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Entre muchas otras cosas, un género literario es una reacción. Un efecto de lectura. La invención de un género, entonces, tiene que también inventar sus consecuencias, los espasmos específicos en sus lectores. Esa es la operación que Nicolás Lavagnino realiza en este libro de relatos tan preciso como fabuloso que es La comedia sueca. Las historias son múltiples: enanos en redes bancarias, viajes al pasado en busca del punto cero del amor, mudanzas de cuerpos, la textura de una placa infinita bajo la playa, los ojos exoplanetarios con los cuales unos formales seres nos observan, grandes maestros copistas que optan por la catapulta, el final siempre acuático de una investigación y sus investigadores. Historias inmensas, amplias, sobre las que Lavagnino imprime su invención sueca: tabula rasa sobre la emoción. Esa es la marca sueca. Los personajes sufren o se contentan o hasta pueden, quizás, ser felices. Pero sus reacciones quedan detrás de las palabras, oprimidas, omitidas, y los acontecimientos no dejan de ser nunca acontecimientos: no hay traducción entre lo que ocurre y lo que se siente. Y ante la peor tragedia nos quedamos así, como si nada, porque en este sentido la humanidad entera tiene pasaporte sueco. Los relatos de este libro inventan y a la vez ponen en práctica este nuevo género que es la comedia sueca. Por mi parte, imagino así esta invención de Lavagnino: un volcán en erupción, tapiado con infinitas capas de un cemento hermoso, nacarado, exacto, y meticulosamente compuesto de un lenguaje que brilla.
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Seitenzahl: 347
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Nicolás Lavagnino
La comedia sueca
I
La espero sentado en la mesa de siempre. Cuando llega, se sienta en la esquina. Mientras pide, me mira. Me vuelve a mirar. Nos miramos. Luego sigue como si nada. Revisa en la cartera. Saca un cuadernito y una lapicera. Anota algo. Se pasa el rato en cruces desencontrados y gestos adivinados. Falta poco para que se vaya. Esta vez quiero probar algo. Anticiparme. Concentrar las miradas en un momento. Intentarlo. Apuro el café. Termino el agua y me limpio la boca. Me paro y al salir me preocupo por pasar en diagonal entre las mesas, acercándome discretamente adonde ella está. No me mira pero estoy seguro de que sigue mis pasos. Cuando salgo a la calle me late la nuca. Me taladra la mente el recuerdo de tantos momentos iguales. Me doy vuelta antes de arrancar con la caminata. Sigue anotando pero debe percibir mi gesto. Pasan unos segundos, camino unos pocos metros, hasta que escucho un chistido. Alguien me llama. Me doy vuelta sobresaltado. Es la moza. Viene hacia mí, tratando de no correr ni esforzarse tanto. ¡El paraguas! Me lo pasa y luego se va mirándome fijamente. Tal vez dijo algo. No entendí.
II
Por las noches, cuando las máquinas se quedan solas, es más fácil. Tomé las guardias nocturnas para poder hacerlo. Tener tiempo de ir, volver, borrar los registros. Seguir pensando. Me costó convencer a Atred. Le prometí que cualquier cosa que ocurriera sería mi responsabilidad. No se puede. No se puede, me repetía. A menos de quinientos años no se puede. Como para impedir retaliaciones, compromisos personales, venganzas, obsesiones. Los procedimientos son muy estrictos. Los protocolos, infalibles. Pero no hay resistencia cuando unos ojos que no tienen fondo porque recuerdan, suplican. Atred lo supo, tarde o temprano. Y me dijo “una vez”. Sólo una vez. Y así fue. Me enseñó a hacerlo. A trucar los códigos. A sembrar los registros. A remover los precintos. Y lo hice. Volví catorce años para atrás. Viajé para verla, cuando todavía estaba. Lo tenía muy claro como idea, pero llevarlo a cabo fue como saltar desde una montaña en movimiento para caer en un océano que se desfondaba. Volví conmovido. En silencio. Aterrado. Se fueron las semanas sin saber qué decir. Después Atred tuvo el accidente. Y pasaron dos largos años; quedé a cargo de una de las secciones de viajes en el tiempo. En esos años discutía conmigo mismo acerca de si podría o no hacerlo de vuelta. Si debía hacerlo. Si podría, tal vez, luego, dejar de hacerlo
III
Se abre el cilindro y uno se acuesta boca arriba, surcado por el agua fría. Desnudo, apenas cubierto por el traje polimolecular. Se cierra la tapa, y uno queda como en un sarcófago, a la espera de que las luces se enciendan y el artefacto responda a la programación. En las manos llevo el vástago operacional. El paraguas, como también le decimos. El objeto que, al pulsarlo en secuencia, emitirá las coordenadas tempo-espaciales que facilitarán el regreso. Cierro los ojos. Pienso en ella. Voy a verla. Cada vez que cierro los ojos, pienso en ella, y en que voy a verla. Una adicción nocturna. Una repetición compulsiva.
