La casa de mi padre - Pablo Acosta - E-Book

La casa de mi padre E-Book

Pablo Acosta

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Beschreibung

Esto no es un libro, es una casa. Una casa con su puerta de entrada, su recibidor, los dormitorios, un estudio, ventanas… Una vivienda que el narrador habitó en su juventud y que ahora vuelve a recorrer con las manos para construir un palacio de la memoria y permitir que nos abramos paso entre la tenue luz de los ventanales por el angosto pasillo. Porque, como en todas las casas, en esta casa también al final del pasillo habita lo oscuro. Esto no es un libro, es una casa. Sin trama, sin personajes, esta casa se erige como un monumento. Bienvenidos al universo Pablo Acosta.

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Seitenzahl: 113

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Primera edición digital: noviembre de 2022

© De los textos: Pablo Acosta, 2022

© De esta edición:

H&O Editores

[email protected]

Imagen de faja: Sandra Aguilar

Diseño de colección: Silvio García Aguirre

Corrección: Marc García García

isbn digital: 978-84-126262-1-6

Todos los derechos reservados. Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, y el alquiler o préstamo público sin la autorización por escrito de los titulares del copyright, salvo las excepciones previstas por la ley.

«Looking so long for the words to be true.»

Disintegration

The Cure

«Es solo cuestión de tiempo, amigo mío. Suerte.»

Justine, 13.i.05

Criterios de construcción

Esto no es un libro, es una casa. Y cuando digo que esto no es un libro no se trata de simple retórica, ni de ningún juego: esto es una casa, un ático que existió, que compraron mis padres cerca de la torre de la iglesia de la ciudad más antigua de mi isla. Una casa en la que hay un recibidor, una habitación para un niño, un dormitorio, pero que sobre todo tiene un pasillo que conecta dos estancias. Allí montaba yo un triciclo con atronadoras ruedas de plástico duro: allí me levantaba al alba cada fin de semana y en tromba recorría el espacio que mediaba entre el estudio y la terraza. Kilómetros de un pasillo agudo, cruzado por una luz lechosa, en el que yo, un niño querúbico (gordo), pedaleaba bramando como un ángel del infierno mientras mis padres hundían la cabeza desesperadamente en la almohada.

Me acuerdo del triciclo no solo porque me sirviera para arrastrar un remolque en el que metía tierra de los parques o los cachorros de una perra que tuvimos, sino porque una vez, frenando al llegar ya a la sala, algo llamó mi atención cerca de la rueda delantera. A lo lejos era un bultito que le había salido al suelo; después, al acercarme, me di cuenta de que de allí surgían patas y antenas inmóviles, y de que el insecto bocarriba tenía la panza estriada, amarilla y negra. Descabalgué con mi cuerpo lleno de una pausa que no era sino un pasmo abrumador; ya habría visto mil bichos volar, pero aquel hacía justamente lo contrario: yacía. Me puse a gatas, acerqué mi enorme cara como si fuera a olfatearlo y segundos después apareció entre él y yo un índice rechoncho (el mío) que, lento pero inexorable, quería tocarlo. Me reventó en el cuerpo un mordisco ácido, terrible. No recuerdo nada más: otro libro diría que esa picadura me convertiría en licántropo o en superhéroe, pero esta casa dice que mi madre se levantó como una gacela al oír mis berridos y que me encontró encima del triciclo, con la punta del dedo hirviendo, mientras aplastaba a la abeja bajo las ruedas en un movimiento alienante, adelante atrás adelante atrás, violeta de rabia.

Anécdotas: hay muchas encerradas en aquella casa lejana, pero elegiré cuáles quiero conservar en esta. La anterior, por ejemplo, ya la he dejado fuera. No quiero narrar con un estilo ligero las gracias de cuando era niño: eso tendría mucho de zoológico o de señor burgués que escribe sus memorias y después se sufraga una edición no venal. No. Esto no es un libro y aún estamos fuera. Aquí el umbral no es una metáfora, así como la casa no es ninguna alegoría. El umbral es un umbral, el que rodea la puerta de madera de un ático en el centro de la ciudad en la que nací. Incluso desde aquí fuera ya puedo oler a mi padre. Él está ahí dentro, siempre lo estuvo y espero que cuando acabe esto quede ahí para siempre. Esa casa me habita: en ella viví de niño (gordo), a ella lo iba a visitar de adolescente (con pitillos, chaqueta de cuero y el pelo colgándome por la espalda) y, cuando él ya no estaba, en ella pernocté durante mi último año de universidad, tremendamente enamorado. Su olor acompaña cada una de las líneas de la casa que visualizo dentro de mí: líneas que siempre fugan, porque la casa es sobre todo un pasillo lleno de mariposas disecadas y cuadros que se deben comenzar a temer cuando anochece. Mi padre, sus mujeres, yo en mis diferentes avatares, no mi madre, sobre todo mi padre, se revuelven en esa casa y habitan dentro de mí.

