La ciudad colgante - Charlie N. Holmberg - E-Book

La ciudad colgante E-Book

Charlie N. Holmberg

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Beschreibung

Un mundo en ruinas Una traición imperdonable Un amor amenazado Y una ciudad al borde del colapso Después de siete años huyendo de su padre maltratador, Alondra se está quedando sin opciones. Su única ventaja es un poder maldito: puede infundir miedo, haciendo huir a cualquier amenaza. En una búsqueda desesperada de un hogar, recuerda las leyendas de su infancia que hablaban de Cagmar, la ciudad colgante de los troles, suspendida sobre un abismo infinito. El consejo de troles se siente intrigado por su don y convierte a Alondra en cazadora de monstruos y en protectora de la ciudad colgante. Alondra, no obstante, debe seguir una regla: si usa su poder contra un trol, será ejecutada. Su lealtad se pondrá a prueba cuando despierte la ira de un poderoso trol enemigo de los humanos. En Cagmar ha encontrado la amistad e incluso el amor, pero cualquier error podría costarle la vida.

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Seitenzahl: 555

Veröffentlichungsjahr: 2024

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La ciudad colgante

Charlie N. Holmberg

Traducción de Iris Mogollón

Contenido

Página de créditos
Sinopsis
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Agradecimientos
Sobre la autora

Página de créditos

La ciudad colgante

Primera edición: noviembre de 2024

Título original: The Hanging City

© Charlie N. Holmberg, 2023

© de la traducción, Iris Mogollón, 2024

© de esta edición, Futurbox Project, S. L., 2024

Todos los derechos reservados.

Esta edición se ha publicado mediante acuerdo con Amazon Publishing, www.apub.com, en colaboración con Sandra Bruna Literary Agency.

Diseño e ilustración de cubierta: Micaela Alcaino

Adaptación de cubierta: Taller de los Libros

Corrección: Isabel Mestre, Sofía Tros de Ilarduya

Publicado por Wonderbooks

C/ Roger de Flor n.º 49, escalera B, entresuelo, despacho 10

08013, Barcelona

www.wonderbooks.es

ISBN: 978-84-18509-91-9

THEMA: YFH

Conversión a ebook: Taller de los Libros

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley.

La ciudad colgante

Un mundo en ruinas
Una traición imperdonable
Un amor amenazado
Y una ciudad al borde del colapso

Después de siete años huyendo de su padre maltratador, Alondra se está quedando sin opciones. Su única ventaja es un poder maldito: puede infundir miedo, haciendo huir a cualquier amenaza. En una búsqueda desesperada de un hogar, recuerda las leyendas de su infancia que hablaban de Cagmar, la ciudad colgante de los troles, suspendida sobre un abismo infinito.

El consejo de troles se siente intrigado por su don y convierte a Alondra en cazadora de monstruos y en protectora de la ciudad colgante. Alondra, no obstante, debe seguir una regla: si usa su poder contra un trol, será ejecutada. Su lealtad se pondrá a prueba cuando despierte la ira de un poderoso trol enemigo de los humanos. En Cagmar ha encontrado la amistad e incluso el amor, pero cualquier error podría costarle la vida.

«Charlie es una escritora brillante con una voz magnífica y una gran capacidad de creación de mundos.»

Brandon Sanderson

«Holmberg hace un trabajo fantástico humanizando a sus personajes no humanos […]. Esta enrevesada aventura tendrá enganchados a los lectores de fantasía.»

Publishers Weekly

«La construcción del mundo de Holmberg es detallada y distópica, pero posee el mismo encanto que los cuentos de antaño. Encantará a los fans de T. Kingfisher.»

Library Journal

#wonderlove

#wonderfantasy

A Leah, que siempre me ha apoyado como un suelo de composite se apoya en las W10 x 12.

(A ella le parecerá gracioso)

Prólogo

—Dejad que os cuente el viaje de Paca a Eterellis —dice el viejo bardo, sentado en un tocón seco mientras tamborilea con los dedos nudosos sobre las rodillas. Todos se reúnen a su alrededor, incluso los adultos. Me acerco con cautela, pues aún soy una recién llegada a este pueblo, incluso después de dos meses. Pero me gustan mucho las historias y aprender cualquier cosa que este hombre sepa y yo no.

Finnie, de una edad parecida a la mía, trece años, me anima con la cabeza. Me arrodillo detrás de un grupo de niños, los más pequeños se empujan unos a otros para conseguir los mejores sitios.

—Ya conocemos esa historia. Cuéntanos otra —se queja uno.

El bardo finge sorpresa.

—Pero es que no hay muchas más historias que contar. Todas se secaron con la lluvia, y, como hay tan poca gente, nadie tiene oportunidad de tejer nuevas historias.

«Yo creo que tengo historias», pero ninguna tiene un final feliz. Todavía no. Por costumbre, miro las estrellas emergentes. La estrella Austral ya arde con fuerza; siempre es la primera en aparecer al ponerse el sol y nunca se mueve de su posición en el cielo, siempre iluminando el camino hacia Eterellis, incluso tras la muerte de la ciudad.

Otro niño se queja.

—Mi versión es especial, niños —insiste el bardo—. Escuchad con atención.

Se sienta más erguido, se coloca una mandolina de siete cuerdas en el regazo y toca una canción cuya melodía es sencilla, pero la parte técnica es compleja. Mi madre tenía un instrumento así. Nunca me dejaron tocarlo.

—Paca era un pobre carpintero que quería casarse con la hija del señor del lugar. Eso sí, entonces la madera era común y no tenía el valor que tiene hoy, y los señores eran conocidos y poderosos.

Pienso en mi padre y me estremezco.

—Así que le escribió un poema en el que le confesaba su amor y le rogaba que le diera poco más de un año para hacer fortuna y ganar su mano.

El bardo comienza a cantar:

Mi amor es verdadero, mi corazón te pertenece.

Te mereces mucho más que yo.

Cuatrocientos soles, y volveré

como un hombre rico y opulento.

—Entonces, Paca partió hacia donde cualquier hombre buscaría su fortuna: el gran reino de Eterellis. Donde cada edificio tocaba el cielo y estaba hecho de topacio y mármol. El jade forraba las aceras, y los árboles crecían más altos que las montañas.

He imaginado la ciudad humana muerta muchas veces, aunque los edificios siempre eran blancos como la arena caliente por el sol y el adoquinado relucía de color plata. Pero, antes de que pueda ajustar la imagen, el bardo continúa.

—Viajó mucho por esta tierra, cruzo los ríos que una vez fluyeron y los bosques que una vez existieron. Sus raciones escaseaban, pero siempre conseguía vender una talla o arreglar una rueda de carreta cuando se desesperaba. Y pronto llegó a la gran grieta de Mavaea, y al poderoso puente Empíreo que la atravesaba.

Su narración adquiere un tono más oscuro:

Un cañón tan profundo, un cañón tan ancho.

Monstruos que se dan un festín de carne acechan en su interior.

En su camino a la gloria del hombre.

Cruzando el puente construido por diez mil manos.

—Pero, claro, en cuanto pisó el puente…

—Salió el trol —interrumpe el primer niño, con tono aburrido. Sus amigos ríen entre dientes.

—Salieron dos troles. —El bardo suena petulante ante la suave corrección, y yo sonrío para mis adentros. Espera a que su pequeño público se calle antes de continuar—: Dos troles aparecieron, con unos colmillos afilados en la boca y unos cuerpos pesados y verdes como el musgo. El de la derecha dijo: «Humano, danos todo lo que tengas de valor si quieres cruzar el puente. Ese es el peaje de los troles». Paca, aunque asustado, se mantuvo firme. «Pero, si no os lo doy, me mataréis aquí mismo y os lo llevaréis de todos modos». El trol soltó una risita. «Te doy mi palabra de que no lo haré».

