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Una promesa del motociclismo. Una joven sometida al yugo paterno. Una carta que extravió su camino y el amor abriéndose paso. Se conocieron. Se enamoraron. Pero el destino tenía otros planes. La adrenalina y el amor tienen mucho en común. Ambas pueden llevarte al triunfo o destruirte. ¿Podrán Cam y Lizzy recuperar el tiempo perdido? ¿Podrán perdonarse? ¿Podrán recuperar su amor, si aún existe?
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Seitenzahl: 174
Veröffentlichungsjahr: 2019
PORTADA
Autor: Laura Daniela Antognoli
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Antognoli, Laura Daniela
La carta / Laura Daniela Antognoli. - 1a ed . - Córdoba : Tinta Libre, 2019.
180 p. ; 22 x 15 cm.
ISBN 978-987-708-374-3
1. Novela. 2. Novelas Románticas. I. Título.
CDD A863
Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,
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de/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2019. Laura Daniela Antognoli
© 2019. Tinta Libre Ediciones
Dedicatoria
A mi esposo,
a mis hijos
y a mis nietos.
...Lo único imposible es aquello que no intentas...
Nunca renuncien a sus sueños.
La Carta
Capítulo 1
Elizabeth corrió las cinco cuadras hasta el correo, llegó sin aliento. Preguntó al dependiente la manera más rápida para que una carta llegara a destino. «Expreso», le dijeron, pagó y regresó caminando lentamente a su casa, había tiempo, todavía... cuando tuviera que hablar necesitaría a Camilo a su lado.
Elizabeth era una joven callada, más bien de naturaleza tímida, pensaba siempre lo que iba a decir o hacer, quizás por eso su padre le permitió quedarse sola en la ciudad para que terminara sus estudios. Eso era una señal de confianza que agradecía proviniendo de él.
Su padre era militar, un hombre hosco y huraño, nunca había tenido un gran cargo en la milicia, pero sentía un amor reverencial por los uniformados. Con la llegada de la democracia, bajó su perfil y aceptó un puesto en las oficinas donde permaneció hasta su jubilación.
Elizabeth tenía 17 años, ese iba a ser su último año de secundario, por eso, cuando su padre le comunicó su retiro y la idea de mudarse a Rosario, donde pensaba abrir una empresa de seguridad, ella se lamentó. Mudarse y cambiar de plan de estudios era contraproducente, necesitaba las más altas calificaciones para solicitar una beca para estudiar en el extranjero. Su padre había decidido que estudiaría Comercio Exterior, ella, por su parte, hubiera preferido Medicina o alguna carrera relacionada con la salud, pero no pensaba contradecir a su padre, lo importante era alejarse de él y de su yugo. Estaba cansada del ambiente rancio en el que había crecido, su madre era una mujer sosa, totalmente sometida a su marido; en su juventud había sido reina de belleza, aunque en la actualidad solo conservaba los recuerdos y alguna foto que mantenía oculta en una caja. Cuando conoció a quien fuera su marido se sintió subyugada por su presencia, él se dedicó a mostrarla como a un trofeo en el círculo de suboficiales... hasta que ella se embarazó, y entonces se casó con ella a pesar de todo. Cuando nació Elizabeth no ocultó su desilusión, él deseaba fervientemente un varón, alguien a quien trasmitirle su pasión, más que un hijo, deseaba un compañero de armas. «Lo volveré a intentar», pensó él, pero sus planes se vieron truncados cuando su esposa enfermó, múltiples quistes en los ovarios y una infección severa, que casi la llevaron a la muerte, la dejaron imposibilitada para volver a tener hijos. Su marido la confinó en su casa, de donde no salía para nada, así, se transformó en un ser amargado.
Mientras sus padres vivirían en Rosario, ella se quedaría terminando sus estudios. Su padre se encargó de buscar un lugar que fuera acorde a sus necesidades, por ello, se inclinó por la pensión de la señorita Mary. La susodichaera una alemana grandota, de cabellos rubios casi blancos y ojos celestes cristalinos, en una cara de la que colgaba una insipiente papada, parecía un sargento de caballería o así la veían los padres que dejaban sus hijas a su cuidado. Por el contrario, ella era toda dulzura con sus pupilas... una vez que les explicaba las reglas básicas no había problemas:
1- NO CIGARRILLOS.
2- NO ALCOHOL.
3- NO CHICOS EN LAS HABITACIONES.