IV
Primero hay que atender a todos los clientes. Y a los que vienen por derecho. Todos tienen el derecho. Una vez. Fue un acuerdo con el gobierno, engañoso también. ¿Quién no querría volver al pasado a experimentar por cuatro horas a qué huelen los viejos tiempos? Ahí justamente nace el negocio. Los paquetes opcionales. Las ofertas. También las psicosis. El temor. Los fugados. El equipo de pesca que sale en busca de los que apenas llegados al pasado destruyen el vástago operacional y se ponen a vivir presentes que no son de ellos. La mayor parte del tiempo nos la pasamos cazando huidizos y neutralizando efectos. Lo podemos prever todo mediante secuenciación de la topología del tiempo. En cuanto alguien comienza a moverse por fuera de las previsiones, alterando las secuencias topológicas, produciendo afectación intertemporal, suenan los sensores y activamos los equipos de seguimiento. Llegado el caso, incluso, reviajamos el tiempo hasta el instante previo al envío.
Lo podemos todo. Pero eso no quita el cansancio de nuestros ojos. Cuando los pescamos y los traemos, les hacemos un reproche con la mirada, mientras aplicamos las multas y colocamos los nombres de los fugados en la lista negra. No hay escapatoria para los que escapan. Y es inútil. No se dan cuenta, hasta que es muy tarde. Son máquinas de dejar huellas. Huellas tan grandes que a veces no se ven. Salvo desde la inmensa sombra del futuro. Desde allí todo es evidente. El vástago roto, siguiendo con la secuencia de retorno. El traje polimolecular todavía emitiendo, el desastre en las áreas de encadenamientos de eventos. Pero al final es simplemente cuestión de pescar instantes previos, enviar equipos, retejer el tiempo. Remediamos todo antes de que ocurra. Pero no hay retorno realmente. Por momentos se ven tantas costuras que cuesta entender qué es lo que hay abajo de tantos remiendos.
V
Cierra el cuaderno y anota. Me acaricio el mentón, pensativo. Es el día anterior al de la vez pasada. Una tarde fresca y alegre en pleno mes de octubre. Esta vez no me olvido el paraguas. Pero ella se olvida el cuaderno. Me paro y voy hasta su mesa. Abro la tapa. Leo. Reconozco su letra. Todavía escribía cosas sueltas, poemas anotados en el margen del resto de los requerimientos del día, frases incompletas, palabras que sonaban raro. Si pudiera cruzarme conmigo mismo en doscientos setenta y cinco días me diría: andá a buscar ese cuaderno. Preservalo. Ahí está todo.
VI
Vuelvo a mi mesa antes de que ella vuelva para buscar lo que se olvidó. Cuando vuelve, me mira. Y yo le señalo estúpidamente el cuaderno. Me sonríe. Estaba hermosa. Si pudiera decírselo a alguien, sería todo un poco menos difícil.
VII
Lo primero que preguntan, obviamente, tontamente, es si pueden ir a ver el día en que nacieron, o si pueden ir a buscar a la mamá o al papá cuando eran jóvenes. A muchos les gustaría ir a ver a Napoleón, o frecuentar el Reichstag el día del ascenso de Hitler, o estar en Nueva York el 11 de septiembre. Pero esas cosas todavía no se pueden. Por lo pronto, el último acontecimiento notable que tienen disponible es el día de la ejecución de Ana Bolena, pero ya está lleno. Es que podemos mandar hasta cinco viajeros al mismo evento; enviar más sería un despropósito. Después, allá es conveniente que se ignoren, pero la gente no siempre obedece las reglas. Cuando están en el lugar, por lo general, se reconocen por los vástagos, que a veces parecen paraguas, o según la época pueden ser estoques, espadas, escobas, bastones o palos para golpear perros vagabundos. El dispositivo elige por su cuenta, así como la vestimenta de los viajeros. El Programa de Descripción Promedio hace el resto. Paisano, noble, ciudadano de a pie, lavandera, todo responde a la caracterización según los datos insertados en la topología temporal. Está bien hecho. Tan bien que, incluso, se les nota la frustración cuando salen del sarcófago. De ya no estar vestidos como legionarios de Tiberio, o como macehuales de ropas ajadas de tanto golpear la piedra que habrá de terminar en la pirámide. Se levantan, todavía mojados, y se abrazan a sí mismos por un instante, como si hubieran perdido algo muy querido.
VIII
Salía de trabajar y tenía cuarenta y cinco minutos libres, en esa época, antes de salir para la facultad. Se cruzaba al café en diagonal a los tribunales. Anotaba cosas. Miraba alrededor. Hasta que me veía. Cada vez antes.
Porque al comenzar cometí un error. Empecé a frecuentarla en noviembre, y pronto me quedé sin días. Vino la feria, después viajó, e inmediatamente nos conocimos. No podía visitarla cuando ya estaba conmigo, hace catorce años. El riesgo era muy grande.
De su viaje por Europa sabía cosas. Pero las referencias eran imprecisas. En qué ciudad, dónde, por cuánto tiempo. No podía arriesgar tanto. Entonces decidí retrogradar. Noviembre, octubre, septiembre. Cada día volvía para verla antes. Viajaba para encontrarla siempre a la misma hora, después del trabajo, cuarenta y cinco minutos.
Podría haber ido a su casa. Podría haberla esperado en el trabajo. Hacerme pasar por un cliente. Tantas cosas. Pero preferí seguir viéndola así, como la había conocido, aunque supiera que, por la retrogradación, todo cuanto yo dijera no contaría en el siguiente encuentro.
Pensé en viajar para seguirla una noche, a la salida de la facultad. Pero era miedosa y no era seguro que no pensara que yo quería atacarla. Pensé demasiadas cosas, mientras me remontaba hacia un origen, hasta quedarme casi sin tiempo.
