La Coartada - Everardo Maldonado - E-Book

La Coartada E-Book

Everardo Maldonado

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Beschreibung

En la monótona tranquilidad de Xicomatlán, un pueblo mágico, cargado de tradiciones, como muchos de México, dos personajes singulares de clase media, María y Demetrio, experimentan los efectos de una pasión que se desborda. 
Él, un hombre atractivo, escritor y bohemio, citadino, en su plena madurez, culto y conocedor del sexo opuesto con quien ha compartido innumerables momentos, de manera inesperada se ve envuelto en una situación que jamás podría haber imaginado siquiera.
Ella, una mujer de profunda sensibilidad, sensualmente hermosa y perspicaz, fruto de la gran ciudad en la etapa perfecta de su vida y de un elevado nivel intelectual, cegada por el amor, casi sin voluntad y anulada su capacidad de pensar, se introduce, sin límites, en un torbellino que la avasalla, y que la conducirá sin remedio a vivir terribles situaciones que marcarán su vida para siempre. 
Ambos viven La Coartada, una historia cargada de sentimientos encontrados como el amor, la traición, la admiración y el rencor, cuyos efectos devastadores irán más allá de sus propias vidas.
Mientras tanto, en Xicomatlan, todo parece transcurrir igual… 


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EPUB

Seitenzahl: 140

Veröffentlichungsjahr: 2020

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©Everardo Maldonado

©Grupo Rodrigo Porrúa, S.A. de C.V.

Lago Mayor 67, Col. Anáhuac

C.P. 11450, Del. Miguel Hidalgo

Ciudad de México

(55) 6638 6857

5293 0170

[email protected]

1a. Edición, junio 2017

ISBN: 978-607-8466-68-9

Impreso en México - Printed in Mexico

Prohibida la reproducción total o parcial por cualquier medio

sin autorización escrita del titular de los derechos patrimoniales.

Características tipográficas y de edición

Todos los derechos conforme a la ley

Responsable de la edición: Rodrigo Porrúa del Villar

Corrección ortotipográfica y de estilo: Evelia Botana Montenegro /

Graciela de la Luz Frisbie y Rodríguez /Rodolfo Perea Monroy

Portada: Everardo Maldonado

Diseño editorial: Grupo Rodrigo Porrúa

Índice

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Epílogo

A Irenita,

que me dio sus sueños para hacerlos realidad.

Prólogo

Dicen los enterados que saber contar historias es un don con el que se nace, aclarando que para llegar a tener el oficio, a la aptitud natural hay que agregarle cultura, técnica, experiencia y hasta “una poca de gracia y otra cosita” como pregona la canción mexicana La Bamba.

También dicen que casi todos los contadores de historias recibieron su don de la familia, sea por herencia o porque lo aprendieron oyendo a la madre, a la abuela o a la matriarca del clan, como la transmisora de esta aptitud que, por lo regular, viene junto con el repertorio correspondiente.

En el caso de Everardo Maldonado, podemos suponer que recibió gran parte de su bagaje de narrador de manos de Irenita, como llama cariñosamente a su mamá y a quien dedica las páginas que siguen. En sus más de cien años de vida, Irenita pudo observar y transmitirle los sucesos de la vida de su pueblo natal, tanto las cosas de cada día, las que van formando esa rutina que acabamos por no percibir, como los acontecimientos solemnes que marcan la vida de las comunidades y son recordados por mucho tiempo, con alegría, tristeza, asombro o estupor.

En La coartada, el autor ubica a sus criaturas en un territorio con algo de imaginario pero mucho más de real, un lugar que, a semejanza de los trajes de los derviches de la antigua Persia, está formado por retazos de muchos de los sitios que conforman la región serrana que él tan bien conoce. Los sucesos ocurren entre Xalapa, capital del estado de Veracruz, en el sudeste de México, y Xicoma-

tlán, un sitio impreciso del mismo estado, que, en el caso concreto de estas páginas, además de cumplir con sus funciones de locación, es un personaje más de este relato, abundante en ricas descripciones de los usos y costumbres regionales, captadas por Maldonado de muy diversas maneras, con una mirada que podría ser la de un antropólogo, un sociólogo o un cronista de los menudos hechos que ocurren en una comunidad como Xicomatlán, aclarando que la palabra “menudos” puede leerse en sentido literal o figurado…

El texto de Everardo Maldonado parece responder a la máxima acuñada por Tolstoi: “Pinta tu aldea y pintarás el mundo”, porque en este escenario suceden cosas que podrían haber ocurrido en cualquier parte del mundo, tratándose de una historia sobre las relaciones que se dan en un grupo de gente con ciertas afinidades, con los lazos afectivos propios de la familia, la amistad o el simple conocimiento nacido de compartir un espacio.

