La candidata perfecta - Laura Anthony - E-Book

La candidata perfecta E-Book

Laura Anthony

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Beschreibung

Cuando el detective Truman West acudió en auxilio de aquella mujer, no pudo dar crédito a sus ojos. La gordita adolescente Katie Prentiss se había convertido en una mujer sumamente atractiva. Lo que la convertía en la candidata perfecta para ayudarlo en su investigación. Katie insistía en que le debía un favor, y Truman necesitaba una esposa durante cuarenta y ocho horas. Sin embargo, no había esperado la facilidad con que Katie asumió su papel... en todos los sentidos. Tampoco había imaginado verse víctima de la posesividad que sentía por esa mujer, una mujer que no se conformaba con una relación que no fuera para toda la vida.

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Seitenzahl: 191

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Avenida de Burgos 8B

Planta 18

28036 Madrid

 

© 1999 Laurie Blalock

© 2022 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

La candidata perfecta, n.º 1088- mayo 2022

Título original: The Twenty-Four-Hour Groom

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.:978-84-1105-654-0

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

KATIE Prentiss subía corriendo uno de los caminos del jardín botánico Fort Worth con su vestido largo de dama de honor de tafetán cuando, de repente, un hombre salió de una masa de arbustos y se tiró a por el bolso de seda que tenía en la mano.

Dándose cuenta de que le iban a robar, Katie giró a la derecha, pero se tropezó con un lecho de geranios que bordeaban el camino. El ladrón saltó hasta plantarse delante de ella, bloqueándole el camino. Llevaba gafas de esquí, lo que a Katie le chocó, ya que hacía mucho calor. Gruñendo, el hombre fue a quitarle el bolso.

El instinto inicial de Katie fue huir, pero entonces se recordó a sí misma que quería ser tan valiente como su heroína, Tess Dupree, la protagonista de sus novelas de misterio preferidas. Tess jamás se rendiría sin pelear. Así pues, apretando los dientes, Katie se aferró a su bolso con perlas incrustadas.

Durante unos momentos, mantuvieron una extraña pelea, ambos tirando del bolso color melocotón.

—Suéltalo, tía —gruñó el ladrón—. No quiero hacerte daño.

—¡Auxilio! —gritó Katie—. ¡Auxilio, un ladrón!

El bolso le había costado casi cien dólares. Volviendo a pensar en Tess, Katie se negó a que la obligaran a soltar su bolso.

Continuaron forcejeando, el ladrón tirando hacia un lado y Katie hacia el lado opuesto.

—¡Suéltalo! —insistió el ladrón.

Por nada del mundo, Katie iba a dejar que ese carterista le quitara el bolso.

De repente, sonó un silbato seguido del ruido de herraduras de un caballo galopando por el cemento. Katie volvió la cabeza y vio a un policía montado galopando hacia ellos.

—¡Policía! ¡Auxilio, policía!

El ladrón dio un enorme tirón y le arrebató el bolso a Katie. La fuerza del tirón la hizo caer en el lecho de flores. Al momento, el ladrón se dio a la fuga con su botín, desapareciendo entre unos densos arbustos.

El policía espoleó a su caballo y fue tras él, pasando por delante de Katie. Desde donde estaba, ella observó la persecución con interés. El ladrón se había escondido en la espesura de los arbustos hasta desaparecer de la vista. El policía, tuvo que dar un rodeo, cambiando de dirección.

Katie se puso en pie y, con pesar, vio que su precioso vestido tenía manchas de hierba y de barro.

Katie cerró los ojos y respiró profundamente. De nuevo, su costumbre de llegar tarde la había puesto en una situación difícil. Se miró el reloj y vio que, en ese momento, debía estar en los jardines Amon Carter, a unos ochocientos metros de donde estaba, desfilando detrás de su hermana Jenny hacia el altar. Sin embargo, ahí estaba, manchada y sintiéndose culpable porque, sin duda, la estaban esperando con ansiedad.

Se sacudió las manchas. ¿Cómo podía haber sido tan irresponsable? No había podido aparcar en los jardines porque el aparcamiento estaba lleno; de haber ido con tiempo, no habría tenido que dejar el coche tan lejos.

