La cascada - Blanca Gago - E-Book

La cascada E-Book

Blanca Gago

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Beschreibung

El sol se pone en la autovía del Norte mientras Nathalie huye de Madrid. Huye de una relación asfixiante con un hombre celoso y autoritario. De una casa a la que nunca pudo llamar hogar porque es como una herida abierta que le recuerda todos los días que su vida es un fracaso, tal y como atestigua su historial de trabajos precarios, y como evidencian los lienzos y el material de pintura olvidados en uno de los cuartos. También huye de la incomprensible muerte de su hijo Gabriel, de la pena por perderlo, de la frustración por no poder ayudarlo y de la rabia por no haberlo protegido. Así comienza la historia de Nathalie el día que decide salir de la parálisis en la que vive y recuperar su vida. Por el camino a los infiernos, Nathalie se ha dejado los sueños y aspiraciones de la infancia. Excluida de su propia vida, siempre ha actuado según los deseos y las expectativas de los demás. Siempre viviendo en segundo plano. Hasta que nace Gabriel. Con él, Nathalie construye una burbuja que actúa de escudo y refugio, y en la que puede sentir, de vez en cuando, fogonazos de felicidad. En La cascada, la escritura de Blanca Gago es de una belleza absoluta. Con una prosa delicada, aparentemente sencilla y libre de artificios nos narra una historia terrible, pero cautivadora, que consigue remover muchas de las convicciones que se tienen sobre la maternidad y la vida en pareja, sobre los sacrificios que conllevan, y sobre nuestra capacidad de resiliencia.

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Veröffentlichungsjahr: 2022

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Biografía de la autora

Blanca Gago (Barcelona, 1976) es traductora literaria y escritora.

Se licenció en Filología Francesa e Hispánica en la Universitat de Barcelona y cursó un máster en Literatura y Traducción en la Universitat Pompeu Fabra.

Es editora de la revista Quaderns de la Mediterrània, del Instituto Europeo del Mediterráneo, donde también trabajó coordinando proyectos culturales como el concurso literario internacional para jóvenes A Sea of Words.

Le interesan los límites siempre inciertos entre realidad y ficción, vida y literatura o géneros literarios. Muestra de ello fue la obra Rara avis. Retablo de imposturas (2009, Montesinos), que escribió junto a Ignacio Caballero. Además, ha publicado Historias que no se contaron (2019, Siete Pisos), que aborda las relaciones entre literatura y maternidad, Autoras de culto (2019, Dioptrías), una mirada personal sobre la vida y la obra de varias escritoras, y Encender las voces (2020, Franz), un viaje iniciático que explora el papel de la literatura en nuestra vida cotidiana.

Como traductora, se ha hecho cargo de traer a nuestro idioma las obras de escritoras como Tillie Olsen, May Sarton, Jane Lazarre, Caroline Lamarche, Marghanita Laski o Ursula K. Le Guin.

La cascada

Blanca Gago

Prólogo de Carmen G. de la Cueva

La mujer borrada. Notas para un prólogo

Carmen G. de la Cueva

Disimular —es un trabajo corrosivo— para ocultar lo que somos.Emily Dickinson

Una borradura

Érase una vez una mujer borrada, una mujer tachada, una mujer que no es más que el resto de un dibujo a carboncillo borrado una y otra vez hasta hacerlo desaparecer del papel. La mujer borrada no existe en el presente. Es una sombra. Hay unos versos de la poeta Denise Levertov que dicen:

Un silenciova envolviendo los hechos. Un [lenguajeaún por pronunciar.

La mujer borrada está envuelta en silencio, carece de lenguaje, de voz. Y si, a pesar de todas las tachaduras y borraduras de la vida, la mujer sigue ahí —como una sombra sobre la hoja en blanco, como el eco de una palabra mil veces pronunciada—, su historia la sobrevivirá y llegará hasta nosotras.

El agua que cae

Esta es la historia de una mujer que es engullida por las aguas. Primero, el agua que cae lo hace gota a gota como si se hubiera dejado un grifo mal cerrado, gota a gota, ploc, ploc, sobre la bañera, ese ploc, ploc, ploc que te despierta de madrugada. La gota se convierte en chorrito cayendo precipitadamente y la bañera se va llenando de agua. Un poquito más y otro más y plic, plic, plic hasta que rebosa. El agua se sale por los bordes de la bañera y lo inunda todo y cuando la mujer se quiere dar cuenta, el agua le llega por los tobillos, por las rodillas, sube hasta los muslos y no puede avanzar. Cae en cascada por las escaleras de la casa y la arrastra hasta la calle, hasta el río, hacia su propia desaparición. Algo así le pasa a la protagonista de este libro solo que el agua cae gota a gota durante toda su vida y casi sin querer, sin que hubiera podido anunciar del todo el desastre, las gotas se convierten en chorro y el chorro en cascada y la cascada en una corriente furiosa que la saca de la vida.

La artista

La infancia es el lugar donde todo comienza: el deseo, la creación, la vocación. Antes de ser una mujer, la protagonista de esta historia era una niña que pintaba. Cada mañana de verano salía de la casa de sus abuelos maternos cargada con una mochila con acuarelas, un bloc en blanco y algo de pan y queso. ¿Qué más se necesita para ser feliz? El impulso creativo es libre en la niñez, no responde a las presiones adultas, a las exigencias, al éxito o al fracaso, ninguna niña de ocho años sabe lo que es el síndrome de la impostora. Lo único que sabe es que pintar o escribir o cantar la hace feliz y la calma y le proporciona algo parecido a un cuartito para ella sola, no necesariamente un cuarto físico, sino algo que está más allá de lo terrenal, de lo material: su esencia, un lugar donde poder ser una misma. Nuestra protagonista descubre la pintura y se aferra a ella y, de mayor, estudia Bellas Artes y viaja a París y, sentada sobre la hierba, pincel en mano, descubre el mundo. Quizá sea uno de los momentos más hermosos de este libro, cuando la protagonista evoca esa infancia en los bosques de Souraïde, la luz que llegaba a través de los pequeños árboles, el murmullo de las aguas del arroyo donde se lanzaba a nadar con su hermana. Es justo ahí, en ese bosque, envuelta en la luz de su infancia, donde la mujer borrada volverá a dibujarse, donde sus contornos volverán a tomar forma.

