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Como una rueda La ciudad de Babel es la noria, que representa muchas cosas: la luz, la sombra y el eterno retorno, como lo pensó Nietzsche y, mi héroe, o mejor, mi antihéroe, Emiliano Isaías Gamboa, una brizna insignificante en el engranaje de esa máquina, que prefigura el tiempo con sus fantasmas y sus ilusiones de un mundo que simboliza el paraíso y el infierno terrenal de una época histórica que, curiosamente, parece haber sido borrada del mapa mental junto con sus habitantes.
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Seitenzahl: 221
Veröffentlichungsjahr: 2019
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Delgado Ortiz, Eduardo, 1950-
La ciudad de Babel / Eduardo Delgado Ortiz. -- Cali : Programa Editorial Universidad del Valle, 2019.
160 páginas ; 22 cm. -- (Colección artes y humanidades)
Incluye índice de contenido.
1. Novela colombiana 2. Literatura colombiana. I. Tít.
II. Serie.
Co863.6 cd 22 ed.
A1628057
CEP-Banco de la República-Biblioteca Luis Ángel Arango
Universidad del Valle
Programa Editorial
Título:La ciudad de Babel
Autor:Eduardo Delgado Ortiz
ISBN:978-958-765-942-9
ISBN-PDF:978-958-765-943-6
ISBN epub:978-958-5168-28-2
Colección: Artes y humanidades-Novela
Primera edición
Rector de la Universidad del Valle: Edgar Varela Barrios
Vicerrector de Investigaciones: Jaime R. Cantera Kintz
Director del Programa Editorial: Omar J. Diaz Saldaña
© Universidad del Valle
© Eduardo Delgado Ortiz
Diseño de carátula y diagramación: Diana Lizeth Velasco D.
Corrección de estilo: Jaime Ariza Tello
Este libro, salvo las excepciones previstas por la Ley, no puede ser reproducido por ningún medio sin previa autorización escrita por la Universidad del Valle.
El contenido de esta obra corresponde al derecho de expresión del autor y no compromete el pensamiento institucional de la Universidad del Valle, ni genera responsabilidad frente a terceros. El autor es responsable del respeto a los derechos de autor del material contenido en la publicación (fotografías, ilustraciones, tablas, etc.), razón por la cual la Universidad no puede asumir ninguna responsabilidad en caso de omisiones o errores.
Cali, Colombia, diciembre de 2020
Diseño epub:Hipertexto – Netizen Digital Solutions
“Esto es un manicomio babilónico; por mil ventanas le gritan a la vez al transeúnte mil voces, mil ideas diferentes, y está claro que el individuo se convierte así en un tablado para motivos anarquistas y la moral se disgrega junto con el espíritu.” Escribió Robert Musil en 1922, en un esclarecedor ensayo.
En esta parte del mundo, como en aquel entonces, la crisis de la cultura, los problemas políticos, el nepotismo de los partidos, confluyen en la sociedad creando un bumerang que cercena de tajo el espíritu colectivo. Y la amnesia, es un lugar común. Entonces encontrará el lector una “extraña coincidencia” con La ciudad de Babel y la época de entre guerras, que vivió Musil.
Como una rueda La ciudad de Babel es la noria, que representa muchas cosas: la luz, la sombra, y el eterno retorno, como lo pensó Nietzsche y, mi héroe, o mejor mí antihéroe, Emiliano Isaías Gamboa, una brizna insignificante en el engranaje de esa máquina, que prefigura el tiempo con sus fantasmas y sus ilusiones de un mundo que simboliza el paraíso y el infierno terrenal de una época histórica que, curiosamente, parece haber sido borrada del mapa mental junto con sus habitantes.
