La casa del algodón - Eva García - E-Book

La casa del algodón E-Book

Eva García

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Beschreibung

Esta novela está inspirada en hechos reales. Un relato inusual bajo la mirada de una protagonista a menudo invisible en nuestros libros de historia: la mujer. Su narración acontece en una época de la que solo podemos intuir, de forma fugaz, la dureza del entorno de los que la protagonizaron. Les acercamos a aquellos inexplorados años para ser testigos, con fugaces momentos, de lo que ocurrió gracias al relato de Sara, madre, hija, esposa y guerrera incansable, con un inquebrantable espíritu de superación. Navegaremos por el reinado de Felipe II, nos enfrentaremos a los ingleses invasores, conoceremos más del Siglo de las Luces, de la Revolución francesa, de la revuelta de Haití, de las plantaciones en La Habana… Les invitamos a subir con Sara al desván de los recuerdos, a trastear en sus cajas y leer en sus documentos, para que puedan intimar con esta familia que por cientos de años ha sido fiel al cumplimiento de una promesa: preservar y transmitir el legado de lo que les aconteció. Los Ponce de Villasanta son fuertes como un roble y duros como la piedra, su vida no fue fácil, pero a pesar de los avatares del tiempo, con sus impredecibles misterios, logran crecer en la adversidad. Se hacen fuertes, a veces casi invencibles.

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Seitenzahl: 831

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Primera edición en esta colección: enero de 2023

© de la presente edición: Agua Editorial, 2023

Agua Editorial

c/ Muntaner, 269, entlo. 1ª – 08021 Barcelona

Tel.: (+34) 93 494 79 99

www.plataformaeditorial.com

[email protected]

ISBN: 978-84-126509-1-4

Diseño de cubierta: Zara Corral

Adaptación de cubierta y fotocomposición: Grafime Digital S. L.

Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Si necesita fotocopiar o reproducir algún fragmento de esta obra, diríjase al editor o a CEDRO (www.cedro.org).

Índice

A la deriva

La familia Ponce de Villasanta

El desván

Catorce de abril

La casa del cerro

Trinitatis et Captivorum

El guardián del tesoro

Hay fechas que son para olvidar

El primogénito del tonelero

El capitán inglés

Entre lobos

¡Malditos invasores!

El guerrero

Las cartas de Sara

Nada siempre permanece

Vanidad de vanidades

Rosa Carmona, la costurera de uniformes

Los caballeros guardiamarinas

La inhóspita soledad

Hic prope morn est

Ora pro populo

La posada del mesón

Los monos del hospital naval

La vaca voladora

Macharaviaya

La galería del fraile

La llamaron Trinidad

El templo de la victoria

El secreto de Lucía

Una visita inesperada

Santa imposición

Un elegante señor en la casa de invitados

El destino suele ser benevolente

La elegida

Últimas voluntades

No se ganó Zamora en una hora

Ingenio y plantaciones

¡Ore Yeye O!

Zunduri Urbe

Refugio de las desamparadas

El Valle de Perlas Blancas

El capitán Samaniego

La infinita benevolencia

El regreso de Rodrigo

Con las entrañas hechas tinta

El padre inquieto

El traqueteo de Sara

El relato de Andrés

El general y su amigo de Málaga

Yo, el rey

La venganza de Juan

Bienvenido a la plaza

En palacio

Un nuevo horizonte

Coronas de color verde

Los tambores de Benín

Tres años más tarde

María Manuela del Socorro

El camino de las reliquias

Un manifiesto de quejas y denuncias

Sarake Ekunia

La belleza exquisita de París

Diplomacia en el cadalso

Última página del diario de Sara

Navegación estructural

Cubierta

Portada

Créditos

Dedicatoria

Sumario

La casa del algodón

Colofón

A mi madre, Cheli, y a mi abuela, Natividad, heroínas sin capa que me enseñaron a volar.

A mi padre, que me cuida en el vuelo.

A la deriva

Año del Señor de 1596

Mi marido lleva muerto semanas en la bodega, el hedor ya no me llega, o quizás es tan solo una percepción distorsionada del olfato. El olor tan insoportable que hay entre la tripulación y los pasajeros es probablemente superior a la putrefacción del cadáver de Álvaro.

Estoy convencida de que todos vamos a morir, pero lo oculto con soberbia; si lo insinúo en mi proceder demostraría debilidad y me haría muy vulnerable frente a todos los que esperan agazapados una oportunidad para acabar conmigo. Además, la esperanza es lo único que nos queda, eso recuerda Pablo cada día al atardecer, siempre dispuesto, con su imprescindible oración al toque de campana:

Bendita sea la luz y la Santa VeracruzY el Señor de la Verdad y la Santa Trinidad.Bendita sea el alma y el Señor que la mandaBendito sea el día y el Señor que nos lo envía.

Tras el rumor coreado de la oración, con las tenues luces del ocaso, doy gracias a Dios porque sigo viva.

Somos más de cien personas en un espacio tan reducido. Es francamente insoportable, los observo cuando abren las escotillas para bajar a dormir: es como si entrasen en un ataúd, todo está negro de oscuridad y de mugre y duermen unos encima de otros. El agua está llena de cucarachas ahogadas, a veces, al servirla, acaban de caer y vemos a las recién llegadas aún nadando. Su olor no es muy agradable. He visto que no respiran mientras la beben, no me extraña que cuando les damos la porción de harina hagan sus tortas con agua del mar.

Las ratas se están volviendo agresivas, muchos de los animales tienen heridas abiertas y ya ha habido algunos ataques a niños, los más indefensos. Al principio, recompensaba a los que cazaban más de diez ratas con porción adicional de comida y un buen vaso de vino, pero ya no me atrevo a dar extra a nadie.

Hay más de dos decenas de mujeres a bordo. Todos los días alguna tiene «la costumbre»: las veo lavarse con el agua salada y meter sus prendas en jaulas que echan al mar para poder reusarlas en cuanto se sequen, pero la aspereza de la sal les hace daño y en algunas se nota en su andar.

Los tiburones están al acecho. Nos siguen constantemente, somos su suministro diario. Esta semana ya hemos echado cinco cadáveres al mar; los marineros están tan débiles que casi no pueden hacer la tarea, han hecho falta seis hombres con el último cadáver, y luego a seguir con el día a día, atar cabos, izar velas, fregar la cubierta, trepar al mástil… Lo más básico es ahora una aventura de esfuerzo físico y mental, hemos cambiado los turnos de cuatro a tres horas para hacerlo más llevadero.

Ha sido una de nuestras peores semanas, en especial porque hemos perdido a Gonzalo, el hijo de Ana, con sus ojos verdes y su cabello rizado. Su madre esta desconsolada.

Pancha me mantiene informada a diario de los ánimos y hoy me ha dicho que Pedro está contando a todos que lavo mi ropa con agua dulce. Ocasionará un motín y ya no me quedan fuerzas para volver a enfrentarme a él. Cada vez salgo menos durante el día, me quedo con mis doncellas y les pido que me entretengan con historias para tratar de olvidar lo que hay afuera. Por la noche, cuando duermen, es cuando me gusta salir a pasear.

Los animales están inquietos, ya no sé si es por las ratas o porque están merodeando para robar la leche. Esta mañana estuve repasando la lista de la carga al zarpar: teníamos veintidós yeguas, diez caballos, diez vacas, veinte cabras y varios machos, diez cerdas y dos machos, de las ovejas se ha borrado el número, me pregunto si es un accidente o provocado para que no podamos hacer el recuento. Ya he dejado de contar no solo los animales, también los días, las horas y, sobre todo, las personas. Al salir éramos casi cuatrocientos, y casi cuarenta eran matrimonios con sus hijos, y de ellos trescientos aptos para la lucha, bien armados, pero ahora mi mundo solo cuenta con mis dos doncellas y Pancha.

