La casa y la isla (AdN) - Ronaldo Menéndez - E-Book

La casa y la isla (AdN) E-Book

Ronaldo Menéndez

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Beschreibung

Anabela y Rebeca comparten un pasado adolescente de amores y traiciones. Años después sus vidas vuelven a cruzarse en torno a un joven médico revolucionario cubano, que ha decidido no volver a ejercer ni salir jamás de su casa. Esta especie de 'inxilio' se convierte en el núcleo de una historia trepidante donde el autor interviene como un personaje más, tejiendo las biografías de estos tres personajes y la suya propia. " La casa y la isla " es la novela de la post Revolución cubana que hasta ahora no se había escrito: humor, drama psicológico, pasiones desbordadas y una profundización en la compleja realidad de la isla, volcado en un lenguaje de sólida elaboración y ritmo taquicárdico. La Habana bohemia y decadente, reverberante y canalla, de escritores 'vigilados', exiliados latinoamericanos y burguesía socialista. Se explora desde distintos ángulos la lucha por la libertad, la esperanza, el exilio y las ilusiones perdidas de un proyecto político heredado por esa generación de jóvenes cubanos que no formaron parte de la Revolución, pero que hoy protagonizan el presente de la isla.

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Seitenzahl: 474

Veröffentlichungsjahr: 2016

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Índice

RITMO TELÚRICO

ANABELA

Puro teatro

Los trabajos y los días

La Lenin

Antes del primer día

El hombrecito nuevo

Fiesta, forever

Noches de cubalibre y rosas con espinas

La abuela

El amor da cólera

La Asamblea por la Educación Comunista

Kiss

Algo diferente

El silencio del cordero

El vacío

MONTALBÁN

DJ

Negocios de familia

Fresquito y casi coleando

Unos tipos con suerte

La tía del héroe

Eros y casi thanatos

Thanatos

El Establo (1)

La poesía es un arma cargada de friquis

El Establo (2)

Contacto del tercer tipo

Aquellos maravillosos ochenta

Confidencia unilateral

Angola

Un recibimiento por todo lo alto

Gabinete de crisis

Apocalipsis now

La última palabra

El vacío

RITMO HESICÁSTICO

Créditos

A Teo, la isla envuelta,la casa que ya no será suya

Estábamos en una isla, debes entender muy bien esto no solamente para entender la realidad, sino también para comprender nuestra posición ante aquella realidad. El que nuestra isla no estuviera rodeada agua sino de tierra firme no cambiaba para nada la situación, ni tenía por qué disminuir el aislamiento. Lo único que podíamos hacer era intentar vivir allí, cultivar la isla y valernos de aquellos pobres objetos que habíamos llevado en los equipajes y que debíamos salvar del naufragio como si de un milagro se tratara. El que no estuviéramos hablando del naufragio de una nave, sino del hundimiento de nuestra propia vida hasta entonces, no cambiaba para nada la situación.

ANA BLANDIANA, Proyectos de pasado

Ritmo telúrico

—Esta —dijo Rebeca con un vasto ademán que incluía la pared y el espejo, la sala con cada uno de sus muebles y las ventanas anchas por donde se colaba la noche agujereada de estrellas— era la casa de mis padres. ¡A ver dónde te vas a meter después de lo que me has hecho!

El hombre se ha propuesto soportar con estoicismo absolutamente todo. Sabe que debe sentirse culpable por lo que ha hecho, pero no lo logra. Es por ello que decide poner a prueba, como nunca antes, su capacidad de resistencia. Sería difícil explicar cómo se le metió en la cabeza la idea de que bajo el aluvión de las recriminaciones —su mujer tenía el derecho de lanzarle de la primera a la última piedra— nacería su merecido sentimiento de culpa.

—¿Tú sabes lo que significa hacerme esto a mí, a estas alturas? ¡Yo que te fui fiel como una perra, y mira que oportunidades no me han faltado!

Pedro, siempre filosófico, reflexiona y desaprueba el lugar común que acaba de gritarle su mujer. «En la vida no hay “alturas” —piensa—, más bien se trata de un progresivo descenso (cuesta abajo en su rodada, según el tango) del nacimiento a la muerte».

La mujer no se detiene:

—¡Cabrón! ¡Eso es lo que eres!

A él no se le escapa que el tono más o menos aséptico con que su mujer comenzó a flagelarlo ha ido descendiendo al ámbito pedestre de un común zafarrancho conyugal. Se trata, piensa, de un desgaste platónico, como esas entidades que a medida que se alejan del Ser Supremo van degenerando hasta caer en la condición fangosa de la Nada Material, vamos, que en esta isla todo tiende a deteriorarse más rápido de la cuenta.

—¡Mal rayo te parta, degenerado!

Le preocupan los vecinos, siempre taimados, acechantes, amoscados extramuros de la casa. ¿Qué estarían pensando los vecinos ante aquella trifulca sin precedentes? ¿Qué estará pensando el viejo jubilado de la casa contigua que se pasa la vida escuchando lo que hablan los demás para luego «informar»?

—¡Hijo de puta!

—Rebeca, por favor, piensa en los vecinos…

—Ahora me pides que piense en los vecinos, como si tú hubieras pensado en algo en el momento de metérsela… Pero claro, entonces solo pensabas con esa cabeza estúpida que tienes entre las piernas.

—Rebeca, me niego…

—Debe ser herencia de familia, porque tu madre también se lo hizo a tu padre… ¡Hijo de puta!

Pedro piensa que Rebeca tal vez tenga razón en cuanto a la frontalidad de los hechos, pero sabe que ante aquel escarnio debe ofenderse porque su madre era una santa y grita que todo tiene un límite, que una cosa no tiene que ver con la otra, y que su madre está bien muerta (en el cielo, a pesar de lo que ella piense) y hay que respetar su memoria, y que la máxima de toda discusión es (acaba de inventarlo): no le grites al otro lo que no quisieras escuchar tú mismo.

Luego se va dando un portazo.

Rebeca sabe que esa noche no podrá dormir. Ha quedado respirando el silencio opresivo de la habitación. Y percibe que aquel silencio es íntimo, plomizo, penitenciario. No se atreve a salir al ámbito de extramuros, pues, en su angustia, logra prefigurar el aspecto de las pupilas inquisidoras del vecindario, de esa jauría llamada prójimo que siempre está demasiado próxima.

Entonces, como suele suceder, desfilan ante sus ojos algunas imágenes de su vida. No era posible que Pedro, su Pedro, que tanto la había deseado en otros tiempos, le hubiera sido infiel. No era posible (aunque sí comprensible y hasta histórico) que la infidelidad se hubiera realizado sobre el cuerpo impecable y pecador de una alumna. No era posible que aquello, tan común que parecía constituir las ajenas tramas maritales, le estuviera ocurriendo a ella al cabo de cinco años de fidelidad recíproca. Aunque, para qué engañarse, a esas alturas podía poner en duda incluso la histórica fidelidad de Pedro.

