por ti, Ramón, lo otro. Dizque mi maldá no me dejaba ver más allá de las narices. ¡Pero mira…!

Ramón, enfurecido, se quita las gafas y las hace añicos contra el piso; les saca el único estallido agudo de la noche.

—¡La maldá era la tuya…! Te equivocaste. Tú, que decías que no te equivocabas, te equivocaste.

Ramón ve que el cadáver —como si esgrimiera el más crudo de los egoísmos— se da un abrazo eterno que jamás se le ocurrió darle a nadie: ese que siempre tuvo reservado solo para sí mismo. El buen padre Ramón lo levanta de la camisa, lo sacude, lo amenaza con el puño, lo sacude queriendo desanudar el abrazo; lo suelta asqueado con la rigidez de su frialdad inmunda.

—¡Ñeeerdaaa…! A la larga no estabas tan equivocado: tú sí fuiste mi liberador. Con tu muerte, papá, con tu muerte me liberaste.

Ramón azota con furia la portezuela del cajón y despedaza el silencio de la capilla; las nubes lo corean con un bramido de furor; cae al suelo uno de los pocos arreglos que alcanzaron a llegar antes del diluvio y se desparraman las flores como si fueran sangre. La lluvia arrasa con este lado del Caribe, el océano se desborda, el viento despeluca las palmeras con un silbidito rechinante; se quejan los abanicos. La noche esputa luz flameante para que el padre Ramón se dé cuenta de que no solo su Dios lo está observando: como si fuera poco, en la iglesia también está Lorenzo, atónito por lo que acaba de presenciar.

2

El día amanece contento. El sol —después de la cipote tormenta que se desgajó sin modestia— brilla cristalino, chupa los vestigios de la inundación, está dispuesto a calentar sabroso. El mar aún está amodorrado; tiene las olas pechichonas, una brisa que manosea los cuerpos y bogas que rielan para atrapar con atarrayas el desayuno de Puerto Colombia. Mari los observa y, como es su costumbre a esta hora, se toma una buena taza de café negro para despabilarse arrellanada en uno de los mecedores de la terraza. Pasó una noche terrible, se levantó temprano; tan pronto acabe, se va a ir a bañar porque quiere que le rinda la mañana. Está pensando ponerse la falda de flores, la blusa blanca de encajes y una peluca espectacular: una de las anaranjadas, tal vez; pero también podría ser la verde de crespos o la azul, la nueva. Oye con poco volumen los vallenatos de la radio. Aunque hace rato sonó una canción que le fascina y todavía le cuchichea los oídos, no ha podido calmarse: está así desde anoche, cuando el corazón le empezó a tañer enfurruñado y le dio dizque por tener uno de esos presentimientos que desvelan con alaridos de carajito recién parido. A la luz de una vela y a la histeria de los relámpagos, Mari se miró en el espejo y tomó conciencia de sus arrugas, de las ojeras que le cuelgan desgonzadas —ya casi imposibles de ocultar— y de las uñas carcomidas por los años, llenas de dentelladas, agazapadas bajo las postizas. El mundo le sabe a mierda desde que se acarició los labios aburridos, y comprobó que ya se le marchitó la lindeza y que empezó a pasar de la madurez a la podredumbre. Confirmó que le hubiera fascinado ser una mujer sencilla, normalita, una como cualquiera otra para no tener que comparar ese tiempo pasado —que fue muchísimo mejor— con este tiempo espantoso de ahora. Por culpa de la tormenta se pasó la noche pensando que se le desgastó la hermosura entre las luces, entre los humos alucinantes, el ron, los pases de perico y los cógeme-que-te-cojo con los muchachitos preciosos; se le hartó de lentejuelas, de pulseras y collares, de boas de plumas, encajes y trajes ceñidos. Recordó las fonomímicas en las que se contoneaba en los tablados y semejaba darles vida a esas voces que todos conocían, pero que ninguno imaginaba poder presenciar jamás. Para opacar los truenos se pasó la noche evocando los aplausos de su público; prefirió oír la algarabía de los amantes que se besaban, que se manoseaban al ritmo de las músicas. Añoró aquellos tiempos cuando, entre nota y nota, entre vuelta y vuelta, surgía el coqueteo vigorizante: ella, en la tarima; y los brindis, desde la barra, desde cada una de las mesas, desde cada uno de los rincones de la discoteca, hasta que le echaba el ojo a algún efebillo incandescente; le dedicaba su actuación y se lamía ante el micrófono, como relamiéndose ante la hombría del hombrecito. ¡Cuánto disfrutaba que la desnudaran con los ojos sin siquiera avisarle…! Terminado el espectáculo, los aplausos la hacían llorar de emoción. Se iba al camerino, se cambiaba de ropas, volvía a perfumarse y ordenaba que le llevaran el pelaíto; lo convidaba a un trago de algo y, en ocasiones, hasta le preguntaba su nombre. Luego, entusiasmados por el fragor de la pista, salían a bailar, a besarse, a manosearse al ritmo de los demás amantes. Al final de la rumba tomaban un taxi y, al llegar a casa, ella le extraía la juventud apetecida… Pero ahora las cosas han cambiado. Ahora se siente fea, gorda y ñacarosa; se la pasa embolatando el sueño bajo la almohada. Ya los hombres la olvidaron, ya no la visitan como antes para revolcarla, apenas lo hacen para pedirle plata. Ahora todo es tan distinto: hasta el café que se está tomando en el mecedor le sabe y le huele distinto. Está así, con ese yeyo maluco, desde cuando estiró la mano en la cama buscando compañía y no encontró a quién aferrarse, y se desveló dando vueltas en el carrusel de sus mortificaciones, bombardeada por los esputos emputados de la noche. Está así, pasmada —como si ya no pudiera volver a reaccionar más nunca—, desde cuando comenzó a oír a los pajaritos que anunciaban que de vaina seguían vivos después de la tormenta, y se dio cuenta de que ella tampoco había dormido un solo minuto completo y ya tenía que levantarse. Fue cuando tomó la tan difícil decisión de regresar al seminario por primera vez en tantos años.