Mil ochocientas botijas de agua me habían parecido muchas, ¡cuán equivocada estaba! La sed y la higiene junto con el hambre son los problemas más graves. Cuando los alimentos frescos escasean, que es lo habitual a la semana de estar en alta mar, solo nos queda la salazón, que provoca mucha sed. Los paseos a «los jardines» han aminorado y también los baños rápidos de higiene en el mar; sin alimentos, es demasiado esfuerzo saltar a la mar para lavarse.

La miel, aunque cara, nos ha servido de motivación, es uno de los mejores momentos del día cuando el grumete canta que están a treinta minutos con la vuelta al reloj de arena. El único momento dulce es la cucharada diaria de miel y la media galleta de harina de trigo, que logramos que no se mojaran con la última tormenta, aunque ya apenas nos quedan.

Cada día miro la carta de navegación de Álvaro. Pedro desconoce que la tengo y por eso puedo, para su sorpresa, ir a dar órdenes o inspeccionar el rumbo que tomamos. Sé que estamos cerca de Manila y que solo cuando divise tierra podré descansar y dejar de obsesionarme por el control de los víveres. Por las noches no puedo dormir, es posible que haya gente muriendo por mi terquedad, pero es lo único que me da autoridad. Por severa me temen, pero, sobre todo, es para mi tranquilidad: necesito el control de esos víveres.

Padre, aquí de algo me han servido las clases de esgrima, geometría y las de geografía, y de poco las de equitación, aritmética y matemáticas, aunque como tú bien dirías, el saber siempre necesita huecos, todo está conectado.

El latín y el griego suenan en mitad de este océano con un absurdo crujido incapaz de conmover a sus dioses, de Neptuno solo vemos a ratos su tridente que nos atraviesa. Dios todopoderoso ha perdido su camino hacia nuestra nave, la San Jerónimo, y aunque todo me dice que vamos encaminados sigo con la sensación de que vamos a la deriva…

…es cuestión de días que lleguemos a Manila.

Si padre me viera no podría soportarlo. ¿Cómo decirle que ha muerto Lorenzo y que mi hermana desapareció con la almiranta, la Santa Isabel y sus ciento ochenta almas? Toda mi dote, cuarenta mil ducados tragados por el mar. Ahora, desde que Álvaro murió, soy almirantesa, marquesa, adelantada del mar océano y gobernadora, aunque no significa nada: hemos perdido la flota y navego con mi segundo, Pedro ( un excelente piloto con gran experiencia, por fortuna). Pero la tensión es insoportable, no admite que la autoridad la tenga yo. Estoy convencida de que desea mi muerte. Me repugna su presencia con ese olor irreverente a franciscano rancio.

Me contó Pancha, por un primo de un criado que era vecino suyo, que, en su pueblo, Évora, declararon fiesta el día que Pedro salió de su patria. He podido leer algunas de las notas que ese malnacido está redactando sobre mí; nuestra historia, desafortunadamente, solo la escriben hombres y en su mayoría religiosos. Desde este inmenso océano a menudo grito a viva voz para que todos lo oigan: no seré para la historia una dulce damisela más, una mujer invisible, ni por cien mil ducados, pues me siento más hidalgo, y como yo todas las mujeres que sobrevivan a este viaje. Nos hemos hecho fuertes y nuestros hijos lo heredarán. Quiero, puedo y debo ser madre, y tendremos que transmitirlo a las hijas de nuestras hijas, de generación en generación y no esperar a que la historia nos haga justicia, pues de los hombres embarcados y testigos de este viaje solo mi hermano y mi marido habrían sido fieles relatores de lo acontecido, y ahora ambos están muertos.

Perder la Santa Isabel, la nao almiranta, ha sido una desgracia para nosotros, pero no es comparable con la desgracia que hemos dejado para el pueblo indio, tras nuestro paso por la isla de Santa Cruz, donde han sido las víctimas de la maldad y necedad de un traidor.

Malope, el jefe de la tribu, era un buen amigo de los españoles y también de mi marido, nos agasajó con cuatro días de intercambio de regalos. El espejo que regalamos a Malope fue mágico (debió de pensar que teníamos poderes divinos), aunque lo más popular fue la entrega de las tijeras: todos los guerreros de la tribu las estuvieron utilizando sin descanso para cortar hojas de árboles. ¡Era muy divertido ver sus caras de estupefacción! Nunca imaginé indios tan bien parecidos, tan fuertes y de tez tan clara, con sus flores rojas en la cabeza y sus collares de huesos y restos de lo que parecían espinas de peces gigantes. Una imagen que contrastaba, sin duda, con sus cuerpos desnudos para estupor de todos los que estábamos en el barco.

Un disparo en la cabeza fue el pago a su hospitalidad. Malope murió por nuestra culpa dejando huérfano a su pueblo. El castigo a los traidores fue ejemplar; cuando vi el hacha cortar el cuello de dos de los nuestros, para empalar sus cabezas a la vista de los indios, pensé que iba a desfallecer, pero me mantuve fría y soberbia. Esto no calmó a los indios y tuvimos que partir con lo que pudimos, un puñado de plátanos verdes, cocos y palmitos, y los puercos que atraparon nuestros perros. Admito que nunca vi puercos más feos.

A Juan, uno de los traidores, le perdoné la vida porque, de alguna forma, me sentía en deuda con él: mi hermano Lorenzo nunca debió tocar a su mujer Elvira, esto lo endiabló, pero solo duró unos días más con nosotros. De nuevo, Álvaro tenía razón, las flechas de los indios son dañinas más allá de la mera herida, están envenenadas…

¡Ay, Álvaro! Si hubiese tenido que imaginar el fin de tus días en esta travesía, habría pensado que sería la flecha envenenada de un indio la que te apartaría de mi lado, no la malaria… ¡Qué infortunio!

Debe de ser ya febrero…

¡Tantos días han pasado desde aquel de diciembre cuando todo se torció al límite de nuestras fuerzas…! Fue un mal mes. La navegación resultó devastadora: por el día el calor era muy intenso, tuvimos que doblar la ración de agua y triplicarla a los marineros que manejaban el barco, el sol calentaba la mugre acumulada y se nos pegaban los pies al suelo, los piojos saltaban de cabeza en cabeza y, por las noches, cuando se suponía que podríamos tener descanso, bajaban las temperaturas y pasábamos del verano al frío invierno en cuestión de horas.

A pocos días de Navidad, la llamada de auxilio desde la fragata Santa Catalina desapareció. Una nueva maldición que todos atribuyen a mi persona. La maniobra era demasiado arriesgada, socorrerlos no me pareció una opción, estaba muy oscuro y podíamos chocar con ellos y perecer todos. Quizás hayan encontrado el rumbo.

Nadie se atrevió a contradecirme, esta vez ni siquiera Pedro. Apenas unas horas antes vimos moverse la montaña, echando humo en su cumbre; parecía como si de magia negra se tratase, un mal presagio. Cuando Álvaro nos puso a rezar no hubo ni una sola alma en el barco que no se inclinara en oración ante imagen tan perturbadora. La ira de Dios se ha desatado en la naturaleza que nos rodea, no parece estar de nuestra parte. Que Dios se apiade de nosotros.