Siempre había deseado irse a la cama con otro u otra. Pero había guardado su fidelidad como una limpia carta de triunfo para el día (el día que no llegaría nunca, había pensado) en que a Pedro se le ocurriera engañarla, proceder ella a fornicar con terceras, cuartas y quintas personas, como en los viejos tiempos. Justicieramente, haciéndole el amor al prójimo y la guerra a su marido. Pagándole con la misma moneda aplacaría el resentimiento y eludiría el lugar común del divorcio. Por tanto no, no, y no era posible que la bella Rebeca, pelirroja hasta el pubis, fuera relegada por su marido para acostarse con otra. Sobre todo porque acababa de saber que estaba embarazada. ¿Acaso valía la pena preguntarse si aquel embarazo inesperado no había sido una tentativa inconsciente de retener a su marido por los siglos de los siglos? Los caminos del señor, sin duda alguna, eran demasiado inescrutables para su gusto.

«Dios mío», susurra. Y enseguida piensa con una sonrisa deshilachada: «Quién dice que todo está perdido, aún puedo ofrecer mi…».

Entonces deja la idea colgando del techo, se ducha (raspando meticulosamente cada peca adherida a su piel, para que brillen más), se cubre con un vestido justo para disimular lo que considera la perfección de su anatomía (omitiendo, desde luego, toda ropa interior), se alisa el cabello añorando por vez primera la magia de las lacas (desde hace años elude rigurosamente al peluquero) y escapa hacia la noche de la ciudad pensando que el corazón es un cazador solitario.

Rebeca, que sabe que esa noche no podrá dormir, penetra en el silencio morado de la noche del Vedado. Nunca antes le había chocado tanto percatarse de que vivía en una ciudad muerta, de automóviles decrépitos, de chicas cuyas piernas se movían bajo telas baratas. Una ciudad donde las piernas provenientes de cualquier tipo de chicas se apuraban en perderse hacia las entrañas de algún automóvil turístico para enseguida abrirse como un reclamo de salvación.

La noche se enquista como una irremediable protuberancia. Se mueve, y al doblar la esquina de la calle 23 con Paseo se percata de que todo el movimiento de la noche es una farsa, como la superficie de una mesa de billar sin troneras. Y lo peor es la metástasis que hace la noche dentro de su cuerpo. Piensa en voz alta:

—Ni un perro se acostaría conmigo hoy.

Cuando llega a la casa todo lo que hasta entonces había sido la aceptable familiaridad de las cosas arremete contra cada una de sus neuronas. Es ridículo aquel televisor marca Panda con una pantalla que parece escupir sus colores chispeantes. Piensa que una marca lleva a la otra. El refrigerador marca Impud ronronea descalabrado y Rebeca cree escuchar el goteo incesante del congelador torcido sobre los tuppers sin tapas. La radio es marca Siboney. El único ventilador se llama Caribe. El sofá de la sala con su nicho longitudinal de muelles vencidos es una tumba para ver telenovelas. Sabe, por el olor, que su marido ha regresado.

Antes de tomar alguna determinación decide preparar el sueño, pero enseguida se ahoga porque las cosas nunca son tan sencillas: hace una semana se le acabó el meprobamato, sabe que sin las cápsulas está perdida y a esa hora solo una farmacia de guardia permanecería abierta. El sueño de la razón es la única salvación posible, no importa cuántos monstruos produzca. Ni siquiera es seguro que la farmacia tenga el medicamento. Agarra el teléfono y marca:

«¿Diga?» «Buenas noches, compañero, quería saber si tenían meprobamato o algo para dormir…» «Lo siento, está equivo… Perdón, ¿qué me dijo que necesitaba?» «Algo para poder dormir, tengo un problema crónico de insomnio.» «Aquí no tenemos meprobamato, pero pásese mañana de diez a doce por nuestra nueva sucursal, en la calle 27 y 72, en la esquina.» «Graaacias, entonces hasta mañana…» «La esperamos, compañera.»Y colgó.

Ya que va a tener insomnio, por lo menos que sea el Gran Cabrón quien se acueste en el sofá. ¿Aún quiere echarlo a la calle? Rebeca se prepara para entrar al cuarto y ordenarle que se largue. A la sala, sin ventilador. Se llama Caribe.

Frente a la ventana que da al patio interior fajado de azulejos, Montalbán escribe en su cuaderno rojo:

La Habana no despierta como el resto del mundo. No hay estiramientos ni bostezos urbanos. Esta ciudad despierta de golpe porque el sol aparece como si estuviera sometido a un colosal interruptor. Es un sol redondo y áspero como una bola de papel de lija. Con la excepción del malecón, nunca hay vida en las noches más allá de los ronquidos y el zumbar de los mosquitos, por eso da la impresión de que la gente amanece cansada.

¿La gente amanece cansada? Montalbán relee y no comprende cómo ha podido escribir aquello. Desde el año en que se desencadenó la crisis sobre la longitud de la isla, ha decidido tener toda la paciencia que le falta al mundo y mantenerse firme en sus ideas. «Es pasajero», pensó entonces. Y, seis años después, sigue pensando que es pasajero, solo que él está más viejo. No le gusta haber escrito que la gente amanece cansada porque se parece demasiado a la disconformidad que tanto ha luchado por eludir. La isla, su isla, avanza hacia un futuro lleno de luces y de campos roturados y de médicos con Ladas, como antes. Por eso no puede explicarse qué le sucede esa mañana en que no quiere dar un paso más.

No quiere saber nada del hospital, del salón de operaciones con la nueva enfermera que siempre parece estar gritando. Hoy no se atreverá a tomar la bicicleta y pedalear durante cuarenta minutos. Tiene hambre. No hay nada que hacer en la calle. Tampoco en casa. Entra y sale del cuarto. Ha salido del cuarto porque está sonando el teléfono, y si le horroriza pensar que alguien pueda llamarlo y darle los buenos días, peor aún es contemplar la posibilidad de que lo requieran en el hospital. «Ha llegado un caso urgente, hay que operar y solo tenemos un cirujano para este caso: usted, doctor Montalbán.»

«Usted, doctor Montalbán.» Es la sentencia de vida que hoy no quiere escuchar. Descuelga el teléfono con la mano derecha, que parece una canoa mecida en un mar de nervios. Del otro lado alguien, por milésima vez en el último año, pregunta si es la farmacia. No, está equivocado, se trata de una casa particular.

Fue entonces, en una esquina de aquella mañana indecisa, cuando se le ocurrió utilizar la desquiciada circunstancia de las llamadas telefónicas para algo. Y enseguida supo que no importaba para qué, porque en la absoluta aceptación de sus intenciones ya latía la necesidad de concretarlas. No veía qué podría hacer con aquello, pero estaba fecundado por la idea de usarlo. Llegado el momento de dar a luz al acto, podría ver con claridad el aspecto de lo que en ese preciso instante no era más que un embrión. Se sintió otra vez niño, como el niño que solo él había sido en el mundo, cuando dedicaba tardes caldeadas a merodear por los basurales en busca de objetos retorcidos y absurdos: nunca sabía para qué servían, pero los cargaba convencido de que, llegado el momento, revelarían una utilidad precisa.

¿Dónde, exactamente, había empezado todo? ¿Quién lo había llamado por primera vez para preguntar si se trataba de la farmacia? 203 13 85: su teléfono siempre había sido el mismo. Todo se aclaró cuando un día en que por enésima vez alguien preguntaba por la farmacia, él le preguntó a qué número creía que estaba llamando. 203 16 85, fue la respuesta. No fue difícil verificar que el seis quedaba justo debajo del tres en las pizarras de aquellos teléfonos que había distribuido el gobierno para tener a los médicos localizables. Estadísticamente, era imposible que, entre cientos de llamadas diarias a aquella farmacia enterrada en un barrio sucio de La Habana, alguien no equivocara el dedo y comunicara con su enorme caserón republicano. Desde entonces Montalbán supo que ya nunca se libraría de recibir al menos una docena de llamadas al día preguntando por algún medicamento.