IX
No se puede volver al mismo lugar otra vez porque entonces se generaría un nudo al encontrarse el viajero consigo mismo en otro viaje. Pero hay gente muy obsesiva. Se emperran en volver al mismo día. Una y otra vez. Y vuelven a las nueve, a las trece, a las diecisiete y a las veintiuna. Se desvanecen cada vez, en algún momento, y cuando los otros creen ver algo, ahí están de vuelta, regresando al mismo lugar, en el mismo momento. Pero en una de esas les tomó varios años ahorrar lo suficiente como para intentarlo otra vez. Pasan unos minutos, y los demás ven al otro envejecido, volviendo para seguir arremolinándose en torno a la misma obsesión.
A veces, secretamente, se encuentran dos viajeros para enredarse en otros tiempos. Como si fuera un hotel al otro lado de la ciudad. O simplemente colisionan dos del futuro, que se reconocen por los objetos, por el aura incandescente que tiene la piel de los que vienen de lejos. En ocasiones se conocen ahí y luego se prometen encontrarse al regresar, pero a veces ocurre que son clientes de épocas muy distintas.
Y cada vez es peor. Una vez inaugurado el truco de los senderos, eso quiere decir que se perforarán los hilos del tiempo de aquí a la eternidad. Siguen llegando, de todas las eras, hasta armar una malla, una red invisible de llegantes que se extiende hasta nosotros.
X
No quise verla nacer. No la visité en la infancia. Nada. No intenté enterarme de más cosas. No quería recordarla en sus recuerdos de antes más que siguiendo el relato que ella me había contado. Mi única intromisión entonces sería día por día, en ese café, cuarenta y cinco minutos. Como si nadara una eternidad por debajo de una capa de sopor, para respirar por un breve tiempo bocanadas de aire que duraban tres cuartos de hora.
Septiembre llegó rápido. En abril había descubierto el bar. En marzo la habían contratado. Pronto yo iba a comenzar a pensar en las formas en las que se me iba a acabar el tiempo.
XI
La moza me trajo el café. Me miró detenidamente, como si estuviera calculando la distancia correcta desde la cual se podía arrojar una palabra. Después se fue. Al rato volvió para traerme la cuenta. Me quedé mirando el papel, mientras de reojo la observaba a ella, en la mesa, anotando cosas en el cuaderno. En el dorso del papel la moza había escrito algo. Un teléfono. Una dirección. Un horario. En dos horas, un departamento, a dos cuadras.
XII
Se largó a llover justo cuando toqué el timbre. El departamento era interior, oscuro. Apenas respiraba algo de la luz que ya se iba. La moza se llamaba Andrea. Me abrió y me sonrió, con dudas, mordiéndose el labio inferior. Le devolví la sonrisa, simplemente porque estaba cansado. No hablamos demasiado, tan solo lo necesario mientras nos besábamos. Pensé en cómo se vería el traje polimolecular mientras me lo quitaba. Ella no reparó en nada.
Casi granizaba afuera cuando la detuve. No puedo, le dije. No puedo seguir con esto. Me sentía mal, totalmente agobiado. Me pregunto qué me pasaba. Si tenía novia. Me aclaró que no le interesaba el compromiso. Que simplemente yo le gustaba. Se hizo silencio. Y ahí retomó. Desde que te vi hace unos meses me gustás. Cada día. Te veo. Siempre te veo. Y cada vez que te veo es como si fueras alguien distinto. Algo te hace hermoso. Algo que no sé qué es pero que a mí me conmueve. Nos miramos, con más silencio. Alguien dijo algo, al fin. Te veo verme, como si me estuvieras diciendo algo que no te animás a contarme.
XIII
No quise coger otra vez ni hablar más. Me quedé apoyado en la baranda, mirando por el hueco del edificio, intentando capturar algo del origen de tantas aguas. Ella puso la pava al fuego y me ofreció un té. Desnuda sobre la cama me preguntó una vez más qué me pasaba. ¿No te gusto?
Era preciosa. Era simpática. Era hermosamente normal, en todo, excepto en la brillante intensidad de sus ojos, como si reflejara una luz venida de otro mundo. No podía explicarle demasiado. Íbamos en direcciones distintas. Menos mal que trajiste paraguas, susurró mientras bajábamos en el ascensor. Nos besamos en la puerta. Fue el mejor beso que nos dimos. Me fui triste. Me desperté en el sarcófago con la sensación de que nunca me había sentido tan solo en la vida.
XIV
Los días siguientes tuve mucho trabajo. Por molestar nomás, un turista había intentado asesinar a Carlomagno justo antes de su coronación. Tuvimos que prepararnos para intervenir de manera coordinada y precisa, porque al parecer se trataba de una especie de conspiración sostenida por no menos de veinte clientes sincronizados. Después tuvimos que soportar el sumario y la inspección desde el Ministerio. Fueron demasiadas cosas. Se extremaron las medidas de seguridad, y pasó no menos de un mes antes de que pudiera retomar los viajes furtivos.
XV
Era junio. Ella anotaba y cada tanto se decía a sí misma algo. Consultaba un libro. Una guía de destinos turísticos. Se la notaba cansada. Creía recordar algo. El trabajo no era lo que ella había previsto. Estaba pensando en cambiar. Tantas cosas.
