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Julia 933 Querida mía: Te amo, y estar lejos de ti me ha hecho darme cuenta de cuánto te necesito. Espero que puedas prometerme que volveré a casa contigo. Di que serás mi esposa... Todo mi amor siempre. Amy Barrington, una romántica empedernida, no podía creer lo que veían sus ojos. Una propuesta, realizada hacía cincuenta años, que su madre nunca había recibido. ¡Solo tenía que volver a juntar a esos dos tortolitos separados durante mucho tiempo, por el bien del amor verdadero! Ahora, solo tenía que convencer convencer al cínico Brian Reynolds de que su querido padre y su adorable madre tenían que estar juntos. Y que nada podría ser más romántico que una boda, excepto una boda doble, por supuesto...".
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Seitenzahl: 142
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Avenida de Burgos 8B
Planta 18
28036 Madrid
© 1997 Toni Collins
© 2022 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
La carta perdida, n.º 933- nov-22
Título original: The Almost-Perfect Proposal
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.:978-84-1141-325-1
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Boston
ESTO es una broma, ¿verdad? —preguntó Amy Barrington.
—Me temo que no —se disculpó el cartero dándole el sobre—. No sé por qué ha tardado tanto en llegar, aunque imagino que es mejor tarde que nunca.
—Eso depende de lo que haya dentro. Gracias, Harry.
Amy aceptó el sobre.
—Espero que no sean malas noticias.
—Ya somos dos.
Amy cerró la puerta y se quedó mirando el sobre, incapaz de creérselo. Esa carta llevaba perdida más de cincuenta años. ¡El matasellos tenía la fecha del 2 de julio de 1944, se envió desde Europa durante la Segunda Guerra Mundial e iba dirigida a su madre!
Amy levantó la mirada hacia lo alto de las escaleras. ¿Debía abrirla o dársela?
Empezó a subir. Su madre no gozaba de buena salud y fuera cual fuera el contenido de esa carta, seguramente le produciría un gran impacto.
Así que pasó de largo junto a la puerta del dormitorio de su madre y se fue al suyo. Reconocía el nombre del remitente: John Reynolds. Era el hombre a quien su madre había mencionado muchas veces durante los últimos ocho meses que Amy llevaba viviendo con ella.
John Reynolds había sido el gran amor de Marian Haskell. Y si él no se hubiera marchado a la guerra, quizás se hubieran casado.
Amy había querido muchísimo a su padre, y sabía que Marian y Charles Barrington habían estado totalmente dedicados el uno al otro durante sus cuarenta años de matrimonio. Pero como era una romántica empedernida, no podía evitar preguntarse cómo era el verdadero amor.
Siempre le habían encantado las historias que le contaba su madre, basadas en las cartas que John le enviaba desde el otro lado del Átlántico. Recordaba una en particular sobre una misión que le llevó a París. John le había hablado de las parejas en los cafés, que le hacían pensar en Marian en y lo mucho que le gustaría llevarla allí un día. Y aunque él estaba en la guerra y cada día podía ser el último, siempre pensaba en ella.
Eso era amor. Ojalá Amy lo conociera.
La carta que su madre había recibido de John Reynolds hizo que Amy se detuviera a pensar en su propia vida amorosa.
O mejor dicho, en la falta de ella.
Ojalá al menos pudiera olvidar el dolor que su ex-marido le había causado…
—¿Dónde vas? —le había preguntado Amy, levantando la mirada de los papeles sobre su mesa.
Parker estaba de pie en la puerta del despacho.
—Me marcho —dijo su marido con frialdad—. Quiero el divorcio, Amy.
Hasta aquel momento, Amy no sabía que algo fallaba en su matrimonio. Conoció a su marido, Parker Ryan, en la universidad. Ella era estudiante de arte y él estaba trabajando en su máster de administración de empresas. Se casaron cuatro años después, y ella creía conocerlo todo sobre él.
Aparentemente, se había equivocado.
—No lo entiendo… —empezó.
—¿Y qué hay que entender? Quiero el divorcio. Es así de simple.
—¿Pero por qué? No tenemos ningún problema.
—Últimamente no hemos tenido mucho de nada —replicó él—. Tú has tenido tu vida y yo la mía. Nos hemos ido separando más y más. Eso no puedes negarlo.