Su casa era la única del barrio de Buenavista que aún conservaba la lúdica autoridad de los palacetes republicanos. El resto de las viviendas habían sido transformadas poco a poco. El portal se estiraba con cierto aspecto gubernamental, la planta en ele ceñía el patio rectangular de azulejos sevillanos y por todo el costado se sucedían las enormes habitaciones hasta el fondo, donde estaban el comedor y la cocina, ambos de puntal muy alto. Al final se extendía un terreno sembrado de árboles muy viejos. Ahora toda su casa tenía el aspecto rasposo de un coco seco y dentro del refrigerador solo había agua.

Suena. Han trascurrido dos horas en los anales de la decisión de Montalbán y el teléfono otra vez suena. Y aunque Montalbán parece imposibilitado de movimiento al filo de la prehistoria de su decisión, levanta el auricular una vez más en su vida: «¿Diga?» «Buenas noches, compañero, quería saber si tenían meprobamato o algo para dormir…» «Lo siento, está equivo…, perdón, ¿qué me dijo que necesitaba?» «Algo para poder dormir, tengo un problema crónico de insomnio.» Montalbán traga una bocanada de aire espeso, aprieta los ojos y le dice a la voz del otro lado de la línea: «Aquí no tenemos meprobamato, pero pásese mañana de diez a doce por nuestra nueva sucursal, en la calle 27 y 72, en la esquina». «Graacias, entonces hasta mañana…» «La esperamos, compañera.» Y colgó.

Ha citado a alguien en su propia casa diciéndole que era la farmacia. Se asusta de lo que acaba de hacer y, para que las ideas no se diluyan en la pasta del miedo, coloca uno de sus diez casetes en el reproductor. Summertime. Empieza con la versión de Nina Simone. Montalbán tiene solo diez casetes con una única canción: Summertime, repetida centenares de veces en distintas versiones. Escucha recostado en la silla que está contra la pared gris:

Summertime, and the livin’ is easy

Fish are jumpin’ and the cotton is high

Oh your daddy’s rich and your ma’ is good lookin’

So hush little baby, don’t you cry.

Poco a poco logra ir midiendo las consecuencias de su decisión. Lo razonable sería despertarse a la mañana siguiente y cabalgar en su bicicleta con las tripas vacías hacia el hospital, olvidándose de que le había dado cita a alguien diciéndole que su casa era una nueva sucursal de la farmacia. Pero en este instante Montalbán está harto de casi todo. Le gusta esa oscuridad que se ha instalado en todo su ser. Escribe en su cuaderno rojo: «OBSCURIDAD». Así, con «B», es como la siente metida en los todos los intersticios de su cuerpo. Para esperar a la dueña de la voz tampoco podrá ir al hospital al día siguiente. Da vueltas alrededor de su bicicleta ucraniana y experimenta un regocijo virgen. Eso, la segunda consecuencia de la decisión de Montalbán es la de ponerle los cuernos a su aborrecible bicicleta ucraniana. Púdrete, bicicleta del infierno.

Y, como decidió no volver a salir de su casa, no enfrentar el día a día sudoroso en el hospital donde era médico residente, yo empecé a perderle el rastro. Nuestra amistad de años se había ido aplazando sin una interrupción definida, pero el grupo de amigos se fue desintegrando y el médico Julio César Montalbán dejó de escribir poesía y de asomar su chata nariz de negro risueño en nuestras tertulias.

Y ¿qué iba a hacer con la dueña de la voz que quería ser dueña de un sobre de meprobamatos cuando apareciera en su casa, pensando que era la farmacia?

A la mañana siguiente, antes de ir a la nueva sucursal de la farmacia en la esquina de 27 y 72 a buscar el meprobamato, Rebeca decide poner en conocimiento del Gran Cabrón su grave y grávida situación.

—Pedro, supongo que esto es ahora una muy mala noticia: estoy embarazada.

Una semana antes, cuando había confirmado su estado, su tía concluyó que un increíble gusano estaba usándola como crisálida, con la peculiaridad de que no iba a nacer mariposa, sino ontológicamente gusano, con baba y todo. Qué era eso de salir preñada sin más ni más, como los negros, como la gata chamuscada del vecino, como si ellos tuvieran comida para llenarle la barriga a la larva intrusa. Una auténtica tragedia demográfica. Su última esperanza había sobrevivido siete días hasta que Pedro regresó de dar su clase en la universidad y le dijo muy sinceramente que le había sido infiel. O con más exactitud, que le estaba siendo infiel desde hacía noventa y tres días, todos los días.

Ahora, ese mismo hombre que debería tener el rabo más entre las piernas que nunca, se rasca la cabeza, mira por la ventana y produce una insoportable cantidad de silencio.

—¿Me has escuchado? —Rebeca tiene demasiadas ganas, en este punto, de golpear y golpear y golpear.

—Claro que te he escuchado, Rebeca, estás embarazada.

Pero aún tuvieron que gotear sesenta minutos para que Pedro decidiera manifestar, muy sincero, su punto de vista con respecto al embarazo de Rebeca. Aseguró filosóficamente que aquello no podía ser cierto y trató de convencerla: Ser es ser percibido, y por ningún lado él reconocía los signos, ni siquiera el aura, del engendro. Pero enseguida ella se alteró, irreconocible, despeluzada, solariega, levantó su falda en la intimidad de la alcoba conyugal plantando su mano sobre el sector por donde suelen salir los niños y le gritó al desconcertado sofista que mirara bien, porque por ahí él le había metido aquello y en algún momento iba a salir lo otro.

Ante esta enérgica exhibición, Pedro tuvo que admitir la posibilidad de verse convertido en paterfamilias, con manos diligentes para el excremento infantil, copiosos insomnios y altercados homicidas en la adolescencia. Y enormes colas en el consultorio de un médico de barrio para cada chequeo rutinario. No obstante —hombre devoto de la persuasión—, intentó demostrarle a su cónyuge las ventajas de extirpar aquello antes de que se convirtiera en una boca más vagando por el universo. Agregó con metafórica franqueza que hoy en día, en este país, ya no se ve pasar a los hombres con un pan al hombro, y mucho menos se ve nacer a los niños con un pan debajo del brazo. Pero Rebeca era un útero pensante ansioso por pujar cuando y cuanto fuera necesario, y luego cargar, incluso ella sola, con las consecuencias.

Pedro no volvió a dirigirle la palabra hasta una hora después, cuando la descubrió vomitando, y todo lo que dijo, con la lengua enredada por la incertidumbre, aludía vagamente a una conversación que retomar en la tarde. Treinta minutos después de dilatar un silencio tan hablador como el de las serpientes, el marido decidió informarse acerca del tiempo de incubación. «Ocho semanas» fue la biliosa respuesta de Rebeca antes de darse la vuelta y correr al baño. Su hijo nacería dentro de siete meses si todo transcurría a natura.

—Tengo que irme, ya llego tarde a la universidad.