Reconstruir ese mundo con sus particularidades, para situar ese combate de un ser humano entre los poderes de las tinieblas y la luz; de una década que llegó sí, con la luz, y se fué con las tinieblas arrastrando de paso, como un ciclón TODO: la historia, su memoria y sus símbolos. Atrapado por la oscuridad, acaso el autor de estas páginas, no sea más que una partícula invisible, que cree haber vivido una época, y todo no es más que una fantasía, una farsa como el mundo en que vivimos. ¡No!, la historia estaba ahí, atormentándome por mucho tiempo y a medida que escribía varias veces se volvía más oscura hasta vaciar las entrañas; sólo entonces se fueron hilando las historias de las voces de la vida real, de la gente del barrio; historias que se van contando y se mezclan con la imaginación¸ la memoria de las múltiples voces, se van cerniendo, dolorosamente. Una esencia del “mundo al revés”: una especie donde los personajes transgreden los valores establecidos, invierten las normas y se liberan de una sociedad que los segrega.
Eduardo Delgado
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A Viviana
A los que hicieron posible esta historia
Conseguir un ideal, es superarlo al mismo tiempo.
F. NIETZSCHE
En su naufragio, Emiliano Isaías Gamboa vuelve a hundirse como un barco corroído por el mar y el tiempo, en un entresueño que se torna pesadilla, en la que hordas de nativos huyen de la furia del mar en la costa Pacífica, o del traqueteo de la metralla, entre la guerrilla y el ejército, en la cordillera Andina. Es una población hambrienta en busca de porvenir; andan en fila como un tornado: hombres, mujeres, niños y ancianos de piel oscura; caminan sumergidos en una bruma, envueltos en chilpas, abriendo paso con machete en una selva carnívora, como almas perdidas en busca del paraíso, y él, Emiliano Isaías Gamboa, presidiendo la marcha al infierno, como todo un dirigente. Un moscardón mierdero le abofetea la cara sacándolo del sopor, ahuyentando la fiebre.
A esa hora caía la tarde en Charco Azul, azotada por ese calor que calcina la tierra, dejando una cicatriz en la piel, y en el aire una reverberación vaporosa que nubla el paisaje y hace palidecer la vegetación tránsfuga de samanes, arrayanes y carboneros que, mezclados entre la maleza y los gases que fluyen de un pantano de aguas negras o azuladas, crea un espejo con una imagen atroz que se multiplica. Espejo de agua que parece extenderse a lo largo y a lo ancho de esa inhóspita planicie donde la vegetación fluye como ramas encendidas, ramas calcinadas en las cuales el verde de las hojas se diluye y no cabe la esperanza.
Por tal razón, los invasores bautizaron este tugurio con el nombre Charco Azul, un baldío donde empieza lo que sería La Ciudad de Babel. Providencia divina para unos, refugio de escoria para otros. Vastas tierras de pantanos y ciénagas, que una manada de desarrapados sin nombre ni ley, sedientos de comida y techo, decidieron invadir, albergando la esperanza de hacer de ese terruño su morada, sin saber que se habían apropiado de una herencia maldita. Una tierra en cuyas entrañas anuda un corazón oscuro. Arrancar ese corazón y sembrarlo de porvenir fue una de las utopías que iluminaron las noches de insomnio de Emiliano Isaías Gamboa y su mujer, Angélica. Hacer realidad esa quimera, liderar una toma de tierras, fue lo que se propuso Angélica María Rosales Erazo con un puñado de desplazados y, tras el telón de fondo, Emiliano, quien había optado por ese frente para hacer su trabajo político y, a la vez, esconderse de la persecución de la policía y el DAS, que lo tenía fichado, tachado de ser un agitador peligroso. Emiliano era un rebelde, pero también un vagabundo que, como todo soñador, construye utopías con la esperanza de hacerlas realidad. Mientras un hombre de izquierda lleva, por así decirlo, una vida de sacrificio, tras una búsqueda de un mejor porvenir para su pueblo, Emiliano, además, era irreverente, soñador como para enfrentarse a la locura de dirigir a sus coterráneos en una invasión sin frontera a un lugar donde la miel se da amarga.