«Nunca aprenderás, Katie Prentiss», se dijo a sí misma.

Tenía la manía de llegar siempre con cinco o diez minutos de retraso. Su padre, el psicólogo, decía que era un acto inconsciente de rebeldía, y postulaba que utilizaba su tardanza como una forma de poder. Su madre, la mujer de sociedad, insistía en que era simplemente una falta de consideración. Tess Dupree, su heroína, se habría sentido orgullosa de ella, porque Tess nunca seguía las reglas.

El sonido de los cascos de un caballo llamaron su atención. Katie levantó la cabeza y contuvo la respiración cuando sus ojos vieron aquella imagen. El sol que se filtraba por un árbol enmarcó la silueta del jinete, y Katie se preguntó si no habría sido obra del cielo poner a aquel misterioso caballero allí para rescatar a damas en peligro.

Cielos, ese hombre era aún más atractivo que Zack, el marido de Tess. Si Tess era la mujer perfecta, valiente e inteligente, Zack Dupree era el hombre perfecto, guapo e ingenioso. Ambos detectives, los personajes de ficción formaban la pareja perfecta para combatir el crimen. Y aquel policía montado a caballo se le antojó a Katie muy parecido a Zack.

Entonces vio que el jinete tenía las manos vacías y a Katie se le encogió el corazón.

—¿Dónde está mi bolso? —preguntó ella cuando el policía llegó a su lado.

El policía sacudió la cabeza.

—Lo siento, pero se me ha escapado.

—¿Cómo?

—Tenía una moto esperándole.

—¡Oh, cielos! —aunque no llevaba dinero en el bolso, sí llevaba el carnet de conducir y las llaves.

El policía se bajó del caballo y se acercó a ella. Iba vestido con vaqueros negros, botas y una camisa negra con el logotipo de la policía en letras blancas. El silbato que llevaba colgado del cuello brillaba bajo la luz del sol. Un revolver a la cadera. El pelo liso color miel era visible bajo el sombrero. Los ojos castaños le capturaron la mirada. Katie contuvo el aliento, ese hombre le resultaba familiar. De repente, el estómago le dio un vuelco.

—¿Está herida? —preguntó él en tono profesional, aunque reconfortante al mismo tiempo.

—No —Katie negó con la cabeza—. Lo que estoy es enfadada conmigo misma.

—Hay muchos carteristas y muchos ladrones por el parque este verano. No debería haberse resistido, podía haberle hecho daño.

—No soporto ser una víctima —contestó Katie.

—Mejor perder el bolso que la vida. ¿Qué habría pasado si el ladrón hubiera sido violento? —el policía se quitó el sombrero Stetson y Katie lo reconoció.

Katie parpadeó, incapaz de dar crédito a sus ojos.

—¿Eres Truman West?

—Sí. ¿Nos conocemos?

No la había reconocido, aunque era natural que no reconociera en ella a la adolescente de quince años que, en el instituto, estaba enamorada de él hasta la desesperación. Truman había sido el presidente de su clase y campeón de rodeo; también había sido vecino de Katie cuando vivía en la casa contigua a la suya, pero nunca había tenido ojos para la poco agraciada Katie Prentiss.

Ella le tendió la mano.

—Soy Katie Prentiss. Vivíamos al lado en la calle Lee, en Weatherford.

—¿Katie? —la expresión de Truman era de incredulidad—. ¿La pequeña Katie Prentiss?

—Exacto, la misma.

—Dios mío —Truman la miró de arriba abajo y sonrió—. Eras tan…

—Gorda —dijo Katie, acabando por él la frase.

Sabía lo que Truman estaba pensando. De adolescente, Katie pesaba quince kilos de más, y tenía gafas y correctores de dientes. Nadie la miraba, excepto para reírse de ella. Una chica gorda, de cuatro ojos y boca de metal. Incluso ahora, diez años después, la crueldad a la que se vio sometida entonces le pesaba.

—Increíble —dijo Truman sin dejar de mirarla—. Jamás te habría reconocido.