Andrea hacía cuentas en la barra. Tardaba en venir, porque cuanto más tardaba, más veces la miraba. Me percaté de que en ocasiones me acariciaba a través de los billetes del vuelto. Que me miraba. Que se sonrojaba y jugaba a verse en los reflejos de las copas colgadas al revés en la barra. Que iba al baño. Que confundía en ocasiones los pedidos. Que hace poco que era moza. Que anotaba cosas en el reverso de los tickets, y después hacia un bollo con el papel y lo tiraba.
XVI
Un día, ya en junio, la vi irse antes, en mi horario de esperarla. Andrea salía rápido. Llevaba en la mano un tubo de esos que se usan para llevar diplomas. Antes de salir me miró. La perdí de vista después. Esperé todo el rato, en vano. Ese día no apareció ninguna de las dos. Me quedé en la mesa distrayéndome con la extraña luz de aquella época, tan cercana, tan lejana. En un momento volví a mirar a la gente que iba y venía. Una chica joven, muy bien vestida, cruzó de repente, con paso apurado. Pensé que era Andrea, por un instante. Pero no podía ser. La perdí de vista pronto, antes de que mi cuello hubiera podido seguirla a través de las ventanas.
XVII
Del Ministerio mandaron a los de Supervisión y Control. SyC. Gente muy reservada. Siniestra. Dicen que tienen control sobre todo, hasta que enloquecen en la maraña del tiempo de no poder controlarse a sí mismos. Atred no fue muy claro al respecto. Creí entender que me decía que viajaban sin parar. Al presente incluso. Hasta ya no tener claro de dónde habían salido. Decían que no les temían a las paradojas. A los bucles. A los nudos. Pero eso es un rumor. Un rumor esparcido con el probable propósito de recordarnos que tal vez no lo sepamos todo. Ni siquiera la gente que maneja el tema, como yo. Es un asunto delicado. Tantos bucles abiertos en el tiempo, tanta gente, de todos los tiempos, cayéndonos encima como curiosidad.
Revisaron todo. Una y otra vez. Ahora había una causa penal, también, por uno que se perdió en Catal Hüyük. Vino una restricción luego: de allí en más estaría prohibido viajar más allá del 3200 antes de Cristo. De paso, cambiaron el sistema de precintos y modificaron las formas de registro.
Por un instante pensé que ya no podría viajar más de manera furtiva. Pensé que mi posibilidad de seguir visitándola ya no estaría más a mano. Pero un día cualquiera aparecieron los códigos y las claves, en el reverso de un papel, esperando en mi escritorio.
XVIII
Ya era mayo cuando me decidí. Tenía que hablarle. Tenía que levantarme y pasarme a su mesa. Tenía que tomarla de la mano. Decirle tantas cosas. Se me acababan las oportunidades. Pero no quería alterar los efectos de las cosas. La red topológica podía moverse. Se iban a dar cuenta.
¿Y si pudiera decirle al menos? Lo del colectivo. Aquella esquina. Nueve años después.
XIX
Andrea entra al bar. Tiene el tubo en la mano. Y un cuaderno. Nunca la había visto tan hermosa. Algo en el fuego de la mirada se dirige constantemente hacia mí. Se sienta en mi mesa. Me mira. Se da cuenta de algo. Me pide perdón. Después se para y se va, olvidando lo que traía.
Miro el cuaderno. El cuaderno donde está todo. Ella todavía no llega. Me paro rápido y voy hacia donde sé que va a sentarse. Dejo el cuaderno ahí. No me atrevo a abrirlo esta vez. No quiero leer. Vuelvo a mi mesa.
Ella entra y se sienta. Cuando termina de acomodar las cosas, recién ahí, se da cuenta de que el cuaderno la ha estado esperando todo ese tiempo. Lo abre, curiosa. Parece nuevo. Vacío. En blanco. Todo, excepto una página. La primera. Desde lejos se nota. Hay un dibujo que no alcanzo a ver con claridad. Y una firma abajo. Una inicial apenas. Una A.
XX
Le voy a decir. Estoy seguro. No me queda otra. Se me acaban los días. En el próximo viaje toca el 18 de abril. Se me cierra el estómago, como respuesta a un látigo estremecedor pulmones adentro. En nueve años va a pasar. Es como un aniversario pero para el otro lado, de algo que todavía no ha ocurrido pero que va a pasar, de una vez y para siempre. Y que sigue pasando. Cada vez que me despierto.
Le tengo que decir. De una forma que no altere el mapa de efectos. Imagino. Proyecto versiones pueriles del universo enredado en el que vivimos. Que lo sepa y que lo viva todo, sin decirme. Sin decirme durante nueve años. Y que justo antes se separe de mí. Y haga otra cosa. Que cambie de vida. O viaje a Mongolia. Que escale el Himalaya. O remonte los ríos hasta el cenote en el que nacen las aguas tiernas que calman el olvido.
XXI
Al entrar al edificio noto que algo ha cambiado. Antes de llegar a la oficina ya veo gente con las ropas de SyC. Adentro de la oficina me espera una mujer joven. Creo reconocerla, cuando se da vuelta y me mira, con el gesto adusto, los ojos preocupados, las pupilas cargadas de un amor a punto de llorar.
En la mano tiene el cuaderno. No lo hagas.
