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La irrupción de un atractivo zapatero, un sabio bibliotecario y un estudiante de medicina en la vida de Adèle Vaillant, una joven profesora, serán los detonantes que necesitaba para aprender una de las lecciones más importantes que le podía enseñar la vida. Acostumbrada a una vida sencilla y sin preocupaciones, la joven profesora vivirá, en primera persona, los efectos del enamoramiento más puro, la superación personal de su inseparable amiga y de cómo un tablero de ajedrez puede atesorar grandes lecciones. La creación de "La calle de los adoquines" está inspirada en hechos reales, los cuales terminan demostrando que toda vida merece ser escrita en un libro, por muy corta que sea.
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Seitenzahl: 186
Veröffentlichungsjahr: 2022
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«¡Otra vez volveré a llegar tarde!» pensó Adèle Vaillant. Caminando con paso ligero, falda por debajo de las rodillas moviéndose al ritmo del viento que generaban sus andares, pelo castaño recogido en un moño que estaba a punto de vencer por la fuerza de los pasos y los libros en aquella pequeña cartera que su madre le había confeccionado para las clases, se hallaba una profesora de 23 años, delgada, con piernas firmes y tez blanquecina, cuyos ojos verdosos resaltaban las voluminosas pestañas que se posaban sobre ellos.
La dificultada calle, diseñada maliciosamente por adoquines puestos de aquella manera, la impedía estar atenta a todos y cada uno de los movimientos de personas y vehículos que se encontraban por aquella vía. Teniendo algún que otro susto con sus zapatos de medio tacón, como consecuencia de los huecos que había entre los adoquines de piedra, Adèle decidió acortar su trayecto hacia la escuela por una de las calles paralelas a la que se encontraba en ese instante.
Bajando unas escaleras con una inclinación que daba que pensar, y apoyándose en la barandilla de metal que había, la profesora se apresuró lo más rápido posible en completar ese trayecto infernal.
―¡Por fin! ―exclamó cuando se encontraba abajo.
A diferencia de la anterior calle, esta estaba construida con pavimentos hechos con hormigón de cemento portland y materiales granulares pero diseñados con un laberinto de líneas que creaban un dolor de cabeza sobre el transeúnte que caminaba airoso por ellas y se las quedaba contemplando atónito, como era el caso de Adèle.
―¡Qué horror de ciudad! ―dijo la profesora, quien tenía serias dudas sobre la cualificación de la persona que había diseñado aquel entramado vial.
Volviendo su mirada al frente, Adèle continuó con el tormento sobre su impuntualidad habitual. No podía creer cómo cada vez que tenía que acudir a un lugar, el tiempo le pasaba una mala jugada. O era ella quien le jugaba una mala pasada al tiempo. Aun así, siempre cumplía con sus obligaciones.
―Más vale tarde que nunca ―justificaba siempre la tardanza.
Por fin enfilaba el último tramo de su recorrido. Vislumbraba aquella gran puerta de hierro, oxidada en la zona de las bisagras, y adornada con un arco de ladrillos y dos magníficas columnas a los lados unidas a una verja de metal con una altura de tres metros y medio. Al menos seguía cumpliendo con su cometido pese a su notable vejez.
En el arco superior de la puerta, el cual estaba pintado con tonos ocres claros, resaltaba la siguiente frase de San Jerónimo, «Agere Reprendas Quod Sinas Consuescere», que traducida significaba algo así como «es difícil censurar aquello que se ha convertido en costumbre».
―La educación es fundamental para corregir los malos comportamientos ―decía la profesora cada vez que leía aquella frase. Tenía razón.
Pasando por el diminuto pero agradecido jardín que unía la gran puerta de hierro con la entrada al edificio principal, Adèle continuó quejándose de su impuntualidad. Al menos ya había llegado a la escuela.
Pasaban cinco minutos de las nueve de la mañana.
―¡Buenos días Adèle! ―exclamaba Ennio, el conserje.
―Buenos días Ennio, ¿cómo estás? ―preguntó.
―Molto bene profesora ―respondía el conserje.
Ennio Di Venzzo era un hombre de cincuenta y tantos años, italiano, de constitución fuerte y estatura mediana, canoso, con un tupido bigote y mofletes remarcados. Solía llevar siempre un pañuelo azul en el cuello y una camisa blanca con pantalones oscuros. Decía que era la moda italiana, la mejor del mundo.
