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La casa de los geckos, primera incursión del artista panameño Jhafis Quintero en los registros de la escritura literaria, es una extensión de diversas preocupaciones que ha ido inscribiendo en su obra visual a lo largo de los años: la precariedad, la ilegalidad, la masculinidad, la violencia, la soledad, la salvación a través del arte. En su paso hacia la materialidad de la narración, el artista optó por el gesto autoficcional para componer de forma realista, a veces quizá hiperrealistamente, el bildungsroman de un joven Jhafis que, a pesar de todo, se convierte en artista.
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Seitenzahl: 227
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Jhafis Quintero
La casa de los geckos
LA CASA DE LOS GECKOS
© Jhafis Quintero
© Editorial Letra Maya
Calles 25 y 26, avenida 5, Heredia, Costa Rica
Primera edición electrónica: 2023
Primera edición impresa: 2017
863.44
Q7c
ISBN ebook: 978-9930-596-31-9
Derechos reservados conforme a la Ley de Derechos de autor y Derechos conexos. D.R. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra sin el consentimiento escrito de la editorial. Hecho el depósito de ley.
Dirección editorial:Emilia Fallas Solera
Diseño de portada: Stephanie Williams Fallas
Diseño de libro electrónico: Daniela Hernández Castillo (Doce puntos)
@letramaya
@LetraMaya
A Francesca como el mar.
Los perros con los perros y los lobos con los lobos.
—Dicho popular en unaprisión de Costa Rica—
El tiempo es una línea constante.
A mediados de los ochenta yo era aquel niño que se escapaba de la escuela con los bolsillos llenos de monedas y, optimista, entraba a jugar Atari: a salvar el mundo en las arcadias –consolas de videojuegos del tamaño de un refrigerador decorados maravillosamente– que los chinos habían ubicado en la antigua lavandería de la señora Teresa, la esposa del policía de tránsito.
A finales de los ochenta, era el adolescente que entraba furtivamente al mismo sitio con una sola moneda, agujereada y amarrada a un hilo de pescar, sospechando que había algún truco en aquellos juegos.
Hoy soy un hombre que sabe que hay ciertas batallas que no se pueden ganar.
Jhafis
La casa de los geckos
Radiografía de mí mismo
“Las artes hacen cosas en el entorno. Con sus formas y sus objetos intervienen en él, cuando menos modificando nuestras formas de percibir, conocer y pensar. Y así es que les reconocemos una potencial capacidad de modificar el mundo”[1].
Las exploraciones de todo artista pasan, necesariamente, por una serie de dinámicas de la prueba/error, de la ida/vuelta, de la ganancia/pérdida, de la expansión-contracción, sin que esta dualidad implique una anulación de los contrarios o una condena a la dualidad. Mucho más que tal resultado invariable, dichas exploraciones han probado ser radiografías de un lenguaje determinado. Podríamos pensar, por ejemplo, en un lenguaje del origen o en un lenguaje de la herencia o en un lenguaje de la transgresión, entre muchas otras posibilidades. Exploración y lenguaje inscriben así en el mundo, nuestro mundo, las grafías del origen de nuestras culturas, lenguas, tradiciones y cuerpos; las herencias que nos son transmitidas o, aquellas, que asumimos como destino, o como azar, y cargamos desde un tiempo pasado que nos supera.
La casa de los geckos, primera incursión del artista panameño Jhafis Quintero en los registros de la escritura literaria, es una extensión de diversas de las preocupaciones que ha ido inscribiendo en su obra visual a lo largo de los años: la precariedad, la ilegalidad, la masculinidad, la violencia, la soledad, la salvación a través del arte. En su paso hacia la materialidad de la narración, el artista optó por el gesto autoficcional para componer de forma realista, a veces quizá hiperrealistamente, el bildungsroman de un joven Jhafis que, a pesar de todo, se convierte en artista. La casa de los geckos, que puede ser leída como novela o como conjunto de relatos o como diario íntimo –un texto híbrido de fronteras borrosas– es una pieza más de un proyecto artístico de larga gestación y, por lo tanto, no debería de ser leído aislado de los otros componentes de la radiografía quinteriana. Es precisamente a través del ejercicio de lectura ampliada, en el que leemos La casa de los geckos como una pieza más dentro de un mosaico inacabado, que la exploración adquirirá su sentido completo como búsqueda de un lenguaje para poder decir y desdecir la subjetividad precaria del habitante del mundo contemporáneo.