XXII
Brin me estuvo siguiendo todo este tiempo. Viéndome en las deshoras viajar y viajar. Lo supo todo, antes de todos los después. Los de SyC vienen y van por el tiempo, hasta el hartazgo de las consecuencias. No le temen a la topología de los eventos, a los laberintos de luegos. Vamos, me dice.
Viajamos juntos, al 18 de abril. Se sienta dos mesas más allá. Luego entra ella. Todavía no tiene un cuaderno en el que anotar. Todavía no se le ocurrió. Tiene cuarenta y cinco minutos nomás, piensa en lo que va a tomar, mientras juguetea distraída con el menú.
Finalmente aparece Andrea. Se cambia y se acerca a las mesas para levantar los pedidos. Ella pide un cortado, como siempre. Brin pide un licuado de frutos tropicales. Yo, un café doble sin cortar.
Tengo que decirle, pero la tengo ahí a Brin, aferrada al vástago operacional, a punto de pulsar. Andrea nos atiende a todos sin saber. En la mesa, ella dejó de jugar con la carta y ahora mira cómo la luz de la tarde rebota en una hilera de mesas vacías.
En un instante me doy cuenta de que me está mirando. Me está mirando fijamente, como si quisiera acordarse de mí. Como si quisiera antedatar un recuerdo de algo que, para ella, todavía no ha ocurrido. Soy catorce años más viejo que aquel al que va a conocer y amar durante los próximos nueve años. Tengo la mirada cansada. Una cicatriz enorme no sé dónde. No me atrevo a devolverle la mirada. Mis manos están cansadas de agarrotarse en torno al vástago. No sé si arrojarlo contra la pared o pulsar finalmente para que me vengan a buscar. Me mira todavía. Siento el estruendo de recibir su luz. Pero aún así sigo huyendo de su latido. Mis ojos se esconden en el fondo del pocillo. Ya no queda más café.
XXIII
El cuaderno, adentro de la bolsa plástica transparente, espera en mi escritorio. Espero que entiendas, me dice. Están embalando todas mis cosas en cajas. Los de SyC han tomado una resolución. No quiero preguntar demasiado. No quiero enterarme. Nos han entrenado para domesticar la curiosidad. Para temerle. Para constatar, incluso, que desatada puede ser insaciable.
No sé qué voy a hacer ahora. Nunca hice planes. Nunca pensé en otros trabajos. Nunca tuve hijos, le digo a Brin, antes de que se cierre la puerta del ascensor. Pero Andrea sí, me contesta. En ese momento comienzo a descubrir la sombra de todos los futuros que se proyecta sobre mí. Me sonríe. Tiene algo de los dos esa criatura. Tiene algo de la paciencia de quien sabe que tiene que desenredar demasiados hilos. De quien sabe que tiene tiempo y mundo suficiente para intentarlo.
Me abraza, con la ternura de quien pescando se da cuenta de lo que tiene entre las manos. Por un instante absorbo todo el precioso aroma de su cabellera, venida de ninguna parte. Se forman figuras en la mente. Luego ceden. Tal vez Brin. Tal vez ella. Sí, ella, tiró de todos los hilos desde la sombra del futuro. O tal vez no sabemos nada de cómo funcionan estas cosas.
Al salir saludo a los guardias. Ninguno me presta atención. Nadie me mira cuando cierro la puerta vidriada con un suave golpe de ira contenida. Todos están cifrando y acomodándose a las nuevas claves. Todos están pendientes de los próximos protocolos. La calle está desierta. El cielo encapotado. No tengo paraguas.
Anexo testimonial: registro de detección temprana de alienación purulenta en tareas de visualización urbana por medio de Dispositivos Ojivales de Vaporización de Espectros
Archivado anexo testimonial DOVE. Todos los derechos reservados Ondred International.
—Nombre.
—Albert. Albert Uxain.
—Edad.
—37 años. Cumplo 38 dentro de dos meses.
—Función.
—Encargado R3 de esquemas de visualización.
—¿Hace cuánto trabaja para Ondred International?
—Seis años. Dos años directo. Después me pasaron al área de coordinación con el gobierno de la ciudad. Y luego estuve a cargo de sección y pasé a R3. En los últimos dos años pasé directo a Gestión.
—Seis años, entonces.
—Sí, podemos decir que sí.
—¿Usted entiende por qué estamos aquí?
—No. Bueno, sí. O sea. Debe haber habido alguna queja. Pero no sé. Pienso que algo debo haber hecho mal, pero es difícil saberlo.
—Nombre.
—Sabrina De Marco.
—Edad.
—26 años.
—Función.
—R2. Operación lineal de dispositivos de vaporización desde la función de comando.
—¿Hace cuánto trabaja para Ondred International?
—A mí me contrató Gestión. Sé que el sistema es de la empresa, pero la contratación no es con ellos directamente. Entré hace dos años.
—¿Usted entiende por qué estamos aquí?
—Sí, claro. Yo misma inicié el procedimiento.
—¿Cuál es el motivo?
—Quiero denunciar acoso laboral y sexual por parte de mi jefe.
—¿Y quién es su jefe?
—Albert Uxain. Mi superior inmediato en Comando de DOVE.
—Usted ha recibido una denuncia por acoso, Uxain.
—¿Acoso? ¿Acoso? ¿De qué tipo?
—Laboral de índole sexual. Pero Ondred quiere que investiguemos. Y para eso necesitamos escuchar su versión de los acontecimientos.
—¿Qué acontecimientos?