Quiero extraerla de mi mente, montarla como un juguete recio, sin resquicios, tabla a tabla del parqué, esquina a esquina manchada, en estas páginas. Si esto no es un libro, es decir una novela, es porque no conozco la trama (no hay una trama), ni las motivaciones de los personajes (no hay personajes), y todo esto no son tan solo trucos de un narrador en primera persona. Así, muchas de las historias que contendrá nos llevarán a callejones sin salida, porque en ellos me encuentro yo tantas veces, y mi vida no es un videojuego en el que tengas que mover un ladrillo del muro para que una puerta se abra. Aquí los callejones no se convierten en pasajes, los callejones persisten. La palabra clave para los libros que no son casas es imitar o, sinceramente, fingir: fingir conocer las cosas que surgen de nosotros como ramificaciones de madréporas, cuando no entendemos de qué órgano se han desarrollado ni atisbamos su final. Yo no sé, pero sí puedo convocar el caos y ordenar esta casa. Yo no sé, esto no es un libro, sino una casa. Una casa de la memoria.

Comencemos, pues, a alzarla: fijémonos en el umbral. Detrás de nosotros solo hay un espacio sordo, el de los rellanos de los edificios inmensos. Aunque quisiéramos no podríamos volver la mirada: solo está el umbral. Lo vamos a atravesar como yo lo hice tantas otras veces, pero de alguna forma esta será la primera. Esta puerta debe ser recia, nunca debe ser forzada, porque una vez que entremos tendremos que atrancarla como podamos. Entonces acabarán los ecos de casa vacía, todo se comenzará a remover allí dentro. Aquí comienza la casa de mi padre, imaginad cómo a partir de esta puerta la casa penetra invisible, impensablemente honda, en las entrañas del edificio. Todas las ventanas estarán cerradas, pero también estará la luz del principio de la tarde. Pongamos la mano en el pomo, intentemos prever ya cómo huele, pues los olores reales llegarán, os lo aseguro.

Apertura

I

Hay dos cosas que me repito de ti y que transcribo constantemente en estas hojas que no son ni siquiera hojas. Tu barba, que era lo que te hacía hombre y por lo que te besaban las mujeres y que yo miro siempre que te veo, y tu casa, donde viví contigo, en la que después te visitaba junto a la maraña, en la que caíste y que me legaste. La casa tenía dos polos, conectados por el intestino que era el pasillo: la terraza, allí donde una mañana el buitre voló hacia ti y se clavó en tu cara; el estudio y el dormitorio, más allá del pasillo. Recuerdo el estudio una tarde: trabajabas sobre la mesa y diste al niño gordo que yo era una jeringuilla y una caja vacía de medicinas para que callara. Yo comencé a apuñalar la caja, como usando los punzones de la guardería sobre un dibujo, maquinalmente, casi como una industria, hasta que conseguí atravesarme la mano y que tú me miraras, me aferraras el brazo y me desclavaras la punta. Los dos polos de tu casa: el estudio, donde una noche encontré un arma detrás de las enciclopedias; desde donde yo miré, desnudo, a la mujer que escribía, desnuda, en la terraza. Donde te soñé un día, con brazos de metal o surgiendo de entre las tablas del parqué, y, otro día, pendiendo junto a mí como si fuéramos dos flores azules, llenas de sangre.

II

Las barbas caen del cielo. Las miro desde un promontorio: Barcelona aún tiene algunos. Los edificios se amontonan como cajas de cartón mojado, la gran ciudad que un niño abandonó en el patio. Barcelona, mi casa: estoy sobre uno de tus promontorios y veo como caen barbas, como calles, desde el cielo.

Digo barbas y parece que hablo de pájaros que se desmoronan o de nidos lentos que, desde algún globo zarrapastroso, alguien tira como lastre. Pero no: las barbas que yo veo se van desplomando en columnas agónicas, la piel más íntima se ha vuelto a abrir y desde aquella herida se derraman. Son columnas densas, matéricas, que me hablan de un mí escondido que hoy emerge. Son cálidas como la panza de un animal de tierra, pero las recorre una arteria demoníaca.