Y ahora estaba ahí, en la terraza de su rancho, sentado en una mecedora de mimbre, atrapado por una invisible red, donde el señor muerte era su custodio, bajo la sombra de un deslucido toldillo, con la vana esperanza de protegerse del sol y con un libro en el regazo, leyendo o releyendo la Crónica razonada de las guerras de Bolívar, Tomo III, de Vicente Lecuna, atrapado en una pesadilla o en un entresueño de gloria y sacrificio. Tenía las mejillas hundidas, la tez amarillenta, los ojos cerrados, que le daban el aspecto de un asceta, embebido por una turba de fantasmas de piel oscura, como si de esta forma visualizara mejor el porvenir de los destechados. Sentado en esa mecedora, con el libro en el regazo, entre sus manos, parecía un ídolo prediciendo el futuro de esos miserables trashumantes.
De pronto sintió un calor abrasador, que hacía mojar su camiseta de franela blanca, y un galopar del corazón que lo hizo despertar con la gritería de la muchachada en la cancha de fútbol.
La tarde caía con un sol inclemente que no hacía mella en los cuerpos semidesnudos de una gallada de muchachos, en su mayoría negros, a diferencia de Carmencita, María Clara, Paquito y Caliche, hijos de Emiliano y Angélica María. Agrupados, semejaban un acuario de ese trópico donde las voces y las risas se mezclan con el graznido de los pájaros salvajes, en ese terruño sembrado de espinas, de moscas que pululan por doquier y de malos olores que retuercen las tripas.
Los muchachos juegan a la lleva y todos corren de un lado para otro entre gritos y risas alrededor del lago Charco Azul, bordeado por un terreno baldío destinado a un parque en el futuro. Allí, los ranchos de bahareque se diseminan en desorden entre estrechos callejones de tierra pisada, y en un solar que da de frente al terreno han levantado una estancia amplia, con guadua y cartón, que sirve como recinto para reuniones de la junta comunal y que el cura Felipe Alvarado Arredondo —quien hace labor social en esa zona— utiliza los domingos para celebrar misa, empleando para ello una larga mesa de madera rústica cubierta por un mantel blanco, sobre el cual coloca el sagrario con el cáliz y, más atrás, se levanta un cristo de madera basta, carcomido por el comején.
En algún lugar ponen música antillana a gran volumen. Los chiquillos, entre los ocho y los doce años, gozan y sudan a chorro amargo con el desparpajo de su juventud y hacen de sus piruetas simiescas algo natural. Igual que los perros o los gatos, juegan sin ningún escrúpulo, con la simplicidad típica de su edad. Como sea, allí está Carmencita, que parece ser la líder, la que todos admiran sin ningún tapujo y se rinden frente a su particular salvajismo. ¿Qué podría ser Carmencita sino una serpiente adosada con pétalos o, mejor, una fierecilla dispuesta a sacarte el alma de un zarpazo? Como su madre, inescrutable, y de carácter fuerte como Emiliano. Carmencita, con sus once años, aparenta ser toda una mujer. El desarrollado cuerpo, articulado a su tono de voz, imprime orden en la gallada; de piel blanca, cabello castaño-claro y enmarañado, parece una gata salvaje. Corre y se mueve con agilidad increíble, dejando entrever una figura atlética que combina a la perfección con su rostro de rasgos felinos que, a la vez, inspira respeto y deja a cualquiera, sea hombre o mujer, con la boca abierta: ya por su actitud irreverente, ya por esa belleza tropical sobrada a la que añade una jerga barriobajera.
Los pelaos corren, saltan y trepan igual que micos, a un frondoso carbonero: lo escalan las chicas y los jóvenes con intrépida rapidez en una competencia pareja. No hay distinción de sexos. Niñas y niños juegan fútbol o cualquier otra cosa por igual y hasta las trompadas son de respeto. Hasta el momento no existen, por esos lares, las galladas bravas que, con el tiempo, se fueron tomando las zonas que demarcaron a punta de ver correr la sangre, imponiendo su ley. La ley del más fuerte, que empezó a doblegar a otros muchachos para llevarlos a seguir sus pasos y a las chicas para ser de ellos: del más jodido del parche; bandidos, en fin, que con el tiempo fueron cultivo de ratas para engrosar las filas de sicarios de los clanes de la ciudad.