—Los acontecimientos de los que se lo acusa.
—¿Qué cosas? ¿Qué acusación?
—Déjenos las preguntas a nosotros. ¿Usted conoce a Sabrina De Marco?
—¿Sabrina? Sí, claro, Sabrina… Sabrina. ¿Sabrina? ¿En serio?
—¿Podría describir el contexto de su relación con la señorita De Marco?
—¿El contexto? ¿Qué contexto? Trabajo, o trabajaba, todos los santos días con ella. Estamos en el área de control urbano, manipulando las palomas en la detección temprana de brunos.
—Usted quiere denunciar acoso laboral por parte de su superior inmediato, Albert Uxain, ¿verdad?
—Así es.
—¿Está segura de que quiere hacerlo?
—Sí.
—¿Tiene en cuenta el hecho de que una vez iniciado el procedimiento no hay retorno? Esto no se puede parar una vez que comencemos.
—Ya lo sé.
—¿Está segura y cierta de todo lo que está por elevarse a partir de este acto? ¿Es consciente de las consecuencias? Queremos ser muy claros al respecto. En Ondred International no tenemos matices sobre el tema.
—¿Por qué me preguntan todo esto? Si no lo tuviera claro, no habría iniciado las comunicaciones internas ni seguido todo el protocolo.
—Hizo el envío con la Descripción Detallada, vemos. ¿Le importaría volver a detallar el contexto, solo que ahora de manera oral?
—¿Otra vez? ¿Qué contexto? ¿El del trabajo con las palomas?
—¿Qué son las palomas?
—Las palomas… bueno, ya saben… ustedes…
—Claro que nosotros lo sabemos. Pero queremos que nos lo diga usted, así podemos observar el modo en que usted percibe su propia tarea.
—Bien. Paloma es la manera que tenemos de llamar a los drones de reconocimiento urbano. Es una traducción de la sigla DOVE. El DOVE es un dispositivo en forma de ojiva que sobrevuela retículas urbanas, por lo general de dieciséis manzanas. La idea es detectar indigentes, indeseables y elementos que rompan con el marco urbano. La paloma sobrevuela para reconocer los ítems urbanos hasta encontrar algo que no encaja. Cuando se localiza un posible objetivo, se da aviso a Territorios y a Prevención de Animalidad. Territorio despeja el área. Animalidad interviene si hay animales en el medio, por regla general perros. Luego de dar aviso a las partes, se procede a la toma de posición. Posteriormente, la paloma emite una frecuencia y finalmente vaporiza el lugar donde se encuentra el objetivo, al que solemos llamar bruno. Los brunos se evaporan a siete mil grados celsius. El procedimiento implica la descomposición de espectros materiales, de ahí la E en DOVE. El lugar queda sin marcas ni huellas ni nada. Después, se supone que en otro lado, por sublimación, se reintegra lo evaporado, pero eso lo maneja Ondred directamente, y nosotros ya no sabemos más nada.
—Y, díganos, ¿cuántas de estas vaporizaciones tiene por mes?
—Bueno, es muy variable, en realidad. Hay épocas. Pero la última medición dio un número de cuatrocientas al mes. Es lo difícil, porque blancos hay miles. Pero solo cuatrocientos son brunos.
—Sí. Eso.
—Empecé a trabajar en la SUC, la Sala Urbana de Comando, en visualización y reconocimiento. La idea es observar lo captado por las cámaras de las palomas, hasta dar con algún elemento que resalte del contorno. En ese momento damos aviso y procedemos a la vaporización, si es que es el caso. Lo más difícil de todo es la visualización, porque las palomas no tienen criterio. El criterio se lo ponemos nosotros. El artefacto simplemente detecta patrones, que por regla general siguen dos ejes. Por un lado, reconoce situaciones similares en el pasado. Rostros, posiciones corporales, vestimenta, ítems de conducta. Puede detectar semejanzas y dar la alarma. También reconoce elementos del contexto, cómo se relacionan entre sí. Si la conexión o la contigüidad entre una persona y el lugar no cuadra, algo limpio al lado de algo muy sucio, algo quieto contra algo móvil, algo desordenado pegado a una cosa toda alineada, bueno, esos mecanismos de continuidad también los marca. Y nosotros tenemos que interpretar esas marcas, pensar si son signo o no son signo de algo que tengamos que vaporizar. Y esa es la parte más difícil. Ver si el blanco es un bruno, que es como llamamos a los objetos vaporizables, eso es lo difícil. Tenés que darle un valor y una posición. Y así es como estamos en las consolas de la SUC, todos los visualizadores R2, trabajando, y cuando hay dudas, llamamos a algún R3.
—En ese contexto usted se comunica con Uxain.
—Exacto. A pedido. Imagínense que estamos dispuestos en serie, somos como cuarenta visualizando, y cuando hay algo, lo llamamos a él, o al que esté, en la Coordinación de Gestión, mediante un aviso que va por sistema.
—Y de esos cuatrocientos brunos, ¿cuál diría usted que es el margen de error?
—¿Error? El margen nos da no más del dos por ciento.
—¿Dos por ciento? ¿Quiere decir que sobre cuatrocientos casos al mes, usted reconoce ocho errores?
—Es una manera de verlo. Mi manera es decir que acertamos trescientas noventa y dos veces por mes.
—Claro. ¿Usted diría que su trabajo es agotador o que implica una gran responsabilidad?