ALEXANDRA ORTIZ WALLNERBerlín, primavera 2017.
[1] Pablo Hernández Hernández, “Hacer cosas con palabras y con imágenes. La dimensión performativa del arte en Centroamérica”. Revista gimnasiA, 16 de marzo 2015. <https://revistagimnasia.com/2015/03/16/hacer-cosas-con-palabras-y-con-imagenes-la-dimension-performativa-del-arte-en-centroamerica/>
Estoy sentado en el quinto piso de un edificio de estudiantes, abrigado únicamente por los recuerdos tropicales que me libran de los cinco grados bajo cero del invierno local. Estoy fumándome la segunda caja de Gauloises del día.
Allá abajo en la calle, el frío es un ser inmóvil que me espera oculto detrás de las luces de neón para abrazarme hasta la hipotermia. La muerte azul; esa era la manera como había elegido abandonar el mundo de niño… Abandoné la idea el día que descubrí que, al estar congelado, uno pierde las orejas y la nariz. Me resultaba terriblemente poco estético tener un fin semejante. De todas maneras, era muy difícil conseguir cero grados Fahrenheit en Panamá.
La percepción me empieza a cambiar; surge un ligero hormigueo en los pies, piquetes esporádicos y aleatorios en el resto del cuerpo. La lengua es ahora un reptil inquieto ajeno a mi voluntad, oscurecido por el café con el que me he estado nutriendo constantemente las últimas horas. Los demás sentidos empiezan a independizarse. La nariz se niega a oler. Los oídos se han ido sumergiendo gradualmente en el líquido espeso del silencio. Las cuerdas vocales no emiten sonido alguno; ni siquiera un murmullo. El mutismo prolongado las ha transformado en cables de acero.
El peso de mi propia piel es dos tallas más grandes, como si un luchador mexicano anónimo detrás de la máscara tradicional me aplicara una dolorosa llave de lucha libre que no me permite incorporarme de mi puesto de observación.
En el exterior el silencio es blanco, interrumpido ocasionalmente por los trenes eléctricos que atraviesan la ciudad con voraz precisión. El rumor de los neumáticos de los autos que se deslizan sobre el lomo de asfalto: aquella serpiente húmeda después de la lluvia. No importaba mucho si iban o venían. Me provocaba la misma sensación: una soledad seca y amarga.
El humo residual del cigarro que colgaba perezosamente de mis dedos buscaba alguna hendija en la ventana por donde escapar de la voracidad de mis ansiosos pulmones. Terminaba confundiéndose con la neblina desde la que recuerdo a los míos.
Las efemérides en mi familia, al igual que en el resto de Latinoamérica, son poco precisas. El único árbol familiar que mis hermanos y yo conocimos fue uno de mangos que estuvo siempre en el patio de atrás de la casa: nos dio juegos, frutos y la posibilidad de refugio de la furia paterna. Crecimos en sus lomos hasta que la edad adulta nos alejó para siempre de él. Además del árbol de mangos, mi padre fue capaz de prepararme de la mejor forma posible para enfrentar la clase de vida —mitad azar, mitad elección— que me tocaría vivir.
Mi padre, Hugo Quintero, no se llamaba exactamente así. Nos heredó un apellido que he llevado adjunto los últimos cuarenta años. Un apellido que, a fuerza de escucharlo desde lo más profundo de las gargantas de las maestras en la escuela, de los profesores en los colegios, de los jueces en los tribunales y de mi madre cuando se enojaba, terminé por asumirlo. De cualquier manera, los seudónimos después de la segunda generación dejan de serlo y se transforman en la única forma de autoreconocimiento posible; superada únicamente por los apodos en los barrios populares.