Rebeca alzó una mano como si estuviera posando para que imprimieran su efigie en los billetes de diez pesos, pues el peso de su decisión se había distribuido a lo largo y ancho de todo su insomnio sin llegar a concretarse. Lo que quería decidir era si estaba dispuesta a que su marido volviera a casa o debería advertirle que se fuera buscando un despiadado sofá en la casa de algún colega piadoso.

—Luego seguimos hablando, Pedro: vas a tener que contármelo todo sobre esa guaricandilla alumna tuya que te has estado templando.

El plan de Rebeca incluía, muy lógicamente, la información-acerca-de-la-guaricandilla-esa, pero, convencida una vez más de aquello de que el pensamiento se forma en la boca, Rebeca acababa de decidir tener-listas-las maletas-del-cabrón cuando regresara en la tarde, de modo que el interrogatorio coincidiría con el corredor de la muerte. ¿Cómo se llamaba la guaricandilla que se acostaba con su marido? Era un punto importante, tenía que preguntárselo.

Pedro se dirige ciclísticamente a la Facultad de Física a dictar su curso de Teoría y Práctica de la Termodinámica. Ahora pedalea y piensa en lo complicado que es mantener la continuidad de sus ideas acerca del Problema, pues con cada impulso del pedal las revoluciones deben enfrentarse a grandes obstáculos de índole mecánica y termodinámica. Lo más fastidioso no son los baches, sino los baches con agua, y dentro de este orden lo peor son los baches con aguas albañales, esto en cuanto a la mecánica. Termodinámicamente, se le derrama encima todo el calor del trópico a las once de la mañana, haciendo que los pelos se le peguen a la frente y una catarata de sudor ácido vaya tomando por asalto sus cuencas oculares. Pero lo peor son las salpicaduras aceleradas por las ruedas.

Hace más de un año, delante de su casa (la casa de los padres de Rebeca) apareció un manantial. No hizo falta ningún Moisés para que durante la noche brotara abundante agua del corazón del pavimento, en medio de la calle, justo ante su puerta. Era uno de esos raros días en que Pedro no miraba al suelo sino al cielo, y no fueron necesarias más de tres revoluciones para que el hombre pedaleante constatara no solo que un cuerpo sólido desplaza un volumen de líquido equivalente a su propio volumen, sino que la fuerza centrífuga de las ruedas lanzaba sobre su camisa amarilla una invasión de alfileres de agua pútrida y colgajos barrosos. El manantial provenía de la convergencia de veinte fosas sépticas donde desaguaban los baños de medio centenar de hogares atestados de negros, y nadie podía explicarse cómo era posible que las aguas subterráneas hubieran hecho esa colosal erupción durante la noche. Pedro tuvo que dar media vuelta, emitir un par de blasfemias contra Dios y contra el gobierno, y regresar a su baño sin ducha para arrojarse tres cubos de agua más o menos potable que le quitaran aquellos detritos que parecían estar vivos, ocultos incluso tras el pabellón de la oreja y en la nuca.

Ahora Pedro pedalea hacia la Facultad de Física y piensa en su joven amante. La chica, ante todo, era muy dueña de su nombre. Se llamaba Anabela, y además era doce años más joven y refulgía ahí, sentada en la segunda fila de cada clase, mirándolo con los únicos ojos que lo habían mirado de Aquel Modo. La cosa había empezado por los nombres. Casi nominalista, Pedro solía repetir que «la palabra es la cosa», de modo que cuando meses antes, en vísperas de comenzar el semestre, había revisado la lista de sus inminentes alumnos, se tropezó con la palabra más bella del mundo pegada a un papel: Anabela. Entonces, simplemente, se puso nervioso.

Y continuó nervioso durante aquella clase en que tenía que explicar la segunda ley de la termodinámica de modo que los pardillos pudieran entenderla. Dijo, mirando dentro de los ojos azules de Anabela, que la naturaleza prefiere unos estados en lugar de otros. Que imaginaran, por ejemplo, qué ocurriría si, casualmente, en un momento dado, todas las moléculas de oxígeno de aquella habitación se reuniesen en un metro cúbico del espacio. ¿Qué pasaría entonces? Elemental (quiso decir: Anabela moriría por asfixia) que todos moriríamos asfixiados. Pero eso no va a ocurrir (Anabela, quiso decir) porque existe algo llamado la ley de las probabilidades (probablemente no seas lo que pareces ser, Anabela, pero me gustas) y, en este caso (el particular caso de tus ojos inolvidables), la ley de las probabilidades no hace más que reflejar los condicionamientos de la segunda ley de la termodinámica (el calor manda). Volviendo al punto principal, la naturaleza prefiere ciertos estados en lugar de otros (yo preferiría, quiso decir, no estar ciertamente casado en este instante), de modo que las moléculas libres de cualquier sustancia ejercen dicha libertad mediante su tendencia al caos. Si una molécula libre choca con otra de igual condición, la que tiene más energía llega a cederle parte de su energía a la otra (¿quién chocará con quién? Y, cuando choquemos, ¿quién tendrá mayor temperatura?); es por ello que, si dos cuerpos se ponen en contacto, el de mayor temperatura irá cediendo parte de su calor al otro hasta que se equilibren. Y esto es lo que viene a explicar la segunda ley de la termodinámica o ley de la entropía: (tendemos al caos, Anabela, aunque estemos ciertamente casados y cansados de lo mismo, o, dicho de otro modo, basta que a las moléculas les otorguen cierto grado de libertad para que tiendan al caos y equiparen energías)… Y se quedó sin palabras en este punto, tragándose su propio paréntesis.

Con la goteante acumulación de las clases, el profesor había podido constatar que, además de unos ojos marinos inolvidables, la chica también tenía una nariz larga y sexy y unos labios de diseño. La primera conversación ocurrió un mes después, cuando Pedro había decidido pisar, por puro alarde, el explosivo terreno de la mecánica cuántica. Estaba diciendo que una explosión era una primera emisión de partículas gamma, aceleradas por algún material radioactivo, que destroza los enlaces atómicos a su paso, provocando nuevas emisiones que a su vez

provocan nuevas emisiones que a su vez

provocan nuevas emisiones…

Entonces la chica de ojos inolvidables acotó con voz lo suficientemente audible: «Y así hasta el infinito, que es un ocho acostado». Y aunque lo del infinito, hablando con propiedad, era un error (nada dura para siempre), lo del ocho acostado sí que le había gustado al profesor. Lo curioso fue que no pudo evitar pensar que la convergencia entre un seis y un nueve formaba ese famoso 69, que si uno lo juntaba lo suficiente, bien apretadito, era una especie de ocho acostado, metido dentro de un círculo (que era la mejor forma del infinito, según Stephen Hawking) y también se parecía al símbolo del yin y el yang. ¿Y qué más?

Tuvo que pasar otro tibio mes para que ocurriera el primer diálogo, con guiones y todo:

—Cooño, mira por dónde caminas… Ah, profe, es usted, perdón, perdón…

Acababan de converger, a través de la efímera irrupción de realidad que nace de un tropiezo, al doblar uno de los pasillos de la facultad. Anabela no tenía la menor idea de cuáles eran las palabras imprescindibles para redimirse de tropezar con su admirado y más o menos joven profesor de Termodinámica. Pedro se lo puso fácil:

—No te preocupes por tropezar conmigo, eres una molécula libre.