Hijos de desplazados venidos de pueblos lejanos de Nariño, como el Charco, o del puerto de Tumaco, en el Pacífico, o de Buenaventura o el norte del Valle, y que se fueron asentando en esos terrenos inhóspitos, donde empezaron a crear fronteras imaginarias y tugurios como El Pondaje, El Vallado y otras zonas igual de inclementes. Muchachos que crecieron con el caos del barrio y el tropel de la calle, sin otra oportunidad de soñar más que con el rebusque como medio de subsistencia, con un puñal en la cintura o una pistola hechiza, dispuesta para lo que sea.
Por ahora todo es sano y los muchachos pueden permitirse esas chanzas a campo abierto, con un puñetazo o un madrazo a lo sumo y, además, pisotear esas calles sin peligro.
Caliche, hermano menor de Carmencita, con sus nueve años, es un niño robusto, de ojos fugaces y con una cabellera ensortijada que resalta su peculiar figura musculada. Su temperamento inquieto o su fogosidad hacen que se acalore; se desnuda con frescura y, por ser brusco, todos los muchachos se le abren en desbandada. Él ríe como todo un loquito, persiguiéndolos; le siguen la corriente y casi todos se quitan la camisa y el pantalón. Para su edad, Caliche tiene un miembro grande y con cualquier fricción se le para. Verle con el pájaro parado y corriendo es cosa que gusta a las muchachas y las hace reír; disfrutan de su candor. “Qué le vamos a hacer”, dice alguna comadre, “el niño es especial, un ángel”, y nadie dice nada. “Bueno, de todas maneras todos andan en pelota”, interviene otra vecina; “Miren al hijo de Josefina, a Cheíto, ese negro sí que va a dar lora. Con ese cuerpazo y esa carita, en uno o dos años más aténganse las mujeres”, comenta la negra Dolores quien, sentada con sus paisanas en un tronco desvencijado en un lote baldío, acostumbra a charlar bajo la sombra de una ceiba, y a recordar sus desventuras o sus orígenes. Son desplazados de la violencia. Cada una tiene un cuento que contar, y de esa manera embolatan el estómago, las preocupaciones y las horas, que se pasan volando mientras sus maridos juegan dominó o parqués con un tabaco en la boca y, si es viernes, agregan una caneca de aguardiente de caña o unas botellas de cerveza para matar la sed.
Así corría la tarde en Charco Azul y ya la oscuridad se cernía sobre los techos de zinc mientras el sol se perdía en el oeste, dejando atrás una niebla sobre los pantanos; mientras Emiliano, desde la terraza de su recién terminada casa en ladrillo sin revocar, alcanza a escuchar las voces de las comadres y la algarabía de los muchachos entre los graznidos de una bandada de pájaros que a esa hora atraviesan el aire pestilente en la Ciudad de Babel, dejando atrás un halo de entresueño sobre las pocilgas de guadua, cartón y zinc que, reunidas como una ratonera, empiezan a tomar forma de barrio, lo que, con el correr del tiempo, llegaría a ser… En ese preciso momento de soledad y fiebre, Emiliano escuchó, junto al sonido del último pájaro con su graznido, los gritos de ¡auxilio!, ¡auxilio!…, gritos de angustia y desesperación que llenaron toda la planicie.
—Ahoga… ahoga, Cheíto, Cheíto, agu-a agu-a —grita Carlitos, con el agua a la cintura, señalando el lago de Charco Azul. Otros muchachos lo agarran, impidiendo que se adentre en el lago.
—Auxilio, auxilio —gritan los otros niños, azarados por la desgracia.