Dicen que el ser humano es una narración. Los que son narrados desde los pliegues de la sociedad, no gozan de muchas figuras de construcción poética. El trabajo de un padre en estos sitios es difícil: debe preparar a los hijos para sobrevivir a las sentencias de adjetivos calificativos, a sufijos diminutivos, a teorías frenológicas a conspiraciones comportamentistas y, sobretodo, a luchar durante toda la vida contra el concepto artificial de justicia.
A principios de los sesenta mi padre y mi abuela, quien no era realmente mi abuela, iniciaron un viaje desde Colombia para encontrarse con Nader, un medio tío que se había ido a vivir a Panamá.
Abordaron un enorme barco de madera. Un auténtico dinosaurio, aun en aquellas épocas, llamado El Aurora. El capitán era un tipo de dudosa reputación, bastante cuestionado por haber sido encontrado con armas a bordo en uno de los frecuentes recorridos a lo interno de Colombia.
A mitad del viaje el barco empezó a hundirse. El cuestionado capitán desapareció y el cocinero, un enorme negro de la zona costera de Colombia, se hizo cargo del timón. Mi casi abuela se apropió de la cocina. Ella nutría ocasionalmente al improvisado capitán para que este no desfalleciera en su tarea de llevar el barco a algún sitio que no fuese el fondo del mar. Todos fueron obligados a tirar por la borda el equipaje y las cosas innecesarias.
En las noticias dieron por desaparecido al dinosaurio. Así que, cuando semanas después este encalló triunfal en Turbo —una pequeña costa colombiana donde todos los pobladores tienen algún parentesco— hubo un regocijo en tierra firme. El maquinista, que hasta entonces había permanecido sumergido en una espesa flora de pistones, cables y engranajes de todos los tamaños, y un microclima de casi cincuenta grados, salió a recibir la alegría de la gran familia costeña, pero recibió también una corriente de aire fresco que, de inmediato, le torció la cara. De manera que él fue el primero en ser evacuado.
En tierra firme los doctores empezaron las labores de socorro, pero en el proceso encontraron en uno de los bolsillos del «torcido» un cigarrillo de marihuana. Aquel suvenir generó una voz de alarma sazonada por la reputación del barco y su capitán. Los militares que tienen jurisprudencia en todos los tiempos gramaticales sobre cualquier ser humano ordinario, y de decidir qué drogas son buenas o no, ubicaron escoltas en las puertas del barco para que nadie bajara o subiera de él.
Lucila, mi casi abuela, jamás se detuvo ante nada. Inició un motín civil a bordo y descendió victoriosa desde aquel fósil acompañada de su inseparable determinación; además de una tropa de ancianos, niños, mujeres y hombres, ante la mirada resignada de los militares.
Se embarcaron en un bote más pequeño y continuaron su viaje a Panamá. Llegaron a la zona fronteriza entre Panamá y Colombia a un pueblo llamado El Darién: una especie de limbo, especialmente para los inmigrantes que tenían que soportar esperas surrealistas para legitimar los trámites migratorios. Además, por su condición de ilegales no se les permitía trabajar, lo que les limitaba la alimentación y otras necesidades básicas. Aun en aquella zona selvática, existía una oficina de migración que, como todas las oficinas de migración, habían sublimado con el tiempo y práctica, estrategias burocráticas para persuadir a los inmigrantes de regresar por donde llegaron. En la selva del Darién que divide a los dos países hermanos, virgen como afirman muchos, los inmigrantes luchaban en contra de una serpiente xenofóbica que se mordía la cola. Gente vagando en círculos absurdos acosados por la necesidad y por las jaurías del temor ajeno. Víctimas colaterales de una civilización y una economía abstracta sabían que son mucho más que solo doscientos seis huesos tapizados de piel amarga y nervios erizados de malas noticias. Son cuerpos imaginarios, simbólicos y políticos. Son un derecho natural expropiado por la doctrina de la fuerza, un dolor universal, una idea sobre sí mismos que adelgaza dentro de un cerebro de 1,5 kilos.