»Paca señaló al trol de la izquierda. «Pero él no ha hecho la misma promesa». Los dos troles se miraron y sonrieron. El trol de la izquierda dijo: «Pero puedo hacerla». Ahora bien, Paca era muy inteligente y vio que esos troles intentaban hacerse los listos; él solo tenía que serlo más que ellos. O, en este caso, hacerse el confundido. —El bardo se toca un lado de la nariz y mira al niño que lo había interrumpido—. Así que Paca le dijo al trol de la izquierda: «Y entonces te llevarás todo lo que tengo para ti solo y nos dejarás a los dos con las manos vacías». Entonces, el primer trol entrecerró los ojos para intentar seguir la lógica de Paca. Porque, por supuesto, los dos troles habían salido juntos y, por tanto, las ganancias debían repartirse de forma equitativa. El primer trol discutió con el segundo y le dijo que no debía quedárselo todo él, y el segundo se enfadó porque el primero lo consideraba un ladrón. Se puso en duda el honor de ambos, luego su antigüedad y, por último, su fuerza, lo que hizo que la discusión se resintiera, ya que los troles no valoran nada más que la fuerza.

Un chico tranquilo que estaba delante levanta una mano.

—Pero ya sabemos cómo acaba. Los troles están tan distraídos que no ven a Paca desenvainar la espada y matarlos a los dos. De modo que cruza el puente sin problemas.

El bardo niega con la cabeza.

—Ahí te equivocas, pues Paca no era una persona violenta. Este cuento ocurrió en los días del poder de los hombres, así que no tenía mucha necesidad de serlo. No, los troles estaban tan metidos en su discusión que Paca pasó sin que se dieran cuenta.

El chico resopla, pero el bardo no se inmuta.

—Justo cuando estaba pasando, Paca escuchó a uno de los troles hacer un juramento al otro, palabras que nunca antes había oído pronunciar. Un juramento para prometer confianza e inocencia. Paca pudo sentir que el juramento tenía poder, por lo que lo guardó en su corazón y continuó su camino.

»Fue a Eterellis y encontró su fortuna, pero esa historia es para otro día, y, después de que hubieran pasado cuatrocientos días, volvió a casa siendo un hombre más rico de lo que había sido nunca. Y, cuando otra vez pisó el puente, dos nuevos troles emergieron sobre él y le exigieron de nuevo todo lo que tenía como peaje. Pero esta vez, Paca pronunció el juramento ante los troles, lo que los sorprendió sobremanera. Los troles honraron el poder de sus palabras y lo dejaron pasar sin problemas. Paca emprendió el camino de vuelta a casa, donde se reunió con el padre de su amada y se jactó de su éxito y, de hecho, consiguió la mano de la hija del señor. Y durante toda su vida mantuvo el juramento sagrado de los troles…

—Pero ¿por qué? —pregunta Danner, el hermano mayor de Finnie, que tiene cuatro años más que yo. Está de pie al borde del fuego, con los brazos cruzados sobre el pecho—. ¿Por qué iba a importar? Son troles.

El bardo le lanza una mirada cómplice.

—No son solo troles, muchacho. Son tus homólogos. Los troles no tenían adónde ir, por lo que construyeron su ciudad en la oscuridad que desciende de ese mismo puente. Los humanos los alejaron del sol, hasta que este los buscó tanto que la tierra se volvió insoportable para vivir. La ciudad sigue en pie hoy en día.

Algunas personas murmuran entre sí, y los adultos se acercan. A nadie le gusta la idea de que la interminable sequía sea culpa suya. Miro a Finnie, pero ha perdido interés en el cuento y dibuja patrones en el polvo de sus rodillas. 

—Cántanos una canción —pide en voz alta su padre.

Pero el bardo responde:

—Eso será otra bolsa.

Todos gimen y comienzan a irse. El bardo se refiere a una bolsa de harina de amaranto. Una pequeña, apenas más grande que mi puño, pero la comida es demasiado valiosa para desperdiciarla en una canción, sobre todo porque entre nosotros hay unos pocos que cantan bastante bien.

El bardo guarda su mandolina y se levanta del tocón. Dudo, pero, cuando la multitud se despeja, me acerco a él mientras me retuerzo los dedos.

—¿Cuál era el juramento? —le pregunto. Le ofrezco una moneda, aunque la comida vale más. Aun así, tengo algo de dinero que saqué de la casa de mi padre y escondí en la habitación que comparto con Finnie.

El bardo inclina la cabeza y acepta la moneda.

—No es más que una historia, muchacha.

—Entonces es una historia que omite la parte más importante —argumento.

Me estudia, sus ojos pálidos recorren mi rostro.

—El viaje de Paca a Eterellis se cuenta de muchas maneras, pero la versión que yo he escuchado es que Paca se alejó con sigilo de sus potenciales ladrones y, mientras discutían, el segundo le dijo al primero: «Por el sol, la tierra y la sombra, y mientras el Arrepentimiento se forma en mis labios, soy de trolis y estoy obligado por sus palabras».

Pronuncio el extraño juramento. No entiendo su significado, pero es precioso, poético a su manera.

—Gracias —le digo.

El bardo sonríe, se echa la bolsa al hombro y se dirige a la cama.

No puedo evitar fijarme en el filo de sus dientes.

Capítulo 1

Seis años después

El puente Empíreo es lo más maravilloso que he visto nunca.

Me fascina a pesar de tener la garganta seca y los odres vacíos, ampollas en los pies y quemaduras de sol que me agarrotan los brazos y los hombros. No se ha utilizado en cien años o más, desde que la sequía arrasó Eterellis, la gran ciudad humana situada al oeste. El puente atraviesa un cañón que parte el mundo en dos, una línea oscura y dentada que se extiende más al norte y más al sur de lo que nunca podré llegar a ver. Su fabricación es impecable, más brillante y hermosa que cualquier otra arquitectura que haya contemplado jamás, más allá de lo que había imaginado desde que supe de su existencia. Las historias no le hacen justicia. Sus numerosos arcos brillan como arena blanqueada por el sol. Es más largo que cualquier municipio, incluido mi pueblo natal de Lucarpo, el más grande al este del cañón, casi a doscientos cuarenta kilómetros hacia el este, si he leído bien las estrellas. Sé que Lucarpo es el más grande porque he estado en todos los afloramientos humanos que valen una marca en un mapa. Los he visitado todos, he dormido en las casas de sus gentes, he trabajado en sus campos moribundos y he huido de sus fronteras. A menudo, porque llegaron los hombres de mi padre, o rumores de ellos. Otras veces, porque algunos vieron la oscuridad dentro de mí y me odiaron por ello. En una ocasión la blandí como una vil espada contra uno de los suyos, que era igual de vil.

De eso no me arrepiento, pero echo de menos Terysos más que ningún otro pueblo. Terysos es la razón por la que lo he sacrificado todo para viajar hasta aquí, a un lugar basado en rumores que quizá ni siquiera exista, todo por la palabra de un bardo obstinado. Todo con la esperanza de que la estrella Austral brille no como una lápida para Eterellis, sino como una guía que me conduzca a un lugar al que pueda pertenecer. Brillante como una puntuación de la lectura que un amable cosmodiano me dio una vez junto a la leñera de mi padre y que plantó la primera semilla de esperanza en la penumbra de mi alma.

Si el cuento del bardo es cierto, este es el único lugar donde mi padre nunca me buscará. Si es falso, moriré aquí, vencida por la sed. No hay otro refugio.