La carrera de obstáculos

«Cada vez que nos vemos obligadas a hablar de la historia de una mujer artista», escribió Estrella de Diego a propósito de la pintora María Moreno, «nos encontramos con un relato desdichado de olvidos. En la historia de las artistas todo fluye con normalidad —pasiones juveniles, aficiones, formación solida…— hasta que los “obstáculos” aparecen y empañan las carreras de las creadoras, las ralentizan, las hacen privadas o fuerzan a abandonarlas.» Fue Germaine Greer quien acuñó el término «obstáculos» para hablar de todo aquello que hace que una artista entierre su instinto y siga adelante. ¿Hacia dónde? La protagonista de este libro pinta, da clases, pero es difícil, crear siempre lo es. Y conoce a un hombre y se deja llevar —siempre nos dejamos llevar o nos vemos arrastradas— y este hombre no cree en ella, pero no importa, porque ella sí que cree en ella misma. Entonces, sucede lo que siempre sucede, que ella tiene que buscar un trabajo que pague el alquiler, y poco a poco, como esa gota que cae de un grifo mal cerrado, deja de escuchar su instinto, entierra su deseo en lo más profundo de su ser y se entrega a una vida convencional que no la hace feliz, pero a la que tampoco opone resistencia. ¿Adónde va ese deseo, esa pulsión, ese amor hacia lo propio? Decía Ursula K. Le Guin en La hija de la pescadora que la mujer que intenta trabajar en contra del rencor halla lo bendito convertido en maldito, que debe rebelarse y trabajar duro sola, o callarse y caer en la desesperación. Y nuestra protagonista elige callarse. Aunque cabría preguntarse, ¿cuánto ocupa la creación en la vida de la mujer artista? Y ¿quién protege a las mujeres que pintan?

La madre

Hay vidas que son como prisiones. Una no sabe muy bien cómo ha acabado ahí, encerrada, anulada, apartada. Pero existe la posibilidad de salir, abrir una ventanita en los muros de la celda lo suficientemente grande como para poder atravesarla con el cuerpo entero y lanzarse al mundo de nuevo. Esa ventanita puede ser un hijo. Un hijo nunca viene al mundo para salvar a su madre. Un hijo no es una cosa que se pueda poseer, es mucho más grande, alguien que está más allá de una, más allá de todo lo vivido hasta entonces. Aunque una no lo sepa al principio, porque una madre aprende con el tiempo y cuando nace la criatura se siente más abierta y expuesta y sola que nunca en toda su vida. Y esa pasión que llenaba su vida hasta entonces —el caballete, los pinceles, los tubos de pintura, la paleta y los aceites— quedará arrumbada, escondida en un cuartillo oscuro, en un altillo, en el desván de la casa y en el interior de una porque la maternidad es como el agua esa que cae en cascada, todo lo inunda, se lleva por delante la vida de una. En La vida material, Marguerite Duras dice que la madre representa la locura porque es la persona más extraña y más loca que se haya encontrado jamás. «Cuando una mujer tiene que encontrar una forma nueva de vivir y rompe con la historia social que ha borrado su nombre», escribe Duras, «se espera que se odie a sí misma atrozmente, que enloquezca de dolor, que llore arrepentida.»

Gabriel

Una ventanita de carne rosada, una ventanita abierta al mundo, eso fue Gabriel, el hijo, para nuestra protagonista. Supongo que cuando una se hace madre siempre hay cierta resistencia a perder lo que una tiene: libertad, piernas para caminar, tiempo, brazos que llenar de pinceles, lápices, copas de vino, tiempo, tiempo, tiempo. Pero si se vive encerrada en la propia vida, sola, compartiendo celda con un hombre cruel y autoritario, un hijo puede suponer una ventana abierta al mundo desde la que volver a vivir de nuevo. Y aunque la protagonista no pudiera verlo al principio —pocas madres pueden verlo, sobre todo, en el primer año de vida cuando la crianza es tan agotadora que hasta una ducha o un paseo alrededor del bloque suponen una conquista—, Gabriel la hizo feliz, le ofreció una casita en la que guarecerse. Y jugaron juntos, corrieron por la hierba, bebieron agua fresca de las fuentes de los parques, vieron el mundo con los ojos vidriosos de asombro y pintaron, pintaron juntos, sobre todo, dragones. La madre enseñó al hijo a tomar un carboncillo entre sus manos, le ofreció en correspondencia el legado más valioso que podía dejarle: la pintura. El amor de madre, tan difícil de contar, tan eterno, podría parecerse a unos versos de «La destrucción o el amor» de Vicente Aleixandre que dicen:

Cuerpo feliz que fluye entre mis manos,rostro amado donde contemplo el mundo,donde graciosos los pájaros se copian fugitivos,volando a la región donde nada se olvida.

La destrucción

La potencia de este libro es infinita. La historia de la mujer borrada es tan infinita como la historia de cualquier mujer que decida ser dueña de su propia vida. Se repite desde la noche de los tiempos. Érase una vez una niña que quería ser artista, la niña pintaba y pintaba los árboles, los pájaros, los montículos de tierra arenosa y las cascadas. Un día, la niña se hizo mayor y recorrió el mundo con sus propios pies, era como una prueba del destino para comprobar si era lo suficientemente fuerte para afrontar la vida. Y la superó y volvió a su casa. Pero poco a poco, gota a gota, la mujer se fue borrando tras la historia de los otros, dejó atrás los pinceles, dejó atrás sus ojos abiertos al mundo y, ciega, quedó atrapada en lo alto de un torreón. Un día, muchos años después, como por arte de magia, en las paredes de piedra del torreón se abrió una pequeña ventanita y la luz que entró a través de ella le abrió los ojos y vio el cielo de un azul intenso y una nubecilla blanca que lo cruzaba y las golondrinas fugitivas volando a la región donde nada se olvida. Y aquello la devolvió al mundo y justo entonces cuando creía que podría volver a caminar por los campos, salir del torreón, la noche más negra cayó sobre ella y todo quedó a oscuras.

Despertar en la oscuridad

Un hijo nunca viene al mundo para salvar a su madre. Pero hay pérdidas que la cambian a una, pérdidas que nos transforman y nos devuelven al origen. Y el origen puede ser un bosque de árboles pequeños en Souraïde y una madre, una abuela también, que nos cuide hasta que seamos capaces de volver a empezar. Decía Rilke que lo esencial es dibujar, que las mujeres que han salido un día de sus casas de un modo violento, rompiendo con todo, deben perseguir ese impulso primitivo que las llevó a pintar. Solo entonces, cuando nuestra protagonista lo haya perdido todo, volverá a pintar y verá los árboles y las flores como si fuera la primera vez. Lo que una artista necesita es un carboncillo y un trozo de papel. Con eso basta, dice Le Guin, siempre y cuando sepa que ella y nadie más que ella está a cargo de ese carboncillo y es responsable, ella y nadie más que ella, de lo que pinta sobre el papel. «En otras palabras, que es libre. No totalmente libre. Nunca totalmente libre. Tal vez muy parcialmente. Tal vez solo en este acto único, este momento robado en que se sienta a pescar como mujer —artista— en el lago de la mente. Pero en esto, responsable; en esto, autónoma; en esto, libre.»

La cascada

Blanca Gago

A mi hermana, Marta

Primera parte

Uno

Las hileras de luces de la autovía del Norte empezaron a encenderse cuando salía de Madrid. Iba despacio, con el coche cargado de ausencia y sumida en la convicción de que me pasaría la noche conduciendo hasta llegar, por lo menos, a la frontera francesa. De ahí a casa de mi madre quedarían apenas unos treinta kilómetros. No me importaba. No tenía sueño ni prisa, puesto que nadie me esperaba. No creí que me fuera a llevar tan poco tiempo decidirme a marchar. Fue algo casi natural, casi lógico. Ya iría resolviendo el papeleo que quedaba pendiente más adelante, poco a poco, desde la distancia de otro espacio, otro tiempo diferente al de los últimos años, que ya había terminado para siempre.