Mi casi abuela vendió lo que pudo salvar del naufragio y voló a la capital panameña. Mi padre y otros inmigrantes, mientras se resolvía su situación burocrática, se vieron obligados a cosechar furtivamente vegetales frescos directamente de las huertas y algunos de los animalitos de corral que se paseaban impunes por los patios de uno de los opíparos terratenientes de los muchos que poseía aquel pueblo.
Mientras mi casi abuela sobrevolaba por última vez el área, pudo ver una larga fila de indocumentados precedidos por alguna autoridad panameña. Llevaban en las manos posiblemente plumas y hojas que eran evidencias de las cosechas clandestinas.
Mis padres se conocieron en la ciudad de Panamá poco tiempo después. Casi de inmediato aparecí yo.
Mi padre era colombiano: un gentilicio que se había transformado en sustantivo peyorativo a los ojos de casi todo el mundo. Satanizado impunemente en el hemisferio norte por causa de los productos que esta nación del sur suplía a todos los usuarios que necesitaban antidepresivos alternativos para lidiar con la responsabilidad de ser los hijos de una superpotencia.
La hoja de coca estuvo siempre presente en la realidad sudamericana. Antes que Cristo naciera, los incas ya la estaban masticando para abonarle la velocidad necesaria a sus vidas en los altos Andes.
La cocaína fue por primera vez sintetizada en 1859, por el químico alemán Albert Niemann y fueron los traficantes gringos a introducirla en Estados Unidos a principios de los años setenta. Sigue siendo masticada en Sudamérica, por motivos religiosos. No contiene azúcar y masticarla no produce caries.
Mi madre era una mujer de escasos recursos: un eufemismo para describir a los que sobrevivían con dificultad en un país donde irónicamente abundaban la tierra para sembrar y la lluvia que, por aquel entonces, continuaba gratuita.
La unión de mis padres generó descontento entre la influenciable familia de mi madre que, por vivir en una miopía moral, terminaron cometiendo actos más inmorales que el hecho de enamorarse de un colombiano.
Abandonados a su suerte y conmigo ya en el vientre, mis padres tuvieron que irse a vivir a una zona montañosa en la incipiente ciudad de La Chorrera, donde el contacto extremo con la naturaleza distaba mucho del romanticismo de los Robinson suizos.
El pedazo de infierno verde que limpiaban hoy reaparecía al día siguiente con renovado verdor. Eso significaba la presencia de ofidios y otros bichos que en circunstancias especiales resultan incompatibles con la naturaleza humana.
Una caja de manzanas de importación se transformó en mi cuna. Mis padres tomaron ciertas precauciones para evitar incidentes. Colgaron la cuna importada desde el techo del rancho. Así, la cuna se balanceaba por encima del piso con el doble propósito de arrullarme y protegerme. A pesar de los esfuerzos y la fuerza de gravedad, en alguna ocasión encontraron una serpiente durmiendo junto a mí… Desde entonces, y solo con breves pausas, irían apareciendo mis tres hermanos: Shaid, Celmira y Hugo.
Una diversidad en categorías y especies de vecinos que hacían extrañar a los antiguos residentes de aquel paraje se fue sumando a la tarea de sobrevivir. Sin embargo, a pesar de todo, aquel sitio terminó poblándose más rápido de lo que canta un gallo.
En el campo, la ausencia de televisión como método anticonceptivo contribuye sensiblemente al crecimiento demográfico; además, de la convicción de algunos padres de traer hijos a este mundo para que les ayuden en la tarea de sobrevivir a las disposiciones políticas del planeta. Por último, la obediencia religiosa de un pueblo que aceptó la prohibición de la Iglesia Católica de no sofocar a los hijos en el fondo de un condón.