—Podría decir eso, sí. En realidad tiene momentos muy tensos, aunque en general el entorno y la tarea sean agradables.
—¿Se siente usted presionado?
—No. Presionado, no. Creo que soy consciente de la responsabilidad que implica la tarea. No puedo decir más que eso. En el fondo soy un agradecido. En esta época, y en este mundo, sé que soy una persona con suerte, y que he sabido aprovechar esa suerte, al mismo tiempo.
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—¿Y ese llamado implica que usted va hacia él o él viene hacia donde usted está?
—Cualquiera de las dos. También puede ocurrir que él desde su consola, él o cualquier supervisor en realidad, vean lo mismo que estoy viendo yo y apliquen su propio criterio.
—¿Y qué es lo que ocurre con mayor frecuencia?
—En el caso de Albert, por regla general viene él. Venía, es decir. Cuando él estaba asignado, tenía como una cosa de moverse todo el tiempo. Iba y venía. Y en el caso mío, cada vez que lo llamaba, o la mayoría de las veces, terminaba él viniendo hacia mi consola.
—¿Y eso era de su agrado?
—La verdad que no.
—¿Por qué?
—Albert solía estar transpirado, tenso. A veces olía mal. Y en esas situaciones pasaban cosas.
—¿Cómo diría usted que es su trato con los empleados a su cargo?
—Correcto. O sea… correcto.
—¿Cómo cree que lo ven?
—No sé. Supongo que como un compañero. Alguien que se pone a la par e intenta orientar en la tarea que tenemos en común. En definitiva, estamos todos en el mismo barco.
—¿Como compañero usted está a la par?
—Bueno, a la par a la par, no. Exactamente igual no es la cosa. De hecho, a veces, pienso más en algo así como lo que transmite un padre. Incluso la diferencia de edad provoca esas cosas. Soy como una figura de autoridad, pero supongo que es imposible evitar que de una u otra forma, con el tiempo, aparezca el afecto.
—¿Qué clase de cosas?
—Era decirle “Albert, fijate esto”. Y ahí él se ponía con la mano a orientar la paloma. Y a veces dejaba caer directamente su mano sobre la mía, que todavía estaba en el control. Y yo sentía que me acariciaba. Y que no era un accidente. Otras veces yo le señalaba en la pantalla un posible bruno, y el bajaba desde donde estaba. Porque se paraba atrás a un costado mío. Y bajaba para mirar. Y se ponía apenas arriba mío, y yo sentía su cuerpo, su transpiración, casi que podía sentir cómo respiraba, porque le gustaba exhalar fuerte y hacerme sentir su aire. No sé cómo decirlo. Me rodeaba a distancia, ahí con la mano caída, acariciándome en el control. Y mirábamos los dos la pantalla, y yo pensaba que tal vez era un accidente, pero a veces me parecía que desde donde estaba, él tenía que estar oliéndome el pelo. Porque no era raro que se notara que me estaba oliendo. Señalaba algo en la pantalla, y en realidad miraba de reojo por sobre la línea de los hombros. Y yo me sentía mirada. Me miraba los pechos. Me miraba el cuerpo, y todo con la excusa de estar señalando un bruno ahí.
—¿Usted cree que eso puede dar lugar a confusiones?
—¿Confusiones? ¿De qué tipo? No, bah, no creo. Creo en las buenas intenciones. Acá tiramos todos para el mismo lado.
—¿Y la relación con la señorita De Marco cómo era, puntualmente?
—Bien, bien, como con cualquier otra. Yo la verdad nunca tuve ningún problema, con ninguna chica. En absoluto. Y por acá han pasado muchas. Es más, yo diría que ella era de las que más demandaban mi atención. Recuerdo permanentemente su “Albert esto, Albert lo otro”. De hecho, si lo piensan, mi mismo nombre invita a la confianza. Ya me llamás Albert, y parece que es la relación con un Alberto, pero en confianza, como que te conocen hace mucho. Y ella era de ser así. Hablar, hablábamos de distintas cosas. Yo podía decirle “cómo estás hoy”, o algo del pelo, o algo de la vida, porque a veces se habilita ese registro en el que te contás cosas más personales, y ella fue así desde el principio. Yo creo que la acompañé bastante en las cosas que le fueron pasando.
—¿Y no había un bruno ahí?
—A veces sí. A veces no. Pero no importaba. Porque yo sentía que en realidad me estaba oliendo. Que me estaba rodeando. Incluso a veces me miraba y me mandaba a buscar un tóner, para las impresiones de contextos urbanos. Imprimimos cosas todo el tiempo, para adosarlas a los expedientes. Y los tóner se acaban y hay que ir a buscarlos al depósito, pasando los baños. Y me mandaba a buscar, siempre a mí. Y cuando yo volvía, él iba hacia el baño, como preparándose para bajarse la bragueta. Yo no sé si me miraba. A mí me daba vergüenza mirar, desviaba la vista. Y me preguntaba todo el tiempo si estaba con alguien.