A la luz del día, los gruesos parapetos brillan cobrizos a lo largo de todo el puente, hasta el otro borde del cañón. Por lo que sé, el puente atraviesa el punto más estrecho del cañón, pero seguramente tardaré medio día en cruzarlo. Recuerdo las historias de Paca, el carpintero, y me pregunto cómo llegó hasta el final de esta monstruosidad sin matar a los troles que se lo impedían.

Mi fe en el viejo bardo flaquea.

El puente se agranda a medida que me acerco y revela detalles a lo largo de sus gruesas torres de piedra. El entablado parece tan brillante como los parapetos. Si este es simplemente el puente que conduce a Eterellis, entonces lo más seguro es que la propia ciudad antigua sea impresionante, incluso muerta. Se dice que la sequía comenzó en ese reino; su dominio es tan grande que nada puede vivir allí, ni siquiera las tarántulas ni la artemisa.

Me detengo antes de que la gran arquitectura llene toda mi vista, a sabiendas de que no podré huir si cambio de opinión. He viajado mucho y muy lejos. Mis raciones se han acabado y no hay ningún sitio donde poder reponerlas, salvo este lugar de mitos e historias.

Cagmar, la ciudad de los troles.

Los dioses crearon las estrellas y, a través de ellas, a criaturas emparejadas: los fette y los aerolass para gobernar el aire, los merdan y los gullop para gobernar el mar, y los humanos y los troles para gobernar la tierra. Y así lo hicimos, antes de que la tierra cambiara y ella nos gobernara a nosotros. Según las historias, antiguamente los humanos dominaban, a pesar de que los troles eran más grandes y fuertes. Salvajes devastados por la guerra. Furiosos. Animales. Despiadados. En todas las historias que se cuentan junto a la cama y la hoguera, los troles son siempre el enemigo.

Podría usar las mismas palabras para describir a mi padre. Sé que debería temer venir a Cagmar más de lo que ya lo hago, pero el miedo ha sido un compañero tan constante para mí que ya casi ni lo noto.

Observo el puente. La leyenda no importa. Ahora, los humanos y los troles tienen algo en común: todos intentamos sobrevivir.

Miro por encima del hombro y escudriño el horizonte ondulado por el calor en busca de sombras o gente que me persiga. Pero, como siempre, me he mantenido por delante de ellos. Estoy completamente sola y sin opciones. Incluso si los troles son tan terribles como las historias dicen, si puedo mantener aunque sea un hilo de voluntad, serán mejores que lo que dejé atrás.

Mientras empujo un pie dolorido delante del otro, trago a pesar de la garganta seca. Llevo el cabello claro suelto, y fluye a mi alrededor cuando pasa una ráfaga de viento cálido, mejor así para protegerse del sol. El puente Empíreo crece a medida que me acerco, imponente y magnífico.

Tengo un arma, por si me fallan las palabras, aunque nunca la he usado con un trol. Si Cagmar es un mito…, quizá sea mejor saltar del puente a que me capturen. No quiero una muerte lenta. O tal vez haya un municipio al otro lado del cañón que no está marcado en mi mapa que me acogería, eso si la deshidratación no me reclama antes.

Teorías, teorías y más teorías.

Al acercarme a la pared del cañón, veo que la oscuridad se extiende bajo el puente. El sol desciende, pero aún no se ha puesto. Esa oscuridad no es una sombra, sino como una piedra.

No parece una ciudad, pero yo más que nadie sé que las apariencias engañan con facilidad. La masa oscura es enorme, diferente a cualquier municipio que haya contemplado. Me hace pensar en una crisálida de polilla.

A pesar de su majestuosidad, el puente no es tan espectacular como parece desde la distancia. También ha caído ante los elementos, los siglos de sequía. Las rocas se agrietan, la madera se astilla y el hierro se oxida. La decoración se ha descascarillado y desgastado. Sin embargo, los cojinetes todavía parecen fuertes, al igual que las vigas. Como si los hubieran cuidado.

Un punto para el bardo.

Hago una plegaria ante el puente, a un paso de su primer tablón. Me pregunto si estoy preparada para morir. Tengo tanta sed que casi podría creerse que lo estoy.

Espero que me ataquen, que me roben. Espero ver a las bestias de la leyenda. Permanezco al borde del sendero roto durante varios minutos, esperando, escuchando, saboreando el aire. No ocurre nada. Ni un pájaro ni una nube tocan el cielo. Ni siquiera pasa una segunda brisa que remueva el polvo.

Piso un grueso tablón de madera. Esperaba que crujiera bajo mi peso, pero se mantiene firme. Un mechón de pelo se me pega a un lado de la cara por el sudor. No me lo quito. Me sorprende que me quede algo de sudor.

Otro paso, y luego otro. Ni un solo crujido ni eco. Cruzo el primer tablón, luego el segundo. El tercero, hasta el octavo. No veo señales de vida, solo un camino casi interminable por delante.

¿Acabó la sequía también con los troles y dejó su sombría ciudad en ruinas? ¿No podré llevar a cabo mi último intento de refugiarme?

¿Podré llegar a Eterellis y ver las grandes ruinas por mí misma antes de que mi cuerpo se debilite y muera?

Mis pasos se vuelven más seguros, mis fuerzas se reponen a medida que el sol se oculta y enfría el aire grado a grado. Cuento los tablones a mi paso mientras me pregunto de qué enormes árboles debían proceder cuando uno —el vigesimosexto— cruje bajo mi peso. Me detengo y lo examino. La madera ni se arquea ni se astilla. Desplazo mi peso y el sonido se repite, pero más a la derecha.

Entonces me doy cuenta de que no ha crujido bajo mi peso, sino el de otra persona. Alguien que viene de abajo.

Confusa, miro hacia arriba, arriba, arriba…, y me encuentro con la cara de un trol.

El corazón me da un vuelco, y se me forma un nudo en el estómago. Una vez más, mi imaginación me ha fallado.

El trol es inmenso y verde como unos brotes de cebolla. Una armadura forjada le cruza el enorme pecho y deja espacio para que las púas naturales de sus hombros sobresalgan hacia fuera. Sus musculosos antebrazos están cubiertos de pelo, también cortado para dejar ver una hilera de pequeñas púas óseas. Las protuberancias óseas delinean la mandíbula más ancha que jamás he visto. Tiene una nariz corta y unas cejas verdes que son tan espesas que ocultan la mitad de sus ojos. Su pelo grasiento forma un pico de viuda, con más protuberancias óseas que le brotan a ambos lados. Unos colmillos cortos sobresalen de unos labios anchos y burlones. Un grueso cinturón de algún tipo de cuero rodea una cintura seis veces más gruesa que la mía.

Mido un metro ochenta, pero esta criatura se eleva sobre mí. La parte superior de mi cabeza llega a la base de su pecho. Levanta una lanza, y sus orejas —que son como grandes orejas humanas con la curva superior cortada— se crispan.

Con un brazo musculoso, me apunta a la garganta con la punta de la lanza mellada.

El puente cruje otra vez. Me giro, con el pelo enganchado en la lanza, y veo a dos, tres, cuatro troles trepando por los lados del puente como arañas. Tres verdes, uno de un tono gris enfermizo. Dos empuñan lanzas, dos espadas. Todos están hechos de marcados músculos gruesos.

Forman un círculo blindado a mi alrededor que se estrecha y se reduce.

El miedo burbujea en mi interior y reacciona al mío. Se aprieta contra mi piel, ansioso por liberarse.

Antes de que me abrume, despego la lengua del paladar y grito el juramento que he repetido mil veces en mi viaje hasta aquí:

—¡Por el sol, la tierra y la sombra, y mientras el Arrepentimiento se forma en mis labios, soy de trolis y estoy obligada por sus palabras!