Cuando Emiliano llegó al terreno, ya estaba Matías con otros negros que se zambullían en el lago en busca de Cheo. Fue Carlitos quien lo vio meterse al lago, nadar, sumergirse y no volver a salir a flote. Los demás muchachos jugaban y solo cuando Carlitos gritó se dieron cuenta de que faltaba Cheo y pidieron auxilio. Fue todo. Los hombres, en su mayoría del puerto de Tumaco o de Buenaventura, eran pescadores y nadadores natos. Se sumergieron varias veces; tiraron la atarraya. ¡Nada! Cheo desapareció igual que los tres niños que se tragó el lago, un mes atrás, mientras chapoteaban en la orilla. Esta desgracia había sumido a otros paisanos en una incertidumbre dolorosa. Al día siguiente vinieron de El Poblado, de El Vallado y de El Pondaje otros coterráneos que habían llamado la negra Tomasa y Cleotilde. Llegaron muy de madrugada y volvieron a zambullirse. Todo fue inútil. No encontraron rastro del cuerpo.
En la noche, en medio de una bruma verdosa, se congregó la negramenta de Charco Azul y de los barrios vecinos de El Pondaje y El Poblado, y entre todos prendieron una fogata, quemaron sahumerio, tocaron la tambora y la marimba y, entre trago y trago, cantaron alabaos y chigualos como parte de la funebria de los negros del Pacífico en su culto para los muertos. Bebieron arrechón y bailaron hasta el amanecer. Una de las ancianas de la comunidad dijo que, mientras la negramenta se divertía en el funeral, ella había visto, en medio de la neblina, un encostalado con cabeza de toro y ojos de fuego en una canoa vadeando la otra orilla del lago, por lo que los demás vecinos concluyeron que era el Monstruo de Los Mangones, el mismo que se había llevado los otros niños; que todo era una maldición por haberse tomado esas tierras malditas. Cuento este que de días atrás venía rondando en la comunidad y que ya se había metido en la cabeza de los paisanos como una sanguijuela; y en noches de tormenta, cuando el río Cauca se crecía y bramaba como Diablo envenenado, se encerraban en sus ranchos, con un terror más grande que el que provocaban los rayos que hacían estremecer sus enclenques ranchos:
—¡Sí!, todo es una maldición de Dios por apropiarnos de lo ajeno—, gritaban con dolor las abuelas, arrodilladas y dándose golpes de pecho, mientras las otras mujeres abrían los ojos rojizos como terneras degolladas.
—¡Qué maldición ni qué carajo! —intervino Emiliano—. Ha habido una desgracia que no podemos desconocer y eso, en vez de ablandarnos, nos debe endurecer para seguir adelante contra cualquier adversidad. Lo que doña Rosa vio, son chucherías que invaden nuestras cabezas, preñadas de alucinaciones: yo mismo las he vivido. Vamos a ver qué sucedió con Cheo, que sabiendo nadar como un pez se lo tragó el lago. ¡Aquí, el diablo ha puesto su trampa, nos quiere joder y no vamos a dejarlo! —concluyó, no sin cierta contrariedad.
Emiliano habló con coraje, como si intuyera una confabulación de alguna terrateniente para poner su precio a esos baldíos, por lo cual había que pelear.
Paradójicamente, esa figura escuálida de Emiliano contrastaba con su tono de voz fuerte que todos atendían, aclarando con lucidez el camino a seguir, como todo un líder. ¿Quién, desde la oscuridad, articulaba los hilos de la desgracia? Sin embargo, en las noches sin sueño, caía en la incertidumbre de la duda, de la impotencia frente a ese mundo hostil y hambriento de sangre, y un torbellino lo arrastraba a la oscuridad, a la nada, como una brizna flotando en medio de la anarquía, como un pobre diablo.