Recorriendo aquel pasillo de azulejos cuadrados verdes y blancos, Adèle se dispuso a entrar en su aula, la número 9. Siempre que entraba miraba fijamente el número por dos o tres segundos. Creía que aquel símbolo se lo había asignado el destino, que era su número de la suerte o algo por el estilo.
―¡Buenos días niños! ―exclamaba con tono fuerte y enérgico al entrar por la puerta.
―¡Buenos días profesora Adèle! ―respondía al unísono el aula entera.
La clase estaba formada por nueve niños y nueve niñas de nueve años de edad todos ellos. «El número nueve otra vez» pensaba con tono irónico la profesora. Después de dejar su pequeña cartera en la mesa de madera situada al frente de los pupitres y sacar el libro de la asignatura que tenían establecida en el horario, dio por empezada la clase con una pregunta.
―¿Quién me sabría decir qué es la fotosíntesis? ―solía realizar este tipo de preguntas al aire para saber quién de sus alumnos había estudiado la materia dada en la clase anterior.
―Yo, profesora Adèle ―contestó Bastián mientras se levantaba.
―Te escucho, Bastián ―decía mientras asentaba con la cabeza y se sentaba sobre su mesa de madera.
―La fotosíntesis es un proceso que las plantas realizan para fabricar sus propios alimentos a partir de varios elementos como la luz del sol, el dióxido de carbono y el agua, profesora Adèle ―dijo el niño, quien al finalizar con su breve exposición quedaba sonrojado por creer que no lo había dicho correctamente.
―Muy bien, Bastián ―sentenció ella con una sonrisa.
―Muchas gracias, profesora Adèle ―dijo el alumno sentándose en su pupitre y sintiéndose orgulloso por su contribución.
Las clases continuaron como de costumbre. Dos horas seguidas, la primera de ciencias de la naturaleza y la segunda de matemáticas; media hora de recreo; y, para finalizar, otras dos horas de clases, una de literatura y otra de historia.
La clase de historia era siempre la más pesada mentalmente, tanto para los alumnos como para Adèle, pues todos estaban ansiosos de que esta terminara para poder marcharse a sus casas a comer. Además, era viernes y esas ganas aumentaban considerablemente.
―Ánimo niños, solamente quedan cinco minutos más de clase ―decía la profesora mientras daba palmadas para que sus alumnos estuvieran atentos. ―¿Quién fue Napoleón Bonaparte? ―preguntaba.
―Yo, profesora Adèle ―decía Caroline mientras levantaba la mano.
―Adelante, Caroline ―asentía.
―Napoleón Bonaparte fue un emperador francés que destacó por su ambición de conquistar Europa, siendo la batalla de Waterloo la más importante, profesora Adèle ―dijo Caroline.
―¿Y por qué fue la más importante? ―preguntó de nuevo mientras revisaba de reojo el reloj de su muñeca.
―Porque fue la batalla en la que se rindió y terminó perdiendo todo aquello que había conseguido, profesora Adèle ―finalizó Caroline con las manos detrás de la espalda esperando la decisión de su profesora.
―¡Muy bien, Caroline! ―exclamó sorprendida por la respuesta de su alumna. Le satisfacía su trabajo cada vez que veía como sus alumnos progresaban de forma extraordinaria.
En ese momento el timbre que Ennio hacía sonar a cada hora resonaba con fuerza, dando por finalizado el día en aquel lugar poco apetecible para unos pero muy importante para otros. Los alumnos se levantaron apresuradamente de sus pupitres, recogiendo todos sus enseres, libros, lápices y cuadernos para salir en tromba por el pasillo central del colegio. Parecía que el primero en llegar a la gran puerta de hierro era el ganador.
―Id con cuidado niños y portaros bien. Nos vemos en la próxima clase ―dijo Adèle en tono maternal. Cuando finalizó con su tradicional frase de despedida, quedaba ella sola en su silla de cuero con las manos entrelazadas por debajo de la barbilla.
Adèle empezó a recoger sus libros y los introdujo en la pequeña cartera que su madre le había confeccionado para las clases. Aquella cartera estaba hecha de piel de cabra. La piel de estos animales era una de las más finas que se podía encontrar y al ser tan elástica se convertía en un material de gran resistencia. Le fascinaba cómo su madre tenía tanto talento para llevar a cabo esas tareas tan laboriosas.
