La carga - Mary Westmacott - E-Book

La carga E-Book

Mary Westmacott

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Beschreibung

La carga (The Burden, en inglés), es la sexta y última novela que escribió Agatha Christie bajo el seudónimo de Mary Westmacott.Trama: Laura había sido una niña modosa, poco problemática. Charles, su hermanito, se había convertido en el favorito de sus padres. Ella había deseado su muerte... y Charles murió. Abrumada por el peso de la culpa, dedicará su vida a Shirley, nacida tras la muerte de Charles, y tratará de guiarla a través de su frivolidad, inconstancia y fracaso.

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Veröffentlichungsjahr: 2016

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Mary Westmacott

La carga

Mary Westmacott

LA CARGA

ePubYou
ISBN 978-88-99637-46-0
Edición Digital
Mayo 2016
ISBN: 978-88-99637-46-0
Este libro se ha creado con StreetLib Write (http://write.streetlib.com)de Simplicissimus Book Farm

Indice

Prólogo

PRIMERA PARTE

SEGUNDA PARTE

TERCERA PARTE

CUARTA PARTE

El autor

Prólogo

Pues el yugo es suave y mi carga ligera.

SAN MATEO. Cap. II, v. 30

La iglesia estaba fría, pero en el mes de octubre resultaba prematuro encender la calefacción. Afuera, el sol brillaba como una promesa de calor y alegría, pero dentro, entre las piedras grises y frías, sólo se notaba la humedad y la proximidad del invierno.

Laura estaba de pie entre Nannie —resplandeciente con el cuello y los puños almidonados— y el reverendo Henson. El vicario estaba en cama aquejado de una ligera gripe. El reverendo Henson era joven y delgado, con una nuez muy pronunciada y una aguda voz nasal.

La señora Franklin, frágil y atractiva, se apoyaba en el brazo de su marido que se mantenía serio y erguido. El nacimiento de su segunda hija no lo había consolado de la pérdida de Carlos. Hubiera querido un hijo varón, y según el dictamen del doctor, parece ser que no tendrían más hijos…

Sus ojos iban de Laura al bebé que, feliz en los brazos de Nannie, emitía unos suaves gorjeos.

Dos hijas… Desde luego, Laura era una niña encantadora y la recién nacida un hermoso ejemplar, pero un hombre desea siempre un hijo.

Carlos… con su cabello rubio y el modo como echaba hacia atrás la cabecita al reírse. Un niño tan atractivo, tan guapo, tan vivo e inteligente. En realidad, era un chiquillo excepcional. Si uno de sus hijos debía morir, era una lástima que no hubiera sido Laura.

De repente sus ojos se cruzaron con los de su hija mayor. Con su carita pálida, los ojos de Laura parecían más grandes y trágicos, y Franklin enrojeció sintiéndose culpable por lo que había estado pensando. ¿Y si la niña adivinaba lo que pasaba por su mente? Claro que quería a Laura, sólo que… que no era ni sería nunca Carlos.

Apoyada en su marido con los ojos entornados Ángela se decía: «Mi hijo… mi niño querido… mi vida… Aún no puedo creerlo. ¿Por qué no pudo ser Laura?».

No se sentía culpable de este pensamiento. Más despiadada y sincera que su marido, más primitiva en sus sentimientos, admitía como un hecho natural que su segunda hija no había nunca significado ni significaría para ella lo que su primogénito. Comparada con Carlos, Laura era una niña que la había decepcionado por completo. Bien educada, no daba nunca ningún trabajo, pero le faltaba… ¿cómo decirlo?… personalidad. Pensó otra vez en Carlos: «Nada podrá jamás compensarme de su pérdida».

Sintió en el brazo la presión de la mano de su marido y abrió los ojos —debía prestar atención al Oficio. ¡Qué voz más desagradable tenía el pobre señor Henson!

Ángela miró con indulgencia divertida al bebé que sostenía en sus brazos —¡qué palabras tan solemnes para una cosita tan diminuta!

La criatura, que había estado durmiendo parpadeó y abrió los ojos. Unos ojos azules y brillantes como los de Carlos —y oyó sus gorjeos de bebé feliz.