Cuando nos conocimos, Álvaro me contó que nació en un pequeño pueblo de menos de cien habitantes donde la gran mayoría eran nobles. En su primer viaje a estas tierras había perdido a su padre, Fernán. Su madre quedó desconsolada por la pérdida de su marido, y poco después por la marcha de su varón favorito, pero entendió que Álvaro estaba llamado a mucho más que a caminar por esas tierras que no le pertenecían.

Estaba soltero, tenía veinticinco años y muchas ganas de aires nuevos. En su familia, por generaciones, habían sido conocidos como «hidalgos». Él era un buen cristiano y temeroso de Dios, por eso debo darle cristiana sepultura, para que descanse en paz. Lo enterraré junto a mi hermano Lorenzo.

Su barba rubia y sus muchas pecas me gustaron desde el primer día, era un rasgo que lo diferenciaba del resto. Aunque lo nuestro no fue por amor, sino por complementarnos en una aventura de navegación, le he querido y respetado mucho. Su presencia inspiraba, además de respeto, gran confianza; no en vano nuestro rey Felipe II firmó las capitulaciones para el poblamiento de estas islas otorgándole su propiedad.

Regresó a su casa ocho años después de su primer viaje. Su madre había muerto. Él no estaba en posición de poder heredar porque su padre no era primogénito, así que regresó a Perú y allí fue donde nos conocimos. Me doblaba la edad, yo tenía entonces diecinueve años y él cuarenta y cuatro, pero no me importó: sus amables formas y su experiencia en la expedición me cautivaron; ciertamente él estaba arruinado, pero yo no.

En la caja de caudales, en una pequeña bolsa de terciopelo rojo, guardo una moneda, la misma que estos días llevo en mi mano a todas horas. Esta moneda vino en una carta de Álvaro antes de casarnos. En ella, me narraba y describía un versículo de las Escrituras sobre el reino bíblico del rey Salomón, que le proporcionaba toneladas de oro. Me contaba también las extraordinarias historias que habían difundido los incas sobre montañas de piedras preciosas y oro en tierras de su dominio (estas historias siempre llegan con el viento y el mar a todos los rincones). Álvaro, por razones inverosímiles y una serie de coincidencias, había sido designado al frente de una expedición para encontrarlas e incorporarlas al Reino de España.

Pero había otro encargo, quizá con más fundamento que el anterior, la misión encomendada era en base a los escritos de Ptolomeo, un geógrafo griego. Había escrito un libro al que pocos habían tenido acceso, Geografía, en el que describía la vasta extensión de un continente al que llamó Terra Australis, un paraíso terrenal por clima y vegetación que habían buscado sin éxito durante siglos muchos exploradores.

Álvaro inició su periplo… hace ya más de veinte años. Tras varios meses de navegación, avistaron una isla inmensa de casi doscientas leguas de superficie a la que bautizaron con el nombre de Santa Isabel. Resultó ser la más grande de un archipiélago y creyeron que eran de las que hablaban las Escrituras, las del rey Salomón. Sin rastro del oro, ni tiempo ni medios para explorarla, bautizaron el archipiélago con su nombre: Islas Salomón.

Álvaro me confesaba en la carta que, desde el primer día que me vio, quedó prendado de la fuerza de mi carácter. Cuando le dijeron que mi nombre era Isabel, supo sin dudarlo que sería su esposa. El destino a veces es caprichoso y se adelanta a nuestros designios. Lo que no me confesó, hasta días antes de su muerte, es que la isla estaba poblada por feroces indígenas que no dudaban en atacar a todos los que pisaban tierra. Encontraron cuerpos de varios marineros sin lenguas ni dientes y con claros indicios de haber sido devorados meticulosamente. Es por ello por lo que cada vez que los del barco querían bajar a hacer aguada a la isla se lo he negado sin más explicación. Son unos inconscientes, ¡hemos perdido dos de nuestros hombres por el atracón de comida que se han dado al tocar tierra!

No puedo permitir que bajen más de los imprescindibles. Si perdemos un hombre más sería problemático para manejar el barco y nos quedan muchas millas de navegación.

Además, ¿cómo podría contarles las altas posibilidades de ataques caníbales? Entonces no bajaría ninguno.

En honor a esta historia de la carta de Álvaro, y como preludio de las muchas riquezas que encontraríamos en nuestra expedición, cuando nos casamos me regaló esta moneda que guardo como un tesoro y acaricio cada día desde que murió. Tenía varias de su primer viaje a Lima, eran las de la acuñación de las primeras monedas de nuestro rey Felipe II, aunque las barras de plata siguen siendo de mayor uso, imagino, es cuestión de tiempo que las monedas se instalen para quedarse.

Recuerdo el día que Álvaro me la entregó. Una semana antes de nuestra boda en la iglesia de Santa Ana, la que fue testigo de nuestro juramento de permanecer juntos hasta la muerte, que nos ha separado en mitad de este océano. Sus últimas instrucciones fueron la modificación de su testamento: «Nombro a doña Isabel Barreto, mi legítima esposa, gobernadora y heredera universal, y señora del título del marquesado que del rey nuestro señor tengo».

Me vienen a la memoria continuamente las imágenes de la iglesia, de mi casa en Lima, con su huerto siempre lleno de limones y naranjas, granadas, manzanos, higueras… Qué paz de hogar, fue un paraíso… Con tantos hermanos, el trajín era tan intenso… Lo teníamos todo.

Gracias a mi padre siempre he tenido inquietudes y ganas de conocer y hacer más. Sé que volveré a España, tengo que cumplir lo prometido a Álvaro en su lecho de muerte. Volveré a Galicia y pasaré por el reino de León, y en todos los sitios que pueda dejaré constancia de nuestra proeza para que la historia nos recompense con la eternidad. No podemos dejar que todo quede aquí, no debemos olvidar nunca de dónde venimos y lo que hemos logrado.

Con la ayuda de Dios, no quiero morir sin cumplir mi promesa… he hallado un plano de Álvaro de un camino santo que recorrió. Debo hacer el peregrinaje para tomar contacto con mi mejor yo, el que ocultamos por miedos, venganzas, amor o rabia.

Debo hacerlo sola y tendré que vestirme como hombre. Iré a caballo para llegar antes a la tumba del apóstol Santiago… Si sobrevivo a esta expedición será fácil disfrazarme de hombre; ya pienso y actúo como ellos. Recorreré los mismos caminos que Álvaro antes de su primer viaje. Fue ese camino el que le inspiró un cambio en su vida, el que le trajo a mí en su segundo viaje.

Los designios de Dios son inescrutables.

La familia Ponce de Villasanta

El desván

Isla de Menorca, año del Señor de 1733

La casa desde donde escribo estas páginas es la que me vio nacer, desde donde aprendí a refugiarme en el inmenso mar que, inevitablemente, siempre me encontraba en el círculo de tierra imperfecto que nos rodea. Aquí es donde ha transcurrido el devenir de mi existencia, desde los años más ingenuos hasta los más difíciles de mi vida.

El viejo desván sigue siendo un sitio mágico, con su techo de madera y sus estanterías llenas de recuerdos. No es un desván habitual donde lo lógico es que el desorden impere, sino que tiene paz y calma, siempre ha sido así, quizá, porque antes que desván fue el santuario donde se guardaban de puño y letra todas estas historias que desde hace generaciones nos aguardan.

