La charca - Manuel Bivar - E-Book

La charca E-Book

Manuel Bivar

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Beschreibung

La charca es un libro salvaje. En realidad es la voz libre de un ser humano que se considera a sí mismo como un animal. En plena pandemia decide vivir solo en el campo y construir una charca donde embarrarse. Esa desnudez, ese contacto del cuerpo con el agua, la tierra, el sol o la lluvia, esa forma de vivirse como un animal más, actúa como una especie de sortilegio, una limpieza de la falsa cultura que termina por castrar. La belleza de las plantas se mezcla con el fango y los bichos. No es necesario pensar en una distopía futura. La distopía ya está aquí. El personaje de La charca está dispuesto a verlo todo tal cual es, a no disfrazar las causas del fin de nuestra especie en cambios climáticos por un mal uso de los recursos. Las causas están en los sentimientos de cada humano, en el odio, en la avaricia o en la lujuria.

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Seitenzahl: 145

Veröffentlichungsjahr: 2024

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la charca

Manuel Bivar

Traducción

Elvira Riveiro Tobío

Colección ¿Qué nos contamos hoy?narrativa

Título:

La charca

De esta edición:

© De Conatus Publicaciones S.L.

Casado del Alisal, 10

28014 Madrid

www.deconatus.com

Copyright © Manuel Bivar (2021).

Título original: A charca

© De la traducción: Elvira Ribeiro Tobío

Primera edición digital: mayo 2024

Diseño: Álvaro Reyero Pita

ISBN epub: 978-84-10182-04-2

Todos los derechos reservados.

Esta publicación no puede reproducirse total ni parcialmente, ni almacenarse en sistema recuperable o transmitido, en ninguna forma ni por ningún medio electrónico, mecánico, mediante fotocopia, grabación ni otra manera sin previo permiso de los editores.

La editorial agradece todos los comentarios y observaciones:

[email protected]

Era un jardincillo de roble marojo, retama amarilla y cebolla albarrana, con granitos, en donde las vacas morían envenenadas con cicuta que comían en la rivera y en donde eran inevitables los pensamientos sobre muerte y vida, a cada momento, y también sobre la desgracia inequívoca de la condición de venado en este mundo. El propio portón de entrada tenía la ofensa grabada y lanzaba la sospecha, aunque todos supieran que era nombre de hierba dulce y buena para el ganado.

En la rivera había renacuajos y ratas de agua, rosas silvestres y perales que daban unas peras muy duras siempre devoradas por los rabilargos y por los estorninos.

Era la época en que los venados berreaban y él andaba por los matorrales con miedo de ser liquidado por un venado, de ser confundido con un macho y acabar con un asta clavada en la barriga.

Tendido encima de una piedra, una rama de ginesta puntiaguda arañándole las mamas, y el chorro reducido, ni una décima parte de los trescientos mililitros que los venados liberaban tras montarse unos a otros, le mutilaba la euforia y lo dejaba entregado a un vandalismo moral que duraba horas. Entonces, sabía que la condición de venado no era nada sino el miedo de acabar como un conejo, con la cabeza golpeada contra la piedra.

Alrededor, los alcornoques que morían, los robles muriendo, las raíces atacadas por la fitóftora, el árbol asfixiado y el tronco seco, las ramas que caían, las bellotas germinadas entre las jaras lanudas y las retamas pisoteadas por vacas enormes.

Ahora vacas, como antes el trigo y los cerdos, las ovejas y el girasol. Tórtolas que bebían en los embalses, posadas en los pivotes, con el buche lleno de girasol y que recibían perdigonazos en las mañanas de verano. El pointer sin nariz que no paraba o comía las codornices o corría espantado de los tiros y acababa normalmente ahorcado en un alambre por el vecino que cortaba la hierba del jardín y regaba la menta durante la tarde.

El jardín destruido por la piscina, los arriates de cal con gladiolos, las alamedas de lirios, el lago de los peces donde nacían calas y donde se regaban los arriates de tuberosas, cinias y rosas bravas, todo destruido por la piscina pintada de azul, de agua tratada con cloro que cuando era vaciada mataba los habares de los vecinos y las acelgas. No quedaba nada excepto el cenador de flores anaranjadas y la gran melia azedarach de la puerta de la cocina que ahuyentaba a los mosquitos y resistía las mayores barbaridades y daba unas bayas que teñían de negro el suelo de terracota.