Una vez comprobado que no se dejaba nada más que las tizas y el borrador en la pizarra, salió del aula y la cerró, pero sin llave. Ennio era el encargado de cerrar con llave todas las puertas aparentemente importantes de la escuela. «¿Tan importantes son esas tizas para que cierre con llave?», pensaba el conserje con una media sonrisa.
―¡Nos vemos el próximo lunes Ennio! ―dijo mientras pasaba por delante de la garita del conserje y le hacía un gesto disimulado de reverencia con la cabeza.
―Addio profesora Adèle, que pase un buen fin de semana ―respondía diciendo adiós con la mano.
―¡Muchas gracias e igualmente Ennio! ―dijo sonriendo para finalizar esa breve conversación.
Fuera de los límites de la escuela, y habiendo cruzado la gran puerta de hierro, Adèle retomó su trayecto de vuelta a casa.
Yendo por la vía de pavimentos construidos con hormigón de cemento portland y materiales granulares diseñados con líneas en forma de laberinto se dio cuenta de que había escogido el camino más tortuoso, ya que para unirse a la calle de los adoquines debía subir aquel infierno de escaleras con sus zapatos de medio tacón y en una hora en la que el sol no parecía muy amigable.
Entrecerró sus castaños ojos mientras los ponía en blanco, echaba la cabeza hacia atrás y tomaba una bocanada grande de aire de desesperación. «Otra vez igual», pensó. Sabía que esa ruta era un quebradero de cabeza, y de piernas. Más aún con aquellos zapatos, la cartera y la intensidad del sol.
El tramo de su casa a la escuela se dividía en dos trayectos. El primero, de menor distancia, implicaba ir por la calle de los adoquines, bajar las escaleras y tomar la vía de los pavimentos hechos de hormigón con líneas laberínticas. Con el segundo tramo Adèle también partía de la calle de los adoquines, pero continuaba por la misma hasta completar un semicírculo que daba a parar a la gran puerta de hierro, siendo el recorrido de mayor distancia.
Cada vez que salía por la puerta con la frase de San Jerónimo para volver a casa, debía elegir el camino de la derecha, el de la calle con adoquines que trazaba el semicírculo. Pero, en vez de eso, siempre se decantaba por el camino de la izquierda, el de los pavimentos de hormigón y las escaleras.
―No pasa nada ―decía con ánimos para motivarse en vista de la subida que le esperaba.
Continuando con su recorrido, esta vez a un ritmo más lento, no podía evitar contemplar todo aquello que la envolvía: los árboles; los vehículos; los letreros de las tiendas; las propias tiendas. Era una chica muy observadora y curiosa con su entorno, pues solía fijarse en todos los pequeños detalles y preguntarse por qué funcionaban determinadas cosas o de qué estaban hecho determinados materiales. Sin embargo, al mismo tiempo que era una gran observadora, era muy distraída. Era inevitable.
―¡Adèle! ―gritaba alguien―. ¡Adèle! ―continuó insistiendo mientras se acercaba por su espalda a paso ligero―. ¡Adèle! ―empezaba a desesperarse la persona que pretendía captar su atención.
Adèle seguía caminando boquiabierta mientras miraba un vehículo que pasaba por allí. «¿Cómo se las apañarán para que esas máquinas tan pesadas viajen solas?», se preguntaba sin oír su nombre. Probablemente, de todas las personas que se encontraban allí en aquel momento, ella fue la única que no se dio cuenta de que la estaban llamando.
De repente notó que alguien le tocaba su hombro izquierdo con fuerza. Se asustó. Mientras giraba lentamente su cabeza atemorizada hacia el sujeto que la había interrumpido de sus pensamientos, empezó a pensar en todo lo malo que le podía ocurrir en aquel instante. «Dios mío, que no me hagan daño», rezó para sus adentros.
Era su amiga Amélie.
Aliviada al ver que era ella, Adèle dio un suspiro de alivio mientras cerraba los ojos y posaba su mano derecha sobre el pecho.
―¡Qué susto me has dado Amélie! ―dijo con las pulsaciones aceleradas y riendo.