Katie se alegró de ver su reacción. Había hecho grandes esfuerzos por convertirse en una mujer atractiva: ejercicio diario durante una hora, dieta, lentes de contacto, vestidos de moda y corte de pelo de moda. Le gustaba sorprender a la gente que la había conocido de adolescente.

—Gracias.

—Katie Prentiss —repitió él—. Sí, increíble.

Cuando Truman sonrió, un escalofrío de placer recorrió el cuerpo de Katie. Podía haber cambiado físicamente, pero, por dentro, seguía siendo una nerviosa quinceañera que sólo encontraba amigos en las páginas de los libros. De no haber sido por Tess Dupree, la protagonista de sus novelas de misterio preferidas, una mujer con absoluta confianza en sí misma, Katie probablemente no sería capaz de mantener una conversación normal con ese hombre en aquel momento.

Al contrario que ella, Truman West no había cambiado. Seguía siendo un héroe romántico. Hombros anchos, caderas estrechas y músculos, el sueño de cualquier mujer. Lo único que vio en él que no había visto antes eran unas líneas a ambos lados de su boca, unas líneas que le daban aire de confianza en sí mismo y que indicaban madurez.

—Bueno, ¿qué puedo hacer respecto a mi bolso?

—Presentaré una denuncia, pero antes necesito hacerte unas preguntas.

—El problema es que… —Katie se pasó una mano por el vestido—. Es la boda de Jenny y voy con retraso.

—¿Jenny? ¿Tu hermana pequeña se casa hoy? Vaya sorpresa.

—Lo sé, resulta difícil de creer. Pero ya tiene veintitrés años y su novio, Mark Barrington, es un hombre extraordinario —Katie se miró el reloj—. ¡Dios mío! Ya llevo diez minutos de retraso, deben estar histéricos.

—¿Dónde es la ceremonia?

—En los jardines Amon Carter.

—Es un buen paseo desde aquí. ¿Quieres que te lleve a caballo?

Katie lanzó una mirada de aprensión al animal. Diez años atrás, habría dado cualquier cosa porque Truman West la hubiera llevado a caballo. Sintió un hormigueo en el estómago al imaginarse abrazada al torso de él, pero la idea de montar a caballo con ese vestido la hizo vacilar.

Truman notó su indecisión.

—No te preocupes, lo único que tienes que hacer es sujetarte la falda del vestido con las piernas.

¿Por qué no?, Tess no dudaría ni un momento.

—Está bien —respondió Katie.

Haría toda una aparición; y cuanto antes llegara, mejor.

Katie respiró profundamente y le dio la mano a Truman, pero no había estado preparada para lo que sintió de repente. El recuerdo de su antiguo amor por él la hizo verse tumbada en la cama durante interminables horas mirando al techo mientras rezaba por obtener su afecto.

—¿Has montado a caballo alguna vez? —le preguntó Truman mientras la conducía hasta el animal.

—Sólo ponis cuando era pequeña.

—Mete el pie izquierdo ahí, en el estribo —Truman puso una mano en el cuello del caballo—. Ahora, agárrate a la silla, álzate y pasa la pierna derecha por encima del caballo. Vamos, no te preocupes, no es difícil.

Katie se sujetó el vestido con una mano y, con cuidado, levantó el pie izquierdo y lo metió en el estribo de metal. Con la mano que le quedaba libre, se agarró a la silla, pero descubrió que era incapaz de alzarse. El caballo retrocedió. Katie se soltó de la silla, pero siguió con el pie en el estribo.

—¡Eh, quieto! —dijo ella con voz espesa.

Casi podía verse a sí misma arrastrada por ese caballo por todo el parque.

—Es muy difícil —se quejó Katie—. Para ti será fácil, pero para mí…

Truman sonrió.

—¿Qué te parece si te echo una mano?

¡No! ¿Iba a tocarla otra vez? Antes de que le diera tiempo a darse cuenta de lo que estaba pasando, Truman dobló las piernas, le puso las manos en la cintura y la levantó hasta la silla como si pesara lo que un bebé.

—Arriba.

La voz de Truman le resonó en los oídos cuando se encontró sentada en el enorme caballo. Katie se sintió desorientada y completamente fuera de lugar; llevaba el vestido subido hasta los muslos mientras, vacilante, se agarraba a la silla. Volvió la cabeza y, bajando la mirada, vio el rostro de Truman. En ese momento, el mundo pareció transformarse y contuvo la respiración.