Sus vívidas y coloridas descripciones nos pasean por las calles de la cercana capital del estado; participamos de las gratas reuniones de un grupo bohemio y paseamos por las calles de Xicomatlán adonde penetramos en su templo mayor y su plaza de toros. Vemos lo exuberante de bosques, cerros y ríos y apreciamos el ingenio y la dedicación aplicada a la producción ganadera y al turismo rural, además de que nos facilita ser testigos privilegiados de la vida en el interior de los domicilios particulares de los personajes principales de esta historia de intriga amorosa que nos lleva a participar en celebraciones de todo tipo, en los rituales y las ceremonias que caracterizan la vida de los pueblos mexicanos.

Sin embargo, bajo esta tersa superficie que retrata a personas, lugares y sucesos, en el contexto de lo cotidiano, bulle otra vida, la vida oculta que todos tenemos, porque, como dice Anton Chéjov en su famoso cuento “La dama del perrito”:

“…suponiendo siempre que en cada persona, bajo el manto del misterio, como bajo el manto de la noche, se ocultaba la verdadera vida interesante. Toda existencia individual descansa sobre el misterio y quizá es en parte por eso por lo que el hombre culto se afana tan nerviosamente para ver respetado su propio misterio”.

Aunque el fragmento que citamos corresponda geográficamente a la helada Rusia del siglo XIX, podríamos trasladarlo perfectamente al tórrido Xicomatlán de nuestros días ya que la realidad de los sentimientos humanos vuela como el pensamiento, sin respetar el tiempo ni el espacio.

Invito a los lectores a que disfruten de estas páginas en las que encontrarán un poco de la vida de todos, nada más pero nada menos.

Evelia Botana Montenegro

Xalapa, Veracruz, México, invierno de 2013.

1

“Creo que me amas porque lo leo en tus ojos,

sin embargo, no puedo dejar de preguntarme:

¿en realidad sabré leer el lenguaje de tus ojos?”

Era por el mes de junio en Xicomatlán, un poblado serrano del estado de Veracruz, en el sureste de México. Se celebraban las fiestas patronales y el pueblo estaba repleto de gente de toda la región, ¡Y de muchas partes del país y hasta extranjeros!, según comentaban con orgullo los lugareños. Reinaba un ambiente de alegría y fiesta, donde nadie se perdía la oportunidad de estrenar sus mejores galas, lucimiento que empezaba desde la misa dominical, adonde las damas pudientes asistían con velo, y las de menores posibilidades económicas con paño, ya que era mal visto estar en el templo con el cabello descubierto. Como en la mayoría de las iglesias católicas, la entrada estaba en el otro extremo del altar mayor y las bancas de madera, con reclinatorios, se disponían en dos hileras con un pasillo intermedio, la derecha para las mujeres y la izquierda para los hombres. Entre los feligreses, había quienes gustaban de estar en primera fila aunque llegaran casi para empezar la ceremonia, y quienes, a pesar de haber llegado con tiempo, preferían quedarse en la entrada. Una vez elegido el lugar desde donde escucharían la liturgia, atentos al altar mayor, esperaban impacientes la llegada del sacerdote que oficiaría la misa, atención que sólo alteraba el repiquetear de unos tacones en el piso, cesando la distracción cuando la mujer tomaba su asiento. En la iglesia, todas las clases sociales coexistían por un rato, desde muy ricos hasta muy pobres, desde los muy elegantes hasta los de extrema sencillez en el vestido.

Las fiestas patronales en los pueblos de México son una mezcla de las festividades católicas que trajeron los conquistadores con las celebraciones a los dioses prehispánicos. En un mismo espacio y tiempo todo convive armoniosamente, como si ambos enfoques caminaran de mutuo acuerdo para lograr sus fines, sin mayor celo por ninguna de las partes. Además, representan la estructura social que se transmite de generación en generación y son una fuente de expansión social, motivo por el que se esperan y preparan con singular entusiasmo.

Esta fusión se hacía evidente al observar que los lugareños, en el plano religioso, organizaban con muchos días de antelación un sinnúmero de actividades, entre las que sobresalía el viaje a un lugar desértico del estado vecino, distante cien kilómetros de Xicomatlán, en busca de la llamada “flor de cuchara” para adornar el arco que se colocaría a la entrada del templo mayor mientras durasen las fiestas. La construcción del arco de madera implicaba un ritual previo de purificación de los hombres que iban a traer las flores y el trabajo artesanal meticuloso de muchísimas personas, lo mismo que la hechura de la alfombra de flores a lo largo de varias cuadras de la avenida principal.