―No te quejes mujer, que no ha sido para tanto ―respondió su amiga con un tono burlesco a la vez que dejaba reposar su mano izquierda y la frotaba en el hombro derecho de Adèle.
―¿Cómo que no?.
―Venga venga, ¿qué te iba a decir? ―dijo mientras parpadeaba rápidamente y fijaba su mirada en la pequeña cartera de Adèle―. ¡Ah sí!, ¿vendrás a la fiesta que estoy preparando en mi casa esta noche?.
―Aún no lo sé Amélie ―respondió con cara de preocupación.
―Vente mujer, nos lo pasaremos bien ―dijo mientras le guiñaba un ojo y dibujaba una sonrisa pícara.
―Luego te llamo y te confirmo si voy o no, ¿de acuerdo? ―dijo al tiempo que inclinaba su cabeza sutilmente hacia su hombro izquierdo.
―Lo siento Adèle, necesito que me lo confirmes ahora ―expresó dando a entender que no tenía otra opción―. Además, ahora mismo iba a comprar todo lo necesario para la fiesta.
―Bueno ―resopló mientras estuvo unos segundos pensando en su decisión final― Está bien, iré ―concluyó con una sonrisa de complicidad.
―¡Genial! ―exclamó―. Nos vemos esta noche a las ocho y media, adiós ¡Adèle!.
―Adiós Amélie ―dijo mientras se daban un beso de despedida en la mejilla.
Una vez que se despidieron, Amélie retomó su camino y su misión de comprar la comida y la bebida necesarias para la fiesta que se estaba fraguando. Adèle la siguió con la mirada hasta que entró en una de las tiendas que habían al final de la calle de los pavimentos de hormigón.
Continuando con su recorrido, por fin se encontraba delante de aquellas escaleras, cuya pendiente parecía haber aumentado con el paso del tiempo. «No recuerdo que tuviera tanta pendiente», se dijo para sí misma con la certeza de que había aumentado aquella inclinación mientras se encontraba en la escuela.
El tramo de las escaleras fue un castigo, o eso entendía Adèle. Cómo se las habrían ingeniado para idear aquella calle, por llamarla calle, era algo que no podía comprender. Ni qué decir de las casas que se encontraban ahí. «Ya podrán ser baratas estas casas», pensaba sarcásticamente.
Finalmente, y con un ligero dolor en la planta de los pies, Adèle logró su cometido y arribó a la calle de los adoquines.
―Por fin he llegado a la cima ―dijo satisfecha y con sarcasmo.
Reposó unos instantes para recuperar el aliento de aquella subida y miró la hora en su reloj de muñeca. Eran las dos menos cuarto de la tarde. Aquel reloj se lo compró su padre cuando cumplió los 18 años. Estaba hecho de una aleación extraña entre bronce, aluminio y zinc, recubriendo la carcasa externa con plata y acompañado de una correa de piel roja que hacía resaltar la delgada muñeca de Adèle. Le tenía mucho aprecio a aquel reloj.
Mientras estuvo viendo la hora, se dio cuenta de que aún debía cocinar la comida, cosa que no le apetecía mucho después del día que estaba teniendo entre la tardanza de la escuela, el susto con Amélie y la subida de las escaleras. Aun así, sonrió. Adèle se caracterizaba por sonreír ante la adversidad, por ver el lado positivo de las cosas cuando a muchas personas les costaba verlo. Era muy entusiasta consigo misma, aunque sabía que debía mejorar en algunos aspectos.
Marchaba por la calle de los adoquines con cuidado, por los zapatos de medio tacón, a la vez que volvía a distraerse con su entorno. Esta vez se quedó inmensamente absorta con las calzadas por donde circulaban los vehículos. «¿Tienen pendiente hacia los lados?», se preguntó mientras observaba con detenimiento aquellas inclinaciones.
―Creía que las carreteras eran completamente rectas en relación al suelo ―dijo en voz baja―. ¿Será algún defecto o estarán hechas así aposta? ―se autopreguntó como si ella misma fuera profesora y alumna a la vez.
Se quedó un momento pensativa ante una respuesta lógica y coherente que darse cuando de repente vio un reguero de agua que estaba saliendo de una de las casas que limpiaban hacia la alcantarilla.