—Muévete hacia delante —dijo él.

Katie se echó hacia delante y Truman se subió al caballo, sentándose a espaldas de ella. Los largos brazos de él la rodearon, rozándole ligeramente los pechos, cuando se extendieron para agarrar las riendas. Pronto, el caballo obedeció al tirón de Truman y se encaminó hacia los jardines Amon Carter.

—¿Cómo están tus padres? —preguntó Katie, que necesitaba hablar de algo desesperadamente—. Mi madre perdió el contacto con tu familia cuando tus padres se divorciaron y os fuisteis a vivir a otro sitio.

—Mi padre murió hace siete años.

—Oh, Truman, lo siento. ¿De qué murió?

—Le dispararon un día que estaba de servicio intentando arrestar a un drogadicto.

—Oh, Dios mío, es terrible —Katie se calló, no sabía qué más podía decir, y se preguntó si la muerte del padre de Truman tenía algo que ver con que éste se hubiera hecho policía.

—¿Y tu madre? —preguntó Katie.

—Mi madre se fue a Florida a vivir con su hermana cuando se divorció de mi padre. No estamos muy en contacto.

Katie notó animosidad en la voz de él. ¿Culpaba a su madre del divorcio a pesar de todo el tiempo que había transcurrido? Le entristeció el pesar de él y deseó poder abrazarlo. ¿Por qué? ¿Era posible que siguiera enamorada de él? Eso no tenía sentido, él era un amor de adolescencia. Y aunque Truman había sido muy tolerante con los sentimientos de ella por aquel entonces, nunca le había dado esperanzas. Además, él salía con la extraordinariamente guapa Rhonda McKnight.

Katie le clavó los ojos en las manos, no llevaba anillo. El corazón le dio un vuelco y se aclaró la garganta.

—¿Llegasteis a casaros tú y Rhonda McKnight?

—No —respondió Truman en tono cortante—. Rhonda rompió nuestro compromiso, no podía soportar convertirse en la esposa de un policía. Yo, por mi parte, no podía imaginarme a mí mismo trabajando en otra cosa; sobre todo, después de la muerte de mi padre. Sentía como si se lo debiera.

Katie no pudo evitar sentirse más que contenta de que no se hubiera casado con Rhonda.

—Es una pena.

—No, no lo es. Rhonda y yo no estábamos hechos el uno para el otro.

«Naturalmente que no», pensó Katie. «Tú necesitas una mujer como yo. Una mujer que respete y admire tu trabajo de policía».

—Mi trabajo lo es todo para mí —continuó Truman—. Todo.

Más que cualquier mujer, si a la edad de veintinueve años no estaba casado, a pesar de lo atractivo que estaba con esos pantalones ceñidos y las botas que le llegaban hasta la rodilla; seguramente, tenía que sacudirse las mujeres de encima.

Por supuesto, eso no detendría a una mujer como Tess Dupree, que siempre conseguía lo que se proponía. ¿No era Zack un solterón empedernido hasta que Tess lo conquistó? Quizá ella, Katie, tuviera que desafiar la soltería de Truman. ¿Se atrevería a convertir en realidad sus sueños de adolescencia?

—¿Y tú, Katie? —dijo Truman cambiando de tema.

—¿Yo?

—Sí, tú, ¿cómo te ganas la vida?

Katie arrugó la nariz. Le molestaba tener que decirle la nada sorprendente verdad: ratón de biblioteca convertida en bibliotecaria. Le habría encantado decirle que era una espía o un agente secreto.

—Soy bibliotecaria.

—Siempre tenías la nariz pegada a un libro —Truman sonrió con ternura—. Aún te recuerdo sentada bajo un árbol en el jardín de tus padres leyendo durante horas.

—Estoy pensando en cambiar de trabajo —dijo ella rápidamente.

—¿Sí? ¿Qué trabajo?

—He pensado que podría dárseme bien la investigación.

—¿Te refieres a trabajo de detective?

—Sí. Es una tontería, ya lo sé.