Me puse en el carril de la derecha y me repetí en voz baja, una vez más, que iría despacio y tranquila, siempre recto; no había pérdida hasta la frontera. La pérdida, en realidad, era tan vasta que los indicadores de la autopista no tenían sentido alguno. Por el camino de luces, a izquierda y derecha, empecé a divisar esculturas en forma de triángulos verde hoja. Quizá eran árboles pasando de refilón, escamas de aquellos dragones que tanto le gustaba pintar a Gabriel y que, ahora, asomaban dispersas y olvidadas tras una guerra perdida. Nuestro bando se retiraba por el carril derecho, para no chocar. La victoria nunca había sido un objetivo y los dragones habían muerto definitivamente. Sus lenguas rojas, enormes y alargadas nunca más me lamerían las heridas. ¿Cuánto tiempo iban a quedarse en carne viva? ¿Cuánto tiempo más?

No sé por qué a Gabriel le gustaban tanto los dragones. El primero que descubrió fue el de La Elipa, que nos esperaba con la boca abierta y las brillantes escamas de piedra cada vez que bajábamos del autobús o íbamos a hacer la compra. Desde que empezó a caminar, detenernos allí se hacía obligatorio. Gabriel acariciaba sus escamas con cuidado, como para no lastimarlo, y subía trepando por la cola hasta la cabeza. Nunca se cayó, por mucho que se empeñaran en vaticinarlo los viejos desde abajo. A veces me daban ganas de esconderme yo también en aquella boca enorme y no volver a salir de allí.

Una vez, los dos nos sentamos en un banco de la acera, frente al dragón, y lo pintamos con lápices y acuarelas que habíamos bajado de casa. Ese día, los viejos se detuvieron a curiosear nuestros dibujos y algunos decían tonterías, pero Gabriel no parecía escucharlos. Pintó muchísimos dragones a lo largo de su vida. También dibujaba toda clase de artefactos, mezclas imposibles de máquinas y animales: pájaros avión, grifos excavadora, zorros con ruedas. Cuando me veía dibujando, se ponía a mi lado, observaba mi trabajo y, tras una breve reflexión, comenzaba el suyo. A veces, si no conseguía plasmar algo tal y como él quería, daba golpes en la mesa, tiraba los lápices al suelo y me empujaba para que no siguiera pintando. La cara se le ponía rojo frambuesa. Yo intentaba calmarlo y le decía que lo que había hecho era muy bonito, pero él no me creía. Nadie me creía nunca cuando decía cosas así.

Un día, una compañera de la universidad me habló de un editor de libros infantiles y me animó a ofrecerle unos dibujos. Le escribí sin esperanzas de que me respondiera, pero me contestó animándome a que le enviara bocetos para un libro de ecología para adolescentes y, cuando se los enseñé, se mostró muy interesado. Al cabo de unos meses llegó la hora de entregarle el trabajo definitivo. Lo había hecho por las noches, después de acostar a Gabriel, envuelta en los sonidos nocturnos apaciguados por la oscuridad. A veces me pasaba horas dibujando las partes de una flor o un anélido despistado y me olvidaba de Carlos, del miedo, de lo que había que comprar al día siguiente, del poco dinero que nos quedaba.

Fui a ver de nuevo al editor y, al enseñarle las ilustraciones ya terminadas, sacudió la cabeza y me dijo que no había sabido captar el espíritu festivo y desenfadado que requería el texto. Me sonó tan brusco que tuve que ponerme a examinar mis dibujos para no echarme a llorar. En un instante, pude verlos a través de los ojos de aquel hombre: densos, pegajosos, envueltos en un drama invisible pero presente, como la oscuridad que me envolvía cada noche en mi casa. Los camellos se adivinaban sedientos y tristes; los charcos de lluvia parecían restos de pociones maléficas que alguien había derramado por descuido. Con aquellos dibujos, ningún adolescente iba a sentirse motivado a explorar el mundo y adentrarse en la ecología. Solo en ese momento me extrañé de que, hasta entonces, me hubieran parecido tan buenos.

—Supongo que con el niño y el trabajo no habrás podido dedicarte en serio —dijo el editor con una mueca crispada de impaciencia. Así no podía aspirar a convertirme en profesional, con la cabeza en mil cosas a la vez, añadió.

Me arrepentí de haberle explicado, en nuestra primera entrevista, que tenía un niño pequeño, un trabajo (me daba vergüenza especificar y no pronuncié la palabra «teleoperadora»), muchas prisas. Esa primera vez que nos vimos, cuando admiró mis bocetos, tuve la impresión de que me encontraba ante un hombre amable y comprensivo. Un salvador altruista que por fin reconocería mi talento.

—Claro —murmuré. La palabra «profesional» casi me dio risa. No me atreví a insinuarle que me pagara al menos una parte del trabajo, porque luego acabó contratando a otro. Eso lo comprobé meses más tarde, cuando el libro, ya publicado, empezó a gozar de un modesto reconocimiento y un lugar bastante visible en la sección infantil de las librerías. Siempre lo atisbé desde lejos, sin ser capaz de sostenerlo entre las manos y recorrer sus páginas. Ver lo que otro había hecho en mi lugar.

Después me di cuenta de que en ningún momento había pensado que aquel editor fuera a pagarme. Nadie me había pagado nunca por mi trabajo artístico. Cuando dio por terminada la conversación, me levanté y me llevé los dibujos, los guardé murmurando una despedida y no volví a mirarlos. Durante los meses siguientes, volví a acordarme en varias ocasiones de las palabras de aquel hombre y, algunas veces, llegué a admitir que tenía razón. No podía pretender ilustrar libros, trabajar, cocinar, llegar corriendo a la guardería para recoger a mi hijo cada día y cuidarlo. Con las acuarelitas de los cipreses del parque y los retratos de Gabriel ya debía dar por cubiertas mis aspiraciones artísticas. No podía soltar más cuerda o todo se acabaría desbordando. No podía pedir. No podía llorar más.

Dos

Un día coincidimos en el parque del Oeste mi amiga Sofía, mi vecina Ágata y yo. Tendríamos unos diez años. Ellas dos no se conocían, pero congeniaron enseguida. Estuvimos jugando las tres a las gomas y a bote bote hasta que ellas dos decidieron que iban a prepararme una sorpresa y se fueron al otro extremo del parque, donde la higuera, abrazadas y cuchicheando. A veces se volvían y me rogaban que esperase, que ya regresaban con la sorpresa. Me fui llorando detrás de ellas para implorar que me dejaran ver lo que hacían. Yo quería estar allí; les dije una y otra vez que a mí no me gustaban las sorpresas. Pero ellas me miraban sonriendo y, ya lejos, me gritaban que tuviera paciencia. Acabé hipando junto a una columna, con los dedos en la boca y la cara llena de lágrimas. Allí me descubrió mi madre, y no fui capaz de responder cuando me preguntó qué me pasaba. ¿Por qué lloraba? «¿Por qué lloraba?» Esa era la pregunta. Después llegó la madre de Sofía, nos reunió a las tres niñas y nos pidió que le explicáramos lo que había ocurrido. Sofía y Ágata contaron lo de la sorpresa y miraban a la madre de Sofía con una cautela inocente cargada de buenas intenciones. No entendían por qué me había puesto así, repetían. «Yo te lo diré, Sofía —dijo su madre muy seria. Tenía unos ojos enormes verde esmeralda, los pude ver bien porque se agachó hasta quedar a la altura de nuestras miradas—. Lo que pasa es que Nathalie se ha sentido excluida.» La miré agradecida. Era la primera vez que oía esa palabra, pero supe al instante lo que significaba. «Excluida.» Aquella mujer de ojos verdes que ya no recuerdo cómo se llamaba puso nombre, de un plumazo, al sentimiento que tantas veces me había acompañado en los juegos del parque, las fiestas de cumpleaños, el patio del colegio. Excluida. Aunque me dejaran jugar e incluso tuvieran la deferencia de prepararme una sorpresa, yo siempre acababa sintiéndome excluida.