Isabel, a pesar de su gran hazaña, nunca tuvo el reconocimiento que merecía. La primera mujer en dirigir una expedición naval, y en circunstancias tan precarias, más de tres mil quinientas leguas marinas de navegación. Fue adelantada de los Mares del Sur, gobernadora, marquesa y la primera mujer almirante; de poco le sirvió si su nombre se ha olvidado. Se han acumulado ya más de cien años de ese viaje y nadie sabe quién fue. Esta trepidante aventura, a la deriva, fue tan solo una de las muchas que seguirían a su histórica llegada a puerto tras diez meses de desastres acumulados.

La expedición llegaba a su fin al grito desesperado de «Tierra a la vista» el 11 de febrero de 1596, y de las cuatrocientas personas apenas sobrevivieron un centenar. Es difícil imaginarlo. Pensar que en abril de 1595 cuatro embarcaciones (dos naos, un galeote y una fragata) habían zarpado del Callao, puerto de la recién fundada ciudad de Lima, y que regresaron como un grupo de desnutridos supervivientes, con el escorbuto alojado en sus cuerpos. Llegaban, sí, pero lejos de su objetivo, pues de las Islas Salomón y sus ríos de oro reluciente no había ni rastro. El único lujo de la expedición seguía siendo el castillo de popa de la San Jerónimo con las perlas y joyas de Isabel, que continuaba en su camarote. Parece que por fin tendrían un lugar donde hacerse notar.

Isabel arribó al puerto de Manila como si de una reina se tratara. Atrás quedaban los días de navegación con la tripulación a punto de colgar a Álvaro del palo mayor. La providencia quiso que, en septiembre, cuando la situación estaba al límite de un inminente motín, toparan con una isla a la que bautizaron como Santa Cruz, en la que Álvaro Mendaña ordenó de inmediato construir varias casas y una iglesia. Cuando la acabaron, bajo una improvisada cruz de madera, con el ruido de los tambores de fondo, juró por Dios y por el rey traer la palabra del Evangelio a los que allí encontrasen. A la villa la llamó Santa Isabel, en honor a su esposa, la que más había rezado durante la travesía para que no le colgaran.

Isabel nunca se quejaba, estaba convencida de que el Señor Padre Todopoderoso los cubría con su sombra, aunque en sus plegarias no debió de incorporar la malaria. Junto con Álvaro Mendaña fueron casi cincuenta vidas las que se llevó en poco menos de un mes. Aunque la malaria no hubiese hecho estragos, lo cierto es que aquel enclave no eran más que unas cuantas cabañas de madera donde la convivencia se había vuelto imposible, primero por los continuos ataques de los nativos tras el conflicto con su jefe Malope y, sobre todo, por el desánimo y la rabia cuando descubrieron que allí no había ni oro ni riquezas.

«Bendito el día que levamos anclas de la maldita isla de Santa Cruz» era una frase recurrente de Isabel, que Pancha, a lo largo de su vida, solía repetir a menudo cada vez que algo no le iba bien. María Francisca Santana es la primera mujer de nuestra familia que recordamos y a la que aún hoy honramos. Su historia es la nuestra.

Siempre la llamaron Pancha. Había nacido en Pontevedra, de familia de hidalgos descendientes de una orden católica medieval de valientes guerreros que lucharon contra los moros. Sin hermanos varones, era la segunda de cinco, su futuro estaba inevitablemente entre las paredes de un convento. Ante esta perspectiva cuando supo que «la Barreto» salía hacia el Perú, no dudó en presentarse en su casa y jurarle lealtad; lo hizo exagerando una trágica pose, de rodillas y besándole ambas manos sin parar. A Isabel le gustó su honestidad y su cómica actuación.

Pancha no tuvo ningún remilgo en confesarle que su propósito era llegar a cualquier virreinato para casarse y tener una familia, el cuándo, dónde y con quién era lo menos importante.

El día que dejaron la isla fue la propia Isabel la que ordenó la salida al grito de «¡Levad anclas!».

Y fue así como salieron precipitadamente de la isla de Santa Cruz. La travesía hasta Manila fue muy dura, todos los días fallecía alguien de fiebre, de desnutrición, de escorbuto… Partieron tres naves: de una de ellas nunca más se supo, que Dios los acoja en su reino. La galeota San Felipe sí logró llegar a Mindanao algún tiempo después, la providencia divina quiso que cerca tuviesen un convento de jesuitas que se encargaron de alimentarlos y cuidarlos hasta que pudieron retomar la navegación.

Pancha juró a Isabel que, si sobrevivían, nunca más se embarcaría en una expedición, que se dedicaría a su único objetivo en la vida: buscar un esposo y tratar de olvidar tanta muerte, tanta penuria. Pancha sabía perfectamente que hacer una promesa en voz alta y jurarlo por Dios la libraría de volver a navegar con Isabel, pues en los barcos las supersticiones tenían mucho peso. Nadie iba a querer que embarcara una persona capaz de romper un juramento con el Santo Padre; desde luego, no en su expedición.

Cuando llegaron al puerto de Cavite, Isabel fue recibida como la mismísima Reina de Saba, título que mantuvo por su hazaña en Manila, donde gozó de un estatus excepcional. Todos querían conocerla y saber de su travesía, querían oírla contar los detalles de la expedición. Cada día mantenían reuniones y asistían a actos sociales en honor a Isabel, que sabía cómo deslumbrar a los más influyentes.

Todos quedaban atónitos ante sus relatos. Pancha Santana tocó el cielo con ambas manos durante su estancia en Manila, su señora era agasajada cada día de la semana con almuerzos, bailes y banquetes, y por supuesto no asistía a ningún acto sin llevarla con ella. Los caballeros y nobles solteros formaban parte de una larga lista de pretendientes con una dura batalla por la conquista de la señora marquesa, la valiente viuda.

Tras su llegada, habían dispuesto una magnífica casa donde alojarla. Todos los días llegaban flores y regalos que se acumulaban quedando repartidos por todos los rincones de su nuevo hogar. Pocos entendían que ella era una mujer muy inusual, pues lo que ganaría su corazón no eran las flores, sino los barcos.

En cuestión de meses, Isabel ya había identificado a un potencial marido, Fernando de Castro, el sobrino del gobernador, un comerciante muy rico al que convenció, sin mucho esfuerzo, para reparar la nao San Jerónimo e iniciar un nuevo viaje de comercio con sedas de la China. Tras el riguroso e imprescindible año de luto, se convirtieron en marido y mujer.

En la lista de candidatos de Isabel, por inercia y desamor, muchos tocaron a la puerta de Pancha, que era una mujer muy hermosa y, aunque no era de casa noble, era tanta la necesidad de mujeres en aquellas tierras que tuvo donde elegir. Se decantó por un comerciante que estaba de paso en Manila de regreso a España, tenía una flota de barcos mercantes en una isla de nombre Menorca, un lugar del que nunca había oído hablar.

—Pancha, querida, la isla es un paraíso, pero no te dejes engañar —le advirtió Isabel—, su posición la hace un lugar difícil para mantener una vida tranquila.

—No entiendo, ¿a qué diantres te refieres? —La falta de visión del peligro era lo que hacía a Pancha tan fuerte.

—Piénsalo bien —su ceja derecha arqueada era señal de aviso que había que tener muy en cuenta—. Su ubicación la convierte en motivo de ataques continuos, cuando no son los barcos de los reinos europeos enemigos al Imperio, son los de piratas otomanos que la quieren dominar. Debes saber que, de lograrlo, serían los dueños de la zona marítima, y controlarían el comercio en el punto más estratégico.

Pancha solía encogerse de hombros con datos que consideraba irrelevantes. Si había logrado sobrevivir la travesía con su señora no podía imaginarse que nada fuese más duro o arriesgado. Su misión no se había desviado ni un ápice, quería encontrar un buen marido.