Los robles también morían de cancro, un agujero en la base del tronco de un negro brillante como el carbón.

A los cimbeles que no hacían ruido al levantar el vuelo los mataban golpeándoles la cabeza contra el suelo, a los galgos que no tocaban las liebres los mataban por decenas. Las encinas ya no se podaban como árboles frutales y no daban bellotas y los cerdos que las comían hace mucho que habían sido sacrificados en fosas comunes, a tiros y quemados con gasóleo, pilas de carne grasienta rechinando al lado de las eras, a la sombra de la mata de eucaliptos, los pavos reales y las gallinetas gritando y el humo de la carroña en el aire.

En los pozos se mataba a los peces con una pasta de nabo del diablo y quedaban flotando con las tripas llenas de veneno y las vacas escarbaban en busca de la raíz dulce y acababan en los prados hinchadas con la barriga hacia arriba, plagadas de moscardas, rodeadas de flores blancas de manzanilla.

Los jabalíes que no huían del cabello y de la naftalina eran abatidos en noches de luna llena y las abejas devoradas por las avispas asiáticas, comidas por abejarucos, envenenadas con glifosato.

Eran jardines de muerte y vida.

En sus inicios como anacoreta la soledad le costaba y no conseguía dejar de imaginar transformaciones. Se sentaba en una piedra, miraba el valle, veía las piedras que bloqueaban el paso del agua e imaginaba una charca con su sangradura vertiendo agua hasta septiembre.

Otras veces, una voluntad irreprimible de plantar todo con eucaliptos que serían su oro de Brasil, su madera de crecimiento rápido, cortar y vender y llenar los bolsillos de pasta. O todas las piedras plantadas con paulonias dando madera en cuatro años y que se jodiesen los técnicos del parque natural, sembraba ailanthus por la rivera, plantaba el soto de mimosas y soltaba los pavos reales.

Las ideas sobre vegetación autóctona con las que le habían llenado los oídos le provocaban asco y tenía la certeza de que eran originarias de la Alemania nazi aunque nadie lo quisiera asumir. Sangre y suelo, florestas hermosas y venados en la orilla, saúcos en flor que aromatizaban aguas con sabor a esperma, todo muy bonito y el resto a la cámara de gas. A joderse más todavía lo autóctono. En cuanto a él, miraba hacia el valle de tierra negra donde durante siglos se había cultivado maíz, pimientos y sandías, e imaginaba el alivio de quien no había comido más que nabos al ver los campos llenarse de maíz blanco y amarillo. Vidas enteras comiendo nabos, sopa de nabos, puré de nabos, estofado de nabos, gente sin dientes que comía nabos con las encías. Nabos y pan oscuro con piedras y jabalí con trichinella. Los dolores abdominales, las náuseas, la diarrea, la pequeña larva avanzando por los músculos y flotando en la sopa de nabo y jabalí mal cocido, activándose en el estómago, pasando al intestino, penetrando la mucosa, produciendo huevos. ¡Bendito maíz, benditas solanáceas!

Él odiaba el concepto autóctono, no podía oír la palabra autóctono que solía traducirse en parques de césped regados con glifosato y de fresnos autóctonos y pinos mansos autóctonos que llegaban en enormes cajas refrigeradas en avión desde Italia. Él odiaba la palabra paisaje y a todos los que usaban la palabra paisaje. Ya no había tierra, matorrales y colinas, apenas paisajes y bosques para gente en observación, siempre en observación, pues la observación era la nueva condición de estar en el mundo. En las pantallas, el cuello curvado y el dedo doblado, un cierto devenir en venado parecía recorrerlos, el hueso occipital muy desarrollado por el peso de la cabeza curvada que, en un ángulo de sesenta grados, pesaba veintisiete quilos, la capacidad pulmonar reducida. Un problema que parecía atacar más a los hombres que a las mujeres. Las facultades estaban ahora llenas de mujeres exuberantes y con los labios pintados pero muy cansadas y de hombres encorvados y escuchimizados y con tetas. Ellos estaban sin mundo. Ya no eran machos, incapaces de sacar la polla y abandonar a la hembra sin grandes consideraciones morales, pero tampoco abrían el culo, nunca abrían el culo, para dejarse follar en un descampado cualquiera o aseo público. El resultado eran pollas flácidas, pezones caídos, el pecho enterrado y metido para dentro, pieles blanquísimas y sin pelos, caras devastadas por el acné, caderas anchas y traseros planos por la silla del ordenador con previsión de quistes. Presentaban cierta maldad de marica rancia, una mezquindad sin grandeza. Maricas que no eran maricas, machos que no eran machos, pollas que no se levantaban.