Las lanzas y las espadas se detienen. El calor me golpea como un martillo y el sudor me salpica la piel. El aire es tan árido que me cuesta respirar.

—¿Te atreves a decirnos un juramento? —pregunta el primer trol. Hablamos la misma lengua, pero su acento es un poco fuerte, distinto.

Me atrevo a mirarlo mientras oprimo mi oscuridad interior. No entiendo el significado de las palabras, pero son todo lo que tengo. 

—Por el sol, la tierra y la sombra, y mientras el Arrepentimiento se forma en mis labios, soy de trolis y estoy obligada por sus palabras —repito, con los puños apretados.

Uno de los troles que está detrás de mí escupe. 

—Es la ley —refunfuña otro.

El primer trol gruñe, gira su lanza y clava la cabeza en el tablón de madera sobre el que está. Se quita un trapo de la cintura.

Unas manos grandes me agarran y un duro nudillo me roza un brazo.

Me ponen el trapo, una bolsa, en la cabeza, y huele mal, pero es algo más que un olor agrio, porque la cabeza empieza a darme vueltas. Lucho por concentrarme, pero me siento ligera, ingrávida, y sin aire en los pulmones.

Todo está negro. Cuando vuelvo en mí, tengo las manos fuertemente atadas a la espalda y reboto como si me llevaran al hombro. Una protuberancia ósea me oprime las costillas. Intento zafarme, pero los gruesos y musculosos brazos que me rodean las piernas me aprietan y me mantienen en el sitio. La bolsa se adhiere al sudor de mis sienes e intento sin éxito escupir mi propio pelo. El pánico, frío, me recorre la piel, pero me recuerdo a mí misma que, aunque los troles me han atrapado, aún no me han hecho daño. Eso debe significar algo.

Aun así, me transportan durante mucho tiempo, me sacuden como si bajáramos escaleras, y luego me siento de nuevo ingrávida, como si cayéramos lentamente por agujeros. El aire que me rodea se enfría considerablemente. No se filtra ni un poco de luz a través de la bolsa.

¿Hasta dónde me han llevado en su ciudad y cómo encontraré la salida?

Cuando me depositan en el suelo de piedra lisa, tiemblo, y no de frío. El estómago amenaza con revolverse, tengo la boca seca y, cuando me quitan el saco de la cabeza, tardo demasiado en orientarme. Miro fijamente el oscuro adoquinado bajo mis manos. Miro y miro, y trato de encontrarle sentido.

—Pronunció el juramento —dice una voz grave detrás de mí, el primer trol del puente.

—¿Otro más? —escupe un barítono duro. Pasa un tiempo—. Encontraré a ese piojo cantor y le arrancaré la lengua. Bueno, ¿qué pasa?

Las palabras bailan a mi alrededor como hadas borrachas.

—Oh, por el amor del Arrepentimiento, dale un poco de agua —ladra una voz de mujer.

Mis pensamientos se detienen en el uso de esa palabra, «arrepentimiento», pero mi mente avanza hacia la ofrenda más crucial. ¿Agua?

Mis ojos secos se esfuerzan por parpadear con claridad. Algo golpea la piedra que está a mi lado con un sonido metálico. Tardo un momento en reconocer que es un cántaro de agua.

Se me escapa un suave chillido mientras lo cojo y bebo el agua estancada, con sabor metálico y maravillosa. Parte de ella resbala por la parte delantera de mi vestido. Bebo hasta que el cántaro se vacía y me duele el estómago.

—Gracias —resoplo mientras dejo el cántaro en el suelo.

De nuevo trato de examinar la habitación. Es unas tres veces más grande que el salón de mi padre en Lucarpo, y el techo y las puertas son más altos. Está algo amueblada, con amplias franjas de tela que cuelgan del techo y se unen a las paredes, lo que me recuerda al dosel de una cama. Una enorme alfombra de piel se traga el centro del suelo: procede de una criatura monstruosa que no puedo nombrar, pues es toda ella una sola piel. Me siento a un par de pasos de su borde. Al otro lado hay cinco elaboradas sillas de piedra, todas acolchadas, cada una con un terrorífico trol. Sus pieles varían en tonos grises y verdes, y todos tienen facciones anchas, aunque el que ocupa el trono de la izquierda es un poco más estrecho que los demás, y tiene los colmillos más cortos y el pelo más largo: la mujer que exigió que me dieran agua. Si tienen las mismas robustas protuberancias que los troles que me trajeron hasta aquí, estas están ocultas bajo sus túnicas.

—Gracias —repito.

Su pesado ceño se frunce.

El trol del trono central se inclina hacia delante. Es el más grande de todos, y tiene unos hombros anchísimos cubiertos por una estola de piel. Lleva el pelo corto y retirado de la cara, lo que acentúa las protuberancias óseas que le salen de la frente. Sus colmillos, o caninos inferiores, son enormes.

—¿Conoces siquiera las palabras que pronuncias, humana? —pregunta. Tiene voz de barítono.

Asiento lentamente, aunque en realidad no entiendo el juramento basado en una historia que me contaron cuando tenía trece años. Me lo recuerdo a mí misma, y me pongo de rodillas y hago una reverencia.

El trol resopla.

—Al menos es una humana educada.

—Ya tenemos suficientes de su clase, Qequan —dice el trol a su derecha. Su voz es tan aguda que resuena en la piedra. Qequan debe ser el nombre del trol del centro. A juzgar por su posición y tamaño, supongo que es el líder. El que tiene una voz aguda continúa, y ahora se dirige a mí—: Humanos llorones que no pueden trabajar su propia tierra vienen arrastrándose por el desierto para apoderarse de lo que es nuestro. El reino trolis creció en las grietas de la tierra para evitar a los de tu especie. Y, en el momento en que el Arrepentimiento ya no os favorece, pedís ayuda.

Me estremezco. No entiendo su significado de «arrepentimiento», pero sus palabras no son falsas. Sin embargo, me parece prudente no responder.

Qequan frunce el ceño y me observa. Me concentro en la alfombra de piel, porque sé que, de lo contrario, lo miraría con descaro. 

—Ella hizo el juramento. ¿No lo honrará? —pregunta, y sonríe divertido.

El de la voz aguda no responde.

—Ichlad tiene razón. Estás sentada ante el Consejo de Cagmar indemne. Hemos cumplido las palabras de nuestros antepasados. Ahora se te escoltará fuera —añade más alto Qequan.

—No, por favor. —Me postro—. He recorrido un largo camino para encontrar refugio en vuestra ciudad. Puedo trabajar. Lo que necesitéis. —En silencio rezo a la estrella Austral. Necesito saber que elegí correctamente. Necesito el brillo que el cosmodiano me prometió hace ocho años, y no sé dónde más buscarlo.

Uno de los otros troles se ríe.

—No nos preocupamos por alojar a refugiados —explica la mujer.

Levanto la cabeza.

—¿Tantos han venido?

Intercambia una mirada con Qequan.

—Unos cuantos. —No me mira—. Pocos merecen siquiera limpiar nuestras letrinas.

Le creo. Muy pocos humanos serían tan osados como yo al venir a un lugar del que se rumorea que está plagado de guerras. El hogar de los enemigos mortales de nuestros antepasados. Los monstruos del cañón.

Pero los monstruos también acechan entre los humanos.

—Por favor —insisto.

Qequan apoya un codo en el reposabrazos y se inclina hacia la palma de la mano. La habitación está iluminada por austeros candelabros que tiñen su piel de un color oliva oscuro.

—¿Cómo te llamas? —Es una orden, no una pregunta.