Las dos primeras eran quebrantables, la última inamovible.
La casa tenía un gran salón de uso diario, una gran cocina, baño, sala de lavado y planchado y la habitación de Mary en planta baja, una escalera doble de roble lustrado llevaba a la planta alta donde había cinco habitaciones con sus baños. En el exterior, un pequeño jardín en la parte delantera y un quincho donde las chicas podían recibir visitas y hacer alguna reunión los fines de semana, siempre y cuando el volumen de la música no fuera alto y el consumo de alcohol, moderado.
Las habitaciones eran todas iguales, un dormitorio con su cama, su mesa de luz, un placar y un escritorio donde guardar sus útiles o material de estudio.
Todas querían a Mary, tendría unos 55 años, sin hijos, su marido, un alemán más dedicado a la cerveza que al trabajo, había muerto al caer de un andamio, quedó sola. Como no podría vivir mucho tiempo con la plata del seguro, inteligentemente, la invirtió en la casa, se dio cuenta de que trabajar con las jóvenes era más productivo, no causaban problemas, se quedaban una temporada corta, durante el verano marchaban con sus familias y ella disponía de la casa para el turismo. Una que otra vez alguna de las chicas se descarrilaba y llegaba a la casa pasada de copas, Mary la acompañaba por las escaleras hasta el dormitorio, le preparaba café fuerte y la asistía si la vomitona era inevitable, al otro día recibía las reprimendas y la amenaza de hablar con sus padres si volvía a ocurrir, cosa que nunca tuvo que hacer.
Elizabeth, antes de estudiar en su cuarto o en la sala común, prefería hacerlo afuera, en una plaza o en el campo de juegos de la escuela, se sentaba en las gradas y allí realizaba sus tareas o estudiaba. Así conoció a Camilo.
Capítulo 2
Camilo tenía 20 años, cursaba el último año libre, un accidente que casi le había costado la vida lo había retrasado. Era un chico común, de cabellos claros, ojos verdosos, contextura atlética, sin ser musculoso, lo que lo diferenciaba del resto era su espíritu inquieto, amaba los deportes... amaba su moto, practicaba moto Cross. Se lo podía ver tanto en el circuito como en el campo de deportes jugando algún partido de rugby. Su deseo era poder correr profesionalmente en moto, sabía que tendría su oportunidad, mientras tanto entrenaba fuerte y corría en forma amateur, cuando se proponía algo no se lo sacaban de la cabeza hasta que lograba su cometido. Así lo comprobó su padre una mañana cuando lo vio bajar de su dormitorio con la idea de cruzar el río de La Plata a nado, todos rieron, pero él se dirigió al río y su padre lo alcanzó cuando se arrojaba al agua, allí salió tras él en un bote alquilado y por más que le rogaba no pudo sacarlo, solo permitió que lo ayudara cuando un calambre no le permitió seguir. A pesar de las reprimendas de su padre se sintió satisfecho, tenía solo 14 años.
Criado en un ambiente familiar clásico, su padre electricista salía todas las mañanas en su auto con sus herramientas y volvía al mediodía, a la tarde se ocupaba de un pequeño taller en el fondo de su casa, donde hacía todo tipo de reparaciones. Su madre daba clases de inglés y se ocupaba de la casa y de las tres hermanas de Camilo, Susy de 12, Lucía de 10 y Agustina de 7.
Camilo no sabía qué hacer en el futuro, algunos le decían que estudiara un profesorado de educación física, aunque él lo veía difícil, se imaginaba compitiendo con sus alumnos. Mientras jugaba un partido de rugby con sus amigos conoció a Elizabeth.
Capítulo 3
Elizabeth, sentada en las gradas tomaba apuntes, tenía un libro abierto y un anotador, allí abajo se disputaba un partido, podía escuchar gritar y arrastrarse por el barro, había caído una lluvia ligera la noche anterior y la tarde era fresca, estaba llegando el otoño. No era una chica despampanante ni que llamara la atención, delgada, más tirando a flaca, de ojos y cabellos negros, algunas veces lo usaba atado en una cola, otras, usaba una vincha o, como ese día, lo sujetaba con un gorro de lana, su piel blanca le daba más bien un toque exótico.
Camilo la venía observando desde el comienzo de la semana, mientras ellos jugaban, ella siempre estaba allí y podía jurar que lo miraba.
Cuando terminaron de jugar dejó que sus compañeros se alejaran, después subió a su encuentro.