Definir las tierras, organizar el agua y otros servicios básicos fue siempre motivo de disputas. Mi madre tuvo que ganarse el respeto de los demás a punta de machete. Los pocos vecinos que pusieron ese hecho en duda tuvieron que correr el maratón de sus vidas. Celmira —así se llama mi madre— había heredado el particular carácter del abuelo Tacho Pinto, un aguerrido campesino en las tierras de Ocú, un pueblito donde todos los problemas se resolvían «a machete limpio». Aquel sitio se le conocía popularmente como el Barrio de Los Mochos: a casi todos sus habitantes les faltaba alguna parte del cuerpo. Tacho Pinto, por ejemplo, removió alguna cabeza en el barrio y terminó siendo uno de los primeros colonos de la isla penal de Coiba.
En las montañas de la isla prisión, un tigre se estaba comiendo el ganado de los policías y nadie se atrevía a ir a cazarlo. Tacho Pinto, además de saber usar el machete, conocía el monte y sus secretos como la palma de su propia mano y pudo darle fin al problema, trató de escapar varias veces sin éxito en balsas improvisadas. El mar no era parte de sus talentos. Por esto y más, se transformó en un mito, en un personaje de las radionovelas panameñas. La manera como se creaban y perpetuaban las leyendas locales en aquellos tiempos y que hoy han sido desplazadas por los reality shows de mal gusto que se han diseminado como una enfermedad venérea en todo el planeta.
En casa, el negocio familiar fue de enderezado y pintura. Mi madre me pareció siempre un ser mágico. Trabajaba todo el día en el taller bajo los treinta y cinco grados del sol panameño. Pintó carros, muebles, electrodomésticos, autos de carrera y helicópteros de las fuerzas armadas panameñas. Recuerdo a mi madre debajo de una chaqueta militar con muchos bolsillos, de los que emergía cualquier cosa que necesitáramos: tornillos, tuercas, llaves milimétricas, alicates, pinzas de presión, abrazos, lijas, sonrisas, caramelos y, a pesar de los tiempos, también amor.
Desde el cielorraso de un hogar panameño, 35 grados Celsius y una humedad de 90%, dos pares de ojos trescientos cincuenta veces más sensibles a la luz que los ojos humanos observan sin parpadear y con sangre fría la cotidianidad de los colombianitos:
—¿Viste? Hoy todo está tranquilo allá abajo. Parece ser que los tiempos han ido calmando los humores de Elmasantiguo o, por lo menos, sus energías.
—No es para menos. Ha vivido los últimos veinte años de sus ochenta de vida con una hernia lumbar y eso sí que es dolor.
—No se llega a la vejez ileso. Tantos años con un cuerpo depositario de teorías sociales, transformado en activo económico del Estado.
— No es un trabajo fácil ser humano.
Aquellas tierras fueron devoradas como se devora un pastel de chocolate con crema de macadamia y chispas de vainilla. Mi hogar quedó ubicado en un terreno que resultaba parecido a los castillos medievales en mis libros de historia. Había un riachuelo de aguas de dudosa potabilidad en las espaldas de la casa. Al frente, un barranco bastante alto, o así me pareció hasta que crecí lo suficiente para ver la otra orilla. A los lados había árboles enormes y antiguos llenos de nidos de pájaros multicolores y senderos salpicados de luz. Se escuchaba un rumor de las hojas movidas por la suave brisa aromatizada por el inconfundible olor de la madera viva… y la certeza de estar siendo siempre observado por miles de ojos y antenas desde cada posible hoja, ramas o pequeñas grietas. Aquel sitio se había transformado en mi laboratorio del mundo. Me ausentaba por largas horas observando la marcha de las hormigas que no parecían notarme. A veces tomaba algunas de ellas de la cabeza y del cuerpo tirando en direcciones opuestas con fuerza hasta decapitarlas, mientras contemplaba con indolencia cómo sus cuerpos mutilados continuaban intentando atacar sin posibilidades a un verdugo que no entendían.