Las maricas tampoco tenían quien les follase el culo. No había quien quisiera penetrar. Todos querían ser penetrados, aunque no se dejasen. Machos y maricas. Todos querían ser aniquilados. A excepción de las trans, que inundaban internet con vídeos en los que se follaban a machos enormes. Pero ellas estaban en guerra y tal vez el futuro fuese suyo.

Pasó el invierno entregado a este tipo de reflexiones, y prácticamente comía como queriendo limpiarse del mundo que había dejado. Aunque se pregonasen las virtudes del vegetarianismo, todo seguía orientado por el recuerdo del hambre, de la sardina para cinco, y muchos se desquitaban comiendo en un mes su propio peso en carne de cerdos criados en pocilgas minúsculas que vertían sus pozos negros al río. Se comía la chicha roja y sin grasa y se dejaban las manitas, las uñas, las tripas, la cabeza y los bofes. Se arrojaban a la basura mantas de tocino que acababan en pienso para vacas. Se odiaba el sebo y se freían las chuletas en tulipán. Se sembraban campos de remolacha con la que se hacía el azúcar que ya no era de caña. Se construían puentes con decenas de cuerpos caídos de los andamios cementados en sus bases.

Él había heredado de esa gente de las piedras más de lo que le gustaba reconocer. Un cierto salvajismo de comer carne y huesos con las manos y una ética que no permitía dejar cartílago alguno y que lo obligaba a raspar los huesos con los dientes hasta que quedasen brillantes. Una gente que transitaba entre la carne de cerdo bien cocida con mejorana y que hacía civet de liebre con mucho tocino y whisky como nadie. Indolencia y estética por encima de todo, aunque no lo pareciese. En las piedras era perfectamente legítimo no hacer cuentas y sembrar todo de trigo por culpa de las perdices.

Aquel ayuno era el final de un ciclo que había comenzado con una juventud de obesidad mórbida, el cuerpo cubierto por una capa de grasa que era protección, la cabeza minúscula enterrada en la papada, la chaqueta grasienta que era el sudario que le cubría las tetas y que no se sacaba ni durante el verano, hasta el día en que decidió comer sólo naranjas y perdió decenas de quilos. En las piedras, le entraban ganas de volver a hacer rituales. Ponía una pezuña en sal de un día para otro y le raspaba los pelos duros hasta que la piel quedase completamente blanca y la comía cocida y empanada. Desollaba conejos como quien desuella el alma y los freía con pimentón, desplumaba tordos que freía en sebo y ajo, hacía sopa de garbanzos con huesos y hierbabuena y cordero con lentejas y pimienta negra. Siempre había oído decir que quien quiere conocer su cuerpo mira dentro de un cerdo y mientras limpiaba las tripas de caca en el arroyo limpiaba décadas de desgracia y humillación.

La primavera arrancó lluviosa y pasó a dedicar la mayor parte de sus días a la recolección de trufas. Recorría los terrenos arenosos donde crecía la anthyllis vulneraria con sus flores anaranjadas en forma de vulva y que le indicaban la presencia de trufas. Encontraba la pequeña protuberancia, clavaba el hierro y las levantaba, a veces enormes como patatas, y le parecía un milagro. Las ponía en remojo en el agua del arroyo y las cepillaba retirándoles la tierra, aunque le pareciese cada vez más fundamental comer cierta dosis. Tostaba lonchas de tocino y les echaba cebolla picada y ajo y las trufas y, cuando estaban cocidas, les añadía las yemas batidas, el perejil y el limón y comía encantado el fricasé con las manos, la salsa cortada y blancuzca resbalándole por el mentón y al día siguiente otra vez trufas, en tortilla o estofadas con chorizo, y así pasó un mes, siempre comiendo trufas en perfecta monotonía, siempre igual, cada día más de lo mismo. Se dedicaba a sublimar la repetición de la que siempre había huido.