Era el momento de las procesiones multitudinarias y frecuentes, de gremios, sindicatos, empresas comerciales, escuelas o cofradías religiosas que desfilaban, llenas de fervor, por las diferentes calles, con disfraces extravagantes que eran el gozo y el terror de los niños, acompañadas, casi siempre, con música de mariachis. Una tradición local era ofrendarle vestidos nuevos a la Santa patrona del lugar, ropajes que pasando la fiesta se guardaban en el museo que albergaba ya cientos de trajes y la exhibición de los fuegos artificiales con forma de “toritos pirotécnicos” que los ruidosos “cencerreros”, promovían entre la gente como el platillo fuerte que desbordaría el clima festivo, ya de por sí intenso.

En lo cívico, se veían los carteles pegados en los postes de luz, cada vez más gruesos a fuerza de acumularse unos papeles encima de otros, anunciando, año tras año, las corridas de toros o los bailes con los toreros y grupos musicales de moda. Los letreros en las casas

señalaban estacionamientos y baños públicos improvisados, lo mismo que comida y venta de licores de fruta (verde, mora, naranja, uva, etc.), de diversas calidades y de muy alta demanda que hacían perder la vertical a más de uno.

En cuanto a los preparativos personales, en cada casa aprontaban lo necesario para recibir a familiares y amigos que con este motivo se desplazaban desde distintos lugares. Quienes se desempeñaban en alguna actividad formal, con tiempo gestionaban permisos, vacaciones, descansos e incapacidades, y para los rancheros o agricultores, era el momento de vender una vaca, caballo o mula para contar con los recursos que emplearían en elaborar grandes cantidades de chiles jalapeños rellenos de carne molida de res, arroz rojo, frijoles refritos, mole de totole y salsa frita de ajo y chile seco, platillos típicos de la región y de la fecha celebrada, con los que agasajarían a todos los visitantes.

Participar en la fiesta tenía sus dificultades: había que llegar muy temprano o, de plano, reservar con anticipación en uno de los escasos hoteles-posada del pueblo. A partir de las 10 de la mañana, la fila de autos era de varios kilómetros, muchos de los visitantes preferían caminar a pesar de la distancia, lo que incrementaba aún más el ambiente festivo.

La gente de Xicomatlán se distinguía por su hospitalidad.

Resultaba característico que sus habitantes saludaran cordialmente a los desconocidos, y si se trataba de orientarlos sobre adónde ir o qué comprar, siempre lo hacían gustosos. Ahora, que si de invitar un trago se trataba, resultaban aún más acomedidos.

En ese ambiente festivo fue donde se conocieron los personajes de esta historia.

2

Demetrio pertenecía a una familia de clase media, laboraba y tenía su domicilio en Xalapa y viajaba con cierta regularidad a Xicomatlán para visitar a sus amistades, especialmente a su gran amiga Perla. Era un hombre maduro, casado, padre de tres hijos, de los que sin ningún recato decía que eran lo más importante de su vida. Era arquitecto y prestaba sus servicios en una dependencia del gobierno de su estado. Vivía solo desde que su esposa, maestra en biotecnología, había tenido que trasladarse a Brasil, en compañía de sus hijos, para realizar una investigación sobre nuevas fuentes de obtención de biocombustibles en la selva amazónica. Demetrio disfrutaba la naturaleza y solía pasar todo su tiempo libre en las cercanías del pueblo, en el rancho heredado de sus padres, acompañado de “Nikita”, una enorme perra pastor alemán. Amaba la música y el canto; de joven había tenido una corta y exitosa carrera como cantante y, en recuerdo de su pasión juvenil, una vez al año realizaba una presentación en un hermoso hotel de su lugar de residencia. Además, era buen conversador, agradable y culto. Le gustaba escribir y ya había publicado varias novelas.

En cuanto a María, también era una mujer madura, bajita de estatura, bien formada, un poco más joven que Demetrio, agradable, de fácil sonrisa y mente ágil. Divorciada, sin hijos, vivía sola detrás de la casa familiar en un pequeño departamento de su propiedad, construido sobre un cerro desde donde se podía apreciar gran parte de la ciudad. Residía en la misma ciudad que Demetrio y aunque laboraba en la misma dependencia, no se conocían porque pertenecían a diferentes departamentos administrativos. Gustaba de la música romántica, de la que contaba con un amplio repertorio. Tal vez porque se pasaba la mayor parte del tiempo en la oficina, María disfrutaba

sus actividades hogareñas, le gustaba cocinar, era hacendosa, organizada y pulcra y, como resultado de su actividad profesional, mantenía una estrecha amistad con Bruno, esposo de Linda, la hija única de Perla, amiga de Demetrio.