«Calia Thellele» se desliza por mi mente como aceite usado en exceso, pero hace siete años que no pronuncio ese nombre.

—Alondra, maestro Qequan. —Alondra es el apodo que me puso mi niñera cuando era pequeña, pues alegó que cuando lloraba sonaba como el pájaro. Yo nunca he escuchado una. Las alondras viven junto a grandes masas de agua, y por aquí no hay ninguna.

Su labio se tuerce.

—Creo que nunca me han llamado «maestro».

—No te dejes encantar por uno de ellos —murmura Ichlad, a su lado.

Los demás parecen hacerse eco del disgusto, y me pregunto qué tipo de historias se han contado sobre mi pueblo junto a sus camas. ¿Nos pintan como horribles y despiadados o como débiles e indecorosos?

—¿Cuáles son tus habilidades? —me pregunta Ichlad.

Me enderezo, pero permanezco de rodillas.

—Sé leer.

El trol pone los ojos en blanco, lo que me deja atónita. En todos los pueblos humanos en los que he estado, me han admirado por mi capacidad para leer, ya que afirma mi utilidad más que cualquier otra cosa.

¿Tantos troles saben leer para menospreciar esa habilidad?

—Puedo leer cartas, libros, mapas, cualquier cosa. —Veo el estudio de mi padre a mi alrededor y parpadeo—. Conozco la estrategia política. Puedo limpiar y cocinar…

—Todo el mundo sabe limpiar y cocinar —replica la mujer—. Si no puedes demostrar que eres útil, te llevarán arriba.

Escucho lo que ella no dice: «Tu juramento no te servirá con nosotros dos veces».

El frío toque del pánico me sube por el cuerpo como los piojos.

—También sé leer música. Toco el arpa, aunque no he tocado una desde antes de convertirme en mujer, y puedo cantar. —«Un poco».

Qequan mira a los demás.

—No necesitamos músicos ni bibliotecarios, pajarito. No vuelvas a visitarnos. Y, si tienes algún respeto por las cosas sagradas, nunca más pronunciarás ese juramento a otra criatura, ¿me entiendes?

Me están echando.

Me están echando.

Una mano me toca un hombro, dispuesta a arrastrarme. Me sobresalto y me doy la vuelta cuando noto a cuatro troles acorazados detrás de mí, junto a la gran puerta por la que debo haber entrado. Uno aún sostiene el saco que me habían puesto en la cabeza.

No, no, no. Si dejo a Cagmar…, no hay otro lugar adonde ir. Ningún otro sitio donde esconderme.

«Tu camino no será recto, sino quebrado y sinuoso», me susurra al oído la voz del cosmodiano. La predicción a la que me he aferrado desde la infancia.

—Por favor. Haré hasta vuestros trabajos más sucios.

El trol me agarra del brazo y me levanta. El semblante de Qequan es duro como la piedra. Aparta la mirada de mí y la mujer niega con la cabeza. El trol me arrastra hacia la puerta.

—¡Aprendo rápido! —grito—. ¡Y tengo buena vista! Podría explorar para vosotros.

El trol del extremo derecho se ríe y otro me coge del otro brazo.

«No sé cómo leer esto, Calia», susurra la voz de una mujer.

Mi padre me encontrará, me castigará, y luego me utilizará, como siempre ha hecho.

Me utilizará.

Me utilizará.

—¡Esperad! —Mi voz resuena entre las paredes de piedra. Ichlad se sobresalta. Incluso los guardias dudan.

La mirada de Qequan se desliza de nuevo hacia mí.

—Tengo otra habilidad. Una que nunca habéis visto. —Mis palabras se precipitan y se deslizan juntas hasta que casi no tienen sentido. Apenas puedo creer que las haya pronunciado. Nunca en mi vida, nunca, he compartido voluntariamente mi secreto. Nunca le he hablado a nadie de mi oscuridad. Unos pocos la han visto, la han sentido por sí mismos, pero el miedo siempre puede explicarse.

—Estás poniendo a prueba mi paciencia. —La voz de Qequan es una amenaza.

Los guardias me sueltan. Mientras me froto el brazo, digo:

—Es un talento único entre mi gente. —Las estrellas bendicen que también sea único entre los troles—. Pero es un secreto bien guardado.

Qequan arquea una ceja.

Me alejo de los guardias.

—Eh… Me gustaría que hubiera el menor número de testigos posible.

Los troles me miran con el ceño fruncido.

—No echaré al Consejo —dice Qequan tras un suspiro.

Miro a los guardias.

—Ni a mis hombres.

Me mantengo firme, o eso intento. ¿Cómo podría mi padre convertir esto en su beneficio? Jugaría con el orgullo del trol.

—¿Temes que una humana te haga daño, maestro Qequan?

Sonríe de nuevo; al menos tiene sentido del humor. Pasan varios segundos antes de que incline la cabeza y los cuatro guardias trol se alejen de mí y salgan por la puerta, que se cierra pesadamente a su paso.

—Si nos estás haciendo perder el tiempo… —comienza Ichlad.

Levanto las manos en señal de rendición.

—No, pero tengo que demostrárselo a alguien.

El segundo trol de la derecha, que ha permanecido callado, pregunta:

—¿Y qué es lo que piensas demostrar? —Su tono es burlón y su acento, marcado.

Bajo las manos. 

—Yo… asusto a la gente.

Varias risitas resuenan en los tronos. 

—Eres humana. Eres frágil como el tallo de una pluma —dice Ichlad—. ¿Pretendes asustarnos?

Incluso el más pequeño de ellos podría romperme el cuello con el hueco del codo. Los dioses construyeron bien a estas criaturas.

Si por alguna razón mi oscuridad no es efectiva en los troles…, entonces mi destino seguirá siendo el mismo.

—¿Alguno…? —De nuevo se me seca la boca—. ¿Alguno de vosotros se ofrecería voluntario?

Qequan e Ichlad intercambian una mirada. 

—Me divierte. Puedes intentarlo conmigo —dice Qequan.

Se pone de pie, y es enorme. Más de dos metros y medio de alto, sin duda. Más alto que todos los troles de la sala y del puente. Es ancho y musculoso, aunque su estómago es redondo y se ve bien alimentado. Es un trol que ha librado batallas; resulta evidente en su postura.

Cruza la sala hasta situarse en el centro de la piel de ese gran monstruo, y luego extiende las manos.

—A ver de qué eres capaz, pajarito.

—Juradme por vuestro honor que no me haréis daño. —Si los troles tienen juramentos, deben tener honor.

Él sonríe mientras me muestra sus dientes, entre los que resaltan sus colmillos.

—Por supuesto.

Trago saliva. Los hombres suelen tener dos respuestas ante el miedo: luchar o huir. Qequan no parece de los que huyen.

Respiro hondo y ajusto la postura, separo los pies a la altura de los hombros. Me gustaría decir que nunca he usado mi oscuridad así, que siempre ha sido un último recurso, en defensa propia; pero no es verdad. La he usado en habitaciones tranquilas y silenciosas contra personas más grandes y más pequeñas que yo. A veces con la mano de mi padre sobre mi hombro, a veces con sus expectativas presionadas contra mi columna vertebral. Hacía mucho tiempo que no pensaba tanto en ello.

Me preparo, y trato de no encogerme. Mi habilidad es un arma de doble filo. No puedo, por así decirlo, manejar el fuego sin quemarme, aunque saber que este no es real me ayuda a controlar el dolor.