―¡Es por el agua! ―exclamó―. Supongo que estarán construidas de esta forma para favorecer el drenaje del agua por las alcantarillas ―sonrió.
La felicidad que le generó aquella teoría pensada por ella misma, y que prima facie parecía plausible, no tardó en desaparecer cuando notó que su tobillo derecho vencía hacia un lado, dando por sentada que algo no estaba yendo como debería ir.
Giró de forma alarmada su cabeza hacia el tobillo y se percató de que el tacón se había roto debido a la mala colocación de uno de los adoquines. No lo podía creer.
―¿Ahora tú? ―dijo con la voz entrecortada como si esperara a que el tacón le pidiera disculpas.
Agachada con las piernas juntas, la pequeña cartera en el suelo y a falta de unos cuantos metros para llegar a su casa, intentó arreglar de alguna manera aquel estropicio que no parecía tener solución.
Observó con minuciosidad tanto el tacón como el palmo de adoquines que rodeaban su pie como si de un detective en busca de pruebas en una escena de crimen se tratase. Toda aquella atención quedó en vano. Era consciente de que por mucho que observara con tanto detalle aquel panorama nada iba a cambiar. Tal vez actuaba así por vergüenza o miedo de lo que podían pensar los viandantes que ocupaban la acera. «Creerán que soy un desastre con los tacones», juzgaba duramente en su mente.
Mientras mantenía aquella postura tan peculiar en un designio de espantar todos sus pensamientos negativos y encomendarse al Santísimo, notó la presencia de una sombra que se posaba sobre su espalda cubriendo la fuerte luz solar que hasta ese momento se decantaba sobre ella.
―¿Está bien? ―sonó una voz grave y potente.
―Sí, sí, no se preocupe ―dijo acuclillada y con la mirada fija en su zapato.
―Pues no lo diría ―continuó la voz grave.
―¿El qué? ―empezaba a impacientarse.
―Que no se encuentra bien ―insistió.
―Ya le he dicho que estoy bien, no persista más ―decía enfadada.
―Está bien, sólo quería ayudarla ―siguió―. Resulta que soy zapatero, ¿sabe? ―dijo la voz mientras soltaba una risa perezosa.
Ante la falta de respuesta por parte de Adèle, el hombre con la voz grave y potente decidió no seguir forzando la conversación e hizo un ademán de marcharse con el fin de asegurase de que aquella joven en problemas finalmente no haría ningún esfuerzo por recibir ayuda de un zapatero.
―Espere ―dijo Adèle con cierta actitud de desesperación.
―¿Ha cambiado de idea, señorita...? ―preguntó mientras esperaba oír su nombre.
―Adèle Vaillant ―concluyó a la vez que se desabrochaba su zapato.
―Encantado Adèle, yo me llamo Jacques Laurent ―dijo finalmente.
Mientras se levantaba, empezó a acomodarse la falda, colocó su pequeña cartera en su hombro derecho y agarró el tacón roto y el zapato con la mano del mismo brazo. No podía hacerse una imagen del hombre que le había brindado su ayuda. Estaba tan ensimismada con su problema que no tuvo tiempo siquiera de hacerse una idea mental de aquel zapatero. Una vez de pie y cegada por la luz del sol, se hizo a un lado de la acera con el fin de encontrar una sombra que le favoreciera el rostro de Jacques.
Ante ella se encontraba un hombre de 26 años, alto, de espaldas anchas y constitución atlética, moreno con el pelo encerado y voluminoso, mirada penetrante de ojos grisáceos como el hielo, pómulos y mentón marcados y un fino bigote y perilla semejante al de los mosqueteros. Su atractivo era tan desconcertante que ella no podía sino contemplarle embelesada con la boca entreabierta. Acostumbrada a ser una mujer cuya atracción la hacía destacar de entre las más bellas, Adèle se sintió como cualquier hombre que la veía por primera vez, soñadora. Continuó mirando aquellos rasgos de forma atónita sin percatarse del problema que hasta hacía unos instantes era lo que más le preocupaba.
―¿Quiere que le revise el zapato, Adèle? ―dijo Jacques, quien no parecía haberse inmutado por la belleza de ella.
―¡Ah!, sí, disculpe, ¿Jacques? ―preguntó para cerciorarse de su nombre.
―Así es ―continuó―. Entonces, ¿quiere que le arregle el zapato?.