—Yo… supongo que últimamente no hemos pasado mucho tiempo juntos —admitió ella.
—Has pasado más tiempo con Adam McCabe que conmigo —le recordó él.
—Eso no es justo, Parker. ¡Es mi trabajo! A mí me disgusta tanto como a ti. De hecho posiblemente me disguste más.
—A mí ni me gusta ni me disgusta. Ya no es mi problema.
Para Amy nada de eso tenía sentido. Parker no podía estar celoso de un hombre que ni siquiera existía. Adam McCabe era ficción.
Siete años antes, ella había escrito y vendido su primera novela de misterio. Por desgracia, los editores no pensaron que un detective duro creado por una mujer pudiera vender, así que insistieron en que usara un seudónimo. Amy odió la idea en su momento, pero Parker la encontró divertida.
Hasta que Adam McCabe se convirtió en un gran éxito.
—Es eso, ¿verdad? —preguntó en voz alta.
—¿De qué hablas?
—De mi éxito como escritora. De eso va todo esto.
—¡No seas absurda!
—No lo soy. Has odiado mi trabajo desde que llegaron mis honorarios por derechos de autor.
—Eso no es verdad.
—Claro que sí —insistió Amy testaruda—. No me digas que es pura coincidencia que me dejes la misma semana que he firmado un nuevo contrato.
—No te adules tanto.
—Hace años que te conozco, y no sabía que fueras tan inseguro.
—¿Inseguro?
—¿Cómo lo llamarías tú? ¡No has tenido problemas con mi trabajo hasta que he empezado a ganar más que tú!
—¡Eso es absurdo! —repitió Parker, y agarrando su maleta, se marchó sin decir adiós.
Los pensamientos de Amy regresaron al presente mientras contemplaba el sobre en sus manos. Hubo un tiempo en que pensó que Parker y ella eran almas gemelas, pero obviamente se confundió.
Siempre había sido una optimista.
Como en ese momento… Estaba absolutamente convencida de que esa carta le diría a su madre que John Reynolds no le dio la espalda todos esos años antes, que la amó y que sólo se habían separado por un error humano.
El servicio de correos.
Bueno, al menos la carta había llegado… aunque fuera más de cincuenta años tarde.
Volvió a mirar el sobre. Por el bien de su madre, tenía que asegurarse de lo que decía la carta antes de dársela.
Empezó a abrirla con un abrecartas, y entonces se detuvo.
No podía hacerlo. No podía leer la correspondencia de su madre. ¿Y si fuera algo realmente privado?
Aunque por otro lado, su madre no estaba bien para leerla sola. Ella tendría que leérsela.
¿Y si eran malas noticias?
¿Pero y si no lo eran?
—Esto es una locura —murmuró Amy.
¿Por qué iban a ser malas noticias? Después de todo, su madre y John Reynolds se amaron, ¿verdad? ¿Cuántas veces le había hablado su madre de lo mucho que significaron el uno para el otro?
Se preguntó si aún estaban enamorados cuando se escribió esa carta. ¿Sintió él por su madre lo mismo que Marian por él? ¿Existía el amor verdadero?
Quizás esa carta fuera sobre el futuro que habrían tenido juntos de no haber intervenido el destino.
Entonces, Amy se detuvo a pensar en cómo pudo haber sido todo si se hubiera recibido esa carta en su momento.
Su madre pudo haberse casado con John Reynolds.
Marian Haskell y Charles Barrington pudieron no haberse conocido.
Amy pudo no haber nacido.
El pensar cómo un momento en el tiempo, o una carta perdida en el correo, pudo haber tenido un efecto tan profundo en las vidas de tanta gente, fascinaba a Amy. Por algo tan simple como un error humano, ella podría no existir.
Pasó el resto de la mañana pensando en ello. Desde que su madre había regresado a casa desde el hospital unas semanas antes, había pasado la mayor parte del tiempo recordando el pasado, recordando a sus dos hijas, Amy y Patti de niñas, recordando su propia infancia, recordando al hombre que había sido el amor de su vida.
Había hablado con mucho cariño de John Reynolds, especialmente después de la muerte de su marido cuatro años antes. Le había enseñado a Amy todas las fotografías, todas las cartas que recibió de John durante la guerra, y le había contado las historias de cuando él se alistó en el ejército y le enviaron a Europa.