—Dionisio Salvador es un hombrecillo tan curioso… —al tono pícaro de Pancha solía acompañarlo un retintín muy cómico y bien estudiado—. No suena nada mal lo de ser la señora de Ponce de Villasanta.

Un mes después de la boda de Isabel, Pancha consentía ser la esposa de Salvador Dionisio Ponce de Villasanta. La premura de la marcha tan solo unos días más tarde aseguraba el rumbo a su nuevo hogar, donde desembarcaría casada y con ganas de empezar una familia. Nunca pudo imaginar el sufrimiento que sus descendientes encontrarían a orillas de estas aguas.

Así fue como los manuscritos de Isabel llegaron a nuestra familia, gracias a nuestra tatarabuela Pancha, su dama de compañía y amiga fiel hasta la muerte, con la que mantuvo una continuada correspondencia. Cuando embarcó con Isabel, Pancha no sabía leer; aprendió a hacerlo a duras penas gracias al empeño de Isabel, pero nunca tuvo el ánimo de la escritura, lo que sí tenía era buenas dotes de mando. Tan pronto llegó a su nuevo hogar, hizo que le pusieran a disposición a un escribiente para asegurarse mantener viva su relación epistolar con la mujer más importante de su vida y, de ese modo, logró transmitir a los suyos la necesidad de perpetuar su historia y la de Isabel a través de sus cartas, cumpliendo así con uno de los deseos que le expresó antes de morir.

Pancha lo cumplió con su hija primogénita y la hizo heredera de los manuscritos. Bajo promesa en su lecho de muerte Pancha la comprometió a mantener no solo la historia de Isabel, sino la de nuestra familia. Por generaciones venideras esta tarea se ha encomendado a la primogénita al cumplir la mayoría de edad; los manuscritos dejaban de ser un secreto, la elegida debía tomar conciencia de su legado y de la obligación implícita de contarlo y mantenerlo.

Desde entonces, la primera nacida en el seno de nuestra familia debía recibir un trato distinto al del resto de mujeres de la época. Siempre hemos sido unas privilegiadas al disponerse que tuviéramos el mismo nivel de educación y preparación que los varones, un atrevimiento no siempre recibido con agrado. Gracias a este pacto familiar, somos una generación de mujeres fuertes, sabias y mejor preparadas para las vicisitudes.

En estas cajas del desván hay mucho más que la historia de una familia, hay una historia de superación que, con el amor por bandera, ha logrado vencer los sinsabores de la vida, los desgarros de la muerte y las cicatrices de la traición. De superación ante la adversidad en esta familia sabemos mucho: mi hermana Matilde es mi referente más cercano, símbolo de la fuerza y el coraje.

Talina… Solo una persona en el mundo me ha llamado así. Es curioso cómo una palabra puede evocar y traer de golpe el pasado a la mente. Aquí en la isla todos me conocen como Doña Catalina. Matilde siempre me llamó Talina, hace mucho tiempo que no oigo ese nombre y hoy me sorprendí diciéndolo en voz alta. Fue mientras revisaba el viejo arcón en busca de una de las cajas azules que me trajeron desde tierras lejanas. Sin rastro de las cajas, lo que sí encontré fue una de sus cartas que empezaba así:

«Mi querida Talina, que la fuerza del mar la mantenga a salvo de los ataques del viento».

Cuánto la echo de menos, cuánto me queda por contarle…

Desde que nació, mi hermana vivió en un entorno muy diferente al mío. Ella siempre fue espíritu rebelde con una vida llena de giros inesperados que la hicieron ser una mujer ajena a su época.

Aquí tengo guardada su correspondencia, pero me faltaba esta carta recién encontrada. La llevé junto al resto de cartas. Las de Matilde estaban organizadas en dos bloques: con lazos negros los que portaban malas noticias; con blancos los de asuntos cotidianos o buenas nuevas. Por desgracia, acumulaba más correspondencia con lazos negros que blancos.

Su relato empieza con el recuerdo del día que por fin conoció a su padre, Eusebio.

Catorce de abril

Isla de Menorca, año del Señor de 1694

Era una agradable mañana, ni una sola nube. Los gallos ya habían dejado de cantar, me habían dejado dormir más, aunque no era domingo. Al despertarme, bajé a la cocina. Como de costumbre, me habían preparado un vaso de leche con una hogaza de pan y mermelada de las fresas del huerto del abuelo Pedro. Joan entró apresuradamente a la cocina y nada más verme me dijo en un tono más serio de lo habitual:

—Matilde, arréglate, hoy es el cumpleaños de tu madre. Ponte tu mejor vestido tan pronto acabes de desayunar, tenemos que partir antes de una hora.

Me apresuré con el desayuno, subí a mi alcoba y me puse un vestido de los tres que tenía. Les tenía pavor a estas prendas de niña, siempre vestía como un chico para poder trepar a los árboles y no entendía por qué me tenía que poner ese trapo tan absurdo. Siempre me confundían con un chico y a mis cinco años era todo un halago. Nos pusimos de inmediato en camino hacia la casa de mi padre. Una hora a caballo en la que mi tío Joan inició un monólogo ininterrumpido; no me atreví a decir ni una sola palabra, pues recuerdo que la severidad del tono de su voz me hizo enmudecer.

Esa misma secuencia de acciones se repetiría una vez al año, con el mismo monólogo, en el mismo camino, al trote de su mejor caballo, con una cascada de palabras ininteligibles, casi absurdas para una niña de mi edad. Esas palabras se convertirían en un eco para el resto de mis días, se repetirían cada catorce de abril hasta que cumplí los quince años.

—Matilde, no podemos elegir los padres al nacer —notaba su respiración alterada—. Este es un designio de la naturaleza y quien te diga que es un designio divino te miente porque Dios no existe. Si existiera, nunca habría permitido un padre como el que tú tuviste la desgracia de tener. Un hombre débil y vulgar, que tu madre tuvo la mala hora de encontrar en su camino —aceleró instintivamente el trote del caballo—. ¡Maldito bastardo!

Unos minutos después continuó:

—Si Dios existiera tampoco habría permitido el monstruoso engendro que tuvimos tu madre y yo como padre. Aún puedo olerlo, todavía veo sus sucias manos y su asquerosa barba. En sueños me imagino que no fue el acantilado lo que lo mató, sino yo clavando un cuchillo largo y afilado, poco a poco en su sucio y apestoso cuello.

Estaba acostumbrada a oírlo hablar así de su padre, sus palabras no me causaban ni sorpresa ni temor. Tras una agitada respiración, que le turbaba cada vez que hablaba de él, se produjo un silencio de apenas un minuto. Con el eco de los cascos del caballo volvía su voz grave y ofuscada.

—Pero no vamos a hablar de mi padre, vamos a ir a ver al tuyo. Para hacer justicia, vamos a asegurarnos de que nunca tenga descanso, hoy vamos a traer paz a la tumba de tu madre y a la tumba de tu abuela —dijo la frase veloz, sin apenas respirar—. Matilde, hoy conocerás a tu padre. No sientas compasión por él, no la merece. Le perdoné la vida, porque tu madre tuvo la osadía de suplicármelo en su lecho de muerte. Debo cumplir mi palabra, pero no perdono ni a ella por su terquedad ni a tu padre por su debilidad. —Yo iba sentada delante de él y mi visión era la del caballo y sus manos tomando las riendas—. Tan grave es hacer el mal como permitir que ocurra. Matilde, presta atención, ¡esto que te digo es una orden!