Cada año, al acercarse la fecha de las fiestas de Xicomatlán, Bruno invitaba a María y a sus compañeros de trabajo Julia, Dulce y Fernando, quienes accedían gustosos a la invitación. Ese año no fue la excepción, María acudió a la invitación de Bruno acompañada de Julia, Dulce y Fernando a bordo de su Peugeot 1999, que conducía como una experta.

Demetrio no requería invitación porque su trato con Perla y su esposo Ramón era de total confianza y cuando sus actividades se lo permitían, acudía puntualmente acompañado de su familia; pero ese año, por la ausencia de su esposa y sus hijos, tuvo que presentarse solo.

Eran alrededor de las dos de la tarde de un día soleado y caluroso cuando Demetrio llegó a la casa de Perla, donde fue recibido ruidosamente por Peluche, el perrito de Anita, la hija de Linda.

―¡Hola Perla! ¿Cómo estás? ―le dijo, al tiempo que le daba un beso en cada mejilla y un cálido abrazo.

―¡Muy bien amigo! ¡qué gusto que estés aquí! ―respondió Perla, añadiendo―: ¡Pasa, quiero presentarte a unos compañeros de Bruno! ―y sin decir más, entró en la casa seguida por Demetrio.

En la cocina sentados ante la mesa y enfrascados en una amena charla, Bruno y sus amigos tomaban café cultivado y preparado por Perla. Ni siquiera la llegada de Demetrio interrumpió lo animado de la conversación y las risas de los cinco, por lo que Perla llamó su atención para presentar a Demetrio.

―¡Jóvenes! ―dijo Perla―. ¡Quiero presentarles a mi mejor amigo!

Interrumpiendo la conversación, al tiempo que le daba un fuerte apretón de manos, Bruno le dijo: ―¡Hola arquitecto, qué milagro, bienvenido, qué bueno que viniste!

―¡Mira! Te presento a María, Julia, Dulce y Fernando, trabajan en el mismo departamento que yo.

María, con una sonrisa acogedora, extendió la mano a Demetrio, diciendo: ―¡Hola, que tal, soy María, bienvenido! ¿Por qué no te sientas con nosotros para conversar?

Demetrio, ni tardo ni perezoso, se sentó cerca de María al tiempo que saludó a Julia, Dulce y Fernando.

María reanudó la conversación, preguntándole a Demetrio si era el amigo de Perla del que Linda tanto hablaba. Demetrio asintió, agregando que Linda era una buena muchacha que siempre le demostraba su cariño.

―¿Eres de Xicomatlán? ―inquirió nuevamente María.

―No, soy de Xalapa. En Jacarandas 35, Fraccionamiento Primavera, tienen su casa. ―respondió Demetrio.

―Entonces somos paisanos ―dijo Julia.

―¿Ustedes son de la capital? ―preguntó Demetrio.

―Así es ―contestó Dulce, quien alentada por Fernando, no perdía oportunidad para intercambiar miradas pícaras con María.

―¿Cómo conocieron a Bruno? ―inquirió Demetrio.

―La historia es larga ―dijo María.

―¿Por qué?

―Bueno ―dijo María―, Bruno llegó a la Secretaría hace aproximadamente cinco años para hacerse cargo del control del personal. Pasó más de un año antes de que Julia me lo presentara. De primera impresión no me pareció muy agradable (risas); es más, lo etiqueté como pesado. Sin embargo, no perdía oportunidad de buscarnos a los cuatro, con frecuencia visitaba a cada uno de nosotros en su puesto de trabajo, tanto, que bromeábamos diciéndole que al parecer no tenía nada que hacer. La relación continuó y se intensificó al grado de que nos sentimos con la confianza de invitarlo a nuestras fiestas y nos

correspondió invitándonos a la fiesta de Xicomatlán.

―¡Pero, vaya que era pesadito! ―dijo Dulce.

―No tanto, nomás un poco ―terció Bruno.

―¡Cómo no! ―dijo Julia―, Te creías y aún te crees soñado y adinerado.

―Un caso ideal para aplicar el dicho: “Dime de qué presumes y te diré de lo que careces” ―comentó Fernando.

―No me creo. ¡Lo soy! ―se defendió Bruno.

―La verdad es que sí hubo mucha tolerancia de nuestra parte, Bruno ―dijo María dirigiéndose a él―, de otra manera habríamos roto contigo prácticamente desde el principio.

―Aunque ―abundó María―, hubo un período de dos años en que no te veíamos ni el polvo.

―¡Por supuesto! ¡Cuando se entusiasmó con la “Risitas”! ―dijo Julia.

―¡Y vaya que si se entusiasmó, tanto que hasta boda hubo! ―agregó María.

―Pobre “Risitas”, hasta la sonrisa perdió, no supo el alacrán que se echaba al seno ―bromeó Julia.