Ángela pensó: «Tiene la sonrisa de Carlos». De repente la invadió un sentimiento de amor maternal. ¡Su nena, su bebé querido! Por primera vez la muerte de Carlos se desvaneció en el pasado.

Ángela se cruzó con la mirada triste y sombría de Laura y se preguntó con una curiosidad momentánea: ¡Me gustaría saber lo que está pensando esta niña!

Nannie también era consciente de la presencia de Laura, quieta y erguida a su lado.

«Una nena tan quietecita —pensó—. Demasiado formal para mi gusto. No es natural que una criatura sea tan silenciosa y bien educada como ésta. No se le ha hecho nunca mucho caso… quizá no se han preocupado de ella como debieran… Me pregunto si ahora que…».

Para el reverendo Eustaquio Henson se acercaba el momento que lo ponía tan nervioso. No había bautizado muchas veces y hubiera preferido que el vicario estuviera allí. Observó, complacido, la mirada grave y la expresión seria de Laura. Una chiquilla tan seriecita… De repente se preguntó lo que la niña estaría pensando.

Era preferible que ni él, ni Nannie, ni Arturo, ni Ángela Franklin lo supieran jamás.

No era justo…

Oh, no era justo…

Su madre quería a esta hermanita tanto como quiso a Carlos.

No era justo…

Odiaba a la niña —¡la odiaba, la odiaba, la odiaba!

Me gustaría que se muriera.

De pie al lado de la pila bautismal, sonaron en sus oídos las solemnes palabras del bautizo —pero mucho más claro, más real era su pensamiento traducido en palabras.

«Me gustaría que se muriera…».

Nannie le rozó suavemente con el codo y le tendió el bebé murmurando:

—Ahora cuidado, tómala en brazos, aguántala bien y llévasela al reverendo.

Laura le respondió:

—Ya lo sé.

El bebé estaba en sus brazos. Laura lo miró y pensó: «Supongamos que abro los brazos y lo dejo caer. ¿Se mataría?».

Caería sobre las grises y duras piedras, pero los bebés van tan bien envueltos, tan acolchados… ¿Podría hacerlo? ¿Sería capaz?

Vaciló y pasó el momento. El bebé estaba ahora en los brazos nerviosos del reverendo Eustaquio Henson, que carecía de la práctica del vicario. Preguntó los nombres y los repitió después de Laura: Shirley, Margaret, Evelyn…

El agua goteaba por la frente de la criatura. No lloraba, seguía gorjeando como si experimentara algo delicioso. Cautelosamente, con cierto nerviosismo interior, el sacerdote besó la frente de la niña. El vicario lo hacía siempre. Se sintió aliviado al tender la criatura a Nannie.

El bautizo había acabado.

PRIMERA PARTE

LAURA 1929

CAPÍTULO PRIMERO

1

Bajo la apariencia tranquila de la niña, de pie, junto a la pila bautismal, bullían cada vez más fuerte el resentimiento y la pena.

Después que Carlos murió había confiado en que… Aunque se sintió muy apenada por la muerte de Carlos (se había encariñado con él), aquel dolor se eclipsó dando paso a un trémulo anhelo y a una esperanza. Claro está que si Carlos hubiera estado allí, con su belleza, su encanto y sus maneras alegres y desenfadadas, todo el cariño hubiera sido para él. Laura comprendía que eso era lo justo, lo normal. Ella había sido siempre la niña quieta y sosa, la segundona que sigue demasiado pronto al primer hijo y que muchas veces ni se desea. Sus padres habían sido con ella buenos y cariñosos pero su amor era para Carlos.

Una vez, oyó sin querer a su madre que decía a una amiga que fue a visitarla:

—De acuerdo con que Laura es adorable, pero resulta una niña un poco insulsa.

Y ella había aceptado la justicia de aquella aseveración con la honradez de lo irremediable. Era una niña sosa. Pequeña, pálida, no tenía el cabello rizado y sus gracias no hacían reír a la gente que celebraba en cambio las de Carlos. Era buena, obediente y no causaba molestias a nadie, pero sabía que no era ni sería nunca importante.

En una ocasión le había dicho a Nannie:

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