—¿Te gustó el partido?
Elizabeth dio un salto y levantó la mirada, solo vio a alguien lleno de barro y mugre que se dirigía a ella
—¿Me hablas a mí?
—Claro, eres la única que mira el partido…
—Te equivocas —dijo mostrando su cuaderno de apuntes—. Estudio.
Él se quedó duro, no sabía que responder…
—Yo creía que venías por mí... nosotros... el juego —dijo turbado y ella rio.
—¡Que más quisieras! Es un buen lugar para estudiar.
—Si tú lo dices… pero hoy es viernes —dijo recuperando la compostura—, ¿puedo invitarte a tomar algo?
—No. —Cortante.
—¡Espera! No puedes negarte sin conocerme.
—Por eso me niego, no te conozco y no salgo con deportistas.
—No soy un deportista... soy un chico que practica deportes.
—Es lo mismo…
—No, un deportista vive del deporte, yo lo practico —dijo satisfecho de su lógica—. Deja que me bañe y me ponga presentable, luego, si no quieres no salimos. —Ella dudaba—. Eres una de las chicas de Mary, ¿no?
—Sí, con ella vivo.
—Mira, paso a las 20, puedes decidir allí si quieres salir o no, y si no quieres, está todo bien, juro que no volveré a molestarte. —Ella lo pensó un segundo.
—Ok, a las 20 está bien. —Se puso de pie y comenzó a bajar las gradas dejándolo atrás.
—¡Espera! ¿Cómo te llamas?
—Elizabeth Suárez.
—Ah, Lizzy.
—No, no, soy Elizabeth.
—Bueno, pero para mí serás Lizzy, soy Camilo Ordóñez. —Con una sonrisa le tendió la mano, pero la retiró enseguida, estaba sucia de barro y pasto.
Elizabeth llegó a la casa, se bañó y se puso unos jeans descoloridos, zapatillas y una polera de cuello alto ceñida al cuerpo, se dedicó a pasar en limpio los apuntes que había tomado esa tarde, pensó alguna que otra vez en el chico del campo de juegos, aún no había decidido qué hacer cuando Mary golpeó a su puerta, eran las 20, en punto.
—Un joven te busca.
—¿Cómo es? —Mary la miró enarcando las cejas.
—¿Una cita a ciegas?
—Casi, tenía tanto barro encima que no recuerdo su rostro... —Mary bufó y la arrastró hacia las escaleras y la hizo mirar por sobre su hombro.
—Ahí lo tienes. —Tenía el cabello de un rubio apagado, no muy largo, pero sí lo suficiente para que se le rizara en la nuca, vaqueros, remera y sostenía un casco con la mano derecha, con el cual se golpeaba la pierna en señal de nerviosismo. Elizabeth asintió, pasó junto a Mary y bajó, el rostro de él se iluminó.
—Hola.
—Hola. —Ella no quitaba los ojos del casco.
—¿Vamos?
—¿En moto?
—¿Por qué no?
—No, no, caminando.
—¿Pero qué hago con la moto?
—La guardamos en el patio delantero, hay rejas.
—¡No pienso dejar mi moto! —Ella lo miró y se encaminó a la escalera.
—Espera, espera. —La sujetó de la mano—. Vamos caminando. —Y se encaminó a la salida con Elizabeth pisándole los talones.
—Carácter fuerte los dos. —Sonrió Mary.
Caminaron uno junto al otro sin hablar por unas cuadras.
—¿Dónde prefieres ir?
—No sé, escoge tú. —Elizabeth se arrepintió en el acto, esperaba que no la llevara a esos lugares llenos de gente, con música ruidosa. Él pensó un instante, luego la tomó de la mano y ella lo siguió.
El lugar era un pequeño bar, tenía mesas de madera lustrada, un pool al fondo y algunas máquinas de videojuegos, luces tenues y música suave, apenas se sentaron una chica con una bandeja y remera blanca les preguntó qué iban a tomar.
—Un batido para mí —pidió ella.
—Que sean dos Coralia.
La joven apareció a los pocos minutos con el pedido, al dejarlos deliberadamente puso sus pechos, que amenazaban saltar por el escote de su remera, a la altura de los ojos de Camilo, ni se dignó a mirar a Elizabeth.
—Simpática —murmuró Elizabeth meneando la cabeza.
—La cosa es conmigo, éramos amigos.
—¿Eran?
—Sí, hasta que confundió la amistad con otra cosa.