Desde la puerta de mi casa —el hogar de los colombianitos— como nos llamaban en el barrio, que no cerraba por la acción del tiempo y por las lluvias que habían inflamado desde siempre la madera de baja calidad, se dominaban todas las microescenas en las casas de los vecinos.
A la derecha, la vecina más próxima era la señora Elena. Estuve convencido por mucho tiempo de que era bruja. Mi hermano Shaid juraba haberla visto flotando entre los árboles. A veces dudaba de si lo que mi hermano vio fue real, o solo se trató de algún sopor etílico prematuro. Comprendí con el tiempo que la señora Elena no era un ser de otra dimensión; era simplemente una anciana de barrio que, como todos, había evolucionado según el ambiente donde creció. Era una de las tantas veteranas de la línea de tiempo y espacio popular, sobreviviente de la oxidación progresiva por causa de las ventas de lotería clandestinas que hacía a pie y bajo un sol inconmovible. Elena era solo una anciana más, atrofiada por la necesidad y mitificada por la fantasía infantil.
Por asociación de ideas pensaba en los arbolitos más pequeños que corrigen su ruta de crecimiento en dirección al sol, para evitar la sombra de los árboles más grandes a los lados de mi casa.
La hija de Elena, Norma, no era del todo normal. Además de que se hizo adicta a un ungüento antigripal muy popular, lo usaba en la estación lluviosa por ser una solución económica en contra de los resfriados. Durante la estación seca también lo usaba porque ayudaba a refrescarse. A pesar de que se vendía sin receta, el medicamento advertía que el uso prolongado podría generar dependencia.
Ella me llamaba con señas y me pagaba diez centavos de dólar para que yo, que era un niño entonces, le comprara a escondidas dosis de aquel producto. Siempre tuve dudas al respecto. Llegué a creer que de alguna manera Norma trataba de aislarse de la terrible cotidianidad que supone vivir en pueblos pequeños: reducía el sentido del olfato y el gusto. Se exiliaba poco a poco en su propio cuerpo. Había descubierto un método diferente al de su madre que, en lugar de luchar contra el barrio, decidió invernar mientras llegaban tiempos mejores.
Norma fue disminuyendo sus movimientos hasta quedar fosilizada en el marco de la puerta trasera de su casa que daba directamente a la casa de los colombianitos. Su tono de piel se fue poniendo gradualmente verde, y no se movió de ahí por años; excepto, para las necesidades básicas. A menudo la imaginaba cambiando de piel como los insectos que durante el mes de mayo poblaban los senderos detrás de su casa.
Desde su puesto de espera ella vio pasar épocas, nadie sabe esperando qué o a quién. Solo estaba sentada indiferente a todo excepto al ungüento que le permitía seguir ausente.
Yo le regalé rayitos de sol cada vez que pude. Con un pedazo de espejo que alguna vez fue el retrovisor de un Mustang, le proyectaba el astro rey directamente al rostro. Esa se había transformado en mi rutina de todas las mañanas después del desayuno. Un buen día, sin el menor esfuerzo, Norma simplemente se levantó de su sueño antigripal. Yo tenía en ese entonces catorce años y desde hacía algún tiempo había abandonado la esperanza de verla despertarse de sus sueños de piedra.
Norma se dio a la tarea de recuperar el tiempo perdido y reproducirse. Tuvo tres hijos: Amarilis, Omar y Jazmín. Por si acaso, fue la señora Elena quien los crio con la abnegación que solo una abuela era capaz.
Luego seguía la casa de Roberto el gallero. Tenía tres hijos: Ramón, Teño y Angelita y muchos gallos de pelea. La vida entera se la dedicó con amor y dedicación a sus gallos. Los rasuraba, vitaminaba y entrenaba cada mañana sobre una alfombra verde que desplegaba en el patio. Fui testigo de aquellas clases matutinas de taichí avícola, porque, de manera dedocrática, en mi casa siempre fui yo el elegido para ir a comprar el pan del desayuno.
Era amor lo que se le veía en los ojos a Roberto cuando hablaba del Tuerto al Carato, al Pintao y al Arisco; particularmente, cuando ganaban las peleas.