—No lo es.

—¿En serio?

—Aunque es un trabajo muy duro.

—Oh, eso no me asusta —contestó Katie.

—Yo soy detective.

—¿De verdad? ¿Y desde cuando van a caballo los detectives?

—Como sé montar a caballo, mi superior me ha trasladado aquí durante unas semanas para ver si conseguimos controlar la oleada de robos que está teniendo lugar en esta zona. Pero, normalmente, trabajo en fraudes y cosas así.

Mientras cabalgaban, el pecho de Truman le rozaba la espalda. Katie tragó saliva. ¿Se había convertido uno de sus sueños en realidad? ¿Cuántas noches había pasado abrazada a su almohada imaginando que ésta era Truman West? ¿Cuántos sábados por la mañana se había asomado a la ventana de su habitación para ver a Truman, con el pecho desnudo, cortando el césped del jardín de sus padres o lavando su camioneta? Al recordar aquellos días pasados, las mejillas se le encendieron, y se alegró de que Truman no pudiera verle la cara. Ya se había puesto en evidencia en una ocasión delante de él, no quería volver a cometer la misma equivocación.

—Gracias por llevarme —murmuró Katie, sin saber qué otra cosa decirle al hombre que, años atrás, había sido el protagonista de sus sueños.

—No es ningún problema. Además, es lo menos que podía hacer después de no haber logrado recuperar tu bolso.

El aliento de Truman le acarició la mejilla. No pudo dejar de lanzar furtivas miradas a los musculosos brazos que la rodeaban para sujetar las riendas.

«Por el amor de Dios, Katie, cálmate», se ordenó a sí misma. Pero no podía controlar la reacción de su cuerpo. A pesar de intentarlo, Katie no logró aminorar los latidos de su corazón ni hacer que las piernas dejaran de temblarle. La virilidad de Truman era una tentación irresistible, aunque no tendría sentido insinuársele.

«Cobarde», oyó decir a Tess Dupree.

Pero ¿y si se le insinuaba y él no mostraba interés?

Ya se había arrojado a él en una ocasión para ser rechazada.

Miró a su alrededor buscando algo que la distrajera, y fue cuando notó que el parque entero estaba en flor. Jenny había elegido un lugar precioso para su boda. Había rosas de todos los colores y formas que impregnaban el aire con su aroma. Había jacintos amarillos, blancos, morados y escarlata que se mecían al viento. Tulipanes y gladiolos. Loniceras y clematis subiendo por pérgolas bajo las sombras de los sauces.

Cruzaron un puente sobre un riachuelo que corría por encima de piedras cubiertas de musgo. El ruido de los cascos del caballo se hacía eco de los latidos del corazón de Katie. El escenario era irreal, como salido de un cuento de hadas, y ella iba acompañada del príncipe azul. Pero no, ella no era Blancanieves y Truman West le estaba haciendo simplemente un favor. De todos modos, disfrutaría aquella ilusión mientras durase.

Unos minutos más tarde, alcanzaron la cima de la colina desde donde se podían ver los jardines Amon Carter asentados en mitad de un verde valle. Un mirador, a la sombra de unos árboles, había sido transformada en altar. Sillas plegables tapizadas estaban dispuesta uniformemente en filas. Amigos y familiares elegantemente vestidos hacían corrillos, extrañados.

A Katie le remordió la conciencia. Era responsable del retraso de la ceremonia y estaba estropeándole el día a su hermana. Angustiada, se mordió el labio inferior, pero paró antes de quitarse el carmín de labios.

Cuando ella y Truman descendían la colina, Katie vio a sus padres apartarse de un grupo de amigos y empezar a caminar en su dirección. Truman hizo que el caballo se detuviera al borde de los jardines, a la vista de los curiosos invitados.

Truman desmontó y Katie echó de menos aquel cuerpo a sus espaldas. Le había encantado encontrarse flanqueada por esos dos brazos fabulosos, protegida por la virilidad de él.

Sus padres llegaron hasta ellos.

—¡Katie! ¿Qué estás haciendo encima de ese caballo? —exclamó Grace Prentiss visiblemente horrorizada.