—Y las moléculas libres suelen tropezar con otras moléculas libres…

Visto así, daba la impresión de que: 1) la chica era mentalmente agilísima en eso de encontrar una buena respuesta; 2) había tenido suerte. Ninguna de ambas afirmaciones era cierta en este caso. Anabela llevaba aproximadamente tres meses de clases estudiando el modo en que podía lanzarse dentro de lo que consideraba la termoestática piscina del alma de su profesor y, para ello, no tuvo mejor idea que prefabricar unas palabras muy parecidas a las que acababa de pronunciar. Nunca llegó a imaginar que sus ensayos de lanzarse un clavado en la vida de Pedro estarían avalados por la accidental perfección de un tropiezo.

—Vamos, profe, le invito a un café allá abajo, por mi torpeza.

Pero como «allá abajo» significaba «en la pequeña y promiscua cafetería de la facultad» y Pedro estaba termodinámicamente lleno de intenciones para con su alumna sin ser él una molécula libre, no estaba dispuesto a exhibirse antes de… Quería atreverse, pero no de aquel modo:

—Ahora no tengo tiempo. Anabela te llamas, ¿cierto?

—Qué pena, profe, y a mí que me hacía falta preguntarle un par de cosas sobre las ecuaciones de Maxwel. —Aquello era más de lo mismo: Anabela no tenía absolutamente ningún problema con Maxwel, sino que había decidido usarlo como coartada un mes antes.

—Para eso siempre tengo tiempo. —La coartada rendía unos frutos insospechados—. Entremos aquí.

El aula era cuadrada, con una mesa redonda en el centro para los conciliábulos y los pupitres de trabajo individual pegados a lo largo de tres de las paredes. Detrás del colosal pizarrón, que tapaba una de las hileras de sillas, se sentó la alumna de nariz larga y sexy junto al profesor casado y cansado. Al cabo de treinta minutos no había Maxwel capaz de interponerse entre ambos. Salvo esta excepción, toda la termodinámica del universo había comenzado a hacer su efecto sobre la longitud de ambas pieles y en lo recóndito de ciertos órganos internos. Así que la naturaleza prefirió un estado en particular en lugar de otros y, a favor de toda ley de probabilidades, Pedro y Anabela fueron respirando el mismo oxígeno cada vez más tibio hasta que se besaron despacio. Y luego con hambre. Y luego pasaron el resto de la tarde escondidos tras los árboles con lianas de un parque cualquiera de aquella ciudad que, de repente, se les hacía soportable, casi encantadora.

La primera vez, en la habitación de casa de la abuela de ella, no hicieron nada porque al profesor se le escabulló su erección apenas hubo comenzado. El miedo. Los nervios. Las expectativas que él sabía que ella tenía. La falta de alterne con otro cuerpo que no fuera el de su mujer. Luego, a lo largo de noventa y tres días, hicieron el amor limpiamente. Hasta que, la víspera de este día de pedaleo, habían hablado por última vez:

—Anabela: he tomado la decisión de contárselo todo a mi mujer, no puedo más con esta situación.

—Pero… ¿estás o no enamorado de tu mujer?

—Y de ti. —Efectivamente, desde hacía una semana, Pedro se estaba volviendo loco de asombro ante el hecho, inédito en la caldera de su alma, de creerse enamorado simultáneamente de dos personas.

—No sé, no me parece; intuyo que no es el momento todavía —dijo Anabela.

—¿Por qué? ¿Tienes miedo? Mira, no tienes por qué sentir consideración, no le debes nada… Ni siquiera soy padre.

—Le temo al dolor, que ahora puedes soportar, pero, si haces lo que estás pensando, todo puede empeorar, y ese dolor puede afectarnos mucho, pues…

Pedro impuso tres dedos suspensivos acariciando el pelo muy negro y corto de Anabela. Miró el azul de sus ojos inolvidables y le prometió que se lo pensaría, que quizá tuviera razón y aún no era el momento.

Mientras pedalea pensando en su joven amante y en todo lo que tiene que contarle, Pedro se acerca a la esquina de la calle 31 con la avenida 70. Entonces, en el instante en que fuerza los pedales para huir del agua sucia y entrar en la curva, es imposible que sepa que aquella había sido la última vez que hablaría con Anabela. Un enorme camión lo impacta y le pasa por encima. Ni siquiera le da tiempo a pensar en sus ojos inolvidables.

A las 11:30 a. m. suena el teléfono de Montalbán, que no está dispuesto a contestar, pues, a esas alturas, su maestro, el doctor Pérez Solar, debe estar tratando de asimilar el desafío de aquel segundo día de ausencia de su principal médico residente. Poco después de su decisión le ha dado por fantasear que es un psicópata, alguien que le ha tendido una trampa a una voz de mujer al otro lado de la línea. Se imagina torturándola a través del acto de someterla a una sesión sostenida de capítulos de Mesa Redonda Informativa, que es el programa de la tele donde se analizan los muchos problemas que tiene el mundo y cómo el Imperialismo oprime al pueblo cubano.

Se avergüenza de haber supuesto que las Mesas Redondas Informativas sean un chiste y una tortura cuando él las necesita, las absorbe como una tierra seca y las deja fructificar dentro de su cabeza, segregando el aliciente de que el mundo es un lugar injusto a excepción de su isla, que resiste contra vientos, mareas y alevosas comisiones de derechos humanos. Toma otra vez su cuaderno rojo y dibuja un televisor con una escena de Mesa Redonda Informativa.

—Me dijeron que aquí había una farmacia…, no lo entiendo.

Mientras termina de dibujar, sentado a la mesa señorial frente a la ventana de la sala, Montalbán escucha aquella frase que lo alerta: todo su cuerpo, de repente, se ha transformado en un cardumen de nervios.

Teme que la mujer se aleje.

—Espere, espere —la ataja, inclinándose y dejándose ver entre los barrotes—, tiene razón, espere…

La última frase se le enreda porque ya sus zancadas devoran la distancia entre sus nervios y la puerta. Ojos negros y pelo rojo. La mujer pone cara de que nada la asombra mientras recorre con la vista cansada aquel amasijo negro de ansiedad —Montalbán es negro, negrísimo—; ambos parecen estar en el instante previo a que unas luces inauguren un espectáculo.

—¿Sería tan amable de entrar? Quiero explicarle lo que ha pasado y darle unos meprobamatos. —Y al no poder aprehender a aquella estatua de cal que tiene delante, agrega como si estuviera mintiendo—: Soy médico.

Cuando entra en la casa, la mujer no es una estatua: es una estatua decapitada.

—Yo soy Montalbán…, ¿y usted?

—Rebeca. —La estatua vuelve a tener rostro. Es la estatua más hermosa que el negro Montalbán ha visto en su vida.

Rebeca no se sienta y Montalbán no se lo pide.

—Mire, aquí llama mucha gente preguntando si es la farmacia, y no sé, cuando ayer la escuché sentí que su voz no era como otras, que había algo distinto…

Rebeca no lo mira; se detiene en el cuadro de un gallo, casi fosforescente, colgado en la pared del fondo.

—… y cuando estaba a punto de aclararle que se había equivocado, tuve el impulso irracional de mentirle diciéndole que esta era una sucursal de la farmacia…

—Y ese gallo ¿es de Mariano Rodríguez?