Vi cómo sus manos hacían parar al caballo. Soltó las riendas y me puso frente a él de pie en la silla, con su dedo índice apuntando justo delante de mi diminuta nariz, me dijo con la usual voz enfurecida a la que ya me tenía acostumbrada:

—¡Nunca olvides tu derecho, el que yo te otorgo desde hoy y por el resto de tus días! Cuando haces el mal en nombre de la justicia todo vale. Recuérdalo bien, ¡todo vale!

Es fácil de entender que sea rotunda al afirmar que nunca me ha gustado visitar la casa de mi padre. Ahora, con los años, teniendo una perspectiva más clara de las circunstancias de mi niñez y adolescencia, no es de extrañar que mi vida haya girado en torno a la desconfianza, sobre todo, en torno a la figura paterna, ausente, inerte, sin voz. Desde el primer día su incapacidad quedó confirmada ante mis ojos, que con el pasar de los años quedaron vendados, por la ira y el odio que Joan, a pesar de lo mucho que me quería, había sembrado en nuestra convivencia. Su carácter agrio y su dolor tuvieron consecuencias de profundo calado para el resto de mis días.

Es sorprendente que, cada año, el decimocuarto día del mes de abril, asumiera la tarea, sin parpadear, como si fuera un acto ajeno a mi cuerpo. Subía al caballo y los segundos, los minutos, las horas de ese trayecto de ida y vuelta se convertían en una repetición banal y sin sorpresas. Un ritual que yo establecía en mi mente casi como si de un sueño se tratara. Al final del día pensaba que no había acaecido, que era fruto de mi imaginación, una especie de juego malvado que solo anunciaba su fin con el trote del caballo en el camino de vuelta, siempre en el silencio más absoluto, tanto el mío como el de Joan.

La que nunca borré de mi mente fue la de aquella primera vez. Cuando llegamos a casa de mi padre estaba todo previsto, nada era casual, se seguía un guion con instrucciones precisas y el incumplimiento del más mínimo de los detalles tendría repercusiones aún más dolorosas para Eusebio, mi padre. La puerta estaba abierta, a la espera de nuestra llegada.

Joan entraba con paso firme, los tacones de sus botas retumbaban en el suelo de madera de la humilde cabaña, su fuerza al pisar hacia temblar sus cimientos. Joan se transformó en un elefante, su larga trompa en un látigo en sus manos, el mismo que tantas veces le había visto usar con los animales.

Había una joven de pie junto a la chimenea. Mi padre ya estaba de rodillas con la cabeza agachada de espaldas a la puerta. Mi tío, sin mediar palabra, le llenaba la espalda de latigazos (sobre las marcas de cicatrices de otros muchos) y los contaba en voz alta sin pasión, ni emoción alguna, solo con un silencioso odio frío. Ante mi atónita mirada, toda la estancia se llenó de diminutas gotas de sangre que aumentaban el rojo de su tinta con el avance de sus palabras: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, y así hasta treinta y uno, la edad a la que murió mi madre.

De este modo, me enfrenté al miedo y supe por primera vez lo que era el terror. Tanto fue mi desconcierto que al ver que algunas de las gotas de sangre salpicaban mi impecable vestido perdí el conocimiento y desperté en los brazos de la joven de la chimenea, que acariciaba con dulzura mi pelo rizado.

—Mi niña, preciosa Matilde, soy tu hermana Catalina. —Sus ojos eran todo ternura—. Tenía muchas ganas de verte, pequeña, eres la viva imagen de madre. Juro por Dios que conseguiré ser parte de tu vida. No volverás a estar sola. No lo voy a consentir, no importa lo que me cueste —continuó acariciándome el pelo, que era tan castaño y rizado como el suyo.

Me llevó en brazos hacia el caballo donde ya esperaba montado Joan y se dirigió a él, sin miedo, con un tono de voz en una mezcla imposible de sensatez y fuerza que logró impresionar a Joan lo suficiente como para que esperara a escuchar todo lo que tenía que decirle:

—Joan, llevo los cinco últimos años de mi vida siendo testigo de esta atrocidad que te empeñas en continuar. No voy a hablar ni de ti, ni de mi padre, ni de lo que pienso sobre esta simiente de odio que no deja de florecer, pero sí te voy a hablar de lo que significa ser una niña y presenciarlo —se acercó al caballo y agarró las riendas como si quisiera asegurarse de que no se iría sin oírla—. Hoy has cometido un error al traer a Matilde contigo; si no le pones remedio crecerá débil e inútil, asustada del mundo o amargada y malvada como tú. Esta niña necesita un amor que tú eres incapaz de darle. Matilde es mi hermana —perdió la calma y exclamó—: ¡Es tan solo una niña, por todos los santos! —Visiblemente emocionada, tras una meditada pausa, continuó— A partir de mañana iré todos los días a verla, y me encargaré de su educación como habría sido el deseo de mi madre, yo soy responsable de su legado.

Antes de subirme al caballo, mi hermana Catalina me besó tiernamente en la mejilla, poniéndose de rodillas para estar a mi altura.

—Talina —dije—, ¿de verdad eres mi hermana? ¿Cómo era madre?

—Mi niña, mañana vendré a verte para enseñarte muchas cosas que te convertirán en una mujer excepcional porque tu destino solo puede ser excepcional.

Joan nos interrumpió bruscamente:

—¡Basta ya! Acepto que vengas y la instruyas, pero para ello tendrás que demostrar que estás preparada y no podrás hablarle de mi hermana hasta que cumpla los dieciocho años. Matilde será una mujer fuerte por dentro y por fuera, nadie nunca podrá hacerle daño, así que procura que nada de lo que le enseñes se interponga en ese camino o desaparecerás de nuestras vidas en un pestañeo.

Allí mismo, asintiendo con la cabeza, aceptó Catalina sus condiciones. Joan estaba convencido de que el conocimiento de los detalles de la vida de nuestra madre me convertiría en un ser débil y vulnerable. Ahora entiendo cuán equivocado estaba al juzgarla como una mujer frágil; con los años, la sabiduría y la compasión me han hecho ver que, en realidad, su muerte lo hizo débil a él, dejándolo en la más absoluta soledad. Marla era su hermana pequeña, pero el afecto y el amor que sentía por ella superaba el de un hermano: era su mejor amiga, su referente, su única familia.

Desde que nació, se empeñó en protegerla, en cuidarla; ella era su único contacto, su único acceso a la fragancia del amor y, cuando murió, la hizo responsable de esa soledad insoportable que se convirtió en una nueva forma de odio. Sus maneras se hicieron cada vez más primitivas y su habla, tosca y severa. Quizá yo fui su única esperanza de retomar, de poder rozar la superficie del amor. Los caprichos del destino para unos y los designios de Dios para otros, el día que nací me removió de los brazos de la muerte y me llevó con él. Esta inesperada responsabilidad fue, probablemente, la que le salvó de la locura.

Lo primero que hizo fue solicitar que me cambiaran el apellido para que me llamase Matilde Ponce de Villasanta, como él, y lo logró a cambio de un pago muy alto, tuvo que permitir que me bautizaran. Esa fue la única vez en mi vida que pise una iglesia con él. Crecí sin madre, solo tenía a Joan. Siempre me trató sin ira, que no es lo mismo que con amor. La ausencia de cólera en su comportamiento era inusual y la máxima representación de cariño que él era capaz de expresar fue su lenguaje agrio, que yo asumí como propio por muchos años.