—¿De verdá tú te vas a ir pa’ allá…?

3

Mari camina despacio, saluda con premura; ya empieza a sudar, ¡qué fastidio…! Toma una calle diferente a la de todos los días —pese a que, por ahí, el camino se hace más largo— para no correr el riesgo de encontrarse con el Ñato García: sabe que ya va siendo hora de que él abra la tienda y hoy no lo quiere ni ver, hoy no podría soportarlo. En la plaza debe esperar para tomar su transporte; suda, ya no quiere saludar a nadie más y que más nadie le silbe. Un bus repleto la lleva a Salgar, un caballero muy amable le concede la silla; al llegar al seminario, un estudiante la orienta. Él se detiene para admirarle el cipote vaivén de su caminado: si bien le parece que Mari ya está algo desvencijada, le llama la atención porque son pocas las divas de su talante que visitan el recito santo. En la puerta de la capilla, Mari quiere devolverse porque siente que se le quedó en casa la osadía. Entra con cautela, con paso tardo. Inspecciona el interior: es muy diferente de lo que ella hubiera podido recordar; es un recinto mucho más blanco y más pequeño, más callado y más soleado. Una señora se la topa y se sorprende con ella, no puede quitarle los ojos de encima. Piensa que Mari es una abominación; está segura de que nadie que sea un poquitico decente podría entender cómo una moniconga de esas se atreve a pisar la casa de Dios con tanto descaro. Se persigna la beata —dos, cuatro, cinco o más veces— porque no puede creer lo que ve y sale despavorida persignándose de nuevo. Invoca a lo alto para que, ¡por favor, alguien se apiade de la humanidad y se lleve de aquí a tanta bandida pecadora; o que, por lo menos, las corrija o las esconda: pero, que por favor, que alguien haga algo…! El padre Ramón, dentro del confesionario —echando de menos sus gafas— ve, aterrado, por entre el desenfoque de su miopía, que la hembrota que le llega está nerviosa y que, además, tiene la blusa muy abierta. Mari se arrodilla dubitativa y trata de santiguarse como es debido. Se siente protegida por el calado que se interpone entre los dos para que no se puedan ver con claridad las caras y para que los pecados queden en un secreto muchísimo mejor blindado.

—Tú no habías venido antes, ¿verdá?

—No, padre… A mí me daba pena.

—¿Pena por qué?

—Porque desde que hice la primera comunión, yo no me he vuelto a confesar.