—Esto es así, siempre es así. Das confianza y a veces la confianza te vuelve. La verdad me sorprende y no me sorprende nada esto de Sabrina. Si me buscaba. Yo me daba cuenta de que me buscaba, de una manera o de otra. “Ay, Albert”, “Mirá, Albert”. Con esto yo no digo que haya pasado algo. Pero recuerdo ahora que cuando se separó, una vez ella estaba ahí, volviendo del depósito, y se paró en la máquina de café, y me miró todo el recorrido mientras yo iba al baño. Todo el recorrido, ¿se dan cuenta? Yo debo tener algo en la próstata o en la vejiga. Tal vez el sedentarismo, no sé. O el exceso de café. Voy mucho al baño. Mucho. Pero en una de esas voy y nada. Y otras siento que se me sale de tanto que hay. No sé. Es raro. Y ella estaba ahí, mirándome, me acuerdo clarito. Y yo pensaba, claro, que yo aparezco como una cosa enorme para ella, un R3, un tipo más grande. Yo estoy donde muchos quisieran estar. Pero no es fácil. Porque hay que decidir muchas cosas, mucha responsabilidad. No todos están hechos con la madera que requiere esta posición. Y eso yo lo sé. Y creo que no todos lo saben.
—¿La señorita De Marco lo sabría?
—No lo sé. Tal vez, ahora que lo pienso, creo que no.
—¿Es de buena madera la señorita De Marco?
—Y… así preguntado. Yo no digo, ojo, yo no digo para nada que sea mala persona. Pero creo que de alguna manera quizás ella piensa que merece más.
—¿Y eso la incomodaba?
—Claro. Me sentía invadida. Todo el tiempo. Desplazada. Me sentía rodeada por sus preguntas, su mano cayendo. Le daba por mirarme los labios mientras hablábamos. No podía tomar café, no podía ir sin que él viniera detrás. Sin que me comentara la ropa. El peinado. A veces decía que se había distraído, que no había escuchado.
—Recuerdo puntualmente una situación. Había un objetivo, y ella me estaba preguntando por sistema si era bruno o no era. Desde el punto del SUC en el que yo estoy, no siempre se ve con quién hablás, la cara, digo. Y a veces es mejor mirarse a la cara, captar los gestos, para ver si el otro duda. Queremos evitar el error. Todo el tiempo nos insisten con eso. No podemos vaporizar nada que no sea vaporizable. ¿Mirá si te equivocás? Había una señora con dos perros al lado. Estaba recostada contra la pared de un edificio en una esquina. Había una saliente del edificio que la protegía de la lluvia. Por la saliente desde la paloma no se veía bien. No se distinguía. Sabrina me avisó. Dimos alerta a Territorio y a Animalidad. Llegaron rápido. Ahí, ahí, me decía, y me señalaba un bulto que tenía esa mujer. Una bolsa. Pero tal vez era un perro. O no. Un tercer perro. O un cachorro. O un gatito. O algo que si estaba ahí, no nos dejaba proceder. Y ella hablaba y hablaba de las posibilidades. Y la verdad ahí no la escuché. Pensé que estaba en otra. Que era una situación que ella había provocado. Se acababa de separar, me había dicho. Estaba sola, llamando mi atención. Y la verdad, no escuché lo que decía. Al final me di cuenta de que mi mano estaba sobre la de ella en la consola. Llovía y, si tengo que reconocer algo, tengo que decir que se veía hermosa ahí, en el día lluvioso. Desde la torre del comando se veía toda la ciudad. Y ahí mismo se apretó el botón y se vaporizó todo. Después nos enteramos de que ese fue uno de los ocho errores del mes.
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No te escuché.
De lo linda que estás.
Y si era un halago. ¿Cómo me voy a enojar?, me decía. Y yo sabía que me estaba oliendo el pelo. Y que esa mano en la consola me estaba acariciando.
—Fue un momento complicado. Tuvimos que dar muchas explicaciones, se abrió un expediente. Era una mujer mayor a la que le había bajado la presión. Hablamos bastante con Sabrina en esa época. Tuvimos un intercambio fuerte, cierto, pero fue a la par la cosa, de ida y vuelta. Ella también dijo cosas. Y mezcló todo. Y yo ahí me di cuenta de que en realidad era muy chica. Muy chica para casi todo. Era una nena jugando con una botonera prestada.
—¿En ese momento ocurrió lo del expediente?
—Más o menos por ahí, sí. Vino hecho una furia, y me agarró cuando yo salía del ascensor y me llevó al depósito. El día anterior había pasado todo lo de la señora. Y él quería que yo me inculpara. Que dijera que había sido yo la que había apretado el botón. Si me estaba tocando, y yo estaba paralizada, ¿qué iba a hacer? Y ahí me dijo nomás que yo no sabía lo que estaba haciendo, que no me iba a salir con la mía. Que él sabía muy bien que yo quería ser R3, que sabía que había una vacante que se iba a abrir pronto, y que si yo seguía haciendo esas cosas, me iba a costar llegar, por más caritas que pusiera. Y yo ahí le pregunté por las caritas, ¿qué caritas, pelotudo? Y fue ahí que me dijo que yo le ponía carita de puta, de puta de mierda, de puta ambiciosa, y ahí me di cuenta de que él estaba prácticamente encima de mí en el depósito, y que me había llevado a ese lugar sin que nadie lo viera. Entré en pánico, porque me di cuenta de que no dejaba de mirarme la camisa, de que no dejaba de mirarme las tetas. Ahí lo empujé y le pegué con el tóner que tenía más a mano. Y salí corriendo. Le costó aparecer, pero vino al rato. Tenía toda la cara marcada. Ni me miró. Nos ignoramos todo el día.