―Si pudiera hacerlo me haría un gran favor, Jacques. Estos zapatos son los que suelo utilizar para ir a la escuela y sin ellos no me siento una verdadera profesora ―dijo sonriendo y con la intención de virar la conversación.
―No se preocupe, démelo y en cuanto lo haya arreglado se lo devolveré. ¿Dónde vive? ―preguntó sin atender a sus intenciones.
―¿Ve la puerta aquella de color azul? ―señaló.
―Sí ―afirmaba al tiempo que clavaba su mirada en la puerta descrita.
―Ahí vivo.
―De acuerdo. Veré si lo puedo reparar esta tarde ―dijo mientras le extendía ambas manos.
―Oh, muchas gracias Jacques ―le dio el zapato y el tacón roto a la vez que no pudo evitar oler la fragancia de musgo blanco que envolvía al zapatero.
―Vaya con cuidado sin el zapato, Adèle, que estos adoquines no son muy transitables sin ellos ―dijo Jacques.
―No se preocupe, sólo me quedan unos pocos metros y con el calcetín creo que será suficiente ―reía.
Jacques no se rió en aquel momento. Examinó rápidamente el tacón y el zapato, hizo un gesto con las cejas y la cabeza en forma de despedida y se marchó dándole la espalda a Adèle. Ella lo estuvo mirando mientras iba esquivando a las personas que se encontraban a su paso por la acera, con el tacón en una mano y el zapato en la otra, hasta que desapareció. Tardó en marcharse del lugar. Únicamente quedaba el olor de su fragancia y el sentimiento de amartelamiento en la calle de los adoquines.
Adèle miró la hora en su reloj de muñeca. Eran las ocho menos cuarto y había quedado en casa de Amélie a las ocho y media. Aún le quedaban cuarenta y cinco minutos.
―Esta vez llegaré a tiempo ―se dijo a sí misma convencida de que así sería.
Decidió acudir a la fiesta con un vestido de tipo tubo de color rojo por debajo de las rodillas con un corte y diseño que resaltaba su cintura y alargaba sus firmes piernas. Junto al vestido, llevaría unos zapatos semejantes a los que portaba hacía unas horas pero en una tonalidad parecida a la del vestido, el reloj de muñeca que le regaló su padre, una pinza dorada que sujetaría la parte izquierda de su pelo, dejando el resto de su melena suelta, una chaqueta de punto de cruz beige y un bolso de mano rojizo.
Volviéndose para verse de nuevo en el espejo de su habitación, sonó el teléfono que había en la cocina.
―¿Diga? ―contestó.
―¡Adèle!, soy Amélie.
―Ah, dime Amélie, ¿ocurre algo? ―preguntó extrañada.
―No nada, no te preocupes ―reía―. Sólo quería decirte que no llegues tarde, que te conozco ―reía de nuevo.
―¿De verdad me llamas para decirme que no llegue tarde? ―dijo forzadamente enfadada.
―Venga mujer, no te lo tomes mal ―decía sintiéndose culpable por su broma.
―¡Te estaba tomando el pelo Amélie! ―empezó a reír―. Por cierto, ya te contaré lo que me ha pasado a mediodía de vuelta a casa.
―¿Qué te ha pasado? ―preguntaba― ¿Algo horrible?.
―Pues la verdad que no lo sé Amélie ―contestó dubitativa― Luego te digo. ¡Adiós! ―colgó sin dar tiempo a que su amiga pudiera recabar más información.
Después de colgar, Adèle terminó de acicalarse el pelo y se vio de nuevo en el espejo de su habitación. Ya estaba lista para presentarse en la fiesta de Amélie.
Sonaba el timbre de la puerta.
―¿Quién será a estas horas? ―dijo automáticamente al oír el timbre.
Salió de su dormitorio, caminó por el pasillo, cruzó la cocina y llegó al pequeño recibidor. Agarró el pomo de la puerta y la abrió
Era Jacques.
Jacques llevaba puesta una camisa negra con finas lineas verticales azules casi imperceptibles a simple vista. Debías acercarte mucho para poder contemplar aquel patrón que se dibujaba en la camisa. Junto a esta, portaba unos pantalones de corte chino que remarcaban los fuertes cuádriceps que tenía el zapatero. Adèle quedó extrañada ante su presencia.