Talina, como siempre he llamado a mi hermana, llegó con vientos nuevos y pasó a formar parte de mi vida. Cada semana, de lunes a sábado, venía a verme durante cuatro horas. Siempre llegaba cargada de libros y me impartía clases de Latín, Griego, Historia, Geografía, Aritmética, Geometría… la lista era infinita. Me convertí en un gran reto para ella, me quería cerca, y cuanto más tiempo mejor.

Cuando acababa mis clases dedicaba el resto de sus horas libres a ampliar sus conocimientos para poder mantenerse instruida, nadie en la isla podía tener más conocimientos que ella, nadie debía ser mejor que ella. Solo así se garantizaba que no habría candidatos para optar a su puesto.

Joan, de forma aleatoria y sin preaviso, traía a casa a los intelectuales de la isla, personas muy reconocidas por su encomiable preparación y conocimientos. Les ofrecía unas sumas de dinero poco habituales, los candidatos siempre estaban dispuestos a acceder a la prueba. Solía entrar con ellos en el salón, los dejaba de pie en la puerta mientras se encendía un cigarro, y se sentaba en su sillón. El tufo del humo lo contaminaba todo y, de pronto, el desconocido, sin decir palabra, empezaba a darme una clase que había acordado con Joan; la lección debía ampliarla Talina con datos adicionales.

Al final de la clase, Joan, que había permanecido en el sillón sin emitir sonido alguno, hacía una evaluación muy personal sobre los conocimientos de ambos. Pretendía que no le importaba que ella fuera su sobrina, decía de forma severa en su discurso de conclusiones que lo importante era mi educación, y yo debía tener siempre lo mejor, pero lo cierto es que Catalina siempre se quedaba.

Es un hecho incontestable que mi hermana trabajaba muy duro para que Joan nunca tuviera dudas sobre su capacidad. Así fue logrando que dejara de verla como una incompetente. Devoró libros, primero los de la desvencijada biblioteca de nuestra casa y luego fue en busca de nuevos tesoros, visitando todos los rincones intelectuales de Menorca, con el firme propósito de poder conocer la inmensa mayoría de los libros que había repartidos por la isla.

Aprendí lo que los libros te pueden enseñar gracias a la apasionada constancia de Talina. Crecí en su disciplina y con la sombra de Joan perenne en nuestro entorno. Él fue el que me instruyó y me preparó para afrontar las maldades de la vida que siempre parecían querer golpear en nuestra puerta. Mi entrenamiento y preparación para la adversidad incluía una excelente forma física. «Cuerpo fuerte y mente fuerte, necesitarás ambas», me decía continuamente. Se encargó de entrenarme en el arte de la espada, el tiro con arco y, mi actividad favorita, el manejo de barcos, una actividad de entrenamiento arduo y fundamental para la supervivencia cuando vives en una isla con un enclave tan disputado como el nuestro.

Terminé dominando la fuerza de los vientos en sus velas rebeldes y reconociendo el rumbo que debía marcar, pero a lo que más horas dedicábamos era a los caballos: mi tío se esforzó para que me convirtiera en una amazona experimentada, la mejor de toda la isla, la más veloz, la más atrevida, la más temida… Una amazona a su imagen y semejanza.

Joan repudiaba de manera pública la religión y la Iglesia. Por esa razón, cada domingo desde que cumplí los ocho años me llevaba de cacería. Su objetivo era evitar mi asistencia a la misa de la iglesia del pueblo, que estaba a escasas diez varas de nuestra casa. Desarrollé un instinto de supervivencia en medios hostiles, las jornadas eran intensas, a veces no volvíamos de la cacería en una semana y nuestros únicos recursos durante esos días no eran otros que los que la propia naturaleza ponía a nuestro alcance.

Me convertí en una mujer subversiva, arisca, valiente y orgullosa. Mi hermana me decía que era excepcionalmente bella, pero el reflejo de mi imagen nunca me hizo sentirlo en modo alguno. Yo solo respetaba a dos personas: a Joan y a Talina. Sentía un amor inmenso y una gran admiración por ella. La mujer simbolizaba todo aquello que añoraba, la ausencia del amor de una madre, la dulzura, la elegancia, la estabilidad emocional. Joan y Talina eran mi universo, el resto del mundo eran meros peones para mí, como los de un tablero de ajedrez a los que podía eliminar en un continuo jaque mate, a mi antojo, con astucia y buena estrategia.

A mi padre seguía viéndolo una vez al año, de rodillas. Joan venció la batalla, logró que llegara a repudiarlo; lo veía deleznable y carente de valor. ¿Cómo podía mantenerse ahí?, sin inmutarse, sin revelarse contra la insoportable tortura año tras año. Ahora yo también le hacía responsable de la muerte de madre, solo porque Joan así me lo había hecho creer, sin más explicación que su palabra.

Pobre diablo, Eusebio vivió hasta el fin de sus días atormentado. Todos los años, en el cumpleaños de su difunta esposa, le hacían responsable de su muerte, recordándole con cada latigazo que había sido su debilidad y su falta de protección lo que había acabado con la vida de mi madre. Todo este dramático entorno catapultó cualquier posibilidad de que yo pudiera tener el mínimo interés de recuperar mi vínculo paterno con él.

A los pocos meses de mi decimosegundo cumpleaños, don Pedro, mi bisabuelo, empezó a sentirse muy enfermo. Vivía solo y era muy testarudo, nunca quiso a nadie del servicio en su casa y, aunque vivía a escasos pasos de la residencia familiar, ni siquiera permitía que la cocinera pudiera acercarse, Joan era el único que lo veía casi a diario. Don Pedro era un hombre de pocas palabras o al menos eso pensaba yo.

Su mal estado de salud empezó a preocupar a mi tío. Se las ingenió para encontrar una excusa para que le hiciera compañía, aludiendo que quería su opinión sobre mis avances con Talina. Comencé mis visitas diarias después de mis tutorías, debía leerle libros de su elección y debatir sobre lo que descubríamos entre páginas elegidas al azar. Recuerdo el día que Joan me informó de mi nueva tarea:

—Matilde, don Pedro está muy desmejorado, los años no perdonan a nadie —su rostro, con el ceño fruncido, una señal de preocupación que Joan nunca podía ocultar—. Quiero que vayas cada día a verlo y te encargues de que coma bien, asegúrate de que tiene todo lo que necesita —después, agarrándome suavemente de los hombros, concluyó—. Le hará bien tu presencia.

El encargo de Joan no me apasionaba, pero lo asumí sin más, como un buen soldado. Mi relación con don Pedro nunca la había percibido como un vínculo familiar pues en la mayoría de las ocasiones era obvio que me evitaba. Nunca fue rudo o mal educado, era aún peor, indiferente a mi presencia, yo era invisible a sus ojos.

En casa siempre me refería a él como el abuelo don Pedro. Él era el padre de Amanda, la madre de Marla, mi madre y, por tanto, era mi bisabuelo y el único abuelo que conoció Joan. Me fascinaba verlos en su peculiar relación. Siempre se dirigía a él con un tono muy serio y respetuoso, lo llamaba don Pedro y solía contestarle con breves palabras. «Sí, don Pedro…, por supuesto, don Pedro…, así se hará, don Pedro…».

Así empezó mi rutina. Llegaba a su casa por la tarde y le leía un capítulo del libro que habíamos dejado abierto el día anterior, siempre obviábamos la presunta discusión que debíamos tener sobre su contenido.