—Eso no importa, hija. Ya estás aquí, ya solo tienes que decirme de qué te arrepientes.

—Quiero confesar mi soledá, padre.

—La soledá no se confiesa: la soledá no es un pecado.

—¡Ombe, padre, yo creo que la mía, sí: es que comenzó por uno! Fue por allá lejos de cuando yo era pelaíto.

—¿Desde niño? ¿Cómo así?

—Lo que pasa es que yo nací macho, padre. Mi nombre de verdá es Bernardo Juliao.

—¿Bernardo Juliao…?

—¡Fresco, padre…! A todo mundo le pasa lo mismo, todo mundo se sorprende porque ajá… Pero dígame Marieta o Mari. Va más conmigo, me gusta más. Y tráteme como si yo fuera hembra de verdá-verdá… ¿Quiere que le cuente qué pasó o prefiere que no lo haga?

Una tarde —unos veintitantos años atrás— un grupo de adolescentes corretea por la playa hacia un potrero: van con un escándalo de risas y de nervios apilados por meses. Entre los pelaos están Berni: mulato, tímido, de aspecto bello y delicado; Moncho: varonil, bien formado, de tez y sonrisa blancas; y el Ñato García: narizón y aguerrido, un tanto mayor que los demás, y quien —desde ya, a pesar de los esfuerzos de su madre por corregirlo— tiene la manía de eructar a cada momento con un estruendo abrumador. Los pelaos avanzan radiantes, apoyados los unos sobre los otros, dizque para disimular su primera borrachera con canciones; atraviesan el pastizal, franquean la cerca que pretende cortar el paso con sus púas de tétano. Zigzaguean, tropiezan, bromean anhelantes de llegar; mueren por estrenar su virilidad y dejar la carajada esa de estar masturbándose a todas horas porque —según dice el Ñato que insiste su mamá— a quien lo hace, con el tiempo, le salen unos pelos horrorosos en las palmas de las manos que lo pueden delatar.

—Habíamos ido a mamarnos una burra…

—¿Que qué?

—¡Ay, perdón, padre…! ¡Es que estoy nerviosa! Pero es que así fue que pasó. Yo pa’ que le voy a decir lo que no es, si en una confesión se tiene que decir la verdá. ¿O no…?

—Está bien, tranquilízate, hija. No le pares bolas a eso y sigue. Relájate: mira que lo que me digas a mí, se lo estás diciendo a Dios, Nuestro Señor.

—¿A Dios, al mismísimo…? ¡Ombe, padre, qué vergüenza con Dios! Yo estoy que no le cuento más ni a usté.

—¡Tranquila: eso fresca, que él comprende!

—¿Está seguro?

—¡Que sigas!

—El Ñato García fue el que organizó el plan. Es que ese sí era un pelao malo: era un hijueputa, padre… ¡Ay, perdóneme, padre! Pero es que qué hago si aquí una habla así: boquisucia, usté sabe cómo es.

—Sigue…

—Él siempre organizaba esos planes y siempre me la montaba a mí… Me ha jodido toda la vida, padre… Dizque quería demostrarnos quién era el más macho, analice: como si eso no se notara.

Los pelaos corren hacia el animal para atraparlo. Alguno grita animando la carrera, o gritan todos, o tal vez no grita ninguno y todos lo imaginan; deliran de contentos —o de puro pavor— ante la inminencia de las grupas que les aguardan a la sombra de un matarratón. El Ñato García llega primero: ha estado en esas antes, unas cuatro o cinco veces, desde el día en que cumplió los dieciséis; lo iniciaron sus primos como regalo de cumpleaños y, hoy, él lleva al grupo para que no quede duda de su liderazgo y para que no se les olvide nunca que él es el duro, el verdadero juanlaverga. De último llega Berni, algo temeroso, no tan convencido como los demás. A la bestia —que tiene una evidente mancha blanca en la frente— ya uno de los pelaos la había visto pastar y la reconoce.

—¡Ñeeerdaaa…, Ñato: es un macho, llave!

—Eso no importa: le hacemos un chancleteao y ya. Pero si me vuelves a decir “Ñato”, te va a ir mal. Ya te lo dije una vez. Ojo, pilas, que no me gusta.

—¡Ooombeee…, ya, fresco: relájate, ey…! Deja el agite: mira que esto va a estar bueno.