Qequan parece aburrido, así que escarbo. Mi cuerpo está al límite, mi mente, atascada por la preocupación, y por eso surge con facilidad, como una langosta ansiosa por darse un festín. Lo saco de mí, como una fuerza invisible, una canción inaudita que me corre por las venas y me acelera el corazón, hace que me sude la espalda y me aprieta la mandíbula. Las manifestaciones físicas golpean primero; luego, las mentales. Mi propio impulso de huir, el túnel de la visión, la deformación del tiempo. Si presiono demasiado, el miedo va directo al corazón y se convierte en mi propio pánico ciego, desenfrenado, hambriento y frío. Lo mido con cuidado. Necesito seguir siendo yo misma, pero también que Qequan me vea.

Me armo de valor contra el miedo y se lo lanzo al trol. Su reacción es inmediata.

Su respiración se entrecorta. Sus ojos se abren de par en par y la parte blanca brilla. Retrocede un paso, como si lo empujaran. Le tiemblan las rodillas.

Y entonces se arranca el martillo del cinturón y se abalanza sobre mí con un grito de guerra que casi me rompe los tímpanos.

Corto el miedo de inmediato, pero él sigue con el ataque. Retrocedo a trompicones y caigo sobre la fría piedra, dominada por un terror natural. Grito y levanto los brazos para protegerme…

—¡Qequan! —brama Ichlad.

Silencio, salvo por una respiración agitada que no es la mía. Mi corazón martillea cuartos de segundo. Pasan varios. Con cuidado, muevo los brazos y me asomo. Qequan está justo ahí, casi tocándome, con el martillo en alto. La confusión arruga su expresión, su pecho se agita como un fuelle, igual que el mío. La tenue luz del candelabro resplandece en dos hileras de cuentas de color turquesa en su manga derecha.

Parpadea, y sus cejas se arrugan con fuerza. Baja el martillo con lentitud, como si las articulaciones de sus hombros estuvieran oxidadas. Da un paso atrás y retrocede de nuevo. Me mira como si me hubiera convertido en una serpiente. Respiro hondo mientras trato de encontrar la calma.

Dos de los otros cuatro miembros del Consejo, Ichlad y la mujer, se han levantado de sus asientos. Transcurren unos instantes antes de que el primero pregunte:

—¿Estás con nosotros?

El cuerpo de Qequan se relaja. Se pasa una mano grande por la cara y se vuelve hacia ellos.

—Sí. —Me devuelve la mirada.

Estoy lista para que me llame monstruo, para que me eche como hicieron Finnie y su familia, como hizo Andru. Pero, mientras Qequan me estudia con descaro, la confusión se convierte en intriga. Bueno, si es que puedo leer la expresión de un trol.

—Ni siquiera te has movido —dice.

Me pongo en pie.

—No tengo por qué hacerlo.

—¿Solo con desearlo?

Aprieto los labios y asiento.

Coloca el martillo otra vez en su cinturón, atraviesa la sala a grandes zancadas, muy digno, y ocupa su lugar en el trono central. La mujer e Ichlad lo siguen.

—¿Cómo? —pregunta Qequan una vez que está cómodo.

Avanzo hasta que los dedos de los pies tocan la piel del animal.

—No lo sé. Lo tengo desde niña.

—Sería maravillosa en los interrogatorios —dice el trol del extremo derecho.

Gotas de sudor me recorren el centro de la espalda. No había pensado para qué podrían usar los troles mi horrible maldición. No me harían… No me harían torturar a la gente, ¿verdad? Porque el miedo es una tortura en sí mismo. El método favorito de mi padre.

«Estrellas del cielo, ¿qué he hecho?».

Qequan no me ha quitado los ojos de encima.

—¿Funciona con cualquier cosa?

Intento no inquietarme. 

—Bueno…, sé que funciona con humanos y lobos. Y parece que con troles.

Frunce el ceño, aunque no estoy segura de por qué.

—Entonces funcionaría con las criaturas del cañón.

La mujer se mueve al borde de su asiento.

—¿Crees que podría asustar a esas bestias? —Suena incrédula.

Qequan se alisa la estola.

—¿Quieres que ella te haga una demostración, Agga, para que lo compruebes por ti misma?

Por primera vez desde que llegué, Agga parece fuera de su elemento, incómoda. Y odio que sea por mi culpa, pero también necesito que me acepten, que me ayuden, que me escondan. Y, si respetan esta forma de pago…, lo daré libremente.

—Elige a una de nuestras asesinas para que trabaje con ella hasta que aprenda lo que necesita saber —le dice Qequan a Ichlad.

Ichlad me observa.

—¿Le permitirás blandir una espada? —pregunta como si yo no estuviera allí.

—No lo necesita. —Qequan sonríe—. Ella ya es una.

Capítulo 2

Espero varias horas en lo que debe de ser una mazmorra. Es pequeña y fría, y sin luz ni ventanas. Estoy desesperada por tener una ventana, para presenciar el paso del tiempo y ver las estrellas y cualquier consejo que puedan darme, lo poco que entiendo de ellas. He encontrado fuerza en el cielo nocturno cuando no podía encontrarla en la humanidad, y por eso busco su luz incluso aquí, encerrada bajo la superficie del mundo.

En el suelo desgastado no hay más que un viejo catre, donde me siento, y un cuenco de agua de hojalata como el que se le da a un perro, que ya he vaciado. La puerta es estrecha y pesada, con una delgada corredera a la que solo puede accederse desde el exterior. Pero está abierta y deja pasar la luz de los apliques del pasillo, así que no me preocupa demasiado.

Mientras estoy apoyada en la fría pared, medio dormida, se acercan unos pasos pesados. Me sobresalto y escucho. Son tres pares, pero dos se alejan, y solo un par llega hasta la puerta. Bloquean la luz, lo que dificulta distinguirla, pero no se me escapa que no está contenta, ya que esa expresión es similar en todas las criaturas de los dioses.

Mide más de dos metros y medio y tiene unos gruesos surcos en brazos y hombros que marcan cada enorme músculo y cada tenso tendón. Su cintura se estrecha sobre unas caderas notablemente redondas. Su piel es de un tono verde intenso; lleva el pelo castaño oscuro retirado de la cara, lo que acentúa su pico de viuda, y en su cuero cabelludo brillan unas tachuelas óseas. Unos dientes de marfil le enmarcan los labios y casi le llegan a las fosas nasales. Sus ojos me recuerdan a un topacio en bruto. Observo dos cuentas de turquesa en su manga, similares a las de Qequan.

Me levanto, ella me mira brevemente y frunce el ceño cada vez más.

—Tú eres Alondra.

Asiento con la cabeza.

Refunfuña algo en voz baja, se da la vuelta y se marcha. Voy detrás de ella, y acelero el paso para seguir su larga zancada.

—No sé de qué me servirás en los muelles —me dice cuando la alcanzo.

—¿Muelles? —repito mientras me agacho para evitar un candelabro—. ¿Tenéis barcos?

Me mira incrédula.

—No. —Se frota el punto entre las cejas—. Solo el Arrepentimiento sabe lo que he hecho para merecer esto.

Ese término otra vez: «Arrepentimiento».

—Lo siento, pero ¿cómo te llamas?

Ella deja caer su mano.

—Unach.

Es un nombre difícil, «oo-natch», y mi lengua se resiste cuando lo repito.

—¿Y adónde vamos?

Parece que hasta mi voz la irrita.

—Vamos a mis aposentos. El Consejo ha decidido que de alguna manera vales algo, y se supone que debo alojarte hasta que encuentren algún otro rincón donde meterte.

Por su tono y sus palabras, supongo que el Consejo respetó mi petición de mantener mis habilidades en secreto, lo último que les pedí antes de que un guardia me escoltara hasta aquella celda.