Creo que por eso empecé a pintar: para inventarme un mundo donde no sentirme excluida.

Tres

Mi madre se había ido a su pueblo natal solo unos pocos meses antes de que yo empezara a trabajar de teleoperadora. Cuando mi padre y ella pusieron en venta el piso de Chamberí, anunció que Madrid se le quedaba grande y, una vez firmada la venta, no dudó en marcharse a ocupar la casa familiar que, como hija única ya huérfana, le había correspondido heredar un par de años antes. Así volvía a su nido después de haber roto el que ella y mi padre habían construido. «Ahora ya no tiene sentido mantenerlo —nos dijo a mi hermana y a mí el día que fuimos a ayudarla con las maletas—, porque los pájaros han volado.» Lo cierto es que no habíamos volado muy lejos. Mi hermana, Esther, a Hortaleza y yo, a La Elipa.

Cuando mis padres vendieron el piso de Chamberí, mi padre, arruinado y deprimido, se instaló en casa de una prima suya que buscaba compartir gastos y empezaron una convivencia forzada por las necesidades económicas de ambos, que alternaba períodos de discusiones continuas con otros de relativa calma en los que nos veíamos más a menudo. Entonces, mi padre parecía feliz a su manera, sumergido cómodamente en la ruina y el fracaso. Quizá era eso lo que le ponía los ojos transparentes.

«Se ha quedado sin un duro por su mala cabeza —murmuraba mi madre entre dientes cuando se dignaba a hablar de él—. Menos mal que yo he podido volver a mi casa.»

Mi padre había levantado una pequeña empresa de mudanzas que, con la crisis, había hecho aguas hasta forzar su jubilación. Durante mi infancia, yo oía a menudo que nos iba bien. Esa escueta frase, sin embargo, no impedía que algunas noches me costara dormir al imaginar que, de mayor, no iba a ser capaz de ganarme la vida. Mi madre acabó dejando sus trabajos esporádicos como guía turística para franceses interesados en la historia madrileña de los Austrias y los Borbones y se consagró a la contabilidad de la empresa. Pero llegó un momento en que las facturas la sobrepasaban y los balances no se sostenían. No soportaba los números rojos, el hundimiento lento de aquello en lo que ambos se habían volcado. No soportaba la idea de quedarse sin dinero. Entonces llegó la época en que discutían todo el tiempo, en el trabajo y en casa, hasta que mi madre renunció a su puesto. Cuando Esther y yo nos emancipamos, empezó a alquilar nuestras habitaciones a turistas y estudiantes, pero nadie duraba mucho. En el fondo, mi madre no estaba dispuesta a ver su casa invadida por extraños. Le daba tanta pena, tanta rabia tener que recurrir a aquella situación, que los ocasionales huéspedes enseguida se sentían incómodos, agobiados por la tensión de las discusiones suspendidas, aplazadas, cíclicas del matrimonio. En ese tiempo, para vernos, mi madre y yo quedábamos en los bancos de los jardines del Conde del Valle de Suchil y pasábamos allí la tarde. La conversación moría a partir del momento en que ella sacudía la cabeza y me decía que tendrían que vender la casa. Ya no era nuestra, murmuraba, era del banco y de los acreedores. Mi padre nunca venía a los jardines y, en las raras ocasiones en que nos reuníamos los tres, o los cuatro, con Esther, él apenas nos miraba ni contestaba cuando le preguntábamos cómo estaba. Empezaba a fraguar su fracaso con los ojos transparentes. Permanecía ensimismado y cabizbajo, calculando, quizá, cuánto tiempo podría aguantar hasta preparar la última y definitiva mudanza: la suya propia.

Cuatro

Empecé a trabajar de teleoperadora unos años después de terminar Bellas Artes, cuando Carlos y yo compramos un piso oscuro y miserable en La Elipa. A pesar de que no tenía ninguna experiencia, me contrataron porque hablaba francés. Dejé de intentar vender mis obras y pasé a ocuparme del servicio de atención al cliente de una multinacional mediante una subcontrata precaria. Atendía las quejas de los clientes que no estaban satisfechos con su lavadora o su microondas y que, a veces, me arrojaban toda su ira por teléfono. Podía ver cómo se iban poniendo rojos, de un tono que adivinaba del rosado al bermellón, aunque me tapara los ojos, aunque fijara la vista en el techo blanco de la enorme sala.

La lengua que hasta entonces solo hablaba con mi madre, mi lengua materna, pasó a convertirse en la lengua de las incidencias y los expedientes de trabajo. Esa mezcla de reminiscencias maternas con fórmulas de cortesía vacías de significado me resultaba tan insoportable que, a veces, tenía que quitarme los cascos de pura impotencia y dejaba que el cliente hablara solo hasta que se daba cuenta de que nadie lo escuchaba. Lo hacía con cuidado, agazapada en mi cubículo para no me viera ningún supervisor. Entonces miraba al suelo, de una áspera moqueta gris. Otras veces me iba al cuarto de baño para respirar un poco de pie, frente al inodoro minúsculo. Como si allí los reproches de mi madre por utilizar su lengua para esos fines tan bajos se atenuaran, como si pudieran incluso llegar a desaparecer.

Cuando le conté a mi hermana que había encontrado trabajo como teleoperadora después de unos años intentando vivir de la pintura, intentó disuadirme de mi decisión. «Es mucho mejor la enseñanza —sostenía desde su posición de profesora de francés con plaza fija en un instituto—. Sácate las opos —me dijo—.» Le respondí que los adolescentes me daban miedo. «A eso te acostumbras —repuso—, y llega un momento en que el miedo desaparece y lo único que te inspiran es un poco de pena de vez en cuando.»

Pero yo no quería ser profesora. Solo quería pintar y dibujar, y me angustiaba ver cómo las decisiones que iba tomando a medida que pasaba el tiempo me alejaban cada vez más del arte. No me sentía preparada para hacer frente a todo aquello que me alejaba de la pintura. Tenía ganas de ganar dinero, pensaba antes de dormirme. No creía en lo que hacía ni en lo que quería hacer. No me gustaba tener que pedir, tener que llorar, tener miedo de quedarme sin nada a pesar de lo poco que tenía en realidad.