¿Por qué han elegido derretirse hoy estas barbas? ¿Por qué este bosque inconcreto no había sido revelado hasta ahora? Son cometas verticales, vómitos broncos de carne, orgánicas barbas que brizan el espacio, convirtiéndolo en una azarosa celda.

Recibidor

Desde aquí no se ve nada: es este un cubículo de entrada a la casa. A la espalda, la puerta. Cerremos con dos llaves: no quiero que nadie escape. Hay percheros que no importan a los lados y el pasillo que cruza ante una pared dos pasos más adelante. Ese pasillo agobiado sí importa, pues conecta los dos polos fundamentales de la casa.

En uno de ellos está el estudio, al que pronto entraremos; en el otro, el salón que se abre a una terraza mínima desde la que se ve un campo de tejados, los de la parte vieja de la ciudad, y al fondo, montañas llenas de pasto florido. Pero parémonos aquí, no miremos al estudio, al pasillo, a la terraza, antes de seguir entrando.

Hace años se inundó la casa de mi padre. Sin avisar, un día, cayó una tromba impensable sobre la isla y por fin la gente, al reventar de las alcantarillas, pudo echarse a la calle como tantas veces habían visto en los reportajes. Sacaron los botes hinchables del trastero para ir al rescate de viejas que venían de la compra, se habían quedado de agua hasta los sobacos y esperaban atascadas en rotondas. Los coches flotaron y se dejaron bogar hacia el mar; primero suaves nenúfares por las carreteras, después kayaks embravecidos rodando por los barrancos... Llevo lejos cada vez más años y me burlé al oír a mi madre contarme todo esto por teléfono. Exageraciones de las islas y el desterrado que se carcajea, no es para tanto, gota fría, a quién se le ocurre. Pero sí, ahora sé que no solo se inundaron las ciudades y las carreteras. En el ático de mi padre el sumidero de la terraza no dio abasto y vomitó un agua incansable que se colaba por la puerta corredera del salón y desde allí se derramaba por todo el piso, llana, implacable, extendiéndose bajo sofás, empapando cables y revistas, recorriendo el pasillo como un niño en triciclo, también en tromba, hasta el estudio.

La noche de la inundación ya mi padre no vivía ahí, ni recién casado con mi madre ni con ninguna de sus múltiples mujeres, ni tampoco yo ni mis novias jipis de la universidad, ni siquiera los amigos a los que después alquilé la casa porque no quería que la habitaran extraños. Esa noche solo estaba allí una inquilina desconocida, que llamó a mi madre para comunicarle el desastre (el parqué hundido, resquebrajado, toda una noche de achicar a cubazos y manos llagadas). Que el ático casi desapareciera bajo las aguas me dio absolutamente igual, de hecho no estaría contando esto si no fuera porque la inundación demostró algo: la isla había quedado vacía de mí y todo lo que ocurría a cientos de kilómetros de océano me resultaba ajeno. Al fin dejaba de sentirme como un mártir roto, como si un trozo mío se hubiera quedado haciendo guardia en aquella tierra y, a mi pesar, allá se hubiera seguido desarrollando. Yo no estaba en ningún sitio cuando la lluvia comenzó a restallar contra los cristales y no pasé días en una casa húmeda iluminada con velas. Lo común había acabado, al fin estaba en otro lugar y lo sabía porque la casa de mi padre, la que resistía dentro de mí, siempre había permanecido seca y ajetreada.

Parece que ha pasado un tiempo infinito desde que mi padre se erguía en su casa, pero en realidad no han sido más que diez años. Diez años. Qué es esa cifra a la que me obligo, cuando para mí aquel tiempo posee una textura determinada, una rugosidad que siento al cerrar los ojos e imaginarme automáticamente aquel espacio como un cuerpo, las paredes órganos internos, y mi padre paseándose como un condenado pasillo arriba pasillo abajo, fumando su tabaco negro, esperando que yo lo vaya a buscar. Diez años que miro desde este maravilloso exilio y que son un olor que contengo de maderas oscuras, como de humo agrio al fondo de una máscara. Para mí la casa de mi padre, la mía, no existe afuera ahora alquilada, sino que está adentro, adentro, y nunca he podido hacer nada por sacármela, por ordenar todo lo que pasó allí y plantearlo sobre una fina línea narrativa que nos lleve a sentir pena o sorpresa o deseo o asco. Así, la inundación de hace unos años no me importa nada: solo fue una tormenta que afectó al piso que aún existe y que para mí ya no es un problema. Las verdaderas inundaciones que temo son otras.