Valer algo. Hasta los niños saben que los troles valoran la fuerza por encima de todo. Nunca me he considerado débil, pero la verdad es que no soy nada al lado de los que he conocido en cuanto a tamaño y corpulencia. Ni toda la comida ni todo el ejercicio del mundo me acercarían a ellos.

Subimos unas escaleras estrechas, lo que me obliga a caminar justo detrás de Unach.

Al menos salimos de la prisión.

—Soy una cazadora —continúa—. Te enseñaré cómo funciona todo. A atar cabos. Literalmente.

Su acento es tan fuerte que parece que sus palabras apenas salen de sus labios. No sé qué quiere decir con «cabos» y no me atrevo a preguntar. Murmura algo que solo capto a medias, pero deduzco el significado: «Qequan por fin ha perdido la cabeza». Y luego lo que parece un insulto sobre los humanos.

Unach rebusca en una bolsa a su lado cuando llegamos al final de la escalera, y me entrega un círculo duro, asimétrico, de color rosa brillante y aproximadamente del tamaño de mi mano.

—Toma.

Lo cojo; los bordes son ásperos y escamosos.

—¿Qué es esto?

Frunce el ceño.

—¿Tú qué crees? —Pone los ojos en blanco—. Es comida, humana. —Y empieza a caminar de nuevo.

Le doy la vuelta al disco en mis manos mientras me apresuro a alcanzarla. ¿Esto es comida? El estómago se me tensa y gruñe, por lo que me lo llevo a los labios. Huele extrañamente a flores y no tiene demasiado sabor, es ligeramente dulce, con un regusto un poco amargo. Pero es comestible, así que mastico y trago, mastico y trago, hasta que me duele la mandíbula.

Caminamos por un estrecho pasillo que no es de mampostería como la sala del Consejo o la mazmorra, sino de piedra maciza, tallada en la misma ladera del acantilado. El pasillo da paso a una pequeña caja de madera y metal en la que Unach entra. Dentro hay una polea y, cuando me uno a ella, Unach tira de la cuerda y nos levanta, con unos bíceps que se abultan de una forma impresionante. Su ropa parece ser sobre todo de cuero, con algo de piel, y le cubre los hombros, pero deja los brazos al descubierto, salvo por dos correas de cuero que se unen a un puño de cuero. De sus antebrazos sobresalen protuberancias óseas más o menos del tamaño de una moneda. Me pregunto si se habrá dado cuenta de que la miro, porque, cuando llegamos al siguiente nivel, me lanza una mirada de desaprobación y camina aún más deprisa que antes.

Me apresuro a seguirla y casi tropiezo al ver lo que me rodea. El corto y estrecho pasillo se abre a un atrio iluminado por candelabros y otras luces que no identifico. Supongo que los oscuros agujeros del techo son algún tipo de conducto para dejar salir el humo. La mampostería, el hormigón y las vigas metálicas están siempre presentes, pero aquí un ingenioso conjunto de hierro y madera compone el entorno, no muy diferente a la arquitectura de un puente.

Un destello de luz estelar se cuela por un ventanal y alzo la vista para ver la constelación de Swoop, la cuchara. Es antes de medianoche. Mis manos aprietan el disco que tengo entre las manos. Swoop es la constelación de la cosecha y la abundancia. Parece decir: «¿Ves? Te he alimentado».

Abajo, en el sombrío cañón, los troles se llaman los unos a los otros, pero no los entiendo. El cañón se aleja de la ciudad, imposiblemente profundo y oscuro, pero Unach me deja poco tiempo para quedarme mirando embobada. Levanto la vista y veo una de las vigas del puente Empíreo. Ya estamos bajo el puente. No veo nada más a través de esa rendija de la ventana, solo el grueso de la ciudad sobre mí, casi tan oscura como el cañón que hay debajo. Los asentamientos humanos tienden a extenderse como una mano abierta, pero Cagmar es larga y profunda, como un diente.

Mi fascinación es casi suficiente para controlar mi aprensión.

Subimos, subimos y subimos, me dejo guiar, luego bajamos otra vez. Unach me empuja a través de un túnel sinuoso, más allá de unos pocos ojos que observan. Nadie pregunta qué hace. Dudo si es por antipática o por otra razón. Tomamos otro ascensor y caminamos por un pasillo más oscuro y luego, por fin, se detiene ante una puerta. Bajo el laberinto de vigas y arcos, Unach saca una pesada llave, la mete en la cerradura y la gira.

—No toques nada —ordena—. Y no estorbes. Esto es solo temporal.

No creo que le importe que responda. No la culpo por su brusquedad. Aparte de que le hayan encasquetado a una extraña sin previo aviso, los humanos y los troles tienen un pasado. Ningún pueblo humano la trataría con amabilidad. De hecho, es probable que la mataran. Yo agradezco no estar muerta.

La puerta se abre, y me sorprende la vivienda que hay dentro. Esperaba algo de construcción fría, como el resto de la ciudad, pero parece bastante… hogareña. Una chimenea encaja a la perfección en la pared del fondo y dos braseros arden a ambos lados de una sala principal de tamaño decente. Dan luz, aunque poco calor, y el frío de Cagmar se me clava en la piel y casi me hace castañetear los dientes. Las pieles y las alfombras tejidas ocupan gran parte del suelo, y hay un enorme almohadón —¿que quizá sirve de asiento?— cerca de la chimenea. Al otro lado de la habitación hay una mesa alta y una cocina estrecha con un fregadero, armarios y estanterías de aspecto extraño. Todo es un poco demasiado grande, hecho para el uso de un trol. La habitación se curva al fondo, hacia la izquierda, hacia algún lugar que no puedo ver. Pasada la entrada a la pequeña cocina, hay una puerta a la izquierda y otra a la derecha, ambas cerradas.

—No tendrás una habitación para ti sola, no hay espacio. —Unach cierra la puerta tras de sí. Deja su bandolera sobre la mesa y se dirige a la pared del fondo—. Dormirás en un jergón allí.

Intento no sentirme pequeña, la sigo y me asomo por la esquina. Un corto pasillo de argamasa termina en un espacio oscuro con puertas plegables, poco más que un armario. Dentro hay un cubo con ropa sucia y una tina.

Miro el duro suelo. He dormido en peores. Y Unach ha dicho que es temporal. Puedo soportarlo.

—Contribuirás a las tareas domésticas y harás tus propios recados —continúa mientras lanza de una patada un trozo de carbón medio gastado a la chimenea—. Y te prepararás la comida.

Asiento con la cabeza. Quiero pedir agua, pero Unach es una cinta tensa, a punto de romperse.

La puerta de la derecha —ahora mi izquierda— se abre de golpe, y entra un trol. Calculo que mide algo más de dos metros, y el tono esmeralda de su piel es un poco más intenso que el de Unach. También tiene el pelo oscuro más largo, recogido con una gruesa cinta. Sus colmillos son más cortos y delgados, pero su torso es bastante más ancho. Lleva ropas hechas de piel y un material tejido que no identifico, pero sus brazos están desnudos y, como los de los demás, son muy fuertes.

—Unach, ¿qué…?

Y entonces se fija en mí.

Al principio no reacciona. Al menos, creo que no lo hace; no tengo demasiada práctica en leer a los troles. Sus ojos tienen el mismo brillo topacio que los de Unach, aunque los suyos son de un tono más oscuro, más ámbar. Casi podrían pasar por humanos. Su pesado ceño se frunce.

—¿Quién es?

—Una humana descarriada que convenció a Qequan de que le iría bien como pienso para monstruo.

Frunzo el ceño y miro al nuevo trol mientras trato de mostrarme fuerte. Aún no me he acostumbrado a su aspecto, a su forma de hablar y a su manera de mirarme.

—Unach tiene la amabilidad de enseñarme cómo funciona todo. A atar cabos.