Carlos sacudía la cabeza con la mirada perdida en la pared vacía del comedor y me repetía que solo con su sueldo no llegábamos. Por entonces, ya nunca decía que me apoyaba, solo que yo no ganaba dinero. Él trabajaba muchas horas en el banco y su sueldo no era nada del otro mundo. Sus ambiciones frustradas se le colgaban cada mañana de los puños de la camisa y de las solapas de la chaqueta, siempre arrugada, que se ponía antes de salir corriendo sin desayunar y cerrar con un portazo.

«¿Qué haces con un tío que trabaja en un banco? No te imagino con él», me dijo Chris al poco tiempo de conocernos, el primer día que salimos juntos a almorzar. Me sentí avergonzada, como si me estuviera reprochando mi conformismo, mi incapacidad para enamorar a un hombre mejor. Murmuré algo sobre lo peligrosos que pueden llegar a ser los estereotipos y soltó un par de carcajadas. «Es cierto —afirmó con una sonrisa—, solo hay que vernos a nosotros trabajando en un call center.»

Aquella noche volví a hacerme la misma pregunta que Chris me había lanzado a bocajarro y que yo, en realidad, ya me había formulado mucho antes que él. A decir verdad, me la formulaba con regularidad, siempre para mis adentros. ¿Qué hacía con Carlos? Me daba rabia que un compañero de trabajo al que acababa de conocer me leyera mis pensamientos más vergonzosos y los soltara de aquella forma tan impúdica. Todos podrían oírlos. Yo misma podría oírlos.

El caso es que no era capaz de responder con aplomo a su pregunta. Al principio, Carlos me había parecido un tipo gracioso con el que me encontraba a veces en casa de unos amigos. Era simpático y agradable con todo el mundo; siempre calculaba el punto justo de socarronería para no ofender, siempre estaba dispuesto a llevarme adonde fuera en su coche o a recogerme a la hora indicada. Le encantaba conducir. Una tarde quedamos, nos metimos en un bar de Alonso Martínez y, nada más sentarnos en la mesa de un rincón y pedir unas cervezas, me dijo que yo le gustaba. Pobre, pensé. Me había acostumbrado a que me llevara en coche por todo Madrid y me dijera tonterías. Era agradable no tener que esforzarme en buscar compañía en los momentos en que necesitaba salir de casa, evadirme de la pintura, dejar de ver a mis padres pelearse por el dinero. Me daba apuro decirle que él a mí no me gustaba. Respondí con evasivas y él pronto empezó a actuar como si fuéramos pareja. Me llamaba regularmente, me tenía en cuenta para sus planes, nos veíamos, nos besábamos, me agarraba la mano por la calle cuando caminábamos juntos, me ponía la mano en la pierna cuando nos sentábamos uno al lado de otro y juntábamos nuestras rodillas. Pobre, seguía pensando yo de vez en cuando, y sonreía.

Una noche nos quedamos solos en la casa de uno de esos amigos que compartíamos por entonces y que, supuse mucho más tarde, se había confabulado con Carlos para desaparecer. Ese día nos desnudamos el uno al otro y tratamos de esbozar el primer paso hacia una intimidad compartida, a tientas, en la que ambos nos sintiéramos cómodos. Nos reímos muy alto para acallar la vergüenza, los resquicios de un muro que, sin saberlo, empezamos a levantar aquella misma noche. Qué pronto. Yo, por entonces, anhelaba algo que nunca llegaría: reconocernos más allá de nuestros cuerpos, en nuestros desgarros; profundizar en aquellos tanteos, en aquellas sonrisas que resultaban tan falsas, tan vacuas. Él se quedó mirando el techo preguntándose, quizá, lo que decir a continuación y luego se levantó de la cama con una sonrisa sin olvidarse de repetir, una vez más, lo guapa que le parecía.

Yo le llevaba la corriente y él me la llevaba a mí. Me acompañaba a exposiciones y vernissages y oía atento las explicaciones que le brindaba frente a los cuadros, luchando por disimular los bostezos. Pero estas salidas fueron desvaneciéndose poco a poco. Me fui dando cuenta de que no quería hablarle de arte como si jugáramos al Pigmalión invertido porque sentía que eso acabaría humillándolo. Y yo no quería humillar a nadie. Tampoco quería que él sacara pecho y, para compensar su humillación, me explicara qué era una OPA hostil. Eso no me interesaba en absoluto.

«Por cierto, esta tarde voy a casa de Luis a echar unas partidas», me dijo un sábado, después de haber acordado, unos días atrás, en que iríamos a la exposición de Caillebotte en el Thyssen. Pensé que se hacía el tonto, y que, en realidad, mejor ir sola. No volvimos a visitar ninguna exposición nunca más.

Quise adaptarme a él. Ambos asumimos que debíamos acotar temas de conversación, aprendimos muy pronto a no traspasar líneas trazadas en el suelo que terminaron alzándose para convertirse en muros de hormigón. Nos volvimos una pareja tácita, sobreentendida. En realidad, en ningún momento hablamos ni de la naturaleza ni de las bases de nuestro compromiso, y así dimos por sentado que debíamos acatar las normas del noviazgo convencional.

Eso fue, más o menos, en la época en que decidimos presentarnos a nuestras respectivas familias. Él me llevó al pueblo de Segovia donde vivía la suya. Yo estaba tan nerviosa que no paraba de sonreír. Era febrero y hacía mucho frío. Cuando llegamos a la casa con el coche, su madre nos estaba esperando en la puerta. Abrazó a su hijo y luego me abrazó a mí; apretándome con una sonrisa, con su mejor sonrisa. Se me ocurrió que tal vez estaba tan nerviosa como yo. Luego, al entrar en la casa, me explicó lo que había hecho de comer: cordero al horno. Me detalló la receta, y entonces apareció su padre, que llegaba del bar. Comimos el cordero y luego su madre empezó a recoger la mesa y yo la imité. Seguía nerviosa. No sabía qué hacer con los restos de comida, los vasos, las servilletas… Tenía miedo de que se me cayera alguna copa. Carlos y su padre se sentaron en el sofá. Desde allí, Carlos me sonrió una vez y levantó la barbilla. Yo seguí a su madre hacia la cocina y fregamos los platos juntas. No le gustaba el lavavajillas, me explicó, porque dejaba la loza muy fea. El agua estaba tibia y, al dejarla correr, metí las manos en el chorro y unas gotas salpicaron la pared. La cocina era toda blanca, sin colores. Busqué algún tono que pudiera confortarme, algo bonito donde fijar la vista. Entonces la madre, como si me hubiera leído el pensamiento, me pidió que mirara por la ventana. Y allí vi el azul celeste inmenso, limpio de nubes.

«Así da gusto fregar, ¿a que sí?» Me sonrió la mujer. Y esta vez me dio la impresión de que ni ella ni yo estábamos ya nerviosas. El cielo de la cocina nos había dado paz.