Charlaron mucho, ella creía que solo le hablaría de deportes, por eso no salía con deportistas, pero coincidían en muchas cosas, a ambos les gustaban los libros de Stephen King, las películas de ciencia ficción… A él le llamó la atención que supiera de deportes, aunque no fuera asidua a mirarlos, los entendía. Camilo pidió unos tostados y gaseosas, se rieron mucho y cuando se quisieron acordar pasaba de media noche.
Regresaron caminando lentamente a la pensión, ella esperó que él sacara su moto.
—Gracias, lo pase bien.
—Yo también, tal vez aceptes que te lleve una vuelta un día de estos. —Elizabeth se encogió de hombros, ni afirmando, ni negando nada.
Camilo subió a su moto, la puso en marcha de una patada, antes de ponerse el casco estiró la mano y la puso detrás de la nuca de Elizabeth, atrayéndola hacia él, le dio un beso en los labios y se marchó. Ella se quedó allí, quieta en la reja de entrada… subió a su cuarto, y se quedó pensando, lo había pasado bien, pero no quería equivocaciones, solo estaría allí un año, y una relación podía ser una distracción, se decidió, si volvía a verlo hablaría claro con él y quedarían como amigos. Así y todo el beso le quemaba en los labios.
Capítulo 4
El lunes, al salir de la escuela Camilo la esperaba junto al cordón de la vereda, cuando la vio le hizo señas.
—Te llevo —le dijo tendiéndole el casco.
—Tomo el colectivo.
—Vamos, no seas cobarde, prometo ir despacio. —Con un suspiro se colocó el casco y se subió a la moto, Camilo le tomó las manos y las entrelazó en su cintura, la moto bramó y salió disparada, efectivamente, no conducía mal y respetaba todas las señalizaciones, se dirigió a la costanera.
—Creí que me llevabas a casa —gritó para hacerse oír por sobre el ruido del motor, por toda respuesta él le palmeó las manos, se detuvieron una vez que llegaron al río, se quitaron los cascos que dejaron sobre la moto.
—La tarde está linda, pensé que podíamos dar un paseo. —Él tenía razón, el río castigaba el malecón y soplaba una brisa fresca, Elizabeth pensó que era una buena oportunidad para hablar sobre los dos y aclarar las cosas para no crear confusiones. Se volvió hacia él y sus miradas se encontraron, se quedaron así, atrapados, Camilo puso las manos sobre los hombros de ella y la atrajo hacia él.
—Lizzy... —susurró.
—Soy Elizabeth. —Por toda respuesta él se inclinó hasta hacer suya la boca de la chica, fue un beso suave, sin exigencias, como temiendo que ella huyera en cualquier momento.
—Me gustas, Lizzy... mucho.
—Soy Elizabeth —dijo y, enredando sus manos en el cabello de la nuca, lo atrajo hacia sí y volvió a besarlo.
Mary los vio llegar, ella se bajó de la moto y él la tomó por la cintura y la atrajo, el beso, largo, profundo, «¡Bien por él!», pensó, era lo que la chica necesitaba, le daba pena verla así, tan rígida, tan responsable, consideraba que los adolescentes debían tener algo de locura y el chico era puro fuego. «Sí, señor, ¡estos llegan lejos!»
Desde ese día se vieron siempre. Si él tenía prácticas ella lo esperaba en las gradas, estudiando, otras veces lo acompañaba al circuito para verlo practicar con la moto, lo veía girar una y otra vez buscando la perfección de un salto o de una curva. Algunas veces terminaba en el piso y ella solo se relajaba cuando lo veía de pie haciendo señas con la mano en su dirección.
Se acostumbró a que la llamara Lizzy y para sus amigos era “la chica de Cam”, no le disgustaba, por el contrario, por una vez sentía que pertenecía a una parte.
Una tarde después del entrenamiento él la llevó a su casa, se quedó de pie en la sala mientras Camilo corría a cambiarse, de la cocina le llegaban voces, entonces una niña se asomó y la vio.
—¡Mamá, mamá está la novia de Cam! —Inmediatamente dos cabezas más, iguales a la anterior, pero de más edad se asomaron al marco de la puerta.
—Hola —dijo con timidez sintiendo que enrojecía, una mujer entró secándose las manos en un delantal y la besó en la mejilla.