Unach resopla y se cruza de brazos.

—La próxima vez que llegue una citación a mi puerta, no contestaré. —Se frota la cabeza—. Tiene que quedarse aquí hasta que la acomoden en otro lado.

El trol la mira.

—¿No puede quedarse en el enclave?

¿«Enclave»? Mi anterior interacción con el Consejo me confirmó que no soy la primera humana que busca refugio aquí. ¿Cuántos más viven en la ciudad?

—Ya está invadido. —Luego, dirigiéndose a mí, Unach repite—: No toques nada.

Desaparece por la otra puerta, que supongo que es su dormitorio. Sin saber cómo actuar en su ausencia, hago una reverencia al otro trol.

—He venido a buscar trabajo —le explico—. No seré una molestia. Siento incomodarte.

Parece confundido por esta confesión.

—Será mejor que no estorbes.

Supongo que no debería esperar mucha amabilidad, pero prefiero la seguridad a la amabilidad.

Unach sale de su habitación y me arroja una manta. O, más bien, una piel desollada con algunos agujeros donde el cuchillo cortó demasiado cerca del pelaje. No estoy segura de qué animal proviene.

—Prepárate el jergón. Es tarde.

El espacio que me han asignado no es lo bastante largo para estirarme, pero no estoy en posición de quejarme. La verdad, todo esto es muy de ensueño, como si mi mente no se hubiera hecho a la idea de estar en Cagmar, hablando con troles. Y me quedaré aquí. Veo una rendija en la pared justo encima del corto pasillo. Una ventana. Afuera está completamente oscuro, así que se mezcla con el resto de la piedra. Si me pongo de puntillas, puedo ver algunas estrellas lejanas que no pertenecen a ninguna constelación, pero seguro que no carecen de significado. La creencia cosmodiana dice que los dioses aún nos observan, pero solo pueden comunicarse a través del cielo nocturno. Ricos, pobres, hombres, mujeres…, no importa, los dioses nos crearon a todos. Si tuviera un maestro o un libro sobre las estrellas, entendería lo que me dicen ahora. Hasta entonces, agradezco cualquier trozo de cielo, por exiguo que sea.

Lo único que se me ocurre decir es «gracias». Luego, miro entre las dos habitaciones.

—¿Sois… hermanos?

Unach me lanza una mirada de fastidio.

—¿Qué otra cosa podríamos ser? —Se dirige a su habitación y cierra la puerta tras de sí.

Su hermano me mira con el ceño fruncido. Antes de que pueda preguntarle su nombre, él también se marcha, y me veo rodeada de puertas cerradas.

Mientras me muerdo el labio inferior, extiendo la piel. Mide un metro y medio de largo, un poco corta para cubrirme. La doblo por la mitad a lo largo y la pongo contra el duro suelo del pasillo. Luego busco entre las brasas de la chimenea. Para mi sorpresa, encuentro una pequeña pila de cuartos de leños y saco uno.

La puerta de Unach se abre de repente, y me pregunto si tenía una oreja pegada a ella.

—¿Qué haces? —Su tono malhumorado atraviesa la habitación.

Me pongo rígida.

—El fuego…

Me fulmina con la mirada.

Los troles deben estar más adaptados al frío, por su… grosor. De inmediato vuelvo a colocar el leño. Unach me analiza, como si pensara empujarme a través de esa única y estrecha ventana. Me apresuro hacia la piel, me tumbo y Unach se va una vez más.

Me acuesto en la piel durante un rato mientras los braseros se apagan lentamente. Estoy acostumbrada a acampar en suelo duro, pero este hace que mis huesos se sientan demasiado afilados para mi piel, incluso con la manta. La temperatura baja y se hace de noche. Me enrollo en la manta de piel para entrar en calor, pero, sin su barrera, el gélido suelo me sacude la piel. Ahora entiendo la necesidad de las alfombras.

Quizá a Unach no le guste, pero agarro el extremo de una pequeña alfombra y la coloco a modo de colchón. Por suerte, protege del frío, aunque apenas sirve de acolchado. Podría tratar de encender otra vez un brasero, pero tengo miedo de atraer la ira de un trol sobre mí. El miedo a algo siempre acecha en mis pensamientos o se arrastra bajo mi piel. El miedo ha sido mi mayor compañero desde que tengo uso de razón. Me ha mantenido viva, me alimenta y me protege. En realidad, no sé qué haría sin él.

El miedo me dice que Unach es una hoguera apenas contenida. Aún no estoy segura del temperamento de su hermano.

Y por eso me quedo ahí tumbada, temblando, con las rodillas apretadas contra el pecho, los brazos cruzados con fuerza, mientras uso mi propio pelo como almohada.

Al menos, si no duermo, no soñaré con los monstruos que el Consejo tiene previstos para mí por la mañana.

* * *

No puedo respirar. No puedo…

Me despierto con una mano alrededor de la boca. Es grande y callosa, y sé exactamente a quién pertenece cuando me libera de un tirón de mi pequeño jergón en el establo.

Los gritos se agolpan en mi garganta mientras los hombres de mi padre tiran de mí. Es pronto, demasiado pronto. El gallo aún no ha cantado. Sus manos me agarran por todas partes, sujetan mis miembros agitados, me sacuden de un lado a otro, me sacan como a un perro rabioso a la luz azulada.

—¡Ignóralo! ¡No es real! —le sisea uno a otro, y solo me sorprendo medio segundo de que mi padre les haya dicho por qué soy tan valiosa. Pero los ladrones deben saber a qué atenerse cuando roban algo que puede defenderse.

Pero ese miedo es suyo. No el mío.

Me sumo a él, y empujo la oscuridad hacia fuera, lo que aumenta mi pánico durante el proceso.

El hombre que me sujeta las piernas se estremece, pero el que me tapa la boca me suelta, como si le hubiera mordido, y retrocede.

Todos mis gritos se me escapan y surcan el municipio de Dorys como una matanza de cuervos. El miedo agudiza mis sentidos y fortalece mis miembros. Me suplica que huya, que huya y que huya.

—¡Hacedla callar!

Empujo mi miedo con más fuerza.

Los hombres me sueltan. Avanzo por el seco suelo mientras intento orientarme. Grito pidiendo ayuda.

Algo, tal vez una bota, me golpea un lado de la cabeza. El mundo da vueltas. La luz azul se vuelve por un momento negra.

Esa es la debilidad de mi poder. Puedo infundir terror en cualquier hombre, pero, en cuanto me voy, también lo hace el miedo.

Cuando mis pensamientos vuelven a mi palpitante cabeza, me están maltratando de nuevo. Uno de mis secuestradores me agarra del pecho, no de forma sexual, sino con la intención de lanzarme a lomos del caballo de otro.

No, no, NO. NO volveré, no volveré…

—¡Dejadla en paz!

El sonido de la voz de Cando —estoy durmiendo en su establo— es tal alivio y horror que casi me meo encima. Alivio porque alguien ha venido a buscarme. Horror por lo que estos tres hombres puedan hacerle, pues los hombres de mi padre están armados, llevan armadura y montan a caballo, algo cada vez más raro por estos lares. Ni siquiera Cando tiene caballo. Utiliza su establo para las cabras y el almacenamiento.

Me agacho para ver. Cando está allí en ropa interior, con una horca en una mano. Elisher, su vecino, también está presente y a medio vestir, pero sostiene un improvisado garrote, un pesado bastón con clavos que sobresalen de su punta. Miran con recelo a los secuestradores.

Expulso todo el miedo que puedo, lo expulso como si fuera sudor, y me apodero de los tres salvajes. Acabo de aprender a hacerlo con más de uno a la vez.