Los pelaos preparan el burro para el chancleteao. El Ñato castañea los dedos al impartir las reglas ancestrales de los expertos: hay que atarle los cuartos traseros al animal, y poner un tronco o una piedra detrás de él para encaramarse y quedar a la altura justa; también hay que amarrarle una cuerda de las pelotas y, en el otro extremo, atar un palo que servirá de chancleta; luego se deberá pisar el palo —tal como se hace con la chancleta de un carro, es decir, con el acelerador— para jalarle las pelotas al animal, para que este abra el culo y se le pueda enterrar el huevo sin peligro; por último, se deberá soltar la chancleta para que lo vuelva a cerrar y para que —con su cálida succión— enloquezca al más cuerdo o recatado.

—¿Así de fácil, ey…?

Los pelaos, en éxtasis, se encueran con rapidez: van a lo que vinieron. Comparan —como es muy lógico— las formas, los tamaños y los colores de sus sexos expectantes; todos, menos Berni, quien mira de reojo a sus compañeros con el corazón galopándole encabritado. El Ñato García va primero y no admite discusión: a cambio les muestra cómo ser un hombre con los cojones bien puestos, uno bien macho y bien berraco. Lo ven fajarse en lo que muchos piensan que la naturaleza no espera y en lo que muchos otros saben que es el camino expedito a la gloria; celebran su escándalo con aplausos y risotadas cuando el animal le extrae la alegría: nunca habían imaginado que alguien pudiera blanquear los ojos de esa manera, ni hacer esa cara tan chistosa, ni gritar tanto. Alguno se demora más de la cuenta, los demás lo animan, le hablan de la pelaíta esa que le gusta para que no pierda la inspiración; otro apenas soporta el embate de placer durante el más diminuto de los instantes, pero que para él es la felicidad perpetua. Moncho titubea: a su difunta madre —le contaron— esa práctica siempre le pareció asquerosa, de bárbaros y de pervertidos, de ignorantes que no han leído ni siquiera el título de La Biblia. Y Berni, quien ha aceptado con alivio el haber quedado de último, se deslumbra con sus compañeros empelota, se hipnotiza con las nalgas, con las axilas y los torsos; y, sobre todo, con las hipérboles reveladas, enloquecidas, sin el menor resabio de pudor, sin acordarse siquiera de la posibilidad de sentir vergüenza. Berni se deleita con la exuberancia de Moncho; se excita de tal manera, que no le alcanza el tiempo para llegar a su turno con la bestia.

—¡Ñeeerdaaa…! ¿Y qué, Butaca? ¿Ahora sí te mariqueaste de verdá-verdá?

—¡Ombe, Ñato, déjalo ya!

—Yo te dije que no trajéramos a la loquita esta, Moncho. Ella no es pa’ planes de machos. ¿Acaso por qué crees tú que yo le digo la Butaca, ah…? Pues porque no sirve sino pa’ poner el culo. Y para bolas, que si todavía no te has dado cuenta, te lo digo: pilas, este man es marica y te tiene ganas, Moncho. Lo que la Berni quiere es que tú la levantes a mondá.

—¡Ñeeerdaaa…, pero tiene mucho más verga que tú, Ñato! —se burla uno de los pelaos.

—¡Oye, cabezón, que no le digas “Ñato” al Ñato, ey…! Mira que no le gusta.

—¡Ombe, sí, llave…! Ponte en su lugar: imagínate tú con esa vaina así, de ese tamaño.

—¿Acaso a ti te gustaría que todo mundo te dijera “Ñato”?

Berni calla cabizbajo sin saber en qué momento pasó lo que pasó, ni por qué no pudo contenerse, ni por qué lo disfrutó de ese modo tan estrepitoso. Moncho está atónito, no sabe qué hacer ni qué decir: quisiera desaparecer o, al menos, pasar desapercibido por Berni. Pero los ojos de Berni todavía le reptan por encima ignorando las carcajadas de los demás pelaos, que insisten en compararlo con el Ñato García solo para joderle la vida al Ñato. Este, fiero, se lanza sobre Berni y lo tumba bocabajo, dispuesto a violarlo hasta romperle el culo para enseñarle a ser mariquita. Berni, asustado, lloriquea sin poderse defender. Los pelaos se lo quitan al Ñato García, a pesar de sus reclamos.