—Hola, soy Patricia, ¿quieres pasar a la cocina así no esperas sola? —Se encontró con las tres niñas sentadas a la mesa, útiles escolares por doquier y en un extremo un hombre que desarmaba un pequeño motor sobre unos diarios que protegían la mesa, le ofrecieron una silla y se sentó junto a ellos.
—Papá, es Lizzy, la novia de Cam —dijo una de las niñas.
Por toda respuesta el hombre le tendió el mate vacío, ella lo llenó con el agua del termo y se lo regresó, al recibirlo la miró, con sorpresa al principio, luego le sonrió, notó que lo hacía igual que Cam, mostrando los dientes. Tenía el mismo color de pelo rubio apagado, con algunas hebras grises y los mismos ojos verdosos, por el contrario, las niñas eran clones de su madre, todas de cabellos castaños y ojos café.
—Si no las controlo de cerca nadie hace nada —dijo la mujer justificando el desorden—. Espero no te moleste estar en la cocina.
—No, para nada. —De hecho, le agradaba ese ambiente familiar.
—¿Estudias con Cam? —preguntó la niña mayor. La que la miraba con actitud recelosa.
—No, él es mayor que yo, lo conocí en el campo de juegos. —La pequeña estaba fascinada con su cabello, lo hacía escurrir entre los dedos en actitud placentera.
—¿Vas a dejarme que te peine alguna vez?
—Claro.
—Yo tengo rulos, y me tira que me peinen —dijo sacudiendo la maraña de rizos.
Camilo entró en esos momentos, se había bañado y llevaba el cabello mojado.
—Conocieron a Lizzy —dijo besando a su madre en la mejilla.
—Gracias a tu hermana... porque tú...
—No quería que conociera a la familia Adams —dijo mientras alborotaba el cabello de su hermana que lo miró furiosa.
—Papá, tienes que mirar la moto, algo falla, creo que puede ser la carburación.
—Si la pararas podría mirarla.
—Ok, el fin de semana es toda tuya.
—No trabajo los fines de semana —dijo sonriendo y guiñando un ojo a Lizzy—. Tengo otros planes. —Mientras se estiraba y le daba un pellizco en el trasero a su mujer.
—¡Santiago! Compórtate.
Cam tomó a Lizzy de la mano y la sacó rumbo a la calle.
—¡Nos vamos!
—Fue un gusto conocerlos.
—Regresa cuando quieras.
Ya en la calle Cam la abrazó.
—Espero no te hayan avergonzado.
—Para nada, son encantadores, sacando a tu hermana mayor, creo que le caí mal.
—Susy es celosa, está cansada de que sus amiguitas lleguen a la casa solo para ver a su sexy hermano.
Lizzy le dio un puñetazo en el brazo mientras reían. Fueron al cine y a comer algo por ahí, se encontraron con los amigos y la pasaron bien hasta llegar a la pensión, cada vez era más difícil separarse, se extrañaban, se complementaban muy bien. Elizabeth en la soledad de su dormitorio pensó en Camilo, le había gustado su familia, siempre había soñado con una familia así, que brindara amor y contención a sus hijos, muy diferente al hogar en el que había crecido.
Llegaron a la casa de Camilo y al entrar, Elizabeth se asombró de encontrarla silenciosa
—¿Dónde están todos?
—Se fueron a un paseo al Tigre, van a volver tarde, cansados, gritando y malhumorados.
Se arrojó al sofá y la arrastró con él, conociéndolo, Elizabeth se deshizo del abrazo y fue a la cocina por dos vasos de gaseosa y un plato con galletas, sabía que se los pediría más tarde, se acomodó en el hueco de su brazo y se quedó allí, mientras él buscaba algo para ver, puso una película que ya habían visto. Elizabeth pronto se encontró adormilada, se sentía bien entre sus brazos…
Despertó cuando Camilo le besaba el rostro lentamente.
—Dormilona...
Abrió los ojos lentamente y se desperezó, él la miraba mientras le corría el cabello del rostro, la atrajo hacia sí y la besó, lentamente al principio, con pasión después. Sus sentidos se inflamaban, Elizabeth estaba casi bajo su cuerpo, las manos de él que subían por su cintura arrastraban la camiseta a su paso, se encontraron con un seno, el cual acarició con delicadeza, ella gimió y se acomodó amoldando su cuerpo al de él, Camilo deshizo el abrazo, siempre era ella quien ponía un freno, la miró a los ojos.
—¿Quieres seguir? —Ella asintió, la tomó de la mano y la condujo por la escalera a su dormitorio.