Regresaba a su casa aturdido por el alcohol y la emoción portando sus gallos en bolsas de tela fina diseñadas especialmente con dos agujeros ergonómicos, desde donde asomaban las patitas de los púgiles. Luego, los colocaba delicadamente en jaulas de reposo para que se recuperaran de los daños sufridos.
También se ocupaba de las gallinas que eran las que se encargaban de mantener la especie de sus bienamados. Sin embargo, en algún momento las gallinas de Roberto empezaron a aparecer tristes por las mañanas y, luego, sin excepción, morían. Como suele ocurrir en los pueblos pequeños, había toda clase de teorías entre los vecinos. Algunos sabíamos la razón: se trataba de la precocidad sexual del hijo intermedio del gallero, Teño.
Había quienes decían que tal vez era una explosión hormonal; otros se inclinaban por la teoría del “sabotaje en contra de la indiferencia paterna”. Desde el punto de vista de hijo, siempre supe que Teño pensaba que actuando como gallo llamaría finalmente la atención del padre.
El gallero tenía una esposa: la señora María, apodada María Suavecita porque hablaba en voz baja. Hablar con ella más de unos minutos significaba un reto, no solo por su inaudible voz, sino por la presencia de algunos corpúsculos con manifestaciones capilares en el rostro que hacían imposible entenderla. En el hogar del gallero ella fue siempre una sombra. Jamás tuvo ni voz ni voto.
La siguiente casa, siempre a la derecha, era la de la señora Curula —otro bautismo clandestino de mi madre—. La llamaban así por ser la dueña de unas enormes nalgas; además, acostumbraba usar un vocabulario práctico explícito que agilizaba la comunicación con cualquiera que entrara en su radio de acción.
Mi hermano y yo disfrutábamos al escucharla. Diseñamos una manera discreta y segura de provocarla. Atrincherados desde nuestra casa le tirábamos piedras al techo de la casa de Curula. Cada vez que caía uno de aquellos meteoros en el techo se activaban toda clases de blasfemias: Curula mentaba madres, se cagaba en todos los santos que se le venían a la memoria y terminaba en un maravilloso harakiri verbal automentándose la madre. Con el tiempo fue perdiendo los decibeles y su entusiasmo. Su marido Chichi se fue con una mujer más joven y ella tuvo que criar no solo a sus hijos Juanito, Kika y Sady, sino también a sus nietos prematuros. Aquellos maravillosos gritos se fueron reduciendo a murmullos ocasionales, cuando alguno de sus pequeños nietos la sacaban de sus casillas.
La mayoría del tiempo me paseaba cerca de la casa de Marina, mi vecina favorita. Una mujer que se casó con un campesino indiferente y millonario, que jamás se relacionó con el barrio y tampoco con su esposa.
Una de las pocas tareas para las que algunas amas de casa panameñas siguen necesitando a un marido es para comprar el cilindro de gas; esa pieza indispensable de la canasta básica que, a pesar de ser de gas, pesa mucho.
En ciertas regiones del país aún se conserva la tradición de que los padres transfieran sus hijas al hogar de un buen partido. Muchas de ellas dejan de ser hijas y se transforman en muñecas de trapo en casa de sus maridos.
Ella salía al portal en un camisón traslucido con encajes sutiles y transparentes.
Le cargué aquel cilindro de gas en muchas ocasiones y mi recompensa jamás superó los brevísimos besos en la mejilla. No me sorprendió que el día que me masturbé por primera vez, impertérrito, eyaculara precisamente sobre la imagen de mi vecina en camisón.
Hacia la izquierda estaba la casa de la señora Magdalena. Dicen que en la repetición no existe el tiempo… ella habitaba en ese sitio, libre de la trampa de calendarios y relojes, jugando al bingo eternamente; sentada en una mesa larguísima rodeada por sus hijas Gloria, Chavelita, Magali y los hijos Inés, Velco y Jerson. Aquello era como estar viendo una versión apostada de la Santa Cena.