Marian nunca había entendido por qué un día, él simplemente dejó de escribir. Se preguntó si habría muerto y su familia no se puso en contacto con ella. Se preguntó si habría conocido a otra persona, algo tan corriente durante la guerra, o si simplemente la habría olvidado.
Era difícil de creer, y doloroso de aceptar.
Pero Amy pensó que quizás, después de todo, John no la olvidó.
—¿Cómo te encuentras, mamá? —preguntó Amy mientras entraba en el dormitorio.
—Cansada —dijo la mujer frunciendo el ceño—. Y no debería estarlo, con todo lo que duermo.
—El médico dijo que así sería —la tranquilizó Amy mulliendo la almohadas—. Pero se te pasará.
—Creo que me volveré loca si dentro de poco no puedo salir —se lamentó Marian mientras Amy le ponía delante la bandeja con la comida.
—Ya falta menos. Y eso me recuerda que tenemos que conseguirte una buena peluca.
—Imagino que sí.
Mientras Amy acercaba una mesa a la cama y se sentaba, pensó que su madre parecía más distraída que de costumbre.
—Hoy había correo para ti —dijo con suavidad.
—¿Otra postal para que mejore? —preguntó su madre.
—No, una carta.
—¿De quién?
Amy vaciló unos instantes.
—De John Reynolds.
Marian dejó caer su tenedor.
—¿De John?
—Es una carta muy antigua. Según el matasellos, se envió en 1944.
Marian se quedó pensativa unos instantes.
—Durante la guerra —dijo al fin.
Amy asintió, pero no dijo nada.
—Creí que había muerto —añadió su madre con lágrimas en los ojos.
—La última carta que recibiste fue a mediados de junio —le recordó Amy—. Esta otra se escribió en julio.
—Ha tardado demasiado en llegar —murmuró Marian.
Amy la miró unos instantes. Su madre había envejecido con dignidad.
—Te la leeré mientras almuerzas.
Marian asintió.
Amy sacó el sobre de su bolsillo y abrió despacio la carta. Mientras leía, levantaba la mirada de vez en cuando, buscando en el rostro de su madre alguna pista de lo que estaba pensando, de lo que estaba sintiendo.
1 de julio, 1994
Querida Marian, Cuanto más tiempo llevo aquí, y más cosas veo, más me doy cuenta de lo valiosa que es la vida. Aquí, vivimos sabiendo que cada día puede ser el último. Eso hace que uno se pare a pensar en el poco tiempo que tenemos por vivir y en que no debemos desperdiciar ni un minuto. Y por eso te escribo.
Te amo, Marian, y estar separado de ti me ha hecho darme cuenta de lo mucho que te necesito.
No sé qué va a pasar. No sé si me marcharé de aquí con vida, pero si vuelvo, si esta horrible guerra alguna vez termina, espero que puedas prometerme que volveré a casa, a ti. Di que serás mi esposa, Marian.
Con todo mi amor,John
Su madre empezó a sollozar.
—Nunca lo supe —dijo con voz ronca aceptando el pañuelo que le ofreció Amy—. Creí que había muerto. Pensé que cambió de opinión sobre mí.
—Quería casarse contigo, mamá —dijo Amy—. ¿Te das cuenta de lo distintas que serían hoy las cosas si esta carta no se hubiera perdido en el correo?
Marian no estaba tan distraída como para no saber a qué se refería Amy. Tomó la mano de su hija.
—Tu padre fue un hombre maravilloso y yo le amé. Nunca lo dudes.
—Lo sé, mamá. Pero si hubieras sabido que John quería casarse…
—No lo sé —respondió Marian con sinceridad—. Creo que le habría esperado.
—Y tú y papá nunca os habríais conocido —concluyó Amy.
—De eso no estoy segura. Pudimos habernos conocido de todos modos… Ocurrió antes de terminar la guerra. Pude haberme casado con él.
Pero Amy estuvo segura de que ni su madre se creía sus propias palabras y que sólo lo decía por ella.
Amy se quedó despierta esa noche, pensando en el día que había finalizado. Era una sensación extraña saber que si no hubiera sido por un simple error por parte de un extraño, ella pudo no haber nacido.