—Sí, es un grabado original, me lo regaló un paciente… Entiéndame, ayer no quería salir de casa, ni ayudar a operar a nadie, y de pronto entra esa llamada suya.

—¿Por qué me mentiste exactamente? Y tutéame, que no soy una vieja. —Mientras Montalbán le hace un gesto para que se siente, Rebeca decide dar una vuelta por el enorme salón sin alzar la vista, como si estuviera allí con el concienzudo propósito de hacer el inventario de cada una de las sombras que los pesados muebles proyectaban sobre el suelo.

—Toma. —Montalbán le tiende un sobre de meprobamatos—. ¿Quieres un poquito de café?

Unos minutos después regresa con una pequeña bandeja de madera labrada y dos minúsculas tazas.

—También he traído esto —le dice, colocando sobre la enorme mesa de caoba un plato con bultos que parecen cartones arrugados.

—¿Café y masitas de puerco? Qué gracioso.

Mientras Rebeca las va comiendo una a una, Montalbán la observa con la actitud de un animal que se sabe subalterno ante otro miembro de la manada. O tal vez todo lo contrario, como un depredador que ha puesto un señuelo.

—Le debo una disculpa, Rebeca.

—Tutéame.

El silencio que sobreviene resulta tan compacto que, si pasara una moto, la mañana dentro de la sala podría quebrarse en mil pedazos de astillas brillantes.

—Tengo sueño —dice, de pronto, Rebeca—, un sueño riquísimo. Anoche no dormí nada.

—A ti te pasa algo muy malo, ¿cierto?

—Ayer me habría matado —Rebeca tiene la mirada fija en el grabado del gallo—; si hubiera tenido estos meprobamatos, me los habría tragado todos.

Montalbán expulsa un híbrido entre la burla y la tosecita nerviosa.

—¿Y qué es lo gracioso ahora, tipo raro?

—Perdón, es que soy médico… y el meprobamato no mata a nadie.

El bostezo de Rebeca parece capaz de detener los relojes kitsch de imitación antigua colgados en la sala.

—Si quieres —susurra Montalbán, como temiendo despertarla—, puedes acostarte un rato: hay cinco habitaciones vacías.

La estatua de cal hace mucho que dejó de serlo para convertirse en una entidad paradójica: un ser blando y alerta, una especie de gelatina inteligente.

—¿Quieres que me duerma en un cuarto de esta casa enorme? ¿Y después qué toca, que me violes?

Montalbán se sorprende al escuchar lo que sale de su propia boca:

—Total, chica, si dices que ayer ibas a suicidarte.

—Ya, pero… —Rebeca parece despabilarse de golpe—. Bueno, de acuerdo, llévame a un cuarto, tienes más aspecto de guanajo que de violador.

Abandonan la sala, atraviesan medio patio fajado con azulejos sevillanos y Montalbán le abre una puerta hacia una habitación de puntal muy alto presidida por una cama casi blanca. Era la habitación que una vez fue de su madre y luego de su tía Erlinda, la negra santiaguera.

Rebeca ha quedado profundamente dormida.

Montalbán está en la parte de atrás de la casa mirando las musarañas.

Dos horas después Rebeca no despierta como nueva, sino como vieja. Al principio revuelve el rostro bajo el síndrome del filósofo chino y la mariposa, y el espejo que tiene delante le juega la mala pasada de meterle una mujer extraña en la habitación. Blanquiñosa inmunda. Fea, bruja, vieja bruja. Se atraganta de lágrimas. El azogue manchado le devuelve una expresión plomiza y una piel que se le antoja apergaminada sin serlo, y unos ojos sin ojos, y una boca pastosa que enseguida comparte con la mujer más o menos familiar que sigue en el espejo.

Rebeca sale del espejo y comprueba que el baño es amplio y que la habitación contigua está vacía. Vomita. ¿Y su anfitrión? El oído le devuelve un silencio como dentro de un caracol grande, un escándalo de barrio que a esa hora parece murmullo. Pero nada que delate a su anfitrión.

Comprueba que la puerta de su cuarto permanece cerrada desde dentro.

Comprueba que aquel espejo sigue tragando lo que ella le eche.

Se saca el vestido de flores azules delante del espejo. Fea, bruja, vieja bruja. Su ropa interior de dos años es amarillenta. Su piel de veintipico años es muy blanca. Le gratifica la calma amniótica de un vientre que aún no está abultado. Cuando se quita la ropa interior, con la idea de vestirse inmediatamente, se reconcilia de golpe con el espejo. Desde los catorce años puede pasar los mejores minutos de su vida abarcando con los tenedores de sus dedos la ensalada espesa y roja de su pubis. Le gusta que se le enreden. Le gusta que, tras desenredarlos, tenga un aspecto más vivo, de flor iluminada y quieta. Por eso hace mucho ha decidido no podar absolutamente nada allá abajo.

Se viste con miedo y sale de la habitación. La casa se parece a su dueño. Hay un orden, un abandono en ese orden y una atemporalidad por todas partes que le provocan algo parecido al vértigo. El patio de tierra, cruzado de árboles, parece una circunferencia mordisqueada en su perímetro. Hay habitaciones tras habitaciones frente a un patio de losas rojas y azulejos verdes y rojos. ¿Por qué azulejos? Rebeca los recorre con dos dedos mientras avanza hacia la sala. Deberían llamarse verdejos o amarillejos, según el caso.

—Y qué, ¿dormiste bien? —le pregunta Montalbán.

—¿Y eso qué importa? En algún momento voy a salir por esa puerta, ya no voy a suicidarme, y le voy a decir a mi marido que se largue y que hoy me acosté con un negro loco que la tenía enorme.

En el momento en que Anabela notaba que la luz del exterior de la cafetería proyectaba sobre la superficie del café la figura oblicua de una ventana, una voz le dijo que ese día no habría clase de Termodinámica, que había sucedido algo grave. Luego, otra voz entró en el círculo de los rostros perplejos e informó que el profesor Pedro había tenido un accidente. Lo único que pensó Anabela, en ese instante, fue que el reflejo de la enorme ventana parecía una minúscula alfombra sobre el café de la taza. Luego pensó que el azar es una moneda muy pequeña con la que se suele comprar algo muy grande. Pero, cuando el pasillo de la Facultad de Física se convirtió en un torrente negro bajo sus pies y sus ojos fueron cajas de agua, pensó que aquello había ocurrido por algo.

Fue sencillo averiguar en Secretaría la dirección del profesor y decidir sobre la marcha que iría a aquella casa sin un propósito concreto, como si su decisión fuera un simple trámite, una formalidad bajo el peso irreversible de que la única manera de aliviarse era enfrentándolo todo. Se asombró de no haberse asombrado antes de que aquella ciudad pudiera estar siempre peor. Parecía que las calles y las casas habían sido bombardeadas de miseria. Imaginó una bomba creada en sórdidos laboratorios, el último grito tecnológico de la carrera armamentista: la experimental bomba de la miseria. Las dejaban caer en las noches que eran lápidas de sueño y no hacían el menor ruido. Ni hongos. Ni flashes boreales. Ninguna onda expansiva acelerando la carne perpleja contra las paredes. Cada noche caían bombas de miseria sobre la isla del sacrificio y cada mañana los moradores, al salir de sus casas-refugio, podían apreciar los daños colaterales: los ómnibus ostentaban racimos más grandes de personas colgando de las puertas, las casas estaban más agrietadas, la montaña de basura por recoger en la esquina se había duplicado, inexplicablemente no había agua o se prolongaban aún más los apagones y las moscas que tomaban por asalto las mesas domésticas parecían volar detrás de una lupa de lo mucho que habían engordado. Los habitantes hacía tanto tiempo que vivían en aquella guerrita peculiar que ya se habían acostumbrado. A nadie se le ocurría concebir que pudiera haber una tregua, cesar por un mes el bombardeo de la miseria.