—¡Déjalo, Ñato!

—¡Ya, suéltalo ya!

—¡Se volteó el Titanic, no se va a voltear Berni, que pesa menos!

—¿Y, además, a ti en qué te afecta, ey…? ¡Si no te gusta, no lo mires!

El Ñato se viste con prisa y arroja lejos la ropa de Berni: quiere que llegue hasta el mar para que el mar se la lleve y —de paso— se lleve a la loquita de Berni también; se aleja, masculla esa rabia agria que le durará para toda la vida. Moncho hubiera querido ser más solidario con Berni, pero no le da la valentía: solo le alcanza para hacerle un leve movimiento de las cejas y no quedar comprometido en nada. El grupo se viste sin premura; cada uno describe los detalles de lo que sintió durante la descarga tan esperada y de cómo la fantasía se le materializó en una realidad insuperable. Se van festejando que por fin satisficieron las apetencias embolatadas en sus habitaciones, en las playas lejanas, en los rincones de cualquier parte y siempre, siempre, en esos sueños recurrentes. Berni desea poderse ir también, pero no le dan las piernas: queda en la soledad de los pastizales aprendiendo que los grandes amores —al igual que las grandes penas, tan urentes y tan vertiginosas— destruyen por su propia plenitud y por su propia intensidad. Y el sol rechoncho, que toda la tarde disfrutó con las bromas de los adolescentes y los animó lamiéndolos, ahora —cuando el ritual ha terminado y ya no hay más nada que ver— se zambulle en el horizonte y hace que el cielo se sonroje, abochornado de su complicidad y su lascivia.

—¿En serio te tragaste tanto de Moncho?

—Sí, padre, es que él era tan bueno conmigo. Y tan bonito. ¡Si usté lo hubiera visto!

—De verdá lo siento. Yo… ¿Tú estás llorando?

—Lo que pasa es que yo lo quería mucho, padre. ¡Usté no se imagina cuánto: cómo será que, ahora de vieja, todavía me acuerdo! Por eso es que le digo que yo sí he pecado. Y bastante.

—Tranquila, hija: querer no es pecado.

—¡Sí, padre, sí: si un hombre quiere a los hombres sí es pecado!

—Yo quiero a los hombres y no por eso peco.

—Es distinto, padre. Usté quiere sus almas, yo quiero sus cuerpos. ¿Sí me entiende?

—¿Tú has sido sodomizada?

—¿Qué es eso?

—Que si has sido penetrada por un hombre, que si te han comido.

—¿Que si me han culeado, padre…? ¡Sí, claro! ¡Ay, sí…, chévere! ¡Aaandaaa…, gracias por preguntar! ¡Ay, padre, pero hasta me hizo poner roja, qué bochorno! ¡Qué tal preguntar esas intimidades delante de Dios! ¿Qué tal que Dios vaya y le cuente todo a la mamá? ¡Qué pena con la Virgen… y ella tan decente que es!

—¡Tu pecado no es amar a los hombres: tu pecado es entregárteles así!

—¿Así cómo, padre?

—¿Cómo que cómo, Bernardo? ¡Con el culo al aire, por Dios!

—No me diga así. Ahora me llamo Marieta.

—Disculpa…

—¿Acaso es pecado vivir como una es, padre? ¿Acaso hubiera pecado menos si yo hubiera vivido como la gente quería que viviera y no como yo quería vivir? ¿Fue ahí donde me equivoqué? ¿Fue ahí, padre?

—¡No, no…, no llores!

—¿Acaso me hubiera ido mejor si yo no fuera loca, ey…?

—No sé… Tal vez hubiera sido más cómodo…

—¿Acaso yo hubiera podido tener un amor de esos bonitos si yo no fuera así de loca, padre?

—No sé… Tal vez no dependía de ti…

—¿Sabe una cosa? Lo malo no es estar sola, padre: lo malo es darse cuenta cuando una ya está vieja. ¡Ay, ombe, si Moncho se hubiera quedado callado…!

—¿Tú lo estás culpando a él de tus pecados?

—¡No, padre, sea serio! A Moncho, no: a Dios, por ser tan bravo. ¡Eeecheee…, qué cipote loco!

4