¿Se habrían conocido sus padres de todos modos? Posiblemente.
¿Se habrían casado? Amy no lo creía.
¿Se habrían casado su madre y John Reynolds? Todo parecía indiciar que sí.
¿Habría durado ese matrimonio? Difícil de decir.
¿Cómo habrían sido sus hijos? ¿Qué le pasó a John Reynolds? ¿Sobrevivió a la guerra? ¿Regresó a los Estados Unidos? ¿Se casó? ¿Tuvo algún hijo? ¿Seguiría vivo?
Las preguntas eran interminables.
Amy pensó en su madre, en lo que había supuesto para ella esa carta. Realmente se había animado. ¿Cómo habría reaccionado si John en carne y hueso hubiera aparecido en su puerta?
Amy se preguntó dónde estaría él en esos momentos. ¿Alguna vez pensaba en su madre?
Seguro que no la había olvidado. Al fin y al cabo quiso casarse con ella.
Marian seguía pensando en él y preguntándose cómo pudo haber sido todo. Amy encontró difícil de creer que John Reynolds no pensara en ella.
Recordaba que su madre le había dicho más de una vez que John Reynolds era de un pequeño pueblo costero en Maine llamado Burke´s Harbor. Su madre le había dicho que él quería vivir allí después de la guerra. Quizás lo hubiera hecho.
Si Amy pudiera encontrarle y llevarla allí, podría ser la mejor medicina que su madre pudiera tener.
Pero eso era una locura. Aunque pudiera conseguir su número de teléfono, ¿qué le diría?
Decididamente, no era una buena idea.
Su madre se había casado, y él posiblemente habría hecho lo mismo. Y cómo él nunca recibió una respuesta, posiblemente también pensó que le habían dado plantón.
De pronto, Amy pensó en su padre. ¿Había conocido existencia de John Reynolds? Si así fue, nunca lo mencionó. Aunque de todos modos, no sería el tipo de cosa de la que él hablaría con su esposa delante de sus dos hijas.
¿Le habría preocupado?
Amy tenía que pensar que no. Fuera lo que fuera lo que sintió su madre por John Reynolds, sus padres habían disfrutado de un estupendo matrimonio. Habían sido felices juntos.
Estaba segura.
No durmió en toda la noche. Cuando amaneció en Boston Harbor, Amy había tomado una decisión.
Intentaría encontrar a John Reynolds.
No pensaba que hiciera daño a la memoria de su padre el hacerlo. De hecho, estaba segura de que él entendería que ella sólo intentaba ayudar a su madre.
Se levantó y se puso una bata. Sin hacer ruido, fue al despacho que había instalado en una de las habitaciones de invitados y sacó un mapa de carreteras, buscando entre las páginas hasta que encontró el mapa del estado de Maine. Pasó su índice por la costa hasta que encontró lo que estaba buscando.
Burke´s Harbor. Justo al oeste de Kennebunkport.
Una sitio bonito. Muy bonito. A unas dos horas en coche.
Levantó el teléfono y marcó el número de su hermana en Hyannisport.
Cuando Patti se puso, parecía adormilada.
—¿Diga?
—Patti, soy Amy.
—¿Amy? ¿Sabes qué hora es?
—Sé que es pronto, pero no te llamaría si no fuera urgente.
Patti se alarmó.
—¿Está bien mamá?
—Mamá está bien —le aseguró Amy—. No es nada de eso.
—¿Entonces qué?
—Necesito que vengas y te quedes con ella un tiempo. Tengo que marcharme.
—¿Por trabajo?
—Sí… trabajo.
Amy decidió que sería mejor no contarle a Patti la verdad, al menos de momento. Y tampoco se lo diría a su madre.
No tenía sentido arriesgarse a decepcionarla de nuevo si no podía encontrarle… o si él no quería verla después de tanto tiempo.
—¿Cuándo quieres marcharte? —preguntó Patti.
—Lo antes posible.
—Entonces estaré allí mañana.
—Gracias, Patti.
Y en cuanto colgó, regresó a su dormitorio y empezó a hacer la maleta.
Burke´s Harbor, Maine
PARECES cansado —observó Katie Kirk mientras su hermano entraba en su pensión.