Presionó el timbre sin tener la menor idea de qué iba a decirle a la esposa de su amante.

—¿Dime? ¿A quién deseas?

Era una señora algo mayor que no podía no ser gorda, pero que por el momento apenas asomaba la nariz, como si se tratara de un arma para protegerse de los intrusos. La sonrisa de Anabela se debió exclusivamente al hecho de darse cuenta de que aquella pregunta de «a quién deseas» nunca había sido más irónica para recibir a una amante.

—Soy alumna de Pedro, y me han informado…

—¡Ay, mi’ja, qué tragedia!

La mujer había empezado a llorar como si su interlocutora fuera quien acabara de darle la noticia. Era un llanto feo, impúdico, autocontemplativo.

—Cálmese, señora…, cálmese. ¿Usted…?

—Perdona, mi’ja, es que con este problema… Soy la tía de su mujer, ¿conoces a Rebeca? Pasa, pasa… Perdona, tómate un cafecito conmigo.

—No, no se preocupe, solo quería saber… —Sintió que, si no se callaba, lloraría ella también.

—¿Sabes dónde está Rebeca? Por favor, dime que está contigo, o con otra amiga…

—¿Cómo dice?

—Que ha desap… —La mujer volvió a atragantarse de lágrimas—. Bueno, se ha ido, nadie sabe dónde. Llamó a la vecina y dejó dicho que regresaba en unos días… Ay, Dios mío, no lo entiendo. La verdad es que nunca entiendo las cosas que hace. Nosotros todavía no sabíamos de la tragedia, y ella no sabe nada aún. Y, con el embarazo…

—Creo que mejor nos tomamos ese cafecito, si no le importa. —Nada podía ser tan terrible como lo de Pedro, pero el embarazo era una variable demasiado monstruosa para que pudiera ser despejada en soledad, de modo que Anabela olvidó todos los llantos allí presentes y decidió entrar, sobre todo porque la tal Rebeca no estaba.

Pero Rebeca sí estaba.

En el centro de la pared más grande de la sala, frente al sofá azul y descosido, el rostro de una enorme fotografía era todo lo que Anabela necesitaba para sospechar que quizá Dios —y el diablo— existían. Cuando había escuchado a la mujer plañidera diciendo que la esposa de su profesor se llamaba Rebeca, ni siquiera se había fijado en el nombre. En Cuba había miles de Rebecas. Y ahí tenía la foto de un rostro pelirrojo, el cuerpo envuelto en un vestido vaporoso. La nariz altiva, unos ojos como de ciervo quieto y una sonrisa fácil que parecía alejarla. Pero el resto del cuerpo daba la impresión —o tuvo Anabela esa impresión— de estar saliéndose de la foto. ¿Aquello era una broma? ¿Estaba alucinando? No, no, no. ¿Qué significaba que fuera esa Rebeca?

Cuando la señora regresó sosteniendo dos pequeños vasos de café, Anabela supo que estaba a punto de sufrir un desmayo. Comenzó por un erizamiento en las axilas y por la sensación de que Rebeca avanzaba hacia ella: no era la visión de Rebeca derramándose fuera de la foto, ni un encuadre alucinado, sino algo real, la suave certeza de que la mujer de la foto se le había acercado tanto que podía oler su aliento y sentir la temperatura de su cuerpo a esa hora del día. Anabela sostenía el vaso y notaba una cascada de pelos que no estaban, pero que le crecían a lo largo de todo el cuerpo. Punzantes. Mientras hilvanaba una palabra y otra sin enterarse de lo que hablaban, se iba hundiendo en esa nube. Y Rebeca parecía entrarle dentro. Poco a poco comenzaba la recolocación de las vísceras, un calor en la piel que le helaba la sangre. Tenía que aferrarse a algo para no gritar; tragó el café, apretó el vaso. No supo más: lo siguiente que vio fueron los pies de la pobre señora y la voz que bajaba hasta el suelo musitando un «Ay, Dios mío»; entonces supo que había gritado antes de desmayarse.

—Perdone —le dijo a la horrorizada señora cuando se puso de pie—, hace años, en sueños, me secuestraron unos extraterrestres y no quisieron devolverme a la vigilia hasta que consumaron sus experimentos con mi cuerpo. Por eso me pasa esto, así, sin más. Le ayudaría a limpiar todas esas babas que han quedado en el suelo, pero creo que usted prefiere que yo desaparezca cuanto antes.

Y ya en la puerta, aún mareada, le tendió un pequeño trozo de papel:

—Es mi teléfono, si Rebeca vuelve a llamar y deja una dirección o cómo localizarla, avíseme.

Anabela había mentido: no creía que unos extraterrestres la hubieran secuestrado para hacer experimentos; ella misma estaba convencida de ser una extraterrestre, dada su milimétrica e ilimitada buena memoria.

Si, en un rapto de desidia o a causa de una simple amigdalitis, Anabela se hubiese negado a contestar el teléfono dos días después, la historia de aquellos tres, metidos en una casa perdida en una isla, no hubiera ocurrido. Y yo no habría entrado de aquel modo en sus vidas. Pero Anabela descolgó el teléfono y habló con la tía de Rebeca. Y, acto seguido, marcó el número que la buena señora le había dado y habló con un desconocido: «Me llamo Montalbán». Cuando confirmó que Rebeca seguía estando allí, le dijo:

—Dile que soy Anabela y que voy a ir a verla mañana mismo. Su marido ha muerto en un accidente, pero déjame a mí darle la noticia.

Se levantó antes de que empezara la mañana y estuvo una hora metida en la bañera carcomida y mohosa, maldiciendo el hecho de que en aquella isla ya no existieran la espuma de baño ni las cremas ni casi ninguna otra cosa para una mujer que estaba a punto de tener una cita de esas que ponen rocío salado en las manos y saltamontes en el pecho. Se secó meticulosamente, repasó su pubis con unas tijeras, dejándolo en una insinuación que nacía muy abajo, lloró de un modo profiláctico ante el espejo la muerte de su profesor Pedro, el marido de Rebeca, y sumió en radical alopecia sus axilas. Luego eligió su mejor vestido de verano, que estaba raído como todos los demás que no tenía más remedio que usar, y salió a la calle pensando que la vida era una moneda blanda si se la aprieta entre los dientes.

Una hora después de caminar bajo el sol, pone su mano pequeña sobre la aldaba con cabeza de león de la enorme puerta y, cuando lo hace, siente que la aldaba no solo le muerde la mano, sino también el vientre. Abre Rebeca, y se habrían estado midiendo durante un tiempo imposible de abarcar en el movimiento de los astros de no ser porque Montalbán aparece tras el biombo del camisón de Rebeca para frustrar todo preámbulo:

—Tú debes de ser…

—Anabela.

—Yo soy Montalbán.