Al terminar la época de las trufas se dedicó a construir cercas, estudió sobre postes y alambres, pasaba los días golpeando los postes de hierro y enterrándolos en el suelo arenoso. Le quedó claro que para un cuerpo no acostumbrado a trabajos físicos brutales la rabia era inevitable. Rabia por todo, hasta por su madre, y ganas de aplastar androides, quemar bibliotecas y matar a aquellos que con calma se dedicaban a trabajos intelectuales quejándose de los dolores de espalda. Estiraba los rollos de alambre, se arañaba en las púas, arrancaba piedras del suelo para poder clavar los postes, hacía cemento para clavar los postes de las esquinas, días haciendo fronteras y estirando alambre de espino como un nazi alrededor de Birkenau. Las vacas lo miraban con la convicción absoluta de la estupidez de aquel gesto y poco después de terminada la cerca, con calma, trataron de echarla abajo metiendo el cuello entre los alambres para llegar a la hierba fresca, y él tuvo que comenzar su trabajo de nuevo, estirando el alambre de espino que hizo de su inventor uno de los hombres más ricos del mundo, porque su invención fue de una eficacia extraordinaria recortando las praderas del oeste e impidiendo a búfalos, indios y caballos pasar.

En sus delirios todo se relacionaba. Los pequeños caballitos cebroides de las marismas del Guadalquivir que Colón había llevado a América por accidente y que dieron origen a las manadas de centenas de cabezas que los indios levaban por las praderas, también habían corrido por aquellas piedras y aparecían en las cartas forales. Su carne era apreciada y tenía fama de acabar con la pereza, la flojera, el descuido y la demora en las acciones. Escondidos en la maleza y en los pantanos salían a comer a los campos de cereales y arruinaban las cosechas y no había caballo manso que los alcanzase. Él quería soltar de nuevo a esos caballitos cebroides en las piedras para que se volviesen tan salvajes como los caballos de Przewalski, que mordían y coceaban a quien se aproximase y que, extintos de las estepas de Mongolia, diezmados y tiroteados por los nazis que les habían comido la carne, corrían ahora libres en Chernóbil entre lobos, alces y jabalíes. Allí, le faltaban únicamente los caballos salvajes porque el resto ya volvía con fuerza, venados, jabalíes, gamos, tejones, mangostas, y hasta lobos. Allí el futuro era prometedor para las fieras y se contaba que recientemente habían matado a una pareja de lobos que intentaba hacer manada. Nadie quería pensar siquiera en volver a poner los collares de clavos en los cuellos de los mastines o en hacer grandes hogueras alrededor de las cuadras.

También él había matado con el hierro de la chimenea a una víbora cornuda que lo esperaba al lado de la puerta. Si le mordía una víbora ya sabía cómo proceder. Lo que había que hacer era nada. Absolutamente nada. No hacer torniquete porque al deshacerlo el veneno se extiende por el cuerpo en un gran torrente, no chupar la sangre ni el veneno porque rápidamente entra en la circulación a través de los agujeros de las caries, lo que había que hacer era nada, eso le llenaba de satisfacción. Se salvaría no haciendo absolutamente nada.

El tema de las picaduras de víboras se había convertido en algo recurrente en toda la zona. Se decía en voz baja que los técnicos del parque natural, los burócratas de la conservación de la naturaleza que se sentaban en la capital del distrito, salían en camionetas forradas de jaulas con zorros de raza grande que se comían a los corderos y de cajitas cargadas de víboras que mordían a niños y ancianos. Había decenas de estas historias y, tras el paso de la camioneta, al viejo que podaba los olivos lo picaba la víbora y lo llevaban al hospital más próximo, que comúnmente era más conocido como El Matadero, donde se entraba con un problema en una pierna y se salía sin la otra porque el cirujano ortopedista al que le temblaban las manos era obeso y, como no era capaz de mantenerse de pie durante mucho tiempo, operaba sentado.

Ciertas o no, eran historias de personas que se sentían perdidas en los bosques y que eran tratadas por la burocracia como salvajes, personas que se habían quedado sin mundo y que eran diariamente ridiculizadas, personas que eran vistas como criminales en potencia siempre preparadas a echar abajo robles y fresnos y a prenderles fuego a los montes, personas que habían dejado de ser sociedad para convertirse en los últimos abencerrajes de un mundo que se había acabado y donde ya no había quien matase a las víboras a palos y sólo los halcones y las águilas se divertían volando con ellas colgadas del pico.