Después de aquella visita a casa de los padres de Carlos, los tácitos sobreentendidos se afianzaron. Todas las reglas que nos imponíamos para fuera se diluían dentro, en nuestra intimidad forzada y sonriente. No tenían sentido, no podían guiarnos cuando nos encontrábamos frente a frente en la habitación del piso que alquilamos, primero, y luego acabamos comprando. Era un espacio ficticio, creado por el pacto subterráneo que sellamos al empezar a vivir juntos, según el cual yo debía luchar por abrirme camino en mi reconocimiento como artista para poder vivir de ello, mientras que él, como era empleado de banca, salía a trabajar fuera. Por entonces creía de verdad que podría vivir pintando, de uno u otro modo, porque no me imaginaba haciendo otra cosa. Incluso en las noches en que me costaba dormir lo pensaba. Porque él decía que me apoyaba y yo lo creía. Quizá esperaba que él se pasaría la vida llevándome en coche por Madrid, corriendo con los gastos, repitiéndome lo guapa que era y dejándome en paz cuando yo lo necesitara.

Así me recluí, convencida, en el ámbito doméstico. Los rincones de la casa eran para mí; él me concedía esos espacios como prueba del amor que me profesaba. Por tanto, no se trataba de una esfera totalmente mía, puesto que su presencia, su dominio, se respiraban continuamente a pesar de que yo trataba de ahuyentarlos con mayor o menor empeño, según mis fuerzas, a través de mi trabajo. Su presencia no me servía para pintar. Trataba de zafarme de ella como fuera. Ganarme su ausencia. Así, en esa lucha diaria librada sin estrategia alguna, solo a base de intuición, buscaba los recovecos de la casa para intentar ser un «yo» sin rastro de «él» durante unas horas, alcanzar el fondo de mí misma para poder pintar desde ahí, y a medida que iba quitando capas notaba que me acercaba. Pero ese núcleo desnudo no me gustaba. No aceptaba el miedo timorato, el orgullo negro. No quería en modo alguno llamarme «pobrecita».

El resto no era nada. Las baldosas del piso estaban siempre heladas. No teníamos calefacción y el viento, cuando soplaba, se colaba entre las rendijas de los marcos de las ventanas. Yo me echaba encima una capa de ropa tras otra y, cada mañana, me ponía a trabajar cubierta por un montón de gruesas prendas de las que me iba despojando a medida que entraba en calor. Pintar me quitaba el frío aunque, para ello, tuviera que plasmar la frialdad en el papel. Exploraba el hielo, los glaciares, la frigidez en todas sus expresiones. Jugaba con los blancos y los azules, las formas pétreas y congeladas de la naturaleza. Me estaba pasando como a Kay, el niño de La reina de las nieves, a quien se le metió un trocito de hielo en el ojo y, desde ese momento, sin darse cuenta, empezó a cambiar. Se volvió insoportable y nadie, ni su familia ni su mejor amiga, Gerda, sabía qué le pasaba. La reina lo había hechizado y él ya solo quería jugar en la calle con la nieve. Olvidó a su amiga y la avergonzó cuando esta apeló a la amistad que habían levantado juntos. Exhibía un brillo extraño en los ojos. El día más gélido de todo el invierno, la reina de las nieves apareció para llevárselo y él, sin dudar, se agarró al trineo y ambos salieron volando hacia el palacio de la reina.

Solo el amor valiente y el sacrificio de Gerda pudieron hacer que Kay rompiera a llorar al verla llegar al palacio para rescatarlo. El trocito de hielo se deshizo y Kay pudo librarse del hechizo. Así, también, pudo librarme Gabriel a mí unos años después. Pero él nunca volvió a casa. A ninguna, la que fuera. Tuve que escapar yo sola del palacio de hielo sin haber olvidado nunca mis buenos modales, sin haber dado en ningún momento una mala respuesta.

Pinté un lienzo para cada estancia de la casa. Recuerdo que uno de ellos mostraba una mujer de huesos salientes y músculos tensos, con el rostro angustiado y el cabello cayéndole en cascada sobre los hombros, electrizado y azul cobalto. Sin ser consciente de ello, había retratado a la mujer en la que me convertiría unos años después, perdida y horrorizada entre el vacío punzante de aquel piso compartido que acabaríamos comprando.

Al principio, Carlos llevaba la frase «yo te apoyo» siempre a mano, afín de exhibirla en cuanto se presentaba la ocasión. Para él, todo lo que yo hacía estaba muy bien. Solo eso. A veces se quedaba mirando uno de mis esbozos y cuando le preguntaba tímidamente:

—¿Qué te parece?

Él daba un respingo y sonreía.

—Muy bien. Me gusta mucho —respondía.

Nada más.

En esa época casi nunca me apetecía salir. Dejé de ir a los bares, pero anhelaba críticas, zarandeos que me obligaran a indagar un poco más allá de mi propia complacencia, que paliaran la distancia que iba estableciendo inexorablemente con mis compañeros de la facultad. Quedaban todos tan lejos. Ya no iba a sus exposiciones, apenas sabía nada de ellos. Pero Carlos solo me miraba, sonreía y me pedía que me acurrucara contra él en el sofá para así hacerle olvidar el día tan terrible que había tenido. Y me ponía la mano en la pierna.

La primera vez que me di cuenta de que me había metido un cristal en el ojo fue una noche en que Carlos y yo salimos con unos amigos suyos del pueblo que, por algún motivo, estaban en Madrid. Había uno rubio y otro, moreno. Fuimos a un bar de Cuatro Caminos que tenía el suelo sucísimo y pegajoso y la música demasiado alta. Pedimos cerveza y nos distribuimos a lo largo de la barra, en los huecos que se iban haciendo en el trasiego de gente. El sitio estaba lleno. Yo me puse a hablar con uno de los amigos de Carlos, el rubio, porque era el que me quedaba más cerca y me había sonreído, y pronto la conversación se animó. Hacía tanto que no me tomaba una cerveza sobre un suelo pegajoso, entre codazos y risas. Para poder oírnos, teníamos que gritar y acercar las cabezas. Ya no recuerdo de qué estuvimos hablando, pero sí que me reí con ganas, cómoda y contenta de estar allí con una caña en la mano, rodeada de música y de gente.

Hasta que mi mirada se cruzó con la de Carlos. Había olvidado que estaba allí, en la otra esquina de la barra, y fue como si me abofeteara con los ojos, como si me lanzara un cuchillo untado de cólera por los aires. Se me quitaron de golpe las ganas de reír y, cuando nos despedimos de sus amigos, me pasé el trayecto de vuelta a casa pidiendo perdón, con una voz llorosa que me pareció muy falsa, y acabó de convencerme de que me había comportado de un modo terrible. Como una puta, delante de sus narices. Él no tuvo que decir nada. Miraba al infinito con la cabeza bien alta. Al llegar a casa, nos desvestimos y nos metimos en la cama en silencio. Carlos se mantuvo callado durante varios días. Me hería con su silencio huidizo y la ignorancia mis de súplicas. Al final, cuando yo también opté por callar, empezó a pretender, poco a poco, que todo volviera a ser como antes. No. Ya nada volvería a ser como antes.