Truman se tocó el sombrero al saludar a la madre de Katie y le dio la mano al padre.

—Señor y señora Prentiss, siento decir que Katie ha sido víctima de un carterista. Desgraciadamente, no me ha sido posible atrapar al ladrón.

—Bueno, tengo que decir que me alegro de que se haya ocupado de nuestra hija, oficial —respondió Roger Prentiss mientras estrechaba la mano de Truman.

—¡Un ladrón! ¡Oh, Dios mío! Y nosotros que creíamos que venía tarde como siempre… Katie, cariño, ¿estás bien?

—Su rostro me resulta familiar —dijo el padre de Katie a Truman mirándolo con fijeza.

—Sí, señor. Durante años viví en la casa contigua a la suya en Weatherford. Soy Truman West.

—¡Vaya, el joven Truman! ¡Qué sorpresa! Me alegro mucho de volver a verte —Grace Prentiss tuvo que ponerse de puntillas para darle unas palmadas en el hombro.

Katie se aclaró la garganta y se movió en la silla de montar.

—Siento interrumpir, pero ¿podría ayudarme alguien a bajar de aquí, por favor?

Truman se volvió a ella. A Katie le gustó la forma como miraba, con los ojos traviesos y un irresistible hoyuelo en la mejilla. Podía sonreírle cuando se le antojara, no iba a poner impedimentos.

—Será un placer —dijo él.

A Katie también le gustó el modo en que esa voz conjuraba en su mente imágenes de húmedos besos en cálidas noches de verano. Truman alzó los brazos y la levantó de la silla del caballo. Katie contuvo la respiración al verse presa de un centenar de sensaciones maravillosas. Cuando puso los pies en tierra y Truman la soltó, Katie estaba tan turbada que no pudo mirarle a los ojos. Para evitar su mirada, bajó la cabeza y empezó a sacudirse el vestido.

—¿Qué pasa? —preguntó Jenny jadeante, que acababa de reunirse con ellos.

Alegrándose de la distracción que su hermana ofreció, Katie se volvió a ella. Jenny sujetaba la falda de su vestido de novia con ambas manos y estaba radiante, a pesar de la preocupación que mostraba su rostro.

—A Katie le han robado —dijo su madre.

—¡Oh, Katie! ¿Te encuentras bien?

—Sí, estoy bien —respondió Katie—. Pero el ladrón me ha quitado el bolso y llevaba en él las llaves y las tarjetas de crédito.

—Lo que me recuerda que necesito que rellenes los papeles de la denuncia, Katie.

—Te acuerdas de Truman West, ¿verdad, Jenny? —dijo Katie—. Me ha salvado.

Jenny miró a Truman y agrandó los ojos.

—Claro que me acuerdo de Truman, ¿quién podría olvidarlo? Katie estuvo dos años soñando contigo. Se pasaba las horas muertas asomada a la ventana esperando a que tú salieras para verte.

—¿En serio? —Truman miró a Katie.

Avergonzada por la declaración de su hermana, Katie agarró a Jenny de la mano.

—Mark y el cura están esperando, no tenemos tiempo para hablar de Historia Antigua.

—Sí, será mejor que nos pongamos en marcha —dijo Roger Prentiss en un intento por guiar a su familia en dirección al altar.

—Eh, un momento —dijo Jenny—. Quiero invitar a Truman al banquete. ¿Puedes venir, Truman, o estás de servicio?

Truman se miró el reloj.

—Acabo dentro de una hora.

—¡Estupendo! La fiesta es a las cinco en el club de campo Ridglea. Y no te preocupes, puedes venir de uniforme. Además, así podrás rellenar los papeles de la denuncia con Katie allí.

—Buena idea. Será un honor ir, Jenny —dijo Truman—. En ese caso, hasta luego.

Truman se montó en su caballo y se puso en marcha. Katie siguió a su familia al jardín mientras, ocasionalmente, volvía la cabeza para mirar a Truman, hasta que éste desapareció de la vista.

Mientras se colocaban, Katie se sintió culpable. Era responsable del retraso y había estado a punto de estropear el día más feliz de la vida de Jenny.

—Lo siento —le susurró a Jenny—. No era mi intención causar problemas.