—Déjala que pase —dice Rebeca, que no tiene la menor idea de que su marido ha muerto.

Todo se reconoce entre ambas: las manos y los ojos y el tiempo transcurrido sobre cada cuerpo. El pasado, como suele decirse, regresa con su peso muerto. Ambas entienden que no hace falta estirar las manos en una presentación ni estirar el momento de sentarse frente a frente en la sala; sin embargo, una vez sentadas, vuelven a medirse dentro del temor que posee, ante su inminente víctima, quien tiende una trampa. Mientras se alargan aquellos instantes de contemplación, Montalbán desaparece hacia el resto de la casa con la misión, asignada por Rebeca, de prepararles un cafecito.

—Y bien —empieza Rebeca—: ¿qué es lo que tienes que decirme después de tanto tiempo?

Anabela

Puro teatro

Si la buena memoria fuese un problema, Anabela tenía uno que parecía superarla. Nadie llegó a darse cuenta de su desmesurada capacidad para recordar ciertas cosas hasta que empezó la escuela. ¿Qué recuerda Anabela, ahora que tiene veintitrés años, de aquella mañana remota en que su madre la llevó a romper el hielo de su primer día de clases? Lo extraordinario no es que recuerde con lujo de detalles ese pedregal ocre con matas de mango al que llamaban patio del cole —tentado estoy de apuntar que recuerda con nitidez las formas de las tres matas y cada nervadura de cada hoja—, sino que además recuerda todos los detalles del vestuario de tres madres que se le cruzaron cuando iba hacia la formación.

Una vez en la fila, con su uniforme rojiblanco y los zapatos feos que acababa de comprarle su madre y que tanto la avergonzaban, Anabela oyó que una maestra que estaba vestida con un pantalón negro muy apretado comenzaba a leer los nombres de los alumnos de primer grado. O sea, del subconjunto pardillo al que ella pertenecía. Y no tardó en oír su nombre. Entonces levantó tímidamente la mano —Anabela era más tímida que un pez— y la mujer del pantalón negro dijo: «¿Anabela? Pa’l aula de la maestra Marta Abreu». Y señaló ambiguamente un horizonte de habitáculos despintados que quedaban al fondo. Anabela, mientras oía los nombres de otros niños que eran distribuidos en aulas —aún recuerda que oyó el nombre de un tal René García—, se dirigió a donde creía que debía hacerlo.

Su aula olía a sudor y parecía una pajarera de tanto bullicio. Era oscura, con los pupitres alineados y un enjambre de chiquillos que hacían lo típico: lanzarse bolitas de papel, sacarse mocos y hacer con ellos bolitas que pegaban en los pupitres, dibujar bolas con ojos y bocas sonrientes en las libretas nuevas. Tuvo que superar el terror de la timidez para dirigirse a un pupitre vacío a mitad del aula, y una hora después ya estaban todos más o menos calmados, con una maestra delante que intentaba explicar la importancia que tenían los pioneros para la Revolución. Y lo lindo que era comenzar esa nueva etapa de la vida. Y lo lindas que eran la Revolución y la poesía de José Martí y aprender a leer. Anabela por fin estaba tranquila, disuelta en el anonimato de su grupo…, pero no por mucho tiempo. De repente, la mujer del pantalón negro apareció en el umbral de la puerta y dijo su nombre casi a voz en cuello. Anabela Cerdá no se lo podía creer. Habían gritado su nombre y apellido en medio de la clase. Y, con semejante apellido, algo tenía que ocurrir. Enseguida un chiquillo medio bizco y sucio comenzó a canturrear: «Anabela ceeeerda, Anabela ceeeeerda», y todos se echaron a reír en un alarido selvático coral.

La estaban llamando desde la ventana porque aquella no era su aula, ni esos monstrucos eran sus compañeros, ni aquella mujer pequeña que hablaba de José Martí se llamaba Marta Abreu ni, por consiguiente, tampoco era su maestra. Anabela se había equivocado de aula. Y tenía que pasar otra vez por el trance de dirigirse a un aula y atravesar la inquieta gelatina estudiantil de ojos expectantes para ocupar su puesto. Hay que joderse. Ahora se dirige escoltada por la mujer del pantalón negro a su verdadera aula, llega al umbral y la mujer anuncia gritando: «Marta, aquí está la despistada».

Anabela ve que todos la miran como si estuviesen en una clase de Biología y ella fuese el bicho invitado, da un paso aliviada pensando que por lo menos no habían dicho su apellido y enseguida la maestra dice, corroborando la lista: «Eres Anabela Cerdá». ¿Qué necesidad tenía aquella mujer alta y negra de hacer una cosa así? A Anabela ni siquiera le da tiempo de terminar de pensarlo, porque enseguida otro chiquillo sucio y orejudo comienza a decir: «Ella se llama ceeeerda». En fin, el mismo desmadre, las risitas y las bolitas de papel y todo lo demás. Aunque no del todo, porque la maestra Marta Abreu no se andaba por las ramas, sino que poseía una rama de arbusto transformada en una larga varilla a la que llamaban puntero, y con la que procedió a hacer lo siguiente: primero golpeó con fuerza su mesa de trabajo y, a continuación, golpeó con fuerza el brazo del bizco orejudo que había inaugurado el jaleo y, a continuación, golpeó a los que estaban a su alrededor, que enseguida dejaron de reírse y empezaron a hacer pucheros. Anabela recuerda todo esto con volúmenes, olores, colores y texturas. Y hasta con el tono de voz con que cada cual decía cada cosa.

Fue la maestra Marta Abreu quien, siete meses después y cuando Anabela se empezaba a hacer famosa en toda la escuela gracias a que había aprendido a leer mientras que el resto de los borricos apenas articulaban monosílabos, se dio cuenta de que la despistada tenía una memoria prodigiosa.

Una memoria extraordinaria puede ser una desgracia no por aquello de Funes, el personaje de Borges que vivía atormentado porque recordaba «las aborrascadas crines de los potros» o «los muchos rostros de un muerto en un largo velorio». Una memoria como la de Anabela, en una escuela de un barrio de La Habana, en el primer curso escolar, era un problema porque cuando alguien descubriese esta extraordinaria facultad, no se le podía ocurrir otra cosa que explotarla en beneficio de la Revolución y de la escuela y del suyo propio. Esto significaba algo muy sencillo: Anabela empezó a tener que memorizar y recitar en público largos poemas de José Martí, Nicolas Guillén, Bonifacio Birne, discursos de Fidel Castro y panegíricos revolucionarios escritos por las autoridades de la escuela.

Al principio fue el verbo. La maestra Marta Abreu le dijo:

—Levántate y vamos.

Y llevó a la niña a la oficina de la directora, quien había sido previamente informada del prodigio. La directora, para comprobar in situ las dotes de la susodicha, le dio a leer unos versos de Martí que con seguridad Anabela no había visto en su vida. Y a continuación le dijo:

—¿Puedes repetir de memoria lo que acabas de leer?

Anabela respondió, orgullosa y aterrorizada:

—Sí.

Y bajo las miradas expectantes de la directora, la maestra Marta Abreu, el conserje y dos electricistas que estaban arreglando un ventilador ruso en el despacho, recitó:

¡Oíd! ¡Silencio! Quiero oír.

A los cobardes, los valientes guerreros se abalanzan…

¡Nubia venció, muero feliz,