Algo más calmada, al cabo de unos días, me di cuenta de que el problema no estaba en mi actitud, sino en sus celos. No he hecho nada malo, me repetí mil veces. Intenté contárselo a mi madre un día en los jardines. Pensé que quizá ella me pudiera sacudir un poco la vergüenza que sentía tras aquel episodio y que me impedía relatarlo a mis amigos. Apenas los veía ya. No iba a llamarlos para eso. Tampoco quería hablar con mi hermana. Ella nunca habría dejado que le pasara una cosa así.

Mi madre sacudió la cabeza y me miró incrédula: «¿Celoso? Nunca lo habría pensado de Carlos».

Solo le faltó decir: «Es tan encantador, tan buena persona». Cuando por fin me concedió el diagnóstico, le restó importancia: «Hablad, no pasa nada, hablad mucho», repetía. Entonces, no era tan grave. No me atreví a decirle que no sabía cómo hablar con alguien que no quería hablar conmigo. La única manera de saltar aquella zanja y seguir viviendo con Carlos, seguir pintando en mi recién estrenado rincón de artista, era aceptar su silencio y esperar a que decidiera volver a hablarme. Empujarlo hacia su ausencia sin que se enterara. Suavemente, como un desliz. Porque yo, entonces, quedaba a su merced y su silencio me hacía sufrir, se me antojaba un castigo insoportable. Pero si lo aceptaba, no tendría que romper la burbuja en la que nos habíamos metido. No tendría que pasar la vergüenza de admitir que me había equivocado con él. No tendría que reconocer el miedo, el orgullo, para dejar de pasar frío.

Nunca volvimos a salir con aquellos chicos del pueblo de Carlos, ni con el rubio ni con el moreno. Fuimos reduciendo aún más nuestras salidas, aislándonos cada vez más los dos, en un cerco inexorable que amenazaba con ahogarnos, en una casa cada vez más triste, en una intimidad ficticia y vacía. Todo fue muy rápido. Como un pellizco en la pierna.

Por eso cuando, años después, conocí a Chris y se aficionó a hacerme preguntas como: «¿Por qué estás enamorada de Carlos?», me quedaba sin saber qué decir. Quería responder, pero las mentiras se me atragantaban en la garganta. Él aguardaba mirándome sin pestañear, con las cejas enarcadas, de un modo tan implacable que conseguía disuadir todo mi aplomo y, al final, los dos nos echábamos a reír, vencidos por aquel efímero enfrentamiento que acababa uniéndonos un poco más. Me gustaban nuestras risas espontáneas, liberadoras, y los días en que volvía a casa y emprendía alguna lucha soterrada con Carlos por cualquier motivo (la cena, el cuarto de baño), me iba al estudio y buscaba un espejo. Frente a mi rostro reflejado, intentaba verme a mí misma como me veía Chris cuando me hacía una de sus preguntas retadoras. Me miraba la curva de la nariz, las pecas, el entrecejo mal depilado. Miraba el miedo sin reconocerlo. A veces forzaba una carcajada para conjurar la espontaneidad de aquella risa compartida apenas unas horas antes, amarga en el fondo, pero tan necesaria. Pocas veces acudió. Pocas veces pude reírme a solas de mí misma, de aquella situación que se alargaba y parecía no hallar su final. Pero no quería llorar. No quería pedirle a nadie que me sacara el cristalito.

Chris trabajaba en el servicio de atención al cliente para los países de habla inglesa. Había nacido en Londres y, después de empezar a estudiar una ingeniería, la había abandonado para dedicarse a viajar por el mundo. Había recorrido América y Asia y luego había conocido a una asturiana con la que se instaló en Madrid, donde llevaban unos cuantos años viviendo. Había ejercido una amplia variedad de oficios, desde monitor de submarinismo hasta agente inmobiliario, pero todos ellos tenían en común el trato con la gente. «Vamos, un inadaptado —atajó Carlos cuando le hablé de él—, uno de esos que huye de algo que ni él mismo sabe explicar.»

A Chris le gustaba escuchar las historias que cada quien estuviera dispuesto a explicarle, nunca parecía tener prisa por terminar una conversación. Se mostraba interesado por cualquier cosa que le contaran, y también por lo que, poco a poco, empecé a contarle yo. Le hablé de los veranos de mi infancia en la casa de mis abuelos de Souraïde, del viaje en tren que hice a París a los dieciocho años, de las clases en la facultad de Bellas Artes y los compañeros a los que ya no veía, de las prostitutas de Ernst Ludwig Kirchner y Egon Schiele, de mi hermana, de lo difícil que me resultaba dibujar cada día al llegar a casa por la tarde y lo feliz que me sentía al conseguir algún destello, alguna imagen que pudiera llevarme al otro lado.

Pese al ambiente aséptico que nos rodeaba, notaba cómo íbamos creando un espacio íntimo de intercambios compartidos. Intimidad en un call center. Ahí surgía una química llena de estímulos que llegó a resultarme adictiva pese a que, sobre todo al inicio de ese juego, solía desgarrarme por su sinceridad. Cada pregunta era un arañazo en la cara de un gato que me asaltaba al amanecer para clavarme las uñas. A veces, me preguntaba si quería quedarme a tomar algo después del trabajo. Él y otros compañeros se veían ocasionalmente algún fin de semana, y algunos días de diario caminaban sin prisa hasta la plaza Olavide y, si no hacía demasiado frío, se sentaban en alguna terraza. Yo casi siempre ponía excusas y me mordía las uñas de envidia. Solo cuando estaba segura de que Carlos iba a llegar tarde me permitía quedarme un ratocon ellos. Me sentaba al lado de Chris y me olvidaba del resto del mundo. No hago nada malo, me repetía. Pero la inquietud se me derramaba por el vaso de Coca-Cola. Solo a veces conseguía arrinconar la sombra de Carlos y dejar de calibrar las explicaciones que daría si, de algún modo, él se llegaba a enterar de que me había quedado allí, con aquella gente. ¿Me imaginaba riendo como me reí aquella noche junto al rubio de su pueblo?

Alguna vez regresó a casa antes de lo esperado y me pilló con el abrigo puesto, o llamó a casa con cualquier excusa y nadie descolgó el teléfono. Luego me preguntaba por qué había llegado tarde y yo notaba cómo le hervía la sangre a medida que improvisaba una excusa, siempre poco convincente. «¿Estaba el inglés?», preguntaba él, y yo le decía que sí. Sabía que era inútil negarlo. Aunque fuera cierto, él nunca me creería.

Un día conocí a la mujer de Chris. Se llamaba Carlota. Cuando los vi juntos, se me encogió el estómago por la manera en que parecían entenderse, por toda la libertad que rezumaban. Porque seguro que Carlota, despeinada y muerta de sueño, no titubeaba antes de explicar a Chris, de regreso a casa, que se le había hecho tarde porque se había encontrado con cualquier conocido suyo y habían decidido cenar juntos esa noche, y luego ir a tomar algo, y se lo había pasado tan bien que había perdido la noción del tiempo. Seguramente Chris nunca había visto a ese conocido, o no lo recordaba, y no se esforzaba lo más mínimo por recordarlo. No pasaba nada. Carlota no hacía nada malo. Seguro que se reían juntos con las anécdotas de la noche, que ella iba contando mientras se deshacía los restos del moño frente al espejo. Seguro que entre ellos no había desconfianza, suspicacia, celos flagrantes que se alzaran como latigazos cada vez que alguno de los dos compartía algún secreto con una tercera persona. Imaginaba aquella relación repleta de estímulos y placeres, de una comprensión profunda del otro a salvo de cualquier conflicto. La envidia me impedía considerar, siquiera por un momento, que los conflictos, las pequeñas y grandes batallas, eran, en realidad, la esencia de la vida, y que aprender a resolverlos de manera adecuada era, justamente, lo que va conformando nuestro tránsito por ella. Atrapada en mi burbuja de hielo, eso es algo que en ningún momento me detuve a reflexionar.