Cuando terminaba mi tiempo, según lo marcaba el reloj de arena de la mesita del salón, se levantaba y, en la mayor de las indiferencias, me hacía partícipe de su rutina sin mediar palabra, daba de comer a sus perros, sacaba el arcabuz de su tatarabuelo (un arma muy ruidosa y destartalada que era casi más alta que yo) y lo guardaba en el armario de la entrada. Su mango tenía el escudo de nuestra familia grabado en exquisita madera de cerezo. El abuelo lo usaba todos los días para ahuyentar con un tiro a los pájaros del tejado, luego se ponía su chaqueta de paño verde para una cita diaria e ineludible. Cada día, lluvia o nieve, viento o granizo, iba a visitar la tumba de su mujer, mi bisabuela. De ella solo conocía su nombre: Matilde. A mí me bautizaron en su honor.

Su tumba estaba en el camposanto que teníamos en la finca, tras la ermita, debajo de un árbol muy viejo con un tronco gigante y unas ramas largas y frondosas que caían hasta el suelo. Allí había una piedra rectangular, fría y gris con su nombre ocupando la piedra de extremo a extremo, en letras mayúsculas, «MATILDE», sin cruz, sin flores, sin fechas. La primera vez que la visité fue con Joan. Recuerdo que me pareció muy extraño ver una tumba con mi nombre. El día que acompañé al abuelo vi la piedra de otro modo, comprobé el dolor de don Pedro. Ese fue el día que comprendí que nunca me llamara por mi nombre, él siempre se dirigía a mí como «jovencita».

Los primeros meses de mi nueva tarea fueron un ajuste temeroso del tiempo, que pasaba en alerta constante. Al principio su presencia me intimidaba, pero pronto se convirtió en una rutina de paseos y lectura. Con la llegada de la primavera el abuelo parecía sentirse mejor y empezó a mantener conversaciones más allá de los monosílabos que acostumbraba. Las charlas se iniciaron tímidamente, le gustaba contarme historias de sus años de juventud en la isla, lo que hacía cuando tenía mi edad, asuntos sin especial relevancia que me gustaba oír.

Don Pedro sabía atraer toda mi atención por su profundo tono de voz e inusitada calma en los relatos. Cuando me contaba sobre su pasado, sobre su adolescencia, era muy amable; el resto del tiempo solía ser soberbio y agrio. Era un hombre enfadado con el mundo, sus ademanes eran una réplica de lo cotidiano de Joan, era su vivo retrato, si bien en lo físico no se parecían en nada, en el carácter eran dos cerezas colgando del mismo pedúnculo. Astutamente decidí fomentar su lado más tierno suplicándole que me contara más detalles sobre su vida de adolescente en la isla.

—Jovencita, no quiero aburrirte más con los detalles de mi entrenamiento militar, que fue duro e intenso. Con apenas nueve años ya estaba embarcado y con sable en mano, el arte de la guerra es el arte de la supervivencia, y en esta isla sabemos mucho de eso.

—¿Por qué, don Pedro? ¿Qué tiene de especial nuestra isla?

—Nuestra isla tiene el mejor puerto del mundo. Desde aquí se controlan dos continentes y la ruta comercial marítima más influyente, la del Mare Nostrum. Desde tiempo inmemorial —extendió su mano derecha y con la izquierda empezó a contar con cada dedo— hemos sido invadidos, asediados, conquistados y reconquistados —me puso en la cara los cuatro dedos perfectamente estirados— y esto nos hace ser desconfiados, nos pone en alerta —se agachó, cogió un montón de tierra y me la mostró—. Esta es Menorca, la deseada. Esta ciudad fue un municipio romano, y los aristócratas y comerciantes se mudaron aquí primero mucho antes que a nuestra capital actual —su tono se enfureció—. ¡A ver si se lo aprenden los vecinos de Ciudadela para que dejen de pavonearse con tanta pelea de superioridad! No pueden creerse más que nosotros, manada de mamarrachos… Esos mediocres campesinos se quedaron en eso, en meros agricultores, cuando el mayor imperio del mundo se instaló en este lado de la isla, en nuestro lado, el de los valientes y guerreros —la palabra guerrero le hizo erguir el pecho de forma inconsciente.

—¿Y por qué ya no hay romanos, don Pedro? —Mi tono era de una inmensa ingenuidad.

—Esto deberías preguntárselo a Talina —su tono de ofuscación ya era habitual para mí y había dejado de intimidarme—. No soy yo el que debe darte clases de Historia… creo que ya está bien por hoy.

—Está bien, pero solo dígame quién vino después de los romanos, así ya me lo sé y sorprendo a mi hermana en la clase de mañana…

—¡Nunca te cansas! —Puso sus brazos en jarra—. Llegaron los bárbaros, unos vándalos y crueles sanguinarios con un inmenso odio a los católicos. Arrasaron con todo lo que encontraron. Fue tanto lo que confiscaron que llegaron a usar en la confección de sus uniformes lo que robaban de las iglesias. Estuvimos malviviendo con estos bandidos hasta que se apiadó de nosotros el emperador bizantino que, por cierto, se llamaba Justiniano. Imagínate, jovencita, ¡con ese nombre tenía mucho por hacer!

—¿Y qué pasó luego, abuelo?

Era la primera vez que le llamaba abuelo. Se quedó perplejo y me miró fijamente a los ojos, pero unos segundos después siguió hablando como si nada:

—Pero ¡qué pesada eres, jovencita! —Se levantó de la silla y se dirigió hacia la puerta—. A tu edad deberías estar aprendiendo a coser para tener un ajuar decente —me indicó el camino para que saliera.

Mis ojos se abrieron como platos y mi cara de furia le hizo soltar una sonora carcajada.

—Ya veo que lo de coser y casarte no te quita el sueño… —Cruzó sus brazos y continuó en un tono más afable— Pues lo que pasó es que llegaron los árabes y nos incorporaron al Califato de Córdoba, al menos de esos necios sí sacamos algo bueno, los caballos. Siempre han sido muy importantes en nuestra familia.

—¿Por qué, abuelo? En la isla hay muchos caballos, no veo nada especial más allá de que nosotros vendemos más caballos que la mayoría.

—Es cierto que hay muchos caballos, pero en pocas familias los tratan tan bien como nosotros, por eso tenemos los mejores del reino, cuando llegan las escuadras españolas siempre nos compran varios. Además, tú deberías saberlo, desde que tenías cinco años has estado montándolos, seguro que no ves muchas amazonas en la isla.

—Es cierto, las señoras siempre me miran mal, pero a mí no me importa, ese es mi momento favorito del día.

—Dale las gracias a mi abuela doña Pancha que fue la primera mujer que se recuerda en la isla capaz de montar mejor que cualquier hombre. En sus años de moza casadera en su ciudad natal, Pontevedra, no hacía nada fuera de lo habitual. Por avatares del destino conoció a doña Isabel y gracias a ella logró aficionarse a los caballos, y resultó tener un don para cuidarlos y montarlos.

Lo mejor en la vida son los retos de aquellos que admiras. Doña Isabel le advirtió que si no montaba a caballo tampoco «montaría» en su barco. Tenía ocho meses para demostrárselo. Se empeñó con ahínco y, antes de que zarpasen, le demostró lo buena que era.

—¿Quién era doña Isabel? ¿Por qué iban a embarcarse juntas? ¿Por qué eran muy buenas amigas? ¿Y adónde fueron navegando? —La velocidad de mis palabras me había dejado sin aliento.

—Las preguntas siempre de una en una que si no acabarás no teniendo respuesta alguna, sé paciente. A ver, siéntate, niña —cerró la puerta y volvimos a acomodarnos en la mesa—. Doña Pancha fue la dama de compañía de doña Isabel Barreto. Así fue como conoció a su marido, mi abuelo. Todo esto aconteció en tierras muy lejanas.