Diez años atrás, por allá en los años setenta, en una marcha obrero-estudiantil, Emiliano se había destacado por la claridad y la profundidad de sus arengas. En ese entonces era un joven impetuoso, convencido de ideales y sueños. Había levantado la voz en el parque San Nicolás en nombre de los sindicatos, y su discurso había enarbolado las banderas de los diferentes partidos de izquierda en un frente común. Ahora era un escéptico, sus intervenciones estaban preñadas de fuerzas contrarias y aprensiones. Lo que decía era producto de su experiencia y sus convicciones, de su terca lucha y de los debates populares. Lo que estaba viviendo ahora, además de una obsesión, era una reivindicación de clase. Ese, en definitiva, era el destino que había elegido en sus albores, aunque por dentro lo corroían el gusano de la malaria y la duda.
Los barrios empezaban a crecer en medio del caos, dominados por fuerzas oscuras que, a medida que controlaban su territorio, iban imponiendo su ley. La ley del más feroz, de aquellos que no tienen hígado ni escrúpulos. Y si bien se habían organizado comités de base con moradores que venían de una misma zona de desplazados, compartiendo familiaridad, también era cierto que los problemas crecían día a día entre intereses particulares. Las galladas se iban agrupando por zonas y cada cual iba demarcando su terreno de acuerdo con sus conveniencias, como una horda de animales. Los más jóvenes empezaron a prepararse con armas blancas, cuchillos y machetes. Aquellos fueron los primeros pasos de ese mundo que nacía a la intemperie. Los bárbaros habían llegado y se iban posesionando, poco a poco, de ese territorio cubierto de gases que emanaban de esos lagos verdes y, cuando el sol se empezaba a esconder, una neblina de muerte recorría los recovecos y las calles como un cuchillo agazapado en la oscuridad. Para Emiliano Isaías Gamboa, en ese mundo de seres color oscuro con ojos de bestia el porvenir estaba trazado. Predecía el futuro con certeza y sentido social, donde cabían los sueños de esa turba hambrienta. ¿Qué cuesta soñar?, preguntaba su mujer, Angélica María quien, al frente del comité base, animaba a su gente a seguir adelante, a bracear contra la corriente.
¡Oh! vosotros los que entráis; abandonad toda esperanza. El mundo no conserva ningún recuerdo suyo; la misericordia y la justicia los desdeña: pero no hablemos más de ellos, sino míralos y pasa adelante.
Canto lll
La Divina Comedia
DANTE
El sol se puso. La oscuridad descendió tras la cordillera y un último suspiro de viento llegó del mar para perderse en el norte de la ciudad, donde aún persistía un calor pernicioso. Ban Ban, recostado en un sofá empotrado en la sala, parecía un duque en su dominio, disfrutando la ilusión que a muchos hombres contagió en aquellos días tras la búsqueda de dinero fácil; aunque, por entonces, aún no lo atrapaba la angustia por el poder que a algunos engrandeció llevándolos al filo de la muerte. Por eso no sorprendió que todavía le quedaran rastros de sueños creativos, relatos que quería contar, donde la realidad se nutría de ficción; y, recostado en la poltrona, jugueteando con una revólver 38 corto, empezó a hablar de su vivencia, como si la vida fuera un juego de chiquillos, propiciando un sueño del que se sabía cómplice y verdugo a la vez. Y, achicando los ojos, haciendo la oscuridad esquiva, dijo:
—No sé de qué sirva esta nota que me relaciona con la Ciudad de Babel, con Carmencita; pero le doy este dato, panita, pa´que la escriba…:
“Era una noche rumbosa, de esas que no se olvidan, ya que estaban en juego un dinero y la vida. Todo era incierto, y la incertidumbre de no estar seguro de quién era el que iba a pagar jode —dijo, envolviendo la anécdota en un halo neblinoso, propenso, como era, a exaltar una poética del crimen… —y, sí—, continuó hablando, como masticando las palabras. —Después, rebobinando el casete, reconstruyendo la escena, lo veo entrar como una iluminación espectral. —Dijo, sumido en el recuerdo:
”El hombre se abrió entre codo y codo, con la mirada filuda. Bastaba su voz pa´abrirse paso, como si el ventarrón que barría la calle viniera con él, arrastrando reflejos de luna, hilos plateados que se filtraron por entre las piernas de una esfinge —que estaba a la entrada de la discoteca— con mirada muerta; rayos de luz que terminaron por hundirse como sombras en un acuario con peces de colores. Zambo y mofletudo, el cuerpo era un torrente silencioso. El fierro en la cintura, una extensión más de su mano. Y con ese ímpetu de luz mortuoria se acomodó en la barra, en una silla circular de acero y madera pulida, mirando todo y nada, igual que la esfinge. Sus parceros, que le cuidaban la espalda —entre ellos, Casquillo—, entraron de uno en uno, con el más teso al frente. Visto el panorama y la situación, no te podés echar pa´trás. Hay que estar pilas, pana; no te podés fiar de nadie. También hay que aprovechar la rumba. El éxtasis. Vos sabés, ¿no?