Lo único que entendía acerca de los conflictos era que no sabía cómo abordarlos. Que me quedaba paralizada. Anhelaba una relación así, tan ideal como la que imaginaba que tenían Chris y Carlota y, aunque sentía que tenía derecho a ella, no sabía dónde reclamarla. Tal vez pensaba que, puesto que no había conseguido encontrar un hombre que no me amenazara con sus celos y sus silenciosos castigos, sus pactos tácitos y venenosos que me iban lacerando la piel, en el fondo no lo merecía.

¿Cuánto tiempo iba a pasarme con las heridas en carne viva?

La tarde que nos conocimos en una terraza de la plaza Olavide, Carlota me saludó sonriente y, acto seguido, se dio media vuelta para seguir hablando con un grupo de ingleses que se habían sentado al otro lado de la mesa, y que seguramente Chris ya le había presentado en alguna ocasión. Desde mi sitio podía observarla sin disimulo. Ella no volvió a girarse. Pude apreciar su inglés seguro y admirar su belleza sin estridencias. Tenía el pelo castaño largo y recogido en lo alto, la barbilla suave, las mejillas redondas, sin pecas. Chris estaba sentado junto a mí, en silencio, distraído con la gente que pasaba hasta que, en un momento, se inclinó hacia mí y me susurró:

—En casa no es tan maravillosa como parece.

—No te creo —repuse, y se echó a reír.

Entonces me preguntó si había hablado con Carlos de él. La primera vez fue una noche, durante la cena, cuando le describí a los compañeros de trabajo con los que mejor me llevaba, Noor, Olivia, Mark, y mencioné a Chris como uno más del grupo. Fue entonces cuando me dijo que era un inadaptado. Desde el principio percibí su estado de alerta, la tensión de los músculos de la cara a medida que yo iba soltando nombres, datos, curiosidades, en una charla fingidamente casual cuyo objetivo era dejar bien claro que ninguno de esos compañeros que mencionaba me parecía interesante. Que no había complicidad con ellos, solo interacciones formales sin traspasar el estrecho marco de las más estrictas convenciones entre colegas. Carlos escudriñaba mi discurso y dejaba caer alguna pregunta con aparente desinterés, como para mantener el tema de conversación, y yo le respondía en el mismo tono. Los dos teníamos perfectamente orquestados nuestros respectivos papeles. Al cabo de un rato, miramos nuestros platos de judías, ya casi vacíos, y los llevamos al fregadero en silencio.

A partir de esa conversación empezó a llamar a Chris «el inglés», como si fuera incapaz de aprenderse su nombre, y a criticarlo usando los pocos datos que conocía de él. Yo aprendí a dosificar cuidadosamente la información que le procuraba sobre la gente del trabajo.

Respondí a Chris que sí, que Carlos sabía de él.

—¿Y le cuentas cómo son nuestras conversaciones?

—No.

Sentí cómo enrojecía. Por supuesto que no. Eso habría puesto en descarnada evidencia lo poco que hablábamos Carlos y yo, lo poco que ahondábamos en nuestras vidas más allá de las anécdotas inocentes y la gestión del día a día. Con Chris todo estaba aún por descubrir, cualquier cosa era digna de reflexión desde una perspectiva nueva que él siempre ofrecía gracias a los giros oblicuos que podía dar a cualquier asunto. Hablar con él a la hora del almuerzo solía ser lo más importante que me pasaba durante el día y, por la noche, antes de dormirme, me gustaba repasar nuestras conversaciones, retener sus comentarios, recordar sus gestos. Tenía un horario que apenas me dejaba pintar, y la falta de dinero ya no me quitaba el sueño. Con Carlos, en cambio, el repertorio de temas que podíamos abordar sin lacerarnos la piel era muy limitado, porque él me había dejado claro hacía mucho tiempo que no le interesaba el arte y me había retirado su apoyo, tan entusiasta en un principio. A mí tampoco me interesaba su banco, así que ambos evitábamos hablar de nuestros trabajos. Él, porque se angustiaba con la presión a la que lo sometían para captar clientes; yo, porque no quería recordar que era teleoperadora. Una vez que salía del edificio cuadrado de piedra gris donde estaba el call center, respiraba hondo y calculaba con alegría cuántas horas faltaban aún para volver a mi cubículo de paredes verdosas. Aunque en ese momento me parecieran muchas, siempre se pasaban demasiado rápido.

Entonces, solo nos quedaban las cenas insípidas y hechas a todo correr frente al televisor comentando las noticias, los recados, las anécdotas ajenas, siempre desprovistas de cualquier atisbo de amenaza y, a veces, el sexo antes de dormir, apresurado y furtivo. Me costaba decirle que no quería una noche tras otra, así que dejaba que se tendiera encima de mí hasta correrse. Siempre encima, porque nunca conseguía hacerlo debajo, y yo, sin apenas moverme, soportaba su peso y su aliento, que se me metía por la nariz, y deseaba que terminara cuanto antes. A veces me dormía con un pañuelo al cuello, pensando en los lacitos que se ataban las antiguas cortesanas para avisar a los hombres de que no querían sexo. El lacito de la Olympia de Édouard Manet. Carlos nunca reparó en él. O nunca me dijo nada al respecto.

Cuando me echaba el aliento desde arriba, yo sentía cómo desconectaba de mi cuerpo, me desdoblaba y me veía a mí misma desde el ángulo lateral de la mesilla, erguida en juez implacable e inmisericorde que, sin embargo, nunca perdía las formas. Para ocultar las muecas de asco, se volvía hacia la pared. Cuando me levantaba al baño para lavarme, tropezaba con ella, con esa parte de mi conciencia desdoblada, e intentaba darle una patada para echarla de la habitación, pero eso solo conseguía enfurecerla. Se quedaba allí, esperando agazapada, en el suelo, junto a la mesilla, contemplándome, y, a veces, ni se molestaba en ocultar la mueca de asco con la que me reprochaba haberlo consentido de nuevo.

En esas noches me costaba muchísimo más conciliar el sueño. En esas noches me detenía a repasar, a saborear con la mayor intensidad que era capaz de reunir, los momentos que había vivido con Chris unas horas antes. Ese era mi consuelo sin lágrimas. Solo así conseguía volver a juntarme.

Título original: La cascada

Primera edición: octubre de 2021

© 2021, Blanca Gago, por el texto

© 2021, Carmen G. de la Cueva, por el prólogo

© 2021, de la presente edición en español para todo el mundo:

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