”Me habían mandado a pagar, ¿con quién? No estaba seguro, no sabía quién era el correo. Sobrevivís o nada, he ahí la cuestión: la incertidumbre. Eso no es nada fácil. Así se mueve este negocio.
”En la penumbra estaba Carmencita, bebiendo margarita, embriagada por el calor tropical de la noche, y a la espera de los acontecimientos. Llevaba una minifalda que se ajustaba al movimiento de la carne: como si el vestido fuera piel de su piel. Insinuando. Ver. Morir y volver a vivir y a morir infinitas veces, como en un sueño. Una paradoja erótica. Un orgasmo pueril. El coño también es sabio amigo y ella era aguerrida en alto grado. Y ahí estaba, masticando la penumbra con el anzuelo de su astuta mirada. Cabello de fuego… recortado a lo Cleopatra. Rubor en los cachetes, cual máscara de carnaval, donde el licor hace su artimaña: crea la ilusión de un ángel o un águila con alas de luz. Un señuelo, no una zorra. Una chiquilla con cerebro y yo un pedazo de su costilla…
”La perversión gusta. Someter o ser subyugado. No hay término medio. Somos animales civilizados con artimañas, y entre más civilizado más intrincada la arquitectura de las aberraciones que fluyen en la mente. ¡Vos no podés saber de eso, no conocés las cavernas del alma en pena, marica! Un peluche venido de Charco Azul, centro del infierno de la Ciudad de Babel; águila con alas de luz, que emerge de un estanque de mierda, y a quien le funciona el coco como un reloj: te la coge y te quiebras. Mujeres de esos quilates son pocas en este mundo.
”Ella y otros muchachos me hacían la segunda. La chiquilla lo hacía por puro goce, por cariño a este pana; y era una posible coartada. ¿Entiendes? Procuro hablar en tu lenguaje, parce. El mío, de ex estudiante de Filosofía, de humanista, está arruinado…, hago el deber de iluminar con la palabra mis miserias, mi locura… ¡joder! Dudo que me entiendas…
”Esta es la realidad. Lo demás es cháchara. Filosofía de la ciudad… Escritores viscerales del alma… ¡Mierda! Juan Pachanga, esta discoteca es toda la ciudad, ¡Sodoma y Gomorra! Un laberinto de acertijos. Las mesas que me rodean están atiborradas de licor y de mujeres. Hay toda una fauna: coimeros con generales, putifarras con ministros, banqueros con maricas. ¿Qué quieres? La mujer del concejal se acuesta con el patrón y éste a su vez es cabalgado por otro más brioso que dicta normas en la ciudad, que impone la ley. Toda una fauna en el caleidoscopio. ¿Te acordás del trotskista con chivera, que era toda una enciclopedia que apabullaba a todos en el claustro universitario con su discurso? Ahora es mano negra de Perica, su secretario, consejero o, como dirían los italianos, el conciliare… Le dicen “El Doctor”. Así, como él, hay muchos que se volvieron lameculos, conservadores o liberales. Da lo mismo, todo por el señor don billete. Continuemos…
